Mostrando entradas con la etiqueta biografía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta biografía. Mostrar todas las entradas

martes, 29 de marzo de 2016

BIOGRAFÍA. Sobre "Miguel de Cervantes. La conquista de la ironía", de Jordi Gracia

   En "El País":

Viaje a la mente de Cervantes

Jordi Gracia narra la experiencia vital y el proceso intelectual del creador de ‘El Quijote' en una biografía

Jordi Gracia, fotografiado en Barcelona.
Jordi Gracia, fotografiado en Barcelona. 
Ni solo botarate, ni solo autor de una obra cómica popular; también el “raro inventor” que ambicionó ser con novelas extravagantes, sin argumento, como Rinconete y Cortadillo, o como en El coloquio de los perros... Así se defiende Cervantes del menosprecio del mundo de la academia y de la nobleza con el que despacha su rompedor El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha. Pero la voz no es la del escritor sino la del profesor de la Universidad de Barcelona y ensayista Jordi Gracia (1965), quien, en un pasmoso ejercicio biográfico como si de una cámara subjetiva se tratara, se mete en la mente del inventor de la novela moderna y primer gran escritor español en Miguel de Cervantes. La conquista de la ironía (Taurus).
“Se trataba de comprender en directo qué experiencia vital y qué proceso mental llevó a alguien a imaginar una obra tan revolucionaria, respetando la maduración del sujeto”, dice Gracia sobre su particular contribución a los 400 años de la muerte del escritor para explicar, por ejemplo, por qué El Quijote no aparece hasta la página 250 de las 468 de la biografía. Una obra donde sorprende intuir los raciocinios que igual realizó el escritor, como en un monólogo interior se tratara a pesar de ser, en forma y fondo, una biografía interpretativa. Pero tan riguroso como el particular tríptico que ya ha compuesto, con la biografía del primer gran pensador del siglo XX español, José Ortega y Gasset (2014), o la de Dionisio Ridruejo (2009).
La pasión del biógrafo (tras leer la integridad de lo que escribió Cervantes, que ha traducido en 15 libretas a rebosar de anotaciones; para Ortega requirió 23) va pareja a la de un Cervantes soldado de los tercios a los 20 años, que a pesar de temblar como una hoja por un estado febril que arrastra desde hace días, pide que se le coloque en el esquife del barco cuando la batalla de Lepanto, con las sabidas consecuencias: tres balazos, seis meses sangrándole la herida y una mano izquierda inútil para siempre.




EPISODIOS E IDEAS CLAVE DE UNA OBRA


Miguel de Cervantes, a pesar de la repetitiva imagen que se ha dado de él como taciturno y desafortunado, fue un hombre feliz: las adversidades no arruinaron nunca su jovialidad y alegría vital.
Sin las armas y la fe dogmática que le caracterizaron de joven, sin la convicción, voluntad de liderazgo y de rebeldía, como demostró en la batalla de Lepanto o durante su cautiverio en Argel pero que mantendría anímicamente después, no habría existido la voluntad de crear una obra transgresora como El Quijote.
Tanto en El Quijote como en buena parte de sus Novelas ejemplares, el escritor se muestra como el mayor defensor, en las letras españolas, de la autonomía de las mujeres.
La muerte de sus mejores amigos, del propio Felipe II y el sentirse “un semidifunto”, junto a la aparición de Guzmán de Alfarache (que le servirá de contrapunto) explican que Cervantes se planteara una obra como El Quijote.
Cervantes y El Quijote profetizan uno de los aspectos claves de la modernidad: la ironía.
Su obra más universal iba a ser una de sus Novelas ejemplares, que Cervantes debía estar preparando en 1598. Lo hizo crecer con Sancho Panza, le cambió el final y decidió, incluso, acabar inventándose los preliminares encomiásticos porque sabía que nadie se los haría.

¿Un punto de fanatismo? “Cervantes vive un momento heroico, que su paso como alumno en la escuela pública de Madrid acentúa al contactar con la periferia de la corte... De alguna manera, participa activamente de la ideología católica y antimusulmana, aquello del ‘perro moro”, enmarca el biógrafo. Algo que Cervantes traducirá hasta en su obra literaria: “La Galatea,novela pastoril, no deja de ser una apología de la literatura española, donde inventaría y elogia hasta un centenar de poetas, buenos y malos, un escáner con voluntad patriótica para demostrar que la española es homologable a la literatura italiana que, como buen lector compulsivo, ha devorado en sus muchísimas horas muertas como soldado”.
Armas y letras son indisociables en Cervantes. “Las letras van con las armas: para ser caballero completo debe ser así. Su pensamiento es que sin ejército no se puede imponer el bien y la cristiandad; él nunca se arrepentirá ni olvidará las armas, ni a sus compañeros: pocos días antes de morir aún pedirá que no se abandone a los 20.000 cristianos cautivos en Argel”, apunta Gracia. Cervantes sabía bien de qué hablaba, pues estuvo allí preso cinco años (tantos como fue fiero soldado), protagonizando cuatro espectaculares intentos de fuga, todos fallidos, pero que en cambio no le comportaron la muerte, hecho que ha permitido la especulación sobre si gozaba del favor de algún mandatario turco por temas de cama. “Esa teoría es bastante ridícula: ¿por qué no pensar que es un personaje singular capaz de inventarse luego otro tan singular como el Quijote? En Cervantes hay una ética de la convicción, del coraje; en Argelia está cerca del héroe o así lo relatan sus compañeros de presidio…”. Y reflexiona Gracia: “Es curioso: ejerce de líder subversivo pero después intenta cumplir todos los requisitos que pide la Corte para poder ingresar en el sistema, por eso su teatro será propaganda política; todo es muy raro en la vida de Cervantes, quizá porque fue muy larga”.
Esa larga vida dio para ser soldado, cautivo y una década más como recaudador de trigo y aceite y de impuestos atrasados con los que fabricar los apestosos bizcochos y el material con el que se alimentará y pertrechará a la Armada que ha de invadir al “vicioso luterano” inglés en 1588. Eso deja poso: “Esos años descubre la rutina de la adversidad y la desigualdad, sintiéndose a la vez responsable de la expoliación: cree en su función recaudadora pero a la vez es consciente de la inutilidad de esa función, por el fracaso de la Armada y la visión de las víctimas de sus sacas; experimenta un proceso de desideologización de su perspectiva vital”, resume Gracia.




