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martes, 5 de junio de 2012

PRENSA. "Elogio de la pereza", por Luisgé Martín

Luisgé Martín

   En "El País":
Elogio de la pereza
   La verdadera humanización de nuestras sociedades está en el ocio, en la vacación, en la disposición libre de nuestro tiempo para ocuparlo en lo que deseemos.


     En 1932, en su ensayo Elogio de la ociosidad, Bertrand Russell planteaba una situación alegórica. Supongamos —decía— que un cierto número de trabajadores fabrican al día, en una jornada de ocho horas, todos los alfileres que necesita el mundo. Supongamos a continuación que alguien inventa un artilugio que permite fabricar el doble de alfileres con el mismo esfuerzo. “En un mundo sensato”, decía Russell, “todos los implicados en la fabricación de alfileres pasarían a trabajar cuatro horas en lugar de ocho, y todo lo demás continuaría como antes”: el empresario seguiría teniendo el mismo beneficio y los alfileres costarían lo mismo. En el mundo real, sin embargo, ya sabemos lo que ocurre: se despide a la mitad de trabajadores y se multiplica el beneficio.
     Russell no era economista, y en su planteamiento había una falacia transparente. En primer lugar porque nunca es posible determinar cuántos alfileres o cuántas unidades de cualquier producto necesita el mundo: suele ocurrir que, al mejorar los métodos de fabricación y abaratarse la mercancía, se encuentran nuevos usos y se multiplica la demanda. Y en segundo lugar porque la economía es una arquitectura terriblemente movediza que va desplazando siempre sus engranajes: los trabajadores sobrantes en la industria de los alfileres podrían emplearse en una industria derivada (la de los alfileres de corbata, por ejemplo), en una industria nueva (la del automóvil estaba en pleno florecimiento en la época en la que Russell escribía) o en otra actividad económica diferente a la industrial.
     Lo que ocurrió durante décadas en las economías capitalistas, de este modo, fue que los avances tecnológicos, además de incrementar los beneficios empresariales mediante la mejora de la productividad, posibilitaron la prosperidad de amplias capas sociales. Los profesionales y los obreros siguieron trabajando ocho horas diarias, como en 1932, pero pasaron de recibir salarios de subsistencia a mejorar poco a poco sus condiciones laborales: accedieron a viviendas cada vez más dignas, compraron automóviles y renovaron su vestuario cada temporada. Fue la era de gestación de las famosas clases medias.
     Pero todo ese rumbo idílico tenía que tener un límite. En un mundo en el que las máquinas pudiesen hacer todo el trabajo —cosa que hoy en día está más cerca de la realidad que de la ciencia-ficción—, cabría preguntarse de qué se ocuparían los seres humanos. Si todos los alfileres y todos los coches y todos los frigoríficos fueran fabricados apretando un botón, ¿qué harían los hombres y las mujeres? Algunos podrían ejercer como profesores, médicos o cineastas —dando por supuesto que la inteligencia artificial nunca alcanzara a la humana—, pero su número sería inexcusablemente corto. En un mundo así, el análisis de Bertrand Russell dejaría de ser una falacia: la inmensa mayoría de los bienes y servicios se producirían sin necesidad de asalariados, convirtiendo la economía, como dice Zygmunt Bauman, en una gran máquina de fabricar “desperdicios humanos” que no tienen ningún papel útil que desempeñar y ninguna oportunidad de ganarse la vida.
     Este es el paisaje social que se presintió en los años 90, cuando comenzó a hablarse del reparto del trabajo y de la civilización del ocio. Se nos anunció el advenimiento de la felicidad: la revolución tecnológica copernicana que se estaba produciendo permitiría que los seres humanos dejarán por fin de ganarse el pan con el sudor de su frente y se dedicaran a su familia, a sus aficiones y a sus placeres.
