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miércoles, 15 de octubre de 2014

PRENSA CULTURAL. "La casa (digital) de los pobres". José Luis Pardo

   En "El País":

La casa (digital) de los pobres

Nuestras páginas privadas en la red crecen en la misma medida en que progresa el ‘estado del malestar’. Hay que disimular con una inflación de privacidad la miseria de nuestro perfil en el mercado de los ‘yoes’

En un certero análisis del fenómeno de la autofoto telefónica (La era de los selfies, 8 de marzo de 2014), Ernesto Hernández Busto registraba hace poco en estas páginas las transformaciones de la vida personal que las nuevas tecnologías ponen de manifiesto en la actualidad. Como suele suceder, subsiste en este punto un equívoco muy propio de nuestro tiempo y cuyo nudo resulta casi imposible de deshacer: la confusión entre privacidad e intimidad. Pues de lo que se trata en el tipo de conductas propiciadas por la nueva cultura de los gadgets visuales no es de la intimidad, sino exclusivamente de la vida privada, que en efecto está sometida a cambios extremadamente sintomáticos en nuestros días.
Recordemos para empezar que la vida privada moderna, precisamente por ser el territorio en el cual el “yo” se sustrae a las obligaciones públicas, ha sido siempre el lugar privilegiado de exhibición de la propiedad y de la riqueza —en concreto de esa parte de la riqueza que, a diferencia de los beneficios que se reinvierten en la industria, se convierte en signo de lujo y disfrute personal. La “casa del burgués” decimonónico, que tanto horrorizaba a Walter Benjamin, rebosaba de fetiches de la personalidad de su dueño en todos los rincones, en los cojines de los tresillos, en las repisas de las chimeneas y en las cortinas de los dormitorios, convirtiendo el espacio en una exuberante colección de pequeños o grandes “tesoros” que cantaban la gloria de su poseedor. Algunos de los propagadores del impresionismo, por ejemplo, organizaron sus galerías parisienses de esta época como las estancias de ese domicilio burgués, para que los compradores potenciales pudieran hacerse una idea de cómo lucirían en su hogar aquellas impressions una vez que se las hubieran apropiado y pudieran mostrarlas en privado a sus visitas.
Es cierto que desde entonces han cambiado muchas cosas: la clase obrera posindustrial accedió también a la “vida privada” y al derecho a “una habitación propia” cuya decoración, condenada a ser un sucedáneo barato del lujo burgués, fue sin cesar denostada por los estetas del siglo pasado como símbolo del “mal gusto” de las clases medias, con su inevitable escena de caza en la pared del comedor y sus souvenirs de plástico sobre el televisor: los sucesivos iconos de la sociedad de consumo de masas —con especial mención de los electrodomésticos, cuya multiplicación ritmaba la incorporación de las mujeres al mundo laboral— eran el equivalente proletario de la riqueza burguesa, a saber, la ostentación algo vulgar del bienestar proporcionado a los trabajadores por el Estado social de derecho.

Las impresiones en la red caducan rápidamente; de ahí la histérica urgencia de su renovación
Pero cualquiera que sea la amplitud e importancia que otorguemos al ámbito de lo privado, es obvio que se trata de una noción que solo puede comprenderse desde su articulación con la de lo público, con la que forma una pareja indisociable y característica del mundo contemporáneo. Quiero decir que solo hay cosas verdaderamente privadas allí donde existe lo público, y viceversa (en los regímenes totalitarios, en donde aparentemente “todo es público”, en realidad nada lo es, pues todos comparten la terrorífica intimidad del egócrata). Y, por tanto, cualquier transformación de la privacidad tiene que tener su correspondencia en el territorio de lo público, tanto en el sentido descriptivo (el “espacio público”) como en el normativo (el derecho público como marco jurídico de la política). Así que, sea cual sea la aristocrática ironía con la que se quiera encarar el que las clases trabajadoras también tengan derecho a la privacidad, este hecho no deja de ser el reverso de otro cuya relevancia histórica sería difícil exagerar: el acceso de los menos favorecidos a la vida pública, de la cual habían estado largo tiempo excluidos.
Así que los actuales avatares del yo en la era de las tecnologías comunicativas deben ser enmarcados en el contexto de lo que podríamos llamar “la privacidad de los pobres” (o sea, de los que no guardan en sus aposentos verdaderas “riquezas” de las que presumir ni informaciones privilegiadas con las que deslumbrar a sus conocidos), aunque tengan que esforzarse en disimular esa penuria manteniendo una aparente opulenta que solo se acredita mediante su exhibición constante. Puesto que en el mundo moderno la privacidad connota a la vez el territorio del yo individual y la esfera de las actividades mercantiles, será fácil de entender que la necesidad perentoria de producción de imágenes del “yo” (no solamente selfies, sino también actualizaciones del perfil en las redes sociales y, en general, puesta al día constante de los lances de la vida privada, comidas en restaurantes, vacaciones en el mar, cumpleaños, eventos sentimentales de pareja y averías del coche) es el resultado de un régimen de caducidad vertiginosa —se diría que casi instantáneo— que puede muy bien comprenderse a través del fenómeno económico de la inflación.
Pues si caben pocas dudas de que a lo que asistimos en todas estas modas es a una evidente inflación de privacidad (o sea, a una privacidad cada vez más hinchada y proliferante), es quizá menos obvio aunque igualmente cierto que la histérica urgencia con la que cada cual es requerido a renovar la imagen de sí mismo en esas plataformas se debe a la velocidad enloquecida a la que se devalúan estas impressions (a diferencia de los cuadros impresionistas de los hogares burgueses), debido a la inmensa maraña de competidores, con quienes tenemos que medirnos, que hacen lo mismo que nosotros cada segundo.

Estas modas deben tomarse en serio, porque suelen ser métodos para configurar la subjetividad
En una sociedad como la nuestra, que promueve las relaciones superficiales, efímeras y con poco grado de compromiso, el círculo de los amigos que podemos invitar a nuestras minúsculas viviendas se reduce tan rápidamente como lo hacen los signos de riqueza que en ellas podemos ofrecer a su mirada en un tiempo en el que la transición al “estado de malestar”, el desempleo, la sequía crediticia y la factura de la luz —que ahora ya no cambia de precio cada mes, sino cada minuto— amenazan con la extinción progresiva de las clases medias y su consabida cursilería. Y en esa misma medida —al aumentar la necesidad de disimular la miseria para que la cotización de nuestro perfil en el mercado de los “yoes” no se hunda definitivamente— crecen hasta lo ilimitado las dimensiones de nuestra casa electrónica, es decir, nuestras páginas “privadas” en la red, que no podemos permitirnos que dejen de visitar nuestros “amigos” virtuales, es decir, aquellos a quienes, aunque no les conozcamos, no queremos decepcionar, y nos tenemos que garantizar su aprobación mediante el “me gusta” con el que sancionan las “riquezas” (vacuas, sí, pero mucho menos horteras a nuestros ojos que las viejas figuras de Lladró) que infatigablemente colgamos en sus paredes telemáticas para dar la sensación de que hemos cambiado el mobiliario y renovado la decoración, es decir, de que somos ricos. Incluso aunque no nos alcance para pagar la deuda hipotecaria con el banco, no podemos dejar de pagar esta otra deuda —tan infinita como aquella— que nos exige nuestra empobrecida vida privada, ya que este tipo de merchandising digital, a diferencia del petróleo, es (engañosamente) gratuito e inagotable.
Así que no podemos tomarnos a broma estas modas, porque las modas suelen ser procedimientos muy serios de configuración de la subjetividad. Y esta, en concreto, al expresar un galopante empobrecimiento de la vida privada —el ya citado Benjamin hablaba certeramente de pobreza de experiencia—, sugiere de paso que este hecho no es sino la otra cara de la pauperización igualmente progresiva de la vida pública. El espacio público se puebla de todas esas identidades inmediatamente caducadas, que lo toman por el escenario en el que desarrollar su drama, llenándolo de lo que, en esa esfera, no debería tener cabida (no es que los políticos también se hagan selfies,es que a veces dudamos de que hagan otra cosa en sus apariciones públicas); y la privacidad vaciada de sentido de quienes se han visto paulatinamente convertidos en empresarios de sí mismos se refleja en la pérdida de contenidos del poder público, tantas veces reducido a la categoría de un servicio —incómodo pero necesario— para la defensa de los intereses privados. La sensación de desamparo y desnudez que así se propaga —emparentada con la que más crudamente padecen cuando llega la noche quienes no tienen casa— ya no tiene que ver con lo privado ni con lo público, sino con la intimidad. Pero de eso hablaremos otro día.
José Luis Pardo es filósofo.

