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jueves, 30 de enero de 2014

PRENSA. Sobre José Emilio Pacheco. Jorge. F. Hernández

José Emilio Pacheco

   En "El País":

Intentar lo imposible

José Emilio Pacheco fue un amigo entrañable, un hombre bueno cuya generosidad se desparramaba en los manteles de sobremesa que olían a tinta

 29 ENE 2014

Duele escribir estos párrafos. José Emilio Pacheco fue un poeta que a muchos lectores nos ayudó a comprender el difícil logaritmo de que la poseía está en todas partes y de que la posibilidad del verso reposa en las palabras vistas y palpadas en el instante que nos rodea, a veces sin aviso, incluso a veces prosa contenida en el sortilegio de un pétalo marchito o en el nombre y condición del jabón con el que nos lavamos las manos. Fue también un orfebre de la edición, cuidadoso no sólo de todos los duendes de la errata sino también de la necesidad a menudo desdeñada en la lectura de los pies de página, las notas marginales, los estudios introductorios y los prólogos con los que nos abría los ojos a las ventanas de un conocimiento enciclopédico y sin embargo, alejado de toda pedantería él contagiaba saberes, regalaba lecturas y recomendaba senderos. Fue además, traductor de poetas intemporales y guionista de argumentos que no necesariamente llegaron a las pantallas… y por encima de todo, fue un amigo entrañable, un hombre bueno cuya generosidad se desparramaba en los manteles de sobremesa que olían a tinta, a la salsa incandescente de los libros hablados que dejaban de ser mera conversación para parecer lecturas compartidas.
Intento el imposible de reunir en estos párrafos la inmensa deuda de gratitud que le guardaré ya para siempre por ser un narrador infinito: desde la puerta de entrada de quienes lo descubrimos como cuentista, bajo el dintel siempre presente de su alma poeta, hasta el amplio reino de su oficio de novelista. Me concentro en los cuentos porque quizá otros entendidos marquen mejor el vacío que nos deja como poeta y es allí donde intento el imposible de agradecer un contagio instantáneo. Uno lee los relatos de Pacheco y siente el atrevido principio de un placer que parece universal: el lector se siente imantado, alentado a ser él mismo narrador de historias que podrían alinearse al lado de los magistrales cuentos con los que Pacheco medía cada palabra como anzuelo en abono de un trinomio móvil donde el planteamiento de los personajes y su circunstancia se entremezclaba con eso que llaman la trama o el nudo para llegar como relámpago al desenlace. Tríptico móvil porque Pacheco era capaz de insinuar el final desde el principio, el placer que desemboca en un dolor, la sorpresa de un final que no se altera a pesar de que el lector va metido en el engaño de los diálogos: un barco que navega en el tiempo, suspendido en altamar en una zona de penumbra o el desencanto de todo joven que pierde la inocencia el mismo día en que descubre que los superhéroes de la lucha libre son tan vulnerables como cualquier borracho y las novias son capaces de mancillar lo que jurábamos que era amor eterno.
Hablo del relato hipnótico donde el narrador somos todos nosotros lectores del recuerdo incierto de un viejo compañero de escuela que en realidad se ha convertido en el fantasma de nuestra memoria enferma o la enrevesada ironía de un soldado que habiendo matado a cientos de civiles inocentes en una selva lejana siente asco de rabia al presenciar como turista una corrida de toros en una ciudad gris y semidestruida, en cuyas entrañas serpentea la víbora prehispánica de color anaranjado que llamamos Metro, allí mismo en el subsuelo donde siguen reinando los dioses prehispánicos. Hablo del inmenso bosque Chapultepec que sigue siendo corazón de la ciudad de México, poblado de sombras donde deambulan como robachicos los espectros de soldados de invasiones pasadas, invasiones de todos los tiempos superpuestos que poblaban la imaginación de José Emilio Pacheco cronista de tiempos simultáneos que conocía todas las ciudades o mejor aún, todos los mapas de México uno encima del otro –sepia e imagen satelital, googleEarth y códice prehispánico—mapas de los muchos Méxicos que nutrían con saudade los paseos de su melancolía, el vuelo de la nostalgia con los que el poeta cuajaba un verso o los párrafos del cuentista que evocaba un ayer irrecuperable o las páginas de una novela intemporal, transgeneracional, que narra la utopía de la infatuación del niño que se enamora de la madre de un amigo sin cálculos de edades ni limitaciones al heroico afán de adorarla como quien se llena los labios con las sílabas de un solo nombre.
De todos los géneros en los que ejerció con maestría su vida de escritor quiero honrar particularmente el afán constante de Pacheco por inventariar la realidad inmediata, la nómina casi semanal o diaria de la memoria puesta al día y de los días que se convertían en memoria con sólo leerlo. Queda ahora la inmensa tarea de reunir en no pocos volúmenes esas crónicas, reportajes y pequeños ensayos que José Emilio escribió bajo el título de “Inventario”, firmados con sus siglas JEP y enviados como cartas dirigidas expresamente al asombro de quien los lea. Se volvió así faro y guía de varias generaciones que encontraban en sus entregas no sólo la sabiduría del desencanto, las enseñanzas del desengaño y las virtudes de su saber, sino también la prosa del buen humor, la chispa del ingenio y en muchas, muchísimas ocasiones la correlación insólita de las noticias de hoy mismo con referencias a lo ya documentado en los anales de la historia. Uno se acostumbró a digerir las noticias más insólitas y pasarlas por el rasero de la memoria precisamente gracias a que Pacheco era capaz de dilucidar que eso que veíamos como la invención del agua tibia ya había sido descubierto hace siglos por otros asombros iguales o parecidos a los que lo leíamos con admiración: hace apenas unos días, buscando explicaciones o referencias luminosas que ayudaran a comprender el enésimo sinsentido de un mexicano condenado a muerte en una cárcel de Texas, busqué ya como costumbre asegurada alguna referencia entre sus versos.
Al prisionero Tamayo lo ejecutaron en Texas con una inyección letal y miles de televidentes no encontrábamos luz para desenmarañar el horrible escenario donde uno de los deudos afirma a todo color sentir alivio y hasta placer por haberse cumplido una fórmula de diente por diente y ojo por ojo, al tiempo que otro de los deudos del norteamericano asesinado hace décadas inicia sus palabras en español y ofrece un pésame a la familia del preso Tamayo, mexicano ya ejecutado, acusado del asesinato sin haber salido positivo en las pruebas que supuestamente demuestran si alguien ha disparado un arma, reo de un penal donde se le prohibió todo contacto con cualesquier seres humanos hasta la víspera de su ejecución, dos décadas en confinamiento solitario, sin ventanas, mientras le cambiaba lentamente el color de su piel… y encuentro un poema en prosa de Pacheco que narra en pocas líneas el martirio de un preso que pinta en las paredes de su celda un puente de seis arcos para intentar al menos con su imaginación salir libre. Pero el puente pintado no conduce a la otra orilla y entonces decide mejor pintar alas o túneles sobre el muro de esa celda, reja y paredes inviolables… y necio en su afán por trazar alas, el reo descubre de pronto que el lápiz se ha gastado y ya no tiene punta el deseo con el que podría pintar su libertad.
Decía yo al principio de estos párrafos intentar un imposible, quizá como escribiera el propio Pacheco en una “Despedida” adelantada que es poema donde sus versos murmuran equivocadamente “Fracasé. Fue mi culpa. Lo reconozco./Pero en manera alguna pido perdón o indulgencia:/ Eso me pasa por intentar lo imposible”. Se equivocaba el poeta y perdón que lo diga en estas líneas, pues cada verso que soñó entre las estrellas, cada libro que contagió en su lectura, cada comentario de orientación, cada cuento perfecto y cada página de sus novelas y ensayos llegaron al puerto que parecía imposible, el de los miles de lectores que lloran con gratitud el intenso latido de su ausencia. Aquí también, intento lo imposible: Gracias, querido José Emilio.
*Jorge F. Hernández es escritor.

