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miércoles, 24 de febrero de 2016

LITERATURA. Sobre la poesía de Rubén Darío. Sergio Ramírez

   Rubén Darío

En "El País":

Cisnes de verdad y de mentira

Mitología y música son dos mundos que se enlazan en la poesía de

Rubén Dario


En la poesía de Rubén Darío hay dos mundos que se distancian, aunque aparezcan no pocas veces juntos en la forma: uno insondable, de misterios siempre por descifrar, donde la correspondencia de los significados se vuelve infinita: la sinestesia, ese juego verbal profundo donde el sol es sonoro y los sonidos son áureos; la búsqueda constante de lo diverso, que es la clave de la unidad de los significados pitagóricos, los números como signos del universo “que nos dicen al Dios que no se nombra”.
De allí su fascinación por la mitología, cuyos personajes híbridos, más allá de poblar su imaginería verbal, entran en sus poemas como criaturas apasionadas, contradictorias y feroces. La pasión es la causa de su deformidad, o de su anormalidad, y más que una envoltura carnal tienen una presencia espiritual, la única capaz de ser testigo o partícipe de la epifanía. Y los saca del friso de mármol para expresar a través de ellos sus propias incertidumbres existenciales, como en El coloquio de los centauros.
El otro de sus dos mundos es musical, fácil al oído y a la memoria, bendecido por la rima. Como bien dice Stendhal, la memoria necesita de la rima. Y como son poemas que cuentan historias, los aprendimos a recitar en nuestra infancia: La sonatina, Los motivos del lobo. Es una poesía que viste ropas brillantes, igual que el rey de Margarita.
Esos brillantes ropajes son verbales, y provienen de la literatura francesa del siglo XIX. La innovación consistió en darle una nueva música, atrevida, briosa y resonante al idioma y, por tanto, una nueva estructura verbal. “El modernismo fue una escuela poética; también fue una escuela de baile, un campo de entrenamiento físico, un circo y una mascarada”, como señala Octavio Paz.
Pero el músico ya estaba desde antes en Rubén, dueño de un espléndido oído, hasta que, como los verdaderos músicos, dio con su propia clave creadora. Supo escuchar las novedades del verso simbolista francés, pero también las cadencias de la poesía popular, desde los himnos religiosos de su infancia a los endecasílabos olvidados de la gaita gallega. Fue una aventura verbal, y la entrada en territorios antes proscritos.
Un músico de nacimiento, que no en balde cargaba con su piano Pleyel, huésped forzado, con no poca frecuencia, de las casas de empeño, y que terminó vendiendo cuando, nombrado embajador de Nicaragua ante la Corte de Madrid en 1907, no pudo sostener la legación en la calle de Serrano, porque su Gobierno le atrasaba los sueldos, o no se los pagaba.
En su novela autobiográfica El oro de Mallorca se disfraza de un compositor latinoamericano, Benjamín Itaspes, “un temperamento erótico atizado por la más exuberante de las imaginaciones, y su sensibilidad mórbida de artista, su pasión musical, que le exacerbaba y le poseía como un divino demonio interior…”.
Esa poesía fue una puesta en escena cuyas bambalinas y decorados se come de manera implacable la polilla, y lo mismo sus numerosos figurantes: faunos, ninfas, centauros, cisnes y pavorreales, hadas madrinas y princesas encantadas: “Veréis en mis versos princesas, reyes, cosas imperiales, visiones de países lejanos o imposibles: ¡qué queréis!, yo detesto la vida y el tiempo en que me tocó nacer…”, dice.
Semejante parafernalia identificó al modernismo, decorados, efectos de color, novedades que se acercaban peligrosamente a la cursilería, y aún podemos asomarnos con curiosidad a ese museo de cera. Pero sin aquel ejercicio lúdico nunca habría existido la ruptura que trajo la modernidad que desentumió a la lengua española. Algunos de quienes lo acompañaron en aquella aventura colorida perecieron junto con ese modernismo decorativo, porque se atuvieron a las calidades exteriores y no a la esencia verdaderamente moderna que había dentro de la envoltura modernista, donde se hallan los temas que han alimentado siempre a la literatura, nacidos de la exploración sin subterfugios de la condición humana, empezando por el amor y la muerte, esa dualidad tan perturbadora para Rubén: Eros y Thanatos. El primero de sus dos mundos.
El cisne que conduce la barca de Lohengrin es un cisne de utilería, pero los de Rubén, además de su simbólica majestad erótica, su cuello entre los muslos de Leda, con ese mismo cuello no dejan de abrir interrogantes acerca del sentido de la vida. Y en el poema Los cisnes de Cantos de vida y esperanza, se dejan interrogar por el poeta en tiempos de incertidumbre:
¿Seremos entregados a los bárbaros fieros?
¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?
Sergio Ramírez es escritor.

