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viernes, 20 de noviembre de 2015

POESÍA. "Crecida", de Blas de Otero (1916-1979)

Blas de Otero

Crecida

Con la sangre hasta la cintura, algunas veces
con la sangre hasta el borde de la boca,
voy
avanzando
lentamente, con la sangre hasta el borde de los labios
algunas veces,
voy
avanzando sobre este viejo suelo, sobre
la tierra hundida en sangre,
voy
avanzando lentamente, hundiendo los brazos
en sangre,
algunas
veces tragando sangre,
voy sobre Europa
como en la proa de un barco desmantelado
que hace sangre,
voy
mirando, algunas veces,
al cielo
bajo,
que refleja
la luz de la sangre roja derramada,
avanzo
muy
penosamente, hundidos los brazos en espesa
sangre,
es
como una esperma roja represada,
mis pies
pisan sangre de hombres vivos
muertos,
cortados de repente, heridos súbitos,
niños
con el pequeño corazón volcado, voy
sumido en sangre
salida,
algunas veces
sube hasta los ojos y no me deja ver,
no
veo más que sangre,
siempre
sangre,
sobre Europa no hay más que
sangre.
Traigo una rosa en sangre entre las manos
ensangrentadas. Porque es que no hay más
que sangre,
y una horrorosa sed
dando gritos en medio de la sangre.
                                       Del libro Ángel fieramente humano (1950)

jueves, 3 de mayo de 2012

POESÍA. DÍA DEL LIBRO. POEMAS SOBRE LA ROSA, EL LIBRO, LA PALABRA: "En el principio", de Blas de Otero (1916-1979)

Blas de Otero

EN EL PRINCIPIO

Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.

Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.

Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.

jueves, 1 de julio de 2010

POESÍA. "Túmulo de gasoil", de Blas de Otero

Blas de Otero
Túmulo de gasoil

Hojas sueltas, decidme, qué se hicieron
los Infantes de Aragón, Manuel Granero, la pavana para una infanta,
si está Madrid iluminado como una diapositiva
y sólo en este barrio saltan, ríen, berrean sesenta o setenta y cinco niños
y sus mamás ostentan senos de Honolulú, y pasan muchachas con sus ropas chapadas,
faldas en microscuro, y manillas brillantes y sandalias de purpurina,
hojas sueltas, caídas
como cristo contra el empedrado, decidme,
quién empezó eso de cesar, pasar, morir,
quién inventó tal juego, ese espantoso solitario
sin trampa, que le deja a uno acartonado,
si la plaza de Oriente es una rosa de Alejandría,
ah Madrid de Mesonero, de Lope, de Galdós y de Quevedo,
inefable Madrid infestado por el gasoil, los yanquis y la sociedad de consumo,
ciudad donde Jorge Manrique acabaría por jodernos a todos,
a no ser porque la vida está cosida con grapas de plástico
y sus hojas perduran inarrancablemente bajo el rocío de los prados
y los graves estrofas que nos quiebran los huesos y los esparcen
bajo este cielo de Madrid ahumado por cuántos años de quietismo,
tan parecidos a don Rodrigo en su túmulo de terciopelo y rimas cuadriculadas.

martes, 29 de junio de 2010

PRENSA CULTURAL. "Babelia": "Palabras venidas de tan lejos", por Antonio Muñoz Molina (sobre Blas de Otero)

Blas de Otero, en el homenaje a Federico García Lorca celebrado en Fuente Vaqueros en 1976.- RICARDO MARTÍN ("El País")



En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Palabras venidas de tan lejos