El autor Jordi Gracia. Joan Sánchez


Sólo faltaba el paso por presidio por unos desajustes contables confusos ("no creo que metiera mano en la caja, pero hay un lío con deudas personales y el juez confunde partidas", fija Gracia). Se acerca, en cualquier caso, el subtítulo de la biografía: La conquista de la ironía. “Descubre que las cosas son y no son a la vez, que el bien puede ser mal al mismo tiempo, que hay verdades que son simultáneas e incompatibles... En definitiva, que un botarate ridículo puede ser a la vez inteligente y ecuánime… El Quijote, vamos”.
Se une a todo ello lo biológico: el escritor ronda los 50 años (“como unos 70 de hoy”, equipara Gracia) y han muerto todos sus amigos, hasta Felipe II, y con él cae el velo que tapaba la hipertrofia del poder. Él mismo se tildará de “semidifunto”, de alguien que quizá empieza a estar en tiempo de descuento. Pero en su madurez descubrirá que “disfruta como nunca como escritor”, incorporando a sus textos (las futuras Novelas ejemplares) el habla o las inquietudes de la nueva turbamulta de la “tan viscosa como cosmopolita” Sevilla de la época.
La aparición del exitoso Guzmán de Alfarache, en 1599, de Mateo Alemán, ratifica al escritor en sus intuiciones. “Sin Guzmán de Alfarache no habría habido Quijote. Mateo Alemán y Cervantes tienen la misma edad, pero la obra del primero tiene un punto de predicador moral, de sermoneador, y Cervantes ya sabe que no ha de ser así, ya ha aprendido que la máscara de la literatura como instrucción moral puede servir a los niños pero no es la razón por la que uno escribe o lee”, sostiene el biógrafo. Y lo remacha: “Alemán es revolucionario y conservador; Cervantes, más revolucionario; en el fondo, Cervantes es un Flaubert de los libros de caballerías: no prejuzga, no sermonea como el francés tampoco lo hace en Madame Bovary; él ya está en otra era, la era moderna”.
Gracia defiende una vieja hipótesis nunca ratificada: El Quijote nació como cuento. “Iba a ser una de sus Novelas ejemplares que fue creciendo, el personaje de una historia pergeñada en 1598 y que cautiva al autor: al cuento le da un final distinto con el escrutinio de los libros de caballerías, alarga la historia con la entrada de Sancho Panza y los preliminares encomiásticos se los acabará inventando él porque sabe que nadie se los hará y no tanto por lo que malintencionadamente dice Lope de Vega de que nadie quiere elogiar una obra como esa… Cervantes es un tipo muy excepcional”. Sí, un genio. Y ahora ya se puede saber qué tenía en mente.




EN LA PIEL DE LAS MUJERES PARA DEFENDERLAS DE LAS AGRESIONES


El Quijote, cree Jordi Gracia, ha acabado devorando el resto de la obra cervantina, de la que el miembro 100 de la Asociación Internacional de Cervantistas destaca “al menos cinco” de sus Novelas ejemplares, con las que el escritor, sostiene el biógrafo, “envía un recado envenenado y socarrón a la comunidad literaria: su lugar es la literatura seria, además de copar el ranking popular”.
De entre aquellas, amén de El licenciado Vidriera, Rinconete y Cortadillo El coloquio de los perros, cita La gitanilla, “una provocación al elogiar el mundo gitano, pero que hace porque está bien seguro de su pulso literario”.
Gracia también refleja una virtud semioculta del escritor: la defensa de la mujer. “Nadie combatió la vejación de las mujeres como Cervantes. No hay violaciones tan dolorosas en las letras españolas como las que describe él, poniéndose en la piel de la mujer en una sociedad donde raptar, violar, hacerles un hijo, degradarlas en suma, era parte de la rutina tolerada”. Hay una explicación biográfica: Cervantes vive con sus hermanas y con su hija y sabe de esos tratos, “pero hay también la pulsión que prefigura a un sujeto moderno…”.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

PRENSA CULTURAL. "Así amaba Nietzsche a las mujeres". Manuel Vicent

   En "El País":
GENIOS E IMPOSTORES

Así amaba Nietzsche a las mujeres

Los rechazos amorosos le despertaban una descarga agresiva contra el género femenino


