Mostrando entradas con la etiqueta Palestina. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Palestina. Mostrar todas las entradas

miércoles, 20 de mayo de 2015

PRENSA. "De la huida al éxodo: cuatro historias de la Nakba palestina"

   En "eldiario.es":

De la huida al éxodo: cuatro historias de la Nakba palestina


El 15 de mayo el pueblo palestino conmemora la Nakba, la huida de sus hogares ante la llegada de grupos de sionistas armados en la guerra de 1948
Mdalale, Khadram, Ibrahim y Zaki cuentan cómo escaparon de sus casas hace 67 años y el exilio que continúa en la actualidad
"Nos estábamos muriendo de hambre. Aquí en Gaza no había nada, solo palmeras y unas pocas zanahorias", cuenta Ibrahim

Mdalale al-Buheisi abandonó su casa de madrugada con su familia, cuando oyeron los disparos de los soldados israelíes. / Isabel Pérez.
Mdalale al-Buheisi abandonó su casa de madrugada con su familia, cuando oyeron los disparos de los soldados israelíes. / Isabel Pérez.
1948. Un año después de la resolución 181 de la ONU sobre la Partición de Palestina en dos Estados, los planes sionistas de colonización de Palestina avanzaban a pasos agigantados, a pesar de la presencia de tropas árabes. El 14 de mayo de ese año se declaraba en Tel Aviv la creación del Estado de Israel.
El 15 de mayo, los palestinos comenzaban la huida en masa de sus hogares ante la llegada de grupos de sionistas armados. Ese día comenzaba la Nakba, la catástrofe del pueblo palestino que 67 años después sigue disperso en el exilio, esperando el derecho al retorno reconocido por la ONU en la resolución 194.
"Este mes, 15 mayo a 15 junio, podemos traer 10.000 inmigrantes como queramos. Nos han dado dos opciones. Para el día 25 del mes, 2.180 inmigrantes llegarán desde Europa (770 legales), "Kedma" (el buque Zim Line) traerá otros 400. Anteayer otro barco salió de Italia con 500 inmigrantes. Todos juntos son 13.000. La gente de "Inmigración Ilegal" quiere 150.000 libras palestinas por las dos naves."
11 de mayo de 1948. Diario de David Ben-Gurion
Presidente de la Organización Sionista Mundial 1946-1956

Huir con lo puesto

Mdalale al-Buheisi tenía 21 años cuando sucedió la Nakba. Vivía en Asawafeer, la actual Shapira. En mayo de 1948, junto a su marido, sus dos hijas de 2 y 4 años y su hijo recién nacido huyeron de casa ante la inminente llegada de las milicias judías. Las familias se refugiaron a las afueras del pueblo, en huertos, debajo de los árboles.
"Vimos una fila de vehículos que se dirigía al pueblo, disparaban hacia todos lados. Nuestra casa estaba al lado de la carretera que lleva de Assawafeer a al-Maydal y Gaza. De madrugada, oímos un cañón y entonces nos escapamos de casa hacia tierra abierta. Corrimos. Era todo muy caótico. Yo me caí con mi hijo en brazos. Hacía solo tres días que había dado a luz y estaba todavía muy débil", cuenta Mdalale.
Cuando el hambre y la sed comenzaron a apretar, los adultos y jóvenes emprendieron la peligrosa aventura de volver a sus casas en busca de alimentos almacenados, harina y agua para salir de nuevo corriendo bajo el fuego israelí. Tras recoger los granos de la cosecha, la mayoría de la gente decidió partir hacia al-Faluja donde se encontraban las tropas egipcias. Los bombardeos israelíes eran cada vez más intensos y cercanos.
"Oímos los gritos de la gente cuando bombardearon el huerto del 'Alami. Así que decidimos partir hacia la Franja de Gaza, a Deir al-Balah –explica Mdalale–. Allí hicimos unas chozas. Éramos 15 personas. Tres o cuatro meses después aparecieron las Naciones Unidas y nos trajeron tiendas blancas, una tienda para cada cinco personas. Si eran menos personas, la tienda se dividía. En ese mismo campo de refugiados sigo viviendo ahora".

"Teníamos miles de dónums y dos casas de piedra"

A Zaki al-'Atawna la Nakba le sorprendió con 14 años. Este beduino conocía al dedillo las rutas para infiltrarse desde Gaza a territorio ocupado por Israel, de ahí que trabajara durante años con Mustafa Hafez, oficial del Servicio de Inteligencia egipcio en la época de Gamal Abdel Nasser.
"Bajo el Mandato Británico, si te encontraban una sola bala te encarcelaban seis meses, si te encontraban un rifle te destruían la casa", relata Zaki. "Algunos compraban rifles de los egipcios, aunque los rifles eran de mala calidad. Los judíos tenían armas modernas, aviones, ...".
El día que los armados judíos entraron en su pueblo, al-Jammama, cerca de Sderot, todos salieron corriendo, sin coger enseres ni dinero, dejando atrás hectáreas de tierras fértiles que no volverían a trabajar.
"Nosotros teníamos miles de dónums y dos casas de piedra", asiente Zaki con la cabeza en un gesto de incomprensible injusticia. "Vivíamos de la agricultura y la ganadería. No necesitábamos nada de fuera, solo el café y algunas pocas cosas más. Incluso las telas las fabricábamos nosotros".
Zaki recuerda que, un año después de llegar a Gaza, la ONU comenzó a distribuir ayuda alimentaria cada 15 días. Más tarde levantaron tiendas, pero con la llegada del frío y la lluvia algunos refugiados tuvieron que meterse en mezquitas.
"Finalmente, la ONU construyó habitáculos de 4 metros cuadrados para dos personas y de 9 para cinco personas, cubiertos con tejas –detalla Zaki.– Los baños estaban en la calle, no había duchas. Había lugares para hacer las necesidades en la calle".
Zaki y su familia esperaron 17 años hasta que la ONU construyó la casa donde viven actualmente en el campo de refugiados de Jabalia.

"Nos estábamos muriendo de hambre"

Ibrahim Abu 'Abde nunca olvidará el hambre que pasaban y cómo recogían plantas y hierbas para sobrevivir. En aquella época tenía 18 años.
"Arriesgábamos la vida para ir a por madera seca por la noche. Vi cadáveres y cómo los pájaros carroñeros comían sus cuerpos", cuenta Ibrahim. "Nos estábamos muriendo de hambre. Aquí en Gaza no había nada, solo palmeras y unas pocas zanahorias. Había un puesto militar egipcio y nos daban poca comida, arroz, harina, pero no era suficiente. La ONU tardó en darnos ayudas. Lo único que hacía la ONU entonces era abrir el paso con sus jeeps blancos y sus banderas blancas entre nosotros y los judíos, y contar cuánta gente asesinaron los judíos".
 Ibrahim Abu 'Abde no confía en un retorno cercano a la que fue su casa, ahora bajo dominio israelí./ Isabel Pérez.
Ibrahim Abu 'Abde no confía en un retorno cercano a la que fue su casa, ahora bajo dominio israelí./ Isabel Pérez.
Ibrahim había visto cómo, meses antes, barcos de judíos atracaban en los puertos de Palestina. Él intuía que algo iba a suceder. En cuestión de días se convirtieron en apátridas, expulsados de su tierra y pasaron a depender totalmente de las ayudas de la ONU.
El caso de Khadra Abula'yim, que con 7 años se vio huyendo sola sin su familia, no es el único. Las milicias sionistas irrumpieron de repente en el Hawakeer y, en cuestión de minutos, todo el mundo huyó.
"Era temprano por la mañana. Llegaron alrededor de diez vehículos blindados disparando. Todos comenzaron a correr. Los blindados iban hacia el asentamiento de Kfar Darom que estaba sitiado por los egipcios y unos beduinos. Yo los veía a lo lejos. Cuando me di cuenta de que estaba sin mi familia seguí a la gente. Llegué al mar de Gaza y vi a una vecina con su camello. Ahí esperamos un rato y luego me llevó a buscar a mi familia", relata Khadra.
Ibrahim Asayyed tenía la misma edad que Khadra. Trabajó como taxista durante los años 70 y 80 y pasaba a menudo cerca de donde se encontraba su casa y sus tierras en Masmiyya, ahora convertidas en base militar cerca del aeropuerto de Ben-Gurion.
Con lágrimas en los ojos Ibrahim cuenta lo que sucedió ese trágico día. "Oímos un fuerte estruendo. Mis hermanos estaban con los combatientes palestinos y llegaron y nos dijeron que los judíos estaban sitiando el pueblo con tanques. El mokhtar (el patriarca del pueblo) nos dijo: o salimos o nos rendimos. La gente tenía miedo de que ocurriera otra matanza como la de Deir Yassin".
Huyeron hacia al-Faluja mientras los aviones israelíes seguían bombardeando. Todos pensaban que era cuestión de una semana y luego volverían a sus casas, pero pronto se encontraron de nuevo escapando. La familia de Ibrahim entró a Gaza por el barrio de Shija'yyah donde se instalaron primeramente. Luego marcharon a al-Bureij, un campo militar egipcio en el centro de la Franja de Gaza, después se reinstalaron en una tienda de la ONU.
Khadra Abula'yim vivió la Nakba con 7 años y tuvo que huir sola. / Isabel Pérez.
Khadra Abula'yim vivió la Nakba con 7 años y tuvo que huir sola. / Isabel Pérez.
"Íbamos a la escuela pública que habían dividido en dos turnos. El invierno era muy frío y la ONU distribuyó ramas de palmeras para que hiciéramos chozas con adobe. Otros ocuparon habitáculos del campo militar cubiertos por placas metálicas", explica Ibrahim.
Baños colectivos y poco jabón. Escasa comida repartida por la ONU. La vida en Gaza era una pesadilla para todos los refugiados palestinos.

