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domingo, 5 de junio de 2016

HISTORIA. Reseña de "SPQR. Una historia de la antigua Roma", de Mary Beard

   En la revista "Mercurio":


Roma, primer milenio

IGNACIO F. GARMENDIA  |  ENSAYO · MERCURIO 182 - JUNIO-JULIO 2016

Mary Beard
Mary Beard.
SPQR. Una historia de la antigua Roma
Mary Beard
Trad. Silvia Furió
Crítica
664 páginas | 27,90 euros
SPQREsta es la historia, tantas veces contada, de cómo una aldea del centro de Italia se apoderó primero de la península y llegó a convertirse, luego de siglos de crecimiento incesante, en el más extenso y formidable imperio de la Antigüedad. La cuenta una prestigiosa catedrática que es también una popular divulgadora, la británica Mary Beard, recién premiada en España y cuyos libros son conocidos entre nosotros gracias a las ediciones de Crítica. Es una historia de conquistas, pero no sólo militares, parte de esa “larga conversación” que generaciones de estudiosos han mantenido con uno de los dos pueblos que dieron a Europa —y no sólo a Europa— su identidad clásica.
A la hora de fijar el marco cronológico de la antigua Roma, se usa como punto de partida la fecha legendaria de 753 a.C. que los propios latinos establecieron como la de la fundación de la ciudad, pero los historiadores no siempre coinciden en lo que respecta al término del itinerario. Beard opta aquí no por la conversión de Constantino al cristianismo, la separación de los Imperios de Oriente y Occidente, el saqueo de Roma por los visigodos o la destitución del último emperador de Occidente, sino por un hito más temprano: la decisión de Caracalla (212 d.C.) de convertir en romanos de pleno derecho a todos los habitantes libres del Imperio, que señalaría el final de un secular proceso de extensión de la ciudadanía. Esta periodización le permite hablar del “primer milenio” —el segundo se extendería hasta la toma de Constantinopla y lo que quedaba de Bizancio por los otomanos— para centrarse en la larga fase de expansión y predominio, dejando fuera lo que Edward Gibbon llamó la decadencia y caída.
La Historia de Beard empieza in medias res, con un capítulo dedicado a Cicerón que lo retrata en su “mejor momento” —guiño a lo que Churchill, émulo mediocre del citado Gibbon, llamó su mejor hora, cuando la batalla de Inglaterra—, esto es, en las décadas postreras de la República y concretamente en 63 a.C., año de la famosa conspiración de Catilina que el orador, entonces cónsul, se jactó siempre de haber desbaratado. Aunque aún es objeto de controversia, se trata de un episodio profusamente documentado que sirve a la autora como preámbulo para retrotraerse a continuación a la más oscura época arcaica, en la que se entrelazan mito e historia y de la que interesa tanto como los hechos probados la fabulación que los romanos hicieron de sí mismos. En adelante Beard apenas se sale del curso lineal para recrear de modo claro y ameno, riguroso pero accesible, el vasto panorama comprendido entre las peripecias atribuidas a los gemelos fundadores y los inicios del siglo III después de la Era.
Roma, dice Beard, es el pasado remoto, pero no se trata sólo de que seamos herederos de aquel mundo en realidad tan ajeno, aunque perviva de muchas formas en el actual, sino de que sus conflictos, sus crisis, sus instituciones, su literatura, siguen planteando cuestiones perfectamente vigentes. La perspectiva cambia con el tiempo, conforme a un desarrollo acumulativo al que se incorporan nuevas fuentes de información o nuevos planteamientos —el que atiende a la vida de las mujeres o de los esclavos o de la gente común, cuyo rastro puede seguirse a partir de pequeños indicios— que amplían los datos conocidos o ponen en entredicho las antiguas certezas. Roma nos concierne y el relato de su devenir, unido al de los interlocutores que nos precedieron, precisa de una constante reescritura, desde una mirada crítica que vaya más allá de la admiración por los indudables logros para tratar también de las contradicciones o las zonas oscuras. Suele afirmarse que no es razonable juzgar a los antepasados desde los criterios de hoy, pero de algún modo hay que hacerlo para no caer —aunque también estos formen parte de la historia— en el ensueño esteticista o la idealización retrospectiva.

martes, 24 de mayo de 2016

HISTORIA. "Las ruinas de Palmira". José Álvarez Junco

   En "El País":

Las ruinas de Palmira

La destrucción de las ruinas de Siria o los Budas de Afganistán forman parte de un proyecto enloquecido. Pero el fanatismo asesino no es exclusivo de las religiones. Los mayores monstruos del siglo XX eran ateos que creían en una promesa redentora

Las ruinas de Palmira
ENRIQUE FLORES
Durante bastante más de un siglo la izquierda europea leyó mucho un libro del conde de Volney cuyo título era, exactamente, el de este artículo. Este ilustrado francés de finales del siglo XVIII, comprometido luego con la Revolución y ennoblecido por Napoleón, narraba en él, en un tono elegíaco, prerromántico, su visita a los restos de aquella ciudad romana, al borde del desierto sirio. Se describía a sí mismo cavilando, de noche, entre aquellas columnas semiderruidas: “Aquí, donde ahora reina este silencio tétrico, se oyó en tiempos el bullicio de la multitud. Estas piedras esparcidas por el suelo, guarida hoy de reptiles inmundos, fueron un día suntuosos palacios y templos a los dioses. Aquí se alzó en otro tiempo una ciudad opulenta; aquí existió un imperio poderoso. El silencio de las tumbas reemplaza ahora el bullicio de las plazas públicas. ¡Así perecen las obras de los hombres! ¡Así sucumben imperios y naciones!”.


