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martes, 20 de noviembre de 2012

LITERATURA. 1962: año grande para la literatura hispanoamericana (4). "La ciudad y los perros", de Vargas Llosa



 ASÍ COMIENZA LA NOVELA:

—Cuatro —dijo el Jaguar.
   Los rostros se suavizaron en el resplandor vacilante que el globo de luz difundía por el recinto, a través de escasas partículas limpias de vidrio: el peligro había desaparecido para todos, salvo para Porfirio Cava. Los dados estaban quietos, marcaban tres y uno, su blancura contrastaba con el suelo sucio.
—Cuatro —repitió el Jaguar—. ¿Quién?
—Yo —murmuró Cava—. Dije cuatro.
—Apúrate —replicó el Jaguar—. Ya sabes, el segundo de la izquierda.
   Cava sintió frío. Los baños estaban al fondo de las cuadras, separados de ellas por una delgada puerta de madera, y no tenían ventanas. En años anteriores, el invierno sólo llegaba al dormitorio de los cadetes, colándose por los vidrios rotos y las rendijas; pero este año era agresivo y casi ningún rincón del colegio se libraba del viento, que, en las noches, conseguía penetrar hasta en los baños, disipar la hediondez acumulada durante el día y destruir su atmósfera tibia. Pero Cava había nacido y vivido en la sierra, estaba acostumbrado al invierno: era el miedo lo que erizaba su piel.
—¿Se acabó? ¿Puedo irme a dormir? —dijo Boa: un cuerpo y una voz desmesurados, un plumero de pelos grasientos que corona una cabeza prominente, un rostro diminuto de ojos hundidos por el sueño. Tenía la boca abierta, del labio inferior adelantado colgaba una hebra de tabaco. El Jaguar se había vuelto a mirarlo.
—Entro de imaginaria a la una —dijo Boa—. Quisiera dormir algo.
—Váyanse —dijo el Jaguar—. Los despertaré a las cinco.
   Boa y Rulos salieron. Uno de ellos tropezó al cruzar el umbral y maldijo.
—Apenas regreses, me despiertas —ordenó el Jaguar—. No te demores mucho. Van a ser las doce.
—Sí —dijo Cava. Su rostro, por lo común impenetrable, parecía fatigado—. Voy a vestirme.
   Salieron del baño. La cuadra estaba a oscuras, pero Cava no necesitaba ver para orientarse entre las dos columnas de literas; conocía de memoria ese recinto estirado y alto. Lo colmaba ahora una serenidad silenciosa, alterada instantáneamente por ronquidos o murmullos. Llegó a su cama, la segunda de la derecha, la de abajo, a un metro de la entrada. Mientras sacaba a tientas del ropero el pantalón, la camisa caqui y los botines, sentía junto a su rostro el aliento teñido de tabaco de Vallano, que dormía en la litera superior. Distinguió en la oscuridad la doble hilera de dientes grandes y blanquísimos del negro y pensó en un roedor. Sin bulla, lentamente, se despojó del pijama de franela azul y se vistió. Echó sobre sus hombros el sacón de paño. Luego, pisando despacio porque los botines crujían, caminó hasta la litera del Jaguar, que estaba al otro extremo de la cuadra, junto al baño.
—Jaguar.
—Sí. Toma.
   Cava alargó la mano, tocó dos objetos fríos, uno de ellos áspero. Conservó en la mano la linterna, guardó la lima en el bolsillo del sacón.
—¿Quiénes son los imaginarias? —preguntó Cava;
—El poeta y yo.
—¿Tú?
—Me reemplaza el Esclavo.
—¿Y en las otras secciones?
—¿Tienes miedo?
   Cava no respondió. Se deslizó en puntas de pie hacia la puerta. Abrió uno de los batientes, con cuidado, pero no pudo evitar que crujiera.
—¡Un ladrón! —gritó alguien, en la oscuridad—. ¡Mátalo, imaginaria!
   Cava no reconoció la voz. Miró afuera: el patio estaba vacío, débilmente iluminado por los globos eléctricos de la pista de desfile, que separaba las cuadras de un campo de hierba. La neblina disolvía el contorno de los tres bloques de cemento que albergaban a los cadetes del quinto año y les comunicaba una apariencia irreal. Salió. Aplastado de espaldas contra el muro de la cuadra, se mantuvo unos instantes quieto y sin pensar. Ya no contaba con nadie; el Jaguar también estaba a salvo. Envidió a los cadetes que dormían, a los suboficiales, los soldados entumecidos en el galpón levantado a la otra orilla del estadio. Advirtió que el miedo lo paralizaría si no actuaba. Calculó la distancia: debía cruzar el patio y la pista de desfile; luego, protegido por las sombras del descampado, contornear el comedor, las oficinas, los dormitorios de los oficiales y atravesar un nuevo patio, éste pequeño y de cemento, que moría en el edificio de las aulas, donde habría terminado el peligro: la ronda no llegaba hasta allí. Luego, el regreso. Confusamente, deseó perder la voluntad y la imaginación y ejecutar el plan como una máquina ciega. Pasaba días enteros abandonado a una rutina que decidía por él, empujado dulcemente a acciones que apenas notaba; ahora era distinto, se había impuesto lo de esta noche, sentía una lucidez insólita. Comenzó a avanzar pegado a la pared. En vez de cruzar el patio, dio un rodeo, siguiendo el muro curvo de las cuadras de quinto. Al llegar al extremo, miró con ansiedad: la pista parecía interminable y misteriosa, enmarcada por los simétricos globos de luz en torno a los cuales se aglomeraba la neblina. Fuera del alcance de la luz, adivinó, en el macizo de sombras, el descampado cubierto de hierba. Los imaginarias solían tenderse allí, a dormir o a conversar en voz baja, cuando no hacía frío. Confiaba en que una timba los tuviera reunidos esa noche en algún baño. Caminó a pasos rápidos, sumergido en la sombra de los edificios de la izquierda, eludiendo los manchones de luz. El estallido de las olas y la resaca del mar extendido al pie del colegio, al fondo de los acantilados, apagaba el ruido de los botines. Al llegar al edificio de los oficiales se estremeció y apuró el paso. Después, cortó transversalmente la pista y se hundió en la oscuridad del descampado.