67 años después

Para Ben-Gurion, el plan era garantizar que los palestinos nunca regresaran a sus hogares. "Los viejos morirán y los jóvenes olvidarán", dijo en su día. Sin embargo, 67 años después de la Nakba, el dolor del desarraigo sigue vivo entre los refugiados palestinos, incluso entre la cuarta generación.
"El año pasado, cuando fui a rezar a Jerusalén, pasamos por mi antigua casa", relata Mdalale. "Le dije al conductor que marchara despacio. Ahí estaba la puerta de mi casa. Me vinieron a la cabeza muchas memorias y también mucho dolor".
Khadra, en cambio, nunca ha vuelto a ver su antigua casa. "Yo quiero volver, aunque sea solo por un día o unas horas. Si yo no lo consigo espero que al menos mis hijos o los hijos de mis hijos lo consigan un día", afirma.
La mayoría de los ancianos refugiados saben que el derecho al retorno no sucederá pronto. "Yo no me engaño a mí mismo –confiesa Ibrahim Assayed–. Sí , creo en el derecho al retorno, pero necesita fuerza y conciencia, no mentiras".
Para Zaki, "no hay una solución política solo resistencia. La solución política sería que nosotros volviéramos a nuestra tierra. Yo estoy dispuesto a compartir mi tierra y vivir en paz con los judíos".

