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martes, 22 de marzo de 2016

PRENSA CULTURAL. "Octavio Paz en manos de la censura franquista"

   En "El País":

Octavio Paz en manos de la censura franquista

La dictadura elaboró, entre 1950 y 1976, hasta 14 informes contra los libros del Nobel

Los documentos se exponen ahora en el AGA, en Alcalá de Henares

 

  • Foto inédita de Octavio Paz a los 23 años.

    Los funcionarios de la Dirección General de Propaganda y la Dirección General de Cultura Popular del Ministerio de Información y Turismo, que se ocupaban de revisar (léase censurar) todo lo que se publicaba en España durante la dictadura de Franco, afilaban la mirada, subrayaban, tachaban y, al final de su lectura, rellenaban siempre el mismo formulario: “¿Ataca al dogma? ¿A la moral? ¿A la Iglesia o a sus Ministros? ¿Al Régimen y a sus instituciones? ¿A las personas que colaboran o han colaborado con el Régimen? ¿Los pasajes censurables califican el contenido total de la obra?”. Uno de los grandes afectados por aquellas preguntas y los subsiguientes cortes y supresiones de pasajes fue el escritor mexicano Octavio Paz (1914-1998).
    En julio de 1950, la compañía Editora y Distribuidora Hispanoamericana S.A. (EDHASA) solicitó el permiso para distribuir 200 ejemplares de Libertad bajo palabra de Octavio Paz, publicados en México. El libro fue enviado a dos censores. El primero, Pedro de Lorenzo, dijo en su informe que en seis páginas había “frases o expresiones obscenas, otras irreverentes”. El segundo, Andrés de Lucas, apuntó con letra angulosa: “Versos oscuros y estúpidos con algunas expresiones equívocas. Creo, sin embargo que puede autorizarse por el escaso número de lectores que leerán estos engendros”.
    Catorce informes de este estilo, sobre distintos libros del escritor mexicano y Premio Nobel de Literatura 1990, se exhiben hasta el próximo 20 de marzo en el Archivo General de la Administración, ubicado en Alcalá de Henares (Madrid), como parte de la exposición Octavio Paz: Guerra, Censura y Libertad. “La muestra podría dividirse en dos partes: la figura de Octavio Paz y el contexto de sus ideas y su obra en relación con España”, dice Evelia Vega, una de las comisarias, quien trabaja en el archivo dependiente del Ministerio de Educación Cultura y Deporte. En la exposición hay, además, fotografías del autor mexicano durante su estancia en España en 1937, junto a algunos de sus colegas que asistieron al Congreso de Escritores Antifascistas de ese año en Valencia, como el narrador José Mancisidor, el poeta Carlos Pellicer, el músico Silvestre Revueltas o el pintor José Chávez Morado. Y un reportaje gráfico de abril de 1982, cuando Octavio Paz visitó el Ateneo de Madrid.

    “¿Ataca al dogma? ¿A la moral? ¿A la Iglesia o a sus Ministros? ¿Al Régimen y a sus instituciones? ¿A las personas que colaboran o han colaborado con el Régimen? ¿Los pasajes censurables califican el contenido total de la obra?”
    Dice Eduardo Ruiz Bautista, investigador de la Universidad de Alcalá, que los censores franquistas se caracterizaban por su “servilismo desmedido, exceso de celo, ínfulas de literato frustrado y la crasa ignorancia y competencia lectora que exhibían en muchos de sus juicios y prejuicios”. Cuando en 1955 revisaron el poemario Semillas para un himno, escrito por Paz un año antes, Jesús Garcés señaló en su informe que se trataban de “poesías de un poeta americano, creacionista sin un argumento general. Después de la obra creadora el poeta hace unas traducciones de los poetas Marvell y Gerardo Nerval. Nada que objetar. Autorícese salvo superior parecer”.
    Cuenta Jesús Cañete, el otro comisario de la exposición y director del Festival de la Palabra de la Universidad de Alcalá, que “la censura veía a Octavio Paz como alguien peligroso por haber asistido al Congreso Antifascista de Valencia. Quizá porque esa experiencia marcó para siempre al autor de El laberinto de la soledad, tanto en su obra poética como ensayística. Llama la atención que cuando la censura no podía evitar la publicación de algún libro, hacía todo lo posible por demorarla. El 17 de abril de 1973, Círculo de Lectores solicitó autorización para reeditar Los signos en rotación y otros ensayos, que ya había publicado Alianza en 1971. En esta ocasión el lector censor volvió a tachar las referencias que había a la Virgen en el texto dedicado a la obra de Marcel Duchamp (“La novia desnudada por sus solteros”). La editorial protestó argumentando que el libro ya se había editado anteriormente y que detener la impresión le causaba daños económicos. Entonces el censor no pudo impedir su impresión pero sí hizo todo lo posible por retrasarla. El libro no se publicó hasta año y medio más tarde: en septiembre de 1974”.
    En 1971, la editorial Seix Barral decidió publicar Las peras del Olmo, un compendio de ensayos del Premio Cervantes 1981. La censura pidió que se suprimiera el texto titulado Aniversario Español. Y así se hizo en su primera edición. La censura, sin embargo, no se conformaría con trocear los libros de Paz. En 1975 se impidió la libre circulación de la revista Plural en España y el editor Pere Gimferrer organizó una protesta pública. Un año después, cuando ya el dictador había muerto, la censura seguía fijándose en los libros de Paz. “Vuelta, poemario de Seix Barral, es poesía surrealista. No me ha gustado. Pero desde el punto de vista jurídico-administrativo, nada que señalar”, dice el informe fechado en aquel año.
    Este tratamiento al que fue sometida la obra de Octavio Paz en la España franquista ha despertado un interés mesurado entre los conocedores de la vida y obra del escritor mexicano. “Conocer estos documentos es algo curioso”, dice el filósofo Fernando Savater, “y son una buena anécdota para sumarla a toda la información que ya tenemos sobre Octavio. Son interesantes, también, porque demuestran la mentalidad de esos inquisidores contemporáneos que eran los censores franquistas, cuyos criterios literarios dejaban mucho que desear. Lo sé bien, porque me tocó vivir la censura en todo lo que escribí hasta los 28 o 30 años, la edad que tenía cuando yo murió Franco”.
    Para Chus Visor, editor de Visor Libros, “los cortes que se le hicieron a la mayoría de los libros que pasaban por la censura franquista fueron poco importantes para su publicación. De lo contrario, los autores se hubieran negado a publicar. Lo que solía hacerse era cambiar algunas palabras por eufemismos. Y eso te jodía, como autor o editor, pero eras consciente del contexto en el que vivías y podías soportarlo”. Joan Tarrida, director editorial de Galaxia Gutenberg, que en alianza con Círculo de Lectores ha publicado las obras completas de Paz en España, opina que “el hecho de que ahora se conozcan estos informes no aporta gran cosa a la vida y obra del Nobel. Pero sí a la historia cultural de España. Porque demuestra cómo se trataba a los escritores durante la dictadura”.

