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sábado, 14 de marzo de 2015

PRENSA CULTURAL. Sobre la narrativa de Francisco Ayala. José María Pozuelo Yvancos

   En la revista "Mercurio":

Una mirada plural

JOSÉ MARÍA POZUELO YVANCOS  |  MERCURIO 165 · TEMAS - NOV 2014

La obra narrativa de Ayala abarca distintas etapas, desde la vanguardista de sus primeros textos, pasando por formas de relatos de fondo histórico, hasta sus dos novelas de dictador latinoamericano
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Francisco Ayala en 2006, a punto de cumplir los cien años. © RICARDO GUTIÉRREZ/EL PAÍS
Francisco Ayala es uno de esos escritores en los que es difícil separar su dimensión intelectual y su obra creativa. Hay puentes que comunican el pensamiento desarrollado en el ensayo reflexivo, como en los recogidos en el libro La estructura narrativa y otras experiencias literarias (1984), con la obra critico-literaria sobre otros escritores (especialmente en los ensayos dedicados a Cervantes, a Quevedo y Galdós) y finalmente su propia creación narrativa, que muchas veces es hija de esas preocupaciones sobre los caminos que comunican ficción y realidad. Por otra parte la obra de Francisco Ayala cruza todo el siglo XX, y encontramos en sus obras de creación ficcional, diferentes estilos y temática, que va desde la más vanguardista de sus primeros relatos incluidos en el volumen El boxeador y un ángel (1929) pasando por formas de relatos de fondo histórico, como Los usurpadores (1949) hasta sus dos novelas de dictador latinoamericano, Muertes de perro (1958) y El fondo del vaso (1962) que recorren la historia ficticia de Simón Bocanegra.
Francisco Ayala es uno de esos escritores en los que es difícil separar su dimensión intelectual y su obra creativa. Hay puentes que comunican el pensamiento desarrollado en el ensayo reflexivo con la obra critico-literaria sobre otros escritores y su propia creación narrativaQuizá del conjunto de su obra lo que destaque sea la visión derivada del perspectivismo esencialmente orteguiano. El perspectivismo es una actitud y también un modo de mirar la realidad. Se llena de espejos, huye de todo doctrinarismo y entiende que la única forma de dar una imagen de lo real pasa por la refracción de sus formas, en cuadros diversos, en aristas múltiples. Y es que muy pocos escritores son tan decididamente orteguianos como don Francisco. No en vano en Revista de Occidente blandía sus primeras espadas como escritor y colaboró con Ortega en muy diversas empresas intelectuales de los años veinte y treinta del siglo XX, un siglo que su obra y su vida cruzaron por completo y del que se convirtió en testigo principal, según muestran sus memorias Recuerdos y olvidos. Si uno recorre el conjunto de su narrativa advierte también que Ayala es dueño de un estilo en el que se cruzan diferentes lenguajes, que reúnen su interés por el cine, la pintura, el periodismo, la crónica histórica, la paráfrasis literaria, etc. Desde la esencial plasticidad de cuadros vanguardistas, que parecen retratos pictóricos, hasta la crónica periodística de las entradas de El jardín de las delicias pasando por la reconstrucción histórica de las crónicas como es el caso de Los usurpadores, en especial ese relato titulado “El Hechizado”, que es tenido por una obra maestra.
Junto al perspectivismo el otro rasgo que cruza su obra narrativa es el cervantismo (que proyecta luego sobre Galdós). Se ve muy bien en una novelita como El rapto, que ha sido construida como versión contemporánea del episodio que narra el capitulo LI Quijote de 1605, con el secuestro que perpetra el fantasmón Vicente de la Roca. La primera obra narrativa importante es El boxeador y un ángel, publicada en 1929. Se trata de un conjunto de relatos, de conexión bastante extraña y arbitraria, en que se sirve de técnicas como el guión cinematográfico, pero que también se ve fecundado tanto por el surrealismo como por las metáforas del creacionismo, en una estirpe vanguardista muy de los años veinte. Le siguen Cazador en el alba y Erika ante el invierno, ambas publicadas en un volumen en 1930. En la primera se sirve de los borrosos límites de la vigilia y el sueño para indagar en la ciudad como visión inhóspita frente al campo, pero en la que cuaja uno de los desarrollos más altos que ha tenido la novela expresionista española.
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Sin duda alguna su obra de mayor envergadura anterior a Muertes de perro, es el citado volumen Los usurpadores, que Ayala publica ya en el exilio, tras un paréntesis de veinte años, que dedicó fundamentalmente a su obra ensayística. Siendo una colección de diferentes relatos, es sobre todo un libro unitario, porque está animado por la idea de ser una indagación sobre el poder, sentido como una usurpación. Ese es el tema que desarrolla en diferentes episodios o historias recorridas en el volumen, que se ve precedido por un prólogo en el que el autor implícito proporciona las claves del libro. Todos los relatos tienen un fondo histórico, con episodios vividos por diferentes personajes vinculados al poder real de Castilla, desde la Edad Media hasta el siglo de Oro, teniendo singular importancia los que tratan de la persecución inquisitorial, tanto en el relato “El inquisidor” como en el titulado “El Hechizado”. Ayala va dando muestras tanto del fanatismo religioso como de su contrapoder en la figura de los heterodoxos perseguidos. La primera obra narrativa de Ayala publicada en el exilio recorre por tanto el tema del fanatismo en la Historia de España. Pocos meses después, en el mismo año de 1949 publica Ayala otra colección de relatos, reunidos bajo el título de La cabeza del cordero. También se trata de un libro unitario, pues todos los relatos están vinculados a la Guerra Civil española, pero no al modo de crónica realista sino que están siempre presididos por el orden simbólico de su significación profunda, como meditación de las pasiones desencadenadas en ella, ya sea la envidia, el rencor, o la violencia. El tono, y la temática, cambian en el siguiente libro de relatos, titulado Historia de macacos (1955), que junta historias protagonizadas por personajes que rayan lo ridículo, lo estrambótico, pero que, pese a lo jocoso de su inventiva, remiten a una misma visión agraz y desengañada sobre la condición humana, con la que Ayala fue mirando la realidad, entretenida ahora en formas diferentes de la estupidez.
Como novelista Ayala ha entregado dos verdaderas joyas: Muertes de perro (1958) y El fondo del vaso (1962), ambas ambientadas en una imaginaria república americana, y que entran por derecho propio en la cabeza de un género, como el del dictador, que ha dado obras maestras desde el Tirano Banderas de Valle-Inclán hasta La fiesta del Chivo de Mario Vargas Llosa, en una serie en la que han inscrito su nombre algunos de los mejores: Miguel Ángel Asturias (El Señor Presidente), Alejo Carpentier (El recurso del método), A. Roa Bastos (Yo el Supremo),García Márquez (El otoño del patriarca), etc. Para relatar la historia de Bocanegra se sirve Ayala de ese rasgo analizado antes, el perspectivismo, que afecta a los propios supuestos materiales con los que la historia ha sido compuesta, pues la novela es la reconstrucción del asesinato de Bocanegra, hecha por Luis Pinedo, un inválido que es testigo de cómo Tadeo Requena, el secretario y hombre de confianza de Bocanegra, le traiciona. Para narrar la historia se sirve Pinedo no únicamente de su perspectiva limitada, sino de diferentes fuentes de información, ofreciendo un tapiz caleidoscópico, que tiene en el fondo más que un referente concreto (pudiendo ser muchos de ellos, dada la sucesión de golpes de estado militares en diferentes países americanos), una imagen del poder absoluto, pero sobre todo de la podredumbre que en torno a él se genera y desarrolla. Al final Tadeo Requena resulta tan envilecido como su propio Jefe Supremo. El fondo del vaso supone una continuación deMuertes de perro, pero al mismo tiempo un ahondamiento de su perspectiva caleidoscópica, pues tiene un nuevo cronista, José Lino Ruiz que da otra versión de los hechos, remitiendo la obra de Ayala a un escepticismo del que se deduce que la propia Historia es incapaz de captar una verdad que únicamente la Literatura puede ofrecer en la variada gama de sus perfiles y aristas.
José María Pozuelo Yvancos es catedrático de Teoría de la Literatura en la Universidad de Murcia