SOBRE EL AUTOR Y SU NOVELA:

lunes, 25 de junio de 2012

PRENSA CULTURAL. Sobre el cincuentenario de "La ciudad y los perros", de Vargas Llosa. Opiniones de los críticos


   En "El País":

Hallazgos, significado, impacto y vigencia de una obra clave

Cuatro críticos españoles de referencia analizan en sendas perspectivas 'La ciudad y los perros'

Juan Antonio Masoliver Ródenas, José María Pozuelo Yvancos, Santos Sanz y Jordi Gracia

 Madrid 20 JUN 2012 

Cuatro críticos españoles de referncia ofrecen sendas miradas sobre La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa:

Hallazgos literarios

por Juan Antonio Masoliver Ródenas (La Vanguardia):
- Como en el caso de Joyce con el Ulises, no rompe con la tradición de la novela realista sino que, partiendo de Flaubert, la lleva al límite de sus posibilidades.
- Radical ruptura de las convenciones de la novela sin caer en el experimentalismo.
- Importancia de la estructura, para construir un edificio novelesco realmente prodigioso.
- Utilización de elementos autobiográficos sin que haya complacencia narcisista. Las experiencias personales le dan una especial autenticidad
- Presencia de lo ético sin que haya discurso moralista ni dogmatismo.
- La violencia del lenguaje como expresión de la violencia social.
- La geografía urbana y rural como parte dinámica del relato.
- Sin debilitar el distanciamiento u objetividad realista, hay una simpatía hacia los personajes que los hacen más dramáticamente humanos.

