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viernes, 12 de junio de 2015

PRENSA. "El escritor, la soledad y los lectores". Leonardo Padura

   En "Publico.es":

El escritor, la soledad y los lectores

(Artículo publicado el 10/6/2015 por la agencia SPUTNIK)

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padura
El escritor cubano Leonardo Padura.- EFE
Hemingway, que a lo largo de su vida dijo tantas tonterías que se han hecho célebres (como aquella historia del editor del Toronto Star que lanzaba máquinas de escribir por la ventana del periódico), también expresó algunas de las grandes verdades del oficio de escritor, sin haberse propuesto nunca (afortunadamente) teorizar sobre el arte de la escritura, sino más bien sobre la experiencia del trabajo con las palabras y las historias.

Fue el autor de El viejo y el mar quien advirtió con mayor claridad del peligro que representa para el novelista, en un determinado momento de su carrera, depender del oficio periodístico, tan absorbente y devorador. Fue también quien comparó la novela con un iceberg, que apenas muestra una octava parte de su volumen, pero que debe sostenerse sobre las otras siete que están sumergidas. Y resulto ser Hemingway quien formuló, con similar certeza, una de las más dramáticas realidades del trabajo del novelista, cuando aseguró que en la medida en que el escritor avanza en su labor a lo largo del tiempo, se va quedando solo. Y no por una maldición intrínseca a su tarea, sino por una necesidad: la soledad es indispensable para el trabajo del novelista, y debe buscarla u olvidarse de lo que pretende ser.

García Márquez, que solía acuñar también este tipo de frases rotundas, aunque con la levedad y la gracia de un hombre del Caribe, decía al respecto que el mejor lugar para vivir un escritor es un burdel: fiesta en la noche y silencio sepulcral en las mañanas. O lo que es lo mismo: distracción sin compromiso y soledad para el trabajo.


Cuando se escribe una novela las exigencias de concentración del escritor deben alcanzar sus máximos niveles, y únicamente la soledad del estudio de trabajo pueden garantizar la satisfacción de esa necesidad. Fuera deben quedar muchas de las atracciones o distracciones del mundo, sin que eso signifique que el individuo que escribe novelas deba ser un anacoreta (como lo fue Onetti durante años), pues de su contacto con su realidad surge o puede surgir una parte de su alimento literario.

En el mundo contemporáneo tal imperativo del oficio de novelista es cada vez más difícil de obtener. Los compromisos promocionales y sociales, las exigencias económicas y las peticiones personales ocupan un tiempo precioso aunque a la vez necesario para una labor que se inicia en el estudio de trabajo pero que se materializa en la librería a la que llega un lector y, entre cientos, miles de ofertas que abarrotan los estantes, decide comprar un libro determinado… ¿Cómo se llega a ese lector? ¿Quién es ese lector?

Las presentaciones de libros en ferias y diversos tipos de eventos promocionales suelen colocar al escritor necesitado de soledad en un escenario donde forma parte de un espectáculo indispensable, pues si no promueve y vende sus libros, difícilmente podrá aspirar a un poco de soledad para escribir, pues tendrá que gastarse y desgastarse en otras labores de las cuales arañar el sustento. Pero esos eventos públicos suelen tener una importante gratificación –al menos así lo asumo yo-: el encuentro personal con el lector, esa posibilidad de ponerle rostro y voz a ese ser difuso y múltiple para el que, en definitiva, uno se encierra durante horas, a lo largo de meses y años, para escribir la novela que, así lo espera, será leída por… ese lector que se acerca y nos pide una firma o algo más.

Cuando ese ente casi abstracto e imprescindible que es lector se materializa e individualiza frente al escritor y le elogia su trabajo, todas las semanas y meses de soledad a que ha debido someterse el escritor cobran su mejor y más amable sentido… Pero cuando ese lector, apenas dichas las primeras palabras se convierte en alguien singular (por lo que dice como lector, por lo que es como persona, por lo que representa como individuo) entonces se abre un mundo de conexiones y posibilidades a los que nunca, en la soledad del estudio de trabajo, pensó llegar al escritor.