sábado, 28 de diciembre de 2013

PRENSA. "Había una vez una crisis". José Luis Pardo

José Luis Pardo

   En "El País":

Había una vez una crisis

El relato que llevamos contándonos desde hace ya más de cinco años empieza a producir fatiga, indiferencia o hartazgo porque “dura demasiado”. Y empieza a surgir la funesta sospecha de que nunca llegaremos al final

 15 MAR 2013

Hay que reconocer que, desde el punto de vista narratológico, este relato de la crisis económica en el que llevamos sumidos ya más de cinco años está bastante bien traído. Cuenta con una gigantesca adversidad inicial (la explosión de la burbuja inmobiliaria y la consiguiente crisis de la deuda bancaria) y con una gran meta final a modo de desafío del destino (el equilibrio presupuestario); tiene sus héroes esforzados y dispuestos al sacrificio (los pueblos endeudados y cada vez más recortados, y los líderes políticos que los conducen por la estrecha senda de la austeridad) y sus adversarios malignos (los “mercados” y los “inversores”, ciegos ante cualquier cosa que no sea el beneficio inmediato, en santa alianza con el espíritu prusiano), cada uno de los cuales tiene a su vez aliados ambivalentes (los movimientos populistas y los ultraliberales, ambos siempre ofuscados); y dispone de numerosos mecanismos de aumento de la tensión en forma de fluctuación de las primas de riesgo, y de un depósito muy nutrido de episódicos “giros inesperados de la fortuna” prestos a quebrantar las fronteras de la verosimilitud para impedir que decaiga la atención. Para evitar cualquier intento de buscar desenlaces simples o alternativos e interpretaciones fáciles, se ha ganado la reputación de una intrincada complejidad de su trama (que hace las veces de lo que en los mitos era la conspiración de los dioses y las parcas y en las religiones monoteístas el plan de Dios) a fuerza de catapultar al estrellato a una nueva raza de narradores que ha desplazado tanto a los poetas y a los novelistas como a los periodistas: la estirpe de los asesores financieros, que ahora ocupan el lugar de los oráculos a la hora de hacer profecías crípticas y enigmáticas o de los teólogos e ideólogos a la de ofrecer explicaciones insondables, hondamente técnicas y convenientemente confusas, que sirven de entretenimiento (ya que de consuelo es imposible) a quienes lo han perdido todo por culpa de tan enmarañada y misteriosa cadena de oscuros acontecimientos nombrados en inglés.

Los asesores financieros ocupan ahora el lugar de los oráculos a la hora de hacer profecías crípticas
Pese a ello, desde hace algún tiempo venimos notando un cierto cansancio narrativo, una especie de fatiga que ya se ha convertido un poco en hartazgo y otro poco en indiferencia. Una manera de comprender el desgaste de credibilidad de un relato sin embargo tan brillante es la que se expresa en la sensación generalizada de que “dura demasiado”. Desde la Poética de Aristóteles se sabe que la excesiva longitud es uno de los defectos por donde una construcción épica puede venirse abajo. Pero la sensación de que el relato está resultando demasiado largo no hace más que traducir al lenguaje cronométrico una sospecha más funesta: la de que —precisamente porque la madeja está tan embrollada y sus nudos son tan retorcidos, como sucede con algunos de los “escándalos” con los que también se nos amenizan las últimas jornadas— nunca llegaremos al final. O, dicho más claramente: la sospecha de que no se trata en absoluto de llegar a ningún final, de que no hay ningún final al que llegar o de que, si lo hay, hace ya tiempo que lo hemos alcanzado. De los mitos es corriente (y sensato) decir que no hay que juzgarlos por su referencia a unos supuestos “hechos históricos”, sino por su eficacia simbólica, lo que muy bien puede significar “por su eficacia para justificar ciertas acciones, conductas y reglas sociales”. En el caso que nos ocupa, quizá debiéramos también evaluar este relato de la crisis no por su verdad sino por su eficacia simbólica. Entonces comprenderíamos que, sin necesidad alguna de ser cierto (o, lo que es lo mismo, sin necesidad de que los héroes, los villanos, los aliados o las metas sean exactamente los que ostentan dichos papeles en el drama), puede cumplir muy competentemente una función legitimadora de ciertas acciones que, de no estar mediadas por ese relato, resultarían difícilmente explicables y hasta del todo increíbles. Por lo que sabemos, hasta ahora ha servido para dejar sin expectativas a buena parte de los jóvenes del país, para despojar de su empleo o de su vivienda a amplias capas de la población, para mutilar, descualificar y desacreditar a todas las instituciones de naturaleza pública (incluidos los servicios públicos como sanidad, educación o justicia) y para empobrecer a las clases medias y miserabilizar a las más desfavorecidas. Y aunque, como habría dicho cierto pensador escocés de bien ganada fama, el vínculo particular entre cada uno de estos desastres y su supuesta causa (la crisis económica) es, pese a los esfuerzos de los analistas financieros, inobservable, basta la imposición ideológica de la consigna que lleva en su publicidad un diario gratuito (quizá ya todos lo son en algún sentido), es decir, que “todo está conectado con todo” en un mundo globalizado, para mantener la obra en cartel y el relato en marcha.
He aquí, pues, una posible razón para explicar la fatiga narrativa que empieza a minar la credibilidad de esta historia tan bien construida: una vez que el relato ha servido ya para instaurar un nuevo régimen cuyo parecido con la democracia parlamentaria avanzada y el Estado de derecho pronto será solamente superficial, una vez que se ha impuesto la reducción de todo lo público a la lógica, no solamente de la empresa privada, sino de cierto tipo de empresa tecnológicamente deslocalizada, inmune al fisco e infinitamente flexible y voluble en todos sus parámetros, convirtiendo a los Estados-nación y a las uniones políticas (con todas sus instituciones a las espaldas) en gigantescos zombis anacrónicos y derrochadores que se avergüenzan de su mera existencia debido al retraso que llevan en esa operación de “reducción”. Una vez alcanzado este logro ya empieza a ser prescindible seguir fomentando la creencia en un “gran final” del relato (la ansiada “recuperación económica”) o en la inminente conquista de algunas plazas decisivas (tal o cual cifra de déficit público, tal o cual indicador de crecimiento del PIB), cada vez más inverosímiles. Es totalmente coherente con nuestro tiempo este tipo de narración que, a diferencia de los folletines y novelas de antaño, no acaba porque haya llegado al final, al desenlace del argumento sino, como las comedias de situación o las series televisivas, porque la audiencia, saturada, empieza a abandonarla y la publicidad huye en busca de mejores oportunidades. Así como Richard Sennett hablaba de “corrosión del carácter” para describir las consecuencias ético-psicológicas del capitalismo flexible, que impide a sus personajes contar una historia con principio, nudo y desenlace, quizá quepa observar las consecuencias ahora ostensibles de este relato de la crisis (el auge de los payasos populistas, los salvadores de la patria, los contables mafiosos y los duques empalmados) no como un episodio más de corrupción política (un clásico del discurso periodístico contemporáneo), sino como un síntoma de la corrupción de la política y, por tanto, de la corrosión del espíritu cívico. Los think tanks no se estrujan hoy los sesos buscando la manera de aminorar el descontento, sino que calculan cuál será la mejor estrategia para capitalizar un malestar que no tienen previsto curar. Las soluciones de moda en esta tesitura no pasan ya por cambiar de política, sino por cambiar de país, de continente, de monarca o de líder.

