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lunes, 26 de octubre de 2015

PRENSA. "Sesenta millones: los niños chinos dejados atrás"

   En "El País":

Sesenta millones: los niños chinos dejados atrás

El crecimiento económico ha llevado a millones del campo a la ciudad, pero muchos inmigrantes se ven obligados a dejar a sus hijos en sus pueblos de origen


La guardería que gestiona la profesora Ping, en la aldea de Beikou. / M. VIDAL

Xiu Jiaqi tiene cinco años, unas coletas muy largas y una sonrisa pícara. Aunque hoy está un poco más triste de lo normal. Su padre acaba de marcharse de peón, a construir carreteras. A su madre, que trabaja en Pekín, hace meses que no la ve: “Volverá cuando se acabe el trabajo”, cuenta. Ella se ha quedado al cuidado de sus abuelos y se lamenta de que no pueden ayudarla a hacer los deberes. Su profesora, Ping Xiaorong, lo explica: “Son analfabetos”.
Zhao Yicheng, de seis años, se sienta junto a Xiu. Dice que ella no verá a sus padres hasta el Año Nuevo chino, la única vez en todo el año. Entonces “me traerán regalos. Ropa de color rosa, mi preferido. Y jugaremos juntos. El escondite es lo que más me gusta”.
Las dos pequeñas forman parte de un fenómeno causado por el crecimiento económico en China. Desde 1995 más de 300 millones de personas se han trasladado del campo a la ciudad en busca de una vida mejor. Pero muchos de ellos han tenido que dejar a sus hijos en sus pueblos de origen, generalmente al cuidado de los abuelos. Son los niños “dejados atrás”: según la oficial Federación de Mujeres Chinas suman 61 millones, uno de cada cinco de los menores de todo el país.
En la aldea de Beikou, en Songjiazhuang, en la provincia de Hebei (norte de China) solo quedan 1.700 personas, de las 2.600 que vivían allá hace cuatro o cinco años. Las condiciones de vida son durísimas: al pie de la montaña, y cerca ya del desierto del Gobi, en invierno las temperaturas pueden llegar a 30 grados bajo cero. Las mayoría de las casas no tiene calefacción ni agua caliente. En algunas, las ventanas aún son de papel. La oferta laboral es limitada: o pastor o campesino. Y arrancar a la tierra la cosecha anual de cereales —mijo y maíz, sobre todo— cuesta mucho sudor.
“La gente que se marcha de aquí lo hace, sobre todo, por la educación de sus hijos”, explica la profesora Ping. “Aquí siempre tienen garantizado, mal que bien, un plato de comida. Pero la educación, no”. En Beikou solo se imparten un par de años en la escuela primaria; luego, los niños deben trasladarse a un pueblo mayor. Quienes deseen una formación mejor para sus hijos, y puedan permitírselo, deben enviarlos internos a un colegio privado en la cabeza de comarca. Eso cuesta dinero. Y los padres, cuenta Ping, emigran para conseguirlo.
El problema se ve agudizado por los requisitos del hukou, un permiso de residencia interno que se concede en el lugar de nacimiento y sin el cual los inmigrantes de las zonas rurales carecen de acceso a servicios básicos como la educación o la sanidad. Aunque los padres de Beikou se llevaran consigo a sus hijos a Pekín, no podrían escolarizarlos.
Ping tiene a su cuidado 40 niños, entre los dos años y los seis. El año pasado se ocupaba de 60, aunque 20 se han ido a la ciudad o han pasado a la educación primaria. Ella creó hace seis años, de manera completamente privada, la guardería del pueblo, Shibo, ante la falta de opciones donde dejar a su hijo, entonces de cuatro años. En sus clases, los pequeños aprenden mandarín, matemáticas y un poco de inglés que ella aprendió de forma autodidacta.


Las niñas Xiu y Zhao en la guardería de Beikou. / M. V.
Aproximadamente la mitad de sus alumnos, asegura, son niños dejados atrás. “Se nota la diferencia”, cuenta. “Son más retraídos. Una niña el otro día se echó a llorar en clase porque echaba de menos a su padre… Académicamente también suelen ir un poco peor. Hay casos, como el de Xiu Jiaqi, en el que sus abuelos no saben leer ni escribir, y hay que prestarles un apoyo especial”.
Según un informe del proyecto benéfico Road to School, la ansiedad de los niños aumenta de manera exponencial si no pueden ver a sus padres durante más de tres meses. Pero un 15% de los niños dejados atrás solo ven a los suyos una vez al año; y 15 millones solo reciben una llamada telefónica cada tres meses. Son menores más susceptibles de padecer problemas psicológicos, sufrir abusos o caer en manos del crimen organizado.
Para paliarlo, el Gobierno chino se ha fijado el objetivo de formar a tres millones de trabajadores sociales para 2016, una profesión prácticamente desconocida en el país hasta ahora, apunta Tong Xiaojun, catedrática de Trabajo Social en el Instituto para la Juventud y la Adolescencia de China. Un programa piloto ha establecido una red de trabajadores locales en 120 zonas remotas de las cinco provincias más afectadas por el problema, aunque solamente llega a unos 250.000 menores, una cifra aún ínfima.
Otras ONG también tratan de fomentar la comunicación entre los niños dejados atrás y sus padres, y de convencer a las empresas para que faciliten horarios laborales y días de vacaciones más flexibles, explica Pia McRae, directora para China de Save The Children.

