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lunes, 30 de noviembre de 2015

HISTORIA. "¿Quién votó a Hitler?"

   En "jotdown":

¿Quién votó a Hitler?

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Cartel en una calle berlinesa en 1932, «Nosotros queremos trabajo y pan, vota por Hitler». Foto: Corbis.
Cartel en una calle berlinesa en 1932, «Nosotros queremos trabajo y pan, vota por Hitler». Foto: Corbis.
Uno de los debates más comunes de nuestro tiempo, durante estos últimos días aún más frecuente si cabe, es el que contrapone libertad y seguridad. En realidad se trata de una distinción falaz, pues la segunda es condición necesaria de la primera, ya que nada coarta más nuestra libertad que el miedo que provoca la inseguridad. El origen de este malentendido se lo debemos, al menos en parte, a Erich Fromm y a su libro —por otra parte bastante recomendable— El miedo a la libertad. Para quien no lo haya leído venía a decir que el auge del protestantismo en el siglo XVI y del nazismo en el XX tenían una misma raíz, anunciada en el propio título de la obra. La modernidad traería consigo una ruptura de los lazos que ataban al individuo en las sociedades tradicionales, lo que genera tanta independencia como desasosiego. De manera que, expulsado de ese apacible útero a un mundo en el que debe manejarse en plena libertad, el sujeto intentaría rehacer como fuera ese vínculo primitivo, bien a través de un mayor rigorismo religioso o de una ideología totalitaria. 
El nazismo sería un caso paradigmático de esto, con su énfasis en el colectivo por encima del individuo, con sus grandes mítines en los que cualquier personita, con sus miserias, temores y debilidades pasaba a sumergirse en una masa invencible que lo trascendía: Deutschland über alles. El libro se publicó en 1941 después de que el autor, judío alemán, huyera de unos compatriotas que no tenían nada bueno reservado para él, así que pudo verlo todo desde primera fila. Algo hay de cierto en su planteamiento, sin duda, pero con el paso del tiempo hemos podido saber con mucho más detalle los motivos del ascenso de Hitler al poder y hay algunos puntos que matizar. Para ello deberemos conocer quién y por qué se unió al nacionalsocialismo.
El 14 de septiembre de 1930 las elecciones al parlamento alemán ofrecieron un resultado que marcaría la historia del país y del mundo. El partido más votado fue, tal como era de esperar, el socialdemócrata. Pero estaba seguido de cerca —con más de 6,3 millones de votos y el 18,2% del total— por el NSDAP, una formación hasta entonces marginal que había multiplicado por ocho sus votos respecto a las elecciones previas celebradas solo dos años antes. Fue una auténtica sorpresa y un acontecimiento crucial, pues una vez ganada esa posición ya no hubo vuelta atrás: sus resultados irían en aumento en una República de Weimar ya agonizante hasta que el 30 de enero de 1933 Hitler fue nombrado canciller. ¿Cómo había sido posible? Aunque el partido había sido refundado solo trece años antes, las ideas que en una peculiar mezcolanza lo conformaban ya estaban en el ambiente desde tiempo atrás.
El antisemitismo por ejemplo llevaba siglos firmemente instalado en Europa, aunque en Alemania la población judía (que no llegaba ni al 1%) estaba notablemente asimilada en la vida económica, social y cultural; eran frecuentes los matrimonios mixtos y su identificación patriótica era plena hasta el punto de que muchos se consideraban orgullosos excombatientes de la Primera Guerra Mundial. Curiosamente la Cruz de Hierro al valor que obtuvo Hitler en dicho conflicto fue por recomendación de un oficial judío. Pese a ello el antisemitismo aún era una idea ocasionalmente empleada en algunos discursos políticos, que pasaría a incorporarse con inusual énfasis en el NSDAP, aunque tamizada por un nuevo enfoque que ya no sería religioso sino (pseudo) científico.
Ese nuevo enfoque estaba relacionado con un acontecimiento clave en la historia de la humanidad ocurrido unas décadas antes: la creación en Londres de una red de alcantarillado. Tal vez no suene muy épico, pero aumentó considerablemente la esperanza de vida en todas las ciudades que rápidamente la imitaron. La higiene pasó a ser un principio fundamental, casi obsesivo, de la medicina y de la salud pública, de manera que se extendió a otros ámbitos, se cruzó con otra idea también puesta de moda durante el siglo XIX como el darwinismo y algunos comenzaron a rumiar el concepto de «higiene racial». En 1905 se fundó en Alemania la Sociedad de Higiene Racial, cuyos fundadores reivindicaban la vieja idea espartana de decidir si los recién nacidos debían vivir o ser eliminados si presentaban problemas de salud. Aunque lo debía decidir un médico, ojo, que no eran ningunos bárbaros. El caso es que la eugenesia entusiasmó a todo el mundo de tal forma que los programas de esterilización involuntaria en esa época pasaron a estar activos en nada menos que veintiocho países. En Estados Unidos el simpático doctor Kellogg, por ejemplo, además de promover el desayuno de cereales y los enemas de yogur, también inauguró la Fundación para la Mejora de la Raza. Y por supuesto en el NDSAP la idea también se hizo un hueco. Hitler para 1920 ya había interiorizado a la perfección esa retórica científico-sanitaria para hablar de los judíos: «No creáis que vais a poder combatir una enfermedad sin matar la causa, sin aniquilar el bacilo, y no creáis que podéis combatir la tuberculosis racial si no os esforzáis por que la gente deje de estar expuesta a la causa de la tuberculosis racial».
La Catedral de Luz, ideada por albert Speer con focos antiaéreos para las reuniones del partido en Nuremberg. Foto: DP.
La catedral de luz, ideada por Albert Speer con focos antiaéreos para las reuniones del partido en Nuremberg. Foto: DP.
Como vemos el ideario nazi, aunque exótico y grotesco para la sensibilidad contemporánea, no tenía elementos particularmente lejanos de la cosmovisión de cualquier alemán de su tiempo, que podía votarlo o repudiarlo, pero en ningún caso sentir demasiada extrañeza ante él. Poseía ingredientes tan familiares como por ejemplo el colonialismo, que tanta importancia seguía teniendo para Europa por entonces y que inspiró al geógrafo Karl Haushofer la idea de que Alemania necesitaba expandir sus territorios hacia el este, un «espacio vital» que pasaría a formar parte del ideario del NSDAP por influencia del propio autor, que militó en el partido desde su misma fundación… aunque luego caería en desgracia cuando su hijo participase años después en la Operación Valkiria, el atentado frustrado contra Hitler.
Hablar de colonialismo nos lleva a otro elemento con el que está estrechamente emparentado, el nacionalismo, paradójicamente la seña de identidad más íntima del partido y al mismo tiempo aquello que más extendido estaba en la sociedad alemana, facilitando así su crecimiento explosivo. La reunificación del país llevada a cabo por Bismarck unas décadas antes conocida como Imperio alemán o II Reich era un episodio que encendía muchos corazones germanos, al que añoraban con la misma intensidad con la que expresaban su repudio por lo que hoy llamados República de Weimar. El discurso nacionalista-romántico era hegemónico en las universidades del país (y en parte de la alta cultura, como las óperas de Wagner), y el hecho de que estas ofrecieran además una enseñanza de alto nivel que habían colocado a Alemania en la vanguardia científica y técnica reforzaba su prestigio por asociación y marcaba así a las élites que luego ocupaban posiciones influyentes. Parte de esas élites formaron en Múnich la llamada Sociedad Thule, una agrupación secreta cuyo emblema era una esvástica y cuyos intereses oscilaban entre la investigación de los orígenes de la raza aria, el ocultismo y la lucha contra el comunismo. Este grupo fundaría el DAP en 1919, que un año después de su creación sería refundado por Hitler como NSDAP. Su nacimiento al término de la Primera Guerra Mundial no era casual y de nuevo estamos ante una seña de identidad del partido que al mismo tiempo estaba profundamente enraizada en la sociedad del momento. Como dice Richard J. Evans en La llegada del Tercer Reich:
Los modelos castrenses de conducta habían sido algo generalizado en la cultura y la sociedad alemanas antes de 1914, pero después de la guerra se hicieron omnipresentes. El lenguaje de la política estaba impregnado de metáforas del periodo bélico, el partido rival era un enemigo al que había que aplastar, y la lucha, el terror y la violencia se convirtieron en armas ampliamente aceptadas y perfectamente legítimas en la contienda política. Había uniformes por todas partes. La política, invirtiendo un famoso adagio del teórico militar de principios del siglo XIX Carl von Clausewitz, se convirtió en una continuación de la guerra utilizando otros medios.
