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miércoles, 16 de diciembre de 2015

HISTORIA. Entrevista al historiador británico Anthony Pagden

 
Anthony Pagden

En "Babelia" (15-I-2011):

Una guerra sin fin

El historiador Anthony Pagden da las claves de 2.500 años de encuentros y desencuentros entre Oriente y Occidente

Cuando se cumplen diez años del 11-S, el historiador británico Anthony Pagden ilumina los orígenes y las claves de la confrontación entre Oriente y Occidente. Habla de su libro, Mundos en guerra, traza un mapa de la situación actual y asegura que parte de la clave para alcanzar la reconciliación y el entendimiento está en la secularización.
Todo empezó con un rapto, el de Helena, esposa del rey espartano Menelao, por parte de un lechuguino troyano, Paris. La famosa guerra de Troya que libraron "los aqueos, griegos del noreste del Peloponeso, y los troyanos, un pueblo casi mítico de Asia menor", es para Anthony Pagden, autor de Mundos en guerra (RBA), el inicio de la "enemistad perpetua" -como la llamó Herodoto- entre Oriente y Occidente. Con un buen ritmo narrativo, mezclando mitología, hechos y anécdotas, Pagden navega por los océanos del tiempo desde las Guerras Médicas, la invasión de Alejandro, la conquista de Roma y la entrada del sultán Mehmet II a Constantinopla hasta la expedición de Napoleón a Egipto -un intento de imponer la civilización occidental sin conquista y el origen de muchos conflictos posteriores-, la colonización europea, la caída del imperio otomano, las dos guerras mundiales, y el nacimiento del radicalismo musulmán. Nada menos que 2.500 años de historia que llegan justo a tiempo para echar luz sobre un episodio tan trágico como fue el 11-S en el décimo aniversario.

