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domingo, 30 de noviembre de 2014

PRENSA CULTURAL. "Pasión y gloria de Edgar Allan Poe"

   En "cuartopoder.es":

Pasión y gloria de Edgar Allan Poe

DAVID TORRES | Publicado: 


Edgar_Allan_Poe_1848
Daguerrotipo de Edgar Allan Poe (1848) tomado por W. S. Hartshorn. / Wikipedia
En una serie de doce consejos más o menos irónicos sobre el arte de escribir cuentos, de repente, al llegar al punto número nueve,Bolaño se pone serio y advierte: “La verdad de la verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra”. Y luego añade: “10) Piensen en el punto número nueve. Piensen y reflexionen. Aún están a tiempo. Uno debe pensar en el nueve. De ser posible: de rodillas”.
El elogio no es exagerado. En las enciclopedias se lee, no sin razón, que el gran escritor bostoniano fue el inventor del cuento de terror moderno y del relato policíaco, lo que no es pequeña cosa, teniendo en cuenta el auge de ambos géneros durante todo el pasado siglo y lo que llevamos de éste. Sin embargo los dos adjetivos eluden un hecho fundamental, el de que Poe es responsable del cuento tal y como lo conocemos hoy, el cuento entendido como un artilugio narrativo tenso, lúcido y fatal, donde no debe sobrar ni faltar una palabra. Probablemente, desde que Montaigne se sacara el ensayo de la manga, ningún otro escritor en ninguna literatura ha transformado un género con tanta fuerza, originalidad y convicción. Puede decirse que hasta la llegada de Chéjov, el triste, sutil y tranquilo Anton Chéjov, que abrió otro territorio inmenso, el cuento permaneció varado en las aguas fúnebres y oscuras de las pesadillas de Poe.
Incluso puede decirse que permaneció varado mucho tiempo después, puesto que sus herederos forman una legión heterogénea que va de Maupassant a Stephen King, pasando por BierceBlackwoodMachenChambersQuirogaLovecraft y casi quien se les ocurra. La resonancia de Poe en la literatura mundial es como una piedra arrojada a un estanque. Sherlock Holmes, con su desgana y su insolencia, ¿no es una versión corregida y aumentada del Chevalier Auguste Dupin? Al leer El hombre de la multitud, ¿no se escucha el sombrío eco de Kafka? ¿Y no parecen El monte de las ánimas o Los ojos verdes, de Bécquer, dos relatos perdidos de Poe? Fue Benet quien dijo que los genios literarios desertizan su idioma durante siglos y que por eso no había grandes novelistas españoles después de Cervantes ni grandes dramaturgos ingleses tras Shakespeare. Anotó, con notoria maldad, que los herederos de Cervantes son británicos, los de Shakespeare, rusos, y los de Goethe, alemanes. También apuntó que la estela de Poe había que buscarla en Argentina, donde no es difícil rastrear aquel pasaje de Pierre Menard, autor del Quijote en el que Borges asegura que un poeta simbolista podía imaginarse el mundo sin Cervantes pero no sin Poe. Cortázar fue más explícito y nos legó una traducción casi completa de su obra que igualaba el regalo que había hecho Baudelaire al francés un siglo atrás.
Todavía recuerdo mi primera visita a la Feria del Libro de Madrid, cuando era un niño del brazo de mi padre, quien me dijo que me regalaría el libro que yo quisiera. Hice trampa y, sin dudarlo, escogí los Cuentos completos de Poe en dos volúmenes, editorial Alianza, con la traducción de Cortázar y la escueta calavera en portada de Daniel Gil. Es quizá el libro más antiguo que conservo, y eso que lo he prestado varias veces, pero en Poe los escalofríos permanecen intactos, así sea en la traducción de Baudelaire al francés, en la de Cortázar al español, en la de quien sea al chino, en las amarillentas adaptaciones de Corman al cine o en las barrocas ilustraciones de Bernie Wrightson.
Edgar_Allan_Poe_lápida
Lápida colocada en el primer lugar donde fue enterrado Poe en Baltimore, Maryland (EEUU). / KRitcher (Wikipedia)