Repentinamente, aparecía ante él, desde la penumbra, un genio o fantasma que le reprochaba sus lamentos. Los humanos no tenían derecho a quejarse de sus desgracias —le decía— porque ellos eran sus únicos causantes. La humanidad primitiva superó el estadio de bandas cazadoras y recolectoras; aprendió a cultivar plantas, construyó ciudades, prosperó. Pero a la larga olvidó “las leyes de la naturaleza”, “el idioma de la razón”. Surgieron peleas que desembocaron en guerras y matanzas masivas, con ejércitos enfrentados que invocaban siempre a supuestos dioses. “¿Qué esperáis de esos gemidos inútiles?” —continuaba el genio— “¿Es que ese Dios ideal se dejaría dominar por las mudables pasiones de los mortales: venganza, compasión, furor, arrepentimiento…?”. No fue Dios quien creó al hombre a su imagen, sino el hombre quien lo imagina como semejante a sí mismo. “El mortal temerario le ha prestado sus inclinaciones y sus miserables juicios. Y cuando esta mezcla de atributos choca con los principios de la razón natural, declara a esta impotente, aparentando una humildad hipócrita, y llama misterios de Dios a los desvaríos de su entendimiento”.
El libro desembocaba así en un alegato antirreligioso. El genio parlanchín pasaba lista a las principales religiones y les reprochaba sus absurdos lógicos. A los musulmanes, temerosos del castigo divino si violan cinco preceptos arbitrarios, les hacía observar que ese mismo Dios permitía triunfar a sus enemigos, los cruzados, que incumplían esos preceptos. “Si Dios gobierna la tierra siguiendo el Corán, ¿cómo consintió construir poderosos imperios a los innumerables pueblos anteriores al profeta que bebían vino, comían tocino y no visitaban la Meca?”. A los cristianos les recordaba sus interminables debates sobre la naturaleza de Dios o el modo de su encarnación y las divisiones que ello había generado —meras luchas de poder, en realidad— entre nestorianos, iconoclastas, ortodoxos, romanos, anabaptistas o presbiterianos, cada uno con su peculiar modo de vestir, sus ropajes rojos, violetas, blancos o negros, sus distintos sombreros, bonetes o mitras y sus extraños cortes de pelo y barba.
Frente a esta confusión —seguía el genio su discurso—, hace ya tres siglos que la razón se ha extendido en Europa, gracias a la imprenta, el gran invento liberador; aunque las religiones, guarida de la ignorancia, sigan dominando aún entre el pueblo analfabeto. Y el libro terminaba imaginando una gran asamblea de la humanidad, a la que el genio explicaba que cuando los pueblos se ilustraran, renunciaran a las religiones y supieran legislar por sí mismos y elegir a sus gobernantes, se abriría ante ellos un futuro racional y feliz, regido por principios justos e igualitarios.

La fe en una verdad liberadora ha provocado muchas tragedias en el mundo moderno

Aquel libro circuló mucho durante la Revolución Francesa y hace un siglo todavía lo reeditaban los anarquistas españoles. Ahora me ha vuelto a la mente ante la furia vandálica que ha intentado acabar con los restos de aquella ciudad y ha llevado al degüello público de su arqueólogo jefe, un venerable sabio de ochenta años. Los hechos parecen dar, de nuevo, la razón a Volney: el fanatismo religioso ha sumado otra barbaridad más a su sangriento historial. La destrucción de Palmira, como la de los Budas gigantes en Afganistán, es parte de un proyecto enloquecido por restaurar un califato… del siglo VII.
Se me ocurre añadir, no obstante, un par de reflexiones a las del ilustrado francés. La primera, que el fanatismo asesino no es exclusivo de las religiones. Los mayores monstruos del siglo XX, como Stalin, Hitler o Pol Pot, eran ateos. Pero se creían portadores de una promesa redentora. Ese es el peligro. El fanático ha sido clásicamente representado por un joven con una antorcha en una mano y en la otra un libro —sólo uno, nunca varios—. Fanático es quien cree poseer la verdad, una verdad sencilla y absoluta que proporciona respuestas para todos los problemas. Es quien no acepta la duda, la discrepancia ni la propia falibilidad. Es quien espera un cielo prometido y está dispuesto a sacrificar la libertad para alcanzarlo. La fe en una verdad liberadora, aun basada en una supuesta ciencia laica, ha abierto muchas puertas a la tragedia en el mundo moderno.
Mi segunda objeción es que no todo se reduce a rasgos culturales. Algo tiene que ver con lo que ocurre hoy en Oriente Próximo el pasado colonial. No pretenderé explicar aquella compleja situación por una sola causa, ni incurriré en la fácil atribución de todas las responsabilidades al colonialismo, coartada con la que se autoexculpan las élites locales. Pero quienes crearon hace un siglo esos Estados artificiales y fallidos llamados Siria e Irak fueron Francia y Gran Bretaña. En aquel momento, Occidente poseía, sí, las sociedades más libres y civilizadas del mundo, pero eso sólo regía para su interior. Hacia fuera, al relacionarse con indios o negros, mostraba su otra cara, arrogante, egoísta y violenta; y usaba la superioridad tecnológica, el otro aspecto del progreso, para aplastarles.