lunes, 3 de noviembre de 2014

PRENSA CULTURAL. Sobre la Generación del 14. "El botín del siglo". Fernando García de Cortázar

   En la revista "Mercurio":

El botín del siglo

FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR  |  MERCURIO 158 · TEMAS - FEB 2014

Los hombres del 98 habían descrito el escenario, pero los del 14 querían redactar el guión e interpretarlo, sustituyendo la letanía de la decadencia por una propuesta de acción
Ortega2
©ASTROMUJOFF
Despertaron a la inquietud razonadora cuando caían las últimas hojas de la gloria patria, mientras toda una España con sus gobernantes y gobernados estaba acabando de morir y una guerra eurocéntrica trataba de dilucidar la hegemonía internacional entre el imperio británico y sus aliados franceses contra la emergente Alemania, que aspiraba a desbancar a ambos. Son los Ortega y Gasset, Gregorio Marañón, Manuel Azaña, Salvador de Madariaga, Sánchez Albornoz, Américo Castro, Eugenio D’Ors, Pérez de Ayala, Gómez de la Serna… que entraron en escena el mismo año de la Semana Trágica, pisando los talones a una generación que había derramado lágrimas por la decadencia y muerte de España y suspirado por su resurrección. Son los jóvenes a quienes, en 1912, se dirige Antonio Machado, roto su ensueño del 98, después de que Unamuno, Azorín, Valle-Inclán o Baroja se hubieran refugiado en el subjetivismo más rígido, dedicando sus energías a la obra propia:
Tú, juventud más joven, si de más alta cumbre
la voluntad te llega, irás a tu aventura
despierta y transparente a la divina lumbre,
como el diamante clara, como el diamante pura.
No es ningún azar que apenas dos años después de la publicación de este poema, la generación de la rabia y la idea, como la definiera el propio Machado, firmara un manifiesto convocando una Liga de Educación Política. Los hombres del 98 han descrito el escenario pero los del 14, con Ortega a la cabeza, quieren redactar el guión e interpretarlo. Nueva contra vieja política. Lo vital, sincero, fresco… frente a lo fenecido, falso, viejo… El pasado debía olvidarse para levantar un país en el que lo racional ocupase el lugar de lo tradicional. La “razón creadora de Azaña”, comparable a la “razón histórica” de Ortega, podría ser el gran instrumento de catarsis nacional. Para ello, el intelectual no debía ser un profeta como pensaba Unamuno; había de compartir las aspiraciones populares y ejercer una militancia política activa. Un país moderno y tolerante, libre de las corruptelas del poder, con una legislación social avanzada y una enseñanza de vanguardia constituyó el ideal de los nuevos arbitristas de la generación del 14.
Tras el Desastre del 98, el antagonismo de las dos Españas —la oficial y la real— había inspirado un hondo deseo de regeneración con diversas manifestaciones sociales y políticas. Las más destacadas serían las encabezadas por los gabinetes del conservador Antonio Maura y el liberal José Canalejas, embarcados en una imposible revolución desde arriba. Pero la defenestración de Maura, como consecuencia de su torpe represión de la Semana Trágica, y el asesinato de Canalejas llevaron al sistema de la Restauración a un verdadero callejón sin salida.
—¡Despertemos! —seguían gritando a coro los intelectuales en 1914—. ¡Aprendamos de Europa! ¡Miremos a Europa! Y entonces ocurrió lo que nadie esperaba: la Primera Guerra Mundial. Las naciones avanzadas de Europa arrastraron al mundo a la mayor carnicería jamás vista hasta entonces. Alfonso XIII comprendió en seguida los inconvenientes de tomar partido en la batalla que sembraba de cadáveres los campos del viejo continente y declaró la más estricta neutralidad de España en la contienda.
Un país moderno y tolerante, libre de las corruptelas del poder, con una legislación social avanzada y una enseñanza de vanguardia constituyó el ideal de los nuevos arbitristas de la generación del 14Paz de armas, pero no de ideas, ya que la Gran Guerra alteró el país ideológicamente al dividir la opinión pública en aliadófilos y germanófilos. La Iglesia, el ejército, el partido conservador, la gran burguesía agraria, que veían en el II Reich la encarnación del orden y la paz, tomaron partido por las potencias centrales, en tanto el partido liberal, los republicanos y los socialistas defendieron la causa aliada porque Francia representaba la libertad y los derechos del hombre y, para los artistas, el tan anhelado prestigio creativo de París. Las potencias beligerantes serían las que con mayor intensidad activasen los mecanismos de la corrupción informativa para su labor de propaganda en el apasionado foro de la prensa española, a la que las noticias bélicas hicieron aumentar sus tiradas. El dinero llegó generoso a publicaciones de orientación política, que con grandes dificultades podían mantenerse, e incluso algunas antiguas cabeceras vieron la luz de nuevo para desaparecer al término del conflicto. La mayoría de los periódicos se inclinó por la neutralidad, secundando la declaración del gobierno, pero les resultó imposible ocultar sus preferencias por uno u otro de los contendientes. Pese a promover una plataforma de 160 periódicos defensores de la neutralidad, el ABC fue acusado de germanófilo por el entonces redactor de El Liberal, Luis Araquistáin.
La consecuencia más importante de la guerra mundial fue la brusca alteración de la economía, con alzas de precios, desorganización del mercado interior y enriquecimientos súbitos. De nuevo la suerte se fijó, sobre todo, en los industriales bilbaínos y catalanes, llamados ahora a satisfacer las necesidades de los países contendientes. Los precios de las mercancías se desbocan multiplicándose los beneficios; especialmente elocuentes serán los resultados de las navieras, cuyo número se amplía al compás de sus escandalosos dividendos, y los de la banca que empieza a diversificar sus ingresos al erigirse en promotora de nuevos negocios.
Madrid era entonces una ciudad cosmopolita, refugio de apátridas de media Europa y capital de espías, agentes furtivos, especuladores, arribistas y empresarios sin escrúpulos. En esa atmósfera de negocios y turbias inversiones, la burbuja de la prosperidad económica promovida por la neutralidad sirvió fundamentalmente para redondear las fortunas de la burguesía, que no dejó a los demás ni las migajas del gran botín del siglo, y para incrementar el coste de la vida y disparar la conflictividad social.
El ruido por la carestía de vida llegó también al ejército, donde las clases medias militares se amotinaron contra los salarios menguantes, la roña del armamento, la sangría de la guerra de Marruecos y el tráfico de influencias en el escalafón, al que no era ajeno el mismo rey. Retumban los cuarteles y el movimiento sindical se nutre del resquemor de la clase obrera agobiada por la inflación. Fue entonces cuando los socialistas y anarquistas creyeron que había llegado la hora de lanzar la huelga general con la que venían soñando desde hacía tiempo para forzar la caída de la monarquía. La acción revolucionaría estalló en agosto de 1917, liderada por el PSOE y UGT. Contra lo que habían esperado los organizadores, la burguesía republicana, atemorizada, no respondió, los campesinos estuvieron ausentes y el ejército decapitó la insurrección tras una semana de durísimos choques con los huelguistas en las calles de Barcelona, Madrid, Vizcaya o Asturias.
Entre 1918 y 1921, las revueltas de los labradores extremeños y andaluces resuenan en España, amplificadas por los ecos triunfantes de la revolución bolchevique y los gritos que exigen el reparto de tierras. Mientras tanto el crimen social arrojaba terribles balances en los barrios de Barcelona y el vals de los ministerios, con un nuevo gobierno cada cinco meses, hacía crecer la confusión y el descrédito de la política. Al final, los ideales y las esperanzas iniciales de la generación del 14 que Ramón Pérez de Ayala narró con amarga ironía en Troteras y danzaderas tropezarían en una España estrangulada por los extremismos, donde la cauta y asustada burguesía habría de desertar de su quehacer histórico para dejar campo libre a las soluciones autoritarias. Desde la plataforma del Ateneo de Madrid, auténtico corazón cultural del país, lo mejor de la generación del 14 otea el horizonte político de España en tanto se prepara a recibir en 1931 la esperanza republicana.

