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lunes, 13 de mayo de 2013

PRENSA CULTURAL. Sobre Manuel Chaves Nogales

Chaves Nogales, en Marruecos. / ARCHIVO PILAR CHAVES JONES ("El país")

   En "El País":

Los viejos reporteros nunca mueren

Manuel Chaves Nogales es un filón inagotable: ahora se presentan un documental y reediciones de nuevo material narrativo y periodístico

 4 MAY 2013

Cada vez se saben más cosas de Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897-Londres, 1944). Que escribía en una Underwood. Que fumaba cigarrillos sin filtro. Que los domingos llevaba a su hija Pilar al Retiro. Que siempre estaba allí, donde había que estar: la Rusia comunista, el desierto africano, la sombra de Belmonte, la Francia ocupada o el Londres bombardeado por los alemanes. Desde que María Isabel Cintas se sumergió en la investigación de la biografía de este hombre como si su propia vida dependiese de ello se ha ido descorriendo un velo tras otro. Se han reeditado sus obras. Se han rastreado sus pasos. Se le han rendido honores. Escritores y periodistas contemporáneos como Andrés TrapielloAntonio Muñoz Molina, Ana R. Cañil, Arcadi EspadaFélix de Azúa o Elvira Lindo han caído a sus pies y —lo que es más importante— lo han pregonado a los cuatro vientos. En las últimas dos décadas, el chavesnogalismo se ha convertido en una corriente que recorre el espinazo cultural español, aunque resultaría frívolo tildarlo de moda. Demasiados títulos notables harían difícil ahora un giro histórico que lo barriese otros cincuenta años. Hasta donde podemos leer, ha llegado para quedarse.
Chaves, que murió lejos, enfermo e incomprendido por sus compatriotas —estuvieran en el exilio o en España—, ha revivido gracias a una cohorte de entusiastas que piensan que le deben algo. Como si de alguna manera ajustaran las cuentas con todos aquellos que le vilipendiaron o, peor aún, le enterraron en amnesia. A la cabeza de ellos está María Isabel Cintas, su biógrafa, que lleva dos décadas reconstruyendo su trazo, pero la lista se ensancha cada año. Dos incorporaciones recientes son Daniel Suberviola (Madrid, 1975) y Luis Felipe Torrente (Albany, Estados Unidos, 1967), que han producido, escrito y dirigido El hombre que estaba allí, su tercer documental cultural tras los dedicados a Gonzalo Torrente Ballester (GTB×GTB) y la Biblioteca Nacional (La memoria del mañana).

En las últimas
dos décadas, el chavesnogalismo se ha convertido en una corriente que recorre el espinazo cultural español
Por amor al arte. A excepción de un patrocinio de 3.000 euros de la Junta de Andalucía —que aún no han recibido—, su cinta sobre la vida del periodista sevillano ha salido por arte de birlibirloque. Sin dinero. Con horas gratis y devoción sincera. El documental, de 29 minutos (aspira a participar en festivales en la categoría de cortometrajes), intercala la narración biográfica del personaje con las intervenciones de quienes le conocieron (su hija, Pilar Chaves Jones), quienes, sin conocerle, le admiran (Muñoz Molina, Trapiello, Martínez Reverte) y quienes le conocen más que si le hubiesen conocido (María Isabel Cintas). El origen es, como acostumbra, una pasión. Hace 15 años, cuando Suberviola concluyó El maestro Juan Martínez que estaba allí pensó que había leído una obra genial. Así comenzó a seguir al autor allá por donde podía y, dado su perfil audiovisual, especular con una película era natural. “Quería saldar una deuda. Chaves es un personaje magnético. Su vida parece casi de ficción. Si te subes a un avión en 1920, como hizo él, dejas de ser un periodista para convertirte en un aventurero. Aunque no lo fuera”, señala Suberviola.
El documental, que se estrenó ayer en la Feria del Libro de Sevilla, después de la presentación de la reedición de la Obra periodística, publicada por la Diputación de Sevilla, descubrirá algo nuevo. A Luis Felipe Torrente le obsesionaba ver a Chaves en movimiento. Visionó cintas y cintas hasta dar con una grabación inesperada realizada por una cadena estadounidense el día de la toma de posesión de Niceto Alcalá Zamora como presidente de la Segunda República en 1931. En ella, tal vez en una rara ocasión en su vida, Chaves se hace una concesión a sí mismo. Durante unos segundos, aplaude entusiasmado al nuevo jefe del Estado. El ciudadano se impone al periodista. Un aliado de la República, de principio a fin. Como él mismo confesó en el prólogo que escribió a comienzos de 1937 para A sangre y fuego: “Cuando el Gobierno de la República abandonó su puesto y se marchó a Valencia, abandoné yo el mío. Ni una hora antes, ni una hora después. Mi condición de ciudadano de la República española no me obligaba a más ni a menos”.
El clásico libro de cuentos sobre la Guerra Civil acaba de ser reeditado por Renacimiento con dos nuevos relatos, Hospital de sangre y El refugio, localizados en dos publicaciones de México e Inglaterra por María Isabel Cintas, responsable de la edición, que incluye un prólogo de Trapiello. Simultáneamente sale a la calle la nueva versión de la Obra periodística —la primera es de 2001— en tres tomos, que incluye numeroso material desconocido. “Hay artículos publicados en periódicos ingleses, franceses, estadounidenses y latinoamericanos. En la revista cubana Bohemia, para la que trabajaba de corresponsal, se publican sus crónicas de la II Guerra Mundial, que llegan hasta 1944, el año de su muerte. Era una visión del periodista internacional que nos faltaba”, observa su biógrafa.

