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sábado, 12 de abril de 2014

PRENSA CULTURAL. "Sobre "El extranjero", de Albert Camus. Aroa Moreno


   En la revista "Mercurio":

La vida en los huesos

AROA MORENO  |  MERCURIO 154 · TEMAS - OCTUBRE 2013

Publicada durante la Ocupación, en plena guerra mundial, ‘El extranjero’ sigue despertando en el lector de hoy una perturbadora sensación de distancia frente a lo establecido
Un vestido de rayas rojas y blancas sobre el cuerpo moreno de Marie y unas sandalias de cuero, salitre y sol, la melena recogida y un baño en el mar de Argelia. Este es el respiro de El extranjero, la mano que le tiende la felicidad al protagonista de su historia; una novela que nos recuerda, más de setenta años después de su escritura, que habitamos de nuevo una época que parece haber tomado las riendas de muchas vidas, manejándolas desde los hilos del pesimismo y la pura supervivencia.
El-extranjero-V
El extranjero. © ASTROMUJOFF
Lo que queda del relato de nuestros días cuando lo desvestimos de significado no es más que una sucesión de tiempo y acciones que nos llevan de un lugar a otro. ¿Qué queda de la cronología de nuestra historia cuando nosotros mismos la desproveemos del adorno, del subjetivismo o la trascendencia? El extranjero parece recordarnos una instintiva pérdida del instinto, alojando la regla social que nos absorbe para lanzarnos lejos de nuestra propia esencia y que, de alguna forma, después de leerlo, vuelve a reconciliarnos con la triste norma posible.
Escrito con una prosa que, de tan seca, se clava en nuestra lectura, Camus nos mete dentro del relato de Meursault, un hombre presentado al lector en el mismo momento en que recibe la noticia de la muerte de su madre: “Hoy, mamá ha muerto. O tal vez ayer, no sé”. A partir de esta primera y célebre línea, leemos, pero casi parece que escucháramos la voz del protagonista, narrar cómo deambula por un mundo que espera de él cierta reacción y emociones para las que está incapacitado. Parece que solamente fuera humano cuando observa el mundo desde fuera de él. En el momento en que Meursault se ve inmerso en la vida, en lo social, en la convención humana, desaparece cualquier rastro de alma. Qué hay de extraño en esto. Meursault es sensible a la visión desde su ventana del trajín de su barrio, a la leal relación de su vecino con el perro sarnoso al que patea, al brillo que enmarca la mirada arrugada de los viejos. A él le hace caminar el impulso, lo natural, el golpe de la luz sobre sus párpados, pero queda fuera de juego ante la interacción premeditada. Admira la belleza de Marie pero no siente necesidad de casarse con ella, solamente la sigue hasta el mar y junta aliviado su cuerpo en el agua. No siente dolor por la pérdida de su madre, acepta sin más la preparación de la vida para este trámite. Sin embargo, necesita juntar todos los muebles de su casa en una habitación para no sentir cómo se ha quedado grande.
Supervivencia o frío.
¿Por qué dispara Meursault contra el árabe rompiendo el equilibro de un día de playa? “He disparado llamando a la puerta de la desgracia”. No fue la desesperación, la venganza o el miedo: es la violencia de la luz del sol la que incide en el disparo.
¿Por qué no dejamos que un niño acerque la mano a la boca de un perro que siempre ha sido manso?
El extranjero no solamente se adelantó a su época, dado que en ella se anticipaba la desolación de la posguerra, sino que puede leerse todavía hoy como si fuera una obra contemporánea. No somos ni queremos ser Meursault —y no sabemos si respiramos o nos ahogamos cuando la cadena de la justicia, aunque absurda y fallida, condena al asesino—, pero reconocemos como propios su egoísmo y su falta de solidaridad, incluso para consigo mismo. Porque somos extranjeros de un lugar remoto que nos enseñaron para colocarnos justamente aquí, en mitad de un engranaje que describieron como perfecto.
Es la conversación del hombre que se encuentra con el hombre en el silencio de la melancólica tregua de la noche.
Qué quedaría si arrancásemos de nosotros mismos lo establecido: los huesos de la vida. El animal.