domingo, 2 de noviembre de 2014

PRENSA CULTURAL. Sobre la Generación del 14

   En la revista "Mercurio":

Novecientos: la salida de los intelectuales

JUSTO SERNA  |  MERCURIO 158 · TEMAS - FEBRERO 2014

En un contexto de crisis aguda, española e internacional, surge un grupo de personalidades que escriben artículos, intervienen en la prensa y hacen suya la construcción de la opinión pública
Pirineos
© ASTROMUJOFF
A comienzos del siglo XX, el Ochocientos aún no ha acabado. Parecen regir los mismos valores y parecen vivirse las mismas querencias y existencias. El largo siglo XIX se prolonga durante esos primeros años del Novecientos… Pero para los observadores más agudos el mundo va a la deriva. Las masas han irrumpido con fuerza. Se hacen presentes en el escenario social y político. Años atrás, aún en el Ochocientos, Francia ha padecido La Comuna (1871) y su fin-de-siècle, una melancolía cultural, una decadencia o, mejor, un decadentismo que se da en las artes, en el pensamiento, en la estética. Pero Francia también ha padecido la presencia creciente de unos obreros que cobran protagonismo. Gran Bretaña, en 1901, acaba de perder a la reina Victoria. Con su fallecimiento se cierra el máximo período de prosperidad material de un Imperio que ha hecho del dominio marítimo su poder, su hegemonía. También muchos sienten o perciben el fin de los viejos buenos tiempos. O no tanto: el Imperio que ha creado Gran Bretaña sigue afirmándose sobre grandes espacios coloniales. Por su parte, España se ha desgarrado con el Desastre, con su particular fin de siglo. Con la pérdida de los últimos enclaves coloniales, los naturales constatan lo que es su patria: un país de segundo orden, falto de recursos, con una demografía extrema de alta mortalidad y con una geografía abrupta que interrumpe o dificulta las comunicaciones.
En Europa, la salud y la salubridad son preocupación corriente en ciudades atestadas, con contagios frecuentes, con carencias que conviven al lado de la riqueza más ostentosa. En España y en otros países, el higienismo médico se desarrolla entre los galenos más esmerados y el higienismo social se impone entre numerosos observadores que examinan el estado de cosas. La cuestión social, el pauperismo, las clases peligrosas: todo ello alarma. Es preciso someter a control la ciudad del anonimato y de la uniformidad; es preciso mejorar los servicios de policía, de gendarmería. Hay delitos contra la propiedad y hay atentados horrorosos que la prensa sensacionalista difunde.
La del 14 es la primera generación intelectual que batalla con el artículo periodístico. O con el ensayo, fórmula literaria que va ser decisiva en esas décadasLa civilización europea, y española en particular, parece estar en crisis aguda. Por un lado, perviven los valores liberales, distinguidos y respetables de los viejos burgueses, de los grandes propietarios, de aquellos manufactureros e industriales que se convirtieron en magnates en un par de generaciones. Viven con el confort y el bienestar que traen los adelantos del siglo, pero viven también con prevención y con temor el progreso material de un mundo desbocado: los ferrocarriles, los buques a vapor, el maquinismo, el obrerismo, los ocios masivos y las culturas degradadas. Las primeras vanguardias artísticas aparecen atacando blasfemamente lo cursi, lo domado, las preferencias burguesas y el juicio conservador, otro estado de cosas asimismo anacrónico. Y los gustos populares, con lo chabacano, con lo sicalíptico, con lo obsceno, etcétera, siembran el pánico entre la gente distinguida, entre las élites refinadas y entre los voluntariosos reformadores de la cultura.
Por otro lado, una masa creciente de obreros se hace visible: antiguos menestrales, numerosos inmigrantes pueblan las ciudades, hacinados como clases menesterosas, como clases levantiscas, imbuidas en muchos casos de ideas, de ideologías revolucionarias que alientan la subversión. Urbes atestadas por factorías, por manufacturas, por talleres; poblaciones a las que asfixian chimeneas humeantes. El mundo ha dado literalmente un giro y Manchester es aún ese Infierno del siglo XIX al que los trabajadores parecen abocados. La violencia urbana, el delito contra la propiedad y contra las personas y el pistolerismo son datos cotidianos, las explosiones de cada día. Pero las tensiones no son solo sociales o culturales. Hay, además, una contienda latente, una guerra europea que no ha estallado y cuyo objetivo es el dominio territorial.
La intelectualidad española observa con prevención y con admiración la Europa que se enfrenta dialécticamente… y después bélicamente. A los del 98 les sorprende ya mayores, ya talludos, el cambio de siglo, el contexto internacional de una España de la que lamentan su retraso, la falta de avances, el arraigo del atavismo. Una nueva gente, una nueva intelectualidad aparece en 1914. Proclaman la modernidad urbana, la cultura o el progreso. Defienden ideas de renovación que en parte vienen de Joaquín Costa (y de su crítica de la oligarquía y el caciquismo), y en parte son su superación. Escriben artículos, intervienen en la prensa y hacen suya la construcción de la opinión pública. Están presentes, visibles, ocupando los medios cuando no creando diarios, prensa. Es la primera generación intelectual que batalla con el artículo periodístico. O con el ensayo, fórmula literaria que va ser decisiva en esas décadas. El artículo es la reacción, la puesta en escena, la brevedad de respuesta, la intervención inmediata. Domina la actualidad: todos los días pasan cosas que es preciso conocer y que los articulistas han de glosar. ¿Y el ensayo? Es el tanteo reflexivo, una derivación de las ciencias sociales, entonces incipientes, una cavilación sobre temas urgentes o remotos tratados con rigor, con el mayor rigor posible en asuntos para los que no se cuenta con toda la información.
¿Qué es un intelectual? ¿Acaso un experto, un académico, un universitario? ¿Alguien que profesa las letras y las artes? Hace falta una vocación añadida, la de intervenir en esa esfera pública como crítico, como educador de los lectores, como opositor de los desmanes, como alguien que reflexivamente examina y diagnostica los males de la patria. La generación de Ortega se afirma como una corriente de progreso, de racionalización de la vida, de intelectualismo, de elitismo, de clasicismo, de urbanismo, de europeísmo, de activismo. De intervención política.
La generación de 1914 también queda afectada por la contradicción social que domina la Europa de ese primer Novecientos y que Ortega ha sabido diagnosticar pronto: el elitismo frente a las multitudes. No es solo la guerra. Es asimismo la guerra social, la emergencia de las muchedumbres y el encauzamiento o dique con que las élites pretendan frenarlas, contenerlas. Unos profesarán el anarquismo, otros el reformismo, la intervención, y otros adoptarán posturas aristocratizantes. Forman lo que se ha llamado una nueva clase media profesional, gentes que no se diferencian gran cosa de quienes los leen, y gentes que habrán sido becados, que habrán viajado por Europa con destinos universitarios de gran prestigio. Tienen cultura cosmopolita, refinamientos continentales y tiene planes, proyectos para sacar a España de esa crisis que arrastra. Es preciso valorar el empuje de la juventud y destapar los ímpetus sofocados. Son palabras que resumen la retórica de esa generación que ve en el Novecientos la gran oportunidad de sobresalir y hacer salir. España será por fin un país moderno y europeo, con recursos humanos, con capital humano, con inteligencia universitaria. No hay que temer el porvenir.
Vista la historia del primer Novecientos desde hoy todo su proceso parece obvio y su curso, inevitable. Sin embargo, nada había garantizado de antemano y cualquier cosa alcanzada, cualquier bien por modesto que fuera o cualquier ventaja tenazmente conquistada podía extinguirse, malograrse, como esa esperanza de entonces con que España festejaba a sus nuevos intelectuales, una esperanza que luego acabaría en doble amargura. Qué impresión da acercarse a ese primer Novecientos, qué expectativas se perdieron, qué inconsciencia, qué azar.

sábado, 26 de abril de 2014

LITERATURA. Sobre "El Lazarillo". Francisco Rico


   En la revista "Mercurio" (número 136. Diciembre 2011):

COMO UN BILLETE FALSO

"La aparición del Lazarillo de Tormes supone la mayor revolución literaria desde la Grecia clásica"