Su biógrafa rescata las últimas crónicas sobre la Segunda Guerra Mundial, publicadas en Cuba el año que falleció
Porque Chaves Nogales, en su destierro tras la Guerra Civil, se convirtió en un cronista global. “Aunque estaba exiliado, se sentía orgulloso de trabajar en el centro neurálgico de la información mundial. Desde Londres enviaba crónicas sobre el conflicto para medios de numerosos países”, afirma Cintas. Desde que ella comenzó su tesis, la presencia editorial de Chaves ha pasado de un escuálido título (Juan Belmonte) a una galería de escritos narrativos y periodísticos, comercializados por distintos sellos (RenacimientoEspasaLibros del AsteroideAlmuzara…) y una institución, la Diputación de Sevilla, la primera que le dio tratamiento de hombre de Estado con la difusión en 1993 de su Obra narrativa. ¿Habrá nuevas entregas en el futuro? Su biógrafa da “casi por concluida” su investigación, aunque admite que “es difícil dejarlo porque he establecido muchas conexiones y es un personaje apasionante”. El proceso de recuperación incluso ha desbordado el cauce editorial: su ciudad natal, Sevilla, le ha dedicado una calle. Chaves Nogales es al fin el maestro que está aquí.
El hombre que estaba allí. Documental de Daniel Suberviola y Luis Felipe Torrente.Obra periodística. Diputación de Sevilla. A sangre y fuego. Editorial Renacimiento.

PRENSA CULTURAL. Sobre "A sangre y a fuego", de Manuel Chaves Nogales. Andrés Trapiello

Manuel Chaves Nogales

   En "El País":

Historia de un libro único

Ve la luz 'A sangre y fuego', mítico libro de Chaves Nogales sobre la Guerra Civil

Esta edición incluye dos relatos nunca publicados en España que adelantamos en exclusiva

 4 MAY 2013 

La importancia de A sangre y fuego de Chaves Nogales y su fortuna literaria actual no podrían entenderse acaso sin contar la historia de ese libro que se había publicado por vez primera en 1937 en Chile y del que no se tenían noticias hasta que Abelardo Linares lo encontró en uno de sus viajes a América. Cuando los lectores de Las armas y las letras, de 1994, se tropezaron poco después con las primeras y memorables líneas del prólogo de Chaves (“yo era eso que los sociólogos llaman un pequeño burgués liberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria”), advirtieron que aquello no sólo sonaba a otra cosa, sino que era otra cosa. ¿Qué? No se parecía a nada ni le conocíamos a nadie un coraje semejante hablando de la guerra. Fue una conmoción. Era el eslabón perdido de algo que habíamos estado buscando a ciegas durante años. Conocíamos ya, claro, el único libro que se le parecía un poco, el no menos inexistente Ayer y hoy, de Baroja, publicado en 1939 y también en Chile, pero el del barojiano Chaves Nogales era de otra naturaleza y, si podemos decirlo así, menos confuso en la defensa de los principios democráticos y de la Ilustración. No debemos olvidar que en el mismo 1938 y en la Salamanca franquista y ante un sínodo de notorios fascistas, el ilustrado Baroja juraría defender por el Ángel Custodio no sé qué demonios.
Veinte años después de aquel 1993 las cosas han cambiado mucho en España. En 1993 Chaves era un desconocido, autor de un libro sobre Belmonte; hoy es un clásico estimado y sus obras se reeditan de continuo. ¿Qué las hace tan especiales, por qué ha sido tan bien recibido su autor en la élite intelectual, de la que se le había excluido durante medio siglo? ¿Y por qué fue excluido de ella?

La historia de A sangre y fuego es a un tiempo, sí, la historia de su infortunio, pero también del nuestro
Sin duda por advertir y denunciar antes que nadie la semejanza del terror, que estaba siendo igual en uno y otro bando, adelantándose a quienes poco después, como Hannah Arendt, iban a descubrir la raíz común del mal, esa poetización de la Historia que estaba justificando en toda Europa masacres sin cuento. Y por supuesto que Chaves no estaba hablando de equidistancia, y sí de trabajar para la verdad, la de contar cómo los sublevados soñaban “un paraíso de desfiles marciales, jornales bajos, rentas altas, procesiones y fiestas de la raza”, y cómo los que se apoderaron de la República durante la guerra hicieron de ella un país revolucionario en el que el trabajo que “daban antes como una limosna los patrones, ahora lo darían como un premio los sindicatos”. Quienes como el propio Chaves no eran ni reaccionarios ni revolucionarios, sólo tenían dos opciones. Al igual que el personaje de otro de sus relatos, sólo les quedaba o morir, “batiéndose por una causa que no era la suya”, o marcharse, y esto hizo él, buscando un lugar donde seguir libre. Ni unos ni otros le perdonarían sus escritos, confirmando con ello que si algo detestaba más que ninguna otra cosa cada uno de los dos bandos no era el bando contrario, sino cualquiera que se resistiese a pertenecer a uno de ellos. Así que el día que Chaves escribió en La defensa de Madrid (México, 1939), acabada aquella “estúpida guerra”, que “la verdad es esta: los heroicos y gloriosos ejércitos que luchaban en Ciudad Universitaria estaban formados con la escoria del mundo. Basta fijar los ojos en la lista de las fuerzas que los componían. Frente a la Brigada Internacional de los rojos, la Novena Bandera del Tercio Extranjero de los blancos, una y otra, receptáculo de todos los criminales aventureros y desesperados de Europa”, el día que escribió esta frase y otras parecidas, decía, firmó su sentencia de muerte literaria y civil, y empezando por su amigo el comunista Jesús Izcaray y siguiendo por el delator antisemita César González Ruano, lo calumniaron sin piedad a partir de entonces. El olvido vino por esta correa de transmisión.
No le importó. Su “pecado” fue haber sido demócrata antes, durante y después de la guerra, y si el 19 de julio de 1936 el país dejó atrás la política, aprestándose a aniquilarse con saña feroz, eso hizo Chaves como narrador, con voz apagada pero muy firme: hechos escuetos, contados con brío en una prosa vibrante que tiene lo mejor del Baroja de las Memorias de un hombre de acción y lo mejor del Valle-Inclán del Ruedo Ibérico, con los ecos al fondo de La caballería roja de Babel. Al lector sólo le queda asistir atónito y consternado al triunfo de la barbarie.
La historia de este libro es a un tiempo, sí, la historia de su infortunio, pero también del nuestro. Hace veinticinco años España llegaba cincuenta tarde a unos hechos que deberían haberse olvidado hacía mucho. Ahora, tres cuartos de siglo después de que se publicase por primera vez, nos recuerda que entre los hunos y los hotros estaba la inmensa mayoría, la primera que cayó en la guerra, junto a la verdad. A sangre y fuego empezó a hacer visibles una y otra.

