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lunes, 11 de enero de 2016

LITERATURA. Sobre la última novela de Rafael Chirbes (1949-2015). Juan Ángel Juristo

   En "cuartopoder.es":

Rafael Chirbes, el amor es una jodida mercancía

JUAN ÁNGEL JURISTO | Publicado:  


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‘Paris- Austerlitz’, nueva novela de Rafael Chirbes. / Anagrama
Estamos ante una novela inusual en el panorama literario español. Inusual por la dureza, que se diría ahora, de aquello que se cuenta pero no tanto de las acciones descritas como de lo que éstas esconden. Por eso, Paris- Austerlitz  (Anagrama) es una de las novelas más esclarecedoras sobre el fenómeno del amor que se nos ha dado a leer en los últimos años en la narrativa española. No hay en ella atisbo de comodidad alguna. El autor se enfrenta de continuo al autoengaño y en esa lucha, un tanto agónica, extenuante, no hay lugar, resquicio alguno, a la redención de cualquier tipo que sea. La novela se constituye así en narración sin vuelta de hoja: aquello que se cuenta, el amor como trueque, es la única verdad que se muestra. Esto y las consecuencias que conlleva: la explotación de unos a otros y el amor como refugio interesado, por lo cambiante de las condiciones más extremas que nos depara la vida. El amor, refugio ilusorio de las miserias. También Proust llegó a la misma conclusión, salvo que por otros medios: en la novela de Chirbes estaría del lado de aquellos que esperan aventuras extenuantes con bellos emigrantes, fueran estos argelinos, marroquíes o, en los sesenta, españoles que terminaban los fines de semana en la sala Bataclan. No es exactamente así en el caso que nos ocupa: el obrero, Michel, es francés, y el amante acomodado, madrileño con rentas fijas. Las vueltas que da la vida.
La novela, muy esperada, abre el año respecto a las novedades más acendradas. Es novela corta, inacabada, finalizada con prisas, las últimas páginas no aportan la resolución que se espera y, aun así, se nota que es narración en la que Chirbes trabajó durante años, con enormes intermitencias, es decir, narraciones esenciales en su obra por medio. En este sentido puede afirmarse que es novela de esas que llevan media vida, un poco al modo de lo que le sucedió a Faulkner con Una fábula, aunque ello no sea garantía de excelencia. En el caso de Chirbes asistimos, probablemente, a una de sus grandes narraciones, y todo ello a pesar de estar inacabada. La razón estriba en que en ella vuelve a sus temas presentes desde aquella primera Mimoun, narraciones sombrías en las que lo inquietante era parte esencial del aire que se respiraba. Algunos apreciamos sobre todo aquellas narraciones en que Chirbes no dejaba intersticio en que podía colarse el pasteleo, incluso con los propios sentimientos, sobre todo con éstos. Y no sólo hablamos de Mimoun sino de libros como La buena letra, que aún esperan su justa apreciación dentro del panorama de la narrativa española de los últimos años. Esperaremos en vano.
Ni que decir tiene que Paris- Austerlitz poco o nada tiene que ver con Crematorio o En la orilla, sus novelas anteriores. Lejos de esa cualidad de descripción de ciertos elementos presentes en nuestra realidad social más inmediata, sobre todo la corrupción, la novela se centra en elementos más sutiles y no por ello menos despiadados. Pero no teman. Para los que han gustado sobremanera de esa descripción, que muchos han confundido con premoniciones casi de Sibila cuando lo cierto es que Chirbes ha narrado la descomposición de nuestra sociedad dentro de una tradición de novela realista alejada del thriller, que ha hecho de ello algo único por inusual, esta novela describe una sociedad francesa plagada de competencia. El español utiliza el amor porque quiere medrar en una empresa de muebles y llegar a ser artista conocido, mientras Michel lo necesita para no caer en un irremediable vacío. Y, por supuesto, hay referencias a la España de la Transición del mismo modo que en las dos últimas novelas se ocupaba de la España del dinero fácil, de la que escribió desde 2007 con obsesiva concentración.
París- Austerlitz es una novela donde la homosexualidad es elemento determinante. Con ello quiero decir que no es que esté presente sino que no se explica sin la reflexión sobre ciertos ambientes homosexuales presentes en los años de los que escribe. La novela comienza con la visita del amante a Michel, después de años sin tener relación alguna, pero se centra en el recuerdo de los días de vino y rosas, de alcohol, de sexo desaforado y ambientes duros, peligrosos… Sin que ello reste para que el autor nos deje impresiones sobre el mundo del arte que no oculta, antes bien, le sirve como afirmación estética. Reivindica a Matisse y a Francis Bacon, pintor que le cuadra como anillo al dedo, frente a la banalidad del arte contemporáneo, al que se le exige ingenio frente al buen hacer, en justa correspondencia en tanto ilusión con el sentimiento del amor antes aludido.
Metáforas brillantes, secas, contundentes… La prosa de Chirbes brilla aquí en su máxima expresión de significado en su extremado cuidado en saberse escueta, lúcida, escandalosa. Leyendo la novela no he dejado de compararla con piezas ya clásicas de la literatura de tema homosexual del siglo XX, tales las de Pasolini y las de Joe Orton. Es igual de descarnada que la de estos maestros e igualmente sombría, terrible, que los ambientes descritos por el italiano, o las sensaciones parecidas a las de aquellos urinarios londinenses de Orton. Si no fuera por la diferencia de grado tampoco le haría ascos a compararla con los ambientes que Roland Barthes describe en sus memorias, aquí, sí, llenas de argelinos.
Estoy tentado de escribir una tontería. Todo eso de que Paris- Austerlitz es su novela más personal. Tan personal como el resto, en ella si se deja jirones del alma.