Leopoldo II esclavizó y desvalijó África con una crueldad que hubiera sido impensable en su país

Nuestros bisabuelos vivieron la modernidad como superación de la escasez, conquistas democráticas o extensión de la educación. Pero los no europeos sufrieron el lado sucio del proceso: la explotación y el maltrato por parte de blancos groseros e incultos. Leopoldo II esclavizó y desvalijó el corazón de África con una crueldad que hubiera sido impensable en su propio país. Eso lo recuerdan los habitantes de aquellos territorios, que consideran a los europeos, como mínimo, hipócritas. Lo cual explica algo del odio visceral contra todo lo que representa Occidente (encarnado en el arqueólogo: la racionalidad de la ciencia).
Los actuales problemas con inmigrantes y refugiados políticos obligan a Europa a elegir, de nuevo, entre las fórmulas y valores de vigencia universal que nuestros antepasados, con tanta dificultad, construyeron, y el retorno al egoísmo. Entre Gutenberg y Leopoldo II.
José Álvarez Junco es historiador. Acaba de publicar Dioses útiles. Naciones y nacionalismos (Galaxia Gutenberg).

jueves, 5 de mayo de 2016

HISTORIA. LITERATURA. "Las voces de Hannah Arendt". Antonio Muñoz Molina

   En "Babelia":

Las voces de Hannah Arendt

Su lucidez ante el totalitarismo no la ayudó a comprender el proceso mental ni la vileza de los que lo ejercieron

Las voces de Hannah Arendt
Hannah Arendt no olvidó nunca los años de su vida en los que no tuvo un país, en los que anduvo de un lado a otro con documentos provisionales o inseguros y estuvo a cada momento a merced de un policía que se los reclamara o de un guardia fronterizo que se negara a sellarlos. Tenía 27 años cuando salió huyendo de Alemania en 1933 y se refugió temporalmente en París. Como contó amargamente nuestro Manuel Chaves Nogales, los expatriados y los fugitivos de los regímenes dictatoriales de Europa llegaban a Francia atraídos por los ideales universales de libertad y ciudadanía de la Tercera República, pero en vez de un refugio encontraron una trampa, porque en la Francia de mediados de los años treinta se espesaba una atmósfera de xenofobia en la que las víctimas de las dictaduras y las persecuciones eran vistas como enemigos emboscados, apátridas peligrosos que traían consigo su miseria y ofendían la buena conciencia de las gentes de orden con sus avisos de desastres.
Hannah Arendt, como Chaves Nogales o Walter Benjamin o tantos otros, pasó años sobreviviendo malamente en París, despojada de su nacionalidad alemana por el Gobierno hitleriano e incapacitada para adquirir cualquier otra. En su propio país era una extranjera indeseable porque era judía: pero en Francia era sospechosa por ser alemana. Cuando los alemanes invadieron Francia en 1940 y se lanzaron a la cacería de todos los disidentes que habían escapado del fascismo en los años anteriores, encontraron que la República francesa les había hecho ya una parte del trabajo. A Hannah Arendt, que había sido una apátrida desde 1933, los franceses la encerraron en un campo de concentración en 1939 por ser alemana y por lo tanto enemiga. Si no hubiera escapado a tiempo los alemanes la habrían mantenido presa y probablemente ejecutado por ser judía.
En sus fotos de juventud Arendt tiene en la mirada una expresión de inteligencia y apasionamiento. En medio de la intemperie hostil del exilio conoció al amor de su vida, un compatriota antifascista alemán que no era judío, Heinrich Blücher. En 1941, cuando toda Europa se derrumbaba en la negrura, lograron escapar a Estados Unidos. Yo he visitado el pequeño cementerio en un bosque cerca del río Hudson, en la parte alta del Estado de Nueva York, en el que están juntas sus dos lápidas, planas sobre la tierra, entre la hierba y las hojas.
Arendt murió en 1975. En Estados Unidos logró por fin una ciudadanía segura, y en Nueva York la posición académica e intelectual que merecía, pero la experiencia de sus años sin país y por lo tanto sin derechos la marcó para siempre, y se convirtió en el eje vital de sus convicciones políticas y sus tempestuosas posiciones públicas. Las calamidades del totalitarismo y de la II Guerra Mundial, estaba convencida, habían tenido su origen no tanto en las matanzas industrializadas de la I como en las muchedumbres de desplazados, refugiados y apátridas desatadas por ella. Nada crea tan rápido tantos extranjeros como un proceso de construcción nacional. Gracias a la devastación de la guerra y al invento de los Estados nacionales que ocuparon el espacio de los imperios vencidos, millones de personas tuvieron que abandonar a toda prisa sus lugares de origen, y se encontraron despojados de identidad civil. Y también hubo millones que no tuvieron que desplazarse para convertirse en extranjeros: bastó que algún comité patriótico cambiara las fronteras en un mapa, o que se decidiera que la identidad tenía que ver ahora con el origen o el idioma, o que un judío no podía ser ciudadano del país en el que su familia llevaba viviendo durante generaciones.

