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lunes, 21 de marzo de 2016

PRENSA CULTURAL. "Pérez Reverte y Don Quijote". Víctor Moreno

   En "nuevatribuna.es":

Pérez Reverte y Don Quijote

Víctor Moreno Escritor y profesor
nuevatribuna.es | 09 Diciembre 2014 - 

La instrumentalización del mito don Quijote ha sido una constante procaz a lo largo de la historia
En la feria de Guadalajara (México) de este año, el escritor Pérez Reverte ha arremetido -¡menuda novedad!-, contra los ministros de los gobiernos españoles y mexicanos, pasados y modernos, porque, en su académica opinión, “han maltratado el Quijote”. ¡Toma del frasco, Sansón Carrasco!
Culpar a los ministros de los gobiernos españoles, que se han venido sucediendo desde Cánovas del Castillo hasta hoy, por ser responsables de la desidia lectora de la sociedad española y, en concreto, del desprecio hacia el libro de Cervantes, tiene, cuando menos, su coña marinera de secano. Dando la vuelta al calcetín de su argumento, podría concluirse que el propio Pérez Reverte, al ser uno de los autores que más leen los españoles –según su docta opinión-, tendría su particular responsabilidad por haber trasegado el gusto de los lectores, adocenándolo hasta la más bajas cotas de la exigencia lectora. Y, por tanto, de no leer el Quijote, que exige un tute a las meninge muy superior al que pide Alatriste y sus gónadas.
Pérez Reverte sostuvo en Guadalajara que la lectura del Quijote “debe ser un estímulo para alcanzar el entusiasmo y la fe en que las cosas se pueden cambiar”. Siendo así, seguro que los dirigentes de Podemos han leído el Quijote, una y dos y hasta tres veces.
Para el escritor cartagenero, la importancia del Quijote como “elemento educativo y civil es tan alta” que "da vergüenza que España y México sean de los seis países en los que no se ha sentido que esta obra sea de obligatoria enseñanza y de obligada lectura”. Peor aún: “los ministros ignoran qué es el Quijote, ni saben para qué sirve".
Menos mal que disponemos de un tipo tan versado en Cervantes que lo sabe. Por eso, sorprende que no lo haya denunciado hasta ayer mismo. ¿Por qué será? Pues, ni más ni menos que al hecho de que Pérez Reverte ha publicado una adaptación de la obra de don Quijote para adolescentes, por encargo de la Real Academia.
Hace 102 años, el Gobierno de entonces instó a la Real Academia, asistida por un catedrático y por el director de la Biblioteca Nacional, a que hiciera una adaptación del Quijote. En el tercer centenario del Quijote, en 1905, el escritor Guillaume Apollinairepropuso la promulgación de una Orden Real que obligase a alfabetizar a los españoles leyendo el Quijote. Felizmente, no se llevó a cabo semejante despropósito. Sin embargo, sí se promulgó la odiosa medida de hacer obligatoria la lectura del Quijote en las escuelas. No se sabe qué fue peor.
Ahora, Pérez Reverte sostendrá que su adaptación es una “herramienta muy útil para que los jóvenes tengan acceso a los valores que el Quijote promueve”. Entiéndase, los valores que según Pérez Reverte promueve el Quijote, es decir, “ofrece apoyo y consuelo en estos tiempos en que se reclama justicia cuando las patrias y los sistemas están en cuestión”. No imagina uno cómo la lectura de un libro puede producir valores tan milagrosos en la sociedad, pero, si lo dice Pérez y le apoya Reverte, habrá que callarse.
Por si fuera poco, el Quijote es “un gran patrimonio de la lengua, y la lengua es la única patria que no está puesta en cuestión. Es la única patria por la que es decoroso vivir. Todas las banderas son más o menos sospechosas. Y el Quijote es una bandera fuera de toda sospecha”. Ni el Catecismo Patriótico Español de 1939, escrito por el dominico Menéndez Reigada, lo diría mejor.
El hecho de que la Real Academia se haya decidido por una adaptación de don Quijote en 2014 para adolescentes es un tanto paradójico. Si algo sobra, son adaptaciones quijotescas. Entre otras, figuran las llevadas a cabo por Paula López Hortas (Anaya), de Nuria Ochoa, Carlos Reviejo (SM), José María Plaza (Espasa), Concha López Narváez (Bruño), Rosa Navarro Durán (Edebé), Vicente Muñoz Puelles (Algar) José Luis Giménez Frontín (Lumen), Andrés Amorós (SM), etcétera. Quizás, el escritor Pérez Reverte considerase que ninguna de estas adaptaciones era digna a sus ojos de académico, pues no promovían los valores por los que él suspira: lengua, patria, justicia, sistema, consuelo y la bandera de El Quijote, que ya me dirán cuál es, después de las interpretaciones variopintas recibidas desde 1605.
Hay que ser tan ingenuo como torpe para pensar que uno se hará más demócrata y más ilusionado para “desfacer todo tipo de entuertos”, gracias a la lectura del Quijote. Esta torpeza didáctica conductista no es original. Carlos Fuentes consideraba que era imposible que alguien que leyera el Quijote no saliera de dicha lectura hecho un demócrata. Para ejemplo, él mismo. Nabokov y Mann consideraban, sin embargo, que El Quijote era “una enciclopedia de la crueldad”, así que lo más probable era que quien entrara en la Mancha saliese por Nueva York hecho un sádico o experto en acosos varios. Al fin y al cabo, el Quijote pasa sus aventuras padeciendo la burla cruel de los otros.
En serio. La instrumentalización del mito don Quijote ha sido una constante procaz a lo largo de la historia. Cada quien ha pretendido usarlo en beneficio propio. Pérez Reverte cae en la misma trampa aunque su deseo sea expresión de una supuesta buena voluntad ideológica, ética y moral, además de económica. Pero no hay doctos más imprudentes que quienes pretenden ordeñar la literatura en pro de unos valores que uno considera los mejores del mundo mundial.
Si sirve de advertencia, recordemos que los ideólogos del fascismo y de los golpistas de 1936, explotarían el mito Quijote como legitimación ética, moral y política de sus desvaríos. Aunque la obra de Ramiro Ledesma, El Quijote y nuestro tiempo, fue publicada en 1924, Tomás Borrás la editaría en 1971, asegurando en el nuevo prólogo que “el libro de Ledesma parece anunciar el quijotismo de la Cruzada”. Y no hace falta mucha imaginación qué entuertos desfacería este Quijote fascista: la democracia y la república.
La justificación del saltimbanqui Ernesto Giménez Caballero resulta más alarmante todavía. Su panfleto La vuelta de don Quijote se publicó en 1932. Ahí presenta al héroe manchego universal como “el libro más antinacional, peligroso, inmoral y trágico de España. El libro más desterrable de España. El libro más temible y corrosivo de España. El peor veneno de España. Libro sádico que no termina nunca de estrangularnos y dejarnos morir santamente”. Alucinante, ¿no? Sin embargo, en 1944, sostendrá que “El Quijote de Cervantes significa la cima ejemplar de la Novela: en España y en el Mundo. Es el máximo valor de la Literatura española. Y uno de los supremos en la Universal: con la Biblia, la Ilíada griega, la Eneida, de Virgilio; la Divina Comedia, de Dante; el Hamlet, de Shakespeare; el Fausto, de Goethe.
Lo presentará como “símbolo de una nación española definida por su carácter católico e imperialista” (Lengua y Literatura de España, IV, “La Edad de Oro”, Madrid, Talleres, Tipográficos de Ernesto Giménez, 1953, reimpresión sin cambios de la edición de 1944).
Y así se podría seguir con las opiniones de Pemán, el llamado “juglar de la Cruzada”, que elevaría el Quijote a categoría y numen de la identidad del ser español, como ya hiciera Unamuno, y que es “una identidad mística y metafísica”.
Si alguien considera que la literatura, se llame El Quijote o Hamlet, asegura la transformación ética o moral de un individuo o de una colectividad, no es que no tenga idea de cómo funciona el acto lector, sino el mismo individuo, que este cambia cuando le interesa cambiar, no porque se lo diga Tintín o Tarzán.
La lectura es, puede serlo, un estimulante cognitivo, emocional, ético, político y lo que uno quiera. Pero, los modos de leer afectan tanto a los objetivos como a los métodos, que, al final, dichas lecturas terminan desnaturalizadas, al ser ordeñadas por intereses espurios. Un modo de leer que somete la lectura a unos objetivos previamente determinados por intereses ajenos al lector, lo único que consigue es castrar la posibilidad de una experiencia emocional e intelectual única. Y una adaptación delQuijote, ni te cuento.