lunes, 28 de septiembre de 2015

PRENSA CULTURAL. "Homenaje tardío a Rafael Chirbes". Juan Goytisolo

   En "El País":

Homenaje tardío a Rafael Chirbes

El escritor elogia 'Crematorio', la obra del fallecido Rafael Chirbes


Tenía desde hace unos años en mi biblioteca un ejemplar de Crematorio, la penúltima novela de Rafael Chirbes. El día en que la recibí, al descubrir su extensión, cuatrocientas páginas de letra menuda, no me animé a leerla. Mis horarios de lectura se han reducido con la edad: cincuenta páginas por día. No quiero perder el breve lapso del que dispongo, voy a tiro hecho: lecturas y relecturas de novelas rusas, anglosajonas, alemanas que reviven y me hacen revivir, volver atrás para seguir adelante. A raíz de la muerte de Chirbes busqué entre mis libros hasta dar con el suyo. Lo he leído despacio disfrutando de cada página. Erré del todo en el momento de su salida y lamento profundamente no haber escrito antes lo que escribo hoy. Cuando él estaba aún para comentar con él el contenido de su obra.
¿Cómo compendiar en un par de cuartillas una novela de su amplitud y profundidad? Novela social realista, leí en alguna reseña. Sí y no. El panorama que traza de nuestro país de nuevos ricos, nuevos libres y nuevos europeos es devastador. La costa mediterránea española cubierta de grúas, andamios, chalets adosados, ladrillo y cemento. Zonas urbanizadas o a punto de serlo. Muerte del paisaje, de los olivares, viñedos y almendros. Especulación financiera de antes de la maldita burbuja. Un país colonizado por la corrupción y el capitalismo global. Pero este encuadre realista no es el del realismo decimonónico que se prolongó hasta los años cincuenta del pasado siglo. Proust, Joyce y el huracán Faulkner han pasado por allí, asociando estrechamente literatura y realidad. El espejismo de Misent es el de una sociedad que fue pueblerina y pobre hasta hace unos sesenta años. Una sociedad que ha pasado de la pobreza al boom turístico sin haber tenido tiempo de asimilar la brutalidad del cambio. Hoteles cuatro estrellas, pistas de tenis, golf resorts y también mafias, drogas, puticlubs al borde de las carreteras.
La estructura de la novela se centra en el corto espacio de tiempo que sigue al fallecimiento de su protagonista, Matías, al del traslado de sus restos desde el tanatorio hasta el crematorio. Matías, hijo de propietarios agrícolas que fue revolucionario en su juventud, un miembro de la izquierda radical que predicaba la lucha armada antes de pasarse al PC de Carrillo y, desengañado de este, reciclarse en el ecologismo, en una vuelta a los orígenes campesinos de su familia. Y, en torno a Matías, entremezclando primera, segunda y tercera persona del verbo, monólogos interiores, galerías de voces y evocaciones que funden el pasado y presente de los familiares y parientes del difunto.
Chirbes nos descubre su mezquindad e hipocresía, su afán de poder y dinero, su hambre de sexo. Con una riqueza de lenguaje y un bagaje cultural muy infrecuente en nuestros predios brinda al lector el desfile de unos personajes que son un reflejo de ese “ayer se fue, mañana no ha llegado” quevediano, que es el paso del tiempo de silencio al de destrucción de Luis Martín Santos, en una sucesión de capítulos que mantienen en vilo al lector.
Un elemento primordial del texto consiste en su cruda descripción del paso del tiempo, ese despiadado retrato de la decadencia física, de los estigmas de la vejez en que los lectores de mi edad se reconocen. Una vejez que Chirbes presintió pero no ha llegado a conocer. Al cerrar el libro recordé nuestro breve encuentro de 1981 en Fez, donde él era profesor de español en el centro cultural de nuestro país y hallé en la primera página de Crematorio una dedicatoria: “Con los viejos rescoldos de nuestra amistad”. Ahora la releo con el propósito de seguir su incentiva empresa literaria con una lectura —relectura— de su última novela, En la orilla.

viernes, 31 de octubre de 2014

PRENSA CULTURAL. Chirbes y la literatura

     En "El Día de Córdoba":

Chirbes lamenta que el oscuro paisaje de 'Crematorio' "no ha cambiado"

El escritor valenciano defiende en un encuentro en Eutopía con el productor Fernando Bovaira que "el arte es la capacidad de insinuar" y reivindica "la extrema libertad de la literatura"
ALFREDO ASENSI CÓRDOBA | ACTUALIZADO 22.10.2014 
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El encuentro entre Bovaira y Chirbes, ayer, en la Filmoteca.
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El paisaje (ético, humano, social, político, empresarial) que Rafael Chirbes dibuja en Crematorio, una de las grandes novelas españolas de las últimas décadas (convertida por Fernando Bovaira y Jorge Sánchez-Cabezudo en una de las mejores series de la historia de la televisión en España), "no ha cambiado". "Es lo mismo, lo que pasa es que ahora la gente ha puesto el foco sobre eso, mientras que hubo unos años en los que el foco no estaba ahí", añadió el valenciano, que considera que "el tiempo no mejora las cosas sino que las empeora" y que "el poder, cuanto más sabe, más asfixia". En las reflexiones de Chirbes, que ayer participó en la primera entrega del ciclo Conversaciones&Tweets de Eutopía, cala y aflora un prolongado lamento por el proceso de empobrecimiento ético y degeneración cívica que este país sufre.