ANTONIO MUÑOZ MOLINA 26/06/2010

De pronto he encontrado un recuerdo que no sabía que tuviera. Me he acordado de Blas de Otero, visto de lejos, en Granada, en junio de 1976, en los días tumultuosos del primer homenaje póstumo a García Lorca, Blas de Otero en una tarima a lo lejos, sobre las cabezas de los estudiantes, en la Facultad de Letras, y más lejos todavía en la gran plaza de Fuente Vaqueros, una cabeza blanca, una camisa blanca, una gran boina vasca, un perfil vasco con la barbilla adelantada. Me he acordado de pronto de Blas de Otero porque llevo toda la tarde, todo el día, muchas horas en los últimos días, leyendo un libro suyo que ha tardado más de treinta años en aparecer, que me ha llegado por dos caminos, en dos regalos casi simultáneos, y que ahora está siempre conmigo, sobre la mesa de noche y en el cuarto de trabajo, acompañándome como solo nos puede acompañar la poesía; y cuando hablo de poesía me refiero a algunos libros de versos y también a esa experiencia íntima y suprema que nos ofrecen ciertos momentos de la vida y unas cuantas invenciones del arte: una sensación de intensidad, el estremecimiento de lo verdadero y único, lo que es irrepetible y secreto y sin embargo puede formar parte de la vida de cualquiera, lo que me sucede ahora mismo únicamente a mí y a la vez ha venido siendo común -en el sentido doble de compartido y frecuente- desde que el mundo es mundo, por utilizar una de esas expresiones vulgares que le gustaban tanto a Blas de Otero, quizás porque veía en ellas la expresión más profunda, la poesía impersonal del idioma.
El libro se titula Hojas de Madrid con La galerna. Cuando Blas de Otero se murió, no mucho tiempo después de que yo lo viera de lejos, en 1979, era un libro en proyecto, una carpeta con poemas escritos a mano y corregidos a máquina, duplicados en copias de papel carbón. Blas de Otero, que tenía cuando yo lo vi esa fortaleza aparente de los hombres de buen color y abundante pelo blanco, había sentido la proximidad de la muerte en 1968, cuando volvió a Madrid desde Cuba porque le habían detectado un cáncer. El primer poema del libro, 'Cojeando un poco', trata de un hombre recién operado que se dispone a levantarse de la cama del hospital para regresar tentativamente, cojeando un poco, al mundo de los vivos. Y en casi cada uno de ellos, a lo largo de más de trescientas páginas, está la sensación de acecho y de miedo de quien se sabe ya señalado por la muerte, quien mira las cosas y sabe que seguirán existiendo cuando él haya desaparecido y sin embargo no sabe ni quiere decirles adiós, renunciar a la emoción urgente de estar vivo, a los placeres más comunes y a los más excepcionales, al gusto de pasear holgazanamente por las calles de Madrid, a la gratitud por el amor. Las hojas de Madrid son las hojas de papel en blanco sobre las que se escriben a mano o sobre las que se mecanografían los poemas, con la evanescencia sucesiva del papel carbón: y también son las Leaves of Grass de Walt Whitman, las hojas de hierba de una poesía que rompe los límites de la métrica y de la rima y se dilata en la extensión democrática del idioma común, en ritmos que tienen el vigor y la respiración de esas caminatas por la ciudad en las que todo se vuelve memorable, incluso cuando el que mira se sabe enfermo y marcado.
"Amo a Walt Whitman por sus barbas enormes / y por su hermoso verso dilatado", escribe Blas de Otero, caminante por Madrid como lo había sido Whitman por Manhattan, invocando sin decirlo al Whitman de Rubén Darío y al de Federico García Lorca. De joven había poseído uno de esos talentos que logran muy rápidamente el brillo excesivo de una técnica demasiado segura. En sus primeros libros el soneto tiene algo de artefacto implacable, agravado por una especie de cristianismo existencial que entonces debía de parecer muy profundo pero que ahora nos suena a hueco, o peor aún, a retórica fechada, con esas mayúsculas unamunianas del Hombre, Dios, etcétera. Pero es que Blas de Otero, abogado sin vocación en una fábrica de Bilbao, desertor angustiado de las lealtades de una familia burguesa, transeúnte desde muy joven por un país y un continente entero en ruinas, parece que se hubiera leído y aprendido de memoria toda la poesía escrita en español, desde los romances antiguos hasta César Vallejo y Lorca y Neruda: desde muy pronto fue encontrando una voz en la que confluían al mismo tiempo todos los materiales arrastrados por el gran río del idioma, las citas literales y las vulgaridades más espléndidas. En el mismo poema podían estar Bob Dylan y Beethoven, un romance anónimo y un estribillo de zarzuela. La poesía española, cuando se pone seria, puede hacerse antipática o indescifrable, y cuando se pone coloquial puede sonar al mismo tiempo chabacana y amanerada, falsa como una baratija: con una desenvoltura que yo he aprendido a disfrutar en la poesía americana, Blas de Otero domina sin apariencia de esfuerzo las formas muy medidas, muy controladas, y la efusión que se desborda sin ningún escrúpulo hacia lo banal y lo prosaico, casi como en los Poemas de la hora de comer de Frank O'Hara. Como en ellos, la muerte se insinúa en el espectáculo delicado y trivial de la agitación de la ciudad: "Por qué digo que estoy ya cerca de la muerte, / por qué me quedan sólo tres, cinco años de vida, /ahora que veo Madrid como la espalda luminosa de una muchacha, / y voy al cine /y deambulo por el barrio de Embajadores, / y aguardo frente a un semáforo / y siento ganas de llorar porque vuelvo a ser feliz cual en mi adolescencia /...".
Qué raro haber visto a Blas de Otero desde lejos y poder recordarlo y no haberlo leído con verdadera atención hasta ahora. Quizás no lo leí simplemente porque no estaba de moda (cree uno tener opiniones y no son más que el eco distraído de lo que se lleva): porque era poco más que la letra de unas canciones de Paco Ibáñez, en una época en la que yo me alejaba de ese tipo de música militante que me había gustado tanto, y en la que mis poetas eran casi exclusivamente Lorca y Cernuda, y también Quevedo y Góngora, en las ediciones de Castalia. Yo quería aprender a escribir novelas, pero la poesía era un amor secreto que iba y volvía, pero no me abandonaba nunca. Después leí a Borges y a Baudelaire, y más tarde el gran regalo del idioma inglés fue la poesía americana, tan limpia de toda retórica, tan habitada por el habla y a la vez por la Biblia y Shakespeare: Emily Dickinson y Whitman, Wallace Stevens y William Carlos William, Mark Strand y Denise Levertov, y Jane Kenyon, y Galway Kinnell, y Charles Simic, tantos nombres con los que llenaría esta página. Me ha hecho falta un rodeo tan largo por cada uno de ellos para llegar a Blas de Otero.

