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martes, 5 de mayo de 2015

PRENSA CULTURAL. Sobre la nueva novela de Vargas Llosa. "Así nace el título de una obra"

   En "El País":

Así nace el título de una obra

'Cinco esquinas' se llamará la nueva novela del Nobel peruano Mario Vargas Llosa


Panorámica del punto que da nombre al barrio limeño, Cinco esquinas, en el cual se inspira Vargas Llosa para su nueva novela. / MORGANA VARGAS LLOSA

Durante un año, Mario Vargas Llosa trabajó en un archivo de word al que llamó nuevanovela.doc. Los títulos de la novela, dice, le sirven para organizar la historia. Son un norte. Pero esta vez no tenía título y nunca antes le había pasado. Ha escrito novelas que tuvieron hasta tres: La ciudad y los perros se llamó antes Los impostores y La morada del héroe. También ha escrito novelas que nacieron con el título puesto, como La Casa Verde. Y títulos que aparecieron con una imagen, como Conversación en La Catedral,que surgió en cuanto tuvo la idea del barcito que serviría de escenario a la conversación que vertebra la obra.
Vargas Llosa no tenía título y hace un par de semanas, sin saberlo, salió a la calle a buscarlo. Partió de su casa de Barranco, en Lima, con gafas de sol, un gorro que le tapaba media cara y una gabardina de aires detectivescos. La ruta que tomaría ese día la había fijado, también sin saberlo, en 1952.
Un recuerdo abrió la compuerta. Era la imagen de los únicos tres meses de bohemia que vivió en su vida. Tenía 16 años y trabajaba como periodista en La Crónica. Algunas noches salía del periódico con los amigos y se iban a la casa de un dibujante al que le gustaban los valses criollos. La casita humilde donde tocaban el cajón y escuchaban y cantaban temas de Felipe Pinglo quedaba en Cinco esquinas. Ese recuerdo, que lo pudo asaltar mientras caminaba, escribía o comía un yogur, lo acompañó durante el día y, luego, trasladado al papel se convirtió en el escenario donde pasan buena parte del día dos de los personajes centrales de la (nueva) novela.
La mañana en la que seguía sin encontrar el título fue a visitar este escenario y a contrastar su recuerdo con la realidad. Nadie lo reconoció, salvo la señora que cuidaba autos en un corralón. “Usted no debería estar aquí”, le dijo, “este barrio es muy violento y solo estamos seguros los que vivimos aquí y nos conocemos”.


Una escena del barrio Cinco esquinas, en Lima. / MORGANA VARGAS LLOSA
No le sorprendieron sus palabras. Encontró, efectivamente, mucha inseguridad en el barrio, además de una decadencia irremediable. Las tiendas y casas enrejadas, personas deambulando semidesnudas, perros sin dueño, pandilleros y anuncios de espiritistas pegados en las paredes. “Los mismos callejones y quintas parecen existir desde la época que yo era joven y se han ido deteriorando, llenando de basura y de una especie de subhumanidad, de gentes muy marginales que han abandonado las esperanzas”, recuerda en Madrid Vargas Llosa.
Pero lo que más le impresionó fue la Quinta Heeren, una residencia muy elegante de la Lima del siglo XIX. “Aquí estaban las embajadas de Japón, de Francia, de Estados Unidos. Todavía existen, pero están totalmente en ruinas y habitadas por gallinazos. Cuando haces un pequeño ruido salen por las puertas y las ventanas las nubes de gallinazos que viven aquí”.
Le pareció que este barrio empobrecido y ruinoso dentro de una Lima en pleno proceso de transformación encajaba perfectamente en la vida de los dos personajes. “Son periodistas que representan quizás la forma más degradada del periodismo, que es el periodismo de la chismografía y del amarillismo. Es una novela que tiene que ver mucho con esa subcultura contemporánea y que es tan universal porque la comparten el mundo desarrollado y el subdesarrollado. Prácticamente no hay cultura ni lengua que no tenga ese periodismo de la chismografía y el escándalo. Que esta especie de lumpen periodístico emerja de los muladares de las quintas miserables de Cinco esquinas tiene mucho sentido”.
Mientras caminaba por el barrio de Cinco esquinas no sabía todavía que estaba pisando, literalmente, el título de su novela. Tendría todavía que llegar a casa, visitar otras dos veces el barrio para seguir apoderándose de las imágenes que irán vistiendo su novela, y esperar. “Yo nunca tendría una argumentación para justificar el título de una novela y, sin embargo, la intuición me dice cuándo vale y cuándo no vale. También me pasa con los nombres de los personajes. Pero es una cosa intuitiva, no es una cosa racional. Puedo inventar razones que no me convencerían ni a mí mismo, pero sí sé cuándo el título o el apodo de un personaje lo hace visible, le da consistencia, veracidad y cuándo es una caricatura, una impostura o un disfraz”.
Una noche cenando con su esposa, Patricia, y su hija Morgana en un restaurante japonés en Lima, Vargas Llosa compartió con ellas sus impresiones de la visita a Cinco esquinas y tuvo por primera vez la intuición de un título. Pero no fue hasta llegar a Madrid que tuvo la certeza y salió de su escritorio exultante, como si acabara de ganar la lotería. La titularía Cinco esquinas.
¿Qué hizo que por fin encontrara un orden y un sentido al universo que construye día a día? ¿Fue el recuerdo de sus años de bohemia, una canción de Felipe Pinglo, la impresión que le causaron los gallinazos de la Quinta Heeren o la vida que poco a poco van cobrando los personajes? No podría ser algo racional, como él dice. Para saberlo, quizás, tendría que recurrir a uno de esos anuncios que vio en Cinco esquinas: “Espiritista piurano. Atiende preferentemente de noche”.