jueves, 9 de abril de 2015

PRENSA CULTURAL. Sobre la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte

   En "El Día de Córdoba":

Pérez-Reverte recobra la esperanza

El autor presenta 'Hombres buenos', una aventura ambientada en el siglo XVIII que reivindica "el papel importantísimo" de la Real Academia en aquel tiempo de cambios
BRAULIO ORTIZ | ACTUALIZADO 07.04.2015 
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Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951), ayer.
A pesar de esa vieja imagen de institución exquisita aislada del ruido del mundo, "un club masculino de eruditos abuelos apolillados", un "cliché rancio" que aún persigue a la institución, la Real Academia Española de la Lengua fue a menudo capaz de sublevarse a los dictados de los gobernantes. Se cuenta en un pasaje de Hombres buenos, la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte: la RAE "siempre mantuvo una independencia real con respecto al poder, y eso que le tocó vivir varios tiempos difíciles. Acuérdate de Fernando VII, o de los intentos del dictador Primo de Rivera por controlarla... O de cuando, tras la Guerra Civil, Franco ordenó cubrir las plazas de académicos republicanos que estaban en el exilio, la Academia se negó a ello, y los sillones se mantuvieron sin ocupar hasta que los propietarios exiliados murieron o regresaron a España".

Éste es sólo uno de los muchos apuntes a favor de la Academia que contiene Hombres buenos,una novela -publicada en Alfaguara, como es costumbre en la carrera de Pérez-Reverte- que recrea un episodio asombroso en la historia de la entidad: cuando, en el siglo XVIII, se encargó la adquisición de la Encyclopédie, ou dictionnaire raisonné, una obra que "compendiaba la mayor aventura intelectual" de aquel tiempo y que por aquel entonces aún estaba prohibida en España. Al autor de La piel del tambor El tango de la guardia vieja le fascinó ese episodio, en un siglo en el que "España estuvo a punto de hacer un montón de cosas, y la Academia tuvo ahí un papel importantísimo", como premisa para una ficción que reivindica a la RAE, que Pérez-Reverte considera "muy desconocida" por el público.

"La gente piensa que hace un diccionario para España y lo hace para 500 millones de hispanohablantes", precisaba ayer el escritor, en un encuentro con periodistas en Sevilla. "Hay quien se queja de que se metan palabras como amigovio y otras que parecen raras, pero que se usan en América". La RAE, prosigue Pérez-Reverte, "es una especie de organismo diplomático que mantiene la unidad del español en 22 países, y tiene que hacer concesiones a estos, no sólo a España. Es un trabajo de puente, de diplomacia, muy complejo, muy delicado, que hace muy bien y del que estoy orgulloso -confiesa-. Y en el XVIII era una de esas instituciones necesarias e importantes en un Estado que intentaba ser moderno. Cuando me enteré de esta historia de laEncyclopédie pensé que era un buen modo de dar a conocer la Academia, y de hacer una reflexión sobre la España que tenemos y la España que pudo ser", explica sobre una narración que concibió también con "una lectura presente, que además de hablar de cómo era la España del XVIII, de nuestros males, de nuestras carencias, de las esperanzas que había de que cambiara, asomara la España, la Europa de hoy, y se viera cómo los fanatismos, los inmovilismos, las fuerzas oscuras que siempre han estado ahí han lastrado el progreso y el entendimiento de los hombres".

Más allá de esa conexión entre el ayer y el hoy, Pérez-Reverte plantea Hombres buenos como una "guía de entendimiento. Es sobre todo una historia de amistad y de libros, los libros como mecanismo de salvación, como analgésico, como solución". Frente a ese país cainita en el que la crispación parece ser la única forma de convivencia, el relato recoge dos visiones distintas del mundo que se toleran y complementan: el viaje que emprenden el almirante don Pedro Zárate y el bibliotecario don Hermógenes Molina, el primero "un marino científico, cartesiano, ateo", y el segundo un individuo "entrañable y religioso", les lleva pese a las diferencias al respeto mutuo. "Quería demostrar que fe, progreso, razón, son conceptos compatibles si hay buena voluntad", dice sobre unos personajes en cuyos diálogos sobrevuelan las palabras y el pensamiento de Cervantes, "también de Moratín, de Jovellanos, de Cadalso, de los españoles ilustrados". En las páginas de Hombres buenos se insiste en una idea: la España ilustrada fue "más bien prudente" y aquí faltó la revolución que sí se dio en Francia. "En España el XVIII fue un siglo de esperanzas, pero tuvimos muy mala suerte. Había aquí fuerzas que tiraban hacia atrás y tenían la puerta cerrada: el trono y el altar, el altar sobre todo. Cuando la cosa empezó a cambiar, llegó la invasión francesa, la guerra napoleónica, después el reinado de Fernando VII, el monarca más infame que hemos tenido nunca, después ese siglo XIX tan agitado entre liberales y conservadores que nos dejó destrozados... Fue mala suerte, pero una mala suerte muy alentada por las fuerzas reaccionarias, que motivó que esa España que podía haber sido no fuera hasta hace muy poco".

Hombres buenos está narrado entre ese siglo XVIII y el presente, con la voz del narrador que cuenta su proceso de documentación y sus charlas con compañeros como Víctor García de la Concha, Carmen Iglesias o Francisco Rico. "Con ninguno de ellos hablé en realidad. Es una invención disfrazada de verdad: el lector avisado reconoce esos juegos míos y los disfruta", opina Pérez-Reverte sobre los fragmentos del presente. "Lo que pasó es que la novela iba a ser lineal, con los personajes del XVIII nada más, pero había partes tediosas. Un viaje en ese tiempo era un viaje muy largo, había muchos tiempos muertos... y decidí recurrir a un narrador que está contando la historia, de esa forma podía saltarme los fragmentos más aburridos, hablar de los libros que utilizaba, de la documentación...".

Un proceso, el de documentarse, que Pérez-Reverte percibe como una de las mayores fortunas de su oficio. "Cuando estás trabajando en una novela aprendes un montón, es año y medio descubriendo textos, releyendo, desarrollando ideas y conceptos... Cuando un hombre tiene 63 años como yo, y canas en la barba y mucha vida vivida, ves que aún hay cosas que te sorprenden. Y eso es maravilloso".

No es el Estado, asegura Pérez-Reverte, "el que hace que las luces brillen en España; al contrario, hace a menudo dejación de sus funciones y deja indefensos a quienes quieren iluminarnos". En España, las luces hoy están en manos -sostiene el autor- de "héroes modestos, a menudo solitarios y sin ningún apoyo, especialmente los maestros que se desviven para que algunos chavales se salven. Cuanto mayor me hago, más pienso en que sin libros, sin lo que significan, estamos perdidos".

Pero Pérez-Reverte no quiere aferrarse al desencanto como conclusión: Hombres buenos es, posiblemente, la obra más esperanzada de su creador: "Esta novela me ha reconciliado con el mundo. Me ha obligado a buscar la parte buena del ser humano, y me ha devuelto algunas emociones que creía perdidas. Me ha hecho respetar más, mirar más, a la gente buena, y espero que al lector le ocurra lo mismo".

lunes, 16 de marzo de 2015

PRENSA CULTURAL. Entrevista a Arturo Pérez-Reverte, sobre "Hombres buenos", su última novela

   En "Babelia":

Pérez-Reverte: “He llegado a ver que la gente buena existe”

El escritor narra en 'Hombres buenos' la emocionante y conmovedora aventura de dos académicos enviados a conseguir la Encyclopédie al París de finales del XVIII


Arturo Pérez-Reverte sostiene un tomo de la Encyclopédie original que guarda la Real Academia Española. / DANIEL MORDZINSKI