martes, 28 de enero de 2014

PRENSA CULTURAL. Entrevista al poeta José Emilio Pacheco (1939-2014)

El poeta Jose Emilio Pacheco. / CÉSAR DURIOME. ("El país")

   En "El País":
ENTREVISTA:EN PORTADA | ENTREVISTA

La curiosidad del poeta

José Emilio Pacheco repasa su proceso creativo, y su exigencia lo lleva a compartir la afirmación: "En la poesía, lo que no es excelente es despreciable". El escritor mexicano publica un nuevo poemario, "La edad de las tinieblas". El 17 de noviembre recibirá en Madrid el XVIII Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana

 10 OCT 2009

Hay una voz que emociona a los jóvenes mexicanos. Es la de un hombre de 70 años que conoció a Octavio Paz, a Luis Cernuda, a Vicente Aleixandre, a Max Aub, a Jorge Luis Borges. Hay un poema de 1967 que emociona a todas las generaciones de mexicanos. Se llama Alta Traición y dice así: "No amo mi patria. / Su fulgor abstracto / es inasible. / Pero (aunque suene mal) / daría la vida / por diez lugares suyos, / cierta gente, / puertos, bosques de pinos, fortalezas, / una ciudad deshecha, gris, monstruosa, / varias figuras de su historia, montañas / -y tres o cuatro ríos". La voz y el poema pertenecen a José Emilio Pacheco, pero más allá de lo extenso de su obra, de la importancia de los premios recibidos, lo que inspira la vida y la obra del último premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana se resume en una frase que intercala en la conversación: "Es muy curioso todo". Y es en la manera gozosa en que lo dice, en el deseo inagotable de aprender y en su forma de transmitir lo que sabe, siempre como un regalo, nunca como una lección, donde está el alma de José Emilio Pacheco, su conexión tan íntima con lo mejor de México.
-Qué casa más bonita.
-La queremos mucho.
La cita es a las nueve de la mañana, en su casa, para desayunar. José Emilio Pacheco estrecha la mano del periodista y en ese momento, fin del verano, ciudad de México, colonia de La Condesa, dos temores se sientan frente a frente. El del poeta a las entrevistas. El del periodista ante un sabio que odia las entrevistas. Después de un primer café de tanteo, y ante las primeras preguntas, José Emilio Pacheco decide confesar: "¿Ves?, encendiste la grabadora y enmudecí. Hay gente que tiene el talento para hacer entrevistas, pero yo carezco absolutamente de ese talento. Después de cada entrevista, me quedo pensando: ¿por qué no le dije esto...? Debería haberle dicho aquello otro... Ten en cuenta que yo estoy acostumbrado a escribir, a ver lo que pienso. Y si no veo lo que estoy diciendo, ¿cómo puedo pensar?".
Confesión por confesión, el reportero le cuenta que hasta la noche anterior no le llegó por correo electrónico su último libro, La edad de las tinieblas, que en España publica Visor. Y que fue abrir el archivo, empezar a leer los 50 poemas en prosa y sentir ternura con Bolotó, "el terror de las hormigas", miedo ante la mirada del insecto, "en la noche del insecto hay un minuto en que se pregunta a qué sabrá sentirse humano", nostalgia de aquella lejana tarde con aquella mujer, "nos llevamos tan bien que sin decirlo preferimos no volver a vernos...". Al apagar el ordenador, ya alta la madrugada, el periodista había desaparecido y se había convertido en uno más de sus rendidos admiradores. Cuando José Emilio Pacheco acude a alguna celebración literaria en México, los organizadores saben que habrá lleno absoluto, y que sus lectores no se conformarán con la delicia de escucharlo hablar, sino que querrán saludar al autor de Las batallas en el desierto, que se retrate con ellos, que les dedique un libro... Cuando se pregunta aquí y allá por José Emilio Pacheco, las respuestas coinciden: "¿Lo vas a entrevistar? ¡Qué suerte! Es una persona encantadora, un sabio como los de antes. Eso sí -bajan la voz-, ten en cuenta que José Emilio Pacheco odia las entrevistas". Pacheco se disculpa: "La paradoja es que a mí me gusta mucho leer las entrevistas, pero hay veces que me preguntan: ¿y usted qué intentó reflejar con este poema...? Ah, pues yo, no sé qué responder... Prefiero que hablemos tranquilamente y luego tú escribes lo que creas más conveniente. ¿Te he ofrecido ya café? ¿Qué poema me decías que te había gustado?".
Sin duda, uno de los poemas más sobrecogedores es precisamente el que da título al libro, 'La edad de las tinieblas'. En uno de los párrafos, José Emilio Pacheco describe así un quinqué: "Me intriga pensar en lo que han dicho mis padres: en el petróleo de la lámpara flotan reducidos a esencia bosques y dinosaurios de la prehistoria. Millones de años se han necesitado para humedecer la lengüeta de jerga que convertida en mecha soporta la llama. Una campana de cristal la protege y le permite iluminarnos. En el quinqué se consumen los restos fósiles de una vida improbable. La noche huele a luz carbonizada".
PREGUNTA. ¿Qué se siente cuando uno escribe una frase redonda, una frase definitiva como ésa? "La noche huele a luz carbonizada...".
RESPUESTA. Uno se siente muy satisfecho, sí, eso sí.
P. ¿Y cuando se percata de que un libro suyo publicado en 1981 -Las batallas en el desierto- tiene aún tanta vigencia que sigue siendo traducido, admirado por lectores de 16 años...?
R. Una gran satisfacción, sí, pero también alguna forma de humildad. Uno no tiene la intención de provocar ese efecto, es algo que tiene el texto. Porque uno siempre quisiera escribir bien y que las cosas salieran. Pero no salen...
P. ¿Es muy exigente?
R. Sí, guardo o destruyo mucho.
P. ¿Y cuándo sabe si un texto es bueno o malo?
R. Eso me costaría mucho decirlo. Tal vez uno sí tiene la intuición de lo que está bien. El problema es que es una intuición provisional, porque después de que sale el libro sigo corrigiendo... Soy un horror para los editores.
P. A propósito de los versos, usted cuenta en La edad de las tinieblas:
"Los veo formarse indefensos y salir en busca de alguien que los resguarde. La inmensa mayoría les da la espalda. Cuando ellos se acercan las personas desvían la mirada y hacen como si los versos no existieran". ¿Cuándo decide que sus poemas están listos para subir al metro y vencer "la hostilidad, el desprecio o cuando menos la indiferencia de los pasajeros"?
R. No hay ninguna regla. Podemos ver poema por poema, y te diré: "Mira, éste me costó un trabajo infinito, un trabajo de años". Y otros, en cambio, salen prácticamente de primera intención. Es muy extraño...
P. ¿Y ni siquiera la experiencia sirve?
R. Para nada, al contrario. Con 20 años piensas que tal vez un día llegues a escribir con una facilidad, con una certeza y un conocimiento... Y no, nunca. Siempre es por primera vez, siempre. Y, además, la mayoría de las cosas salen muy mal. La mayoría de los textos que haces son malísimos, para que uno te salga bien necesitas hacer 50 muy malos.
P. Tan malos no serán...
R. Sí, sí. Mayans, un neoclásico del siglo XVIII, decía: "En la poesía, lo que no es excelente es despreciable". Y tenía razón.
P. O sea, que hay pocas cosas más espantosas que un poeta malo...
R. Sí, sí, y además hay otra cosa: ya nadie admite la crítica. Eso se acabó con los cafés. Hay que acostumbrarse de nuevo a que la gente no esté de acuerdo en todo contigo, que no te diga que todo lo que escribes está bien. Porque si yo ahora le digo a alguien: oye, no me gustó... No lo acepta. Eso es impensable ahora.
P. ¿Cómo agrupa los poemas?
R. Se van haciendo y de repente digo: aquí hay un libro, pero nunca me he propuesto escribir un libro de poesía. Ésa es una cosa muy singular que tenía Pablo Neruda. Que Pablo Neruda decía: voy a hacer un libro. Y entonces lo hacía. No iba reuniendo poemas. Por ejemplo, yo digo que Rubén Darío es un poeta de poemas, no de libros de poemas. Rubén Darío hace poemas, nunca piensa en el libro, y Neruda sí.
P. Por cierto, ¿es verdad que usted no quiso conocer a Pablo Neruda?
R. Sí, porque yo qué le iba a decir a Neruda, prefería leerlo. Me dijeron: esta noche va a estar aquí Neruda (supongo que rodeado de otras 800 personas). Y qué le iba a decir yo: buenas noches, señor Neruda, me gustan muchos sus poemas...