Buena parte de los altos cuadros del NSDAP empezando por el propio Hitler, así como de las camisas pardas que ejercían de milicias del partido, eran veteranos que habían quedado irremediablemente marcados por el conflicto. Hasta tal punto era importante esa experiencia vital que Goebbels atribuía en los mítines su cojera a una herida de guerra (en la que nunca participó). En ella habían encontrado su lugar en el mundo, una camaradería, unos valores… y repentinamente todo eso había terminado. La censura del gobierno les hizo creer en todo momento que estaban ganándola, de manera que interpretaron el armisticio como una traición judeo-socialista, fue el mito de «la puñalada por la espalda» que les hizo odiar al nuevo régimen surgido tras ella y, muy especialmente, al Tratado de Versalles que le puso fin. Consideraban una monstruosa afrenta al orgullo nacional la cantidad de territorios (más de la décima parte del país) que el tratado exigía, así como el desarme impuesto y las compensaciones económicas exigidas. 
Dichas compensaciones, junto con la carga que suponían las pensiones a veteranos incapacitados y huérfanos, terminaron estrangulando la economía alemana, que en 1923 sufrió una hiperinflación por la que, por ejemplo, un kilo de pan de centeno paso de costar ciento sesenta y tres marcos a doscientos treinta y tres mil millones en algo más de nueve meses. Con el dinero perdiendo todo su valor llegaron esas imágenes que todos hemos visto alguna vez de niños jugando a construcciones con pilas de billetes, muchos pequeños ahorradores se quedaron en la ruina y la delincuencia —obviamente no para robar dinero sino bienes personales y alimentos— se multiplicó. La economía pudo estabilizarse a partir de 1924, pero años después llegaría el crac del 29 y en torno a un 30% de los trabajadores se quedaría en el paro. Una cifra elevadísima, aunque en España no nos llame mucho la atención.
Finalmente, otro factor que no podemos dejar de mencionar es la revolución rusa de 1917. Las noticias que llegaban de la violencia que estaba desatando no eran nada tranquilizadoras y apenas un año después Karl Liebknecht Rosa Luxemburgo fundaron el Partido Comunista de Alemania y casi simultáneamente tuvo lugar la Revolución de noviembre, que derivó en el intento de instaurar una república de inspiración soviética. Aunque finalmente resultó frustrado y ambos dirigentes asesinados, los insurrectos secuestraron y mataron a varios miembros de la mencionada Sociedad Thule, que pasaron a ser mártires e impulsaron así la reacción nazi. La escalada en el enfrentamiento entre comunistas y extrema derecha no se detuvo ahí y la Liga de Combatientes del Frente Rojo encontraría la horma de su zapato en las SA o Camisas Pardas. Hay una novela muy interesante al respecto, supuestamente autobiográfica, que se titula La noche quedó atrás y fue escrita con el seudónimo de Jan Valtin. Digo supuestamente porque la cantidad de aventuras que protagoniza este agitador al servicio del Komintern no se viven ni en diez vidas, irradiando tal heroísmo que fascinó a Pío Moa hasta el punto de fundar el grupo terrorista GRAPO para emularlo. 
En cualquier caso el libro recrea muy bien ese ambiente de radicalismo político y lucha callejera con huelgas constantes, sabotajes, asaltos a sedes de otros partidos, peleas multitudinarias y, en definitiva, cientos de muertos con el paso de los años. Un conflicto que iba polarizando la sociedad y que permitió a Hitler mostrarse como el hombre que llegaría para restablecer el orden. Lo cual no deja de ser paradójico pues buena parte de esa violencia fue originada por los propios nazis, verdaderos maestros de la violencia política. Puede decirse que el nacionalsocialismo era, al menos en este punto, marxista. Pero de la escuela de Groucho: «La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados». Solo que en vez de buscar problemas, los creaban.
Espartaquistas en una barricada en 1919. Foto: DP.
Espartaquistas en una barricada en 1919. Foto: DP.
Los sectores que más lo apoyaron
Este breve esbozo de la doctrina y el contexto del NSDAP visto hasta ahora nos muestran dos cosas, que en parte desmienten o al menos matizan la tesis de Fromm con la que iniciábamos el artículo. El partido tenía arraigo en la mentalidad y las tribulaciones de la sociedad alemana, de manera que no era —al menos de cara al electorado— una organización al servicio exclusivo de un grupo, unos intereses o una psicología determinadas. Era lo que los politólogos llaman hoy un catch-all party con aspiración de ser interclasista y entrar en todos los nichos. No había pues un votante arquetípico de Hitler. En segundo lugar quienes le votaron no es que tuvieran miedo (o no solo) a la libertad. Lo que les daba miedo era la violencia callejera, el desmoronamiento de las instituciones y el caos económico. No se sentían abrumados por las múltiples posibilidades que se abrían ante su futuro, sino por la frustrante ausencia de todas ellas.
Dado que en las elecciones de julio de 1932 lograron acaparar el 37,2% de los votos está claro que llegaron a todos los segmentos sociales, pero aun así pueden señalarse algunos en los que el apoyo fue superior a la media. En primer lugar la población rural, evidentemente muy receptiva al lema de «sangre y tierra» que pregonaban los nacionalsocialistas y que pasaba así a ser la guardiana de las esencias nacionales. De nuevo queda en entredicho la idea de Fromm del votante nazi como un urbanita desarraigado nostálgico de la tribu. De hecho Berlín, una enorme metrópolis de cuatro millones de habitantes, mantuvo hasta que ya no le quedó más remedio unos niveles bajos de adhesión al movimiento.
Otro pilar fundamental fueron los jóvenes. Aquella ocasión en la que Hitler afirmó que «cuando un opositor dice: “no me acercaré a vosotros”, yo le respondo sin inmutarme: “tu hijo ya nos pertenece”» resultó especialmente inquietante y vampírico entre otras cosas porque tenía, además, toda la razón. Su doctrina encajaba como un guante en la mentalidad juvenil y adolescente al primar la acción sobre la reflexión y la visión maniquea de la realidad frente a la escala de grises que suele proporcionar la edad. El énfasis en la fuerza, el vigor, la camaradería y la esperanza en el futuro encandilaba a la chavalería y quedaba reflejado en la importancia que se concedía a la organización de las Juventudes Hitlerianas y en que el mártir oficial del nacionalsocialismo —que dio nombre a su himno y protagonizó infinidad de exequias— fuera Horst Wessel, un joven muerto a los veintitrés años a manos de un comunista. En torno a la cuarta parte de los votos que lograron en 1930 provenían de gente que acudía a las urnas por primera vez.
También logró una gran aceptación entre las mujeres. El propio Hitler se jactaba de ello cuando decía que «las mujeres siempre han estado entre mis apoyos incondicionales» y que «hemos ganado más mujeres para nuestra causa que todos los demás partidos juntos». Cabe suponer que lo apoyaban porque, obviamente, compartían su visión de cómo debía ser el futuro de Alemania. Ahora bien, ¿por qué en una mayor proporción que el sector masculino? Se han planteado varias explicaciones y una de ellas que creo convincente es que se trata de un electorado levemente más conservador. Por poner un ejemplo próximo, en el referéndum escocés el «no» representaba la opción continuista, mientras que el «sí» entrañaba un salto al vacío (o al menos así lo describían sus detractores), de manera que entre los hombres la diferencia fue de seis puntos a favor del no, mientras que entre las mujeres se elevó hasta los doce puntos. Pues bien, en el contexto de violencia desatada en las calles e incertidumbre económica de la República de Weimar, la promesa de orden y autoridad tal vez resultara clave para aquel apoyo incondicional femenino del que hablaba el líder del NSDAP. Para conocer más detalles sobre esta cuestión pueden leer el artículo Our Last Hope: Women’s Votes for Hitler de la historiadora Helen A. Boak.
Por su parte, los protestantes mostraban más del doble de apoyo al partido que los católicos y también tenían mayor representación los funcionarios y la clase media baja, y el norte del país más que el sur. El NSDAP logró atraer a una buena parte de los que previamente votaban a los nacionalistas y a los conservadores aunque su éxito fue menor del que esperaban con los obreros y parados, que permanecieron relativamente fieles a los partidos socialdemócrata y comunista.
En conclusión, en mayor o menor medida en todos los grupos sociales un buen número de electores se inclinaron por esa opción ante la inusual combinación entre unas circunstancias históricas, sociales y económicas excepcionales, el intimidante uso de la fuerza en las calles de las SA y la formidable maquinaria propagandística ideada por Goebbels. La solución que escogieron fue el comienzo de otros muchos problemas y ni con el mayor de los sarcasmos se podría decir que disfrutasen de lo votado pero, de eso no hay duda, hicieron historia.
Hitler da un discurso en la Ópera Kroll. Foto: DP.
Hitler da un discurso en la Ópera Kroll. Foto: DP.