martes, 17 de julio de 2012

PRENSA CULTURAL. Sobre el periodista Manuel Chaves Nogales

Manuel Chaves Nogales (1897-1944), fotografiado en París en 1940. ("El País")

   En "El País":

Disparar a la distancia precisa

Manuel Chaves Nogales, aventurero, comprometido y romántico, puso su afilada inteligencia y un estilo literario sin ninguna veta de tocino al servicio de la historia: contó de primera mano las cosas que pasaban y estuvo donde había que estar

 14 JUL 2012

Si tus fotos no son lo bastante buenas es porque no estabas lo bastante cerca: esta sentencia de Robert Capa se puede aplicar también a los periodistas de calle, a los cronistas de guerra, reporteros y enviados especiales, a los analistas políticos y, por supuesto, a los sicarios y asesinos a sueldo, los más interesados. Se tiene o no se tiene el don de apretar el gatillo en el momento oportuno, a la distancia precisa. Los periodistas de raza llevan ese instinto en la base del cráneo. Uno de esos era Chaves Nogales.
Este periodista, nacido en Sevilla en 1897, hijo de madre pianista, de padre literato de medio pelo y sobrino de gente del gremio, de quienes aprendió en la adolescencia el manejo de las armas de este oficio, llegó a aquel Madrid, “brillante y famélico” de entreguerras, con 23 años, dispuesto a comerse el mundo, como tantos otros, después de haberse baqueteado como redactor en diarios de Sevilla y de Córdoba. Era entonces un joven moreno, de pequeña estatura, de ceño obstinado, con el chaleco bien abotonado, el nudo de la corbata torcido y la frente sombreada por una greña rebelde. Así aparece en el humo de las fotos de la época, en las redacciones o al pie de las linotipias. Extrañamente no tenía acento andaluz o no lo usaba.
Llegó a Madrid ya casado y con una hija. Traía además un par de pinitos literarios ya publicados, estampas de su ciudad natal, retratos de personajes anónimos que había conocido. Después de aposentarse con la familia en los altos de Ciudad Lineal, en una casa con corral de gallinas, al principio bajaba en tranvía cada tarde hasta la Puerta del Sol y la calle de Alcalá con la idea de explorar y ser aceptado en alguna de las tertulias de literatos célebres, que impartían su ego como un sacramento, rodeados de bohemios, plumíferos tronados, diputados golfos, cómicos hambrientos, sablistas y cesantes galdosianos, que anidaban en los cafés. Allí se cocía el puchero de las noticias antes de que llegaran a las redacciones. Unamuno decía que las tertulias madrileñas constituían la verdadera universidad popular. Esa era la primera guerra que había que ganar. En esta descubierta también era necesario llevar chaleco antibalas, aunque fuera de lana de merino. Cada una de aquellas tertulias tenía un dueño. En el café de Levante reinaban Azorín y Baroja, uno con su silencio, el otro con la mala baba; en Pombo echaba al aire luminosas pompas de jabón Gómez de la Serna; en Fornos eran el político Indalecio Prieto y el dibujante Bagaría los que cortaban el bacalao, a tercias con el famoso perro Paco, que se subía por su cuenta al tranvía para ir también a los toros; en la Granja del Henar ceceaba el veneno del resentimiento Valle-Inclán, sin conceder derecho de réplica a ningún contertulio. A un joven recién llegado de provincias que, ajeno a esta regla, le interrumpía a menudo su soflama cáustica y altisonante Valle le cortó: “Oiga, pollo, se va usted a pisar la lengua”. Chaves Nogales sabía callar. Años después, cuando un 14 de abril sobrevino inesperadamente la República, los vendedores de periódicos la voceaban por la calle como si fuera el gordo de la lotería: “La República ha caído en la tertulia del Regina”. Era la de Azaña y allí estaba ya instalado, respetado, con derecho a hablar y ser oído Chaves Nogales.
La llegada de este periodista a Madrid hacia 1923 había coincidido con el golpe de Primo de Rivera, de modo que su talento se encontró con la barrera de la censura, no muy rigurosa, pero lo suficiente tosca como para obligarle a desviar su pluma hacia los crepúsculos, verbenas y otras florituras de estilista en vez de usarla para entrar a degüello en la política, como era su deseo. Chaves Nogales comenzó a escribir en El Heraldo crónicas de sociedad poco comprometidas para salvar el cocido. Llegó a redactor jefe. Allí coincidió con González Ruano, a quien, al contrario que a Chaves, la dictadura le sentaba como un traje cortado a medida para dar leña lírica impunemente a socialistas y republicanos sin desprenderse de su aire de señorito, de aristócrata de cartón piedra. En cambio, Chaves tenía un aire aventurero, un natural comprometido y romántico, bohemio y familiar a la vez. En 1927 ganó el Mariano de Cavia por un reportaje sobre Ruth Elder, la primera mujer que cruzó el Atlántico en un avión Junker, y ese primer éxito le impulsó también a volar, primero a la URSS, después por las nubes de toda Europa y de esos viajes aterrizó con reportajes sobre lo que había quedado de los zares caídos y otras semblanzas literarias, crónicas veraces, auténticas, sobre miserias de la dictadura del proletariado.