Padres infelices

Xu Yingxia, una limpiadora de casas de 41 años originaria de Anhui, en el sur del país, también alega la educación como gran factor para vivir separada de su hijo. El niño, de 11 años, está interno en Hefei, la capital de su provincia natal. “Podríamos tenerlo con nosotros en Pekín, pero para él no sería bueno. Para nosotros, lo principal es que reciba una buena educación y tenga oportunidades en la vida”.
Para los padres la separación también es dura, y algo que hacen porque sienten que no tienen alternativa. Un estudio de la consultora CCR CSR encuentra que un 80% de quienes han dejado atrás a sus hijos se sienten culpables. El 68% alega que no tiene tiempo para ocuparse de los niños; un 53% explica que carece de dinero para cubrir los gastos básicos. Un 30% se lamenta de que en la ciudad sus hijos no pueden tener acceso a una educación u otros servicios sociales adecuados.
Un 59% de estos padres se declara “carente de compromiso con su puesto de trabajo” debido a la separación familiar. Un 38% admite “errores frecuentes” por la preocupación que le generan sus hijos. Un 33% reconoce ser “infeliz y poco entusiasta”.

miércoles, 25 de febrero de 2015

PRENSA. "¿Cómo se dice 'callarse' en chino?". Martín Caparrós

   En "El País Semanal":

¿Cómo se dice “callarse” en chino?

Es rara la censura: sinuosa, caprichosa. Se la suele pensar como un par de tijeras; yo la veo como la serpiente de aquel árbol

     

Mujeres alimentándose en China durante la hambruna de 1946. / GEORGE SILK (GETTY)

No está claro cuál fue la gota que colmó el vaso. Sí que las autoridades chinas decidieron, como suelen, cortar por lo sano. Así que el Estado que más reos mata salió a matar, también, los juegos de palabras. Semanas atrás, la Administración Estatal de Prensa, Publicaciones, Radio, Cine y Televisión de la República Popular dio instrucciones tajantes para el uso del lenguaje en los medios: “No se pueden cambiar los significados de los refranes populares para fines comerciales. Tampoco se pueden usar palabras que vengan de Internet, o adoptadas de idiomas extranjeros, o juegos de palabras”. La censura, a veces, tiene una rara confianza en su poder.
El Estado chino, en cualquier caso, la ejerce con denuedo. Es rara la censura: sinuosa, caprichosa. Se la suele pensar como un par de tijeras; yo la veo como la serpiente de aquel árbol. Hace unas semanas mi agente me pasó la oferta de una editorial de Shanghái para publicar El Hambre, mi libro más reciente. El Hambre ya estaba contratado en una docena de países, pero la posibilidad de que circulara en mandarín me excitó especialmente. Había un problema, me dijo: tendría que cortar las páginas que cuentan la gran hambruna china.
En 1958, el presidente Mao Zedong –que entonces se llamaba Mao Tse Tung– decidió dar un vuelco definitivo a la economía de su país. Lo llamó el “Gran Salto hacia Adelante”: un proyecto faraónico de industrialización y modernización. Por muchas razones el plan fracasó y, en tres años, más de 30 millones de personas murieron de hambre. Fue dantesco: familias famélicas respetaban viejos tabúes intercambiando los cadáveres de los hijos; así, nadie se comería la carne de su propia carne.
“Dejaron de alimentar a las nenas; solo les daban agua. Cambiaron el cuerpo de su hija por el de la hija del vecino. Hirvieron el cuerpo en una especie de sopa…”, le contó mucho después un sobreviviente al periodista inglés Jasper Becker.

Fui cobarde: mi primera respuesta ante la oferta de publicación mediante módica censura fue aceptarla
El genocidio nunca fue aceptado por las autoridades chinas: la historia del país no lo registra. El episodio no es central –ni mucho menos– en mi libro: aparece en un capítulo de la historia del hambre, pero me dije que podía no estar. Pregunté quién pedía que se eliminara; me explicaron que lo más astuto de la censura china es que la ejercen los propios editores, por si acaso. Para evitar que un libro pueda incluir algo que disguste a los censores y los lleve a secuestrar la edición. No hay censura más eficiente que la que vieneen auto.
Fui cobarde –u oportunista, o realista, que suelen ser sinónimos–: mi primera respuesta ante la oferta de publicación mediante módica censura fue aceptarla. Se ve que la idea de ese libro en ideogramas me atraía lo suficiente como para hacer “ese pequeño sacrificio”. Pero después pensé que sería inútil: que la ausencia de esa hambruna en un recuento de las grandes hambrunas del siglo XX llevaría a cualquier lector chino a desconfiar de la verdad del resto. Así, todo el libro sería deslegitimado por esa omisión, pensé, y decidí no aceptarla. Hasta que un amigo me recordó que, cuando vivíamos bajo un régimen que ejercía la censura, lo sabíamos, y sabíamos por qué razones ciertos libros –o periódicos, o películas, o personas– no decían ciertas cosas. Y que, por lo tanto, los lectores chinos entenderían que no había hablado de la hambruna para poder hablar del resto, y que…
Parecía razonable, pero sigo dudando. Pronto tendré que resolver qué hacer, y no lo sé. Aunque quizá publicar estas líneas ya sea una respuesta. O no, quién sabe. Una de las grandes armas de los poderes consiste en ponerte a pelear con tus contradicciones, en una batalla donde no hay victoria.

martes, 17 de febrero de 2015

PRENSA. "La idea del segundo hijo pierde atractivo en China"


   En "El País":

