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martes, 26 de junio de 2012

PRENSA CULTURAL. "Venimos de Bradbury", por Fernando Savater

Fernando Savater

   En "El País":

Venimos de Bradbury

"Cada cual tiene su filiación, el atrevimiento está en confesarla: los hay que descienden de Philip Roth, suerte y prosperidad para ellos, pero otros venimos de Bradbury".

 18 JUN 2012

El día que murió Ray Bradbury, aún hace pocas fechas, tuve dos revelaciones, una íntima y casi pudorosamente intransferible, la otra de alcance más general y quizá esclarecedor. La primera, que de todos los escritores contemporáneos por ninguno —¡ni siquiera por Borges!— he tenido mayor cariño que por Bradbury. No hablo de un afecto personal, puesto que no le conocí, ni de mera admiración literaria: habló de ese amor tan especial (“El amor que no espera ser amado”, dijo Borges refiriéndose a Spinoza) que conciben los lectores por quien mejor alimenta el afán de su pasión. Sobre todo, los lectores que nos sabemos destinado a escribir: es el amor, a veces quisquilloso pero siempre rendido, que profesamos al culpable de haber descerrajado nuestra vocación. Escribo porque soy yo, pero supe que debía escribir por culpa de Bradbury…
La segunda revelación (¡parezco una vidente de Fátima!) se debe a la coincidencia de su muerte con la concesión del Premio Príncipe de Asturias a Philip Roth. He leído intermitentemente a Roth desde El lamento de Portnoy con el indudable provecho y la dosis de resignación con que intenté aprender aritmética cuando me tocaba. Es un buen novelista, qué le vamos a hacer. Habla del sexo y del envejecimiento con notable madurez psicológica, no menor que su competencia formal, de modo que cualquiera se atreve a desentenderse de él. Pero a su mundo literario me asomo solo de visita, sabiendo que no pertenezco a él. Yo sé que vengo —perdonen este desbordamiento narcisista— de los marcianos agonizantes y frágiles de Bradbury, de sus chuchos que desentierran el hueso menos aconsejable, de sus niños asustados, de sus cazadores de dinosaurios y de quienes resisten contra viento y marea a los incendiarios de libros no porque vayan a acabar con la cultura, sino porque pretenden abolir la imaginación.
Cada cual tiene su filiación, el atrevimiento está en confesarla: los hay que descienden de Philip Roth, suerte y prosperidad para ellos, pero otros venimos de Bradbury. En España, no cabe duda, estamos en clara minoría. El género de ficción marcado por él no es el preferido por la masa de nuestros autores o lectores y no digamos por la mayoría de los críticos, que ahí ni están ni se les espera. En muchos casos, a los escritores españoles les pasa con la literatura fantástica como a los ingleses con la cocina sofisticada: se comprueba que no han nacido para ella cuanto más entusiásticamente se dedican a practicarla. Siempre hacen costumbrismo ramploncete, adobado con muchos ángeles, sectas diabólicas o intrigas históricas de cartón piedra. Por supuesto hay excepciones, como algún cuento de Javier Marías y Carlota Feinberg, de Muñoz Molina, su estupenda nouvelle de fantasmas, o las narraciones de estudiado terror clásico de José María Latorre. La mejor sin duda para mí es Pilar Pedraza, maestra en el manejo de lo que Freud llamó unheimlich y los anglosajones denominan uncanny, que en español sería lo desasosegante o algo así. Nada de lo que ha escrito es desdeñable y ahora acaba de aparecer su última novela: Lucifer Circus (Valdemar). Y también es reciente Espíritus de Marte (La Biblioteca del Laberinto), ambiciosa space-opera de Gabriel Bermúdez Castillo, uno de los más acrisolados veteranos de la escuálida ciencia ficción hispánica.
Pero… ¡cómo comparar al quizá entrañable aunque algo pueril Ray Bradbury con todo un Philip Roth, autor adulto y hasta adúltero a quien al menor descuido darán el Premio Nobel! En cierta ocasión, un crítico tarugo, algunos lo son, le propuso a Picasso el ejemplo de tal o cual pintor figurativo encomiando su realismo. Picasso se defendió: “Sí, esa pintura es realista pero no es real”. Los que venimos de Bradbury sabemos que en literatura suele pasar tres cuartos de lo mismo.

PRENSA CULTURAL. "Sol y sombra de Ray Bradbury (Pulp Faction)", por Marcos Ordóñez

Marcos Ordóñez

   En "blogs.elpais":

Sol y sombra de Ray Bradbury (Pulp Faction)

Por:  11 de junio de 2012

En aquella extraña época (últimos sesenta, primeros setenta) la literatura fantástica y policial florecía, no me pregunten por qué, en los kioskos españoles. Por quince o veinte pesetas podías encontrar revistas con goloso formato de libro, como Alfred Hitchcock Magazine (aún puedo recitar, como una letanía, los nombres que encabezaban su dream team: Henry Slesar, C.B Gilford, Jack Ritchie, Bruno Fisher, Miriam Allen De Ford) o su hermana de sangre, Ellery Queen’s Mystery Magazine, donde Chesterton, O’Henry y John Dickson Carr cerraban filas junto a Donald Westlake y Patricia Highsmith. Cuando las revistas se acababan siempre podíamos recurrir a las selecciones de Acervo, que publicaba las novelas y relatos de Cornell Woolrich, y las fantasías belgas de Jean Ray (desde Maupertuis a las aventuras de Harry Dickson) y también tenía un vasto catálogo de ciencia-ficción, o a las recopilaciones del omnívoro Forrest J Ackerman en Bruguera, donde no tardaría en aparecer la fastuosa e inesperada Antología de la literatura fantástica española que compiló el tentacular José Luis Guarner, y que iba desde El brujo postergado, del Infante Don Juan Manuel, hasta Calders y Gimferrer (¡sorpresa!), pasando por aquel extraordinario relato de Fernández Flórez llamado Tinieblas.
Todo eso devorábamos mis cuates y yo, y corríamos a los cines de reestreno para ver las películas de episodios, a cual más sanguinario, del sello Amicus, competencia directa de la Hammer desde Doctor Terror, con títulos tan promisorios como La mansión de los crímenesRefugio macabro (ambos a partir de cuentos de Robert Bloch) o Condenados de ultratumba, o nos abalanzábamos sobre los tebeos de Selecciones Vértice (con Max Audaz y Zarpa de Acero en lo alto del pedestal ) o la galería de espantos de Dossier Negro.

Ellery Queen's Mystery MagazineMuy cerca del Instituto Menéndez y Pelayo (exactamente en la esquina de Vía Augusta con Alfonso XII) había abierto sus puertas una resplandeciente librería llamada Ianua, que no en vano quería decir puerta o portal en latín (eso fue casi todo lo que aprendimos del latín), y que importaba los libros de la mexicana editorial Novaro y de la argentina Edhasa/Minotauro.
Fue allí donde, juntando nuestros magros caudales, compramos los truculentos relatos de Bloch, del que hasta entonces solo sabíamos que era el guionista de Psicosis, y los de Stanley Ellin, y de Fredric Brown, que tenía aquel cuento insólito (No mire hacia atrás) que pretendía matar a sus lectores, como luego La asesina ilustrada, de Vila-Matas, y descubrimos también al enorme Richard Matheson, y las Historias de fantasmas recogidas por Kurt Singer, pero por encima de todos ellos, arriba, muy arriba, como un patriarca benévolo o un marciano omnisapiente que hubiera vivido más de mil vidas, reinaba Ray Bradbury, al que habíamos descubierto gracias a Narciso Ibáñez Serrador. Es posible, pienso ahora, que el éxito televisivo de los programas de Ibáñez Serrador hubiera contribuido en cierta forma a aquella floración de revistas de misterio, terror y ciencia-ficción, una de las cuales, justamente, llevaba el nombre de su serie más famosa, Historias para no dormir: era mensual, contenía cuentos y artículos y guiones de sus episodios (no siempre los más populares), y unos extraños anuncios de productos farmacéuticos que contribuían notablemente a la sensación de artefacto malsano.