En la trama tiene mucha fuerza el aguijón del remordimiento, la culpa y la mala conciencia
Quienes aún se afanan en encontrarle defectos narrativos a este relato dominante que está llegando a su punto de agotamiento (pero de agotamiento por éxito), sorprendiéndose de tanto en tanto de la “falta de resistencia” ante la instauración del nuevo régimen (ya sea porque la resistencia es numéricamente escasa, ya porque suscita más miedo que adhesión), olvidan dos cosas. La primera, la poderosísima fuerza del aguijón del remordimiento, la culpa y la mala conciencia (“hemos estado viviendo por encima de nuestras posibilidades”) a la hora de minar, vencer o contener esa resistencia, lo que muy probablemente significa que quienes no vivieron por encima de sus posibilidades (y tendrían todo el derecho del mundo a la indignación), sea cual fuera su puesto en la escala social, debieron de ser más bien pocos. La segunda: que el triunfo de este relato se debe también a que las narraciones que podrían presentarse como alternativas para explicar nuestra situación (como la de “la pérdida de las esencias” o la de “la maldad del imperialismo”) son mucho peores; no porque sean menos ciertas, pues a la verdad no se le ha repartido papel alguno en esta farsa, sino porque su capacidad de legitimación de conductas y reglas está aún más agotada y resulta mucho más sospechosa.
José Luis Pardo es filósofo.

viernes, 15 de febrero de 2013

PRENSA CULTURAL. Sobre los hábitos de lectura en España. José Luis Pardo

José Luis Pardo

   En "El País":

 7 FEB 2013

En primer lugar, separemos los problemas. Uno es que en España se lee poco. Esto no es un problema en sí mismo. Hay muchas cosas que es preferible no leer en absoluto, así que sería estupendo si leyéramos menos que nuestros vecinos pero más selecto. Segundo problema: el dinero que pierde la industria con las descargas piratas por Internet. Esto tampoco es un problema para la buena lectura: no se necesitaría mediación industrial alguna si todo el mundo estuviera como loco bajándose gratis a su ordenador la Metafísica de Aristóteles y similares; algunos editores de best-sellers podrían quebrar, Dan Brown tendría que volver a cantar o Ildefonso Falcones que dedicarse más a su bufete, pero no creo que esto fuera de por sí malo para la lectura, a lo mejor hasta la beneficiaba.
El único y verdadero problema no artificial es que la lectura es de muy baja calidad —además de su escasa cantidad—, y que no son los derechohabientes de Kafka o de Séneca quienes se preocupan por las “pérdidas de beneficios” en la Red. Es cierto que esta misma etiqueta de “baja calidad” estigmatiza a nuestro sistema bancario, a nuestras instituciones políticas o a la limpieza de nuestras calles. Pero la debilidad de la crítica cultural, endémica entre nosotros, es letal en este campo, pues impide que la miseria sea percibida como tal. Aunque durante un tiempo hayamos sido superficialmente ricos, nunca hemos dejado de ser pobres en lo esencial, es decir, en cuanto a la baja calidad de nuestra cultura.
La lectura es mucho más que un entretenimiento privado o una transacción comercial: es un proceso de formación inseparable del proyecto de una sociedad ilustrada. No cabe culpar orteguianamente a “las masas" o a “La gente” (que son siempre resultados); la razón fundamental por la que la lectura va tan mal es que a nadie —sobre todo a nadie de los que mandan— le ha importado nunca demasiado. Hoy son los profetas de los negocios quienes nos aseguran que “el libro” (una expresión cuyo significado desconocen) tiene los días contados, y el Ministerio de Educación pone su granito de arena dejando a la filosofía en las alcantarillas de los planes de estudios. Acabáramos.

viernes, 7 de septiembre de 2012

PRENSA. "Contadores de sombra", por José Luis Pardo

José Luis Pardo

   En "El País":

Contadores de sombra

Ha sido agosto extraño. En medio de las vacaciones, la inquietud apuntaba a la quiebra de su país. Alrededor se dibujaba el perfil de una tierra sin futuro y por eso quería evitar la pregunta: ¿Qué será de nuestros hijos?

 2 SEP 2012

Confiados, se fueron de vacaciones. Cuando estaba cerrando las persianas, ella sintió pasar sobre sus párpados una sombra de sospecha al acordarse involuntariamente de la consolidada tradición de aprovechar la distracción veraniega de la ciudadanía para promulgar decretos-leyes lancinantes y vergonzosos, implacablemente practicada por gobiernos de todos los signos ideológicos, pero dejó pasar la sombra como una nube efímera, entre otras cosas porque ya le resultaba difícil imaginar decretos más lancinantes y leyes más vergonzosas que las que se habían promulgado en los últimos tiempos, antes y después de haberse declarado la crisis bancaria. Echaron el cerrojo a la puerta y dejaron una luz semiencendida siguiendo las recomendaciones de la policía, debido al alarmante aumento de robos en los domicilios de la zona, algo que había llegado a ser, como tantas otras cosas, un ingrediente más de los que contribuían a crear ambiente para el acontecimiento que no debe ser nombrado. Él se había autoinoculado la ilusoria pero sedante creencia de que, en cuanto llegasen a la playa y comenzasen a escuchar el tranquilizador estruendo de las “motosierras” (que era como él llamaba a esos monstruosos cañones que expelen aire como tubos de escape, armados con los cuales unos hombres empequeñecidos por tales mecanismos hacen un ruido gigantesco a lo largo de las interminables urbanizaciones de la costa mediterránea con el pretexto de amontonar las hojas caídas de los árboles, pero con la finalidad real de despertar de su letargo a los veraneantes y hacerles tomar conciencia de sus inmerecidos privilegios), ya estarían más allá de la influencia de la prima de riesgo, más allá del miedo, de la angustia, de las posibilidades de manipulación y de la bilis de todos los colores, como si alguien que no tuviera medios exorbitantes de defensa y autosuficiencia pudiera realmente alcanzar semejante “más allá”.