Arendt murió en 1975. En Estados Unidos logró por fin una ciudadanía segura, y en Nueva York la posición académica e intelectual que merecía

Hannah Arendt vio todo eso. En sus cartas y en sus ensayos la reflexiones políticas sobre la condición del refugiado tienen una urgencia de relatos autobiográficos. En un documental que acaba de estrenarse en un pequeño cine de Nueva York, Vita Activa. The Spirit of Hannah Arendt, su directora, Ada Ushpiz, logra unir el rigor histórico y biográfico con la plena expresividad del lenguaje del cine. Pocas cosas me parecen hoy en día tan atractivas estética e intelectualmente como un documental muy bien hecho.
En la película se oye la voz ronca y fumadora de Hannah Arendt en sus últimos años, pero otra voz de mujer lee las cartas de su juventud y de su destierro, y mientras la escuchamos estamos viendo la hermosa caligrafía casi taquigráfica de Arendt, las palabras que escribiría tan rápido en un papel que se ha vuelto amarillo, y también imágenes intercaladas de aquellos años, como un contrapunto a veces de barbarie y a veces de trivialidad. En una película casera, unos oficiales alemanes hacen una burla de los rezos judíos, cubriéndose las cabezas con cortinas o cojines, muriéndose de risa. En otra, dos militares en camiseta bailan a las puertas de un barracón. Un operario instala una chimenea en un edificio de un campo: a continuación se pone otra chimenea como un gorro, y marca el paso alegremente.


Arendt, en el juicio a Adolff Eichmann en 1960.


Hannah Arendt fue tan valerosa y tan desafiante cuando acertaba como cuando se equivocaba. Y como les pasa a veces a las personas muy adiestradas en el pensamiento abstracto y en los debates de ideas, no parece que tuviera mucha perspicacia para juzgar a los seres humanos reales. Su lucidez ante el totalitarismo no la ayudó a comprender los procesos mentales ni la vileza íntima de gente que lo había apoyado y ejercido. Nunca llegó a aceptar que su venerado maestro y amante de la primera juventud, Martin Heiddeger, no fuera otra cosa que un nazi, un cínico miserable que después de la guerra se disfrazó de viejo ermitaño filosófico para eludir su colaboracionismo con los matarifes.
Y, extrañamente, no supo o no quiso ver detrás de la máscara de mediocridad y mansedumbre que adoptó Adolf Eichmann cuando estaba siendo juzgado en Jerusalén. Acertó parcialmente, a mi juicio, en un concepto, el de la banalidad del mal, que ya está asociado para siempre a ella: los mayores horrores, los más terribles sufrimientos pueden ser causados por personas superficiales y mediocres, en nombre de razones estúpidas, de ideas de quinta fila, o ni siquiera eso, por obediencia, por inercia, por moda, por el qué dirán. Adolf Eichmann no era muy inteligente, pero tampoco era ese burócrata más bien aséptico que organizó la logística formidable de la Solución Final porque se lo encargaron, igual que habría organizado una red de distribución de alimentos, o los suministros de gasolina de los que se ocupaba, sin ningún brillo profesional, antes de ingresar en el Partido nazi. Como sabía mucha gente ya entonces, y como han aclarado investigaciones posteriores en Argentina, Eichmann era un nazi convencido, un verdugo plenamente consciente de la magnitud sanguinaria de su tarea.

En su propio país era una extranjera indeseable porque era judía: pero en Francia era sospechosa por ser alemana

Pero hay una parte del legado de Hannah Arendt que se vuelve más relevante cada día. Su voz suena contemporánea cuando identifica el totalitarismo con la negación sistemática a aceptar la realidad, y elegir la fantasía ideológica o la pura ficción por encima de la racionalidad y el empirismo. Y quien ve ahora cómo Europa rechaza a los fugitivos de la guerra y el fanatismo se acuerda de aquellos ríos de refugiados entre los cuales caminó en su juventud Hannah Arendt.

sábado, 2 de abril de 2016

PRENSA. "El último Azaña". Santos Juliá

   En "El País":

El último Azaña

Lejos de la vida pública, el presidente de la República dedicó su tiempo en el exilio a escribir sobre las causas de la guerra y de su catastrófico final. Murió hace 75 años, falto de todo poder pero lúcido en su razón y en su palabra


