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sábado, 31 de enero de 2015

PRENSA CULTURAL. "Corazón tan negro: de la maldad en Shakespeare"

   En "jotdown":

Corazón tan negro: de la maldad en Shakespeare

Publicado por 
Jeremy Irons como Enrique IV en The Hollow Crown (BBC)
Jeremy Irons como Enrique IV en The Hollow Crown. Imagen: BBC.My hands are of your colour; but I shame
to wear a heart so white.
(Macbeth, II, 2)
El silogismo es bien conocido: si a es b y b es c, entonces a es c.
Apliquémoslo ahora a los personajes teatrales:
a: Nada atrae más al espectador que un personaje malvado bien construido.
b: Alguien que construía muy bien sus personajes era Shakespeare.
c: Nada atrae más al espectador que los personajes malvados de Shakespeare.
El lector puede estar o no de acuerdo con las premisas y con la conclusión. Sin embargo, hay un punto de razón en el silogismo que los amantes de Shakespeare reconoceríamos: el irresistible atractivo de sus personajes oscuros. Cuando pensamos en el Shakespeare defensor del amor nos vienen a la cabeza algunas de sus obras más célebres (Romeo y Julieta o El sueño de una noche de verano, por ejemplo) pero si nos preguntan por nuestros personajes preferidos de sus obras, raramente nos quedamos con los enamorados o con los graciosos: Ricardo III despierta siempre más interés que Romeo y Yago es más admirado que Puck. Puede que Hamlet sea el ejemplo más paradigmático de esto, ya que es una obra en la que el bardo de Stratford nos cuenta el oscuro viaje que hay desde la inocencia hasta el asesinato, y no cabe duda de que el Hamlet al que recordamos es el que mata a Polonio y envía a Ofelia al convento en lugar de al hijo melancólico que recuerda a su padre con cariño. También recordamos, por supuesto, al Hamlet que, calavera en mano, dice aquello de «ser o no ser»; pero eso es debido a las interferencias cinematográficas, ya que entre el celebérrimo soliloquio y la calavera de Yorick transcurren dos de los cinco actos que tiene la obra.
Ellen Terry as Lady Macbeth, by John Singer Sargent, 1889 - Tate Britain - DP
Ellen Terry como Lady Macbeth, por John Singer Sargent, 1889 – Tate Britain – DP.
Es bien sabido que Shakespeare analiza como nadie los infinitos recovecos del alma humana. Sus obras dan cabida a todos los mundos posibles en este mundo y su pluma dio la palabra a todas las emociones conocidas y por conocer, creando un hilo lógico y continuo entre las pasiones más brillantes y aquellas a las que no suele llegar el foco de otros autores. En sus treinta y siete obras hay buenos y malos, pero entre esos malos existe una gradación que es necesario conocer para no caer en un error tan grave como el ya mencionado de Hamlet y la calavera. Porque cuando pensamos en los malvados shakesperianos hay tres que nos vienen a la cabeza al instante: Yago, Ricardo III y Lady Macbeth. No hay duda de que los dos primeros son lo peor de cada casa, pero no tanto la instigadora del asesinato del rey Duncan. O al menos, si la comparamos con otros criminales creados por el bardo.
De ese amplio abanico cromático de la maldad destacan tres grandes tipos de personajes a los que, a falta de mejor nomenclatura, llamaremos traviesosmalvados y perversos. Parece claro que los primeros son aquellos cuya única intención es la de divertirse. Las comedias son el terreno ideal para los traviesos como Puck de El sueño de una noche de verano, de cuyas trastadas solemos reírnos como niños cómplices. Nos provocan el mismo placer gamberro cuando surgen en las obras históricas, como el Falstaff de las dos partes de Enrique IV. Y sin embargo los traviesos están desvinculados del género trágico en el que se mueven los otros miembros de esta clasificación, ya que Shakespeare no dejó lugar para las bromas dulces en sus tragedias. Estas, en cambio, están pobladas de crímenes de todo tipo para que los personajes más oscuros puedan campar a sus anchas.
