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lunes, 1 de junio de 2015

PRENSA. ""El racismo y el machismo se pueden borrar del cerebro"

   En "El País":

El racismo y el machismo se pueden borrar del cerebro

Psicólogos eliminan el sesgo racial o de género durante el sueño o con descargas eléctricas, aunque el efecto es temporal


Fotograma de 'La Naranja Mecánica' donde someten a su protagonista a una cura de buen ciudadano. / WARNER BROS/ COLUMBIA PICTURES

En la película La Naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1971), el protagonista es Alex, un joven violento y sádico interpretado por un genial Malcolm McDowell. Harta de sus palizas, robos y violaciones, la policía del Estado lo pone en manos de unos siniestros médicos que le inyectan una especie de suero del buen ciudadano. Para activarlo, someten al chico a eternas sesiones de imágenes violentas. Al final consiguen que Alex sienta aversión ante la simple posibilidad de matar una mosca. Pero los científicos reales no son tan retorcidos: les bastan 90 minutos de siesta o suaves descargas para borrar el machismo o el racismo del cerebro.
Son pocos los que, conscientemente, se declaran hoy machistas o racistas. Sin embargo, el rechazo hacia el otro está en la base de la biología humana. Entre los humanos, el recelo hacia los que no son del grupo es un extra de supervivencia. Hoy, la cultura ha matizado este sesgo, pero, aunque inconsciente, sigue estando ahí. Lo demuestra la tendencia a contratar a un hombre antes que a una mujer o los continuos casos de violencia policial contra las minorías étnicas.
Para medir ese sesgo, psicólogos estadounidenses crearon hace más de una década el Test de Asociación Implícita (TAI). Se trata de un juego en el que hay que relacionar imágenes con palabras, como una imagen de una persona de raza negra con términos positivos o negativos. Y hay que hacerlo lo más rápido posible, sin pensar. Su objetivo es liar al cerebro para que debilitar su grado de respuesta consciente y aflorar lo que realmente siente uno hacia los otros. En la edición española, por ejemplo, se puede jugar a Negro-Blanco, Madrid-Cataluña, Joven-Viejo... Una advertencia, sus resultados puede que no le gusten.
Ahora, investigadores de la Universidad Northwestern (EE UU) han usado una versión del TAI con 40 estudiantes, la mitad chicos y la mitad chicas, todos blancos. Pero su objetivo no era comprobar su sesgo social contra los negros o de género, sino comprobar si ese sesgo se podía desaprender. Primero confirmaron la validez del test. A la mitad de los estudiantes les mostraron imágenes de negros y blancos asociadas con palabras negativas o positivas. A la otra mitad, les enseñaron fotos de chicos y chicas emparejadas con términos relacionados con la ciencia o arte y literatura. En una escala del cero (sin sesgo) al 1 (máximo sesgo), la puntuación media fue superior a 0,55.

Los participantes del estudio realizaron un test anti estereotipos racistas o de género
Tras este entrenamiento, los psicólogos hicieron ver el sesgo a los participantes y les pidieron que repitieran la prueba, pero con cabeza, pensando la relación entre imágenes y palabras y eligiendo las no discriminatorias. Cuando acertaban, el programa emitía un sonido. Al acabar la tarea, los voluntarios fueron invitados a echarse una siesta de 90 minutos. No buscaban su descanso, sino aplicar lo que la ciencia llama consolidación de los recuerdos mediante el sueño. Además de reparar, el sueño es el mecanismo que usa el cerebro para fijar en la memoria o descartar las experiencias y aprendizajes del día.
Cuando los chicos se encontraban en la fase de sueño de ondas lentas, o sueño profundo, a la mitad de ellos, los investigadores comenzaron a emitirles el mismo sonido que habían reproducido cuando asociaban a negros con palabras buenas o a mujeres con términos de ciencia. Al despertar, tal y como explican en la revista Science, les hicieron repetir el TAI. Comprobaron que sus puntuaciones de sesgo habían bajado hasta el 0,17, pero solo aquellos que habían sido acunados con el sonido. Los demás mostraron la misma puntuación.
"Lo llamamos reactivación dirigida de recuerdos, porque los sonidos reproducidos durante el sueño pueden mejor memoria para la información reforzada con estímulos que sin estímulos", dice en una nota el director del Programa de Neurociencia Cognitiva de Northwestern, Ken Paller. Anteriores estudios habían demostrado que, durante el sueño, se podía estimular el cerebro para fijar conocimientos y que esta fijación se podía asociar a estímulos sensoriales, como olores o sonidos. Pero en esta ocasión lo que han borrado son sesgos de género o raza.

Durante la siesta, los investigadores reforzaron la fijación de los recuerdos positivos hacia negros y mujeres
Lo más sorprendente es que este lavado de cerebro parece persistente. Al cabo de una semana, los jóvenes repitieron ambos exámenes. Los que no fueron estimulados con el sonido, no variaron sus resultados. Pero a los que les reforzaron sus recuerdos durante el sueño con el sonido, mostraban aún una reducción de los estereotipos, aunque menor que cuando estaban recién levantados de la siesta.
"Es sorprendente que la intervención basada en el sueño pueda tener aún un impacto claro una semana después", comenta el principal autor del estudio, Xiaoqing Hu. "Se podría esperar que una única y breve intervención no fuera lo suficientemente fuerte para tener un impacto duradero y que sería mejor recurrir a más sesiones y entrenamiento, pero nuestros resultados muestran cómo el aprendizaje, incluso de este tipo, depende del sueño", añade.

Descargas contra el racismo

El estudio no entra en explicar qué ocurre en el cerebro para reducir el sesgo hacia los otros. Pero otro trabajo publicado este mismo mes puede dar algunas pistas. Usando el mismo Test de Asociación Implícita, psicólogos del Instituto para el Cerebro y la Cognición de la Universidad de Leiden (Países Bajos) midieron el sesgo hacia los magrebíes entre un grupo de estudiantes holandeses. Pero en este caso, les curaron el racismo con descargas eléctricas.
Tal y como explican en la revista Brain Stimulation, a los 60 participantes, los dividieron en tres grupos. Todos tuvieron que hacer un TAI en el que tenían que relacionar nombres holandeses o magrebíes con palabras de signo positivo (paz, amor...) o negativo (dolor, tristeza...). Los investigadores les hicieron creer que el objetivo del estudio era evaluar la toma de decisiones durante la estimulación transcraneal de corriente directa, una técnica que activa o apaga determinadas zonas cerebrales aplicando corriente eléctrica de baja intensidad que, a lo más, provoca cierta quemazón o cosquilleo.