La idea del segundo hijo pierde atractivo en China

Menos parejas de lo que esperaba el Gobierno han solicitado tener un segundo vástago



“¿Tener otro hijo más? Ni se me pasa por la cabeza... Uno ya es suficiente responsabilidad”, asegura tajantemente Yao Yi, de 32 años, gerente de una escuela infantil de kung-fu en el noreste de Pekín y madre de una niña de ocho años. Su hija asiste a una selecta escuela pública y los días libres recibe clases extras de pintura, música y kung-fu, un gasto de dinero y tiempo considerables. “No lo podría hacer con otro hijo”, dice Yi.
Yao Yi y su esposo, un hombre de negocios, son una de las parejas jóvenes de clase media de las que el Gobierno chino esperaba que el año pasado solicitaran tener un segundo niño, después de que en 2013 se relajara de manera significativa la política de un solo hijo implantada en los años 80. Con las nuevas normas, pueden solicitar permiso las parejas en los que uno de sus miembros es hijo único. Hasta entonces tenían que serlo los dos.

Un exceso de 34 millones de varones

MACARENA VIDAL LIY, PEKÍN
Pese a que la diferencia se ha reducido en los últimos seis años consecutivos, la proporción de nacimientos anuales de hombres con respecto a los de mujeres sigue siendo anormalmente alta. En 2014 nacieron en China 116 niños por cada 100 niñas. Una década antes, esa proporción era de 121,2 varones por cada 100 mujeres. La proporción natural es de aproximadamente 105 niños por cada 100 niñas.
Ello se debe a una combinación de la política del hijo único con la preferencia tradicional por los descendientes varones, sobre todo en el medio rural. El personal sanitario tiene vetado informar del sexo del feto y los abortos selectivos están prohibidos, pero no es imposible encontrar maneras de saltar esa prohibición. Según el autor He Yafu, “si no hubiera existido la política del hijo único, aunque la mentalidad tradicional está aún muy arraigada en algunas zonas, la gente hubiera podido cumplir su deseo de tener un varón simplemente teniendo varios hijos”.
El desequilibrio, acumulado a lo largo del tiempo, ha creado una “bolsa” de 34 millones de varones más que mujeres, más que toda la población de Canadá, o las de Portugal, Grecia y Bélgica juntas. La televisión estatal CCTV la ha calificado de “épica” y “la más seria y prolongada del mundo”. En un país donde la soltería es casi un anatema, esos “hombres sobrantes” suscitan preocupación sobre posibles problemas de violencia sexual o el incremento de lacras que ya son muy reales, como el tráfico de mujeres procedentes de otros países vecinos más pobres.
En su informe de 2014 sobre tráfico de personas en el mundo, el Departamento de Estado de EE UU señala que la desproporción entre varones y mujeres “puede servir para aumentar la demanda tanto de prostitución como de mujeres extranjeras como novias para los hombres chinos, y ambas pueden procurarse por la fuerza o por la extorsión”, de países como Birmania, Vietnam, Mongolia, Camboya, Laos y Corea del Norte.
Pero en su primer año, la relajación no ha dado los resultados esperados. De los 11 millones de parejas que cumplen el nuevo requisito, tan solo en torno a un millón, o el 9%, han pedido los permisos necesarios, según las cifras de la Comisión de Planificación Familiar. El Gobierno esperaba 2 millones. En Pekín, una urbe de 20 millones de habitantes, solo 30.000 parejas solicitaron la autorización. En Shanghái fueron 16.000, únicamente el 4,6 % de los candidatos potenciales.
En parte porque la idea de un solo descendiente ya está arraigada tras 30 años de política del hijo único, y en parte porque la sociedad china está cada vez más desarrollada, “hoy día la gente ya no desea tanto tener hijos, especialmente en las ciudades. Incluso los que solicitan permiso para un segundo niño no es seguro que vayan a acabar teniéndolo”, dice el demógrafo He Yafu, autor del libro El Incontrolable Control de la Población.
En una sociedad cada vez más competitiva, el gasto para que el único vástago llegue lo más lejos posible puede obligar a que padre, madre y los dos pares de abuelos le dediquen sus recursos económicos. Una encuesta que publicaba el diario Qiangjiang Evening Post cifra en 100.000 yuanes (14.328 euros) el gasto de criar un hijo hasta los 12 años, en un país en el que la renta disponible media es de 20.167 yuanes (2.887 euros) anuales. En otros casos, como puede ocurrir en otras economías desarrolladas, las parejas no quieren volver a pasar las complicaciones de criar un bebé o no quieren sacrificar su carrera laboral.
Esta escasez de nacimientos abre la puerta a una bomba de relojería –un rápido envejecimiento de la población combinado con un desequilibrio anormal en el número de hombres y mujeres, debido a la preferencia tradicional por un hijo varón– que el Gobierno chino contempla con espanto.

Según la Oficina Nacional de Estadísticas china, la población total del país creció en 2014 un 0,52%, para quedar en 1.370 millones de personas. Pero la población activa descendió por tercer año consecutivo y perdió 3,7 millones de personas, para quedar en 915,83 millones. Esa tendencia crecerá aún más en el futuro, con consecuencias negativas en la demanda interna, la capacidad de producción y la competitividad, según los expertos.
La ONU calcula que para 2035 el país contará con casi 400 millones de jubilados, más del 25% de la población. Dada la muy limitada infraestructura de la Seguridad Social china, no es de extrañar que instancias como el Gobierno local de Shanghái hayan lanzado un llamamiento directo a las parejas cualificadas para que tengan ese segundo hijo.
Pekín confía en que a medida que pase el tiempo y se conozca más la nueva política, las parejas se animen a tener otro bebé. La Comisión de Planificación Familiar espera un aumento significativo en el plazo de dos a tres años. Mientras tanto, el Gobierno ha endurecido las normas contra los abortos selectivos por razón del sexo del feto. Aunque ya estaba prohibido informar del sexo del niño en las ecografías, las parejas no podrán enviar muestras de sangre al extranjero para conocer de esa manera si esperan un varón o una niña. Aunque no es suficiente.