Con sus nocturnos, sus ángeles, sus gatos y sus crímenes, Poe llevó el romanticismo más lejos que nadie, pero llegó más lejos aun. Inauguró una Venecia del horror. Desenterró un perdido cordón umbilical entre el miedo y la belleza que conectaba los mitos griegos con el mundo moderno. En el cortocircuito venían también muchos de los antiguos pánicos de la especie (el incesto, el emparedamiento, la necrofilia, la locura, el asesinato), traumas psíquicos que Poe iba alumbrando con un candelabro goteante sin que jamás le temblara la mano. Perfeccionó el cuento como un arma de un solo tiro que atraviesa la cabeza del lector. Un cuento –explicó alguna vez– debe constar de un solo tono y provocar un solo efecto. La danza lóbrega y mortuoria de La caída de la casa Usher; el stacatto enloquecido de El corazón delator; la melodía infinitamente triste de Ligeia; la chanza grotesca de El tonel de amontillado, cuya partitura Stevenson definió como “el golpetear de unas castañuelas malignas”. El gran Stevenson, que nunca acabó de entender cómo Poe había podido perpetrar el “audaz e imprudente escamoteo” de no revelar nunca qué había en las tinieblas de El pozo y el péndulo. En ese espanto innombrable reside precisamente la clave definitiva del genio de Poe, que se atrevió a sugerir lo que no se puede ni siquiera sugerir, a alumbrar el fondo del pozo para mostrar, como diría Faulkner, que “una cerilla encendida en medio de un sótano no sirve para ver mejor, sino para ver mejor la oscuridad”.
Pocas novelas contemporáneas resuenan con el grito inacabado del final de la Narración de Arthur Gordon Pym, un libro donde lo narrado y lo leído, la escritura y la voz se confunden en puntos suspensivos sobre la misma página. Poe ya había ensayado un laberinto textual más perfecto y más breve en El retrato oval, un prodigio imaginativo de apenas cuatro páginas que es al mismo tiempo un supremo relato de horror, una indagación metaliteraria y un canto absoluto al delirio del arte. Como el pintor entregado a la tarea imposible de plasmar la belleza en el lienzo, Poe lo dio todo por la literatura, incluidos su amor, su vida, su oficio y su salud.
En su Filosofía de la composición, un ensayo que escribió para justificar la imaginería y la rítmica fúnebres de El cuervo, dijo que en la literatura no había tema más sublime que la muerte de una joven hermosa. Poe repitió ese camafeo de la muchacha muerta en muchos de sus grandes relatos, en Berenice, en Morella, en El retrato oval, en La caída de la casa Usher, en Ligeia, que era su favorito. Lo repitió en algunos de sus mejores poemas, como Annabel Lee. Lo repitió también, por desgracia, en su propia vida, cuando su prima Virginia, con quien se había desposado cuando ella sólo contaba trece años, murió de tuberculosis en 1847, dejándolo convertido en uno de sus héroes malditos, un poeta melancólico que aullaba a la luna y oía bajo las tablas de la casa, enterrado para siempre, el tam tam fantasmal de un corazón.
Un crítico dijo una vez que Poe y su genio extraordinario, Poe y su sensibilidad exquisita, languidecían en los Estados Unidos como un Botticelli colgado en una pocilga. Puede que tuviera razón pero para alguien como él, con ese anhelo de belleza y de pureza imposibles, no había ningún lugar limpio en el mundo. Murió en Baltimore, de un ataque de democracia, a manos de una banda de desaprensivos que cogían a forasteros y  vagabundos y les invitaban a beber una y otra vez para obligarles a votar en distintos colegios electorales. Lo emborracharon hasta la muerte. Lo imagino yendo de urna en urna, depositando su papeleta, haciendo eses, el mismo hombre que había escrito que el pueblo no debe intervenir en las leyes más que para obedecerlas. Tuvo un momento de lucidez antes del coma final y un médico recogió sus últimas palabras, tal vez las más tristes de las que se tiene noticia. “Dígame, doctor, ¿hay esperanza?” El médico meneó la cabeza, sin saber qué responder, y entonces Poe remató su obra maestra: “Oh, no me refiero a eso. Quiero decir si hay esperanza para un miserable como yo”.