Se inoculó la ilusoria creencia de que en la playa estarían lejos de la prima de riesgo
Fue el mes de agosto más extraño de toda su vida. Cada vez que él sentía aquel pinchazo intermitente en la zona del hígado, procuraba pensar en otra cosa mientras sonreía a su esposa o miraba las olas romper lenta, sucesiva y desordenadamente desde la línea de los windsurfistas hasta la arena bajo sus pies: otra sombra atravesaba entonces, como un rayo, su imaginación habitualmente inactiva (“¿seguirá existiendo el sistema sanitario público que teníamos cuando volvamos a casa?”); intentaba disiparla con la mano, fingiendo que espantaba un mosquito, pensando sarcásticamente que no era un buen momento para caer enfermo, considerando no solamente la decadencia de la seguridad social, sino también el endurecimiento de las bajas por enfermedad. La ocasional yuxtaposición de aquel turbio dolor con la visión de la playa le hizo recordar que alguna vez alguien había comparado el progreso de su país con la formación de las olas, y la corrupción con esa grasienta espuma que se forma en su cresta; la punzada hepática hacía así que, en su confusa visión, esa grasa nauseabunda quedase sobrenadando en el agua cuando el oleaje se calmaba y acabase por inundar todas las instituciones públicas, como si el progreso de pronto se hubiese reducido a ese pringue. Afortunadamente, el ataque de rencor ultraliberal que esa visión provocaba era inmediatamente contrarrestado por el cava, que llegaba siempre a tiempo de mitigar a la vez el pinchazo y el resentimiento, y que con su aturdimiento propiciaba un humor demagógico-populista que identificaba “lo público” con “lo bueno” (identificación que, por desgracia, distaba mucho de ser correcta) y, después de un momento de euforia, se convertía otra vez en una sombra nostálgica, lo que nunca venía mal, teniendo en cuenta lo mucho que se desea la sombra en los rigores de la canícula.
Desde el comienzo de las vacaciones, ella se volvió una maestra en el arte de no abrir la boca. Sabía que cada vez que lo hacía, aunque fuese en mitad de la cena para comentar la calidad del souquet, su angustia podía jugarle una mala pasada y —como atestiguaba el desconfiado ceño de su marido cuando despegaba los labios— llevarle a hacer preguntas metafísicas (“¿para qué hemos estado trabajando toda nuestra vida y cotizando a la seguridad social durante cuarenta años? ¿para qué hemos estado pagando impuestos y ahorrando estos cuatro euros que ahora, como esas pobres gentes a quienes se les empieza a transparentar el abrigo de tanto haberlo remendado, bajo su apariencia prusiana traslucen su humilde lencería de pesetas?”). De modo que había aprendido a comunicarse por gestos, moviendo las manos alegremente, como si estuviese dirigiendo una orquesta (aunque la orquesta no podría tocar más que algo francamente decadente, como la suite de jazz nº 2 de Shostakovich o One for my baby de Billie Holliday), al mismo tiempo que sonreía y levantaba las cejas en señal de despreocupación. Como lectura de evasión, y ante la mirada atónita del vendedor (que llevaba meses sin ver a una persona entrar en la librería), se había comprado una novela histórica ambientada a finales de la Edad Media, que resultó ser francamente mala. A medida que leía sus páginas se iba formando, en torno al débil argumento del libro y sin su contribución consciente y deliberada, una especie de trama superpuesta. Hubo, en efecto, un tiempo en el cual todo el negocio de la creencia y la confianza en el porvenir constituía un sector administrado en régimen de monopolio por la Iglesia católica, y su libro describía un mundo en el cual esa creencia había entrado en colapso. En la realidad actual, ese negocio se llama “crédito” y lo administra, también en exclusiva, la banca. Y ella estaba asistiendo a la quiebra de la creencia en el porvenir de su país, es decir, estaba viendo cómo a su alrededor se dibujaba el perfil de una tierra sin futuro, aunque procuraba enfrascarse en la ridícula intriga de aquella fábula para no escuchar la interrogación que acabaría de amargar sus vacaciones (“¿qué será de nuestros hijos?”).

¿Seguirá existiendo el sistema sanitario público que teníamos cuando volvamos a casa?
Aunque acerca de este asunto, en verdad, ambos tenían una seguridad tan inconfesa como sus dudas. Éstas últimas, aunque siempre implícitas entre ellos, eran más o menos acuciantes (“¿A dónde regresaremos cuando acaben nuestras vacaciones? ¿Tendremos aún casa, empleo, sueldo, cuenta bancaria? ¿Existirá aún el país del que partimos mirando aquellos carteles de la DGT que decían Lo principal es volver, pero no decían cómo ni a dónde?”) o curiosas (“¿Quién será tan cándido como para acudir a votar en las próximas elecciones, que se adivinan como uno de los hechos más apasionantes del horizonte?”). Aquélla otra, la seguridad, era de nuevo tan sombría como inexorable: si bien no querían aún decirlo abiertamente, ellos sabían muy bien cuál sería su futuro, porque ya lo habían vivido en su infancia y en su juventud; su futuro era su pasado, al que ahora tendrían que enfrentarse algo más cansados y con menos expectativas, como Sísifo la enésima vez que ve cómo su roca es devuelta al punto de partida de su pretendido ascenso. Esto contestaba a las preguntas que, antes del “despertar” crítico, inundaban alegremente los foros del espectáculo público: ¿cómo será la vivienda del futuro, el periódico del futuro, la universidad del futuro, la política del futuro? El enigma se había desvelado: serían, exactamente, las viviendas del pasado (pasarán lustros antes de que nadie construya otras nuevas), los periódicos, la universidad y la política del pasado, puesto que el país se había quedado repentinamente sin porvenir alguno, es decir, serían justamente todo eso de lo que hasta hace poco pensábamos que ya nos habíamos librado como quien consigue erradicar las liendres de su ropa o las cucarachas de su casa. En el fondo, eso les daba la tranquilidad de esas historias en las cuales no hay misterio alguno y todos los personajes saben demasiado bien a lo que se enfrentan, como si todo lo demás —los sueños de riqueza social y las aspiraciones a una democracia de primera— hubiera sido uno de esos espejismos que el desierto engendra y que después disipa.
En total, durante aquellas vacaciones acumularon grandes cantidades de sombra, aunque procuraron hacerlo con una extremada discreción porque sabían que, de divulgarse la noticia, aparecería alguna compañía dispuesta a facturarles también la materia oscura, incluyendo el no menos oscuro déficit tarifario del suministro de tinieblas.
José Luis Pardo es filósofo. Su último libro es El cuerpo sin órganos. Presentación de Gilles Deleuze (Pre-Textos).

viernes, 20 de julio de 2012

PRENSA. "El neorrealismo ha vuelto", por José Luis Pardo

José Luis Pardo

   En "El País":
El neorrealismo ha vuelto

   Los escombros ante los que vagamos hoy, como aquel niño de 'Alemania, año cero', son las urbanizaciones sin compradores, los aeropuertos sin aviones, los trenes sin viajeros, los periódicos sin lectores.

José Luis Pardo 17 FEB 2012    I've tried so not to give in. / I've said to myself this affair never will go so well.

