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martes, 26 de febrero de 2013

PRENSA CULTURAL. "200 años de fantasía con los hermanos Grimm". Reportaje

Los hermanos Grimm. / EL PAÍS

   En "El País":

200 años de fantasía con los hermanos Grimm

El mundo de la literatura infantil celebra los 200 años de la edición del primer volumen de cuentos de los autores alemanes: 'Cuentos infantiles y del hogar'

 Berlín 20 DIC 2012

Doscientos años después de su primera edición, los Cuentos infantiles y del hogar recopilados por los hermanos Grimm supera el éxito disparatado de bestsellers: se han traducido a más de 170 idiomas, han salido en versiones innumerables y han inspirado cientos de películas cuya factura oscila entre los dibujos animados de Disney y la pornografía dura. En el Museo Hermanos Grimm de Kassel (Alemania) guardan los manuscritos de estos Cuentos infantiles y del hogar, editados por primera vez en Berlín el 20 de diciembre de 1812, que desde 2005 son Patrimonio de la Humanidad. Calculan en Kassel que, en total, estas historias han alcanzado una tirada de “bastante más de mil millones” de ejemplares. Románticos, violentos y pedagógicos, los cuentos de Grimm son una especie de quintaesencia alemana.
Los hermanos Jacob (1785-1863) y Wilhelm (1786-1859) empezaron a recopilar cuentos en 1806, el mismo año en que Napoleón derrotó a los prusianos en Jena y entró con sus tropas en Berlín para liquidar el antiguo régimen. Los Grimm vivían en Kassel con la modestia de unos jóvenes burgueses, huérfanos de padre y recién licenciados en derecho. Al año siguiente, la ciudad se convertiría en la capital del reino de Westfalia, creado por Bonaparte para su hermano Jerónimo. Ellos siguieron recopilando sus cuentos con ayuda de amigos y conocidos. Pero no viajaron, como se dice a veces, por la Alemania estremecida por los cambios del siglo y las guerras del Primer Imperio napoleónico. Escuchaban a viejas modistas, vendedoras, soldados y campesinos en las tabernas o en los mercados de su ciudad. Sobre todo de la familia del farmacéutico Wild y de las hermanas Hassenpflug, así como del dragón (soldado de caballería) Johann Friedrich Krause. Tras seis años de transcripciones, arreglos estilísticos y limpiezas formales, el primer tomo de sus cuentos salió el mismo año de la Constitución de Cádiz.
Para la segunda parte, que salió en 1814, ganaron la colaboración de las familias nobles Haxthausen y Droste Hülsoff, así como de la notable cuentista y verdulera Dorothea Viehmann, una viuda de sastre que impresionó a los hermanos porque era capaz de repetir sus cuentos siempre con las mismas palabras.
La primera edición no fue un éxito. En medio de aquellas guerras y convulsiones políticas que cambiaron el mapa europeo, ni las brutalidades que describían los Grimm ni su prolijidad filológica contribuyeron a la fama de Rapunzel, Cenicienta o el sastrecillo valiente. Holger Ehrhardt, germanista de Kassel que ocupa la cátedra Grimm, sostiene que la enorme repercusión de los cuentos en el imaginario de generaciones de niños comenzó cuando los hermanos incluyeron ilustraciones en la “edición pequeña” de 1825. Se basaba en la segunda edición de los cuentos, que data de 1819. Wilhelm Grimm, el más afecto a la poesía de los dos, trabajó en el lenguaje de los cuentos y les dio su tono romántico y accesible para los niños.
Tras la II Guerra Mundial comenzaron las críticas a los cuentos como una “escuela de crueldades”. La bruja asada viva, su antropofagia frustrada, el abandono de niños desamparados o su condena a muerte dictada por el mismísimo Dios para terminar con su terquedad disgustan a algunos niños y a muchos educadores. Puntual para este aniversario, la ministra de Familia Kristina Schröder lamentaba el jueves en una entrevista al semanario Die Zeit el “sexismo” de los cuentos de Grimm. La democristiana pertenece al sector conservador de la CDU de Angela Merkel y ha adoptado medidas muy criticadas por no promover el acceso de las mujeres al mercado laboral, pero los cuentos la inquietan y asegura que solo se los leerá a su progenie “dosificados”.
Es de esperar que las autoridades culturales alemanas dosifiquen a su vez las cenicientas y las blancanieves del “año Grimm” 2013, para el que se han planeado diversas actividades en el país. Los Grimm, además de cuentacuentos, fueron lingüistas eminentes y pasan por fundadores de la germanística. Iniciaron el proyecto de un colosal Diccionario Alemán en el que solo llegaron con vida hasta la palabra frucht (fruto o fruta). Conocido afectuosamente como El Grimm, este monumento a la legua alemana concluyó en 1961, 123 años después de que Jacob y Wilhelm lo comenzaran. Tiene 32 tomos.
Los Grimm eran demócratas y abogaban por la unificación del puzle germánico del Ochocientos en un solo Estado nacional. Colaboraron en la redacción alemana de los Derechos Humanos. Tras mudarse a Göttingen para asumir sendas cátedras a partir de 1830, escribieron textos políticos que les costarían el exilio del reino de Hannover en 1837. Jacob fue diputado de la Asamblea Nacional de Fráncfort en el año revolucionario 1848. Siempre juntos pese a la boda de Wilhelm con Dorothea Wild en 1825, vivieron sus últimos 20 años en Berlín, que era la capital del reino de Prusia. Alemania dedicó a su memoria un gran número de calles, escuelas, premios y el último billete de mil marcos.

