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martes, 24 de mayo de 2016

HISTORIA. "Las ruinas de Palmira". José Álvarez Junco

   En "El País":

Las ruinas de Palmira

La destrucción de las ruinas de Siria o los Budas de Afganistán forman parte de un proyecto enloquecido. Pero el fanatismo asesino no es exclusivo de las religiones. Los mayores monstruos del siglo XX eran ateos que creían en una promesa redentora

Las ruinas de Palmira
ENRIQUE FLORES
Durante bastante más de un siglo la izquierda europea leyó mucho un libro del conde de Volney cuyo título era, exactamente, el de este artículo. Este ilustrado francés de finales del siglo XVIII, comprometido luego con la Revolución y ennoblecido por Napoleón, narraba en él, en un tono elegíaco, prerromántico, su visita a los restos de aquella ciudad romana, al borde del desierto sirio. Se describía a sí mismo cavilando, de noche, entre aquellas columnas semiderruidas: “Aquí, donde ahora reina este silencio tétrico, se oyó en tiempos el bullicio de la multitud. Estas piedras esparcidas por el suelo, guarida hoy de reptiles inmundos, fueron un día suntuosos palacios y templos a los dioses. Aquí se alzó en otro tiempo una ciudad opulenta; aquí existió un imperio poderoso. El silencio de las tumbas reemplaza ahora el bullicio de las plazas públicas. ¡Así perecen las obras de los hombres! ¡Así sucumben imperios y naciones!”.


Repentinamente, aparecía ante él, desde la penumbra, un genio o fantasma que le reprochaba sus lamentos. Los humanos no tenían derecho a quejarse de sus desgracias —le decía— porque ellos eran sus únicos causantes. La humanidad primitiva superó el estadio de bandas cazadoras y recolectoras; aprendió a cultivar plantas, construyó ciudades, prosperó. Pero a la larga olvidó “las leyes de la naturaleza”, “el idioma de la razón”. Surgieron peleas que desembocaron en guerras y matanzas masivas, con ejércitos enfrentados que invocaban siempre a supuestos dioses. “¿Qué esperáis de esos gemidos inútiles?” —continuaba el genio— “¿Es que ese Dios ideal se dejaría dominar por las mudables pasiones de los mortales: venganza, compasión, furor, arrepentimiento…?”. No fue Dios quien creó al hombre a su imagen, sino el hombre quien lo imagina como semejante a sí mismo. “El mortal temerario le ha prestado sus inclinaciones y sus miserables juicios. Y cuando esta mezcla de atributos choca con los principios de la razón natural, declara a esta impotente, aparentando una humildad hipócrita, y llama misterios de Dios a los desvaríos de su entendimiento”.
El libro desembocaba así en un alegato antirreligioso. El genio parlanchín pasaba lista a las principales religiones y les reprochaba sus absurdos lógicos. A los musulmanes, temerosos del castigo divino si violan cinco preceptos arbitrarios, les hacía observar que ese mismo Dios permitía triunfar a sus enemigos, los cruzados, que incumplían esos preceptos. “Si Dios gobierna la tierra siguiendo el Corán, ¿cómo consintió construir poderosos imperios a los innumerables pueblos anteriores al profeta que bebían vino, comían tocino y no visitaban la Meca?”. A los cristianos les recordaba sus interminables debates sobre la naturaleza de Dios o el modo de su encarnación y las divisiones que ello había generado —meras luchas de poder, en realidad— entre nestorianos, iconoclastas, ortodoxos, romanos, anabaptistas o presbiterianos, cada uno con su peculiar modo de vestir, sus ropajes rojos, violetas, blancos o negros, sus distintos sombreros, bonetes o mitras y sus extraños cortes de pelo y barba.
Frente a esta confusión —seguía el genio su discurso—, hace ya tres siglos que la razón se ha extendido en Europa, gracias a la imprenta, el gran invento liberador; aunque las religiones, guarida de la ignorancia, sigan dominando aún entre el pueblo analfabeto. Y el libro terminaba imaginando una gran asamblea de la humanidad, a la que el genio explicaba que cuando los pueblos se ilustraran, renunciaran a las religiones y supieran legislar por sí mismos y elegir a sus gobernantes, se abriría ante ellos un futuro racional y feliz, regido por principios justos e igualitarios.