La novela y la serie centraron un diálogo entre Chirbes y Bovaira antes de la proyección de los dos primeros capítulos. Como productor, Bovaira valoró que el escritor realizara semejante "retrato de la España que estábamos viviendo, que es algo que no se encuentra demasiado". La intención inicial era hacer una película pero las características de la novela aconsejaron como formato ideal una serie de ocho capítulos. El proceso de adaptación fue "complicado", reveló Bovaira, con momentos en los que a los responsables del proyecto les daba la sensación de que la serie estaba quedando "muy por debajo" de una novela que, observó Chirbes, "se sostiene en el puro lenguaje". "Quise hacer un libro muy literario para que no fuera un libro muy periodístico", apuntó el reciente ganador del Premio Nacional de Narrativa (con En la orilla), que huyó en Crematorio de los esquemas y las constantes más reconocibles de la novela policiaca porque hace tiempo que aprendió que "la vida no es resolver un misterio: es ir eligiendo día a día entre una cosa y otra". La "intuición" es un elemento fundamental para Chirbes, al que le costaba imaginar que Crematorio pudiera convertirse en un producto audiovisual basado en el mantenimiento de una trama y una tensión.

Pero ocurrió, a pesar de que, en palabras de Bovaira, "toda adaptación es una perversión". Y ocurrió gracias también a la implicación de Canal Plus, que estaba iniciando una línea de producción propia de ficciones. "Les encajó este proyecto y nos dieron medios y libertad creativa: si lo hubiese hecho la televisión generalista se habría desvinculado más del libro", afirmó el productor. Crematorio fue dirigida por el madrileño Jorge Sánchez-Cabezudo y protagonizada por José Sancho, Alicia Borrachero, Juana Acosta, Manuel Morón y Vicente Romero. Para Bovaira "es un milagro que se haya producido esta serie" en "un mercado tan pequeño" como el español.

"El arte es la capacidad de insinuar", deslizó Chirbes, que reivindica "la extrema libertad de la literatura" frente a la actitud plañidera de algunos escritores. "Todo lo que dices que te obliga es tu propia ambición o tu propia cobardía", aseveró el autor de Mimoun y La buena letra, que negó que tenga una mirada especialmente dura sobre la realidad. "Optimistas son los tontos", dijo, apoyado en las oscuridades de La Ilíada, La Odisea, las tragedias de Eurípides, Sófocles y Esquilo,La Celestina o Ana Karenina. La mirada lúcida es la escéptica, la que asume que la vida es contradicción.

Y frente a esto la misión del escritor debe ser "desmenuzar los mecanismos de la sociedad" para comprender (intentarlo, al menos) "cómo funciona la gran máquina del mundo". "La realidad es resbaladiza y pantanosa y lo que te salva te mata", añadió el autor antes de que Bovaira lamentara la escasa capacidad crítica del cine español, un cine "inane" que "no hace daño" y que "habla muy poco de lo que está pasando". "Los políticos", remató, "deberían estar más contentos del cine que hacemos".

jueves, 9 de octubre de 2014

PRENSA CULTURAL. Sobre Rafael Chirbes. Borja Hermoso

Rafael Chirbes

   En "El País":

Allá arriba, el escritor total

"En cuanto te descuidas, te han trincado". La frase sale de la boca aparentemente serena pero volcánica de Chirbes