miércoles, 13 de junio de 2012

PRENSA CULTURAL. "Cuéntame un cuento", por Manuel Rodríguez Rivero

Fotograma de 'La Cenicienta' de Disney ("El País")

   En "El País":
Cuéntame un cuento

Manuel Rodríguez Rivero 11 ABR 2012

   El enorme impacto en la cultura universal de las historias y leyendas populares recopiladas por los hermanos Jakob (1785-1863) y Wilhelm (1786-1859) Grimm fue reconocido por la UNESCO cuando incluyó los Cuentos de niños y del hogar en su 'Registro de la Memoria del Mundo' (véase en Internet), al lado de, por ejemplo, la 'Novena Sinfonía de Beethoven', la 'Declaración de los derechos del Hombre y del Ciudadano' o la primera inscripción islámica conocida.
   Los Grimm pertenecieron a una generación europea que, impulsada por el Zeitgeist del nacionalismo romántico, buscó ávidamente en el folklore y en las diversas manifestaciones de la cultura popular las raíces de sus respectivas identidades nacionales. Filólogos de formación, su campo fue el de los cuentos y leyendas orales transmitidas de padres a hijos, y que, en no pocos casos, presentaban variaciones regionales debido a las migraciones multiculturales producidas en el continente desde la edad media.
   La primera recopilación de Cuentos de los Grimm apareció en 1812, de modo que este año conmemoramos su bicentenario. No pensados como lectura para niños (se publicaron sin ilustraciones y acompañados de notas eruditas), el éxito de las sucesivas ediciones, siempre enriquecidas con relatos suministrados por escogidos cuentacuentos, les hizo comprender la conveniencia de atender a un floreciente mercado infantil desarrollado al abrigo de la consolidación de la burguesía urbana creada por la revolución industrial. Para atender a ese público sin chocar con las convenciones y la moral social, los Grimm comenzaron a editar o adaptar los cuentos: las madres malvadas -como la desalmada que abandona en el bosque a Hansel y Gretel-, se convirtieron en madrastras; se disimularon las relaciones sexuales, como la de la cautiva Rapónchigo (Rapunzel) con su príncipe; se sustituyeron los elementos paganos por otros cristianos; se atemperó considerablemente la violencia de los castigos (originalmente, la madrastra de Blancanieves moría tras verse obligada a bailar sobre unas chanclas de hierro al rojo vivo; y a las hermanastras de Cenicienta, que para intentar que su pies cupieran en el dichoso zapatito habían llegado a cortarse los dedos, les sacaban los ojos unas palomas justicieras). Por cierto que, si quieren releer (o contarles a sus hijos) esas narraciones sin censuras, Taschen acaba de publicar Los cuentos de los hermanos Grimm, una estupenda edición, bien traducida e ilustrada, de 27 de las más conocidas.