"La idea del Occidente de democracia liberal, tolerancia, igualdad y libertad está en declive"
El profesor británico de historia y ciencias políticas de la Universidad de California (UCLA) mejora el estilo de su trabajo Peoples and Empires (Modern Library Chronicles, 2001), que en menos de 200 páginas recorre y analiza el auge, caída y herencia de los imperios europeos. Mundos en guerra2.500 años de conflictos entre Oriente y Occidente es dos veces más extenso, pero se disfruta dos veces más. El ensayo-novela de Pagden es sumamente útil como texto de divulgación general y no pretende competir con obras reconocidas como la Historia de los árabes (1991) del británico de origen libanés Albert Hourani. El libro juega en otra liga, la que intenta acercar la historia universal a la mayor cantidad de lectores posible. Pagden, que se confiesa partidario del Estado secular, busca con la misma franqueza analizar y explicar la batalla entre los valores de la Ilustración y la religión.
Una advertencia: para el autor, los países de Occidente y los de Oriente Próximo, como los griegos y los persas en la antigüedad, están avocados a una difícil coexistencia dado que el concepto de ciudadanía en ambos mundos es diametralmente opuesto. Esta entrevista, hecha a medias por correo electrónico y por teléfono entre Madrid y Los Ángeles, se produjo entre los días del brutal atentado contra una iglesia copta en Egipto y el asesinato del gobernador paquistaní de Punyab por su oposición a la ley de blasfemia impulsada por el islamismo radical.
PREGUNTA. Dice en el prefacio que la idea le surgió después de que su esposa observara una foto de unos musulmanes iraníes rezando, que imagino reflejaba su sumisión a Dios. ¿Es esta clase de foto la que mejor representa el significado del islam?
RESPUESTA. Me temo que sí. La imagen era precisamente de sumisión. El argumento fundamental de mi libro no es, como algunos dan por sentado, un ataque al islam como tal, ni siquiera un ataque a la religión, aunque me disgustan profundamente las religiones monoteístas de cualquier tipo, ya sea musulmana, cristiana o judaica. El argumento era que lo que ha distinguido a "Occidente" de "Oriente" desde la Antigüedad hasta el primer tramo del siglo XX, es, en términos generales, una división entre esas sociedades donde la religión desempeña un papel reducido o nulo en la vida civil, donde la ley se concibe fundamentalmente como un objeto humano y, por tanto, está expuesta al cambio y la interpretación, y aquellas -el islam en particular- en las que no existe distinción alguna entre sociedad civil y religión y la ley se basa en los dictados de un dios. Puesto que el dios de todos los grandes monoteísmos solo ha hablado una vez a cada grupo -a Moisés, a Cristo o a Mahoma- y eso sucedió hace mucho tiempo, sus leyes son, en el mejor de los casos, extrañas y desfasadas. Lo que esa fotografía parece captar es esa obediencia que se espera que todos los musulmanes verdaderos muestren ante las palabras del dios como la base de toda vida humana, civil y religiosa. Por supuesto, es una visión monolítica de las realidades de la vida que se da en muchos estados musulmanes actuales, como digo en el último capítulo del libro, pero eso no era lo que me interesaba al principio. Lo que me interesaba era precisamente cómo había evolucionado una imagen particular de Oriente en la mente occidental desde la Antigüedad.
P. ¿Cree que la idea del islam como un movimiento libertario más que como una religión podría seducir a los musulmanes más moderados para que se unan a la lucha contra Occidente?
R. Sí. Los indicios apuntan claramente a que muchos se han visto arrastrados al islam radical, al igual que los jóvenes furiosos y marginados de Europa se vieron atraídos en los años sesenta y setenta por el marxismo, no tanto por su contenido, sobre el que sabían muy poco, al igual que la mayoría de los yihadistas musulmanes parecen conocer muy poco sobre el islam, sino porque ofrecía un medio sencillo y violento para atacar a quienes consideraban por varias razones responsables de sus penurias. Gilles Keppel, el erudito islámico de origen francés, afirma con rotundidad que Al Qaeda se parece más a las Brigadas Rojas italianas o la Baader-Meinhof alemana que a una cruzada religiosa. Y, por supuesto, como ocurría con las Brigadas Rojas y la Baader Meinhof, los yihadistas islámicos son una minoría pequeña aunque muy peligrosa cuyas creencias no reflejan las de la mayoría de los musulmanes, ya sean moderados o de otra índole.
P. ¿Debería Occidente dejar de intentar imponer la democracia liberal en Oriente?
R. En este momento, Occidente (es decir, Estados Unidos y unos pocos aliados reacios) solo intenta, al menos mediante una acción directa, imponer la "democracia liberal" en dos regiones de Oriente Próximo: Afganistán e Irak. En ninguno de esos tienen una mínima posibilidad de éxito. Los afganos derrotaron a británicos y soviéticos y sin duda derrotarán a los estadounidenses. Para mí, existe un fallo fundamental en el razonamiento que subyace tras gran parte de la política exterior estadounidense (y, por desgracia, incluso en la de su presidente Barack Obama): que mientras un país sea estable e interese a Estados Unidos, su forma de gobierno no constituye un problema. Aunque sea inestable, mientras se encuentre lejos de la costa estadounidense y no suponga una amenaza para sus intereses, puede ser acosado diplomáticamente, pero por lo demás se le deja en paz. No se ha producido una intervención estadounidense en Zimbabue y es poco probable que la haya en Costa de Marfil. Sin embargo, una vez que la inestabilidad de un Estado amenaza a Estados Unidos o sus aliados, la manera de lidiar con ello es "un cambio de régimen", instaurando la democracia por la fuerza, y una vez que se ha logrado (y esto generalmente significa, como ha ocurrido en Afganistán e Irak, unas elecciones amañadas) retirarse lo antes posible, dejando a menudo a varias empresas turbias como Halliburton para que cosechen los considerables beneficios que genera la "reconstrucción". En Afganistán esto está conduciendo a otro Vietnam; en Irak, probablemente se convierta en una guerra civil a gran escala, cuyos vencedores serán los chiíes, que luego formarán una teocracia como la de Irán. La suposición es que la democracia liberal es la forma predilecta de gobierno de todos los pueblos; que es, en la práctica, algo innato y que "imponerlo" solo significa eliminar los impedimentos que se han situado en su camino.
Asimismo, lo que nunca ha llegado a entender Estados Unidos es que, en muchos lugares, unos comicios pueden provocar la elección de un gobierno que sea cualquier cosa menos liberal o demócrata. Países como Egipto y Argelia no celebran elecciones porque, como ha demostrado sobradamente el ejemplo argelino, los ganadores con toda probabilidad no serían demócratas laicos y moderados occidentales, sino algún grupo musulmán extremista. Pero el motivo principal de enojo para los musulmanes y, por tanto, el máximo atractivo del islam radical, es el Estado de Israel. Hablando claro, los musulmanes odian a Estados Unidos porque Estados Unidos -y, por extensión, todo el mundo occidental no musulmán- está considerado, equivocadamente, un amigo incondicional de Israel. Hasta que se ofrezca alguna solución a ese conflicto, los radicales musulmanes seguirán atacando lo que ellos perciben como Occidente. Creo que, por ejemplo, a quienes colocaron las bombas en Madrid y Londres no les importa en absoluto el destino de los palestinos. Pero la lucha entre Palestina e Israel es un pretexto para dar rienda suelta a sus frustraciones contenidas por sentirse pobres y marginados en una cultura que les es ajena.
P. ¿Dónde están los límites de Oriente y Occidente? ¿Por dónde discurrirán las fronteras en el futuro? ¿Cómo podemos vivir juntos en un mundo globalizado y, al mismo tiempo, trazar una línea de respeto entre los Estados laicos y los religiosos?