Es más difícil concretar la diferencia entre los personajes malvados y los perversos. En el diccionario de la Real Academia la definición de ambos conceptos es casi idéntica, pero es posible que el lector esté de acuerdo en que la palabra perverso tiene una connotación maquiavélica que no se encuentra en malvado. Porque ahí radica la diferencia entre ambos tipos de personajes shakesperianos: sus personajes malvados son aquellos que por aprovechar una ocasión favorable cometen un acto a todas luces execrable, muchas veces sin pensar en las consecuencias. Los perversos, en cambio, son los manipuladores que tejen subrepticiamente una red de malentendidos y conjuras para crear esa ocasión favorable y, una vez conseguido el status quo deseado, lo mantienen gracias a nuevos crímenes. Como ejemplo, y para quien no la recuerde, resumamos la trama de Ricardo III:
Ricardo III (duque de Gloucester antes de convertirse en rey) desea el trono de su hermano Eduardo IV. Para conseguirlo le convence de que Clarence, hermano de ambos y siguiente en la línea de sucesión, es un traidor, con lo que Eduardo le hace encarcelar. Una vez en la cárcel, Gloucester envía a unos asesinos para quitárselo de en medio. Tras la muerte de Eduardo le sucede su hijo de doce años y Gloucester, ahora protector del reino, hace difundir el bulo de que tanto el niño como su hermano pequeño son hijos bastardos de Eduardo. Los encarcela y, como hizo con Clarence, envía a un asesino para que acabe con ellos. Entre medias saca tiempo para casarse con Lady Anne —cuyo marido y cuyo padre fueron asesinados por él mismo— y envenenarla posteriormente al comprender que le era más práctico quedarse viudo para intentar seducir a la hija de Eduardo y así postularse de cara a la galería como el rey legítimo. También el lector/espectador es manipulado, esta vez por el propio Shakespeare: estudios (y exhumaciones) recientes han demostrado que Ricardo III no fue tan cruel ni tan jorobado. Pero Isabel I, monarca en tiempos del bardo, era nieta de Enrique VII, el héroe que derrota a Ricardo al final de la obra. Y nada mejor para encumbrar a un héroe que envilecer al rival.
La galería de personajes perversos es más amplia, por supuesto. La fama es para Ricardo III y Yago, pero no se quedan atrás Regan, Goneril, Cornwall y Edmond —todos ellos pertenecientes a El rey Lear— y, sobre todo, Aarón y Tamora, de Tito Andrónico; la relación de maldades de estos últimos es innumerable, así que sirva como ejemplo el ordenar la violación de una chica y su posterior amputación de manos y lengua para que no pueda delatar a sus violadores.
Lady Macbeth, sin embargo, no está a la altura de semejantes competidores. Es cierto que convence a su marido para asesinar al rey y que ella misma apuñala a los guardianes reales para así tener las manos tan manchadas como las del propio Macbeth. Pero todo ello parece responder, como decíamos más arriba, a un impulso por aprovechar una ocasión favorable. Esa tremenda escena en la que, sonámbula, intenta lavarse las imaginarias manchas de sangre nos indica que los remordimientos son más grandes que su ambición. Si las tres brujas no hubieran profetizado que Macbeth sería rey tras la muerte del rey Duncan, no parece probable que Lady Macbeth hubiera creado una meticulosa red de conspiraciones y traiciones. La fiereza de carácter con la que convence a su débil marido nos muestra a un personaje decidido y carismático, pero su arrepentimiento posterior es inmensamente mayor al de otros perversos shakesperianos. Sobre todo, claro, porque muy pocos se arrepienten. Por otra parte, rebajar a Lady Macbeth de perversa a malvada no implica negar su corazón oscuro, pues en esta categoría está bien acompañada por otros grandes como Shylock (de El mercader de Venecia), Claudio (tío de Hamlet) o Iáchimo (de Cimbelino). ¿Quieren que recordemos un poco sus tramas? Ahí van.