Hojas de Madrid con La galerna (1968-1977). Blas de Otero. Edición de Sabina de la Cruz. Prólogo de Mario Hernández. Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores. Barcelona, 2010. 397 páginas. 22 euros.

domingo, 27 de junio de 2010

POESÍA. "Bilbao", de Blas de Otero

Blas de Otero
Bilbao

Yo, cuando era joven,
te ataqué violentamente,
te demacré el rostro,
porque en verdad no eras digna de mi palabra,
sino para insultarte,
ciudad donde nací, turbio regazo
de mi niñez, húmeda de lluvia
y ahumada de curas,
esta noche,
no puedo dormir, y pienso en tus tejados,
me asalta el tiempo huido entre tus calles,
y te llamo desoladamente desde Madrid,
porque sólo tú sostienes mi mirada,
das sentido a mis pasos
sobre la tierra:
recuerdo que en París aún me ahogaba tu cielo
de ceniza,
luego alcancé Moscú como un gagarin de la guerra fría,
y el resplandor de tus fábricas
iluminó súbitamente las murallas del Kremlin,
y cuando bajé a Shanghai sus muelles se llenaban de barcos del
[Nervión
y volé a La Habana y recorrí la Isla
ladeando un poco la frente,
porque tenía necesidad de recordarte y no perderme
en medio de la Revolución,
ciudad de monte y piedra, con la mejilla manchada por la
[la más burda hipocresía
ciudad donde, muy lejos, muy lejano,
se escucha el día de la venganza alzándose con una rosa
[blanca junto al cuerpo de Martí.
                                              Hojas de Madrid, 1968-1979

viernes, 14 de mayo de 2010

PRENSA. POESÍA. Blas de Otero

Blas de Otero
En "El País":