viernes, 12 de febrero de 2016

LITERATURA. "Poesía moderna para siempre"

   En "Babelia":

Poesía moderna para siempre

Los poetas de hoy mantienen el pulso renovador que inició Rubén Darío hace 100 años

Ilustración de Ana Juan.
Ilustración de Ana Juan

Igual que los creacionistas que aborrecen a Darwin descienden del mono, también los poetas que reniegan de Rubén Darío descienden de Rubén Darío. ¿Por qué? Porque el poeta nicaragüense no solo fue el maestro de la poesía hispana moderna, sino también el maestro de los maestros: fueran Juan Ramón Jiménez o Antonio Machado, César Vallejo o Pablo Neruda. Así, José Manuel Caballero Bonald dice que nunca fue “devoto de la bisutería musical del modernismo”, pero reconoce lo que el autor de Azul…, muerto hace hoy 100 años, supuso “como iniciador de una lengua renovadora que abrió el camino del simbolismo”. Lo mismo opinan María Victoria Atencia y Clara Janés. Para ambas, más importante que el propio Darío, fue su influencia en la generación del 27: el puente entre el modernismo y la modernidad.
Elena Medel lleva esa influencia más adelante —a “los outsiders de la primera posguerra española, como el grupo Cántico o Alfonsa de la Torre”, marcados por el uso preciosista del lenguaje— mientras Luis García Montero la lleva más atrás: “Lorca es impensable sin Rubén Darío, pero este lo es sin Bécquer”. ¿Qué demuestra eso? Que las rupturas nunca son tajantes. “Tenemos una idea de modernidad heredada del consumo, que pide romper con el pasado y fabricar novedades sin parar. Esa idea es falsa: la literatura es un fluido a largo plazo”. El propio García Montero admite, no obstante, que Darío supuso una quiebra a finales del siglo XIX: la reivindicación del “orgullo estético” frente al “realismo adocenado y al utilitarismo industrial”. La dicotomía entre útil y bello es precisamente la que usa Juan Antonio González-Iglesias para subrayar la herencia del padre del modernismo: “Lo más útil que enseñó es una nueva belleza, la perfección en la métrica, en el ritmo y en el vocabulario. Le debemos también la enseñanza de que los mitos antiguos se pueden decir con palabras modernas, científicas”. ¿Por ejemplo? “Cuando llama a Venus ‘princesa de los gérmenes’ y ‘reina de las matrices”.


