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viernes, 5 de junio de 2015

PRENSA. "Los libros curan". Martín Caparrós

   En "El País Semanal":

Los libros curan

La biblioterapia consiste en entrevistar al “paciente”, escuchar sus problemas, sus gustos, sus experiencias lectoras y recomendarle los tres o cuatro títulos que puedan ayudarlo


'Niña leyendo' (1850) de Franz Eybl.

La cifra me cayó por la cabeza y casi me lastima: el mundo produce un nuevo libro –un título nuevo, miles de ejemplares de cada título nuevo– cada 15 segundos. Son más de dos millones de títulos por año; si suponemos una tirada media de 2.000 ejemplares terminan siendo 4.000 millones de volúmenes que inundan todos los años el planeta, árboles cayendo en catarata, una lluvia de libros peor que el peor de los diluvios, un tsunami de libros. Era, por supuesto, más que suficiente para convencerme de no escribir nunca más –y sin embargo–.
Todos caemos en la trampa-libro: el libro es una marca prestigiosa. Aun siendo tantos, aun siendo tan dispares, la categoría libro conserva su reputación: pensamos libro y pensamos en un objeto respetable, portador de los saberes que el mundo necesita. Son taimadas las categorías: pensamos libro y les prestamos a todos el prestigio que merecen unos pocos. Caemos fácil en la tentación de suponer que el primer Quijote y el último MasterChef tienen algo en común –porque los dos manchan un hato de papeles unidos por el lomo–. Y sus fabricantes, faltaba más, aprovechan la confusión: piden condiciones especiales, mejoras impositivas, privilegios que el prestigio del objeto libro supuestamente justifica. Reivindican la importancia cultural de las elucubraciones de Mariló Montero o Paulo Coelho, defienden el peso social del Horticultor autosuficiente o el Manual práctico para hablar con los muertos.
Pero hay libros que te cambian la vida. O, por lo menos, eso dicen los “biblioterapeutas” de la School of Life, una institución que dirige en Londres el filosofador best seller Alain de Botton. “La vida es demasiado corta para leer libros malos”, dice su presentación, “el problema es que, con tantos miles de libros publicados, es difícil saber por dónde empezar”. Ellos quieren guiarte y, para comenzar, te explican las ventajas de los libros. Para mí, que nunca supe por qué leía o escribía, fue una revelación tras otra –o casi–:
–que leer parece una pérdida de tiempo pero en realidad es un enorme ahorro, porque te presenta un arco de hechos y emociones que tardarías años, siglos en vivir;
–que leer es entrar en un simulador de vida que te lleva a testear sin peligro todo tipo de situaciones y decidir qué te conviene más;
–que leer produce la magia de mostrarte cómo ven las cosas los demás y entonces te hace ver las consecuencias que tienen tus acciones y eso te hace, dicen, ser mejor persona;
–que leer te hace sentir menos solo porque te muestra que esas cosas raras que piensas las han pensado otros, que han sabido ponerlas en palabras que te describen aún mejor que lo que tú mismo podrías;
–que leer te prepara para eso que la crueldad del mundo moderno llama “fracasar”, mostrándote la falsedad, la banalidad de eso que este mundo llama “éxito”.
Para eso, dicen, no hay que tratar la lectura como un entretenimiento, un pasatiempo playero, sino como un instrumento para vivir y morir con más sentido y más sabiduría. O sea: una terapia. La biblioterapia, su creación, consiste en entrevistar al “paciente”, escuchar sus problemas, sus gustos, sus experiencias lectoras y recomendarle los tres o cuatro libros que mejor pueden ayudarlo. Cada cita no cuesta más que 110 euros –unos cinco o seis tomos–. No hay, todavía, estudios sobre su eficacia; por ahora se sabe que el invento ya avanzó hasta Francia –y amenaza cruzar el Pirineo–.

jueves, 28 de mayo de 2015

PRENSA CULTURAL. "La basura". Martín Caparrós

   En "El País":
LECTURA

La basura

Los desperdicios son casa, vida y sustento de miles de argentinos que no tienen qué comer. Martín Caparrós lo relata en su libro 'El Hambre'. Aquí, un extracto


MARÍA JOSÉ DURÁN
El sol ataca. Hay un camino de tierra, un descampado, olor a rayos; hay un puente. Bajo el puente, el río Reconquista es un amasijo de agua marrón y espuma, podredumbre. El sol deshace. Sobre el puente, cientos de personas esperan que, unos metros más allá, una barrera se abra. Transpiran, esperan, se miran, hablan poco; muchos tienen bicicletas. Bajo el puente se oyen unos gritos: dos muchachos de 15, 16 corren a otro muchacho de 15, 16. Sobre el puente, cuando se abra la barrera, los cientos de personas van a correr hacia la gran montaña de basura. Son hombres, casi todos; casi todos son jóvenes —pero hay mujeres, viejos. Bajo el puente, el perseguido grita; los perseguidores lo alcanzan, lo acosan, el perseguido grita más. Sobre el puente algunos miran: hacen como que no miran y los miran. Abajo, los perseguidores voltean al perseguido, lo agarran por los brazos y los pies, lo hamacan en el aire, lo revolean al río. El perseguido cae al río podrido, ya no grita. Los que esperan esperan. El sol estalla.
—Es muy feo tener que andar en la basura. Mi marido me decía que así es la vida. Y yo le decía que si es así, la vida es muy fea. Se fue, mi marido, vaya a saber dónde andará, se fue y me dejó con cinco chicos. Y yo sigo acá con la basura.
Los basurales de José León Suárez son una tradición argentina. Aquí, hace más de 50 años, un gobierno militar fusiló a una cantidad confusa de civiles que intentaban apoyar un levantamiento militar peronista. De aquí —de aquella historia— salió un relato que empezaba diciendo que un muerto estaba vivo:
"Seis meses más tarde, una noche asfixiante de verano, frente a un vaso de cerveza, un hombre me dice:
—Hay un fusilado que vive.
"No sé qué es lo que consigue atraerme en esa historia difusa, lejana, erizada de improbabilidades". Escribió en 1957 Rodolfo Walsh para empezar a contar su Operación Masacre —y de esas líneas salió, poco más o menos, todo lo que hacemos. De aquí, de los basurales de José Léon Suárez.
—Paty, puré de tomate, sopa encuentro, cosas de ésas. Sí, yo cocino casi todo de allá arriba.
—¿Y qué es lo que más cocinás?
—Guiso. Guiso con papa, fideo, arroz. Si encuentro carne, carne.
Depende de lo que encuentre en la montaña.
Los basurales cambiaron mucho desde entonces. Ahora son un emprendimiento de 300 hectáreas que se llama Ceamse —Coordinación Ecológica Área Metropolitana Sociedad del Estado. Su origen es turbio de tan claro: en 1977, los militares que asesinaban con denuedo, que llenaban el río de cadáveres, decidieron que tenían que terminar con el smog que afeaba el aire de la ciudad de Buenos Aires. Era una causa noble, bien ecololó: prohibieron los quemadores de basura domiciliarios y los reemplazaron por grandes depósitos ubicados en los suburbios; en su sistema de metáforas, la claridad del cielo del centro bien valía la mugre de las tierras de la periferia.
En esos mismos días, a menos de un kilómetro de allí, en Campo de Mayo, uno de los cuarteles más grandes del ejército argentino, cientos o miles de cuerpos fueron desaparecidos, quemados, enterrados.
La ciudad de Buenos Aires produce la basura; los territorios circundantes la reciben, la procesan —la consumen. La ciudad de Buenos Aires, donde viven tres millones de personas, produce cada día 6.500 toneladas de basura; treinta distritos del conurbano, donde viven diez millones, producen 10.000 toneladas diarias. O sea: cada habitante de la Capital basura el doble que uno de los suburbios. Pertenecer tiene sus privilegios.
Siempre hubo personas que cirujeaban: que rebuscaban en la basura cosas que vender. Con la instalación del Ceamse —con el aumento exponencial de la cantidad de basura que llegaba a la zona— los cirujas locales también fueron cada vez más. A fines de los noventa, cuando la Argentina se consolidó como un país partido, el Estado armó un cerco alrededor del basural: lo custodiaban docenas de policías. Y no tenían pruritos: cuando cruzaban un ciruja lo cagaban a golpes —y le sacaban, para su beneficio, lo que había recogido. Las autoridades del Ceamse decían que lo hacían por el bien de los invasores: que no podían permitir que se llevaran —y comieran— alimentos descompuestos que podían dañarlos. El Estado que no les garantizaba la comida garantizaba que no pudieran comerse un yogur agrio. Los cirujas empezaron a mejorar sus técnicas: entraban de noche, subrepticios, de a uno o dos o tres; cuando veían algún policía se escondían, a menudo bajo la basura.