FRANCISCO RICO

 Lo primero que hay que recordar cuando se habla del Lazarillo de Tormes estriba en que el libro es una maravilla de humor, de ingenio y de humanidad, y que rebosa una ironía benévola y sin embargo implacable, presidida como está por la visión de un mundo en el que todo es relativo.
A continuación vale la pena realzar su extraordinaria originalidad: en los veinte y pico siglos de la literatura occidental no se había escrito otra narración como esa que al mediar el Quinientos llegaba a las manos de los españoles (y pronto de todos los europeos), porque posiblemente ninguna había tratado nunca antes a un personaje de la pobre categoría de Lázaro con una atención tan amplia y tan extremada, tan respetuosa con el punto de vista que un individuo en sus condiciones podría haber tenido de sí mismo, y tan centrada en la materialidad y en las minucias cotidianas de la existencia.
Por desgracia, el aspecto que en los últimos años con mayor frecuencia ha traído el Lazarillo a la actualidad (y hasta a la crónica amarilla) no ha sido ninguno de ésos, sino la cuestión de quién fue el autor. La respuesta puede ser tajante: no lo sabemos, y ninguno de los indicios accesibles posee ni la suficiente ni aun la mínima capacidad de convicción.
El Lazarillo, por tanto, ¿es un libro anónimo? La respuesta se vuelve ahora resbaladiza: sí y no, según se mire. Sí es un libro anónimo, cierto, si lo contemplamos desde fuera, con la mirada externa de la historiografía literaria. No lo es, porque quien lo escribiera ni quería ni en última instancia podía firmarlo, so pena de hacerle perder gran parte de su novedad y de su atractivo.
De hecho, si lo vemos con los ojos del autor real y tal como lo recibió el público de su tiempo, la obra va firmada desde la portada. El título (inventado por el editor) rezaba ahí La vida de Lazarillo de Tormes; el texto comenzaba rotundamente con un pronombre: “Yo por bien tengo…”; y en el principio del relato propiamente dicho se leía: “Pues sepa Vuestra Merced, ante todas cosas, que a mí llaman Lázaro de Tormes”. Vale decir: el libro se presentaba como si fuera la autobiografía verdadera y veraz de un Lázaro de Tormes (Lázaro, no “Lazarillo”) de carne y hueso.
Entendemos que al autor real no se le pasara por la cabeza revelarnos su nombre, que sigue ocultándosenos, y que el Lazarillo, en rigor, no sea tanto un libro anónimo, de pluma ignorada, como, más exactamente, un libro apócrifo, atribuido a un falso autor, el propio protagonista. La gracia y la sustancia del relato están en su propósito de aparecer como historia auténtica, no ficción imaginada. Era una autobiografía fidedigna como un billete falso.
Nos consta que no se conocía ninguna otra narración en prosa con el insólito y ambiguo modo de ser del Lazarillo de Tormes. Porque el tal libro ¿era historia o era ficción? Ficción nadie lo diría, porque hacia 1553 no tenía curso corriente ningún género de prosa de imaginación que se atuviera íntegramente a los criterios de probabilidad, experiencia y sentido común que gobiernan la vida y el lenguaje de todos los días. Nada de cuanto en la obra se refería llevaba a pensar en los temas y en los modos distintivos de la ficción literaria en la edad del Renacimiento. Todo, por el contrario, estaba poblado de cosas y personas tan vulgares, tan naturales y en apariencia tan verdaderas, que en la época no podían despertar ninguna sospecha de ser pura creación de un fabulador.
Todo, digo, salvo un primer detalle: todavía en los comienzos de su carta, Lázaro contaba el amancebamiento de su madre con un esclavo negro. Lo hacía con delicadeza y afecto, pero no lo encubría. Y ¿quién en el siglo XVI se hubiera atrevido a escribirlo poco menos que con todas las letras? El dato no podía sino levantar un serio recelo: ¿no sería todo aquello una patraña? A partir de ese momento el lector forzosamente tenía que escudriñar el texto con cien ojos, decidido a comprobar si en alguna otra parte se infringía la presunción de veracidad con que lo había empezado. Pero a partir de ahí, y hasta la página final, a Lázaro no volvía a escapársele ni una línea que pudiera tacharse de inverosímil o inaceptable.
La duda se desvanecía en los dos últimos folios, donde el narrador descubría otro episodio paralelo pero aun más vergonzoso que los amores de su madre: las relaciones de su mujer y el Arcipreste. Pero hasta llegar al desenlace el lector había de sentirse obligado a seguir el relato con la sospecha de que todo él podría ser mentira, pero comprobando a cada paso que nada dejaba de parecer verdad.
El Lazarillo lograba así que por primera vez en la literatura de Occidente una narración en prosa fuera leída a la vez como ficción y de acuerdo con una sostenida exigencia de verosimilitud. Era la mayor revolución literaria desde la Grecia Clásica: la novela realista.

domingo, 6 de abril de 2014

PRENSA CULTURAL. "El impacto de los medios digitales en la lectura". Javier Carbonell


   En la revista "Mercurio" (mayo 2013):
El impacto de los medios digitales en la lectura 

Cuando los estudiosos del futuro valoren el fenómeno, la digitalización ocupará un sitio en el olimpo de los grandes avances de los soportes de lectura, al lado del papiro, el códice y la imprenta.
JAVIER CARBONELL
 Las costumbres son en cierto modo el alma de nuestro comportamiento. Una vez hemos interiorizado una manera de hacer algo, cambiarlo supone superar dos barreras: la primera y más importante es querer cambiar —si las cosas se han hecho siempre así, ¿por qué cambiar?, con lo cómodo que estoy en mi espacio de tranquilidad—, la segunda es el propio esfuerzo que supone adaptarse. Estas barreras son más altas cuanto más arraigado se halla un determinado hábito, y también cuando se ha llegado a forjar un vínculo afectivo con una determinada manera de hacer las cosas. En el caso de la transición hacia la lectura en formato digital, más que barreras son montañas: por una parte, el uso del libro hunde sus raíces en nuestra infancia; por otra, es un objeto venerado en nuestra cultura, todo un símbolo del saber.
Por estos motivos la lectura de textos en formato digital se ha introducido de forma paulatina, sin que el cambio haya supuesto una completa sustitución del libro físico, y de hecho según un estudio realizado por Fundación Telefónica, se mantiene como el único tipo de contenido respecto al cual los usuarios se decantarían por la versión física en vez de la digital, si tuvieran que renunciar a alguna y una vez probadas ambas.
