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lunes, 1 de junio de 2015

PRENSA. "Los 'daños colaterales' del último conflicto birmano"

   En "El País":

Los ‘daños colaterales’ del último conflicto birmano

Más de 100.000 desplazados internos están condenados a la miseria en Birmania

Diversos conflictos hacen que falten medicamentos, comida, y acceso a la educación

Un niño enfermo espera atención a en el hospital de Laiza, que ha cerrado su planta de pediatría por falta de recursos.
Un niño enfermo espera atención a en el hospital de Laiza, que ha cerrado su planta de pediatría por falta de recursos. / ZIGOR ALDAMA

Lahtaw Zansan solo tiene el graduado escolar, pero en sus manos está la educación de más de 200 niños. Son los que acuden al improvisado colegio del campo de desplazados internos de Jeyang, un complejo de chabolas de madera que cubre a duras penas las necesidades educativas de los 8.500 habitantes de estas instalaciones situadas a unos 20 kilómetros de Laiza, la ciudad del norte de Myanmar —antes conocida como Birmania— que sirve de bastión al Ejército Independentista Kachin (KIA en sus siglas en inglés), uno de los dos grupos armados que continúan enfrentándose al ejército regular del país en conflictos cuya violencia ha escalado este año. El Gobierno asegura que han muerto 126 soldados en la cercana región de Kokang desde el inicio de los enfrentamientos el pasado 9 de febrero, pero se ignora cuántos civiles han perdido la vida.
"Apenas tenemos material escolar y la cualificación de los profesores es escasa. Pero aquí no llega casi nada de ayuda internacional, y los militares impiden la llegada de los convoyes de la ONU", se lamenta Zansan, que abandonó su hogar en junio de 2013 con otros cinco miembros de su familia. "Teníamos miedo de que nos mataran porque el Ejército entraba en las aldeas disparando y destrozando las casas. Muchas mujeres también fueron violadas, así que decidimos escapar", recuerda su madre, Tangban Hkawng. Después de haber buscado cobijo en otras localidades cercanas a la frontera con China, siguieron al resto de los que huían de los combates. "Ahora no creo que podamos regresar en mucho tiempo", sentencia.
A pesar de las numerosas conversaciones de paz que han protagonizado en los últimos años los dirigentes birmanos y los líderes del KIA, la situación ha empeorado desde finales del año pasado, cuando una pieza de artillería mató a 23 cadetes kachin. Desde entonces los ataques son constantes, se han extendido al cercano territorio que ocupa la etnia kokang, y ahora amenazan con convertirse en un conflicto internacional después de que el pasado 13 de marzo una bomba lanzada por un caza birmano matase a cuatro agricultores en suelo chino. Es, sin duda, una losa excesivamente pesada para el ya de por sí difícil desarrollo de una región que, sin embargo, es rica en oro, jade, y madera. Así, a pesar de que el Banco Asiático para el Desarrollo estima que la economía de Myanmar crecerá un asombroso 7,8% durante el año fiscal de 2014 —que concluye el 31 de marzo—, en la treintena de campos de desplazados del Estado Kachin ya se hacinan más de 80.000 personas en condiciones completamente insalubres. "Nuestro objetivo ya solo es sobrevivir", asegura una de ellas, Tubu Gam.
"Los desplazados llevan más de tres años en construcciones completamente inadecuadas, y hacen falta ropa, mosquiteras, alimentos, y medicinas", enumera Labai Dan Pisa, director del organismo que administra los campos, que depende del gobierno guerrillero, la Organización Independentista Kachin (KIO). "Nosotros no podemos proporcionar trabajo y escasean los recursos. Así, están aumentando de forma alarmante los casos de desnutrición y tememos que una generación de niños pierda su capacidad para labrarse un futuro por la falta de formación", explica. Aunque no lo mencione, los más jóvenes también son vulnerables a otra gran lacra: la trata de personas. Gracias a la cercanía de China, las mafias tienen mucho más fácil comerciar con mujeres y niñas para la prostitución o para venderlas en matrimonio en el gigante asiático.
Responsables de Naciones Unidas que hablan bajo condición de anonimato reconocen que las autoridades birmanas ponen todo tipo de impedimentos a la distribución de ayuda humanitaria esencial como medida de presión para forzar al KIA a firmar un alto el fuego similar al que ya está en vigor con otros 14 grupos armados. "A veces los convoyes pueden pasar y entonces algo que debería ser habitual se convierte en noticia", comenta en Yangon un trabajador del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). "Nuestro acceso está muy restringido y eso dificulta que podamos evaluar la situación correctamente y acudir para impedir que se deteriore todavía más".