"La ciudad de Buenos Aires produce la basura; los territorios circundantes la reciben, la procesan, la consumen"
Aun así, el cirujeo era un trabajo posible en un país donde escaseaban los trabajos. Alrededor del basural había un cinturón de tierras vacías, inhabitables por razones sanitarias. De a poco, personas fueron ocupándolas.
—Yo ese día me enteré a las tres o cuatro de la tarde de que estaban ocupando, y a las seis estaba ahí, con mi pedazo de toldo. Fue difícil, muy difícil. Es como en todos los barrios: se mete uno, se meten dos y cuando te querés acordar ya estaban todos.
Dice Lorena.
—Yo ahí me terminé de dar cuenta de lo que es ser pobre.
Corría 1998 y la Argentina estaba, como suele, en plena crisis económica, social. Las tierras alrededor del basural se llenaban de personas que se habían quedado sin empleo, que ya no podían pagar los mínimos alquileres que les cobraban por una casilla donde sobrevivir. Y además habían llegado miles de refugiados de las inundaciones de las provincias del nordeste: la zona rebosaba de pobreza.
—Fue muy espontánea la toma. Cuando vos tomás la tierra es así, un gran kilombo, todo lleno de pedazos de cable para marcar los lotes, y yo estaba sentada arriba de una piedra cuidando un pedazo de tierra. Había un vecino que se llamaba Coqui, y él siempre me cargaba: "¿Vos te acordás de esos años, cuando eras bien blanquita? Y era muy joven: no tenía 25. Ahora Lorena tiene 38 años y pesa, dice, casi 200 kilos: una masa con la cara risueña, inteligente, el pelo corto medio rubio, carne que le desborda.
–Ahora soy colorada, la piel se te curte, se te quema, los bracitos negros... "¿Vos te acordás de cuando eras bien pálida, Lore, y estabas sentada ahí en esa piedra?" Yo lo que me acuerdo es que tenía un miedo...
Lorena había llegado del Uruguay ocho años antes, cuando tenía 16. Venía de un barrio obrero de Montevideo: su padre se había ido cuando ella era chiquita; su madre, costurera, trabajó mucho para mantener a sus cuatro hijas que, de a poco, fueron emigrando a la Argentina. Su último gran esfuerzo fue darle a la menor, Lorena, su fiesta de quince; estaba enferma y murió de un infarto dos meses después. Lorena, sola, sin recursos, no tuvo más remedio que irse a la casa de una hermana, del otro lado del Río de la Plata, en los suburbios de Buenos Aires, en José León Suárez.
—Me tomé el ómnibus que venía desde Montevideo, viajé toda la noche. Y a la madrugada entró a Buenos Aires, por una autopista, entró al centro y estaba amaneciendo y yo miraba por la ventana y yo decía uy, Hollywood, llegué a Hollywood, luces, autopista, unas mujeres que salían de vaya a saber dónde con las botas hasta la rodilla, los shorts cortitos y esas botas. Yo venía tipo Janis Joplin: la pollera hindú, las trenzas, los zuequitos de madera, y esa minas salían de la bailanta con botas y minishort. Yo miraba para afuera, por la ventana, y se me salían los ojos, porque era demasiado: "autopista, bota y culo", decía. Me explotaba el corazón y decía dónde estoy, qué es esto, dónde me metí.
En José León Suárez tampoco entendía nada. Sus hermanas se inquietaron ante esa adolescente que les llegaba del pasado. Lorena no tenía papeles, no tenía educación, no sabía qué hacer con su vida.
—Empecé a trabajar en un choripán al paso en la estación de tren. El dueño me tocaba el culo y yo no quería decir nada y un día exploté y lo mandé al carajo y no fui más. Y ahí enseguida me enganché a cartonear. Acá en Suárez todos iban con los carros y bueno, empecé a drogarme mucho. Yo no sabía lo que era un faso... Y todo ese submundo de la pobreza, la miseria. Yo me quería matar... Y después me pasó algo muy lindo: conocí al papá de mis hijos. Estuve muchos años, 16 años con el papá de mis hijos. Fue una linda historia.