Las descargas de baja intensidad en el cerebro activan el área que controla el inconsciente
En realidad, solo la mitad de los participantes recibieron las descargas mientras realizaban el test durante 20 minutos. Al resto les aplicaron la corriente durante unos segundos aunque les hicieron creer que seguían enchufados el resto del tiempo. Los psicólogos les colocaron los electrodos en el córtex prefrontal, área del cerebro implicada en el control cognitivo, como una puerta a lo inconsciente.
Comprobaron que, comparados con los que recibieron la estimulación falsa, los participantes cuyo cerebro recibió la estimulación eléctrica, mostraban una reducción significativa de su sesgo racial. Para los autores, esto sugiere que al excitar el córtex prefrontal, los individuos pueden controlar sus actitudes implícitas y pensamientos más profundos. Sin embargo, este mecanismo contra el racismo solo funciona con los electrodos puestos.

viernes, 6 de marzo de 2015

PRENSA. "La memoria rescatada de los mexicanos linchados"

   En "El País":

La memoria rescatada de los mexicanos linchados

EE UU, en pleno cambio demográfico y social, redescubre la historia de las víctimas latinas de la violencia ‘anglo’

 Washington 1 MAR 2015  

  • Los cadáveres de los mexicanos Arias y Chamales cuelgan de una horca de Santa Cruz (California), en mayo de 1877.


    “Un deporte al aire libre”. Así definió la práctica de linchar mexicanos en California el periodista Carey McWilliams. McWilliams, autor de North from Mexico (Al norte de México, 1948), un libro de referencia sobre los mexicanos de Estados Unidos, fue uno de los pocos en preservar la memoria de un episodio vergonzoso en un país que nunca deja de revisar su joven historia.
    El recuerdo de la muerte, a manos de las turbas anglosajonas, de centenares, seguramente miles, de ciudadanos de origen mexicano entre mediados del siglo XIX y las primeras décadas del XX, quedó esparcida en canciones populares, en leyendas que contaban de padres a hijos, en un puñado de westerns y novelas de género. Era un recuerdo vago, una historia remota, medio olvidada.
    Pero jamás, hasta que los historiadores William Carrigan y Clive Webb se pusieron a investigar, se desvelaron las dimensiones de los linchamientos a mexicanos, superados solo por los linchamientos de negros en el Sur hasta mediados del siglo XX.
    EE UU se transforma y también se transforma la manera de contar la historia, más allá de la mitificación del patriotismo más superficial. Cambia la demografía: los latinos —la mayoría, de origen mexicano— son la minoría más pujante. Y cambia el pasado, que nunca es estático: Estados Unidos incorpora otros traumas al acervo común.

    Visiones divergentes del pasado

    “Los blancos y los mexicanos recuerdan el pasado de manera distinta”, dicen los historiadores William Carrigan y Clive Webb en un correo electrónico. “Mientras que es posible que los blancos vean la violencia en la frontera contemporánea como algo conectado solo al presente, a las tensiones tras el 11-S por la inmigración, los mexicanos sitúan la violencia en un contexto histórico más amplio y lo conectan a episodios pasados de nativismo violento y prejuicios”, explican los autores del libro Muertos olvidados.
    Las diferentes visiones del pasado, las memorias múltiples, pueden complicar el diálogo. Carrigan y Webb ven más diferencias que similitudes entre los episodios que estudian en su libro y casos actuales de xenofobia o abusos: no hay un vínculo directo. Pero para muchos, la asociación es inevitable. “La cuestión”, dicen, “es que las autoridades no entienden por qué tantos mexicanos sí ven conexiones”.
    Muertos olvidados: violencia en grupo contra mexicanos en Estados Unidos 1848-1928 es el título del libro de Carrigan y Webb, publicado hace dos años. Los hechos quedan lejos y son incomparables con cualquier discriminación del presente. La publicación reciente de un informe que amplía en 700 el número de muertes conocidas por linchamiento de afroamericanos, sumada al goteo de noticias sobre arbitrariedades policiales, y a los debates sobre la inmigración, coloca la tragedia bajo otra luz: los negros no fueron las únicas víctimas del racismo.
    Farmington (Nuevo México), 16 de noviembre de 1928. Cuatro hombres enmascarados irrumpen en el Hospital del Condado de San Juan y se llevan al paciente Rafael Benavides. Benavides es un pastor ingresado tras agredir a una niña mexicana, asaltar a una mujer anglosajona y quedar malherido por los disparos de los agentes del sheriff. Los enmascarados se lo llevan en un camión a una granja abandonada. Le atan una soga al cuello y lo cuelgan de un árbol. Los asaltantes nunca serán juzgados.
    Benavides, cuya muerte reconstruyen Carrigan y Webb, disfruta del raro privilegio de ser la última víctima mexicana de la violencia en grupo y extrajudicial documentada. Los historiadores han documentado 547 víctimas mexicanas (inmigrantes y estadounidenses de origen mexicano), pero el número total de personas “ahorcadas, quemadas y tiroteadas” es superior. Fueron miles, según la estimación de Carrigan y Webb.
    Con el ahorcamiento de Rafael Benavides terminó una era que había empezado en 1849, tras la derrota de México en la guerra contra Estados Unidos, la anexión de Texas por EE UU y la transferencia a este país, por el Tratado de Guadalupe Hidalgo, del actual suroeste del país. La frontera política se desplazó centenares de kilómetros, pero los mexicanos siguieron allí; los anglosajones eran los recién llegados, los inmigrantes, pero unos inmigrantes que intentaban imponer su ley en un medio hostil. Las tensiones eran inevitables.
    Existía una justificación racional para el llamado vigilantismo —el mantenimiento del orden público por parte de individuos o grupos civiles— y los linchamientos. En el Oeste, un territorio donde el Estado era débil y la justicia lenta, ineficiente o directamente ausente, muchos veían en los procesos y ejecuciones informales la única opción para combatir el crimen en ese territorio.
    Carrigan y Webb cuestionan que la persecución de mexicanos fuera una mera reacción de las carencias del sistema judicial en las tierras de frontera. La violencia no se explica sin los prejuicios raciales y la competición económica. “El trasfondo de tanta violencia entre anglos y mexicanos puede ligarse a la pugna por el oro, a conflictos aparentemente constantes por la tierra y el ganado o a la batalla por los términos y las condiciones laborales”, escriben.
    El 3 de mayo de 1877 de madrugada, Francisco Arias y José Chamales se hallaban en la prisión de Santa Cruz (California) cuando una muchedumbre se los llevó. Les acusaban de robar a un carpintero, recuerdan Carrigan y Webb. Les ahorcaron sin juicio y nadie respondió por el crimen: un deporte al aire libre, como dijo McWilliams.
    En 1990, el poeta de Brooklyn Martín Espada describiría en un poema los rostros, “descoloridos como peniques de 1877”, de la muchedumbre que se acercó para ver a los muertos. Arias y Chamales presentaban “la mueca dormida de los cuellos rotos”. En la fotografía de aquel linchamiento, que ilustra esta página, la mirada del público y la mueca de ajusticiados cruzan los siglos.