martes, 13 de octubre de 2015

PRENSA. "Hitler tiene futuro", de Lluís Bassets. Sobre el ensayo "Tierra negra", de Timothy Snyder

   En "El País":

Hitler tiene futuro

La llegada de centenares de miles de refugiados a Europa permite certificar la certeza de las teorías de Snyder, autor de 'Tierra negra. El Holocausto como historia y advertencia'.


ROBIN UTRECHT (EPA)

Muchos son los historiadores que han indagado sobre el exterminio de los judíos de Europa durante la Segunda Guerra Mundial, pero ninguno hasta ahora había estudiado el Holocausto como una posibilidad de futuro, es decir, como una advertencia. Es evidente la apelación moral –¡nunca más!– que siempre ha sugerido aquel genocidio organizado por el régimen nacionalsocialista alemán, pero el historiador estadounidense Timothy Snyder ha dado un paso más al convertirla en el estudio de las posibilidades materiales en que se podrían repetir en el futuro matanzas masivas como las que sufrió una parte de la población europea hace algo más de 70 años.
Su libro Tierra negra. El Holocausto como historia y advertencia sale en un momento especialmente oportuno, cuando Europa se enfrenta a la llegada de centenares de miles de refugiados a Europa, procedentes principalmente de Oriente Próximo, un acontecimiento que permite en buena medida verificar el grado de certeza de sus teorías. En su caso, la tarea del historiador –interpretar el pasado para mejor comprender el presente– adquiere una dimensión casi profética al convertirse además en una severa advertencia para el futuro.
Los genocidios no surgen por generación espontánea como una súbita erupción del mal en el mundo, sino que hay condiciones objetivas que los favorecen. La más evidente de todas, por paradójica que pueda parecer, es la debilidad o la retirada del Estado de los territorios sobre los que pende la amenaza. Snyder ha invertido el lugar común del Holocausto como el trabajo planificado de la maquinaria burocrática de un Estado totalitario alemán para describirlo como la acción desencadenada por una ideología criminal allí donde las poblaciones no cuentan con la protección del Estado y de la ley.
Una parte de aquellas condiciones se producen ahora, cuando 60 millones de personas, según cifras de Naciones Unidas, vagan de frontera en frontera huyendo de las matanzas, las guerras civiles y los regímenes totalitarios, y muchos de ellos dejan sus vidas cuando intentan alcanzar los países que puedan proporcionarles el asilo. Nada les hace más vulnerables como los territorios sin ley, donde el Estado se ha apartado, ha sido destruido o se ha convertido en una estructura fallida y sin efectividad, tal como Snyder pudo estudiar y cuantificar comparativamente respecto a las matanzas de judíos en el conjunto de Europa.
En el corazón del monstruo totalitario nazi o en los países de Europa occidental ocupados, como Francia o Países Bajos, los judíos contaban con una tenue protección que no existía en los países bálticos, en Polonia o en la Unión Soviética ocupada por los alemanes, donde reinaba la simple y brutal ley de la selva. Las mayores matanzas y el exterminio en masa de Auschwitz se produjeron en la Europa oriental, donde los Estados habían sido arrasados, en algunos casos dos veces, primero por Stalin y después por Hitler, y las víctimas eran los judíos que habían sido totalmente desposeídos de sus derechos por expulsión de sus países o por la desaparición de los Estados.
La advertencia de Snyder se centra, naturalmente, en las condiciones políticas para que pueda producirse de nuevo un genocidio, pero también apela a las conciencias individuales. “Si se destruyesen los Estados, se corrompiesen las instituciones locales y los incentivos económicos se encaminasen hacia el asesinato, pocos de nosotros mostraríamos un comportamiento ejemplar”, asegura. Ni somos “éticamente superiores a los europeos de los años 30 y 40” ni somos “menos vulnerables al tipo de ideas que Hitler promulgó e hizo realidad con tanto éxito”.
Hay una buena conciencia europea que ha cosificado el Holocausto hasta inutilizarlo. Hitler es la barra de platino iridiado del mal absoluto, el equivalente del metro que se conserva en el museo de pesos y medidas de París. La comparación con Hitler es una trivialidad en los debates digitales que ha sido objeto incluso de humorísticas fórmulas matemáticas. Comparar a alguien con el führer, la reductio ah hitlerum, es un ejercicio que se vuelve contra quien lo usa: solo quien tiene simpatía con los nazis puede trivializar el mal absoluto que fue el nazismo. El Hitler de la cultura popular tiene algo del Satanás medieval. Situado en un nivel insuperable de la perversión, su invocación tiene poderes absolutorios o al menos relativizadores sobre quienes ejercen el mal contemporáneo.
Todo esto no es casualidad ni pertenece únicamente a la cultura popular de Europa occidental, sino que tiene en Europa oriental una presencia especial que Snyder, buen conocedor y estudioso de Rusia y Ucrania, también ha sabido localizar y denunciar. Hay un mito del antifascismo soviético, construido sobre un monopolio de la virtud y el control de la memoria, que contrasta directamente con las matanzas de civiles, judíos y no judíos, perpetradas por el Ejército Rojo en la Polonia ocupada y después en los territorios en disputa con la Wehrmacht. Además de absolver a los soviéticos de sus crímenes de entonces, el mito del antifascismo se proyecta en la actualidad, en Ucrania por ejemplo, mediante una inversión que convierte a Estados Unidos, Israel y la Unión Europea en el nuevo avatar del nazismo combatido por Vladímir Putin.
No es esta la más inquietante de las advertencias. Según Snyder, el miedo contemporáneo a las catástrofes ecológicas, sobradamente fundamentado en el calentamiento global o en la evolución demográfica del planeta, da una nueva verosimilitud a las ideas hitlerianas sobre la lucha por la vida alentada por “demagogos de la sangre y de la tierra”. Hitler tiene futuro.