Shylock es un prestamista judío continuamente despreciado por los mercaderes cristianos. Uno de ellos, Antonio, firma con Shylock un contrato de préstamo según el cual se compromete a pagar con una libra de su propia carne en caso de no poder devolver a tiempo el dinero prestado por el judío. Cuando los barcos de Antonio naufragan, Shylock va a juicio reclamando su derecho a cobrar la libra de carne. La obra ha sido tildada de antisemita varias veces, pero quienes dicen eso suelen olvidar el conmovedor monólogo de Shylock tras sufrir, entre otras cosas, que su hija Jessica haya sido raptada por unos amigos de Antonio:
¿Es que un judío no tiene ojos? ¿Es que un judío no tiene manos, órganos, proporciones, sentidos, afectos, pasiones? ¿Es que no se alimenta de la misma comida, herido por las mismas armas, sujeto a las mismas enfermedades, curado por los mismos medios, calentado y enfriado por el mismo verano y por el mismo invierno que un cristiano? Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos hacéis cosquillas, ¿no nos reímos? Si nos envenenáis, ¿no nos morimos? Y si nos ultrajáis, ¿no nos vengaremos?
Calibán, de La Tempestad (Walter Crane, 1893 - Pamla J. Eisenberg - DP)
Calibán, de La Tempestad (Walter Crane, 1893 – Pamla J. Eisenberg – DP)
Claudio, es bien sabido, es el tío de Hamlet que para convertirse en rey mató a su propio hermano. Es decir, al padre de Hamlet. Cuando comprende que su sobrino sabe lo que pasó, conspira para quitárselo de en medio y seguir tranquilo en su trono. Pero la escena XXII del tercer acto —búsquenla, búsquenla— es un bello soliloquio de arrepentimiento.
En cuanto a Iáchimo, el menos conocido de los tres, apuesta con Póstumo Leonato que será capaz de seducir a Imógene, su esposa. Cuando ella le da calabazas, Iáchimo se esconde en un baúl del que, a modo de caballo de Troya, sale por la noche para ver a Imógene durmiendo desnuda, descubrirle un lunar bajo el pecho y robar un brazalete. Con esto convence a Póstumo de la infidelidad de su mujer, provocando que él la repudie y una serie de complicaciones posteriores entre las que se incluyen que Póstumo envíe un mensajero para matar a Imógene y que ella crea erróneamente que un hombre decapitado sea el propio Póstumo.
Esta división de personajes subjetiva, personal y transferible tiene su correlato lógico en la clasificación por géneros de la obra teatral del de Stratford. Del mismo modo que las comedias son pasto de traviesos, las tragedias son el campo de acción de los perversos aunque de vez en cuando aparezcan en las obras históricas, como el ya mencionado Ricardo III. Los malvados, en cambio, gracias quizás a su oscuridad anfibia, se desenvuelven sin problema en cualquiera de los tres géneros. Pero es posible que desde el punto de vista de la construcción del personaje sean más interesantes los personajes fronterizos: entre la travesura y la maldad están, por ejemplo, Feste y Sir Toby, que en Noche de reyes consiguen hacer creer al puritano mayordomo Malvolio que su señora Olivia está enamorada de él. Cuando Malvolio intenta seducirla, en una de las escenas más cómicas escritas por Shakespeare, ella le expulsa de su lado pensando que está loco, momento que aprovechan Feste y Sir Toby para encerrarle en una celda en la que prácticamente se vuelve loco de verdad.