Las primeras experiencias de lectura en formato digital se remontan a los primeros ordenadores, que con monitores insufribles de caracteres verdes sobre fondo negro, convertían la lectura en una especie de penitencia. No obstante, los usuarios pronto se percataron de los beneficios que aportaba, como la posibilidad de buscar palabras y una mayor agilidad para navegar por documentos, la potencia del hipertexto o enlaces de texto, o la capacidad de adaptar el tamaño de la letra. Esto ha llevado desde el principio a una tensión entre la practicidad del formato digital, que permite más opciones, y la facilidad de uso del formato físico.
Las cosas han ido cambiando mucho desde entonces. Las pantallas han ganado en resolución, en brillo, en colorido…, también han aparecido nuevos dispositivos con pantallas más pequeñas pero con iguales prestaciones, como las tablets y los teléfonos móviles, que han facilitado a los usuarios el acceso al contenido desde cualquier lugar. La aparición de la tinta electrónica marcó un hito clave que acercaba más la lectura digital a la física, ya que al eliminar la iluminación del fondo de pantalla consigue un efecto muy similar al que ofrece la tinta real, de ahí su nombre, lo que evita problemas de cansancio de vista al pasar largas jornadas leyendo. Avances todos que juegan a favor de los formatos digitales y que hacen que la citada tensión empiece a decantarse por ellos, un proceso que sin duda continuará en el futuro, sobre todo cuando nuevas generaciones, ya nativas digitales, vayan incorporándose más activamente a la sociedad.
Quedarse en el debate sobre las ventajas e inconvenientes de los nuevos formatos desde el punto de vista de las funcionalidades, supone quedarse en la superficie y no abordar lo verdaderamente importante: cómo está evolucionando la propia lectura en sí, y cómo los nuevos formatos digitales son fundamentales para moverse en el mundo complicado que nos espera. La digitalización de contenidos combinada con la ubicuidad en el acceso, abre la posibilidad de disponer de una cantidad ilimitada de información, desde grandes bibliotecas de literatura a todo tipo de artículos e informes, que podemos leer además en cualquier lugar y en cualquier momento. Toda una revolución que permitirá llevar el conocimiento a las clases más desfavorecidas, incluso a países enteros, ayudando de esta manera a reducir las brechas culturales actuales.
En las sociedades más desarrolladas, toda esta explosión de información también nos empieza a desbordar. Ya no es que interioricemos la lectura o hayamos desarrollado técnicas de lectura rápida, es que en muchas ocasiones casi ni leemos el texto, nuestra vista se mueve directamente entre las palabras resaltadas, entrecomilladas, de colores…, tratando de obtener una idea global, optimizando el tiempo y esfuerzo. Nos desplazamos rápidamente entre distintos textos, y solamente nos detenemos en aquellos párrafos que poseen un interés especial para nosotros. Y hasta hemos dado nombre a este tipo de lectura, “lectura en diagonal”, que define una parte cada vez más mayor de la lectura diaria de las personas que acceden a contenidos digitales, a excepción de las novelas. Todo cambio lleva implícito un debate sobre los beneficios y los perjuicios asociados. Este caso no podía ser distinto, y en la actualidad son muchas las voces que hablan de efectos negativos en la capacidad de concentración, en la profundidad de análisis y en la asimilación de contenidos, aunque también las hay que hablan de nuevas capacidades de relación, de mayor habilidad de abstracción e incluso de la posibilidad de realizar actividades de forma multitarea.
Una nueva capacidad que permiten las tecnologías de la información es la interacción con otros lectores. Si algo hemos aprendido de la evolución de los servicios de internet durante estos últimos años, es que las personas tienen un deseo inherente de socializar cualquier actividad que estén realizando. Sucede con todo tipo de contenidos y ya es una realidad con la lectura. Son numerosos los espacios para comentar o debatir entre los amantes de los libros, incluso con los autores, pudiendo de esta manera influir en el proceso de creación literaria. Se trata de un efecto que podríamos llamar de “lectura colectiva”, que permite compartir nuestras experiencias y enriquecerlas con las de los demás. La valoración de los contenidos por parte de los lectores convivirá con la crítica de los especialistas, lo que incorporará multitud de nuevas visiones y facilitará el proceso de selección de contenidos y también su rápida difusión, incluso viral.
También debemos considerar que la lectura, entendida como un proceso de comprensión de la información, no es patrimonio de la lengua escrita, sino que jeroglíficos, fórmulas matemáticas y notas musicales también llevan asociada una forma implícita de lectura. La inclusión de sonidos, imágenes, vídeos, que el formato digital permite hacer fácilmente, posibilita ofrecer una experiencia ampliada, poniendo a disposición del lector un número mayor de estímulos que le ayudan a entender y contextualizar la información que está leyendo.
Será el propio usuario el que irá definiendo el terreno de cada uno de los formatos, digital y físico, según los usos y las tecnologías vayan madurando. De lo que no hay duda es que de no se trata de una moda ni de algo pasajero. Leer los textos en distintos dispositivos ya es algo normal, que incorpora mayor riqueza a la lectura entendida de una forma amplia. Cuando los estudiosos del futuro valoren este fenómeno, habrá un consenso generalizado sobre su efecto disruptivo, y la digitalización ocupará un sitio en el olimpo de los grandes avances de los soportes de lectura, al lado del papiro, el códice y la imprenta. Todavía nos encontramos en la infancia de este proceso, nos aguarda un mundo de posibilidades para los lectores y de oportunidades para aquellos que sepan verlo. Cuantas más opciones existan, mayor será la necesidad de generar contenidos atractivos que capten la atención del lector, así como de realizar nuevos trabajos de edición y de adaptación a diferentes formatos. Y es que los soportes irán cambiando, los hábitos de lectura evolucionando, pero lo fundamental seguirá siendo lo mismo: que haya gente capaz de contarnos historias, reales o imaginarias, que alimenten nuestra imaginación y nuestra necesidad de saber. 