sábado, 25 de abril de 2015

PRENSA. "TESTIGOS DEL OLVIDO". "Palestina". Martín Caparrós

Foto de Juan Carlos Tomasi

   En "El País Semanal":
PALESTINA
   Martín Caparrós


Todo pasó en cinco minutos. Eran como las tres, estábamos durmiendo y nos despertó el ruido de los coches que paraban; mi esposo me dijo ahí están, buscan a algún vecino. Yo le dije duérmete y pensé uy dios, por favor ayuda a la madre del que vienen a buscar. Lo pensé, no sabía y lo pensé. Y entonces escuché los golpes en mi puerta. Mi esposo se levantó de un salto, les abrió la puerta; yo también salí, ni siquiera me cubrí, salí así como estaba y me vieron todos, qué vergüenza. Mi esposo les preguntó qué querían y uno dijo venimos a buscar a Leith.
Eran como quince, había soldados, policías, policías de civil con armas largas, capuchas, yo tenía mucho miedo. Ellos sabían cuál era su cuarto: directo varios fueron para ahí, los demás se quedaron apuntándonos, dando vuelta las cosas, dando gritos. A Leith lo sacaron con las esposas puestas, la cara que tenía, pobrecito. Yo les pregunté por qué se lo llevaban y uno me dijo no, nada, unas preguntas y se lo devolvemos. Entonces yo les dije que si le querían hacer preguntas yo tenía que estar presente, porque Leith es menor, tenía 14 años. Me dijeron sí, venga a la cárcel cuando quiera, y se fueron sin decirme más nada. Entonces mi marido y yo vinimos y nos sentamos, en estos sillones nos sentamos, uno frente al otro y yo pensaba qué fue todo esto, ¿una pesadilla? ¿Ahora me voy a despertar? Me parecía que no podía ser cierto, le dije a mi marido no es cierto que se lo llevaron, ¿no? Dime que no es cierto. Y él me dijo sí pero no te preocupes, a la mañana lo vamos a buscar, no te preocupes, es un chico, no le van a hacer nada; a la mañana nos lo van a devolver. Y yo lo escuchaba y no podía ni llorar. No sé por qué, quería llorar y no podía. Trataba, pero no podía”.
Hanan es la madre de Leith, que fue, el año pasado, cuando lo detuvieron, el preso político más joven del país. Las autoridades israelíes dijeron que Leith participó en manifestaciones, que tiró piedras a unos soldados en la entrada del campo, que era peligroso para Israel y debía estar encerrado: le pidieron dos años de cárcel. Lo condenaron a nueve meses más tres años de condicional.
–¿Cree que Leith atacó a los soldados?
–¿Honestamente? Sí, yo creo que lo hizo. Pero es un chico de 14 años y los soldados insultaban a su madre.
–¿Qué decían?
Hanan no quiere repetirlo; palabrotas, dice, palabras muy malas. Le decían esas cosas y él tenía que reaccionar, ¿qué podía hacer? Suenan gallos, varios gallos –o un gallo persistente.
–¿O sea que se peleó por defender a su madre, no a su patria?
–No, no solo. También vio cómo los soldados golpeaban a varios de sus amigos, y eso tampoco pudo soportarlo.
Hanan tiene una túnica negra con bordados plateados y un hiyab turquesa, los ojos muy oscuros. Viene de una familia acomodada; en 1996 se fue a Miami y estudió Negocios, se casó, tuvo sus dos primeros hijos. En 2004 decidieron volverse: South Beach les parecía un lugar peligroso para criar chicos. Ahora, su marido tiene un restorán y los dos tienen dos hijos más y todos viven en el campo de refugiados de Shuafat, en Cisjordania. Un campo de refugiados no es un campo; es una ciudad bien tercermundo, las calles angostas llenas de gentes y de coches viejos y de cables colgando, los frentes de las casas sin revoque –como si todo fuera provisorio: 50, 60 años provisorio. Por fuera, la casa de Hanan parece a medio hacer; por dentro tiene su equipo de música, su plasma, una cocina grande y bien provista, los sillones: esos sillones gordos, orondos, que son la marca del éxito en tantos países donde el calor los hace tan incómodos.
–Leith no se va a olvidar nunca de lo que le hicieron. Le pegaron mucho, lo tenían días y días sin dormir, lo pateaban para despertarlo; todavía se despierta sobresaltado cada noche. Nunca se va a olvidar. Y yo tampoco.
Hay una guerra. Como en toda guerra hay intrigas, héroes, ratas, fanáticos, intereses, corazones que ignoran la razón
Hay una guerra. A veces la pelean con armas, otras veces con piedras, con palabras, con acuerdos de paz, con bombas varias, con miradas, golpes, esperanzas, con rezos, con abrazos. Hay una guerra porque hay dos pueblos que quieren la misma tierra. Uno tiene un Estado que lo estructura, un ejército que lo defiende; el otro no. Ambos enarbolan sus derechos: la historia, tradiciones, mitos.
–O sea que hay tres posibilidades: o esa tierra se reparte en dos, o los dos viven juntos en ella, o uno de los dos echa o extermina al otro. En general la que prima es la tercera opción, pero digamos que no la queremos. Dice Marius Schattner, 71, periodista franco-israelí, ex maoísta, ex sionista de izquierda, varios libros sobre la cuestión.
–La coexistencia es muy difícil y supondría un Estado con ciudadanos de primera, los israelíes, y ciudadanos de segunda, los palestinos, una segregación, si no un apartheid. El reparto en dos Estados es la opción más lógica; la fuerza principal que se le opone es el Estado de Israel, el Gobierno israelí, que produce hechos –las ocupaciones, las nuevas colonias– que lo hagan imposible.
Hace décadas que colonos judíos empezaron a construir casas y ocupar espacios en los territorios ocupados, supuestamente palestinos, pero el movimiento se aceleró en los diez últimos años. Ahora hay por lo menos 300.000 en Cisjordania, 200.000 en Jerusalén Este: medio millón de personas, una masa crítica difícil de expulsar.
–Hace unos años los colonos eran una franja extrema de la población judía. Hoy es una corriente central, que ocupa cada vez más lugar en las conciencias y en el Gobierno del Estado. Dice Micha Kurz, 32, enérgico, sonriente, israelí, judío askenazí, activista de organizaciones palestinas.
Hay una guerra. Como en toda guerra hay intrigas, héroes, ratas, fanáticos, intereses, desinteresados, razones que la razón ignora, corazones que ignoran la razón. Como en toda guerra, todos tienen razón y ninguno la tiene. (Marius me contó un cuento: la mujer del rabino le dice Shlomo, no te entiendo. Primero vino el zapatero y te dijo que había peleado con el panadero y le dijiste que tenía razón; después vino el panadero y te dijo que había peleado con el zapatero y le dijiste que tenía razón. A mí no me parece que les puedas decir a los dos que tienen razón.
–Mujer, tienes razón.
Hay una guerra y a veces los que intentan disimularlo lo consiguen. Salvo en Hebrón: aquí, está claro, hay una guerra. Hay una guerra y no hay otro lugar donde esta guerra esté tan marcada en el espacio. Hebrón es la ciudad más grande de Cisjordania: un cuarto de millón de palestinos a 30 kilómetros de Jerusalén. Hace diez años la calle Shohada –la calle de los Mártires– era el corazón de Hebrón: el mercado en medio de la ciudad vieja, miles y miles de personas comprando, vendiendo, encontrándose.
Micha la recuerda su primer día de soldado, 2001, cuando tenía 18: un sargento les mostró desde su puesto de control el mercado, todavía vivo, todavía bullendo, y les señaló la multitud de palestinos allá abajo y les dijo que eran todos posibles terroristas y que todos, absolutamente todos ellos los odiaban. Que no se descuidaran. Que no se contuvieran. Que su tarea era mantener “estéril” el área que les habían asignado –estéril significaba limpia de árabes– para proteger a Israel y a los colonos israelíes.
Poco a poco, Micha fue descubriendo que su papel no consistía en proteger a los colonos que avanzaban sobre las tierras palestinas sino en ayudarlos en su avance, y que para eso tenía que hacer cosas como patear puertas de casas palestinas al filo de la madrugada, patear cuerpos de jóvenes palestinos a la hora que tocara.
Ashraf es palestino. Ashraf es un tipo musculoso, 30 años, mandíbula potente, la mirada severa, pero los ojos se le empañan cuando recuerda aquella noche de septiembre de 2006 en que soldados entraron a los tiros en su casa, lo ataron, se lo llevaron vendado y esposado. Y más cuando recuerda los 64 días de interrogatorios, los golpes, la confusión, la celda de aislamiento y, sobre todo, esa máquina que le inmovilizaba la cabeza para que gotas de agua helada le cayeran sin pausa en el mismo lugar entre sus ojos y lo cortaran como un cuchillo de hielo y le infligieran un dolor que no podía soportar y soportaba. (Alguien, alguna vez, tendrá que reflexionar sobre el lugar del agua en las torturas cool contemporáneas, ésas que Estados Unidos dio por buenas).
Ashraf estudiaba entonces en una Facultad islámica y no me quiere decir por qué se lo llevaron: me dice que alguna vez podrá, pero no todavía. Mientras, dice que lo más duro fue cuando lo pusieron en una celda con palestinos colaboradores –que allí llaman “los pájaros”– y que él les dijo cosas que había callado bajo el agua porque creyó que eran amigos, que eran compañeros, y cuando entendió que esos traidores lo habían llevado a traicionarse no conseguía entender que hubiera palestinos que hicieran esas cosas y que eso le dolió más que el dolor y más los ojos, más se le humedecen, más la voz se le rompe: que nada, en los cinco años que después pasó preso, acusado de militar en Hamás, fue tan tremendo como eso. Y que por eso –quizá por eso– salió de la prisión tan paranoico, desconfiando de todos y de todo, y que no soportaba y por eso –supongo que por eso– cuando le pregunto qué va a hacer ahora, si va a seguir peleando, me dice que aquello fue un momento de su vida y que ahora es distinto pero el brillo de los ojos lo desmiente y no sé si creerle: también eso es un efecto de la guerra.
Hace diez años la calle Shohada era el corazón de Hebrón: ahora es un desierto. Todo alrededor, calles desiertas. Desiertas: casas vacías, los negocios cerrados, el silencio, algún pájaro, un motor a lo lejos; no hay coches, no hay personas.
En el corazón de Hebrón hay 1.000 colonos que ocupan unas 200 casas. Para protegerlos, la zona fue vaciada, llenada de bloques de cemento, soldados que patrullan. En otras casas todavía quedan palestinos pero casi no salen: solo lo indispensable. Sus calles están cubiertas con una red metálica porque desde sus casas los colonos solían tirarles piedras, botellas, lo que fuese; ahora, por la red, tiran agua servida.
Y todo está callado, abandonado: muerto. Es un paisaje como no he visto igual: el espacio vacío, la rudeza del sol, muchos soldados. Entre las calles inaccesibles se fue armando una tierra de nadie, casas de cinco o seis siglos donde intentan vivir algunos palestinos, donde no hay policía, donde pululan traficantes y unos perros salvajes que atacan a los chicos.
Cuesta ver que el derecho no es de verdad un ojo. Musrab lo perdió hace menos de un año: caminaba con su madre y su tía y sus dos hermanitas menores por una ruta en las afueras de Hebrón donde unos chicos palestinos tiraban piedras a soldados. ¿Por qué tiraban piedras? “Bueno, no sé, pasa muy a menudo”, me dirá ahora Heyam, la madre de Musrab, y que los soldados empezaron a disparar balas de goma y que ellos estaban lejos de los chicos, en otra dirección, pero igual les tiraron y que una bala le pegó a Musrab justo en el ojo. Musrab se cayó al suelo, se agarraba la cara, sangraba. La ambulancia tardó una eternidad, en el primer hospital lo derivaron, en el segundo también; esa misma noche en Jerusalén un doctor le dijo a Heyam que habían hecho todo lo posible pero que habían tenido que sacarle el ojo.
La adaptación fue larga, dolorosa. Musrab chocaba con las cosas, se caía, se desesperaba. En la escuela ya no reconocía las letras, se desesperaba. No quería hablar de su ojo emparchado; cuando le preguntaban se enojaba, gritaba, se desesperaba. Recién cuando le sacaron el parche y le pusieron en su lugar un ojo artificial, muy parecido al suyo pero quieto, Musrab entendió que nunca volvería. Entonces le dijo a su mamá que bueno, que no le importaba, pero al primer compañero de clase que le dijo “ojosolo” le pegó –le pegó bien, con la rabia de todos esos meses.
–Es una maldición para quien lo sufre – dice Merafe.
–Y nunca más me dijeron nada.
Dice, ahora, en la calle delante de la casa familiar, y se refriega el ojo que no tiene. Yo cierro uno para ver el mundo como lo ve Musrab: no es medio mundo, es un mundo chato, interrumpido por la propia nariz, truncado.
–¿Y tienes algún amigo israelí?
–¿Yo? ¿Por qué? ¿Para qué?
Musrab es musculoso y le pega bien a la pelota y tiene un sistema para bajar las escaleras con los dos pies juntos, a los saltos. También tiene el pelo corto, los labios finos, un equipo de gimnasia azul oscuro, el ojo menos, ocho años.
–¿Te acuerdas de ese momento?
–Sí, claro. Estaba todo lleno de soldados.
El azar siempre decide demasiado. Pero en las guerras exagera.
Es difícil para un muchacho no tirar piedras a los soldados ocupantes; es difícil para un país que se defiende no contener a esos muchachos.
Nada de esto pasaría si ellos no tiraran piedras, me dijo después un amigo israelí y, a su manera, también tenía razón. Son lógicas muy lógicas: es muy difícil para un muchacho que crece viendo su país ocupado no tirarle una piedra a los soldados ocupantes; es muy difícil para un país que ocupa y se defiende no intentar contener a esos muchachos.
–La mayoría de mis amigos no saben lo que pasa. Están muy ocupados con sus cosas.
Que a sus amigos todo esto no les importa mucho porque están muy concentrados en sus carreras e hijos e hipotecas, dice Micha, y que si vives en Tel Aviv o Haifa puedes pasar de todo esto o intentarlo y que, de todos modos, ellos están convencidos de que los palestinos son bestias sanguinarias que solo quieren destruir el Estado de Israel, así que lo que les caiga les estará bien empleado.
–Necesitan creerlo, les conviene creerlo.
Dice, y que las provocaciones de los colonos sirven para reafirmar esa idea –para forzar a los palestinos a reaccionar con violencia– y, así, justificar cualquier ataque. Y que si unos extremistas quieren hacer eso allá ellos, que lo terrible es que el Ejército israelí los ayude. Que por eso, cuando terminó su servicio militar decidió dedicar su vida a denunciarlo.
Del otro lado del check-point –las armas, el cemento, los alambres– la ciudad resucita, el mundo otra vez vivo. Difícil pero vivo. Y entonces la violencia –el placer de la violencia– con que me echan de una mezquita porque no soy uno de ellos y se acabó el horario para los extranjeros. El gozo de decir yo soy quien manda aquí no tiene religión, no tiene patria.
Hay una guerra y, como en tantas guerras, los dioses son la excusa. Los colonos insisten en que tienen derecho a vivir en Hebrón porque su dios les dijo: “Dios creó todo el mundo pero su cuartel general está aquí”, dice un rabino colono en un documental. “Nosotros creemos en la promesa de Dios, que le dio esta tierra al pueblo judío. Si hay gente que quiere venir a vivir aquí como huéspedes, que sean bienvenidos, pero si creen que pueden gobernarla, es imposible”.

