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miércoles, 20 de abril de 2016

TEATRO. "Shakespeare por un día". Marcos Ordóñez

   En "El País":

Shakespeare por un día

Lo que Shakespeare pensaba, creía y sentía vas a encontrarlo en la suma de sus obras

Pity' (1795), de William Blake. Cuadro basado en 'Macbeth'. Colección del British Museum, Londres.
Pity' (1795), de William Blake. Cuadro basado en 'Macbeth'. Colección del British Museum, Londres
Borges escribió un cuento crepuscular donde un hombre hereda la memoria de Shakespeare “y es como si le ofrecieran el mar”. Se me ocurre, con todo respeto, una variante de pasado mañana: un mago cibernético, al que presto la cara benévola de Ray Bradbury, inventa una máquina del tiempo y, entre incontables opciones, ofrece ser Shakespeare por un día. Viajar por un día al interior de su cabeza y ver cómo funciona. Encasquetarte sus ojos, sus orejas, su imaginación siempre alerta. Ver todo lo que ve, todo lo que olfatea, todo lo que selecciona y atesora. En La cualidad de la misericordia,de Peter Brook, hay un precioso pasaje en el que el joven Will llega a Londres, camina por las ruidosas y animadas calles y devora todo lo que hay a su alrededor. Brook imagina a Shakespeare atrapando “relatos de viajantes, rumores de intrigas palaciegas, disputas religiosas, elegantes réplicas mordaces, obscenidades violentas”. Y añade algo tan obvio como esencial: “Un poeta absorbe todo lo que experimenta, pero solo un genio sabe destilarlo y relacionar impresiones absolutamente distintas y contradictorias”.


Exacto: lo que yo quiero es ver cómo se ponía en marcha esa esponja absoluta, pero no acabo de decidirme, porque el mago cibernético despliega un catálogo muy variado. La llegada de Shakespeare a Londres abre un ramillete de grandes fulguraciones. Ahí está también el día en que se abismó sobre la Crónica de Holinshed, que será su gran fuente de historias. O la tarde en que escuchó la encendida perorata de un borracho donde reconocemos un párrafo que heredará el futuro Falstaff. O este momentazo (un poco más caro, porque hay mucho travelling): Will camina por Shoreditch, deja atrás leproserías, burdeles y patíbulos, y entra, como imantado, en el teatro del viejo Burbage, aquel imponente edificio poligonal, enyesado en blanco y negro, con tres galerías, patio cubierto y techumbre de tejas, sede de la compañía de los Lord Chamberlain’s Men, y decide que ellos serán su familia.
Puedo viajar también al día en que rompió a escribir la primera parte de Enrique IV. Cuando toma posesión, por así decirlo, del pentámetro yámbico, hasta entonces casi una fórmula alquímica, y la hace resonar como nunca había resonado antes, ni con Marlowe, y podemos ver de qué modo los versos le marcan ya al actor, sin indicaciones, cómo ha de respirarlos: dónde están las pausas, dónde los galopes. ¡Ah, poder atrapar el instante originario en que ese verbo poético, como señalan los detectives Pérez y Balló en El mundo, un escenario, “construye la imagen en el oyente, y se hace visión aunque no llegue a visualizarse”. O cuando brota esa conciencia, nunca plasmada hasta entonces, que “habla mientras piensa y se escucha a sí misma”, y echa a andar, y se llama Hamlet, como el hijo muerto.
Por supuesto que me gustaría verle escribiendo, líneas y líneas como sangre negra y fresca, pero Shakespeare exige algo más teatral.
El mago abre entonces la segunda baraja y sugiere asistir a la noche en que Will, entre jarras de cerveza, cuenta a su band of brothers lo que parece ser el plan, todavía titubeante, de su próxima obra. Ver cómo trocea y rearma el material de Holinshed, y lo hace crecer hacia lo alto para que vuele, y lo hinca en el suelo para que el público lo reconozca y lo haga suyo; verle trazar saltos de tiempo y espacio, dibujar en voz alta y apasionada páramos del norte, grandes batallas, la antigua Roma, bosques habitados por la magia. O, ya metidos en harina teatral, ¿quién no querría viajar al Globe la gloriosa mañana en que subió por primera vez a las tablas y les dijo “Que la acción responda a la palabra y la palabra a la acción, poniendo especial cuidado en no traspasar los límites de la sencillez de la naturaleza”.
Habría lógico overbooking para vivir su primer revolcón con la Dama Oscura o con el igualmente innominado joven de los sonetos, pero tampoco faltaría pasaje para verificar si el poemario era un juego de voces líricas, hijo exclusivo de su imaginación. Y habría un viaje último a la primavera de 1616 para tratar de desvelar, en palabras de Borges, el “árido testamento, del que deliberadamente excluyó todo rasgo patético o literario”.
Queda, por supuesto, el gran misterio, el definitivo: aprehender el pensamiento de aquel hombre que “a semejanza del egipcio Proteo pudo agotar todas las apariencias del ser”. Y como has pagado por varios viajes, el mago te susurra al oído que no gastes más, que lo que Shakespeare pensaba, creía y sentía vas a encontrarlo en la suma de sus obras, y que no entender eso es no entender la naturaleza de todo dramaturgo.


jueves, 3 de marzo de 2016

PRENSA CULTURAL. TEATRO. "Antígona: buceando a pulmón". Marcos Ordóñez

"Antígona". Frederic Leighton

   En "El País":