La población total de China creció en 2014 un 0,52 %, pero la población activa descendió por tercer año consecutivo
Según el experto en población Yi Fuxian, de la Universidad de Wisconsin-Madison, a la vista de los problemas que se perfilan el Gobierno chino acabará permitiendo “pronto, quizá en dos o tres años” que cualquier pareja tenga dos hijos. También sugiere medidas complementarias, como “rebajar el alto coste de la vivienda o conceder incentivos fiscales a las parejas que tengan más de un hijo”.
Algunos funcionarios de la Comisión de Planificación Familiar parecen estar de acuerdo. Según cita el diario hongkonés South China Morning Post, el subdirector de ese organismo en la provincia de Shanxi, Mei Zhiqiang, propuso en una reunión esta semana la abolición por completo de esa política: “Debemos asegurarnos de que nuestro sistema y nuestra política permiten a nuestros hijos tener dos hijos... y deben tener dos hijos”.
Aunque está por ver si esas medidas darían resultado. Yao Yi lo tiene muy claro: “Un hijo no es un juguete. No voy a tener otro porque alguien quiera que lo tenga”.

lunes, 2 de febrero de 2015

PRENSA. La forma de vida de una niña china de clase acomodada

   En "El País":

Hija del sueño chino

La pequeña Minitou, Jiang Siqi, fue concebida en Liyang en 2011. Su vida ha sido cara y fácil junto a una familia que representa el auge de una nueva clase acomodada en la China del siglo XXI

 Liyang (China) 15 ENE 2015  

  • A Jiang Siqi le encanta pintar en la pared. / ZIGOR ALDAMA


    Se dice que los bebés llegan con un pan bajo el brazo, pero Jiang Siqi hizo todo lo contrario: nació con una multa en la mano. China castiga así a quienes se saltan la política de natalidad que restringe a uno el número de descendientes, y Minitou —pequeña alubia, la llaman— era la segunda de los Jiang. “Con el cambio de la legislación que permite tener dos hijos a los matrimonios en los que uno de los padres es hijo único —él en este caso—, ahora no tendríamos que haber pagado nada”, se lamenta su madre, Hu Yen. Pero la pequeña Jiang vino al mundo el 28 de agosto de 2012, antes de que el Partido Comunista diese el visto bueno a una reforma que pretende mitigar el peligro que acarrea el rápido envejecimiento de la población más nutrida del planeta.
    “Éramos conscientes del importante costo que iba a tener para nosotros saltarnos la norma, pero no queríamos que nuestra primera hija, Jiang Enqi (cinco años), creciese sin hermanos”. Los abuelos, además, reconocen que animaron a Hu a quedarse embarazada de nuevo porque albergaban la esperanza de que a la segunda llegase un varón. Pero la madre se negó a hacer las pruebas para determinar el sexo del feto, una práctica que, a pesar de que China la ilegalizó para prevenir el infanticidio, se puede llevar a cabo fácilmente en centros privados. Así, nacen 111 niños por cada 100 niñas y el peculiar desequilibrio de género se perpetúa. “A nosotros no nos importaba el sexo, pero entre los mayores sí que ha resultado una pequeña decepción. Incluso me piden que vaya a por el tercero, pero con dos basta”, se ríe la madre.
    El de Hu no fue un parto complicado, pero los médicos que la asistieron en una pequeña clínica pública de la localidad de Liyang, situada en la provincia oriental de Jiangsu, le practicaron la cesárea. Otra vez. En torno al 80% de los bebés que nacen en la ciudad lo hacen por este método, que los centros utilizan a menudo porque proporciona mayor beneficio económico que un parto natural. Pero en el caso de Hu la decisión no tuvo nada que ver con la avaricia. “Lo pedí yo porque tengo terror al dolor”, justifica la madre, que, gracias a sus contactos, consiguió que fuese un doctor del principal hospital de la ciudad, el Renmin Yiyuan, quien supervisara su parto.

    La política del hijo único ha condicionado a generaciones de chinos
    “Hay grandes diferencias en la calidad del personal sanitario de China, así que hay que hacer todo lo posible para conseguir un buen médico”. Eso requiere conocer a la gente adecuada y sacar de paseo la cartera. En total, el nacimiento de Jiang Siqi les costó a los Jiang 2.800 yuanes (360 euros) que pagaron a la clínica y 500 yuanes (65 euros) de una "gratificación personal" para el médico. Si a eso se le suma la sanción, cuyo importe se calcula en base a los ingresos de la familia y que los Jiang prefieren no detallar, el nacimiento de Minitou no ha resultado nada barato. Ni siquiera para un matrimonio que pertenece a la nueva clase acomodada del gigante asiático y que tiene éxito con los negocios que ha puesto en marcha: él, Jiang Zhigao, nacido en 1977, es directivo en una empresa que produce suplementos nutricionales derivados de la miel; y Hu, ocho años menor, es propietaria de una tienda de productos medicinales chinos especializada en diabéticos.
    Sin duda, a la pequeña Siqi, que pesó cuatro kilos al nacer y ya ha crecido hasta los 13,5, le espera un futuro brillante. No en vano, según el informe Actitudes Globales 2014 del Pew Research Center, el 86% de los chinos está convencido de que sus hijos gozarán de mayor bienestar, frente a un 6% que asegura lo contrario. Ese optimismo contrasta, por ejemplo, con la opinión del 62% de españoles que cree que a las nuevas generaciones les espera un futuro peor. “China ha cambiado mucho, y muy rápido”, analiza el padre. “Gracias al desarrollo económico, ahora tenemos oportunidades con las que nuestros padres jamás habrían soñado, y nuestros hijos irán un paso más allá porque serán libres”.