    viernes, 11 de marzo de 2016

    LIBROS. "Los libros arden bien"

       En "jotdown":

    Los libros arden bien

    Publicado por Códice Borgia. (DP)Imagen del códice Borgia. (DP)
    Las puertas
    Tiene los labios agrietados y una sed que no cesa. Entrecierra los ojos por la claridad intensa y contempla cómo arde el mar, que decía el poeta. No lanza siquiera una tregua, una isla, una costa lejana: el agua devora todo a la vista. La travesía está siendo insoportable. Ya han pasado casi tres meses desde que zarpó. Se apoya con una mano en uno de los mástiles de estribor, mareado por la visión. Ya intuye acaso que nunca jamás regresará a Sevilla. Que este es un viaje sin retorno. Luego desciende despacio la escalinata hacia la bodega y columbra, entre sombras, el bulto, tapado por unas mantas de esparto y cruzado por decenas de cuerdas para que la carga no se mueva con el cimbreo. Lo toca por encima de la manta, con cuidado, casi acariciándolo, como quien pasa la mano por el lomo de un animal…
    Cuando Juan Pablos (italiano de nacimiento, su verdadero nombre era Giovanni Paoli) llegó a una naciente Ciudad de México en octubre de 1539, mandado por su jefe, el impresor alemán Juan Cromberger, tal vez no imaginaba que él sería uno de los puntales en la utopía que se estaba construyendo en el Nuevo Mundo. Al menos a los ojos de Juan de Zumárraga, el primer obispo de la diócesis de México y principal impulsor de traer la primera prensa de tipos móviles a la Nueva España, pero no a los nuestros, que vemos en aquel control de los libros (desde en la quema de los cientos de códices prehispanos hasta en el registro e inventario de los libros llegados de Sevilla) uno de los síntomas de una obsesión y de un experimento que salió mal. Una prueba, en fin, de los daños que se producen en nombre de la utopía, un sueño recurrente a lo largo de la historia, y que tiene en el dominio del discurso, en su gestión y dirección, una de sus prácticas más habituales. Ya lo estudió Foucault, aplicado a la confesión y al control del sí mismo en su obra inconclusa Historia de la sexualidad; en el virreinato de la Nueva España, en cambio, la palabra precedió a la carne, un lugar donde más que descubrir se aplicó, sobre todo al principio, la mecánica de la tábula rasa. Es falso afirmar el tópico de que los colonos y los misioneros llegados de los reinos de Castilla destruyeron todo o no tuvieron aprecio por la cultura mexica, como luego explicaremos. Pero de lo que no hay duda es de que las Indias permitieron ejecutar, pocas décadas después de la publicación del libro de Tomás Moro, códigos, modelos y leyes para levantar desde cero la nueva casa de Dios. Si encima contaban con el apoyo de Carlos V, metido de lleno en defender la Reforma católica en Europa, más fácil aún. Las encomiendas arraigaron muy pronto como pago para soldados sin jornal; la evangelización, en cambio, era misión de las órdenes mendicantes, sobre todo franciscanos y dominicos al principio, quienes desembarcaron en la Nueva España después del sometimiento de Tenochtitlán. Todo estaba por hacer en la nueva tierra prometida. Y el control de los libros no se pasó por alto.
    Grabado alusivo al proceso de impresión. Autor desconocido. (DP)
    Grabado alusivo al proceso de impresión. Autor desconocido. (DP)
    Grabado alusivo al proceso de impresión. Autor desconocido. (DP)
    Al principio el código de vigilancia era muy sencillo: todos los libros que se embarcaban rumbo a la Nueva España debían pasar varios controles de aduanas, como cualquier otra mercancía, tanto a la salida del puerto en Sevilla (más tarde, en Cádiz), como a la llegada en San Juan de Ulúa, el primer puerto español en la Nueva España, en el actual estado de Veracruz. La revisión corría a cargo de funcionarios de aduanas y más tarde incluso de miembros de la Santa Inquisición: hasta ese punto llegaba la asunción de funciones de los policías de la mente. De todas formas, tal como han revelado varios estudios, ambas aduanas eran un coladero. Por las razones de siempre: sobornos, vista gorda, mala vigilancia. Creer que la autoridad (entonces y ahora) es siempre eficiente es pecar de ignorante. Los libros se controlaban, claro que sí, pero seguramente con menos rigor del que queremos creer, pese a aquel famoso Índice de libros prohibidos promovido por la cristiandad, que fue aumentando sus títulos y autores según avanzaba el siglo XVI.
    Lo que está claro es que el coste y el tiempo del flete de la mercancía hacía que los libros, que ya de por sí eran caros, fueran un escaso objeto de lujo en la Nueva España. Y aunque Zumárraga ya había comenzado a adquirir numerosos libros para la biblioteca de lo que posteriormente sería la primera universidad de México, tal vez fue el alto precio de los libros impresos lo que hizo que escribiera a Carlos V para convencerle de la necesidad de que la Nueva España tuviera su propia imprenta.
    Otra razón de peso fue que Zumárraga quería imprimir sus propios libros, pues de hecho el primer libro que salió de la imprenta en México lo había escrito él: la Breve y más compendiosa doctrina eclesiástica, escrito en dos lenguas, en castellano y nahuátl, la lengua de los mexicas. Un manual para la evangelización, está claro, pero también una herramienta política. Que el poder no estaba solo en quien controlaba los libros que entraban desde los reinos de Castilla, sino también en qué libros nacían y se diseminaban en la joven Ciudad de México, queda claro repasando la lista de los títulos que se imprimirán durante los años iniciales de la primera imprenta en México, casi todos de contenido religioso y legales, aunque en el año 1541 se cuela algo parecido a un reportaje periodístico: Relación del espantable terremoto, un informe sobre el terremoto que en 1541 destruyó el primer asentamiento de la Ciudad de Guatemala.