Me cuenta: “Recuerdo el aire de irrealidad que nos rodeaba cuando murió mi hermano. Las calles eran las mismas, la luz era la misma, la misma familia, pero había algo suspendido en un tiempo que no pertenecía a la realidad. Ese es el espacio de enajenación donde creo que pasa Antígona y que me gustaría alcanzar en escena”.
Me encuentro con Miguel del Arco, que anda zambullido (nunca mejor dicho) en los ensayos de la tragedia que estrenará en La AbadíaAndrés LimaAlfredo Sanzol y él han creado el Teatro de la Ciudad, y la última semana de abril despegan con Medea (Lima), Edipo rey (Sanzol) y Antígona (Del Arco). “Se nos ocurrió hacer algo los tres juntos, buscar un espacio y montar tres obras que de algún modo dialogaran entre sí. Tragedias, perfecto. Tragedias como origen del teatro. Isra Elejalde me enseñó una estupenda frase de Roland Barthes: ‘La tragedia es un largo grito ante una tumba mal cerrada’. Los griegos veían la tragedia y la filosofía como el arte de aprender a morir. Tenían una relación mucho más sana y directa con la muerte que nosotros”.
Del Arco me recuerda a Scorsese porque hablan igual, lanzando ideas, planes e historias como una ametralladora. Esto son notas muy resumidas de una larga conversación. “Yo creo que las tragedias no son realistas. Tienen mucho de espacio mental. Arranco la función con el cadáver de Polinices diciendo palabras de Edipo en Colono: ‘Hermana, si alguna vez cayera, te pido el don de la tumba para que no me dejes en el campo de batalla’. Antígona sueña con su hermano muerto, mientras se escucha a una jauría de perros devorando el cuerpo”.
Antígona es Manuela Paso, que ya había mostrado una formidable intensidad trágica en La función por hacer. Ismene es Ángela Cremonte, a la que todavía no he visto en teatro. Raúl Prieto es Hemon. Cristobal Suárez es Tiresias. José Luis Martínez es el guardián. Sílvia Álvarez es el mensajero. Y Creonte es Carmen Machi. “No convierto a Carmen Machi en un hombre: su Creonte es una mujer que manda. Hemon la llama madre, y el careo entre ambos es mucho más doloroso. Si comparas lo que dicen Antígona y Creonte ves que ambas están obcecadas pero sus razones son muy poderosas, y por eso es tragedia. Ismene también tiene razón: comprendemos que baje la cabeza, porque le va la vida. Al principio dice ‘No quiero seguir siendo digna heredera de la estirpe de Edipo’. Elige acatar porque quiere vivir. Incluso Tiresias, que es el portavoz de los dioses, no vaticina nada de una forma mágica sino desde el sentido común”.
Hablamos de la velocidad de la tragedia: Antígona arranca en punta, justo una hora después de la muerte de los dos hermanos, y la rueda ya no para. Y de la pregunta capital: ¿qué puede decirnos hoy, cómo puede tocarnos?
“Todos están bajo un enorme peso, como si tuvieran que bucear a pulmón: creo que esa es la clave de nuestro trabajo. Lo fundamental es que el espectador pueda decirse: ‘¿Qué haría yo en esta situación?’. En Antígona hay una especie de sistema intuitivo de la moral, de lo que está mal y lo que está bien. Por eso no he querido actualizar o reubicar el texto: los conflictos son muy próximos. Y son eternos”.

jueves, 5 de febrero de 2015

PRENSA CULTURAL. "Jaime Gil de Biedma, canción de aniversario". Marcos Ordóñez

   En "El País":

Jaime Gil de Biedma, canción de aniversario

En los albores de 1990 moría en Barcelona uno de los más destacados y queridos poetas de la Generación del 50



Jaime Gil de Biedma, fotografiado por Colita en 1969.

¿25 años ya? Sí, esa es la cifra: 8 de enero de 1990. Voy más atrás, porque para mí la historia comienza antes. En 1975 cae en mis manos la primera edición de Las personas del verbo de Jaime Gil de Biedma. La portada en dominante granate, el tacto casi aterciopelado en mi recuerdo, la liviandad. Un libro breve, y sin embargo ahí estaba todo lo que mi adolescencia necesitaba. Subo a un autobús con la mirada hundida en sus páginas. Comienzo a leer y se difumina todo lo que hay alrededor, la lluvia emborronando el paisaje gris, anochece. Relumbra aquella alegría de vivir, aquella especial disposición del espíritu para olfatear la vida en un olor a cocina y cuero de zapatos; aquel don para atrapar al vuelo la visión de una cría bajo la tormenta, alzando unos zapatos rojos, “flamantes como un pájaro exótico” en una esquina del año malo; aquella fabulosa resolución de ser feliz “por encima de todo / contra todo / y contra mí de nuevo”, pese al dolor del corazón. Alzo la vista, el autobús está vacío; embebido en la lectura me he pasado mi parada y todas y estoy, literalmente, en las afueras, pero ahora tengo un guía. Hacía tiempo que no me pasaba con un libro lo que acababa de pasarme con Las personas del verbo. Hacía mucho tiempo que no me encontraba con una voz semejante. Como escribió su cofrade Gabriel Ferrater hablando de Josep Carner: “Palabras que duran mientras varían los días y se nos mudan los sentidos, ofrecidas para que las entendamos de nuevo: como una patria”.

Su manera de sentir y de vivir significó mucho para los de mi generación. 'Las personas del verbo’ descubrió a un autor con una voz única.
Segundo encuentro: 1980. Visito al poeta en su lujoso apartamento de la calle Pérez Cabrero, entre el Turó Park y la iglesia circular de San Gregorio Taumaturgo. Hubiera preferido que me recibiera en el sótano negro, “más negro que su reputación”, en el 518-520 de la calle Muntaner, pero esa isla está cubierta por el mar de los sesenta. Voy a hacerle una entrevista para la revista Diagonal. El poeta acaba de publicar El pie de la letra, una recopilación de sus ensayos: brillantísimos, sensatos, esencialmente divertidos, corteses. En medio ha habido otro libro, de 1974 y que leí más tarde, Diario del artista seriamente enfermo, en Palabra Menor (Lumen), que me dejó verde de envidia. Jaime Gil tenía veintiséis años cuando lo escribió, y me parecía increíble que alguien tan joven pudiera ser tan inteligente y tan culto. Me desesperé, porque me faltaban pocos años para tener su edad de entonces. Muy poco tiempo, calculé, para llegar a pensar y escribir cosas parecidas.
Lo fundamental de aquella tarde es que entré a las cuatro y salí a las ocho. La generosidad de aquellas horas. Y, creí percibir, una sensación de soledad, de no querer estar solo, de temer la llegada de la noche, de querer seguir hablando, conmigo o con cualquier otro. Le pregunté mucho y me contó mucho, con precisión, como si dictara, con una fascinante gracia expresiva. No recuerdo los asuntos de la conversación pero sí su vuelo y su tono. Y, sobre todo, que fue una conversación, no una entrevista. Le regaló una conversación a aquel jovenzuelo enmudecido, le trató como si fuera un amigo, alguien de su edad. Conversaba “artísticamente”, cierto, con “intenciones estéticas, creando efectos, por divertirme y divertir a los demás”. Eso es lo que permanece, eso es lo que importó y sigue importando.
No le dije lo mucho que había supuesto para nosotros, para mí y para los de mi generación, su poesía y su manera de sentir y de vivir. Hoy se lo diría; entonces me daba mucho apuro. Si no recuerdo mal, aquella conversación nunca llegó a publicarse. Yo no la recuerdo publicada. Probablemente sería larguísima. No he vuelto a releerla porque la perdí.

