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viernes, 6 de junio de 2014

PRENSA CULTURAL. Sobre John Banville, Premio Príncipe de Asturias de las Letras

   En "El País":

Doble reconocimiento a John Banville

“Al borde de la vejez, al fin puedo estar aprendiendo a escribir”, dice el nuevo Príncipe de Asturias de las Letras

"Black es un artesano, Banville trata de ser un artista"


El autor irlandés John Banville. / EL PAÍS
Los dioses están hoy más envidiosos que nunca. Porque la alegría de un mortal como John Banville que escribe de las cosas que ellos añoran tanto como el amor y sus sombras, la belleza de lo cotidiano e intrascendente y de la vida y de la muerte con inquietantes universos privados y emocionales ha sido reconocida por otros mortales. Una vez más. ¿Dónde estará Hermes? ¿Cómo le habrá dado la noticia a esos dioses creados por Banville en Los infinitos de que él acaba de recibir otro galardón?
Él es un demiurgo en el que hay tres escritores en uno. Tres mundos con claroscuros: dos salidos de su cabeza y otro ajeno ensanchado por él. Eso es John Banville (Wexford, Irlanda, 1945). Y eso ha distinguido el 34º Premio Príncipe Asturias de las Letras 2014. Porque el novelista irlandés es el creador de obras como Eclipse, El mar y El intocable (Anagrama) o Antigua luz (Alfaguara); también de zonas más oscuras con su álter ego Benjamin Black en la novela policíaca; y no contento con eso, y bajo el nombre de Black, se atrevió a revivir a Philip Marlowe, el detective de Raymond Chandler.
A punto de cumplir 70 años, y tras medio siglo escribiendo, cree que quizás ahora, mientras se tambalea “al borde de la vejez”, al fin puede estar “aprendiendo a escribir”. Lo expresa por correo electrónico, en medio del incansable sonido del teléfono con felicitaciones de medio mundo, y después de mostrarse conmovido por la noticia se pregunta: “¿Entonces el premio no me lo dará el Príncipe sino el Rey?”. Banville directo, incisivo y rápido. La pregunta se debe a que los Príncipes de Asturias, Don Felipe y Doña Letizia, habrán sido coronados reyes para cuando se entregue el galardón en octubre. La Fundación no ha facilitado ninguna información sobre el tema. ¿Le cambiará el nombre al galardón por el de Princesa de Asturias, con lo cual correspondería a la hija de los futuros reyes, Leonor, de ocho años? ¿O volvería a su nombre original de Premios del Principado de Asturias?
Banville no solo cree en el hechizo de contar una historia, sino que también considera que la belleza de lo escrito es esencial. “¡Ah, la belleza! Si pudiera definirla. Aunque sé reconocerla”, asegura. Como sus lectores. Como el jurado que ha destacado su “inteligente, honda y original creación novelesca, y a su otro yo, Benjamin Black, autor de turbadoras y críticas novelas policiacas”.
Hasta 2007 era un escritor poco conocido en España pero de culto. Es a partir de ese año cuando aparece su álter ego, en El secreto de Christine (Alfaguara), y su popularidad empieza a ascender. “No creo que haya sido él quien cambió mi carrera”, dice. “Eso se produjo al ganar con El mar, el Premio Booker, en 2005”. Pero expresa su felicidad al reconocer lo que ha significado Black en su vida y su carrera.
“Black es un artesano, John Banville trata de ser un artista”, confiesa el escritor. Piensa en Black “como un equilibrista —alguien que no mira atrás, ni hacia abajo, que no duda porque debe seguir hacia adelante, hasta el final—, mientras que Banville es un pobre viejo topo que en la oscuridad cava con dificultad su camino, poco a poco, con esperanza de salir un día a la luz…”.
Es uno de los últimos escritores de una estirpe, según Javier Marías: “La de ser consciente del estilo. Él procura tener un estilo artístico. Posee una prosa fluida, diáfana e inquietante con un alto grado de profundidad”.
Banville trabajó como periodista (de 1969 a 2000) porque lo liberó de apuros económicos y podía escribir lo que han premiado: “El escritor y el periodista eran personas independientes, al igual que BB y JB están separados”. Otro mensaje para Hermes.