El filósofo Friedrich Nietzsche. / CORDON PRESS

Nietzsche fue un tipo enamoradizo que ejerció a lo largo de su vida una misoginia muy singular. “El hombre ama dos cosas: el peligro y el juego. Por eso ama a la mujer, el más peligroso de los juegos”. Este aforismo lo sacó de sus entrañas y lo puso en boca de Zaratustra después de conocer en Roma a Lou Andreas-Salomé y haber recibido de ella la suficiente cosecha de calabazas. Zaratustra fue el profeta que lanzó la proclama del superhombre, un ejemplar humano que, según la teoría de Nietzsche, debería ser profundamente culto, bello, fuerte, independiente, poderoso, libre, tolerante, a semejanza de un dios epicúreo, capaz de aceptar el universo y la vida como es. Pues bien, este modelo de superhombre aplicado por Nietzsche a sí mismo, en la vida real babeaba ante cualquier mujer atractiva que se pusiera a su alcance y si era rubia y rica la pedía en matrimonio de forma compulsiva, casi como un reflejo condicionado. El consiguiente rechazo le despertaba una descarga agresiva contra todo el género femenino. “Hasta aquí hemos sido muy corteses con las mujeres. Pero, ¡ay!, llegará el día en que para tratar con una mujer habrá primero que pegarle en la boca”. Y una vez vomitada la invectiva literaria, el superhombre quedaba tranquilo.
Su padre fue pastor protestante, de quien recibió una educación muy religiosa y que al morir tempranamente de enfermedad mental dejó a su hijo Friedrich, de cuatro años, tal vez inoculado con el germen de la locura. Durante la infancia y adolescencia del filósofo en Röcken (la actual Alemania), su lugar de nacimiento, estuvo rodeado de un férreo círculo femenino compuesto por la madre Franziska, la hermana Elizabeth, la tía Rosalie y la abuela Erdmunde. Fue un paisaje familiar agobiante, que le dejó unas secuelas de las que no se recuperaría nunca. Además de Lou Andreas-Salomé, una galería de mujeres pasó por su vida, unas como amor platónico, otras a través de una relación epistolar erótica, otras bajo la especie de amor maternal, otras como amor imposible y cada una de ellas formaba una ola sucesiva de un solo tormento. A todas adoraba en la práctica, a todas zahería literariamente y pese a su misoginia, lejos de aborrecerle, ellas se sentían atraídas por su talento y su bondad enloquecida, pero al final siempre terminaban por pararle los pies. Tampoco él estaba muy seguro de su virilidad. Por ejemplo, cuando una de sus amigas, Rosalie Nielsen, lo citó en la habitación de un hotel y comenzó a insinuarse Nietzsche tuvo que huir saltando por una ventana.
Nietzsche estudió Teología en el internado de Schulpforta e imbuido de religión se adentró después en la filología griega en las Universidades de Bonn y de Leipzig. Su cerebro no encontró la forma de asimilar la mezcla explosiva de cristianismo y belleza socrática. Deslumbrado por los mármoles de una Grecia imaginada, se convirtió al paganismo, que le obligó a gritar a los cielos el aforismo famoso: “¡Dios ha muerto!”.
Convencido de que el Crucificado era el adalid de una religión de esclavos, se abrazó a Apolo, el dios de la línea pura, y a Dionisios, el sátiro de la pasión y la orgía, corrientes contrarias que comenzaron a luchar en el interior de su espíritu. A la hora de enfrentarse a una mujer, también se debatía entre el ideal de belleza y la convulsión entusiasta. En este caso siempre ganaba Dionisios, el dios del caramillo y las patas de cabra.

El filósofo se enamoró de Lou Andreas-Salomé, que solo le aceptó como amigo
Seriamente enfermo de sífilis, en 1882 Nietzsche abandonó la Universidad de Basilea y repartió su vida errante entre la nieve suiza y el sol de Italia. Fue en Roma, en la mansión de Malwyda van Meysenburg, una famosa feminista alemana, que había abierto un salón literario, donde conoció a Lou Andreas-Salomé.
Esta rusa de 18 años era una joven que después de una adolescencia mística se había propuesto ejercer la libertad a toda costa como una forma de salvación personal más allá de la práctica del feminismo militante. El choque entre esta mujer libre y el misógino recalcitrante fue el esperado. Nietzsche se rindió ante su talento y le pidió matrimonio a primera vista con una declaración cursi y telúrica: “¿De qué astros del universo hemos caído los dos para encontrarnos aquí uno con el otro?” Esta descarga poética solo provocó una sonrisa en aquella mujer extraordinaria, que en ese momento estaba enamorada de Paul Rée, discípulo del filósofo.
Como forma de consolación, Nietzsche propuso vivir con ellos un triángulo estético con un amor traspasado de idealismo pagano en la soleada Capri, con viajes a Niza y Venecia. Tampoco cuajó la idea. Lou Andreas-Salomé fue una coleccionista de amantes famosos, hipotéticos, extraños, entre ellos Rilke y Sigmund Freud. Huidiza e imposible, en esta escalada Nietzsche fue para ella el primer peldaño.
Por otra parte, el paganismo estético de Nietzsche le costó la amistad de Richard Wagner, que recorría el camino contrario. Desde los dioses nórdicos regresaba al cristianismo llevándose con él a su mujer Cósima, otro de los amores imposibles de Nietzsche. Enamorarse de la mujer del amigo era ese juego peligroso que al parecer más le excitaba. El desaire le arrancaba de las entrañas un aforismo cruel.
En la puerta del retrete de un bar de carretera, alguien había escrito: “Dios ha muerto. Firmado: Nietzsche”. Debajo de este aforismo otro usuario había añadido: “Nietzsche ha muerto. Firmado: Dios”. Ante este par de sentencias inexorables Woody Allen comentó: “Dios ha muerto, Nietzsche ha muerto y yo no me encuentro muy bien de salud”. Es una bonita forma de bajarle los humos al superhombre.

viernes, 15 de mayo de 2015

PRENSA CULTURAL. "Todas las máscaras de Valle-Inclán"

   En "El País":

Todas las máscaras de Valle-Inclán

Una desmitificadora biografía retrata al gran escritor como estratega de su propio triunfo y desmonta los tópicos de pobre, bohemio, izquierdista y genio sin vocación


El escritor gallego Ramón del Valle-Inclán, retratado por el fotógrafo Alfonso, en 1930.