"A finales de los noventa el Estado cercó el basural. Los que no les garantizaban la comida garantizaban que no pudieran comerse un yogur agrio"
El muchacho se llamaba César, trabajaba en una fábrica, tenía una familia. Juntos armaron otra: dos hijos biológicos, una hija adoptada. En esos días de 1998 vivían en un ranchito que alquilaban; a él lo habían echado de la fábrica y ya no sabían cómo pagarlo. Y además Lorena siempre había querido tener algo propio: un pedazo de tierra. Pero esa tarde él no quería ir a ocupar. Ella le insistía:
—Yo ya estaba hinchada las bolas, no daba más. Siempre hacía todo en regla, todo bien y me seguía yendo mal, nunca tenía nada. Pero el Flaco no quería quebrar la ley, quería hacer todo por derecha. Y más cuando vio lo que eran esas tierras, un basural medio inundado, todo lleno de mierda, de barro, las ratas de este tamaño. Fue la primera vez que nos separamos.
Esa tarde cada cual ocupaba lo que podía. Lorena lo recuerda con cariño. La gente se ayudaba: vení por acá, metete en este lugar, dale, qué necesitás. Al principio cada uno se quedó con un lote de 30 por 30; pronto vieron que así no alcanzaba para todos y decidieron cortarlos por la mitad: 30 por 15, y entonces sí. Empezaron a delinear las calles, el espacio donde alguna vez estarían las veredas: semanas de trabajos, de entusiasmo. Y de conflictos: había algunos que ocupaban para venderles a los que llegaran más tarde, pero los vecinos se ocupaban de impedirlo.
—Cuando me enteraba de que alguno estaba para hacer negocio llamaba a mis compañeros, les decía vamos para allá y nos poníamos nosotros en el lote hasta que metíamos una familia, no dejábamos que se venda hasta que metíamos a una familia. Todos teníamos tolderías, vivimos casi seis meses así. Para sobrevivir ahí teníamos que organizarnos en grupos de los que ya estábamos viviendo, para poder cocinar y hacer un fuego porque la policía no nos dejaba entrar con madera, no nos dejaba entrar chapas. Tampoco teníamos agua, el agua que había estaba repodrida, hubo mucha hepatitis. Organizamos la olla popular, empezamos a ver cómo podíamos traer agua; es muy duro el asentamiento al principio. Ahí empecé también a ver que yo podía hacer algunas cosas.
Tiempo después alguien se dio cuenta de que un barrio sin nombre no es un barrio. Lo discutieron en una asamblea de vecinos. Varios quisieron ponerle José Luis Cabezas, el nombre de un fotógrafo que un millonario menemista había mandado matar un año antes. Pero al final decidieron que lo llamarían Ocho de Mayo, porque ése era el día en que por fin se habían atrevido: el día en que empezó.
En los meses siguientes llegaron muchos miles más: todas las tierras baldías —los basurales, los pantanos— de los alrededores se fueron transformando en barrios. Con el tiempo, César aceptó ir a vivir al terreno ocupado y se reconcilió con Lorena. No tenían muchas fuentes de ingresos; había días en que no alcanzaba para comer todo lo necesario: cartoneaban. Cartonear es un verbo nuevo en el idioma de los argentinos: no tiene más de veinte años. Es, en síntesis, la forma políticamente correcta, descafeinada, de llamar a los que viven de rebuscar en la basura ajena, los que suelen llamarse a sí mismos con la palabra antigua: cirujas.

"A comer de la bolsa del McDonald’s, de la basura de McDonald’s, estaba acostumbrada. Pero quería comer adentro"
Lorena solía ir hasta un barrio elegante de la Capital, Belgrano R. Algunos de sus vecinos también hacían el viaje; entre ellos, los padres de Noelia.
—Cuando Noelia tenía cinco o seis años, hace mucho, venía a un centro comunitario que habíamos armado en el barrio. Yo hacía un taller con los chiquitos y me acuerdo que estábamos hablando de los sueños, de lo que soñaba cada uno, y Noelia hizo un dibujo medio raro. Yo no entendía nada del dibujo, le pedí que me explicara. "Éste es un McDonald’s, tía". Y le dije: "¿Ése es tu sueño?" "Sí, comer, pero adentro, ¿eh?" Y me marcaba adentro. Porque la verdad es que a comer de la bolsa del McDonald’s, de la basura de McDonald’s, estaba acostumbrada. Pero quería comer adentro.
Dice Lorena, y que McDonald’s era "San McDonald’s porque salía la hamburguesa más linda. Hasta hoy el McDonald’s es el que te tira más limpio todo", dice. Pero Noelia quería comer adentro.
La mayoría de los vecinos del barrio Ocho de Mayo, entonces, hace unos diez años, subían a cirujear a la Montaña. A ese lugar que todavía llaman la Montaña.
—Juntás coraje. Si yo te digo negro, metete en ese montonazo de basura que hay ahí, ¿vos te vas a animar? Yo te puedo asegurar que no. Vas a tener que hacer de tripas corazón y te va a dar mucho asco y vas a vomitar y vas a decir yo no puedo estar acá.
El montón de basura tiene cinco o seis metros de alto, veinte de base, y es una verdadera porquería: todo tipo de restos chorreantes, pegajosos, aquel olor a infierno.
—Pero si tenés mucha hambre vas a hacer lo que tengas que hacer, y mala leche, y al final no te vas a dar cuenta. Es la necesidad... Lo único que nos moviliza para organizarnos, para pelear, para tener una tierra es cagarse de hambre. Lo necesito y lo hago. No somos muy conscientes, como no somos muy conscientes de trabajar acá. Porque si fuéramos muy conscientes, no estábamos acá.
Acá es la planta cooperativa de procesamiento de basura que dirige Lorena, al pie de la Montaña. Planta de procesamiento es un gran nombre: es un galpón repleto de basura, montones de basura alrededor, varias docenas de hombres y mujeres separándola, preparándola para la venta. Son los que zafaron de subir cada día a la Montaña: los cirujas con trabajo fijo. La Argentina es un país donde todo puede institucionalizarse; el mundo actual es un mundo donde todo.
—¿Por qué? Si fueran muy conscientes, ¿qué harían?