lunes, 15 de septiembre de 2014

LITERATURA. CUENTO. "Margarita o el poder de la farmacopea", de Adolfo Bioy Casares (Argentina, 15 septiembre 1914-1999)


Margarita o el poder de la farmacopea
No recuerdo por qué mi hijo me reprochó en cierta ocasión:
-A vos todo te sale bien.
El muchacho vivía en casa, con su mujer y cuatro niños, el mayor de once años, la menor, Margarita, de dos. Porque las palabras aquellas traslucían resentimiento, quedé preocupado. De vez en cuando conversaba del asunto con mi nuera. Le decía:
-No me negarás que en todo triunfo hay algo repelente.
-El triunfo es el resultado natural de un trabajo bien hecho 
-contestaba.
-Siempre lleva mezclada alguna vanidad, alguna vulgaridad.
-No el triunfo -me interrumpía- sino el deseo de triunfar. Condenar el triunfo me parece un exceso de romanticismo, conveniente sin duda para los chambones.
A pesar de su inteligencia, mi nuera no lograba convencerme. En busca de culpas examiné retrospectivamente mi vida, que ha transcurrido entre libros de química y en un laboratorio de productos farmacéuticos. Mis triunfos, si los hubo, son quizá auténticos, pero no espectaculares. En lo que podría llamarse mi carrera de honores, he llegado a jefe de laboratorio. Tengo casa propia y un buen pasar. Es verdad que algunas fórmulas mías originaron bálsamos, pomadas y tinturas que exhiben los anaqueles de todas las farmacias de nuestro vasto país y que según afirman por ahí alivian a no pocos enfermos. Yo me he permitido dudar, porque la relación entre el específico y la enfermedad me parece bastante misteriosa. Sin embargo, cuando entreví la fórmula de mi tónico Hierro Plus, tuve la ansiedad y la certeza del triunfo y empecé a botaratear jactanciosamente, a decir que en farmacopea y en medicina, óiganme bien, como lo atestiguan las páginas de "Caras y Caretas", la gente consumía infinidad de tónicos y reconstituyentes, hasta que un día llegaron las vitaminas y barrieron con ellos, como si fueran embelecos. El resultado está a la vista. Se desacreditaron las vitaminas, lo que era inevitable, y en vano recurre el mundo hoy a la farmacia para mitigar su debilidad y su cansancio.
Cuesta creerlo, pero mi nuera se preocupaba por la inapetencia de su hija menor. En efecto, la pobre Margarita, de pelo dorado y ojos azules, lánguida, pálida, juiciosa, parecía una estampa del siglo XIX, la típica niña que según una tradición o superstición está destinada a reunirse muy temprano con los ángeles.
Mi nunca negada habilidad de cocinero de remedios, acuciada por el ansia de ver restablecida a la nieta, funcionó rápidamente e inventé el tónico ya mencionado. Su eficacia es prodigiosa. Cuatro cucharadas diarias bastaron para transformar, en pocas semanas, a Margarita, que ahora reboza de buen color, ha crecido, se ha ensanchado y manifiesta una voracidad satisfactoria, casi diría inquietante. Con determinación y firmeza busca la comida y, si alguien se la niega, arremete con enojo. Hoy por la mañana, a la hora del desayuno, en el comedor de diario, me esperaba un espectáculo que no olvidaré así nomás. En el centro de la mesa estaba sentada la niña, con una medialuna en cada mano. Creí notar en sus mejillas de muñeca rubia una coloración demasiado roja. Estaba embadurnada de dulce y de sangre. Los restos de la familia reposaban unos contra otros con las cabezas juntas, en un rincón del cuarto. Mi hijo, todavía con vida, encontró fuerzas para pronunciar sus últimas palabras.
-Margarita no tiene la culpa.
Las dijo en ese tono de reproche que habitualmente empleaba conmigo.