domingo, 26 de enero de 2014

PRENSA CULTURAL. "Albert Camus, filosofía de un espontáneo". Fernando Savater

Albert Camus

   En "El País":
 7 NOV 2013

¿Camus, filósofo? En todo caso “un filósofo para alumnos de bachillerato”, se burlaron en su día los detractores. Hoy sigue siendo la opinión de no pocos académicos. En efecto, como señaló Sartre desde la primera hora (ni siquiera se conocían personalmente aún) “Camus pone cierta coquetería en citar textos de Jaspers, de Heidegger, de Kierkegaard, que por otra parte no siempre parece entender bien”. ¡Tocado! En “El mito de Sísifo”, añado yo, repite el tópico de un Schopenhauer indecente predicando el suicidio ante una mesa bien servida: pues bien, Schopenhauer no recomendó el suicidio, todo lo contrario. Ese tipo de erudición no es lo suyo, lo cual no le descarta como pensador como aclara el propio Sartre de los buenos tiempos: “Sus verdaderos maestros son otros: el contorno de sus razonamientos, la claridad de sus ideas, el corte de su estilo de ensayista y un cierto tipo de siniestro solar, ordenado, ceremonioso y desolado, todo anuncia un clásico, un mediterráneo”. Más tarde también Czeslaw Milosz, que le estaba agradecido por ser uno de los poquísimos intelectuales que le acogió bien cuando huyó del comunismo, le defendió contra la acusación común de que carecía de doctorado filosófico: “Pero, en primer lugar, ¿qué se entiende por filosofía? Para algunos, como Camus, la filosofía exige una alimentación casi carnal y se rehúsan a hablar de las cosas que no tocan por sí mismos”.

¿Por qué escribes novelas o dramas teatrales?”, pregunta la filosofía; y Camus responde: “Para vivirte mejor…
Entonces ¿era o no era filósofo? Digamos que fue un espontáneo que saltó al ruedo de la filosofía sin llevar nada más que su hambre vital de voyou argelino y la vergüenza torera de no aceptar una existencia irreflexiva. El capote con que dio sus primeros pases en esa faena improvisada (“El mito de Sísifo”) fue el absurdo, mucho más que una palabra y algo menos que un concepto. El absurdo no es el sinsentido del mundo, sino la falta de sentido en un mundo que nosotros –los inventores y huérfanos del sentido- reclamamos que lo tenga: “El hombre se encuentra ante lo irracional. Siente en sí mismo su deseo de felicidad y de razón. El absurdo nace de esa confrontación entre la llamada humana y el silencio sin razones del mundo”. El absurdo no es un dato elemental sino un divorcio: la demanda de los hombres y la callada por respuesta del universo, un amor imposible. La peculiaridad del absurdo es que deja der serlo si lo aceptamos como tal: es un pensamiento inaceptable y sólo si no lo aceptamos, si nos sublevamos contra él, podemos pensarlo. No es una idea, ni mucho menos una doctrina, ni siquiera algo que pueda explicarse en el aula, como las categorías de Aristóteles o la dialéctica trascendental de Kant. El absurdo… ¡eso hay que vivirlo! Tal como decimos de otros padecimientos. Por eso se presta mejor a la narración que al tratado. Pero se equivocan quienes expulsan a Camus del jardín de la filosofía, porque sin la filosofía no se entienden ni se justifican sus ficciones, que son el modo que utiliza para hacerla comprensible. “¿Por qué escribes novelas o dramas teatrales?”, pregunta la filosofía; y Camus responde: “Para vivirte mejor…”.