El vino del estíoNo sé si fue antes el huevo o la gallina, no sé si a Bradbury lo detectamos a partir de una de aquellas adaptaciones de Chicho (quizás El cohete, quizás La espera, y tal vez no fue en Historias para no dormir sino en una de sus series precedentes, Tras la puerta cerrada o Mañana puede ser verdad, con lo cual el recuerdo se vuelve casi evanescente, porque éramos unos críos entonces) o más bien en uno de los estupendos artículos divulgativos que en la revista firmaba Juan Tébar, otro de sus grandes apóstoles, en una tríada completada por José Luis Garci, que en los primeros setenta publicó en la editorial Helios su apasionado ensayo Ray Bradbury, humanista del futuro.
Todas aquellas puertas se abrían a otras puertas, como a Bradbury le hubiera gustado. El anuncio interior de un número de Mystery Magazine (de eso me acuerdo con absoluta claridad: entre un cuento de Margery Allingham y otro de Santiago Lorén) me reveló a Gonzalo Suárez, que publicitaba Trece veces trece con estas suculentas palabras: “Mi libro es terrible. Contiene cadáveres descuartizados, perros rabiosos, epidemias, monstruos, aberraciones de toda índole y un humor que no tiene maldita gracia” (como dice la canción, who could ask for anything more?), y leyendo las historias de Richard Matheson averiguamos la existencia de una serie llamada The Twilight Zone, porque aquellas antologías de Novaro se titulaban Historias de la Zona Crepuscular: solo había que tirar del hilo de Ariadna, y Ariadna, claro está, nos lleva de nuevo a Minotauro.
Los libros de Bradbury en Minotauro tenían crujientes páginas de color pardo, puro pulp, y las portadas de colores (verde, azul, naranja, violeta) que aquí reproduzco. Su territorio era y es inabarcable, pero muy pronto saltó a la vista que había un lado de luz y uno de sombra. Si tuviera que quedarme con un máximo representante de cada negociado, elegiría El vino del estío y El país de octubre.
La puerta de El vino del estío me llevó a La comedia humana, de Saroyan, porque Douglas Spaulding era un primo hermano de Homero McCaulay, y los grillos de aquel verano inacabable de los años treinta cantaron también en Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, y Una muerte en la familia, de James Agee: en todos esos libros reconocía la misma claridad lunar, el mismo paisaje (daba igual que fuera Norte o Sur), la misma mirada extasiada, que más tarde impregnaría memorables relatos de iniciación como El cuerpo, de Stephen King.

El país de octubreEl país de octubre era lo que había al otro lado del verano. Transcribo el texto de su contraportada: “El país de octubre, donde siempre está haciéndose tarde. El país donde las colinas son niebla y los ríos neblina; donde el mediodía pasa rápidamente, donde se demoran la oscuridad y el crepúsculo y la medianoche no se mueve. Un país de sótanos, subsótanos, carboneras, armarios, altillos y despensas alejadas del sol. El país que habitan gentes de otoño, que solo tienen pensamientos otoñales; gentes que pasan por las aceras desiertas con un sonido de lluvia”. Relatos maravillosamente aterradores, como El siguiente en la fila, que me hizo jurar que nunca jamás en la vida visitaría la cueva de las momias en Guanajuato, o La guadaña, en el que un granjero descubre que su nueva tarea es una esclavitud inacabable, o La caja de las sorpresas, donde se nos confirma que ser Dios tampoco es un plato de gusto. O aquella historia llamada El emisario, de la que tan solo recuerdo el aura enfermiza, la casa aislada, el niño que solo puede comunicarse con el exterior a través de su perro y de una vecina, el desolador final y la sensación de que Ana María Matute hubiera podido firmarlo.
Bradbury era terriblemente contagioso, y en aquella época escribí un centón de cuentos a su manera. Pero no solo eso. Haciendo honor a su nombre y a sus poderes, enviaba rayos, guiaba, contaminaba en el mejor sentido imaginable. ¿No os ha pasado que después de ver la exposición de un gran pintor o un gran fotógrafo salís a la calle y lo contempláis todo con sus ojos?
Bajo su órbita seguían formándose constelaciones inesperadas, voracidades retroactivas (¿o es que todos nosotros no habíamos sido como él, rastreando historias fantásticas y tebeos y puertas ocultas o repentinas?) y también puentes impensables y transoceánicos. Durante un periodo de sequía, el sumo sacerdote me condujo hacia Dino Buzzati, su hermano italiano. Ya había leído El hombre ilustrado, y Fantasmas de lo nuevo, y Las doradas manzanas del sol, y Remedio para melancólicos¸ y, por supuesto, Fahrenheit 451. Agotadas por el momento las fuentes minotáuricas (aunque diría que Fahrenheit no salió en Minotauro) se me fueron los ojos hacia la portada de Historias del atardecer, de Buzzati, en la colección Reno: la imagen rojiza de un alunizaje me hizo pensar que aquello bien podía estar a caballo entre las Crónicas marcianas y las Historias de la zona crepuscular.
Historias del atardecer - dino buzzatiEl libro era la versión española de Il Colombre, que acababa de aparecer en Italia. ¡Tiempos aquellos, en los que un libro italiano se traducía a poco de su salida y se publicaba en una colección popular! Buzzati me pareció, como digo, cercanísimo a Bradbury: la misma timidez febril de niño solitario, la misma imaginación desbordante, la misma mirada hacia lo alto, hacia el mito y la leyenda (El secreto del bosque viejoLos siete mensajeros), pero también atenta a desvelar las alarmas de lo cotidiano (Cinco pisos, que Azcona adaptó al cine en Italia con el título de Il fischio al naso) o abocada hacia la purulenta red de sótanos y subsótanos, como en aquel otro cuento magistral, En el jardín, donde bajo la calma de una silenciosa noche de verano laten salvajes guerras de insectos, tripas rajadas, élitros machacados, y los supervivientes caen en las fauces abiertas de un gato hambriento. Hablo de Buzzati para hablar de Bradbury, y es que a menudo el genio funciona por ósmosis y comparte aguas freáticas, del mismo modo que Cortazar advirtió aquel tumultuoso río subterráneo que enlazaba los cerebros de Edgar Allan Poe y Baudelaire.
En esa misma línea (de tranvía fantasma) sigo pensando que Bradbury nunca está donde lo esperas. Se han hecho muchísimas adaptaciones de sus historias, pero para mi gusto las mejores son aquellas en las que no aparece su firma pero sí su esencia. Dejando aparte a Charles Laughton con La noche del cazador, el director más cercano a Bradbury fue Robert Mulligan: su lado de sol (con bosques nocturnos) está en la adaptación de Matar a un ruiseñor, y su lado de sombra, con afilados tridentes escondidos en pajares, fue aquella joya siniestra llamada El otro, sobre la novela de Tom Tryon. Y pienso que el más perfecto destilado de La feria de las tinieblas no fue la película de Jack Clayton (que tampoco estaba nada mal) sino la rotunda, terrorífica e injustamente abortada Carnivale, perla negra de HBO. Para despedir la evocación vuelve a mi memoria un miscasting parcial: Truffaut estaba fantástico en Encuentros en la Tercera Fase, pero el papel del científico humanista que sabe conectar con los extraterrestres era un rol cantado para el tío Ray. Y digo parcial porque no olvidemos que Truffaut fue quien llevó al cine Fahrenheit 451. O sea que, para decirlo a la navarra, Bradbury no estaba, “pero como si estaría”.

viernes, 8 de junio de 2012

PRENSA CULTURAL. "Ray Bradbury viste de luto Marte", reportaje

Ray Bradbury
   En "El País":