Nu Kai posa en su vivienda con sus hermanos. La metralla le dañó la espina dorsal y ahora tanto ella como su hermana mayor han tenido que dejar de acudir a la escuela para cuidar de ella y ahorrar con el objetivo de pagar las operaciones que requiere.
Nu Kai posa en su vivienda con sus hermanos. La metralla le dañó la espina dorsal y ahora tanto ella como su hermana mayor han tenido que dejar de acudir a la escuela para cuidar de ella y ahorrar con el objetivo de pagar las operaciones que requiere. / ZIGOR ALDAMA
Mientras tanto, ajeno a los tejemanejes políticos, Zansan tiene que sacar adelante a su familia con los escasos 20 euros que gana al mes como profesor. "A veces los chinos nos dan algo de arroz y de aceite, tenemos suerte de no haber enfermado, y no aquí no hay que pagar por la vivienda", afirma. "Pero es muy pequeña, está llena de goteras, y sí que hay que abonar la electricidad y cualquier otro tipo de comida, que es muy cara". Por eso, en un riachuelo cercano uno de sus hijos se afana en la pesca con redes artesanales. Cualquier criatura viviente es bienvenida. "En ocasiones, si pasamos mucha hambre, tenemos que robar alguna gallina fuera del campo", admite entre risas nerviosas uno de sus amigos que, a sus 12 años y como muchos otros, está pensando en alistarse en el KIA para escapar de Jeyang.
Al fin y al cabo, la desesperación que se vive en los campos de desplazados es el mejor caldo de cultivo para los guerrilleros, cuya exigencia actual es la creación de un Estado federal en el que se les otorgue una amplia autonomía. Es una de las muchas promesas que no se han cumplido en Myanmar, un país que ahora está inmerso en una transición democrática que debería culminar a finales de año con las primeras elecciones libres desde 1990, año en el que los militares se negaron a reconocer la victoria en las urnas de Aung San Suu Kyi, hija del fundador del país y líder de la Liga Nacional por la Democracia.
"Nosotros somos cristianos —el 90% de los birmanos son budistas—, tenemos una cultura diferente, y exigimos que se respete", comenta Myitung Seng Pan, que ha celebrado su mayoría de edad vistiendo el traje verde claro que los nuevos reclutas lucen en el mayor centro de adiestramiento del KIA, situado a pocos kilómetros de Laiza. Junto a ella, decenas de jóvenes y adolescentes, algunos de solo 15 años, empuñan fusiles de madera esculpidos a golpe de machete y sudan bajo el intenso calor tropical mientras los instructores gritan órdenes y les hacen correr de un lado a otro. "Cuando se recrudeció la guerra —en 2011 se rompió el acuerdo de no agresión que llevaba en vigor 17 años— tuve que dejar el colegio y escapar a uno de los campos con mi madre, porque las tropas del Gobierno avanzaban rápidamente matando a la gente. Cuando vi la situación en la que estaba mi pueblo decidí alistarme para tratar de aliviar su sufrimiento y evitar que mis dos hermanos pequeños tengan que sufrir lo mismo que nosotros", apostilla Seng Pan. A su alrededor, el resto de reclutas que escuchan la conversación asienten en silencio.
Saben que pueden morir en cualquier momento, y una visita al principal hospital de Laiza hace pensar que eso es mejor que caer malherido. Porque este centro sanitario amenaza ruina. "La zona de pediatría está cerrada por falta de enfermeras, y hemos tenido que poner a los pacientes de tuberculosis y de VIH con el resto porque carecemos de una zona de aislamiento. De hecho, ni siquiera podemos aislar la máquina de rayos X, así que el personal está recibiendo dosis extremadamente altas de radiación. Por si fuese poco, en la estación de lluvias la malaria nos desborda. Hemos retrocedido una década en la calidad de asistencia sanitaria que estamos ofreciendo a la población", explica el asistente del director, Nangzing Bawk.
Los cuidados que ofrecen en el hospital son gratuitos, pero Bawk niega con la cabeza cuando se le pregunta si pueden pagar las medicinas. "Hay pacientes que mueren porque no pueden hacer frente a su costo". Buen ejemplo de ello es un hombre tumbado en una camilla: tiene el hígado tan hinchado que parece que su abdomen vaya a explotar en cualquier momento. Hace un par de días el médico lo drenó, pero los medicamentos que requiere son demasiado costosos y su situación empeora. "Cada bote de estos que le damos por vía intravenosa cuesta unos 400 yuanes (60 euros) al otro lado de la frontera, más de lo que gana él en un año", comenta Bawk con un gesto de impotencia. "Los casos graves, si quieren sobrevivir, deben ser trasladados a China y costearse el tratamiento allí".

Myiuntung Seng Pan reza poco antes de comer un plato de arroz con verduras en las instalaciones de entrenamiento del KIA.
Myiuntung Seng Pan reza poco antes de comer un plato de arroz con verduras en las instalaciones de entrenamiento del KIA. / ZIGOR ALDAMA
No muy lejos del hospital, en una pequeña casa de la ciudad, Nu Kai es un buen ejemplo de cómo el conflicto en Kachin está destrozando para siempre la vida de civiles inocentes. Sobre todo de los más pequeños. Ella tiene 12 años, y a finales de 2012 fue víctima de un ataque con artillería del Ejército. "Era pronto por la mañana, había mucho ruido de armas, así que salimos corriendo de casa en busca de refugio", recuerda su hermana. "Justo entonces comenzó un bombardeo. Cuando terminó, descubrimos que Nu estaba en el suelo, y que la metralla le había alcanzado". Concretamente le afectó a la espina dorsal, razón por la que ha perdido la movilidad en las piernas y sufre graves dolores por la noche. Ahora requiere de atención constante y ha dejado de acudir a la escuela. Aunque el KIA donó el equivalente a 1.200 euros para tratarla en un hospital chino, su condición no mejora. "Tenemos que ahorrar todo lo que podamos para pagar el resto de las operaciones que los médicos chinos le han recomendado".
Desafortunadamente, no parece que vayan a alcanzar su objetivo, así que Nu Kai quedará como uno de los muchos daños colaterales que está dejando la última guerra de Myanmar justo cuando más esperanza tiene la población birmana en un cambio político y en un rápido desarrollo económico que saque al país de la pobreza. "Las minorías étnicas no compartimos el optimismo porque nos sentimos fuera del proceso de democratización", dispara Dan Pisa. "Se nos ha excluido tradicionalmente del desarrollo del país, una de las razones por las que existen veinte grupos étnicos armados, y tememos que nada vaya a cambiar aunque la Liga Nacional por la Democracia sustituya a los militares disfrazados de civiles. El conflicto solo acabará cuando todos tengamos las mismas oportunidades".

jueves, 28 de mayo de 2015

PRENSA CULTURAL. "La basura". Martín Caparrós

   En "El País":
LECTURA

La basura

Los desperdicios son casa, vida y sustento de miles de argentinos que no tienen qué comer. Martín Caparrós lo relata en su libro 'El Hambre'. Aquí, un extracto