Tanto Claribel Alegría como Darío Jaramillo y Piedad Bonnett traducen esa perfección en una palabra: música. “Nos enseñó a mezclar ritmos y a buscar libertades inusitadas”, dice Bonnett. Pero la adaptación del simbolismo francés a una lengua agostada por ese realismo adocenado del que hablaba García Montero es un arma de doble filo para Martín López-Vega. “El lugar de Rubén Darío en la historia de la poesía en castellano indica lo perdida que estaba esa poesía”, afirma. “Cernuda decía que los modernistas no se habían enterado de lo mejor de la poesía francesa del XIX (Baudelaire, Mallarmé, Rimbaud) y se habían dedicado a copiar a los segundones. Estoy de acuerdo. No tuvimos un Romanticismo en condiciones y el modernismo, si uno lo compara con el francés, el inglés o el portugués, es blandengue, palabrero, ingenuo, ridículo. A Darío lo separan de Eliot y Pessoa 20 años, pero estéticamente les separan dos siglos. Creo que solo escribió un poema que merezca tal nombre: ‘Lo fatal’, excepcional y enorme”. Por si acaso, tanto Jaramillo como Óscar Hahn e Ida Vitale recuerdan la insistencia de Rubén Darío en que nadie lo adoptase como maestro. “Quizás fue el último poeta de nuestra lengua”, apunta esta última, “cuya obra entró indiscutidamente en una fama internacional casi escandalosa, esa que hoy se reserva a los deportistas. Le tocó la desdicha de verse rebajado a una moda”.
Rubén Darío lleva un siglo en el ADN de la poesía hispana. Nada menos, nada más. “Intentar hoy un tono a lo Rubén Darío sería un anacronismo de despistado”, advierte Darío Jaramillo, que, junto a la fusión entre poesía y música, señala otra deuda con el nicaragüense: “Abrió la atención a la poesía en otras lenguas y reivindicó un idioma más universal, menos sometido a los preceptos dictados por un legislador del idioma. En esto, se anticipó a lo que hoy es aceptado por todos”. González-Iglesias añade un matiz a esa universalidad: “Los poetas no pertenecen a una nación sino a una lengua, y la lengua suele ir vinculada más al imperio —como categoría literaria positiva— que a la nación. En ese sentido Rubén no es un poeta nicaragüense, sino un poeta del imperio francés que escribe en lengua española, del mismo modo que hubo poetas del imperio romano que escribieron en griego. Literariamente es un poeta francés, por eso moderniza la literatura española”.
Imagen y velocidad
Aceptado que Darío revolucionó la poesía en español, la pregunta es si una revolución semejante es posible hoy que —consolidado el paso del francés al inglés como lengua de influencia cultural— vivimos tiempos, según González-Iglesias, de “una poesía aparentemente globalizada pero en realidad vinculada al imperio americano vigente”. Para Piedad Bonnett, un poema moderno es aquel que expresa “sensibilidades de la época en que se escribe, propone un lenguaje ajustado a nuevas realidades y, aunque recoge algunos aspectos de la tradición, rompe con ella en otros”. En su opinión, el lenguaje de los poetas más jóvenes tiene mucha influencia de las redes sociales, mucha “contaminación” mediática y, sobre todo, miradas transgresoras imposibles en la generación anterior “porque lo que para ellos fue familiar desde siempre no lo es para nosotros”. Entre esos elementos destaca la cultura de la imagen: “Lo visual en ellos es más fuerte, y lo usan más como vía de conocimiento. También influye en su estética. Me refiero, por ejemplo, a las series animadas japonesas, la publicidad, los juegos cibernéticos, las formas de oír música”. Todo eso, dice, transforma la mirada y hasta la idea de tiempo: “Tienen otra idea de la velocidad y de la eficacia de las comunicaciones”. A sus 92 años, Claribel Alegría está de acuerdo: “Siempre sigue la misma búsqueda interior, pero con las nuevas tecnologías las formas están cambiando”. El diagnóstico de López-Vega, entretanto, tiene un pie en la sociología y otro en la certeza de que la novedad ya es una tradición: “No creo que se puedan inventar temas, pero el hecho de que la poesía haya dejado de ser casi únicamente asunto de varones blancos heterosexuales ha hecho que haya que repensar la mayoría de esos temas desde la raíz. Y repensarlos requiere un conocimiento profundo de la tradición, algo que solo se consigue estudiando”.