En medio de Hebrón, en medio del conflicto, la mezquita de Ibrahim, sinagoga de Abraham: allí están, dicen, las tumbas de Isaac y Rebeca y Lea y Jacob y Sara y Abraham. Es un gran edificio que empezó a construirse dos mil años atrás y se siguió construyendo desde entonces. Durante siglos fue mezquita; cuando Israel ocupó Cisjordania en 1967 se quedó con una parte para hacerla sinagoga. Algunas de las decoraciones más antiguas de la mezquita repiten un motivo conocido: la estrella de David. Pero su nave principal está llena de cámaras de vídeo porque no solo Dios quiere ver todo.
En medio de la nave, a medias entre la zona judía y la musulmana, un cuarto encierra el túmulo donde dicen que está enterrado Abraham. Sus entradas están clausuradas; hay que mirarlo por una de las dos ventanas, la del lado judío, la del musulmán. Los vidrios, faltaba más, son a prueba de balas. Judíos y musulmanes veneran al mismo muerto amenazándose.
Hay muchos otros momentos en que israelíes y palestinos –o mejor, judíos y musulmanes radicales– se ven, con perdón, tan parecidos. Digo, por ejemplo, cuando pasan esos hombres musulmanes o judíos caminando, sus mujeres detrás y muy tapadas, inundadas de niños, sometidas: tan voluntariamente sometidas.
Ya lo habían hecho muchas veces. Llevaban un par de años cruzando la frontera en ese valle, no muy lejos de Hebrón, donde la vigilancia solía relajarse y el alambrado tenía agujeros. Más de una vez se habían preguntado por qué tanto descuido; nunca pensaron si sería a propósito.
Iban a trabajar a Israel. No tenían permiso, porque para tenerlo habrían debido ser mayores de 25, casados, algún hijo. Noor y su hermano y su primo tenían 21, 22. En la costa les pagaban unos 200 shekels –40 euros– por día de albañilería y en un mes podían trabajar diez o doce días; en territorio palestino el trabajo era escaso y mucho peor pagado. A sus patrones también les convenía: los palestinos sin permiso les cuestan la mitad que un obrero con papeles. Si los descubren deben pagar multas; muchos se arriesgan.
Noor no siempre la pasaba bien. A veces caía en algún control policial, le pegaban, lo devolvían a Cisjordania; a los pocos días cruzaba de nuevo. Hasta esa tarde de noviembre: Noor se arrastraba bajo el alambrado cuando sintió el relámpago en la pierna. Pensó que debía ser un golpe de electricidad: que el alambrado le había dado una descarga. Tardó un momento en ver la sangre, los pedazos de pierna colgándole del pantalón roto. Le habían acertado una bala explosiva.
El dolor tardó en llegar; cuando llegó, nada dejó que no doliera. Noor gritaba, se agarraba la pierna, se retorcía en el suelo. Varios soldados lo rodearon, le apuntaban; uno le dijo que había tenido suerte, que la próxima vez tirarían a matarlo.
La operación duró casi seis horas: Noor tenía la tibia y el peroné de la pierna derecha hechos pedazos. Todavía le quedaban otras tres cirugías, dos meses en el hospital, la recuperación que no termina. Noor sabe que quizá nunca camine como antes, y los dolores lo persiguen. Por lo menos, dice, ya no tiene esas pesadillas espantosas en que la bala volvía y volvía.
Noor tiene el pelo muy corto, las cejas gruesas, la palabra difícil: busca, tarda, no siempre las encuentra. Tiene un rictus constante entre la pena y la extrañeza: como quien no entiende o, mejor, preferiría no entender lo que sí entiende. Sabe, entre otras cosas, que nunca va a poder volver a trabajar en Israel. Ningún miembro de su familia va a poder: en la oficina de permisos les dijeron que nunca se los darían porque si cruzaban quizá trataran de vengarse.
–¿Y ustedes tratarían de vengarse?
–No, qué vamos a hacer. Si tratamos de vengarnos podrían tirarnos abajo la casa. Yo no quiero más líos, quiero estar tranquilo. Yo ahora sé lo que te hacen si les traes problemas.
Los trabajos se mezclan y se intrincan: los dineros. Aquí mismo en Hebrón un empresario palestino fabrica buena parte de las botas que usan los soldados israelíes.
–Bueno, aquí ya casi nadie le habla. Pero se ve que la plata le hace olvidar los sinsabores. Me dice Samir, mi guía. También se mezclan las condenas: Rania me cuenta la tristeza, la sordidez de tener que hacerse cargo de la prisión de su hijo Ahmad, 16 años:
–Lo condenaron a dos años y, como era menor, le dieron prisión domiciliaria. Entonces yo, su madre, soy la responsable de que no salga de la casa. Yo soy su carcelera, me entiende, yo tengo que ser su carcelera, yo, su madre.
El problema, una vez más, son los principios: comparar la actitud de Israel con sus propios principios. No con un Estado belicoso y represor sino con un proyecto de país democrático, socializante, surgido para lavar la peor represión de los tiempos modernos.
–Cuando los ingleses colonizaban lo hacían en nombre de la civilización; los franceses, de los derechos humanos; los españoles, de la religión. Los israelíes colonizan en nombre de las víctimas: victimizan a otros, legitimados por su antigua condición de víctimas. Y lo más curioso, en un caso como el de Hebrón, es que se vuelven a convertir en víctimas: ellos mismos instalan un gueto judío armado en medio de una población de miles y miles de personas que los odian. Es la víctima la que manda, la víctima-verdugo, un invento tan raro.
Dijo Marius, aquella vez, y la risa le sonó muy amarga.
"El problema es que no puedo hacer nada. Solo pienso que como madre tengo que criar buenas personas"
Centro de Hebrón, el sol que raja, las cuatro de la tarde, un soldado israelí –moreno, casi niño, lampiño, los ojos legañosos– se hamaca en una hamaca de jardín que alguien dejó en un descampado. Debe estar de servicio: tiene sobre la falda una de esas ametralladoras tremebundas y está casi dormido: calor, el balanceo. De pronto, desde tantos rincones, alauakbar, diez o quince muecines llaman a la plegaria. El aire se le llena de voces enemigas. El chico se sobresalta, sacude la cabeza, aprieta con las manos el arma, mira nervioso hacia los lados. Los gritos crecen, alauakbar. El chico sigue mirando, nervioso, a los costados.
Hanan me cuenta que cuando los soldados se llevaron a Leith, su hijo de 14, no era capaz de ir a su cuarto, así que lo cerró. Que nueve meses lo tuvo cerrado, que nadie podía entrar.
–Quería su olor, quería que su ropa estuviera como él la había dejado, quería que todo estuviera como él había querido… Quería olvidarme de esa noche, esos soldados.
–¿Los odia?
Hanan se calla, piensa, busca, canta un gallo:
–Sí. La verdad, sí. Nunca me voy a olvidar de cómo le pegaron, delante de mí…
–¿Y qué piensa hacer con su odio?
–El problema es que no puedo hacer nada. Solo pienso que como madre tengo que criar buenas personas. Israel quiere que nuestros chicos sean ladrones, traficantes, drogados; como madre, mi lucha es que mis hijos sean los mejores. Si cada madre pudiera criar buenos chicos, les daríamos más pelea que con las piedras. Dice Hanan y se le va una lágrima y me cuenta que su hijo de cuatro años, Hasan, no lloraba nunca cuando iban a la cárcel. Aquí, entre los sillones, Hasan está jugando con una pelota de goma. Me la pasa, la rebotamos en el suelo, nos reímos, nos chocamos las palmas, él me besa la mejilla. Yo me derrito y él se ríe y tira fuerte su pelota de goma.
–Hasan nunca lloraba, miraba todo muy serio, miraba mucho a los guardias de la cárcel. Un día, cuando teníamos que irnos, me dijo que no se quería ir. Buscó a un guardia, le tiró del pantalón para llamarle la atención y le dijo, tan serio: “Enciérreme a mí. Yo quiero que me encierre a mí y deje que Leith se vuelva a casa”.
Dice su madre y me dice, bajito, que tiene mucho miedo.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