Lo que significó y representa

Por José María Pozuelo Yvancos (ABC):
La ciudad y los perros significó un gran salto en la obra de Vargas LLosa. Si nos fijamos, el cuento que da título al volumen Los Jefes(1858) prefiguraba ya algunos temas que sin embargo demandaban el cauce amplio de la novela. Por encima de cualquier otro autor latinoamericano Vargas Llosa posee talento narrativo, y su primera novela lo muestra ya dominador de técnicas perpectivísticas, al ceder su relato a tres voces alternantes. Esa configuración narrativa compleja, que van rehaciendo la estructura desde la visión plural, y que posiblemente adeude a Faulkner, le sirvió para dar vida a dos de los grandes asuntos que han acompañado siempre su obra: por un lado el Poder, tanto el que directamente emana de los militares que regían el Colegio Leoncio Prado y su rosario de caprichosas y crueles irracionalidades, como el que fraguaba en los propios alumnos, espejo donde finalmente refracta la violencia institucionalizada. El otro gran asunto es el de la libertad, puesta en peligro por el funcionamiento de los líderes capaces de aplastar las individualidades. De esa forma en La ciudad y los perros no solo está el núcleo que vertebra la obra posterior de Vargas Llosa; también supuso para la lengua literaria en español la posibilidad de hacer compatible el realismo naturalista y la modernas técnicas del relato.

Impacto en España

Por Santos Sanz Villanueva (El Cultural,, de El Mundo):
El llamado boom produjo una auténtica convulsión en las letras españolas. Algunos narradores protestaron airadamente, así el veterano Gironella o el todavía joven Alfonso Grosso. Pero la mayor parte de nuestros escritores le dieron una acogida muy favorable, si bien no en idénticos términos respecto de los que enseguida se tuvieron por los mosqueteros del movimiento. Cortázar y Fuentes despertaron no pocas reservas. En cambio, Vargas LLosa y García Márquez suscitaron admiración casi unánime e incondicional. La ciudad y los perros no pudo ser recibida con términos más elogiosos. El destacado crítico J.R. Masoliver aventuró en La Vanguardia que era un libro de los que marcan época y estaba destinado a renovar todo un género. Lo saludó con un juicio cerrado: "Qué obra de verdadero artista, en una palabra". En términos parecidos enjuició a Vargas el muy exigente Delibes: "ha renovado el lenguaje y la técnica y además nos dice cosas. Ha remozado los elementos de la novela pero no los ha destruido". Esta doble virtud, la narratividad y la innovación formal y lingüística, fue la gran lección que Vargas ofreció a la novela española en unas fechas en que el realismo social empezaba a estar seriamente cuestionado.

La vigencia 50 años después

Por Jordi Gracia (EL PAÍS):
La vigencia de los clásicos es felizmente discutida hoy. Es la mejor garantía de sacarlos de las hornacinas porque o el clásico está vivo, para unos pocos o para muchos, o no es un clásico. Y La ciudad y los perros es un puro latido animal de punta a cabo: el animal no es el Jaguar ni el resto de los muchachos. El animal es Vargas Llosa porque hoy podemos leer esa novela con la redoblada fuerza que le otorga la memoria de sus otras obras maestras –que son unas cuantas-. Y en lugar de detectar la inmadurez o la inestabilidad de aquel artefacto casi juvenil, sucede lo contrario: la consistencia ejemplar de la novela está hecha de valentía analítica y de denuncia moral porque es un libro comprometido no con la injusticia de un sistema de enseñanza o de un país sino con nuestra fragilidad, la que late detrás de las convenciones y los amaños. ¿Quién de nosotros tendría la valentía de contestar a la burla del capitán –“Parece usted uno de esos curas fanáticos. ¿Quiere arruinar su carrera?”- con la temeridad que pone Gamboa en su respuesta: “Un militar no arruina su carrera cumpliendo con su deber, mi capitán?”.