"En cuanto te descuidas, te han trincado".
Es, o debería ser, la frase del día, del mes, del año en el ámbito de la cultura española, "ese invento del Gobierno" que diría San Rafael (Sánchez Ferlosio, entiéndase), de esa dantesca marca españa (mejor así, con minúsculas) tan amiga de mentiras y planicies disfrazadas de solemnidad, tan de camarillas, tan de endogamias, tan de envidias y promiscuidades de cartón piedra en cenáculos y guateques, en privado, y luego tan cobardica y chivata en el espacio público, que también -sobre todo- son los medios de comunicación.
La frase sale de la boca aparentemente serena pero transparentemente volcánica de Rafael Chirbes, que se acaba de llevar dos noticias, una buena y la otra mala, aunque son la misma, o sea, el Nacional de Narrativa. La mala: la preocupación por el y ahora qué más digo yo en las entrevistas, si ya lo he dicho casi todo. Y la buena: la evidencia de que a nadie le amarga un dulce en forma de 20.000 euracos, y menos que a nadie a alguien que como Chirbes vive allá, monte arriba, a caballo entre dos casitas algo vetustas y muy inquietantes, entre naranjas y libros, apagando clandestinos fuegos de brasero (uno puede dar fe de ello: cinco horas echando agua al contenedor donde los rescoldos porfiaban en su misión, que no era otra que alertar a los guardias o a los bomberos, para tragedia de Chirbes, que iba y venía con la manguera como alma que llevaba el diablo: anótese que el periodista había ido hasta el remoto Beniarbeig para entrevistarle por su novela titulada... Crematorio).
Es de una lógica sin fisuras. "En cuanto te descuidas, te han trincado". Así que Chirbes, en la estirpe contradictoria de Galdós, pero también de Lobo Antunes, en la línea enemiga pero no incompatible de los contadores y de los orfebres, nunca se descuida. Estrujar las zonas grises que tienen que ver con la inteligencia pero también con lo leído, lo vivido, lo visto y oído, para ver si este predicado explota adecuadamente detrás de ese sujeto, o para que quede claro que tal o cuál pequeño drama antecesor de dramas inacabables (MimounLa buena letra, Los disparos del cazador...)no es un ejercicio de tristezas desbocadas -y por lo tanto más fáciles de practicar a nivel literario- sino una matemática de vidas, gentes, putadas que traerán como consecuencia novelas sin parangón en la actual literatura española.
Porque nadie escribe aquí con la libertad, pero también con el contrato moral, de Rafael Chirbes. O esa sensación da. Ah, el sujeto y su predicado y la correcta conjunción de ambos, algo tan evidente, algo tan escaso. Y en su literatura, lo que parece estallido es reflexión, lo que se diría espontáneo es producto de un comerse el coco hasta los extremos de lo concebible. Y a veces ladra un perro, o los perros, y a veces cae un güisquito, o los güisquitos, para que Rafael Chirbes y su voz aparentemente cascarrabias, cristalinamente entrañable por la vía de lo vulnerable, dejen el teclado, la silla, y paseen sus dudas entre las naranjas, los libros.
Porque Chirbes vive en una casa y sus libros, en otra. Y así viven en paz, al no mediar las habituales y temibles jaranas de la convivencia. Separación de poderes. Aunque no pueden vivir el uno sin los otros y muy probablemente viceversa.
Dicen muchos por ahí, sin desmayo, que En la orilla es algo así como la gran novela de la crisis económica española. El problema de tan reduccionista estribillo es que ya se utilizó como fajín conceptual de su anterior libro, el no menos monumental y no menos conmovedor, y feroz, Crematorio. Pero ocurre que, pese a surcar los mares paralelos del pelotazo a lo grande y el pelotacito miserable -cuando no las ganas de darlo, porque casi todos somos un poco italianos en eso: votamos a los berlusconis planetarios un poco porque querríamos serlo en nuestra aldea- estos dos novelones no tienen tanto que ver, ni siquiera tienen mucho que ver. Allí, los trincones se quedan solos y rumian derrota y muerte porque han insistido en ello como campeones. Aquí, pobres diablos echan la persiana de sus tenderetes porque la cosa no da para más, e igual rumian derrota y muerte.
Pensar que alguien tan laberíntico y tan complejo como Rafael Chirbes ha escrito las dos grandes novelas de la crisis es como creer que Camus escribió Los justos porque le gustaban las historias de buenos y malos. Chirbes ha retratado otra cosa, sin proponérselo... o, una vez más, esa sensación da: el medio siglo de destrozo moral de un país llamado España, que eso sí que es Marca España. Pero claro, solemnes y morrocotudas fórmulas como esa -"el destrozo moral de un país"- pueden sonar repelentes y falsas si no hay debajo una obra que las sustente.
En la orilla. Crematorio. Pero también La larga marcha, La caída de Madrid, Los viejos amigos.Los mundos de Rafael Chirbes. El escritor total.

miércoles, 8 de octubre de 2014

PRENSA CULTURAL. "Rafael Chirbes gana el Nacional de Narrativa por 'En la orilla'"

  En "El País":

Rafael Chirbes gana el Nacional de Narrativa por ‘En la orilla’

El escritor valenciano suma otro premio, después del de la Crítica, a su gran novela sobre la crisis

"Mis personajes de la novela son afectados por la política de este país. Todos mis personajes me lo tirarían a la cabeza"


El escritor Rafael Chirbes. / JESÚS CÍSCAR
Rafael Chirbes ha ganado por En la orilla (Anagrama) el Premio Nacional de Narrativa. El galardón, condedido cada año por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, distingue la mejor obra de dicho género en 2013, dotado con 20.000 euros. La novela ya obtuvo la primavera pasada el Premio de la Crítica. Según el jurado, se trata de "una novela de extraordinaria construcción literaria, que tratando de la realidad actual, no se limita al realismo, mostrando una riqueza formal y recursos poéticos que lo trascienden".
"Este es un premio que me da una sensación rara", ha reconocido el escritor (Tavernes de Valldigna, Valencia, 1949), porque, añade, "por un lado me siento orgulloso al tratarse de un premio que representa la narrativa de mi país; pero, por otro, me produce cierta desazón porque no me gusta nada la política que se está haciendo en este país, como lo referido a los presupuestos y el poco apoyo a la Cultura. Mis personajes de la novela son afectados por la política de este país. Todos mis personajes me lo tirarían a la cabeza".
El escritor no sabe si habrá un acto para recoger el galardón. Pero, afirmó, "si tuviera ocasión de recogerlo, y hablar, diría al ministro Wert todas las cosas que pienso sobre su política cultural".