NICOLÁS AZNÁREZ


No hay nada que hacer: con esas palabras terminó Vicente Rojo, general jefe del Estado Mayor Central, su análisis de la situación ante los presidentes de la República y del Gobierno, Manuel Azaña y Juan Negrín, en la reunión que mantuvieron la noche del 28 de enero de 1939 cerca de la frontera francesa. Rojo presentó pocos días después un informe al Consejo de Ministros en el que, “para terminar la guerra de una manera digna”, proponía un plan de rendición muy simple: anunciar la suspensión de hostilidades y enarbolar en todas las unidades bandera blanca a la misma hora. El Gobierno no se atrevió a tomar tal decisión, la guerra continuaba y los reunidos atravesaron el 5 y el 9 de febrero la frontera, Negrín para volver de inmediato a la zona Centro-Sur; Azaña y Rojo, con la firme decisión de no regresar.
Manuel Azaña había insistido, desde que la batalla de Teruel culminó con la llegada de las tropas franquistas al Mediterráneo, en la necesidad de poner fin a la guerra por medio de una mediación internacional. Juan Negrín, sin embargo, mantuvo su política de resistir es vencer planeando en el Ebro una nueva batalla decisiva, de las que valen en teoría para cambiar el curso de una guerra. Pero la singular estrategia de resistir pasando al ataque acabó en un segundo y, ahora sí, decisivo derrumbe del frente republicano, que abrió a Franco las puertas de Cataluña sin encontrar apenas resistencia. Y en este punto, ya no había nada que hacer: la guerra había terminado en derrota para la República.
Azaña no regresó, pues, a la zona Centro-Sur, y Francia y Gran Bretaña le pusieron en bandeja la ocasión de dimitir cuando reconocieron al general Franco como jefe del nuevo Estado español y procedieron al intercambio de embajadores. Al día siguiente, Azaña dimitió, provocando las iras de quienes aún mantenían la política de resistencia. En la reunión que la Diputación Permanente del Congreso celebró en París el 31 de marzo, Negrín afirmó que la decisión del presidente influyó “de manera decisiva en el proceso de descomposición y rebeldía militar” contra su Gobierno y en el reconocimiento de Franco por parte de Francia y de Inglaterra. Dolores Ibarruri, por su parte, acusó a Azaña de haber traicionado a “este pueblo que durante tres años había estado vertiendo su sangre en defensa de la República”.
No hacían falta estas condenas de los suyos para que, en el bando de sus enemigos, se repitiera lo que de él se venía diciendo de tiempo atrás: que era un engendro espurio, aborto de logias, pervertido, cruel, infame, una bolsa de odios y de fracasos, que alimentaba un orgullo satánico en anónimas jornadas de burócrata oscuro, incapaz de ternura, ajeno a la emoción, dominado por el resentimiento. Un sapo, una hiena, un monstruo de vientre gelatinoso. Y para colmo, un delincuente común, un forajido, un ladrón que huyó de España llevándose un cargamento de joyas y piedras preciosas, de collares y alhajas, varios lingotes de oro y un cofre conteniendo millones de monedas extranjeras.

En la derrota fue determinante la política de no intervención de Francia e Inglaterra
Azaña, mientras tanto, convencido de que la guerra había aniquilado su utilidad política, echó, como él mismo dijo, por el solo camino que le habían dejado: “Un apartamiento radical, del que ha venido a ser símbolo fortuito mi reclusión en esta aldea”, Collonges-sous-Salève, a un paso de la frontera suiza. Hasta allí le llegó noticia de lo que de él decían unos y otros, y hasta allí llegó también la propuesta de firmar, junto al presidente de Cataluña y al presidente de Euskadi, un mensaje que una asociación republicana de amigos de Francia, dividida en tres secciones, española, vasca y catalana, pensaba dirigir al Gobierno francés. Azaña se negó a firmar diciendo que si catalanes y vascos querían continuar en la emigración los costosísimos dislates que habían cometido durante la guerra, allá ellos, y que si pensaban “recobrar la República y hacer la burra nuevamente, sobre la base de las nacionalidades y dels pobles iberiques están lucidos”. Por hacer la burra se refería quizá a los sucesivos memorandos que habían presentado vascos y catalanes al Foreign Office y al Quai d’Orsay en abril, junio y octubre de 1938 con planes de mediación sobre la base de una división territorial de España en cuatro zonas, presentándose ellos como una tercera fuerza, un grupo moderado, “equidistante de los dos elementos extremistas ahora en guerra”. España dividida en cuatro: Cataluña, Euskadi, y los dos Spanish parties now fighting.¿Un dislate? Sí, y también una continuada deslealtad a la República.
Lejos de la política, dedicó su tiempo a escribir sobre las causas de la guerra y de su catastrófico final: ninguna duda sobre el crimen de lesa patria cometido por los rebeldes, ni lo determinante que fue para su triunfo la ayuda de la Alemania nazi y la Italia fascista, tanto como la ciega política de no intervención de Francia e Inglaterra. Pero ninguna duda tampoco sobre el papel que en la derrota tuvieron “los desmanes, la indisciplina y los fines subalternos” del campo republicano, con la revolución sindical, las divisiones en los partidos y el “eje Bilbao-Barcelona”. El resultado no podía ser más desolador: la República había muerto y nada podría restaurar las condiciones mínimas de convivencia entre españoles “mientras vivan las generaciones actuales”.