Algo así es lo que me ha ocurrido recientemente en Madrid cuando en una presentación de mis libros se me acercó una señora, ciega, y me dijo que era una gran admiradora de mis libros y que mi novela Herejes había sido la última selección del club de lectores ciegos al que pertenece. De inmediato supe que Guadalupe Iglesias no era un lector más, deseoso de un breve diálogo con un escritor, sino alguien especial… que resultó ser muy especial.

De aquel breve encuentro con Guadalupe, surgió un compromiso: asistir a una tertulia con el Club de Lectura del grupo Retina Madrid (que forma parte de la Fundación Retina España) compuesto por personas afectadas por diversas afectaciones de la retina que les provocan ceguera parcial o total, como es el caso de Guadalupe.

Pocas veces en mi vida de escritor –que se va haciendo larga, mientras pierdo pelo y se me oxidan las rodillas- he tenido un encuentro tan cálido y cercano como el que, en medio de decenas de compromisos y trabajos, al fin efectué con este club de lectores en el restaurante madrileño Rías Baixas. Pocas veces he conversado con lectores tan ávidos y apasionados, que han hecho de la literatura una de las formas de comunicarse con un mundo a cuyo acceso se han visto limitados por la pérdida parcial o total de la visión… Pero, sobre todo, pocas veces he estado con gentes con tantos deseos de vivir y de encontrar la plenitud del disfrute de la belleza del mundo como entre estas personas ciegas que leen libros, asisten a cines y museos, viajan por el mundo pues no se han dejado derrotar por la adversidad de un terrible padecimiento.

Si alguna vez he sentido que la soledad de mi trabajo, las dudas desgarradoras del proceso de creación, los temores de todo tipo que anteceden y preceden a mis partos literarios han tenido algún sentido, una invaluable recompensa, ocurrió en esa noche, en un restaurante gallego, con un grupo de lectores ciegos, voraces y suspicaces, que para completar el ensalmo de una noche definitivamente mágica, casi literaria, efectuaron la ceremonia de la queimada del aguardiente, con el tradicional pronunciamiento del conjuro de las brujas… hecho por una Guadalupe Iglesias vital e invencible, vestida de meiga (bruja) gallega para celebrar y brindar por la vida y por los libros.

viernes, 4 de octubre de 2013

PRENSA CULTURAL. "Leonardo Padura y la aventura de un 'rembrandt'"

Leonardo Padura

   En "El País":

Leonardo Padura y la aventura de un ‘rembrandt’

El escritor cubano Leonardo Padura resuelve en 'Herejes' el misterio de 'Cabeza de Cristo' con su personaje Mario Conde