martes, 17 de junio de 2014

PRENSA. "Infancia del revés"

   En "El País":
DÍA MUNDIAL CONTRA EL TRABAJO INFANTIL

Infancia del revés

Historia de Juan, un niño que se levanta cada día a las tres de la mañana para fabricar ladrillos


Juan voltea los ladrillos para que se sequen. / FERNANDO DEL BERRO
Imagínese usted el mundo al revés. Imagínese mañana mismo, a las ocho de la mañana. Cuando se dispone a llevar a su hijo o a su hija a la escuela, descubre que no carga sobre la espalda una mochila, sino un emplomado pico y una pala. No una pala de playa, sino de las de verdad, de las que doblan la espalda y cuartean los dedos. Y cuando va a ayudarle a cruzar la calle ve usted dibujadas en sus manos grietas de duras horas de trabajo bajo el sol. No puede creerlo cuando escucha “voy a trabajar”, con ese tono responsable que se le pone a los críos de 10 años acostumbrados a llevar a casa un sueldo todos los meses. “Esto es el mundo al revés”, piensa usted extrañado.
Al revés, según desde dónde se mire. Para Juan Huachaca, un niño peruano de 10 años que trabaja haciendo ladrillos en Huachipa, una localidad del extrarradio de Lima (Perú), este es el pan de cada día. Para él y para los 168 millones de niños y niñas que acuden cada mañana a su trabajo, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
Nos dirigimos a la pampa donde Juan fabrica ladrillos. Es un lugar sediento que cuando no lo erizan los vientos se convierte en piel brillante como la plata. Cualquiera diría que Huachipa se extiende plana como una mano abierta si no fuera porque, de repente, una herida honda deja el terreno socavado, convertido en una inmensa vasija de ladrillos. “Aquí vivo, aquí trabajo”, señala Juan con voz cansina mientras amasa sin parar con sus pies desnudos una amalgama de arcilla y agua rascados al suelo. Vive con su familia en una casa de adobe y hojalata, ensuelada por esteras, con una sola cama a repartir, calentada por un pequeño hornillo de queroseno y ambientada con alegres melodías de radio que a ratos logran voltear esa tristeza sórdida con la que se viste la pobreza. Juan tiene 10 años, tez oscura y un pelo negro y lacio que se vuelca sobre las ventanas de sus ojos. Cada mañana labra la tierra junto a sus padres y hermanos en el interior de estas inmensas heridas del suelo.
En el mundo al revés de Huachipa no hay terrenos agrícolas, pero eso no impide que el 85% de los niños trabajen en la “labranza”, que es como aquí llaman a la fabricación artesanal de ladrillos. Antes, esta tierra estaba del derecho, pues los antepasados de Juan labraban de verdad sus cultivos. Sembraban maíz, patatas y algodón. Incluso por aquí pasaba el río Huaycoloro. Ahora, en este paisaje yermo donde apenas sobreviven algunos árboles que miran hacia arriba suplicándole a un cielo seco siempre huérfano de nubes y de pájaros, tan sólo brota el barro que dará forma a los miles de ladrillos que diariamente le comen la piel a la planicie.