MARÍA JOSÉ DURÁN
El sol ataca. Hay un camino de tierra, un descampado, olor a rayos; hay un puente. Bajo el puente, el río Reconquista es un amasijo de agua marrón y espuma, podredumbre. El sol deshace. Sobre el puente, cientos de personas esperan que, unos metros más allá, una barrera se abra. Transpiran, esperan, se miran, hablan poco; muchos tienen bicicletas. Bajo el puente se oyen unos gritos: dos muchachos de 15, 16 corren a otro muchacho de 15, 16. Sobre el puente, cuando se abra la barrera, los cientos de personas van a correr hacia la gran montaña de basura. Son hombres, casi todos; casi todos son jóvenes —pero hay mujeres, viejos. Bajo el puente, el perseguido grita; los perseguidores lo alcanzan, lo acosan, el perseguido grita más. Sobre el puente algunos miran: hacen como que no miran y los miran. Abajo, los perseguidores voltean al perseguido, lo agarran por los brazos y los pies, lo hamacan en el aire, lo revolean al río. El perseguido cae al río podrido, ya no grita. Los que esperan esperan. El sol estalla.
—Es muy feo tener que andar en la basura. Mi marido me decía que así es la vida. Y yo le decía que si es así, la vida es muy fea. Se fue, mi marido, vaya a saber dónde andará, se fue y me dejó con cinco chicos. Y yo sigo acá con la basura.
Los basurales de José León Suárez son una tradición argentina. Aquí, hace más de 50 años, un gobierno militar fusiló a una cantidad confusa de civiles que intentaban apoyar un levantamiento militar peronista. De aquí —de aquella historia— salió un relato que empezaba diciendo que un muerto estaba vivo:
"Seis meses más tarde, una noche asfixiante de verano, frente a un vaso de cerveza, un hombre me dice:
—Hay un fusilado que vive.
"No sé qué es lo que consigue atraerme en esa historia difusa, lejana, erizada de improbabilidades". Escribió en 1957 Rodolfo Walsh para empezar a contar su Operación Masacre —y de esas líneas salió, poco más o menos, todo lo que hacemos. De aquí, de los basurales de José Léon Suárez.
—Paty, puré de tomate, sopa encuentro, cosas de ésas. Sí, yo cocino casi todo de allá arriba.
—¿Y qué es lo que más cocinás?
—Guiso. Guiso con papa, fideo, arroz. Si encuentro carne, carne.
Depende de lo que encuentre en la montaña.
Los basurales cambiaron mucho desde entonces. Ahora son un emprendimiento de 300 hectáreas que se llama Ceamse —Coordinación Ecológica Área Metropolitana Sociedad del Estado. Su origen es turbio de tan claro: en 1977, los militares que asesinaban con denuedo, que llenaban el río de cadáveres, decidieron que tenían que terminar con el smog que afeaba el aire de la ciudad de Buenos Aires. Era una causa noble, bien ecololó: prohibieron los quemadores de basura domiciliarios y los reemplazaron por grandes depósitos ubicados en los suburbios; en su sistema de metáforas, la claridad del cielo del centro bien valía la mugre de las tierras de la periferia.
En esos mismos días, a menos de un kilómetro de allí, en Campo de Mayo, uno de los cuarteles más grandes del ejército argentino, cientos o miles de cuerpos fueron desaparecidos, quemados, enterrados.
La ciudad de Buenos Aires produce la basura; los territorios circundantes la reciben, la procesan —la consumen. La ciudad de Buenos Aires, donde viven tres millones de personas, produce cada día 6.500 toneladas de basura; treinta distritos del conurbano, donde viven diez millones, producen 10.000 toneladas diarias. O sea: cada habitante de la Capital basura el doble que uno de los suburbios. Pertenecer tiene sus privilegios.
Siempre hubo personas que cirujeaban: que rebuscaban en la basura cosas que vender. Con la instalación del Ceamse —con el aumento exponencial de la cantidad de basura que llegaba a la zona— los cirujas locales también fueron cada vez más. A fines de los noventa, cuando la Argentina se consolidó como un país partido, el Estado armó un cerco alrededor del basural: lo custodiaban docenas de policías. Y no tenían pruritos: cuando cruzaban un ciruja lo cagaban a golpes —y le sacaban, para su beneficio, lo que había recogido. Las autoridades del Ceamse decían que lo hacían por el bien de los invasores: que no podían permitir que se llevaran —y comieran— alimentos descompuestos que podían dañarlos. El Estado que no les garantizaba la comida garantizaba que no pudieran comerse un yogur agrio. Los cirujas empezaron a mejorar sus técnicas: entraban de noche, subrepticios, de a uno o dos o tres; cuando veían algún policía se escondían, a menudo bajo la basura.