miércoles, 29 de mayo de 2013

PRENSA CULTURAL. Entrevista a Felipe Benítez Reyes, sobre su nuevo libro de relatos: "Cada cual y lo extraño"

Felipe Benítez Reyes
   En "El Día de Córdoba":

"Todos tenemos que asumir algunas patologías como si fueran normales"

El roteño regresa con 'Cada cual y lo extraño', un libro de relatos sobre los malentendidos de las relaciones humanas. La obra se estructura como un calendario donde cada mes es un cuento .
BRAULIO ORTIZ | ACTUALIZADO 28.05.2013Cada cual y lo extraño, el nuevo libro de relatos de Felipe Benítez Reyes, se plantea como un calendario que cada mes recoge una peripecia distinta de ese cruel, bello y desconcertante ejercicio llamado vida. Enero, descrito en el cuento El mago y los ojos, ya anticipa la posición única que elige el autor roteño para ahondar en las vicisitudes de lo humano. Un niño descubre que su padre saldrá como rey mago en la cabalgata, una noticia que le produce alivio, lejos de ese recelo que experimentaba en otras noches de Reyes "al pensar que tres viejos entrarían en casa, con tufo a sudor de camello y con el polvo de los desiertos de Oriente impregnados en las vestiduras (...), inmortales y ubicuos, sagrados, en fin, y tétricos". Pero el humor de aquella inocencia profanada se quebrará en un giro amargo: el relato es, en realidad, una reflexión sobre el rencor y el desengaño, sobre el terror y la imposibilidad de redención. La obra, publicada por Destino, se revela como una galería de escenas envenenadas: unos meses después de presentar Las identidades, en el que Benítez Reyes conmovía con la hondura y honestidad de sus poemas, el roteño regresa a las librerías en su faceta de narrador, retomando ese humor brillante y socarrón que siempre ha compaginado con una extraña piedad hacia sus personajes. 

-En sus relatos vuelven a convivir la crueldad y la compasión, el humor y la añoranza. 

-Son como la vida misma. Creo que el hilo que pueden tener los relatos es la conmiseración por la condición humana, un afán por interpretarla. No somos héroes, no somos villanos, hacemos lo que podemos, y cada uno se entiende con su pensamiento de la mejor manera posible. 

-Aquí la mayoría de las relaciones de pareja se enfrentan a una crisis o a la ruptura, los vínculos familiares están marcados por la traición o el resentimiento. 

-Yo creo que las relaciones humanas, la mayoría al menos, se basan en malentendidos. Nunca se sabe qué esperan los demás de nosotros, y tampoco sabemos muy bien qué esperamos de los demás. Vivimos en micromundos, y esos micromundos acaban colisionando. Hay puntos en común, pero también muchos puntos de fricción. 

-En el episodio de la cabalgata de Reyes habla de "esa tristeza de fondo de las celebraciones pueblerinas". ¿Es una impresión que usted ha tenido? ¿Hay en Cada cual y lo extraño ajustes de cuentas con el pasado? 

-Yo no hago nunca autobiografía en sentido estricto. No porque me parezca mal, porque es un recurso como cualquier otro, pero la autobiografía en la ficción me provoca un conflicto. Prefiero irme más hacia el lado de la ficción. Por supuesto que uno juega con percepciones que ha experimentado, con algunas anécdotas, que son las que suelen generar las historias, pero siempre, digamos, la realidad en lo que yo escribo de ficción es un punto de partida, no un punto de llegada. Además, el mérito de la ficción es, a fin de cuentas, darle la verosimilitud de algo que has vivido. Ése es el desafío de escribir, que las situaciones imaginarias, ficticias, que uno pone en juego acaben pareciendo reales. 

-Incluso cuando son disparatadas: ese homenaje que se monta en el jaleo del Carnaval, con la colocación de un busto y la suplantación de las autoridades, para cumplir el sueño de una anciana, es desternillante. 