"Se sancionó lo que había sido clandestino y marginal: que miles de argentinos revolvieran esa basura para buscar comida"
—No sé, otra cosa. Nosotros ni pensamos cuánto vamos a tardar en morirnos trabajando acá... Es terrible porque la vida de todos los que trabajamos en el rubro de la basura, en todo lo que es el sector... Estamos apestadísmos, negro. Estamos apestadísimos... Trabajamos con las ratas, mirá las condiciones. Pero vos tenés que solucionar el tema del morfi hoy. Cuando hay hambre no podés pararte a mirar esas cosas.
Me dice Lorena.
Con la crisis de 2001 y el aumento de las ocupaciones y la falta de plata, la cantidad de cirujas se multiplicó de pronto —y su insistencia y su desesperación: cuentan que la custodia del basural se volvió más violenta, que al que trataba de entrar lo corrían a balazos. Entonces los cirujas empezaron a asaltar los camiones que llegaban. La represión aumentó también, y se extendió a los barrios cercanos. Había palos, tiros: molidos, heridos.
La policía mejoró, dicen, su metodología: a veces los dejaban entrar y los agarraban cuando salían, para sacarles lo que habían encontrado —y venderlo después en las villas. Algunos policías, dicen todavía los cirujas, les cobraban por dejarlos entrar: en plata, en mercadería, en sexo.
Hasta el 15 de marzo de 2004: esa noche, dos mellizos de 16 años, Federico y Diego Duarte, entraron, como muchas otras noches, a cirujear a la Montaña. Cuando apareció la policía se escondieron debajo de unos cartones en una pila de basura. Federico vio un camión que descargaba cataratas de mugre unos metros más allá, donde debía estar su hermano; cuando la policía se fue y pudo salir lo buscó por todas partes. Al otro día, su hermana Alicia hizo la denuncia policial; no le hicieron mucho caso. Dos días después, cuando un fiscal ordenó que lo rastrearan, ya era tarde.
El cuerpo de Diego Duarte nunca apareció, y el caso se transformó en un escándalo que los diarios nacionales retomaron. En protesta, el Camino del Buen Ayre —que atraviesa los terrenos del Ceamse— fue cortado por organizaciones piqueteras; unos días más tarde, cientos de cirujas incendiaron galpones del predio. Al final la empresa negoció; acordaron que cada día, durante una hora, hacia las cinco de la tarde, los cirujas podrían entrar a la Montaña. Era un modo de sancionar, de hacer institucional lo que hasta entonces había sido clandestino y marginal: que miles de argentinos revolvieran esa basura para buscar comida.
(...)
El Hambre, de Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957), se publicó en España el 28 de enero. Editorial Anagrama, 624 páginas. 24,90 euros, versión impresa; 14,99 euros, versión electrónica. Planeta lo editó en Argentina.