"La ciudad de Buenos Aires produce la basura; los territorios circundantes la reciben, la procesan, la consumen"
Aun así, el cirujeo era un trabajo posible en un país donde escaseaban los trabajos. Alrededor del basural había un cinturón de tierras vacías, inhabitables por razones sanitarias. De a poco, personas fueron ocupándolas.
—Yo ese día me enteré a las tres o cuatro de la tarde de que estaban ocupando, y a las seis estaba ahí, con mi pedazo de toldo. Fue difícil, muy difícil. Es como en todos los barrios: se mete uno, se meten dos y cuando te querés acordar ya estaban todos.
Dice Lorena.
—Yo ahí me terminé de dar cuenta de lo que es ser pobre.
Corría 1998 y la Argentina estaba, como suele, en plena crisis económica, social. Las tierras alrededor del basural se llenaban de personas que se habían quedado sin empleo, que ya no podían pagar los mínimos alquileres que les cobraban por una casilla donde sobrevivir. Y además habían llegado miles de refugiados de las inundaciones de las provincias del nordeste: la zona rebosaba de pobreza.
—Fue muy espontánea la toma. Cuando vos tomás la tierra es así, un gran kilombo, todo lleno de pedazos de cable para marcar los lotes, y yo estaba sentada arriba de una piedra cuidando un pedazo de tierra. Había un vecino que se llamaba Coqui, y él siempre me cargaba: "¿Vos te acordás de esos años, cuando eras bien blanquita? Y era muy joven: no tenía 25. Ahora Lorena tiene 38 años y pesa, dice, casi 200 kilos: una masa con la cara risueña, inteligente, el pelo corto medio rubio, carne que le desborda.
–Ahora soy colorada, la piel se te curte, se te quema, los bracitos negros... "¿Vos te acordás de cuando eras bien pálida, Lore, y estabas sentada ahí en esa piedra?" Yo lo que me acuerdo es que tenía un miedo...
Lorena había llegado del Uruguay ocho años antes, cuando tenía 16. Venía de un barrio obrero de Montevideo: su padre se había ido cuando ella era chiquita; su madre, costurera, trabajó mucho para mantener a sus cuatro hijas que, de a poco, fueron emigrando a la Argentina. Su último gran esfuerzo fue darle a la menor, Lorena, su fiesta de quince; estaba enferma y murió de un infarto dos meses después. Lorena, sola, sin recursos, no tuvo más remedio que irse a la casa de una hermana, del otro lado del Río de la Plata, en los suburbios de Buenos Aires, en José León Suárez.
—Me tomé el ómnibus que venía desde Montevideo, viajé toda la noche. Y a la madrugada entró a Buenos Aires, por una autopista, entró al centro y estaba amaneciendo y yo miraba por la ventana y yo decía uy, Hollywood, llegué a Hollywood, luces, autopista, unas mujeres que salían de vaya a saber dónde con las botas hasta la rodilla, los shorts cortitos y esas botas. Yo venía tipo Janis Joplin: la pollera hindú, las trenzas, los zuequitos de madera, y esa minas salían de la bailanta con botas y minishort. Yo miraba para afuera, por la ventana, y se me salían los ojos, porque era demasiado: "autopista, bota y culo", decía. Me explotaba el corazón y decía dónde estoy, qué es esto, dónde me metí.
En José León Suárez tampoco entendía nada. Sus hermanas se inquietaron ante esa adolescente que les llegaba del pasado. Lorena no tenía papeles, no tenía educación, no sabía qué hacer con su vida.
—Empecé a trabajar en un choripán al paso en la estación de tren. El dueño me tocaba el culo y yo no quería decir nada y un día exploté y lo mandé al carajo y no fui más. Y ahí enseguida me enganché a cartonear. Acá en Suárez todos iban con los carros y bueno, empecé a drogarme mucho. Yo no sabía lo que era un faso... Y todo ese submundo de la pobreza, la miseria. Yo me quería matar... Y después me pasó algo muy lindo: conocí al papá de mis hijos. Estuve muchos años, 16 años con el papá de mis hijos. Fue una linda historia.

"A finales de los noventa el Estado cercó el basural. Los que no les garantizaban la comida garantizaban que no pudieran comerse un yogur agrio"
El muchacho se llamaba César, trabajaba en una fábrica, tenía una familia. Juntos armaron otra: dos hijos biológicos, una hija adoptada. En esos días de 1998 vivían en un ranchito que alquilaban; a él lo habían echado de la fábrica y ya no sabían cómo pagarlo. Y además Lorena siempre había querido tener algo propio: un pedazo de tierra. Pero esa tarde él no quería ir a ocupar. Ella le insistía:
—Yo ya estaba hinchada las bolas, no daba más. Siempre hacía todo en regla, todo bien y me seguía yendo mal, nunca tenía nada. Pero el Flaco no quería quebrar la ley, quería hacer todo por derecha. Y más cuando vio lo que eran esas tierras, un basural medio inundado, todo lleno de mierda, de barro, las ratas de este tamaño. Fue la primera vez que nos separamos.
Esa tarde cada cual ocupaba lo que podía. Lorena lo recuerda con cariño. La gente se ayudaba: vení por acá, metete en este lugar, dale, qué necesitás. Al principio cada uno se quedó con un lote de 30 por 30; pronto vieron que así no alcanzaba para todos y decidieron cortarlos por la mitad: 30 por 15, y entonces sí. Empezaron a delinear las calles, el espacio donde alguna vez estarían las veredas: semanas de trabajos, de entusiasmo. Y de conflictos: había algunos que ocupaban para venderles a los que llegaran más tarde, pero los vecinos se ocupaban de impedirlo.
—Cuando me enteraba de que alguno estaba para hacer negocio llamaba a mis compañeros, les decía vamos para allá y nos poníamos nosotros en el lote hasta que metíamos una familia, no dejábamos que se venda hasta que metíamos a una familia. Todos teníamos tolderías, vivimos casi seis meses así. Para sobrevivir ahí teníamos que organizarnos en grupos de los que ya estábamos viviendo, para poder cocinar y hacer un fuego porque la policía no nos dejaba entrar con madera, no nos dejaba entrar chapas. Tampoco teníamos agua, el agua que había estaba repodrida, hubo mucha hepatitis. Organizamos la olla popular, empezamos a ver cómo podíamos traer agua; es muy duro el asentamiento al principio. Ahí empecé también a ver que yo podía hacer algunas cosas.
Tiempo después alguien se dio cuenta de que un barrio sin nombre no es un barrio. Lo discutieron en una asamblea de vecinos. Varios quisieron ponerle José Luis Cabezas, el nombre de un fotógrafo que un millonario menemista había mandado matar un año antes. Pero al final decidieron que lo llamarían Ocho de Mayo, porque ése era el día en que por fin se habían atrevido: el día en que empezó.
En los meses siguientes llegaron muchos miles más: todas las tierras baldías —los basurales, los pantanos— de los alrededores se fueron transformando en barrios. Con el tiempo, César aceptó ir a vivir al terreno ocupado y se reconcilió con Lorena. No tenían muchas fuentes de ingresos; había días en que no alcanzaba para comer todo lo necesario: cartoneaban. Cartonear es un verbo nuevo en el idioma de los argentinos: no tiene más de veinte años. Es, en síntesis, la forma políticamente correcta, descafeinada, de llamar a los que viven de rebuscar en la basura ajena, los que suelen llamarse a sí mismos con la palabra antigua: cirujas.