PRENSA CULTURAL. Sobre el cincuentenario de "La ciudad y los perros", de Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa durante la conmemoración de 'La ciudad y los perros'. ("El País")

   En "El País":

Vargas Llosa no entiende ‘La ciudad y los perros’

El Nobel peruano celebra la edición conmemorativa del cincuentenario de su primera novela. Varios críticos españoles analiza la obra: significado, hallazgos y vigencia

La RAE y la Asociación de Academias de la Lengua España publican el libro

 Madrid 20 JUN 2012

“¡Usted no ha entendido la novela. Reflexione!”. Y Mario Vargas Llosaquedó entre perplejo y desconcertado ante la vehemente invitación que le hacía Roger Caillois sobre La ciudad y los perros que acaba de ver la edición en francés. A partir de ahí el Nobel peruano dice, contra el origen de su propia novela, que el Jaguar no mató al Esclavo pero se atribuye su muerte. Vargas Llosa comprendió, entonces, que la lectura del autor sobre su propio libro no es la más justa.
Con esta anécdota celebrada con risas en el salón de actos de la Real Academia Española, en Madrid, Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936) terminó de desandar la historia del medio siglo de su primera novela que ayer recibió todos los honores en la presentación de una edición conmemorativa elaborada por la RAE y la Asociación de Academias y editada por Alfaguara.
De pie, y ante un salón llenó, el escritor evoca los orígenes de la novela que se mezclan con los suyos como adolescente y como lector y escritor. Cincuenta años de un libro que, en realidad son 60 porque esa historia se remonta diez años atrás. A la de un quinceañero en el colegio militar Leoncio Prada de Lima, en los años 1950 y 1951, que soñaba con vivir una gran aventura como las que leía de Verne, Stevenson o Salgari y terminó viviendo el micromundo peruano en un internado.

Sus palabra
La realidad a la espera de ser convertida en ficción para revelar verdades. Ahí anida elVargas Llosa que se ganará un sitio en la literatura del último medio siglo.
Sus palabras, con su voz resaltada por el silencio de los asistentes, empiezan a crear la intrahistoria de La ciudad y los perros. Él cuenta como si fuera la primera vez que recordara y mantiene al auditorio atento. Empieza por revivir aquellos años del colegio donde descubrió el valor de la libertad. “No fue una experiencia grata. Sufrí el internado, sufrí la disciplina tan rigurosa, sufrí la violencia que era el estado de la vida cotidiana, y que eran más travesuras, pero que para mí era violencia”. Recuerda que lo recordó años después con los jóvenes leonciopradinos. Pero los años han puesto las cosas en su sitio hasta hacerlo sentir agradecido con aquel colegio al descubrirle el país de verdad donde había nacido. Al que pertenecía.
Y así, entre travesuras violentas y sufrimientos la confirmación de que lo que realmente le gustaba era leer. La alegría impregna su voz, sus expresiones conmueven al evocar al joven aprendiz de la vida en un entorno hostil que ama la lectura.