sábado, 25 de abril de 2015

PRENSA. "TESTIGOS DEL OLVIDO". "Palestina". Martín Caparrós

Foto de Juan Carlos Tomasi

   En "El País Semanal":
PALESTINA
   Martín Caparrós


Todo pasó en cinco minutos. Eran como las tres, estábamos durmiendo y nos despertó el ruido de los coches que paraban; mi esposo me dijo ahí están, buscan a algún vecino. Yo le dije duérmete y pensé uy dios, por favor ayuda a la madre del que vienen a buscar. Lo pensé, no sabía y lo pensé. Y entonces escuché los golpes en mi puerta. Mi esposo se levantó de un salto, les abrió la puerta; yo también salí, ni siquiera me cubrí, salí así como estaba y me vieron todos, qué vergüenza. Mi esposo les preguntó qué querían y uno dijo venimos a buscar a Leith.
Eran como quince, había soldados, policías, policías de civil con armas largas, capuchas, yo tenía mucho miedo. Ellos sabían cuál era su cuarto: directo varios fueron para ahí, los demás se quedaron apuntándonos, dando vuelta las cosas, dando gritos. A Leith lo sacaron con las esposas puestas, la cara que tenía, pobrecito. Yo les pregunté por qué se lo llevaban y uno me dijo no, nada, unas preguntas y se lo devolvemos. Entonces yo les dije que si le querían hacer preguntas yo tenía que estar presente, porque Leith es menor, tenía 14 años. Me dijeron sí, venga a la cárcel cuando quiera, y se fueron sin decirme más nada. Entonces mi marido y yo vinimos y nos sentamos, en estos sillones nos sentamos, uno frente al otro y yo pensaba qué fue todo esto, ¿una pesadilla? ¿Ahora me voy a despertar? Me parecía que no podía ser cierto, le dije a mi marido no es cierto que se lo llevaron, ¿no? Dime que no es cierto. Y él me dijo sí pero no te preocupes, a la mañana lo vamos a buscar, no te preocupes, es un chico, no le van a hacer nada; a la mañana nos lo van a devolver. Y yo lo escuchaba y no podía ni llorar. No sé por qué, quería llorar y no podía. Trataba, pero no podía”.
Hanan es la madre de Leith, que fue, el año pasado, cuando lo detuvieron, el preso político más joven del país. Las autoridades israelíes dijeron que Leith participó en manifestaciones, que tiró piedras a unos soldados en la entrada del campo, que era peligroso para Israel y debía estar encerrado: le pidieron dos años de cárcel. Lo condenaron a nueve meses más tres años de condicional.
–¿Cree que Leith atacó a los soldados?
–¿Honestamente? Sí, yo creo que lo hizo. Pero es un chico de 14 años y los soldados insultaban a su madre.
–¿Qué decían?
Hanan no quiere repetirlo; palabrotas, dice, palabras muy malas. Le decían esas cosas y él tenía que reaccionar, ¿qué podía hacer? Suenan gallos, varios gallos –o un gallo persistente.
–¿O sea que se peleó por defender a su madre, no a su patria?
–No, no solo. También vio cómo los soldados golpeaban a varios de sus amigos, y eso tampoco pudo soportarlo.
Hanan tiene una túnica negra con bordados plateados y un hiyab turquesa, los ojos muy oscuros. Viene de una familia acomodada; en 1996 se fue a Miami y estudió Negocios, se casó, tuvo sus dos primeros hijos. En 2004 decidieron volverse: South Beach les parecía un lugar peligroso para criar chicos. Ahora, su marido tiene un restorán y los dos tienen dos hijos más y todos viven en el campo de refugiados de Shuafat, en Cisjordania. Un campo de refugiados no es un campo; es una ciudad bien tercermundo, las calles angostas llenas de gentes y de coches viejos y de cables colgando, los frentes de las casas sin revoque –como si todo fuera provisorio: 50, 60 años provisorio. Por fuera, la casa de Hanan parece a medio hacer; por dentro tiene su equipo de música, su plasma, una cocina grande y bien provista, los sillones: esos sillones gordos, orondos, que son la marca del éxito en tantos países donde el calor los hace tan incómodos.
–Leith no se va a olvidar nunca de lo que le hicieron. Le pegaron mucho, lo tenían días y días sin dormir, lo pateaban para despertarlo; todavía se despierta sobresaltado cada noche. Nunca se va a olvidar. Y yo tampoco.
Hay una guerra. Como en toda guerra hay intrigas, héroes, ratas, fanáticos, intereses, corazones que ignoran la razón
Hay una guerra. A veces la pelean con armas, otras veces con piedras, con palabras, con acuerdos de paz, con bombas varias, con miradas, golpes, esperanzas, con rezos, con abrazos. Hay una guerra porque hay dos pueblos que quieren la misma tierra. Uno tiene un Estado que lo estructura, un ejército que lo defiende; el otro no. Ambos enarbolan sus derechos: la historia, tradiciones, mitos.
–O sea que hay tres posibilidades: o esa tierra se reparte en dos, o los dos viven juntos en ella, o uno de los dos echa o extermina al otro. En general la que prima es la tercera opción, pero digamos que no la queremos. Dice Marius Schattner, 71, periodista franco-israelí, ex maoísta, ex sionista de izquierda, varios libros sobre la cuestión.
–La coexistencia es muy difícil y supondría un Estado con ciudadanos de primera, los israelíes, y ciudadanos de segunda, los palestinos, una segregación, si no un apartheid. El reparto en dos Estados es la opción más lógica; la fuerza principal que se le opone es el Estado de Israel, el Gobierno israelí, que produce hechos –las ocupaciones, las nuevas colonias– que lo hagan imposible.
Hace décadas que colonos judíos empezaron a construir casas y ocupar espacios en los territorios ocupados, supuestamente palestinos, pero el movimiento se aceleró en los diez últimos años. Ahora hay por lo menos 300.000 en Cisjordania, 200.000 en Jerusalén Este: medio millón de personas, una masa crítica difícil de expulsar.
–Hace unos años los colonos eran una franja extrema de la población judía. Hoy es una corriente central, que ocupa cada vez más lugar en las conciencias y en el Gobierno del Estado. Dice Micha Kurz, 32, enérgico, sonriente, israelí, judío askenazí, activista de organizaciones palestinas.
Hay una guerra. Como en toda guerra hay intrigas, héroes, ratas, fanáticos, intereses, desinteresados, razones que la razón ignora, corazones que ignoran la razón. Como en toda guerra, todos tienen razón y ninguno la tiene. (Marius me contó un cuento: la mujer del rabino le dice Shlomo, no te entiendo. Primero vino el zapatero y te dijo que había peleado con el panadero y le dijiste que tenía razón; después vino el panadero y te dijo que había peleado con el zapatero y le dijiste que tenía razón. A mí no me parece que les puedas decir a los dos que tienen razón.
–Mujer, tienes razón.
Hay una guerra y a veces los que intentan disimularlo lo consiguen. Salvo en Hebrón: aquí, está claro, hay una guerra. Hay una guerra y no hay otro lugar donde esta guerra esté tan marcada en el espacio. Hebrón es la ciudad más grande de Cisjordania: un cuarto de millón de palestinos a 30 kilómetros de Jerusalén. Hace diez años la calle Shohada –la calle de los Mártires– era el corazón de Hebrón: el mercado en medio de la ciudad vieja, miles y miles de personas comprando, vendiendo, encontrándose.
Micha la recuerda su primer día de soldado, 2001, cuando tenía 18: un sargento les mostró desde su puesto de control el mercado, todavía vivo, todavía bullendo, y les señaló la multitud de palestinos allá abajo y les dijo que eran todos posibles terroristas y que todos, absolutamente todos ellos los odiaban. Que no se descuidaran. Que no se contuvieran. Que su tarea era mantener “estéril” el área que les habían asignado –estéril significaba limpia de árabes– para proteger a Israel y a los colonos israelíes.