"A comer de la bolsa del McDonald’s, de la basura de McDonald’s, estaba acostumbrada. Pero quería comer adentro"
Lorena solía ir hasta un barrio elegante de la Capital, Belgrano R. Algunos de sus vecinos también hacían el viaje; entre ellos, los padres de Noelia.
—Cuando Noelia tenía cinco o seis años, hace mucho, venía a un centro comunitario que habíamos armado en el barrio. Yo hacía un taller con los chiquitos y me acuerdo que estábamos hablando de los sueños, de lo que soñaba cada uno, y Noelia hizo un dibujo medio raro. Yo no entendía nada del dibujo, le pedí que me explicara. "Éste es un McDonald’s, tía". Y le dije: "¿Ése es tu sueño?" "Sí, comer, pero adentro, ¿eh?" Y me marcaba adentro. Porque la verdad es que a comer de la bolsa del McDonald’s, de la basura de McDonald’s, estaba acostumbrada. Pero quería comer adentro.
Dice Lorena, y que McDonald’s era "San McDonald’s porque salía la hamburguesa más linda. Hasta hoy el McDonald’s es el que te tira más limpio todo", dice. Pero Noelia quería comer adentro.
La mayoría de los vecinos del barrio Ocho de Mayo, entonces, hace unos diez años, subían a cirujear a la Montaña. A ese lugar que todavía llaman la Montaña.
—Juntás coraje. Si yo te digo negro, metete en ese montonazo de basura que hay ahí, ¿vos te vas a animar? Yo te puedo asegurar que no. Vas a tener que hacer de tripas corazón y te va a dar mucho asco y vas a vomitar y vas a decir yo no puedo estar acá.
El montón de basura tiene cinco o seis metros de alto, veinte de base, y es una verdadera porquería: todo tipo de restos chorreantes, pegajosos, aquel olor a infierno.
—Pero si tenés mucha hambre vas a hacer lo que tengas que hacer, y mala leche, y al final no te vas a dar cuenta. Es la necesidad... Lo único que nos moviliza para organizarnos, para pelear, para tener una tierra es cagarse de hambre. Lo necesito y lo hago. No somos muy conscientes, como no somos muy conscientes de trabajar acá. Porque si fuéramos muy conscientes, no estábamos acá.
Acá es la planta cooperativa de procesamiento de basura que dirige Lorena, al pie de la Montaña. Planta de procesamiento es un gran nombre: es un galpón repleto de basura, montones de basura alrededor, varias docenas de hombres y mujeres separándola, preparándola para la venta. Son los que zafaron de subir cada día a la Montaña: los cirujas con trabajo fijo. La Argentina es un país donde todo puede institucionalizarse; el mundo actual es un mundo donde todo.
—¿Por qué? Si fueran muy conscientes, ¿qué harían?

"Se sancionó lo que había sido clandestino y marginal: que miles de argentinos revolvieran esa basura para buscar comida"
—No sé, otra cosa. Nosotros ni pensamos cuánto vamos a tardar en morirnos trabajando acá... Es terrible porque la vida de todos los que trabajamos en el rubro de la basura, en todo lo que es el sector... Estamos apestadísmos, negro. Estamos apestadísimos... Trabajamos con las ratas, mirá las condiciones. Pero vos tenés que solucionar el tema del morfi hoy. Cuando hay hambre no podés pararte a mirar esas cosas.
Me dice Lorena.
Con la crisis de 2001 y el aumento de las ocupaciones y la falta de plata, la cantidad de cirujas se multiplicó de pronto —y su insistencia y su desesperación: cuentan que la custodia del basural se volvió más violenta, que al que trataba de entrar lo corrían a balazos. Entonces los cirujas empezaron a asaltar los camiones que llegaban. La represión aumentó también, y se extendió a los barrios cercanos. Había palos, tiros: molidos, heridos.
La policía mejoró, dicen, su metodología: a veces los dejaban entrar y los agarraban cuando salían, para sacarles lo que habían encontrado —y venderlo después en las villas. Algunos policías, dicen todavía los cirujas, les cobraban por dejarlos entrar: en plata, en mercadería, en sexo.
Hasta el 15 de marzo de 2004: esa noche, dos mellizos de 16 años, Federico y Diego Duarte, entraron, como muchas otras noches, a cirujear a la Montaña. Cuando apareció la policía se escondieron debajo de unos cartones en una pila de basura. Federico vio un camión que descargaba cataratas de mugre unos metros más allá, donde debía estar su hermano; cuando la policía se fue y pudo salir lo buscó por todas partes. Al otro día, su hermana Alicia hizo la denuncia policial; no le hicieron mucho caso. Dos días después, cuando un fiscal ordenó que lo rastrearan, ya era tarde.
El cuerpo de Diego Duarte nunca apareció, y el caso se transformó en un escándalo que los diarios nacionales retomaron. En protesta, el Camino del Buen Ayre —que atraviesa los terrenos del Ceamse— fue cortado por organizaciones piqueteras; unos días más tarde, cientos de cirujas incendiaron galpones del predio. Al final la empresa negoció; acordaron que cada día, durante una hora, hacia las cinco de la tarde, los cirujas podrían entrar a la Montaña. Era un modo de sancionar, de hacer institucional lo que hasta entonces había sido clandestino y marginal: que miles de argentinos revolvieran esa basura para buscar comida.
(...)
El Hambre, de Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957), se publicó en España el 28 de enero. Editorial Anagrama, 624 páginas. 24,90 euros, versión impresa; 14,99 euros, versión electrónica. Planeta lo editó en Argentina.

miércoles, 6 de mayo de 2015

PRENSA. UCRANIA. "Mujeres a pie de guerra"

   En "El País":