P. Neruda, Cernuda, Aleixandre... Los conoció a todos...
R. Los conocí a todos por cuestiones de edad. Sobre todo a la gente de los sesenta. La influencia de la literatura española en México fue muy grande. Hay que tener en cuenta que el exilio fue una catástrofe humana, pero a la vez una bendición cultural y de intercambio. Yo nazco en el 1939, y por tanto toda mi vida pasa al lado del exilio. Hay dos escritores que tuvieron mucha importancia en México: Max Aub y Vicente Aleixandre... Vicente Aleixandre escribía una carta a cualquier poeta hispanoamericano que le mandara un libro. Recibí muchas cartas de Aleixandre, pero cuando estuve en Madrid en 1968 no me atreví a ir a Velintonia. Jamás lo vi en persona. Y los libros españoles llegaban a casa de Max y uno podía leerlos. Él fue realmente un vínculo muy importante. Me da mucho gusto que ahora se le esté haciendo justicia a Max.
P. Hasta no hace mucho era prácticamente un desconocido en España.
R. Sí, y aquí también. Es lo que suele pasar con una obra tan vasta y tan variada. De hecho, él tiene una frase muy buena: el hombre orquesta nunca alcanzará la notoriedad del solista.
P. Da la impresión a veces de que antes, en los tiempos de las cartas y los barcos, había más contacto entre las dos orillas que ahora, con el correo electrónico y el avión..., que ahora hay más distancia.
R. Sí, pero es precisamente por lo contrario. Porque hoy todo está más a la mano. ¿Cuántas veces voy yo al castillo de Chapultepec o al Museo de Antropología? ¡Nunca! Porque me quedan a unos minutos de mi casa. Si en vez de vivir aquí viniese a México de visita, estaría allí ahora mismo. Es lo que pasa también con Internet.
A José Emilio Pacheco le apasiona la riqueza del español. Se puede pasar horas hablando -y disfrutando- de las distintas maneras que tiene nuestro idioma de nombrar la misma cosa. "Yo creo que hay que respetar. ¿Por qué la gente de Santiago de Chile o de Tegucigalpa va a hablar como yo? No tiene ninguna razón. El castellano es de Castilla, pero en México hablamos español porque está hecho de todas las Españas. Camilo José Cela y Francisco Umbral o Miguel Delibes escriben en castellano, pero yo no puedo escribir en castellano. Yo escribo en español".
P. ¿Y se puede traducir del uno al otro?
R. Claro, no seamos demasiado puristas en esto. El traductor debe traducir para su comunidad lingüística inmediata. Sólo hay que fijarse en el teatro. Las obras de teatro se adaptan hasta por regiones. Hay muchas palabras que se utilizan en la Ciudad de México que no se dicen en Monterrey o en Mérida. Y se tienen que adaptar. Por ejemplo, cosas tan elementales como la resbaladilla... ¿Cómo se dice en España?
P. El tobogán.
R. Pues en Nuevo León es el resbaladero. Había cuando era niño un artículo del Reader's Digest que se titulaba 'El inglés que usted no sabe que sabe', por todas las palabras similares, los falsos amigos o cuñados... Yo quiero escribir un libro que se llame El español que usted no sabe que sabe...
Y sobre eso hay una anécdota que viene a colación: "Vas a ver. Vino Borges, en 1973, nunca había venido. Era muy antimexicano Borges, y le dieron el Premio Alfonso Reyes. Regresa a Buenos Aires, lo entrevistan en La Nación y le preguntan cómo fue su viaje. Ah, maravilloso, respondió, estupendo, me trataron tan bien... ¿Y qué fue lo que le gustó? Todo, las pirámides de Teotihuacán... Pero más que nada, yo pensé que a los 74 años yo hablaba castellano, y aprendí un verbo mexicano que me encanta, y que ahora uso todo el tiempo, que es platicar. Entonces, la próxima vez que vi a Borges, le dije: es inconcebible, porque quién sabe qué pasó en el mundo hispánico que hacia 1930 desapareció de todas partes excepto de México platicar. Y le añadí: platicar está en toda la literatura medieval, está en toda la literatura del Siglo de Oro, del siglo XVIII, del siglo XIX y está en sus libros... Y él me decía, no, es que platicar es conversar. Y yo le respondía que no. En este momento tú y yo estamos platicando, si estuviéramos ante la televisión estaríamos conversando. Platicar es una cosa privada. En España es charlar. Pero a mí, para mi habla de la Ciudad de México, charlar es un cultismo de platicar. O poniendo como ejemplo otra palabra: en Guanajuato, aguardar es lo normal y lo culto es esperar, para mí no. Para mí suena más raro estoy aguardando. Fíjate, en el mismo país, ¿no te parece maravilloso?".
P. Yo soy de Sevilla y allí se utiliza mucho convidar en vez de invitar, y en el resto de España no tanto...
R. Ah, convidar es muy de México. Te puedo convidar a un café... O, mira, la primera vez que yo llegué a Bogotá, me dijeron: ¿no le provoca un tintico? Y yo le respondí, no, no bebo antes del almuerzo... Y resulta que un tinto es un café... Pero, además, aquí provocar se perdió. En el habla de mi infancia, provocar es tener ganas de vomitar. Qué curioso es todo. ¿Tú entonces crees que el andaluz es el origen del habla de América...?
P. A tanto no soy capaz de llegar, pero sí es verdad que en México se encuentran en perfecto estado de salud palabras que en España ya están muertas y que en Andalucía sólo están moribundas...
R. Pues a mí me han dicho ingleses que la misma impresión tienen en Estados Unidos. Por ejemplo, a ti qué te sale más natural, ¿estrecho o angosto...?
Sobre la mesa hay una foto que acaba de cumplir 50 años. En ella están, sentados en el suelo y en animada conversación, José Emilio Pacheco, Sergio Pitol y Carlos Monsiváis. Los tres escritores, los tres mexicanos, los tres supervivientes de una época que ya sólo queda en la memoria. Dice José Emilio Pacheco: "Antes de la inseguridad, esta ciudad era muy agradable. Por eso se vino a vivir aquí García Márquez, tanta gente. Yo conocía a los cineastas, a los pintores... Ahora no conozco ni a los escritores. Entonces se podía vivir en la calle. Yo acompañaba a Monsiváis a su casa y de regreso él me acompañaba a mí". Hay en La edad de las tinieblas un poema en prosa, titulado 'A la extranjera', en el que Pacheco llora a México perdido: "A usted le duele esta ciudad que también ha hecho suya y lamenta ver cómo la hemos destruido y la seguimos arrasando. No entiendo sus razones para amar un sitio desesperante y sin esperanza. O tal vez existe la esperanza porque usted se encuentra aquí una vez más y llena de luz otra estación sombría.
Nací en un lugar que se llamaba como éste y ocupaba su espacio. Ahora también en mi suelo natal soy extranjero en tierra extraña. Ya no conozco a nadie ni reconozco nada. Usted, en cambio, no es extranjera en ningún lado. Usted es de todas partes como la música.
Por favor, no se vaya. No se lleve al partir un fragmento de luz entre el desierto pardo y la barbarie que por codicia y estupidez hemos engendrado".
Han pasado dos horas. José Emilio Pacheco sale a la puerta de su casa a despedir al invitado. Unas muchachas que pasan por la acera de enfrente lo reconocen y sonríen. A finales de noviembre, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, mil jóvenes se reunirán con Pacheco para celebrar su 70º aniversario. Porque su poesía "es de todas partes como la música". Porque en México aún se ama a los poetas más que a los futbolistas. Porque aquí "tal vez existe la esperanza".
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También recibirá un homenaje en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México), que se celebrará del 28 de noviembre al 6 de diciembre (www.fil.com.mx/).
La edad de las tinieblas. José Emilio Pacheco. Visor. Madrid, 2009. 113 páginas. 18 euros. El poeta recibirá el XVIII Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana el próximo 17 de noviembre en el Palacio Real y con tal motivo la Universidad de Salamanca y Patrimonio Nacional publicarán la antología Contraelegía (edición y prólogo de Francisca Noguerol. Salamanca, 2009. 352 páginas. 20 euros).

