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viernes, 19 de septiembre de 2014

PRENSA CULTURAL. CINE. Sobre la película palestina "Dos metros de esta tierra"

   En "sensacine.com".

La Crítica de SensaCine Dos metros de esta tierra

4,0
Empezar por el final. Dos metros de esta tierra, ópera prima de Ahmad Natche, se cierra con un magnífico travelling que desde la tumba del poeta palestino Mahmoud Darwish recorre una vista panorámica de la ciudad de Ramallah mientras dos jóvenes, que acaban de visitar la tumba mientras uno de ellos ha recitado el poema del que el director ha extraído el título de la película, se marchan corriendo para seguir con los ensayos del festival de música que se celebrará poco después. Ese movimiento de cámara llama poderosamente la atención porque se trata del único en toda la película.

Dos metros de esta tierra- CartelAhora,al inicio. Dos metros de esta tierra comienza con un montaje fotográfico de imágenes de soldados palestinos en blanco y negro. Sobre ellas escuchamos las voces de un hombre y de una mujer que comentan cada fotografía. Están buscando la idónea para abrir un programa televisivo. Ella es una periodista francesa y no puede ocultar su mirada occidental, mientras que él, palestino, matiza cada imagen, comenta, explica o contextualiza. No encuentran en ninguna de ellas esa esencia que persiguen y que pueda resumir aquello que están buscando. Casi todas las imágenes, sino todas, poseen algún componente militar que nos remiten al conflicto. Son fotografías que, se conozcan o no, poseen un componente iconológico o iconográfico fácilmente discernible.

Tras dicha exposición, Natche nos introduce en el preparatorio de un festival de música en Ramallah. La cámara se detiene en periodistas, voluntarios, músicos, artistas: al igual que la sucesión de imágenes del comienzo,Natche lleva a cabo otra forma de sucesión visual de corte retratista, en este caso cinematográfica, al ir desarrollando una sucesión de rostros, cuerpos y miradas diferentes, entregando al espectador una realidad “diferente” a la que estamos acostumbrados sobre el pueblo palestino. El contraste con las primeras imágenes, es enorme. Pero Natche no busca anular unas con las otras, sino crear una dialéctica entre ellas completándose. Los “personajes” que transitan frente a la cámara pueden ser entrevistados, hablar a la cámara, actuar, cantar o pasar accidentalmente... diferentes actividades alrededor del festival que, además de hacernos partícipes de su organización, nos sitúa frente a un grupo humano activo y cultural. Nunca veremos a los espectadores del festival, a Natche no le interesa tanto su ejecución como aquello que reside en la trastienda. El trabajo de cada uno de los participantes por poner en marcha el evento.

Natche logra con Dos metros de esta tierra entregar un documental político. Y lo hace despojando a éste de toda instrumentalización o dogmatismo, adentrándose en una realidad en la que el conflicto, aparentemente, queda fuera, pues surge en determinados momento de manera sutil o directa. Natche se propone mostrar otra cara de un pueblo constatando que su carácter identitario y su realidad es algo muy complejo. Y se acerca a él no con el propósito de crear un gran relato, sino de construir uno sencillo a partir del cual poder extraer conclusiones mucho más amplias. Su ambición consiste en que cada persona que vemos en pantalla sea un individuo, una personalidad propia, un componente más de un pueblo que, en ocasiones, se tiende a unificar de manera general, obviando que la identidad social no se construye de manera global, o no se debería, sino a través de todos y cada uno de sus agentes.Acostumbrados a una imágenes de Palestina francamente estandarizadas, Dos metros de esta tierra nos acerca otra realidad de la que no suele hablarse.