miércoles, 13 de mayo de 2015

PRENSA CULTURAL, HISTORIA. "Hitler no jugó tan mal su última carta"

   En "El País":

Hitler no jugó tan mal su última carta

Christer Bergström sorprende con su revisión de la batalla de las Ardenas, la última ofensiva alemana en el frente occidental, de la que se cumplen 70 años


Soldados estadounidenses entre la nieve durante la batalla de las Ardenas, en diciembre de 1944


La batalla de las Ardenas, o del saliente, librada en condiciones penosísimas en el invierno de 1944-45, durante casi siete semanas, fue uno de los grandes enfrentamientos de la II Guerra Mundial y la última gran ofensiva del ejército alemán en el frente occidental. Las imágenes de los tanques Tiger y Panther avanzando apresuradamente sobre la nieve, de los soldados estadounidenses cavando trincheras en el suelo helado y de los combates sin cuartel en los bosques, pueblos y encrucijadas forman parte de las más icónicas de la contienda, al igual que figuran entre sus nombres emblemáticos los de Malmedy, Bastogne, la operación aérea Bodenplatte, el Kampfgruppe Peiper o los comandos de Skorzeny -que causaron gran confusión infiltrándose con uniforme enemigo-. Hitler lanzó lo mejor que le quedaba, 300.000 soldados (muchos fantasmagóricamente vestidos de blanco), 1.800 tanques y cazacarros, 2.400 aviones, en un desesperado intento por cambiar el curso de la guerra. El ataque, iniciado el 16 de diciembre, cogió a los Aliados, que, medio año después del desembarco en Normandía, daban la guerra casi por acabada, completamente desprevenidos. Tras un inicio prometedor, luchas de una brutalidad tremenda y una tenaz defensa de las tropas de EE UU –es famosa la contestación del general McAuliffe de la 101ª Aerotransportada al exigirle la rendición de Bastogne: “¡Nuts!” (¡y un huevo!, en versión libre)- , los alemanes se vieron obligados a detener su avance sin conseguir el nuevo Dunkerque que ambicionaba su Führer. Numerosos libros y películas han recreado la lucha, entre estas últimas, la más conocida La batalla de las Ardenas (1965) –con su conocida escena de las jovencísimas tripulaciones de carros alemanas entonando llenas de sprit de corps el Panzerlied-, Fuego en la nieve (1949) y En la línea de ataque (1992), sin olvidar los dos capítulos correspondientes de la serie televisiva Hermanos de sangre (sin duda lo mejor).
En el 70º aniversario de la batalla, y a la espera de la inminente publicación del nuevo y esperado libro de Antony Beevor sobre ella, ha aparecido en España Ardenas, la batalla (Pasado & Presente), un monumental y pormenorizado ensayo del historiador militar sueco Christer Bergström que ofrece, además de una perspectiva insólita una sorprendente reinterpretación de aquel choque, del que subraya que ningún veterano de los que ha entrevistado cuenta ninguna anécdota amable y solo cosas terribles. “Está claro que fue una de las experiencias bélicas más espantosas de esos hombres”, dice. Algunas imágenes del libro quedan grabadas en la memoria, como el regimiento alemán avanzando a la carrera gritando “¡yanquis hijos de puta!”, los soldados estadounidenses que descubren el 13 de enero que los cadáveres congelados de los prisioneros ejecutados por las SS en la carretera de Malmedy en diciembre siguen tirados en el lugar en que los abatieron, el Panther que se confunde y se mete en una columna de carros Sherman o la lucha con granadas en una casa de Thirimont en la que cada bando ocupaba un piso.
Bergström, autor de 22 libros sobre la II Guerra Mundial, arranca su detalladísimo relato de la batalla de más de setecientas páginas desde el punto de vista de una de las unidades blindadas lanzadas hacia el Mosa con la mira puesta en el puerto de Amberes: toda una declaración de principios pues una de las cosas del libro que más sorprende al lector, acostumbrado a las versiones anglosajones, es que muy a menudo la narración de los hechos se ofrezca desde la perspectiva del bando alemán. Pero hay mucho más: Bergström considera que los alemanes estaban mejor preparados de lo que se suele considerar, que su moral era alta, su material excelente, sus comandantes muy buenos y que Hitler no andaba tan desencaminado como se cree en sus planes. La operación no estaba en absoluto condenada al fracaso y en algunos de sus aspectos era incluso “magistral”.

“La ofensiva no estaba condenada al fracaso”, sostiene el historiador sueco
Vayamos por partes, ¿la situación del ejército alemán no era entonces tan mala al final de 1944? “En noviembre-diciembre en absoluto”, explica el autor, que estuvo con veteranos en Bastogne el pasado diciembre con motivo del aniversario de la batalla. “El hecho de que los alemanes hubieran conseguido detener a los Aliados accidentales en la frontera de su país, la victoria de Arnhem, la promesa de las nuevas armas maravillosas (reactores, cohetes, submarinos eléctricos, etcétera) y -no menos importante- el plan Morgenthau de los británicos y estadounidenses que establecía más o menos la destrucción industrial de Alemania habían elevado la moral de lucha de manera que en muchos casos incluso excedía el nivel de lo acostumbrado en los primeros compases de la guerra”. En cuanto al material militar, el historiador sueco lo tiene clarísimo: “Los alemanes eran absolutamente superiores en los campos más importantes, en realidad por primera vez en la guerra. El tanque pesado Königstiger o Tiger II sobrepasaba cualquier cosa que los Aliados tenían –en enero de 1945, dos de ellos aniquilaron a una compañía entera de tanques Sherman, sin sufrir un rasguño-, y ningún tanque medio podía competir con el Panther. Tenían el primer fusil de asalto del mundo, el Sturmgewehr 44, y los aviones a reacción Me-262 y Ar 234 eran totalmente superiores en el aire”.