viernes, 15 de noviembre de 2013

PRENSA. "Todavía una oportunidad". Luis García Montero

Luis García Montero

   En "Infolibre":

Todavía una oportunidad

Actualizada 09/11/2013Imagine el lector un suburbio del que surge entre edificios desangelados una melodía de Bach. Imagine un vertedero dominado por la carroña en el que aparece la gracia movediza de una ardilla. Imagine el instante de plenitud que ofrecen un recuerdo o unas rosas en la fugacidad del tiempo. Imagine una cerámica precolombina en la que un hombre y una mujer hacen el amor y viven un orgasmo que se mantiene a lo largo de los siglos, mientras pasa junto a ellos la muerte y caen los imperios y las civilizaciones. Imagine la desilusión, las utopías manchadas, el descrédito de las banderas y de los ideales. Pero luego ponga al lado ese sufrimiento de las víctimas que moviliza nuestra conciencia y reclama una afirmación ética. Así es la poesía de Joan Margarit, así la de José Emilio Pacheco. 

Hoy reciben juntos el premio Poetas del Mundo Latino que se concede en Aguascalientes. Cada edición reconoce la labor de dos autores, uno mexicano y otro extranjero, para destacar los lazos culturales y el diálogo abierto de la poesía. Pocas veces pueden premiarse a la vez obras de tanta calidad y con tantas cosas que decirnos y que decirse entre sí. Son voces de personalidad muy distinta, pero con códigos literarios compartidos. Uno escribe en mi lengua, pero no es de mi país. Otro es de mi país, pero no escribe en mi lengua. Yo los admiro a los dos y siento que sus países y sus lenguas son míos gracias a la identidad de la poesía. Con su descarnada lucidez, después de pasearse en frío por la realidad sucia de las catástrofes, la desolación y la injusticia, siempre encuentran una nueva oportunidad para la vida.

Ninguno de los dos cree en la originalidad. Aman la tradición y reconocen el peso de la comunidad social y humana a la que pertenecen. El poeta catalán vio en Joan Maragall un edificio en el que ensamblarse con la ayuda de Espriu y Vinyoli. El poeta mexicano despreció el miedo a las influencias para declararse heredero de López Velarde, Gorostiza, Sabines y Paz. Y los dos han preferido apartarse del ensimismamiento purista o académico. Prefieren contar las cosas que conmueven a cualquier ser humano a través de sus versos con olor a calle e historia. No escriben para poetas, sino para lectores, intentando convertir sus obras en un espacio público que pueda ser habitado y revivido por el otro.

Los dos creen en la personalidad singular, algo muy distinto en arte al fantasma torpe de la originalidad. Estos poetas comunicantes muestran una personalidad marcada. Su experiencia histórica y sus ciudades, Barcelona y México, tienen que ver. Los procedimientos literarios también. Los dos se han acostumbrado a perder sus geografías infantiles, a negociar con la memoria y el tiempo, a recibir la herencia de Baudelaire. Una determinada realidad nos hace, luego se deshace y nos deja solos, convirtiendo el mundo en una alegoría en la que conviven las ausencias y el presente. En esa alegoría habitan. El poeta catalán se ha forjado en la memoria de una lengua maltratada por una guerra civil y una dictadura. El poeta mexicano viaja por la historia hasta las culturas precolombina y regresa a la actualidad para sentir el terremoto constante y corrosivo de la negación.

Pero José Emilio Pacheco necesita el pudor, quiere esconderse detrás de una máscara, dar a la palabra una objetividad que la distancie de su propio yo. Es un modo de buscar la trascendencia de lo que se escribe. Joan Margarit, sin embargo, apuesta por el impudor, remueve su biografía, la convierte en literatura de manera constante. Se dice y se cuenta con una energía que desnuda su propia intimidad. El yo procura en los dos casos convertirse en ficción, reclama la complicidad del lector, y lo hace a través de la máscara objetiva o de la biografía elaborada. Distintos procedimientos en una misma entrega a la ética de la poesía.