También, claro está, podemos encontrarnos con personajes fronterizos entre la maldad y la perversidad. Es el caso del rey Ricardo II, otro gran villano desconocido y protagonista de la obra homónima: para conseguir librarse de un adversario, el monarca ordena a Thomas de Mowbray que lo mate y pide a Bolingbroke que le guarde el secreto. Cuando el crimen es ejecutado, el rey destierra tanto a Mowbray como a Bolingbroke, uno de los legítimos herederos. Al morir el padre de este último, el rey confisca todos sus bienes con lo que además del destierro, el joven Bolingbroke (que terminará derrotando a Ricardo II para convertirse en Enrique IV) queda desheredado y desterrado. Esta trama oscura y traidora no se encuentra en el texto sino en los antecedentes de la trama (rasgo este que comparte con el rey Claudio de Hamlet) y pertenece a la leyenda histórica del monarca. Leyenda, por tanto, no verificada, pero conocida por el público de la época y que sirve de contexto para construir una de las obras más poéticamente bellas sobre la expiación de los pecados del poder.
Ahora bien, ¿cuáles son, según Shakespeare, los motivos que conducen al ser humano a adentrarse en la crueldad y el crimen? Si analizamos detenidamente sus textos, veremos que esos motivos suelen reducirse a tres: deseo, venganza y ambición. El deseo —tanto amoroso como sexual— es el que incita a Iáchimo a ser un traidor o a Proteo, de Los dos hidalgos de Verona. Más fuerza cobra el ánimo de venganza, ya que son varios los personajes removidos por esa oscura y tenebrosa pasión: ya hemos mencionado a Tamora, Yago, Shylock y a Edmond, un bastardo que no se quiere vengar de nadie en particular sino del mundo en general. Aquí también entrarían Teobaldo, primo malvado y vengativo de Julieta, el monstruo Calibán de La tempestad, el bastardo Don Juan de Mucho ruido y pocas nueces y, por supuesto, Oberón, rey de los duendes, cuya traviesa venganza a su esposa Titania cambia la vida de los personajes en El sueño de una noche de verano. La venganza, por supuesto, es también el motor de Hamlet. En cuanto a la ambición, sabemos que es lo que mueve a Macbeth y a su esposa, a las hijas de Lear y a Ricardo III. Pero no nos podemos olvidar de la malvada reina de Cimbelino, de los conspiradores asesinos de Julio César con Casio a la cabeza o de Antonio, que en La tempestad usurpa el ducado de Milán a su hermano Próspero.
Con todos ellos y unos cuantos más que no caben en estas líneas, nuestro amado bardo construye una geografía de la maldad humana. Incluso sobrehumana, habida cuenta de la presencia de duendes y monstruos. Todos ellos, traviesosmalvados y perversos, movidos por el deseo, la venganza y la ambición. Cuando Shakespeare canta al amor luminoso le salen obras bellísimas, como Noche de reyes o Mucho ruido y pocas nueces. Pero cuando se sumerge en las pasiones más oscuras consigue obras inolvidables, como algunas de las aquí citadas y que ya están ustedes tardando en coger el libro para leerlas o releerlas.
El debate sobre la licitud de mostrar el mal en escena ya lo puso Aristóteles sobre la mesa en su Poética:
Porque la fábula se debe tramar de modo que, aun sin representarla, con solo oír los acaecimientos, cualquiera se horrorice y compadezca de las desventuras.
O, lo que es lo mismo, que las acciones malvadas deben ser parte de la trama pero solo cuando son narradas. Nunca vistas en escena. De ahí que en las tragedias sea siempre un mensajero quien nos relate las escenas más escabrosas, como la de Edipo sacándose los ojos ante el cuerpo inerte de su madre y esposa. Pero los tiempos avanzan que es una barbaridad y cuando Shakespeare escribe sus obras dos mil años más tarde la sangre corre a raudales por los escenarios. Aunque también hay sangre que los personajes ven pero nosotros no. Como esa sangre imaginaria que perturba a Lady Macbeth y que nos revela que, en efecto, la instigadora del crimen tenía un corazón más blanco de lo que ella creía.
Basil Sydney como Claudius en Hamlet de 1948 (Two Cities Films)
Basil Sydney como Claudio en Hamlet de 1948. Imagen: Two Cities Films.