   "Despierta a la realidad", decía una canción de Cole Porter que Frank Sinatra cantó como nadie. Desde hace algún tiempo, también se escuchan en la política de nuestro país invocaciones múltiples al realismo (por eso me atrevo a desafiar al sociólogo de guardia). No deben confundirse tales invocaciones con las que en otro tiempo exhortaban al pragmatismo: el pragmatismo se opone al idealismo, y era, por lo tanto, en boca de los ideólogos, una invitación a desertar de los "ideales" y a apostar por los "resultados" tangibles (electorales, sociales o económicos), como ocurrió con el abandono del marxismo dogmático por parte de las organizaciones socialdemócratas. En las proclamas de realismo que actualmente nos invaden, en cambio, la "realidad" no se opone a los ideales sino a las ilusiones ("Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades"). Ya no se acusa a la izquierda de haber sido "idealista", como en el asunto recién evocado, sino de ser ilusionista. Y aún se escucha, de boca de sus líderes electoralmente contrariados, que sus votantes se encuentran "desilusionados" y que hay que atraerles a las urnas con algún proyecto "ilusionante" (hay que lograr, por así decirlo, que vuelvan a "hacerse ilusiones", aunque sean ópticas): se ve que el Congreso de Sevilla no fue para las ilusiones lo que el de Bad Godesberg para los ideales. Tiempo al tiempo. El idealismo puede llegar a ser criminal (véanse los estragos del dogma comunista); el ilusionismo, por definición, es dispendioso (como saben los productores de Hollywood). Y frente a esta izquierda ilusionista y derrochadora se levanta, erguida y solemne, la derecha realista, que nos anima a atenernos a la cruda verdad de las desinfladas arcas, por amargo que ello resulte.
   Nada se opondría, pues, a etiquetar el realismo así enarbolado en Europa y España como neorrealismo. Y no tanto por su novedad como porque el acelerado ritmo de destrucción de las clases medias que comporta muy bien podría remitirnos a un paisaje que tiene en común con el del Ladrón de bicicletas o Calabuch las ruinas empobrecidas entre las que caminan los personajes pensando en emigrar y sin poder hacer nada para responder a la devastación. Es verdad que los escombros entre cuyos espectros hoy vagamos como aquel niño de Alemania, año cero son las urbanizaciones sin compradores, aeropuertos sin aviones, trenes sin viajeros, periódicos sin lectores, ciudades de la luz, de la imagen, de las artes o de la cultura sin luz, imagen, artes ni cultura, autovías sin automóviles, viviendas sin habitantes, hospitales sin médicos, universidades sin estudiantes y tantos etcéteras; y que no son la consecuencia de los bombardeos aéreos sino de la larguísima confusión de la política -la nacional y la nacionalista- con un juego de poder que no tenía más contenido que su propia perpetuación siempre ampliada y que las agencias de calificación han acabado por poner en su sitio: la falta de argumentación de la que tan sensatamente se quejaba Félix de Azúa ("¿Ha dicho usted ideas políticas?", El País del 7.02.2012) ahora ya no puede disimularse con ilusiones, porque se ha evaporado el principal combustible de todas las fábricas de ilusiones, el dinero, siempre presto a ocupar los espacios vacíos y a trasladarse a otros más prósperos cuando las ganancias empiezan a decaer. Los que abandonaron los ideales tenían tanta prisa por echarse en brazos de las ilusiones que pasaron de largo ante las ideas -que están justamente a medio camino entre los unos y las otras-, y ahora no recuerdan dónde se las dejaron olvidadas. Mientras la escasez de ideas se encubre con la proliferación de ilusiones y ocurrencias, no se percibe hasta qué punto es la primera la que acelera, infla y multiplica las segundas, pero cuando estas últimas se esfuman la sensación de vacío es tan angustiosa como la que padece Monica Vitti en El desierto rojo.
   Es importante, sin embargo, ser ecuánime: pese a la retórica dominante, el ilusionismo de los tiempos precríticos no ha sido patrimonio exclusivo de la izquierda con su "ralentización" y sus "brotes verdes", sino que ha impregnado todos los nichos ideológicos disponibles, desde la creatividad de George Bush Jr. y Donald Rumsfeld con las armas iraquíes de destrucción masiva y la innovadora política exterior de Aznar hasta las imaginativas posiciones de Rodríguez Zapatero ("un hombre que veía la política en imágenes", según sus asesores) o de alguno de sus ministros iluminados sobre la factura de la luz, pasando por las genialidades de comunidades autónomas y ayuntamientos cuyos bonos cotizan hoy a la altura del rescate. Por no hablar del sector privado, cuyos beneficios aerostáticos resultaron ser la cabeza hinchada por la deuda de un gigante cuyos pies estaban hechos del barro de los ladrillos que acabaron hundiendo el zepelín hasta convertirlo en una de esas ingrávidas y gentiles pompas de jabón cantadas por el poeta. Pero es aún más importante depurar la demasiado fácil toma de partido por la realidad frente a la ilusión, no sea que acabemos defendiendo el reality show.
   El realismo que ahora se ensalza, para empezar, no es un realismo político, sino únicamente económico o simplemente contable. Las cuentas deprimidas sólo generan depresión (económica y anímica), pero de ellas no nace ninguna idea política relevante. La creencia en que nos haremos ricos a fuerza de empobrecernos mediante el sacrificio masivo de empleos, salarios, pensiones y servicios no se puede considerar "realismo" (como no sea realismo mágico). Más bien representa un retorno al idealismo dogmático, que siempre sostuvo que el Estado -hasta hace poco llamado "de bienestar"- es una ilusión que sólo se vuelve verosímil si el crédito fluye alegremente, y que cuando no es así el viejo eslogan "Hacienda somos todos" ya sólo puede ser la leyenda de una viñeta de El Roto ilustrada con un sombrío consejo de administración de Standard & Poors. Porque esta es la doctrina que hoy tácitamente comparten la derecha ascética atrincherada en la austeridad milagrosa, la socialdemocracia resignada a esperar dos legislaturas el regreso del lubricante de las ilusiones cómodamente sentada en los bancos de la oposición, y el resucitado izquierdismo populista que proclama en las calles la prescindibilidad de los partidos políticos ("no nos representan"). Si la insostenibilidad del ilusionismo es ahora evidente, también empieza a atisbarse la criminalidad de este nuevo idealismo en las escenas que llegan de Grecia, en la brillante invención de algunas administraciones españolas de castigar a los enfermos rebajándoles el sueldo cuando están de baja médica ("para combatir el despilfarro", dicen los neorrealistas que se disponen a regalar el 60% de su salario a los gorrones que fingen un trastorno para cobrar sin trabajar), o en felices hallazgos como el de llamar "prisión permanente" a la cadena perpetua o el de incluir los primeros auxilios en el temario de la "educación cívico-constitucional" (quizá para preparar a los futuros ciudadanos para una seguridad social reducida a la caridad cristiana como área única). Es como si de nuevo hubiéramos basculado del ilusionismo al dogmatismo saltándonos la estación de las ideas y de la política.
   Y ello nos hace recordar que también se llama "nuevo realismo" al programa neo-dadaísta del inolvidable Yves Klein, un artista que, como le sucede hoy día a casi todo el mundo, prefería la realidad y la ilusión a la representación y que hacía cuadros sin pintura, libros sin palabras o canciones sin música. Su obra más conocida es una expresiva fotografía titulada salto al vacío.
 