En la orilla relata el drama humano de la crisis económica a través de la vida de cinco desempleados y el jefe que los ha destituido. Una especie de continuación de Crematorio (2007, premio de la Crítica), sobre la burbuja inmobiliaria, el pelotazo y la corrupción alrededor del negocio.
Es la mirada de un diseccionador. Chirbes ha insistido mucho en que escribe sobre lo que ve. Y esa mirada es panorámica, con lupa, sobre la sociedad española en todo su espectro, desde el poder hasta la base. Sobre lo que se ve y no se ve. Ya hizo algo parecido en los años noventa y dos mil, sobre la posguerra y la Transición, con las novelas La larga marcha, La caída de Madrid y Los viejos amigos. En 1988 publicó su primera novela: Mimoun, finalista del Premio Herralde.
“Si te pones del lado del personaje que más odias descubres tus propias contradicciones. ¿Contra quién escribo? Contra mí mismo”, reflexionaba en una entrevista a este diario el autor valenciano.“El escritor tiene que ser pulga y liebre para que no te atrapen. En cuanto te descuidas, te han trincado”, añadió, entonces, sobre una novela que fue elegida como la mejor del año 2013 por los críticos de Babelia, el suplemento cultural de EL PAÍS.
El Premio Nacional de Narrativa se entrega desde 1977, cuando lo obtuvo José Luis Acquaroni por Copa de sombras. Desde entonces lo han obtenido autores como Carmen Martín Gaite (El cuarto de atrás), Francisco Ayala (Recuerdos y olvidos), Camilo José Cela (Mazurca para dos muertos), Juan Marsé (Rabos de lagartija), Miguel Delibes (El hereje), Javier Cercas (Anatomía de un instante), en dos ocasiones Antonio Muñoz Molina (El invierno en Lisboa y El jinete polaco) y Luis Mateo Díez (La fuente de la edad y La ruina del cielo) y Javier Marías, por Los enamoramientos en 2012, aunque lo rechazó.
El jurado estuvo integrado por: Presidente: María Teresa Lizaranzu Perinat (Directora General de Política e Industrias Culturales y del Libro); Vicepresidenta: Mónica Fernández Muñoz (Subdirectora General de Promoción del Libro, la Lectura y las Letras Españolas); y como los vocales propuestos por las entidades correspondientes a la Real Academia Española: Carme Riera i Guilera; a la Real Academia Gallega / Real Academia Galega: María Dolores Sánchez Palomino; a la Real Academia de la Lengua Vasca / Euskaltzaindia: Miren Karmele Azkarate Villar; del Instituto de Estudios Catalanes/ Institut d'Estudis Catalans: Vinyet Panyella i Balcells; de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE): José Luis Vicente Ferris (José Luis Ferris); de la Asociación Colegial de Escritores de España (ACE): Julia Elena Ochoa García (Julia Otxoa); de la Asociación Española de Críticos Literarios: Ángel Basanta Folgueira; de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE): María de Carmen del Riego de Lucas; del Centro de Estudios de Género de la UNED: María Magdalena García Lorenzo; del Ministro de Educación, Cultura y Deporte: Francisco Javier Rodríguez Marcos; y el último autor galardonado durante la edición de 2013: José María Merino Sánchez.

Todos los premios de Narrativa

2014- Rafael Chirbes, por 'En la orilla'.
2013- José María Merino, por El río del Edén.
2012- Javier Marías, por Los enamoramientos (lo rechazó).
2011- Marcos Giralt Torrente, por Tiempo de vida.
2010- Javier Cercas, por Anatomía de un instante.
2009- Kirmen Uribe, por Bilbao-New York-Bilbao
2008- Juan José Millás, por El mundo.
2007- Vicente Molina Foix, por El abrecartas.
2006- Ramiro Pinilla, por Verdes valles, colinas rojas III. Las cenizas del hierro.
2005- Alberto Méndez, por Los girasoles ciegos.
2004- Juan Manuel de Prada, por La vida invisible.
2003- Suso de Toro, por Trece baladas (Trece campanadas).
2002- Unai Elorriaga, por Sprako Tranvia.
2001- Juan Marsé, por Rabos de lagartija.
2000- Luis Mateo Díez, por La ruina del cielo.
1999- Miguel Delibes, por El hereje.
1998- Alfredo Bryce Echenique, por Reo de nocturnidad.
1997- Álvaro Pombo, por Donde las mujeres.
1996- Manuel Rivas, por ¿Qué me quieres, amor?
1995- Carme Riera, por Dins el darrer blau.
1994- Gustavo Martín Garzo, por El lenguaje de las fuentes.
1993- Luis Goytisolo, por Estatua con palomas.
1992- Antonio Muñoz Molina, por El jinete polaco.
1991- Manuel Vázquez Montalbán, por Galíndez.
1990- Luis Landero, por Juegos de la edad tardía.
1989- Bernardo Atxaga, por Obabakoak.
1988- Antonio Muñoz Molina, por El invierno en Lisboa.
1987- Luis Mateo Díez, por La fuente de la edad.
1986- Alfredo Conde, por Xa vai o Grifón no vento.
1985- No se otorgó.
1984- Camilo José Cela, por Mazurca para dos muertos.
1983- Francisco Ayala, por Recuerdos y olvidos.
1982- José Luis Castillo-Puche, por Conocerás el poso de la nada.
1981- Gonzalo Torrente Ballester, por La isla de los jacintos cortados: carta de amor con interpolaciones mágicas.
1980- Alonso Zamora Vicente, por Mesa, sobremesa.
1979- Jesús Fernández Santos, por Extramuros.
1978- Carmen Martín Gaite, por El cuarto de atrás.
1977- José Luis Acquaroni, por Copa de sombras.