    Cartilla de Minitou

    1. Nombre y Fecha nacimiento: Jiang Siqi. 28/08/2012
    2. Peso al nacer / ahora: 3 kilos / 10,5 kilos
    3. Lactancia: no.
    4. Posición entre los hijos: hermana menor de dos
    5. Padres: Hu Yen (madre) Jiang Zhigao (padre), ambos de Liyang, ambos empresarios
    6. Revisiones médicas: 9
    7. Hopital: Hospital local
    8. Pediatra: No tiene asignado ninguno
    9. Controles médicos: --
    10. Enfermedades pasadas: Ninguna
    11. Vacunas: hepatitis B, tétanos, difteria, polio, meningococo C, sarampión.
    12. Alimentación: Muy variada
    13. Cuidados: Padres, abuelos, niñera
    14. Guardería: Todavía no
    15. Dotación de la casa y el barrio donde viven:es una urbanización para clase media-alta y la vivienda está dotada con todo tipo de aparatos y comodidades
    16. Qué juguetes tiene: de todo tipo: electrónicos, peluches, pinturas...
    17. Dónde y cuándo va a ir a la escuela: irá a la guardería cuando cumpla 30 semanas
    18. Qué esperan los padres ella: le dejarán ser lo que quiera
    Jiang se refiere a la relajación de las estrictas convenciones sociales que han imperado durante décadas. La apertura al mundo y la irrupción de elementos propios de las culturas occidentales han provocado un importante cambio en las nuevas generaciones, que no sufrieron las miserias de la Revolución Cultural y han vivido siempre en la trayectoria ascendente del PIB. “Nosotros permitiremos a nuestras hijas ser lo que quieran, y tendrán a su disposición todos los medios con los que contemos para ello. Si quieren ir al extranjero, irán. Y no les forzaremos a casarse, ni interferiremos en su elección de pareja, ¡incluso un negro nos parecería bien!”. No en vano, el propio matrimonio de Hu y Jiang es producto de una relación secreta que comenzó cuando ella todavía no había cumplido la mayoría de edad.
    Los padres de ambos, preocupados porque temían que dejasen los estudios, se opusieron a su noviazgo cuando trascendió la noticia, pero la pareja continuó viéndose en la clandestinidad hasta que se casaron cuando ella cumplió los 23. Enqi nació un año más tarde. “Entiendo por experiencia propia que no se puede luchar contra los sentimientos, y que los padres tienen que respetar a sus hijos”. Eso sí, Hu reconoce que no aceptaría que sus niñas sean lesbianas. Al fin y al cabo, es una devota cristiana que acude a misa todas las semanas en una pequeña iglesia cercana desde que en 2008 abrazó esa fe, a la que se acercó por unos familiares que también la profesan. A sus hijas, sin embargo, no las bautizará porque considera que es una decisión que ellas deben tomar.
    “Tampoco buscamos que sean las mejores en la escuela, sino que estén sanas y sean buenas personas”, explica. No obstante, el iPad con el que Minitou juega está lleno de aplicaciones educativas con las que ya aprende el abecedario latino y con las que se adentra en el insondable mundo de los ideogramas chinos. “La educación es importante, y creo que la tecnología permite proporcionarla de forma divertida. Si además de jugar puede aprender algo, mejor”. Sin duda, salta a la vista que Siqi es avispada. Es activa, y le encanta jugar, aunque prefiere los aparatos electrónicos con los que se puede hacer una foto a los juguetes y a las muñecas descabezadas que aparecen por doquier. A la calle sale poco, porque los padres temen que le pueda pasar algo, y todavía no tiene amigos. Pero disfruta al máximo de los breves momentos que pasa en el parque infantil de la urbanización en la que vive, donde corre, salta y se desahoga, rara vez se queja, y apenas llora. “El único problema que nos ha dado es con la alergia”, asegura Hu.
    De hecho, la madre le dio el pecho durante el primer mes de vida hasta que descubrieron que Siqi es alérgica a los lácteos y al marisco. Desde entonces, los Jiang tienen que recurrir a botes de leche hipoalergénica en polvo que importan desde el Reino Unido. “En China, desde el escándalo de la melanina, nadie se fía de las marcas locales de leche para bebé. Ni siquiera de las marcas extranjeras que se fabrican aquí. Así que se la compramos online a gente que viaja a Europa y que saca un dinero extra trayendo botes”. Cada uno cuesta la friolera de 270 yuanes (35 euros) por 400 gramos de producto, y Minitou ha llegado a consumir siete al mes. “Era un gasto muy grande. Afortunadamente, ahora ya come de todo y sólo bebe la leche dos o tres veces a la semana”.