En los tiempos que corren, insisto, conviene destacar el rayo vital que se introduce una y otra vez por debajo de la puerta de estos dos pesimistas metódicos. No hay mentira: ahí están las guerras, la crueldad y los naufragios. Pero de pronto también está ahí la luz, la compasión, la belleza, el amor que afirma su todavía y sugiere una segunda oportunidad. Las palabras de Joan Margarit y José Emilio Pacheco nos buscan, nos encuentran y nos hablan de uno en uno para devolvernos un instante, una mirada, una historia: la dignidad de la vida. 

lunes, 3 de enero de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". LOS LIBROS DEL AÑO (9): "Tarde o temprano", de José Emilio Pacheco (México, 1939)

José Emilio Pacheco
Tarde o temprano (Poemas 1958-2009)
José Emilio Pacheco
Tusquets. Barcelona, 2010
840 páginas. 28 euros
CD. Fondo de Cultura Económica
9 euros

   La poesía de José Emilio Pacheco es tan viva que su autor, aunque haya alcanzado la cumbre de los reconocimientos generales y las recopilaciones canónicas como Tarde o temprano, nunca se asimilará a los "pobladores de un sarcófago / llamado Obras completas". Humilde y verdadero frente a quienes se ponen estupendos pregonando la eternidad de la poesía, el mexicano escribe que "Todo poema es un ser vivo: / envejece"; o, en versión cantable, "Acaso nuestros versos duren tanto / como un modelo Ford 69 / -y muchísimo menos que el Volkswagen". Sus palabras portan significados mutantes y equívocos, y recogen las afluencias de toda la humanidad que atraviesa los siglos tratando de entender y de entenderse. Lúcida constatación de la pérdida y la degradación de los ideales ("Ya somos todo aquello / contra lo que luchamos a los veinte años"), su poesía hace piña con el sufrimiento universal, renunciando a darse por vencida. Su pesimismo destila, sin pretenderlo, una lección moral, como en la fábula de ese pez que contempla desde su acuario la aparatosa vanidad de los hombres y se compadece al saberlos presos del aire: "Algún día / he de verlos inertes, boca arriba, / flotantes en la cima de su Nada". No hay muchos poetas de circunstancias tan esenciales y de cotidianidad tan saturada de bellezas.
                                                  Ángel L. Prieto de Paula

lunes, 26 de abril de 2010

PRENSA. 26 abril 2010

En "El País":

1. Circunstancia. Columna de David Trueba sobre la cobertura mediática para el Cervantes de José Emilio Pacheco.

2. Retratos tras el consejo de guerra. Reportaje de Tereixa Constenla. Los creadores se refugiaron en el arte para sobrellevar las prisiones franquistas - Una muestra recupera los dibujos en la cárcel de los derrotados republicanos.

3. La tragedia de las niñas-novias. Por Ángeles Espinosa. Yemen eleva a 17 años la edad mínima para casarse tras un aluvión de muertes.

4. Cabellos velados, miradas veladas. Artículo de Javier Valenzuela. El de la chica del 'hiyab' de Pozuelo es otro caso de tremendismo al abordar los asuntos islámicos. Entretanto, España tiene pendiente una tarea crucial: la completa separación del Estado y la Iglesia católica.

5. El hundimiento. Columna de José Ignacio Torreblanca sobre la crisis de los países europeos.

6. Viaje al hipermercado del mundo. Reportaje de José Reinoso. La ciudad china de Yiwu fabrica y vende la mayoría de artículos para los bazares de los cinco continentes - La urbe explica por qué el país sorteó la crisis mejor que otros.

domingo, 25 de abril de 2010

PRENSA (1). 25 abril 2010

En "El País":

1. Pesadilla. Columna de Manuel Vicent.

2. Pacheco. Columna de Juan Cruz sobre el poeta José Emilio Pacheco.

3. Los piratas ponen rumbo al libro. Reportaje de Antonio Fraguas. Escritores españoles empiezan a denunciar la copia fraudulenta de sus obras en Internet - Los expertos creen que la industria editorial tarda en reaccionar.

4. Sexo, drogas y micrófonos ocultos. Reportaje de Diego A. Manrique. La asombrosa dimensión del espionaje del FBI a las estrellas del rock.

5. La educación no es gasto, es inversión. Reportaje de Amanda Mars y J. A. Aunión. España necesita mantener el esfuerzo en formar su capital humano para ser competitiva, pero debe hacerlo mejor.

6. "Hoy no daría la batalla por el velo". Reportaje de Lola Galán. Fátima Elidrisi abrió la lucha por el 'hiyab' en España: "Perdí el tiempo".

7. La señal de la cruz. Artículo del escritor Vicente Molina Foix, sobre Líbano y las situaciones de guerra.

8. Causa general II. Artículo del escritor Andrés Trapiello. La neutralización del guerracivilismo español requiere el desmantelamiento de los símbolos de la dictadura franquista -por ejemplo, el Valle de los Caídos- y la condena explícita del golpe de Estado de 1936.

9. ¿Palestina soberana? Columna de Moisés Naím.

sábado, 24 de abril de 2010

PRENSA. 24 abril 2010


En "El País":

1. Alicia in Spain. Columna de Manuel Rivas sobre lo que está ocurriendo con el juez Garzón.

2. "La lengua es mi única riqueza". Por Javier Rodríguez Marcos. José Emilio Pacheco defiende la dignidad del español y de los escritores al recibir el galardón - "Somos miembros de una orden mendicante".

3. Estanque dorado en el parque del ocio. Análisis en torno al libro y su industria en España. Por Carles Geli.

4. Doctor, recete este yogur. Reportaje de Rafael Méndez. Firmas de alimentación y aguas visitan a médicos para que recomienden sus productos - Nueva vía de promoción ante el rigor publicitario.

5. Falla la prevención del crimen machista. Por Carmen Morán.El Poder Judicial alerta de la falta de evaluación del peligro que corren las mujeres maltratadas - 17 de las 55 asesinadas el pasado año habían denunciado.

6. La crisis y el juego del fútbol. Columna de Vicente Verdú.

7. Escaramuzas de este mundo. Artículo de Jordi Gracia, catedrático de Literatura Española en la UB. Su último libro es A la intemperie. Exilio y cultura en España (Anagrama). Sobre Garzón y la memoria histórica.

viernes, 23 de abril de 2010

DÍA DEL LIBRO. PRENSA CULTURAL. POESÍA. José Emilo Pacheco recibe el PREMIO CERVANTES

José Emilo Pacheco recibe el Cervantes- ULY MARTÍN ("El País")


En "elpais.com":

"Me gustaría que el premio Cervantes hubiera sido para Cervantes"


José Emilio Pacheco recibe el galardón más importante de las letras hispanas con referencias a Internet y al español de México