jueves, 31 de octubre de 2013

PRENSA CULTURAL. Sobre Antonio Muñoz Molina


   En "El Confidencial":
ANTONIO MUÑOZ MOLINA, A LAS PUERTAS DEL PREMIO

El príncipe republicano sube al trono

Antes de recibir el viernes el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, tendrá que pasar por la comparecencia pública y multitudinaria, en Oviedo,ante más de mil personas de 59 clubes de lectura de Asturias y Cantabria. Los lectores han leído la obra del premiado y compartirán con Antonio Muñoz Molina las conclusiones de sus lecturas. Es uno de los actos que le esperan al autor que el jurado del premio destacó por la hondura y brillantez de su prosa, así como por su condición de intelectual comprometido con su tiempo.
¿Qué es lo que pretende Muñoz Molina en su obra? Contestó a El Confidencial, la última vez que atendió al medio, que quiere contribuir a un debate democrático, que antes del elogio pretende ser útil en el sentido “más práctico y honesto del término”. Las pretensiones del escritor de Sefarad (Alfaguara) o Beltenebros (Seix Barral), después de tres décadas ejerciendo el oficio, pasan por interrogar a la sociedad española y averiguar qué nos pasa, qué se puede hacer y por qué estamos arriesgando las cosas fundamentales. 
La vocación de contar el mundo, de preguntarse por el bien y el mal; de no volver a cometer el error él mismo –como apunta en su último ensayo– de despistarse con el ruido y denunciar todo lo que ponga en peligro lo que era sólido. Este es el ideario humanista que defiende Antonio Muñoz Molina, con sus reflexiones, sus palabras y su literatura:
UNO. Bien, la República. “Es una forma de gobierno más democrática que la monarquía”, aseguró el escritor de Todo lo que era sólido (Seix Barral) el día en que le fue concedido el Premio Príncipe de Asturias de las Letras ante los medios, en la Casa de América. Matizó que como forma de gobierno también tiene sus perversiones y que si le dieran a elegir entre la república holandesa y la venezolana, prefiere la primera. Antonio Muñoz Molina no es monárquico, aunque valora el papel de los Borbones: “A España le vino muy bien la presencia del rey en la Transición. En ese momento fue muy útil. Pero las personas que en la actualidad encarnan la institución no han estado a la altura de las circunstancias”. Fiel a su espíritu crítico, aclara que “el ideal republicano se ha cumplido en regímenes monárquicos con más eficacia que en regímenes republicanos”. 
DOS. Mal, el político. No en general, sino el político profesionalizado. El que hace carrera y oficio del bien común. “Deberíamos limitar los mandatos políticos para que no se pueda profesionalizar”. La crítica a la que somete en Todo lo que era sólido a esta clase política degenerada y pervertida empieza por la obediencia de partido: “El parlamento ofrece a diario el espectáculo entre grotesco y decadente de la obediencia en bloque a las directrices del partido, el aplauso cerrado al líder, el insulto soez al contrario”. Cualquier muestra de entendimiento ideológico es entendida como alta traición entre los políticos, para los que “la templanza es tibieza; el término medio, equidistancia y cobardía”. Y el repaso definitivo a todos sus defectos: “Han predicado la greña, la violencia verbal, la irresponsabilidad personal y colectiva, el halago, la intransigencia, la palabrería embustera, la falta de rigor, la indulgencia hacia el robo, el victimismo, el narcisismo, la paletería satisfecha, el odio, la grosería populista, el desprecio a las leyes”.
Jordi Évole y Antonio Muñoz Molina, en la Residencia de Estudiantes de Madrid. (Efe)
TRES. Bien, el aguafiestas. La deriva autobiográfica de Todo lo que era sólido, el último libro de Muñoz Molina, culmina en una clara penitencia por no haber estado a la altura de las circunstancias. Como casi nadie. Cuenta en entrevista con este periódico que era consciente del delirio político, pero no de cómo los ayuntamientos se convertían en máquinas de corrupción y negocio sucio. “El único que ha estado a la atura ha sido El Roto”, dice. Mano dura y cara de acelga contra la troika española: ladrillo, corrupción e injusticia. Es crítico con la generación de los sesenta, la suya, que “no ha querido ser mayor y ha renunciado a su responsabilidad”. Revisar el pasado para conocer el origen de los problemas de este país y, entre ellos, Antonio Muñoz Molina señala la tendencia desaforada a la celebración que tiene España.