Mujeres a pie de guerra

Historias de enfermeras, voluntarias, combatientes... femeninas todas ellas, que desean ayudar a otros desde la retaguardia o en el frente de batalla en el conflicto ucraniano

Crisis en Ucrania
Natacha, de 27 años, avanza por una trinchera en las afueras de la localidad de Pervomaisk. Es una mujer cosaca y lucha junto con los hombres para defender su pueblo. / J.M. LÓPEZ
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Nadia come con ansia. Colma la cuchara con sopa. Muerde con avidez el mendrugo de pan. El hambre se ha convertido en su único compañero de juegos. Larisa, su madre, observa a su hija de cuatro años. No puede reprimir las lágrimas. Vive en medio del frente de combate. Por un lado, tiene a la artillería ucraniana; y por el otro, las tropas prorrusas, quienes le roban los pocos alimentos que tienen en la despensa. “He estado semanas sin comer nada de nada, salvo algunas hierbas que crecen en mi jardín. Mis vecinos se apiadan de nosotros y nos dan algo de comer”, se lamenta esta mujer madre de cuatro hijos y que lleva meses sin poder cobrar su salario. “Nosotros no vivimos, sólo sobrevivimos”, denuncia.
Esta madre, como muchas de las que viven en la ciudad de Pervomaisk, tiene que explicar a sus hijos que no puede comprarles chocolate o dulces porque no tiene dinero. “Muchas veces no lo entienden y se enfadan conmigo. Yo siempre les digo ‘mañana, mañana compraremos algún dulce’. Pero es mentira”, Larisa rompe a llorar. La ansiedad y la angustia acaban por desbordarla. “No quería venir a este comedor. Nunca he pedido nada en mi vida. Me avergüenzo de mi situación y de no poder mantener a mis hijos con dignidad”.
El llanto de la mujer es ahogado por el sonido de las cucharas golpeando los platos de sopa vacíos. Un ejército de caras tristes y cansadas abarrota el comedor social de Pervomaisk. La comida escasea en la ciudad y cientos de personas llenan, cada día, los diferentes comedores de la ciudad donde reparten un plato de sopa caliente y un pedazo de pan. “Damos de comer a más de 2.000 civiles. Son tiempos muy difíciles. La comida escasea. El frío aprieta y la gente no tiene dinero. Hemos contabilizado más de 10 muertos por culpa del hambre”, afirma Viktoria. Esta joven, de 17 años, se ofreció como voluntaria en este comedor social tras no poder volver al colegio por culpa de los bombardeos de la artillería ucraniana. “Mi responsabilidad era ayudar a mis vecinos. Ayudar a las familias que…”. Viktoria hace una pausa. Las ventanas de la vivienda vibran. La onda expansiva de un mortero las hace temblar. “… más lo necesitan puedan sobrevivir”.

12 momentos clave del conflicto

A.P.
  1. 21 de noviembre de 2013. Comienzan las protestas en la plaza Maidan contra las políticas de Viktor Yanukovich (presidente electo de Ucrania)
  2. 20 de febrero de 2014. Denominado Jueves Negro. 60 manifestantes mueren en enfrentamientos con la policía.
  3. 22 de febrero de 2014. Cae el gobierno de Yanukovich.
  4. 11 de marzo de 2014. Las regiones de Crimea y Sebastopol declaran su independencia de Ucrania para unirse a Rusia.
  5. 30 de marzo de 2014. Se producen manifestaciones en las provincias de Donetsk y Lugansk a favor de una mayor autonomía.
  6. 12 de abril de 2014. Se inician enfrentamientos entre milicias prorrusas y el ejército ucraniano en las provincias del Este de Ucrania.
  7. 24 de mayo de 2014. Las autoproclamadas Repúblicas Populares de Lugansk y Donetsk anunciaron la creación del Estado Federal de Nueva Rusia.
  8. 26 de mayo de 2014. Se inician intensos combates en el Aeropuerto Internacional de Donetsk y sus alrededores.
  9. 13-26 de junio de 2014. Se intensifican los enfrentamientos en el Este de Ucrania.
  10. 17 de julio de 2014. El Boeing 777 de Malaysia Airlines es derribado cerca de la localidad de Grabovo. Sus 295 pasajeros murieron en el accidente.
  11. 18 de julio-14 de agosto de 2014. Ofensiva del ejército ucraniano sobre Donetsk y Lugansk.
  12. 14 de febrero de 2015. Se inicia una tregua entre prorrusos y el gobierno de Kiev.
Viktoria trabaja junto a su madre, que es la cocinera, y junto a media docena de voluntarias del pueblo. “Cada día vemos a nuestros vecinos agradecidos. Nos agradecen tener algo caliente que llevarse a la boca. Pueden repetir todas las veces que quieran…”.

Sobrevivir en un refugio

Pervomaisk es una ciudad fantasma. De sus más de 50.000 vecinos sólo unos pocos han decidido quedarse y resistir el envite de la artillería que castiga, con dureza, las posiciones prorrusas situadas en la ciudad. Los que han decidido quedarse lo hacen escondidos en sótanos o en refugios antinucleares.
Sus ojos miran al infinito. La tristeza de su alma se dibuja en su rostro. El tictac de un pequeño reloj rompe el silencio de la habitación. Katia respira profundamente. Permanece sentada en una modesta butaca desvencijada por el paso del tiempo. Esta anciana de 82 años es consciente de que su vida se va apagando poco a poco. Tictac. Katia vive en un refugio construido durante la Guerra Fría y cuya función era la de albergar a cientos de civiles en caso de ataque nuclear y que, desde agosto, se ha convertido en su hogar. “No puedo volver a mi casa porque todas las ventanas están rotas y hace mucho frío por la noche. No tengo a donde ir”, se lamenta la anciana que vive hacinada en una destartalada habitación, de paredes mohosas y desconchadas.
“En la Segunda Guerra Mundial la situación no era tan mala como ahora. He visto a varios vecinos morir de hambre y no quiero que eso me pase a mí. Yo no quiero morirme así”, comenta entre sollozos. Katia tenía sólo seis años cuando los nazis asolaron su ciudad, pero aún conserva destellos de aquellos funestos días. “Había combates, bombardeos, había hambre… pero no nos matábamos entre hermanos. Nos ayudábamos entre nosotros”, afirma volviendo a mirar al infinito y a quedarse silente mientras ojea una biblia de color azul.
Nina Timofeevna cuida de Katia. Tiene 67 años y vive desde hace meses en el mismo refugio que ella. Los bombardeos destrozaron su casa y se refugió en el subsuelo junto con su hija, que tiene una discapacidad psíquica. Nina ha colocado varias rebanadas de pan duro en una sartén que se calienta al fuego. “Esa será nuestra cena hoy. Eso y un vaso de café”, se queja. “Nosotros no podemos ir a los comedores sociales porque están muy lejos. Si empiezan los bombardeos nos pillarían en medio de la calle, sin poder huir y moriríamos. Katia, con 82 años, no está para correr”, explica Nina.