Recordé la imagen del noble arruinado entre las ruinas de su inteligencia. Quería ser feliz “por encima de todo / contra todo / y contra mí de nuevo”
1990: la noche de su muerte. Estábamos jugando al póquer cuando sonó el teléfono con la noticia. Recuerdo a mucha gente en casa. Habíamos ido a ver una función y luego vinieron todos a escuchar discos, a jugar y a tomar unas copas. Recuerdo que estaba Sagarra, que estaba Ollé, que estaba Anguera. Sagarra me dijo al llegar: está muy mal. No sé si fue él o Marsé quien me contó luego los últimos días, quizás un año, en la casa de los Marsé, en Calafell. Jaime Gil ya andaba con la cabeza perdida por la medicación, pero a veces había repentinas ráfagas de recuerdo. Como aquel día de primavera. Joaquina, la mujer de Marsé, estaba preparando la comida, con la radio puesta. Comenzó a sonar una canción de la Piquer. Ojos verdes, diría. Y Jaime Gil, en el jardín, alzó la cabeza, alzó el dedo, atrapó o creyó atrapar el relámpago, su dedo, imagino, como un pararrayos. Así me viene a la memoria. Joaquina llorando, y a mí se me saltaban las lágrimas imaginando la escena, la canción como el heraldo de una vida anterior, la imagen del noble arruinado entre las ruinas de su inteligencia. Qué atroz profecía.
Yo estaba en ABC en aquella época. Diría que llamaron hacia medianoche. Abandoné la partida (siempre se me ha dado fatal el póquer) y me planté en el periódico para escribir sobre Jaime Gil.
Estaba triste y al mismo tiempo me gustaba el encargo, cruzar la ciudad para hablar del poeta recién fallecido. Y me ilusionaba que me hubieran llamado, que me lo hubieran encargado a mí. En el taxi pensaba en la primera vez que le vi, con abrigo y sombrero, un anochecer de invierno, saliendo de la Compañía de Tabacos de Filipinas. Estaba parado en las Ramblas, mirando hacia el rey mago que parecía tiritar en la hornacina de los almacenes Sepu. Creo que en el Retrato del artista hay una entrada en la que se pregunta a qué se dedicaría aquel hombre pequeño y helado el resto del año. Otro encuentro en las Ramblas. Encuentro desde la más respetuosa distancia: entonces no le conocía, no me hubiera atrevido a abordarle. Parado también frente a un quiosco, desplegando Le Monde Diplomatique. Parecía radiante aquel día y yo pensé en Frederic de Lloberola, el protagonista de Vida privada, aquel hombre “de edad indefinida, con el estómago lleno de whisky y el corazón lleno de rosas rojas”. Más imágenes: la foto con los perros, los cachorritos que trepan por su cuerpo, tendido en una hamaca en el jardín, en La Nava de la Asunción. Un rostro de absoluta felicidad. Eso fue, debió ser, en el último verano de su juventud, como escribió. Y el recuerdo de aquella periodista que cometió la indelicadeza de preguntarle, cuando ya estaba muy enfermo, acerca de la muerte. La respuesta sabia, educada, ya casi desde el otro lado: “No haga preguntas ociosas. Consúltese a sí misma y tendrá las respuestas”. Todo eso volvía en aquel taxi.
Escribí el artículo de un tirón, sin levantar la cabeza del teclado, como cuando leí por primera vez Las personas del verbo: un torpe intento de devolución. Escuché una voz que decía: “Venga, que hay que ir cerrando”. Luego volví a casa. Seguía la partida. Llevaba en la mano la doble página, recién montada, todavía caliente, una prueba impresa para mí. Y para ellos. Volví a sentirme triste y contento. Como ahora.