    Negros y latinos

    1. Los historiadores Carrigan y Webb documentan 547 casos de muertes de mexicanos por linchamiento entre mediados del siglo XIX y 1928, aunque el número total puede elevarse a miles. El número documentado de negros linchados en el sur de EE UU es de 3.959, según un recuento reciente.
    2. Una diferencia entre negros y mexicanos ante la violencia blanca fue la resistencia. Los negros, tras el fin de la esclavitud, volvieron a ser una clase subyugada. Los mexicanos, en cambio, eran dominantes en partes del Oeste y disponían de ayuda en la diplomacia de México.
    3. Los mexicanos linchados, a diferencia de los negros, raramente eran acusados de violencia sexual contra sus mujeres: los anglos no veían a los mexicanos como una amenaza en este sentido, como sí les ocurría con los negros. En el caso de los mexicanos, los motivos de los linchamientos eran sobre todo económicos.

    lunes, 10 de febrero de 2014

    PRENSA. "El fantasma del racismo recorre otra vez Europa"

    Un grupo de jóvenes neonazis en República Checa desde la que se dirigieron a una barriada gitana para intentar asaltarla en junio de este año. / GUSTAV PURSCHE  (CORBIS) ("El país")

       En "El País":

    El fantasma del racismo recorre otra vez Europa

    Los judíos confiesan que vuelven a tener miedo. Algunos gitanos van a colegios segregados. Europa se reencuentra con el odio

     /  Ostrava / Budapest 15 DIC 2013

    Todos los dirigentes europeos, sin excepción, han glosado esta semana los méritos de Nelson Mandela. Muchos han pronunciado frases brillantes y han asistido a los funerales del hombre que venció al odio racial y al apartheid. Pero justo en la Unión Europea, donde la crisis no termina, el paro afecta a 25 millones de personas y hay 80 millones de pobres, la xenofobia y el racismo no dejan de aumentar.
    El viaje comienza en Ostrava (República Checa). Aquí, los niños gitanos son enviados a escuelas especiales. Algunos comparten aulas con alumnos discapacitados, otros van a colegios solo para gitanos. Muchos viven en barrios o pueblos separados del resto de la población y sin acceso a los mismos derechos. Un régimen de apartheid. Situaciones similares suceden en Hungría, donde el 90% de los gitanos están en el paro. En Polonia, donde muchos restaurantes no dejan entrar a romaníes. O en Rumanía, Eslovaquia, Eslovenia y Bulgaria.
    Miroslav Turek, pedagogo social de la escuela Premysla Pittra, en Ostrava, se parece poco a cualquier profesor europeo medio. Tras 10 años de trabajo en una prisión y otro periodo en una casa de acogida infantil, este maestro se encarga ahora del grupo más problemático de un colegio en el que todos los alumnos son gitanos, a pesar de que el barrio acoge también a otras comunidades. Turek dice tutelar a 14 chicos de entre 13 y 15 años, aunque en la minúscula clase que regenta no se ven más de 7. “En noviembre solo hubo ocho días en que asistieran todos”. Y precisa que trabaja con los padres para minimizar las ausencias.
    A simple vista, Premysla Pittra no es una escuela diferente. Un centro más de enseñanza primaria, acogedor por los trabajos infantiles que adornan sus paredes. Pero este especialista debe emplearse a fondo en lecciones ajenas al programa educativo. “Durante tres meses, por ejemplo, me he dedicado a mostrarles la importancia de traer lápices a clase”, expone con admirable serenidad. El profesor no se da por vencido. Coopera con las familias y deja claras las reglas con métodos sencillos: tarjeta verde a la primera infracción, amarilla a la segunda, y a partir de ahí, orden de quedarse en clase después de que suene el timbre.
    Premysla Pittra es una escuela segregada: solo acoge a niños gitanos, en gran medida de entornos desfavorecidos que lastran sus resultados escolares. Pero aún existe una opción peor para estas familias con problemas más graves que la educación de sus hijos. Que los críos recalen en escuelas para “discapacidades mentales leves”, como las denomina el sistema. Debido a un perverso círculo vicioso, la mayoría de los que acaban allí son gitanos que no han superado la prueba de aptitud que determina en qué escuela ingresan los niños de seis años.