Para Camus, la democracia –despreciada por los revolucionarios y por Sartre- tiene el gran mérito de solicitar modestia: nadie puede zanjarlo todo por sí mismo, hace falta el consejo de otros y el acuerdo
Intelectualmente el absurdo es un callejón sin salida aunque la vida consiste precisamente en hacer como si la tuviera. El muro que nos cierra el paso es infranqueable, pero nosotros pintamos voluntariosamente una puerta en él y la puerta se abre…o al menos nos permite imaginar que se abre y salimos por ella. De esa puerta pintada en el muro de la realidad, imposible pero irrenunciable, es de lo que habla “El hombre rebelde”, donde por segunda vez el espontáneo Camus se echa al ruedo de la filosofía. La primera faena se la perdonaron como una manifestación de simpática inexperiencia, pero por esta otra ya fue seriamente sancionado por los comisarios de la plaza. “Me rebelo, luego somos”: ¿habrase visto mayor atrevimiento? Sublevarse entonces no es una consecuencia histórica de la solidaridad, sino que la solidaridad nace a partir de la individualidad que se subleva por impulso metafísico. El ser humano se rebela y al hacerlo descubre la humanidad que le vincula a los demás. Los dogmáticos de la revolución comprendieron que ésta, violenta y totalitaria, forma parte del muro de la realidad contra el que se insurge el rebelde. “Los hombres mueren y no son felices”, resume Calígula. Pero cada hombre puede rebelarse contra lo que impone la muerte y la infelicidad, descubriendo así su camaradería con los demás. Y esa rebelión no es simple grandilocuencia, sino búsqueda de soluciones políticas, es decir, contra el estado de guerra que exige mantenerse en el odio. Para Camus, la democracia –despreciada por los revolucionarios y por Sartre- tiene el gran mérito de solicitar modestia: nadie puede zanjarlo todo por sí mismo, hace falta el consejo de otros y el acuerdo. Rebelarse contra la infelicidad del terror exige evitar el absolutismo decapitador de los principios y a menudo atenerse a los matices, a las medias tintas: ¡qué bien comprendemos hoy, tras las contradicciones de las primaveras árabes, la actitud tentativa y fluctuante de Camus ante el conflicto de Argelia a finales de los años cincuenta!
En Youtube puede verse una breve filmación de Albert Camus en la que, con una sonrisa y aire de pillo, finge ante la cámara muletazos sin toro ni muleta. Es un espontáneo, el maletilla que aspira a la gloria. O que ya la conoce: “Comprendo aquí lo que se llama gloria: el derecho de amar sin medida” (Bodas).

domingo, 24 de noviembre de 2013

PRENSA CULTURAL. "Estas páginas torpes" de Albert Camus. Juan Cruz

En la carnicería del tío de Albert Camus en Argelia, 1920. Sentado en el centro, vestido de negro, el escritor a los siete años. / FOTO: RUE DES ARCHIVES/PVDE ("el país")

   En "El País":

“Estas páginas torpes” de Albert Camus

'El revés y el derecho', primer libro del escritor, es una visita anónima a los manantiales de los que procede la metáfora mayor de su literatura: su madre omnipresente, la pobreza, la luz de la infancia… La ternura y el desvalimiento, la sinrazón y la violencia, la perplejidad y el crimen, que recorren la obra del Nobel, están ya presentes en esa obra publicada en Argelia en 1937