    Una nueva clase acomodada mira al futuro con optimismo y quiere para sus hijos una vida muy distinta de la que ellos vivieron
    Minitou se relame con el chocolate y tiene predilección por los caramelos, pero no le hace ascos a nada. Chupa las alitas de pollo laqueadas hasta que sólo quedan huesos brillantes, se pelea con los palillos para coger hasta el último grano de arroz, y mira con curiosidad una cabeza de pescado hasta que le hinca el diente. Eso sí, cualquier comida en la que están presentes otros familiares deja en evidencia el exceso de atención que recibe, una constante que se extiende por todo el país desde que China aprobó la política de natalidad que ha dado como resultado más 100 millones de pequeños emperadores, que son mimados por seis adultos a su servicio. En el caso de Siqi, que roba la atención de todos para disgusto de su celosa hermana mayor, se suman los cuidados de una niñera que vive con la familia las 24 horas del día, y que se encarga de las labores domésticas y de cuidar a las hermanas a cambio de 3.500 yuanes (450 euros) mensuales.
    Siqi y Enqi se levantan, comen, juegan, y se acuestan con Peng Fengxiang. Así, su contacto con los padres es mínimo, y el nivel de permisividad del que gozan se refleja en las paredes del desordenado apartamento que tienen alquilado: no hay una sola que no esté pintarrajeada hasta el metro de altura, llena de monigotes de colores. Durante la semana, tanto Hu como Jiang pasan la mayor parte del día fuera, y cuando llegan a casa se desploman en el sofá. Lo último que quieren es dar directrices a sus hijas. Pero los fines de semana la interacción familiar tampoco es mucho mayor, un mal común en China que exacerba el choque generacional. “Queremos tener también nuestra propia vida, y podemos permitirnos una criada”, justifica la madre.
    Pronto, Peng también se podrá tomar un respiro. Porque cuando Siqi cumpla las 30 semanas de vida comenzará a acudir a la guardería. Para entonces, es posible que la familia ya se haya mudado al chalet adosado de tres plantas que han adquirido no muy lejos de donde residen ahora, y que está en proceso de redecoración. Es un salto cualitativo que confirma el estelar avance de los Jiang hacia la consecución del milagro chino. Claro que los padres ya le han dejado claro a Minitou que en su nuevo hogar tendrá que dar rienda suelta a sus habilidades artísticas sobre un papel, y no en las paredes. “Prefiero en el iPad”, dice la pequeña alubia.

    domingo, 23 de noviembre de 2014

    PRENSA. "Esclavas en una cárcel de oro"

       En "El País":

    Esclavas en una cárcel de oro

    Unas 320.000 mujeres inmigrantes se exponen a todo tipo de abusos en el sector del servicio doméstico de Hong Kong

    Myanmar ha prohibido a sus ciudadanas trabajar allí


    Kasmiah escapó de la casa donde trabajaba sin dinero ni documentación. / MIGUEL CANDELA
    Dora sabe que el infierno tiene facilidad para camuflarse de paraíso. Esta joven indonesia de 25 años llegó a Hong Kong con la esperanza de que trabajar duro en la ciudad más próspera de China —esa que lucha por las libertades individuales y busca la creación de un modelo democrático que dé verdadero significado al lema "un país, dos sistemas"— le sirviera para salvar la vida de su padre. "Había enfermado gravemente y mi familia no tenía dinero para pagar el hospital. Así que decidí dejar a mi marido y emigrar para cubrir los gastos con mi trabajo". Como muchas otras compatriotas, Dora acudió a una de las agencias de reclutamiento que proliferan en la isla de Java y, después de pagar una exorbitante tarifa que la dejó en la ruina, voló a la excolonia británica para convertirse en una de las 320.000 mujeres extranjeras que trabajan en el sector del servicio doméstico de la ciudad.
    Pero Hong Kong le dio la espalda. Dora pronto descubrió que los destellos de neón de uno de los principales centros financieros mundiales dejan profundas sombras sin iluminar, y que el lujo y el glamur del territorio que Reino Unido devolvió a China en 1997 es una fachada que esconde una crueldad institucionalizada. "Primero fueron los insultos y el abuso verbal. La abuela exigía que hablase cantonés y no inglés, así que decidieron rechazarme y devolverme a la agencia que había tramitado mi contrato". Después de una semana de incertidumbre y desesperación, la readmitieron. "Lo hicieron con la condición de que trabajase también en el piso de enfrente, algo que es ilegal. Al principio protesté, pero vi que no tenía alternativa".
    Y entonces fue cuando comenzaron las palizas. "La mujer me agarraba del pelo, me golpeaba, y me sujetaba del cuello contra la pared. Pero no me atreví a decir nada, porque necesitaba el dinero para que tratasen a mi padre". Dora cobraba el salario mínimo estipulado por la ley —4.010 dólares de Hong Kong (400 euros)— a cambio de jornadas de trabajo de hasta 18 horas, seis días a la semana. Además, tal y como estipula la legislación de esta Región Administrativa Especial de China, estaba obligada a residir en el domicilio de la familia que la contrataba, lo cual la convirtió en una esclava. "Me enteré de que la chica anterior también había sufrido abusos, y de que la habían enviado de vuelta a Indonesia sin cobrar la mayor parte de lo que se le adeudaba, así que empecé a preocuparme".
    Su liberación llegó durante el Año Nuevo chino de la mano de una tragedia: la muerte de su padre. "Fue un golpe muy duro, pero me permitió escapar de allí porque ya no me urgía el dinero". Unas compatriotas le hablaron del centro de acogida Bethune House, abierto por unas inmigrantes filipinas en 1986, y allí encontró refugio, empatía, y consejo legal. Pocos días después interpuso una demanda por malos tratos contra la familia que la contrató. "Aunque soy consciente de que tengo todo en mi contra, ahora solo espero que se haga justicia". No es la única. De hecho, son tantas que la semana pasada Myanmar (antigua Birmania) decidió prohibir temporalmente a sus ciudadanas trabajar en el sector doméstico de Hong Kong y de Singapur, alarmada por lo extendidos que están estos abusos.