Arturo Pérez-Reverte me cita a una hora más propia de un duelo que de una entrevista. Lo cual tiene, me digo, su lógica pues su nueva novela, la por tantos motivos apasionante Hombres buenos (Alfaguara), se abre con la evocación de un prado al amanecer, con escarcha, difuminado de neblina, sobre el que dos figuras en calzón ceñido y mangas de camisa se observan atentamente desde la afilada punta de sus espadas. Un asunto grave, sí. Son los predios de Scaramouche, de Barry Lyndon, de Los duelistas. Terreno muy perezrevertiano donde va a arrancar con el tintineo agudo de las hojas y el más sordo de las cazoletas esta insólita aventura. Una aventura de libros, ideas y amistad, con buenos y malos, una búsqueda, un itinerario jalonado por posadas, lances y emboscadas y teñido de peligros.
Dos elementos marcan la diferencia de estos Hombres buenos con la gran aventura canónica de Dumas, Stevenson, Féval o Mac Orlan, pienso mientras tomo asiento junto al escritor, en envidiable estado de revista y de excelente humor, investido de una nueva bonhomía. Una es la identidad de los héroes: dos miembros de la Real Academia Española, nada menos, entregados a la extravagante misión de viajar de Madrid a París para conseguir los 28 tomos de la prohibida Encyclopédie de D’Alambert y Diderot (estamos por supuesto también en un campo propio de Pérez-Reverte: el libro peligroso). El otro elemento diferenciador es la forma de narrar la historia: alternando la trama propiamente dicha —en el siglo XVIII— con la peripecia creativa del autor mientras da forma a su novela en la actualidad.
Empiezo preguntándole por los múltiples vericuetos de la historia, en la que se mezclan inextricablemente —a no ser que tires de enciclopedia (precisamente) o Google— personajes reales e inventados, históricos y actuales, situaciones verdaderas y ficticias. A destacar los cameos, pasados y presentes: te puedes topar con Marat como sangriento barbero o con Paco Rico. “Es todo un juego entre verdad y mentira, el reto era hacerlo creíble”. El escritor aparta la repregunta con un gesto y abre la guardia para trazar una visión panorámica de la novela. “Es una obra muy adecuada para tiempos como los actuales, una novela que presenta la amistad y la cultura como elementos de consuelo en época de crisis, un verdadero canto a la amistad y la cultura”. Explica que los diálogos de la trama histórica están todos inspirados en conceptos de Diderot, Rousseau, Voltaire, Moratín. “He transformado sus textos en diálogos para mis personajes. Así que en ellos, por su boca, hablan realmente los clásicos del XVIII”.
Y es que, considera Pérez-Reverte, “el XVIII es muy actual, es asombroso cuando lees a esos autores lo actualísimos que resultan, y lo útiles para el presente”. El escritor marca la diferencia entre la novela histórica al uso y “la que permite entender nuestro propio tiempo”. En ese sentido, Hombres buenos pretende que “la luz del XVIII ilumine el presente”. Es “un manual de supervivencia cultural y afectiva enraizado en el XVIII”.


Pérez-Reverte, en la RAE / DANIEL MORDZINSKI
El eje fundamental de la historia es la amistad que va surgiendo durante el azaroso viaje entre los dos protagonistas, esos dos buenos entre los buenos, que son el bibliotecario Hermógenes Molina y el almirante don Pedro Zárate, los dos maduros (ya sexagenarios) académicos comisionados para hacerse con la Encyclopédie de 1751 a fin de llevar los saberes y las luces del progreso a la España de su tiempo. Una noble misión que los conducirá a enfrentarse a bandidos o frecuentar librerías de lance donde se venden obras pornográficas bajo el sello de “filosofía”. “Caracteres muy distintos, los protagonistas se van conociendo y apreciando, y consiguen conciliar sus diferencias con el diálogo, debatiendo sobre fe y razón”.
La relación evoluciona hasta cimentar una amistad mayúscula, con momentos entrañables. Las preferencias de Pérez-Reverte, no puede evitarlo, se inclinan por el sobrio y asceta almirante, veterano del combate de Tolón, “un marino culto, newtoniano, de una estirpe que era admirada hasta por los ingleses; uno de los Churruca, Gravina, Malaespina, esa Marina ilustrada nuestra que pudo ser ariete de una España futura, arrinconada por la reacción, por la guerra de independencia, por Trafalgar… ”.
La idea de la trama surgió de la existencia real de una colección de la Encyclopédie en la Real Academia. “Llegó a España en una época en que estaba prohibida, así que me pregunté cómo había sido posible. Empecé a preguntar a los abuelos de la RAE y fue apareciendo la historia”. Lo de la alternancia de pasado y presente… “Era una novela muy compleja, con mucha información. No podía llenarla todo el rato de referencias laterales, necesitaba mecanismos para aliviar ese flujo de información y hacer elipsis. Colocar a ese narrador que iba explicando cómo construía la novela me facilitaba ejecutarla de una manera muy complicada estructuralmente y me permitía integrar al lector, ir junto con él, compartir la búsqueda de pistas y datos, hacerle salivar conmigo en el envés de la trama”.
En todo caso, Pérez-Reverte, tan enemigo de dar pistas personales sobre sí mismo, recalca que él no es el personaje del narrador. “Es un tipo que se me parece a mí, pero no soy yo. Es un artefacto narrativo”. El narrador es, como él, académico, bibliófilo, fan de Los tres mosqueteros, novelista de éxito con títulos que recuerdan poderosamente a los del propio Pérez-Reverte, y que se deja guiar por los mayores de la Academia que le orientaron a él en sus primeros pasos en la institución. “De ese afecto y respeto de académicos a la antigua, Gregorio Salvador, Mingote, surgió el contexto de esta novela. Que en buena medida es mi historia de amor con la Academia. Don Pedro Zárate está inspirado en el almirante Eliseo Álvarez-Arenas, un hombre muy excéntrico y elegante, un sabio en cosas de la mar, que fue muy afectuoso conmigo: éramos los dos marinos de la Academia”.

La novela pretende que la luz del Siglo XVIII ilumine el presente. Es un manual de supervivencia cultural y afectiva"
Apunto que don Pedro es el personaje que más se parece a Pérez-Reverte, por sus valores, expresiones y escepticismo. “Cosas mías hay en todos, pero ese pasado de marino le hace más dado a afrontar los problemas. Su compañero Hermógenes es más un alma buena simplemente. Un corazón generoso. Está orgulloso de su amigo. Eso es muy loable en un país como España, en el que la envidia es el rasgo nacional”. El novelista insiste en que Hombres buenos “es sobre todo una historia de amistad”. Él mismo parece sorprendido de la intensidad de ese vínculo en la novela. “Vivimos en un mundo tan frío que es conmovedor ver cómo se va llegando a eso, a expresar ese sentimiento, siempre sin perder el decoro”.
El desmedido abate Bringas, autor de un opúsculo sobre el onanismo, que hace de intermediario y virgilio de los dos académicos por el París prerrevolucionario (del que el autor realiza una descripción documentadísima), es uno de los personajes más singulares de la novela. “Está basado en el abate Marchena, que fue revolucionario en París, lo he llevado más allá, a un extremo de fanatismo muy español. Me gustó colocar a esos dos académicos tan circunspectos en manos de un descerebrado”.
Los villanos son capítulo aparte. “Necesitaba un contrapunto de los hombres buenos, unos hombres malos que son los que procuran que la misión fracase. Tanto perjudican los fanáticos revolucionarios y demagogos como los representantes de la reacción. La utopía inaplicable, la demagogia buenista, ha hecho mucho daño en España”. Para Pérez-Reverte, la solución a los problemas de España pasa por cultura, diálogo y buena voluntad. “Nunca hubo otra solución que caminar juntos”.
El novelista quiere que el lector sea tan feliz leyendo su relato como él lo ha sido escribiéndolo (calculando, por ejemplo, con minuciosidad leguas y millas, o describiendo un encuentro con Benjamin Franklin) y se sienta “mejor persona” tras acabarla. Amistad, felicidad, bondad son conceptos que resultan poco habituales en boca de Pérez-Reverte. Así que, carraspeando, le pregunto por el infame Raposo. “Ah”, sonríe con recuperada fiereza, “es el más revertiano de la función, la quintaesencia de mis malos, putero, violento”. Raposo es un viejo jinete de caballería metido a oficios broncos y hábil con la cachicuerna, con un pasado que dará mucho juego. Pero de nuevo vuelve el escritor a la amistad, como quien ha descubierto nuevas latitudes en un mapa olvidado. “Al final la palabra que define la novela es amistad”. Me resisto a no recoger aquí un pasaje de la novela que ofrece una bellísima descripción de la amistad: “Fragua así, despacio, el vínculo solidario, cada vez más estrecho, que es común a las naturalezas nobles cuando éstas se aproximan a causa de compartir imprevistos, afanes o aventuras”. He ahí una amistad de mosquetero, o de académico.