 Barcelona 6 JUN 2012

Luto en Marte y en nuestros corazones. La muerte el martes por la noche a los 91 años de Ray Bradbury, maestro de la ciencia ficción más lírica, les deja huérfanos a ellos, los marcianos de ojos amarillos en sus crepusculares canales de ensueño, pero también a todos los de aquí abajo, sus hijos lectores, los que hemos viajado con él en astronaves a las estrellas y hemos bebido el licor del verano de las infancias perdidas bajo los porches de la mítica Green Town, Illinois.
Bradbury, que dispone ya de un cráter en su honor en la luna y que pidió que sus cenizas sean esparcidas en el planeta rojo, será recordado por muchas cosas, por las Crónicas marcianas, esa excepcional colección de relatos sobre la colonización del planeta Marte que cambió para siempre el género fantástico y entusiasmó a Borges; por El vino del estío y La feria de las tinieblas, dos de las novelas más conmovedoras jamás escritas sobre el delicado momento en el que los niños descubren la existencia del tiempo, de la muerte y de la responsabilidad; por la distopía Farenheit 451 con su mundo de libros perseguidos por bomberos flamígeros pero salvados por lectores contumaces en una de las más hermosas fábulas sobre la perennidad de la lectura -un tema tan actual-. Se le recordará también por sus estremecedores cuentos sombríos, los de El país de octubre,que tanto han influido en autores de terror como Stephen King. Pero sobre todo recordaremos de Ray Bradbury su capacidad para mezclar en un combinado único la fantasía, la poesía, la maravilla, la nostalgia y la inocencia.
Criado en los sueños, esperanzas y pesadillas de los EE UU que pasaron en pocas generaciones de ser una sociedad básicamente rural a abrazar las más portentosas y abracadabrantes tecnologías, Bradbury (Waukegan, Illinois, 1920) se entusiasmó, recelando al tiempo, con las novedades y artefactos, mostrando en sus historias lo prodigioso de la ciencia y a la vez advirtiendo de que el ser humano no debería perder su alma en aras de ella. "No debemos llevar nuestros pecados a otros mundos", le escuche decir en una ocasión, en su única visita a España, en 1991.
Era un gran moralista, con un lado indudablemente ingenuo y paternalista, incluso reaccionario, que a veces le lastraba, pero tenía el don de transportarte a un mundo de emociones y sentimientos prístinos e irresistibles. Sus diáfanas metáforas son como encajes de cristal que te arañan el corazón y te anegan los ojos de lágrimas.
Había sin embargo en él junto a la luz y el optimismo un lado oscuro, de miedo y culpa, en el que crecía fértil el musgo de lo espectral y de lo macabro. Pocos autores han escrito como Bradbury sobre la muerte y la pérdida. Es imposible recordar algunos de sus historias sin estremecerse, la del bebé asesino, la del perro que regresa de ultratumba, la del hombre que se hace cargo de la guadaña de la muerte y siega el campo de la vida hasta encontrar los tallos que son su mujer y sus hijos… En relatos y novelas esa sombra, ese otoño, es el contrapunto insoslayable de un gran canto vital de celebración de la existencia y de la belleza del universo.
En esencia, con toda su cultura y sabiduría, Bradbury -y él mismo lo reivindicaba- nunca dejó de ser un niño de 12 años, el asombrado y vivaz Douglas Spaulding con zapatillas de deporte nuevas de El vino del estío (1957), la preciosa novela en la que relató su infancia trasmutando su Waukegan natal en Green Town, su pequeña arcadia personal de cometas y zarzaparrilla. Ese lugar soñado hubo de abandonarlo a los 14 años cuando su padre, empleado ferroviario afectado por la depresión, se trasladó con la familia a Los Ángeles. Gran lector de literatura pulp,amante de los tebeos, empezó a publicar en fanzines y en 1941 vendió su primer cuento. En 1950 publicó la obra por la que será especialmente recordado, Crónicas marcianas, un conjunto de cuentos vagamente unidos por el nexo de la invasión humana de Marte que llenan de asombro y transpiran una atmósfera de sobrenatural melancolía y soledad. Cuando el año pasado visité la vieja casa de Bradbury junto a la playa de Venice, California, donde el escritor vivió con su mujer Maggie al casarse en 1947, no pude dejar de pensar en la influencia de esa pequeña Venecia con sus minúsculos canales en la creación del Marte de las crónicas. No hay mucha ciencia-ficción en el sentido convencional en el libro, como no la hay en sus otras novelas y en sus centenares de relatos, agrupados en títulos tan conocidos como El hombre ilustrado o Las doradas manzanas del sol. Una de las cumbres del género, Bradbury es sin embargo muy diferente de otros populares maestros contemporáneos suyos como Isaac Asimov (+1992) o Arthur C. Clarke (+2008). Solo ahora, releyendo, caigo en la cuenta de qué solos nos hemos quedado en el universo al completarse la pérdida de la gran tripleta espacial.
Poco sexo en Bradbury, les advierto, un autor que dejó escrito: "Igual que mi amigo Ray Harryhousen concentró toda su libido en los dinosaurios, yo la puse en los cohetes, en Marte, en los extraterrestres y en una o dos muchachas que cuando me decidía a leerles mis historias huyeron muertas de aburrimiento".

El autor de ‘Fahrenheit 451’ reivindica el mundo del papel en este vídeo que realizó el suplemento cultural 'Babelia' en 2009
Algunos encuentran que su obra desde 1960 ya no está a la altura de sus grandes creaciones. Quién sabe, quizá hemos perdido la inocencia para valorarlo. Sea como sea, aquí y allá en las novelas y antologías publicadas a lo largo de este medio siglo saltaba la chispa incandescente del viejo Bradbury. Recuerdo un cuento genial sobre un hombre mosca y la emoción que provocaba el retorno a Green Town en la secuela El verano del adiós.
Escribió ensayos y poesía (no muy buena: su poesía estaba en su prosa). Tuvo una suerte desigual en el cine, un arte que amaba como solo pueden hacerlo los grandes soñadores. Ninguna de sus obras -llevadas también a la televisión, al teatro y a la ópera incluso- ha tenido una brillante plasmación en la pantalla si exceptuamos la versión de Truffaut de Fahrenheit 451 (1966), que precisamente a Bradbury no le satisfacía por "demasiado intelectual". Su gran colaboración con el séptimo arte y una aventura en sí misma fue sin duda escribir en 1953 el guion de Moby Dick para el turbulento John Huston. Bradbury leyó nueve veces la obra de Melville y la sintetizó prodigiosamente en 150 páginas. El proceso y la relación con Huston los evocó posteriormente en una novela, Sombras verdes, ballena blanca. La influencia de Ray Bradbury en el cine es enorme, baste con decir que Spielberg lo ha considerado su propio padre.
Cuando en 1991, durante un almuerzo, le pedí que me dedicara La feria de las tinieblas para mi hija que aún no había nacido, se empleó con simpática fruición encantado con el reto de conquistar a una lectora del futuro. Hoy, mirando al espacio con tristeza, siento en el alma no haber pensado en mis nietos.