R. En el libro intento explicar que la demarcación entre Oriente y Occidente, si bien siempre ha tenido una forma geográfica (no muy precisa) es, a efectos prácticos, fruto de la imaginación occidental. Así que mi respuesta es que no existe frontera. La verdadera lucha es la que se libra entre la forma de pensar de los grupos religiosos del tipo que sean -en este momento, los musulmanes son los más alarmantes y peligrosos, pero puede que existan otros en el futuro- y el pensamiento del Occidente liberal laico. Es muy posible trazar lo que usted denomina una "línea respetuosa" entre Estados laicos y religiosos. Estados Unidos está encantado de hacer negocios con Arabia Saudí, el país árabe más agresivamente fundamentalista. De hecho, George Bush, que también es un fundamentalista, sin duda tenía más en común con los saudíes que, por ejemplo, con Zapatero, el presidente español.
La hostilidad de Estados Unidos hacia Irán, como ha reiterado Obama, y como Bush hizo antes que él, no tiene nada que ver con la división entre laicismo y religión, sino que obedece a la agresión abierta de Irán contra Israel y su aparente determinación de desarrollar armas nucleares. Ahora el problema es dónde y cómo trazar la línea en Londres, Madrid o París. Porque, aunque los Estados laicos y religiosos sean capaces de mantener unas relaciones respetuosas entre sí, los individuos dentro de ese mismo Estado no pueden. No pueden porque muchos musulmanes de Europa han insistido en que deberían tener derecho a hacerlo; afirman ser ciudadanos de España, pero también insisten, por ejemplo, en que tienen el derecho divino de decidir con quién debe casarse su hija, negarle una educación o, en los casos más extremos, matarla si al desafiarlos ha "deshonrado" supuestamente a su familia. En Occidente, la religión es una cuestión privada y no pública. Y el problema con el islam, a diferencia, por ejemplo, del hinduismo, el budismo o incluso el judaísmo, es que no reconoce que el Estado puramente laico tenga derecho a existir, y mucho menos dictar cómo deben vivir su vida los musulmanes.
P. ¿La preponderancia de Occidente o la idea de que Occidente se impondrá como civilización universal está en declive?
R. Sí y no. Pero en realidad depende del significado que otorgue al término Occidente. Si equivale a un mundo basado en el Estado de derecho laico, en un Gobierno participativo en términos generales (aunque no una democracia liberal como nosotros la entendemos), en la creencia en el progreso tecnológico y la búsqueda de riqueza, todo apunta a que lo que ha dado en llamarse "Euroasia" sigue dominando y seguirá dominando el mundo durante un tiempo. Si, por el contrario, "civilización occidental" equivale a algo parecido a una democracia liberal que no es simplemente una sociedad laica gobernada por la ley, sino gobernada en gran medida por la mayoría de sus ciudadanos y regida por los intereses de estos; que sostiene que el Estado tiene la obligación de mantener a sus miembros más pobres; que ningún ciudadano debe morir porque no pueda permitirse una atención sanitaria adecuada; que debe existir igualdad entre sexos y las diversas razas de las que está compuesta la sociedad; que la religión, aunque nunca debe ser impuesta, ha de ser tolerada en todo momento, al igual que las preferencias sexuales, la libertad de expresión, etcétera, etcétera; si se refiere a eso, entonces, por desgracia, la idea de que esa civilización se impondrá fuera de Occidente fue abandonada hace mucho, pero cada vez se ve sometida a más ataques dentro del propio Occidente.
P. Tras leer su libro, resulta difícil no recordar la teoría del choque de civilizaciones de Samuel Huntington. ¿Cree sinceramente que se impondrá el radicalismo porque la idea de moderación solo impera en el bando occidental?
R. No. Lo que yo he dicho es que para los musulmanes radicales, la moderación y la tolerancia -eso no conlleva la suposición de que cualquier forma de pensamiento o creencia sea acertada en ningún sentido, sino la voluntad de aceptar y vivir con quienes sabemos que están equivocados o engañados- son una virtud laica de Occidente, como también lo es para los fundamentalistas y literalistas de cualquier clase. Pero esto no significa que todos los musulmanes comulguen con esa idea. Y aunque lo hicieran, no están necesariamente obligados a hacer algo al respecto. Un radical que no ejerce su radicalismo no constituye una amenaza para nadie. Así que una alianza de civilizaciones es perfectamente posible.
P. El fundamentalismo musulmán ha crecido en Oriente Próximo, pero el radicalismo cristiano también es un fenómeno creciente en Estados Unidos. ¿Cree que el auge del radicalismo cristiano, vinculado al ala más dura del Partido Republicano y con capacidad para influir en la política estadounidense, es una amenaza tan a tener en cuenta como el integrismo?
R. No. Más de la mitad de la población de Estados Unidos cree en algún tipo de dios y un número importante incluso afirma creer en ángeles y demonios. El país está inundado de sensibleras historias sobre el más allá, la intervención divina y cosas por el estilo. La mayoría de las personas que se tragan esas historias son pobres e ignorantes, pero un número alarmante no lo es. Los fundamentalistas cristianos ejercen una influencia política considerable sobre la derecha porque pueden proporcionar votos. Pero en su mayoría están obsesionados con cuestiones sexuales -sobre todo los derechos de los homosexuales y el aborto- y nunca han ejercido mucha influencia en alguna política real que no esté asociada con estos asuntos. La única excepción notable era la cuestión de la investigación con células madre. Pero la prohibición no sobrevivió a la desaparición de la administración de Bush.
Aun así, el auge de la sinrazón, con independencia de la forma que adopte, desde luego es preocupante. Si en los 60, cuando yo era estudiante, alguien me hubiera dicho que apenas 40 años después la religión sería crucial de la política internacional y nacional lo habría tomado por loco. Así pues, ¿quién sabe qué horrores nos depara el futuro? El candidato más probable del Partido Republicano para las presidenciales de 2012 es un hombre que, si es fiel a las doctrinas fundamentales de su iglesia, no solo cree que existe un dios, sino que ese dios es un hombre que en su día vivió en otro planeta, que puedes bautizar a toda la humanidad, a todos los seres que han vivido alguna vez, con carácter retroactivo, que las ideas vienen dictadas por los sentimientos, que nadie debería leer nada que no haya sido autorizado por su iglesia, y así sucesivamente. [Pagden se refiere al mormón Mitt Romney].
P. ¿Por qué decidió excluir del libro a China, Japón y en buena parte a India?
R. Mi historia se centra en el conflicto entre Occidente y Oriente, y cómo en términos generales se ha concebido desde la Antigüedad. China no ha participado en este. Hasta el siglo XVIII, lo que ahora se conoce como Extremo Oriente apenas existía en la imaginación europea. Es cierto que, para Montesquieu, China era el principal ejemplo de "despotismo oriental". Otros, como por ejemplo el filósofo alemán Leibniz, aunque creía que China estaba atrasada en el plano científico, la ensalzaban como un modelo de rectitud moral, superior a cualquier cosa que se encontrara en la Europa cristiana. Occidente no se enfrentó a China o ningún otro país de Extremo Oriente hasta las Guerras del Opio del siglo XIX, y estas fueron comerciales y no ideológicas. El caso de India es bastante más complejo. Sin embargo, aunque los británicos y franceses libraron guerras prolongadas en India y por supuesto Gran Bretaña llegó a dominar todo el continente, tampoco fueron guerras motivadas o mantenidas por un sentimiento profundo de antagonismo cultural. De hecho, como intento explicar en el libro, existió un poderoso movimiento de erudición -que ha continuado hasta nuestros días- que veía a India como el hogar de todos los pueblos indoeuropeos y, por tanto, como el origen de toda la civilización occidental, y consideraba la aldea india el único ejemplo superviviente de la polis griega original.