 3 NOV 2012

Hacía un año que había ganado el Premio Nobel, que obtuvo en 1957, y Albert Camus sintió la pulsión de volver a visitar la casa literaria de su adolescencia, su primer libro. Era El revés y el derecho. Lo escribió entre 1935 y 1936, trataba sobre el mundo que lo rodeaba en Argelia cuando era niño y había circulado entre muy pocos lectores en 1937, cuando se publicó. Veinte años más tarde, aquel joven escritor que alguna vez soñó con ese instante se hallaba en lo más alto de la fama literaria, había escrito algunas obras que lo habían convertido en uno de los escritores más importantes del siglo XX y decidió que podía rescatar “estas páginas torpes” que ya vivían tan solo en las manos de algunos privilegiados.
Debió ser muy conmovedor ese reencuentro de Albert Camus con lo que aquel muchacho de veinticuatro años había dado a la estampa porque el autor, que en ese momento disfrutaba de los salones literarios que deploraba pero que formaban parte del éxito que alcanzó, sintió que lo más importante de su vida había sucedido entonces. “Brice Parain había dicho con frecuencia que en este libro está lo mejor que he escrito”. “Quiere decir, y está en lo cierto”, subrayaba Camus, “que hay más amor verdadero en estas páginas torpes que en todas las que vinieron después”. Y después vinieron La peste y El extranjero, por citar, tan solo, dos de sus obras culminantes, en las que conviven (como en estas páginas) la ternura y el desvalimiento, la sinrazón y la violencia, la perplejidad y el crimen.
Pero El revés y el derecho era muy especial, mucho más, acaso, que todo lo que vino después. Por eso, creía el propio Camus, había sido guardado como un espejo en el que no se quería mirar mientras progresaba su incursión por los caminos de la risa y el olvido que constituía la vida literaria de la que en ese momento, a pesar del éxito, o quizá por su culpa, abominaba. La vida le había devuelto risa y desconsuelo, la carcajada en los saraos; había conocido la envidia, la había practicado a veces, se había tratado de alejar de ella; y había conocido la diatriba y el odio, la compasión pero también el desprecio, y todas esas desventuras de los sentimientos lo habían alejado del “primer hombre”, por decirlo con el título de un libro que dejó inédito cuando el coche en el que viajaba de copiloto (junto a su editor, Gallimard) se estrelló contra un árbol.
Poco antes de ese accidente, Camus había dicho que su obra “aún no ha empezado”. Dos años antes, “de pelo ya ralo y seco, cubierto de bálago”, el artista “está maduro para el silencio, o para los salones, que es como decir lo mismo”, así que se enfrenta, como si viviera el epílogo de una autocrítica, a la vieja edición de su primera obra y afirma: “En cuanto a mí, sé que mi manantial está en El revés y el derecho, en ese mundo de pobreza y de luz en el que viví tanto tiempo y cuyo recuerdo me ampara aún en los dos peligros contrarios que amenazan a todo artista, el resentimiento y el contento”.