Poco a poco, Micha fue descubriendo que su papel no consistía en proteger a los colonos que avanzaban sobre las tierras palestinas sino en ayudarlos en su avance, y que para eso tenía que hacer cosas como patear puertas de casas palestinas al filo de la madrugada, patear cuerpos de jóvenes palestinos a la hora que tocara.
Ashraf es palestino. Ashraf es un tipo musculoso, 30 años, mandíbula potente, la mirada severa, pero los ojos se le empañan cuando recuerda aquella noche de septiembre de 2006 en que soldados entraron a los tiros en su casa, lo ataron, se lo llevaron vendado y esposado. Y más cuando recuerda los 64 días de interrogatorios, los golpes, la confusión, la celda de aislamiento y, sobre todo, esa máquina que le inmovilizaba la cabeza para que gotas de agua helada le cayeran sin pausa en el mismo lugar entre sus ojos y lo cortaran como un cuchillo de hielo y le infligieran un dolor que no podía soportar y soportaba. (Alguien, alguna vez, tendrá que reflexionar sobre el lugar del agua en las torturas cool contemporáneas, ésas que Estados Unidos dio por buenas).
Ashraf estudiaba entonces en una Facultad islámica y no me quiere decir por qué se lo llevaron: me dice que alguna vez podrá, pero no todavía. Mientras, dice que lo más duro fue cuando lo pusieron en una celda con palestinos colaboradores –que allí llaman “los pájaros”– y que él les dijo cosas que había callado bajo el agua porque creyó que eran amigos, que eran compañeros, y cuando entendió que esos traidores lo habían llevado a traicionarse no conseguía entender que hubiera palestinos que hicieran esas cosas y que eso le dolió más que el dolor y más los ojos, más se le humedecen, más la voz se le rompe: que nada, en los cinco años que después pasó preso, acusado de militar en Hamás, fue tan tremendo como eso. Y que por eso –quizá por eso– salió de la prisión tan paranoico, desconfiando de todos y de todo, y que no soportaba y por eso –supongo que por eso– cuando le pregunto qué va a hacer ahora, si va a seguir peleando, me dice que aquello fue un momento de su vida y que ahora es distinto pero el brillo de los ojos lo desmiente y no sé si creerle: también eso es un efecto de la guerra.
Hace diez años la calle Shohada era el corazón de Hebrón: ahora es un desierto. Todo alrededor, calles desiertas. Desiertas: casas vacías, los negocios cerrados, el silencio, algún pájaro, un motor a lo lejos; no hay coches, no hay personas.
En el corazón de Hebrón hay 1.000 colonos que ocupan unas 200 casas. Para protegerlos, la zona fue vaciada, llenada de bloques de cemento, soldados que patrullan. En otras casas todavía quedan palestinos pero casi no salen: solo lo indispensable. Sus calles están cubiertas con una red metálica porque desde sus casas los colonos solían tirarles piedras, botellas, lo que fuese; ahora, por la red, tiran agua servida.
Y todo está callado, abandonado: muerto. Es un paisaje como no he visto igual: el espacio vacío, la rudeza del sol, muchos soldados. Entre las calles inaccesibles se fue armando una tierra de nadie, casas de cinco o seis siglos donde intentan vivir algunos palestinos, donde no hay policía, donde pululan traficantes y unos perros salvajes que atacan a los chicos.
Cuesta ver que el derecho no es de verdad un ojo. Musrab lo perdió hace menos de un año: caminaba con su madre y su tía y sus dos hermanitas menores por una ruta en las afueras de Hebrón donde unos chicos palestinos tiraban piedras a soldados. ¿Por qué tiraban piedras? “Bueno, no sé, pasa muy a menudo”, me dirá ahora Heyam, la madre de Musrab, y que los soldados empezaron a disparar balas de goma y que ellos estaban lejos de los chicos, en otra dirección, pero igual les tiraron y que una bala le pegó a Musrab justo en el ojo. Musrab se cayó al suelo, se agarraba la cara, sangraba. La ambulancia tardó una eternidad, en el primer hospital lo derivaron, en el segundo también; esa misma noche en Jerusalén un doctor le dijo a Heyam que habían hecho todo lo posible pero que habían tenido que sacarle el ojo.
La adaptación fue larga, dolorosa. Musrab chocaba con las cosas, se caía, se desesperaba. En la escuela ya no reconocía las letras, se desesperaba. No quería hablar de su ojo emparchado; cuando le preguntaban se enojaba, gritaba, se desesperaba. Recién cuando le sacaron el parche y le pusieron en su lugar un ojo artificial, muy parecido al suyo pero quieto, Musrab entendió que nunca volvería. Entonces le dijo a su mamá que bueno, que no le importaba, pero al primer compañero de clase que le dijo “ojosolo” le pegó –le pegó bien, con la rabia de todos esos meses.
–Es una maldición para quien lo sufre – dice Merafe.
–Y nunca más me dijeron nada.
Dice, ahora, en la calle delante de la casa familiar, y se refriega el ojo que no tiene. Yo cierro uno para ver el mundo como lo ve Musrab: no es medio mundo, es un mundo chato, interrumpido por la propia nariz, truncado.
–¿Y tienes algún amigo israelí?
–¿Yo? ¿Por qué? ¿Para qué?
Musrab es musculoso y le pega bien a la pelota y tiene un sistema para bajar las escaleras con los dos pies juntos, a los saltos. También tiene el pelo corto, los labios finos, un equipo de gimnasia azul oscuro, el ojo menos, ocho años.
–¿Te acuerdas de ese momento?
–Sí, claro. Estaba todo lleno de soldados.
El azar siempre decide demasiado. Pero en las guerras exagera.
Es difícil para un muchacho no tirar piedras a los soldados ocupantes; es difícil para un país que se defiende no contener a esos muchachos.
Nada de esto pasaría si ellos no tiraran piedras, me dijo después un amigo israelí y, a su manera, también tenía razón. Son lógicas muy lógicas: es muy difícil para un muchacho que crece viendo su país ocupado no tirarle una piedra a los soldados ocupantes; es muy difícil para un país que ocupa y se defiende no intentar contener a esos muchachos.
–La mayoría de mis amigos no saben lo que pasa. Están muy ocupados con sus cosas.
Que a sus amigos todo esto no les importa mucho porque están muy concentrados en sus carreras e hijos e hipotecas, dice Micha, y que si vives en Tel Aviv o Haifa puedes pasar de todo esto o intentarlo y que, de todos modos, ellos están convencidos de que los palestinos son bestias sanguinarias que solo quieren destruir el Estado de Israel, así que lo que les caiga les estará bien empleado.
–Necesitan creerlo, les conviene creerlo.
Dice, y que las provocaciones de los colonos sirven para reafirmar esa idea –para forzar a los palestinos a reaccionar con violencia– y, así, justificar cualquier ataque. Y que si unos extremistas quieren hacer eso allá ellos, que lo terrible es que el Ejército israelí los ayude. Que por eso, cuando terminó su servicio militar decidió dedicar su vida a denunciarlo.
Del otro lado del check-point –las armas, el cemento, los alambres– la ciudad resucita, el mundo otra vez vivo. Difícil pero vivo. Y entonces la violencia –el placer de la violencia– con que me echan de una mezquita porque no soy uno de ellos y se acabó el horario para los extranjeros. El gozo de decir yo soy quien manda aquí no tiene religión, no tiene patria.
Hay una guerra y, como en tantas guerras, los dioses son la excusa. Los colonos insisten en que tienen derecho a vivir en Hebrón porque su dios les dijo: “Dios creó todo el mundo pero su cuartel general está aquí”, dice un rabino colono en un documental. “Nosotros creemos en la promesa de Dios, que le dio esta tierra al pueblo judío. Si hay gente que quiere venir a vivir aquí como huéspedes, que sean bienvenidos, pero si creen que pueden gobernarla, es imposible”.