D.M.
“El duelo, ¿qué te ha parecido?”. Espléndido, le digo. Puedes notar el terreno arteramente resbaladizo bajo los pies, el miedo y la excitación entrando en los pulmones con cada bocanada de aire matutino. Esa omnisciencia que se apodera de ti en los momentos de peligro. Por no hablar del lujazo que es poner de padrino a Choderlos de Laclos. Pérez-Reverte asiente. “Esta novela me ha dado dos años de felicidad, felicidad de autor y de lector, moviéndome con mapas, identificando lugares, trazando itinerarios y, de la mano de mis queridos escritores del XVIII, buscando frases para que las dijeran mis personajes. Un trabajo apasionante”.
“Yo soy escéptico, más bien duro, amargo, al juzgar al ser humano”, continúa el escritor. “Pero esta novela me ha hecho un efecto terapéutico al obligarme a ponerme en el lugar de gente buena. He llegado a ver que la gente buena existe y que es posible vivir instalados en la cultura, el diálogo, la amistad, la educación y la esperanza. El almirante y Hermógenes me han convencido. Ahora hablo del ser humano con menos dureza”.
Volvemos al tema de los cameos, hay muchos, por ahí andan José Manuel Sánchez Ron, José González Carrión y otros amigos (y velados enemigos), “académicos reales, amigos reales, como tú”. Es raro hablar con un escritor que te ha convertido en personaje, te da como un cariz inmaterial. Aparezco en un pasaje de la novela como periodista y esgrimista que asesora al autor para el duelo. Lo cual es ficticio. He traído a la entrevista, por crear ambiente, un libro que era de mi abuelo, Teoría y práctica de la esgrima, de Pedro Carbonell (Madrid, 1900), maestro de armas de Alfonso XIII. Nos inclinamos golosos sobre las ilustraciones y Pérez-Reverte indica que este Carbonell era el hijo del que dio lecciones a Blasco Ibáñez para batirse en duelo. Ah, lo dices en la novela, le señalo al escritor, que alza divertido la cabeza y matiza: “No, lo dices tú”. Es cierto, ¡lo dice mi personaje! Nos miramos sonriendo.
“La amistad es lo que nos salva”, concluye Arturo Pérez-Reverte. Y no parece que se pueda añadir nada mejor.

jueves, 12 de marzo de 2015

PRENSA CULTURAL. LIBROS. Extracto de 'Hombres buenos', la nueva novela de Pérez-Reverte

   En "El País Semanal":

A la caza de la ‘Encyclopédie’

Arturo Pérez-Reverte publica un extracto de su nueva novela 'Hombres buenos' (Alfaguara), que llegará a las librerías el próximo 12 de marzo.

El libro arranca con la aventura de dos miembros de la RAE de finales del siglo XVIII, que fueron a París a buscar casi de forma clandestina la ‘Encyclopédie’ francesa.


Vista de la Biblioteca de la RAE donde se guardan los volúmenes que componen la 'Encyclopédie' de D'Alembert y Diderot. / SOFÍA MORO

A finales del siglo XVIII, dos miembros de la Real Academia Española recibieron el encargo de viajar a París para conseguir de forma casi clandestina 28 volúmenes de la ‘Encyclopédie’ de D’Alembert y Diderot. Una intriga basada en hechos reales que sirve de arranque para Hombres buenos (Alfaguara), la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte, que se publica el 12 de marzo y a la que pertenece este extracto.

Cruje el piso de madera cuando, tras los postres, un mozo trae la bandeja con una cafetera humeante, agua y una botella de licor, así como avío para fumar. Solícito con sus dos comensales, Vega de Sella, el director de la Real Academia Española, hace él mismo los honores: una taza colmada y una copita de marrasquino al bibliotecario, don Hermógenes Molina, y un dedo de moscatel al almirante Zárate, cuya austeridad –apenas ha probado el carnero verde y el vino de Medina del Campo– es notoria entre los miembros de la Docta Casa. Los tres están sentados en torno a una mesa del comedor pequeño de la fonda La Fontana de Oro, por cuya ventana abierta alcanza a verse el tráfico de calesas y gentío que sube y baja por la carrera de San Jerónimo.
–Es toda una aventura –está diciendo Vega de Sella–. Con la que, no necesito insistir en ello, ganan ustedes el reconocimiento de sus compañeros y de la Academia… Por eso quería agradecérselo a los dos con esta comida.
–No sé si estaremos a la altura –comenta el bibliotecario–. De lo que se espera.
Vega de Sella hace un ademán confiado, mundano, pletórico de oportuno afecto.
–De eso no me cabe duda –apunta, alentador–. Tanto usted, don Hermógenes, como el señor almirante, cumplirán como quienes son... Tengo la absoluta certeza.
Dicho eso, se inclina sobre la mesa y acerca el extremo de un cigarro habanero a la llamita de la vela encendida que trajo el mozo con el tabaco.
–Absoluta certeza –repite, recostándose en el respaldo de la silla mientras su sonrisa deja escapar una nube de humo azulado.


Grabado de una galera de remos de la 'Encyclopédie'. / SOFÍA MORO
Don Hermógenes Molina, bibliotecario de la Academia –los amigos de confianza se atreven a llamarlo don Hermes–, asiente cortés, aunque poco convencido. Es un hombre bajo, grueso, bonachón, viudo desde hace cinco años. Latinista conspicuo, profesor de lenguas clásicas, su traducción de las Vidas paralelas de Plutarco marcó un hito en las letras cultas hispanas. Aunque poco cuidadoso de su apariencia –la casaca rozada en los codos tiene manchas de chocolate y restos de rapé en las solapas–, su buen carácter lo compensa con creces, haciéndolo estimado de sus compañeros. Como bibliotecario, permite a éstos utilizar libros que son de su propiedad particular, e incluso realiza adquisiciones de ejemplares raros o útiles en librerías de viejo con dinero propio, del que siempre olvida pedir el reembolso. A diferencia del director y de otros académicos, don Hermógenes no usa peluca ni polvos para el cabello, que lleva mocho y mal cortado, todavía oscuro aunque veteado de canas. La barba cerrada, que precisaría dos afeitados diarios para mostrar aseo, sombrea un rostro donde los ojos castaños, bondadosos, castigados de edad y lecturas, parecen contemplar el mundo con cierto despiste y un educado asombro.
–Lo haremos lo mejor que podamos, señor director.
–No me cabe duda.
–Confío mucho en el señor almirante –añade el bibliotecario–. Es hombre viajado, tiene mundo. Y habla muy bien francés.
Se inclina levemente el aludido desde la silla donde se encuentra con la espalda recta, rígido y formal como de costumbre, apoyados en el borde de la mesa los puños de su impecable casaca de frac negra, rematada por un corbatín ancho de seda, de nudo perfecto, que ­parece obligarle a mantener aún más erguida la cabeza. Vivo contraste, en toda su cuidada persona, con el desaliño entrañable del bibliotecario.
–También usted lo habla, don Hermógenes –apunta, seco.
Mueve éste la cabeza con negativa humilde, mientras Vega de Sella, entre volutas de humo, dirige una mirada valorativa al almirante; aprecia al viejo marino, aunque, como casi todos los académicos, desde cierta distancia. No en vano Pedro Zárate y Queralt tiene fama de hombre retraído y excéntrico. Brigadier retirado de la Real Armada, autor de un notable diccionario de Marina, el almirante es sujeto alto, delgado, todavía apuesto, de aire melancólico y maneras rígidas, casi adustas. Lleva el cabello gris moderadamente largo, aunque empieza a escasearle, sujeto en corta coleta con cinta de tafetán. Lo más llamativo de su rostro son los ojos de color azul claro, muy acuosos y transparentes, que suelen mirar a los interlocutores con una fijeza que se torna inquietante, casi fastidiosa, cuando la sostiene demasiado.