CUATRO. Mal, la manipulación territorial. “La ciudadanía en España ha estado manipulada por el factor partidista y el factor territorial. Se ha prestado poca atención a lo que se ha hecho en los ayuntamientos. Hubo una moda que fue la recuperación de lo propio, lo verdadero. Una obsesión por recuperar lo originario. Mientras se habla de estas tonterías, no se habla de cosas importantes y se favorece una imagen populista y chabacana. Lo prerromano tira mucho”, explicaba el escritor en su encuentro con el presentador Jordi Évole en la Residencia de Estudiantes, el junio pasado. “Se habla mucho de nacionalismos, pero muy poco de las imitaciones nacionalistas, como la andalucización de Andalucía, con un canal de TV para convencernos a los andaluces de lo andaluces que somos y puros de espíritu rociero…”  
CINCO. Bien, la soberanía. “Necesitamos la ficción porque es un acto de soberanía. Es un acto de resistencia enconada”, dice. Recuerda lo fácil que lo tenían los escritores de su generación para escribir buenos libros, con la democracia recién estrenada, con un público que no existía pero que quería leer las novelas de todos ellos, formaban la primera generación que empezaba a publicar en libertad y contra Franco. Hoy: “El lector de nuestro país sigue siendo muy sofisticado. La literatura nunca ha sido un fenómeno de masas, aunque me preocupa que con la excusa de la tecnología desaparezcan cosas como la educación, las bibliotecas, las librerías… La literatura es mucha gente que cuida del libro, mucha gente”. Es muy crítico con las grandes empresas tecnológicas que aspiran a destruir el ecosistema literario para plantar un monocultivo y ser los dueños.
SEIS. Mal, la irresponsabilidad. “A nadie le ha interesado la otra parte del sistema democrático, que es la responsabilidad personal”, aseguraba a este periódico. Las cosas eran mucho menos sólidas de lo que parecía y el hundimiento ha pillado sin hacer los deberes a los escritores como él, ciegos por no saber “lo que ocurría en medio de la agitación del presente, por la distracción, por la irresponsabilidad” y porque cada uno está a sus propios asuntos. El escritor dice que la Transición fue un espejismo, porque no era tan intocable, ni tan sagrada, ni tan infalible. Reclama al ciudadano extremar la voluntad de trabajo para ser productivos y sobrios, reforzados por un sistema educativo que fortalezca las capacidades del mayor número de personas. “No hay sitio ya para la autoindulgencia, la conformidad y el halago”.
En la rueda de prensa de la concesión del Premio Príncipe de Asturias. (Efe)
SIETE. Bien, lo público. A Antonio Muñoz Molina lo que más le preocupa (y “aterra”) de este hundimiento es que por falta de carácter cívico, y por la incapacidad para ponernos de acuerdo en la defensa de lo fundamental, “permitamos la privatización de la vida”. Todo lo que se adquiere se pierde. “Nada está garantizado”. Y menos irónico de lo que parece: “Eso también te da mucha esperanza, porque no tenemos garantizado ni lo malo”. Aboga por la esperanza y el derrocamiento del determinismo que nos lleva a caminar en una dirección única. “Hay ejemplos para la esperanza: ¿cuánto tiempo hace que no escuchas la expresión ‘ruido de sables’?”.
OCHO. Mal, el retraso. “Podríamos haber creado un país sólido con todo el dinero que hemos derrochado y esa oportunidad la hemos perdido”. Su propuesta es debatir sobre cosas reales: qué tenemos, qué hemos hecho bien. Y apostar por nuestra mayor riqueza: “El que tiene una lengua como el castellano, que es multinacional, es como quien tiene petróleo”.    
NUEVE. Bien, en corto. El relato es el laboratorio I+D de la novela: no existe un elemento de la narrativa que no se estudie en un cuento y ahí están todos los problemas que se plantea un novelista: punto de vista, arranque, final, el tiempo, la voz, el equilibrio entre lo que se cuenta y lo que se esconde. “La novela corta es tal vez la modalidad narrativa en la que mejor resplandece la maestría”, escribe en el prólogo del libro Carlota Fainberg (Alfaguara). El menú de la experiencia de la lectura tiene tantos platos como imaginación el cocinero. José María Merino define un cuento como algo que empieza pronto y termina enseguida y Muñoz Molina suele recordarlo para subrayar la cualidad sustantiva de este género, más propio de las revistas que de los libros. El autor de Nada del otro mundo (Seix Barral) guarda en un lugar privilegiado El nadador de Cheever, los de la Nobel Alice Munro y la unidad de los cuentos de Juan Eduardo Zúñiga, autor de Largo noviembre de Madrid.
DIEZ. Mal, la retórica. “Las palabras le permiten a uno ser heroico sin correr ningún riesgo”, escribe en su último ensayo. El autor reclama antídotos contra la palabrería y a favor de la claridad como principio político. La obscenidad del mal uso de las palabras ha logrado que no veamos la separación entre la estética y la política. “Como escritor y como ciudadano quieres que las palabras sirvan para contribuir al conocimiento de la verdad, más que para envolverla”.  