-Todos tenemos que acabar asumiendo una serie de patologías como si fueran normales. Vivimos en un parámetro de realidad que no siempre se corresponde con lo real. Lo que a nosotros nos parece lo correcto, visto desde fuera, puede parecer anómalo. El trastornado no tiene conciencia de su trastorno. A mí me gusta jugar con esos personajes que se mueven en ese límite de la realidad, hasta el punto de que si dan un paso más caen en un abismo. Me atrae ese estar con un pie en el abismo y el otro en tierra firme. 

-No termina de explicar del todo las actitudes de algunos personajes, como si no le interesara atar todos los cabos. Nunca se sabe, por ejemplo, por qué se fugaba a la capital ese viejo en el capítulo de octubre. 

-Me gusta no explicar mucho. Pienso que ésa es la característica del cuento, que tan importante es lo que se cuenta como lo que no se cuenta, lo que se deja a la imaginación del lector. Para ser un buen cuento, éste tiene que provocar un efecto de reverberación en la conciencia del lector. Si el cuento muere en sí mismo, mala cosa. Debe tener al menos dos vidas. 

-Ese escenario de la Rota trastocada por la base norteamericana está muy poco explotado en la literatura, pero es un mundo que da mucho juego. 

-Curiosamente, a mí me cuesta más trabajo: son tantos los datos que tengo... Alguien de Sevilla puede escribir una novela sobre Florencia, pero le cuesta luego describir Sevilla en un libro. Con la Rota de esos años me ocurre eso. Por una parte, no tengo conciencia de exotismo, para mí ese paisaje era normal. De niño, cuando iba a algún pueblo vecino, me extrañaba que los coches fueran tan pequeños, porque dos coches americanos aparcados ocupaban una calle. Y también me parecía raro que no hubiese pandillas de moteros, o rótulos en inglés. Para mí la vida era aquello, y transformar eso en ficción me exigía un esfuerzo para no contarlo desde el pintoresquismo, sino desde la realidad. Siempre tengo el pudor, el prejuicio, de que voy a hacer un relato costumbrista aunque sea con elementos cosmopolitas. 

-Los meses de verano no le han salido muy festivos. Ese retrato del crucero es para pensarse lo de embarcarse en alguno. 

-Solamente fui una vez a un crucero. El detonante fue un detalle mínimo: vi a una pareja joven que se había enfadado y que no se hablaba. Pensé que era un mal sitio, un barco, para una disputa de pareja. A partir de ahí surgió el cuento. Y luego estaba ese mundo laberíntico de bares y restaurantes, en el que subes y bajas y nunca sabes muy bien dónde estás. Te sitúas el quinto día, cuando ya te tienes que ir. Ya ve, siempre parto de una anécdota mínima: veo algo y lo interpreto. Lo que inspira mis ficciones son detalles muy pequeños, si me cuentan una gran historia soy incapaz de aprovecharla como material de ficción. Pero luego un simple gesto puede activar toda la maquinaria de mi imaginación. 

-Noviembre le ha quedado entrañable, con ese Don Juan Tenorio representado por los internos de un asilo. 

-Es el relato bonito del libro en el que, sí, hay mucha ternura. Un amigo daba clases de teatro para mayores, y me comentaba algunas cosas, que paraban para merendar y que las mujeres llevaban bizcochos. Yo quería hacer un relato sobre la representación del Tenorio y ahí di con la clave, lo situé en un centro de mayores. 

-¿Su servicio militar fue parecido al que narra? 

-Ese relato sí es autobiográfico. El brigada era un amante de las enciclopedias y me preguntaba cosas como los metros cuadrados de una isla que ni siquiera conocía. Lo que no es real es ese reencuentro que se da luego, pero me interesaba la contraposición de los dos mundos: un mundo de guiñol, el mundo del uniforme, donde él puede dar órdenes, y luego sale a la calle y es un pobre hombre que está arrastrando dos chiquillos que lloran...

viernes, 12 de junio de 2009

LECTURA. PRENSA. Entrevista digital a la escritora Ana María Shua

(Fotografía de Ana María Shua)
En "elpais.com", los internautas han podido preguntar por su labor creadora a la escritora argentina Ana María Shua. Ésta es la entrevista.

En su página oficial podemos conocer más datos sobre ella.