“Tenemos una idea de modernidad heredada del consumo: romper con el pasado y fabricar novedades sin parar. Esa idea es falsa: la literatura es un fluido a largo plazo”, dice Luis García Montero

La poesía del chileno Óscar Hahn está llena de referencias a la imaginería estadounidense de la sociedad de consumo — durante años vivió en Iowa—, pero advierte contra la caducidad de lo moderno: “Lo que hoy es moderno va a envejecer en muy poco tiempo. Se puede hablar ahora de whatsapp y smartphones, pero en 50 años todo eso va a pasar de lo novedoso a lo trivial. Habrá otros objetos novedosos. Yo incorporo en mis poemas las cosas que me rodean, pero nunca con el propósito de modernizarlos”. T. S. Eliot decía que el lugar del arte está donde se cruzan la eternidad y el tiempo, y Hahn reivindica la idea de vigencia. “La poesía no quiere ser tan solo una crónica del presente, sino permanecer en el tiempo. No busca estar al día, sino ser vigente para el lector de hoy y para el del futuro”. Pregunta: ¿Cómo se consigue eso? Respuesta: “He ahí el misterio”.
Otro misterio es poner de acuerdo a dos escritores respecto a lo que se escribe hoy. Mientras el propio Hahn habla de “precariedad imaginativa”, Caballero Bonald aprecia que algunos jóvenes buscan nuevos caminos a la “enseñanza magnífica” del simbolismo: “Por ahí apunta la poesía que funda una nueva realidad y no copia la preexistente. No tengo ni idea de lo que hace que un poema sea moderno, pero a lo mejor es moderno todo lo que no es rea­lista. El realismo, en poesía, es la excusa de los que ignoran qué es poesía”. García Montero subraya que en estos eternamente malos tiempos para la lírica se vive hoy un “estallido” de versos en Internet y de libros de cantautores en las librerías (españolas). Muchos de estos últimos invocan su nombre como referencia de lírico en ropa de calle, pero él prefiere ser prudente: “El hecho de vender mucho no justifica la calidad, igual que no la niega vender poco”. ¿Solución? “Apostar por el rigor”. Por lo pronto, su próximo libro se titula Balada de la muerte de la poesía y será, dice, el más hermético que ha escrito.
Sexo, política, ciencia
Si hubiera que resumir el estado de la cuestión en tres versos podrían usarse los de González-Iglesias, traductor del latín además de escritor: “La canción del verano suena más que la Eneida” y “No diré que Petrarca no nos sirve, / diré que no nos basta”. Él mismo destaca varios nombres entre los autores más jóvenes: “Hay un nuevo romanticismo en poetas sexuales y aparentemente descarados como Cristian Alcaraz, pero también los hay contenidos, herméticos de un modo distinto a lo que conocíamos, como Alejandro Simón Partal, que escribe: ‘apostar por el recuento / es una forma de mutar el pasado”. Entretanto, Clara Janés llama la atención sobre Carta en el bolsillo de un muerto, de Mar Pérez, que consigue “ser universal” sin renunciar a la inquietud social, otro de los asuntos que la crisis económica ha devuelto a la poesía.

“En los jóvenes lo visual es más fuerte, y eso influye en su estética: las series animadas japonesas, la publicidad, los juegos cibernéticos...”, apunta Piedad Bonnett