viernes, 19 de agosto de 2011

PRENSA CULTURAL. "Límites de la historia y de la ficción", por José María Merino

José María Merino

   En la revista "Mercurio" (febrero 2010):
LÍMITES DE LA HISTORIA Y DE LA FICCIÓN

"La novela histórica puede ser torpe, lo malo es cuando manipula el pasado".

JOSÉ MARÍA MERINO

   Vivimos en un momento en que la ficción está muy desacreditada. Es más, hay muchos libros donde se mezclan la novela, la historia, el libro de ensayos, las memorias, el libro de viajes, y no sabemos exactamente cuáles son los límites. Desde hace muchos años, la historia es prestigiosa y la ficción está desprestigiada. En El Quijote, Cervantes recoge aquella aproximación aristotélica para distinguir lo que era la literatura y lo que era la historia: “...uno es escribir como poeta y otro como historiador. El poeta puede contar o cantar las cosas no como fueron, sino como debían ser. Y el historiador las ha de escribir no como debían ser, sino como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna”. Otro argumento es el de los clásicos del Siglo de Oro, esa discusión entre verdad y verosimilitud. Recuerdo haber leído el discurso de algún eclesiástico (ahora no podría decir exactamente de quién se trata), atacando a la verosimilitud como elemento traidor a la verdad. Lo verosímil es peligroso, las cosas tienen que ser verdad, y todo lo que es verosímil atañe profundamente a lo que es verdad. Ha habido una desconfianza religiosa importante hacia la ficción e incluso es sorprendente que nuestro libro más emblemático, El Quijote, sea un libro contra la lectura de novelas de ficciones, contra los libros de caballerías, porque las ficciones nos pueden confundir, hacernos soñar cosas imposibles e incluso perdernos en nuestra relación con la realidad.
   Por lo tanto, con los años se ha ido acreditando una especie de dicotomía: ¿qué es la verdad histórica, por un lado, y qué es la verdad poética, por otro? Yo creo que la ficción, por lo menos a partir de la modernidad, no es verdad ni mentira. A veces dice Vargas Llosa que la ficción es mentira. No; la ficción es un tercer género. No es verdad ni mentira. La realidad puede ser contada de una manera verdadera o falsa. La ficción siempre es una tercera vía.