sábado, 1 de marzo de 2014

PRENSA CULTURAL. "La gran aventura de Rivas Cherif". Marcos Ordóñez

 Marcos Ordóñez

  En "El País":
Aquí hay una película, como César debe morir, de los Taviani. O una función, como Our country’s good, de Timberlake Wertenbaker. En 1940, la Gestapo detiene en Francia y extradita clandestinamente a Cipriano Rivas Cherif, uno de los grandes hombres del teatro español. Un tribunal franquista le condena a muerte por “adhesión a la rebelión”, pena que será conmutada por la perpetua: treinta años de prisión mayor. Rivas Cherif recorrerá tres penales y doce cárceles hasta ir a parar a la colonia penitenciaria de El Dueso, más conocida como “La isla del diablo”, en septiembre de 1942. Allí, a petición de los propios presos, en su mayoría políticos pero también comunes, monta un grupo de teatro: “Nunca pensé”, escribe, “que en un lugar como aquel recuperaría el espíritu de la TEA, el Teatro Escuela de Arte, que fundé en 1933, en el María Guerrero”.
Gracias a un alcaide amante de la escena, y a la pasión de sus compañeros, durante tres años ponen en pie clásicos como El alcalde de Zalamea, La vida es sueño y Hamlet, o comedias de Arniches, zarzuelas, espectáculos de variedades y dos piezas de O’Neill, Rumbo a Cardiff y En la zona prohibida. Sin personajes femeninos, por supuesto. Segundo reto: su equipo construye, con planchas de metal blanco, una réplica de la “Cúpula Fortuny”, un sistema de luz indirecta para dar la impresión de luz natural, que había visto en la Scala y en los montajes de Max Reinhardt. Tercero: crea una escuela de formación teatral acogida a la redención de penas por el trabajo. La aventura acaba con la llegada de un nuevo alcaide que, a partir de dos fotos de los montajes, enviadas a O’Neill, acusa a Rivas Cherif de un disparatado complot revolucionario internacional y le encierra en una celda de castigo, desde donde oye, conteniendo las lágrimas, como destruyen a martillazos su cúpula, símbolo de aquel sueño colectivo.
No sabía yo que durante sus años de presidio escribió tantísimo: memorias, piezas teatrales, cartas, poemas, novelas. En los ocho meses de aislamiento, a partir de las notas taquigráficas tomadas por sus alumnos, Rivas Cherif lleva a cabo dos trabajos fundamentales. Cómo hacer teatro: apuntes de orientación profesional en las artes y oficios del teatro español fue su teórica de la escuela: Clases actorales, historia de nuestro teatro, y lecciones sobre escenografía y oficios auxiliares, al que sigue El Teatro Escuela de El Dueso: Apuntes para una historia, vivísima crónica, día a día, de la experiencia escénica del grupo, “desde la concepción primera de cada montaje hasta el último detalle de su puesta en escena”.
Cómo hacer teatro lo publicó Pre-Textos, a cargo de Enrique de Rivas, en 1991 y se reeditó el pasado julio. El Teatro Escuela de El Dueso, en documentadísima edición de Juan Aguilera Sastre, vio la luz hace cuatro años en Ediciones del Orto. Hará un par de semanas me han llegado otros dos libros suculentos, publicados por el CDN en su colección Laboratorio: sus Artículos de teoría y crítica teatral y su Teatro (1926-1946), con edición e introducción, respectivamente, de Aguilera Sastre y Aznar Soler, y Begoña Riesgo. Una espléndida noticia y, para quienes aún no lo conozcan, una gran ventana abierta sobre la vida y obra de un personaje que encarnó, como pocos, el espíritu de renovación teatral de la República.

miércoles, 27 de febrero de 2013

PRENSA CULTURAL. "Delphine de Vigan, un triunfo del tono". Marcos Ordóñez

   En "blogs.elpais":

Delphine de Vigan, un triunfo del tono

Por:  20 de febrero de 2013

Nada se opone a la nocheEn literatura hay dos cosas de las que estoy seguro: solo llega al corazón lo que sale del corazón y todo depende del tono. Por supuesto que es importante la historia, pero si no aciertas con el tono malbaratas el asunto. El tono es una cuestión moral, como decía Godard hablando del travelling: hay que tener muy claro desde dónde se cuenta, cómo se cuenta, hasta dónde se cuenta. Y, desde luego, si no hay corazón, si no hay alma, si no hay una mirada a la altura de los ojos, ni por encima ni por debajo, igualmente se va al garete la historia porque deja de importarnos, se queda en un mero ejercicio.
Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan, ha sido un éxito de público y de crítica porque tiene corazón y tiene tono, mirada.
He tardado en leer esta novela. Eso que llaman “seguir la actualidad” es tan imposible como innecesario: tarde o temprano se acaba viendo o leyendo todo lo que vale la pena. Las películas son (más o menos) localizables, pero con los libros es más problemático, porque desaparecen de las librerías con extrema rapidez, y están esfumándose también las librerías de segunda mano, de modo que si no les echas el guante en su momento puedes quedarte sin ellos, pero Nada se opone a la noche está durando: va por la tercera o cuarta edición. En Francia lo publicó Lattès; aquí lo han editado Anagrama, en castellano, y Edicions 62, en catalán.
También tardé en leerla porque temía un melodrama confesional, una galería de atrocidades. Pero me lo recomendó la Espert, que tiene un gusto infalible, y acabó de atraparme la portada, una portada que promete otra cosa: esa fascinante criatura fotografiada en blanco y negro parece un personaje de Françoise Sagan, con el lema Bonjour tristesse tatuado en el omóplato derecho, o bailar, noche tras noche, en Modiano’s, ese club que se abre, fosforescente, a ciertas horas, en una alejada bocacalle de Neuilly.
La muchacha de la portada es Lucile, la madre de Delphine de Vigan, y su esplendor es un relámpago a las puertas del abismo, como el color y el bullicio feliz de esa película en super ocho que retrata, antes de que arda el fotograma, la vida aparentemente edénica de su familia. Sin embargo, necesitamos esa portada, emblema de la fugacidad y la pérdida, para contemplar a la joven Lucile cada tantas páginas y contrastar su imagen antigua con lo que se nos está contando, y tampoco viene mal la foto de Delphine de Vigan en la solapa: su sonrisa y el brillo de sus ojos nos dicen que ha sobrevivido, se ha reconquistado, es hija de su madre y de sí misma.
Nada se opone a la noche narra la inimaginable zambullida de Lucile en la locura, su dilatada permanencia, sus breves resurrecciones y sus atroces recaídas, y el suicidio final, que abre la novela, y la anorexia salvaje, anestesiante, de la hija. Y, como una constelación adversa, la terrible hilera de suicidios de parientes y amigos, y la sospecha de que el sonriente y vitalista abuelo Georges abusó sexualmente de Lucile y de sus amigas cuando eran niñas.
Un material, en suma, que se prestaba a todas las truculencias y todos los exhibicionismos, o para calzarle coturnos a la desgracia y jugar a O’Neill en versión francesa. Todo lo contrario. Nada se opone a la noche es un título inadecuado porque la mirada de Delphine de Vigan, que no deja nada sin escrutar pero sabe ser siempre cálida y afectuosa, abre senderos de luz en la oscuridad y convierte una historia durísima en un relato al que apetece volver cada día, porque sabe, como pedía Italo Calvino, “detectar todo lo que no es infierno y darle espacio”.
Leyéndola me hizo pensar en Jacques Audiard, el Audiard de Un prophète y De rouille et d’os.
El equilibrio de este libro es portentoso. Y el talento narrativo de su autora, y su honestidad: un verdadero triunfo del tono. Debería enseñarse en los talleres de escritura. Serviría de modelo e inspiración para quienes intentan abordar dolorosas historias familiares sin autocompasión, sin delectación mórbida, y convertirlas en relato, en gran relato.