    En cualquier caso, los libros salidos de la nueva imprenta eran muy pocos. Según sus propias cartas, Juan Pablos se quejaba amargamente de las dificultades y las carencias de su oficio, de que la tinta y el papel (enviados por barco desde la Península) no llegaban. Tal vez los herederos de Juan Cromberger, fallecido en 1540 y quien había recibido la licencia real y la exclusiva para imprimir libros en la Nueva España, no veían por ningún lado el negocio. Curiosamente, Juan Cromberger había pagado solo quinientos ducados, «una suma muy modesta para la época, el equivalente a cinco esclavos negros», según las palabras de «La primera imprenta en México y sus oficiales» de Clive Griffin (el mayor experto en la familia de los impresores Cromberger), quinientos ducados que se fueron en el traslado de la prensa, la tinta, los tipos móviles (muchos de ellos usados y gastados), el papel y en el pasaje de cuatro personas: Juan Pablos, el cajista; Gil Barbero, tirador de prensa; un esclavo llamado Pedro, presumiblemente el batidor de prensa; y por último la mujer de Juan Pablos, Jerónima Gutiérrez, quien se ocupó de la regencia de la imprenta, ubicada en una casa propiedad de Zumárraga (a cuatro pasos de la actual catedral de las ruinas del Templo Mayor). Es cierto que por lo visto Juan Cromberger había recibido a cambio de sus servicios el uso de unas minas de plata en Sultepec y Taxco, pero una vez conseguidas, ¿qué obtenían manteniendo el suministro de materiales para la nueva imprenta? Las ganancias eran escasas y el monopolio del comercio de libros impresos de Sevilla a Nueva España, que también le había ofrecido Zumárraga como pago, no parecía suficiente, así que en 1545 finalizó la exclusiva de impresión de Cromberger (durante la cual los libros impresos en la Nueva España tuvieron el sello de de «imprenta de Juan Cromberger») y Juan Pablos recibió una propia, por lo que pudo imprimir los libros con su propio nombre y no tuvo que rendir cuentas a los hijos de su antiguo patrono. Y aunque la primera imprenta en América no obedecía a un criterio de rentabilidad económica (el cliente principal era Zumárraga, sin duda), en la escasa difusión de los libros no estaba solo el problema de los costos. De hecho, desde que Juan Pablos obtuvo su propia licencia, los títulos y ediciones aumentaron (aunque es imposible saber el tiraje de las impresiones), y tan mal negocio no sería cuando, y según los datos manejados por Griffin, los maestros impresores cobraban cuatro y cinco veces más en la Nueva España que lo que hubieran cobrado en Europa. Un caso claro de fuga de cerebros, diríamos ahora.
    En cualquier caso, Zumárraga soñaba con una biblioteca (para la que llegó a acumular cuatrocientos volúmenes) en la que entrara solo lo que él decidiera, como en ese relato de KafkaAnte la ley, en el que las puertas están cerradas al extranjero que llega. O eso cree él.
    Fotograma de la película El proceso de Orson Welles. Imagen: UFA-Cormacico.
    Fotograma de la película El proceso de Orson Welles. Imagen: UFA-Cormacico.
    Fotograma de la película El proceso, de Orson Welles. Imagen: UFA-Cormacico.
    La biblioteca
    Durante mucho tiempo los pocos libros que circularon por América eran libros viajeros, traídos entre el equipaje, las mercancías y los sacos de víveres de las bodegas de los barcos que cruzaron el Atlántico. Hay un texto fabuloso, Los libros del conquistador (Fondo de Cultura Económica) de Irving Leonard, que recoge algunos de los inventarios de los libros de los que se tiene registro en el Archivo de Indias, y donde podemos constatar que la mayoría eran libros eclesiásticos y legales, pero que también había libros de caballerías. El entretenimiento era fundamental, obviamente, y más cuando sabemos que se leía en voz alta, rodeado de oyentes, muchos de ellos analfabetos. El ensayo de Irving Leonard sostiene de hecho que estas lecturas (o escuchas) de los soldados y primeros colonos de América alimentaron el imaginario del nuevo continente. Ante lo desconocido, ante los mapas que se iban dibujando al paso de los conquistadores, los libros de caballerías fueron decisivos en el trazado mental de los nuevos territorios o en la invención de América, como dijo el mexicano Edmundo O’ Gorman. El argumento clásico es la toponimia: que California, por ejemplo, tomó su nombre de una isla aparecida en Las sergas de Esplandián de García de Montalvo, o que unas supuestas amazonas atacaron a Francisco de Orellana y a sus hombres cuando navegaban un río, y por eso el nombre con el que lo bautizaron. En fin: la ficción precedía al territorio, o dicho de una manera más juguetona, los límites de mis lecturas son los límites de mi pensamiento. Pero no hace falta ponerse tan estupendo: los exploradores llamaban a las cosas con lo que conocían, como no puede ser de otra forma, y ahí intervenía la fabulación de las novelas de caballerías, pero también la toponimia de sus tierras de origen, de Medellín a la Nueva Vizcaya. De todas formas, la tesis de Irving está ya cuestionada (la toponimia tomada de la épica era muy grata y muy útil al poder político), aunque la belleza de su teoría es intachable.
    Imagen de la Biblioteca Palafoxiana. Puebla, México.
    Imagen de la Biblioteca Palafoxiana. Puebla, México.
    Biblioteca Palafoxiana. Puebla, México. Foto: DP.
    Libros religiosos y legales, libros de viajes, de fantasía y de caballerías, como muchos de los ejemplares de la primera edición del Quijote, que viajaron a América a acompañar las tardes de los soldados. De lo que no se habla tanto es de que junto a estos libros impresos (y otros miles manuscritos, de los que apenas tenemos constancia) existían rollos de amate que los sacerdotes mexicas atesoraban en sus templos y lugares de culto, lo que nosotros conocemos a secas como «códices», y que eran de alguna manera los libros de los aztecas. Y digo «de alguna manera» porque estos códices aztecas, a diferencia de los manuscritos mayas, carecen de escritura, y los expertos ni siquiera la consideran ideogramática o logosilábica, como la china, o próxima a los jeroglíficos egipcios. Son, básicamente, pictogramas, ilustraciones, o, si prefieren, narraciones gráficas de la época, pues cuentan una historia. Pues bien, casi todos estos códices, que apenas tenían lectores o descifradores, ya digo, que circulaban casi exclusivamente entre los sacerdotes aztecas y los reyes, serán destruidos y quemados. No debería sorprendernos, por supuesto: de la destrucción de los ídolos de la religión azteca es lógico que se pasara a la eliminación de los signos considerados paganos, contrarios al culto cristiano. Sin embargo, claro, a nuestra mentalidad contemporánea esto le espanta, porque dichos códices no dejan de ser cultura, memoria viva, arte, historia. Libros. Para el hombre de la Edad Moderna, en cambio, enfrascado encima en la llamada Reforma católica que iniciaría Carlos V y que continuaría su hijo Felipe II, la intención cuenta más que el objeto y, por tanto, eran concebidos como señales del demonio, como aparece en muchas de las descripciones de Bernal Díaz del Castillo en su crónica Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. No encendían, en fin, la imaginación de los conquistadores solo los libros de caballerías, sino sobre todo la educación cristiana (sustentada tras décadas de guerra religiosa en la Península). Zumárraga, que había sido «represor de brujas» en su Vizcaya natal, sabía bien lo que hacía cuando mandó quemar en una hoguera pública en 1530 cientos de ídolos y códices aztecas. Décadas después, en 1562, en lo que se llamó el Auto de Maní, un inquisidor en la península de Yucatán, Diego de Landa, mandó quemar ídolos mayas y cientos de códices en un acto tan sagrado para los cristianos como cargado de odio y violencia para los que no lo eran.