    Los gita

    La mayoría de los checos escolarizan a sus hijos a partir de los tres años, una etapa en la que la educación no es obligatoria. Así que llegan entrenados a ese pequeño examen —con pruebas como contar hasta 10 o pequeños juegos de lógica—. Pero los gitanos suelen enfrentarse a esa evaluación con una mínima fase previa de adaptación a la escuela. Así que muchos suspenden y acaban ingresando en lo que las autoridades denominan eufemísticamente escuelas prácticas. Los datos oficiales aseguran que un 3% de los niños entran cada año en ellas, aunque rehúsan desglosar la proporción de gitanos. “No podemos almacenar los datos por raza. Sería discriminatorio”, alega Martin Stepanek, vicealcalde de Ostrava a cargo de la educación.
    La segregación en las escuelas es un problema que afecta a toda Europa del Este. Y emerge como el símbolo de un mal mayor que recorre ya todo el continente: el odio a las minorías, con los gitanos, los árabes, los judíos y los negros como comunidades más perseguidas.
    Al otro lado de Europa, en Holanda, Austria, Francia, Bélgica o Reino Unido, el poder político lleva algunos años tratando de convertir a las exiguas minorías gitanas en el chivo expiatorio de la crisis, o de la gestión de la crisis. Silvio Berlusconi abrió el fuego en 2008 censando y expulsando en masa a los gitanos en Italia; Nicolas Sarkozy tomó el relevo en 2010, y hoy el virus ha contagiado a los (supuestos) progresistas.
    Así el apartheid económico y racial y el odio al diferente comienzan a ser una seña de identidad en muchos de los 28 países de la UE. El fenómeno inquieta a algunos observadores. Según ha escrito el filósofo francés Christian Salmon, “la política está siendo devorada por la xenofobia inherente al sistema económico neoliberal”.
    En Francia y Reino Unido, las pulsiones xenófobas han llegado desde la extrema derecha hasta la cúpula del Estado. El sociólogo galo Eric Fassin explica que las diatribas del ministro del Interior, Manuel Valls, contra los romaníes “legitiman el discurso racista del Frente Nacional y tratan de hacer olvidar a los votantes que el Gobierno socialista hace la misma política económica que Sarkozy”. El Ejecutivo socialista lleva meses derribando chabolas de ciudadanos europeos (gitanos) sin realojar a sus 17.000 ocupantes —la mitad niños—, incumpliendo así la promesa electoral de François Hollande, las normas internacionales y la circular de Interior de agosto de 2012. La idea era tratar con humanidad y firmeza a las poblaciones “precarias”. Solo queda la firmeza.
    En paralelo, los racistas han dado un paso al frente y han ocupado las calles, las redes sociales y los medios. La ministra de Justicia, la guyanesa Christiane Taubira, ha sido comparada con un mono por una excandidata del Frente Nacional, por una niña de 12 años en una protesta contra el matrimonio gay y por una revista de extrema derecha. Los ataques de la derecha populista contra la comunidad musulmana son ya tan corrientes que no son noticia. La novedad es que, según una reciente encuesta de la Agencia de Derechos Fundamentales, el 85% de los judíos franceses creen que el antisemitismo es un problema en su país —frente al 66% de la media europea.
    El portavoz de la Unión de Estudiantes Judíos de Francia (UEJF), Elie Petit, comenta: “El discurso antisemita se ha legitimado y corre libre por las redes sociales. Es como si el lenguaje de los años treinta volviera a estar de moda. Pero lo más grave es que las ideas xenófobas calan entre los jóvenes. Un 40% de los franceses de entre 18 y 25 años se declaran dispuestos a votar a la extrema derecha en las europeas” de mayo.
    En Reino Unido, la cosa parecía ir mejor. Pero hace unos días, el primer ministro, David Cameron, se subió a la ola antigitana con un artículo en Financial Times en el que anunciaba que exigirá a Europa medidas para regular la inmigración, y se refería a los “nómadas” rumanos y búlgaros diciendo que su Gobierno les negará los derechos que concede a otros inmigrantes, como las ayudas sociales para vivienda y desempleo. Eso sí, Cameron recurrió al eufemismo, al escribir que Londres deportará a los “inmigrantes europeos que pidan limosna o duerman al raso”.
    En tiempos de odio al diferente, los negros viven situaciones similares a las de los gitanos y los judíos: rechazo inmediato a primera vista e identificación con los clichés que siempre los han acompañado. “Al negro se le tacha de perezoso o irracional. Y el estereotipo no desaparece ni cuando son ricos”, explica Omar Ba, responsable de la Plataforma Africana en Amberes, una próspera ciudad belga que vive su particular recelo hacia las minorías. En este caso, la base no es tanto económica como de identidad nacional: el nacionalismo flamenco endurece los criterios para acceder a ciertas prestaciones con requisitos como el conocimiento de la lengua, el holandés.
    Ba alerta de que la extrema derecha se está acercando a la población media, al tiempo que los partidos mayoritarios emulan los discursos radicales. “Con la crisis, los políticos han mostrado su incapacidad. Así que, como no es fácil encontrar culpables, y la ciudadanía está frustrada, juegan la carta del extranjero. Pero hay que tener cuidado. Antes de la II Guerra Mundial había este mismo discurso”, previene este elocuente belga procedente de Senegal, que relata problemas al acceder a algunos servicios que solo se solucionan cuando aparece su esposa, belga de origen.

    Los judíos en Europa

    Estudio de la Agencia de Derechos Fundamentales de la UE sobre las experiencias de los judíos en los ocho países de la UE —Bélgica, Francia, Alemania, Hungría, Italia, Letonia, Suecia y Reino Unido— donde reside el 90% de la población judía europea.
    2/3 de los judíos entrevistados consideran que el antisemitismo es un problema en sus países.
    Un 76% cree que el problema se ha agravado en los cinco últimos años.
    1/3 tiene miedo a sufrir una agresión física por ser judío.
    Más de la mitad ha presenciado algún incidente en el que se negó, se trivializó o se minimizó el Holocausto.
    El 23% dice que en alguna ocasión ha evitado asistir a actos judíos o visitar lugares judíos por miedo.
    Más del 40% de los preguntados en Bélgica, Francia y Hungría indican que han pensado en emigrar.
    ¿Quizá se inspiran los líderes de las viejas democracias en lo que sucede en el Este de Europa? En el bloque del “capitalismo tardío” residen la mayor parte de los ocho o diez millones de europeos gitanos, y la palabra romaní se declina con tres pes: pobreza, paro y persecución. Allí, manifestar en público el odio a los gitanos —y de forma creciente a los judíos— sale cada vez más rentable.
    En Eslovaquia, por ejemplo, un neofascista acaba de ganar unas elecciones regionales con un vasto programa político —como ironizó De Gaulle—: poner a los gitanos a realizar trabajos forzosos. Los comicios de Banska Bystrica han convertido en presidente de esta región, que en 1944 se levantó contra los nazis, a Marian Kotleba, que basó su campaña en dos elementos: denunciar la corrupción y acabar con el “parasitismo gitano” suprimiendo las ayudas sociales a los romaníes y enviándolos a reconstruir las carreteras. Según Peter Pollak, alto representante eslovaco para la cuestión gitana, el 40% de los romaníes del país viven en guetos, frente al 20% de hace una década.
    El éxito de Kotleba retrotrae a la Europa de los años oscuros. Fundador en 2003 de un grupúsculo violento llamado Comunidad Eslovaca, Kotleba fue encarcelado varias veces por desfilar por los guetos gitanos con un uniforme igual al de la guardia del sacerdote Andrej Hlinka, la milicia clerical-fascista que lideraría monseñor Josef Tiso entre 1939 y 1945.
    En Ostrava, una ciudad media de antiguo esplendor industrial donde los gitanos viven en distritos muy desfavorecidos, el apartheid escolar de los niños gitanos saltó en 2006 porque unas familias llevaron el caso al Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Este sentenció que el sistema educativo incurría en una discriminación indirecta al orientar a los chicos mayoritariamente hacia esas escuelas de menor nivel. Y obligó al Estado a indemnizar a los demandantes.
    Pese al fallo, las cosas han cambiado poco. “Incluso la comunidad gitana tiene la impresión de que es peor ahora porque están más concienciados”, explica Kumar Vishwanathan, responsable de Viviendo Juntos, la ONG que lideró todo el proceso. Esta organización promueve la convivencia de “gitanos y blancos” en varias comunidades de Ostrava, con buenos resultados de integración. Renata Gaziová dirige una de ellas. “Apenas un 3% de los niños gitanos van a buenas escuelas; el resto están segregados”, explica esta romaní, que es tajante a la hora de definir qué aprenden los niños en las escuelas que se apartan del canon: “Nada. Conozco una niña de 15 años que no sabe leer ni escribir su propio nombre”, relata.
    Las familias tienen difícil apartarse del destino marcado por el sistema. “Me gustaría darles a mis hijos la libertad de haber sido médicos, por ejemplo, pero ya en la escuela les dicen que no pueden. Así que yo misma le recomiendo a uno de ellos que sea cocinero. ¡Al menos yo puedo enseñarle!”, bromea Iveta Kroscenova, madre de nueve hijos, cinco de ellos matriculados en escuelas segregadas. A su lado, Jolana Smarhovycová, activista para la integración de los gitanos, explica que su hija iba a una escuela normal, pero la pusieron en una clase en la que solo había gitanos. Cuando preguntó la razón, la cambiaron. “Y entonces se convirtió en la única niña gitana de su clase. Al final nos mudamos”, explica. Su sobrino Kristián no tuvo tanta suerte. Terminó con buenas notas en una escuela para niños con dificultades de aprendizaje, pero al salir se dio cuenta de que su preparación no le permitía acceder a la educación secundaria.
    Este es el círculo en el que se ven envueltos los gitanos, que suelen recorrer el mismo camino de pobreza y marginación que sus padres. El vicealcalde Stepanek se defiende: “Van a escuelas en las que solo hay gitanos por criterios de proximidad. Y en cuanto a escolarizarlos en centros especiales, son los psicólogos los que lo deciden”.
    En Hungría, los gitanos están habituados a oír esas excusas y otras peores. Los datos dibujan una situación de profunda marginación. Según un colectivo de ONG, la tasa de desempleo entre el colectivo supera el 90%, mientras el paro entre la población no gitana es del 11%. Además, un 40% de los 10 millones de húngaros viven bajo el umbral de la pobreza; de ellos, casi un millón son gitanos. Pese a la violencia de esos números, la voz de la minoría romaní es casi inaudible. Aunque algunos empiezan a organizarse.
    Estamos en Budapest, la capital de un país donde hace 70 años medio millón de judíos y 100.000 romaníes fueron asesinados por los nazis con la colaboración del régimen fascista del almirante Miklós Horthy. Aquí acaba de nacer el Partido Gitano de Hungría (MCP), que ya presume de tener 5.000 militantes y planea presentarse a las elecciones legislativas y europeas de 2014. Aladár Horváth, su portavoz y presidente de la Asociación para los Derechos de los Gitanos, explica que la situación de los romaníes se ha deteriorado con el Gobierno del populista Viktor Orbán: “La discriminación racial y social está institucionalizada en la Administración y es omnipresente en los medios”. A pesar de su nombre, el Partido Gitano quiere representar “a todos los pobres, porque hoy, a los ojos del poder, todo el que es pobre es gitano”, añade Horváth.