Delphine de Vigan

viernes, 31 de agosto de 2012

PRENSA CULTURAL. "Literatura por cable", por Marcos Ordóñez

Marcos Ordóñez
   En "El País":

Literatura por cable

 6 JUN 2012 

Pongamos que los protagonistas de este episodio se llaman Delaney, McFly y Patterson. Delaney y Patterson trabajan en el mismo despacho, que está a punto de cerrar un importantísimo acuerdo con la todopoderosa empresa de McFly. Pero McFly exige, para sellar el trato, que Patterson lleve a cabo un acto tremendamente humillante. Delaney y sus socios debaten, a espaldas de Patterson, la posibilidad de dicho acto. Delaney, asqueado, abandona la reunión. Los restantes socios hablan con Patterson y le hacen creer que todos, incluido Delaney, verían con muy buenos ojos que accediera a lo que pide McFly. Delaney tarda en enterarse de la maniobra, y cuando lo hace monta en cólera: visita a Patterson en su domicilio, por la noche, y le dice que no tiene ninguna obligación de sacrificarse de ese modo, y que la empresa podrá subsistir sin el acuerdo. Patterson le escucha en silencio, con los ojos humedecidos.
A la mañana siguiente tiene lugar la firma del contrato, y en secuencias alternas asistimos al humillante encuentro entre Patterson y McFly. Acostumbrados a los montajes paralelos en tiempos simultáneos (el bautizo y la vendetta que cerraban la primera entrega de El Padrino, por ejemplo) nos cuesta un poco advertir que el acuerdo y el encuentro no suceden al mismo tiempo, pero basta con fijarse en que McFly está presente en la reunión, de modo que no puede estar a la vez humillando a Patterson. Sin embargo, esa alternancia de tiempos corre el riesgo de desorientar un poco al espectador y provocar que cambie de cadena. Pero lo más singular (por desacostumbrado) viene a continuación. Patterson llega a su casa y se dirige a su habitación. Llaman a la puerta. Es Delaney, que se presenta con frases conocidas: el diálogo entre ambos se repite de nuevo. ¿Qué está sucediendo? ¿Por qué estamos viendo otra vez la misma secuencia? Porque hay un tercer salto de tiempo: volvemos a la noche anterior, pero ahora tenemos nuevos datos, y con la repetición vamos a encajar todas las piezas. Ahora los guionistas nos hacen comprender plenamente las verdaderas causas del silencio de Patterson y de sus ojos humedecidos: Delaney llegó tarde, cuando el acto humillante ya había tenido lugar.
Los guionistas no complicaron el relato por gusto o para hacerse los listos. Era un reto. Sabían lo que podían perder y lo que podían ganar: perder audiencia, ganar complejidad y potencia emocional. Era un acto de gozosa libertad creativa. Los guionistas estaban diciéndonos: “Somos profesionales, y muy buenos. No pretendemos hacer experimentalismos. Solo queremos contar las cosas a nuestra manera. Tened confianza”.
Viendo ese episodio sentí orgullo. Exhalaba riesgo. Exhalaba libertad. Y un poderío antiguo: el mismo que debió sentir Flaubert al armar el episodio de los comicios agrícolas en Madame Bovary o Vargas Llosa cuando estructuraba Conversación en la Catedral, para citar tan solo dos clásicos. Lo diré de otra manera: estamos más o menos acostumbrados a ver procedimientos similares en las grandes series actuales pero ¿cuántas veces hemos sentido últimamente esa maravillosa sensación (de orgullo, de riesgo, de libertad) leyendo una novela contemporánea? Pocas. Muy pocas veces. Es más que posible que un novelista de hoy eche el freno a la hora de narrar de esa manera (sí, como los clásicos). Van a decirle que “con la que está cayendo” el público quiere historias “sencillitas”, y que los experimentos, con gaseosa. O le acusarán de lo peor, lo más terrible, lo más vergonzoso: su libro es “demasiado literario”. Después de ver el episodio soñé que a alguien se le ocurría montar un equivalente editorial de HBO, con lectores pagando una cuota a cambio de que no les considerasen niños de teta. Al despertar, una de mis voces interiores se partió de risa, pero la otra me susurró: “Todo se andará”.