Faulkner fue el primer autor que leí con lápiz y papel, tratando de descifrar su arquitectura y estructura. Fue un maestro a la hora de escribir”
La vida sigue y en 1958 llega becado a Madrid, a la Universidad Complutense. Un año de gloria cargado de futuro. Vive en una pensión de la calle Doctor Castelo donde convierte en mesa de escritura un velador enorme, aunque también escribía en una tasca de la calle Menéndez Pelayo. Luego empieza su etapa de París, y en 1959 publica el libro de cuentos Los jefes, todo ello sin dejar de revivir su paso por el colegio militar que sigue cobrando vida en la vida de cadetes conectados con la ciudad de Lima. El Perú entero allí metido en su memoria de veinteañero.
Termina la novela y con su amigo José Miguel Oviedo acuerdan el título. Por sugerencia de otro amigo la envía a Carlos Barral, al premio Biblioteca Breve. Hasta que llegó el telegrama que le cambió la vida. “Pero nunca, ni en mis momentos más imaginativos pensé que el libro tuviera este destino”. Una vez ganado el premio viene el largo proceso de negociación con la censura del franquismo. Al final le pidieron cambiar ocho frases, “entre sorprendentes y cómicas”. Dos ejemplos: no decir que el coronel tenía un vientre de ballena, “entonces sugerí cambiarlo por cetáceo y aceptaron”; y no decir que el único pastor que aparecía en la novela visitaba burdeles, “entonces sugerí cambiarlo por prostíbulos y aceptaron”. Aunque en la siguiente edición, Barral recuperó la versión original.
Se cumplía un sueño que además de estar en deuda con la realidad del autor lo estaba, también, con tres libros y escritores: Tirant lo Blanc, en la edición de Martín de Riquer (“Me descubrió el valor de la cantidad de querer contar muchas cosas”), la llamada Generación perdida con autores como Hemingway, Dos Passos pero, sobre todo, William Faulkner. La admiración se nota en su voz porque dice: "Faulkner fue el primer autor que leí con lápiz y papel, tratando de descifrar su arquitectura y estructura. Fue un maestro a la hora de escribir” y, como tercer tema, el descubrimiento de Flaubert en 1959, a través de Madame Bovary, “al enseñarme el tipo de escritor que quería ser”. Leyéndolo descubre que si un autor no nacía con talento podría encontrarlo a base de esfuerzo. Pero antes, confiesa, sufrió mucho porque al leerlo le parecía que él no tenia talento para escribir la novela que quería.

Los tiempos malos son fecundos para la literatura. Surgen de la gran inseguridad del mundo en que vivimos, y eso crea la necesidad de crear mundos alternativos. Eso explica, en parte el ímpetu de la literatura”.
Hasta que venció a la inseguridad. Y ahí entra en juego un elemento clave: “Mi vocación extraordinaria, porque lo defiende a uno de la adversidad. Las malas y peores cosas son las más  fructíferas para la literatura. Escribir del sufrimiento es una manera de inmunizarse”.
Cincuenta años después, Mario Vargas Llosa ha obtenido los premios más importantes, entre ellos le Nobel, gracias a una obra que incluye títulos esenciales del español como La casa verde, Conversación en La Catedral, Pantaleón y las visitadoras, La tía Julia y el escribidor, La guerra del fin del mundo y La fiesta del Chivo.
Una creación literaria que le permite decir que “una sociedad impregnada de buena literatura es más crítica y exigente”. Y de que los los tiempos malos son generalmente buenos y fecundos para la literatura: "surgen de la gran inseguridad del mundo en que vivimos, y eso crea la necesidad de crear mundos alternativos. Eso explica, en parte el ímpetu de la literatura”.
Hasta que llega a las reveladoras palabras de Caillois que le enseñaron a ampliar la mirada sobre su propia obra y la vida que esta adquiere en cada lector: "¡Usted no ha entendido la novela. Reflexione!".

lunes, 20 de septiembre de 2010

LITERATURA ESPAÑOLA Y UNIVERSAL (FRAGMENTOS). "La ciudad y los perros", de Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936)