   Desde 1812 esos relatos han circulado profusamente, ocupando (por delante de los de Perrault y los de Andersen) un lugar de privilegio en la formación del imaginario infantil y, por extensión, en el de los adultos. Su ascendiente es perceptible en multitud de creaciones artísticas, cinematográficas, musicales y, desde luego, literarias. Claro que, como todos los clásicos, su recepción ha experimentado vaivenes. Los nazis los celebraron como lectura volkisch particularmente adecuada a la educación de los niños arios: al contrario de la impresentable madrastra, Blancanieves y su príncipe serían cabales representantes de la pureza racial. En las democracias su valoración también ha experimentado altibajos. Disney contribuyó a su globalización gracias a dos adaptaciones cinematográficas (Blancanieves, 1937, y La bella durmiente, 1950) que hicieron época y obviaban los aspectos más conflictivos: los mismos que, en no pocas ocasiones, les han sido reprochados por educadores y pedagogos que los consideraban excesivamente violentos o moralmente peligrosos, cuando no perversos instrumentos ideológicos de todo tipo de discriminaciones y anomias.
   Fue Bruno Bettelheim, en su todavía imprescindible Psicoanálisis de los cuentos de hadas (1976) el que sentó las bases para la reconsideración de esos cuentos tradicionales que todo el mundo ha leído o escuchado alguna vez. Ahora ya sabemos que los niños aprenden en ellos a discernir entre distintos registros (realidad / ficción) y que los elementos simbólicos y emotivos de los cuentos constituyen herramientas imprescindibles para su crecimiento afectivo y su paulatino descubrimiento del mundo. Lo cierto es que sin ellos seríamos emocionalmente más pobres. Y aún menos sabios.

miércoles, 1 de abril de 2009

LECTURA. DÍA INTERNACIONAL DEL LIBRO INFANTIL. 2 de abril 2009. CUENTOS DE LOS HERMANOS GRIMM

LEER. Para celebrar el DÍA INTERNACIONAL DEL LIBRO INFANTIL.

Aquí encontramos varios cuentos poco conocidos de los hermanos Grimm:


DIOS TE SOCORRA

Había una vez dos hermanas, una de las cuales era rica y sin hijos y la otra viuda con cinco niños, y tan pobre que carecía de pan para ella y su familia. Obligada por la necesidad, fue a buscar a su hermana y le dijo:

-Mis hijos se mueren de hambre; tú eres rica, dame un pedazo de pan.

Pero la rica, que tenía un corazón de piedra, le contestó:

-No hay pan en casa -y la despidió con dureza.

Algunas horas después, volvió a su casa el marido de la hermana rica, y, cuando comenzaba a partir el pan para comer, se admiró de ver que iban saliendo gotas de sangre conforme lo iba partiendo. Su mujer, asustada, le refirió todo lo que había pasado. Se apresuró a ir a socorrer a la pobre viuda, y le llevó toda la comida que tenía preparada. Cuando salió para volver a su casa, oyó un ruido muy grande y vio una nube de humo y fuego que subía hacia el cielo. Era que ardía su casa. Perdió todas sus riquezas en el incendio. Su cruel mujer, lanzando gritos de rabia, decía:

-Nos moriremos de hambre.

-Dios socorre a los pobres -le respondió su buena hermana, que corrió a su lado.

La que había sido rica hubo de mendigar a su vez; pero nadie tuvo compasión de ella. Su hermana, olvidando su crueldad, repartía con ella las limosnas que recibía.