De ahí que Natche opte por un tono observacional, casi documental, mediante un estilo en el que destaca el carácter geométrico de los encuadres y su cuidado. La cámara se posiciona frente a los personajes como un observador más, sin intervenir, aunque resulta evidente que Natche no ha elegido al azar la posición de la cámara. A pesar de que en apariencia no hay un centro narrativo, salvo la propia organización del evento musical, lo cierto es que Natche va creando la acción mediante la intervención de esos personajes que interactúan entre sí, que ensayan en el escenario, que colocan unas simples sillas, que entrevistan a los participantes. Algunas influencias de Natche pueden ser evidentes, sin embargo, lo llamativo es que consigue trabajarlas para hacerlas suyas y crear un discurso propio.

Regresando al principio y al final. Al igual que los dos personajes del comienzo, Natche busca una imagen. Más bien las va creando. Sabe que una sola no es suficiente para dar una idea general. Puede ayudar, puede ser lo suficientemente sugerente, pero nunca será la imagen total. Él busca la suya con Dos metros de esta tierra y lo que consigue son múltiples. Pero quizá ese barrido final con la cámara, por ser único en la película, por el significado que esconde, tanto independientemente como en relación con aquello que acabamos de escuchar, se nos antoja que puede que no sea esa imagen que Natche busca, pero sí que posee una enorme potencia en aquello que sugiere. Y denota que el director es consciente del poder de las imágenes, de ahí la necesidad de seguir creando nuevas para crear una realidad mucho más amplia y compleja.

Lo mejor: El riesgo de la propuesta, el hablar de Palestina desde una postura diferente y que una película así haya conseguido estrenarse en nuestras salas.

Lo peor: A pesar de no ser una película “complicada”, es posible que desde fuera se vea así.

PRENSA CULTURAL. CINE. Sobre la película palestina "Dos metros de esta tierra"

   En "lamarea.com":