    Hay siempre en estas ceremonias de destrucción (como las famosas quemas de libros emprendidas por Hitler) rasgos de la distopía, pero también algo de la repetitiva abolición del pasado, como en ese famoso texto de Borges titulado La muralla y los libros, acuérdense, en el que el emperador chino que «ordenó construir la casi infinita muralla china» fue el mismo hombre que «dispuso que se quemaran todos los libros anteriores a él». En un proyecto similar se embarcó Zumárraga: este, en dos operaciones «que de un modo secreto se anulan», emprendió el catálogo de una ambiciosa biblioteca y al tiempo mandó quemar todos los libros paganos, en un empeño absurdo que se repite con terquedad a lo largo de nuestra historia, pues una nueva civilización, para asentar sus cimientos, suele nutrirse de las cenizas de la anterior. Suena lírico, pero es estrictamente descriptivo.
    La cocina
    Santo Domingo y los albigenses, de Pedro de Berruguete.
    Santo Domingo y los albigenses, de Pedro de Berruguete.
    Santo Domingo y los albigenses, de Pedro de Berruguete.
    Este relato de libros viajeros y libros quemados tiene, sin embargo, un desenlace esperanzador, contrario a esas famosas tesis de la historia de Walter Benjamin, porque aquí al final no late la destrucción, sino la resistencia. Es también donde abandona su ropaje histórico para volverse un drama de personajes y pura conjetura narrativa.
    Zumárraga mandó quemar los libros, pero no imaginaba que, décadas después, su ceremonial del odio no provocaría la admiración en muchos de los sacerdotes llegados a propagar la palabra de Dios. Más bien, todo lo contrario.
    Siempre me ha fascinado en toda esta historia cómo el personal de recursos humanos que eligió a los primeros mandatarios religiosos para el Nuevo Mundo tenía muy en cuenta sus trabajos para la Inquisición. La experiencia en este campo puntuaba alto, por lo visto. Juan de Zumárraga, sin ir más lejos, había comandado exorcismos en tierras vascas; Andrés de Olmos, el autor de la primera gramática en náhuatl, escribió un tratado de hechicería y sortilegios; Diego de Landa, de quien ya hemos hablado, había trabajado también para el Santo Oficio. En fin, aquellos que habían combatido al demonio con ahínco, tenía más posibilidades de ser reclutados para las Indias, parece.
    Sin embargo, los hechos se empeñan en demostrarnos que los dogmas siempre chocan con lo humano, pese a las tesis oscurantistas (y ya cuestionadas) de José Toribio Medina, el autor que dedicó más páginas a la historia de la imprenta en América.
    El más famoso de todos estos conjurados contra la cerrazón mental fue, por supuesto, Bartolomé de las Casas, cuyos informes en contra de las violaciones de derechos de los indios, su famosa Brevísima relación de la destrucción de las Indias, condujeron a un debate teológico en Salamanca sobre el alma de los indios que dejó, entre tanta cháchara, el compromiso de un mayor respeto de los encomenderos con los indígenas que trabajaban sus tierras. Y aunque se puede discutir la eficacia de dicha resolución, no se puede negar la aprobación de los primeros documentos legales en defensa de los indígenas: Bartolomé de las Casas consiguió más de lo que nuestro pesimismo quiere reconocer.
    Por otro lado, un personaje menos famoso que Bartolomé de las Casas persiguió durante años un proyecto tan ambicioso como necesario: una enciclopedia del Nuevo Mundo, un libro que recogiera, desde la agricultura hasta la religión, las maravillas que encerraban las tierras conquistadas. Su artífice, además, comenzó su trabajo en náhuatl porque operaba a la manera de un antropólogo de la época: recogía testimonios y datos de los indígenas, la mayoría alumnos suyos, a los que entrevistaba y consultaba. Ese libro desaforado, compuesto por doce volúmenes, Historia general de las cosas de la Nueva España, lo comenzó un misionero franciscano, Bernardino de Sahagún, cuya humildad material era inversamente proporcional a su hambre de conocimiento. Y aunque su proyecto quedó inconcluso por culpa, parece, de los recortes de la época en el centro religioso de Tlatelolco, o por las acusaciones , según otras teorías, de apología del paganismo, los tres ejemplares que se conservaron (manuscritos, por supuesto) son la prueba palpable de una fascinación por la cultura mexica que estaba recién empezando.
    Otro caso interesante es el antiguo inquisidor Diego de Landa, que consagró varios años al estudio de la cultura maya y a la escritura de una relación pionera en el análisis del sistema matemático y del calendario de esa civilización. Curioso que el responsable de la quema de tantos códices en el Auto de Maní luego investigue con rigor a los que él acusó de paganos y salvajes. O ambas acciones eran compatibles en su fe o siempre hay tiempo para el arrepentimiento, como sabe todo cristiano.
    Al final, tal como cuenta el historiador cultural Peter Burke en su libro Renacimiento, todo proceso de hegemonía cultural lidia con formas de resistencia, de desobediencia, de traducción libre y creativa de la aculturación colonial. No hay dominación plana o puramente autoritaria. Jamás. El dominado intenta imponer, en la medida de sus posibilidades, como sabemos desde Gramsci, sus preferencias y sus ideas. Y al igual que los hijos de los caciques indígenas, educados en latín y en castellano en Tlatelolco, usaron la herramienta de la escritura del conquistador, el alfabeto romance, para fijar un conocimiento que de otro modo se hubiera perdido o hubiera costado mantener desde la oralidad (y crearon nuevos códices manuscritos), un puñado de hombres dedicados a la palabra combatieron la estrategia inicial de la tierra quemada y la destrucción. Estudiaron, admirados, los engranajes de la cultura azteca y optaron por preservar ese conocimiento y protegerlo.
    Juan Pablos murió en 1560, un año después de que uno de sus aprendices, Antonio de Espinosa, se marchara de su taller y consiguiera una licencia para fundar otra imprenta, la segunda en México. El monopolio terminó, aunque no será hasta 1580 cuando se abra la siguiente imprenta en América, en la ciudad de Lima. Como escribió una vez Manuel Rivas parafraseando a Bulgákov, tal vez se dieron cuenta de que los libros arden mal.
    (Gracias a Jesús de Prado Plumed por las sugerencias y la revisión historiográfica meticulosa).