Por su parte, López-Vega sale del castellano para destacar un libro reciente en catalán y otro en gallego: Mur, de Gemma Gorga, y Cráter, de Olga Novo: “El de Novo, en realidad, lleva la contraria a Darío, porque en él no solo el árbol y la piedra son sensitivos, sino también, por ejemplo, un Simca 1200, que se convierte en un útero materno. Novo le da voz a todo”. Son, dice, literatura que ha asumido la ciencia: “Están escritos después de la física cuántica, traen a la poesía descubrimientos como los de Niels Bohr, que niega el concepto de límite, lo que, ampliando, niega la separación entre cosas como humano/no humano, natural/cultural. Bohr vio más allá que Einstein y poetas como ellas ven más allá que la mayoría de sus contemporáneos”. Tal vez por eso, y no porque sigan una moda, decimos que son modernas.
Todos, finalmente, insisten en que el talento creativo individual es lo importante, más allá del tiempo y de los países, y por mucho que se trate del mismo tiempo y de la misma lengua. ¿Qué tiene que ver la poesía que se escribe en España con la que se escribe en Argentina, en Chile, en El Salvador o en Venezuela?, se pregunta Elena Medel. La escritura de un libro sobre Antonio Machado El mundo mago- le hizo ver no sólo la influencia de Rubén Darío sino también cómo esa influencia se tradujo en un diálogo vivo entre la poesía española y la latinoamericana. Diálogo que, dice, nunca ha vuelto a ser tan intenso como hace cien años “por muchas herramientas que ahora lo permitan”. Ella misma, en colaboración con Luna Miguel, publicó el año pasado Los reyes subterráneos, una antología de poetas jóvenes de México que le hizo ver “su manera libérrima y desprejuiciada de acercarse a la tradición y, al mismo tiempo, de plantear la conversación con sus coetáneos: por ejemplo, no puedo leer a Gerardo Grande sin recordar a los poetas del rock, pero tampoco sin tener presente cómo afrontaron el poema extenso Gorostiza, Owen o Paz”. Fuera de México y de aquella antología, Medel destaca a la argentina Natalia Litvinova por “su construcción de una identidad propia y plural al mismo tiempo desde el trabajo con el silencio” y a la salvadoreña Krisma Mancía y “su tratamiento lorquiano y generoso de las imágenes”. Sin dejar de subrayar la imposible misión de acotar todas las propuestas de “un idioma tan diverso”, Medel concluye al citar esos tres nombres: “Para mí son diferentes, y para mí son nuevos”. Además, son poesía. El resto es literatura.

sábado, 30 de abril de 2011

POESÍA. SEMANA DEL LIBRO. "Libros extraños", de Rubén Darío (1867-1916)

Rubén Darío

LIBROS EXTRAÑOS

Libros extraños que halagáis la mente
en un lenguaje inaudito y tan raro,
y que de lo más puro y lo más caro,
hacéis brotar la misteriosa fuente;

inextinguible, inextinguiblemente
brota el sentir del corazón preclaro,
y por él se alza un diamantino faro
que el mar de Dios mira profundamente...

fuerza y vigor que las alas enlaza,
seda de luz y pasos de coloso,
y un agitar de martillo y de maza,

y un respirar de leones en reposo,
y una virtual palpitación de raza;
y el cielo azul para Orlando Furioso...

jueves, 6 de enero de 2011

POESÍA. "Los tres Reyes Magos", de Rubén Darío (1867-1916)

Rubén Darío

Los tres Reyes Magos

-Yo soy Gaspar. Aquí traigo el incienso.
Vengo a decir: La vida es pura y bella.
Existe Dios. El amor es inmenso.
¡Todo lo sé por la divina estrella!

-Yo soy Melchor. Mi mirra aroma todo.
Existe Dios. Él es la luz del día.
La blanca flor tiene sus pies en lodo.
¡Y en el placer hay la melancolía!

-Yo soy Baltasar. Traigo el oro. Aseguro
que existe Dios. Él es el grande y fuerte.
Todo lo sé por el lucero puro
que brilla en la diadema de la Muerte.

-Gaspar, Melchor y Baltasar, callaos.
Triunfa el amor, y a su fiesta os convida.
Cristo resurge, hace la luz del caos
y tiene la corona de la vida.

viernes, 12 de noviembre de 2010

CUENTO. "El velo de la reina Mab", de Rubén Darío (1867-1916)