PREMIO NACIONAL DE NARRATIVA, 2014: "En la orilla", de Rafael Chirbes


   Así comienza la novela:

1. El hallazgo 

               26 de diciembre de 2010

   El primero en ver la carroña es Ahmed Ouallahi.
   Desde que Esteban cerró la carpintería hace más de un mes, Ahmed pasea todas las mañanas por La Marina. Su amigo Rachid lo lleva en el coche hasta el restaurante en que trabaja como pinche de cocina, y Ahmed camina desde allí hasta el rincón del pantano donde planta la caña y echa la red. Le gusta pescar en el marjal, lejos de los mirones y de los guardias. Cuando cierran la cocina del restaurante —a las tres y media de la tarde—, Rachid lo busca y, sentados en el suelo a la sombra de las cañas, comen sobre un mantel tendido en la hierba. Los une la amistad, pero también se brindan un servicio mutuo. Pagan a medias la gasolina del viejo Ford Mondeo de Rachid, una ganga que consiguió por menos de mil euros y ha resultado ser una ruina porque, según dice, traga gasolina con la misma avidez con que un alemán bebe cerveza. Desde Misent al restaurante hay quince kilómetros, lo que quiere decir que, sumando ida y vuelta, el coche se chupa tres litros. A casi uno treinta el litro, suponen unos cuatro euros diarios sólo en combustible, ciento veinte al mes, a descontar de un sueldo que apenas llega a los mil, ése es el cálculo que le hace Rachid a Ahmed (seguramente, exagera un poco), por lo que Ahmed le abona a su amigo diez euros semanales por el transporte. Si encontrara trabajo, se sacaría el carnet y se compraría su propio vehículo. Con la crisis es fácil encontrar coches y furgonetas de segunda mano a precios irrisorios, otra cosa es el rendimiento que te proporcionen después: coches de los que la gente ha tenido que desprenderse antes de que se los llevara el banco, furgonas de empresas que han quebrado, autocaravanas, camionetas: es época de oportunidades para quien tenga algún euro que invertir comprando a la baja. Lo que no sabes nunca es el regalo envenenado que guardan dentro esas gangas. Consumo desmedido de combustible, piezas que hay que cambiar al poco tiempo, accesorios que se estropean con sólo mirarlos. Lo barato suele salir caro, refunfuña Rachid, mientras le pega un acelerón. Ahí nos hemos gastado medio litro. Vuelve a acelerar. Ahora, otro medio litro. Se ríen. La crisis impone su mandato por todas partes. No sólo en los de abajo. También las empresas están quebradas o a medio quebrar. El hermano de Rachid trabajaba en un almacén de materiales que tenía siete camiones y otros tantos chóferes, eso fue hace cuatro años. En la actualidad, los han despedido a todos y los camiones permanecen aparcados en la playa de asfalto que hay en las traseras del almacén. Cuando tienen que realizar un porte, contratan por horas a un chófer autónomo que les hace el trabajo en su propio camión, cobra al contado, a tanto la hora, a tanto el kilómetro, y vuelve a quedarse pegado al teléfono móvil, con los brazos cruzados hasta el siguiente encargo. Ahmed y Rachid charlan sobre las posibilidades de negocio que supondría comprar coches usados para revenderlos en Marruecos.
   El restaurante donde trabaja Rachid está al final de la avenida de La Marina, en realidad una carretera paralela a la playa que discurre a espaldas de la primera línea de apartamentos y se alarga entre las urbanizaciones una veintena de kilómetros desde Misent hasta el primer canal de desagüe del pantano. Ahmed camina por la cuneta poco más de un kilómetro para llegar al lugar en que pesca. Lleva la caña al hombro, la red atada a la cintura bajo la chaquetilla del chándal, y una cesta colgada a la espalda por un par de correas, a modo de mochila. Hace tres años, había infinidad de obras en este tramo de La Marina. A ambos lados de la carretera, se sucedían los montones de escombros y las edificaciones en distintas fases constructivas: solares sobre los que empezaba a concentrarse maquinaria; otros en los que la retroexcavadora abría el suelo, sacando de dentro un barro rojizo, o en los que las hormigoneras rellenaban los cimientos. Pilares de los que surgían varas de hierro, tirantes y planchas de mallazo, palés de ladrillos, montones de arena, sacos de morcem. Por todas partes se movían las cuadrillas de albañiles. Algunas fincas en las que las obras habían concluido estaban cubiertas de andamios donde hormigueaban los pintores, mientras en sus aledaños grupos de hombres removían la tierra, ajardinaban, plantaban árboles —viejos olivos, palmeras, pinos, algarrobos— y arbustos de esos que las guías definen como característicos de la flora ornamental mediterránea: baladres, jazmines, galanes de noche, claveles, rosales, y matas de hierbas aromáticas: tomillo, orégano, romero, salvia. La red de carreteras que cruza la zona soportaba un incesante tráfico de camiones que transportaban palmeras, olivos centenarios que apenas se acomodaban al hueco de las enormes macetas en que los trasladaban, o frondosos algarrobos. El aire se llenaba con el ruido metálico de los vehículos que acarreaban material de obra, contenedores para escombros, autocargantes, góndolas que trasladaban retroexcavadoras, hormigoneras. El conjunto transmitía sensación de activa colmena.

jueves, 27 de marzo de 2014

PRENSA CULTURAL. "Las semillas de los escritores"

   En "El País":

Juan Bonilla, Rafael Chirbes y Juan Gabriel Vásquez. / AGUSTÍN SCIAMMARELLA
Una luciérnaga. Eso es el origen o el soplo de inspiración o lo que habrá de acompañar la escritura de una novela. Los elementos están en la mente del escritor, que nunca sabe en qué momento se encenderá ese diminuto y pasajero destello que iluminará el destino del libro. Vladimir Maiakovski, Benito Pérez Galdós y Émile Zola y Ricardo Rendón y Henry James fueron las luciérnagas de Juan Bonilla en Prohibido entrar sin pantalones (Seix Barral), de Rafael Chirbes en En la orilla (Anagrama) y de Juan Gabriel Vásquez en Las reputaciones (Alfaguara).
Son los tres escritores y libros finalistas de la I Bienal de Novela Mario Vargas Llosa que ayer inauguraron (salvo Chirbes, que no pudo viajar desde España) en el Museo de Arte Contemporáneo de Lima, con la presencia del Nobel peruano. El ganador a esa mejor novela publicada en español en los años 2012 y 2013 se dará a conocer el jueves 27 de marzo. Mientras tanto, cuatro días en los que más de treinta escritores de América Latina y España debatirán en una quincena de mesas redondas y coloquios.
Antes de los análisis sobre el presente y los derroteros de la novela en español en el siglo XXI, Bonilla, Chirbes y Vásquez evocaron para EL PAÍS la semilla de su pasión por la lectura y la escritura y las claves de sus últimas novelas.