IKER SEISDEDOS - Alcalá de Henares - 23/04/2010

"Nada de lo ocurre en este cruel 2010 (de los terremotos a la nube de ceniza, de la miseria creciente a la inusitada violencia que devasta países como México) era previsible al comenzar el año. Todo cambia, todo se corrompe, todo se destruye, sin embargo, en medio de la catástrofe siguen en pie, y hoy como nunca son capaces de darnos repuestas, el misterio y la gloria del Quijote". Con estas palabras, el poeta mexicano José Emilio Pacheco ha cerrado, en la solemnidad del paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henarés, un discurso austero (carente -como sus versos- de artificios) con el que ha aceptado el Premio Cervantes.
Pacheco (Ciudad de México, 1939) ha tendido -pese a su encorvada figura, que ha marcado los tiempos de la ceremonia- un robusto puente entre México y España, entre la realidad y la ficción y entre el niño que descubrió el Quijote en 1947, en una obra de teatro, y el que recibió el año pasado la noticia del Premio Cervantes, en una llamada telefónica de la ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde.
El poeta ha vinculado también el español de México y el de España: "Me asombra que necesiten nota al pie términos familiares en el español de México, al menos en el México de aquellos años remotos: "de bulto" como las estatuillas de los santos que teníamos en casa; "el Malo" (el demonio); "pelillos a la mar", (olvido de las ofensas); "curioso", (inteligente). Y tantas otras: "escarmenar", "bastimento", "cada y cuando".
Quizá ha sido obra del Malo el hecho de que en el discurso de Pacheco haya bailado la fecha de la publicación del Quijote cuando el poeta ha señalado que ignora "si podría demostrarse que el primer ejemplar del Quijote llegó a México en el equipaje de Mateo Alemán y en el mismo 1506 de su publicación. El autor del Guzmán de Alfarache había nacido en 1547 como Cervantes y estuvo en aquella Nueva España que don Miguel nunca alcanzó". El Quijote no se publicó en 1506, sino en 1605 . El Ministerio de Cultura ha contribuido a la confusión, quizá también influido por el Malo, y en la copia del discurso enviada a los medios ha ofrecido una nueva opción: 1606...
Erratas al margen, en ese ir y venir entre México y España, Pacheco ha introducido la figura "del gran cervantista mexicano de hace un siglo, Francisco A. de Icaza [...], el mexicano de España y el español de México, a quien no se recuerda en ninguna de sus dos patrias. En todo caso sobrevive en el poema que le dedicó su amigo Antonio Machado: "No es profesor de energía / Francisco A. de Icaza, sino de melancolía". Y en la inscripción que leen todos los visitantes de la Alhambra. Otra leyenda atribuye su inspiración al mismo mendigo de quien habló también Ángel Ganivet: "Dale limosna, mujer,/ pues no hay en la vida nada/como la pena de ser/ciego en Granada". Mendigo se ha calificado a sí mismo Pacheco y con él, a todos los literatos: "Casi todos los escritores somos miembros de una orden mendicante".
El poeta ha transitado en sus palabras por el Siglo de Oro, también por el XIX y el XX, hasta pararse en la más rabiosa actualidad y llegar al papel de la Red. "Como todo, Internet es al mismo tiempo la cámara de los horrores y el Retablo de las Maravillas", ha dicho cosechando las sonrisas de González-Sinde y del presidente Zapatero.

Juan Cruz y José Andrés Rojo hablan sobre José Emilio Pacheco en sus blogs.

Aquí, el discurso íntegro de José Emilio Pacheco.

martes, 20 de abril de 2010

PRENSA CULTURAL. POESÍA. José Emilio Pacheco

José Emilio Pacheco
En "elpais.com", por Javier Rodríguez Marcos:

"Dedicaré el dinero del Premio Cervantes a gastos de hospital"


José Emilio Pacheco, que el viernes recibe el galardón más importante de la lengua española, repasa las claves de su obra en un encuentro con la ministra de Cultura

JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS - Madrid - 20/04/2010

"Yo pensaba que esto sólo les pasaba a los actores", dijo esta mañana el mexicano José Emilio Pacheco al ver la nube de fotógrafos que le recibió en el auditorio del Ministerio de Cultura. Entró acompañado de la titular de la casa, Ángeles González-Sinde, para participar en un encuentro en el que hubo preguntas de la prensa, lectura de poemas a cargo del último Premio Cervantes y charla distendida y de altura entre el galardonado, la ministra y el presentador del acto, Ignacio Elguero, poeta y director de Radio Nacional. Pacheco empezó anunciando que no tenía mucho que decir pero terminó hablando de todo: de sus libros más recientes -Tarde o temprano, que reúne su poesía completa, y la novela corta Las batallas en el desierto (ambos en Tusquets)-, de su abuela, de su preocupación por la violencia en México y por la salud de sus amigos Sergio Pitol y Carlos Monsiváis. También de su admiración por Miguel Delibes: "La literatura sirve para imaginar las vidas que no vivimos. Admiro mucho a Delibes. Sólo una adversidad: él era cazador y yo, anti-caza. Pero la belleza de su escritura hace que uno venza los prejuicios". Así, poco a poco, fue desgranando algunas de las claves de una obra que le valió el premio más importante de las letras en español. El próximo viernes se le entregarán los Reyes en Alcalá de Henares.

Poeta no es una profesión. "Que alguien escriba poesía es un absoluto misterio, porque todo está en contra. Cuando uno tiene 14 años tiene tanta vergüenza de escribir que no se atreve a decírselo a sus compañeros de clase. Luego tampoco puede. No parece serio. Una vez al hacerme un carnet dije que era escritor y la funcionaria me dijo: "¡Eso no es profesión!". Y puso: "Trabaja por su cuenta".

Privilegios y esperanzas. "No quiero quejarme y decir que la situación de la poesía es terrible, porque miren todos estos privilegios que tengo ahora. Pero la verdad es que, usando un verbo tecnocrático que detesto, esto no estaba contemplado. Cuando empecé a escribir no pensaba en publicar en Tusquets, ni en recibir el premio Reina Sofía, ni el Cervantes. Por eso actuaba con gran libertad, porque no tenía ninguna esperanza más que la de seguir escribiendo".

Enemigo de sí mismo. "Ya somos todo aquello / contra lo que luchamos a los 20 años". Mucha gente me ha recordado ahora, sí, estos versos del poema Antiguos compañeros se reúnen. Por suerte nunca satanicé los premios literarios".

Discurso secreto. "¿Que qué puedo avanzar del discurso del viernes? ¡Nada! Llevo seis meses repitiendo las mismas cosas. Agradezco la atención, pero si digo algo es que no lo voy a escribir. Nabokov decía: 'Si hablo soy un niño de siete año. Si escribo, soy un gran autor'. Tenía razón. Yo necesito ver lo que escribo, para corregir. Y hablando no le puedes decir a la gente: 'Borra eso, que te lo digo mejor'".

Los 15 minutos de Andy Warhol. "Me temo que a la edad que tengo voy a tener que guardar el dinero del Cervantes para gastos de hospital. Veo enfermo a mi amigo Carlos Monsiváis y me doy cuenta de que ese es mi porvenir inmediato. Ojalá se recupere pronto. Sin Monsiváis no se entiende la cultura mexicana de los últimos 50 años. A mí, me llegaron los 15 minutos de fama de los que hablaba Andy Warhol, pero me llegaron a un cuarto para las 12. O sea, que tengo un cuarto de hora de provecho".