Frontispicio en el tomo primero de la 'Encyclopédie' conservada en la Real Academia Española. Fue dibujado por Charles-Nicolas Cochin en torno a un tema tan cargado de simbolismo como la verdad. / SOFÍA MORO
–No es igual –protesta don Hermógenes–. Lo mío es sólo teórico. Textos leídos y cosas así. El latín me chupó la vida, dejándome poco espacio para otras disciplinas.
–Pero usted lee a Montaigne y a Molière de corrido, señor bibliotecario –dice Vega de Sella–. Casi tan bien como a César o Tácito.
–Una cosa es leer una lengua, y otra hablarla con despejo –insiste el otro, humilde–. A diferencia de mí, don Pedro la ha practicado mucho: cuando navegaba con la escuadra francesa tuvo ocasión de utilizarla de sobra… Ésa es una de las razones por las que ha sido elegido para este viaje, naturalmente. Lo que sigo sin entender es por qué lo he sido yo.
El director modula una sonrisa perfecta. Casi dolorida por verse obligada a subrayar lo obvio.
–Porque es hombre de bien, don Hermógenes –precisa–. Sensato, estimable y competente bibliotecario para la Docta Casa. Alguien de fiar, igual que nuestro señor almirante. Los compañeros académicos no se han equivocado al depositar su confianza en ustedes… ¿Ya tienen fecha para el viaje?
Mira a uno y a otro dedicando a cada cual el mismo tiempo exacto, unos segundos de atención extrema. Solícita amabilidad de hombre fino. Esos detalles, en los que la delicadeza de Vega de Sella se muestra natural, contribuyen a que su majestad Carlos III lo tenga por su ojo derecho en materia de limpiar, fijar y dar esplendor a la lengua castellana, por otros llamada española. Se rumorea que está a punto de caerle al cuello el Toisón de Oro. Por los servicios.
–La organización se la dejo a mi compañero de viaje –aclara el bibliotecario–. Como militar tiene práctica en disponer cosas. Presencia de ánimo y demás. A mí todo eso me viene grande.
Vuélvese el director hacia don Pedro Zárate.
–¿Qué tiene pensado, almirante?
Pone éste un dedo en la mesa y otro a cierta distancia, y recorre con la vista el espacio entre ambos, cual si calculase millas en una carta náutica o un mapa.
–El camino de posta más corto: de Madrid a Bayona y de allí a París.
–Cosa de trescientas leguas, me temo…
–Doscientas sesenta y cinco, según mis cálculos –repone el otro con frialdad técnica–. Casi un mes de viaje. Sólo de ida.
–¿Cuándo tienen previsto salir?
–En dos semanas estaremos listos, supongo.
–Bien. Me da tiempo para organizar la provisión de fondos. ¿Ya hicieron el cálculo?
El almirante saca de la vuelta de una manga de su casaca una hoja de papel doblada en cuatro y la extiende sobre la mesa, alisándola mucho. Está llena de cifras con una letra manuscrita clara, muy recta y limpia.
–Aparte los ocho mil reales para la Encyclopédie, estimo cinco mil para gastos de estancia y transporte, así como tres mil para pagar la posta de cada uno de nosotros. Ahí está todo al detalle.
–No es mucho dinero –observa Vega de Sella, admirado.
–Bastará. No preveo otros gastos que los de subsistencia. La Academia no está para excesos.
–No quisiera que su bolsillo…
Con un punto de altanería, los ojos claros sostienen la mirada de Vega de Sella mientras éste se fija en una pequeña cicatriz horizontal que, medio oculta entre las arrugas del rostro, se extiende desde la sien al párpado izquierdo de su interlocutor. Aunque el viejo marino nunca habla de ello, corre entre los académicos que es marca de un astillazo recibido en su juventud, durante el combate naval de Tolón.
–Hablo por mí, señor director, no por don Hermógenes –dice el almirante–. Pero mi bolsillo es cosa mía.
Vega de Sella chupa su cigarro y mira al bibliotecario, que asiente con sonrisa afable.
–Confío a ciegas en los cálculos de mi compañero –dice éste–. Si él tiene la sobriedad espartana del marino, yo estoy hecho a vivir con poco.
–Como gusten –se da por vencido el director–. En unos días nuestro tesorero les entregará parte en metálico para el viaje, y el resto en carta de crédito para un banquero de París: la casa Vanden-Yver, que es gente de fiar.

Los compañeros académicos no se han equivocado al depositar su confianza en ustedes... ¿ya tienen fecha para el viaje?”
Alza el almirante un dedo índice y lo asesta, marcial, sobre la hoja con los gastos del viaje.
–Se dará cumplida cuenta, por supuesto, de hasta el último real –el tono es solemne–. Con los recibos correspondientes.
–Por favor, querido amigo… No creo necesario llegar a extremos contables, con ustedes dos.
–Me reitero en lo dicho –insiste el otro con su sequedad usual, mientras mantiene el dedo índice en la nota de gastos como si le fuera la honra en ello. Vega de Sella observa que sus uñas, a diferencia de las sucias y largas del desaliñado bibliotecario, son muy cortas y están cuidadas hasta la perfección.
–Como quiera –admite–. Pero hay un detalle a considerar: la posta ordinaria no está bien provista: hay pocas diligencias que hagan el trayecto completo, y los caminos son terribles. Y ustedes no están para ir a lomos de mulas, si me permiten la confianza… Ninguno de nosotros lo estamos.
La suave broma suscita una sonrisa bonachona en don Hermógenes, aunque el almirante se mantiene impasible. En todo lo referido a su persona, don Pedro Zárate suele conducirse con reservada coquetería, incluso en lo tocante a la edad. Pese a su todavía buena figura, a la ropa que le cae como un guante y a su pulcra apariencia, los académicos le calculan de sesenta a sesenta y cinco años, aunque nadie está al corriente de su edad exacta.
–El viaje de regreso –expone el almirante– puede complicarse con la carga. Veintiocho volúmenes en cuerpo grande pesan mucho. Habrá que habilitar transporte; y, dada la situación, las aduanas y demás, no es prudente mandarlos sin custodia.
–Un coche, sin duda –sugiere Vega de Sella, tras pensarlo–. Lo ideal sería uno particular para ustedes solos. Y caballos en vez de mulas, porque tienen mejor paso y son más rápidos… –en ese punto tuerce el gesto, pensando en los gastos–. Aunque no sé si será posible.
–No se preocupe por eso. Nos arreglaremos con la posta ordinaria.
Lo medita el director un momento más.
–Yo tengo un coche inglés –concluye– que es perfecto para tiro de caballos. Quizá podrían disponer de él.
–Muy generoso de su parte, pero nos compondremos con lo que haya… ¿No le parece, don Hermógenes?
–Pues claro.