PRENSA CULTURAL. Dos escritores israelíes, sobre la guerra de este verano

   En "El País":

El escritor Sayed Kashua, en Jerusalén. / ZIV KOREN (POLARIS)
Sayed Kashua y Etgar Keret son dos grandes escritores israelíes contemporáneos a los que les une la literatura y el éxito. Últimamente, también el desaliento que les ha provocado la reacción de los israelíes ante los demoledores bombardeos de este verano a la franja de Gaza. El espacio para la crítica ha mermado de forma alarmante en el país, mientras la barbarie y las pulsiones más xenófobas afloran de la mano de la ultraderecha radical con la complicidad de gobernantes que miran hacia otro lado, según la lectura de estas dos figuras clave de la vida cultural israelí.
Kashua, de 39 años, es un reconocido escritor y un personaje único en la escena israelí. Es algo parecido a un Woody Allen oriental, al que le gusta presumir de ser patoso, mal padre y peor hijo. Es un tipo acomplejado e inseguro, con una increíble capacidad para burlarse de sí mismo. Las columnas semanales y autobiográficas que publica en el diario Haaretz y sus series de televisión son hilarantes.
Más allá de su talento literario, Kashua, árabe-israelí como el 20% de la población, se ha convertido con el paso de los años en la prueba viviente de que la coexistencia entre israelíes y palestinos podía llegar a ser posible. De que se puede ser palestino, tener pasaporte israelí y triunfar en el Estado judío. Por eso, cuando el 4 de julio pasado anunció a los lectores que se marchaba de Israel, que el país se había vuelto insoportable para los ciudadanos árabes, la noticia dejó huérfanos de esperanza a una legión de israelíes. “Mi intento de vivir junto a los otros en este país ha terminado. La mentira que le conté a mis hijos sobre un futuro en el que árabes e israelíes puedan compartir el país en igualdad ha terminado. He perdido mi pequeña guerra”, escribió. Kashua hizo apresuradamente las maletas y se autoexilió con su familia en una universidad de Estados Unidos.
Etgar Keret, de 47 años, considerado uno de los mejores escritores israelíes de su generación, se sintió abatido cuando se enteró de la marcha de su colega. Keret representa lo opuesto a Kashua en el ecosistema social israelí. Keret es judío, hijo de supervientes del Holocausto y producto del Tel Aviv más relajado, progresista y cosmopolita. Es además un hombre que, al revés que Kashua, da la sensación de que se siente cómodo en su propia piel. Comparte, sin embargo, con su compatriota el sentido del humor y la falsa modestia. También como su colega, Keret perdió la sonrisa cuando mientras los misiles segaban la vida de civiles y niños, la sociedad israelí respaldaba casi al unísono la ofensiva sin ser capaz de exigir una alternativa negociada a la guerra.
El 13 de septiembre de este año, Kashua decidió escribir una carta a Keret, el autor que de joven le había inspirado hasta el punto de animarse a dedicar su vida a la literatura. Lo hizo desde la Universidad de Illinois, donde Kashua ahora vive y enseña. En esa primera carta, le cuenta que su vida es miserable, que su nuevo país no le gusta. Que haber huido de Israel le ha sentado fatal, pero que volver sería aún peor. Y le pide a Keret que le cuente un cuento, que le mienta, que le regale un atisbo de esperanza. Así comienza este cruce de cartas tiernas y excepcionalmente reveladoras de los tiempos que corre el conflicto palestino-israelí. 
Traducción de News Clips.