Al final de sus días aspiró a que unos cientos de personas dieran fe de que no fue un bandido
Estas fueron solo algunas de las “verdades penosas de decir, ásperas de oír”, que Azaña no ahorraba a sus lectores, convencido de que la historia de la guerra civil, de sus antecedentes y de sus resultados, “será una gigantesca mixtificación, y que las generaciones hoy vivientes nunca conocerán la verdad”, como había escrito a Lafora en plena guerra. Ahora, en el exilio, esa convicción se convirtió en amarga evidencia cuando sintió caer sobre España la mezcla de crueldad y estupidez fundidas en el nuevo régimen, cuyos “amos y rectores incluyen en el generalato a la Virgen de Covadonga y fusilan en nombre de Nuestro Señor Jesucristo”, según escribió a Blanco Amor.
A él también pretendieron fusilarlo. Varios esbirros de Falange, con Pedro Urraca al frente, acecharon la ocasión de secuestrarlo con el propósito de someterlo a un consejo de guerra y llevarlo al paredón, como ya había ocurrido con Lluís Companys, y como ocurrirá con Julián Zugazagoitia, Francisco Cruz Salido y Joan Peiró. Azaña logró escapar de su residencia en Pyla-sur-Mer, con los alemanes pisándole los talones, hasta llegar a Montauban. Allí, en el Hotel de Midi, convertido en un despojo, solo aspira “a que queden unos cientos de personas en el mundo que den fe de que yo no fui un bandido”. Entre ellos quedó el eminente historiador Ramón Carande, que muchos años después decía a sus amigos: hay que leer a Azaña; ustedes, los jóvenes, tienen que leer a Azaña. También a este último Azaña, desaparecido hoy hace 75 años, falto de todo poder, pero tan lúcido como siempre en su razón y en su palabra.
Santos Juliá es historiador.

martes, 22 de marzo de 2016

PRENSA CULTURAL. "Octavio Paz en manos de la censura franquista"

   En "El País":

Octavio Paz en manos de la censura franquista

La dictadura elaboró, entre 1950 y 1976, hasta 14 informes contra los libros del Nobel

Los documentos se exponen ahora en el AGA, en Alcalá de Henares

 

  • Foto inédita de Octavio Paz a los 23 años.

    Los funcionarios de la Dirección General de Propaganda y la Dirección General de Cultura Popular del Ministerio de Información y Turismo, que se ocupaban de revisar (léase censurar) todo lo que se publicaba en España durante la dictadura de Franco, afilaban la mirada, subrayaban, tachaban y, al final de su lectura, rellenaban siempre el mismo formulario: “¿Ataca al dogma? ¿A la moral? ¿A la Iglesia o a sus Ministros? ¿Al Régimen y a sus instituciones? ¿A las personas que colaboran o han colaborado con el Régimen? ¿Los pasajes censurables califican el contenido total de la obra?”. Uno de los grandes afectados por aquellas preguntas y los subsiguientes cortes y supresiones de pasajes fue el escritor mexicano Octavio Paz (1914-1998).
    En julio de 1950, la compañía Editora y Distribuidora Hispanoamericana S.A. (EDHASA) solicitó el permiso para distribuir 200 ejemplares de Libertad bajo palabra de Octavio Paz, publicados en México. El libro fue enviado a dos censores. El primero, Pedro de Lorenzo, dijo en su informe que en seis páginas había “frases o expresiones obscenas, otras irreverentes”. El segundo, Andrés de Lucas, apuntó con letra angulosa: “Versos oscuros y estúpidos con algunas expresiones equívocas. Creo, sin embargo que puede autorizarse por el escaso número de lectores que leerán estos engendros”.
    Catorce informes de este estilo, sobre distintos libros del escritor mexicano y Premio Nobel de Literatura 1990, se exhiben hasta el próximo 20 de marzo en el Archivo General de la Administración, ubicado en Alcalá de Henares (Madrid), como parte de la exposición Octavio Paz: Guerra, Censura y Libertad. “La muestra podría dividirse en dos partes: la figura de Octavio Paz y el contexto de sus ideas y su obra en relación con España”, dice Evelia Vega, una de las comisarias, quien trabaja en el archivo dependiente del Ministerio de Educación Cultura y Deporte. En la exposición hay, además, fotografías del autor mexicano durante su estancia en España en 1937, junto a algunos de sus colegas que asistieron al Congreso de Escritores Antifascistas de ese año en Valencia, como el narrador José Mancisidor, el poeta Carlos Pellicer, el músico Silvestre Revueltas o el pintor José Chávez Morado. Y un reportaje gráfico de abril de 1982, cuando Octavio Paz visitó el Ateneo de Madrid.