    Grace, filipina, firmó un contrato para trabajar en Hong Kong pero la familia la envió a la ciudad china de Dalian, algo ilegal / MIGUEL CANDELA
    En el pequeño edificio que administra la Misión para los Trabajadores Migrantes en el barrio hongkonés de Tsim Sha Tsui, una docena de mujeres cuyos casos resultan similares al de Dora han encontrado techo, comida, y comprensión. Los suyos son relatos de una decepción muy extendida que varía poco. "La mayoría ha contraído grandes deudas en sus países de origen para conseguir un contrato en el que tenían puestas muchas esperanzas. Han dejado atrás a sus hijos y a sus maridos porque creían que desde Hong Kong les proporcionarían una vida mejor", resume Esther C. Bangcawayan, la mujer filipina que dirige el centro. "La mayoría no quiere quedarse aquí, sino hacer algo de dinero para abrir un pequeño comercio y escapar de la pobreza en sus países de origen. Pero lo que encuentran es todo tipo de abusos: desde laborales, hasta sexuales".
    Sophia es india, tiene 44 años, y refleja bien cómo el sueño de prosperidad se puede convertir en pesadilla. Llegó a Hong Kong hace una década y se ha sacrificado todo este tiempo para proporcionar un futuro mejor a su familia. "Solo he visto a mi hijo y a mi marido una vez cada dos años, cuando acababa mi contrato, y rara vez he disfrutado de mi día de descanso semanal. En estos 10 años no he tenido nunca un billete de dólares de Hong Kong —la divisa de la ciudad— en mis manos. Los contratos se firmaban en rupias indias y parte del dinero se enviaba directamente a mi familia. El resto esperaba recuperarlo cuando decidiese regresar a India para abrir un negocio". No obstante, cuando Sophia expuso su intención de marcharse, la pareja que la contrataba se negó a pagarle los 4.400 euros que le adeudaba. "Me dijeron que me pagarían el billete de vuelta y que me olvidase del resto". Ahora, será un tribunal quien decida si tiene derecho a recibir esos atrasos o no.

    La mujer me agarraba del pelo, me golpeaba, y me sujetaba del cuello contra la pared
    Dora, ex empleada doméstica
    "El problema es que la propia legislación discrimina a los inmigrantes que trabajan de sirvientes en Hong Kong. Por un lado está la obligación que tienen de convivir con quienes les emplean, y, por otro, una norma en la que se estipula que si no consiguen un trabajo en las dos semanas siguientes a la finalización de su contrato anterior deben abandonar la ciudad", explica la directora de Amnistía Internacional para China, Mabel Au. "Pero lo peor es que ni siquiera se implementan las leyes que, teóricamente, deberían proteger a estas mujeres de los abusos que sufren. Las mafias internacionales que se sirven de ellas campan a sus anchas".
    En los principales países emisores, Filipinas e Indonesia, existen agentes que van reclutando a jóvenes en las zonas más pobres. "Les aseguran un buen trabajo y las convencen para que pidan un crédito cuya cuantía se utilizará para abonar las tasas de un curso de formación, que en realidad es una especie de campo de concentración en el que las mujeres esperan a viajar, el coste de los trámites de sus papeles, y algún soborno que otro si es necesario. De media pagan entre cinco y siete meses de su salario en origen, una cifra muy superior al máximo estipulado por las autoridades de esos países —en Indonesia el tope es de 1.500 euros—", asegura Au. "Además, ellas no pueden escoger quién les contrata, pero las agencias de empleo sí que muestran sus fotografías y datos personales a quienes las emplean para que elijan".
    Su explotación laboral continúa cuando llegan a Hong Kong, donde, legalmente, las agencias que las reciben solo pueden cobrar un 10% del sueldo del primer mes. O sea, 401 dólares de Hong Kong (40 euros). "En la práctica, el importe es muy superior. La mayoría de las chicas tiene miedo, firma contratos en un idioma que no entiende —inglés y chino— y desconoce el funcionamiento del sector. Eso facilita que se les pague por debajo del salario mínimo y que no lo denuncien. Por si fuera poco, sus pasaportes son requisados a la llegada, y así están completamente expuestas al abuso", apostilla la responsable de Amnistía Internacional.