La fe en una verdad liberadora ha provocado muchas tragedias en el mundo moderno

Aquel libro circuló mucho durante la Revolución Francesa y hace un siglo todavía lo reeditaban los anarquistas españoles. Ahora me ha vuelto a la mente ante la furia vandálica que ha intentado acabar con los restos de aquella ciudad y ha llevado al degüello público de su arqueólogo jefe, un venerable sabio de ochenta años. Los hechos parecen dar, de nuevo, la razón a Volney: el fanatismo religioso ha sumado otra barbaridad más a su sangriento historial. La destrucción de Palmira, como la de los Budas gigantes en Afganistán, es parte de un proyecto enloquecido por restaurar un califato… del siglo VII.
Se me ocurre añadir, no obstante, un par de reflexiones a las del ilustrado francés. La primera, que el fanatismo asesino no es exclusivo de las religiones. Los mayores monstruos del siglo XX, como Stalin, Hitler o Pol Pot, eran ateos. Pero se creían portadores de una promesa redentora. Ese es el peligro. El fanático ha sido clásicamente representado por un joven con una antorcha en una mano y en la otra un libro —sólo uno, nunca varios—. Fanático es quien cree poseer la verdad, una verdad sencilla y absoluta que proporciona respuestas para todos los problemas. Es quien no acepta la duda, la discrepancia ni la propia falibilidad. Es quien espera un cielo prometido y está dispuesto a sacrificar la libertad para alcanzarlo. La fe en una verdad liberadora, aun basada en una supuesta ciencia laica, ha abierto muchas puertas a la tragedia en el mundo moderno.
Mi segunda objeción es que no todo se reduce a rasgos culturales. Algo tiene que ver con lo que ocurre hoy en Oriente Próximo el pasado colonial. No pretenderé explicar aquella compleja situación por una sola causa, ni incurriré en la fácil atribución de todas las responsabilidades al colonialismo, coartada con la que se autoexculpan las élites locales. Pero quienes crearon hace un siglo esos Estados artificiales y fallidos llamados Siria e Irak fueron Francia y Gran Bretaña. En aquel momento, Occidente poseía, sí, las sociedades más libres y civilizadas del mundo, pero eso sólo regía para su interior. Hacia fuera, al relacionarse con indios o negros, mostraba su otra cara, arrogante, egoísta y violenta; y usaba la superioridad tecnológica, el otro aspecto del progreso, para aplastarles.

Leopoldo II esclavizó y desvalijó África con una crueldad que hubiera sido impensable en su país

Nuestros bisabuelos vivieron la modernidad como superación de la escasez, conquistas democráticas o extensión de la educación. Pero los no europeos sufrieron el lado sucio del proceso: la explotación y el maltrato por parte de blancos groseros e incultos. Leopoldo II esclavizó y desvalijó el corazón de África con una crueldad que hubiera sido impensable en su propio país. Eso lo recuerdan los habitantes de aquellos territorios, que consideran a los europeos, como mínimo, hipócritas. Lo cual explica algo del odio visceral contra todo lo que representa Occidente (encarnado en el arqueólogo: la racionalidad de la ciencia).
Los actuales problemas con inmigrantes y refugiados políticos obligan a Europa a elegir, de nuevo, entre las fórmulas y valores de vigencia universal que nuestros antepasados, con tanta dificultad, construyeron, y el retorno al egoísmo. Entre Gutenberg y Leopoldo II.
José Álvarez Junco es historiador. Acaba de publicar Dioses útiles. Naciones y nacionalismos (Galaxia Gutenberg).

martes, 31 de diciembre de 2013

PRENSA. "Historia de dos ciudades". José Álvarez Junco

José Álvarez Junco

   En "El País" (29 septiembre 2013):

Historia de dos ciudades

Conforme avanza el siglo XIX, las élites barcelonesas van considerándose más ricas, cultas y europeas que las madrileñas, de las que dependían políticamente. Ahora lo que quieren es dejar de pertenecer a España