jueves, 23 de junio de 2011

PRENSA CULTURAL. REVISTA "MERCURIO". "Los cuernos de la abundancia", por Justo Serna

Lazarillo de Tormes, por Goya

LOS CUERNOS DE LA ABUNDANCIA

"La gran novela del XIX nos muestra personajes que se obstinan hasta alcanzar el prestigio del que carecen"

JUSTO SERNA

¿MADERA DE HÉROE?

   Quienes leemos novelas, las narraciones más portentosas, corremos un riesgo: el de convertir en auténtico lo que es simplemente ficticio; el de adoptar como modelo lo que es sencillamente inventado. Los personajes literarios sólo son esbozos de vida: criaturas que el autor concibe con retales, con calcos, con copias: con pedazos de la vida cotidiana o con restos del pasado. Son representaciones de virtudes y de defectos, en perfecta separación o en confusa mezcla. Son traslados de comportamientos individuales y colectivos.
   Los escritores toman de la realidad aquellos actos que para bien o para mal les inspiran: lo que hicieron con esmero o lo que malograron; la abundancia que anhelan o la felicidad que jamás alcanzarán. Son hechos auténticos o son ensueños de la fantasía. Lo que place y lo que duele. Sobre todo lo que duele. Decía Jorge Luis Borges refiriéndose a los poemas homéricos que los dioses mandan desgracias a los humanos para que a éstos no les falte algo que cantar. O algo que contar: algo que el auditorio y el lector, los destinarios y el público puedan tomar como ilustración, como ejemplo. Las desdichas curten y templan: las fatalidades y las perversidades sirven de gran enseñanza, de experiencia negativa.
   ¿Y qué hacen los escritores con esos caracteres? Los plasman, les ponen un nombre propio, les dan el hálito vital, los convierten en personajes. Obran como dioses, moldeándolos con mayor o menor maña. Así satisfacen los apetitos o exorcizan los temores. Confirman lo que esperan o, por el contrario, rectifican la vida. Son los demonios interiores, en palabras de Mario Vargas Llosa. Son los fantasmas internos, según Ernesto Sábato. Vale decir: recreaciones de objetos latentes o manifiestos que proceden del mundo personal. O son herencias externas, restos de un pretérito colectivo, atávico o remoto, que se resiste a morir y que ahora encuentra nueva vida. “Cada generación”, dice Norbert Elias, “elige ciertas ruinas del pasado y las dispone según sus propios ideales y valoraciones para reconstruir sus vivencias características”.
   En ambos casos, lo individual o lo colectivo son restituciones de objetos perdidos, deseados o reprimidos. Pero lo reprimido vuelve, como nos advirtió Sigmund Freud: regresa de manera desviada, a veces irreconocible, como una formación de compromiso. De ahí que los personajes no sean por fuerza espejos de individuos históricos: más frecuentemente son reflejos desfigurados, aleaciones varias, híbridos de tipos humanos y de fantasías jamás existentes. Por eso hay que leer con cuidado y por eso hay que identificar con cautela. Los personajes no son necesariamente remedos, sino remedios: compensaciones más que duplicados. Han emprendido acciones y han tomado decisiones. Se parecen extraordinariamente a nosotros. Hablan y callan; hacen y fantasean; conjeturan y realizan. Mienten. Justamente porque se nos parecen es por lo que podemos medir y sopesar la vida real, la nuestra, con la vara y los cedazos de la ficción, con los moldes y con los modelos de la imaginación.
   Aceptamos las provechosas lecciones que nos pueden impartir los titanes. Aunque, como todo lector sabe, en las novelas hay numerosos caracteres que no tienen madera de héroe. Vemos, sí, tipos positivos, decorosos, gentes de una pieza o de moral inconmovible. Pero en la novela, este género secular y demasiado humano, aparecen también frecuentísimos personajes desvergonzados y calamitosos, individuos turbios o sencillamente vulgares, sujetos que dudan o que flaquean, que jamás se comportarán como los héroes clásicos. Son, por ejemplo, aquellos que trepan con astucias, que actúan con doblez, con ardides y patrañas, para así abandonar los estratos más humildes. Ascienden, sí, pero con estigma. Son personajes que nacen menoscabados o con lastres que jamás se sacudirán, pobres almas que no mejorarán.
   De todos ellos hay uno que aún nos inspira toda nuestra piedad, uno que ha sido fuente directa o indirecta de tantos otros caracteres novelescos. No nos podemos fiar de él, sin duda. Entre otras cosas porque es un embustero: carece de rectitud moral. Pero, ay amigos, qué pena nos da. ¿A quién me refiero? A Lázaro de Tormes. ¿Es un héroe? De acuerdo con los cánones homéricos que aún llegan hasta el siglo XVI o hasta nosotros, Lazarillo carece de toda grandeza: lleva un camino equivocado. Es hijo de un molinero y de una lavandera, y su existencia no es más que un servicio a amos ruines y roñosos cuyas mezquindades no tienen límite. Atiende y asiste a un ciego, a un clérigo, a un escudero, a un mercedario, a un buldero, a un pintor de panderos, a un alguacil. ¿Y a qué llega? Lázaro ha ascendido en la escala social, sí. Al final lo vemos muy bien colocado. Eso dice. Tiene un oficio real, que es una meta apetecible en la España de aquel tiempo: pregonero de Toledo, nada menos. Y está casado con la criada de un arcipreste. Pero Lázaro es un pregonero cornudo. ¿Es que, acaso, proclama el adulterio de su esposa? No, por Dios, él lo niega: su trabajo y su posición dependen en parte de su asentimiento, de su ceguera voluntaria.