Hay vidas cuyas leyendas empiezan mucho antes de nacer. La de Ramón del Valle-Inclán Peña se remonta a 150 años antes de que viniera al mundo, el 28 de octubre de 1866, en Villanueva de Arosa (Galicia), cuando se engendra la verdad que esconde su apellido, por una cuestión de herencia, que juega con la dualidad y la máscara y parece moldearlo a él. Y se confirma como una existencia de realidad y fábula a los 33 años cuando el dramaturgo, novelista, poeta y periodista inicia la falsificación de su vida para convertirla en una obra de arte, tras perder su brazo izquierdo de manera deshonrosa. Y el autor quedó en el centro de un episodio cómico que derivó en dramático y alcanzó el esperpento, como sería su existencia personal y literaria dentro del modernismo, y una de las más relevantes de España en el siglo XX.
Bruma es lo que esparce el escritor alrededor suyo, la que Manuel Alberca despeja para mostrar dónde termina el hombre y dónde empieza el personaje. Lo hace en La espada y la palabra. Vida de Valle-Inclán, XXVII Premio Comillas de biografía de la editorial Tusquets. Se ve a un escritor real y prestigioso que ambiciona triunfar y se convierte en su propio gran estratega hacia el éxito, a la vez que propicia sus tópicos, aquí desmontados, de pobre, bohemio, genio sin vocación, de izquierdas o antirreligioso. Una imagen “que lo convierten en una especie de santo laico, de quijote trasnochado o de cómico estrafalario, ridículo en suma y fuera de la realidad”, escribe el biógrafo, filólogo y catedrático de Literatura Española en la Universidad de Málaga.
Casi diez años dedicó Manuel Alberca para fijar la vida del escritor y ofrecer nuevas interpretaciones de “una existencia minada de pistas falsas, que el propio Valle-Inclán hizo impenetrable, con el objetivo de levantar un relato veraz que sacara al escritor de ese limbo de irrealidad en que lo han confinado y distorsionado la leyenda”. El libro, de 764 páginas, muestra, según Alberca, a una persona “celosa de su privacidad y, en cambio, con una tendencia a la sobreexposición en público, a ser el centro de atención, como un actor al que le gusta simultanear varias máscaras”.

‘La espada y la palabra. Vida de Valle-Inclán’, de Manuel Alberca, ganó el Premio Comillas
Con ustedes, el escritor-actor Ramón del Valle-Inclán Peña que buscó ser artífice de su propia leyenda. Y los hechos ocurridos con su brazo izquierdo, aquel fatídico 24 de julio de 1899, lo empujan a ello. Lleva ya cuatro años en Madrid donde es conocido, admirado y temido por su participación en las tertulias de los cafés, y popular en la calle por su aspecto de llamativo dandi que poco a poco se hace mefistofélico. Aquella tarde, en el Café de la Montaña, hay una discusión entre dos miembros del grupo con un duelo pendiente. Valle-Inclán espeta al periodista Manuel Bueno algo y este reacciona ofendido amenazándolo con su bastón-bengala y contera de hierro, a lo que el escritor reacciona tirándole una jarra de agua. Se desata una pelea de bastonazos por un lado y de vasos y todo lo que hay en la mesa por el otro. El escritor queda herido en la cabeza y en el brazo izquierdo. El 10 de agosto se lo amputan por una fractura en radio y cúbito que da origen a una infección.
A partir de ahí toma su carrera literaria más en serio, afirma Alberca: “En este episodio construyó un yo hiperbólico y teatral. Puso por delante el personaje para que la persona no se resintiera. Su técnica de invención consistía en tomar un elemento biográfico real y distorsionarlo con datos ficticios”. Así sale un corro de historias que aúpan a Valle-Inclán, pero la realidad es que:


Valle-Inclán, a los 28 años. / DEL LIBRO LA ESPADA Y LA PALABRA
No es verdad que fuera pobre, aclara Alberca: “Venía de una familia acaudalada. Vivía de traducir, de artículos de prensa, de sus libros y la representación de sus obras. Y de algunos empleos públicos. Su periodo de más estrechez fue entre 1899 y 1902, hasta que entró al diario El Imparcial”.
No es verdad que fuera bohemio: “No pasó verdaderas penurias. Trabajó en la creación y difusión de sus obras, disponía de tiempo y dinero para divertirse y tenía una red de amigos y círculos burgueses. Tras su periodo crítico alcanzó una estabilidad”.
No es verdad que fuera un genio por azar: “Fue un estratega de su gloria. Por eso viajó a Madrid. Enviaba sus libros a los periodistas y críticos; entabló buenas relaciones sociales; se ganó un lugar en los cafés. Incluso escribió a autores como Clarín para que le corrigieran y orientaran”.
No es verdad que no necesitara ayuda: “Además de su red de amigos y críticos, obtuvo prebendas del poder. Una de ellas en 1916 como catedrático de Estética en la Escuela de Pintura, grabado y escultura, y en la República”.
No es verdad que fuera de izquierdas: “Su ideología era tradicionalista y su idiosincrasia es lo que hoy sería de derechas. Su militancia carlista no era solo estética y fue activo muchos años. Llegó a decir: ‘¿Para qué más libertad?’ o ‘¿La República? Que la defiendan quienes la necesiten”.

Fue celoso de su privacidad y, en cambio, con una tendencia a la sobreexposición en público, a ser el centro de atención, como un actor al que le gusta simultanear varias máscaras”
No es verdad que fuera filocomunista: “Admiraba a Mussolini. Y dijo: ‘El fascio no es una partida de la porra, como creen en España los radical-imbeciloides, ni un régimen de extrema-derecha. Es un afán imperial de universalidad en su más vertical y horizontal sentido ecuménico”.
No es verdad que fuera antirreligioso: “Durante la I Guerra estuvo del lado de los aliados al considerar que Francia preservaba el cristianismo, mientras Alemania amenazaba con el paganismo”.
No todo fue mitografía. Demostró su valentía en 1916 al visitar en Francia el frente aliado. Estuvo cerca del enemigo y sobrevoló la zona. Quedó muy impactado. Sobre esa experiencia nunca fabuló, ni se puso de protagonista.
Como tampoco lo hizo con su vida privada. En lo amoroso se le achacan algunas amantes, tiene una hija de madre desconocida y se casa con Josefina Blanco, en 1907, con quien tendrá cuatro hijos, y se divorciará en los años 30. Y es en esa vida familiar cuando da sus mejores frutos literarios