EL DINERO LLOVIDO DEL CIELO

Había una vez una niña que era huérfana, y vivía en tan extremada pobreza que no tenía ni cuarto ni cama donde dormir. No poseía más que el vestido que cubría su cuerpo y un pedacito de pan que le había dado un alma caritativa, pero era muy buena y piadosa.

Como se veía abandonada por todos, se puso en camino, confiando en Dios. A los pocos pasos, encontró a un pobre, que le dijo:

-¡Si me pudieras dar algo de comer, porque tengo tanta hambre!...

Ella le dio todo su pan, y le dijo:

-Dios te ayude.

Y continuó andando.

Poco después, encontró a un niño que lloraba, diciendo:

-Tengo frío en la cabeza, dame algo para cubrirme.

Se quitó su gorro y se lo dio. Un poco más allá, vio otro que estaba medio helado porque no tenía jubón y le dio el suyo; otro, por último, le pidió su saya y se la dio también.

Siendo ya de noche, llegó a un bosque, donde halló a otro niño, que le pidió la camisa.

La caritativa niña pensó para sí:

-La noche es muy oscura, nadie me verá, bien puedo darle mi camisa.

Y se la dio también.

Ya no le quedaba nada que dar. Pero en el mismo instante comenzaron a caer las estrellas del cielo y, al llegar a la tierra, se volvían hermosas monedas de oro y plata, y, aunque se había quitado la camisa, se encontró con otra enteramente nueva y de tela mucho más fina. Reunió todo el dinero y fue rica toda su vida.


EL HIJO INGRATO

Un día, estaba un hombre sentado con su mujer a la puerta de su casa, y se hallaban comiendo con mucho gusto un pollo, el primero que les habían dado aquel año las gallinas. El hombre vio venir a lo lejos a su anciano padre, y se apresuró a ocultar el plato para no tener que darle, de modo que el visitante sólo bebió un trago y se volvió en seguida.

En aquel momento, fue el hijo a buscar el plato para ponerlo en la mesa, pero el pollo asado se había convertido en un sapo muy grande, que saltó a su rostro, al que se adhirió para siempre. Cuando intentaban quitarlo de allí, el horrible monstruo lanzaba a las gentes miradas venenosas, como si fuera a tirarse a ellas, así es que nadie se atrevía a acercarse. El hijo ingrato quedó condenado a sustentar al sapo, pues, si no, le devoraba la cabeza. Así pasó el resto de sus días, vagando miserablemente por la tierra.


EL POBRE Y EL RICO

Murió una vez un pobre aldeano, que fue a la puerta del Paraíso; al mismo tiempo, murió un señor muy rico, que subió también al cielo. Llegó san Pedro con sus llaves, abrió la puerta y mandó entrar al señor; pero sin duda no vio al aldeano, pues cerró y lo dejó afuera. Desde allá oyó la alegre recepción que le hacían al rico en el cielo, con músicas y cánticos.
Cuando quedó todo en silencio, volvió por fin san Pedro y mandó entrar al pobre. Esperaba éste que volverían a sonar los cánticos y músicas, pero todo continuó en silencio. Lo recibieron con mucha alegría; los ángeles salieron a su encuentro, pero no cantó nadie.
Preguntó a san Pedro por qué no había música para él como para el rico, o si era que en el cielo reinaban las mismas diferencias que en la tierra.
-No -le contestó el santo-; el mismo aprecio nos merecen uno que otro, y obtendrás la misma parte que el que acaba de entrar en las delicias del Paraíso; pero, mira, pobretones así como tú llegan aquí a centenares todos los días, mientras que ricos como el que acabas de ver entrar apenas viene uno de siglo en siglo.