   UN TIPO ORDINARIO
   Hace ahora cuarenta años que Francisco Rico publicó un ensayo clásico e imprescindible: La novela picaresca y el punto de vista. Apareció en Biblioteca Breve, de Seix Barral, y ahí sigue: en el mismo sello. La conmemoración de ese volumen nos invita a repensar al pícaro. Entre otras cosas, en las páginas de aquella obra, Rico celebraba la forma autobiográfica de la novela, la primera persona de su narrador, la perspectiva parcial del yo que relata y se dirige a Vuestra Merced; y alababa también el realismo antiheroico de Lázaro, un tipo nada recomendable que es forma temprana o inspiración remota o indirecta de tantas otras novelas.
   Los siglos venideros, las ficciones posteriores, traerán a individuos de baja estofa, gentes que logran prosperar a trompicones en un mundo que ya no es estamental. Pensemos en el siglo XIX: en ese tiempo son frecuentes las novelas con personajes que se valen de ardides eróticos, de tretas deshonestas, de enredos políticos, de agios municipales, de empresas lucrativas. La gran narración del Ochocientos, ya en el mundo burgués, nos muestra a herederos de Lázaro: personajes que se obstinan hasta alcanzar la posición o el prestigio del que carecen; individuos que han pasado hambre y penalidades y que ahora son codiciosos y rapaces; hombres cínicos que sobreviven entre nuevos amos y viejos cofrades.
   Pero, en las novelas del siglo XIX, las cosas no suelen acabar bien. ¿Acaso Lázaro acababa bien? Tal vez, es el precio que los autores han de abonar a sus destinatarios para así satisfacer el apetito justiciero o reparador. A cada uno, en efecto, se le pone en su sitio: es frecuente que los ambiciosos vayan a la ruina; como es habitual que los villanos sufran el castigo que merecen por sus fechorías; como es normal que los héroes regresen para recuperar sus tesoros. ¿Y los pícaros de la estirpe de Lázaro? El de Tormes no era bueno ni malo; tampoco tenía temple memorable. Lázaro Gómez Pérez era -es- un tipo ordinario, un individuo muy baqueteado por la vida, confundido, corrido, un don nadie, un niño sin lustre y un adulto sin provecho, un pregonero de bienes ajenos. Pero es también alguien que quiere dar entera noticia de su persona, lo poco que adeuda a quienes todo tienen y lo mucho que debe a su astucia. ¿Y eso quién lo narra?
   Pues nada menos que un héroe cornudo.