No pasó verdaderas penurias. Trabajó en la creación y difusión de sus obras, disponía de tiempo y dinero para divertirse y tenía una red de amigos y círculos burgueses
Ramón del Valle-Inclán llegó al final de sus días con un divorcio a cuestas, con la preocupación de la educación de tres de sus hijos de quienes tiene la custodia mientras atraviesa una mala racha económica. Murió el 5 de enero de 1936, en Santiago de Compostela, mientras buscaba una solución a su cáncer. Allá, donde habían alzado vuelo sus sueños de triunfo. Donde se activó el pasado de la naturaleza acomodaticia y dual de su apellido del que no pudo escapar.
Todo empezó 150 años antes de que él naciera. A comienzos del siglo XVIII, Pablo del Valle se casó con Antonia de Inclán. Un adinerado hermano de ella, Miguel de Inclán, no tuvo descendencia y heredó en su sobrino José Antonio, con una condición: poner el apellido Inclán por delante de tal manera que este no desapareciera. Así el heredero pasó a llamarse José Antonio Inclán del Valle o Valle-Inclán, dependiendo de las circunstancias. Cuando este se casó con Juana Malvido Rey sus hijos empezaron a jugar indistintamente con los apellidos: Inclán del Valle, Valle-Inclán o Valle-Inclán Malvido. Hasta que uno de ellos, Carlos Luis, optó por Del Valle-Inclán. Después su hijo Ramón siguió la tradición hasta llegar a su hijo, el escritor Ramón del Valle-Inclán Peña, autor de obras como Femeninas, Sonata de invierno, La lámpara maravillosa, Luces de bohemia, Tirano banderas, Divinas palabras…
El ánimo díscolo del apellido lo persiguió, y lo que muchos creían era una invención suya era lo más auténtico, la mejor mascarada heredada de sus antepasados.

viernes, 17 de abril de 2015

PRENSA CULTURAL. Sobre una nueva biografía de Cervantes

   En "El País":

Contra los mitos de Cervantes

Una nueva biografía desmonta los tópicos sobre el escritor y ayuda a entender mejor la conexión entre su vida y su obra


Miguel de Cervantes, visto por Loredano, inspirado en el cuadro de Juan de Jáuregui. / EL PAÍS


Ese rostro de Miguel de Cervantes Saavedra que todo el mundo tiene en la cabeza y que recuerda al Caballero de la mano en el pecho, de El Greco, no es él. O era él, pero en la fantasía que hizo realidad el pintor sevillano Juan de Jáuregui. Ya se sabía, pero es una de las pistas falsas más populares e inmortales que vuelve a desmontar Jorge García López en su biografía Cervantes. La figura en el tapiz (Pasado & Presente).
Y tras ese retrato idealizado, la confirmación de otras falsedades: Cervantes (1547-1616) no fue un hombre ni tan heroico, ni tan desdichado, ni con tan mala suerte, ni gran intelectual, como ha trascendido, pero tampoco fue un ingenio lego.
En cambio, fue alegre, cínico, meditativo, metódico, con carácter, y con una gran autoestima. Se sabía buen escritor, todo el día estaba pensando en sus historias en continua reescritura. Aunque al final no fue lo que soñó ser y llegó y quedó con algunas espinitas: no haber sido considerado un gran poeta y no haber podido seguir su carrera como dramaturgo.

La literatua de Cervantes responde a los retos del humanismo finisecular del Quinientos, más conectados con el cinismo, el escepticismo y la revolución científica, que con el de Erasmo”
Cervantes. La figura en el tapiz es uno de los primeros libros sobre la vida y la creación del autor de El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha que se esperan en este año cervantino 2015-2016, que conmemora el cuarto centenario de la publicación de la segunda parte de su obra maestra (noviembre de 1615) y de su muerte (1616). El volumen es un compendio de los últimos estudios y hallazgos de un personaje del que aún hay pocos datos. Sin embargo, García López los aprovecha para ayudar a comprender mejor su obra y sus conexiones con la realidad de su vida personal e histórica entre los siglos XVI y XVII. La literatua de Cervantes, explica García López, “responde a los retos del humanismo finisecular del Quinientos, más conectados con el cinismo, el escepticismo y la revolución científica, que con el de Erasmo”.
Como tantos genios de las artes, su vida está espolvoreada de brillos mitológicos y legendarios, de voces que han querido exaltar su creación y ofrecerla como resultado de una existencia que no se corresponde con la gloria que les esperaba. Uno de los principales pecados alentados por el cervantismo clásico, afirma el profesor de Literatura española e hispanoamericana de la Universidad de Girona, “es haber aislado al Quijote de su contexto histórico e incluso analizarlo con los ojos de cada presente que lo revisaba y acomodarlo a esa mirada”. Lamenta que otros biógrafos y expertos hayan mirado a Cervantes casi “como a un extraterrestre. Hay que verlo con las corrientes intelectuales de su tiempo, donde aparecen novedades como el escepticismo o el descubrimiento del helenismo”.
La principal aportación de esta biografía, según su autor, es esa perspectiva bifronte del libro que enmarca su obra con los datos conocidos de su vida, es decir su vivencia cotidiana y de la época: “Tenía un salario digno y su matrimonio con Catalina Salazar y Palacios, que era mucho menor que él, es bastante normal para la época. Lo enmarco en la cotidianidad de tal manera que, por ejemplo en su testamento ella le deja su ajuar privado ‘por el mucho amor que nos hemos tenido’, dice. Eso desmonta la idea de que Cervantes se separa y va a Andalucía por exigencias profesionales”.