PUNTO DE ENCUENTRO
   Voy a poner como ejemplo de esa verdad poética, que se implanta a través de la modernidad, la gran novela del XIX. Porque el siglo XIX se puede estudiar desde la historia, pero para entenderlo hay que acudir a la literatura. Cuando severos historiadores me demuestran que no han leído a Tolstoi, a Balzac, a Stendhal, o a Galdós, me pregunto cómo pueden comprender el siglo XIX. Porque, a mi juicio, para entender ese siglo son necesarias sus novelas, que nos dan las claves más misteriosas de los comportamientos, las conductas y los sentimientos de nuestros antecesores de aquellos tiempos. Y es que la verdad poética desentraña la realidad a través de unos caminos que no son exactamente los de la historia. Entonces, ¿qué es la verdad histórica? Desde la seriedad científica de la historia, se suele mirar con menosprecio la literatura, y no digamos la leyenda, pero ni la narrativa de ficción ni la leyenda pretenden mentir, no engañan sino al que quiere ser engañado, como el Ingenioso Hidalgo. Sin embargo, la historia miente a menudo, tergiversa la realidad, cambia la verdad de los intereses particulares y hasta de los sucesos sociales. Creo que un posible campo de conciliación entre ficción e historia es la novela histórica. Es algo así como un punto de encuentro. Se sabe del extraordinario auge de la novela histórica en la actualidad, incluso parece que es un género contemporáneo, pero eso no se ajusta a la realidad. Es un género muy antiguo que, según Luckács, nace, tal como lo conocemos, con la caída del imperio napoleónico. Y hay una serie de nombres importantísimos como los de Scott, Dumas, Stevenson, Flaubert, Dickens, Larra, Galdós,...por citar nombres extranjeros y españoles. Es decir, que la novela histórica es (no me atrevo a llamarlo género) como una línea de invención que está siempre presente y que es recurrente. Por otra parte, en el Siglo de Oro trabajaron con materia histórica Shakespeare, Lope de Vega, Calderón: con el lenguaje indoeuropeo, con los cantares de gesta, con la tradición popular. Utilizar la historia como materia de ficción es seguramente tan viejo como el ser humano, como el ser que narra o como el ser que escribe e inventa ficciónes escritas.
   Ahora bien, quiero recordar dos referencias sobre la desconfianza hacia la novela histórica. En Ideas sobre la novela, Ortega dice que la novela histórica lleva aneja una imposibilidad: “la vacilación continua del lector. Tenemos que cambiar constantemente de actitud, no se deja al lector soñar tranquilo la novela ni pensar rigorosamente (sic) la historia”. Vemos por esta afirmación que hay una desconfianza instintiva en Ortega, porque una cosa es “soñar” la novela y otra “pensar rigorosamente” la novela. La historia pertenece al pensamiento riguroso, al pensamiento fuerte; la novela pertenece, más bien, al pensamiento débil, al sueño. Existen en estos momentos esos best seller que están basados, teóricamente, en reconstrucciones históricas o de informaciones históricas, bastante poco de fiar, sobre lo que pudieron o no haber sido los antecedentes de determinados elementos del cristianismo, del Santo Grial, de los Santos Lugares, en fin, hay un imaginario que piadosamente puede llamarse oportunista gravitando sobre todo esto.

EL DESCRÉDITO DE LA REALIDAD
   Pero en la novela histórica hay un elemento común a la novela y a la historia. Las fuentes de la novela y las fuentes de la historia son el innumerable y caótico cúmulo de los sucesos de la realidad. Tanto la novela como la historia quieren ordenar la realidad. Y en ese sentido, la mirada del historiador y la del narrador se parecen. Seguramente, ambos deberán contemplar elementos que sean significativos y rechazar la ganga de lo superfluo, además de buscar aspectos que sean indispensables para que la trama funcione. Creo, incluso, que el historiador trabaja igual que el novelista o que el narrador. Esto es, se basa en tres leyes: la ley del movimiento, la ley del interés y la ley de verosimilitud, que son los tres principios de la narrativa que yo defiendo. Por un lado, la historia tiene que moverse, exactamente igual que la novela. En segundo lugar, la historia tiene que interesar mediante la búsqueda de esos momentos que pueden llamar más la atención. Por último, la historia tiene que ser verdad, mientras que la narración tiene que parecerlo. Trabajando con el tema de la novela histórica, recuerdo la clasificación que hizo Umberto Eco, al establecer tres tipos de novelas históricas: el romance –que era una novela que transcurría con cierto telón de fondo histórico, es decir en la que la época era un pretexto para colocar la historia; la novela de capa y espada –que tendría más formalidad y exactitud, por ejemplo Los tres mosqueteros, una novela que parece que tiene una cierta fidelidad a una época, salen personajes reales pero no es rigurosa; y luego lo que él llamaba la novela histórica genuina –que trataría el tema con todo el rigor posible desde la investigación y las fuentes auténticas. Yo añadiría a esto la novela de tipo reflexivo, alegórica, filosófica (Las Memorias de Adriano, Narciso y Goldmundo de Herman Hesse), las novelas de tipo lúdico de Dumas o Pérez-Reverte, la historia como pretexto estético-político (Espartaco de Howard Fast o Faraón de Bolesvav Prus). Pero ahora habría que añadir otro género que falsifica la realidad histórica, la convierte en ficción y, a partir de ahí, escribe la pretendida novela histórica-ficticia. Sería el caso de El código da Vinci. La cuestión es que en este mundo de la novela histórica es donde podemos encontrar ese punto fronterizo entre ficción e historia. Sobre cuáles sean los límites de la novela histórica, creo que el problema es ese límite de la verdad. La novela histórica puede ser torpe, puede equivocarse o puede no tener información. Lo malo es cuando empieza a surgir como una expresa manipulación del pasado, porque el problema que estamos sufriendo es el de la propia formación de los lectores. Seguramente, el lector del siglo XIX, cuando se enfrentaba a la novela de capa y espada, sabía que estaba leyendo novelas. Yo no sé si el lector de hoy, que tiene profundas lagunas en su formación como lector y como conocedor de la historia, no queda mucho más inerme frente a las manipulaciones de la novela histórica, como queda inerme frente a las manipulaciones de la transmisión de las verdades de la realidad. En este enfrentamiento o fricción entre lo que es historia y lo que es ficción, a lo que hemos llegado no es a un descrédito de la ficción, sino que estamos viviendo un descrédito de la realidad.

domingo, 26 de junio de 2011

PRENSA CULTURAL. REVISTA "MERCURIO". "Mobilis in mobili. La biblioteca como obnservatorio", por Justo Serna

Biblioteca. Rob Gonsalves

MOBILIS IN MOBILI. LA BIBLIOTECA COMO OBSERVATORIO

"La biblioteca sería una escuela sin docentes, un espacio en el que silenciosamente nos instruimos"