    La únic

    Es la única 
    Curiosamente, el ideólogo y vicepresidente del Partido Gitano no es gitano, sino judío: el aguerrido y lúcido militante antifascista Sandor Szoke. Guionista y escritor, Szoke ayuda a los gitanos a repeler los ataques de los paramilitares del partido neonazi Jobbik, la tercera fuerza política del país, que tiene 44 diputados de los 386 totales y se divierte sembrando el pánico en la comunidad romaní y agrediendo, de momento solo verbalmente, a los judíos.
    Szoke cuenta que empezó a ayudar a los romaníes a afrontar a los cabezas rapadas hace seis años “porque tenía que haber algún blanco entre ellos para defenderlos”. Mientras come una trucha en el decadente café Astoria de Budapest, reconoce que fundar un partido gitano “no es la mejor idea, pero no hay otra alternativa: no hay una izquierda que les defienda, el consenso en la fobia es absoluto”.
    Desde que en 1989 cayó el muro de Berlín, la situación de los gitanos tornó en desastre. “Ellos eran los únicos que vivían mejor que ahora bajo el comunismo. Como en otros países del bloque, la industria estatal sostenida artificialmente se derrumbó dejándoles sin su mayor fuente de trabajo. Muchos romaníes húngaros eran la mano de obra en esas fábricas. En aquel momento la indigencia estaba prohibida y el paro era ilegal. Si pasabas más de tres meses sin trabajar, te denunciaban por ‘parásito y fugitivo del trabajo’. Así que cuando cayó el Muro, los gitanos volvieron a ser vistos como criminales, igual que antes de la II Guerra Mundial. Hoy sigue siendo así”. Hay una segunda razón, añade Szoke. La involución democrática. “Orbán partió de los años ochenta, luego retrocedió a los sesenta y ahora vamos de cabeza hacia la sociedad durmiente, feudal y clientelista de la Hungría de 1918 a 1944, la del nacimiento del fascismo”.
    La última reforma impulsada por el Gobierno es la de educación, que ha reducido en dos años, hasta los 14, la edad obligatoria de escolaridad. “La idea es brillante, copiada del comunismo: crear una fuerza de trabajo gitana de bajo coste. Ahora los obligan a vivir en pueblos partidos por la mitad: una parte gitana y otra blanca. En Budapest viven en dos guetos porque nadie les alquila apartamentos y no acceden al mercado laboral. Están como los árabes en Francia en los años setenta, fuera del sistema. Ahora, Orbán les ofrece trabajos por 120 euros al mes. Si los rechazan, les dejan tres años sin ayudas sociales y sin seguridad social”.
    La inquietud es también palpable entre los judíos húngaros, la élite social y económica, que reside mayoritariamente en la capital. Todos los entrevistados en Budapest cuentan que tienen amigos y familias judías que han emigrado. Los episodios antisemitas, dicen, suceden cada vez con más asiduidad. “Todavía no nos pegan como a los gitanos, pero los ataques verbales son continuos, y hay gente que se ha ido de Budapest y otros que dudan si hacerlo”, dice Anna Szeslzer, una mujer risueña, laica y nada dramática, que fundó la escuela privada Lauder de Budapest en 1990 y se jubiló hace unos meses de la dirección del colegio. “En dos años hemos perdido 28 alumnos, una clase entera”, explica con una sonrisa amarga, “y paradójicamente ahora tenemos listas de espera, quizá porque los ataques ayudan a despertar la conciencia judía”.
    El acoso y la diáspora incipiente —que algunos prefieren atribuir solo a la crisis— se entienden con un suceso reciente. Antes del verano, un destacado dirigente de Jobbik, Márton Gyöngyösi, pidió en el Parlamento que se elaboren listas de los judíos, “sobre todo los que están en el Gobierno y el Parlamento, porque suponen un riesgo para la seguridad del país”, dijo. Ahora, Gyöngyösi declina una invitación de este diario para explicarse. El Gobierno de Orbán condenó sus palabras y aseguró que toma “las más estrictas medidas contra toda forma de racismo y de comportamiento antisemita”. Pero la comunidad judía no tiene eso tan claro, dice desde Nueva York Esther Susán, una joven que ha decidido dejar su país. “Yo me he ido temporalmente, no por el antisemitismo, sino por todo lo que ha pasado en el país en los dos últimos años. No creo que tenga futuro allí, pero no solo por ser judía”. Desde Barcelona, David Stoleru, director del programa The Beit Project, que cuenta el Holocausto por colegios de toda Europa, afirma que “Hungría está emitiendo una luz roja muy intensa”.
    Daniel Bodnar, presidente de la Fundación Acción y Protección (FAP), la primera asociación húngara contra el antisemitismo, no parece sentir miedo y entra en el café Astoria sonriente. Cuenta que la FAP detectó “hace año y medio” el malestar de la comunidad judía y lleva ocho meses analizando las razones. “El 99% de los ataques son verbales. Ese acoso es superior a la media europea, pero a cambio no hay ataques físicos. El 90% de los ataques proceden de la política”. “Y el mayor problema es que la justicia no actúa. Yo he denunciado 29 ataques en los últimos seis meses y solo uno ha acabado en proceso. ¿La culpa? De los fiscales y la policía. Desde 1990, en Hungría solo ha habido dos sentencias por antisemitismo”.