 29 SEP 2013

Si hay una conclusión dominante que puede extraerse de los miles de libros y artículos dedicados a los nacionalismos, sería que los factores que explican su existencia no son las razas, la religión o la historia. Tampoco los intereses económicos, como quiso el marxismo. Más que burguesía, lo que encontramos tras estos procesos son élites político-intelectuales. No intelectuales en el sentido de grandes creadores de arte o pensamiento sino de personas que manejan y difunden productos culturales y que con ello se ganan la vida o son, o aspiran a ser, funcionarios. Pero sobre lo que quisiera reflexionar aquí hoy es sobre el hecho de que estas élites actúan necesariamente desde centros urbanos, porque es allí donde se crea y difunde la cultura. Allí se reúnen, intercambian ideas, conciben y lanzan su proyecto. La disputa se libra entre ciudades; más precisamente, entre élites urbanas.
Durante milenios, la humanidad ha vivido organizada en reinos o imperios, formas de dominación política dirigidas desde ciudades. No eran todavía naciones, porque no aspiraban a la homogeneidad cultural ni atribuían el poder soberano al pueblo. Al desaparecer en Europa el imperio romano, pareció que las ciudades iban a verse anegadas por un mundo rural regido por grandes señores dedicados a la guerra. Pero los centros urbanos recuperaron su fuerza y consiguieron crecer y rivalizar con los señores feudales. La superioridad de las ciudades fue su concentración de recursos (económicos y coactivos, como explicó Charles Tilly), frente a la fragmentación del poder del feudalismo. Aunque tampoco fueron las sociedades más urbanizadas donde surgió el Estado moderno. Muchas y muy esplendorosas ciudades había en el norte de Italia o en Flandes y, sin embargo, los grandes Estados europeos nacieron en territorios más amplios, dominados por un solo centro, como París, Londres o Madrid. Algunos de los Estados-nación europeos fueron más tardíos por la rivalidad entre varias ciudades, como Berlín y Viena o Roma, Milán y Turín.
En el caso español, hacia 1500 ninguna ciudad dominaba el conjunto de la Península. La zona más rica y poblada, Castilla la Vieja, se componía de una constelación de ciudades laneras (quizás la tercera europea, tras Italia y Flandes) y en el Mediterráneo había otra serie de poderosos núcleos urbanos marítimos y comerciales, como Valencia y Barcelona. Castilla acabó imponiéndose porque, tras su unión con Aragón y la conquista de Granada y Navarra, los monarcas establecieron allí su sede. Alguna razón tienen quienes hablan del “Estado español”, porque lo primero fue el Estado, en el que comenzaron a desarrollarse unas estructuras organizativas propias de un Estado moderno embrionario (tesorería, burocracia, ejército permanente). El sentimiento de nación llegó más tarde, y no sin dificultades. La capital en la que se acabaron estableciendo, Madrid, no era un gran centro agrícola, comercial, industrial o de comunicaciones. Era solo la corte y estaba situada en medio de un páramo, atractivo para los reyes porque había a su alrededor buenos terrenos de caza. Los monarcas, aliados primero con las ciudades frente a los señores feudales y sometiendo luego a aquellas al aplastar la rebelión comunera, consiguieron monopolizar el poder coactivo. Y, como cualquier monarca de la época, se embarcaron en multitud de empresas militares para ampliar sus dominios. Lo mismo hacían los reyes franceses o ingleses, pero con menor capacidad económica, debido a las remesas que los Habsburgo españoles recibían del continente recién descubierto al otro lado del Atlántico. Gracias a eso, esta monarquía logró imponer su supremacía en Europa durante algo más de un siglo. Pero su dedicación a las actividades militares, descuidando la creación de riqueza, acabó debilitándola, arruinando y despoblando sobre todo a Castilla, la región de más recursos y también la más sometida tras haber maniatado a sus Cortes (de ahí que los restantes reinos se resistieran, con razón, a perder sus inmunidades y privilegios). Su hegemonía europea terminó tras la Paz de Westfalia y sería sucedida por la francesa primero y por la británica después.