Por cuestiones personales y laborales debe abandonar el teatro al ser nombrado funcionario real como Comisario del Rey, entre los años 1587 y 1601. Son sus años andaluces, es entonces cuando escribe más prosa, más relatos, y empieza a explorar, como los autores de la época, otras corrientes literarias
Dentro de ese panorama de comprensión histórica, García López recuerda la realidad que pudo haber empujado a Cervantes a dejar el teatro y dedicarse a la prosa hasta dar con El Quijote. Es una confluencia de varios factores. “Por cuestiones personales y laborales debe abandonar el teatro al ser nombrado funcionario real como Comisario del Rey, entre los años 1587 y 1601. Son sus años andaluces, es entonces cuando escribe más prosa, más relatos, y empieza a explorar, como los autores de la época, otras corrientes literarias. Se fija en los géneros de moda pero poco frecuentados. Busca singularizarse. Hasta que descubre la nouvelle que se impone en Italia y Francia”. La conjunción de su nueva vida, la realidad creativa, los vientos renovadores del pensamiento universal y el cambio de siglo con un mundo donde libreros y editores descubren el mercado y la nueva sensibilidad con que quieren llegar a los lectores, que ya tienen temáticas preferidas, como lo truculento y escatológico, desembocará en El Quijote.
Parece que recibe el encargo de un libro acorde a lo que se vendía a principios del siglo XVII, asegura el biógrafo. “La pregunta es: ¿por qué Alonso Quijano? Tal vez la respuesta es que le permitía criticar el humanismo decadente del siglo XVI y se pone de manifiesto a través de un señor que enloquece tras la lectura de novelas de caballería con quien explora el lado cómico y hace un muestrario de metaliteratura y reescribe algunos de sus relatos”.
Pero detrás de la creación del Quijote, tanto en su primera y segunda parte, hay dos momentos históricos, dos personas y dos libros que espolean o sirven de impulso de búsqueda literaria a Cervantes. Lo llevan a mirar alrededor, revisar su idea y enriquecerla de manera genial. Para la primera parte pudo haber sido Mateo Alemán y su Guzmán de Alfarache, éxito de ventas en 1599, “truculento y lleno de perfiles escatológicos: crea y confiere identidad a una nueva sensibilidad. Con anterioridad solo los libros de caballerías, las hijas de Celestina y quizá la Diana funcionaban, descubren el mercado y un nuevo lector”, dice García López. Para la segunda parte esa función la cumple el llamado Quijote de Avellaneda que sale en otoño de 1614, con lo cual Cervantes, que ya tenía avanzada la novela, decide hacer cambios importantes que potencian su obra maestra.

Debe permitirnos sortear tópicos casi inmortales sobre Cervantes o planteamientos simplistas y prejuicios añejos, juicios poco equilibrados, perspectivas sentimentales o falsamente modernas, atrevidas y rupturistas
Cuatrocientos años después,Miguel de Cervantes Saavedra sigue esquivo, rodeado de enigmas. Uno se sitúa en sus años juveniles de los que poco se sabe. De su presencia en la batalla de Lepanto (1571), donde un trozo de plomo afectó los nervios de su mano izquierda y la dejó inutilizada; y de su cautiverio en Argel, al que sobrevivió después de cinco años, asoman momentos heroicos.
Maestría en su creación y sombra en su vida que, según García López, “debe permitirnos sortear tópicos casi inmortales sobre Cervantes o planteamientos simplistas y prejuicios añejos, juicios poco equilibrados, perspectivas sentimentales o falsamente modernas, atrevidas y rupturistas”.
Ahí está un hombre que conocía sus limitaciones y sus virtudes, e incluso sabía que solo reyes, nobles y figuras destacadas eran retratadas por grandes pintores y que él no sería uno de ellos, “de ahí que se cachondee de esos retratos de la época y por eso pudo haber dejado una descripción de cómo era él como una ironía recóndita”. Esa voz, dejada en Novelas ejemplares, es de lo más nítido suyo y condensa parte de lo que es y representa, desde un territorio real situado entre la tierra y la imaginación, donde se deja entrever: “Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz...”

Vida de un genio

Miguel de Cervantes Saavedra nace, en Alcalá de Henares, el 29 de septiembre de 1547.
En 1551 su padre se traslada con su familia a Valladolid, cinco años más tarde van a Córdoba. En 1566 Cervantes se establece en Madrid.
En 1569 llega a Roma. Dos años después participa en la batalla de Lepanto donde un trozo de plomo le inutiliza la mano izquierda.
En 1575 es capturado con su hermano Rodrigo y son llevados a Argel. Allí permanece cinco años y trata de escapar cuatro veces.
En 1580 es puesto en libertad luego de que se pagara un rescate. Se dirige a Portugal donde intenta iniciar una nueva vida.
En 1584 se casa con Catalina de Salazar y Palacios en Esquivias (Toledo).
En 1587 es nombrado Comisario del Rey en Andalucía, hasta 1601.
En 1604, Miguel de Cervantes publica la primera parte de El Quijote. La segunda en 1615. Otras de su obras son La galatea, Novelas ejemplares y Los trabajos de Persiles y Segismunda.
Muere el 22 de abril de 1616, en Madrid.

miércoles, 4 de marzo de 2015

PRENSA CULTURAL. "Marsé, con la puerta abierta"

   En "El País":

Marsé, con la puerta abierta

Una voluminosa y detalladísima biografía viaja a la semilla literaria y personal del autor de 'Últimas tardes con Teresa'


El escritor Juan Marsé, el pasado enero en su casa de Barcelona tras la publicación de 'Noticias felices en aviones de papel'. / CONSUELO BAUTISTA (EL PAÍS)

Sí, Juan Marsé fue un niño adoptado. Pero el trasvase familiar no se produjo en el azaroso viaje en taxi en el que el conductor que acababa de enviudar tras nacer su hijo lo ofrecía a la desdichada pareja que acaba de perder el suyo; no, fue menos poético, más seco y con un punto algo cómico visto el pensamiento político del futuro escritor: es probable que el marido de la pareja que lo adoptó y que se lo llevó de manera rauda tras irle a buscar a la casa de un familiar hubiera conocido al progenitor de Marsé antes de la guerra civil en los aledaños del independentista y combativo Estat Català. Así se lo embelleció su madre adoptiva al niño Marsé, alimentando sin saberlo su innata vocación narrativa.
Lo desvela, entre centenares de pormenorizaciones, el historiador y escritor Josep Maria Cuenca en Mientras llega la felicidad (Anagrama), voluminosa y detallista biografía sobre Marsé de voluntad anglosajona y regusto barroco que, fruto de seis años de trabajo y de entrevistas y una bibliografía infinitas, deja clara tres cosas: quizá solo somos infancia, la voluntad puede muchas cosas y, parafraseando a Rilke y a casi toda la obra del propio novelista, “¿Quién habla de victorias? Resistir lo es todo”. Algunos jirones de la vida de Marsé así parecen afirmarlo.