Bibliografía

NOVELAS
Fahrenheit 451 (1953)
El vino de estío (1957)
La feria de las tinieblas (1962)
El árbol de las brujas (1972)
La muerte es un asunto solitario (1985)
Cementerio para lunáticos (1990)
El ruido de un trueno (1990)
Sombras verdes, ballena blanca (1992)
Matemos todos a Constance (2004)
El verano de la despedida (2006)
Ahora y siempre (2009)
CUENTOS
Crónicas marcianas (1950)
El hombre ilustrado (1951)
Las doradas manzanas del sol (1953)
Remedio para melancólicos (1960)
Las maquinarias de la alegría (1964)
Fantasmas de lo nuevo (1969)
Cuentos de dinosaurios (1983)
La bruja de abril y otros cuentos (1994)
Más rápido que el ojo (1996)
De la ceniza volverás (2001)
Algo más que el equipaje (2003)
El signo del gato (2005)
NO FICCIÓN
Zen el arte de escribir (2002)
Bradbury habla (2008)

jueves, 7 de junio de 2012

Cuento de Ray Bradbury: "La costa"

Ray Bradbury

   Acaba de fallecer Ray Bradbury, autor de la novela Fahrenheit 451. El siguiente cuento pertenece a otro de sus grandes libros, Crónicas marcianas:

La costa

     Marte era una costa distante y los hombres cayeron en olas sobre ella. Cada ola era distinta y cada ola más fuerte. La primera ola trajo consigo a hombres acostumbrados a los espacios, el frío y la soledad; cazadores de lobos y pastores de ganado, flacos, con rostros descarnados por los años, ojos como cabezas de clavos y manos codiciosas y ásperas como guantes viejos. Marte no pudo contra ellos, pues venían de llanuras y praderas tan inmensas como los campos marcianos. Llegaron, poblaron el desierto y animaron a los que querían seguirlos. Pusieron cristales en los marcos vacíos de las ventanas, y luces detrás de los cristales.
     Esos fueron los primeros hombres.
     Nadie ignoraba quiénes serían las primeras mujeres.
     Los segundos hombres debieran de haber salido de otros países, con otros idiomas y otras ideas. Pero los cohetes eran norteamericanos y los hombres eran norteamericanos y siguieron siéndolo, mientras Europa, Asia, Sudamérica y Australia contemplaban aquellos fuegos de artificio que los dejaban atrás. Casi todos los países estaban hundidos en la guerra o en la idea de la guerra.
     Los segundos hombres fueron, pues, también norteamericanos. Salieron de las viviendas colectivas y de los trenes subterráneos, y después de toda una vida de hacinamiento en los tubos, latas y cajas de Nueva York, hallaron paz y tranquilidad junto a los hombres de las regiones áridas, acostumbrados al silencio.
     Y entre estos segundos hombres había algunos que tenían un brillo raro en los ojos y parecían encaminarse hacia Dios...

viernes, 29 de octubre de 2010

CUENTO. CIENCIA FICCIÓN. CINE. TRÁILER. "El ruido de un trueno", de Ray Bradbury


EL RUIDO DE UN TRUENO
El anuncio en la pared parecía temblar bajo una móvil película de agua caliente. Eckels sintió que parpadeaba, y el anuncio ardió en la momentánea oscuridad:

SAFARI EN EL TIEMPO S.A. SAFARIS A CUALQUIER AÑO DEL PASADO. USTED ELIGE EL ANIMAL NOSOTROS LO LLEVAMOS ALLÍ, USTED LO MATA.