En medio de Hebrón, en medio del conflicto, la mezquita de Ibrahim, sinagoga de Abraham: allí están, dicen, las tumbas de Isaac y Rebeca y Lea y Jacob y Sara y Abraham. Es un gran edificio que empezó a construirse dos mil años atrás y se siguió construyendo desde entonces. Durante siglos fue mezquita; cuando Israel ocupó Cisjordania en 1967 se quedó con una parte para hacerla sinagoga. Algunas de las decoraciones más antiguas de la mezquita repiten un motivo conocido: la estrella de David. Pero su nave principal está llena de cámaras de vídeo porque no solo Dios quiere ver todo.
En medio de la nave, a medias entre la zona judía y la musulmana, un cuarto encierra el túmulo donde dicen que está enterrado Abraham. Sus entradas están clausuradas; hay que mirarlo por una de las dos ventanas, la del lado judío, la del musulmán. Los vidrios, faltaba más, son a prueba de balas. Judíos y musulmanes veneran al mismo muerto amenazándose.
Hay muchos otros momentos en que israelíes y palestinos –o mejor, judíos y musulmanes radicales– se ven, con perdón, tan parecidos. Digo, por ejemplo, cuando pasan esos hombres musulmanes o judíos caminando, sus mujeres detrás y muy tapadas, inundadas de niños, sometidas: tan voluntariamente sometidas.
Ya lo habían hecho muchas veces. Llevaban un par de años cruzando la frontera en ese valle, no muy lejos de Hebrón, donde la vigilancia solía relajarse y el alambrado tenía agujeros. Más de una vez se habían preguntado por qué tanto descuido; nunca pensaron si sería a propósito.
Iban a trabajar a Israel. No tenían permiso, porque para tenerlo habrían debido ser mayores de 25, casados, algún hijo. Noor y su hermano y su primo tenían 21, 22. En la costa les pagaban unos 200 shekels –40 euros– por día de albañilería y en un mes podían trabajar diez o doce días; en territorio palestino el trabajo era escaso y mucho peor pagado. A sus patrones también les convenía: los palestinos sin permiso les cuestan la mitad que un obrero con papeles. Si los descubren deben pagar multas; muchos se arriesgan.
Noor no siempre la pasaba bien. A veces caía en algún control policial, le pegaban, lo devolvían a Cisjordania; a los pocos días cruzaba de nuevo. Hasta esa tarde de noviembre: Noor se arrastraba bajo el alambrado cuando sintió el relámpago en la pierna. Pensó que debía ser un golpe de electricidad: que el alambrado le había dado una descarga. Tardó un momento en ver la sangre, los pedazos de pierna colgándole del pantalón roto. Le habían acertado una bala explosiva.
El dolor tardó en llegar; cuando llegó, nada dejó que no doliera. Noor gritaba, se agarraba la pierna, se retorcía en el suelo. Varios soldados lo rodearon, le apuntaban; uno le dijo que había tenido suerte, que la próxima vez tirarían a matarlo.
La operación duró casi seis horas: Noor tenía la tibia y el peroné de la pierna derecha hechos pedazos. Todavía le quedaban otras tres cirugías, dos meses en el hospital, la recuperación que no termina. Noor sabe que quizá nunca camine como antes, y los dolores lo persiguen. Por lo menos, dice, ya no tiene esas pesadillas espantosas en que la bala volvía y volvía.
Noor tiene el pelo muy corto, las cejas gruesas, la palabra difícil: busca, tarda, no siempre las encuentra. Tiene un rictus constante entre la pena y la extrañeza: como quien no entiende o, mejor, preferiría no entender lo que sí entiende. Sabe, entre otras cosas, que nunca va a poder volver a trabajar en Israel. Ningún miembro de su familia va a poder: en la oficina de permisos les dijeron que nunca se los darían porque si cruzaban quizá trataran de vengarse.
–¿Y ustedes tratarían de vengarse?
–No, qué vamos a hacer. Si tratamos de vengarnos podrían tirarnos abajo la casa. Yo no quiero más líos, quiero estar tranquilo. Yo ahora sé lo que te hacen si les traes problemas.
Los trabajos se mezclan y se intrincan: los dineros. Aquí mismo en Hebrón un empresario palestino fabrica buena parte de las botas que usan los soldados israelíes.
–Bueno, aquí ya casi nadie le habla. Pero se ve que la plata le hace olvidar los sinsabores. Me dice Samir, mi guía. También se mezclan las condenas: Rania me cuenta la tristeza, la sordidez de tener que hacerse cargo de la prisión de su hijo Ahmad, 16 años:
–Lo condenaron a dos años y, como era menor, le dieron prisión domiciliaria. Entonces yo, su madre, soy la responsable de que no salga de la casa. Yo soy su carcelera, me entiende, yo tengo que ser su carcelera, yo, su madre.
El problema, una vez más, son los principios: comparar la actitud de Israel con sus propios principios. No con un Estado belicoso y represor sino con un proyecto de país democrático, socializante, surgido para lavar la peor represión de los tiempos modernos.
–Cuando los ingleses colonizaban lo hacían en nombre de la civilización; los franceses, de los derechos humanos; los españoles, de la religión. Los israelíes colonizan en nombre de las víctimas: victimizan a otros, legitimados por su antigua condición de víctimas. Y lo más curioso, en un caso como el de Hebrón, es que se vuelven a convertir en víctimas: ellos mismos instalan un gueto judío armado en medio de una población de miles y miles de personas que los odian. Es la víctima la que manda, la víctima-verdugo, un invento tan raro.
Dijo Marius, aquella vez, y la risa le sonó muy amarga.
"El problema es que no puedo hacer nada. Solo pienso que como madre tengo que criar buenas personas"
Centro de Hebrón, el sol que raja, las cuatro de la tarde, un soldado israelí –moreno, casi niño, lampiño, los ojos legañosos– se hamaca en una hamaca de jardín que alguien dejó en un descampado. Debe estar de servicio: tiene sobre la falda una de esas ametralladoras tremebundas y está casi dormido: calor, el balanceo. De pronto, desde tantos rincones, alauakbar, diez o quince muecines llaman a la plegaria. El aire se le llena de voces enemigas. El chico se sobresalta, sacude la cabeza, aprieta con las manos el arma, mira nervioso hacia los lados. Los gritos crecen, alauakbar. El chico sigue mirando, nervioso, a los costados.
Hanan me cuenta que cuando los soldados se llevaron a Leith, su hijo de 14, no era capaz de ir a su cuarto, así que lo cerró. Que nueve meses lo tuvo cerrado, que nadie podía entrar.
–Quería su olor, quería que su ropa estuviera como él la había dejado, quería que todo estuviera como él había querido… Quería olvidarme de esa noche, esos soldados.
–¿Los odia?
Hanan se calla, piensa, busca, canta un gallo:
–Sí. La verdad, sí. Nunca me voy a olvidar de cómo le pegaron, delante de mí…
–¿Y qué piensa hacer con su odio?
–El problema es que no puedo hacer nada. Solo pienso que como madre tengo que criar buenas personas. Israel quiere que nuestros chicos sean ladrones, traficantes, drogados; como madre, mi lucha es que mis hijos sean los mejores. Si cada madre pudiera criar buenos chicos, les daríamos más pelea que con las piedras. Dice Hanan y se le va una lágrima y me cuenta que su hijo de cuatro años, Hasan, no lloraba nunca cuando iban a la cárcel. Aquí, entre los sillones, Hasan está jugando con una pelota de goma. Me la pasa, la rebotamos en el suelo, nos reímos, nos chocamos las palmas, él me besa la mejilla. Yo me derrito y él se ríe y tira fuerte su pelota de goma.
–Hasan nunca lloraba, miraba todo muy serio, miraba mucho a los guardias de la cárcel. Un día, cuando teníamos que irnos, me dijo que no se quería ir. Buscó a un guardia, le tiró del pantalón para llamarle la atención y le dijo, tan serio: “Enciérreme a mí. Yo quiero que me encierre a mí y deje que Leith se vuelva a casa”.
Dice su madre y me dice, bajito, que tiene mucho miedo.