Prisioneros alemanes pasan junto a un Sherman y un jeep Willys durante la batalla de las Ardenas.
Del libro se desprende que la ofensiva alemana de las Ardenas no fue un intento tan desesperado sino que tenía opciones reales de éxito. “De hecho, desde la perspectiva de Hitler, era lo más inteligente que se podía hacer, mientras esperaba la siguiente ofensiva rusa en el Vístula. Fue cuidadosamente planeada y preparada y fracasó sobre todo por dos factores que podían no haberse producido: primero, porque las líneas de suministros alemanas fueron cortadas por la aviación Aliada cuando el tiempo mejoró el octavo día de la ofensiva, y segundo, porque las SS, menos competentes que el ejército regular, la Wehrmacht, recibieron en cambio la responsabilidad de conseguir los objetivos más importantes. Pero esos dos factores, como le digo, podrían haber variado. Si los alemanes hubiesen reposicionado su aviación de élite, desplegada en el frente del Este, en el Oeste, la aviación Aliada probablemente no habría sido capaz de cortar las líneas de suministros alemanas. Entonces, los alemanes habrían tenido un 50% de posibilidades de alcanzar Antwerp, cortar en dos las fuerzas Aliadas y rodear el grupo de ejércitos de Montgomery". ¿La mejor aviación alemana estaba en el Este? “Exactamente. Había una enorme diferencia entre los pilotos de uno y otro frente. Mientras la mayoría de aviadores en el Oeste eran en 1944 novatos inadecuadamente entrenados una parte importante de los pilotos alemanes en el Este eran lo que los estándares estadounidenses describen como ases. Allí tenías pilotos como Erich Hartmann y Gerhard Barkhorn con 300 victorias cada uno, o pilotos de ataque a tierra como Hans-Ulrich Rudel con experiencia en 2.000 misiones de combate. Los pilotos alemanes con experiencia en 500 o más salidas de combate no eran infrecuentes en el Este a finales de 1944. Los pilotos Aliados en el Oeste no tienían esa experiencia".
En términos claros y futbolísticos: ¿eran los alemanes mejores en el campo que los estadounidenses? “Sí, sus mandos eran mejores, sus tácticas eran mejores, muchas de sus tropas estaban más motivadas (con la excepción de las tropas aerotransportadas de EE UU), y su armamento era mejor, con la excepción también de la artillería de EE UU”. Bergström es aún más polémico cuando le pregunto si deberíamos replantearnos la (in) capacidad de Hitler como comandante militar. “Creo que deberíamos. Aunque Hitler carecía de alta educación militar había probado tener una intuición de las posibilidades en el campo de batalla. Los ataques en el Oeste en 1940 y en 1944 son buenos ejemplos. Sin embargo, esa intuición le falló en varias ocasiones al final de la guerra, la más notable quizá en Falaise en agosto del 44. Pero la idea de atacar en las Ardenas con el objetivo de atrapar luego los ejércitos de Montgomery fue brillante”.

Los alemanes disponían de mejores tanques y la moral era alta
Volviendo a lo de las SS, en el libro se recalca una y otra vez que la Wehrmacht luchó mejor en las Ardenas que las SS, en contra del tópico de que las Waffen SS eran superiores. “Sin ninguna duda fue así. Muchos testimonios, de mandos de la Wehrmacht y de los EE UU dan prueba del hecho de que las SS combatieron de manera bastante chapucera, como aficionados, durante la batalla de las Ardenas. Esa era la regla general –aunque con notables excepciones- para las tropas novatas de las SS en su primer despliegue en el campo de batalla durante toda la II Guerra Mundial”.
¿Y qué tal lucharon los estadounidenses la que fue su peor batalla de la guerra, en intensidad y bajas? “Según todos los testimonios las tropas aerotransportadas lo hicieron muy bien al igual que otras unidades como la 30ª y la 84ª divisiones de Infantería. Pero en general tengo que decir que considerando su creciente ventaja numérica uno habría esperado que el Ejército de EE UU se comportase mejor en buen número de casos durante la batalla. La contraofensiva de Patton, que en realidad fue un gran fracaso si se compara con sus objetivos, es un buen ejemplo en el que uno puede ver que de haber disfrutado los alemanes de las mismas ventajas probablemente habrían tenido mucho más éxito”.

“Las tropas de las SS combatieron de forma bastante chapucera”
Ser sueco parece aportar una visión diferente, acaso más objetiva, más neutral a la historia de la II Guerra Mundial. “Creo que simplemente es natural que estés influenciado por la perspectiva de la sociedad en la que vives, que en muchos casos es tu propio país. Más aún, cuando se trata de historia militar mucho de lo que piensas está influenciado por la propaganda de guerra de la época. Eso obligadamente tiene una gran influencia en la forma en que se aprende la historia. Así que ser de un país neutral es una gran ventaja si tu deseo es proporcionar una descripción neutral y objetiva de una batalla como esta”. Una de las conclusiones más sorprendentes de Bergström es que la batalla fue una victoria para... los soviéticos. “Absolutamente. La ofensiva de las Ardenas debilitó a los Aliados occidentales; de manera material y particularmente psicológica tuvo un impacto perjudicial en sus propios planes de ofensiva, y los volvió extremadamente cautos. Gracias a eso, la Unión Soviética consiguió el crédito de capturar Berlín”. La historia tiene, según el historiador, un corolario estremecedor: una victoria alemana en las Ardenas podría haber supuesto que fueran dos ciudades alemanas las víctimas de las bombas atómicas en lugar de Hiroshima y Nagasaki. “Si Hitler hubiera conseguido rodear y quizá aniquilar el ejército de Montgomery, puede que hubiera sido capaz de aguantar hasta el verano de 1945. En ese caso, las bombas atómicas probablemente se habrían lanzado contra Alemania, como era el plan original. Tal y como sucedió, los alemanes se rindieron antes de que las bombas atómicas estuvieran disponibles”.