 Madrid 18 SEP 2013

No es una novela policíaca al uso, ni Leonardo Padura (La Habana, 1955) ha tratado que Herejes (Tusquets) sea una obra de género, aunque haya utilizado a su investigador Mario Conde para adentrarse en los vericuetos de la Historia, atravesar varios siglos y seguir la pista de un cuadro del gran pintor holandés Rembrandt. Hay muchas horas de investigación y estudio detrás de la última novela de este escritor “estoy seguro que no debo ser el autor más talentoso de mi generación, pero sí que tengo una gran capacidad de trabajo. Tenía un tablero de ajedrez con distintas fichas y era difícil saber qué dirección seguir. Llegó un momento que lo tuve claro y me lancé de lleno a entrelazar la trama de Herejes”. Cuando habla Padura se apasiona con los dos temas que ha tenido que investigar para armar su libro y del que reconoce que sabía muy poco: el universo judío y la pintura de Rembrandt.
El lector se encontrará en Herejes una narración en tres tiempos: siglo XVII que es cuando Rembrant pinta Cabeza de Cristo y la obra pasa a manos de la familia Kaminsky; siglo XX cuando tres descendientes de esa familia huyen de la Alemania nazi portando el cuadro en el barco Saint Louis junto a más de novecientos judíos con destino a La Habana. En el muelle esperan Daniel Kaminsky y su tío quienes contemplan con horror como el barco, después de pasar varios días fondeado frente al puerto, es obligado a regresar a Alemania. En 2007 el hijo de Daniel, Elías, se entera de que el lienzo sale a subasta en Londres y decide viajar de Estados Unidos a La Habana para que alguien se encargue de seguir el rastro de Cabeza de Cristo. Ahí es entonces donde interviene el investigador Mario Conde.
“Creía que utilizar a Conde era lo más apropiado para mi trabajo literario. A través de sus ojos y de su investigación se perciben pinceladas de la figura de Rembrandt, un maestro que tenía como uno de sus grandes objetivos pintar a Cristo al natural, hasta tal punto que el rostro que aparece en ese cuadro es la de un judío de su barrio, del que se desconoce la identidad. Y la larga travesía que ha tenido que realizar el pueblo judío a lo largo de la Historia. Trato de ser muy respetuoso por el dolor padecido en el tiempo”, puntualiza el escritor. No tiene reparos en reconocer que ignoraba totalmente las técnicas pictóricas que utilizaba el maestro holandés para realizar sus cuadros. “Ahora creo que lo sé casi todo sobre Rembrandt. La obra La ronda de noche no se llamaba así originalmente porque sus integrantes se encuentran bajo un intenso rayo luz pero los barnices que utilizaba hizo que la pintura pareciese que la escena se desarrollaba por la noche”, apostilla con cierta sorna.


'Cabeza de Cristo' del pintor holandés Rembrandt
Autor de novelas de género negro reconoce que se ha registrado en los últimos años una excesiva publicación de ese tipo de obras “sobre todo por la ola de frío que nos llegó de los nórdicos que bajo el manto de un género han viajado buenos escritores y otros que no lo son tanto. Y lo mismo ha ocurrido con los que escriben en castellano. En los ochenta y noventa se crearon obras más ambiciosas de las que se están publicando actualmente”. Padura asume que es un género que al escritor le permite tocar todos los temas que preocupan a la sociedad actualmente: violencia, corrupción, crimen organizado…”Es difícil escribir de México sin tener en cuenta el narcotráfico; de España sin abordar la corrupción política; del emergente Brasil sin adentrarse en los índices de pobreza y las revueltas populares…Y en ese panorama han destacado buenos autores como Henning Mankell o Petros Markaris y otros con trabajos mediocres”, destaca el escritor.
El recién nacionalizado español, aunque se considera un escritor cubano, habla sobre la situación literaria en su país donde en estos momentos no existe una cantera de escritores fuerte como la que se registró en los noventa. “Fue el despertar de la novela cubana con la que se generaron espacios de libertad. Actualmente faltan obras y a ello hay que añadir la crisis económica en Europa que no ha favorecido la publicación de obras literarias de mi país. Hay una generación de autores posteriores a la mía como Karla SuárezWendy Guerra, Gerardo Fernández o Alberto Guerra que están haciendo cosas interesantes pero con grandes dificultades para adentrarse en el mundo editorial. La situación es complicada y hay que ir capeando el temporal”. Padura sostiene que la mejor de sus obras es La novela de mi vida (Tusquets) y precisamente ha sido la que peor suerte comercial ha tenido “uno a veces trata de que su trabajo sea redondo, pero cada uno lo vemos de distintas perspectivas”.
Este escritor, gran aficionado al béisbol mucho más que al fútbol, reivindica su identidad cubana porque es ahí dónde está su memoria y sus conocimientos que le permiten fabular en la literatura. Considera que ante la dictadura castrista la sociedad se ha vuelto “cínica. Dicen una cosa y hacen otra totalmente diferente. Su comportamiento es soez, agresivo, petulante algo que tiene muy poco que ver con la esencia cubana. Y de ahí el nacimiento de tribus urbanas que no ven la otra orilla y desconocen de la que parten. Están en tierra de nadie”.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

PRENSA CULTURAL. "Mi primera vez. STRAWBERRY FIELDS... FOREVER", por Leonardo Padura

Leonardo Padura

   En "El País":
CRÓNICA: Ficciones 'mi primera vez'