miércoles, 25 de julio de 2012

PRENSA CULTURAL. "Dios bendiga a James Salter", por Marcos Ordóñez

Marcos Ordóñez

   En "El País":
Dios bendiga a James Salter
   Marcos Ordóñez 23 FEB 2012

   A menudo se dice que un gran escritor no puede pasar inadvertido. Es mentira. Entre innumerables ejemplos refulge el caso de James Salter, a quien el reconocimiento le llegó cumplidos los setenta. Cuesta de creer que libros tan extraordinarios como Años luz o Juego y distracción tan solo vendieran unos pocos miles de ejemplares en la inmensa Norteamérica, y que todavía se hable de él como de un “escritor para escritores”, eufemismo para indicar que solo interesa a cuatro gatos.
   Salter comenzó a ser mínimamente conocido por sus dos libros de cuentos (había cumplido los ochenta cuando publicó el segundo, el magistral y definitivo La última noche) y por sus grandísimas memorias, Quemar los días, que debo de haber releído una docena de veces. Susan Sontag decía: "Quiero leer absolutamente todo lo que escriba Salter". Yo he leído incluso Life is meals: a food lover’s book of days, el breviario que escribió con su esposa Kay, donde las recetas alternan con las reminiscencias de maravillosas comidas en París, en Roma, en Aspen, en las casas de sus amigos. Entre ellos, Alfonso Armada y Corrina Arranz, de quien ofrece su receta de gazpacho segoviano. Y pido desde aquí que alguien reedite Años luz, porque la edición de El Aleph está inencontrable, y la primera traducción de Sudamericana es directamente ilegible.
   A menudo, por la mañana, antes de ponerme a escribir, leo unas páginas de Salter, como el diapasón que ha de darme la nota exacta, el impulso y el tono. Leo a Salter para que me limpie la mirada, como aquellos espejos negros que utilizaban los impresionistas cuando no veían con claridad los colores. Consejo para escritores jóvenes: si alguna vez os encontráis bloqueados, leed a Salter. Si estáis perdidos y creéis que lo que estáis haciendo ya no vale, leed a Salter. Si creéis que habéis conseguido una página insuperable y no hay forma mejor de expresarlo, leed a Salter.
   Leo a Salter para que me ensanche el corazón. Leo a Salter porque sus páginas arrojan la certeza, tan común en los grandes escritores, de que conoce un buen puñado de verdades sobre la vida y los hombres; verdades que te atraviesan como un rayo e iluminan, de repente, un fragmento de realidad haciéndote verla como nunca la habías visto. No: como entreviste una vez y luego olvidaste. Leo el comienzo de Los ojos de las estrellas, que tiene la misma acrobática libertad formal de Las joyas de los Cabot, de Cheever. Leo el final de Cometa, con la esposa empequeñeciéndose, tropezando en los escalones de la cocina. Vuelvo a los encuentros de Philip y Anne-Marie en Juego y distracción, y los paseos del grupo en las noches parisinas, comiendo en los restaurantes de Les Halles antes del amanecer. Vuelvo a leer la evocación de Irwin Shaw, y el fantasma flotante de Sharon Tate en Rodeo Drive (lo mejor que se ha escrito sobre ella, lo más hermoso, lo más conmovedor) en Quemar los días. Leo el final de Años luz. Hay muchos finales de novela que me parten el alma, pero ninguno como este. Viri, el marido, vuelve a la antigua casa familiar, cerrada, abandonada. Su esposa murió, sus hijas se casaron. Lleva un traje gris comprado en Roma, las suelas de los zapatos ennegrecidas por la humedad. Camina con paso lento, los ojos fijos en el suelo. Le parece escuchar todavía las risas imposibles de las niñas en el bosque. De repente percibe un movimiento entre las hojas: es su vieja tortuga, avanzando hacia él, el ojo claro, transparente como el cristal, el caparazón en el que todavía puede leer las antiguas iniciales, avanzando como si quisiera depositar a sus pies el bosque entero, el pasado entero. Dios bendiga a James Salter.

jueves, 12 de julio de 2012

PRENSA CULTURAL. Sobre la novela "Cincuenta sombras de Grey", por Marcos Ordóñez

Marcos Ordóñez

   En "El País":

Orgasmos vendidos y leídos

 10 JUL 2012

Llevo muchos años observando el sector del libro y a sus protagonistas, pero no dejo de llevarme sorpresas. Vaya por delante la última: a pesar del abrumador bombardeo publicitario y mediático, no podía imaginarme que una novela tan mediocre como Cincuenta sombras de Grey (Grijalbo), primera parte de una trilogía de más de millar y medio de páginas, se iba a convertir, también en España, en un fenómeno de ventas. A pesar de la retracción del consumo de libros, sancionada en el último informe del habitualmente panglosiano Gremio de Editores, los datos de Nielsen, la compañía de referencia en el análisis del mercado, son contundentes. En sus dos primeras semanas la novela de E. L. James ha vendido 38.000 ejemplares, escalando holgadamente al primer puesto de superventas y colocándose en línea con su recepción internacional: más de 20 millones de libros de la trilogía vendidos en un tiempo récord. Una buena noticia, sin duda, para sus editores españoles (grupo Random House) y, sobre todo, para los libreros, que, finalmente, pueden hacer un poco de caja en una temporada lamentable.
Como mucha gente sabe, la que ya se ha convertido en la novela del verano trata de las relaciones (casi exclusivamente sexuales) entre Anastasia Steele, una joven universitaria estadounidense (21 años, virgen) y Christian Grey, un apuesto y multimillonario empresario (27 años) aficionado al sexo poco convencional. Ella le firma un contrato de sumisión y él la inicia en los placeres del sadomaso, con ataduras y azotes incluidos. Como ha señalado algún crítico extranjero, no se trata de un libro con sexo, sino de un libro de sexo. Pero hay más: por pocas novelas que se hayan leído, sus personajes resultan, además de inverosímiles, planos como la hojalata; su prosa, patéticamente pobre; los diálogos, sorprendentemente pueriles; la trama, previsible como la tormenta tras el bochorno. Y, sin embargo, el libro está siendo devorado por un gran número de mujeres lectoras, suministrando (sobre todo en Estados Unidos y Reino Unido) material de primera mano para los clubes de lectura y debate femeninos, y alimentando la blogosfera con millares de encendidos comentarios y opiniones. Una abundancia que, por cierto, contrasta aquí con los habituales escrúpulos de la crítica “seria” a enfrentarse con un libro que es también un fenómeno de masas. Será que temen contaminarse.

No podía imaginarme que una novela tan mediocre como ‘Cincuenta sombras de Grey’ iba a ser fenómeno en ventas en España
La prehistoria de su composición arroja cierta luz sobre su éxito. E. L. James, antigua ejecutiva en la televisión británica, comenzó a desarrollar la historia como una fan-fiction en las webs de admiradores de la saga Crepúsculo. Las fan-fictions (simplifico), un subgénero narrativo desarrollado en Internet, aprovechan parasitariamente historias y personajes de éxito, desarrollándolos en direcciones o líneas diferentes a las originales, de modo que Anastasia y Christian comenzaron como sendos avatares de la adolescente Bella y el vampiro Edward, protagonistas de la saga de Stephenie Meyer. Luego, la señora James creó su propia web y desarrolló la historia para lectores adultos, recogiendo múltiples influencias: desde la historia cenicientesca de Pretty woman a las novelas vampíricas de Anne Rice, pasando, desde luego, por abundante chick-lit convenientemente procesada. El éxito llegó inmediatamente.
Al parecer, la novela consiguió en la anglosfera un primer nicho de lectura entre mujeres casadas de más de 30 años, aunque ahora se ha convertido en el libro que más se lee en los dormitorios de colleges y centros de enseñanza media. No disponemos de datos acerca de esos casi 40.000 españoles que lo han adquirido, pero supongo que no tendrán un perfil muy distinto. Seguro que hay una explicación convincente, pero a mucha gente de mi generación no deja de desconcertarle que una mediocre novela repleta de orgasmos de opereta y pornografía aceptable por el mainstream, y que cuenta una historia de sumisión y esclavitud femenina (voluntariamente aceptada) haya conseguido apasionar a millones de lectoras del mundo anglosajón, que es, precisamente, donde más se ha desarrollado la libertad de la mujer (incluida, desde luego, la sexual) y menores son las diferencias profesionales y sociales entre sexos. Qué tiempos.