Soldados estadounidenses se desplazan en el frente durante la batalla de las Ardenas
Christer Bergström está de acuerdo en que ha llegado el momento de hacer un buen filme moderno sobre la batalla. "Así es, la batalla de las Ardenas tiene todo lo que hace falta para realizar una gran película de guerra de éxito: el drama del combate, el milagro cuando los cielos se despejan en el último minuto permirtiendo a las fuerzas aéreas de EE UU salvar a sus tropas terrestres, el inesperado regreso de los alemanes en enero de 1945, la lucha interna entre los generales Aliados (particularmente Patton y Montgomery), y los dos ángeles femeninos que trabajaron como enfermeras y salvaron tantas vidas en la asediada Bastogne". El historiador recuerda bien la escena de los carristas alemanes cantando el Panzerlied en el filme de 1965. "Esa escena fue idea del general Meinrad von Lauchert, un veterano de la batalla de las Ardenas, Cruz de Caballero con   hojas de roble, que comandó una de las puntas de lanza alemanas durante la ofensiva, y que fue asesor de la película". Del último filme sobre la II Guerra Mundial, Fury, con Brad Pitt, dice que recientemente ha hablado con varios veteranos de las fuerzas acorazadas estadouniodenses que sirvieron en la batalla de las Ardenas y todos acuerdan que Fury es una de las películas de guerra más realistas que han visto nunca. Lógicamente, yo tengo que compartir esa opinión".
La batalla que conmocionó Europa, sobre la batalla de Poltava, de Peter Englund, La belleza y el dolor de la batalla, del mismo autor, y su propio Ardenas parecen mostrar un auge de la historia militar sueca. "El primer libro de Englund que menciona allanó el camino para un nuevo interés por la historia militar en Suecia. Los libros de Historia, particularmente historia militar y en especial sobre la II Guerra Mundial son muy populares en Suecia. La edición sueca de mi libro de las Ardenas vendió 3.000 copias en seis meses y se ha hecho una segunda edición, lo que no está mal en un país de 9 millones de habitantes".

Combate editorial por una batalla


Oficiales alemanes en una reunión durante la batalla de las Ardenas.
El libro de Bergström, de 780 páginas, ha llegado a las librerías españolas antes que el de Antony Beevor, de 570, sobre el mismo tema. Así que, de alguna manera, Gonzalo Pontón, el editor de Pasado & Presente, ha conseguido una ventaja inicial en la batalla de las Ardenas de papel en este 70º aniversario del enfrentamiento. Se da la circunstancia de que Pontón fue editor de Beevor en Crítica y luego, al salir de esa editorial y crear la nueva, le publicó al historiador británico su libro La Segunda Guerra Mundial (2012). Pero ahora Beevor, el nombre de referencia actual de la historia militar, ha regresado a Crítica donde publicará Ardenas 1944, que se pone a la venta el 19 de mayo (la traducción española aparece casi al mismo tiempo que el original inglés, que se publica estos días). ¿Ha tenido Bergström la sensación de haber ganado una batalla? “En realidad yo no sabía que Beevor planeaba escribir un libro sobre las Ardenas cuando escribí el mío, que data de 2013”, explica el historiador sueco. “Mi objetivo era acabar mi libro para el 70 º aniversario. Nunca pensé en una competición entre Beevor y yo si eso es lo que sugiere. No sé cómo analiza él la batalla, pero será interesante verlo. Estoy seguro que ambos, él y yo tenemos cosas que aprender de la batalla de las Ardenas el uno del otro”.
En una rápida comparación de urgencia, el análisis de Beevor es más clásico: el historiador británico se ciñe a la versión canónica de que la ofensiva alemana, que menospreció enormemente la capacidad de lucha de los soldados estadounidenses, no tenía futuro y Hitler se equivocó al lanzarla sacrificando hombres y material que hubieran sido de más provecho en el Este. El británico destaca de nuevo por su calidad literaria, su claridad, su amenidad, su ironía, su capacidad para la anécdota humana (el alcoholismo de Von Rundstedt, la sugerencia de que Monty padecía síndrome de Asperger, los granjeros manitas que aprovechan los restos de los blindados y demás vehículos militares para su uso agrícola y personal, incluido el instalar los sillones de un Kübelwagen en el salón de casa), y su inteligencia para captar puntos de vista poco tenidos en cuenta, como el sufrimiento de los civiles belgas o la atrocidad de las bombas de fósforo.
Sorprende ver el poco espacio que Bergström –mucho más centrado en los aspectos militares más técnicos que Beevor- dedica a la tristemente célebre matanza de 84 prisioneros estadounidenses en Malmedy (en puridad Baugnez). El sueco opina que ya se ha hablado bastante de ella; mientras que británico la explica en profundidad, incluido el detalle de la nieve en las cuencas vacías de los cadáveres: puro Beevor. En todo caso ambos subrayan que esa masacre, que rápidamente se difundió entre los combatientes, contribuyó a embrutecer la contienda y, como recalca Beevor puso la venganza “en la orden del día”, trasladando “la horrorosa brutalidad del Frente Oriental al Occidental”.
Los dos coinciden también en que los que sacaron realmente tajada de la batalla fueron los soviéticos. Beevor añade que los británicos resultaron derrotados moralmente frente a los EE UU por su poco relevante papel.

sábado, 2 de mayo de 2015

PRENSA. HISTORIA. "De las cervecerías al búnker". José Álvarez Junco

   En "El País":

De las cervecerías al búnker

Nunca debemos dejar de pensar cómo Adolf Hitler, el vulgar oportunista que encarnó el mal absoluto, pudo seducir a tanta gente. Hay que estar vigilantes para que jamás pueda volver a repetirse algo similar


NICOLÁS AZNÁREZ

Qué personaje, este Adolf Hitler, de cuyo suicidio se cumplen ahora 70 años. Un número redondo, que no significa nada ni tendría por qué hacernos hablar de él. Pero cualquier pretexto es bueno para reflexionar sobre Hitler.
Y es así no porque su personalidad tuviera interés, porque fuera un “gran hombre”, bueno o malo, según gustos, pero dotado, en todo caso, de alguna cualidad extraordinaria. Solo creerá que fue grande quien equipare grandeza con popularidad, impacto mediático, influencia sobre su época. Porque influyó, sin duda, sobre el curso de la historia mundial como pocos seres humanos lo han hecho en el tiempo en que vivieron. El siglo XX sería, sin duda, muy distinto de no haber nacido él.
Desde cualquier otro punto de vista, careció por completo de grandeza. Fue un tipo inculto, aunque él creyera, desde luego, saber mucho (otra prueba de su ignorancia). En el cenit de su poder, pensó que eran tan importantes las conversaciones mantenidas en sus almuerzos por él y su grupo cercano que instaló a unas taquígrafas para que tomaran notas y se conservaran así para la historia. Se publicaron, hace unas décadas; miles de páginas, de una pobreza difícil de imaginar, llenas de simplezas, en un tono siempre rotundo y dogmático.
Si de las ideas pasamos a los principios morales, sus móviles nunca fueron “nobles”, cualquiera que sea el significado que demos a esta palabra. Y si a las ideas y los principios añadimos su atractivo personal, no era un tipo sociable, nunca tuvo verdaderos amigos y su vida sentimental fue anodina; de él no se recuerda una anécdota interesante, una frase ingeniosa, pese a la inventiva que suele adornar estos anecdotarios de hombres célebres. Como pintor, su única profesión, fue mediocre; y cuando le tocó ser gestor se levantaba tarde, era vago y desorganizado, le aburría leer informes y eludía la toma de decisiones (o las tomaba de forma temeraria). Por no inventar, no inventó ni el antisemitismo. Fue un oportunista vulgar, un megalomaníaco vacuo, un don nadie fanático y simplón, un charlatán desprovisto de cualquier idea de interés, un ambicioso cuyo único norte fue la conquista de un poder absoluto sobre sus semejantes.
Alguien me objetará que aportó novedades, aunque fueran perversas; que construyó y dirigió un régimen totalitario modélico, ideal para otros muchos dictadores; que enseñó a otros criminales políticos cinismo, brutalidad, manipulación de la prensa y la radio, justificación de los medios por el fin, crímenes contra la humanidad a gran escala. Pero en todos estos aspectos le había precedido Stalin. Y aquí me parece escuchar voces de protesta: cómo se me ocurre compararlos, este lo hizo por motivos idealistas, quería establecer una sociedad justa e igualitaria, aunque esto le llevara a cometer “excesos”. Dejemos ese tema para otro día. Lo indiscutible es que utilizó todos los medios imitados luego por Hitler para instalarse en el poder y que lo ejerció, como él, sin límites morales; y su modelo totalitario fue aún más perfecto que el nazi. Hitler, la verdad, tampoco inventó nada en ese terreno.
Alguna grandeza demoníaca se le podría atribuir. Nadie, quizás, ha encarnado el mal absoluto de forma tan pura. Fue la quintaesencia de la perversión, y por eso es útil como ejemplo para describir lo que debe evitarse a cualquier precio. Pero Hannah Arendt arguyó, con buenas razones, que los nazis ni siquiera tenían grandeza en este terreno, que incluso su maldad era “banal”, que cometieron los mayores crímenes sin plantearse siquiera los dilemas morales que se le ocurrirían a cualquier mente reflexiva.