Una flema tibia se le formó en la garganta a Eckels. Tragó saliva empujando hacia abajo la flema. Los músculos alrededor de la boca formaron una sonrisa, mientras alzaba lentamente la mano, y la mano se movió con un cheque de diez mil dólares ante el hombre del escritorio.
-¿Este safari garantiza que yo regrese vivo?
-No garantizamos nada -dijo el oficial-, excepto los dinosaurios. -Se volvió-. Este es el señor Travis, su guía safari en el pasado. Él le dirá a qué debe disparar y en qué momento. Si usted desobedece sus instrucciones, hay una multa de otros diez mil dólares, además de una posible acción del gobierno, a la vuelta.
Eckels miró en el otro extremo de la vasta oficina la confusa maraña zumbante de cables y cajas de acero, y el aura ya anaranjada, ya plateada, ya azul. Era como el sonido de una gigantesca hoguera donde ardía el tiempo, todos los años y todos los calendarios de pergamino, todas las horas apiladas en llamas. El roce de una mano, y este fuego se volvería maravillosamente, y en un instante, sobre sí mismo. Eckels recordó las palabras de los anuncios en la carta. De las brasas y cenizas, del polvo y los carbones, como doradas salamandras, saltarán los viejos años, los verdes años; rosas endulzarán el aire, las canas se volverán negro ébano, las arrugas desaparecerán. Todo regresará volando a la semilla, huirá de la muerte, retornará a sus principios; los soles se elevarán en los cielos occidentales y se pondrán en orientes gloriosos, las lunas se devorarán al revés a sí mismas, todas las cosas se meterán unas en otras como cajas chinas, los conejos entrarán en los sombreros, todo volverá a la fresca muerte, la muerte en la semilla, la muerte verde, al tiempo anterior al comienzo. Bastará el roce de una mano, el más leve roce de una mano.
-¡Infierno y condenación! -murmuró Eckels con la luz de la máquina en el rostro delgado-. Una verdadera máquina del tiempo. -Sacudió la cabeza-. Lo hace pensar a uno. Si la elección hubiera ido mal ayer, yo quizá estaría aquí huyendo de los resultados. Gracias a Dios ganó Keith. Será un buen presidente.
-Sí -dijo el hombre detrás del escritorio-. Tenemos suerte. Si Deutscher hubiese ganado, tendríamos la peor de las dictaduras. Es el antitodo, militarista, anticristo, antihumano, antintelectual. La gente nos llamó, ya sabe usted, bromeando, pero no enteramente. Decían que si Deutscher era presidente, querían ir a vivir a 1492. Por supuesto, no nos ocupamos de organizar evasiones, sino safaris. De todos modos, el presidente es Keith. Ahora su única preocupación es...
Eckels terminó la frase:
-Matar mi dinosaurio.
-Un Tyrannosaurus rex. El lagarto del Trueno, el más terrible monstruo de la historia. Firme este permiso. Si le pasa algo, no somos responsables. Estos dinosaurios son voraces.
Eckels enrojeció, enojado.
-¿Trata de asustarme?
-Francamente, sí. No queremos que vaya nadie que sienta pánico al primer tiro. El año pasado murieron seis jefes de safari y una docena de cazadores. Vamos a darle a usted la más extraordinaria emoción que un cazador pueda pretender. Lo enviaremos sesenta millones de años atrás para que disfrute de la mayor y más emocionante cacería de todos los tiempos. Su cheque está todavía aquí. Rómpalo.
El señor Eckels miró el cheque largo rato. Se le retorcían los dedos.
-Buena suerte -dijo el hombre detrás del mostrador-. El señor Travis está a su disposición.
Cruzaron el salón silenciosamente, llevando los fusiles, hacia la Máquina, hacia el metal plateado y la luz rugiente.
Primero un día y luego una noche y luego un día y luego una noche, y luego día-noche-día-noche-día. Una semana, un mes, un año, ¡una década! 2055, 2019, ¡1999! ¡1957! ¡Desaparecieron! La Máquina rugió. Se pusieron los cascos de oxígeno y probaron los intercomunicadores. Eckels se balanceaba en el asiento almohadillado, con el rostro pálido y duro. Sintió un temblor en los brazos y bajó los ojos y vio que sus manos apretaban el fusil. Había otros cuatro hombres en esa máquina. Travis, el jefe del safari, su asistente, Lesperance, y dos otros cazadores, Billings y Kramer. Se miraron unos a otros y los años llamearon alrededor.
-¿Estos fusiles pueden matar a un dinosaurio de un tiro? -se oyó decir a Eckels.
-Si da usted en el sitio preciso -dijo Travis por la radio del casco-. Algunos dinosaurios tienen dos cerebros, uno en la cabeza, otro en la columna espinal. No les tiraremos a éstos, y tendremos más probabilidades. Aciérteles con los dos primeros tiros a los ojos, si puede, cegándolo, y luego dispare al cerebro.
La máquina aulló. El tiempo era una película que corría hacia atrás. Pasaron soles, y luego diez millones de lunas.
-Dios santo -dijo Eckels-. Los cazadores de todos los tiempos nos envidiarían hoy. África al lado de esto parece Illinois.
El sol se detuvo en el cielo.
La niebla que había envuelto la Máquina se desvaneció. Se encontraban en los viejos tiempos, tiempos muy viejos en verdad, tres cazadores y dos jefes de safari con sus metálicos rifles azules en las rodillas.
-Cristo no ha nacido aún -dijo Travis-. Moisés no ha subido a la montaña a hablar con Dios. Las pirámides están todavía en la tierra, esperando. Recuerde que Alejandro, Julio César, Napoleón, Hitler... no han existido.
Los hombres asintieron con movimientos de cabeza.
-Eso -señaló el señor Travis- es la jungla de sesenta millones dos mil cincuenta y cinco años antes del presidente Keith.
Mostró un sendero de metal que se perdía en la vegetación salvaje, sobre pantanos humeantes, entre palmeras y helechos gigantescos.
-Y eso -dijo- es el Sendero, instalado por Safari en el Tiempo para su provecho. Flota a diez centímetros del suelo. No toca ni siquiera una brizna, una flor o un árbol. Es de un metal antigravitatorio. El propósito del Sendero es impedir que toque usted este mundo del pasado de algún modo. No se salga del Sendero. Repito. No se salga de él. ¡Por ningún motivo! Si se cae del Sendero hay una multa. Y no tire contra ningún animal que nosotros no aprobemos.
-¿Por qué? -preguntó Eckels. Estaban en la antigua selva. Unos pájaros lejanos gritaban en el viento, y había un olor de alquitrán y viejo mar salado, hierbas húmedas y flores de color de sangre.
-No queremos cambiar el futuro. Este mundo del pasado no es el nuestro. Al gobierno no le gusta que estemos aquí. Tenemos que dar mucho dinero para conservar nuestras franquicias. Una máquina del tiempo es un asunto delicado. Podemos matar inadvertidamente un animal importante, un pajarito, un coleóptero, aun una flor, destruyendo así un eslabón importante en la evolución de las especies.
-No me parece muy claro -dijo Eckels.
-Muy bien -continuó Travis-, digamos que accidentalmente matamos aquí un ratón. Eso significa destruir las futuras familias de este individuo, ¿entiende?
-Entiendo.
-¡Y todas las familias de las familias de ese individuo! Con sólo un pisotón aniquila usted primero uno, luego una docena, luego mil, un millón, ¡un billón de posibles ratones!
-Bueno, ¿y eso qué? -inquirió Eckels.
-¿Eso qué? -gruñó suavemente Travis-. ¿Qué pasa con los zorros que necesitan esos ratones para sobrevivir? Por falta de diez ratones muere un zorro. Por falta de diez zorros, un león muere de hambre. Por falta de un león, especies enteras de insectos, buitres, infinitos billones de formas de vida son arrojadas al caos y la destrucción. Al final todo se reduce a esto: cincuenta y nueve millones de años más tarde, un hombre de las cavernas, uno de la única docena que hay en todo el mundo, sale a cazar un jabalí o un tigre para alimentarse. Pero usted, amigo, ha aplastado con el pie a todos los tigres de esa zona al haber pisado un ratón. Así que el hombre de las cavernas se muere de hambre. Y el hombre de las cavernas, no lo olvide, no es un hombre que pueda desperdiciarse, ¡no! Es toda una futura nación. De él nacerán diez hijos. De ellos nacerán cien hijos, y así hasta llegar a nuestros días. Destruya usted a este hombre, y destruye usted una raza, un pueblo, toda una historia viviente. Es como asesinar a uno de los nietos de Adán. El pie que ha puesto usted sobre el ratón desencadenará así un terremoto, y sus efectos sacudirán nuestra tierra y nuestros destinos a través del tiempo, hasta sus raíces. Con la muerte de ese hombre de las cavernas, un billón de otros hombres no saldrán nunca de la matriz. Quizás Roma no se alce nunca sobre las siete colinas. Quizá Europa sea para siempre un bosque oscuro, y sólo crezca Asia saludable y prolífica. Pise usted un ratón y aplastará las pirámides. Pise un ratón y dejará su huella, como un abismo en la eternidad. La reina Isabel no nacerá nunca, Washington no cruzará el Delaware, nunca habrá un país llamado Estados Unidos. Tenga cuidado. No se salga del Sendero. ¡Nunca pise afuera!
-Ya veo -dijo Eckels-. Ni siquiera debemos pisar la hierba.
-Correcto. Al aplastar ciertas plantas quizá sólo sumemos factores infinitesimales. Pero un pequeño error aquí se multiplicará en sesenta millones de años hasta alcanzar proporciones extraordinarias. Por supuesto, quizá nuestra teoría esté equivocada. Quizá nosotros no podamos cambiar el tiempo. O tal vez sólo pueda cambiarse de modos muy sutiles. Quizá un ratón muerto aquí provoque un desequilibrio entre los insectos de allá, una desproporción en la población más tarde, una mala cosecha luego, una depresión, hambres colectivas, y, finalmente, un cambio en la conducta social de alejados países. O aun algo mucho más sutil. Quizá sólo un suave aliento, un murmullo, un cabello, polen en el aire, un cambio tan, tan leve que uno podría notarlo sólo mirando de muy cerca. ¿Quién lo sabe? ¿Quién puede decir realmente que lo sabe? No nosotros. Nuestra teoría no es más que una hipótesis. Pero mientras no sepamos con seguridad si nuestros viajes por el tiempo pueden terminar en un gran estruendo o en un imperceptible crujido, tenemos que tener mucho cuidado. Esta máquina, este sendero, nuestros cuerpos y nuestras ropas han sido esterilizados, como usted sabe, antes del viaje. Llevamos estos cascos de oxígeno para no introducir nuestras bacterias en una antigua atmósfera.
-¿Cómo sabemos qué animales podemos matar?
-Están marcados con pintura roja -dijo Travis-. Hoy, antes de nuestro viaje, enviamos aquí a Lesperance con la Máquina. Vino a esta Era particular y siguió a ciertos animales.
-¿Para estudiarlos?
-Exactamente -dijo Travis-. Los rastreó a lo largo de toda su existencia, observando cuáles vivían mucho tiempo. Muy pocos. Cuántas veces se acoplaban. Pocas. La vida es breve. Cuando encontraba alguno que iba a morir aplastado por un árbol u otro que se ahogaba en un pozo de alquitrán, anotaba la hora exacta, el minuto y el segundo, y le arrojaba una bomba de pintura que le manchaba de rojo el costado. No podemos equivocarnos. Luego midió nuestra llegada al pasado de modo que no nos encontremos con el monstruo más de dos minutos antes de aquella muerte. De este modo, sólo matamos animales sin futuro, que nunca volverán a acoplarse. ¿Comprende qué cuidadosos somos?
-Pero si ustedes vinieron esta mañana -dijo Eckels ansiosamente-, debían haberse encontrado con nosotros, nuestro safari. ¿Qué ocurrió? ¿Tuvimos éxito? ¿Salimos todos... vivos?
Travis y Lesperance se miraron.
-Eso hubiese sido una paradoja -habló Lesperance-. El tiempo no permite esas confusiones..., un hombre que se encuentra consigo mismo. Cuando va a ocurrir algo parecido, el tiempo se hace a un lado. Como un avión que cae en un pozo de aire. ¿Sintió usted ese salto de la Máquina, poco antes de nuestra llegada? Estábamos cruzándonos con nosotros mismos que volvíamos al futuro. No vimos nada. No hay modo de saber si esta expedición fue un éxito, si cazamos nuestro monstruo, o si todos nosotros, y usted, señor Eckels, salimos con vida.
Eckels sonrió débilmente.
-Dejemos esto -dijo Travis con brusquedad-. ¡Todos de pie! Se prepararon a dejar la Máquina. La jungla era alta y la jungla era ancha y la jungla era todo el mundo para siempre y para siempre. Sonidos como música y sonidos como lonas voladoras llenaban el aire: los pterodáctilos que volaban con cavernosas alas grises, murciélagos gigantescos nacidos del delirio de una noche febril. Eckels, guardando el equilibrio en el estrecho sendero, apuntó con su rifle, bromeando.
-¡No haga eso! -dijo Travis.- ¡No apunte ni siquiera en broma, maldita sea! Si se le dispara el arma...