lunes, 10 de junio de 2013

PRENSA CULTURAL. "La raíz literaria de Antonio Muñoz Molina". Juan Cruz

Antonio Muñoz Molina

   En "blogs.elpais":

La raíz literaria de Antonio Muñoz Molina

Por:  08 de junio de 2013
Vale para describir la raíz literaria de Antonio Muñoz Molina, desde esta semana premio Príncipe de Asturias de las Letras 2013, aquello que dijo Samuel Beckett sobre la raíz y el destino del hombre isleño: la isla siempre va con él, porque él, además, es la isla, lo será siempre, vaya donde vaya. Y Antonio Muñoz Molina es su isla personal, la que va con él, la que nació con él en Úbeda y la que vivió, en el principio de su dedicación a la ficción, frente a la sierra de Mágina.
En el triunfo y en la espera, en la melancolía y en los árboles de la memoria que ha ido tejiendo, ese lugar, la casa, la calle, el barrio, la biblioteca, el maestro, los padres, la familia, el eco de aquel tiempo así como el encuentro de esa época con el tiempo nuevo, con Elvira, con Madrid, con Nueva York y con la época que vive ya mirando por las ventanas de un universo que le gusta y que le disgusta sucesivamente, ha sido la raíz geográfica y humana que lo ha impulsado.
Hasta ahora y siempre. Ese sitio que ha sido sucesivamente muchos sitios y el mismo sitio es el sustento de su pura alegría de leer, y de escribir, y es evidentemente el sustento de su memoria, la que sigue asomando, como en Proust o como en el propio Beckett, a sus libros aunque en ellos no toque ese filamento del que por otra parte surgen algunos de sus textos más hermosos, y sobre todo el emocionante El viento de la luna.
       Esa es, me parece, la raíz de su literatura; esa raíz viene a mi mente cada vez que pienso en él, y por eso antes que La Alhambra, adonde me llevó cuando lo conocí, a finales de los años 80, después de que publicara Beatus Ille, lo recuerdo algún tiempo después caminando con Elvira y con sus padres por el territorio de Úbeda, las calles empedradas, las casas viejas, los recodos que fueron, quizá, los escenarios de sus primeros ejercicios de ficción. Allí y después lo vi mirar hacia el suelo, ensimismado y risueño, como en Madrid a veces, y como en Nueva York, buscando acaso en la propia identidad de los pies sobre el camino la metáfora de la que viene todo: de mirar, de mirar a la raíz, y de mirarlo todo.
       La otra raíz está ligada a esos tiempos y es la lectura, los comienzos de Muñoz Molina como lector, su libro imprescindible y su imprescindible cuaderno. Su letra formada para quedar y para ser legible: si un día él abandona en el metro uno de esos cuadernos un calígrafo diestro, un lector atento que lo hubiera encontrado escribiendo en alguna biblioteca, sabría que esa es la letra de Muñoz Molina. Y lo iría a buscar a otra biblioteca. Ahí vive su corazón, fuera de las tinieblas, acogiéndose a la luz brillante de los libros. De ahí viene. De Úbeda y de los libros. Esas son las sombras que lo acogen y que lo alientan como escritor.
Así pues, no puede concebirse esa obra que ha hecho hasta ahora sin señalar lo más puro y decisivo de su formación de lector. A lo largo del tiempo esa experiencia que no cesa se ha convertido en el trasunto metafórico de su manera de mirar, en los ensayos sobre pintura o sobre música, en su interpretación de lo que ocurre en la calle (aquellos reportajes sobre el 11S en Nueva York, aquellos paseos del Robinson urbano que fueron la raíz de su periodismo literario en Granada…) e incluso en sus más serenos pero rabiosos ensayos sobre lo que le pasa a este país para que en un momento determinado se adscribiera a la locura.
La obra de Antonio Muñoz Molina es la obra de un lector. Y de un hombre que mira la pintura o que escucha la música o que camina precedido por el aprendizaje que viene de los libros. Pura alegría se llama su libro de lector feliz, su apuesta por el libro como principio de toda aventura y de cualquier compromiso. El escenario de la batalla de las ideas. Hasta su libro más combativo hasta ahora, Todo lo que era sólido, que ha sido leído como una carta de batalla, es una narración que mira al suelo del que viene y a la raíz literaria de la que procede. “El presente era una niebla de palabras arcaicas”. No hay en esa literatura, por muy contingente que sea, ni una línea que no sea consecuencia de la cultura que le fue comunicando el libro incesante y del cuaderno con el que convive.
En 1981 ganó el primer premio Príncipe de Asturias de las Letras el poeta José Hierro. Si ahora se rastrea lo que escribió aquel autor combativo de Réquiem, y se ve asimismo lo que le dijo al Príncipe que le da nombre a estos premios en circunstancias francamente anormales en la historia democrática de España hallaremos, me parece, que esa metáfora por la que ahora transita la preocupación civil de Muñoz Molina no se aleja demasiado de la que entonces estaba en el aire y que Hierro empuñó como una declaración de principios. Por eso, y por la literatura que el galardón celebra, me ha alegrado tanto el premio que un jurado del que me gustó formar parte le concedió al escritor que desde hace más de medio siglo vive desde su raíz en Úbeda. 