Hay quien dice que dirigió un régimen totalitario modélico, pero le había precedido Stalin
Todo lo dicho, pensándolo bien, apenas tiene importancia y no responde a la pregunta de por qué escribir sobre él. La verdadera cuestión, la difícil de contestar, es cómo pudo un personaje tan mediocre alcanzar el poder absoluto sobre una sociedad tan culta, avanzada y moderna como la alemana. Cuál fue su atractivo, ese es el misterio sobre el que se han escrito miles y miles de páginas. Porque Alemania no era un país cualquiera. Hay que recordar lo que significó para los españoles que estudiaron allí, empezando por Ortega y Gasset, o la elevación del nivel de las universidades estadounidenses gracias a los alemanes que se refugiaron allí, o la calidad de las vanguardias artísticas alemanas. ¿Cómo pudo una sociedad tan sofisticada, una de las cimas de la civilización moderna, hundirse en la barbarie, en la brutalidad, en el genocidio, siguiendo las pautas de este Adolf Hitler?
Claro que la pregunta simplifica las cosas, pues no todo debe atribuírsele a él. Hubo colaboradores, fuerzas sociales que le apoyaron, estructuras de poder que se pusieron a su servicio. Pero él fue crucial, su personalidad fue clave en el asunto. Como resumió Ian Kershaw, Hitler no fue la “causa primordial” del “ataque nazi a las raíces de la civilización”, pero sí su “agente principal”.
Para entender su éxito, hay que referirse a las circunstancias en las que surgió: la amarga derrota alemana en la Gran Guerra, la inflación galopante de los años veinte y el paro masivo tras la crisis de 1929, los miedos que suscitaba en toda Europa la revolución bolchevique… Todo ello, en el tránsito de la sociedad del antiguo régimen al mundo moderno, con el desplome de las jerarquías tradicionales, el avance de la secularización, el paso de la política de élites a la de masas, de la sumisión de la mujer a la igualdad de géneros. Todo era novedoso, conflictivo, nunca visto. La sociedad, tal como se había conocido durante siglos, se hundía; y eso provocaba inseguridad y temores comprensibles.

Unos colaboradores sin escrúpulos construyeron el andamiaje que le rodeó de un halo carismático
En esa situación, Hitler —con una capacidad oratoria, esa sí, excepcional— supo levantar esperanzas. Identificó de manera nítida al culpable de todas aquellas crisis: los judíos, padres del capitalismo y del marxismo, los dos males de la modernidad. Y prometió, en tono apocalíptico, eliminar a aquel culpable. Con ello, aseguró, llegaría la redención, la superación de las divisiones, el reingreso en el paraíso, una nueva unión fraternal (de los elegidos, claro). Y aquella solución tan sencilla sedujo a muchos. Aunque sin mayoría absoluta, ganó elecciones —cosa que no hizo nunca Stalin—. A partir de ahí, unos colaboradores sin escrúpulos construyeron el andamiaje efectista que le rodeó de un halo carismático. Montaron un espectáculo grandioso, que compensaba la falta de participación política real. Y casi todos, incluidos muchos visitantes inteligentes, se dejaron impresionar por el resultado.
Hay quien explica el atractivo de Hitler a partir de la cultura alemana, del famoso Sonderweg,camino especial seguido por aquel país. En él contrastarían la modernidad en los aspectos económicos y técnicos con el atraso en la estructura política, basada en el paternalismo estatal heredado del “socialismo” conservador de Bismarck y dominada por los Junkers, élites de mentalidad muy tradicional, nacionalistas, militaristas y antisemitas, muy distintos a las aristocracias francesa o inglesa. El nazismo sería el producto de esa tradición y por tanto específicamente alemán. Pero, frente a esta visión, otros ven el fenómeno como una aberración atribuible a la situación de crisis económica, política y moral en la que surgió y creen que la aparición de aquel grupo de hooligans, dirigidos por un loco, interrumpió el acceso a la normalidad que iba siguiendo la historia alemana. El nazismo sería un caso de totalitarismo, como el soviético, típico del siglo XX europeo, no de la cultura alemana. Una cultura, hay que recordarlo, que produjo a Hitler pero produjo también a un Stefan Zweig, por mencionar solo un nombre, europeo lúcido si los ha habido, crítico y víctima del nazismo.
En conclusión, Hitler como persona importa poco. No evoco su muerte, desde luego, porque fuera, en ningún sentido, una pérdida para la humanidad. Lo que importa es preguntarse cómo pudo un tipo así seducir a tanta gente. Sobre eso es sobre lo que nunca deberíamos dejar de pensar. Como no deberíamos dejar de estar vigilantes, para que jamás se repita nada similar. En cuanto a él, como ser humano, ni siquiera el pistoletazo final, hace ahora 70 años, le otorgó la menor grandeza.
José Álvarez Junco es historiador. Su último libro es Las historias de España (Pons / Crítica).

martes, 17 de febrero de 2015

PRENSA CULTURAL. "El fascismo que sobrevivió a Hitler"

   En "El País":

El fascismo que sobrevivió a Hitler

El historiador Julián Casanova coordina a un grupo de expertos en un libro sobre las cuatro décadas de dictadura en España