Eckels enrojeció.
-¿Dónde está nuestro Tyrannosaurus?
-Lesperance miró su reloj de pulsera
-Adelante. Nos cruzaremos con él dentro de sesenta segundos. Busque la pintura roja, por Cristo. No dispare hasta que se lo digamos. Quédese en el Sendero. ¡Quédese en el Sendero!
Se adelantaron en el viento de la mañana.ç
-Qué raro -murmuró Eckels-. Allá delante, a sesenta millones de años, ha pasado el día de elección. Keith es presidente. Todos celebran. Y aquí, ellos no existen aún. Las cosas que nos preocuparon durante meses, toda una vida, no nacieron ni fueron pensadas aún.
-¡Levanten el seguro, todos! -ordenó Travis-. Usted dispare primero, Eckels. Luego, Billings. Luego, Kramer.
-He cazado tigres, jabalíes, búfalos, elefantes, pero esto, Jesús, esto es caza -comentó Eckels -. Tiemblo como un niño.
-Ah -dijo Travis.
-Todos se detuvieron.
Travis alzó una mano.
-Ahí adelante -susurró-. En la niebla. Ahí está Su Alteza Real.
La jungla era ancha y llena de gorjeos, crujidos, murmullos y suspiros. De pronto todo cesó, como si alguien hubiese cerrado una puerta.
Silencio.
El ruido de un trueno.
De la niebla, a cien metros de distancia, salió el Tyrannosaurus rex.
-Jesucristo -murmuró Eckels.
-¡Chist!
Venía a grandes trancos, sobre patas aceitadas y elásticas. Se alzaba diez metros por encima de la mitad de los árboles, un gran dios del mal, apretando las delicadas garras de relojero contra el oleoso pecho de reptil. Cada pata inferior era un pistón, quinientos kilos de huesos blancos, hundidos en gruesas cuerdas de músculos, encerrados en una vaina de piel centelleante y áspera, como la cota de malla de un guerrero terrible. Cada muslo era una tonelada de carne, marfil y acero. Y de la gran caja de aire del torso colgaban los dos brazos delicados, brazos con manos que podían alzar y examinar a los hombres como juguetes, mientras el cuello de serpiente se retorcía sobre sí mismo. Y la cabeza, una tonelada de piedra esculpida que se alzaba fácilmente hacia el cielo, En la boca entreabierta asomaba una cerca de dientes como dagas. Los ojos giraban en las órbitas, ojos vacíos, que nada expresaban, excepto hambre. Cerraba la boca en una mueca de muerte. Corría, y los huesos de la pelvis hacían a un lado árboles y arbustos, y los pies se hundían en la tierra dejando huellas de quince centímetros de profundidad. Corría como si diese unos deslizantes pasos de baile, demasiado erecto y en equilibrio para sus diez toneladas. Entró fatigadamente en el área de sol, y sus hermosas manos de reptil tantearon el aire.
-¡Dios mío! -Eckels torció la boca-. Puede incorporarse y alcanzar la luna.
-¡Chist! -Travis sacudió bruscamente la cabeza-. Todavía no nos vio.
-No es posible matarlo. -Eckels emitió con serenidad este veredicto, como si fuese indiscutible. Había visto la evidencia y ésta era su razonada opinión. El arma en sus manos parecía un rifle de aire comprimido-. Hemos sido unos locos. Esto es imposible.
-¡Cállese! -siseó Travis.
-Una pesadilla.
-Dé media vuelta -ordenó Travis-. Vaya tranquilamente hasta la máquina. Le devolveremos la mitad del dinero.
-No imaginé que sería tan grande -dijo Eckels-. Calculé mal. Eso es todo. Y ahora quiero irme.
-¡Nos vio!
-¡Ahí está la pintura roja en el pecho!
El Lagarto del Trueno se incorporó. Su armadura brilló como mil monedas verdes. Las monedas, embarradas, humeaban. En el barro se movían diminutos insectos, de modo que todo el cuerpo parecía retorcerse y ondular, aun cuando el monstruo mismo no se moviera. El monstruo resopló. Un hedor de carne cruda cruzó la jungla.
-Sáquenme de aquí -pidió Eckels-. Nunca fue como esta vez. Siempre supe que saldría vivo. Tuve buenos guías, buenos safaris, y protección. Esta vez me he equivocado. Me he encontrado con la horma de mi zapato, y lo admito. Esto es demasiado para mí.
-No corra -dijo Lesperance-. Vuélvase. Ocúltese en la Máquina.
-Sí.
Eckels parecía aturdido. Se miró los pies como si tratara de moverlos. Lanzó un gruñido de desesperanza.
-¡Eckels!
Eckels dio unos pocos pasos, parpadeando, arrastrando los pies.
-¡Por ahí no!
El monstruo, al advertir un movimiento, se lanzó hacia adelante con un grito terrible. En cuatro segundos cubrió cien metros. Los rifles se alzaron y llamearon. De la boca del monstruo salió un torbellino que los envolvió con un olor de barro y sangre vieja. El monstruo rugió con los dientes brillantes al sol.
Eckels, sin mirar atrás, caminó ciegamente hasta el borde del Sendero, con el rifle que le colgaba de los brazos. Salió del Sendero, y caminó, y caminó por la jungla. Los pies se le hundieron en un musgo verde. Lo llevaban las piernas, y se sintió solo y alejado de lo que ocurría atrás.
Los rifles dispararon otra vez. El ruido se perdió en chillidos y truenos. La gran palanca de la cola del reptil se alzó sacudiéndose. Los árboles estallaron en nubes de hojas y ramas. El monstruo retorció sus manos de joyero y las bajó como para acariciar a los hombres, para partirlos en dos, aplastarlos como cerezas, meterlos entre los dientes y en la rugiente garganta. Sus ojos de canto rodado bajaron a la altura de los hombres, que vieron sus propias imágenes. Dispararon sus armas contra las pestañas metálicas y los brillantes iris negros.
Como un ídolo de piedra, como el desprendimiento de una montaña, el Tyrannosaurus cayó. Con un trueno, se abrazó a unos árboles, los arrastró en su caída. Torció y quebró el Sendero de Metal. Los hombres retrocedieron alejándose. El cuerpo golpeó el suelo, diez toneladas de carne fría y piedra. Los rifles dispararon. El monstruo azotó el aire con su cola acorazada, retorció sus mandíbulas de serpiente, y ya no se movió. Una fuente de sangre le brotó de la garganta. En alguna parte, adentro, estalló un saco de fluidos. Unas bocanadas nauseabundas empaparon a los cazadores. Los hombres se quedaron mirándolo, rojos y resplandecientes.
El trueno se apagó.
La jungla estaba en silencio. Luego de la tormenta, una gran paz. Luego de la pesadilla, la mañana.
Billings y Kramer se sentaron en el sendero y vomitaron. Travis y Lesperance, de pie, sosteniendo aún los rifles humeantes, juraban continuamente.
En la Máquina del Tiempo, cara abajo, yacía Eckels, estremeciéndose. Había encontrado el camino de vuelta al Sendero y había subido a la Máquina. Travis se acercó, lanzó una ojeada a Eckels, sacó unos trozos de algodón de una caja metálica y volvió junto a los otros, sentados en el Sendero.
-Límpiense.
Limpiaron la sangre de los cascos. El monstruo yacía como una loma de carne sólida. En su interior uno podía oír los suspiros y murmullos a medida que morían las más lejanas de las cámaras, y los órganos dejaban de funcionar, y los líquidos corrían un último instante de un receptáculo a una cavidad, a una glándula, y todo se cerraba para siempre. Era como estar junto a una locomotora estropeada o una excavadora de vapor en el momento en que se abren las válvulas o se las cierra herméticamente. Los huesos crujían. La propia carne, perdido el equilibrio, cayó como peso muerto sobre los delicados antebrazos, quebrándolos.
Otro crujido. Allá arriba, la gigantesca rama de un árbol se rompió y cayó. Golpeó a la bestia muerta como algo final.
-Ahí está -Lesperance miró su reloj-. Justo a tiempo. Ese es el árbol gigantesco que originalmente debía caer y matar al animal.
Miró a los dos cazadores: ¿Quieren la fotografía trofeo?
-¿Qué?
-No podemos llevar un trofeo al futuro. El cuerpo tiene que quedarse aquí donde hubiese muerto originalmente, de modo que los insectos, los pájaros y las bacterias puedan vivir de él, como estaba previsto. Todo debe mantener su equilibrio. Dejamos el cuerpo. Pero podemos llevar una foto con ustedes al lado.
Los dos hombres trataron de pensar, pero al fin sacudieron la cabeza. Caminaron a lo largo del Sendero de metal. Se dejaron caer de modo cansino en los almohadones de la Máquina. Miraron otra vez el monstruo caído, el monte paralizado, donde unos raros pájaros reptiles y unos insectos dorados trabajaban ya en la humeante armadura.
Un sonido en el piso de la Máquina del Tiempo los endureció. Eckels estaba allí, temblando.
-Lo siento -dijo al fin.
-¡Levántese! -gritó Travis.
Eckels se levantó.
-¡Vaya por ese sendero, solo! -agregó Travis, apuntando con el rifle-. Usted no volverá a la Máquina. ¡Lo dejaremos aquí!Lesperance tomó a Travis por el brazo.
-Espera...
-¡No te metas en esto! -Travis se sacudió apartando la mano-. Este hijo de perra casi nos mata. Pero eso no es bastante. Diablo, no. ¡Sus zapatos! ¡Míralos! Salió del Sendero. ¡Dios mío, estamos arruinados! Cristo sabe qué multa nos pondrán. ¡Decenas de miles de dólares! Garantizamos que nadie dejaría el Sendero. Y él lo dejó. ¡Oh, condenado tonto! Tendré que informar al gobierno. Pueden hasta quitarnos la licencia. ¡Dios sabe lo que le ha hecho al tiempo, a la Historia!
-Cálmate. Sólo pisó un poco de barro.
-¿Cómo podemos saberlo? -gritó Travis-. ¡No sabemos nada! ¡Es un condenado misterio! ¡Fuera de aquí, Eckels!
Eckels buscó en su chaqueta.
-Pagaré cualquier cosa. ¡Cien mil dólares!
Travis miró enojado la libreta de cheques de Eckels y escupió.
-Vaya allí. El monstruo está junto al Sendero. Métale los brazos hasta los codos en la boca, y vuelva.
-¡Eso no tiene sentido!
-El monstruo está muerto, cobarde bastardo. ¡Las balas! No podemos dejar aquí las balas. No pertenecen al pasado, pueden cambiar algo. Tome mi cuchillo. ¡Extráigalas!
La jungla estaba viva otra vez, con los viejos temblores y los gritos de los pájaros. Eckels se volvió lentamente a mirar al primitivo vaciadero de basura, la montaña de pesadillas y terror. Luego de un rato, como un sonámbulo, se fue, arrastrando los pies.
Regresó temblando cinco minutos más tarde, con los brazos empapados y rojos hasta los codos. Extendió las manos. En cada una había un montón de balas. Luego cayó. Se quedó allí, en el suelo, sin moverse.
-No había por qué obligarlo a eso -dijo Lesperance.
-¿No? Es demasiado pronto para saberlo. -Travis tocó con el pie el cuerpo inmóvil.
-Vivirá. La próxima vez no buscará cazas como ésta. Muy bien. -Le hizo una fatigada seña con el pulgar a Lesperance-. Enciende. Volvamos a casa. 1492. 1776. 1812.
Se limpiaron las caras y manos. Se cambiaron las camisas y pantalones. Eckels se había incorporado y se paseaba sin hablar. Travis lo miró furiosamente durante diez minutos.
-No me mire -gritó Eckels-. No hice nada.
-¿Quién puede decirlo?
-Salí del sendero, eso es todo; traje un poco de barro en los zapatos. ¿Qué quiere que haga? ¿Que me arrodille y rece?
-Quizá lo necesitemos. Se lo advierto, Eckels. Todavía puedo matarlo. Tengo listo el fusil.
-Soy inocente. ¡No he hecho nada!
1999, 2000, 2055.
La máquina se detuvo.
-Afuera -dijo Travis.
El cuarto estaba como lo habían dejado. Pero no de modo tan preciso. El mismo hombre estaba sentado detrás del mismo escritorio. Pero no exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio.
Travis miró alrededor con rapidez.
-¿Todo bien aquí? -estalló.
-Muy bien. ¡Bienvenidos!
Travis no se sintió tranquilo. Parecía estudiar hasta los átomos del aire, el modo como entraba la luz del sol por la única ventana alta.
-Muy bien, Eckels, puede salir. No vuelva nunca.
Eckels no se movió.
-¿No me ha oído? -dijo Travis-. ¿Qué mira?
Eckels olía el aire, y había algo en el aire, una sustancia química tan sutil, tan leve, que sólo el débil grito de sus sentidos subliminales le advertía que estaba allí. Los colores blanco, gris, azul, anaranjado, de las paredes, del mobiliario, del cielo más allá de la ventana, eran... eran... Y había una sensación. Se estremeció. Le temblaron las manos. Se quedó oliendo aquel elemento raro con todos los poros del cuerpo. En alguna parte alguien debía de estar tocando uno de esos silbatos que sólo pueden oír los perros. Su cuerpo respondió con un grito silencioso. Más allá de este cuarto, más allá de esta pared, más allá de este hombre que no era exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio..., se extendía todo un mundo de calles y gente. Qué suerte de mundo era ahora, no se podía saber. Podía sentirlos cómo se movían, más allá de los muros, casi, como piezas de ajedrez que arrastraban un viento seco...
Pero había algo más inmediato. El anuncio pintado en la pared de la oficina, el mismo anuncio que había leído aquel mismo día al entrar allí por vez primera.
De algún modo el anuncio había cambiado.