“La pobreza nunca me pareció una desgracia: la luz derramaba sobre ella sus riquezas. Iluminó incluso mis rebeldías”, afirmaba Camus
La obra es una visita anónima (está escrita en tercera persona, los personajes a los que se refiere son obviamente seres cercanos, entre ellos, su madre omnipresente, poderosa imagen en la que se mira toda la vida) a los “manantiales” de los que procede la metáfora mayor de su literatura, la perplejidad ante el mal y ante la injusticia y el olvido; pero el prólogo es un resumen maduro de esas contingencias de las que abomina y de las que él asegura que se vacunó en sus primeros años. En primer lugar, dice, “la pobreza nunca me pareció una desgracia: la luz derramaba sobre ella sus riquezas. Iluminó incluso mis rebeldías”.
En su libro Camus. A contracorriente (Galaxia Gutenberg), Jean Daniel, que fue su amigo, considera inexcusable para entender a Camus ese regreso a la infancia como motor de su gira a veces atormentada por el mundo en el que ya no tenía el amparo de la madre. “¿Es posible llegar a curarse de la propia infancia? La suya, bañada de sol y sueños, fue también una infancia de pobreza y enfermedad”. En su biografía, citada por Daniel, Herbert R. Lottman hace esta descripción de la casa que es la residencia literaria de El revés y el derecho y en la que Camus vivió en sus años de colegial: “El domicilio se halla en la primera y la última planta de un edificio del barrio obrero de Belcourt. Entre esas plantas hay otros dos pisos, y los retretes de los pasillos sirven para las tres viviendas. No hay baños (…). Tampoco electricidad ni agua corriente. (…) Al anochecer, su madre vuelve agotada del trabajo y se deja caer en un asiento con la mirada clavada en el suelo”.
Esa es la madre de El revés y el derecho; en cierto modo, es todas las mujeres de esa obra, y es también todas las mujeres que sufren dolor en la obra de Camus. Pero ese sufrimiento (el de su madre, el suyo, el de su clase) es el punto de referencia para expresar la convicción de un gozo: si no hubiera existido ese pasado, que en él siempre está presente, las tentaciones de la envidia y del resentimiento, tan frecuentes en el mundo que ahora es su mundo, el mundo del arte, lo hubieran envuelto en fango. La vida entonces, sin embargo, se portó sabiamente: “La miseria me impidió creer que todo es bueno bajo el sol y en la historia; el sol me enseñó que la historia no lo es todo”.
Pero el sol le enseñó algo más, que es cumbre en la reflexión que le provoca la relectura de ese libro que entonces, 1958, estaba devolviéndolo a él a la juventud: “En cualquier caso”, explica, “aquel calor hermoso que imperó en mi infancia me vedó cualquier resentimiento”. La pobreza, la carencia en general, no era carencia en realidad, pues proporcionaba dones que otros mejor situados no tendrían nunca, quizá. “Vivía con apuros, pero también en algo así como el deleite. Sentía en mí fuerzas infinitas: solo hacía falta encontrar un punto en donde aplicarlas”.
El revés y el derecho le da pretexto a Camus, y nos da pretexto a los que hemos aprendido de él, a sentir que la desgracia es un azar a cuya puerta se toca inevitablemente alguna vez, para explicar por qué “nunca” fue picado por el más terrible insecto, “me estoy refiriendo a la envidia, auténtico cáncer de las sociedades y de las doctrinas”. No quiere ser arrogante, aunque entre sus virtudes la modestia se quedó tan solo en el origen, así que concede que “el mérito de esta afortunada inmunidad” se lo debe, “ante todo, a mi gente, que carecía de casi todo y no envidiaba casi nada”.
Sobre la obra de Albert Camus hay mucho sol, y de hecho esa circunstancia ha sido materia de mucho estudio camusiano; el sol procede de esta obra, y el resplandor tiene su residencia mejor calibrada en ese prólogo, que ahora se lee como una declaración de principios. Pero el origen de la salud que desprende es lejano, físico y, para él, inolvidable: “Viví, hace mucho, durante ocho días colmado con los bienes de este mundo; dormíamos al raso en una playa, me alimentaba con fruta y me pasaba la mitad del día en unas aguas desiertas…”. El sol y el aire son gratis en África. Cuando fue a Estocolmo, a recoger el Nobel (discurso que completa la edición de este librito, con el que viajo siempre, por eso he querido titular El revés y el derecho los artículos de esta serie que comienza hoy), Camus evocó esos tiempos como la esencia de su escritura: el latido de la madre, el sol que habitó sobre su infancia, “las dos o tres imágenes sencillas a las que se le abrió el corazón una vez primera”.
El revés y el derecho. Discurso de Suecia. Albert Camus. Traducción de María Teresa Gallego Urrutia y Miguel Salabert Criado. Alianza Editorial. Madrid, 2010. 144 páginas. 8 euros.

lunes, 18 de noviembre de 2013

PRENSA CULTURAL. Sobre Albert Camus. Antonio Muñoz Molina


Albert Camus

   En "El País":