   José Luis Pardo es filósofo. Su último libro es El cuerpo sin órganos. Presentación de Gilles Deleuze (Pre-Textos).

miércoles, 1 de febrero de 2012

PRENSA. "Turismo siniestro", por José Luis Pardo

José Luis Pardo

   En "El País":
Turismo siniestro

   La privatización, la despolitización, la miniaturización, la deslocalización, la flexibilización o la impermanencia que definen los nuevos estilos de vida ¿son en verdad procesos ilimitados?

JOSÉ LUIS PARDO 14/01/2012

   Quienes conozcan la obra de Michel Foucault sabrán de la importancia que el pensador atribuía a la llamada penitenciaría del Estado de Pensilvania (Filadelfia), construida en 1829 por el arquitecto John Haviland como paradigma de cárcel moderna, con pretensiones de reforma moral de los reclusos y según un modelo que sería imitado en todo el mundo. Allí se documentaron Dickens o Tocqueville y, entre otros huéspedes ilustres, Al Capone vivió entre sus góticas paredes. Aunque se basaba en el sistema de aislamiento (debido a la creencia en que, obligados a convivir únicamente consigo mismos, los condenados reflexionarían sobre su pecaminoso pasado y se convertirían en honrados feligreses), en lo que hoy queda de ella puede verse aún, algo desvencijada y ruinosa, la en otro tiempo amenazadora torre central que permitía a los centinelas tener bajo vigilancia visual todo el entorno de la prisión: su alargada sombra nos lleva a pensar inmediatamente en el Panóptico, esa invención genial de Jeremy Bentham en la que Foucault vio el emblema de unas sociedades, las modernas, caracterizadas por un ejercicio del poder político apoyado en un análisis sistemático y exhaustivo de los espacios urbanos controlables. Los inabordables muros del edificio y las gruesas paredes de las celdas, con su despiadada rigidez separadora, obedecerían, según Foucault, al mismo principio que durante los siglos XIX y XX, "analizó" el espacio interior de las viviendas populares, creando habitaciones diferenciadas -el cuarto de los niños, la alcoba conyugal, el baño, la cocina, el comedor, la sala de estar- donde hasta entonces no había más que un espacio único en el que coexistían todas las tareas, personas y funciones del hogar. Esta misma maciza solidez analítica habría organizado los demás "espacios" de la ciudad moderna: hospitales, escuelas, fábricas o cuarteles, según un régimen ideal de visibilidad y divisibilidad que garantizaría la eficacia de las operaciones, la claridad y distinción de las instituciones y la sumisión de los individuos a sus leyes.
   Mucho podría decirse, sin duda, de la siempre excesiva distancia que separa los ideales de sus realizaciones, pero quizá sería vano hacerlo ahora, cuando de los unos y de las otras quedan solo los escombros. El caso es que la prisión de Filadelfia, obsoleta entre otras cosas debido a la superpoblación de encarcelados, cerró sus puertas en 1971, como anunciando la llegada de otros tiempos, y hoy es algo parecido a un museo. Si se recorre en un día apropiadamente nublado de noviembre -como yo tuve no sé si la suerte o la desgracia de hacerlo- es posible aún sentir algún escalofrío al pasar por las celdas de castigo, por el corredor de la muerte (la expresión inglesa, Death row -los que hacen cola para ser ejecutados- siempre me ha parecido más precisa y horrible) o por la barbería, pero las húmedas y desconchadas galerías son ahora frecuentadas por unas multitudes bien distintas, las que practican eso que ha dado en llamarse turismo siniestro y que son la otra cara de las que llenan la Capilla Sixtina o el Museo del Louvre; si estas últimas buscan la belleza (o la foto autentificadora que, como decía Walter Benjamin, tritura el aura sagrada que en otros tiempos recubría a las obras de arte multiplicando su imagen y difundiéndola hasta el infinito), es difícil saber lo que buscan las primeras (¿La foto grotesca de la fealdad? ¿El alimento de la buena conciencia diciéndose lo brutales que eran nuestros antepasados frente a nuestro refinado humanismo?). Si uno tiene menos suerte, la visita puede coincidir con alguna instalación artística (pues la vieja cárcel también es una galería de arte: sobre esta curiosa convergencia se puede leer la novela de Fernando Sánchez Pintado Performance, en Ed. Barataria); y, si es Halloween, hay un espectáculo llamado Terror tras los muros que, supongo, hace las delicias de los más jóvenes, habituados a jugar a asustarse como los turistas siniestros y, también como ellos, a convertir el pasado histórico en ocio programado. En cualquier caso, el asunto mueve a preguntarse si hay que ver en un cambio de esta clase -ruina, "cultura" y diversión donde antes hubo disciplina, miedo y poder- un signo sintomático de nuestra época, en la que, como advertían Marx y Engels y hoy remacha el sociólogo Zygmunt Bauman, todo lo sólido se desvanece en el aire, todo lo sagrado se profana y todo lo rígido se derrite, igual que en otro tiempo se fundían las vajillas metálicas del Imperio Austro-Húngaro para alimentar la producción de cañones bélicos, aunque hoy día se trate más bien de los cañones de proyección para ordenadores con Power Point, cuya imagen líquida devora todo lo que alguna vez fue visión o palabra y lo regurgita incansablemente como hacen los monos en el Zoológico con las cortezas que mastican, según la imagen que Josef Winkler suele utilizar para designar el "lenguaje universitario".
   Sería, en verdad, absurdo y miserable experimentar nostalgia ante una modernidad sólida que a menudo se forjó con las cadenas de un infernal encierro, como el que sufrían los reclusos sometidos al aislamiento; pero sería igualmente pretencioso e ingenuo creer, como creen los turistas de lo siniestro, que la levedad y la fluidez de nuestra vida social actual es más civilizada o más humana que la de nuestros padres o abuelos. Los Dickens y los Tocquevilles que hoy están en ciernes, sin duda, ya se deben estar documentando en otras clases de infiernos propios de nuestro tiempo, que ha elevado la comunicación al mismo nivel de superstición salvadora que tuvo ayer el aislamiento (como si las virtudes ciudadanas emanasen de la fibra óptica), y que va poco a poco sustituyendo la antigua vigilancia de los poderes públicos -hoy tan erosionados como la torre de Filadelfia- por la penetración de los privados. Pues si hay una violencia en la "separación" de espacios y habitaciones que constituyen las viviendas, no es menos angustioso el modo como las nuevas casas, las verdaderamente adaptadas a nuestro tiempo, prescinden de paredes, muros y distinciones rígidas, dejando al inquilino en la indefinición de un espacio tan completamente descualificado y abstracto como el dinero en el que se cuenta su valor y, como él, perfectamente intercambiable por cualquier otro espacio. La privatización, la despolitización, la miniaturización, la deslocalización, la flexibilización o la impermanencia que definen los nuevos estilos de vida que se van imponiendo entre la resignación y el entusiasmo, ¿son en verdad procesos ilimitados? ¿Hasta qué punto es posible externalizar los servicios de una empresa o de una familia sin que deje de ser una empresa o una familia? ¿Hasta qué punto se pueden reducir las dimensiones de un empleo sin que deje de ser un empleo? ¿Hasta qué punto puede un Estado ceder su soberanía a terceros sin dejar de ser un Estado soberano? ¿O bien no hay límite alguno, y ni siquiera la injusticia, el sufrimiento o la muerte pueden poner obstáculos a este proceso mundial de fluidificación? Es posible que llegue un día en el que unos grupos de turistas morbosos recorran las ruinas de nuestras ciudades desurbanizadas como hoy recorremos nosotros la penitenciaría de Pennsylvania, sintiendo una mezcla de compasión por quienes vivíamos en ellas y de satisfacción porque ellos ya no tendrán que hacerlo.
   Mientras esperamos ese momento, dejemos que los niños sean los únicos que se crean que el terror está solamente al otro lado del muro, y aprendamos a mirar a nuestra época con más piedad por nuestros semejantes -los que nos acompañan en el viaje sin que quede una isla del diablo en donde depositar a los que sobran-, con menos complacencia antropológica, porque no se trata de adaptarnos a las circunstancias a cualquier precio y de cantar las alabanzas de cada novedad como si fuese una tierra prometida, a veces las circunstancias son inmundas y tenemos el deber de decirlo y de intentar cambiarlas; y con mayor exigencia crítica, con mayor atención a los nuevos miedos y las nuevas penas generadas por la ausencia de rigidez y la flexibilidad. Porque, así como ahora nos parece increíble que se viera en aquellas cárceles decimonónicas un monumento a la virtud, quienes más ridículos resultarán para los futuros turistas de lo siniestro serán los que hoy ven en la fluidez ilimitada la salvación de todos los males, empezando por aquellos que son radicalmente irremediables.