La ola romántica produjo una idealización del esplendor medieval catalán y nostalgia por su lengua vernácula
Al llegar la era contemporánea, aquella monarquía que estaba dejando de ser un imperio quiso convertirse en una nación. Pero Madrid seguía siendo sobre todo corte, de la que emanaban órdenes principalmente militares, y apenas había crecido como centro productivo. En cambio, una primera industrialización textil se había producido, ya en el XVIII, en torno a Barcelona, que había sido sede de las instituciones representativas oligárquicas del Principado de Cataluña (Corts, Generalitat), por lo que albergaba una añoranza por su autogobierno perdido en 1714 (que nunca fue independencia en el sentido actual del término, pues dependía de la corona de Aragón). Era lógico que a la larga se desarrollara la rivalidad entre esta ciudad y Madrid.
A medida que avanzó el XIX, las élites barcelonesas se fueron viendo a sí mismas como más ricas, cultas y europeas que las madrileñas, de las que dependían políticamente. El desequilibrio era innegable. La ola romántica prendió, y no por casualidad, en Barcelona y se produjo una Renaixença, una idealización del esplendor medieval catalán y un sentimiento nostálgico por la lengua vernácula que se veía en extinción. Ya en el último cuarto del siglo, el Colegio de Abogados de Barcelona, para enfrentarse a la codificación, que les obligaría a competir en un mercado más amplio y homogéneo, defendió la singularidad del Derecho catalán, elaborando toda una teoría sobre su esencial incompatibilidad con el castellano, a partir de sus distintas raíces doctrinales (v. al respecto el libro de Stephen Jacobson). Luego vino el folklore, la sardana, la barretina, todo expandido por barceloneses en fervorosas excursiones al campo circundante, donde explicaban a los campesinos cuál debía ser, cuál era, en realidad —aunque no lo supieran—, su manera propia de vestir o de bailar. Joan-Lluis Marfany lo describió en un gran libro. Finalmente, aquel movimiento se presentó en política bajo el rótulo de Lliga Regionalista y la respuesta brutal de algunos militares asaltando sus periódicos provocó la Ley de Jurisdicciones y reforzó el estereotipo de que Cataluña encarnaba el civismo europeo frente a la barbarie de los castellanos.
Esas circunstancias, más que una identidad étnica mantenida sin interrupción a lo largo de un milenio, pueden ayudar a comprender el origen del nacionalismo catalán. Algo no muy distinto —aunque con muchas peculiaridades— ocurrió en el otro foco industrial del país, Bilbao (cuidado, no el País Vasco), que, sintiéndose superior por su riqueza y sus lazos con Inglaterra, lanzó también su órdago frente al dominio madrileño. En otros lugares, como Galicia, pese a tener seguramente mayores motivos para plantear una reivindicación nacionalista —dada su mayor homogeneidad lingüística, sus fronteras bien delimitadas y una situación de atraso que podría haber sido atribuida a la explotación “colonial” de Castilla—, el nacionalismo nunca tuvo tanta fuerza, por razones complejas, pero una de ellas seguramente porque no había una ciudad que fuera el centro, la capital natural; los escasos nacionalistas gallegos, al final, lanzaron sus propuestas desde Madrid o desde Buenos Aires.

Se ha querido crear un Estado centralizado sobre el modelo francés, cuando la realidad es muy distinta
Hoy, un siglo y pico después de este proceso, las circunstancias han cambiado mucho. Madrid no es ya el poblacho manchego que fue, sino el centro económico del país. Pero los estereotipos se mantienen vivos, porque el éxito de los nacionalismos lanzados desde Barcelona o Bilbao ha sido indiscutible. Por otro lado, en España se ha querido crear un Estado centralizado sobre el modelo francés, cuando la realidad es muy distinta a la francesa, dominada con claridad por un gran centro urbano con el que ningún otro puede rivalizar. En España hay, al menos, dos ciudades de tamaño y peso económico y cultural perfectamente comparable. Una, Barcelona, es claramente capital española en el mundo de la edición, el deportivo, el turístico. Y sus élites político-culturales, que no pueden soportar más la idea de depender de Madrid, han conseguido convencer a una gran parte de su población de que son diferentes a los españoles y de que lo mejor es, sencillamente, dejar de pertenecer a España.
No pretendo lanzar propuestas para superar la situación actual, sino simplemente introducir un elemento más, la pugna urbana, para ayudar a comprender el problema. Pero la teoría, inevitablemente, insinúa soluciones. Estamos en la era posnacional, en la que el Estado-nación ha dejado de ser soberano en muchos sentidos. No basta con constatar y apoyar ese proceso. También hay que hacer más compleja la organización de lo que queda del Estado. Sería interesante, por ejemplo, plantear una especie de doble capitalidad, o múltiple capitalidad, con instituciones estatales (el Senado, para empezar) situadas en otras ciudades, y con un tratamiento de las lenguas no castellanas como oficiales también del resto de España (en Canadá, Quebec es una minoría, pero el francés es oficial en todo el país).
Aunque me temo que es tarde para todo esto.
José Álvarez Junco es catedrático de Historia en la Universidad Complutense, Madrid. Su último libro es Las historias de España (Pons/Crítica).