Todo escritor es un cóctel de voces de otros escritores adaptado a sus circunstancias” (Bonilla)
El hechizo de la lectura
Son tres obras distintas, de tres escritores muy diferentes, pero con génesis literarias parecidas y una sola vocación unida por la huella dejada por la lectura en sus infancias y adolescencias. Seis años tenía Chirbes (Tavernes de la Valldigna, Valencia, 1949) cuando quedó hechizado, siete Vásquez (Bogotá, 1973) y unos 14 Bonilla (Jerez, 1966). En el caso del escritor valenciano, ocupan un lugar especial unos Cuentos de la jungla de Java que lo maravillaron. Una conquista para la lectura asegurada con los relatos de Calleja, Clark Kent, Diego Valor, Nils Hoggersson, Miguel Strogoff, La isla del tesoro, Ivanhoe, Quo vadis... libros y películas juntos, aún casi indistinguibles.
Tierras aventureras iguales y colindantes fueron las que sedujeron al niño Vásquez. El primer flechazo del que tiene conciencia es Shadow, de Enid Blyton. A su alrededor, Los tres mosqueteros, Veinte mil leguas de viaje submarinoSandokán… Él no recuerda un momento de su vida en Colombia sin estar leyendo.
La poesía es el caso de Bonilla. Cursaba el bachillerato y las lecturas de Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda, César Vallejo, Luis Rosales, Fernando Pessoa… Y entre las novelas que lo sacaron de este mundo cita con emoción El árbol de la ciencia, de Pío Baroja, y Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé. Luego el deslumbramiento de Cortázar y Borges y la visita que hizo a su colegio Agustín García Calvo.
El veneno de la escritura
Sus vidas continuaron, dos en España y uno en Colombia. De los tres, fue Vásquez quien atisbó primero que quería ser escritor. Tenía 8 años. Entonces ganó un concurso de cuentos escolares, y supo que no quería hacer nada más. Cuando tenía 20 años, mientras estudiaba Derecho, decidió dejar todo, la carrera e incluso el país, para tratar de ser escritor. Pero es Chirbes que sin saberlo llevaba dentro su destino. Quería “contar las aventuras de un niño entre piratas, de una ballena blanca, de un fiel correo del zar, o de unos leones que se comían a hombres y mujeres llorones; escribir o hacer cine. De pequeño no distinguía muy bien: en los libros y en el cine pasaban cosas extraordinarias”. La ruta de Bonilla vino por el lado del periodismo. En la adolescencia “tenía esa visión o esperanza romántica en el oficio de rascar en la realidad para descubrir una historia".
Los escritores preferidos
Con los años, estos tres lectores se convierten en escritores, y los libros y autores leídos van cogiendo su lugar en cada uno de ellos. En silencio. En secreto. Simplemente se quedan. En el caso de Chirbes son aquellos autores de los que aprende algo “no solo con respecto al mundo, también con respecto a lo que llaman la técnica literaria, o sea, a las posibilidades de la lengua para expresar”. Los mejores para él son quienes reúnen ambas cosas, como Boris Pilniak o Alfred Döblin. Y se deja envolver por un juego más literario aún: “Pero ¿y Rabelais, Fernando de Rojas, Gracián, Melville, Proust o Musil?, ¿y Mann o Conrad? , ¿y Queiroz, Galdós, Balzac o Flaubert?, ¿y ese Fielding del Tom Jones?”.
Nabokov está detrás de Bonilla y Vásquez. No solo como autor sino también como ideólogo. Coinciden con su definición de lo que es o debe ser una lectura: “La que da ese cosquilleo en la nunca”, según Vásquez, o “la que hace que la médula espinal sea el órgano imprescindible para la lectura”, dice Bonilla. Y si al autor colombiano le resulta difícil precisar nombres preferidos, porque son todos los que le producen el mentado cosquilleo, en Bonilla salen en tropel Borges, Nabokov, Nicanor Parra… Aunque prefiere hablar de libros más que de autores.
Compañías e influencias
Pero todos esos nombres no son siempre las principales influencias a la hora de escribir. De todos lo que ha leído, Chirbes ha cogido algo, porque, admite, “a veces influye alguien a quien ni reconoces”. En palabras de Bonilla “todo escritor es un cóctel de voces de otros escritores adaptado a sus circunstancias”. En su caso, la adolescencia y juventud son esenciales, “cuando el cemento del cerebro está tan fresco que la pisada de un jilguero puede quedarse en huella impresa. Más tarde, el cemento se endurece y ya no dejaría huella ni una manada de ñus. Así que mis principales influencias tienen que ver con mis lecturas de adolescencia y juventud, las lecturas que me llevaron, más que a querer ser escritor, a querer escribir”.