viernes, 7 de junio de 2013

PRENSA CULTURAL. Antonio Muñoz Molina, Premio Príncipe de Asturias de las Letras

Antonio Muñoz Molina
   En "El País":

Una conciencia de nuestro tiempo

Antonio Muñoz Molina logra el galardón, que no recibía ningún español desde 1998

Es el primer escritor de la generación de la democracia en ser premiado

 Madrid 5 JUN 2013

Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1958) parece llegar antes a todas partes. A la Real Academia Española, al Nacional de Literatura, al de la Crítica y ahora al Príncipe de Asturias. Tras uno de esos galardones precoces, un escritor mayor le dijo: “Te has saltado la cola”.
—Yo no creo en los escalafones. La literatura no es eso. La literatura es gente que escribe y gente que lee. He visto personas enfurecidas porque no les daban premios o emborrachadas porque se los daban. Hay que tomarlos con naturalidad.
En 1981, el hombre que ayer recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras (ningún español lo había recibido desde Francisco Ayala, en 1998) logró un contrato de un año de auxiliar administrativo interino. Mientras pugnaba con ser escritor, organizaba actos culturales en el Ayuntamiento de Granada en una oficina con dos mesas, una para su jefe y otra para él. El interino miraba su ciudad como Robinson Crusoe y luego lo contaba en columnas de un periódico recién nacido, que caerían en las manos de alguien llamado Pere Gimferrer que pensó que aquel interino merecía una oportunidad. “Hay cosas que no puedes evitar. Escribía todo lo que se me pasaba por la cabeza. Me presentaba a concursos sin resultado. No sé cuánto tiempo más estaría así sin que la escritura diera sus frutos si no hubiera surgido un periódico nuevo en Granada que me dio la oportunidad”, rememoraba ayer en una sala de la Casa de América, casi tan perturbado por el interés mediático como por el jet-lag que aún arrastra.
Momentos antes, en una atestada conferencia de prensa que la escritora Elvira Lindo, su esposa, siguió en primera fila, el propio Antonio Muñoz Molina recordó que dio los retoques al texto definitivo de su primera novela, Beatus ille, hace justo 30 años. Poco menos que el tiempo de libertad. Es pues la primera vez que el Príncipe de Asturias distingue a un autor de la generación de la democracia, que aúna a novelistas dispares que tienen en común ese rasgo temporal tan excepcional del siglo XX español: escriben y publican sin yugo. “Hemos sido una generación privilegiada: no hemos estado condenados a la terrible barrera de los Pirineos y hemos tenido lectores fuera de nuestras fronteras. Y fue excepcional que llegásemos a los lectores en plena democracia”, destacó.
En su diversidad, compartían cierta aversión al sentimiento nacional tan tintado de connotaciones dictatoriales y cierta devoción hacia el mundo exterior. “Todos escribíamos novelas que tenían nombres extranjeros en el título”, bromea el autor de El invierno en Lisboa (1987), que le consagró con los premios Nacional de Literatura y de la Crítica. “Salvo Javier Marías, que ya era cosmopolita, todos los demás apenas habíamos viajado”. En común tenían, en opinión de Muñoz Molina, “una mayor desenvoltura con los géneros” y “una serie de amplitudes referenciales mayor”. Esa apertura de miras explica las idas y venidas del escritor por la autobiografía y el ensayo. Su paso por el servicio militar dio lugar a un libro sobre el Ejército en el que resulta difícil precisar si es más desternillante que pavoroso: Ardor guerrero. Igual que una etapa bastante menos montaraz, la de Nueva York, está atrapada en Ventanas de Manhattan.