El velo de la reina Mab
La reina Mab, en su carro hecho de una sola perla, tirado por cuatro coleópteros de petos dorados y alas de pedrería, caminando sobre un rayo de sol, se coló por la ventana de una buhardilla donde estaban cuatro hombres flacos, barbudos e impertinentes, lamentándose como unos desdichados.
Por aquel tiempo, las hadas habían repartido sus dones a los mortales. A unos habían dado las varitas misteriosas que llenan de oro las pesadas cajas del comercio; a otros, unas espigas maravillosas que al desgranarlas colmaban las trojes de riqueza; a otros, unos cristales que hacían ver en el riñón de la madre tierra, oro y piedras preciosas; a quiénes, cabelleras espesas y músculos de Goliat, y mazas enormes para machacar el hierro encendido; y a quiénes, talones fuertes y piernas ágiles para montar en las rápidas caballerías que se beben el viento y que tienen las crines en la carrera.
Los cuatro hombres se quejaban. Al uno le había tocado en suerte una cantera; al otro, el iris; al otro, el ritmo; al otro, el cielo azul.
                                             ***
La reina Mab oyó sus palabras. Decía el primero:
-¡Y bien! ¡Heme aquí en la gran lucha de mis sueños de mármol! Yo he arrancado el bloque y tengo el cincel. Todos tenéis, unos el oro, otros la armonía, otros la luz; yo pienso en la blanca y divina Venus, que muestra su desnudez bajo el plafond color de cielo. Yo quiero dar a la masa la línea y la hermosura plástica; y que circule por las venas de la estatua una sangre incolora como la de los dioses. Yo tengo el espíritu de Grecia en el cerebro, y amo los desnudos en que la ninfa huye y el fauno tiende los brazos. ¡Oh, Fidias! Tú eres para mí soberbio y augusto como un semidiós, en el recinto de la eterna belleza, rey ante un ejército de hermosuras que a tus ojos arrojan el magnífico chitón, mostrando la esplendidez de la forma, en sus cuerpos de rosa y de nieve. Tú golpeas, hieres y domas el mármol, y suena el golpe armónico como un verso, y te adula la cigarra, amante del sol, oculta entre los pámpanos de la viña virgen. Para ti son los Apolos rubios y luminosos, las Minervas severas y soberanas. Tú, como un mago, conviertes la roca en simulacro y el colmillo del elefante en copa del festín. Y al ver tu grandeza siento el martirio de mi pequeñez. Porque pasaron los tiempos gloriosos. Porque tiemblo ante las miradas de hoy. Porque contemplo el ideal inmenso y las fuerzas exhaustas. Porque a medida que cincelo el bloque me ataraza el desaliento.
                                             ***
Y decía el otro:
-Lo que es hoy romperé mis pinceles. ¿Para qué quiero el iris, y esta gran paleta del campo florido, si a la postre mi cuadro no será admitido en el salón? ¿Qué abordaré? He recorrido todas las escuelas, todas las inspiraciones artísticas. He pintado el torso de Diana y el rostro de la Madona. He pedido a las campiñas sus colores, sus matices; he adulado a la luz como a una amada, y la he abrazado como a una querida. He sido adorador del desnudo, con sus magnificencias, con los tonos de sus carnaciones y con sus fugaces medias tintas. He trazado en mis lienzos los nimbos de los santos y las alas de los querubines. ¡Ah, pero siempre el terrible desencanto! ¡El porvenir! ¡Vender una Cleopatra en dos pesetas para poder almorzar!
¡Y yo, que podría en el estremecimiento de mi inspiración, trazar el gran cuadro que tengo aquí adentro...!
                                             ***
Y decía el otro:
-Perdida mi alma en la gran ilusión de mis sinfonías, temo todas las decepciones. Yo escucho todas las armonías, desde la lira de Terpandro hasta las fantasías orquestales de Wagner. Mis ideales brillan en medio de mis audacias de inspirado. Yo tengo la percepción del filósofo que oyó la música de los astros. Todos los ruidos pueden aprisionarse, todos los ecos son susceptibles de combinaciones. Todo cabe en la línea de mis escalas cromáticas.
La luz vibrante es himno, y la melodía de la selva halla un eco en mi corazón. Desde el ruido de la tempestad hasta el canto del pájaro, todo se confunde y enlaza en la infinita cadencia. Entre tanto, no diviso sino la muchedumbre que befa y la celda del manicomio.
                                             ***
Y el último:
-Todos bebemos del agua clara de la fuente de Jonia. Pero el ideal flota en el azul; y para que los espíritus gocen de su luz suprema, es preciso que asciendan. Yo tengo el verso que es de miel y el que es de oro, y el que es de hierro candente. Yo soy el ánfora del celeste perfume: tengo el amor. Paloma, estrella, nido, lirio, vosotros conocéis mi morada. Para los vuelos inconmensurables tengo alas de águila que parten a golpes mágicos el huracán. Y para hallar consonantes, los busco en dos bocas que se juntan; y estalla el beso, y escribo la estrofa, y entonces, si veis mi alma, conoceréis a mi Musa. Amo las epopeyas, porque de ellas brota el soplo heroico que agita las banderas que ondean sobre las lanzas y los penachos que tiemblan sobre los cascos; los cantos líricos, porque hablan de las diosas y de los amores; y las églogas, porque son olorosas a verbena y a tomillo, y al sano aliento del buey coronado de rosas. Yo escribiría algo inmortal; mas me abruma un porvenir de miseria y de hambre...
                                             ***
Entonces la reina Mab, del fondo de su carro hecho de una sola perla, tomó un velo azul, casi impalpable, como formado de suspiros, o de miradas de ángeles rubios y pensativos. Y aquel velo era el velo de los sueños, de los dulces sueños que hacen ver la vida de color de rosa. Y con él envolvió a los cuatro hombres flacos, barbudos e impertinentes. Los cuales cesaron de estar tristes, porque penetró en su pecho la esperanza, y en su cabeza el sol alegre, con el diablillo de la vanidad, que consuela en sus profundas decepciones a los pobres artistas.