Versos para el teléfono móvil. "Yo ya no pertenezco al mundo de ustedes, llego tarde, con la tecnología es como tratar de aprender un idioma de mayor: puedes hablarlo, pero siempre con acento. No obstante, los nuevos medios pueden ayudar a propagar un género breve como la poesía. Hasta el móvil puede ser un instrumento de poesía. Pero no perdamos de vista la obsolescencia de los aparatos. Todavía recuerdo cómo hace 20 años me quedé asombrado al ver salir un fax del teléfono. Hoy es tan antiguo como una locomotora de vapor".

Desastre de mundo. "¿Cómo veo el mundo de hoy? ¡Desastroso! Cuando a finales del año pasado publiqué el libro de poemas Como la lluvia [editado en España por Visor] mucha gente me dijo que era muy pesimista, pero si uno mira todo lo que ha pasado en este trimestre -los terremotos de Haití y Chile, la violencia de México...- se da cuenta de que todo lo escribí parece de color de rosa, cosas de un optimista absoluto. Alguna vez dije que el siglo XX se podía situar entre un título de Dickens y otro de Balzac, entre grandes esperanzas y las ilusiones perdidas".

México: la eterna violencia. "La nube de ceniza que se cierne sobre Europa me tuvo sin saber si podría venir, pero eso no es nada al lado de la violencia que sufre México. Lo terrible es que va ocupando hasta los oasis. Piensen en Cuernavaca, un lugar al que la gente iba a descansar. Siempre se decía que era la ciudad de la eterna primavera. Hoy se dice que es la ciudad de la eterna balacera. Se ha vuelto tan terrible como Ciudad Juárez".

Poesía para los sicarios. "No creo haber influido en la historia de la literatura mexicana. En la sociedad, seguro que no, aunque me hubiera gustado escribir un poema que sirviera para parar la violencia. La sensibilidad por la poesía, como por la música, se tiene o no se tiene. Yo conozco a grandes intelectuales que no la tienen, pero cuando fui al festival de poesía de Medellín, en Colombia, me llevaron, primero a un estadio con 12.000 personas y luego, a una escuela secundaria en la que los chicos eran sicarios (deben de estar todos muertos), y tenían una gran sensibilidad poética. ¿Una definición de poesía? No tengo, lo siento. Yo escribo porque me pasa algo. Un epigrama griego dice que la poesía es pintura que habla y la pintura, poesía del silencio. Antes decía yo que todo conspira contra ella, pero la poesía está en el propio lenguaje. Basta pensar en lo que preguntan los niños. Cosas como: '¿A dónde van los días que pasan?'. La pregunta quedó ahí, flotando, sólo la ministra de cultura aventuró una respuesta: 'A la poesía de José Emilio Pacheco'".

Desde esta información podemos enlazar con otros artículos de "El País", para conocer más sobre José Emilio Pacheco.
 
CONTRA LA KODAK
Cosa terrible es la fotografía.
Pensar que en esos objetos cuadrangulares
yace un instante de 1959.
Rostros que ya no son,
aire que ya no existe.
Porque el tiempo se venga
de quienes rompen el orden natural deteniéndolo,
las fotos se resquebrajan, amarillean.
No son la música del pasado:
son el estruendo
de las ruinas internas que se desploman.
No son el verso sino el crujido
de nuestra irremediable cacofonía.

 
EL COBRADOR
Viene a cobrarme no sé qué.
Lo hago pasar a la sala.
Le muestro mis papeles.
Se hallan en orden.
Pero él insiste y amenaza y reclama.
Sólo saldrá de aquí cuando me muera.

Mientras tanto seguirá furibundo
echándome la culpa del desastre mundial,
la contaminación, el desempleo, la miseria, el fracaso
del socialismo real, el capitalismo salvaje,
la deuda externa, el efecto de invernadero, la droga,
la violencia, el esmog, el nuevo racismo, el cáncer, el sida,
o la promiscuidad o la explosión demográfica
o cualquier otra cosa. Lo que anhela
es cobrarme su pena de estar vivo.

domingo, 18 de abril de 2010

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "Un poeta del tiempo" (José Emilio Pacheco)

José Emilio Pacheco
Un poeta del tiempo

LUIS MUÑOZ 17/04/2010

José Emilio Pacheco combina un entusiasmo genuino por la actualidad con una inmersión gozosa en los espejos de la historia. Nuevas ediciones celebran la obra del escritor mexicano, que recogerá el próximo viernes el Premio Cervantes

En su poema 'La mosca juzga a Miss Universo', José Emilio Pacheco plantea, en forma de monólogo dramático, la repugnancia de una mosca por la supuesta belleza de una hermosa mujer cuyas piernas "no se curvan ni se erizan de vello" y cuyo vientre "no es inmenso ni está abombado". En otro poema, escrito muchos años antes, 'Escolio a Jorge Manrique', replica a modo de epigrama que "La mar no es el morir / sino la eterna / circulación de las transformaciones". En 'Tal por cual', advierte que esa expresión era un insulto gravísimo durante su infancia, por el que la gente se pegaba nada más oírlo, y propone, en vista de lo cambiante y misteriosa que es la gramática, convertir en insulto palabras igualmente inocentes: "lontananza, arabesco, rada, / erial, relieve, barbecho". En 'Carta a George B. Moore en defensa del anonimato' le dice a su corresponsal -quien, según el poema, le ha llamado para pedirle una entrevista- que si le han gustado sus versos "qué más da que sean míos / de otros / de nadie. / En realidad los poemas que leyó son de usted: / Usted, su autor, que los inventa al leerlos". En el 'Rap del salmón', que pertenece a su libro Como la lluvia, publicado el año pasado, escribe y casi canta: "Qué esfuerzo inútil: cada minuto / pienso en la cuna, para mi luto" o "Roto y exhausto, muy malherido, / llego a la poza que es meta y nido".
Son solamente algunos ejemplos de la rutilante variedad temática y formal de la poesía de José Emilio Pacheco y a la vez, de la fina constancia de su pensamiento. El sistema poético de José Emilio Pacheco está particularmente alerta ante cualquier ocasión, del tipo que sea -literaria, cultural, vivencial, imaginativa, especulativa-, para constatar, casi siempre con una ironía que suele ir acompañada de un rebufo impagable de ternura, la pequeñez del ser humano y la temporalidad de todas sus obras.
A su poesía reunida, de la que acaba de aparecer en España una nueva edición (Tusquets) que incluye sus 14 libros de poemas publicados hasta la fecha, la ha titulado, ya desde la edición del año 2000, Tarde o temprano, un nombre que parece tener insertado, como tantos de sus poemas, el tictac amenazante de un reloj y que une en un segmento común el destino irremediable de vida y poesía, es decir, la muerte y el olvido.
José Emilio Pacheco es uno de los grandes poetas del tiempo en lengua española y uno de los que mejor ha sabido poner las sílabas de nuestra época. La realidad en sus poemas es una sucesión de sobresaltos sensoriales, emocionales, intelectuales que retan con sus asedios al poeta. La poesía, tal y como se desprende de su trato con ella, es, antes que nada, clarificación, es decir, reposo e iluminación de alguna cosa, supresión de los impedimentos que hacen difícil comprenderla. En toda esa tarea hay una vigorosa voluntad de servicio a la cual la poesía se entrega con placer aportando sus combinaciones sensoriales, sus músicas particulares, su capacidad de poner, una vez y otra, el dedo en la llaga. El principal enemigo visible, o invisible, del poeta habita tanto las máscaras de la realidad como los perezosos lugares comunes del pensamiento, contra los que José Emilio Pacheco lanza la sutileza de su percepción, un sentido del humor infalible y una inteligencia golosa y trepidante que parece atreverse con todo.
Hay en sus poemas, al mismo tiempo, un entusiasmo genuino, a flor de piel, por los últimos elementos de la actualidad, de la que no desdeña los avances tecnológicos, ni los sucesos políticos, ni la velocidad de las modas, y una inmersión gozosa y seria hasta los espejos de la historia donde todo encuentra, al fin, la distancia adecuada, que es también, sin lugar a dudas, la forma más penetrante de acercamiento.
Aunque no pierde de vista las coordenadas mexicanas en las que se formó intelectual y emocionalmente y en las que vive (ha escrito extraordinarios poemas sobre la matanza de Tlatelolco, el terrible terremoto que asoló México en 1985 o el monstruoso crecimiento de Ciudad de México), la sustancia de su obra es inconfundiblemente universal. Una universalidad que tiene, por cierto, luminosos antecedentes y desarrollos mexicanos. En su poema 'Contra Harold Bloom' realiza un homenaje a cuatro poetas de su país, sin los que -confiesa- no sabría escribir ni qué hacer: Ramón López Velarde, José Gorostiza, Octavio Paz y Jaime Sabines, que son, en el sentido de lo universal, ejemplos paradigmáticos. La universalidad que resulta de la poesía de José Emilio Pacheco es obra de la profundidad, del buceo sistemático, de la búsqueda incansable de las piedras de toque de la realidad y de poner en un contexto humano, general, las miserias, los sufrimientos, los gozos particulares.
El lenguaje de los poemas de José Emilio Pacheco es de una sencillez y una claridad impecables. Se adentra en cuestiones complejas, en zonas turbulentas del pensamiento y la expresión, y obtiene siempre una naturalidad discreta, sin aspavientos, que por no subrayar no subraya siquiera su acento natural. No se trata de hacer asequible lo que es complicado sino de entender la poesía como una aventura de clarificaciones personales que se desean trasmitir al invisible lector a través de una comunicación íntima.
Las batallas en el desierto, la deliciosa novela corta que se reedita ahora en España, publicada también por Tusquets, comparte con su poesía la emoción, el humor, la profundidad sin trascendentalismo, la contención sin estreñimiento verbal, la plasticidad sin empalago y un sentido melancólico del tiempo, del tiempo histórico y del tiempo individual, que cruza la escena arrastrando lo que encuentra a su paso y que lleva al autor a colocar los diques preciosos de su imaginación y su memoria.