   José Luis Pardo es filósofo. Su último libro es El cuerpo sin órganos. Presentación de Gilles Deleuze (Pre-Textos).

martes, 17 de enero de 2012

PRENSA CULTURAL. "La hipertrofia del presente", por José Luis Pardo

José Luis Pardo

   En "El País":
Las formas y los tiempos de la cultura
La hipertrofia del presente

JOSÉ LUIS PARDO 07/01/2012

   Hablando en términos colectivos, es posible que la más vieja forma de manipulación del pasado consista en su utilización religiosa o ideológica con fines políticos (entendiendo por "fines políticos" el mantenerse o afianzarse en el poder), dado que el relato que se haga de lo sucedido desempeña un papel crucial en la interpretación del presente y en su posible legitimación. Y aunque ha habido muchas otras clases de poetización del pasado con intenciones de autolegitimación, por ejemplo en el campo de la estética (la reconstrucción de la Edad Media durante el romanticismo, sin ir más lejos), también es casi seguro que la última y hoy más corriente de estas manipulaciones es la que tiene objetivos económicos: convertir el pasado no ya en un país extranjero -como sugirió tempranamente David Lowenthal- sino en un parque temático virtual cuyas atracciones son las diferentes épocas (no sólo la antigüedad o el feudalismo, sino los alegres años 20, los oscuros años 30, los dorados 60, los gélidos 80...) y cuyos clientes potenciales son los turistas mediáticos a quienes se les sirve un día tras otro esta mercancía con el prestigio del éxito ya precocinado.
   No en vano escribió el malhumorado Heidegger que la historiografía se estaba convirtiendo, en el siglo XX, en "la ciencia que explota y administra el pasado a beneficio del presente". Y, más cerca de nosotros, el pensador Fredric Jameson considera esta transformación del pasado en una colección de pastiches esclerotizados que se repiten a modo de clichés como uno de los rasgos culturales del capitalismo posmoderno.
   A propósito de la retromanía que inunda la cultura popular en los últimos tiempos, el crítico musical Simon Reynolds ha llegado a considerar esta necrofilia de la historia reciente como un obstáculo objetivo para la creatividad artística. El fenómeno al que así se apunta, no obstante, difiere de las manipulaciones del pasado con fines políticos o económicos, y tiene que ver con el hecho de que las nuevas tecnologías de la comunicación han puesto al alcance de un click toda una serie de sedimentos culturales, el acceso a los cuales comportaba hasta no hace mucho largos protocolos que ahora han quedado cortocircuitados. Es decir, que ahora accedemos al pasado del mismo modo que el forense accede a un cadáver, de manera desnuda, literal e inmediata, pero sin saber absolutamente nada de quién fue en vida el finado que estamos diseccionando en la mesa de mezclas. O, dicho de otra manera, sin considerarlo en absoluto como pasado (pues el pasado no es reproducible tecnológicamente, reside exclusivamente en la memoria y tiene como esencia justamente su irreversibilidad).
   De manera que el problema -el problema que lastra la creatividad de la cultura popular contemporánea- no es tanto la moda de los revivals que Reynolds aborrece, no es la inflación del pasado sino la hipertrofia del presente, un presente que se ha quedado al mismo tiempo sin pasado y sin futuro al sobrepasar todos los límites.
   La comparación del pasado con un país extranjero vuelve a ser aquí fructífera: la posibilidad de obtener fácilmente datos directos y en tiempo real del lugar más alejado y exuberante de la tierra, aunque resulta fascinante y hasta vertiginosa a primera vista, no es finalmente más que algo superficial, puesto que esa velocidad no disminuye nuestra ignorancia del lugar al que hacemos turismo informático, como la fotografía del visitante ocasional no elimina su desconocimiento de lo fotografiado; de igual manera, la disponibilidad técnica del pasado musical o literario no nos dice nada de sus condiciones de gestación, no nos lo muestra como tradición ni nos hace sus herederos, sino que únicamente nos convierte en espectadores complacientes de fetiches infructuosos cuyo retorno periódico y fantasmal celebramos sin producir ninguna novedad. Porque esta total disponibilidad (que el pasado y el futuro ya estén reducidos al presente por la tecnología), si no aumenta nuestro conocimiento, sí que nos hace más ignorantes de nuestra propia ignorancia, pues confundimos la facilidad y el acceso inmediato con el conocimiento o la creación cultural, cuando estos últimos sólo pueden tener lugar allí donde caben la extrañeza y la interrogación, que son los acicates del saber y del hacer creador. Y lo más gracioso es que esto mismo -que sin memoria los archivos están muertos y siempre repiten lo mismo- es justamente lo que decía el Fedro de Platón hace más o menos 2.500 años.

lunes, 19 de diciembre de 2011

PRENSA. "Viejos y nuevos filósofos", por José Luis Pardo

José Luis Pardo

   En "El País":
Viejos y nuevos filósofos

   Los nuevos pensadores comunistas proclaman que el capitalismo financiero es real y la socialdemocracia imposible. De esto también parecen convencidos esos socialdemócratas que se rinden frente a Goldman Sachs.