    Imagen del códice Borgia. (DP)
    Imagen del códice Borgia. (DP)

    miércoles, 25 de febrero de 2015

    PRENSA. "¿Cómo se dice 'callarse' en chino?". Martín Caparrós

       En "El País Semanal":

    ¿Cómo se dice “callarse” en chino?

    Es rara la censura: sinuosa, caprichosa. Se la suele pensar como un par de tijeras; yo la veo como la serpiente de aquel árbol

       

    Mujeres alimentándose en China durante la hambruna de 1946. / GEORGE SILK (GETTY)

    No está claro cuál fue la gota que colmó el vaso. Sí que las autoridades chinas decidieron, como suelen, cortar por lo sano. Así que el Estado que más reos mata salió a matar, también, los juegos de palabras. Semanas atrás, la Administración Estatal de Prensa, Publicaciones, Radio, Cine y Televisión de la República Popular dio instrucciones tajantes para el uso del lenguaje en los medios: “No se pueden cambiar los significados de los refranes populares para fines comerciales. Tampoco se pueden usar palabras que vengan de Internet, o adoptadas de idiomas extranjeros, o juegos de palabras”. La censura, a veces, tiene una rara confianza en su poder.
    El Estado chino, en cualquier caso, la ejerce con denuedo. Es rara la censura: sinuosa, caprichosa. Se la suele pensar como un par de tijeras; yo la veo como la serpiente de aquel árbol. Hace unas semanas mi agente me pasó la oferta de una editorial de Shanghái para publicar El Hambre, mi libro más reciente. El Hambre ya estaba contratado en una docena de países, pero la posibilidad de que circulara en mandarín me excitó especialmente. Había un problema, me dijo: tendría que cortar las páginas que cuentan la gran hambruna china.
    En 1958, el presidente Mao Zedong –que entonces se llamaba Mao Tse Tung– decidió dar un vuelco definitivo a la economía de su país. Lo llamó el “Gran Salto hacia Adelante”: un proyecto faraónico de industrialización y modernización. Por muchas razones el plan fracasó y, en tres años, más de 30 millones de personas murieron de hambre. Fue dantesco: familias famélicas respetaban viejos tabúes intercambiando los cadáveres de los hijos; así, nadie se comería la carne de su propia carne.
    “Dejaron de alimentar a las nenas; solo les daban agua. Cambiaron el cuerpo de su hija por el de la hija del vecino. Hirvieron el cuerpo en una especie de sopa…”, le contó mucho después un sobreviviente al periodista inglés Jasper Becker.