El 85% de los niños de Huachipa, en Lima,  trabajan en la “labranza”, como llaman a la fabricación  de ladrillos
La familia de Juan sigue “labrando”, pero no para obtener plantas de maíz, sino ladrillos. Las empresas constructoras les pagan 32 soles (unos 10 euros o 13 dólares) por “cosechar” 1.000 piezas al día. De no alcanzar esa cantidad diaria no se cobra, por lo que es imprescindible que todas las manos de la familia colaboren, incluso los hermanos pequeños de tres y cinco años. Porque trabajar es lo normal en Perú para más de 1,8 millones de niños y niñas entre los 5 y los 17 años (el 23% de la población peruana menor de edad), la tasa más alta de empleo infantil de Latinoamérica, tras Brasil. Según la OIT, son varias las causas, pero todas ellas responden a la pobreza estructural derivada de la precariedad laboral y de las dificultades de muchas familias para obtener recursos económicos. Por eso los niños trabajan. Porque el sueldo de un hijo es hoy un litro más de leche, o un kilo de arroz para la semana, o poder pagar a final de mes unos cuantos litros de queroseno.
Juan comienza su jornada laboral a las cuatro de la mañana, pero se levanta a las tres, cuando la intemperie es aún un mar de legañas iluminado por la luna y el aire todavía corre frío como el acero. Es el momento de preparar junto a su padre el barro con la tierra robada a la explanada y el agua bebida de un pozo. Algo que tiene que hacerse de noche, para evitar que el ardor del día seque la mezcla. Después, Juan pasará las horas ceñido a su silencio, cargando con fuerza el barro, en un reiterado trabajo mecánico. Entre gemidos de esfuerzo introducirá la tierra mojada en la gavera, una especie de molde para cuatro ladrillos, que dará la forma a cada pieza. Cogerá una vara con esos dedos casi desmigajados por la humedad y rasurará el sobrante. Después, volcará los más de 15 kilos de molde al suelo y ahí los dejará para que el sol trabaje hasta secar la última gota de sudor a los miles de ladrillos tumbados en la pampa.
A este árido paralelismo de espejos que hacen tierra y cielo enfrentados, llegan cada día cientos de inmigrantes del interior del país, con sus trastos y omnipresente chiquillería. Vienen atraídos por la esperanza de mejorar su existencia, dejando atrás la cada vez mayor descomposición que sufre la agricultura tradicional en las zonas rurales. Porque muchos campesinos ya no puedan vender sus cosechas en los mercados locales debido, entre otras cosas, a la globalización de la economía. Desde la entrada en vigor del nuevo tratado de libre comercio entre EEUU y Perú en 2009, los baratísimos productos de las grandes compañías agrícolas norteamericanas no tienen competencia en el mercado peruano. La administración estadounidense subvenciona la producción agraria de sus agricultores de tal modo que, por ejemplo, al consumidor peruano le sale más económico el maíz Made in USA que el producido durante miles de años en tierras andinas.
Entre 2008 y 2012, los programas de la OIT lograron reducir en unos 47 millones el número de niños trabajadores, pasando de los 215 millones a los actuales 168. En Huachipa, la Asociación de Defensa de la Vida (ADEVI) ha logrado al menos convencer a algunas familias, de manera que cada año 100 niños y niñas de la zona dejen de trabajar durante un año y dediquen su tiempo a ir a la escuela regularmente. Algunas ONG admiten el trabajo infantil, siempre que no afecte al desarrollo de los menores y dejando claro las causas que les obligan a trabajar. Una de ellas es Manthoc, una organización peruana que representa a más de 2.500 niños y niñas trabajadores, que reniega del trabajo infantil sólo “cuando se hace en condiciones de explotación, con malos tratos, y vulnerando nuestra dignidad como seres humanos”. Para ellos no tiene sentido que se les prohíba trabajar, mientras por otro lado el propio sistema económico social les hunde en la pobreza.
Cuando dan las ocho de la mañana, Juan lleva ya varias horas trabajando en los hoyos del terreno. Es entonces hora de ir a la escuela. Aunque no acude con regularidad, pues el trabajo casi definitivamente lo ha regurgitado de ella. Cuando lo hace, sólo asiste hasta el mediodía pues, tras un insuficiente almuerzo, vuelve a la ladrillera de dos a cinco de la tarde. En total son siete horas de trabajo y cuatro horas de escuela, cuando va. “Mi padre me enseñó a cargar ladrillos cuando yo tenía seis años”, dice Juan recordando sus inicios en el oficio, y añade que “al principio solo trabajaba un poco, pero cuando me acostumbré cada vez cargaba más”. El primer día que fue a trabajar iba ilusionado, con esa sensación tan de niño de hacerse mayor de la noche a la mañana. Pero desde entonces su infancia ya no regresó.
El trabajo en las ladrilleras es, por su particularidad, un empleo en el que son apreciadas características infantiles como el poco peso y la agilidad. Cualidades que permiten manejarse con soltura en el momento de voltear los ladrillos y al ponerlos del revés para que sequen por la otra cara. Y es que contratar a un niño son todo ventajas para el empresario: siempre asume que cobrará menos que un adulto, no suele conocer sus derechos, es más dócil y rara vez se integrará en un sindicato. Los niños son barro fácilmente moldeable. Las ventajas para los niños saltan también a la vista: deformaciones óseas, trastornos músculo esqueléticos ocasionados por movimientos repetitivos, manos ampolladas, contusiones en los pies,...
Para estas familias, las dificultades económicas se convierten en un círculo vicioso reproducido con cada generación, pues el trabajo provoca que los menores acaben abandonando la escuela. De este modo, cuando son mayores sólo pueden acceder a trabajos precarios. Y entonces se repite la situación, porque sus hijos acabarán trabajando también desde pequeños. Un círculo de pobreza y de exclusión que puede marcar el desarrollo del país. Porque “todo niño que no consigue desarrollarse plenamente y alcanzar las capacidades necesarias, no será capaz de contribuir como adulto a la sociedad y esto lo notará también la economía”, sentencia Kevin Cassidy, responsable de relaciones externas de la OIT. El barro que aparece hoy dormido en la ladrillera, mañana habrá tomado forma y será un edificio de cualquiera de las avenidas de Lima. En cambio, en el mundo al revés de Huachipa, los niños no serán ladrillos con los que construir la sociedad futura.
Sólo la lluvia podría endulzar la sequedad del aire, pero no parece que eso vaya a ocurrir hoy, porque el cielo sigue sin fondo, como casi siempre en Lima. En un despiste de su padre le preguntamos a Juan qué le gustaría ser de mayor. “De grande quiero ser mecánico de camiones y no trabajar llenando (con barro los moldes para los ladrillos), porque me chanco (estropeo) las manos haciendo el barro y me deja cicatrices”, concluye.
Imagínese usted a Juan arropándose con la manta en el sofá de su salón. Del suyo, porque la casa de Juan no tiene ni salón ni sofá. Imagíneselo en los charcos de agua. Imagine a Juan en el barro. Pero esta vez no dándole forma al ladrillo, sino regresando a casa con él en las rodillas. Imagíneselo corriendo y bailándole al viento, disfrutando de principio a fin de esos días donde las tristezas no tienen lugar. Pero no. Parece más bien un niño dado la vuelta. A su edad tiene ya las manos salpicadas de años. Su infancia ha sido una piñata frágil, fácil de reventar. Juan es un adulto en un cuerpo de niño. Es un niño del revés.