13 DE SEPTIEMBRE. 5:53. CORREO DE SAYED KASHUA (CHAMPAIGN, ILLINOIS) A ETGAR KERET (TEL AVIV)
Hola Etgar:
¿Cómo estáis Shira, Lev y tú?
Sabes, resulta muy extraño estar escribiéndote. Justamente esta semana estuve pensando en ti. Hablé de ti en mi clase de hebreo, y al final, les llevé a los estudiantes uno de tus cuentos, Hope They Die [Espero que se mueran]. Tardamos una hora en leer la mitad. Mis estudiantes son majos, pero su hebreo deja mucho que desear. Pero esa no fue la razón por la que pensé en ti. Pensé en ti porque están empezando a verse las primeras señales del invierno aquí. Y es como los días más fríos de un invierno en Jerusalén. En el centro de Illinois hace frío, y casi todo el que se encuentra conmigo y sabe que acabo de llegar se siente obligado a avisarme del cruel invierno que nos aguarda.
Esta semana tuvimos que comprar ropa de abrigo. Como sabes, llegamos aquí en verano, o quizás más exactamente, huimos a este lugar en verano, y salvo algunas camisas de manga corta y un par de pantalones, no cogimos casi nada de casa. (...) “No compréis en el centro comercial”, nos dijeron los padres de un niño israelí que mi hijo conoció en la escuela elemental, “hay un enorme outlet a una hora en coche, con ropa genial a unos precios fantásticos”.
Seguimos el consejo de nuestros nuevos amigos y compramos la ropa de los niños en los outlets, hasta que llegamos a los abrigos. “No vamos a hacer concesiones en el tema de los abrigos”, le dije a mi mujer. “No para la clase de invierno que nos han prometido que tendremos”.
Y, sabes, es por ti por lo que no estoy siendo tacaño con los abrigos.
Probablemente no te acuerdes, pero una vez, cuando compartimos un taxi de Leipzig a Berlín, puede que hace 15 años, me contaste una historia sobre tu padre, y se me quedó grabada una frase: “Sobrevivió porque se llevó un abrigo”. “No vamos a hacer concesiones en el tema de los abrigos”, le dije a mi mujer, “tenemos que comprar los mejores, los más caros”.
En cualquier caso, estamos en Champaign, Illinois. No hay mucho que hacer aquí, hay una universidad y campos de maíz interminables, y salvo eso, no conozco mucho más. ¿Te creerías que ya han pasado unos meses y que no he salido ni siquiera una vez a tomarme una cerveza? (...)
De alguna manera, los niños se han adaptado más rápido de lo que pensaba, y aunque el idioma es nuevo y totalmente extraño para ellos, a pesar del tiempo y de la comida, y aunque hayan tenido que dejar a sus amigos, parecen contentos en general. Lo sé porque veo cómo me meten prisa para que arranque el coche por la mañana y salir pronto de casa porque no quieren llegar tarde al colegio. De alguna manera, mi mujer se ha adaptado a este lugar, aunque me temía que iba a volverse loca de aburrimiento porque es la primera vez en 20 años que se toma unas vacaciones del trabajo.
Y yo, que estaba tan contento de marcharme y de llevarme a mi familia lejos de ese terrible lugar llamado Israel, y de alejarla del olor de la pólvora y de la sangre, me siento a veces el más triste de todos. Tengo miedo de quedarme aquí, y temo mucho el día en que tenga que volver a casa, a Jerusalén, a Israel, a Palestina. La marcha fue traumática. Me sentía como un refugiado que huía para salvar su vida, y la decisión de marcharnos a toda prisa la tomamos incluso antes de que empezase la guerra con Gaza. El día que quemaron vivo al niño palestino en Jerusalén, me di cuenta de que no podía dejar que mis hijos saliesen de casa nunca más. Ese día, llamé a la agencia de viajes y les pedí que nos sacasen de allí lo antes posible. Por desgracia, tardamos unos días, y esa maldita guerra, otra maldita guerra, ya había empezado, y el racismo que había visto aflorar a finales de 2000 estaba alcanzando cotas aterradoras. Tenía mucho miedo y me sentía realmente perseguido. Ya sabes que soy una especie de estrella en la cumbre de mi éxito, está previsto que se estrene una película este verano y se estaba rodando una nueva serie durante esos primeros días de la guerra, y de repente, me habían convertido en el enemigo. De repente, todos los periodistas arrogantes pensaban que podían desahogar su ira contra mí, de repente tenía miedo de la chica que trae el agua en el plató, Etgar, de repente, hasta el ayudante de producción al que no conozco pensaba que podía plantarse delante de mí y decirme con un claro aire de superioridad: “Tenemos que bombardearlos uno por uno”, y tenía miedo. Miedo de mis bondadosos vecinos de al lado porque tenían una nueva mirada en sus ojos que nunca había visto antes de la guerra, miedo del barman que me ha estado sirviendo cervezas durante más de 20 años.
Mi mujer siempre ha dicho que soy un cobarde con un trastorno de la personalidad paranoico y que la situación es aterradora, pero que estoy exagerando. Pero te lo juro, Etgar, he visto cómo mis amigos judíos más íntimos empezaban a mirarme de forma diferente. A veces procuraban no mirarme directamente a los ojos, y a veces sus miradas eran acusadoras, condescendientes, estaban cargadas de odio. (...)
Nunca se me había ocurrido vivir en otro lugar cuando me preguntaban con tanta frecuencia si me estaba planteando marcharme de Israel. Siempre rechazaba la posibilidad con arrogancia: “¿De qué está hablando? Tengo una guerra que librar aquí”. Y, sabes, este verano me di cuenta de que había perdido. Este verano, los últimos vestigios de esperanza que me quedaban en el corazón fueron pulverizados. Este verano, me di cuenta de que ya no podía mentir más a mis hijos y decirles que, algún día, tendrían igualdad de derechos en un país democrático. Este verano, me di cuenta de que los ciudadanos árabes del país nunca tendrán un futuro mejor. Al contrario, será peor, los guetos en los que viven solo estarán más atestados y serán más violentos y más pobres a medida que pasen los años. Me di cuenta de que ya no podía prometer más a mis hijos un futuro mejor.
Por otra parte, me da mucho miedo quedarme aquí. ¿Qué será de mí aquí si no puedo escribir? ¿Y qué haré sin el hebreo que es el único idioma en el que sé escribir? Al principio, pensaba que aprendería un nuevo idioma y que dejaría el hebreo por el inglés, y lo creas o no, el primer libro que compré aquí fue uno tuyo. Me duele mucho saber que, si ya estoy buscando un nuevo idioma, ni siquiera me plantee que el árabe, mi lengua materna, sea una opción válida.
Aquí me tienes, un árabe palestino que sólo sabe escribir en hebreo, atrapado en el centro de Illinois.
Aunque sé que tu mujer y tú pasasteis malos momentos porque os atrevisteis a expresar una opinión diferente, oponiéndoos a la violencia y a las máquinas de guerra, todavía os escribo, quizás porque quiero que me deis un poco de esperanza. Podéis mentir, si os apetece. Por favor, Etgar, cuéntame un cuento con un final feliz, por favor.
Os deseo lo mejor,
Sayed