En literatura, aclara, tampoco se elige: “Te encuentras con las cosas”. Y los premios, matiza, no quitan ni dan. “Solo se puede escribir en un estado de absoluta libertad. Un libro solo se puede escribir desde la posición del principiante. Lo que se aprende para un libro no sirve para el siguiente”. Su vida literaria, que acumula ya una veintena larga de títulos y que ayer el jurado del Príncipe de Asturias elogió por la “hondura y brillantez con que ha narrado fragmentos relevantes de la historia de su país”, está repleta de reconstrucciones, reflexiones o confesiones alrededor del pasado, que se habían mantenido en habitaciones separadas hasta que el autor decidió juntarlas en su último libro, Todo lo que era sólido (Seix Barral), ensayo contra la ceguera, tirón de orejas y acto de contricción por la hipnosis colectiva que causó la juerga del ladrillo.
“El porvenir es una incógnita llena de amenazas y el pasado es un lujo que ya no podemos permitirnos”, escribe. Muñoz Molina habla bajito pero en su último libro ha elevado la voz, enfadado consigo mismo por haber ignorado las señales, irritado por la oportunidad perdida en estas décadas de democracia que no se han utilizado para apuntalarla desde la sociedad civil y la administración pública, preocupado porque se pierdan las conquistas que han merecido la pena.
“Es que estaba enfadado, aunque procuré no escribir rabioso. También hice un esfuerzo de templanza. Hay que tener cuidado, cuando uno quiere denunciar el desastre, de no convertirse en parte del desastre”, avisa. “El enfado se hace en defensa de valores afirmativos, me molestaría escribir un libro nihilista. Hay mucha gente haciendo lo que tiene que hacer”, añade mientras señala hacia la plaza de Cibeles.
Corrupción, enchufismo, incompetencia, codicia… bajo el edredón del dinero la sociedad española incubó muchos vicios en poco tiempo. “El dinero amedrenta y hechiza, aturde con su monstruosa capacidad de multiplicación (…) El dinero parece lo más irrefutable y tiene el poder de comprarlo todo y trastornarlo todo y de pronto se evapora y ya es como si no hubiera existido”, reflexiona en el ensayo. Un tsunami que sumergió a la parte de la sociedad que siguió aferrada a sus vidas y ajena al pelotazo. Un ensayo que ha avivado la polémica porque algunos intelectuales se consideran injustamente recriminados. Él matiza que no acusa a nadie: “Ha habido una crítica del libro que nada tiene que ver con lo que el libro se dice. Leer libros, antes de criticarlos, a veces es un esfuerzo”.

PRENSA CULTURAL. Sobre Antonio Muñoz Molina. José-Carlos Mainer

Antonio Muñoz Molina
   En "El País":

La novela como acto moral

La ciudad de Granada, en los ochenta, fue clave en la privatización de la literatura