martes, 26 de junio de 2012

PRENSA CULTURAL. "Sol y sombra de Ray Bradbury (Pulp Faction)", por Marcos Ordóñez

Marcos Ordóñez

   En "blogs.elpais":

Sol y sombra de Ray Bradbury (Pulp Faction)

Por:  11 de junio de 2012

En aquella extraña época (últimos sesenta, primeros setenta) la literatura fantástica y policial florecía, no me pregunten por qué, en los kioskos españoles. Por quince o veinte pesetas podías encontrar revistas con goloso formato de libro, como Alfred Hitchcock Magazine (aún puedo recitar, como una letanía, los nombres que encabezaban su dream team: Henry Slesar, C.B Gilford, Jack Ritchie, Bruno Fisher, Miriam Allen De Ford) o su hermana de sangre, Ellery Queen’s Mystery Magazine, donde Chesterton, O’Henry y John Dickson Carr cerraban filas junto a Donald Westlake y Patricia Highsmith. Cuando las revistas se acababan siempre podíamos recurrir a las selecciones de Acervo, que publicaba las novelas y relatos de Cornell Woolrich, y las fantasías belgas de Jean Ray (desde Maupertuis a las aventuras de Harry Dickson) y también tenía un vasto catálogo de ciencia-ficción, o a las recopilaciones del omnívoro Forrest J Ackerman en Bruguera, donde no tardaría en aparecer la fastuosa e inesperada Antología de la literatura fantástica española que compiló el tentacular José Luis Guarner, y que iba desde El brujo postergado, del Infante Don Juan Manuel, hasta Calders y Gimferrer (¡sorpresa!), pasando por aquel extraordinario relato de Fernández Flórez llamado Tinieblas.
Todo eso devorábamos mis cuates y yo, y corríamos a los cines de reestreno para ver las películas de episodios, a cual más sanguinario, del sello Amicus, competencia directa de la Hammer desde Doctor Terror, con títulos tan promisorios como La mansión de los crímenesRefugio macabro (ambos a partir de cuentos de Robert Bloch) o Condenados de ultratumba, o nos abalanzábamos sobre los tebeos de Selecciones Vértice (con Max Audaz y Zarpa de Acero en lo alto del pedestal ) o la galería de espantos de Dossier Negro.

Ellery Queen's Mystery MagazineMuy cerca del Instituto Menéndez y Pelayo (exactamente en la esquina de Vía Augusta con Alfonso XII) había abierto sus puertas una resplandeciente librería llamada Ianua, que no en vano quería decir puerta o portal en latín (eso fue casi todo lo que aprendimos del latín), y que importaba los libros de la mexicana editorial Novaro y de la argentina Edhasa/Minotauro.
Fue allí donde, juntando nuestros magros caudales, compramos los truculentos relatos de Bloch, del que hasta entonces solo sabíamos que era el guionista de Psicosis, y los de Stanley Ellin, y de Fredric Brown, que tenía aquel cuento insólito (No mire hacia atrás) que pretendía matar a sus lectores, como luego La asesina ilustrada, de Vila-Matas, y descubrimos también al enorme Richard Matheson, y las Historias de fantasmas recogidas por Kurt Singer, pero por encima de todos ellos, arriba, muy arriba, como un patriarca benévolo o un marciano omnisapiente que hubiera vivido más de mil vidas, reinaba Ray Bradbury, al que habíamos descubierto gracias a Narciso Ibáñez Serrador. Es posible, pienso ahora, que el éxito televisivo de los programas de Ibáñez Serrador hubiera contribuido en cierta forma a aquella floración de revistas de misterio, terror y ciencia-ficción, una de las cuales, justamente, llevaba el nombre de su serie más famosa, Historias para no dormir: era mensual, contenía cuentos y artículos y guiones de sus episodios (no siempre los más populares), y unos extraños anuncios de productos farmacéuticos que contribuían notablemente a la sensación de artefacto malsano.

El vino del estíoNo sé si fue antes el huevo o la gallina, no sé si a Bradbury lo detectamos a partir de una de aquellas adaptaciones de Chicho (quizás El cohete, quizás La espera, y tal vez no fue en Historias para no dormir sino en una de sus series precedentes, Tras la puerta cerrada o Mañana puede ser verdad, con lo cual el recuerdo se vuelve casi evanescente, porque éramos unos críos entonces) o más bien en uno de los estupendos artículos divulgativos que en la revista firmaba Juan Tébar, otro de sus grandes apóstoles, en una tríada completada por José Luis Garci, que en los primeros setenta publicó en la editorial Helios su apasionado ensayo Ray Bradbury, humanista del futuro.
Todas aquellas puertas se abrían a otras puertas, como a Bradbury le hubiera gustado. El anuncio interior de un número de Mystery Magazine (de eso me acuerdo con absoluta claridad: entre un cuento de Margery Allingham y otro de Santiago Lorén) me reveló a Gonzalo Suárez, que publicitaba Trece veces trece con estas suculentas palabras: “Mi libro es terrible. Contiene cadáveres descuartizados, perros rabiosos, epidemias, monstruos, aberraciones de toda índole y un humor que no tiene maldita gracia” (como dice la canción, who could ask for anything more?), y leyendo las historias de Richard Matheson averiguamos la existencia de una serie llamada The Twilight Zone, porque aquellas antologías de Novaro se titulaban Historias de la Zona Crepuscular: solo había que tirar del hilo de Ariadna, y Ariadna, claro está, nos lleva de nuevo a Minotauro.
Los libros de Bradbury en Minotauro tenían crujientes páginas de color pardo, puro pulp, y las portadas de colores (verde, azul, naranja, violeta) que aquí reproduzco. Su territorio era y es inabarcable, pero muy pronto saltó a la vista que había un lado de luz y uno de sombra. Si tuviera que quedarme con un máximo representante de cada negociado, elegiría El vino del estío y El país de octubre.
La puerta de El vino del estío me llevó a La comedia humana, de Saroyan, porque Douglas Spaulding era un primo hermano de Homero McCaulay, y los grillos de aquel verano inacabable de los años treinta cantaron también en Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, y Una muerte en la familia, de James Agee: en todos esos libros reconocía la misma claridad lunar, el mismo paisaje (daba igual que fuera Norte o Sur), la misma mirada extasiada, que más tarde impregnaría memorables relatos de iniciación como El cuerpo, de Stephen King.