    El líder nacionalista eslovaco Marian Kotleba cuando intentó destruir, en 2012, las chabolas del barrio gitano de una ciudad en el sur del país. / J. VAJDA (EPA)
    En las sinagogas de Budapest se respira un ambiente de tensa serenidad, o de tensión resignada. Un joven rabino de Buda, Tamas Vero, cuenta que “algunas familias del barrio se han ido a Israel, y otras, a Viena y a Berlín”, y que su mujer quiere irse también “por las niñas”, porque en los libros de texto los judíos no existen y “porque dice que estamos otra vez en 1933”. El rabino intenta que su esposa no se preocupe, pero admite que los viernes se concentran jóvenes ante la sinagoga haciendo el saludo nazi: “Le digo que el capitán es el último que abandona el barco, y que no es cierto que Hungría nos odie, ¿qué puedo hacer? Pero ella tiene razón en una cosa: el Estado y Orbán no nos protegen lo suficiente. En todo caso, yo todavía paseo tranquilo por el barrio con mi kipá, aunque a ciertos sitios la llevo debajo de la gorra. Pero su primera diana son los gitanos”.
    Al otro lado del Danubio, otro joven rabino, Istvan Horvath, recibe al periodista en la puerta de la Gran Sinagoga de Pest. Cuando entra al despacho, se quita la gorra y aparece la kipá. Horvath está preocupado por “la oscuridad espiritual” que aqueja a los jóvenes europeos y por la “escasa conciencia” de los judíos húngaros. “Mis padres son laicos y lo ignoran casi todo sobre el judaísmo. Como tantos que sobrevivieron al Holocausto, ocultaron su origen durante años. Mi abuela decía: ‘Somos todos iguales’. Quizá porque perdió la fe en Auschwitz. Allí murieron 28 miembros de la familia. Creo que a los nietos nos toca intentar reforzar el significado de esa identidad perdida. Y es un trabajo muy duro. Porque no es verdad que los ataques de Jobbik, que son nazis de corazón, refuercen el sentimiento de pertenencia a la comunidad judía. Al revés”.
    Cuando se le pregunta si Europa está volviendo a su pasado más oscuro, el joven rabino responde: “A veces se parece a lo que pasó hace 70 años. Pero no es igual. Hoy tenemos recursos que entonces no teníamos. Aquí hay ocho o diez asociaciones judías, y está la Unión Europea”. Ya, pero a los gitanos les atacan físicamente... “Esa es la gran vergüenza. Nadie hace nada para ayudarles, incluido yo. Por eso, cuando oigo a un judío meterse con ellos, grito y lloro”.

    El europarlamentario nuevo judío: Csanád Szegedi


    Csanád Szegedi. / Laszlo Balogh (Reuters)
    La comunidad judía húngara y la asociación ortodoxa Chabad tienen hoy en sus filas un refuerzo que nadie esperaba: el hombre que hasta hace unos meses era el dirigente más fanático del partido neonazi Jobbik. El hombre se llamaba Csanád Szegedi, es eurodiputado y nació en 1982 en Miskolc. Szegedi ascendió en política negando los campos de exterminio. Pero hace unos meses descubrió que su abuela estuvo en Auschwitz, y Csanád se convirtió en David: el antisemita por antonomasia era judío.
    “Un día me llamó por teléfono y me pidió una cita con el rabino”, recuerda Daniel Bodnar, portavoz de Chabad. “Pensé que era una provocación, porque era el más odiado del Jobbik”. ¿Y llamaba para convertirse? “No, no lo necesitaba porque su madre es judía. Solo tuvo que circuncidarse. Lo hizo, dejó el Jobbik y ahora es un eurodiputado independiente y apoya a Israel”.
    Su caso, siendo extremo, es frecuente entre los judíos húngaros. Tras la muerte en las cámaras de gas de más de 500.000 miembros de la comunidad, muchos supervivientes ocultaron su condición. “Mis padres solo supieron que eran judíos en los setenta”, dice Bodnar; “como a muchísimos otros, sus padres no se lo contaron”.
    “Somos el país europeo con una comunidad local de supervivientes del Holocausto más amplia, y esto explica que las tensiones sean tan fuertes. La dinámica sospechoso-víctima sigue mandando. Necesitamos una ley de memoria y una ley de perdón”, dice Bodnar.