Primera página del tomo primero de la Encyclopédie de D’Alembert y Diderot, objetivo a cazar en París por dos miembros de la RAE a finales del siglo XVIII. Esta aventura basada en hechos reales conforma la trama que desarrolla la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte. / SOFÍA MORO
El director los imagina componiéndose cada uno a su estilo. Al bibliotecario, sometido a las incomodidades del camino con su habitual bondad resignada, haciendo bromas de todo a la propia costa, inalterable de humor y de ilusiones. Al almirante, estoico y cuidadoso de su apariencia, envuelto en la rígida disciplina militar como recurso ante las postas interminables, las ventas de mala muerte, los pucheros de bacalao seco y garbanzos, el polvo y los incidentes del viaje.
–También necesitarán un doméstico.
Don Hermógenes lo mira, sorprendido.
–¿Perdón?
–Un criado… Alguien que se encargue de las cosas menudas.
Se miran con cierto embarazo. Vega de Sella está al corriente de que don Hermógenes, desastroso en lo particular, vive mal atendido y peor alimentado por una anciana sirvienta que ya atendía la casa en vida de su mujer. Don Pedro Zárate, sin embargo, es el caso opuesto. No se ha casado nunca. Desde su retiro de la Real Armada vive en compañía de dos hermanas suyas solteronas, de muy parecidos edad y físico –suele verse a los tres pasear los domingos bajo los olmos del Prado, cerca de su casa de la calle del Caballero de Gracia–, que consagran sus vidas a cuidar de él. Y esa abnegación femenina, devotamente fraterna, parece tener a gala que nadie en la Academia vista con la impecable y sobria elegancia del hermano: las casacas oscuras –ellas mismas cortan los patrones y vigilan al sastre–, siempre en paño fino azul, gris o negro, se adaptan a la perfección a la alta y flaca figura del almirante. Sus chalecos y calzones competirían en buena lid con los de cualquier aristócrata francés, las medias son impecables, sin una arruga ni un zurcido visible, y el planchado de camisas y corbatines habría hecho palidecer de envidia al mismísimo duque de Alba.
–Puedo cederles a alguien de mi casa –propone Vega de Sella.
–¿Y su sueldo? –se inquieta don Hermógenes–. Porque no sé el señor almirante, pero yo…
Frunce el ceño el aludido, incómodo. Es obvio que, por educación y carácter, le molesta tratar de dinero; aunque, pese a su cuidado aspecto, no le sobre. Vega de Sella sabe que don Pedro Zárate y las hermanas, sin apenas patrimonio particular, viven de algunos ahorros, la pensión de brigadier, y poco más. Que en esa desastrosa España eterna de injusticia y pagas atrasadas, donde marinos y militares retirados mueren a menudo en la miseria, ni siquiera se cobra con regular puntualidad.
–Es criado de mi casa, como digo. Me limitaría a cedérselo a ustedes.
–También muy espléndido por su parte, señor director –dice don Hermógenes–. Es muy amable. Pero no lo creo necesario… ¿Opina lo mismo, señor almirante?
Asiente don Pedro.
–Es un lujo del que podemos prescindir –estima, seco.
–Como prefieran –admite Vega de Sella–. Pero el coche y el cochero los pondré yo. Alguien de confianza. No irán a discutirme eso.
Asiente de nuevo don Pedro, esta vez sin despegar los labios. Adusto, muy serio, su aire es tan inescrutable como de costumbre; pero el rostro tiene una expresión melancólica. Tal vez, concluye el director, es su modo de expresar preocupación. Se trata de un viaje largo, azaroso. Extraña y noble aventura propia de su prodigioso tiempo: traer las luces, la sabiduría del siglo, hasta aquel humilde rincón de la España culta, su Real Academia. Y eso va a intentarse mediante dos hombres buenos, íntegros, arriscados, que viajarán a través de una Europa cada vez más revuelta, donde los viejos tronos se tambalean y todo parece cambiar demasiado deprisa.

jueves, 26 de enero de 2012

PRENSA. "Capitanes valientes, o no", por Arturo Pérez-Reverte

 
Arturo Pérez-Reverte
   En "El País":
Capitanes valientes, o no

   Con el auge de las comunicaciones fáciles vía Internet y telefonía móvil, la responsabilidad de un marino se diluye. Las modernas comunicaciones hacen ya imposible la iniciativa de quienes están sobre el terreno.

ARTURO PÉREZ-REVERTE 25/01/2012

   La noche del 14 de abril de 1912, 99 años y nueve meses antes de que el Costa Concordia se abriese el casco en un escollo de la isla toscana del Giglio, el Titanic se hundió en el Atlántico Norte llevándose a 1.503 personas. El abandono del barco fue desastroso. El capitán Edward Smith, que pese a 34 años de experiencia profesional se comportó más como torpe gerente de un hotel de lujo que como marino, tardó 25 minutos en lanzar el primer SOS. Además, retrasó la orden de abandonar el barco, disimulando esta de modo que la mayor parte de los pasajeros no advirtió el peligro hasta que fue demasiado tarde. Después, la falta de botes salvavidas, el mar bajo cero y los 25 minutos perdidos en la llegada del primer barco que acudió en su auxilio, remataron la tragedia.
   Cuatro semanas más tarde, en un artículo memorable publicado en The English Rewiew, Joseph Conrad confrontaba el final del Titanic con el hundimiento, reciente en aquellas fechas, del Douro: un barco más pequeño pero con proporción similar de pasajeros. El Titanic se había hundido despacio, entre el desconcierto y la incompetencia de capitán y tripulantes, mientras que en el Douro, que se fue a pique en pocos minutos, la dotación completa de capitán a mayordomo, menos el oficial al mando de los botes salvavidas y dos marineros para gobernar cada uno, se hundió con el barco, sin rechistar, después de poner a salvo a todo el pasaje. Pero es que el Douro, concluía Conrad, era un barco de verdad, tripulado por marinos profesionales y bien mandados que no perdieron la humanidad ni la sangre fría. No un monstruoso hotel flotante lanzado a 21 nudos de velocidad por un mar con icebergs, atendido por seis centenares de pobres diablos entre mozos, doncellas, músicos, animadores, cocineros y camareros.
   Escrito hace un siglo, el comentario conradiano podría aplicarse casi de modo literal al desastre del Costa Concordia. Pese al tiempo y los avances técnicos que median entre uno y otro barco, muchas son las lecciones no aprendidas, las arrogancias culpables y las incompetencias evidentes para cualquier marino, aunque no siempre para los armadores e ingenieros navales: desmesura en los grandes cruceros, escasa preparación de tripulaciones, fe ciega y suicida en la tecnología, o competencia profesional de los capitanes y oficiales al mando. En este último aspecto, ciertos detalles en el comportamiento del capitán del Costa Concordia, Francesco Schettino, quizá merezcan considerarse.
   Todo capitán de barco tiene dos deberes inexcusables: gobernar su nave con seguridad y destreza y, en caso de incidente o naufragio, procurar el salvamento de pasaje, tripulación, carga y, a ser posible, del barco mismo. Esa es la razón de que, en otros tiempos, un capitán pundonoroso se hundiese a veces con el barco, pues su presencia a bordo era garantía de que todo se había procurado hasta el último instante. Y así, a un capitán capaz de gobernar bien un barco y asegurar en caso de incidente o tragedia la mayor parte posible de vidas y bienes, se le considera, hoy como ayer, un marino competente.
   En la varada del Costa Concordia, en mi opinión, el concepto de incompetencia se ha manejado con cierta ligereza. No creo que el capitán Schettino fuese un incompetente. Treinta años de experiencia y una óptima calificación profesional lo llevaron al puente del crucero. Hacía una ruta conocida, y la maniobra de acercarse a tierra es común en esa clase de viajes. Además, una vez producida la vía de agua casi en la aleta de babor -lo que significaría que ya estaban metiendo a estribor para evitar el peligro-, la maniobra de largar anclas a fin de que, con las máquinas anegadas y fuera de servicio, el barco bornease 180º con su último impulso para acercar el costado a tierra y no hundirse en aguas profundas, parece impecablemente marinera y propia de buenos reflejos. El exceso de confianza, una mirada superficial a los instrumentos, pulsar dos veces una tecla en lugar de hacerlo tres, pudieron bastar, a 16 nudos y en tan poca sonda, con una mole de 17 pisos y 114.500 toneladas, para que del error al desastre transcurriesen pocos segundos. Ningún marino veterano puede afirmar que jamás cometió un error de navegación o maniobra; aunque este no tuviera consecuencias, o estas no sean las mismas en aguas libres de peligros que en un paso estrecho, en la noche, la niebla o el mal tiempo, con una piedra o una restinga cerca; o, como en el caso del Costa Concordia, a solo un cable de la costa.
   En los casos mencionados, incluso aplicando al capitán de una nave todo el rigor legal que merezca su error, es posible comprender la tragedia del marino. Simpatizar con él pese a su desgracia. Pero lo que sitúa a cualquier capitán lejos de cualquier simpatía posible es su incompetencia o cobardía a la hora de afrontar las consecuencias del error o la mala suerte. Una desgracia puede ser azar, pero no encararla con dignidad es vileza. Si un capitán está para algo, es sobre todo para cuando las cosas van mal a bordo. Ahí un marino es, o no es. Y Francesco Schettino demostró que no lo era. Escapar a su deber y su conciencia fue una cobardía inexcusable, que en tiempos menos políticamente correctos, frente a un tribunal naval de los de antes, lo habría llevado a la soga de una horca.
   Tengo una impresión personal sobre eso. Con el auge de las comunicaciones fáciles vía Internet y telefonía móvil, la responsabilidad de un marino se diluye en aspectos ajenos al mar y sus problemas inmediatos. El oficial del Costa Concordia que fue a comprobar cuánta agua entraba en la sala de máquinas informó repetidas veces al puente, y no obtuvo respuesta porque el capitán estaba ocupado con el teléfono. De hecho, buena parte de los 45 minutos transcurridos entre el momento de la varada (21.58), las mentiras a la autoridad marítima de Livorno (22.10) y la confesión final de que había una vía de agua (22.43), así como el cuarto de hora siguiente, hasta que sonaron las siete pitadas cortas y una larga para abandonar el buque (22.58), Schettino los pasó hablando por teléfono con el director marítimo de Costa Crociere. Dicho de otra forma: en vez de ocuparse del salvamento de pasajeros y tripulantes, el capitán del Costa Concordia estuvo con el móvil pegado a la oreja, pidiendo instrucciones a su empresa.
   Mi conclusión es que el capitán Schettino no ejercía el mando de su barco aquella noche. Cuando llamó a su armador dejó de ser un capitán y se convirtió en un pobre hombre que pedía instrucciones. Y es que las modernas comunicaciones hacen ya imposible la iniciativa de quienes están sobre el terreno, incluso en cuestiones de urgencia. Ni siquiera un militar que tenga en el punto de mira a un talibán que le dispara, o a un pirata somalí con rehenes, se atreverá a apretar el gatillo hasta que no reciba el visto bueno de un ministro de Defensa que está en un despacho a miles de kilómetros. El capitán Schettino era patéticamente consciente aquella noche de que el tiempo de los marinos que tomaban decisiones y asumían la responsabilidad se extinguió hace mucho, y de que las cosas no dependían de él sino de innumerables cautelas empresariales: cuidado con no alarmar al pasaje, ojo con la reacción de las aseguradoras, con el departamento de relaciones públicas, con el director o el consejero ilocalizables esa noche. Mientras tanto, seguía entrando agua, y lo que en hombres de otro temple habría sido un "váyanse al diablo, voy a ocuparme de mi barco", en el caso del capitán sumiso, propio de estos tiempos hipercomunicados y protocolarizados, no fue sino indecisión y vileza. Además de porque era un cobarde, Schettino abandonó su barco porque ya no era suyo. Porque, en realidad, no lo había sido nunca.
   Sé que puede hacerse una objeción comparativa a esta hipótesis, y que precisamente es de índole histórica: el capitán del Titanic también se comportó con extrema incompetencia en el abandono de la nave, y su pasividad tuvo relación directa con la muerte de millar y medio de pasajeros; sin embargo, Edward Smith no tenía teléfono móvil. En 1912 solo había telegrafía de punto-raya en los barcos. Eso permitiría suponer que, en ese caso, las decisiones erróneas sí fueron suyas. Quizá lo fueran, desde luego; nada es simple en el mar ni en la tierra. Pero no por falta de comunicación directa con sus armadores de la White Star. La noche del iceberg y la tragedia, a bordo del Titanic viajaba el presidente de la compañía naviera. Que estuvo en el puente y sobrevivió ocupando un lugar libre en los botes.