lunes, 4 de abril de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "Querido personaje", por Andrés Neuman

Andrés Neuman

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Querido personaje

ANDRÉS NEUMAN 18/10/2008

   Que la presencia del yo en la escritura dependa del empleo de la primera persona me parece una de las mayores simplificaciones que han campado por los desiertos del debate literario. La dicotomía entre primera y tercera persona es falsa: cualquier personaje imaginario puede esconder a un álter ego, igual que un monólogo íntimo puede basarse en artificios ficcionales. Las quirúrgicas terceras personas de muchas historias de Oé o Coetzee, por ejemplo, transmiten una abrumadora introspección y reflejan dolores personales. Los monólogos de Lee Masters, en cambio, recrean confesiones ajenas. Pienso también en la distancia brutal que Kertész se impuso para contar, en una primera persona tan observadora y analítica como un narrador neutral, su sufrimiento en Auschwitz y Buchenwald. La ficción no es un acto gramatical, sino moral. No depende de la apariencia de su argumento, sino de la mirada de sus voces. Por eso el narrador dispone de un arco infinito de posibilidades: desde hacer de actor de tragedias ajenas hasta ser ventrílocuo de sí mismo.
   Nada tengo contra esa estrategia que existe desde la literatura picaresca y que hoy denominamos autoficción. Al contrario: una de mis novelas se adscribe a ella. Pero sí discrepo de las teorías que suelen legitimarla. ¿Es la tercera persona más despótica que la primera? Esta creencia constituye un tópico política y narrativamente correcto. Nada más tiránico que la voz de algunas novelas donde el yo abarca el cien por cien del mundo y ese mundo resulta hermético, restringido. Hay primeras personas tan monolíticas como una tercera persona anticuada, porque fijan la realidad desde una perspectiva uniformadora y carecen de la distancia suficiente para alcanzar la sinceridad respecto a sus propios conflictos. Entendida con amplitud, la narración omnisciente no aspira a ningún ojo divino, sino a un punto de vista múltiple, basculante, próximo a la subjetividad de cada escena. Esta certeza no concluyó en el siglo XIX: más bien comenzó con él. El tránsito del XIX al XXI, más que por el salto de la unidad al fragmento, parece marcado por el paso de la literatura gótica a la egótica.
   Valorar la potencia autobiográfica de una historia implica considerar también la capacidad de abstracción de autor y lector. No se trata de escribir o no sobre la propia vida, cosa que hacemos siempre de un modo u otro. La pregunta es en qué grado, con cuánta elaboración se hace. Y aquí interviene el elemento en mi opinión más hermoso, complejo e inolvidable de la narrativa: el personaje. Un buen personaje tiene la exactitud de un espejo (él es yo), la transparencia de un cristal (él es ellos), la ductilidad de un títere (él es cualquiera), la improvisación de un poema (yo no sé quién es él). Cabe recordar que Frankenstein, criatura moderna por antonomasia, no es solamente la obra de un individuo con ínfulas mesiánicas, sino también una criatura hecha de muchas otras, de retazos ajenos. Eso le permite discutir con su creador.
   Sería interesante estudiar la relación literaria entre solipsismo y conformismo. Laboratorio del yo y del tú, el personaje merece una reivindicación. Subestimarlo desde una lectura reductora y narcisista de la posmodernidad supondría una seria pérdida. Si amar a alguien es toparse con su existencia, el personaje propone un diálogo de amor con lo narrado, un hallazgo de otro dentro de uno. No hay nada más sincero que un personaje que nos cuenta quiénes somos.

   Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) es autor, entre otros libros, de Mística abajo (Acantilado) y Bariloche (Anagrama). http://www.andresneuman.com/

lunes, 9 de marzo de 2009

LETRAS ILUSTRADAS

En esta DIRECCIÓN, encontraremos una interesante colección de ilustraciones dedicadas al mundo de la literatura, a sus autores y a sus personajes.