    Los gitanos en Europa

    Encuestas de la Agencia de Derechos Fundamentales de la UE y del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), realizadas en 2011 a partir de 102.000 entrevistas personales (el 20%, a ciudadanos gitanos; el resto, a sus vecinos no gitanos) en Bulgaria, República Checa, Francia,  Los europeos de etnia gitana están excluidos de la vida económica, social y política. Comparados con los no romaníes, son más pobres, sufren más el desempleo, estudian menos años y tienen menos acceso al agua potable, al alcantarillado y a la electricidad.
    Los gitanos tienen más probabilidades de sufrir enfermedades crónicas y menos acceso al sistema de salud. Las gitanas son la población menos favorecida de la UE. Las jóvenes que se casan y tienen hijos antes de los 20 años duplican la media de las no gitanas y tienen menos probabilidades de completar su educación.
    La mitad de los gitanos dicen haber sentido discriminación en el último año.
    El 90% de los gitanos viven por debajo de los niveles nacionales de pobreza.
    Un tercio de los gitanos están en paro.
    El 67% de los que trabajan tienen empleos sin cualificar o poco cualificados, frente al 16% de los no gitanos.
    El 30% de los gitanos con educación universitaria están en paro, frente al 14% de los no gitanos.
    El 45% vive en viviendas en las que falta al menos uno de estos elementos: cocina techada, baño, ducha o luz.
     El 40% vive en comunidades donde al menos una persona se fue a la cama con hambre una vez en el último mes.
    Lívia Járóka. / THIERRY MONASSE (AFP)
    Es la única eurodiputada en un hemiciclo de 766. “Si fuera proporcional a la población, tendríamos que ser al menos 21”, explica Lívia Járóka, húngara, de 39 años, que logró estudiar y escapar al sombrío destino que aguarda al pueblo romaní. Esta ha sido una buena semana para la visibilidad del colectivo en las instituciones europeas. Los Estados miembros se han comprometido a aplicar medidas de integración, la Eurocámara ha clamado contra las expulsiones ilegales y la propia Járóka ha presentado un informe que pone el acento en el segmento más vulnerable: las mujeres gitanas. Pese a todo, la situación dista mucho de mejorar.
    “El principal argumento para integrarlos es económico. No introducirlos en el sistema cuesta cinco veces”, asegura la eurodiputada, con el razonamiento de que los gitanos constituyen buena parte de la fuerza laboral del Este. Mantenerlos en desempleo cuando esos países necesitarán mano de obra de aquí a unos años es absurdo, aduce.
    Járóka censura la educación segregada, especialmente la prueba que les hacen a los niños para decidir si van a una escuela normal o especial. “Los gitanos tienen una gran capacidad emocional que el test no mide”. Según sus datos, el 40% de todos los niños gitanos en Europa van a escuelas segregadas.
    El discurso se vuelve más benévolo al referirse a su país. Járóka, perteneciente a Fidesz —el partido del controvertido primer ministro, Viktor Orbán—, defiende la “progresiva integración” que apoya el Gobierno.

    lunes, 27 de enero de 2014

    PRENSA. "El ejemplo de Mandela". Tzvetan Todorov

    Tzvetan Todorov

       En "El País":

    El ejemplo de Mandela

    Comprendió que una causa noble no legitima unos métodos innobles, que la guerra tiene su propia lógica que empuja a golpear por golpear y que desemboca en que los combatientes acaben pareciéndose

     18 ENE 2014

    Los trabajos de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación hechos en Sudáfrica suscitaron un coro de opiniones favorables e incluso muestras de admiración en los países occidentales. Sin embargo, ninguno de esos Gobiernos ha tratado de modificar su propio sistema judicial para mezclar una dosis de justicia restaurativa, el principio que reivindicaba la Comisión, con la justicia punitiva que constituye la base de su sistema legal. La muerte de Mandela ha desencadenado una avalancha de homenajes de los jefes de Estado de todo el mundo. Pero resulta dudoso que pongan en práctica los preceptos que dejó en herencia el político sudafricano.
    Lo que distinguía a Mandela de otros opositores al régimen del apartheid no fue su intransigencia frente a un sistema político basado en la desigualdad entre los habitantes del país, ni la duración y la determinación de su compromiso. Lo que situó su trayectoria en otro nivel y, podemos decirlo en retrospectiva, garantizó su éxito fue una extraordinaria combinación de sentido político y virtud moral. Varios datos de su biografía lo atestiguan.
    Mandela y sus camaradas combatientes son condenados en 1964 a cadena perpetua, una pena que cumplen en la prisión de Robben Island. En el país se sigue reprimiendo violentamente toda forma de protesta. A mediados de los años setenta, se aprueba una nueva ley que provoca manifestaciones en las calles de Soweto, una ley que obliga a utilizar en la escuela el afrikaans, la lengua de los que mandan. Las manifestaciones se reprimen con un baño de sangre, hay centenares de muertos, miles de heridos, decenas de miles de condenados.
    Desde su prisión, Mandela envía un mensaje de solidaridad con las víctimas. Al mismo tiempo, en las escasas horas libres que le deja el régimen penitenciario de trabajos forzados, se consagra a una actividad sorprendente: empieza a aprender afrikaans y lee libros sobre la historia y la cultura de la población blanca que habla esa lengua. Además, empieza a comportarse con sus guardianes de una manera que contrasta con el de otros presos y, en lugar de manifestarles su hostilidad y encerrarse en el rechazo a cualquier contacto con esos representantes del odiado régimen, intenta comunicarse con ellos.

    Renunció a la violencia cuando pensó que iba a poder conseguir lo mismo con otros medios
    Con esos gestos pretende reconocer, no la humanidad de las víctimas, que nunca se ha puesto en duda, sino la del enemigo, al que trata de comprender y ver como el enemigo se ve a sí mismo. Mandela descubre que las actitudes arrogantes de los guardianes y sus jefes, más que de su sentimiento de superioridad, proceden del miedo a perder sus privilegios y a sufrir la venganza de los que han vivido oprimidos. Entonces declara: el afrikáner es tan africano como sus prisioneros negros.
    El segundo momento decisivo se produce unos 10 años más tarde. Entre tanto, la situación internacional ha cambiado, se aproxima el final de la guerra fría, el peligro comunista ha dejado de ser una amenaza creíble y Sudáfrica se ha granjeado el oprobio de los países occidentales. Los gobernantes sudafricanos han comprendido que la evolución del régimen es inevitable y que necesitan a un interlocutor que represente a la población negra. Los presos han sido trasladados a otra cárcel, en tierra firme. En 1988, después de un tratamiento médico por tuberculosis, separan a Mandela de los demás y vuelven a trasladarlo.
    Sus camaradas protestan porque creen que se trata de una medida intimidatoria. Mandela, no solo acepta su nueva situación, sino que se alegra de ella, porque le permite actuar de forma individual, sin sufrir la presión de los demás. Ha descubierto que el individuo aislado siempre es menos radical que el grupo, porque no necesita estar pendiente de las miradas de los otros ni se ve obligado a entregarse a una especie de competición, y, al mismo tiempo, ha comprendido que, en la batalla que se avecina, las relaciones personales van a contar. No se distancia de su partido, el Congreso Nacional Africano (ANC), pero se libera de su vigilancia.
    A principios de 1989, el primer ministro sudafricano Pieter Botha, partidario estricto del apartheid, sufre un derrame cerebral y siente que sus días están contados. Ya ha estado en contacto con Mandela por escrito: en 1985 le propuso la libertad a cambio de que el ANC renunciara a la violencia, pero Mandela lo rechazó, porque no excluye la violencia por principio, como Gandhi, igual que tampoco la sacraliza. Renuncia a ella cuando piensa que va a poder conseguir lo mismo con otros medios.