   Arturo Pérez-Reverte es escritor, navegante y autor de varias novelas y libros de tema náutico.

jueves, 27 de octubre de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "Las patrias de Alatriste", reportaje

El Capitán Alatriste, Francisco de Quevedo, Caridad la Lebrijana y Arturo Pérez-Reverte.- ILUSTRACIÓN DE JOAN MUNDET. ("El País")



   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Las patrias de Alatriste

GUILLERMO ALTARES 22/10/2011

   Alatriste vuelve, cinco años después de la última novela y 15 después del inicio de la serie literaria de Arturo Pérez-Reverte. Este soldado cansado viaja a la peligrosa Venecia del XVII en El puente de los Asesinos. Pero el telón de fondo es el mismo: la España descarnada y violenta del Siglo de Oro, la época que para bien y para mal nos forjó como país.

   "Puesto a maltratar y degollar infieles, argumentó, prefería a los que eran capaces de defenderse. Y en eso seguía, azares de la vida, casi veinte años después". En uno de los momentos clave de la serie, al principio de la ya penúltima entrega, Corsarios de Levante, el Capitán Alatriste recuerda los tiempos duros en que, tras más de una década combatiendo en los campos de batalla europeos en el Tercio de Cartagena, acabó participando en la represión de los moriscos españoles. Degollinas, violaciones, saqueos, salvajadas en un universo, el suyo y quizás el nuestro, despiadado. "Todo el mundo tenía asuntos que ajustar en aquella turbulenta frontera mediterránea, encrucijada de razas, lenguas y viejos odios", prosigue el relato. "Como diría mi amigo Élmer Mendoza: 'Son las reglas", señala Arturo Pérez-Reverte para explicar la amargura y las contradicciones de su personaje. "Era una España muy difícil, muy cruel y muy descarnada, pero incluso en ese escenario todo tiene un límite. Alatriste se mueve por códigos, maneja unas reglas básicas a las que se acoge", prosigue el escritor español para definir un personaje que puede ser, sin remordimientos, a la vez un héroe y un asesino a sueldo.
   Tras cinco años de ausencia, el viejo Capitán, el narrador Íñigo Balboa (cada vez más curtido, más alejado de aquel muchacho ingenuo que conocimos en las primeras entregas), Quevedo y un buen puñado de personajes regresan con El puente de los Asesinos, que Alfaguara pone en las librerías el próximo jueves, en un año que además coincide con el decimoquinto aniversario de la primera entrega de la serie. La nueva novela, que transcurre en Venecia, es la séptima y están previstas dos más, La venganza de Alquézar y Misión en París, salvo que su autor, o su personaje, rectifiquen y decidan seguir más allá.
   Muchas cosas han cambiado -en España, en el mundo, en la literatura e incluso en el pasado- desde aquella última semana de noviembre de 1996, cuando los lectores se toparon por primera vez con la ya mítica frase: "No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente". Una de ellas es que Alatriste pasó de ser la idea disparatada de un escritor, en cuyo éxito no confiaban demasiado ni él ni sus editores (aunque un auténtico novelista no escribe para vender libros, escribe porque tiene que hacerlo) a convertirse en una de las series novelescas más importantes de la literatura en castellano. Y su dimensión no se mide por la cantidad de ejemplares vendidos (monumental), sino por la relación que establece con sus lectores.
   "Lo mejor de Alatriste es que me permite volver a mi verdadera patria que, como muy bien explicó Fernando Savater, es la infancia recuperada a través de la literatura, de las grandes novelas de peripecias", explica Alexis Grohmann, profesor de la Universidad de Edimburgo, experto en la narrativa de Pérez-Reverte (está a punto de publicar un ensayo sobre su obra). "Alatriste me permite viajar a través de la narración pura a esa 'brumosa tierra natal de nuestra alma', nada menos que a los cimientos de nuestra condición humana. Por eso vuelvo a esa tierra 'con previo fervor y con una misteriosa lealtad', que es como Borges dijo que se leen los libros clásicos", prosigue. Estas palabras, expresadas varias veces con ideas similares por personas muy diferentes a lo largo de la preparación de este texto, demuestran que Alatriste es más que un libro.
   Al final del segundo volumen, Limpieza de sangre, en los apéndices que siempre coronan los alatristes, con poemas de época -que a veces incluso hablan de las hazañas del Capitán-, encontramos la aprobación para la impresión del libro, firmada por un tal doctor Alberto Montaner Frutos: "Caballero del hábito de San Eugenio y lector de humanidades en el General Estudio de Zaragoza". "Pues no sólo deleita, sino que también aprovecha, y ambas cosas en sumo grado con lo que no cabe mayor ponderación", se puede leer en este nihil obstat. El Montaner del siglo XXI es un filólogo e historiador aragonés, catedrático de la Universidad de Zaragoza, erudito, experto en el Siglo de Oro y en el Cantar de Mío Cid. Su papel alatristiano es pequeño pero clave: la selección poética que cierra cada volumen (es él quien ha encontrado los sonetos sobre Alatriste) y la edición anotada de la primera entrega, publicada hace dos años. "Son textos muy bien investigados, en los que Pérez-Reverte hila muy fino. Es una recreación muy documentada y minuciosa de la época".
   El Capitán, un título que le dieron sus compañeros, no sus superiores, nace en León en torno al año 1582 y muere el 19 de mayo de 1643 en Rocroi, la batalla que significa el final de los Tercios y, a medio plazo, de la dominación española en el norte de Europa. Sirve a tres reyes, Felipe II, Felipe III y Felipe IV, desde que, a los 13 años, se alistase como paje tambor en el Tercio Viejo de Cartagena. "Para un hispanista, las aventuras del Capitán Alatriste son un verdadero manantial de sugerencias e informaciones. En ellas se mezclan la historia, la literatura y la cultura con una crítica a veces muy severa de la gran España imperial", explica el italiano Marco Succio, profesor de literatura española en la Universidad de Génova.
   La visión que Arturo Pérez-Reverte construye de aquella época está muy alejada de cualquier sentimiento épico. Las aventuras son importantes, los lances de capa y espada, que surgen de la memoria literaria de Pérez-Reverte en la que ocupan un espacio fundamental los grandes escritores del folletín como Alejandro Dumas. Pero Alatriste no se puede entender sin el relato de la miseria y los horrores de un mundo dominado por reyes ciegos, una nobleza bastarda y una Iglesia cruel y despiadada. Las reflexiones de Quevedo (un personaje fundamental en la serie) al final de Limpieza de sangre, cuando todavía crepitan, en medio del hedor a carne quemada, las hogueras de un auto de fe celebrado en el centro de Madrid, resumen muy bien el lado oscuro del Siglo de Oro. "Aquella España desdichada, dispuesta siempre a olvidar el mal gobierno, la pérdida de una flota de Indias o una derrota en Europa con el jolgorio de un festejo, un Te Deum o unas buenas hogueras, oficiaba una vez más de fiel a sí misma". Un poco antes, el narrador Íñigo de Balboa había afirmado sobre los inquisidores: "Encarnaban demasiado bien los auténticos poderes en aquella corte de funcionarios venales y curas fanáticos, bajo la mirada indiferente del cuarto Austria, que veía condenar a sus súbditos a la hoguera sin mover una ceja".