HANS EL TONTO

Érase una vez un rey que vivía muy feliz con su hija, que era su única descendencia. De pronto, sin embargo, la princesa trajo un niño al mundo, y nadie sabía quién era el padre. El rey estuvo mucho tiempo sin saber qué hacer. Al final ordenó que la princesa fuera a la iglesia con el niño y le pusiera en la mano un limón, y aquel al que se lo diera sería el padre del niño y el esposo de la princesa. Así lo hizo; sin embargo, antes se había dado orden de que no se dejara entrar en la iglesia nada más que a gente noble. Pero había en la ciudad un muchacho pequeño, encorvado y jorobado, que no era demasiado listo y por eso le llamaban Hans el tonto, y se coló en la iglesia con los demás sin que nadie le viera, y, cuando el niño tuvo que entregar el limón, fue y se lo dio a Hans el tonto. La princesa se quedó espantada, y el rey se puso tan furioso que hizo que la metieran con el niño y Hans el tonto en un tonel y lo echaran al mar. El tonel pronto se alejó de allí flotando, y, cuando estaban ya solos en alta mar, la princesa se lamentó y dijo:
-Tú eres el culpable de mi desgracia, chico repugnante, jorobado e indiscreto. ¿Para qué te colaste en la iglesia, si el niño no era en absoluto de tu incumbencia?
-Oh, sí -dijo el tonto-, me parece a mí que sí que lo era, pues yo deseé una vez que tuvieras un hijo, y todo lo que yo deseo se cumple.
-Si eso es verdad, desea que nos llegue aquí algo de comer.
-Eso también puedo hacerlo-dijo Hans el tonto, y deseó una fuente bien llena de papas.
A la princesa le hubiera gustado algo mejor, pero, como tenía tanta hambre, no paró de comer.
Cuando ya estuvieron hartos, dijo Hans el tonto:
-¡Ahora deseo que tengamos un hermoso barco! Y apenas lo había dicho se encontraron en un magnífico barco, en el que había de todo lo que pudieran desear en abundancia.
El timonel navegó directamente hacia tierra, y, cuando llegaron y todos habían bajado, dijo Hans el tonto:
-¡Ahora, que aparezca allí un palacio!
Y apareció allí un palacio magnífico, y llegaron unos criados con vestidos dorados e hicieron pasar al palacio a la princesa y al niño, y, cuando estaban en medio del salón, dijo Hans el tonto:
-¡Ahora deseo convertirme en un joven e inteligente príncipe!
Y entonces perdió su joroba y se volvió hermoso y recto y amable, y le gustó mucho a la princesa y se convirtió en su esposo.
Así vivieron felices una temporada. Un día, el viejo rey iba con su caballo y se perdió y llegó al palacio. Se asombró mucho porque jamás lo había visto antes y entró en él. La princesa reconoció enseguida a su padre, pero él a ella no, pues, además, pensaba que se había ahogado en el mar hacía ya mucho tiempo. Ella le sirvió magníficamente bien, y, cuando el viejo rey ya se iba a ir, le metió en el bolsillo un vaso de oro sin que él se diera cuenta. Pero, una vez que se había marchado ya de allí en su caballo, ella envió tras él a dos jinetes para que lo detuvieran y comprobaran si había robado el vaso de oro, y cuando lo encontraron en su bolsillo se lo llevaron de nuevo al palacio. Le juró a la princesa que él no lo había robado y que no sabía cómo había ido a parar a su bolsillo.
-Por eso debe uno guardarse mucho de considerar enseguida culpable a alguien -dijo ella, y se dio a conocer.
El rey entonces se alegró mucho, y vivieron muy felices juntos; y, cuando él se murió, Hans el tonto se convirtió en rey.