 5 JUN 2013

Al comienzo del decenio de los ochenta todo estaba preparado para la canonización de la intimidad en la literatura. No sé muy bien por qué (pero creo que un día habrá que divagar sobre ello) la ciudad de Granada fue un punto clave de aquella maniobra que yo me atreví a llamar, algunos años después, la “privatización de la literatura”. La decisión requería un pasado de militancia y compromiso, muchas y bulímicas lecturas y la convicción de que contar las cosas y preparar nuestro futuro en libertad empezaba por uno mismo. Por entonces, un joven funcionario del Ayuntamiento de aquella ciudad, Antonio Muñoz Molina, escribía unas columnas en el Diario de Granada y en El Ideal, las primeras bajo la bandera de El Robinsón urbano, y las segundas bajo la identidad del Capitán Nemo y desde un imaginario Nautilus,“que no es buque de guerra, sino refugio submarino contra las crudas afrentas de la realidad”. En ellas se hablaba de la “dolencia de la irrealidad” y se afirmaba que “uno escribe para combatir el olvido” o que “hay criaturas solas que pasean por la ciudad como si atravesaran un desierto”.
Dice la leyenda que aquellos síntomas de un nuevo romanticismo (tan desengañado) los leyó Pere Gimferrer y pidió al joven escritor una novela que casualmente ya tenía escrita. Así nació Beatus ille (1986), cuya forma interior es la de una ansiosa toma de posesión de su espacio narrativo. Se trata de una novela de la Guerra Civil y sus consecuencias, y también de los días encendidos de la preguerra en los que todo era posible. Y donde el joven Minaya, su protagonista, se gana el derecho de heredar a su Mio Cid, que es un escritor y militante olvidado: Jacinto Solana. Como en un relato iniciático, de él recibe la investidura de sus recuerdos, su impotencia para sobrevivir y el saber que existió un cuadro, Une partie de plaisir, que reflejaba la exacta temperatura que la amistad, el deseo, la vocación, tuvieron un día remoto. Otro cuadro (verdadero, en este caso), El jinete polaco, dio título y sentido a otra nueva novela de Muñoz Molina donde también la conquista del pasado se confunde con la posesión de una mujer: no hay conocimiento sin adquisición y por las páginas de El jinete polaco pululan las voces que desean confesar lo que ocurrió, las fotografías perdidas y halladas que desvelan aquellos días, una canción de Jim Morrison —Riders in storm— y, por supuesto, aquel cuadro de Rembrandt que es emblema y ademán de todo eso.
A esas alturas, Muñoz Molina ya había escrito dos juegos de género: una novela negra (El invierno en Lisboa) y otra de militantes clandestinos derrotados, con aire de relato de Graham Greene(Beltenebros). Y había descubierto que una novela es una virtualización del pasado y un acto esencialmente moral. Ya no era solo un inquieto romántico de provincias, sino —como tantos escritores europeos y estadounidenses que empezaron a escribir en los años setenta— un censor (y un aguafiestas) de su tiempo: unas veces, recontando las experiencias por sí mismo (Ardor guerrero, Ventanas de Manhattan, El viento de la luna), otras por intermedio de la parodia demoledora (Carlota Fainberg, El dueño del secreto), y algunas más por la ambiciosa voluntad de abordar las heridas enconadas del presente. Plenilunio habla a la vez de un policía al que persigue ETA, de la pésima educación escolar de nuestros días y de la pederastia. Sefarad lo hace de los destierros y acaba ¡otra vez! con la evocación de un cuadro exiliado: el Retrato de una niña de Velázquez, en el Metropolitan. La noche de los tiempos reconstruye (e inventa también) la historia de un fracaso amoroso que se enlaza a otro fracaso histórico: los dos son hijos del egoísmo de los particulares y víctimas —¿inocentes?— del horror colectivo.
El Premio Príncipe de Asturias ha dirigido otra vez su mirada a un escritor español, por lo que cabe felicitarse. Y ha reconocido a alguien cuya estirpe intelectual tiene mucho que ver con la de otros que lo han obtenido en fechas recientes: Philip Roth, Leonard Cohen, Margaret Atwood, Amos Oz, Claudio Magris o George Steiner verán en nuestro escritor a un meritísimo cofrade.


lunes, 24 de octubre de 2011

PRENSA CULTURAL. Discurso de Leonard Cohen al recibir el premio "Príncipe de Asturias de las Letras"

Leonard Cohen agradece el galardón que acaba de recibir en el Teatro Campoamor.- J. L. CEREIJIDO (EFE) ("El País")