JOSÉ LUIS PARDO 18/11/2011

   Como dice acertadamente Iván de la Nuez (El comunista manifiesto, EL PAÍS, 11 de noviembre de 2011), parece que asistimos a una resurrección fantasmal del comunismo. Discreta, sin duda, pero pintoresca. ¿Se acuerdan ustedes de aquellos "nuevos filósofos franceses" que en torno a 1977 agitaban el estandarte del anticomunismo (B. H. Lévy, A. Glucksmann, A. Finkielkraut, entre otros)? A casi todo el mundo le resultaban antipáticos, y se admitía en general su mediocridad, su actitud publicitaria y su vanidad. No se les afeaba su condena del Gulag o de la complicidad de los intelectuales de izquierda con el estalinismo, pero se advertía a la legua que sus libros estaban muy lejos de la ambición teórica y de la profundidad de pensamiento que, en el mismo terreno, habían demostrado autores como Raymond Aron o Hannah Arendt: el título de "filósofos" les venía grande, ya que entonces aún no se había forjado el de "intelectuales no melancólicos", sin duda más apropiado a sus pretensiones. El negocio no les ha ido mal; filosofía no han hecho, pero hoy tienen acceso privilegiado al Eliseo y algunos de ellos se desplazan por el mundo en un cómodo jet privado, como Michael Jordan o Madonna (cosa que, obviamente, no escribo con rencor, sino solo con sana envidia).
   Pues el caso es que 30 años después estamos ante un colectivo que constituye en buena medida la imagen inversa y complementaria de aquel, el de los "viejos filósofos franceses": Alain Badiou, Jacques Rancière, quizá Jean-Luc Nancy -aunque este último juega en otra liga-, liderados por el más joven, gritón y agudo de todos ellos, Slavoj Zizek, extraño caso de "filósofo francés" nacido por error en Liubliana bajo el régimen del mariscal Tito, régimen que según Zizek no debemos calificar como "totalitario" (¡qué casualidad, igual que le pasa al de Franco según los historiadores más académicos de nuestro país!), porque esa es una etiqueta ideológica inventada por la propaganda anticomunista, y todos ellos enarbolan la bandera del comunismo. Aunque solo sea por su edad (los tres primeros mencionados están en su séptima década), su bagaje teórico es muy superior al que tenían los "nuevos filósofos" cuando emergieron: Badiou ha escrito graves tratados de ontología matemática, Rancière es historiador de la clase obrera y Nancy un erudito historiador de la filosofía. Si no habían conseguido descollar antes era por la sombra que les hacían algunos gigantes próximos -Deleuze para Badiou, Althusser para Rancière, Derrida para Nancy-, de tal modo que una vez desaparecidas esas figuras ellos han aligerado aquel pesado equipaje teórico (incluido el marxismo más "pesado") igual que un globo aerostático abandona parte de su lastre para poder elevarse, pues tampoco quieren ser intelectuales melancólicos: Badiou sustituye las ecuaciones por himnos corales, Rancière cambia la historia por el panfleto de gran estilo, Nancy ha pasado de la erudición al aforismo poético, y los últimos libros de Zizek son más bien compilaciones fragmentarias, rapidísimas y diversas sobre temas variados sin demasiada ilación argumental, agradable e inteligentemente sazonadas con lúcidos comentarios cinematográficos y chistes siempre oportunos. Y, a diferencia de sus precedentes de derechas, estos le caen bien a todo el mundo.
   Los "nuevos filósofos franceses" -que ahora están ya muy envejecidos bajo sus trajes de Armani- viajan en el avión de Sarkozy, pero necesariamente a regiones devastadas o conflictivas (Glucksman a Chechenia, Lévy a Libia, Finkielkraut a Serbia y los tres juntos a Irak), como fantasmas ellos también de un liberalismo que en aquellos pagos es, me temo, recibido con frialdad. En cambio, los "viejos filósofos" comunistas han rejuvenecido desde sus avanzadas edades: no visten ni viajan con mucho lujo, pero es por la misma razón que los dirigentes sindicales no vuelan en primera clase, es decir, no porque su estatus no se lo permita sobradamente, sino porque han de cultivar su imagen pública y cuidar coquetamente cierto desaliño indumentario que, por otra parte, incrementa su aire juvenil. Las fulminantes apariciones del fantasma comunista les llevan a reuniones informales, algo cutres a menudo, a veces al aire libre, pero siempre en los centros neurálgicos del planeta (Wall Street, la Documenta de Kassel, Wikileaks, Princeton, Brasil, China o los grandes festivales artístico-culturales del mundo), en olor de unas multitudes que les aclaman y redifunden ilimitadamente su palabra a través de YouTube y las redes sociales -que, según dicen, son el futuro y la bomba-. Su líder se codea con Julian Assange y con Lady Gaga -lo último de lo último y lo más de lo más respectivamente cada uno en lo suyo, por lo que he leído- y, aunque todavía no tiene el 'Príncipe de Asturias' (está en ello), ya se ha llevado a casa el mismo prestigioso galardón que la Junta de Castilla y León ha otorgado a Julián Marías y a la autora de Leer 'Lolita' en Teherán (cosa que también digo, como es evidente, con admiración y manifiesta pelusa).
   ¿Y cómo se puede ser comunista y sin embargo tan simpático?, se preguntarán ustedes. El truco principal consiste en que su comunismo no es de este mundo; no solo corren un tupido velo sobre su pasado, sino que se desmarcan de todo lo que el comunismo ha sido realmente: la Unión Soviética, el Gulag o la Revolución Cultural de Mao, liberándose así de cualquier contaminación con el bárbaro lodazal de la historia; reclaman, sin embargo, su derecho a conservar con orgullo las insignias de Lenin, de Che Guevara o de Pol Pot, nombres que para ellos no remiten a los comunistas así llamados en este mundo, sino a otros, del otro mundo posible, igual de famosos y heroicos pero convenientemente expurgados de sus crímenes y terrores y convertidos en emblemas de una Ética superior de valores eternos situada no solo más allá del capitalismo, sino también de la democracia formal y del Estado de bienestar, a los que consideran perversos, corrompidos e irreversiblemente fracasados. Y como este comunismo ideal carece de doctrina y de programa (no es más que una apelación a la solidaridad humana y a lo que tenemos en común), ¿quién podría temerlo o refutarlo?
   Pero no por ello es del todo inane. Dejando aparte que estos "viejos filósofos" cometen el mismo delito especulativo en el que han incurrido todos los teólogos -exonerar a Dios o a la Idea y cargar las culpas sobre las flaquezas de los miserables mortales que sacrificaron su vida, su felicidad y su virtud en nombre de ese Dios o de esa Idea, cuando son estos últimos los verdaderos culpables-, el efecto práctico de sus arengas solo puede ser una contribución a la globalización de la resignación política: nos enseñan que el capitalismo financiero es real y que el comunismo fantástico es posible, pero sobre todo -y por eso caen tan bien a casi todo el mundo- que la socialdemocracia es imposible (y con ella el Estado de derecho y la ciudadanía), algo sobre lo que parece existir gran consenso y que constituye un alivio para los proyectos de la derecha en el mundo entero, y algo de lo que parecen convencidos incluso los socialdemócratas, dispuestos a admitir su obsolescencia frente a los tecnócratas de Goldman Sachs.
   Plantear las alternativas políticas del futuro en los términos "capitalismo / comunismo" (como era la pretensión propagandística de la Internacional estalinista), aunque se trate de un capitalismo de ficciones y de un comunismo de salones, expresa bien la situación política actual -la falta de alternativas- pero resulta equívoco si se olvida que ni el capitalismo ni el comunismo (no al menos el de los "viejos filósofos") son regímenes políticos, por muy real que sea el uno y por muy eterno que sea el otro. Es, en efecto, siniestro tener que pensar el futuro como una opción entre los brokers de la Bolsa de Nueva York y los brokers de las tiendas de campaña que ocupan la acera de enfrente. Pero lo es sobre todo porque solo en algún lugar situado entremedias de ambas aceras -ese lugar que ahora parece haber sido arrollado por el tráfico- tenía sentido lo que hasta ahora habíamos llamado "política". Y para eso, honradamente, no creo que ni los de una acera ni los de la otra, ni los viejos filósofos ni los nuevos, tengan alternativas.

   José Luis Pardo es filósofo.