El país de octubreEl país de octubre era lo que había al otro lado del verano. Transcribo el texto de su contraportada: “El país de octubre, donde siempre está haciéndose tarde. El país donde las colinas son niebla y los ríos neblina; donde el mediodía pasa rápidamente, donde se demoran la oscuridad y el crepúsculo y la medianoche no se mueve. Un país de sótanos, subsótanos, carboneras, armarios, altillos y despensas alejadas del sol. El país que habitan gentes de otoño, que solo tienen pensamientos otoñales; gentes que pasan por las aceras desiertas con un sonido de lluvia”. Relatos maravillosamente aterradores, como El siguiente en la fila, que me hizo jurar que nunca jamás en la vida visitaría la cueva de las momias en Guanajuato, o La guadaña, en el que un granjero descubre que su nueva tarea es una esclavitud inacabable, o La caja de las sorpresas, donde se nos confirma que ser Dios tampoco es un plato de gusto. O aquella historia llamada El emisario, de la que tan solo recuerdo el aura enfermiza, la casa aislada, el niño que solo puede comunicarse con el exterior a través de su perro y de una vecina, el desolador final y la sensación de que Ana María Matute hubiera podido firmarlo.
Bradbury era terriblemente contagioso, y en aquella época escribí un centón de cuentos a su manera. Pero no solo eso. Haciendo honor a su nombre y a sus poderes, enviaba rayos, guiaba, contaminaba en el mejor sentido imaginable. ¿No os ha pasado que después de ver la exposición de un gran pintor o un gran fotógrafo salís a la calle y lo contempláis todo con sus ojos?
Bajo su órbita seguían formándose constelaciones inesperadas, voracidades retroactivas (¿o es que todos nosotros no habíamos sido como él, rastreando historias fantásticas y tebeos y puertas ocultas o repentinas?) y también puentes impensables y transoceánicos. Durante un periodo de sequía, el sumo sacerdote me condujo hacia Dino Buzzati, su hermano italiano. Ya había leído El hombre ilustrado, y Fantasmas de lo nuevo, y Las doradas manzanas del sol, y Remedio para melancólicos¸ y, por supuesto, Fahrenheit 451. Agotadas por el momento las fuentes minotáuricas (aunque diría que Fahrenheit no salió en Minotauro) se me fueron los ojos hacia la portada de Historias del atardecer, de Buzzati, en la colección Reno: la imagen rojiza de un alunizaje me hizo pensar que aquello bien podía estar a caballo entre las Crónicas marcianas y las Historias de la zona crepuscular.
Historias del atardecer - dino buzzatiEl libro era la versión española de Il Colombre, que acababa de aparecer en Italia. ¡Tiempos aquellos, en los que un libro italiano se traducía a poco de su salida y se publicaba en una colección popular! Buzzati me pareció, como digo, cercanísimo a Bradbury: la misma timidez febril de niño solitario, la misma imaginación desbordante, la misma mirada hacia lo alto, hacia el mito y la leyenda (El secreto del bosque viejoLos siete mensajeros), pero también atenta a desvelar las alarmas de lo cotidiano (Cinco pisos, que Azcona adaptó al cine en Italia con el título de Il fischio al naso) o abocada hacia la purulenta red de sótanos y subsótanos, como en aquel otro cuento magistral, En el jardín, donde bajo la calma de una silenciosa noche de verano laten salvajes guerras de insectos, tripas rajadas, élitros machacados, y los supervivientes caen en las fauces abiertas de un gato hambriento. Hablo de Buzzati para hablar de Bradbury, y es que a menudo el genio funciona por ósmosis y comparte aguas freáticas, del mismo modo que Cortazar advirtió aquel tumultuoso río subterráneo que enlazaba los cerebros de Edgar Allan Poe y Baudelaire.
En esa misma línea (de tranvía fantasma) sigo pensando que Bradbury nunca está donde lo esperas. Se han hecho muchísimas adaptaciones de sus historias, pero para mi gusto las mejores son aquellas en las que no aparece su firma pero sí su esencia. Dejando aparte a Charles Laughton con La noche del cazador, el director más cercano a Bradbury fue Robert Mulligan: su lado de sol (con bosques nocturnos) está en la adaptación de Matar a un ruiseñor, y su lado de sombra, con afilados tridentes escondidos en pajares, fue aquella joya siniestra llamada El otro, sobre la novela de Tom Tryon. Y pienso que el más perfecto destilado de La feria de las tinieblas no fue la película de Jack Clayton (que tampoco estaba nada mal) sino la rotunda, terrorífica e injustamente abortada Carnivale, perla negra de HBO. Para despedir la evocación vuelve a mi memoria un miscasting parcial: Truffaut estaba fantástico en Encuentros en la Tercera Fase, pero el papel del científico humanista que sabe conectar con los extraterrestres era un rol cantado para el tío Ray. Y digo parcial porque no olvidemos que Truffaut fue quien llevó al cine Fahrenheit 451. O sea que, para decirlo a la navarra, Bradbury no estaba, “pero como si estaría”.