Una claridad inaceptable

El Albert Camus masculino y sereno de las fotografías estuvo solo muchas veces

El escritor sufrió la amargura sin consuelo de ser agredido y calumniado

 12 NOV 2013

Canonizar a Camus en la ocasión oficiosa de su centenario es seguir empeñándose en lo que ni sus peores enemigos lograron cuando estaba vivo: domesticarlo, o en su defecto sepultarlo en la irrelevancia, o peor todavía, en el malentendido. Más de medio siglo después de su muerte, cuando las causas que más le importaron —la guerra de la independencia de Argelia, la revolución antisoviética en Hungría— ya están olvidadas, cuesta poco seleccionar unas cuantas frases suyas que suenen bien y ponerlas al pie de una de sus fotografías en blanco y negro para lograr un Camus confortable, que nos venga bien para legitimar nuestras posiciones o nuestros prejuicios. Seguro en su lugar del pasado, inmóvil en sus imágenes como un santo en una hornacina, leído por encima o citado de oídas, y desde luego desprendido de las controversias feroces que lo angustiaban y lo estimulaban, Camus queda solemne, indiscutible, irrelevante en el fondo, un escritor con madera de galán del tiempo en que los intelectuales salían en las fotos con un cigarrillo en la boca, fotogénico, eso sí, más fotogénico que ningún otro, ideal para pósters de librerías y portadas de suplementos literarios.
Pero basta leerlo de verdad para que esa efigie cobre voz e irrumpa en el presente, con la misma entonación apasionada que si lo que leemos acabara de escribirse, con una claridad que ha resistido limpiamente el paso del tiempo. Ser claro, para Camus, igual que para Orwell, era una exigencia a la vez estética y política. Las palabras tenían la tarea urgente de revelar la faceta del mundo que los seres humanos poseen en común, la que no está en las ficciones ni en los sueños, la que ayuda a distinguir entre lo que creemos o deseamos o imaginamos y lo que tenemos delante de los ojos. En su discurso del Premio Nobel, Camus reflexionó sobre los hitos históricos terribles que habían formado a su generación: los nacidos en los umbrales de la I Guerra Mundial, los que llegaban a la edad de la razón en medio de las grandes crecidas del comunismo y el fascismo, la que vio los campos de exterminio y cuando entraba en la madurez encontró, en vez de un principio de sosiego después de tanta devastación, el nuevo pánico de la guerra nuclear. Nada era más fácil para una generación así que dejarse seducir y cegar por las ideologías, o que caer en el nihilismo o en el fatalismo. Camus eligió a conciencia el camino opuesto: la racionalidad escéptica, la atención observadora, la búsqueda de soluciones tangibles y modestas que hicieran algo mejor la vida, sin aceptar la inevitabilidad de la injusticia ni tampoco la obcecación en el fondo religiosa y milenarista por paraísos futuros ganados al precio de matanzas de inocentes y de tiranías policiales del presente.
En ese empeño, la claridad expresiva era tan fundamental como la rebeldía contra las unanimidades y la consiguiente aceptación de su consecuencia inevitable, la soledad política. Ese Camus masculino y sereno de las fotografías estuvo solo muchas veces y sufrió la amargura sin consuelo de ser agredido y calumniado hasta extremos de vileza que fueron todavía más vergonzosos porque los cometían antiguos amigos suyos y personas a las que él había ayudado y defendido. Leer el último de los tres volúmenes de sus Carnets es asomarse a la intimidad de un hombre sometido a un acoso que no sabe que no merece y que nunca había sido capaz de prever. Esa creciente negrura es la misma que sobrecoge tanto en sus Crónicas argelinas, que acaba de publicar en una nueva traducción al inglés de Arthur Goldhammer la Harvard University Press, en una edición ejemplar de Alice Kaplan. Camus reunió los materiales del libro en 1958, rompiendo el voto de silencio sobre la situación en Argelia que se había impuesto a sí mismo en 1956, después de un viaje a su tierra natal en el que había intentado, sin ningún éxito, lograr un acuerdo mínimo entre las autoridades francesas y los sublevados del FLN: ni siquiera una tregua militar, sino tan solo el compromiso mutuo de no matar a civiles.