'STRAWBERRY FIELDS... FOREVER'

LEONARDO PADURA 25/07/2011

   A través de uno de sus personajes-narradores -que obviamente es casi él mismo-, Milan Kundera asegura: "Lo que solo ocurre una vez es como si no ocurriera nunca". Lo cual significaría que un hecho, para que realmente ocurra, debería sucedernos no solo una primera vez.
   Mario Conde, no el otro, sino el protagonista de seis de mis novelas, se parece a mí más de lo que a veces yo mismo desearía. Con mi consentimiento o sin él, el Conde me ha robado para su biografía muchas de mis memorias. Así, han llegado a ser suyas varias experiencias que nos deslumbraron una primera vez pero que, al repetirlas a lo largo del tiempo, se han convertido en realidades y, más aún, en algunas de nuestras obsesiones.
   Uno de esos descubrimientos luminosos nos llegó una noche de 1966, cuando el primo Juan, acompañado por su amigo Motivito, llegó a la casa del Conde y le pidió que buscara su tocadiscos, pues Motivito tenía que oír un disco.
   Motivito era un personaje en el barrio. Como el primo Juan, Motivito tenía cuatro años más que Conde y, a los 10 años de edad, esa diferencia es un abismo. Ya para ese entonces Motivito -debía el apodo a su habilidad por armar motivitos, o sea, fiestas- llevaba el pelo unos centímetros más largo de lo que se consideraba apropiado, se peinaba con una raya en medio del cráneo y usaba pantalones ajustados hasta lo imposible: en dos palabras, era todo lo jipi que, sin traspasar unos estrechos límites, se podía ser en la Cuba de aquel momento de efervescencia revolucionaria.
   Como ya en aquellos tiempos teníamos muy pocas cosas y la inventiva nacional se había desatado, Motivito debía mucho de su popularidad al hecho de haberse convertido en uno de esos alquimistas poseedores del secreto de poder regrabar viejas placas de vinilo (no tengo ni la menor idea de cómo lo hacía) con la música que se escuchaba en los motivitos: las baladas de Paul Anka o los elepés de los Beatles, aquel grupo del que todos hablaban pero muy pocos habíamos oído...
   La noche destinada para que por primera vez el Conde escuchara a los Beatles, el tocadiscos de Motivito había cantado su último cuplé y, desesperado, andaba por el barrio buscando algún equipo sobreviviente para probar su última grabación. Así fue como se topó con el primo Juan y vinieron a dar a la casa del Conde que, halagado por ser objeto de la atención de Motivito, buscó de inmediato el tocadiscos. Entonces Motivito sacó de una bolsa la placa de vinilo reconvertida y la colocó sobre el artefacto y la puso a girar. Lentamente movió el brazo mecánico y, con precisión de relojero, depositó la aguja sobre el primer surco...
   El Conde recordaría por el resto de su vida los persistentes sonidos de crach que comenzó a soltar la estupefacta bocina del tocadiscos. Recordaría la mirada atónita de Motivito ante el presunto fracaso tecnológico, y también el sudor de incredulidad que humedeció el rostro del primo Juan. Pero sobre todo recordaría el momento mágico en que, sin dejar de emitir los invencibles crachs, la bocina entregó las primeras notas de aquella canción de la cual no entendería una palabra pero que, lo supo desde ese instante, cuatro tipos de Liverpool estaban cantado en ese instante para convertirla en parte de sus nostalgias y de su vida: aquel día había escuchado por primera vez Strawberry fields... Después, a lo largo de los años la oiría tantas veces que la convertiría en realidad, forever.

jueves, 24 de septiembre de 2009

PRENSA. 24 septiembre 2009



En "El País":


1. "En Cuba se libra una lucha contra el tiempo y cada vez hay menos". Entrevista de Mauricio Vicent a Leonardo Padura, con motivo de la aparición de su nueva novela, El hombre que amaba a los perros, sobre el asesinato de Trotski.