Un clásico apagado brilla de nuevo


Dos libros inéditos reivindican a Blas de Otero más allá de la poesía social

JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS - Madrid - 14/05/2010

Para algunos escritores, entrar en la historia de la literatura supone, más que tocar el cielo, instalarse en el purgatorio. Ése ha sido durante años el caso de Blas de Otero (1916-1979), al que libros como Pido la paz y la palabra (1955), En castellano (1960) o Que trata de España (1964) convirtieron en el campeón de la poesía social, un término que nunca le gustó: prefería hablar de poesía histórica. Aunque hasta los más críticos le reconocieron siempre una ambición y una maestría formal que lo situaba por delante de sus compañeros de viaje, Blas de Otero se vio irremediablemente arrastrado por la ola que, después de años de ser la tendencia dominante del antifranquismo, se llevó por delante a los defensores de la poesía como arma política. Por mucho que, como quería Celaya, estuviera cargada de futuro.
"Clásico apagado". Así llama al autor bilbaíno el poeta y profesor Mario Hernández, autor del prólogo a Hojas de Madrid con La galerna, un volumen que reúne 306 poemas de Blas de Otero, 161 inéditos. Con su publicación, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores adelanta la próxima edición de las obras completas del autor de Ancia (1958), el libro en el que reunió los dos títulos señeros de su etapa más existencial: Ángel fieramente humano (1950) y Redoble de conciencia (1951).
Para Hernández, amigo de Otero y experto en la obra de Lorca, Hojas de Madrid con La galerna, "deslumbrante en sí y un mazazo en la poesía española del remoto siglo XX", desbarata todos los tópicos de manual y casillero. En su opinión, demuestra que Blas de Otero no sólo es un grande de la poesía comprometida sino también un escritor en continuo diálogo con la tradición y la vanguardia, surrealismo incluido: "Mutatis mutandis, su aparición supone algo parecido a lo que supuso en 1940 la edición de Poeta en Nueva York".
"Era poco libresco pero muy lector", recuerda Hernández. "Tenía una memoria prodigiosa. Le gustaba jugar a citar versos y a ver quién adivinaba el autor". Sabina de la Cruz, viuda de Blas de Otero y autora de la edición de los libros recuperados, lo corrobora: "Siempre ganaba él. Y eso que la profesora de literatura era yo". Ella fue la que, a la muerte del poeta, ordenó cronológicamente los textos que, entre 1968 y 1977, éste había ido guardando en una carpeta azul: "Los poemas estaban hecho, el libro no".
Para De la Cruz, la gran sorpresa fue que esa carpeta estaba llena de humor pese a que el primer poema está escrito al salir de la operación de un tumor cancerígeno. Con tono directo y conversacional, el nuevo libro habla de la enfermedad sin patetismo y de la vida cotidiana -de los bares a la vuelta ciclista- sin prosaísmo. A Hojas de Madrid le sumó con el tiempo La galerna. Así llamaba el poeta a la depresión que le asaltaba intermitentemente. "Algunos poemas son muy duros", explica Sabina de la Cruz, "pero enfrentarse literariamente a la depresión fue la mejor medicina que pudo tomar".


Ahora, podemos leer un poema del escritor bilbaíno:

Escribo
en defensa del reino
del hombre y su justicia. Pido
la paz
y la palabra. He dicho
"silencio",
"sombra",
"vacío",
etcétera.
Digo
"del hombre y su justicia",
"océano pacífico",
lo que me dejan.
                           Pido
la paz y la palabra.

viernes, 3 de abril de 2009

LECTURA. POESÍA. Blas de Otero



(Fotografía de Blas de Otero)
A punto de comenzar la Semana Santa, unos sonetos de Blas de Otero:


HOMBRE

Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte,

al borde del abismo, estoy clamando

a Dios. Y su silencio, retumbando,

ahoga mi voz en el vacío inerte.


Oh Dios. Si he de morir, quiero tenerte

despierto. Y, noche a noche, no sé cuándo

oirás mi voz. Oh Dios. Estoy hablando

solo. Arañando sombras para verte.


Alzo la mano, y tú me la cercenas.

Abro los ojos: me los sajas vivos.

Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas.


Esto es ser hombre: horror a manos llenas.

Ser —y no ser— eternos, fugitivos.

¡Ángel con grandes alas de cadenas!



TÚ, QUE HIERES

Arrebatadamente te persigo.

Arrebatadamente, desgarrando

mi soledad mortal, te voy llamando

a golpes de silencio. Ven, te digo


como un muerto furioso. Ven. Conmigo

has de morir. Contigo estoy creando

mi eternidad. (De qué. De quién). De cuando

arrebatadamente esté contigo.


Y sigo, muerto, en pie. Pero te llamo

a golpes de agonía. Ven. No quieres.

Y sigo, muerto, en pie. Pero te amo


a besos de ansiedad y de agonía.

No quieres. Tú, que vives. Tú, que hieres

arrebatadamente el ansia mía.



UN RELÁMPAGO APENAS

Besas como si fueses a comerme.

Besas besos de mar, a dentelladas.

Las manos en mis sienes y abismadas

nuestras miradas. Yo, sin lucha, inerme,


me declaro vencido, si vencerme

es ver en ti mis manos maniatadas.

Besas besos de Dios. A bocanadas

bebes mi vida. Sorbes. Sin dolerme,


tiras de mi raíz, subes mi muerte

a flor de labio. Y luego, mimadora,

la brisas y la rozas con tu beso.


Oh Dios, oh Dios, oh Dios, si para verte

bastara un beso, un beso que se llora

después, porque, ¡oh, por qué!, no basta eso.