En uno y otro bando, él nunca se consideraba de los nuestros, sino el dueño de la voz libre, comprometida con la democracia y consigo mismo
Con este autor se ha dado un hecho curioso. Fue en su tiempo uno de los grandes; puso su afilada inteligencia y un estilo literario sin ninguna veta de tocino al servicio de la historia; contó de primera mano las cosas que pasaban en la calle; estaba donde había que estar, en los acontecimientos políticos, en los homenajes literarios; era citado, admirado y seguido por una legión de lectores y de repente, terminada la Guerra Civil, se lo tragó la tierra y ni siquiera era recordado como un exiliado famoso. Tal vez este hecho se deba a que, en uno y otro bando, él nunca se consideraba de los nuestros, sino el dueño de la voz libre, comprometida con la democracia y consigo mismo.
Su trabajo de periodista estuvo ligado a la causa de Azaña, como director del diario Ahora, de ideología de izquierda republicana. Puede que Chaves Nogales participara de la misma inteligencia corrosiva, un tanto despectiva. Fue un crítico insobornable de los males de la república; después de darse un garbeo por Alemania en 1933, recién ascendido Hitler al poder, presagió los aires de tragedia que aleteaban en el aire, se entrevistó de Goebbels, describió con detalle la humillación que soportaban los judíos en Berlín, y por supuesto su olfato de sabueso tampoco erró al anunciar que los españoles estaban dispuestos a matarse y que lo iban a hacer muy pronto.
Chaves aprovechó que los españoles todavía no se mataban para escribir por entregas una biografía de Juan Belmonte, muy alabada, en la que orillaba todos los apestosos tópicos del toreo e iba directamente a la psicología del personaje. Luego, en plena tragedia, siguió a Azaña en el exilio, primero en Valencia, después en Francia, donde participó en las tertulias de París con los huidos de la carnicería, Marañón, Baroja, Azorín, Ortega. Allí escribió las crónicas de guerra A sangre y fuego, de primera mano en su memoria. No estaba cerca, como recomendaba Capa, pero su disparo era muy certero, aunque no tanto como lo fue al narrar para la historia, como no lo ha hecho nadie, la caída de Francia en manos del fascismo, la lenta degradación de un país hasta el puro masoquismo.
Los demás pudieron volver a España terminada la contienda, no así Chaves Nogales, más comprometido, con más carne en el asador, perseguido luego por la Gestapo hasta recular a Burdeos y no parar hasta el nuevo exilio en Inglaterra. Antes había mandado a su mujer y a sus tres hijos a España. En Londres fundó una agencia, escribió artículos para los periódicos de Latinoamérica, no dejó de trabajar hasta mayo de 1944, en que una peritonitis se lo llevó al otro mundo, allá donde habita el olvido, como había escrito su amigo Cernuda. Fue enterrado en Londres. El olvido cayó sobre la figura de Manuel Chaves Nogales, pero ahora su espectro ha sido rescatado por la memoria histórica y hoy es reconsiderado como uno de los grandes, el que supo disparar desde la distancia precisa.

sábado, 10 de diciembre de 2011

PRENSA CULTURAL. "Chaves Nogales, a pie de trinchera" reportaje

Dibujo de Los secretos de la defensa de Madrid, reportaje publicado en la revista mexicana Sucesos para todos. Chaves Nogales, con Niceto Alcalá Zamora en 1931. ("El País")


   En "El País":
Chaves Nogales, a pie de trinchera

   Rescatadas las crónicas inéditas del mítico reportero sobre la defensa de Madrid - Se centran en la figura del general Miaja, abandonado a su suerte por la República.

JESÚS RUIZ MANTILLA - Madrid - 08/12/2011

   El tramo infinito que suele existir entre los despachos de los mandos militares y las trincheras es algo que tan solo está en las botas de unos pocos elegidos. De algunos generales con arrojo, coraje y decencia como Miaja. Y de periodistas insólitos, geniales y rigurosos, como fue Manuel Chaves Nogales. Uno se erigió en protagonista de la defensa de Madrid durante la guerra; el otro lo contó. Y aquel episodio fundamental para entender uno de los tramos más dramáticos de la contienda aparece ahora editado por Renacimiento, en un libro con aquellas crónicas recuperadas y otro volumen con escritos sobre la Guerra Civil, hasta ahora desconocidos en España.
   "Es un libro que quema entre las manos", escribe Antonio Muñoz Molina en el prólogo de La defensa de Madrid. Estamos ante la mejor crónica jamás escrita sobre la capital asediada junto a las de Arturo Barea y Max Aub, a juicio del escritor. Una crónica perdida en las hemerotecas ya que fue publicada con una apresurada traducción -a cargo de Luis de Baeza, corresponsal de Ahora, en Londres- en el Evening Standard y en español en la revista Sucesos para todos, de México.
   Nada más. Hasta ahora. Y resulta sorprendente. Es una obra desconocida, nunca editada en libro, pese a la coherencia de su relato cerrado, con principio trágico y, paradojas de la vida, final feliz... Acaba el día en que comienza a ser efectiva la resistencia, allá por noviembre de 1936.
   Es también el testimonio de los inocentes y el retrato de los culpables trazado por un periodista lúcido y comprometido que acabó sus días en Londres en 1942, aquejado de una peritonitis.
   ¿Dónde estaba Chaves Nogales cuando estalló la guerra? Su periplo fue un misterio. Pero Maribel Cintas, su gran biógrafa y estudiosa, cree que no salió tan pronto de Madrid como se creía. "O que sí lo hizo, como relataron, y luego regresó", afirma.
   La información, los detalles y las descripciones de las calles y sobre todo del búnker -la antigua capitanía general- desde donde Miaja dirigía la defensa son tan nítidas, tan cristalinas, que solo pudo haberlas conseguido de primera mano. "Creo que estuvo encerrado allí unos cuantos días. No solo por el rigor que traslucen las crónicas, sino por el retrato tan humano y cercano que hace de Miaja".
   El general, abandonado a su suerte por el Gobierno de la República huido a Valencia, es una de las claves del libro. Supone toda una reivindicación de su figura. "Un triste personaje, un superviviente, un ser anacrónico que no sabe aún por qué está allí y por qué está aún vivo si sigue allí", narra el periodista.
   Lo trata como a un héroe enfrentado a los elementos. Su retrato es el de un hombre bueno, cabal, directo y valiente. Un hombre sin miedo a la verdad, como demuestran los telegramas que envía. Un ejemplo: ante el requerimiento por cable de que manden la vajilla a los ministros escondidos en Valencia, Miaja se niega y responde: "Aquí también comemos".
   Hasta ahí llega la información del reportero. Tiene que ser directa, aunque también con fuentes más que fiables. "Como su hermano Juan Arcadio, que trabajó para Miaja en aquellos días", comenta Cintas. Días de tensiones y caos, de bombardeos, asedios y deserciones a mansalva que el propio Miaja se encargó de frenar con su presencia, pistola en mano, en las trincheras al grito de: "¡Necesitamos hombres que sepan morir!".
   El tono de las crónicas es tan vivo, tan moderno, tan analítico y épico al tiempo que arrastra a la lectura. Pero no solo con los mecanismos de la tensión, sino también por la distensión que le da un sentido del humor tan deudor de Jardiel Poncela, de Mihura y de los hermanos Marx como precursor de Gila, Berlanga y Azcona. "Siempre que aparecen aviones en el cielo de Madrid hay un grupo de madrileños que se queda en las esquinas siguiendo con la vista sus evoluciones con la esperanza de que sean de la República y no de los franquistas:
   -¡Son nuestros, son nuestros!-grita un optimista.
   -¡Qué van a ser nuestros, si son seis!".
   Es el Chaves Nogales insólito, magistral y visionario, revolucionario de los géneros y del oficio, inventor del nuevo periodismo treinta años antes que Truman Capote. El Chaves Nogales de sus grandes obras, el de El maestro Juan Martínez que estaba allí, Juan Belmonte, matador de toros, La agonía de Francia o A sangre y fuego, que junto con estas crónicas de la guerra conforman una obra fundamental para entender la España en llamas que aterró a este, según su propia descripción, "pequeño burgués liberal".
   Fue un testigo moderado de su tiempo, que quiso prevenir la tragedia que engendraban los totalitarismos por haberlos sufrido en sus viajes. Un enemigo acérrimo de fascismos y comunismos a quien no le dolían prendas en criticar las divisiones y las disputas estériles de los suyos y describir la mejor organización del ejército rebelde. Tan elegante y tan demoledor. Capaz de destruir con el relato de una acción en una frase el seso de políticos absurdos y militares despistados.
   Pero sobre todo fue un hombre comprometido hasta el fin con los ideales, la legalidad de la República y el destino de los inocentes que pagaron el baño de sangre: "Ese hombre de España que ha sido asesinado por el comunismo o por el fascismo, es lo único respetable de esta guerra estúpida".

   Galería de joyas
   - Narraciones maravillosas y biografías ejemplares de algunos grandes hombres humildes y desconocidos es el titular del primer libro de Manuel Chaves Nogales (1920). Le siguieron, entre otras, Lo que ha quedado del imperio de los zares (1931) y El maestro Juan Martínez que estaba allí (1934). Un año después salió a la venta Juan Belmonte, matador de toros. En 1937 editó su obra más famosa, los relatos de A sangre y fuego (1937). En 1941 en La agonía de Francia narró el drama de la ocupación nazi.

sábado, 5 de noviembre de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Crítica de una biografía de Manuel Chaves Nogales (1897-1944)

Manuel Chaves Nogales

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
El riesgo de acertar

ANDRÉS TRAPIELLO 29/10/2011

   Manuel Chaves Nogales perdió la guerra y desapareció de los manuales de literatura. La exhaustiva biografía escrita por María Isabel Cintas Guillén recupera su figura.

   El oficio de contar. Así ha titulado María Isabel Cintas Guillén su biografía de Manuel Chaves Nogales, y no habría podido encontrar un título mejor para ella. No ha debido resultarle tampoco fácil escribirla, tras años de trabajo y de investigación, y acaso por ello el lector ha de agradecérsela doblemente, pues Chaves no dejó muchas pistas de su vida. Dejó, sí, una obra periodística considerable y una obra literaria corta y singular, pero datos personales propiamente, lo que se dice rastros de sí mismo, pocos. Eso hace que el libro de Cintas, especialista en Chaves, haya de ser recibido con el mejor de los saludos por aquellos que ven en el escritor y periodista sevillano una de las mentes más sagaces y ponderadas de su tiempo. Sólo un puñado de páginas, el prólogo de su libro de relatos de la Guerra Civil, el hoy reeditadísimo A sangre y fuego, le hacen merecedor de un lugar relevante en nuestras letras. Cuando empezó a escribirlo era subdirector del diario Ahora, un periódico republicano conservador en su línea y moderno en su presentación. En los primeros días de la guerra la CNT y la UGT incautaban el periódico y Chaves era nombrado camarada-compañero director. No había sido nunca revolucionario y jamás había ocultado su desprecio por el fascismo y el nazismo. "Yo era eso que los sociólogos llaman un pequeño burgués liberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria. Ganaba mi pan y mi libertad con una relativa holgura confeccionando periódicos y escribiendo artículos, reportajes, biografías, cuentos y novelas, con los que me hacía la ilusión de avivar el espíritu de mis compatriotas...". Lo de avivar el espíritu de los compatriotas le duró hasta noviembre de 1936, cuando abandonó todo y salió de España para salvar la vida, sin que ello menoscabara un ápice sus convicciones: "Hasta ahora no se ha descubierto una fórmula de convivencia humana superior al diálogo", dirá en el exilio, "ni se ha encontrado un sistema de gobierno más perfecto que el de una asamblea deliberante. En el mundo no hay más".
   Cuando algunos lectores, entre ellos el que escribe estas líneas, se tropezaron hace veinte años con el prólogo de ese libro inencontrable entonces, la pregunta que se hicieron fue sencilla: ¿por qué nadie conoce a Chaves Nogales, por qué no figura en las historias literarias, por qué no han hablado de él ni los rojos ni los fascistas, por qué sus libros siguen cubiertos de polvo en las librerías de viejo, incluidos algunos tan sobresalientes como su biografía de Belmonte o el deslumbrante El maestro Juan Martínez que estaba allí?
   Chaves, hijo de un periodista y una pianista, había nacido en Sevilla en 1897. Al morir su padre se puso a trabajar muy joven también como periodista, pero sobre todo como repórter, primero en Sevilla, y luego en Madrid. Fue otro de los muchos que para triunfar, como decía Baroja, venían a Madrid y se ponían a la cola, trabajando de "periodista de pata, más que de mesa". "Mi técnica periodística no es una técnica científica. Puedo equivocarme. Andar y contar es mi oficio", dirá.
   Se equivocó poco. Empezó a escribir unos reportajes que causaron sensación. Recorrió Europa en aeroplano. Puso de moda esos viajes en los que se jugaba literalmente la vida. Fue a Rusia y vio lo que habían hecho los soviets, y lo contó; estuvo en Alemania y vio lo que hacían los nazis a los judíos, y también lo contó. Mal negocio. Cuando estalló la revolución en Madrid, tuvo que huir: no era de fiar. Cuando los alemanes entraron en París, fue a buscarle la Gestapo. No les había gustado tampoco la entrevista que le había hecho tiempo atrás al doctor Goebbels. Para entonces tenía ya mucho prestigio en la prensa, y un gran sueldo que le permitía ser rumboso y tener informantes en todas partes. Como periodista era intuitivo y escrupuloso con los hechos, que le gustaba contrastar. Pocas bromas. Con las ideas, menos aún: "El hombre netamente liberal no abdica de sus derechos y libertades ante ninguna garantía de orden, por fuerte que sea".
   Pero si ejercer el periodismo de aquellos años, principalmente en la República, podía ser fascinante, también solía acarrear peligros. Chaves buscó la verdad en las revueltas campesinas andaluzas o en la Revolución de Octubre y lo que vio no le gustó a él, como demócrata liberal que era, pero lo que contó todavía gustó menos a los que pensaban ya en hacer sus respectivas revoluciones, y ganarlas, claro.
   Vino la guerra y lo que Chaves contó de ella tampoco contribuyó a que los "hunos" y los "hotros" respetaran demasiado a quien denunciaba todos los crímenes. Cuando pasó el desastre, Chaves fue de los que perdió la guerra y no apareció en los manuales de literatura.
   ¿Y su vida en el exilio? Cintas nos la cuenta con el inestimable testimonio de los hijos del escritor: triste y rota como tantas, su familia en España y él viviendo solo en Londres, soñando reencuentros imposibles, que no se produjeron. Murió en 1944, tenía 47 años y una semana después el régimen de Franco lo depuró por masón. A su obra deslumbrante le quedaba medio siglo de purgatorio, el medio siglo que fue necesario para que fuese sabiéndose lo que habían sido los discursos hegemónicos de los totalitarismos de izquierda y de derecha, que el pequeño burgués Chaves combatió sin arredrarse.

   Chaves Nogales. El oficio de contar. María Isabel Cintas Guillén. Premio 'Antonio Domínguez Ortiz de Biografías' 2011. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2011. 368 páginas. 25 euros.

domingo, 13 de marzo de 2011

PRENSA (2). 13 marzo 2011

   En "El País Semanal":

1. Indignémonos. Por Maruja Torres.

2. Rusia en París. Traiciones y Revolución. Por Jesús Ruiz Mantilla. La diáspora rusa en el París de la 'belle époque' sirvió a Chaves Nogales para escribir un gran relato con bailarinas vengativas, el asesinato de Rasputín, la reaparición de Anastasia... Amor, misterio y revolución en una crónica fascinante ahora recuperada.

3. Ejercicio sin excusas. Reportaje de psicología. Por Jenny Moix. Hacer deporte asegura una mejor vejez. El reto es encontrar actividades placenteras que no se aparquen a la primera.

4. Rosa Montero: "Creo en la reinvención, yo lo estoy intentando". Entrevista, por Luz Sánchez-Mellado. Estrena los 60 años, casa nueva y nueva novela. Tras la pérdida de su pareja, la escritora y periodista se ha creado un mundo propio en su libro más personal. Una celebración de la vida a pesar del acecho de la muerte.

5. Twitterrevolución. Reportaje de Delia Rodríguez. Se ha convertido en una poderosísima red social, protagonista tanto en las revueltas árabes como en el ascenso y caída de personajes famosos. España, con dos millones de usuarios directos, es el país europeo donde más crece Twitter.

6. Maltratadores. ¿Pueden cambiar? Reportaje de Rafael Ruiz. Condenados a seguir una rehabilitación por haber agredido a su pareja. Cada mes hay miles de sentencias así, pero quedan ocultas por los casos más graves de asesinatos. ¿Cómo son estos hombres? Les acompañamos en la terapia y abordamos a través de ellos el problema de la violencia de género, que en 2010 causó 73 víctimas en España.

7. Una policía sin vocación. Artículo-relato de Almudena Grandes.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

CHAVES NOGALES, MANUEL. Sobre "La agonía de Francia" (Introducción de Xavier Pericay)

Manuel Chaves Nogales

Introducción a La agonía de Francia, de Manuel Chaves Nogales, por Xavier Pericay:

El maestro Chaves Nogales que estaba allí

Es muy probable que en el coche grande del periódico que lo llevaba a Valencia mediada la mañana del 6 de noviembre de 1936 ya le fuera dando vueltas al asunto. Las tropas de Franco estaban a las puertas de Madrid, el Gobierno de la República había decidido abandonar la ciudad y él, junto a otros cuatro periodistas -entre los que se hallaban Manuel Benavides y Paulino Masip, directores de Estampa y La Voz, respectivamente-, acababa de hacer lo propio. O quizá la idea surgiera en aquellos días que pasó luego en Valencia, a la espera de encontrar pasaje para el exilio. Tanto da. Lo importante es que él había estado allí y que eso había que contarlo. Se trata de un imperativo moral, al que no puede ni debería sustraerse ningún periodista que se precie. Una vez en Montrouge, en los arrabales de París, este periodista convirtió lo vivido en la capital durante los primeros meses de guerra civil en los nueve relatos de A sangre y fuego. Y a otra cosa, porque a aquellas alturas -mayo de 1937-, y como él mismo reconocía en el prólogo de la obra, poco le importaba ya saber "el resultado final de esta lucha" o, lo que es lo mismo, si "el futuro dictador de España va a salir de un lado u otro de las trincheras".
Pero, para su desgracia, no fue esta la única ocasión en que la historia le obligó a huir de su ciudad. Ni la única en la que él se vio impelido a hacerlo detrás del que consideraba su gobierno. En junio de 1940, en vísperas de la caída de París en manos del ejército de Hitler, Manuel Chaves Nogales, ex director del diario Ahora -aunque en los créditos constara como subdirector, quien dirigía efectivamente el diario era él- y colaborador por entonces, según propia confesión, de la Radio Francesa para España y América del Sur y de un grupo numeroso de periódicos americanos de lengua española, volvía a abandonar una capital y a emprender el camino del exilio. De París a Burdeos, esta vez, con escala en Tours -y escapada a Biarritz-. Al igual que hace cuatro años en aquel automóvil cargado de periodistas, es muy probable que ahora, en un vehículo con una carga parecida, ya anduviera pensando en lo que iba a escribir. O quizá el proyecto surgiera en las calles de Burdeos, mientras dudaba entre permanecer escondido en algún pueblecito de los Pirineos o soltar definitivamente amarras. Sea como fuere, eso, él, tenía que contarlo. Porque había estado allí, porque era su deber de periodista dejar testimonio de la tragedia vivida. Y porque en esta ocasión, no nos engañemos, lo que se hundía era mucho más que lo que se había hundido la otra vez.
La agonía de Francia se publicó en Montevideo al año siguiente con un subtítulo que daba a entender lo que no era. "Versión original española de The Fall of France", ponía. Que se sepa, The Fall of France no llegó nunca a existir. Puede que Chaves, instalado ya en Inglaterra, proyectara la edición de una versión inglesa de la obra antes incluso de que esta apareciera en español y que, por hache o por be, el libro no viera nunca la luz. En todo caso, es una pena. Para el libro, para la memoria de su autor y para el mundo en general. De haberse publicado en su momento en inglés, estoy convencido de que habría acabado figurando por derecho propio entre los mejores ensayos jamás escritos sobre este periodo de la segunda guerra mundial. Y no me cabe tampoco la menor duda de que el canónico La caída de París (14 de junio de 1940), de Herbert Lottman, tan reacio a incluir, entre sus obras de consulta, nada que no esté editado en inglés o francés, lo habría convertido en una de sus fuentes principales. Y es que La agonía de Francia es un gran libro, un libro enorme -y eso que apenas abulta-.
Las razones de esa magnitud son diversas. Lo primero que merece la pena destacar -y aquí el orden no tiene mayor importancia- es que estamos ante un libro escrito por un hombre pletórico. En 1940, con sólo 43 años a cuestas, Chaves Nogales es ya un periodista como la copa de un pino, que ha dirigido con éxito el diario de mayor tirada de la Segunda República española, que ha creado escuela -el propio Paulino Masip, director de La Voz y compañero de huida en Madrid, ha sido discípulo suyo- y que se ha ganado, gracias a sus trabajos, un merecido prestigio entre sus colegas europeos. Por lo demás, es el autor de unos cuantos libros-reportaje, aparecidos antes por entregas en la revista Estampa y el más celebrado de los cuales, Juan Belmonte, matador de toros, le ha granjeado un crédito considerable. Está, pues, en la plenitud de su carrera. Y además está allí.
Porque La agonía de Francia, en la medida en que es el libro de un periodista, lo es también de un testigo de los hechos. A lo largo del texto son constantes, imperiosos casi, los "yo he visto", los "no olvidaré nunca", los "yo he hablado con", los "he conocido casos"; en una palabra, los faits vécus, amparados por la autoridad de ese yo testimonial. Se diría que, por parte del narrador, existe una verdadera obsesión por recordarle al lector que no está hablando de oídas, que eso que cuenta lo conoce de primera mano. Y, en ese conjunto de testimonios que saca a relucir, Chaves no escatima clase social ni tendencia ideológica alguna. Así, lo mismo oímos la voz del oficial de carrera filonazi que la del soldado partidario de la dictadura del proletariado; lo mismo toma la palabra el militante comunista fiel a la estrategia de la Komintern -marcada por la alianza entre Hitler y Stalin, y contraria, pues, a los intereses de Francia en la contienda- que el miembro del partido que antepone a sus ideas la defensa de la nación; y lo mismo desfilan, en fin, por las páginas del libro los aristócratas, los intelectuales y los políticos que la masa, esa masa de la que tanto receló en toda ocasión, siguiendo la estela de Ortega, el propio Chaves.
No obstante, más allá de esas razones y de otras que sin duda podrían aducirse, lo que explica, a mi entender, que estemos ante un gran libro, y muy probablemente ante el mejor de cuantos alcanzó a escribir su autor en su corta vida -murió en Londres en 1944, a los 47 años-, es algo que trasciende la agonía a la que alude el título y que se erige, de algún modo, en su reverso. Me refiero a la defensa cerrada, tozuda, enfermiza de la democracia y sus inigualables virtudes. El hundimiento de Francia -insiste Chaves repetidamente, como para despejar cualquier sombra de duda- no hay que achacarlo a la democracia y a su incapacidad de plantar cara al totalitarismo, como sostienen los partidarios de los regímenes dictatoriales, sino a la incapacidad de los franceses de preservar los valores que la democracia lleva asociados. Lo cual, sobra decirlo, no deja de constituir una amarga paradoja, habida cuenta de que ningún país en el mundo encarna, como Francia, esos valores.
La agonía de Francia da cuenta, pues, de ese desplome, de ese hundimiento de un país. Y de esa paradoja. Pero no lo hace en modo alguno desde un patriotismo sobrevenido, como podría esperarse de un refugiado agradecido. Ni tampoco desde la añoranza de un patriotismo anterior. España está presente en el libro, ciertamente. Pero está como ejemplo, como caso, del que conviene extraer las debidas lecciones. Y nada más. Ni una lágrima, por consiguiente. Si existe una escritura enemiga del lagrimeo, esa escritura es la de Chaves. Tanto si pondera la democracia y sus virtudes, como si desmenuza, uno a uno, los factores que han llevado a Francia a la ruina, como si se detiene en los efectos de los bombardeos pasados, presentes y futuros, su escritura conserva en todo momento un mismo temple. El que resulta, en definitiva, del ejercicio valiente y responsable de la razón.
Es verdad que Chaves conocía el percal. Sus viajes le habían familiarizado con los totalitarismos, de un signo u otro, y con sus modos. No ignoraba, pues, dónde estaba el peligro. Por lo demás, la experiencia de la Segunda República española y su trágico desenlace no habían hecho sino reforzarle en sus certezas y convicciones. Los enemigos de la democracia tenían rostro: fascismo y comunismo. Y no quedaba más remedio que hacerles frente y derrotarlos si uno quería vivir en paz, en democracia y en libertad. Ahora bien, no todos veían las cosas con semejante lucidez. Mejor dicho, los clarividentes eran muy pocos. Y los que, viendo lo que había que ver, se atrevían a expresarlo públicamente y a denunciar cuanto hubiera que denunciar, todavía menos.
Puestos a identificar a esos clercs, a mí no se me ocurren más nombres, para acompañar el de Chaves, que los de George Orwell y Albert Camus. Es curioso, los dos eran periodistas. O no tan curioso. Al fin y al cabo, de ambos también puede decirse que siempre supieron estar allí.

lunes, 3 de mayo de 2010

PRENSA. 3 mayo 2010

En "El País":

1. Utopía. Columna de Almudena Grandes.

2. El suicidio de Francia, en directo. Reportaje de Jesús Ruiz Mantilla. Recuperada la obra de Chaves Nogales sobre la caída gala ante los nazis. Sobre el autor escribe Muñoz Molina, en Justicia para un hombre justo.

3. Depredadores contumaces. Artículo de Malén Aznárez, vicepresidenta de Reporteros Sin Fronteras-España, sobre la libertad de prensa.

4. Los agujeros del queso. Columna de José Ignacio Torreblanca sobre la proliferación de armas nucleares.

5. La frontera de los sueños rotos. Reportaje de Pablo Ordaz. Decenas de 'sin papeles' tratan de cruzar cada día hacia Arizona por el desierto mexicano de Sonora - La policía de fronteras los deporta a cientos de kilómetros.

domingo, 1 de marzo de 2009

PRENSA CULTURAL. "Babelia", 28 febrero 2009

En "Babelia":

1. El genio escondido. Reportaje. El periodista Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897-Londres, 1944) fue valiente y extraordinario, pero vivió fuera de sitio en una época trágica, que él supo atrapar para la literatura. Su obra A sangre y fuego y su inmensa biografía de Belmonte son ahora recuperadas.

2. Un niño en una calle de Sevilla. Capítulo primero de Juan Belmonte, matador de toros, de Manuel Chaves Nogales.

3. Lo peor. Andrés Trapiello nos traza un perfil de Manuel Chaves Nogales.

4. Luces de Weimar. Artículo de Antonio Muñoz Molina.

5. Herman Hesse. Cómo aprender a volar. Manuel Vicent escribe sobre este escritor flaco, de ojos azules ardientes y pelo claro, tímido y recio a la vez, que se convirtió en un referente literario al que se han agarrado sucesivamente muchos jóvenes para iniciarse en el vuelo contra los valores de una moral burguesa devastada.

6. Rushdie, encantador de serpientes. El escritor José María Guelbenzu critica el nuevo libro de Salman Rushdie, La encantadora de Florencia. (En el enlace anterior podemos leer las primeras páginas de la novela).
PARA OTROS ARTÍCULOS Y CRÍTICA DE LIBROS, PUEDES LEER EL AQUÍ EL "BABELIA" COMPLETO.