   En "El País":
Todo empezó en esta tierra

LEONARD COHEN 22/10/2011

   Es un honor estar aquí esta noche, aunque quizá, como el gran maestro Riccardo Muti, no estoy acostumbrado a estar ante un público sin una orquesta detrás. Haré lo que pueda como solista. Anoche no logré dormir, pasé la noche en vela pensando en qué podía decir hoy aquí. Después de comerme todas las chocolatinas y cacahuetes del minibar garabateé unas pocas palabras pero dudo que haga falta referirse a ellas. Obviamente, estoy muy emocionado por el reconocimiento de la fundación. Pero he venido esta noche a expresar otro tipo de gratitud que espero poder contar en tres o cuatro minutos.
   Cuando estaba haciendo el equipaje en Los Ángeles me sentía inquieto porque siempre he tenido cierta ambigüedad sobre la poesía. Viene de un lugar que nadie controla, que nadie conquista. Es decir, si supiera de dónde vienen las canciones las haría con más frecuencia. Es difícil aceptar un premio por una actividad que en realidad no controlo. Haciendo el equipaje para venir, cogí mi guitarra 'Conde', hecha en España hace 40 años más o menos. La saqué de la caja y parecía hecha de helio, muy ligera. Me la puse en la cara y la olí, está muy bien diseñada, la fragancia de la madera viva. Sabemos que la madera nunca acaba de morir y por eso olía el cedro, tan fresco, como si fuera el primer día, cuando compré la guitarra hace 40 años. Y una voz parecía decirme: "Eres un hombre viejo y no has dado las gracias, no has devuelto tu gratitud a quien la merece: el suelo, la tierra, al pueblo que te ha dado tanto. Porque igual que un hombre no es un DNI, una calificación de deuda tampoco es un país. Ustedes saben de mi fuerte asociación con Federico García Lorca y puedo decir que mientras era joven y adolescente no encontré una voz y solo cuando leí a Lorca, en una traducción, encontré una voz que me dio permiso para descubrir mi propia voz, para ubicar mi yo, un yo que aún no está terminado.
   Al hacerme mayor supe que las instrucciones venían con esa voz. ¿Y qué instrucciones eran esas? Nunca lamentar. Y si queremos expresar la derrota que nos ataca a todos tiene que ser en los confines estrictos de la dignidad y de la belleza. Así que ya tenía una voz, pero no tenía el instrumento para expresarla. No tenía una canción. Y ahora voy a contarles brevemente la historia de cómo conseguí mi canción.
   Yo era un guitarrista indiferente. Solo me sabía unos cuantos acordes. Me sentaba con mis amigos, bebía y cantaba, pero nunca me vi como un músico o un cantante. Un día, a principios de los años sesenta, estaba de visita en casa de mi madre. Su casa estaba cerca de un parque con una pista de tenis donde íbamos a ver jugar al baloncesto. Era un lugar que conocía de mi infancia. Me paseé por allí y encontré a un joven tocando una guitarra flamenca. Me encantó, estaba rodeado de algunas chicas y me senté a escucharlo, me cautivaba, yo quería tocar así, aunque sabía que nunca lo lograría.
   Me acerqué a él y nos entendimos medio en francés medio en inglés y pactamos unas clases en casa de mi madre. Era un joven español. Al día siguiente se presentó. Me dijo: "Déjame escucharte tocar algo". Lo hice y declaró que no tenía ni idea. Él cogió la guitarra, la afinó, me la devolvió y dijo: "No suena mal. Ahora tócala de nuevo". No cambió mucho. La cogió otra vez y me dijo: "Te voy a enseñar unos acordes". Tocó una secuencia rápida de acordes y luego me explicó dónde tenía que poner los dedos y me dijo otra vez: "Ahora toca". Pero fue un desastre.
   Al día siguiente, empezamos de nuevo con esos seis acordes. Muchas canciones flamencas se basan en ellos. Al tercer día la cosa mejoró. Aprendí los seis acordes. Al día siguiente el guitarrista no volvió por casa. Dejó de venir. Como yo tenía el número de la pensión donde se alojaba fui a buscarlo para ver qué le había pasado. Allí me contaron que aquel español se había suicidado, que se había quitado la vida. Yo no sabía nada de él, de qué parte de España era, por qué estaba en Montreal, por qué estaba en la pista de tenis, por qué se había quitado la vida.
   Sentí una enorme tristeza. Nunca antes había contado esto en público. Esos seis acordes, esa pauta de sonido, ha sido la base de todas mis canciones y de toda mi música y quizá ahora puedan comenzar a entender la magnitud del agradecimiento que tengo a este país. Todo lo que han encontrado favorable en mi obra viene de esta historia que les acabo de contar. Toda mi obra está inspirada por esta tierra. Así que gracias por celebrarla porque es suya, solo me han permitido poner mi firma al final de la última página.

   Discurso pronunciado por Leonard Cohen.