domingo, 1 de marzo de 2015

PRENSA. "El mejor de los mundos posibles"

   En "El País":

El mejor de los mundos posibles

Los medios de comunicación nos sirven tragedias a diario. Sin embargo, los datos refutan el catastrofismo. En el mundo actual hay menos guerras, menos pobres y menos hambre


ILUSTRACIÓN DE MAX
Proclamar, en plena era del ébola, del Estado Islámico y de los tambores de Guerra Fría en Ucrania, que el mundo no va tan mal y que, si lo parece, se debe a la lente deformante de los medios de comunicación y de las redes sociales, puede parecer una insensatez o una provocación.
Esto hizo a finales del verano el presidente de Estados Unidos, Barack Obama. En una charla con donantes de su partido, el demócrata, en una residencia privada en las afueras de Nueva York, Obama intentó contrarrestar la impresión de que se encontraba desbordado por una sucesión de crisis mundiales fuera de control. Las comparaciones con el verano de 1914, cuando dos disparos en Sarajevo desencadenaron, para sorpresa de las capitales mundiales, la I Guerra Mundial, llevaban semanas siendo motivo de columnas y debates en Washington.
“Si ves los telediarios de la noche, te da la sensación de que el mundo se derrumba”, dijo el presidente en Nueva York. “Y la verdad es que el mundo siempre ha sido un lío”, añadió después de repasar los conflictos del verano de 2014. “En parte, nos damos cuenta ahora debido a los medios sociales y a nuestra capacidad para ver, en los detalles más íntimos, las adversidades que la gente sufre”.
¿Qué hacía el presidente minimizando este tiempo de guerras y decapitaciones? ¿Por qué culpaba al mensajero? “¿Es la III Guerra Mundial? ¿O sólo Twitter?”, tituló una de sus ácidas columnas Maureen Dowd, de The New York Times.

La guerra del Yom Kipur dejó 12.000 muertos, seis veces más que el conflicto de este verano entre Israel y Palestina
Más allá de la controversia, efímera como corresponde al ritmo de las redes sociales que señalaba el presidente de EE UU, sus palabras incidieron en un debate de fondo sobre nuestra época. ¿Se asoma el mundo a otro abismo, a otro 1914? ¿O vivimos, como sostenía el personaje de Voltaire, en el mejor de los mundos posibles? ¿Es posible que la respuesta no sea ni lo uno ni lo otro? ¿Que, como describía el célebre párrafo inicial de la Historia de dos ciudades de Dickens, refiriéndose a las vísperas de la Revolución Francesa, este sea el mejor de los tiempos y el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura, la época de las creencias y de la incredulidad, la era de la luz y de las tinieblas, la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación? 
De la respuesta a estas preguntas dependerá cómo nos enfrentemos al mundo. Un mal diagnóstico puede llevar a políticas erróneas que agraven las crisis que debían resolver. Lo explica David Rothkopf en su último libro, National insecurity: american leadership in the age of fear (Inseguridad nacional: el liderazgo americano en la edad del miedo).
“Durante más de una década, América vio amenazas por doquier”, escribe Rothkopf, editor del Grupo Foreign Policy. “Aceptamos la idea perniciosa, arraigada en nuestra psique nacional por los ataques al World Trade Center y al Pentágono [el 11 de septiembre de 2001], de que, si un puñado de hombres, no asociados con ninguna nación, podía sembrar un tipo de caos y destrucción que escapaba a las capacidades de grandes enemigos tradicionales, entonces estábamos en una era nueva y más peligrosa”. Un diagnóstico poco afinado provocó una reacción poco afinada. El miedo nubló el criterio de la primera potencia mundial.

Obama:

“En todo el mundo, hay señales de progreso. La sombra de la Guerra Mundial que existía en la fundación de esta institución ha desaparecido; la posibilidad de un conflicto armado entre grandes potencias se ha reducido. El número de Estados se ha triplicado y más personas viven bajo el mandato de Gobiernos elegidos. Centenares de millones de seres humanos se han liberado de la cárcel de la pobreza. La proporción de personas que viven en la pobreza extrema se ha reducido a la mitad. Y la economía mundial sigue reforzándose después de la peor crisis financiera de nuestras vidas. Hoy, ya sea en Nueva York o en el pueblo de mi abuela a más de 300 kilómetros de Nairobi, hay más información disponible que en las mayores bibliotecas del mundo. Juntos, hemos aprendido a curar enfermedades, a dominar el poder del viento y el sol. La mera existencia de esta institución es un logro único: personas de todo el mundo comprometidas a discutir sus diferencias de manera pacífica y resolver juntos sus problemas. Con frecuencia les digo a los jóvenes en Estados Unidos que este es el mejor momento de la historia humana para nacer, pues tienes más probabilidades que nunca de saber leer y escribir, de estar sano y de ser libre de perseguir tus sueños”.
Si el mundo es cada vez más violento, la posibilidad de un atentado es inminente, los virus circulan descontrolados, los hielos se derriten y el nivel del mar crece, y la pobreza avanza sin freno, entonces urge un cambio en las políticas de las democracias. Significa que las cosas se están haciendo mal. La ventaja de esta percepción es que nos mantiene en alerta. Como dijo en una entrevista George Friedman, presidente de la empresa de análisis Stratfor, una de las fortalezas de Estados Unidos es que “nunca se fía de su buena fortuna: siempre teme que haya un peligro agazapado que lo destruirá todo”.
Pero si, al contrario, el mundo progresa —si cada vez hay menos pobres, menos hambruna, menos analfabetismo, menos homicidios, menos guerras, menos dictaduras—, no existen motivos para un viraje drástico. El riesgo, entonces, es la complacencia. Creerse, como muchos europeos en la primavera de 1914, que la guerra es improbable y la paz es un estado natural.
“Con frecuencia digo a los jóvenes en Estados Unidos que este es el mejor momento de la historia humana para nacer, pues tienes más posibilidades que nunca de saber leer y escribir, de estar sano y de ser libre de perseguir tus sueños”, dijo Obama en septiembre, en su discurso en la Asamblea General de la ONU.
En el mismo foro, el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, dijo: “Este año, el horizonte de la esperanza se ha oscurecido”. Y añadió: “Ha sido un año terrible para los principios consagrados en la Carta de Naciones Unidas. Desde las bombas a las decapitaciones, desde las hambrunas de civiles deliberadas al asalto a hospitales, refugios de la ONU y convoyes de ayuda, los derechos humanos y el estado de derecho están asediados”.
¿El mejor de los tiempos? ¿O el peor? “Obama tiene razón”, responde en un correo electrónico Steven Pinker, psicólogo experimental en la Universidad de Harvard y autor de Los ángeles que llevamos dentro (Paidos Nature), un libro que, en 700 páginas y con un despliegue abrumador de gráficos y estadísticas, intenta demostrar que la violencia ha decrecido y que, efectivamente, el planeta Tierra jamás había sido un lugar tan acogedor como ahora. “Lo crean o no —y sé que la mayoría de personas no lo creen— la violencia ha declinado durante largos periodos de tiempo, y es posible que hoy vivamos en la era más pacífica de la existencia de nuestra especie”, comienza el libro.
Los ángeles que llevamos dentro se publicó en 2011, pero Pinker insiste en que, pese al fracaso de las primaveras árabes o pese la guerra en Siria e Irak, la tesis mantiene la validez. Pinker admite que, comparado con 2012, en 2013 las guerras aumentaron, en gran parte debido a Siria que, según algunas estimaciones, ha dejado más de 200.000 muertos.

Tendemos a fijarnos más en las malas noticias. Nos duele más perder 10 euros que ganarlos
“Pero el número total de muertes sigue siendo muy inferior al de los años sesenta, setenta y ochenta, cuando el mundo era un lugar mucho más peligroso”, ha escrito en un artículo que actualiza en 2014 algunos datos del libro. No solo hay menos conflictos armados: son menos dañinos. Pinker alude a la guerra del Yom Kippur entre Israel y una coalición árabe que duró 20 días en 1973 y dejó unos 12.000 muertos, seis veces más que el conflicto de este verano entre Israel y los palestinos de la franja de Gaza.
A principios de los años noventa, cuando acabó la Guerra Fría, había en el mundo 50 “conflictos armados basados en Estados”, un término que Pinker define como aquellas situaciones de violencia organizada en las que participa un Gobierno y en las que mueren un mínimo de 25 personas al año. En 2013 hubo 33 conflictos de este tipo, según la información que Pinker extrae del Programa de Datos sobre Conflictos de Uppsala. La definición de guerra es precisa: se trata de conflictos con más de mil muertos anuales. De acuerdo con esta definición, al final de la Guerra Fría había 15 guerras; en 2013 había siete.
En un acto reciente en Washington, organizado por el laboratorio de ideas Cato Institute, Pinker expuso las razones psicológicas que explican que sus ideas —o las de Obama— topen con la incredulidad. Somos pesimistas porque tendemos a fijarnos en las malas noticias. Lo negativo pesa más que lo positivo. Nos duele más perder 10 euros que ganarlos. Pinker lo ilustró con una frase atribuida al tenista Jimmy Connors: “Odio más perder de lo que me gusta ganar”. Otra razón para el pesimismo es lo que Pinker llama “la ilusión de los buenos viejos tiempos”. “La gente confunde los cambios en sus vidas [de la infancia a la edad adulta y la vejez] con los cambios en el mundo”. La tendencia a creer que aquello que es más memorable es más probable —los accidentes de avión o los atentados terroristas, ambos infrecuentes— ayuda a explicar la prevalencia de una visión sombría.
Pinker, como Obama, apunta a los medios de comunicación. “El problema básico es que el periodismo es una manera de entender el mundo que de manera sistemática lleva a la confusión”, ha escrito. “Las noticias tratan de cosas que ocurren, no de cosas que no ocurren. Nunca ves a un reportero en directo desde las calles de Angola, Sri Lanka o Vietnam diciendo: ‘Estoy aquí informando de una guerra que hoy no ha estallado”.
El terrorismo, según Pinker, evidencia la simbiosis entre los medios de comunicación y la violencia, porque es la táctica que permite hacer el máximo de ruido con el mínimo de violencia. La proporción de muertos por terrorismo en el mundo es “trivial”, dijo. Los atentados de 2001, los mayores de la historia, son ruido en comparación con las estadísticas de homicidios o las guerras civiles, añadió. En 2013 murieron en Estados Unidos seis personas por terrorismo: menos de los que mueren al año porque les cae un mueble o un electrodomésticos encima, cerca de 30 al año, según datos citados por la publicación Vox.com. Y, sin embargo, como explica Rothkopf, 13 años después del 11-S, el terrorismo condiciona la política exterior de Estados Unidos.

Ban Ki-Moon:

 “Este año, el horizonte de la esperanza se ha oscurecido. Los actos indecibles y las muertes de inocentes nos encogen el corazón. Los fantasmas de la guerra fría han regresado para perseguirnos. Hemos visto cómo la primavera árabe degeneraba en gran parte.
Nunca desde el final de la Segunda Guerra Mundial había habido tantos refugiados, personas desplazadas y en busca de asilo. Nunca antes las Naciones Unidas habían recibido tantas peticiones de ayuda alimentaria de emergencia y otros suministros para salvar vidas.
La diplomacia está a la defensiva, socavada por quienes creen en la violencia. La diversidad se encuentra asediada por extremistas que insisten en que su vía es la única vía. El desarme se ve como un sueño distante.
Mientras las crisis de amontonan y las enfermedades se extienden, parece que el mundo se derrumba. Pero el liderazgo consiste precisamente en encontrar las semillas de esperanza y cultivarlas para que crezcan.
Ha sido un año terrible para los principios consagrados en la Carta de las Naciones Unidas”. 
Las visiones luminosas tienen detractores. No solo en lo que atañe a la violencia. Sí, el número de personas que pasa hambre no ha dejado de bajar en las últimas décadas, según los datos de la FAO (la Organización de la ONU para la Alimentación y la Agricultura). Pero autores como Martín Caparrós, que ha publicado el ensayo El hambrecuestionan el rigor de los datos, y uno de cada nueve habitantes del planeta —más de 800 millones de personas— sigue pasando hambre. Sí, la pobreza extrema se ha reducido en las últimas tres décadas, pero en las economías desarrolladas las desigualdades se agravan y la última recesión erosiona a las clases medias y las sitúa ante la perspectiva de que la generación de los hijos no disfrute de las oportunidades que tuvieron los padres. Y aunque en 2013 el número de democracias creció hasta 122, según Freedom House, esta organización constató que el retroceso de las libertades y los derechos humanos supera los avances. El ascenso del capitalismo autoritario de China y la parálisis política en Estados Unidos han contribuido a quitar lustre a la democracia liberal, que parecía el modelo triunfante tras la caída del muro de Berlín.
Una de las críticas más duras al libro de Pinker la escribió Elizabeth Kolbert, periodista de la revista The New Yorker. Kolbert ha publicado este año The sixth extinction (La sexta extinción). El libro recorre las cinco extinciones que se han vivido en los últimos 500 millones de años en la Tierra y explica que ahora podemos estar viviendo la sexta, que es la primera causada por el ser humano. Kolbert especula que el homo sapiens acabe siendo víctima de esta extinción, pero también con que la amenaza agudice el ingenio de la especie y la lleve a inventar tecnologías para frenar el cambio climático o a emigrar a otros planetas.
La alarma por el cambio climático llega al Pentágono, que en varios informes alerta de sus efectos en la seguridad de EE UU. “El aumento de las temperaturas, los esquemas cambiantes de precipitaciones, la subida de los niveles del mar y otros acontecimientos meteorológicos más extremos intensificarán los desafíos de inestabilidad, hambruna, pobreza y conflicto global”, vaticina el secretario de Defensa saliente, Chuck Hagel, en un informe publicado en octubre.
Otros críticos de los argumentos de Pinker —y de otros apóstoles del optimismo, como el profesor Joshua Goldstein, autor de Winning the war on war (Ganar la guerra contra la guerra)— se centran en la interpretación de los datos. “Mi argumento es que las personas que sostienen que la guerra está en declive basan su argumento empírico en el declive de las muertes en guerra. El número de personas muertas en guerra se ha reducido. Con esto estoy de acuerdo”, dice Tanisha Fazal, politóloga en la Universidad de Notre-Dame (Indiana) y autora de un artículo académico que rebate a Pinker y Goldstein. “El problema es que durante exactamente el mismo periodo de tiempo —y tenemos los mejores datos sobre muertes en batalla a partir de 1946— vemos mejoras dramáticas en el cuidado médico en zonas de conflicto. Así que la guerra se ha vuelto menos fatal, pero esto no significa necesariamente que se haya vuelto menos frecuente. En otras palabras, hay un cambio: de las muertes pasamos a bajas no letales que no se cuentan en estas estimaciones de guerra y violencia”.

La pobreza se ha reducido en las últimas tres décadas, pero las desigualdades crecen en los países desarrollados
Fazal documenta que, históricamente, en las guerras había tres heridos por cada muerto en el campo de batalla. Ahora, para países como EE UU, son diez por cada fallecido, o más. A principios del siglo XIX, 22.000 soldados franceses murieron de fiebre amarilla en Haití. Unos 18.000 franceses e ingleses murieron de cólera en la Guerra de Crimea (1853-1856). “Por contraste”, añade Fazal en el citado artículo, “solo 29 soldados británicos fueron hospitalizados en Bagram (Afganistán) en 2002 porque habían contraído una enfermedad infecciosa y ninguno murió”. Fijarse solo en las muertes en guerra y no en los heridos entraña un riesgo: subestimar el coste humano, lo que facilita la decisión de los políticos de ir a la guerra. “Si las bajas se explican exclusivamente en términos de muertes, que es lo que la mayoría de estos estudios hacen, entonces nos quedamos sin entender una gran parte de la ecuación”, dice Fazal.
Incluso optimistas como Goldstein ven señales preocupantes. Una es el aumento de las muertes en el campo de batalla debido a los conflictos en Siria e Irak. Durante la Guerra Fría eran unas 200.000 al año. En 2005 había bajado a 12.000. Ahora son unas 45.000. “También me preocupa la guerra en Ucrania, por dos motivos”, dice. Primero, que después de años sin conflictos armados entre Estados, un fenómeno que parecía cosa del pasado, en Ucrania se está librando algo parecido a una guerra de este tipo. Y segundo, el “encogimiento” de las regiones donde había guerras se está revirtiendo. Con Ucrania vuelven el conflicto a Europa, que parecía un continente pacificado.
“Este cambio de dirección en los últimos años no es lo suficientemente grande como para cambiar la trayectoria general”, dice Goldstein. Porque la trayectoria, según Goldstein, refleja un declive de las guerras desde el final de la II Guerra Mundial. “Seguimos sin tener guerras interestatales a gran escala, como la de Irán contra Irak o Pakistán contra India, que fueron enfrentamientos muy destructivos. Y ciertamente ninguna como Vietnam y Corea, ni obviamente como las guerras mundiales. Pero hay algunas cosas por las que preocuparse. Y nunca he dicho que la tendencia vaya a continuar. Siempre me ha preocupado que pudiera haber una marcha atrás. Podríamos tener otra guerra mundial, podríamos tener una guerra nuclear. No existe un proceso mágico que nos lleve a la paz mundial”.

martes, 24 de junio de 2014

PRENSA. "La cifra de desplazados alcanza el novel máximo desde la II Guerra Mundial"

   En "El País":

La cifra de desplazados alcanza el nivel máximo desde la II Guerra Mundial

Los conflictos expulsaron a seis millones de personas de sus hogares en 2013, según la ONU