martes, 7 de junio de 2011

PRENSA. 7 junio 2011

   En "El País":

1. Gracias. Columna de Rosa Montero.

2. (T)error. Por David Trueba.

3. Tornado de ideas por el futuro del libro. Por A. Fraguas. El mundo editorial pasa del miedo a la resignación respecto a la revolución digital - Doscientos profesionales analizan en Monza un porvenir sin intermediarios.

4. Ser nosotros mismos. Por Enrique Vila-Matas.

5. No es por las vacaciones. Reportaje de Manuel V. Gómez. Los datos desmienten que en el sur de Europa se trabaje menos - La realidad no la dictan los mínimos legales sino los convenios - La clave: la productividad. La diferencia es la temporalidad. Análisis de Raymond Torres, director del Instituto Internacional de Estudios Laborales, de la Organización Internacional del Trabajo.

6. La Academia y la historia. Artículo de Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza.

7. Elecciones peruanas: ¿entre el miedo y la moral? Artículo de Alonso Cueto, escritor peruano. Su última novela publicada es La Venganza del Silencio (Planeta). Humala, cuyo socialismo está más cerca de Lula que de Chávez, ganó por su capacidad para aparecer en las pantallas como un hombre sencillo, cuya naturalidad se fue imponiendo como una señal de honestidad.

8. ¿El fin del fujimorismo? Por el periodista Gustavo Gorriti.

   En "El Día de Córdoba":

9. Investigando a Sherlock Holmes. Por José Abad. Anagrama publica un ensayo de Pierre Bayard que cuestiona al detective en 'El perro de los Baskerville'.

martes, 31 de mayo de 2011

PRENSA. 31 mayo 2011

   En "El País":

1. Reinvención. Columna de Rosa Montero.

2. La Real Academia cuenta su Historia. Reportaje de Tereixa Constenla. El Gobierno pide la revisión de los textos menos objetivos del 'Diccionario Biográfico Español' - Reseñas significativas omiten matanzas franquistas en la Guerra Civil.

3. Muerte y transfiguración de ETA. Por Fernando Savater.

4. Académicos tras la especulación. Reportaje de David Fernández. Los turbios lazos entre profesores universitarios y Wall Street avivan el debate de hasta qué punto el sector financiero ha corrompido el estudio de la economía.

5. La racionalidad como 'rara avis'. Artículo de Adela Cortina, catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia, directora de la Fundación ÉTNOR y autora de Neuroética y neuropolítica (Tecnos), en prensa.

6. Perú: robar lo justo. Artículo de Jorge Eduardo Benavides, escritor peruano, autor de la novela Un millón de soles (Alfaguara, 2008). La victoria de Keiko llevaría de nuevo al poder al núcleo duro del fujimorismo, una cohorte de periodistas, empresarios y políticos rufianescos. Sería una bomba de relojería. Votar a Humala es legítima defensa.