Y desde entonces, en las buhardillas de los brillantes infelices, donde flota el sueño azul, se piensa en el porvenir como en la aurora, y se oyen risas que quitan la tristeza, y se bailan extrañas farándolas alrededor de un blanco Apolo, de un lindo paisaje, de un violín viejo, de un amarillento manuscrito.

jueves, 3 de junio de 2010

POESÍA. Rubén Darío: "Letanía de nuestro señor don Quijote"

Rubén Darío

LETANÍA DE NUESTRO SEÑOR DON QUIJOTE

                                          A Navarro Ledesma
Rey de los hidalgos, señor de los tristes,
que de fuerza alientas y de ensueños vistes,
coronado de áureo yelmo de ilusión;
que nadie ha podido vencer todavía,
por la adarga al brazo, toda fantasía,
y la lanza en ristre, toda corazón.

Noble peregrino de los peregrinos,
que santificaste todos los caminos
con el paso augusto de tu heroicidad,
contra las certezas, contra las conciencias
y contra las leyes y contra las ciencias,
contra la mentira, contra la verdad...

¡Caballero errante de los caballeros,
varón de varones, príncipe de fieros,
par entre los pares, maestro, salud!
¡Salud, porque juzgo que hoy muy poca tienes,
entre los aplausos o entre los desdenes,
y entre las coronas y los parabienes
y las tonterías de la multitud!

¡Tú, para quien pocas fueron las victorias
antiguas y para quien clásicas glorias
serían apenas de ley y razón,
soportas elogios, memorias, discursos,
resistes certámenes, tarjetas, concursos,
y, teniendo a Orfeo, tienes a orfeón!

Escucha, divino Rolando del sueño,
a un enamorado de tu Clavileño,
y cuyo Pegaso relincha hacia ti;
escucha los versos de estas letanías,
hechas con las cosas de todos los días
y con otras que en lo misterioso vi.

¡Ruega por nosotros, hambrientos de vida,
con el alma a tientas, con la fe perdida,
llenos de congojas y faltos de sol,
por advenedizas almas de manga ancha,
que ridiculizan el ser de la Mancha,
el ser generoso y el ser español!