2. El nuevo éxodo rural es de mujeres. Reportaje de Carmen Morán. Los municipios pequeños se masculinizan. Ellas, con más estudios, buscan trabajo fuera y abandonan un mundo patriarcal que las condenaría a repetir antiguos roles femeninos.


3. Más castas que genes. Reportaje de Javier Sampedro. Los grupos sociales indios se formaron hace más de un milenio a partir de dos poblaciones ancestrales. Las clases altas, emparentadas con Occidente.


4. Leña al capital 'porno'. Columna de Xavier Vidal-Folch sobre las medidas contra la crisis económica.


domingo, 9 de agosto de 2009

PRENSA. LECTURA. "Bodas de diamante", relato de Leonardo Padura


En la Revista de verano de "El País", este relato de Leonardo Padura: BODAS DE DIAMANTE:


Serafín dio uno de sus gritos, ¡Lucrecia, dónde coño metiste mis chancletas!, y ella sonrió, sin preocuparse por responder, aunque no dejó de pensar: "¡Cabrón!". Entonces miró el reloj de la cocina y comprobó que, para ser exquisito, su guión debía esperar otras dos horas. ¿Pero qué eran aquellos 120 minutos que la separaban de la redención? Nada, o mejor, puro gozo, concluyó mientras lavaba unos platos y pensaba en las seis décadas de una condena cumplida tan profunda y plenamente.
Cuando andaba por los 62 años y los 42 de su matrimonio con Serafín había tenido la suerte de leer aquel artículo donde se deslizaba la información que, desde ese segundo, la había mantenido viva y expectante: según el Código Penal, a los 80 años los ciudadanos del país, aunque no perdían la responsabilidad penal, quedaban exentos de cumplir condenas carcelarias por cualquier delito que cometieran. La idea llegó como un relámpago y, desde aquel día, Lucrecia empezó a ser verdaderamente feliz: ¿si ya había resistido 42 años, qué cosa eran otros 18, esperados con un único y satisfactorio propósito?
Su mayor preocupación fue que la naturaleza -o Dios, según los creyentes- le hiciera una mala faena y se llevara del mundo a Serafín o quizás a ella misma, antes de que se cumpliera el plazo y le arrebatara aquel inmenso placer. También la martirizaba la posibilidad de que modificaran las leyes y desapareciera una bonificación que parecía decretada para ella: porque, si bien había sido capaz de soportar a Serafín, sus ataques de ira, sus gritos y ofensas por cualquier motivo y hasta sus eyaculaciones precoces, el encierro en una cárcel era algo que la horrorizaba -más incluso que vivir con un tirano que, 17 veces en 60 años, había llegado a la agresión física-.
Durante los primeros años de matrimonio cometió el error de desestimar la opción del divorcio a causa de sus tres hijos. Pero esos mismos hijos pusieron mar por medio en cuanto les fue posible y en alguna ocasión le confesaron que se iban de la casa y del país para estar lo más lejos posible del padre. Y le aconsejaron hacer lo mismo: pero ella dejó pasar el tiempo y, cuando lo pensaba seriamente, leyó el artículo que le dio sentido a su vida.
Desde que supo cómo se libraría del sátrapa que le amargaba la vida a todo el que se le aproximara, Lucrecia comenzó a vivir cada día de aquella moratoria con una fruición indescriptible: como mismo se había convertido en su carcelera, ella ejecutaría su liberación.
A las 11.10, Lucrecia se bebió una taza de café. Oficial y cronológicamente había entrado en los 80 años. Levantó el teléfono y llamó a la policía para notificar el asesinato de Serafín Torres, y añadió su dirección.
Esperó entonces a que su casi difunto marido diera un grito reclamando el oloroso café. En seguida, mi amor, respondió. Lucrecia se enjugó el sudor, pensó que en la calle el calor debía ser espantoso y, mientras, acarició el hacha que guardaba en la gaveta de la cocina. Cantando por lo bajo Vereda tropical fue a cumplir el sueño que la había mantenido en pie aquellos 18 años de paciencia y felicidad.

Leonardo Padura es autor de la novela La neblina del ayer (Tusquets).