SEFARI EN EL TIEMPO. S. A. SEFARIS A KUALKUIER AÑO DEL PASADO USTE NOMBRA EL ANIMAL NOSOTROS LO LLEBAMOS AYI. USTE LO MATA.

Eckels sintió que caía en una silla. Tanteó insensatamente el grueso barro de sus botas. Sacó un trozo, temblando.
-No, no puede ser. Algo tan pequeño. No puede ser. ¡No!
Hundida en el barro, brillante, verde, y dorada, y negra, había una mariposa, muy hermosa y muy muerta.
-¡No algo tan pequeño! ¡No una mariposa! -gritó Eckels.
Cayó al suelo una cosa exquisita, una cosa pequeña que podía destruir todos los equilibrios, derribando primero la línea de un pequeño dominó, y luego de un gran dominó, y luego de un gigantesco dominó, a lo largo de los años, a través del tiempo. La mente de Eckels giró sobre si misma. La mariposa no podía cambiar las cosas. Matar una mariposa no podía ser tan importante. ¿Podía?
Tenía el rostro helado. Preguntó, temblándole la boca:
-¿Quién... quién ganó la elección presidencial ayer?
El hombre detrás del mostrador se rió.
-¿Se burla de mí? Lo sabe muy bien. ¡Deutscher, por supuesto! No ese condenado debilucho de Keith. Tenemos un hombre fuerte ahora, un hombre de agallas. ¡Sí, señor! -El oficial calló-. ¿Qué pasa?
Eckels gimió. Cayó de rodillas. Recogió la mariposa dorada con dedos temblorosos.
-¿No podríamos -se preguntó a sí mismo, le preguntó al mundo, a los oficiales, a la Máquina,- no podríamos llevarla allá, no podríamos hacerla vivir otra vez? ¿No podríamos empezar de nuevo? ¿No podríamos...?
No se movió. Con los ojos cerrados, esperó estremeciéndose. Oyó que Travis gritaba; oyó que Travis preparaba el rifle, alzaba el seguro, y apuntaba.
El ruido de un trueno.