Mis principales influencias tienen que ver con mis lecturas de adolescencia y juventud, que me llevaron, más que a querer ser escritor, a querer escribir” (Bonilla)
Una huella importante en Vásquez es la de los latinoamericanos del boom y los que la luz de este fenómeno literario permitió ver mejor: Borges, Onetti. Entre ellos, los que más le importan fueron los que le enseñaron a leer a otros de otras tradiciones: “Flaubert, Conrad, Joyce, Faulkner. Hay ciertos libros que asocio con el momento en que decidí dedicarme a la literatura: Cien años de soledad, Ulises, La casa verde y… las tragedias de Shakespeare”.
Rituales y rutinas para escribir.
Precisamente es el autor colombiano el único de los tres que ha sido capaz de establecer una rutina a la hora de escribir: trabaja en ficción de 7:30 a 2 de la tarde. Y las tardes las dedica a otras cosas (ensayos, columnas, lecturas); y con un plus: trabaja “muy bien en aviones y hoteles, lo cual resulta útil, por decir lo menos”.
Bonilla y Chirbes, en cambio, son incapaces de establecer una rutina. “Como todo el que ha tenido que escribir en redacciones”, dice Bonilla, se amolda sin dificultad a las circunstancias. “No soy yo el que le impone una rutina al texto”, afirma, “sino el texto el que me la impone a mí, es él el que me saca temprano de la cama o me exige que me acueste tarde”. En Chirbes la rutina es el caos. “No hay horario ni calendario. Tengo sitio, eso sí, mi casa. Soy incapaz de escribir una línea "de novela" fuera de casa”.
Semillas de su última novela
Ya sea en un hotel, en la casa o en una redacción, cada uno de los tres escritores vivió también de manera diferente la llegada a su cabeza de la novela por la que aspiran a la I Bienal de Novela Mario Vargas Llosa. Son la prueba de lo que decía Proust de que todo libro está escrito y de que solo falta quien lo traduzca. En ellos no hubo soplo de inspiración. Hubo semilla. Semillas. Y la primera que prendió fue la de Vásquez. Todo “comenzó con el suicidio de Ricardo Rendón, un caricaturista colombiano de principios del siglo pasado”. Vásquez había crecido con sus libros y sabía que se había suicidado a tres calles del lugar donde hizo sus estudios de Derecho. “Pensé en escribir una novela sobre ese suicidio, y esa novela se fue convirtiendo en otra cosa: la historia de un caricaturista de mi tiempo que tiene a Rendón como referente moral y sufre él mismo su propia caída privada”. Así nació Las reputaciones.
La segunda semilla en prender fue la de Bonilla. En 2001, durante su beca en Roma para hacer una novela sobre los futuristas italianos que fueron a la Guerra Civil. Un día apareció el enfrentamiento entre futuristas rusos -bolcheviques y futuristas italianos -fascistas. “Entre los primeros se alzó gigantesca la figura de Maiakovski, que enseguida se me apareció como un gran espejo en el que reflejar toda su época y en el que combatían cuestiones importantes como el papel del artista en la sociedad en sus dos vertientes: el papel del artista contra el poder y el papel del artista al servicio del poder, además de esa contradicción vital que marcó su destino de creer en el arte como instrumento de transformación social pero necesitar, para ello, llegar a un público amplio. Por debajo estaba su historia de amor con Lily Brik. Abandoné el proyecto que me había llevado a Roma, y me decidí a escribir una novela con/de/desde/sobre/para/tras Maiakovski, pero no encontré la manera hasta muchos años después”. Y le daría por título: Prohibido entrar sin pantalones.

Hay libros que asocio con el momento en que decidí dedicarme a la literatura: Cien años de soledad, Ulises, La casa verde y… las tragedias de Shakespeare” (Vásquez)
En cambio en Chirbes fue su labor de observador de la vida: “Tenía que contar lo que veía, lo que (me) estaba ocurriendo, y daba vueltas para encontrar la forma en que podía hacerlo... no hubo primer soplo, sí que hubo semilla”; y la llamó En la orilla.
Influencias y guardianes
Cuando llegó el momento de escribir en el caos o en el orden de las rutinas aparecieron, sin más, escritores padrinos o guardianes concretos para cada una de esas novelas. En Juan Bonilla la conexión fue con su propio descubrimiento de la pasión lectora: la poesía. Los poemas de Maiakovski se instalaron de manera obvia y natural.
Chirbes “pensaba en escritores que se han empeñado en contar el mundo así, a lo bestia. Pensaba en Galdós, pero también en Balzac y Zola, en Tolstoi, en Dos Passos, sólo para ver lo lejos que están”. Mientras, en Vásquez, aparecieron las novelas cortas de Henry James, “con su ambigüedad y sus finales abiertos, estuvieron tan presentes como las nouvelles de Chéjov y ciertas páginas de Bellow”.
El fantasma de dejar de escribir
Aun con el éxito de estas y anteriores novelas las dudas o la crisis sobre el mismo acto de la escritura siempre está al acecho. “Por supuesto que sí”, atina a decir Bonilla. Cada vez que empieza una novela, Chirbes se lo dice, y se lo vuelve a repetir cuando la lleva a medias, y cuando la termina también. Solo Juan Gabriel Vásquez reconoce que nunca se le ha pasado por la mente no escribir, no sabría qué hacer con su vida.
Un deseo y una vocación de tres escritores levantada como uno de esos castillos o fortalezas de sus lecturas infantiles, rodeados de fosos con profundas aguas peligrosas donde ningún intruso entra o sale sin que ellos bajen el puente.