    “¿Ataca al dogma? ¿A la moral? ¿A la Iglesia o a sus Ministros? ¿Al Régimen y a sus instituciones? ¿A las personas que colaboran o han colaborado con el Régimen? ¿Los pasajes censurables califican el contenido total de la obra?”
    Dice Eduardo Ruiz Bautista, investigador de la Universidad de Alcalá, que los censores franquistas se caracterizaban por su “servilismo desmedido, exceso de celo, ínfulas de literato frustrado y la crasa ignorancia y competencia lectora que exhibían en muchos de sus juicios y prejuicios”. Cuando en 1955 revisaron el poemario Semillas para un himno, escrito por Paz un año antes, Jesús Garcés señaló en su informe que se trataban de “poesías de un poeta americano, creacionista sin un argumento general. Después de la obra creadora el poeta hace unas traducciones de los poetas Marvell y Gerardo Nerval. Nada que objetar. Autorícese salvo superior parecer”.
    Cuenta Jesús Cañete, el otro comisario de la exposición y director del Festival de la Palabra de la Universidad de Alcalá, que “la censura veía a Octavio Paz como alguien peligroso por haber asistido al Congreso Antifascista de Valencia. Quizá porque esa experiencia marcó para siempre al autor de El laberinto de la soledad, tanto en su obra poética como ensayística. Llama la atención que cuando la censura no podía evitar la publicación de algún libro, hacía todo lo posible por demorarla. El 17 de abril de 1973, Círculo de Lectores solicitó autorización para reeditar Los signos en rotación y otros ensayos, que ya había publicado Alianza en 1971. En esta ocasión el lector censor volvió a tachar las referencias que había a la Virgen en el texto dedicado a la obra de Marcel Duchamp (“La novia desnudada por sus solteros”). La editorial protestó argumentando que el libro ya se había editado anteriormente y que detener la impresión le causaba daños económicos. Entonces el censor no pudo impedir su impresión pero sí hizo todo lo posible por retrasarla. El libro no se publicó hasta año y medio más tarde: en septiembre de 1974”.
    En 1971, la editorial Seix Barral decidió publicar Las peras del Olmo, un compendio de ensayos del Premio Cervantes 1981. La censura pidió que se suprimiera el texto titulado Aniversario Español. Y así se hizo en su primera edición. La censura, sin embargo, no se conformaría con trocear los libros de Paz. En 1975 se impidió la libre circulación de la revista Plural en España y el editor Pere Gimferrer organizó una protesta pública. Un año después, cuando ya el dictador había muerto, la censura seguía fijándose en los libros de Paz. “Vuelta, poemario de Seix Barral, es poesía surrealista. No me ha gustado. Pero desde el punto de vista jurídico-administrativo, nada que señalar”, dice el informe fechado en aquel año.
    Este tratamiento al que fue sometida la obra de Octavio Paz en la España franquista ha despertado un interés mesurado entre los conocedores de la vida y obra del escritor mexicano. “Conocer estos documentos es algo curioso”, dice el filósofo Fernando Savater, “y son una buena anécdota para sumarla a toda la información que ya tenemos sobre Octavio. Son interesantes, también, porque demuestran la mentalidad de esos inquisidores contemporáneos que eran los censores franquistas, cuyos criterios literarios dejaban mucho que desear. Lo sé bien, porque me tocó vivir la censura en todo lo que escribí hasta los 28 o 30 años, la edad que tenía cuando yo murió Franco”.
    Para Chus Visor, editor de Visor Libros, “los cortes que se le hicieron a la mayoría de los libros que pasaban por la censura franquista fueron poco importantes para su publicación. De lo contrario, los autores se hubieran negado a publicar. Lo que solía hacerse era cambiar algunas palabras por eufemismos. Y eso te jodía, como autor o editor, pero eras consciente del contexto en el que vivías y podías soportarlo”. Joan Tarrida, director editorial de Galaxia Gutenberg, que en alianza con Círculo de Lectores ha publicado las obras completas de Paz en España, opina que “el hecho de que ahora se conozcan estos informes no aporta gran cosa a la vida y obra del Nobel. Pero sí a la historia cultural de España. Porque demuestra cómo se trataba a los escritores durante la dictadura”.

    sábado, 12 de marzo de 2016

    PRENSA. "La peste llegó a Europa en oleadas desde Asia empujada por el clima"

       En "El País":
    HISTORIA

    La peste llegó a Europa en oleadas desde Asia empujada por el clima

    Cambios climáticos en las estepas llevaron las sucesivas plagas por las rutas comerciales hasta el continente europeo, según un estudio


    La peste asoló la Europa medieval como ilustra esta imagen de una edición del Decamerón de Boccaccio de la plaga en Florencia. / WELLCOME LIBRARY

    Ni la peor de las guerras ha matado a tanta gente como la peste. Solo entre 1346 y 1453, acabó con la mitad de la población de Europa y en los reinos hispánicos la mortandad superó el 70%. Aunque los científicos siempre han mantenido que aquel primer brote vino de Asia, no tenían claro el origen de las sucesivas epidemias que, hasta el siglo XIX, castigaron a los europeos. Un estudio relaciona ahora las variaciones climáticas en las estepas asiáticas con la llegada en oleadas de la muerte negra al continente europeo.
    El enfoque del investigador de la Universidad de Oslo (Noruega), Nils Stenseth, principal autor del estudio es original. No rastrea la peste ni en la historia ni el análisis genético de los restos de apestados, lo lee en los árboles. Los autores del trabajo recopilaron información sobre 7.700 brotes de la enfermedad desde la original peste negra y hasta el siglo XIX.
    Tal y como explican en la revista PNAS, tras descartar las infecciones secundarias de una ciudad a otra, localizaron 24 brotes originales. En ocho de ellos, todo empezó en una ciudad portuaria, como Marsella o Dubrovnik, lo que daría fuerza a la tesis del origen asiático y al papel de las ratas en la transmisión de la enfermedad.
    Para los 16 restantes, los investigadores analizaron los anillos de los árboles de la zona. Usando lo que se conoce como dendroclimatología, los autores del estudio midieron las variaciones climáticas en las zonas donde se produjeron los brotes originales estudiando el clima en coníferas en un radio de 500 kilómetros de distancia del foco. Por los anillos de los árboles se puede inferir el tiempo que hizo cada año.

    Los anillos de los árboles revelan alteraciones climáticas que afectaron a los reservorios naturales de la peste
    El punto de partida de estos ecólogos es el efecto Moran: dos especies donde una parasita a la otra o mantienen una relación simbiótica comparten casi el mismo destino. Si varía la densidad de una, lo hace en paralelo la de la otra. Afectados por las condiciones ambientales, esto es lo que habría pasado con los roedores silvestres portadores de la peste y sus parásitos, las pulgas, vector de la enfermedad.
    "Un clima más cálido provoca que la población de roedores aumente y su densidad supere un determinado umbral necesario para que surja un brote de peste", dice Stenseth. "También es la situación óptima para que las pulgas se conviertan en el vector que contagie la bacteria de un individuo a otro", añade.
    Los resultados de su trabajo no encontraron relación entre los brotes de peste en las ciudades europeas y ninguno de los 15 registros dendroclimatológicos cercanos salvo en uno. Se trata de las oscilaciones térmicas grabadas en los troncos de juníperos de la cordillera del Karakorum, en Asia Central. "Este indicador climático abarca una gran parte de Asia central y el norte de China. No podemos ser más específicos sobre el origen", aclara el investigador noruego. De hecho, añade, "las diferentes reintroducciones podrían haberse originado en diferentes partes de esta gran área".


    El mapa muestra el viaje de la peste desde su origen natural (en rojo) hasta Europa. En gris, las ciudades con brotes originales. / STENSETH ET AL/PNAS
    Sus conclusiones contradicen la idea generalmente aceptada por los científicos de que la peste de 1346 vino para quedarse. Los historiadores han señalado tradicionalmente que aquel brote lo llevaron los mongoles al asedio de Caffa (actual Feodosia), a orillas del mar Negro. La ciudad era entonces punto final de la Ruta de la Seda y embarque para las mercancías asiáticas con destino a las ciudades europeas. Para vencer la plaza, usaron cadáveres infectados. En su huida, los comerciantes y marinos llevaron la peste a los puertos italianos y de ahí al resto de Europa.
    Eso explicaría el origen de la pandemia, pero no los sucesivos brotes de hasta bien entrado el siglo XIX, fecha en la que la peste desapareció de Europa. Hasta ahora se ha creído que las ratas urbanas y otros roedores silvestres europeos habrían servido como reservorio de la enfermedad y causado los posteriores brotes. Sin embargo, este trabajo revela una estrecha relación entre el clima en Asia central y cada gran brote de la enfermedad.

    El historiador Ole Benedictow rechaza el origen asiático de los sucesivos brotes
    El reservorio natural de la bacteria que causa la peste (Yersinia pestis) son varias especies de roedores silvestres de Asia Central. Por mecanismos poco claros, la infección llegaría hasta los humanos por medio de pulgas como vectores. El nexo de unión entre ambos extremos habría sido la rata negra (Rattus rattus), que comparte ecosistema con los humanos. Pero tanto el salto del medio natural al urbano como el papel de las ratas aún son discutidos.
    Si las conclusiones del equipo de Stenseth son confirmadas por nuevos estudios filogenéticos de la bacteria en restos humanos de los distintos brotes, el relato de la historia de la peste debería ser como el que estos investigadores cuentan en sus conclusiones: Un repentino e intenso cambio en las condiciones climáticas en las estepas obligaría a las pulgas portadoras a buscar nuevos huéspedes. Sin descartar a las ratas o a los humanos, los investigadores sugieren otra víctima, los camellos. Claves en las rutas comerciales que atravesaban el foco original, las caravanas con los animales infectados se reunían en los caravasares, convirtiendo estas paradas en multiplicadores de la enfermedad. Desde allí, la peste llegaba a los puertos del mar Negro o el Mediterráneo.
    El trabajo del grupo de Stenseth incluso estima la velocidad de propagación de la peste. Comprobaron que hay una relación temporal entre una alteración climática y la llegada de un brote. Desde su registro en los anillos de los juníperos del Karakorum hasta la llegada a Europa, la infección tarda unos 15 años. El brote salta de su entorno natural en uno o dos años. Otros 10 o 12 es lo que tarda en viajar por las estepas por las rutas comerciales, unos 4.000 kilómetros desde las montañas de Asia central hasta las costas del mar Negro. Y en solo tres, castiga el extremo occidental de Europa. 

    Solo una teoría más sobre la peste

    Sin embargo, la tesis de Stenseth sobre la peste es, para un destacado historiador de la enfermedad una idea sugerente pero sin base histórica. El profesor emérito de Historia Ole J. Benedictow, de la misma universidad que Stenseth, niega que los sucesivos brotes de peste fueran reintroducciones desde Asia.
    "Desde hace tiempo, hay acuerdo entre los historiadores de la peste sobre la continua presencia de brotes de la plaga en Europa durante la segunda pandemia, 1346-1722", recuerda Benedictow, autor de La Peste Negra, 1346-1353, una de las obras claves en la historia de esta enfermedad. También comenta que lo mismo sucedió con la primera pandemia, la plaga de Justiniano, en 541. Y no solo en Europa. Otros historiadores ya mostraron que en grandes zonas del norte de África la peste ha circulado entre los roedores durante siglos, "como sabemos por la famosa novela de Camus", dice el historiador noruego
    Pero Benedictow golpea la línea de flotación de la teoría del origen asiático reincidente de la peste recordando un hecho clave en la historia: Dado que la Ruta de la Seda fue cerrada por los mongoles décadas antes del brote de la muerte negra iniciado en Caffa, bloqueo que se mantuvo durante siglos, "las recurrentes epidemias no pudieron ser reintroducciones".