Ahora, el tráiler de la adaptación cinematográfica:

jueves, 29 de abril de 2010

LITERATURA ADAPTADA AL CÓMIC (7). "El dragón", de Ray Bradbury. Por Vicente Segrelles

Éste es el cuento de Ray Bradbury:

El dragón


(Del libro Remedio para melancólicos)

La noche soplaba en el pasto escaso del páramo. No había ningún otro movimiento. Desde hacía años, en el casco del cielo, inmenso y tenebroso, no volaba ningún pájaro. Tiempo atrás, se habían desmoronado algunos pedruscos convirtiéndose en polvo. Ahora, sólo la noche temblaba en el alma de los dos hombres, encorvados en el desierto, junto a la hoguera solitaria; la oscuridad les latía calladamente en las venas, les golpeaba silenciosamente en las muñecas y en las sienes.
Las luces del fuego subían y bajaban por los rostros despavoridos y se volcaban en los ojos como jirones anaranjados. Cada uno de los hombres espiaba la respiración débil y fría y los parpadeos de lagarto del otro. Al fin, uno de ellos atizó el fuego con la espada.
-¡No, idiota, nos delatarás!
-¡Qué importa! -dijo el otro hombre-. El dragón puede olernos a kilómetros de distancia. Dios, hace frío. Quisiera estar en el castillo.
-Es la muerte, no el sueño, lo que buscamos . . .
-¿Por qué? ¿Por qué? ¡El dragón nunca entra en el pueblo!
-¡Cállate, tonto! Devora a los hombres que viajan solos desde nuestro pueblo al pueblo vecino.
-¡Que se los devore y que nos deje llegar a casa!
-¡Espera, escucha!
Los dos hombres se quedaron quietos.
Aguardaron largo tiempo, pero sólo sintieron el temblor nervioso de la piel de los caballos, como tamboriles de terciopelo negro que repicaban en las argollas de plata de los estribos, suavemente, suavemente.
-Ah . . . -El segundo hombre suspiró-. Qué tierra de pesadillas. Todo sucede aquí. Alguien apaga el sol; es de noche. Y entonces, y entonces, ¡oh, Dios, escucha! Este dragón dicen que tiene ojos de fuego, y un aliento de gas blanquecino; se lo ve arder a través de los páramos oscuros. Corre echando rayos y azufre, quemando el pasto. Las ovejas, aterradas, enloquecen y mueren. Las mujeres dan a luz criaturas monstruosas. La furia del dragón es tan inmensa que los muros de las torres se conmueven y vuelven al polvo. Las víctimas, a la salida del sol, aparecen dispersas aquí y allá, sobre los cerros. ¿Cuántos caballeros, pregunto yo, habrán perseguido a este monstruo y habrán fracasado, como fracasaremos también nosotros?
-¡Suficiente te digo!
-¡Más que suficiente! Aquí, en esta desolación, ni siquiera sé en qué año estamos.
-Novecientos años después de Navidad.
-No, no -murmuró el segundo hombre con los ojos cerrados-. En este páramo no hay Tiempo, hay sólo Eternidad. Pienso a veces que si volviéramos atrás, el pueblo habría desaparecido, la gente no habría nacido todavía, las cosas estarían cambiadas, los castillos no tallados aún en las rocas, los maderos no cortados aún en los bosques; no preguntes cómo sé; el páramo sabe y me lo dice. Y aquí estamos los dos, solos, en la comarca del dragón de fuego. ¡Que Dios nos ampare!
-¡Si tienes miedo, ponte tu armadura!
-¿Para qué? El dragón sale de la nada; no sabemos dónde vive. Se desvanece en la niebla; quién sabe a dónde va. Ay, vistamos nuestra armadura, moriremos ataviados.
Enfundado a medias en el corselete de plata, el segundo hombre se detuvo y volvió la cabeza. En el extremo de la oscura campiña, henchido de noche y de nada, en el corazón mismo del páramo, sopló una ráfaga arrastrando ese polvo de los relojes que usaban polvo para contar el tiempo. En el corazón del viento nuevo había soles negros y un millón de hojas carbonizadas, caídas de un árbol otoñal, más allá del horizonte. Era un viento que fundía paisajes, modelaba los huesos como cera blanda, enturbiaba y espesaba la sangre, depositándola como barro en el cerebro. El viento era mil almas moribundas, siempre confusas y en tránsito, una bruma en una niebla de la oscuridad; y el sitio no era sitio para el hombre y no había año ni hora, sino sólo dos hombres en un vacío sin rostro de heladas súbitas, tempestades y truenos blancos que se movían por detrás de un cristal verde: el inmenso ventanal descendente, el relámpago. Una ráfaga de lluvia anegó la hierba; todo se desvaneció y no hubo más que un susurro sin aliento y los dos hombres que aguardaban a solas con su propio ardor, en un tiempo frío.
-Mira . . . -murmuró el primer hombre-. Oh, mira, allá . . .
A kilómetros de distancia, precipitándose, un cántico y un rugido, el dragón.
Los hombres vistieron las armaduras y montaron los caballos, en silencio. Un monstruoso ronquido quebró la medianoche desierta, y el dragón, rugiendo, se acercó, y se acercó todavía más. La deslumbrante mirada amarilla apareció de pronto en lo alto de un cerro, y en seguida, desplegando un cuerpo oscuro, lejano, impreciso, pasó por encima del cerro y se hundió en un valle.
-¡Pronto!
Espolearon las cabalgaduras hasta un claro.
-¡Por aquí pasa!
Los guanteletes empuñaron las lanzas y las viseras cayeron sobre los ojos de los caballeros.
-¡Señor!
-Sí, invoquemos su nombre.
En ese instante, el dragón rodeó un cerro. El monstruoso ojo ambarino se clavó en los hombres, iluminando las armaduras con destellos y resplandores bermejos. Hubo un terrible alarido quejumbroso, y un ímpetu demoledor, y la bestia prosiguió su carrera.
-¡Dios misericordioso!
La lanza golpeó bajo el ojo amarillo sin párpado, y el hombre voló por el aire. El dragón se le abalanzó, lo derribó, lo aplastó, y el hombro negro lanzó al otro jinete a unos treinta metros de distancia, contra la pared de una roca. Gimiendo, gimiendo siempre, el dragón pasó, vociferando, todo fuego alrededor y debajo: un sol rosado, amarillo, naranja, con plumones suaves de humo enceguecedor.
-¿Viste? -gritó una voz-. ¿No te lo había dicho?
-¡Sí! ¡Sí! ¡Un caballero con armadura! ¡Lo atropellamos!
-¿Vas a detenerte?
-Me detuve una vez; no encontré nada. No me gusta detenerme en este páramo. Me pone la carne de gallina. No sé qué siento.
-Pero atropellamos algo.
-El tren silbó un buen rato; el hombre no se movió.
Una ráfaga de humo dividió la niebla.
-Llegaremos a Stokely a nuestra hora. Más carbón, ¿eh, Fred?
Un nuevo silbido, que desprendió el rocío del cielo desierto. El tren nocturno, de fuego y furia, entró en un barranco, trepó por una ladera y se perdió a lo lejos sobre la tierra helada, hacia el Norte, desapareciendo para siempre y dejando un humo negro y un vapor que pocos minutos después se disolvieron en el aire quieto.
 
Y ahora, unas páginas de la adaptación de Vicente Segrelles: