Mostrando entradas con la etiqueta premio Nobel. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta premio Nobel. Mostrar todas las entradas

viernes, 15 de enero de 2016

LITERATURA. "Un rotundo 'no' a la guerra con voces de mujer". Sobre 'La guerra no tiene rostro de mujer', de la premio Nobel de Literatura Svetlana Alexiévich

En "lecturassumergidas.com":


Un rotundo “no” a la guerra con voces de mujer


Lyudmila Pavlichenko (1916-1974), francotiradora de la 25º División Chapaiev , Ejército Rojo.
Lyudmila Pavlichenko (1916-1974), francotiradora de la 25º División Chapaiev , Ejército Rojo.

Por Emma Rodríguez © 2015 /

Hay libros que duelen, pero que agradecemos leer pese al dolor que nos provocan. Hay libros que nos acercan a realidades que nunca hubiéramos podido imaginar y que apuntalan en nosotros determinadas posiciones. Estoy convencida de que todo el que se acerque a La guerra no tiene rostro de mujerde la reciente Premio Nobel de Literatura Svetlana Alexiévich no podrá más que emitir un rotundo no a la guerra. Las noticias e imágenes repetidas de conflictos lejanos o no tan lejanos, de bombas lanzadas contra poblaciones civiles, de masacres, de torturas, que tan asimiladas tenemos ya desde nuestra cómoda postura de receptores occidentales, quedan absolutamente superadas por el impacto de las palabras, de los testimonios de las mujeres que lucharon con el Ejército Rojo en la II Guerra Mundial.
No podemos salir indemnes de la experiencia. No podemos evitar una cierta herida emocional tras emprender este viaje en busca de la verdad y de la memoria, un viaje que reivindica el papel de tantas jóvenes anónimas a las que les tocó desempeñar el papel de heroínas, heroínas obligadas por las circunstancias, por el destino, silenciadas durante largas décadas porque aparentemente sus vivencias no podían aportar nada nuevo a la solemne historia oficial; porque las batallas siempre han sido cosa de hombres.
Mezcla de literatura, ensayo y periodismo, estamos ante un libro extraordinario, absolutamente imponente y revelador, que nos habla de una guerra diferente, una guerra cercana, íntima, una guerra contada no desde la perspectiva convencional de las batallas, los movimientos tácticos y los hechos concretos, sino desde el corazón y los sentimientos. Por eso duele tanto, sobrecoge y provoca el más visceral rechazo. Svetlana Alexiévich recorrió pueblos y ciudades de la antigua Unión Soviética en busca de sus protagonistas; entabló conversaciones con ellas, fue testigo de hondas confidencias, de lágrimas, de culpas, pero también de liberación y alegría ante la oportunidad que les daba de poder hablar, de contar lo que supusieron aquellos años terribles; de valorar por fin, en voz alta, el sacrificio realizado, la contribución femenina a un capítulo de la historia incompleto sin la mirada de una parte importante de sus testigos. “Ven. Ven, por favor. Llevamos tanto tiempo calladas. Cuarenta años con la boca cerrada…”, asegura que le pedían.
Hubo quienes se negaron a declarar, quienes no querían volver a un pasado que habían cubierto con un tupido velo, pero muchas otras aceptaron las visitas de esa mujer que hacía preguntas, que quería saber, que quería conocer de primera mano que sucedía en las trincheras, hasta qué punto los seres humanos estamos preparados para asumir el mal, para encontrar sentido a la vida en las situaciones más extremas, para controlar el miedo, para amar en medio de las más atroces experiencias, para seguir en pie cuando alrededor todo se convierte en derrumbamiento y horror.

Mezcla de literatura, ensayo y periodismo, estamos ante un libro extraordinario, absolutamente imponente y revelador, que nos habla de una guerra diferente, una guerra cercana, íntima, una guerra contada no desde la perspectiva convencional de las batallas, los movimientos tácticos y los hechos concretos, sino desde el corazón y los sentimientos.
No estaría mal escribir un libro sobre la guerra que provocara nauseas, que lograra que la sola idea de la guerra diera asco. Que pareciera de locos. Que hiciera vomitar a los generales” confiesa la autora muy al comienzo del recorrido sus intenciones. Y ya en el tramo último, después de infinidad de encuentros, de charlas, de grabaciones, de anotaciones en cuadernos, reconoce que no ve el final del camino. “El mal parece infinito. Ya no puedo percibirlo sólo como un hecho histórico (…) ¿me enfrento al tiempo o al ser humano? Los tiempos cambian, pero, ¿y los humanos? Las repeticiones me hacen pensar en la torpeza de la vida…”
El libro se estructura como un relato colectivo, como un fresco coral. Los recuerdos, las voces, se van superponiendo. Los planos, los puntos de vista, nos ofrecen una panorámica múltiple, polifónica. El ritmo, el efecto que provocan tantas memorias rescatadas al mismo tiempo, va in crescendo, alcanzando cada vez más altas cotas de emoción, de estremecimiento. La narradora organiza todos los contenidos de los que dispone en distintos capítulos, en pequeñas piezas narrativas que llevan por título frases significativas, piezas capaces de apresar situaciones concretas. Las evocaciones de sus combatientes (aviadoras, jefas de zapadores, francotiradoras, conductoras de carros de combate, oficiales de la marina, especialistas en transmisiones, partisanas, enlaces en la clandestinidad, comandantes de cañón antiaéreo, enfermeras, cocineras…) se mezclan. Cada cual cuenta la historia desde su posición, con matices diferentes, con apreciaciones que cambian según el lugar desde el que la vivieron. Hay coincidencias, muchas coincidencias, pero también contrastes.
Fotografía de Svetlana Alexiévitch por Elke Wetzig.
Fotografía de Svetlana Alexiévitch por Elke Wetzig.
Y al mismo tiempo están las propias reflexiones de la escritora, una especie de diario de ruta en el que va dando cuenta del proceso de trabajo, de las preguntas que se va haciendo, de los momentos de duda y de esos instantes milagrosos en los que percibe que está tocando con la punta de los dedos ese tipo de verdades que tanto dicen acerca de la naturaleza del alma humana. “Soy consciente de que no deben redactarse el llanto ni los gritos, una vez redactados perderán importancia; la versión escrita saltará al primer plano y la literatura sustituirá la vida. Así es este material, la temperatura de este material. Supera los límites. En la guerra el ser humano está a la vista, se abre más que en cualquier otra situación, tal vez el amor sería comparable. Se descubre hasta lo más profundo, hasta las capas subcutáneas...”, nos informa.
Svetlana Alexiévich escucha, se acerca al sufrimiento, da cuenta de un tiempo no superado en el que anidan viejos anhelos y descubrimientos atroces. En todo momento se aleja del relato victorioso, porque en la guerra no hay victorias, solo dolor y pérdida. El monólogo que mantiene consigo misma se cruza con el diálogo con tantas mujeres a las que se siente próxima. Cerca de un millón formaron parte del ejército soviético y desempeñaron todas las especialidades militares. Las que hablan en este libro no son pocas y las representan a todas. “Nuestro grito debe guardarse en algún lugar del mundo. Nuestro aullido, toma nota la periodista de esta frase que tanto dice de la necesidad de no olvidar, de preservar la memoria.
Hay testimonios sobrecogedores, en ocasiones escalofriantes en esta entrega. Los pasajes de crueldad, de vejación, son muchos, pero a ellos se superpone la compasión, la fraternidad, la ternura... Mucho tiempo mantuvo la autora el manuscrito sobre su mesa de trabajo. “Llevo dos años recibiendo cartas de rechazo de las editoriales. Las revistas guardan silencio. El veredicto siempre es el mismo: es una guerra demasiado espantosa. El horror sobra. Sobra naturalismo. No se percibe el papel dominante del Partido Comunista. En resumen, no es una guerra corriente…”, nos cuenta. Y se pregunta a continuación qué se entiende por correcto, si sólo cabe dejar constancia de los héroes y los actos de valentía; si sólo cabe olvidar el sufrimiento.

El monólogo que Alexiévich mantiene consigo misma se cruza con el diálogo con tantas mujeres a las que se siente próxima. Cerca de un millón formaron parte del ejército soviético y desempeñaron todas las especialidades militares. Las que hablan en su obra no son pocas y las representan a todas.
En la edición de la obra que acaba de publicar en España la editorial Debate, se incluyen retazos de conversaciones que Svetlana Alexiévich mantuvo con el censor, episodios recortados por la censura y otros que ella misma vetó, que no se atrevía a incluir en la obra. Con la llegada dela Perestroika de Gorbachov, a mediados de la década de los 80, el libro se convirtió en un acontecimiento y se realizó incluso una versión teatral. Las vicisitudes por las que hubo de pasar la autora la convierten en símbolo de una lucha, la de la visibilización de la historia de las mujeres, de la que aún quedan por escribir muchos episodios.
A través del periodismo, la ahora Premio Nobel quería acercar al público lector al otro lado de la contienda, ese lado opaco sólo atendido por la ficción. Pero en esta ocasión se trata de testimonios reales, desnudos, descarnados, sin artificios. “En lo que narran las mujeres”, explica la autora, “no hay, o casi no hay, lo que estamos acostumbrados a leer ya escuchar: cómo unas personas matan a las otras de forma heroica y finalmente vencen. O cómo son derrotadas. O qué técnica se usó y qué generales había. Los relatos son diferentes y hablan de otras cosas. La guerra femenina tiene sus colores, sus olores, su iluminación y su espacio. Tiene sus propias palabras. En esta guerra no hay héroes ni hazañas increíbles, tan solo seres humanos involucrados en una tarea inhumana…”
¿Con qué relatos nos encontramos entonces? será la pregunta que os estaréis haciendo los que hayáis seguido este texto hasta aquí. No esperéis declaraciones grandilocuentes expuestas ante grandes púlpitos. Se trata de confidencias en la intimidad sobre “lo sencillo y lo humano, capaces de “vencer a lo grande, incluso de vencer a la Historia”, como dice la autora. Se trata de revelaciones dolorosas que gran parte de las veces han permanecido veladas, guardadas en el baúl de las pesadillas. Ahí está el gran valor de una entrega en la que hay contrastes, evidentemente, porque nadie vivió los acontecimientos de la misma manera, pero, en la que, tal vez, lo que más llama la atención son las coincidencias, el entusiasmo con el que todas esas mujeres se alistaron en cuanto estalló la guerra, muchas de ellas con apenas 16, 17 años, provenientes de organizaciones juveniles del Partido Comunista, educadas en la idea del bien común, de la defensa de la Patria.

Con la llegada de la Perestroika de Gorbachov, a mediados de la década de los 80, el libro se convirtió en un acontecimiento y se realizó incluso una versión teatral. Las vicisitudes por las que hubo de pasar la autora la convierten en símbolo de una lucha, la de la visibilización de la historia de las mujeres, de la que aún quedan por escribir muchos episodios.
Se repite una y otra vez la experiencia del rechazo primero por parte de oficiales que no confiaban en la valía femenina, de cómo hubieron de llamar a distintas puertas y saltarse los protocolos para hacer realidad su deseo de ir al campo de batalla. Se repite el dolor ante la separación de familias e hijos a los que no sabían si iban a volver a ver y la demostración de fuerza que hubieron de llevar a cabo para ser reconocidas por sus compañeros varones. Hay detalles que casi todas cuentan: el momento en el que les cortaron las trenzas, se vistieron con el uniforme masculino y calzaron botas que casi siempre les quedaban grandes. Y también los momentos en los que asomaba su coquetería innata y la rapidez con la que el cabello se les tiñó de blanco.
Mujeres que formaron parte de las guerrillas soviéticas que participaron en la liberación de Crimea en 1944.
Mujeres que formaron parte de las guerrillas soviéticas que participaron en la liberación de Crimea en 1944.
Y después de la victoria, cuando el Ejército Rojo venció a las tropas de Hitler y volvieron a la normalidad, a la vida cotidiana, hay una herida común: el desprecio de la sociedad, de las propias familias que se avergonzaban en muchos casos de ellas; de las mujeres que se quedaron en casa y que les echaban en cara haber combatido para robarles a sus hombres, unos hombres que no fueron capaces de defender a quienes habían sido sus iguales, a quienes fueron sus amigas y muchas veces, sí, sus amantes.
El rechazo de la sangre es otra de las constantes en los relatos. Muchas de estas mujeres, condecoradas por su valor en los campos de batalla, no pudieron volver a trabajar como enfermeras, ni pisar una carnicería ni vestirse de rojo cuando todo acabó. La mayoría hablan de enfermedades nerviosas, de dolencias surgidas con posterioridad, de los sueños sobresaltados, incluso décadas y décadas después, en el momento en el que son entrevistadas, ya convertidas en abuelas a las que les cuesta reconocer que un día fueron capaces de empuñar un arma y de matar.
Los escenarios del frío, de las heladas permanentes, que tantas veces se han utilizado por parte de los historiadores como uno de los elementos que contribuyeron a la derrota del ejército alemán, son escenarios de este recorrido en el que nos damos cuenta de que la idiosincrasia rusa y la firmeza de las convicciones de los combatientes, aún lejos de asumir que los ideales del comunismo estaban siendo traicionados por los dirigentes del partido, contribuyeron sobremanera a la victoria final.
La historia con mayúsculas, las barbaridades que ya estaba cometiendo el régimen estalinista con sus purgas, con su crueldad hacia los soldados hechos prisioneros, asoma como telón de fondo y nos habla de un momento en el que el pueblo soviético, capaz de vencer en la guerra, empezaba a ser consciente de que la utopía había saltado por los aires, un tema que siempre ha interesado a Svetlana Alexiévich y que ha explorado en profundidad en obras como El fin del “homo sovieticus”, que próximamente publicará en nuestro país la editorial Acantilado.
Hace frío, mucho frío en este recorrido, pero también asoma la primavera, la belleza del bosque, de los amaneceres, de las flores. “A veces oigo una música… O una canción… Una voz de mujer… Y allí encuentro lo que he sentido. Algo semejante (…) ¿Sabe lo preciosos que resultan los amaneceres en la guerra? Antes de un combate… Los observas y estás segura: ese podría ser el último. La tierra es tan bella… Y el aire… Y el sol…”, escuchamos la voz de Olga Nikítichna, que ejerció de cirujana militar. “Lo único que sé es que en la guerra las personas se vuelven espantosas e inconcebibles (…) Usted es escritora. Invéntese algo. Algo bonito. Sin parásitos ni suciedad, sin vómitos… Sin olor a vodka y a sangre… Algo no tan terrible como la vida…”, habla Anastasia Ivánovna, tiradora de ametralladora.

La historia con mayúsculas, las barbaridades que ya estaba cometiendo el régimen estalinista con sus purgas, con su crueldad hacia los soldados hechos prisioneros, asoma como telón de fondo y nos habla de un momento en el que el pueblo soviético, capaz de vencer en la guerra, empezaba a ser consciente de que la utopía había saltado por los aires.
De todo ello hablan las protagonistas. Hay temor, odio y muerte en sus historias, sus presencias son constantes y la autora se detiene largamente ahí, indaga, reflexiona… “La muerte es el tema más frecuente. La relación que tenían con la muerte: ella siempre merodeaba cerca. Era igual de cercana que la vida. Trato de entender cómo era posible salvarse en medio de aquella experiencia infinita de muerte (…) ¿Es posible contarlo? ¿Hasta dónde llegan nuestras palabras y nuestros sentimientos? ¿Qué está condenado a ser inexplicable?”, va desgranando sus interrogaciones.
Pero también hay amor, bondad y afán de supervivencia. Mientras avanzaba en la lectura no podía dejar de pensar en El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl, una obra que nos habla de cómo los seres humanos nos aferramos a la vida y llegamos a valorarla en su esencialidad en las situaciones más dramáticas y extremas. “En la guerra, el alma del ser humano envejece. Después de la guerra jamás volví a ser joven...”, cuenta Olga Yákovlevna, técnica sanitaria de una compañía de infantería, a quien su madre llegó a atar al carro que transportaba las pertenencias de la familia en el momento en el que huían del fuego enemigo, sin poder impedir que se liberara y se marchara al frente con un trozo de cuerda anudada a la mano.
El relato de esta mujer que participó en combates cuerpo a cuerpo, que asegura que no podrá olvidar nunca el crujido de los huesos y que no creerá a nadie que diga que no ha sentido miedo en la guerra, resulta estremecedor, como muchos otros. “¿Qué somos en realidad, de qué estamos hechos? ¿De qué material? ¿Cuál es su resistencia?”, se pregunta Alexiévich. Y argumenta: “Antes pensaba que el sufrimiento libera, que, tras superar las penas, el individuo ya solo se pertenece a sí mismo. Que su propia memoria le protege. Pero estoy descubriendo que no, no es una regla general. A menudo este saber e incluso el saber superior (inexistente en la vida normal) existen como un ente oculto, como una especie de reserva intangible y secreta, como las pepitas de oro en una mina. Hay que separar minuciosamente el lastre y rebuscar bien entre los sedimentos del ajetreo diario para finalmente hacerlo brillar. ¡Para que nos regale su preciada luz!
Eso es lo que hace la escritora. A través de sus preguntas, de sus indagaciones, busca la verdad y anima a sus entrevistadas a recordar, a poner palabras a las zonas de sombra hasta encontrar un poco de luz. Esa luz casi siempre aparece cuando surge el tema del amor. “En la guerra,  lo único personal es el amor. Lo demás es común, incluida la muerte, escribe Svetlana Alexiévich, sorprendida ante el hecho de que la menor franqueza se diese, precisamente, cuando éste salía a relucir. Ahí había un límite, un espacio prohibido, una zona de defensa que se fue levantando tras las calumnias, las ofensas y el sufrimiento de la posguerra, esa otra batalla de la posguerra, explica la escritora, a la que muchas mujeres pedían que ocultase sus identidades cuando le descubrían sus enamoramientos, la pasión que sintieron por algún compañero de armas, esos momentos de felicidad que también experimentaron y que tantas veces acabaron en frustración.
La piloto, miembro de las fuerzas aereas del ejército ruso, Lydia Litvyak.
La piloto, miembro de las fuerzas aereas del ejército ruso, Lydia Litvyak.
Hay historias realmente emotivas y desgarradoras en la entrega. Imposible dar cuenta de todas, pero, ya que hablamos de amor, hay una muy especial, la de Lubov Fomínichna, una soldado, auxiliar sanitaria, que no dudó en buscar a su marido en las trincheras y permaneció a su lado, luchando y amando, hasta que él murió. O la de Efrosinia Grigórievna, capitán médico, que al caer su marido hizo todo lo que estuvo en su mano para que le dejaran enterrarlo en Bielorrusia, la tierra de ambos, en la localidad donde ya no le quedaba nada, donde sólo esa tumba le podía hacer sentir que tenía un lugar en el mundo al que regresar después de la guerra. O la de la auxiliar sanitaria Sofía K-vich, que se enamoró del segundo comandante de su batallón. Ella no duda en confesar que no deseaba el final de la contienda porque sabía que él iba a abandonarla y volver con su familia sin reconocer nunca a la hija de ambos (Recuerdo la guerra como la mejor época de mi vida, allí fui feliz... Pero se lo ruego, no mencione mi apellido. Por mi hija...”)
Svetlana Alexiévich nos cuenta ciertamente otra guerra, esa otra guerra en la que los sentimientos pesan más que los hechos bélicos. Pero consigue, además, que leamos esos hechos, que veamos a sus protagonistas de otra manera y que pensemos, como dice la sargento Valentina Pávlova, comandante en una unidad de artillería, en el alto precio que tuvo que pagar el pueblo soviético –veinte millones de vidas humanas perdidas en cuatro años– por una victoria cuyos laureles se han atribuido tantas veces los Estados Unidos.
Antes hablaba de los ideales de unas gentes, gentes corrientes que de verdad creyeron en que era posible una sociedad transformada, igualitaria. Esos ideales truncados por un poder autoritario, esa derrota moral, late en todo el libro, aparece de fondo en muchas de las declaraciones. Imposible, una vez que cerramos las páginas, olvidar los pasajes de la lucha clandestina, la que se llevó a cabo lejos de las trincheras, la lucha de los partisanos, ayudados en todo momento por el pueblo.

La Premio Nobel consigue, además, que leamos esos hechos, que veamos a sus protagonistas de otra manera y que pensemos, como dice la sargento Valentina Pávlova, comandante en una unidad de artillería, en el alto precio que tuvo que pagar el pueblo soviético –veinte millones de vidas humanas perdidas en cuatro años– por una victoria cuyos laureles se han atribuido tantas veces los Estados Unidos.
Imposible olvidar esas escenas en las que los alemanes utilizaban a la gente que se había quedado en las aldeas como escudos humanos para esquivar las minas (hay un relato escalofriante de una soldado que evita matar a su propia madre, que viene en la avanzadilla, al verse obligada a disparar contra el enemigo). Y esas otras en las que, después de vencer, los soldados, hombres y mujeres rusas, al entrar en los pueblos alemanes, en bonitas e impolutas casas con el café humeante sobre las mesas –nada que ver con sus aldeas arrasadas por el fuego– se preguntaban cómo pudo una nación con tanto bienestar a su alcance provocar esa terrible guerra. La Historia nos habla de atroces actos de venganza y las mujeres de este libro no niegan casos de violaciones, pero cuentan también cómo, aún llenas de odio,  no fueron capaces de devolver la crueldad que habían recibido; de cómo ante la mirada de los niños alemanes asustados no pudieron dejar de sentir compasión.
Imposible olvidar también los episodios donde se narran las torturas de la Gestapo. “Más que morir nos asustaba la posibilidad de traicionar”, relata Sofía Mirónovna, integrante de una organización clandestina, quien recuerda las terribles torturas que padeció al ser atrapada y cómo un fiscal nazi la sometió a largos interrogatorios, movido por la curiosidad de saber. “Ese nazi quería entender por qué éramos como éramos, por qué nuestras ideas eran tan importantes para nosotros…”, escuchamos su testimonio. Y la seguimos: “¡Me he encontrado con personas extraordinarias! Morían en los calabozos de la Gestapo, solo las paredes conocieron lo valientes que eran...”

“Más que morir nos asustaba la posibilidad de traicionar”, relata Sofía Mirónovna, integrante de una organización clandestina, quien recuerda las terribles torturas que padeció al ser atrapada y cómo un fiscal nazi la sometió a largos interrogatorios, movido por la curiosidad de saber. “Ese nazi quería entender por qué éramos como éramos, por qué nuestras ideas eran tan importantes para nosotros…”, escuchamos su testimonio.
Es difícil explicar el efecto que provocan tantas voces pidiendo ser escuchadas, tantos relatos de la desolación, pero si algo queda claro es que Svetlana Alexiévich consigue su objetivo: sacudir absolutamente nuestras conciencias y hacernos desmitificar los relatos gloriosos de cualquier contienda. La suya es una gran lección de periodismo. Frente a la urgencia de las noticias, a la rapidez con que se construyen las informaciones; frente a la falta de contraste y el exceso de banalidad, la escritora consigue ofrecernos una gran lección sobre la necesidad de tomarse tiempo, de detenerse, de ahondar, de aspirar a encontrar la verdad. El capítulo de las mujeres rusas que lucharon en la II Guerra Mundial ha tardado demasiado tiempo en darse a conocer. Antes que ellas, en otros lugares, en otros tiempos, hubo otras; algunas van saliendo a la luz, pero aún son muchas las que permanecen sepultadas tras capas y capas de olvido. Hoy también hay aventuras de mujeres valerosas que merecen la pena ser contadas. Pienso, por ejemplo, en las kurdas que están combatiendo al Estado Islámico. ¿Qué piensan, qué sienten, qué mueve a esas mujeres?
Tanto en La guerra no tiene rostro de mujer, como en sus restantes títulos (Voces de Chernóbil era el único publicado en España cuando se le concedió el Nobel; a partir de ahora podremos acceder a los demás) la autora bielorrusa realiza un trabajo que dignifica la práctica periodística, que se convierte en un auténtico acicate para quienes creemos en su valor. Durante toda la investigación, inmersa en las certezas pero también en las dudas, sin saber exactamente hacia dónde la habría de conducir el camino emprendido, Alexiévich se hace preguntas, preguntas para comprender, no para asumir los hechos, sino para entenderlos desde el cuestionamiento.
La humanidad ha vivido miles de guerras (hace poco leí que en total se habían contabilizado más de tres mil, entre grandes y pequeñas), sin embargo, la guerra sigue siendo un gran misterio. Nada ha cambiado. Para descifrar el misterio intento reducir la Gran Historia hasta darle una dimensión de persona”, escuchamos su voz, una voz que se mezcla con las de sus protagonistas en busca de sentido. “El único camino es amar al ser humano. Comprenderlo a través del amor, señala en un momento dado. Tomo sus palabras como el mejor punto final y os invito a entrar en este libro, a abrir sus puertas sabiendo que duele, pero también que, en cierto modo, algo cambiará en vuestros corazones.
Fotografía de Svetlana Alexiévitch por Peter Groth.
Fotografía de Svetlana Alexiévich por Peter Groth.
La guerra no tiene rostro de mujer, de Svetlana Alexiévich, publicado por la editorial Debate, ha sido traducido por Yulia Dobrovolskaia y Zahara García González. 

domingo, 17 de mayo de 2015

PRENSA CULTURAL. "Trastos, recuerdos y el alma de Wislawa Szymborska"

   En "El País":

Trastos, recuerdos y el alma de Wislawa Szymborska

La poeta y premio Nobel polaca ayudó a precisar datos de su biografía


Wislawa Szymborska, en su casa, antes del Premio Nobel de 1996. / EDITORIAL PRE-TEXTOS

El premio Nobel de 1996 descubrió para el mundo a una poeta que muy pocos conocían fuera de Polonia, reacia a las entrevistas y que consideraba que confesarse públicamente equivalía a perder el alma. Wislawa Szymborska escribía unos poemas transparentes que miraban el mundo desde un ángulo nuevo que se encontraba del lado de dentro de los seres y las cosas. Su resistencia a contar de su vida más de lo que aparecía en sus poemas no amilanó a Anna Bikont y Joanna Szczesna, autoras de la biografía Trastos, recuerdos (Pre-Textos, traducción de Elzbieta Bortkiewicz y Ester Quirós). Juntas destilaron cuanto de peripecia vital había en poemas, reseñas, conferencias y recitales; hablaron con amigos, reconstruyeron su árbol genealógico, recuperaron textos inéditos y organizaron un relato tan coherente que provocó la curiosidad de la propia Szymborska, quien acabó accediendo a reunirse con sus biógrafas diciendo: "Está bien, precisemos".
El resultado son 700 páginas repletas de descubrimientos, inteligencia, ternura y maravilla. Un libro que no es sólo una biografía (magnífica) sino también un acercamiento agudo a su obra, una antología de sus versos, un riquísimo álbum fotográfico, un catálogo de sus collages e incluso una novela sobre sus antepasados: "Todo empezó así. Unos vientos huracanados derribaron miles de abetos en las propiedades del conde Wladyslaw Zamoyski...".
Las autoras reconstruyen la infancia de una Szymborska que obligaba a todo el mundo a que leyese para ella, que besaba ranas y que junto a unas amigas ató a un árbol al niño que les gustaba y allí lo dejaron mientras dirimían quién de ellas lo quería más. Esas amigas conservaron algunos de sus primeros poemas, ahora recuperados: "Nada es nuevo, todo ha ocurrido antes, / igual que el sol salía, / ha vuelto a salir. / La gran guerra no es tampoco nueva; / Caín comenzó la escabechina por Abel. / Siempre alguien muere y alguien nace / y entre quejas se dirige a la escuela. / Y siempre por una mala redacción / se gana una zurra en el colegio y otra en casa”.

Verso y crítica

POESÍA. Saltaré sobre el fuego (Nórdica). Antología ilustrada por Kike de la Rubia, con nueva traducción de Abel Murcia y Gerardo Beltrán y prólogo de Juan Marqués (2015)
Hasta aquí (Bartleby). Traducción de Abel Murcia y Gerardo Beltrán (2014).
 Aquí. (Bartleby) Traducción de Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia, edición bilingüe (2009).
Instante (Igitur) trad. Gerardo Beltrán, Abel A. Murcia (2004).
El gran número, Fin y Principio y otros poemas. (Hiperión). Varios traductores (1997).
Paisaje con grano de arena(Lumen). Traducción de Ana María Moix y Jerzy Wojciech Slawomirski (1997).
PROSA. Lecturas no obligatoriasMás lecturas no obligatorias y Siempre lecturas no obligatorias (Alfabia).
Szymborska estuvo, desde bien joven, en el centro de la vida intelectual de Cracovia. Abandonó sociología aburrida de que todo lo explicara el marxismo, pero acató las normas del partido. Cuando recibió el Nobel, hubo quien se tomó el premio como una afrenta a Zbignew Herbert y aireó su pasado comunista. Un pasado que esta biografía no esconde: poemas a Stalin («El Partido, la visión del hombre, / la fuerza popular y su conciencia, el Partido. / Nada de Su Vida pasará al olvido. / Su Partido despeja las tinieblas») y declaraciones del tipo «Al Partido le debo el pleno conocimiento de la verdad» o «Sólo pido morir siendo comunista». Tampoco lo escondió ella, pero sin ninguna necesidad de actos de contrición espectaculares à la Grass evolucionó hacia un individualismo compasivo que le impidió, llegado el momento, afiliarse al sindicado Solidaridad: «Carezco ya de sentimientos de grupo». Nunca perdió la timidez ante Czeslaw Milosz, el otro Nobel polaco de su generación, porque jamás quiso convertirse en el monumento que él estaba encantado de ser y porque mientras que él siempre pretendía conversaciones elevadas, Szymborska prefería entregarse al humor y a la improvisación de poemas liméricos.
En 1959 comenzó a dirigir la sección de poesía de Zycie Literackie, donde publicaría los primeros poemas de Adam Zagajewski. Para ahuyentar a los malos poetas organizaba números como clavar su zapato sobre un redactor tirado en el suelo que gritaba: “¡Se lo prometo! ¡Nunca más le traeré poemas!”. En la revista era también una de las redactoras del “Correo literario”, donde respondía a las cartas de los lectores con esa mezcla sólo suya de humor, inteligencia, ternura y acidez. Hay en ese correo (citado aquí abundantemente) todo eso pero también certeros ensayos concentrados sobre el verso libre o la tradición. En 1963 abandona la redacción pero sigue escribiendo reseñas: así comienzan las «Lecturas no obligatorias» de las que Alfabia ha publicado tres volúmenes. Szymborska elegía los libros que reseñaba del cajón de los descartes. Prefería aquello que no tuviera que ver con la literatura oficial. Cuando en 1993 retomó la escritura de reseñas eligió los libros del mismo modo: “La política sigue siendo un vampiro deseoso de sacarnos todos los jugos”.
Szymborska mantuvo junto a ella mucho tiempo a una de sus niñeras de infancia porque “todos necesitamos a alguien que nos grite de corazón”. Seamus Heaney le escribió tras el Nobel avisándole de lo que la esperaba: amigos que no recordaba, ignotos parientes, inesperados enemigos. “Pobre Wislawa”, resumió. Y tanto: la noticia del premio la sorprendió escribiendo un poema que, pese a su continuo rechazo a viajes y entrevistas, no pudo retomar hasta tres años después.


Wislawa Szymborska con un chimpacé en el zoológico. / EDITORIAL PRE-TEXTOS
Szymborska sentía una predilección por los animales que tenía más que ver con la curiosidad que con el amor. Nunca tuvo mascota, pero sentía una especial fascinación por los monos, una especie de espejo en el que interrogarse. Una vez se hizo una sesión de fotos en el zoo de Cracovia con una chimpancé. La sentaron junto a la poeta, intentó morderla cuando quiso abrazarla y al oírla gritar alargó la mano, arrancó unas hojas y le tapó la boca con ellas. “¿No quería que gritara o quería pedirme perdón?”, se preguntaba Szymborska, que había aprendido a asombrarse con una frase de Montaigne: “¡Mirad cuántos extremos tiene este palo!”.

Una gran generación

Una sola generación de la poesía polaca reunió a cuatro gigantes: Wislawa Szymborska, Czeslaw Milosz (ambos bendecidos por el premio Nobel), Zbigniew Herbert y Tadeusz Rózewicz, a los que habría que sumar al más joven Adam Zagajewski. Szymborska es la menos grandilocuente de todos ellos, y su poesía concilia todas las contradicciones: es irónicamente tierna, livianamente profunda. Abel Murcia y Gerardo Beltrán tradujeron su Poesía no completa (FCE), a la que seguirían Instante (Ígitur), Dos puntos y el póstumo Hasta aquí (Bartleby). Alfabia ha publicado tres tomos de sus Lecturas no obligatorias, comentarios de libros a los que es injusto llamar reseñas, pues están más cerca de los ensayos de Montaigne que de la crítica de urgencia.

jueves, 7 de mayo de 2015

PRENSA CULTURAL. "Las raíces reales y literarias de Macondo"

   En "El País":

Las raíces reales y literarias de Macondo

Gabriel García Márquez creó su lugar mítico mucho antes de 'Cien años de soledad'. La Feria del Libro de Bogotá le dedica su edición


Macondo, territorio mítico de García Márquez, recreado por Fernando Vicente. / EL PAÍS


Un día, el niño Gabriel García Márquez (1927-2014) iba asomado a la ventana en un tren amarillo, que no paraba de soltar serpientes de humo con cada pitido, y leyó en la entrada de una finca un letrero metálico azul que en letras blancas decía: Macondo. Y la palabra voló a esconderse en algún refugio de su memoria.
Macondo no nació el día que todos creen. Macondo tiene siete actas de fundación: tres tienen que ver con la aparición de este territorio de ficción en sendos libros; dos son citadas por primera vez por el autor sin que sus libros hayan sido publicados, y las otras dos provienen de sus vivencias que darán origen a ese pueblo mítico. Para dar con sus raíces hay que desandar la ruta de la imaginación de la gente a lo real.
En el imaginario universal ese territorio nace en el arranque de Cien años de soledad (1967): “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos”.

La primera vez real que la gente lee la palabra Macondo es en el relato Un día después del sábado, con el que en 1954 gana el Premio Nacional de Cuento.
Aunque la primera presencia para los lectores estaría en el propio título de un relato de 1955: Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo, en origen titulado El invierno. Otra pista falsa, porque la primera vez real que la gente lo lee es en el relato Un día después del sábado, con el que en 1954 gana el Premio Nacional de Cuento, donde se narra: “Pero ese sábado llegó alguien. Cuando el padre Antonio Isabel del Santísimo Sacramento del Altar se alejó de la estación, un muchacho apacible, con nada de particular aparte de su hambre, lo vio desde la ventana del último vagón en el preciso instante en que se acordó de que no comía desde el día anterior. Pensó: ‘Si hay un cura debe haber un hotel’. Y descendió del vagón y atravesó la calle abrasada por el metálico sol de agosto y penetró en la fresca penumbra de una casa situada frente a la estación donde sonaba el disco gastado en el gramófono. (...) Y ahí penetró, sin ver la tablilla: Hotel Macondo; un letrero que él no había de leer en su vida”.
La realidad es que García Márquez incorpora la palabra Macondo por primera vez entre 1948 y 1949, cuando escribe la que habría de ser su primera novela: La hojarasca, publicada en 1955. Y lo hace en la narración introductoria: “De pronto, como si un remolino hubiera echado raíces en el centro del pueblo, llegó la compañía bananera perseguida por la hojarasca. (…) hasta los desperdicios del amor triste de las ciudades nos llegaron en la hojarasca. (…) Después de la guerra, cuando vinimos a Macondo y apreciamos la calidad de su suelo, sabíamos que la hojarasca había de venir alguna vez. (…) Entonces pitó el tren por primera vez. La hojarasca volteó y salió a verlo y con la vuelta perdió el impulso, pero logró unidad y solidez; y sufrió el natural proceso de fermentación y se incorporó a los gérmenes de la tierra”. Y es una línea más abajo cuando el escritor deja constancia de la fecha más antigua de ese pueblo en la tierra, al fechar ese informe así: “Macondo, 1909”.

La realidad es que García Márquez incorpora la palabra Macondo por primera vez entre 1948 y 1949, cuando escribe la que habría de ser su primera novela: La hojarasca, publicada en 1955
Ficciones que hunden sus raíces en la realidad. En este desandar la estación inaugural está a comienzos de los años 50 cuando acompaña a su madre, Luisa Santiaga Márquez, a vender la casa de los abuelos maternos, con los que él vivió sus primeros años, en Aracataca. En ese viaje de reencuentro el mundo que quería contar empieza a tomar cuerpo. García Márquez arranca sus memorias Vivir para contarla, de 2002, evocando aquel viaje. Los dos se alejan del mar de Barranquilla para tomar una lancha motor que los lleve al otro lado de la ciénaga, tierra adentro, allí toman el tren que los cruzará por platanales, pueblos refundidos en la memoria. Llegan a la hora de la siesta. Madre e hijo caminan bajo un sol inclemente por las calles polvorientas rumbo a la Casa. Fue. Fue. Fue. Eso es Aracataca mientras avanzan. La madre se encuentra con su comadre, se abrazan, lloran, a su lado el joven periodista con sueños de escritor mira, y, poco a poco, tras un largo viaje por calles pavimentadas, ciénagas, un tren que se adentró en el calor y los pasos en un pueblo sonámbulo, ve cómo las ideas literarias que le revoloteaban empiezan a armar el rompecabezas: “Cuando el tren arrancó, con una pitada instantánea y desgarradora, mi madre y yo nos quedamos desamparados bajo el sol infernal y toda la pesadumbre del pueblo se nos vino encima. (…) Todo era idéntico a los recuerdos, pero más reducido y pobre, y arrasado por un ventarrón de fatalidad”.

Ficciones que hunden sus raíces en la realidad. En este desandar la estación inaugural está a comienzos de los años 50 cuando acompaña a su madre, Luisa Santiaga Márquez, a vender la casa de los abuelos maternos, con los que él vivió sus primeros años, en Aracataca
En realidad, el Nobel colombiano ya había plasmado este episodio en un cuento en 1962. Fue en La siesta del martes, pero mezclado con un acontecimiento que de niño le impactó: la muerte de un ladrón a manos de la dueña de la casa y la visita que hicieron la madre del difunto y su hermana pequeña para llevarle flores a la tumba, tras un largo viaje en tren en medio de platanales y pueblos sin nombre hasta apearse y caminar silenciosas a la hora de la siesta: “El pueblo flotaba en el calor. La mujer y la niña descendieron del tren, atravesaron la estación abandonada cuyas baldosas empezaban a cuartearse por la presión de la hierba, y cruzaron la calle hasta la acera de sombra”.
Y la verdad se remonta a aquellos años infantiles cuando él ve que una finca junto a la vía del tren se llama Macondo. En Vivir para contarla escribe: “Esta palabra me había llamado la atención desde los primeros viajes con mi abuelo, pero sólo de adulto descubrí que me gustaba su resonancia poética. Nunca se lo escuché a nadie ni pregunté siquiera qué significaba. La había usado ya en tres libros míos como nombre de un pueblo imaginario, cuando me enteré en una enciclopedia casual que es un árbol del trópico parecido a la ceiba, que no produce flores ni frutos, y cuya madera esponjosa sirve para hacer canoas y esculpir trastos de cocina. Más tarde descubrí en la Enciclopedia Británica que en Tanganyka existe la etnia errante de los makondos y pensé que aquel podría ser el origen de la palabra”.
Lo cierto es que vendieron esa casa donde nace el verdadero Macondo. Los años que vivió con su abuela Tranquilina Iguarán Cotés y su abuelo el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía. Lo cierto es, también, que Macondo tiene una vida circular porque es hasta Cien años de soledad, en 1967, donde se cuenta su origen. Y ahí se juntan la realidad geográfica e histórica de Aracataca y de su lugar mítico. La única vía de llegar a Aracataca desde Barranquilla coincide con el viaje que hizo con su madre en los 50: “En su juventud él (José Arcadio Buendía) y sus hombres, con mujeres y niños y animales y toda clase de enseres domésticos, atravesaron la sierra buscando una salida al mar, y al cabo de veintiséis meses desistieron de la empresa y fundaron a Macondo para no tener que emprender el viaje de regreso. Era, pues, una ruta que no le interesaba, porque solo podía conducir al pasado”.
Así, Macondo quedó lindando al oriente con una sierra impenetrable, al sur por los pantanos y una ciénaga sin límites, al occidente con una “extensión acuática sin horizontes, donde había cetáceos de piel delicada con cabeza y torso de mujer, que perdían a los navegantes con el hechizo de sus tetas descomunales, y al norte la salida inencontrada al mar”. Se quedaron allí porque a medida que avanzaban la naturaleza se cerraba detrás de ellos. “Un espacio de soledad y olvido, vedado a los vicios del tiempo”.

jueves, 30 de abril de 2015

PRENSA. "Lieber Günter". Grita Loebsack

   En "El País":

‘Lieber Günter’

La intérprete de conferencias internacionales Grita Loebsack recuerda el paso de Günter Grass por las Waffen SS, donde entró a los 16 años, al final de la Segunda Guerra Mundial

Günter Grass
Günter Grass, en su casa el pasado 21 de marzo / JULIAN ROJAS

Ya no puedes oírme o tal vez sí, pero más allá de tu muerte aún se oyen voces de reproche, dentro y fuera de Alemania, porque tú, al que solían llamar la conciencia moral de Alemania, te habías callado durante años un hecho que suena a muerte, a tormento, a criminalidad: tu pertenencia a las Waffen SS. ¿Por qué?
A los 15 años, siendo un buen chico de las Juventudes Hitlerianas, quisiste ir a la guerra y te ofreciste voluntario para el servicio de las armas. Como hijo de la ciudad de Dánzig, a orillas del mar Báltico, pediste servir en los submarinos, pero te dijeron que ya no admitían a nadie en la Marina y que a lo mejor te podrían acoger en una unidad de carros de combate, y que de todas formas tendrías que esperar a cumplir los 17 años. En septiembre del 44, pocos meses antes de cumplirlos, te llamaron a filas y te comunicaron que ibas a pertenecer a la unidad de los carros de combate de las Waffen SS.
Cuando llegaste a Berlín, la ciudad estaba en llamas. Desde allí te mandaron a Dresde para “formarte”. Pero, mientras tanto, en el Oeste, las fuerzas aliadas avanzaban hacia la frontera, y en el Este los rusos habían cruzado ya la frontera y avanzaban hacia Berlín. Todos sabían que la guerra estaba perdida y en los frentes y en las ciudades alemanas reinaba el caos.
Helmut Frielinghaus, hasta su muerte lector y amigo tuyo, y sólo un poco más joven que tú, nos mandó, en 2006, a todos los traductores de Pelando la cebolla (también a mí porque colaboraba en la versión española de mi marido Miguel Sáenz) una carta como “testigo de aquellos tiempos” en la que nos explicó cuál había sido la situación: “Quien fue llamado a filas en aquella época (otoño de 1944) ya no podía elegir el arma (Waffengattung) ni la unidad. Los muy jóvenes como yo o los ancianos fueron enviados al Volkssturm (asalto popular), y formados en el manejo del lanzagranadas. Los incluían en algún comando y los mandaban al frente. La retirada de las tropas alemanas estacionadas en el Este había empezado hacía meses, pero ni siquiera se trataba de una retirada organizada. Los soldados, sobre todo los de escasa formación y sin experiencia, se utilizaban como carne de cañón. La gran suerte de Günter, y lo que le salvó la vida, fue que muy poco después de mandarle al frente le hirieron. Y la otra suerte: que después le hicieran prisionero de guerra los americanos”.
Pero más impresionante es la segunda parte de su carta, en la que Frielinghaus dice: “Después del fin de la guerra lo primero (algo que podía durar años) fue sobrevivir de un día para otro (buscar comida, techo, material de calefacción), muchos vivían entre ruinas... Todo esto hoy es difícil de imaginar. Pero muchísimo más terrible fue lo que iba sabiéndose sobre los campos de exterminio, los innumerables crimenes, los crímenes de guerra y mucho más, al encarar los 12 años de la época nazi. Lo menciono [dice Frielinghaus] porque todo alemán pensante acarreaba este peso, se sentía dominado y marcado por él, y a menudo lo ha hecho aún hasta hoy, como yo por ejemplo. Desde nuestra perspectiva, todo, de la mera pertenencia al partido nazi NSDAP hasta la participación en los innumerables crímenes, tenía más peso que una pertenencia obligada por el mando a una unidad de las Waffen SS. Y lo digo [sigue] porque me imagino que Günter probablemente durante decenios ni siquiera tuvo la idea de que hubiera sido correcto y mejor contar este hecho”.
Lieber Günter, creo que así puede haber sido y creo también lo que un día me contestaste —lo que decías a mucha gente, pero que nadie más que los que escriben pueden creer— cuando te pregunté pero por qué, por qué no lo contaste antes; dijiste: “Yo tenía que encontrar una forma literaria para expresarlo. Cuando la tuve, salió por sí solo”.

Un día, me contaste que para expresarlo buscaste una forma literaria
No sé si nunca alguna vez te lo conté: yo tenía un hermano que se alistó voluntario y que murió dos meses antes de terminar la guerra, como carne de cañón, a los 18 años. Nunca me he preguntado si también fue de las Waffen SS...
Sé cuánto has sufrido por aquella polémica y sé cuánto has expiado. Como todos los traductores con los que has trabajado en las famosas reuniones que organizabas para cada libro, te recordaré siempre así, por tu mejor lado: como un ser generoso, noble, sencillo, comprensivo, con muchísimo sentido del humor y con una sensibilidad exquisita.