Las mujeres de Donetsk

La figura del imponente Donbass Arena surge entre la espesa niebla que cubre la ciudad de Donetsk. Cientos de personas aguardan paciente su turno bajo la lluvia. Esperan para sacar un ticket con el que llevarse a casa una bolsa de alimentos. El hambre campa a sus anchas por la capital del carbón. “Hace meses que no recibo mi salario. Sólo me queda la caridad para poder sobrevivir”, se queja Anastasia mientras sostiene a su recién nacido.

Cada día, nuestros nos agradecen tener algo caliente que llevarse a la boca
Viktoria, voluntaria en un comedor social
“La situación se está volviendo insostenible para la población civil de Donetsk. Sin la ayuda que les brindamos la mayoría de las personas morirían de frío y de hambre en cuestión de semanas”, se sincera Anna. Esta joven ucraniana siempre ha tenido vocación para ayudar a los demás. Antes de la guerra trabajaba en un centro de ayuda a mujeres maltratadas. “Ahora dedico mi tiempo a mis vecinos para ayudarles a sobrevivir”, comenta.
Anna se encarga de registrar a todas las personas, anotar sus necesidades y gestionar el reparto de comida. “Hay familias que viven atrapadas en el frente de batalla y no pueden arriesgarse a venir hasta aquí, así que nosotros les llevamos la comida hasta sus refugios o sus casas”, afirma esta joven voluntaria que forma parte de un equipo de más de 50 personas que trabajan los siete días de la semana.
Mientras Anna sigue registrando más y más civiles; a unos kilómetros de allí, en la mina de Chelyuskintsev, las hermanas Voronok están cruzadas de brazos. Hace meses que la mina está parada por culpa de una inundación; la artillería dejó sin luz los generados que extraen agua del interior anegando los pozos. “El carbón es nuestro pan. Hace meses que no cobramos un céntimo pero tenemos que seguir viniendo a trabajar para que, en pocos meses, la mina vuelva a funcionar”, afirma Galina, la mayor de las dos hermanas. Su trabajo consistía en separar las impurezas y los desperdicios del carbón. Pero ahora mira con nostalgia como las cintas transportadoras permanecen paradas.
“Esta mina se fundó en 1913. En estos 100 años sólo había dejado de funcionar durante la II Guerra Mundial y en 1976 para poder mejorar algunos túneles”, cuenta Mikhailovna, la otra hermana. No saben cuánto tiempo llevarán las reparaciones para que la mina vuelva a funcionar. “Seis meses. Un año. Depende de si la guerra vuelve a dejarnos sin luz en los generadores”, se sincera la mujer que lleva seis meses sin cobrar. “Aún así, tenemos que venir a trabajar todos los días”.
Desde que comenzó la guerra en el Este de Ucrania (12 de abril de 2014), la artillería afín al gobierno de Kiev ha alcanzado esta mina hasta en seis ocasiones provocando diferentes destrozos. “Han conseguido que la producción se reduzca. De los 2,5 millones de toneladas de carbón que producíamos anualmente en 2014 no vamos a alcanzar ni el millón”, denuncia Galina cuyo marido también trabaja allí y han visto cómo su situación financiera comienza a ser precaria. “Si no tengo pronto un salario no sé cómo voy a poder alimentar a mis hijos”.
Este mismo problema lo tiene Yana Ivanova, jefa de enfermeras del psiquiátrico de Donetsk. Hace meses que no cobra y muchas veces no puede ir a trabajar porque no tiene ni dinero para pagar el autobús. Lleva 11 años trabajando en el hospital y para ella, sus pacientes forman parte de su familia. “No pienso abandonarlos a su suerte y esperar a que mueran de inanición. Esta situación no puede prolongarse más en el tiempo. En unos meses nos quedaremos sin medicamentos”, denuncia.
“La mayor parte de los pacientes son bastante tranquilos y, a pesar de que algunos no reciben la medicación adecuada —muchos tienen, además, tuberculosis o sida— no hemos registrado ningún altercado violento. Pero necesitamos ayuda urgentemente. No podemos trasladar a 400 enfermos y cruzar los puestos de control que separan la zona rebelde de la ucraniana”, se resigna la enfermera jefe.

En la Segunda Guerra Mundial la situación no era tan mala como ahora. He visto a varios vecinos morir de hambre y no quiero que eso me pase a mí
Katia, 82 años
En el exterior del edificio, una docena de pacientes se calientan alrededor de la lumbre mientras, a través de un viejo transistor, suena música pop. “Los pacientes nos ayudan cocinando o limpiando. La mayor parte del personal huyó durante los combates y estamos muy justos”, comenta Yana.