13 DE SEPTIEMBRE. 18:44. CORREO DE ETGAR KERET A SAYED KASHUA (CHAMPAIGN, ILLINOIS)
Hola, Sayed:
Me alegré mucho al recibir una carta tuya, y me entristecí mucho al leerla. Odio decirlo, pero conozco bastante bien la ciudad de Illinois en la que vives. Hace unos años, cuando Lev aún estaba en la guardería, me invitaron a dar unas clases en la Universidad y pasé allí unas semanas con mi familia. Cuando volvimos a Israel, todos pesábamos unos cuantos kilos más, y agradecimos que las aerolíneas cobren por el sobrepeso de las maletas, y no de los pasajeros. Así son las cosas cuando uno vive en un país en el que, en lugar de celebrar el Yom Kippur y el Día de Conmemoración del Holocausto, celebran el Día del Donut (existe, lo juro). Todavía hoy, Lev dice que Roma y Nueva York son ciudades fascinantes, pero ningún lugar del mundo se acerca a Urbana, Illinois, y todo por la bolera y la tienda de videojuegos que recuerda con tanto cariño (lo que más le impresionó de allí fue el enorme número de máquinas de refrescos). Así que no me sorprende que tus hijos se hayan adaptado con tanta facilidad (tendrás que limitarles las tortitas y los donuts, porque si no van a acabar mal). En lo que a nutrición se refiere, la cocina estadounidense es peor que el Estado Islámico). Me pediste un cuento optimista con un final feliz y ahí va. Lo intentaré:
El año 2015 fue un año histórico en Oriente Próximo, y todo por una sorprendente y brillante idea que tuvo un expatriado árabe-israelí. Una tarde, el escritor estaba sentado en el porche de su casa de Urbana, Illinois, mirando los infinitos campos de maíz que se extendían hasta el horizonte. Viendo esa enorme extensión, no pudo evitar la idea de que quizá los problemas de su lugar de procedencia se debían a que simplemente no había espacio para todos. “Si pudiera sencillamente meter todos esos campos en mi maleta”, se dijo para sus adentros, “doblarlos con muchísimo cuidado, muy, muy pequeñitos, podría llevármelos en avión a Israel. Pasaría la aduana por la línea verde de quienes no tienen nada que declarar, porque ¿qué tenía en realidad? No es que llevase en el equipaje una ideología subversiva ni cualquier otra cosa que pudiese interesarle a un inspector de aduanas. Todo lo que tendría serían unos enormes campos de maíz doblados muy pequeñitos, y cuando llegase a casa, abriría la maleta, los sacaría, y ¡tachán!, de repente habría tierra para todos, palestinos e israelíes, e incluso sobraría para poner un inmenso campo de atracciones al que ambos pueblos llevarían todos los conocimientos y la tecnología que aplican a desarrollar armas, y los usarían para construir la más asombrosa montaña rusa del mundo”.
Cuando entró en casa estaba muy excitado e intentó compartir su fascinante idea con su mujer, pero ella se negó a dejarse entusiasmar. “Olvídalo”, le dijo con frialdad, “nunca funcionará”. El escritor admitió que todavía tenía que resolver varios problemas logísticos, como convencer a los agricultores de Illinois de que le entregasen los campos de maíz, por no hablar de encontrar el método adecuado para doblarlos que le permitiera meter a presión todos esos campos en una gran maleta. “Pero”, reprochó a su esposa, “esos obstáculos sin importancia no son motivo para abandonar una idea que podría traer la paz a nuestra región”.
“Ese no es el problema, tonto”, le replicó ella. “Aunque consiguieses meter toda la tierra del mundo en tu dichosa maleta desvencijada nunca conseguirías traer la paz a la región. Por un lado, los radicales ultraortodoxos dirán que Dios les prometió esos campos de cultivo a ellos, y por otro, los racistas mesiánicos dirán que los campos les pertenecen por nacimiento. No hay salida, marido”, dijo encogiéndose de hombros. “Hemos nacido en un lugar en el que, aunque mucha gente desee convivir en paz, en ambos bandos hay aún suficientes personas que no lo quieren así, y nunca permitirán que ocurra”.
Esa noche, el escritor tuvo un extraño sueño. En él aparecía un campo de maíz infinito, y desde ese campo se disparaban misiles que eran derribados por misiles antimisiles mientras pasaban aviones de combate lanzando bombas desde los cielos. El campo fue pasto de las llamas y el escritor se encontró a sí mismo preguntándose quién demonios luchaba contra quién. Porque en su sueño no había nadie, solo misiles, bombas y mazorcas ardiendo.
La mañana siguiente, el escritor se bebió su repugnante café americano en silencio, sin tan siquiera dar los buenos días a su mujer (estaba muy ofendido porque ella le había llamado tonto el día anterior), y después de dejar a los niños en el colegio y en la guardería, se sentó delante de su ordenador e intentó escribir una historia. Algo triste, con mucha autocompasión, sobre un hombre bueno y honesto cuya vida y cuya mujer habían sido crueles con él sin razón alguna. Pero mientras trabajaba en la historia, se le ocurrió una idea brillante, cien veces mejor que la anterior, sobre cómo resolver los problemas de Oriente Próximo. Si el problema no era el territorio sino el pueblo, lo único que tenían que hacer era actualizar la “solución de dos Estados” con una “solución de tres Estados”, de modo que los palestinos viviesen en el primero, los israelíes en el segundo y los fundamentalistas radicales, los racistas y todos aquellos a los que les divierte luchar viviesen en el tercero. Su mujer se mostró menos desdeñosa con este plan de lo que se había mostrado con su idea de doblar los campos de maíz, por no mencionar que a Barack Obama, con quien el escritor se tropezó en la cafetería de una gasolinera en las afueras de Urbana, Illinois, simplemente le encantó.
En menos de una década, había tres países uno al lado del otro en un diminuto rincón de Oriente Próximo: el Estado de Israel, el Estado de Palestina y la República  de la Fuerza es el Único Idioma que Entienden, un lugar en el que la guerra civil no terminaba nunca y que solo les gustaba a los presentadores de los informativos y a los traficantes de armas. El escritor (que, en la historia, es bastante modesto) rechazó amablemente el Premio Nobel de la Paz que le ofrecieron, hizo su maleta y volvió con su familia a su antigua casa en Israel. Y cada vez que Barack Obama venía a Oriente Próximo en otro de sus infructuosos esfuerzos por llevar la paz a la República de la Fuerza es el Único Idioma que Entienden, hacía una parada para visitar al escritor que había logrado, él solito, llevar la paz a su pueblo. Se sentaban juntos en silencio en la terraza del escritor, que daba a un valle con campos terraplenados, y comían con apetito las mazorcas de trigo que había en las fuentes frente a ellos. 
Esa es la historia. No estoy seguro de que sea realmente una historia, y no sé si es realmente optimista, pero es lo mejor que se me ha ocurrido. Cuídate, y ocurra lo que ocurra, no escatimes en lo que se refiera a abrigos. Un abrigo es algo importante.
 Tuyo, Etgar
P. D. Ten cuidado. Es frecuente que los israelíes que emigran a EE UU empiecen a hablar yiddish, y en el caso de los árabes, ¡podría parecer cómico!

18 DE SEPTIEMBRE. 5:27. CORREO DE SAYED KASHUA (CHAMPAIGN, ILLINOIS) A ETGAR KERET (TEL AVIV)
Hola, Etgar:
Mira, he leído tu carta al menos dos veces, tratando de encontrar un rayo de esperanza, pero ha sido en vano. Aunque mentiría si negase que me vienen a la mente ideas sobre posibles soluciones cada vez que paso con el coche por esos interminables campos de maíz. (...)
Aparte de eso, ¿a qué te refieres cuando dices que no hay sitio para todos? ¿De verdad piensas que el problema es que el país es pequeño? No sé, a veces creo que el principal problema radica en el modo de definir este país. ¿Cuáles son sus fronteras exactamente? Cuando hablas de Israel, ¿incluyes también Cisjordania y Gaza? Yo antes pensaba que llegaría un día en el que sabríamos cuáles son las fronteras del país. El Gobierno israelí, que es el que tiene el control aquí, celebraría una ceremonia pública para anunciar cuáles son las fronteras oficiales del país y anunciaría que todos los que vivan dentro de esas fronteras tienen los mismos derechos como ciudadanos. Esto todavía no ha sucedido, y esta semana he vuelto a leer que el país tiene planes de anexionarse 360 hectáreas de los territorios de Cisjordania para destinarlas a asentamientos o terreno estatal o alguna otra denominación que signifique robar tierra palestina para los judíos. Dime, Etgar, ¿hasta qué punto te asusta lo que hace el Gobierno? Es decir, ¿hasta qué punto te asusta que el mundo entero empiece a tratar oficialmente a Israel como a un Estado donde reina el apartheid?
A mí me asusta mucho, muchísimo. ¿Te puedes creer que me sigue importando el país? No me refiero al Gobierno, Dios no lo quiera, ni a su denominación de Estado judío. Me refiero al futuro del lugar en el que he vivido. La verdad es que no estoy seguro de hasta qué punto el país considera siquiera ciudadanos a los árabes que hay en él. Hace todo lo que puede por explicarnos que somos un remanente, un problema demográfico, una quinta columna. Pero yo siempre (...) he afirmado que soy un ciudadano que se preocupa por el país, que como ciudadano que no tiene otro país, el futuro de este lugar es importante para mí y quiero que el país sea un sitio para vivir tan bueno para mis hijos árabes como lo es para los hijos de mis vecinos judíos.
No sabes lo mucho que me asusta el momento en el que ya no pueda decir que soy ciudadano de ese país. En una conferencia en la que participé hace poco, una mujer del público me preguntó si pensaba que el Estado de Israel era un país legítimo. La verdad es que me puse a sudar. “Sí”, le respondí. “Es decir, el Gobierno hace cosas terribles que no son legítimas, la ocupación no es legítima, los asentamientos son un crimen, la discriminación contra los ciudadanos árabes es puro racismo y el país se fundó sobre las ruinas del pueblo palestino, la Nakba, por supuesto, y…”. Y la misma mujer del público insistió: “¿Entonces? No lo entiendo. ¿Sigue afirmando que el país es legítimo?”.
“Pero la gente”, intenté responderle, y puede que también decirme a mí mismo. “Mire, hay gente allí y…”.
Resumiendo, Etgar, es algo que me preocupa muchísimo. Sé que, en Israel, la gente sigue adelante y grita: ¡cómo podéis atreveros siquiera a compararnos con Sudáfrica! Pero lo que está ocurriendo en los territorios ocupados es una segregación en función de la raza. El hecho es que un colono puede votar, moverse libremente, estar cubierto por la seguridad social y tener un seguro médico, mientras que un palestino no puede; eso es segregación en función de la raza. Y no sucede solo en los territorios ocupados, sino dentro de las fronteras de 1948 cuando hablamos de ciudadanos árabes como yo. (...)
Ni siquiera sé por qué me estoy desahogando contigo y soltándote mis quejas políticas. (...) Ya puedes ver que estoy haciendo lo que cualquier israelí hace cuando, por ser árabe, me pregunta: “Y dime, ¿qué pasa con el Estado Islámico? ¿Qué es lo que pretenden?”. Como si, por el hecho de ser árabe, tuviese sin duda que conocer el gen, el misterioso gen que hace que todos los árabes se comporten del mismo modo. Puede estar inactivo, pero nunca se sabe cuándo cobrará vida, es solo cuestión de tiempo. Así que lo siento pero, aun así, Etgar, ¿qué pasa con los israelíes, por qué se comportan así? Hazme un favor, no me digas que es miedo, porque esa es una cualidad que valoro y admiro con toda mi alma, pero el miedo no explica la discriminación, y el miedo no explica los asentamientos en pleno Hebrón o Silwan, y el miedo no explica por qué se permite que una aldea árabe pase sed.
Bueno, discúlpame por soltarte esta parrafada, pero fuiste tú quien empezó con lo del maíz y la idea de que no hay espacio suficiente para todos. Llegados a este punto, pondría una carita sonriente, y la verdad es que quería preguntarte qué opinas sobre las caritas sonrientes y los demás emoticonos. Supongo que pensarás que, siendo escritor, no debería usarlos en la correspondencia electrónica ni en los mensajes de texto porque, a primera vista, es un estilo de escritura mediocre. Pero, por otro lado, pienso en las primeras personas que usaron los signos de interrogación y exclamación, y en cómo los escritores serios las consideraban una especie de traidoras de poca monta por usar dibujos cuando no eran capaces de expresar sus sentimientos con palabras. ¿Tú qué opinas?
Recuerdos para Shira y Lev de su tío de Estados Unidos. Venid a visitarnos, hay sitio para todos.
Tuyo, Sayed