Un recinto temporal de ACNUR en Aski Kalak, Irak, el 17 de junio de 2014 / KARIM SAHIB (AFP)
El número de desplazados y refugiados ha alcanzado su nivel máximo desde la II Guerra Mundial. A finales de 2013, unos 51 millones de personas vivían alejados de sus hogares como consecuencia de los conflictos, la persecución y la violencia generalizada, según un informe del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) hecho público este viernes. El documento, que recoge cifras facilitadas por los Gobiernos y por los servicios propios de la ONU, muestra que el año pasado unos seis millones de personas se vieron obligadas a abandonar sus casas para escapar de la violencia; el nivel de desplazamiento más alto registrado desde que se contabilizan datos. Un salto, aseguró el alto comisionado de la ACNUR, Antonio Guterres, que se debe fundamentalmente a la intensificación de la guerra en Siria y a los conflictos en Sudán del Sur y República Centroafricana.
El número de personas que escapan de la violencia —como también el número de conflictos— crece sin parar. Andreas Kamm, secretario general del Consejo Danés para los Refugiados, se lamenta del nuevo “récord negativo”, aunque matiza que las cifras manejadas en la II Guerra Mundial —donde se calcula que hubo unos 60 millones de refugiados— son estimaciones. “Además, existen importantes diferencias. Ahora estamos ante conflictos más largos, hay muchas más personas que se mueven dentro de sus propios países y también muchas otras a las que les resulta imposible retornar. Eso aumenta las cifras totales”, dice. En el mundo hay ya unos 33,3 millones de desplazados —se quedan dentro de las fronteras de sus países— y 16,7 millones de refugiados —en otros Estados—. Estos últimos son 2,5 millones más que en 2012, un incremento que no se observaba, según la ONU, desde 1994, momento de la última guerra de los Balcanes y el genocidio de Ruanda,
A finales de 2013 —fecha de los datos del informe—, más de 2,4 millones de refugiados eran sirios. Ahora superan los 3 millones. Son personas que buscan una escapatoria desesperada a una guerra que suma ya su tercer año. La encontraron fundamentalmente en los países de su región, como Líbano (más de un millón), Jordania o Turquía. Este último país acogía a finales del año pasado a más de 600.000 refugiados, según las estimaciones del Gobierno; los últimos datos de la ONU indican que ahora ampara a más de 800.000 sirios.

Por primera vez desde 1945 la ONU registra más de 50 millones de huidos
“En cinco años, Siria ha pasado de ser uno de los países del mundo que más refugiados acogía a ser el segundo mayor productor”, incide Ana López Fontal, experta del Consejo Europeo de Refugiados y Exiliados (ECRE por sus siglas en Inglés). “Hasta allí llegaban palestinos, afganos iraquíes, somalíes... Ahora son los sirios quienes abandonan sus casas forzosamente”, explica.
El ejemplo sirio sirve para radiografiar una realidad que se repite en el resto de países que viven situaciones de violencia. Sus ciudadanos buscan primero una solución dentro de sus propias fronteras —los desplazados internos—. Cuando la situación se deteriora, deciden abandonar también su país. Muchos tardan años en volver a sus lugares de nacimiento. Algunos quizá no lleguen a hacerlo nunca. El 50% de los refugiados lleva ya al menos cinco años instalado en otro país, según ACNUR. Son los llamados “refugiados prolongados”. Como los más de 120.000 birmanos de etnia karen que llevan 20 años en campos de refugiados en la frontera con Tailandia.

Pero los grupos más numerosos de refugiados proceden de Afganistán. De ese país, que sufre la presión de los grupos talibanes y donde aún hay destacadas tropas estadounidenses, han salido al menos 2,5 millones de personas en los últimos años. Muchos de ellos hacia Pakistán o Irán. “Ese país no vive oficialmente una guerra, pero desde luego no hay paz”, abunda Andreas Kamm. A este experto le preocupa mucho la situación de Irak, donde en las últimas semanas la ofensiva de los grupos yihadistas está provocando decenas de miles de desplazados. El danés destaca que las cifras de personas que abandonan forzosamente sus casas seguirán engordando si la comunidad internacional no emprende medidas para apoyar la estabilidad en los países afectados por la violencia.
“Los conflictos se multiplican de forma creciente”, recalcó el alto comisionado de la ONU en la presentación del informe en Líbano —se hizo público simultáneamente en otras muchas ciudades—. “Al mismo tiempo, parece que viejos conflictos no van a terminar nunca”, añadió Guterres.
El coste humanitario de los enfrentamientos, la violencia y la persecución se multiplica. Los presupuestos de cooperación internacional y ayuda exterior han caído en la mayoría de los países. Y la crisis dificulta no solo la acogida, sino también la vuelta. Durante el pasado año, 416.600 refugiados pudieron regresar a sus países de procedencia, una cifra sensiblemente inferior a los 526.000 que lo lograron en 2012
También se han ampliado las diferencias entre aquellos que acogen, destaca López Fontal. “Actualmente son los países en vías de desarrollo quienes reciben al 86% de los refugiados del mundo, el valor más alto en los últimos 10 años”, dice la experta. Los países más ricos han pasado en una década de recibir más del 30% a solo el 14%. De hecho, los Estados que más reciben son Pakistán, Irán, Líbano o Jordania.
La guerra siria y los conflictos en Sudán o República Democrática de Congo han variado también, por tanto, la radiografía de quienes buscan una solución permanente. En 2013, 1,1 millones de personas presentaron una solicitud de asilo; la mayoría de ellos (64.300), sirios. Esta es una opción de apoyo que, según Fontal y Kamm, deberían reforzar los países de acogida.