Tanto el padre biológico como el adoptivo eran próximos al independentista Estat Català; quizá eso 'vacunó' al futuro escritor ante el nacionalismo
Independentismo y buena vida.Domingo Faneca era un poco un viva la vida, independentista, militante de Estat Català, que en 1926 se había casado con Rosa Roca, ambos al servicio de una familia bien de Barcelona donde él hacía de chófer. En 1927 nació su primera hija, Carmen, y el 9 de enero de 1933, en la misma torre de Sarrià, a las 11 de la noche, lo hacía Juan Domingo Antonio Faneca Roca. Complicaciones en el parto llevan a que la madre muera el 1 de febrero. Mingo lo tiene claro: tras enterrar a la mujer en Montjuïc (no pagará el nicho y el cuerpo acabará en la fosa común), la hija se la pasará al cuñado y el niño lo dará al matrimonio Pep Marsé y Alberta Carbó, ambos de Tarragona, que habían perdido una criatura. Lo más probable es que los dos hombres se hubieran conocido en los entornos de Estat Català, con el que Pep simpatizaba. Hay denominador común mayor: Pep es despreocupado, un punto fanfarrón, mujeriego, con tendencia a la bebida, idealista (es encarcelado en el buque Uruguay cuando los Fets d’Octubre de 1934). Será un “comecuras”, como le bautiza (y acabará heredando) Marsé, y un antifranquista acérrimo: el escritor recuerda haber llorado al ver a su padre hacer lo mismo cuando desde el balcón contemplan la entrada de las tropas rebeldes en Barcelona el 26 de enero de 1939. Con problemas con la justicia hasta 1954 (pasará por la cárcel por un delito de estafa nada claro), le reconocerá sus dotes de seducción, pero admirará más la figura de su madre, sacrificada en grado extremo. Por el padre biológico, Marsé nunca sentirá nada especial: quiere y logra, aparentemente, olvidarlo. Sabrá que se casará con una anarquista de la FAI de las de cartuchera y pistolón de la que se separará en los 60 y que llevará una vida errabunda. Solo lo verá dos veces en su vida: en 1941, cuando su primera comunión (de la que recuerda el acto casi ofensivo de que le dio “un dinerito”) y cuando la boda de su hermana biológica, en 1949: la mano del padre apenas osa asomarse por el separado hombro del hijo, distante, en la única foto juntos.
El ‘hada’ Crusat. La infancia de Marsé serán casi cinco años en la Arcadia de Sant Jaume dels Domenys, en la casa de los abuelos paternos, refugio de una durísima primera posguerra imposible de superar alimentariamente en Barcelona con sus padres. Ranas, baños en las albercas, partidos de fútbol jugando de portero (emulando a Camus y Nabokov) y un gorrión muerto abatido a perdigonazos por él y cuyos remordimientos lo convierten en pesadilla imborrable marcan a Marsé, que espera las visitas de su madre para que le traiga tebeos (El CoyoteFlash GordonEl guerrero del antifaz…). La lectura causa gran impresión, como la del cine, que descubre en la cercana L’Arboç, con el gran Doctor Jekill y Mr. Hyde de Mamoulian.