    La virtud moral del líder sudafricano no admite el abismo entre las palabras y los hechos de Estados Unidos
    En julio de 1989, Botha invita a Mandela a tomar el té en su casa. Su visitante contará más tarde que lo que más le impresiona no son las palabras intercambiadas sino dos gestos minúsculos. Botha le tiende la mano nada más verle, y luego es él mismo quien sirve el té. Mandela descubre que no tiene ante sí a la encarnación del apartheid, sino a una persona. El trabajo en colaboración y la conversación son actos políticos. Y Mandela decide no imponerse por la fuerza, sino buscar una situación que sea aceptable para las dos partes. Resume su postura en dos puntos complementarios: otorgar los mismos derechos a todos (es decir, abolir el apartheid) y no castigar de forma colectiva a la minoría blanca.
    Merece la pena recordar un último episodio: en octubre de 1992, un grupo de antiguos presos del ANC, sospechosos de haber colaborado con el poder blanco, denuncian las condiciones en las que están detenidos por sus camaradas. Mandela corta de raíz las negativas con las que pretenden excusarse los responsables y declara: “Durante la mayor parte de los años ochenta, la tortura, los malos tratos y las humillaciones fueron moneda corriente en los campos del ANC”. Ha comprendido que una causa noble no legitima unos métodos innobles, que la guerra tiene su propia lógica que empuja a golpear por golpear y que desemboca en que los combatientes acaben pareciéndose. Esa conclusión es la que hace que, después de su triunfo electoral, Mandela fomente la vía de la justicia restaurativa en detrimento de la justicia punitiva.
    En el bello discurso que pronunció en el funeral de Mandela, Barack Obama dijo que todo hombre de Estado debía hacerse esta pregunta: “¿He aplicado bien sus enseñanzas a mi propia vida?”. Obama destacó que la lucha contra el racismo ha proporcionado algunas victorias también en Estados Unidos, pero que la guerra contra la pobreza y las desigualdades y en favor de la justicia social se encuentra todavía con sólidos obstáculos. Sin embargo, Obama no dijo ni una palabra de los combates que su país sigue librando con las armas y que también evocan los comienzos de Mandela.
    ¿Pueden afirmar que se inspiran en su ejemplo y su negativa a excluir al enemigo de una humanidad común cuando los sucesivos Gobiernos estadounidenses deciden encerrar a sus enemigos, reales o supuestos, en campos de prisioneros como el de Guantánamo, enviar aviones no tripulados a países remotos para atacar tanto a sospechosos y culpables como a las personas que, por casualidad, se encuentran a su alrededor, vigilar mediante escuchas a la población de su propio país y a los responsables políticos y económicos de los países aliados? La virtud moral de Mandela no permite la existencia de un abismo semejante entre las palabras y los hechos.
    Tzvetan Todorov es semiólogo, filósofo e historiador de origen búlgaro y nacionalidad francesa.
    Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

    viernes, 13 de diciembre de 2013

    PRENSA. "La Sudáfrica de Mandela". Miguel Ángel Bastenier

    Nelson Mandela

       En "El País":

    La Sudáfrica de Mandela

    El expresidente emergió de una ordalía de casi tres décadas sin rencor, abrazando a sus verdugos y haciendo de su país una potencia en el respeto a los valores de Occidente

     10 DIC 2013

    Como no han conseguido el papa Wojtyla, que será oficialmente santo en abril de 2014, ni una madre Teresa que ya parecía vivir en el más allá antes de morir, el expresidente sudafricano Nelson Mandela ha sido universalmente proclamado en vida, en algunos casos no sin retórica interesada, el gran santo laico de nuestro tiempo.
    Colonizada la punta sudafricana del continente negro en los siglos XVII y XVIII por Holanda, la ocupación británica se produciría a comienzos del siglo XIX, tras la derrota de Napoleón y como castigo a sus vasallos, entre los que se hallaba la república bátava. La mayoría de la población europea seguiría siendo, sin embargo, de origen holandés, la llamada “tribu blanca”, los boers o afrikáner, que habían desarrollado como lengua nacional el afrikaans, patois del holandés con injertos ingleses y lenguas locales.
    La vida en la colonia fue siempre dramáticamente adversa para la mayoría negra, pero las autoridades británicas, a fuer de su empirismo genético, preferían el racismo de facto a un estatuto formal de “limpieza de sangre”. Pero, tras la independencia de la Unión Sudafricana en 1910, la segregación racial o apartheid se impuso legalmente a partir de 1948 con la gobernación de Daniel F. Malan, descendiente de hugonotes (calvinistas franceses), y ministro ordenado de la Iglesia Reformada de Holanda, que encontró los adecuados pasajes de la Biblia con que fundamentar la ignominia racista. El régimen colonizó los espacios públicos para que, desde los urinarios a los transportes públicos pasando por las cavernas del Estado, quedaran herméticamente segregados, así como prohibió cualquier intimidad personal entre razas. Y no es ocioso señalar que los únicos lugares públicos abiertos a todos los sudafricanos fueron los templos católicos, por el santo temor que Pretoria sentía por la ira de Roma.

    Durante el 'apartheid' los únicos lugares públicos abiertos a todos los sudafricanos fueron los templos católicos
    ¿Por qué pudo Sudáfrica sostener medio siglo el apartheid? El régimen justificó la separación de razas proclamando “la igualdad en la diferencia”, con lo que se suponía que blancos, negros y mestizos gozarían de las mismas oportunidades, pero cada bloque alojado en containers rigurosamente vigilados. Y esa permanencia en el tiempo se explica también porque la URSS pugnaba en los años setenta por establecerse en África, lo que hacía especialmente valiosa la base de Simonstown, vigía privilegiado en el cabo de Buena Esperanza, a horcajadas entre Atlántico e Índico, y ruta de los grandes petroleros que por su calado no podían atravesar el canal de Suez. Cuando la Unión Soviética se aplicó la eutanasia (1989-1991) Pretoria dejó de ser esencial para Occidente, y Nelson Mandela, auxiliado por un jefe de Gobierno ilustrado, Frederik W. de Klerk, que lo libró en 1990 de la cárcel, estaba allí para recoger el testigo de la democracia sin distinción de razas.
    El expresidente fallecido emergió de una ordalía de casi tres décadas sin el más mínimo rencor, abrazando a los verdugos de ayer, y haciendo de su país una potencia de color en el respeto a los valores de Occidente.