El general Franco y Adolfo Hitler durante su entrevista en Hendaya, en 1940

Cuando acabó la Guerra Civil española, más de la mitad de los 28 estados europeos estaban dominados por dictaduras con poderes absolutos, que no dependían de mandatos constitucionales ni de elecciones democráticas. Excepto en el caso de la Unión Soviética de Stalin, todas esas dictaduras procedían del firmamento político de la ultraderecha y tenían como uno de sus principales objetivos la destrucción del comunismo.
El general Francisco Franco y su dictadura no eran, por lo tanto, una excepción en aquella Europa de sistemas políticos autoritarios, totalitarios o fascistas. Pero al margen de las categorías que se utilicen para definirlos, la mayoría de esos despotismos modernos eran hijos de la Primera Guerra Mundial, la auténtica línea divisoria de la historia europea del siglo XX, la ruptura traumática con las políticas del orden autocrático imperial hasta entonces dominantes.
Como España no participó en esa contienda, el ascenso al poder de Franco se pareció poco, de entrada, al de esos nobles, políticos y militares que, tras convertirse en héroes nacionales por su lucha contra el enemigo exterior, encabezaron el movimiento contrarrevolucionario, antiliberal y antisocialista en sus países desde los años veinte. Jósef Pilsudski en Polonia y Miklós Horthy en Hungría son los mejores ejemplos (…)


Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza. 'Cuarenta años con Franco' se publica el 17 de febrero en Crítica. 416 páginas. 20,90 euros.
Esas dictaduras que surgieron en Europa en los años veinte recuperaron algunas de las estructuras tradicionales de la autoridad presentes en su historia antes de 1914, pero tuvieron que hacer frente también a la búsqueda de nuevas formas de organizar la sociedad, la industria y la política. En eso consistió el fascismo en Italia, el primero en germinar como producto de la Primera Guerra Mundial, y a esa solución se engancharon en los años treinta algunos partidos y fuerzas de la derecha española. Una solución al problema de cómo controlar el cambio social y frenar la revolución en el momento de la aparición de la política de masas.
El fascismo apareció más tarde en España que en la mayoría de los países europeos, sobre todo si la referencia es Italia y Alemania, y se mantuvo muy débil como movimiento político hasta la primavera de 1936. Durante los primeros años de la Segunda República, apenas pudo abrirse camino en un escenario ocupado por la extrema derecha monárquica y por la derechización del catolicismo político. El triunfo de Adolf Hitler en Alemania, sin embargo, atrajo el interés de muchos ultraderechistas que, sin saber todavía mucho de fascismo, vieron en el ejemplo de los nazis un buen modelo para acabar con la República. El que iba a ser el principal partido fascista, Falange Española, fue fundado en octubre de 1933, cuando el fascismo era ya un movimiento de masas consolidado en varios países europeos.
Poco tuvo que ver Franco, por lo tanto, si lo que seguimos considerando es la conquista del poder, con la forma en que lo consiguieron los dos líderes fascistas más importantes, Benito Mussolini y Hitler, a través de la movilización de las masas con partidos que ellos mismos habían creado. Mussolini subió al poder con una combinación de violencia paramilitar y maniobras políticas, sin necesidad de tomarlo militarmente —pese al mito forjado después de la marcha sobre Roma por el fascismo victorioso— o ganar unas elecciones. Y el nombramiento de Hitler como canciller del Reich el 30 de enero de 1933, porque Paul von Hindenburg, presidente de la República, así lo decidió, fue el resultado del pacto entre el movimiento de masas nazi y los grupos políticos conservadores, con los militares y los intereses de los terratenientes a la cabeza, que querían la destrucción del sistema republicano de Weimar y de la democracia.
Unos años después, Franco comenzó el asalto al poder con una sublevación militar y lo consolidó tras la victoria en una guerra civil (…) Mientras Franco consolidaba su dictadura tras el triunfo en esa guerra, los que los españoles llamamos posguerra, la Segunda Guerra Mundial ponía patas arriba el mapa de Europa que había salido de la de 1914-1918. Entre 1939 y 1941, siete dictaduras derechistas de Europa del este cayeron bajo el dominio directo de Alemania o Italia: Polonia, Albania, Yugoslavia, Grecia, Lituania, Letonia y Estonia. En el mismo período, siete democracias fueron desmanteladas: Checoslovaquia, Noruega, Dinamarca, Holanda, Bélgica, Luxemburgo y Francia.
Casi todo el continente europeo quedó bajo el orden nazi, gobernado por dirigentes nombrados por Hitler o dictadores “títeres”, que solían ser líderes de los movimientos fascistas que no habían podido tomar el poder antes de 1939, pero que aprovechaban el nuevo escenario creado por la invasión militar alemana (…).
El destino de todos esos regímenes quedó vinculado al de la Alemania nazi. Y entre los últimos meses de 1944 y los primeros de 1945, todos esos países fueron invadidos por los ejércitos de la Unión Soviética o de los aliados occidentales. Las dictaduras derechistas, que habían sido dominantes desde los años veinte, desaparecieron de Europa, salvo en Portugal y España. Francisco Franco y Antonio Oliveira de Salazar fueron, por lo tanto, los únicos dictadores que, como no intervinieron oficialmente en la Segunda Guerra Mundial, pudieron seguir en el poder tras ella. Esa es una gran diferencia entre las dictaduras de Europa del este, destruidas por la guerra, y las de la Península Ibérica; y entre Franco y Salazar y todos esos dictadores, fascistas o no, que fueron ejecutados o acabaron en el exilio tras 1945.
Franco se libró, obviamente, de ese final, aunque la intervención italiana y alemana había sido decisiva para su triunfo en la guerra y conquista del poder y aunque el fervor del sector más fascista de su dictadura por la causa nazi se había manifestado, pese a la no beligerancia oficial española, en la creación en 1941 de la División Azul, por la que pasaron cerca de 47.000 hombres que lucharon contra el comunismo en el frente ruso.
Muertos Hitler y Mussolini, Franco siguió treinta años más. Vista desde esta perspectiva comparada, el rasgo distintivo de la historia de España en el siglo XX fue la larga duración de la dictadura de Franco después de la Segunda Guerra Mundial. No fue un paréntesis, sino el elemento central que dominó el escenario de forma absoluta durante esas tres décadas (…).
Más de una generación de españoles creció y vivió bajo el dominio de Franco, sin ninguna experiencia directa de derechos o procesos democráticos. Ese gobierno autoritario tan prolongado tuvo efectos profundos en las estructuras políticas, en la sociedad civil, en los valores individuales y en los comportamientos de los diferentes grupos sociales. En 1945, Europa occidental dejó atrás treinta años de guerras, revoluciones, fascismos y violencia. Pero España se perdió durante otras tres décadas ese tren de la ciudadanía, de los derechos civiles y sociales y del Estado de bienestar (…).
Han pasado cuatro décadas desde la muerte de Franco y esa dictadura forma parte de la historia, un tema de estudio consolidado en los proyectos de investigación universitarios, en congresos y publicaciones científicas y en los programas que se imparten en la mayoría de los centros escolares. Pero es también objeto de controversia política y de debate público. Con memorias divididas, esos trágicos sucesos del pasado han proyectado su larga sombra sobre el presente y, frente a ella, necesitamos miradas libres y rigurosas.