    Fui cobarde: mi primera respuesta ante la oferta de publicación mediante módica censura fue aceptarla
    El genocidio nunca fue aceptado por las autoridades chinas: la historia del país no lo registra. El episodio no es central –ni mucho menos– en mi libro: aparece en un capítulo de la historia del hambre, pero me dije que podía no estar. Pregunté quién pedía que se eliminara; me explicaron que lo más astuto de la censura china es que la ejercen los propios editores, por si acaso. Para evitar que un libro pueda incluir algo que disguste a los censores y los lleve a secuestrar la edición. No hay censura más eficiente que la que vieneen auto.
    Fui cobarde –u oportunista, o realista, que suelen ser sinónimos–: mi primera respuesta ante la oferta de publicación mediante módica censura fue aceptarla. Se ve que la idea de ese libro en ideogramas me atraía lo suficiente como para hacer “ese pequeño sacrificio”. Pero después pensé que sería inútil: que la ausencia de esa hambruna en un recuento de las grandes hambrunas del siglo XX llevaría a cualquier lector chino a desconfiar de la verdad del resto. Así, todo el libro sería deslegitimado por esa omisión, pensé, y decidí no aceptarla. Hasta que un amigo me recordó que, cuando vivíamos bajo un régimen que ejercía la censura, lo sabíamos, y sabíamos por qué razones ciertos libros –o periódicos, o películas, o personas– no decían ciertas cosas. Y que, por lo tanto, los lectores chinos entenderían que no había hablado de la hambruna para poder hablar del resto, y que…
    Parecía razonable, pero sigo dudando. Pronto tendré que resolver qué hacer, y no lo sé. Aunque quizá publicar estas líneas ya sea una respuesta. O no, quién sabe. Una de las grandes armas de los poderes consiste en ponerte a pelear con tus contradicciones, en una batalla donde no hay victoria.

    domingo, 1 de junio de 2014

    PRENSA CULTURAL. "El contemporáneo esencial". Fernando Savater

    Fernando Savater

       En "El País":
     17 JUN 2013

    Creo que se ha infravalorado el papel de los inquisidores en la promoción de las más interesantes obras literarias. Oscar Wilde señaló que lo más decisivo de la literatura moderna se encuentra en los libros que no debían leerse. Para quienes crecimos y tratamos de desarrollarnos intelectualmente bajo la dictadura gazmoña y obtusa del franquismo, las fobias de los censores nos sirvieron a menudo como pistas para encontrar los autores que más necesitábamos. Franco era, heráldico, el Centinela de Occidente, pero en las garitas de la censura bibliográfica los que montaban su guardia prohibitiva eran los clérigos. Los mismos, por cierto, que hoy reclaman con vehemente elocuencia la libertad en la enseñanza que antes tanto obstaculizaron y que se alzan contra asignaturas “adoctrinadoras” como la Educación para la Ciudadanía pero siguen queriendo adoctrinar religiosamente en las escuelas…
    En aquellos tiempos, dos jesuitas —¡qué le vamos a hacer!— se sucedieron en la publicación de guías de lecturas que calificaban las obras según criterios de mayor o menor inmoralidad, lo mismo que ahora reparten estrellas o tenedores las guías gastronómicas (que por cierto, en muchos casos no son menos dogmáticas ni supersticiosas). El primero fue el padre Ladrón de Guevara, con sus Lecturas malas y buenas (aclaraba que el título respondía a que hay más de las primeras que de las otras), el cual nos previno contra el “impío Baroja” y en la clasificación alfabética, al llegar a Galdós, recomendaba “búsquese en Pérez cuan malo es este autor”. Creo que sólo se salvaba, y no sin alguna reticencia, el padre Luis Coloma (¡“Jeromín”!). Después fue seguido por el padre Garmendia de Otaola, que llevaba un registro minucioso de cuanto se publicaba, asestando también una ristra de prevenciones aunque algo más modernizada, pues un libro ya no sólo podía ser “crudo” o “lascivo”, sino también “marxista”. Por supuesto, los jóvenes pervertidos que consultábamos los varios volúmenes de su anuario seguíamos los denuestos como si fuesen ovaciones y buscábamos con celo las obras que los merecían.
    En algunas sonadas ocasiones, el buen jesuita de Deusto se ahorraba los calificativos descalificadores y hacía descender el telón sobrio de lo inapelable: “Todas sus obras están incluidas en el Índice de libros prohibidos”. Era para mí el diez sobre diez, la matrícula de honor con premio extraordinario. Así localicé a André Gide y sus Nourritures terrestres se convirtieron en una guía vital (y sensual) para mí, hasta que lo sustituí por el Zaratustra de Nietzsche, que es droga más dura. Pero siempre he conservado un especial afecto intelectual por quien fue considerado en su época “el contemporáneo esencial”, es decir aquel cuya vigilancia y referencia establecía el control moral de la actualidad. Por eso he disfutado y agradecido especialmente el excelente ensayo que acaba de dedicarle Luis Antonio de Villena (André Gide, Cabaret Voltaire) y que, más allá de lo meramente biográfico, profundiza con agudeza en la interpretación del complejo personaje y la repercusión de sus obras en los autores españoles.
    No me atrevo a decir cuáles pueden ser los escritos de Gide más atractivos para el lector actual. Como lo que guarda mayor fascinación es su propio personaje, quizá sean sus textos autobiográficos, empezando por Si la semilla no muere y concluyendo por el emocionante Así sea. Y desde luego el oceánico Diario, mas de 2.500 páginas, que quizá resulte preferible leer en una antología como la preparada por Peter Schnyder para Folio. Los grandes diarios de los literatos franceses (el de Jean Renard, el de Paul Léautaud, el de Paul Morand y desde luego el de André Gide) fueron los antecedentes de los blogs actuales. A veces padecen defectos similares, algunos de los cuales le criticó Roger Caillois a Gide, pero también son igualmente adictivos. Y en el suyo Gide acertó a veces a expresar en dos líneas su ideal artístico (“Las cosas más bellas son las que inspira la locura y escribe la razón”) o su personalidad misma: “No soy más que un niño que se divierte, doblado de un pastor protestante que le aburre”.

    PRENSA CULTURAL. "¡Al infierno con Dante!", por Fernando Savater

    Fernando Savater

       En "El País":
    ¡Al infierno con Dante!