   El relato de la gestación de Alatriste es conocido y tiene que ver precisamente con la Historia. Cuando vio el espacio que dedicaban al Siglo de Oro los libros de bachillerato de su hija Carlota -con la que firma el primer volumen-, decidió crear un personaje que contase un momento crucial de nuestra Historia, sin el que no se puede entender nuestro presente. El autor de La tabla de Flandes y El club Dumas no quería ajustar cuentas con el pasado, simplemente contarlo, y a la vez recrear un tipo de novela de aventuras que parecía ausente de la literatura española. Antonio Méndez, librero de los de siempre y propietario de la librería 'Méndez', situada en un territorio tan alatristiano como la calle Mayor de Madrid, recuerda que incluso el formato del volumen -más grande- y con las ilustraciones entonces de Carlos Puerta y luego de Joan Mundet, sorprendía a los lectores porque no era nada habitual.
   Nadie sospechaba lo que iba a ocurrir: que Alatriste iba a vender millones de ejemplares, llevar a su autor al sillón 'T' de la Real Academia, incluso según algunos expertos influir en su obra narrativa posterior -varios estudiosos consideran que Un día de cólera y El asedio, sus dos últimos libros, nacen de un impulso que surgió con Alatriste- y que iba a devolver el Siglo de Oro a los institutos.
   "Alatriste, siendo profesor, es un regalo que quiero darles a mis alumnos de 3º de ESO para ensanchar su imaginación, alimentar su espíritu, proporcionarles conocimiento histórico y humanístico en un momento tan caótico como éste, y más a los 15 años", explica Ricardo Soria, de 31 años, profesor de lengua y literatura. "No quiero ahorrarles nada de eso. A él se acercan primero con fastidio, después con curiosidad, para acabar con entusiasmo y yendo a por otro libro que les proporcione todo lo anterior. Pocas veces uno está tan seguro de acertar".
   El profesor Francisco Rico, académico de la lengua y uno de los grandes expertos en la literatura del Siglo de Oro, escribe en el prólogo de la edición anotada: "Nunca se agradecerá bastante a Pérez-Reverte haber hecho entrar a tantos lectores en esa literatura y en esa historia".
   "La reconstrucción del Siglo de Oro es espléndida, pero no sólo por la labor de documentación, sino por la manera en que un mundo tan minuciosamente reconstruido se recrea con viveza como parte orgánica de una historia cautivadora", señala el profesor Grohmann, autor de ensayos sobre Javier Marías, Antonio Muñoz Molina y Rosa Montero, y que prepara el volumen Las reglas de juego de Arturo Pérez-Reverte.
   La serie Alatriste está compuesta de novelas, no de ensayos, pero detrás de cada libro late una voluntad didáctica, desde la recreación del castellano de la época hasta la elección de los temas. "También quise con Alatriste narrar España de distintas maneras. En Limpieza de sangre explico la Iglesia; en El oro del rey, la economía, en El sol de Breda, la guerra; en Corsarios de Levante, el Mediterráneo", señala Pérez-Reverte. Y no sólo de documentación vive el escritor: el autor utiliza sus propios recuerdos de los años de guerras y trincheras como reportero para reconstruir las batallas del siglo XVII: pueden haber cambiado las armas y los escenarios, pero la violencia y la muerte son las mismas, entonces y ahora.
   La otra cara de la moneda, la reivindicación no teórica sino práctica, del gran folletín literario también ha prendido en muchos lectores. En una entrevista que le hizo para 'El País Semanal' en noviembre de 1996, cuando el primer volumen estaba a punto de salir a la calle, Sol Alameda le describía como un escritor "hijo tanto de las guerras como de Alejandro Dumas". "Hay escritores que pierden de vista su condición de lectores y otros no; yo espero formar parte de este grupo por el resto de mi vida", dijo entonces a Sol. "Alatriste es un camino de ida y vuelta", señala Belén Hernández, periodista de 28 años. "Antes había leído a Dumas, pero si era capaz de disfrutar del contexto histórico de una Francia desconocida ¿por qué no también de la España en la que no se ponía el sol? Y luego seguí con el género folletinesco", prosigue. El poeta Luis Alberto de Cuenca, inmenso lector, literato de mil facetas, que acaba de publicar un disco con Loquillo titulado Su nombre era el de todas las mujeres, explica su éxito porque "se inscribe dentro del folletín clásico". "El folletín es inherente a nuestra condición de lectores, a los seres humanos nos gustan los folletines, es algo que ha ocurrido en todas las épocas", señala.
   En el éxito de la serie hay una clave que tiene que ver con algo que supera la Historia recuperada y los relatos de aventuras. Es algo que ocurre a veces y que permanece en la memoria más allá de las páginas impresas (o digitalizadas, porque Alatriste fue pionera en su distribución en la Red): la creación de un gran personaje. Parece una tautología pero no lo es. Sin ese soldado cansado de batallas, medio arruinado, que se busca la vida entre las tabernas del viejo Madrid, ese tipo que lleva demasiado tiempo guerreando, que un día decidió dejar de matar moriscos, sin ese individuo capaz de torturar, de vender su acero para venganzas ajenas, pero también fiel a sus códigos, a sus reglas de vida, leal, incapaz de matar a un enemigo herido en el camastro de una mugrienta pensión de Lavapiés, un compañero al que a uno le gustaría tener cubriéndole las espaldas entre el barro de las trincheras, sin Diego Alatriste y Tenorio la serie no sería lo que es. "La solidez del personaje es clave en el éxito", explica José Belmonte, profesor de la Universidad de Murcia y coordinador junto a J. M. López de Abiada del volumen colectivo Alatriste. La sombra del héroe (Alfaguara, 2009), que refleja un congreso celebrado en Murcia en 2007. "De la novela española contemporánea han surgido pocos personajes realmente grandes y Alatriste es una creación muy sólida. Ni bueno, ni malo, pero que siempre sigue un código de honor. Te convence y te identificas con él". "Es un personaje que enlaza con las grandes creaciones literarias", asegura López de Abiada.
   Los diferentes volúmenes ofrecen muchas frases que describen al personaje. "La inminencia del peligro le daba siempre una limpia lucidez, una economía práctica de gestos y palabras". "Desde siempre, ser lúcido y español aparejó gran amargura y poca esperanza". Pero quizás ésta sea especialmente significativa: "Fuimos hombres de nuestro siglo: no escogimos nacer y vivir en aquella España, a menudo miserable y a veces magnífica, que nos tocó en suerte; pero fue la nuestra. Y ésa es la infeliz patria -o como diablos la llamen ahora- que, me guste o no, llevo en la piel, en los ojos cansados y en la memoria". El primer libro llevaba la siguiente dedicatoria: "Por la vida, los libros y la memoria". Eso es en el fondo Alatriste: vida, libros y memorias. Y un viejo capitán cansado de batallas, que tal vez -los misterios de la literatura son así- nos dé una sorpresa y acabe sobreviviendo a Rocroi.