    Mujeres de Indonesia practican defensa personal para aprender a defenderse de las palizas que les propinas algunos empleadores. / MIGUEL CANDELA
    Kamsiah sabe que no es fácil escapar. A pesar de las humillaciones que sufría, a esta mujer indonesia de 41 años le costó reunir el coraje necesario para salir corriendo varios meses. Lo hizo la noche del pasado día 17 de mayo, y abandonó el hogar en el que trabajaba con lo puesto. Descalza. "Esta es la segunda vez que trabajo en Hong Kong, y con los tres empleadores anteriores no tuve ningún problema. Pero esta familia me trató peor que a sus cinco perros". Kamsiah no exagera. Tenía que dormir con los animales y apenas le daban de comer un bol de arroz con algo de verduras. Los canes, sin embargo, recibían todo tipo de cuidados desde las cinco de la mañana. "Me tenía que levantar a esa hora para pasearlos. Luego preparaba el desayuno, limpiaba la casa, hacía la colada, cocinaba, hacía las compras, tendía la ropa y la planchaba, preparaba la cena, y luego la señora me pedía que le diese masajes hasta altas horas de la madrugada", cuenta.
    Y todo por 3.920 dólares de Hong Kong (390 euros) a los que tuvo que descontar la mordida de 2.543 dólares que le asestó la agencia durante los seis primeros meses. "Escapé porque me hicieron firmar el recibo del sueldo pero se negaron a darme el dinero. No pude aguantar más". Era casi medianoche y Kamsiah se refugió en uno de los pocos lugares abiertos las 24 horas, un McDonald’s. "No tenía dinero ni documentación, ya que el pasaporte estaba en manos de la agencia, así que esperé hasta que apareció otra indonesia. Ella me habló de una ONG que ofrece ayuda a las trabajadoras del servicio doméstico y acudí a ellos". Pero su desesperación acababa de comenzar, ya que la policía se presentó en el lugar y la arrestó. "La familia me había acusado de robar una cartera con 7.300 dólares dentro". Ahora, después de probar su inocencia, es ella quien ha pasado al ataque y prepara una demanda por explotación laboral.

    Me golpeaban en la cabeza con perchas y zapatos, y utilizaban una cadena de bicicleta para darme latigazos
    Kartika, ex empleada doméstica
    "Las denuncias falsas contra las empleadas domésticas se utilizan en muchos casos para evitar pagarles sueldos atrasados", explica Sring Atin, una sirvienta indonesia que llegó a Hong Kong en 2002 y que, gracias a la independencia que le concede quien la contrata, trabaja como activista por los derechos de otras mujeres como ella en la Asociación para los Migrantes de Asia-Pacífico. En este tiempo ha sido testigo de casos de extrema violencia. "De hecho, si la gente en Hong Kong ha comenzado a preocuparse por el tema es porque la prensa se ha hecho eco de la brutalidad que sufrieron Kartika y Erwiana".
    El caso de la primera, Kartika Puspitasari, fue un mazazo que despertó bruscamente a la anestesiada sociedad hongkonesa. "Me golpeaban en la cabeza con perchas y zapatos, y utilizaban una cadena de bicicleta para darme latigazos", contó al juez. Además, le hacían pasar tanta hambre que comía lo que rescataba de la basura. No le pagaban, y la sometían a todo tipo de humillaciones. "Me obligaban a dormir en el suelo del baño o de la cocina. Un día, ella me rapó el pelo y, cuando volvió a crecer, me lo volvió a cortar". El vaso de su paciencia se colmó cuando, tras descubrir que había comido de la basura, la mujer le dio un puñetazo en la boca y la amenazó con arrancarle todos los dientes. Corrió al Consulado de Indonesia, y, a finales del año pasado, el tribunal sentenció a la pareja a tres años y medio de cárcel.
    El pasado mes de enero, Erwiana Sulistyaningsih demostró que el de Kartika no fue un caso aislado, como quisieron hacer creer las autoridades. También de nacionalidad indonesia, fue llevada hasta el aeropuerto por quien la contrataba para que abandonase China con 100.000 rupias (unos seis euros) y regresara a su país. "¡Ni se te ocurra decir nada de lo que te ha sucedido en Hong Kong, porque mataremos a tus padres!", le amenazó. Los funcionarios de Inmigración la dejaron pasar sin hacerle una sola pregunta a pesar de que tenía la nariz rota, varios dientes arrancados, y hematomas por todo el cuerpo. Los médicos en Indonesia ordenaron su inmediato ingreso en un hospital en el que descubrieron que sufre daños cerebrales por los repetidos golpes en la cabeza que recibió. Son las consecuencias de un calvario de siete meses que se repite en silencio demasiadas veces.


    Los domingos, las calles y los parques de Hong Kong se llenan de mujeres emigrantes que aprovechan para hacer picnic. / MIGUEL CANDELA
    "No existe ningún control de las agencias por parte del Gobierno, así que hacen lo que les da la gana", denuncia Eni Lestari, portavoz del Comité Justicia para Erwiana. "Afortunadamente, creemos que sus casos están ayudando para que la población tome conciencia de que las sirvientas no son animales. De hecho, una celebridad recibió grandes críticas cuando mostró una fotografía de su casa en la que se veía que la mujer que trabajaba para ella dormía en el suelo. Esperamos que la situación mejore, pero nos preocupa el efecto negativo que tiene la crisis económica y que la mayoría de los abusos —76%—, excepto los sexuales, sean cometidos por mujeres".
    Todas las trabajadoras y activistas entrevistadas para este reportaje coinciden en sus demandas al gobierno de Hong Kong. "Que se eliminen la obligatoriedad de convivencia, la regla de las dos semanas, y dos prohibiciones muy injustas: que no se permita cambiar de empleador más de tres veces al año, y que no se permita a quienes han sido contratadas en origen como servicio doméstico cambiar de sector si encuentran otro empleo", enumera Atin. Actualmente, según datos de Amnistía Internacional, por cada 50 residentes en Hong Kong hay dos sirvientas filipinas y otras dos indonesias. Teóricamente, ganan un tercio del suelo medio de la ciudad y trabajan el doble. "Un territorio que quiere dar lecciones de ética a un país como China no se puede permitir que persista esta situación", sentencia Mabel Au.