    Fernando Savater 27 MAR 2012

       Hay noticias importantes por sí mismas y otras que lo son sólo como síntomas. Estas sin embargo pueden a veces decirnos más sobre el fondo de lo que nos pasa que las que directamente nos cuentan lo que nos pasa. Por ejemplo: Gherush92, una organización internacional de investigadores y profesionales que cumple funciones especiales de consultoría en la ONU para cuestiones de derechos humanos y educación para el desarrollo, recomienda que la Divina Comedia de Dante Alighieri sea excluida de la enseñanza escolar por antisemita, antislámica y homófoba… entre otras maldades. En efecto, en los diversos círculos de su minucioso Infierno (que en sí mismo ya es un concepto sádico) padecen eterno castigo el judío Judas, Mahoma y un ilustre elenco de sodomitas, por no hablar de los adúlteros, los hipócritas y otros representantes de formas de vida alternativas. Los escolares son obligados -“sin filtros ni explicaciones” asegura Gherush92, que por lo visto tiene informantes en todas las aulas- a venerar los logros del gran poeta calumniador. Por supuesto, añade la presidenta de esta culta organización defensora de todo lo correcto, Gherush92 no invoca ninguna forma de censura…
       Hagamos una pausa para reírnos, desde la condescendencia o el nerviosismo. Y ahora sigamos, no sin recordar que acusaciones inquisitoriales parecidas se han hecho antes contra la brutalidad de la Ilíada y contra El mercader de Venecia. En realidad, si de lo que se trata es de fomentar las buenas costumbres sociales y la tolerancia, lo verdaderamente peligroso de nuestra tradición cultural es empeñarse en trasmitirla a las generaciones venideras. El pensamiento más alto y la poesía más auténtica de que guardamos registro han celebrado durante siglos la esclavitud, el aniquilamiento bélico de los enemigos, la sumisión e inferioridad de las mujeres, el castigo feroz de herejes y transgresores de la ley, etc. Claro que también en esas páginas apolilladas se encuentra la reclamación primordial de libertad y justicia, de la protección de los débiles, de una igualdad entre seres humanos que excluya las más arraigadas exclusiones. Y el repudio de quienes abusan de su poder social en contra del resto de los socios. ¿Cómo separar lo uno de lo otro, como cribar lo que nos escandaliza para dejar limpio lo que nos trae esperanza, sin perder por el camino lo sustancial e irrepetible de la cultura misma?
       Para algunas “bellas almas” (la denominación solía emplearla Hegel, y no en tono de alabanza) la interpretación del presente es plana, sin perspectiva ni profundidad, llena de preceptos edificantes y vacía de historia. Pretender ahormar la educación a esas insuficiencias y esa suficiencia es sencillamente sabotearla en cuanto posibilidad de potenciar mentes autónomas, realmente ilustradas. No nos libraremos así de los fanatismos criminales que con tanta razón nos alarman (precisamente el fanático es quien vive siempre fijo en el agraviante pasado o en el prometedor futuro) pero castraremos la formación humanista de los ciudadanos que deben defenderse y defendernos de ellos. Conocer bien a Homero, a Dante, a Shakespeare y también a Céline nos refuerza contra el vendaval de las más peligrosas supersticiones, incluidas las de Homero, Dante, Shakespeare y Céline.
       Después, conviene promover con cautela una modestia realista y levemente irónica. Dentro de cien años, o quizá de cincuenta (¡el espíritu se acelera para no desaparecer!) nuestros herederos leerán nuestras declaraciones de principios y nuestras recomendaciones morales con frecuente escándalo. Intentarán tachar muchas de las palabras que hemos dicho y de las imágenes que hemos proyectado, quizá algunas de las que hoy nos son más estimadas. Ellos sabrán por qué. Esperemos contar entonces entre los maestros con abogados benévolos, capaces de explicar con mesura y algo de resignación a los neófitos que eran otros tiempos…

    miércoles, 12 de febrero de 2014

    PRENSA CULTURAL. 'La colmena', de Cela, inédita, erótica y censurada, ve la luz"

       En "El País":
    NUEVA VIDA PARA UN LIBRO CLÁSICO ESPAÑOL

    ‘La Colmena’, de Cela, inédita, erótica y censurada, ve la luz

    La Biblioteca Nacional presenta el manuscrito que estaba en manos de un hispanista francés

    Contiene pasajes de alto contenido sexual, entre ellos, escenas de lesbianismo que no estaban en la edición de 1951

    La obra integra espera ser editada en 2016, año del centenario del natalicio del premio Nobel español

    “Lola le salta de un tirón todos los botones de la bragueta. El vendedor jadea como un cerdo castrado, con los ojos en blanco, caído de espaldas.
    —¡Golfo!
    Lola descubre el sexo del hombre, pequeño y blanco como una criatura.
    —¿Te da gusto, di, marrano, te da gusto?
    —¡Déjeme! ¡Déjeme!”…
    Solo una persona sabía de este pasaje escrito originalmente por Camilo José Cela para La colmena. Nadie sabía que el contenido sexual y erótico de su obra cumbre fuera más alto y descarado que lo publicado hasta hoy. No lo supo ni siquiera el régimen franquista porque el propio escritor gallego (1916-2002) sospechaba que no iba a pasar la censura y decidió no incluirlo en la versión que envió para su aprobación. Ahora, 70 años después de que Cela empezara su escritura (que terminaría en 1950) y sucedieran los hechos narrados en la novela, se han presentado muchos pasajes inéditos de la obra, algunos censurados por la dictadura y otros que el propio autor nunca presentó al régimen. El resultado es una nueva versión de La colmena. Por ahora fragmentada, pero que podría dar pie a una nueva edición completa como fue concebida genuinamente. “Sería una idea extraordinaria. Como sacar una obra inédita de Cela”, asegura entusiasmada Marina Castaño, viuda del premio Nobel español y presidenta de la Fundación Camilo José Cela.