Mujeres en la trinchera

Pero en esta guerra, no todas las mujeres están en retaguardia, las hay que también luchan en primera línea. Las hay que combaten al lado de los hombres. Natacha tiene 27 años y es madre de una niña de cinco años, pero eso no le ha impedido pertrecharse con su uniforme de camuflaje, coger su AK-47 e ir al frente. “Mi abuelo era cosaco. Mi padre es cosaco. Mi marido también lo es… y yo estoy orgullosa de serlo. Por eso estoy aquí. Para defender a mi pueblo y dar mi vida por mi gente”, comenta orgullosa.
Además de combatir, Natacha es la encargada de alimentar a sus compañeros de batallón. “Al final, los hombres no son nada sin las mujeres”, ríe. “Ellos cuidan de mí y yo de ellos. Somos una gran familia bien avenida”, confirma.
Natacha rehúsa responder a la pregunta sobre el combate. Sobre si ha matado o no. “En una guerra se hacen cosas para sobrevivir. Cosas de las que no se puede estar orgulloso. Y yo he hecho cosas de las que no me siento orgullosa. Pero es una guerra…”, sentencia.
La guerra saca lo mejor y lo peor del ser humano. Y estas mujeres valientes están dispuestas a dar su vida por ayudar al prójimo.

domingo, 5 de abril de 2015

PRENSA. "Comer sangre de vaca seca y tostada"

   En "El País":

Comer sangre de vaca seca y tostada

Nyakaka y su hijo no tienen nada que comer

Como él, unos 50.000 niños podrían morir antes de que finalice el año


Nyakaka recoge hierbas cerca de su aldea para hervirlas y comerlas, acompañadas de unas bolitas de sangre de vaca. / UNICEF
Al lado de la casa de Nyakaka Wal, en la zona rural de Sudán del Sur, un campo de plantas de maíz de bastante altura crece densamente bajo el sol y las frecuentes tormentas, como una promesa de los alimentos que tanto se necesitan. Pero el maíz está madurando demasiado despacio para Nyakaka y sus hijos. Para la cosecha quedan, al menos, otras seis semanas. Mientras llega el momento, su familia y ella luchan en los márgenes de la supervivencia, comiendo sólo plantas silvestres arrancadas del suelo, o sangre de vaca seca y tostada.
Más de 3,9 millones de personas, incluyendo casi un millón de niños,están al borde la hambruna en Sudán del Sur, donde el conflicto que estalló a finales de 2013 obligó a la gente a huir de sus casas y campos. Eso significa que la siembra se retrasó y la comida almacenada para tiempos de vacas flacas fue saqueada. UNICEF calcula que 50.000 niños podrían morir antes de que finalice el año si el mundo no logra reforzar la financiación para esta crisis.
"No hay nada para comer, nada", dice Nyakaka, abriendo la puerta de madera de su casa de barro para enseñar el lugar vacío donde, habitualmente, se almacenan sacos de maíz. "Para conseguir algo, tengo que caminar tres días hasta el mercado más cercano, donde quizás pueda vender una cabra o una vaca. Tenemos algunos animales, pero venderlos es terrible porque el precio es tan malo ahora… Pero no tenemos elección".
Incluso la medida desesperada de vender el ganado —el equivalente a vaciar la cuenta de ahorros— no es suficiente. Mañana y tarde, Nyakaka y su hija de ocho años, Nyaboth, se unen a sus vecinos de rodillas para arrancar puñados de una planta de hoja pequeña conocida en nuer, el idioma local, como woor, que crece silvestre en Kiech Kuon, la aldea de Nyakaka.

El llamamiento de la ONU y de las agencias internacionales sólo ha conseguido el 51% de la financiación necesaria para detener la hambruna
Se hierve a fuego lento durante más de una hora y, después, se deja enfriar. El resultado es un lodo verde amargo, que es todo lo que Nyakaka puede ofrecer a Nyaboth como la comida de la familia cada día. Va acompañada de pequeñas y duras bolitas de sangre de vaca seca, que parecen diminutas piedras de grava y tienen un sabor metálico y amargo.
En otros lugares de los tres Estados de Sudán del Sur más afectados por la guerra —Alto Nilo, donde Nyakaka vive, Unidad y Jongle— otras familias sobreviven sólo con la leche de sus vacas, el pescado capturado en los pantanos o las hojas de nenúfares que flotan allí.
"Nada de esto se acerca a la cantidad de nutrientes o energía que necesitan un niño o una mujer embarazada o en periodo de lactancia", cuenta Angela Kangori, especialista de UNICEF en nutrición, que ha estado en Kiech Kuon. "Hay una grave crisis de desnutrición en muchas partes del país, y puedes comprobar por qué cuando te das cuenta de lo que la gente, especialmente los niños, tienen para comer", señala.
Muchas personas que viven en las zonas más afectadas ya han caído en la situación desesperada que se conoce oficialmente como el nivel que precede a una hambruna: la cuarta fase de la clasificación internacional de inseguridad alimentaria.

Para conseguir algo, tengo que caminar tres días hasta el mercado más cercano
Que esas personas continúen su caída hacia la Fase 5 —hambruna— depende de si puede llegar a tiempo para ellos la suficiente ayuda alimentaria de emergencia. En estos momentos, el llamamiento conjunto de Naciones Unidas y de las agencias internacionales de ayuda sólo ha conseguido 51% de la financiación necesaria.
Si no llega más ayuda económica con rapidez, Nyakaka y millones de personas como ella se enfrentan a unas semanas de riesgo mortal hasta que puedan recoger sus cosechas. Incluso después de la recolección, la situación se ha vuelto tan peligrosa que la ayuda será necesaria probablemente hasta bien entrado el año 2015.
"Hubo otra época en que tuvimos que comer estas hierbas, hace mucho tiempo, cuando yo era una niña como mi hija ahora", explica Nyakaka, que tiene 23 años. "Pero, aun así, las cosas no estaban tan mal como ahora. Esto es lo peor que he visto, e incluso las señoras mayores nos dicen que también es lo peor que han visto en su vida. Sólo podemos rezar para que los tiempos difíciles pasen pronto”.