JUSTO SERNA

   EL ORDEN DE LOS LIBROS
   Cuando decimos biblioteca pensamos en un inmueble, en un espacio físico con techumbre y tabiques en donde se albergan volúmenes editados. Algo fijo, pues. Pensamos también en obras encuadernadas en papel, obras que descansan en anaqueles, en armarios o vitrinas. ¿En papel, he dicho? Desde la antigüedad vemos multiplicarse el número de los soportes: papiro, pergamino… Materiales inertes. Manuscritos o impresos, esos textos no palpitan, no crecen ni propiamente mueren. Sin embargo, su soporte envejece. Si de papel hablamos, las páginas se cuartean y amarillean, sus bordes se mellan, en su superficie anidan insectos u hongos que invaden lo escrito: las tintas pueden desleírse. Si eso ocurre, se perderán las frases, los versos, las fórmulas, las ilustraciones, las miniaturas, las viñetas.
   Pero los libros no son seres vivos, sino objetos fina o burdamente cosidos o pegados. Podrían permanecer olvidados en ese inmueble durante siglos sin que cobraran vida: una vida metafórica, se entiende. Para que se reanimen necesitamos a alguien que tome el libro en sus manos, que examine sus cubiertas y su lomo, que lo abra y que empiece a leerlo desde el principio. O que lo destripe saltando entre sus apartados. Necesitamos a alguien que active lo que permanecía muerto. Necesitamos, en fin, a un individuo que sepa descifrar lo que hay en esas páginas, su orden alfabético, la lengua en que están escritas.
   Pero necesitamos también otra clase de código: la combinación que las obras tienen entre sí, el vínculo que ata a un volumen con otro. Un libro no está solo, está en vecindad azarosa o lógica: con otros tiene relación y con otros se pone en sucesión, en movimiento. Eso es también una biblioteca, volúmenes alojados que tienen entre sí algún parentesco. Un estante los dispone verticalmente y de ellos distinguimos el lomo, que suele tener los datos precisos para individualizar la obra. O no: quizá de ese lomo o de la cubierta han desaparecido los títulos y los epígrafes, cosa que dificulta su rápida identificación. Aun así, dichos libros estarán colocados a partir de algún criterio. ¿Para qué? Para que el custodio o el beneficiario de la biblioteca puedan encontrarlos en el sitio previsto. Unos catálogos, incluso, precisarán los fondos que allí se reúnen, su emplazamiento e incluso las razones de su cohabitación.
   Una biblioteca necesita a alguien que ordene y vigile, que asegure las existencias y las nuevas incorporaciones; pero necesita también a un lector, a alguien que acuda a dicho recinto para consultar unas páginas o para tomar en préstamo una obra, para completar de principio a fin un volumen o para echar una ojeada, a la caza del dato concreto que busca. Quien acude allí, propietario o usuario, no sabe o no recuerda lo que sabía; no dispone de un conocimiento concreto o ha perdido lo que en tiempos retuvo. Las obras impresas o manuscritas de que disponemos en una biblioteca nos salvan, pues, de nuestras ignorancias o de nuestros olvidos. En el Fedro de Platón se oponían serios reparos a la escritura: fiándolo todo a la palabra escrita, no ejercitaremos el recuerdo.
   "Ella no producirá sino el olvido en las almas de los que la conozcan, haciéndoles despreciar la memoria; fiados en este auxilio extraño abandonarán a caracteres materiales el cuidado de conservar los recuerdos, cuyo rastro habrá perdido su espíritu. Tú no has encontrado un medio de cultivar la memoria, sino de despertar reminiscencias; y das a tus discípulos la sombra de la ciencia y no la ciencia misma. Porque, cuando vean que pueden aprender muchas cosas sin maestros, se tendrán ya por sabios, y no serán más que ignorantes, en su mayor parte, y falsos sabios insoportables en el comercio de la vida".

   METÁFORAS DE LA LECTURA
   Son numerosas las metáforas de la lectura. Una, por ejemplo, la de la docencia sin preceptor. Otra, la del viaje sin desplazamiento físico. Si aprender muchas cosas sin maestros es el efecto de la lectura, entonces la biblioteca sería una escuela sin docentes, un espacio en el que silenciosamente nos instruimos. ¿Silenciosamente? No siempre fue así. La aparición de la imprenta permitió la lectura individual: al multiplicarse el número de los libros, se facilitó el aislamiento del usuario. La lectura silenciosa y retirada en bibliotecas o gabinetes particulares sería, así, como un viaje en el que cada uno podría dar salida a sus fantasías. Al leer una obra ya no sería preciso moverse: ya no deberíamos partir. Alguien ha anotado en el libro la experiencia individual de un tránsito que hizo y de la que nosotros nos apropiamos, sin necesidad de desplazarnos físicamente. Es más: los libros pueden incluso relatar viajes que nadie ha hecho o consumado, traslados que ningún individuo ha emprendido. Eso son las obras de ficción.
   Con la biblioteca peligra la memoria, leemos en Platón, como peligra también la experimentación directa. La lectura daña la aventura humana: nos hace sedentarios y fantasiosos, víctimas de experiencias vicarias y falsas, eso decía Voltaire. En una de sus Cartas filosóficas, el pensador deploraba la afición novelesca que el público tenía. Para uno que lee filosofía, decía, hay veinte que leen ficciones. A su juicio, esa inclinación por las novelas mostraría un ensanchamiento erróneo de la experiencia: nada habría que pudiera garantizar la validez de lo aprendido o sabido. Si la imaginación no se corresponde con el mundo externo, ¿no estaríamos entonces sustituyendo lo real por su fantasmagoría? ¿Llamaríamos a eso el saber? La contestación en el Fedro está clara. ¿Pero cuál es nuestra respuesta? La biblioteca no es eso: es un dispositivo que nos hace más autónomos, menos dependientes de lo real. Digo lo anterior y voy a parar al ejemplo más extraño que pueda recordar. Es fruto de la ficción, sí, pero merecería ser el epítome de todas las bibliotecas.
   Acompañemos al capitán Nemo a bordo del Nautilus. Estamos en el siglo XIX, siempre después de 1865. El buque submarino es un ingenio mecánico dotado de todos los avances técnicos. Y lo es para un individuo que ha dado la espalda al mundo. ¿Ha dado la espalda al mundo? El Nautilus es su guarida, el cobijo desde el que mira las profundidades abisales y las superficies marinas. El navío dispone de adelantos, pero sobre todo tiene una biblioteca de amplios anaqueles sobre los que reposan gran número de libros. Nemo ha conseguido reunir doce mil volúmenes, un gran repertorio que allí está desde que el submarino se sumergiera por primera vez. "Desde entonces", precisa el capitán, "quiero creer que la humanidad ya no ha pensado ni escrito más". Las obras están dispuestas, además, según "una clasificación aleatoria (…), y esa mezcolanza probaba que el capitán del Nautilus habitualmente debía leer los que su mano tomaba al azar".
   Curiosa circunstancia. Por un lado, el saber de la humanidad, el recuerdo escrito de sus avances cabe en la sala habilitada de un submarino, dispuesta con todas las comodidades para hacer de la lectura una dicha sustitutoria y un conocimiento completo. Por otro, la sucesión de los libros depende directamente del usuario, de sus necesidades mudables e inconstantes, las de quien busca y finalmente halla. No hay sedentarismo en Nemo, cuya divisa, mobilis in mobili, distingue al lector que avanza y descubre. Hay voluntad de saber, instalado en su puesto de mando, en su observatorio, en esa biblioteca móvil que se desplaza hacia destinos propiamente literarios.