     Qué lejanos e irreales nos parecen ahora aquellos tiempos. Hoy se nos pide que trabajemos más horas —por menos dinero—, que agrupemos las fiestas para no distraernos, que nos jubilemos más tarde e incluso que no nos enfermemos si queremos cobrar nuestro salario. Ya no se habla de la civilización del ocio, sino de la cultura del esfuerzo. Como si hubiéramos mordido la manzana de algún árbol prohibido, hemos sido expulsados de un paraíso que ni siquiera llegamos a conocer.
     Visto con frialdad, sin embargo, todo parece un gran disparate: en los países desarrollados, las rentas del trabajo —es decir, la suma de todos los salarios que perciben los ciudadanos— tienen cada vez menos peso en la riqueza nacional, lo que significa que se va engrosando crecientemente el número de eso que Bauman llama “consumidores defectuosos”, personas que no tienen dinero para gastar y que no contribuyen por lo tanto al funcionamiento de la economía. Las rentas del capital, por el contrario, son cada vez más grandes, pero como es imposible emplearlas en inversiones productivas, puesto que no hay ya compradores suficientes, se emplean en alimentar bolsas especulativas. Es decir, si todo siguiera así, acabaríamos teniendo un gran productor de alfileres que no necesitaría a nadie para fabricarlos pero que, por la misma razón, no encontraría a nadie que pudiera comprarlos. De este modo se cumplirían, en una versión postmoderna, las predicciones de Marx y Rosa Luxemburgo acerca de la lógica autodestructiva del capitalismo.
     La única respuesta sensata a este panorama desolador es la pereza. El enaltecimiento social de la ociosidad y la holgazanería. Es posible que para competir hoy con China o con India tengamos que trabajar más, pero si es así es porque antes se hicieron las cosas mal, porque se abrieron las compuertas de la globalización torcidamente, no porque haya sido inexorable. Vivimos en sociedades ya lo suficientemente ricas y tecnificadas como para que pueda considerarse con seriedad el establecimiento de una renta básica universal, un salario que se cobre simplemente por ser ciudadano del país. Los suizos —que no son extraterrestres ni leninistas— acaban de tomarlo en consideración. Nos convertiríamos así en rentistas de la herencia de nuestros antepasados, y nos podríamos dedicar, como los aristócratas de antes, al diletantismo. Por supuesto, quien quisiera trabajar ganaría más dinero, podría comprarse coches de lujo y tener casas más grandes. Pero lo haría por propia elección, no por fatalidad.
     Es falso que el trabajo dignifique. Trabajar —es la parte que más me gusta de la Biblia— es un castigo divino, una maldición que empobrece la mayoría de las vidas. Incluso las tareas más nobles, como la creación artística, se convierten en algo desagradable cuando se hacen a cambio de un salario. La verdadera humanización de nuestras sociedades está en el ocio, en la vacación, en la disposición libre de nuestro tiempo para ocuparlo en lo que deseemos, sea hacer transacciones financieras delante de un ordenador o leer un libro debajo de un árbol.
     Ese debería ser a mi juicio el derrotero ideológico de la izquierda europea, como quería Paul Lafargue: el elogio de la pereza. Impedir la competencia con países donde rige el esclavismo laboral, atajar la economía especulativa y propiciar la distribución racional del trabajo. Pero para ello, antes que nada, hay que reconquistar la senda de la cohesión social, porque no es que no haya dinero para pagar el bienestar, como se nos dice cada día, sino que ese dinero está mal repartido. Tony Judt recordaba que en 1968 el director ejecutivo de una compañía como General Motors ganaba sesenta y seis veces más que un trabajador medio de esa empresa, mientras que en nuestros días el director ejecutivo de una firma semejante gana novecientas veces más. Con estas cifras, las crisis serán perpetuas.