¡Ruega por nosotros, que necesitamos
las mágicas rosas, los sublimes ramos
de laurel Pro nobis ora, gran señor.
¡Tiembla la floresta de laurel del mundo,
y antes que tu hermano vago, Segismundo,
el pálido Hamlet te ofrece una flor!

Ruega generoso, piadoso, orgulloso;
ruega casto, puro, celeste, animoso;
por nos intercede, suplica por nos,
pues casi ya estamos sin savia, sin brote,
sin alma, sin vida, sin luz, sin Quijote,
sin piel y sin alas, sin Sancho y sin Dios.

De tantas tristezas, de dolores tantos
de los superhombres de Nietzsche, de cantos
áfonos, recetas que firma un doctor,
de las epidemias, de horribles blasfemias
de las Academias,
¡líbranos, Señor!

De rudos malsines,
falsos paladines,
y espíritus finos y blandos y ruines,
del hampa que sacia
su canallocracia
con burlar la gloria, la vida, el honor,
del puñal con gracia,
¡líbranos, Señor!

Noble peregrino de los peregrinos,
que santificaste todos los caminos,
con el paso augusto de tu heroicidad,
contra las certezas, contra las conciencias
y contra las leyes y contra las ciencias,
contra la mentira, contra la verdad...

¡Ora por nosotros, señor de los tristes
que de fuerza alientas y de ensueños vistes,
coronado de áureo yelmo de ilusión!
¡Que nadie ha podido vencer todavía,
por la adarga al brazo, toda fantasía,
y la lanza en ristre, toda corazón!

martes, 1 de junio de 2010

POESÍA. Rubén Darío: "Rima I"

Rubén Darío
Rima I
En el libro lujoso se advierten
las rimas triunfales:
bizantinos mosaicos, pulidos
y raros esmaltes,
fino estuche de artísticas joyas,
ideas brillantes;
los vocablos unidos a modo
de ricos collares;
las ideas formando en el ritmo
sus bellos engarces,
y los versos como hilos de oro
do irisadas tiemblan
perlas orientales.

¡Y mirad! En las mil filigranas
hallaréis alfileres punzantes;
y, en la pedrería,
trémulas facetas
de color de sangre.

domingo, 30 de mayo de 2010

POESÍA. Rubén Darío: "Pequeño poema infantil"

Rubén Darío

PEQUEÑO POEMA INFANTIL


                II
                                    Para Carmencita Calderón Gomar

Las hadas, las bellas hadas,
existen, mi dulce niña,
Juana de Arco las vio aladas,
en la campiña.

Las vio al dejar el mirab,
ha largo tiempo, Mahoma.
Más chica que una paloma,
Shakespeare vio a la Reina Mab.

Las hadas decían cosas
en la cuna
de las princesas antiguas:
que si iban a ser dichosas
o bellas como la luna;
o frases raras y ambiguas.

Con sus diademas y alas,
pequeñas como azucenas,
había hadas que eran buenas
y había hadas que eran malas.
Y había una jorobada,
la de profecía odiosa:
la llamada
Carabosa.

Si ésta llegaba a la cuna
de las suaves princesitas,
no se libraba ninguna
de sus palabras malditas.
Y esa hada era muy fea,
como son
feos toda mala idea
y todo mal corazón.

Cuando naciste, preciosa,
no tuviste hadas paganas,
ni la horrible Carabosa
ni sus graciosas hermanas.
Ni Mab, que en los sueños anda,
ni las que celebran fiesta
en la mágica floresta
de Brocelianda.

Y, ¿sabes tú, niña mía,
por qué ningún hada había?
Porque allí
estaba cerca de ti
quien tu nacer bendecía:
Reina más que todas ellas:
la Reina de las Estrellas,
la dulce Virgen María.
Que ella tu senda bendiga,
como tu Madre y tu amiga;
con sus divinos consuelos
no temas infernal guerra;
que perfume tus anhelos
su nombre que el mal destierra,
pues ella aroma los cielos
y la tierra.


De BALADAS Y CANCIONES