19 DE SEPTIEMBRE. 13:23. CORREO DE ETGAR KERET (TEL AVIV) A SAYED KASHUA (CHAMPAIGN, ILLINOIS)
Hola Sayed:
Tu última carta ha sido difícil de digerir, pero no es culpa tuya, sino de la situación, que pesa una tonelada. Hace solo unos días paré en la calle a un taxista muy amistoso. Después de enseñarme fotos de sus hijos, me ofreció un caramelo de menta y me invitó a ver algunos vídeos de las decapitaciones del EI en su teléfono (“Le advierto que no es para remilgados”) y luego se puso a hablar de cómo se gana la vida. “La gente no ha puesto el pie en la calle durante la guerra”, decía, “estaba de pésimo humor. Y cuando la gente está de pésimo humor, yo no me gano la vida”. Su monólogo pasó enseguida a la política, y sorprendentemente, dijo de repente. “Ya basta. Estoy harto. Una guerra cada año y medio. Nunca lograremos acabar con ellas, así que deberíamos darles un país y dejarles que se atraganten con él. El caso es que nos dejen en paz”. Me pedías que intente explicar por qué siguen ocurriendo las injusticias que describes, y añadías que no debía decir que es por el miedo. Así que intentaré explicarlo, aunque ni siquiera estoy totalmente seguro de entenderlo yo mismo, y no diré que es por miedo, porque lo que sentí a mi alrededor durante la pasada guerra no fue miedo sino una sensación general de impotencia y desesperación.
Durante la guerra leí los resultados de un sondeo que afirmaba que casi el 90% de los israelíes está a favor de ocupar toda Gaza y deponer a Hamás, pero el día antes, me encontré con los resultados de un sondeo distinto que indicaba que casi el 80% de los israelíes no cree que la ocupación de Gaza provoque la caída de Hamás. Una sencilla operación matemática demuestra que la mayoría de los israelíes que apoya el uso de fuerza y más fuerza no piensa realmente que eso vaya a resolver el problema, simplemente no cree que haya alternativa. “La violencia es el último refugio del incompetente”, decía Isaac Asimov, y en la última guerra, en muchos ciudadanos israelíes, el deseo colectivo de imponerse por la violencia estuvo inspirado por la misma necesidad que lleva a alguien a patear una máquina expendedora que se ha tragado su moneda sin soltar la lata de refresco: no lo hace porque piense que eso vaya a ayudarle a llevarse el refrescante líquido a sus resecos labios, sino porque no se le ocurre qué otra cosa hacer.
Las explicaciones que oigo de muchos conocidos son: el fundamentalismo islámico está cobrando fuerza en todo el mundo, los Gobiernos de la región son inestables, y todas las negociaciones acabarán con la pérdida de territorio sin compensación, porque de todos modos allí no hay nadie a cargo. Y eso es solo lo que oigo de personas que procuran ser racionales. Otros muchos rechazan sin más cualquier idea o iniciativa alegando cosas como que “no quieren la paz, y no van a dejar de luchar hasta quedarse también con Tel Aviv y Jaffa”. Pero todas estas afirmaciones dudosas no logran ocultar un sentimiento: la desesperación. Y la desesperación es un sentimiento mucho más peligroso que el miedo. Porque el miedo es un sentimiento intenso, y aunque pueda resultar momentáneamente paralizador, al final exige acción, y sorprendentemente, también puede crear soluciones. Pero la desesperación es un sentimiento que exige pasividad y aceptación de la realidad aunque esta sea insoportable, y que ve cada chispa de esperanza, cada deseo de cambio como un enemigo taimado.
Me es fácil entender por qué tantos israelíes han escogido la desesperación. La historia de este conflicto es infinitamente deprimente. Hemos visto tantas oportunidades perdidas, demostraciones de desconfianza y falta de valentía en ambos bandos a lo largo de los años, con una persistencia similar a la de las fuerzas de la naturaleza. Pero incluso si todos tenemos la culpa del fracaso, los israelíes (siento arrastrarte también a ti a esto, Sayed, pero ni mil tarjetas de residencia te servirán de nada; para mí, tú siempre serás israelí), somos los únicos capaces de empezar un proceso que nos rescate de esta situación inhumana. Israel es el bando más fuerte de este conflicto, y como tal, es el único bando que puede de verdad iniciar el cambio. Y para hacerlo, tiene que desprenderse de esa desesperación.
Y yo creo que ocurrirá. Creo que esta desesperación es temporal aunque haya bastantes elementos políticos que prefieran vernos desesperados. (...) Cuando miro a mi alrededor, aparte de la minoría de judíos mesiánicos que hacen cabriolas en la cima de los montes y en el Kneset [Parlamento israelí], no veo a nadie contento con la situación actual y dispuesto a aceptarla. Solo algunos de ellos tienen un problema moral con la ocupación, pero incluso los que no lo tienen comprenden que mientras los palestinos no tengan un país, a nadie le va a ir bien aquí. (...) Sí, esta situación temporal es terrible, pero paradójicamente, cuanto más empeore, más inevitable se hace el cambio.
Lo sé, Sayed, lo sé, siempre que me entusiasmo con algo parezco un hippie ebrio, así que voy a acabar esta carta con una historia algo menos deprimente, para equilibrar las cosas.
Hace unos días, Shira me contaba que Lev le había pedido que dejásemos de hablar de que la gente desea la paz. Cuando Shira le preguntó por qué, él se sorprendió. “Mamá, ¿no te han enseñado nada en el colegio? ¿Sabes quiénes dijeron que querían la paz? Rabin, Sadat, John Lennon, y a todos los asesinaron. Yo también quiero la paz, pero quiero aún más a mis padres”.
Cuando Shira me lo contó, sentí escalofríos por todo el cuerpo. He aquí a mi inteligente y curioso hijito de ocho años y medio, que el año pasado participó en un muy promocionado programa antirracista del Ministerio de Educación, y la única verdad que consiguió sacar de la locura de mundo que lo rodea es que desear la paz es peligroso. Perdona, corrijo: querer un futuro no violento en el que todos los habitantes de la región puedan definir su identidad y ejercer todos sus derechos básicos está bien, pero decirlo en alto o, Dios no lo quiera, intentar hacer algo al respecto, es demasiado peligroso.
Cuidaos tú y tu familia, amigo, y prometo ir a visitaros pronto a Urbana, Illinois, que en opinión de Lev es el mejor lugar del mundo.
Etgar
 P. D. Y ya que hablamos de política, zalma, dime, ¿de qué va todo ese asunto del Estado Islámico?