lunes, 23 de marzo de 2015

PRENSA. "El peor silencio". Martín Caparrós

   En "El País Semanal":

El peor silencio

El 25 de junio de 1942 el diario conservador ‘The Daily Telegraph’, publicaba una de las mayores primicias de la historia: “Los alemanes asesinan a 700.000 judíos en Polonia”


En junio de 1942, The Daily Telegraph informó en primicia de los asesinatos masivos en Auschwitz: la noticia pasó desaparcibida. / JUERGEN ESCHER (CORDON)

Suelo creer que los refranes son una colección de clichés, un florilegio de lugares comunes y, sin embargo, hay uno que respeto: no hay peor sordo que el que no quiere oír, dice –y mudo que el que no quiere hablar, diría.
El 25 de junio de 1942, cuando los ataques alemanes flaqueaban y la guerra se volvía indecisa, un diario conservador de Londres, el Daily Telegraph, publicaba una de las mayores primicias de la historia: “Los alemanes asesinan a 700.000 judíos en Polonia”, decía el título, y el artículo empezaba abundando: “Más de 700.000 judíos polacos han sido aniquilados por los alemanes en la mayor masacre de la historia del mundo. Además, han puesto en marcha un sistema de hambreamiento que, según admitieron los mismos alemanes, puede haber matado al menos otro tanto. Los más horribles detalles de este asesinato masivo, incluyendo la utilización de gas venenoso, fueron revelados en un informe enviado secretamente al señor Zygielbojm, representante judío en el Consejo Nacional Polaco en Londres, por un grupo activo en su país. Se tiene la fuerte sensación de que se debería actuar para impedir que Hitler cumpla su amenaza de que cinco minutos antes del final de la guerra exterminará a todos los judíos de Europa”.
La noticia, en dos columnas, incluía datos y detalles terribles: “Niños en orfanatos, pensionados en geriátricos y enfermos en hospitales han sido fusilados. En muchos sitios los judíos fueron deportados a destinos desconocidos y asesinados en los bosques cercanos. En Vilna, 50.000 judíos fueron ultimados en noviembre. El número total de los masacrados en este distrito ronda los 300.000”.
La noticia era una de las primerísimas informaciones sobre uno de los grandes hechos del siglo. Y, además, tenía la rara calidad de que podía servir para algo. La masacre estaba, entonces, sucediendo –varios millones más serían asesinados en los años siguientes–; saberlo podía llevar a intervenir. Pero el Telegraph la publicó, pequeña, perdida en la página cinco de un periódico que tenía sólo seis –y ningún otro medio la retomó. Pasarían años antes de que la humanidad decidiera horrorizarse por el Holocausto: en esos días no le daba la gana.
Así que el silencio era macizo. Sólo unos pocos intentaban romperlo, con riesgo de sus vidas. Lo contó el propio Telegraph hace unos días, cuando se cumplieron siete décadas del “descubrimiento” de Auschwitz: la información les había llegado a través de Szmul Zygielbojm; su esposa, Manya, y su hijo Tuvia seguían prisioneros en el gueto de Varsovia y allí murieron –abril de 1943– cuando los alemanes reprimieron la rebelión final. El 11 de mayo, en Londres, Zygielbojm se mató como último gesto de protesta; sabía que su denuncia no había tenido ningún efecto –y lo decía en su nota final: “La responsabilidad por el asesinato de la nación judía en Polonia recae antes que nada en los que lo están cometiendo. Pero indirectamente cae también sobre el conjunto de la humanidad, sobre los pueblos y los Gobiernos de las naciones aliadas, que hasta ahora no han dado ningún paso real para detener este crimen. Al mirar pasivamente cómo se asesina a millones de niños, mujeres y hombres indefensos, se han convertido en partícipes de esta responsabilidad”.
El Holocausto fue un momento excepcional de la historia. Ahora –dice el secretario general de la ONUBan Ki-moon– sólo mueren ocho millones de personas al año por causas ligadas al hambre, y las guerras producen multitudes de refugiados y miles de migrantes se ahogan o se pierden buscando una vida más digna. No nos sucede, claro, a los que leemos estas líneas. Suelen ser otros, como eran otros los judíos. Y sus historias siguen saliendo en la penúltima página, cuando salen.

miércoles, 25 de febrero de 2015

PRENSA. "¿Cómo se dice 'callarse' en chino?". Martín Caparrós

   En "El País Semanal":

¿Cómo se dice “callarse” en chino?

Es rara la censura: sinuosa, caprichosa. Se la suele pensar como un par de tijeras; yo la veo como la serpiente de aquel árbol

     

Mujeres alimentándose en China durante la hambruna de 1946. / GEORGE SILK (GETTY)

No está claro cuál fue la gota que colmó el vaso. Sí que las autoridades chinas decidieron, como suelen, cortar por lo sano. Así que el Estado que más reos mata salió a matar, también, los juegos de palabras. Semanas atrás, la Administración Estatal de Prensa, Publicaciones, Radio, Cine y Televisión de la República Popular dio instrucciones tajantes para el uso del lenguaje en los medios: “No se pueden cambiar los significados de los refranes populares para fines comerciales. Tampoco se pueden usar palabras que vengan de Internet, o adoptadas de idiomas extranjeros, o juegos de palabras”. La censura, a veces, tiene una rara confianza en su poder.
El Estado chino, en cualquier caso, la ejerce con denuedo. Es rara la censura: sinuosa, caprichosa. Se la suele pensar como un par de tijeras; yo la veo como la serpiente de aquel árbol. Hace unas semanas mi agente me pasó la oferta de una editorial de Shanghái para publicar El Hambre, mi libro más reciente. El Hambre ya estaba contratado en una docena de países, pero la posibilidad de que circulara en mandarín me excitó especialmente. Había un problema, me dijo: tendría que cortar las páginas que cuentan la gran hambruna china.
En 1958, el presidente Mao Zedong –que entonces se llamaba Mao Tse Tung– decidió dar un vuelco definitivo a la economía de su país. Lo llamó el “Gran Salto hacia Adelante”: un proyecto faraónico de industrialización y modernización. Por muchas razones el plan fracasó y, en tres años, más de 30 millones de personas murieron de hambre. Fue dantesco: familias famélicas respetaban viejos tabúes intercambiando los cadáveres de los hijos; así, nadie se comería la carne de su propia carne.
“Dejaron de alimentar a las nenas; solo les daban agua. Cambiaron el cuerpo de su hija por el de la hija del vecino. Hirvieron el cuerpo en una especie de sopa…”, le contó mucho después un sobreviviente al periodista inglés Jasper Becker.

Fui cobarde: mi primera respuesta ante la oferta de publicación mediante módica censura fue aceptarla
El genocidio nunca fue aceptado por las autoridades chinas: la historia del país no lo registra. El episodio no es central –ni mucho menos– en mi libro: aparece en un capítulo de la historia del hambre, pero me dije que podía no estar. Pregunté quién pedía que se eliminara; me explicaron que lo más astuto de la censura china es que la ejercen los propios editores, por si acaso. Para evitar que un libro pueda incluir algo que disguste a los censores y los lleve a secuestrar la edición. No hay censura más eficiente que la que vieneen auto.
Fui cobarde –u oportunista, o realista, que suelen ser sinónimos–: mi primera respuesta ante la oferta de publicación mediante módica censura fue aceptarla. Se ve que la idea de ese libro en ideogramas me atraía lo suficiente como para hacer “ese pequeño sacrificio”. Pero después pensé que sería inútil: que la ausencia de esa hambruna en un recuento de las grandes hambrunas del siglo XX llevaría a cualquier lector chino a desconfiar de la verdad del resto. Así, todo el libro sería deslegitimado por esa omisión, pensé, y decidí no aceptarla. Hasta que un amigo me recordó que, cuando vivíamos bajo un régimen que ejercía la censura, lo sabíamos, y sabíamos por qué razones ciertos libros –o periódicos, o películas, o personas– no decían ciertas cosas. Y que, por lo tanto, los lectores chinos entenderían que no había hablado de la hambruna para poder hablar del resto, y que…
Parecía razonable, pero sigo dudando. Pronto tendré que resolver qué hacer, y no lo sé. Aunque quizá publicar estas líneas ya sea una respuesta. O no, quién sabe. Una de las grandes armas de los poderes consiste en ponerte a pelear con tus contradicciones, en una batalla donde no hay victoria.