Somos nuestros

<em>Somos nuestros</em>
Imagen de la película palestina “Dos metros de esta tierra”
17 de septiembre de 2014
12:31
La destrucción sistemática de Palestina, de la que nos informan algunos medios, no todos, ni la mayoría, tiene muchas otras consecuencias además de las derivadas de las cifras diarias del genocidio. La Cultura también es exterminada, por desaparición física o por simple disuasión, y es así porque se trata posiblemente del método más efectivo para hacer desaparecer un pueblo de la faz de la tierra. En ese orden de cosas podemos preguntarnos por la razón de que jamás llegue cine palestino a nuestras pantallas. Y la razón principal es que no puede hacerse. El largometraje que reseñamos es el único de ficción producido en esa nación en 2012. Y ello a pesar de que el pueblo palestino es uno de los mejor preparados del mundo (cuenta con los mayores ratios de matrículas universitarias por habitante, sólo a la altura de Cuba, la Venezuela de la última década, Finlandia y Grecia) pero con sus cineastas desperdigados por decenas de países, inmersos en otras culturas que les proporcionan sustento a cambio de estar lejos de sus raíces y de sus referencias.
Ahmad Natche es un cineasta palestino que nació en Sevilla. Estudió en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, en Cuba, y logró hacer esta película mediante el apoyo de la Fundación Jerusalén Capital Árabe de la Cultura, el canal local de la televisión de Ramala y un crowdfunding en el que participaron más de 100 personas y donde se recogieron 11.000 dólares. Ahora, gracias a la editora, productora y distribuidora catalana Intermedio, la película por fin se va a estrenar (aunque precariamente) en nuestras pantallas. A partir del viernes 19 de septiembre estará en el Zum-Zeig de Barcelona, y contará con pases, ese mismo día y otros, en Renoir Princesa , IVAC, CGAI, a falta de confirmación en otras salas y por nombrar las escasas instituciones, o salas comerciales, que se interesan por propuestas como la de Natche, pese a que público y crítica sí las respaldan cuando llegan a los cines..
Dos metros de esta tierra se presenta con el aval de haber recorrido más de 20 festivales en cuatro continentes y logrado premios en el prestigioso FID Marselle, en el FICUNAM de México, en el Festival International du Cinéma Méditerranéen de Tétouan y en el LatinArab Film Festival de Buenos Aires, convirtiéndose en una de las películas palestinas más galardonadas de las dos últimas décadas, con el mérito añadido de ser de las escasísimas que ha tenido equipo y producción íntegramente palestinos.
Quienes tengan la oportunidad de ver el film, porque ni el Ministerio de Cultura del Reino de España ni la patronal de exhibidores se lo van a poner fácil, pueden encontrarse con una obra que para los espectadores de nuestro país contará entre sus alusiones inmediatas aquella En Construcción de José Luis Guerín con la que en los 90 el cine de creación saltó al gran público. La mención no es gratuita porque Guerín se encuentra entre los agradecimientos que figuran al final de la obra. Y las dos comparten la intención de hacernos testigos de una intimidad casual, de una introspectiva que queda más en el lado de quien la visiona que de quien fue filmado, quizás porque el dolor tiene un límite que ya sobrepasaron los que la protagonizan. Cine de ficción documental donde lo que vemos sólo sucedió en realidad una vez y volvió a suceder otra para las cámaras. Y que, sin llegar a la maestría de Guerín, sí puede ser el tono exacto que nos permite atisbar unos instantes de la vida cuando la muerte gobierna lentamente.
Y es que más allá de la condición de símbolo de resistencia de Dos Metros de esta Tierra, adquirido por el ya admirable hecho de conseguir levantar una película donde todo se derrumba, la obra tiene la virtud de desarrollar unas cuantas veces nuestra capacidad de observación más allá del relato informativo que nos rodea, y que por supuesto no se detiene nunca en los efímeros instantes de paz que le conceden a un pueblo que está inmerso en una guerra en la que ni siquiera se le reconoce el derecho a defenderse.
Es a partir del segundo tercio de la cinta donde vemos que allí lo intrascendente es frágil, pero hay que salir cada día a encontrarlo y a vivirlo como una parte de la realidad que no nos toca aunque nos corresponde. El flirteo de una fotógrafa japonesa con un habitante de Ramala. La comunidad de un grupo de adolescentes que va a actuar en el Festival de Música. La mutua empatía de dos jóvenes que trabajan en los medios de comunicación palestinos y que representan, con su forma de vestir, dos alternativas posibles en el futuro de su país. El parlamento, inusitado para los hijos de la transición española, en el que se declara que la cultura es política. La visita de una pareja a la tumba de Mahmud Darwish porque se saben destinados, aunque no se sientan capaces, a continuar su lucha y a recoger su testigo.
El sufrimiento hace perder la convicción y la sustituye por la fe. Lo saben los estados occidentales que se entregan en bloque al terrorismo en cualquier rincón de la tierra. Lo saben quienes ejecutan a uno para que mueran en vida otros diez. Quienes prefieren herir y matar a matar, porque los que vengan a socorrer al herido serán blancos fáciles. Y lo saben quienes recitan el poema de Darwish (“No soy mío / Yo no soy mío, / No soy mío. / Mi mañana lejano, / la vuelta de mi espíritu errante. / Como si nada hubiera sido. / Como nada hubiera sido, / Una pequeña herida en brazos frívolos / Mientras se ríe la historia de sus víctimas / Y de sus héroes… )
Natche filma una clase de armonía que no es ni mejor ni peor que las demás pero que en Palestina se alumbra y se extingue con la misma frecuencia con la que nacen y mueren sus habitantes. Los dos metros de esa tierra son los del último reducto de la paz: la tumba. Una tumba que puede llegar en modo de normalización definitiva de la injusticia, de confort en el horror, o de insurrección ante el pasado (y convivencia con ese único presente y futuro probable, pero no posible) como se intuye en el repaso que en los primeros minutos se da a la historia del Movimiento de Liberación Palestino y que de alguna manera se cierra con un café marcando distancia con la educación que recibieron sus padres. Un derecho a lo cotidiano en el que, a pesar de todo, la muerte es el lugar del que sus pobladores aún no han sido expulsados, ni al que tampoco podrán ser conducidos de nuevo, porque los que resisten en aquel territorio no sólo tienen una razón para vivir sino otra para ser inmortales.