    Una de las hojas del manuscrito inédito de 'La Colmena' de Cela
    El manuscrito, presentado en la Biblioteca Nacional, en Madrid, revela más retazos de vida de ese enjambre de personajes creados por Cela que ahora ven la luz gracias a la donación de Annie Salomon (licenciada en literatura hispánica), hija del hispanista Noël Salomon. Él era la única persona que conocía este inédito. Era un amigo del escritor, a quien envío este texto con la idea, “tal vez, de que analizara el impacto de la censura franquista a través de una novela suya”, dice Adolfo Sotelo Vázquez, catedrático de Historia de la Literatura Española, experto en la obra de Cela y quien prepara una biografía suya. El manuscrito llegó a las manos del hispanista después de la segunda calificación y reporte que hiciera el régimen sobre La colmena,el 7 de enero de 1946, en el cual dice: “¿Ataca el dogma o la moral? Sí. ¿Ataca al régimen? No. ¿Valor literario? Escaso”.
    Se trata de 10 hojas numeradas por la Biblioteca Nacional en dígitos romanos más algunas hojas complementarias en blanco y 172 hojas numeradas en arábigo. El manuscrito es heterogéneo y fragmentario. La mayoría de las hojas están mecanografiadas y varias corregidas a mano y tachadas por el autor con su lapicero rojo. Otras censuradas por el franquismo con lapicero y sello, según Sotelo Vázquez. El grueso del manuscrito es parte de la copia que el escritor presentó a la censura en 1946 con la intención de ceder el original a F. Maristany de Ediciones el Zodíaco para su publicación.
    “…El hombre habla con un hilo de voz, le tiembla todo el cuerpo, se estremece, se contorsiona. Respira violentamente con los ojos cerrados, la boca abierta y seca, la cabeza caída. Un temblor más fuerte le recorre el espinazo. Se queja, dice entre dientes algo que no se entiende, y se queda como muerto. Un sudor muy líquido le mana de la frente…”.
    Eso fue lo que encontró Annie Salomon, cuyo padre murió hace 35 años, hacia 2011 cuando puso a la venta una casa de campo familiar cerca de Burdeos. Cuando una mañana empezó a limpiar la vivienda encontró un armario de madera con objetos familiares, cajas de fotos y entre esos recuerdos una carpeta marrón que tenía escrito a mano Caminos inciertos, otras anotaciones y por ahí el nombre de Cela. Ella se sorprendió. Cuando abrió la carpeta su corazón pareció palpitar más rápido al ver una serie de folios blancos amarilleados por 60 años. Páginas escritas a máquina con anotaciones, tachaduras, anexos y hojas escritas completamente a mano. No sabía muy bien lo que era. Ella había leído La colmena y sabía que eso correspondía al estilo de Cela. Tres años estuvo pensando qué hacer con ese hallazgo, hasta que en mayo pasado habló con la Biblioteca Nacional de España y tomó un vuelo a Madrid para donar el manuscrito, porque “es un patrimonio cultural y tenía que dejarlo a disposición de los expertos”. Ana Santos Aramburo, la directora, lo aceptó agradecida y ordenó el estudio de autenticidad.
    Era, es, La colmena original. Como Cela la concibió. Los pasajes hurtados a la literatura.


    Boceto de la cubierta de 'La Colmena' de Cela
    Ayer la alegría se notaba en la Biblioteca Nacional. Antes de llegar a los hallazgos y el valor del manuscrito, Sotelo Vázquez hizo un recorrido por los primeros pasos de la obra. Unos 20 minutos de la génesis de esa historia en la que Camilo José Cela relata los escombros de los sueños de los españoles de la posguerra. Fue de los primeros escritores en narrar la realidad del país recién terminada la Guerra Civil. La colmena es un mosaico de la sociedad española en su estado físico, emocional y espiritual. Recrea tres días de 1943 en la vida de más de 300 personajes. La mayoría de ellos de clase media baja y de una burguesía en imparable caída en desgracia. Cela hizo un corte en la línea de vida de España representada en una ciudad a través de esa galería de personas que lo único que tienen en común es la asfixia del presente y la incertidumbre del futuro. Una obra que fue publicada en Buenos Aires en 1951 (también con algunos pasajes censurados por el peronismo) y finalmente en España en 1955.
    “…La mujer lo suelta y se tira sobre la cama, boca arriba, con los muslos muy separados, cogiéndose la entrepierna con las manos. Doña Celia sale, desnuda, de detrás de la cortina y se echa sobre Lola, le lame todo el cuerpo. Lola la deja hacer. Se tapa la cabeza con la almohada y se mete un dedo por el culo. Sobre la habitación flota el respirar de las dos mujeres: el de Lola, agotado, ansioso el de doña Celia, que ha caído sobre los baldosines haciéndose una paja…”.
    El manuscrito permanecerá en la Biblioteca Nacional. La Fundación Camilo José Cela ha cedido los derechos para su estudio. Marina Castaño y Ana Santos están de acuerdo en hacer una edición completa de La colmena insertando los pasajes inéditos y censurados donde correspondan y según lo había planificado su creador. El texto hallado lo permite porque el escritor señala a qué corresponde cada pasaje. Los expertos titubean. Como poco se haría una edición con estos pasajes en un apéndice. A Castaño le gustaría que la nueva La colmena estuviera lista en 2016 para conmemorar el centenario del natalicio del autor.
    La historia que empieza en el café La Delicia, de doña Rosa, guardaba más secretos y verdades que las conocidas hasta hoy. Esa historia con más penurias, más habladurías, más retratos de la Realidad, más deseos, pulsiones y desfogues de la pasión y el sexo y de gente mendigando alegrías está ahora en la cámara acorazada de la Biblioteca Nacional con pasajes desconocidos como este que termina diciendo:.
    “…El hombre de los ajos, sucio, derrotado, con la cara sangrante y la ropa rasgada, gime tirado en el suelo.
    “Pierrot” araña la puerta de la alcoba, nadie le hace caso…”.