Ha nacido usted con el instinto de cómo se escribe, el de crear una atmósfera", le dijo Paulina Crusat, la mujer que le orientó en sus inicios literarios
Ya en el barcelonés barrio de Gracia, más o menos el de sus libros y personajes, como demuestra Cuenca, la miseria aprieta tanto que, por más que es el protegido de su madre Berta, ésta se ve obligada a sacarlo del colegio de un maestro ultracatólico y ponerlo a trabajar a los 13 años de aprendiz en un taller de joyería, desmarcándose así también del teatro y el ping-pong que practicaba en la parroquia cercana. Marsé, lector ya de Verne, Wallace o Salgari y con cierto bagaje fílmico gracias a que puede colarse en los cines del barrio porque su padre trabaja en ellos como higienizador y desratizador municipal, hace sus pinitos literarios sobre los 15 años: una libretita (Diario o lo que salga: 1947-1948), un relato a lápiz en otro cuadernillo sobre unos gitanos entrevistos en Sant Jaume dels Domenys; un monólogo de 1950: He ido a la parroquia…. Marsé embrionario ya, adelanta Cuenca: tono y visión pesimista, tendencia a la descripción física de los personajes…
La justicia poética existe: una anciana a la que cuida su madre, y que sabe que el hijo de Berta escribe, le dice que su hija, Paulina Crusat, es crítica y escritora y vive en Sevilla, que igual le puede dar algún consejo. El 15 de enero de 1957 Marsé recibió respuesta, la primera de las cartas que tanto le ayudarían como escritor y, en parte, como persona. El joven que, en solitario, había leído El Quijote a los 17 años en el Park Güell, o a Zweig, al Hemingway cuentista o a su predilecto Pío Baroja y que durante el servicio militar en Ceuta tiene ya 130 páginas de una novela (el embrión de su debut: Encerrados con un solo juguete) se sincerará con los años a esa mujer mayor que él y experta en la vida y en la literatura. Se define “bastante vago”, con “escasa capacidad de cariño externo”, deseoso de éxito “por mi familia: soy adoptivo y no deseo defraudarles en nada”; admirador de su sacrificada madre, por la que sufre indeciblemente… Y a esa mujer dejará traslucir su impaciencia e insatisfacción permanentes. Y ella le aconsejará desde lecturas y contactos de revistas como Ínsula, a que se presente al premio Nadal. Y le leerá borradores y le hablará con toda franqueza: “Ha nacido usted con el instinto de cómo se escribe, el de crear una atmósfera”, si bien “su flaco es la invención”. Y le dirá de Seix Barral y del Biblioteca Breve, capitales para el futuro Marsé, que en 1959 gana el premio Sésamo por el relato Nada para morir. Con buen olfato, Crusat había detectado que la vida privada de Marsé “literariamente es una mina” y le obliga a que “juegue con sus personajes en la imaginación”. Él es consciente de que, quizá a falta de preparación, ha de leer como un poseso y debe “fiarse del instinto”. Esa Vanessa Redgrave, como la define hoy recordando la única vez que se vieron en 1958, le fue de gran ayuda. La correspondencia se truncó a principios de los agitados años 70.
El hombre bilingüe. Un fantasma recorre la biografía de Marsé: su relación con la lengua y la cultura catalana. Tanto la familia adoptiva como la natural de Juan Marsé tuvieron el catalán como lengua materna. Menos en la escuela, Marsé hablaba de pequeño en catalán. Uno de los primeros autores que leyó fue Alfons Maseras (Sota el cel de París) y de las primeras patums a las que va a visitar está el educado pero escéptico con él Salvador Espriu (le escribe a Crusat: “Probablemente no hará nunca nada”; tampoco le gusta el relato Nada para morir). Pero su educación literaria ha sido en castellano: “Me resulta más cómodo y por supuesto me expreso mejor; no conozco el catalán como para escribirlo”, se sincera con Crusat en 1960, a quien le hace partícipe de que le parece ver una maniobra para “cazarme e invitarme a regresar al redil” en una petición para traducir al catalán el cuento del premio Sésamo por parte del grupo editorial de Albertí, “compuesto en su mayoría por separatistas y otras cosas raras”. No es una obsesión particular; si acaso, colectiva: pocos años después, Montserrat Roig querrá entrevistarse con él para saber “con certeza, a qué cultura perteneces”. Crítico con la burguesía catalana y con el nacionalismo ya desde Últimas tardes con Teresa y La oscura historia de la prima Montse, pasando por El amante bilingüe, quizá por ello en 1985 es de los pocos nombres que el entonces conseller de Cultura de la Generalitat Joan Rigol admite en privado que no podrá incluir en el famoso Pacto Cultural “porque los míos me devorarán”. El cénit del desencuentro fue en 2007, cuando la literatura catalana fue la invitada de honor en la Feria de Fráncfort y se pidió desde el Govern a los grandes autores catalanes en lengua castellana que acudieran para dar su apoyo a las letras en catalán. “Ir de telonero me parece el colmo”, respondió entonces.

En 1985, el 'conseller' de Cultura de la Generalitat Joan Rigol admitía en privado que no podía incluir al escritor en el famoso Pacto Cultural “porque los míos me devorarán”
Hace apenas dos años, rechazó la posibilidad de que la Generalitat le rindiera un homenaje por sus 80 años, como le sondeó el actual conseller Ferran Mascarell. Del mismo modo que había matizado de manera contundente en 2008 al ministro de Cultura, César Antonio Molina, según el cual el autor de Si te dicen que caí destacaba por defender la lengua española en Cataluña. Admitió entonces Marsé, que en 1996 apoyó el Foro Babel, que si las circunstancias personales e históricas que vivió hubieran sido otras tal vez habría escrito su obra en lengua catalana. Él llevará el bilingüismo con total normalidad: con Gabriel Ferrater y Carlos Barral hablarán en catalán; cuando se dirigen a Jaime Gil de Biedma, todos en castellano. En casa, con los años, con su hija Berta, se dirigirá siempre en castellano; con su hijo Sacha, en catalán, y con la esposa y madre, todos en castellano.

Un fantasma recorre toda su biografía: su relación con la lengua y la cultura catalanas
El reposo del guerrero. Marsé tiene una trayectoria cargada de duelos dialécticos sin pelos en la lengua: desde los hermanos Juan y Luis Goytisolo por la polémica de la concesión del Biblioteca Breve por Últimas tardes con Teresa hasta Francisco Umbral (el de la “prosa sonajero”), pasando por Baltasar Porcel (paradigma a su entender del intelectual arribista comprado por el poder), sin olvidar sus sistemáticas collejas a la mayoría de los que han adaptado sus obras al cine (“me compran los derechos cinematográficos, no mi opinión”, resume). Pero, sin perder mordiente, parece más sosegado. Se nota “cierta tendencia al desánimo y a encerrarse en sí mismo”, resume cuenca, en particular tras leer su diario inédito de 2004. “Ha ido perdiendo curiosidad y despegándose de lo actual”, dice su médico y amiga de la familia Teresa Porquet. Su esposa, Joaquina, afirma: “Juan apenas sale de casa; lo único que hace es leer, escribir y ver la televisión”. Afectan, claro, los años y los famosos doble bypass de su corazón de 1985 y 1999. “Creo de veras que no me queda mucho tiempo para virguerías (y porque siento muy cerca el fin de mis neuronas)”, escribió mientras ultimaba la novelización del guion Canciones de amor en Lolita’s Club. Pero él mismo se desmentía en febrero de 2011 con Caligrafía de los sueños, su 13ª novela y quizá la más autobiográfica. Y ya cerrado el libro de Cuenca, no hace ni dos meses aparecía Noticias felices en aviones de papel, historia desgajada de otra novela que está escribiendo ahora mismo. La dedicatoria de aquella, por cierto, lo dice todo de Marsé: “A la memoria de Paulina Crusat, que me abrió la puerta”.