LA ABEJA REINA

Zafia y disipada era la vida en la que cayeron dos príncipes que habían partido en busca de aventuras, y así no podían volver de ninguna manera a su casa. El benjamín, el bobo, salió en busca de sus hermanos. Cuando los encontró, se burlaron de que él, con su simpleza, quisiera abrirse camino en el mundo cuando ellos dos, siendo mucho más listos, no eran capaces de salir adelante.
Se pusieron a andar juntos y llegaron a un hormiguero. Los dos mayores quisieron revolverlo para ver cómo las pequeñas hormigas correteaban asustadas de un lado a otro llevando consigo sus huevos, pero el bobo dijo:
-Dejen en paz a los animales. No consiento que los molesten.
Luego, siguieron adelante y llegaron a un lago en el que nadaban muchos, muchos patos. Los dos hermanos mayores quisieron cazar un par de ellos y asarlos, pero el bobo dijo de nuevo:
-Dejen en paz a los animales. No consiento que los maten.
Finalmente, llegaron a una colmena. Dentro había tanta miel que rebosaba tronco abajo. Los dos quisieron prender fuego bajo el árbol para que las abejas se asfixiaran y ellos pudieran quitarles la miel. El bobo, sin embargo, los detuvo otra vez diciendo:
-Dejen en paz a los animales. No consiento que los quemen.
Los tres hermanos llegaron entonces a un palacio en cuyas caballerizas había un montón de caballos petrificados, pero no se veía a ningún ser humano. Recorrieron todas las salas hasta que, al final, llegaron ante una puerta que tenía tres cerrojos. En mitad de la puerta, sin embargo, había una mirilla y por ella se podía ver lo que había dentro del cuarto. Allí vieron a un hombrecillo gris sentado a una mesa y lo llamaron a voces, una vez..., dos veces..., pero no los oyó. Finalmente, lo llamaron por tercera vez, y entonces se levantó y salió. No dijo ni una palabra, pero los agarró y los condujo a una opípara mesa, y, cuando hubieron comido, llevó a cada uno de ellos a un dormitorio. A la mañana siguiente, entró en el del mayor, le hizo señas con la mano y lo llevó a una mesa de piedra, sobre la cual estaban escritas las tres pruebas que había que superar para desencantar el palacio.
La primera era así: en el bosque, debajo del musgo, estaban las mil perlas de la princesa; había que buscarlas y, antes de que se pusiera el sol, no tenía que faltar ni una sola o, de lo contrario, quien hubiera emprendido la prueba se convertiría en una piedra. El príncipe fue allí y se pasó el día entero buscando, pero, cuando el día tocó a su fin, no había encontrado más que cien y quedó convertido en piedra. Al día siguiente, emprendió la aventura el segundo hermano, pero, al igual que el mayor, se convirtió en piedra por no haber conseguido hallar más que doscientas.
Por fin le tocó el turno al bobo, y se puso a buscar en el musgo, pero era tan difícil encontrar las perlas y se iba tan despacio que se sentó encima de una piedra y empezó a llorar. Y, según estaba allí sentado, el rey de las hormigas, al que él una vez había salvado, llegó con cinco mil hormigas que, al cabo de un rato, ya habían encontrado todas las perlas y las habían reunido en un montón. La segunda prueba, en cambio, consistía en sacar del mar la llave de la alcoba de la princesa. Cuando el bobo llegó al mar, se acercaron nadando los patos a los que él una vez había salvado; éstos se sumergieron y sacaron la llave del fondo.
La tercera prueba, sin embargo, era la más difícil: entre las tres durmientes hijas del rey había que escoger a la más joven y predilecta; pero eran exactamente iguales y en lo único que se diferenciaban era en que la mayor había tomado un terrón de azúcar, la segunda sirope y la menor una cucharada de miel, y había que acertar sólo por el aliento cuál de ellas había comido la miel. Entonces llegó la reina de las abejas que el bobo había salvado del fuego, tentó la boca de las tres y al final se posó en la boca que había tomado miel, y el príncipe reconoció así a la verdadera. Entonces se deshizo el encantamiento, todo quedó liberado del sueño y los que eran de piedra recuperaron su forma humana. El bobo se casó con la más joven y predilecta de las princesas y, cuando murió el padre de ella, se convirtió en rey. Por su parte, sus dos hermanos se casaron con las otras dos hermanas.