   Luisgé Martín es escritor, su último libro publicado es La mujer de sombra.

martes, 13 de julio de 2010

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "Lo que dura la belleza eterna", por Luisgé Martín

Fotograma de Muerte en Venecia.

En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Lo que dura la belleza eterna

POR LUISGÉ MARTÍN 10/05/2008

Muerte en Venecia se vio durante mucho tiempo como una obra criptogay. Pero es mucho más que eso. Visconti volvió a indagar en ella en la desolación, la decadencia y el valor redentor del arte. El actor Björn Andresen fue devorado por su personaje.

Las filmaciones en las que Visconti grabó a los chicos que participaron en el casting de Muerte en Venecia no se destruyeron. Están recogidas en un documental de media hora titulado Alla ricerca di Tadzio y, aunque yo nunca he llegado a verlo, hay copias circulando por internet a disposición de los fetichistas. En ese documental se recogen las pruebas de cámara que el director italiano realizó a los efebos más guapos que encontró en varios países del mundo. Aparte de su valor morboso, es indudable que esa grabación tiene un verdadero interés cinematográfico, pues la elección del actor encargado de interpretar a Tadzio resultaba determinante en la conversión de la novela de Thomas Mann al lenguaje visual: la Belleza hecha carne, el Arte transfigurado en músculos, epidermis, estructuras óseas y membranas de diverso tipo.
Visconti seleccionó para el papel a Miguel Bosé, pero Luis Miguel Dominguín, su padre, que era un torero bien macho, dijo que habría que pasar antes por encima de su cadáver. El siguiente elegido, tras el descarte, fue un adolescente sueco llamado Björn Andresen, que reunía todos los atributos de la belleza tópica: la languidez, la ambigüedad sexual, la fragilidad. Tenía una mirada umbrosa de ojos verdes y una melena rubia cuidada por los estilistas de producción con más mimo que la de Silvana Mangano. Toda la arquitectura de la película descansa sobre sus hombros esmirriados. Él es el camino de Damasco en el que Gustav von Aschenbach ve por fin la luz.
Durante mucho tiempo se consideró Muerte en Venecia una obra criptogay. Un músico maduro -un escritor, en la novela de Mann-, respetable, casado y con prole, conoce de repente a un muchachito guapo y pierde por completo la razón. Disimula su metamorfosis haciendo sublimes consideraciones acerca del arte, de la belleza ideal y de los desarreglos que acarrea la vida, pero lo que en realidad desea es encamarse con Tadzio, quitarle su traje de baño de rayas o su vestido de marinerito y revolcarse a su lado con rijosidad.
No se trata de una interpretación absurda, ni siquiera escasa, pero Muerte en Venecia es mucho más que eso. Visconti, con su caligrafía grandiosa -sólo afeada en esta película por un uso del zoom intemperante-, vuelve a retratar una vez más a esa aristocracia exquisita y cultivada que se extingue en Europa. Vuelve a indagar en el valor redentor o cobijador del arte, en la decadencia de cada hombre, en la persecución de la juventud eterna, en la desolación que viene siempre después de la gloria.
Björn Andresen, que tenía 15 años durante el rodaje, probó con su propia vida esas enseñanzas. La película fue para él una maldición o un augurio. No pudo estar a la altura del símbolo en el que, gracias a ella se había convertido. Mantuvo alguna relación homosexual en su juventud. Luego se casó varias veces. Fracasó como actor y como cantante. Fue devorado por su personaje. Su rostro, comido por el tiempo, atravesado de arrugas, apareció hace poco en algunos periódicos. Estaba lleno de amargura y de resentimiento. Su mirada, igual de verde, no era ya umbrosa, sino turbia. Negra. ¿Le habría seguido amando Aschenbach a esa edad? ¿Habría creído aún que el fuego doloroso de la vida es preferible a la frialdad del arte? Estoy seguro de que no.

Luisgé Martín es autor de La muerte de Tadzio (Alfaguara).

jueves, 3 de junio de 2010

VÍDEO. Luisgé Martín nos habla de su personaje favorito

Luisgé Martín
En "elpais.com".

WINSTON MANRIQUE 03-06-2010
"Me gustaría ser Frankenstein. Así me llevo dos por uno, porque nunca se sabe si Frankenstein es el doctor o el monstruo. Son dos personajes en pugna, en debate", confiesa el escritor Luisgé Martín en el ciclo de Babelia ¿Qué personaje literario le hubiera gustado ser? con motivo de la 69ª Feria del Libro de Madrid.

http://www.elpais.com/videos/cultura/Luisge/Martin/quiere/ser/Frankenstein/elpepucul/20100603elpepucul_2/Ves/