Mario Vargas Llosa
Así comienza
La ciudad y los perros

-Cuatro -dijo el Jaguar.
Los rostros se suavizaron en el resplandor vacilante que el globo de luz difundía por el recinto, a través de escasas partículas limpias de vidrio: el peligro había desaparecido para todos, salvo para Porfirio Cava. Los dados estaban quietos, marcaban tres y uno, su blancura contrastaba con el suelo sucio.
-Cuatro -repitió el Jaguar-. ¿Quién?
-Yo -murmuró Cava-. Dije cuatro.
-Apúrate -replicó el Jaguar-. Ya sabes, el segundo de la izquierda.
Cava sintió frío. Los baños estaban al fondo de las cuadras, separados de ellas por una delgada puerta de madera, y no tenían ventanas. En años anteriores, el invierno sólo llegaba al dormitorio de los cadetes, colándose por los vidrios rotos y las rendijas; pero este año era agresivo y casi ningún rincón del colegio se libraba del viento, que, en las noches, conseguía penetrar hasta en los baños, disipar la hediondez acumulada durante el día y destruir su atmósfera tibia. Pero Cava había nacido y vivido en la sierra, estaba acostumbrado al invierno: era el miedo lo que erizaba su piel.
-¿Se acabó? ¿Puedo irme a dormir? -dijo Boa: un cuerpo y una voz desmesurados, un plumero de pelos grasientos que corona una cabeza prominente, un rostro diminuto de ojos hundidos por el sueño. Tenía la boca abierta, del labio inferior adelantado colgaba una hebra de tabaco. El Jaguar se había vuelto a mirarlo.
-Entro de imaginaria a la una -dijo Boa-. Quisiera dormir algo.
-Váyanse -dijo el Jaguar-. Los despertaré a las cinco.
Boa y Rulos salieron. Uno de ellos tropezó al cruzar el umbral y maldijo.
-Apenas regreses, me despiertas -ordenó el Jaguar-. No te demores mucho. Van a ser las doce.
-Sí -dijo Cava. Su rostro, por lo común impenetrable, parecía fatigado-. Voy a vestirme.
Salieron del baño. La cuadra estaba a oscuras, pero Cava no necesitaba ver para orientarse entre las dos columnas de literas; conocía de memoria ese recinto estirado y alto. Lo colmaba ahora una serenidad silenciosa, alterada instantáneamente por ronquidos o murmullos. Llegó a su cama, la segunda de la derecha, la de abajo, a un metro de la entrada. Mientras sacaba a tientas del ropero el pantalón, la camisa caqui y los botines, sentía junto a su rostro el aliento teñido de tabaco de Vallano, que dormía en la litera superior. Distinguió en la oscuridad la doble hilera de dientes grandes y blanquísimos del negro y pensó en un roedor. Sin bulla, lentamente, se despojó del pijama de franela azul y se vistió. Echó sobre sus hombros el sacón de paño. Luego, pisando despacio porque los botines crujían, caminó hasta la litera del Jaguar, que estaba al otro extremo de la cuadra, junto al baño.
-Jaguar.
-Sí. Toma.
Cava alargó la mano, tocó dos objetos fríos, uno de ellos áspero. Conservó en la mano la linterna, guardó la lima en el bolsillo del sacón.
-¿Quiénes son los imaginarias? -preguntó Cava;
-El poeta y yo.
-¿Tú?
-Me reemplaza el Esclavo.
-¿Y en las otras secciones?
-¿Tienes miedo?
Cava no respondió. Se deslizó en puntas de pie hacia la puerta. Abrió uno de los batientes, con cuidado, pero no pudo evitar que crujiera.
-¡Un ladrón! -gritó alguien, en la oscuridad-. ¡Mátalo, imaginaria!
Cava no reconoció la voz. Miró afuera: el patio estaba vacío, débilmente iluminado por los globos eléctricos de la pista de desfile, que separaba las cuadras de un campo de hierba. La neblina disolvía el contorno de los tres bloques de cemento que albergaban a los cadetes del quinto año y les comunicaba una apariencia irreal. Salió. Aplastado de espaldas contra el muro de la cuadra, se mantuvo unos instantes quieto y sin pensar. Ya no contaba con nadie; el Jaguar también estaba a salvo. Envidió a los cadetes que dormían, a los suboficiales, los soldados entumecidos en el galpón levantado a la otra orilla del estadio. Advirtió que el miedo lo paralizaría si no actuaba. Calculó la distancia: debía cruzar el patio y la pista de desfile; luego, protegido por las sombras del descampado, contornear el comedor, las oficinas, los dormitorios de los oficiales y atravesar un nuevo patio, éste pequeño y de cemento, que moría en el edificio de las aulas, donde habría terminado el peligro: la ronda no llegaba hasta allí. Luego, el regreso. Confusamente, deseó perder la voluntad y la imaginación y ejecutar el plan como una máquina ciega. Pasaba días enteros abandonado a una rutina que decidía por él, empujado dulcemente a acciones que apenas notaba; ahora era distinto, se había impuesto lo de esta noche, sentía una lucidez insólita.