Tarde o temprano (Poemas 1958-2009) / Las batallas del desierto
José Emilio Pacheco
Tusquets. Barcelona, 2010
840 y 80 páginas. 27,50 y 10 euros
 
Aquí podemos leer su poema PREHISTORIA.

sábado, 17 de abril de 2010

POESÍA. José Emilio Pacheco (México, 1939): "La mosca juzga a miss Universo"

José Emilio Pacheco

La mosca juzga a miss Universo
Qué repugnantes los humanos.
Qué maldición
tener que compartir el aire nuestro con ellos.

Y lo más repulsivo es su fealdad.
Miren a ésta.
La consideran hermosísima.
Para nosotras es horrible.
Sus piernas no se curvan ni se erizan de vello.
Su vientre no es inmenso ni está abombado.

Su boca es una raya: no posee
nuestras protuberancias extensibles.
Parecen despreciables esos ojillos
en vez de nuestros ojos que lo ven todo.

Ascos y dolor nos dan los indefensos.
Si hubiera Dios no existirían los humanos.
Viven tan sólo para hostilizarnos
con su odio impotente.

Pero los compadezco: no tienen alas
y por eso se arrastran en el infierno.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

POEMA DEL DÍA. "Éxodo", de José Emilio Pacheco



Éxodo
En lo alto del día
eres aquel que vuelve
a borrar de la arena la oquedad de su paso;
el miserable héroe que escapó del combate
y apoyado en su escudo mira arder la derrota;
el náufrago sin nombre que se aferra a otro cuerpo
para que el mar no arroje su cadáver a solas;
el perpetuo exiliado que en el desierto mira
crecer hondas ciudades que en el sol retroceden;
el que clavó sus armas en la piel de un dios muerto
el que escucha en el alba cantar un gallo y otro
porque las profecías se están cumpliendo: atónito
y sin embargo cierto de haber negado todo;
el que abre la mano
                                y recibe la noche.

martes, 1 de diciembre de 2009

POEMA DEL DÍA. José Emilio Pacheco (Premio Cervantes 2009): "Presencia"



Presencia
¿Qué va a quedar de mí cuando me muera
sino esta llave ilesa de agonía,
estas pocas palabras con que el día,
dejó cenizas de su sombra fiera?


¿Qué va a quedar de mí cuando me hiera
esa daga final? Acaso mía
será la noche fúnebre y vacía
que vuelva a ser de pronto primavera.


No quedará el trabajo, ni la pena
de creer y de amar. El tiempo abierto,
semejante a los mares y al desierto,


ha de borrar de la confusa arena
todo lo que me salva o encadena.
Mas si alguien vive yo estaré despierto.

PRENSA. 1 diciembre 2009



En "El País":

1. Mentirosos. Columna de Rosa Montero.

2. EL POETA MEXICANO JOSÉ EMILIO PACHECO, PREMIO CERVANTES. Una gloria literaria, un triunfo moral, por Pablo Ordaz. Podemos leer su Elogio del jabón. Desde el artículo anterior, podemos enlazar con otros de Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis, Juan Cruz y Elena Poniatowska.

3. Nada puede reparar al falso culpable. Reportaje de Juan Manuel Pardellas y Rosario G. Gómez. El hombre acusado erróneamente de matar y violar a una niña se enfrenta ahora al trauma y al estigma. Una cadena de fallos llevó a un juicio paralelo. La presunción de inocencia fue pisoteada. Mañana podemos ser nosotros, análisis del abogado Alberto Jabonero Corral.

4. La memoria de las mujeres. Artículo de la escritora y periodista Rosa Pereda.

5. Los países más corruptos. Columna de Andrés Oppenheimer.

lunes, 30 de noviembre de 2009

PRENSA. LITERATURA. El premio Cervantes, para el mexicano José Emilio Pacheco



Información en "El País": El mexicano José Emilio Pacheco gana el Cervantes.

Si vamos a la etiqueta "Pacheco José Emilio", en este blog, aparecen dos entradas: en una de ellas, una entrevista; en la otra, una pequeña antología poética.

De todas formas, otro poema:

A quien pueda interesar
Que otros hagan aún
el gran poema
los libros unitarios
las rotundas
obras que sean espejo
de armonía


A mí sólo me importa
el testimonio
del momento que pasa
las palabras
que dicta en su fluir
el tiempo en vuelo


La poesía que busco
es como un diario
en donde no hay proyecto ni medida