Comenzó a avanzar pegado a la pared. En vez de cruzar el patio, dio un rodeo, siguiendo el muro curvo de las cuadras de quinto. Al llegar al extremo, miró con ansiedad: la pista parecía interminable y misteriosa, enmarcada por los simétricos globos de luz en torno a los cuales se aglomeraba la neblina. Fuera del alcance de la luz, adivinó, en el macizo de sombras, el descampado cubierto de hierba. Los imaginarias solían tenderse allí, a dormir o a conversar en voz baja, cuando no hacía frío. Confiaba en que una timba los tuviera reunidos esa noche en algún baño. Caminó a pasos rápidos, sumergido en la sombra de los edificios de la izquierda, eludiendo los manchones de luz. El estallido de las olas y la resaca del mar extendido al pie del colegio, al fondo de los acantilados, apagaba el ruido de los botines. Al llegar al edificio de los oficiales se estremeció y apuró el paso. Después, cortó transversalmente la pista y se hundió en la oscuridad del descampado.
Un movimiento próximo e inesperado devolvió a su cuerpo, como un puñetazo, el miedo que empezaba a vencer. Dudó un segundo: a un metro de distancia, brillantes como luciérnagas, dulces, tímidos, lo contemplaban los ojos de la vicuña. "¡Fuera!", exclamó, encolerizado. El animal permaneció indiferente. "No duerme nunca la maldita", pensó Cava. "Tampoco come. ¿Por qué no se ha muerto? Se alejó. Dos años y medio atrás, al venir a Lima para terminar sus estudios, lo asombró encontrar caminando impávidamente entre los muros grises y devorados por la humedad del Colegio Militar Leoncio Prado, a ese animal exclusivo de la sierra. ¿Quién había traído la vicuña al colegio, de qué lugar de los Andes? Los cadetes hacían apuestas de tiro al blanco: la vicuña apenas se inquietaba con el impacto de las piedras. Se apartaba lentamente de los tiradores, con una expresión neutra. "Se parece a los indios", pensó Cava. Subía la escalera de las aulas. Ahora no se preocupaba del ruido de los botines; allí no había nadie, fuera de los bancos, los pupitres, el viento y las sombras. Recorrió a grandes trancos la galería superior. Se detuvo. El chorro mortecino de la linterna le descubrió la ventana. "El segundo de la izquierda", había dicho el Jaguar. Electivamente, estaba flojo. Fue retirando con la lima la masilla del contorno, que recogía en la otra mano. La sintió mojada. Extrajo el vidrio con precaución y lo depositó en el suelo. Palpó la madera hasta encontrar el cerrojo. La ventana se abrió, de par en par. Ya adentro, movió la linterna en todas direcciones; sobre una de las mesas de la habitación, junto al mimeógrafo, había tres pilas de papel. Leyó: "Examen bimestral de Química. Quinto año. Duración de la prueba: cuarenta minutos”. Las hojas habían sido impresas esa tarde y la tinta brillaba aún. Copió rápidamente las preguntas en una libreta, sin comprender lo que decían. Apagó la linterna y volvió hacia la ventana. Trepó y saltó: el vidrio se hizo trizas bajo los botines, con mil ruidos simultáneos. "¡Mierda!", gimió. Había quedado en cuclillas, aterrado. Sus oídos no percibían, sin embargo, el bullicio salvaje que esperaban, las voces como balazos de los oficiales: sólo su respiración entrecortada por el miedo. Esperó todavía unos segundos. Luego, olvidando utilizar la linterna, reunió como pudo los trozos de vidrio repartidos por el enlosado y los guardó en el sacón. Regresó a la cuadra sin tomar precauciones. Quería llegar pronto, meterse en la litera, cerrar los ojos. En el descampado, al arrojar los pedazos de vidrio, se arañó las manos. En la puerta de la cuadra se detuvo; se sentía extenuado. Una silueta salió al paso.