Es justo defender a los oprimidos, pero no es lícito aprobar la injusticia y los horrores cometidos en nombre de ellos
La desvergüenza política puede ser ilimitada: a Camus, que había escrito ya en 1939 sus primeras crónicas contra las injusticias de la dominación francesa sobre Argelia, lo acusaban de defender el colonialismo quienes habían tardado casi veinte años más que él en advertir sus abusos; y habiéndose jugado la vida en la Resistencia tuvo que oír que lo llamaran cobarde colegas intelectuales que solo se habían sumado a ella, tan heroica como retrospectivamente, una vez asegurada la liberación de París.
Una y otra vez, a lo largo de los años, con creciente desolación, con integridad insobornable, Camus reitera en los artículos de periódico, las cartas y las conferencias, una postura política que es también una actitud vital, porque está escribiendo sobre la tierra en la que nació y la que más ama, la que siente como su patria luminosa y verdadera: es justo defender a los oprimidos, pero no es lícito aprobar la injusticias y los horrores cometidos en nombre de ellos; no se puede condenar el terrorismo y al mismo tiempo justificar la tortura aduciendo que es necesaria para combatirlo; los crímenes de un bando no hacen menos imperdonables los crímenes del otro.
Entre los paracaidistas franceses que torturaban y asesinaban a prisioneros argelinos y los militantes del Frente de Liberación Nacional que mataban y mutilaban a cualquiera, adulto o niño, militar o civil, por el simple hecho de ser francés, Camus se negaba a tomar partido. No por afán cobarde de neutralidad, sino porque estaba tan de parte de las víctimas de un lado como de las de otro, del derecho de los árabes argelinos a vivir en libertad y recibir justicia y también del derecho de más de un millón de argelinos de origen europeo a seguir viviendo en la misma tierra en la que había nacido. En un tiempo de estereotipos y caricaturas crueles dibujadas por el odio, quiso ver siempre a las personas reales por encima de las abstracciones de los pueblos. Ni los árabes eran terroristas fanáticos en su mayoría ni todos los europeos eran funcionarios coloniales ni terratenientes tiránicos. Y la mejor esperanza de unos y otros, europeos y árabes, cristianos, musulmanes, judíos, agnósticos, sería una democracia sin excluidos ni proscritos en la que todos, manteniendo sus diferencias legítimas, pudieran ser ciudadanos iguales ante la ley.
En las épocas y en las sociedades sometidas a la escalada del extremismo, nada es más imperdonable que el sentido común. La búsqueda de mesura y concordia es una afrenta para los aspirantes a saqueadores del desastre. Aprender de Camus es tan necesario ahora como hace sesenta años. Los aficionados a organizarse contra el que disiente a solas no son menos eficaces que entonces. Y la raíz de lo que él defendió sigue provocando el mismo rechazo, velado o explícito: no hay tiranías legítimas; no es lícito borrar la individualidad ni el albedrío de las personas para someterlas a la siniestra uniformidad de las identidades colectivas; ninguna causa es lo bastante noble como para no ser manchada sin remedio por el asesinato.
www.antoniomuñozmolina.es
Antonio Muñoz Molina

domingo, 17 de noviembre de 2013

PRENSA CULTURAL. "Camus ante su tiempo". José María Ridao

José María Ridao

   En la revista "Letras Libres":
Poco antes de su muerte, Camus decidió reeditar un libro de ensayos que había publicado en su juventud y mantenido oculto desde entonces. Este gesto permite releer sus últimas obras a partir de su biografía y un reducido grupo de personajes recurrentes.
En un cuaderno fechado entre enero de 1942 y septiembre de 1945, Albert Camus advierte en un breve apunte una diferencia raramente subrayada entre los filósofos de la Antigüedad y los que les siguieron. Aquellos, escribe Camus, “reflexionaban mucho más de lo que leían”, en tanto que los filósofos que les siguieron, hasta llegar a sus contemporáneos, “leen más de lo que reflexionan”. Camus encuentra la causa de esta inversión entre reflexión y lectura, entre indagación originaria y adquisición del saber acumulado, en la aparición de la imprenta. Los filósofos que se deciden a reflexionar cara a cara con el universo, como hacían los de la Antigüedad, encuentran a su disposición, gracias a la imprenta, el catálogo de los resultados de la aventura semejante que otros emprendieron antes que ellos. Desentenderse de ese catálogo exigiría a los filósofos sofocar la curiosidad que los impulsa a reflexionar cara a cara con el universo; no desentenderse, en cambio, les obligaría a sustituir la reflexión cara a cara con el universo por el conocimiento del saber adquirido. En el apunte Camus no se propone defender una u otra alternativa, ni tampoco hallar un eventual punto de equilibrio entre ambas. Lo que sí parece preocuparle son las consecuencias para la filosofía de la inversión entre reflexión y lectura, entre indagación originaria y adquisición del saber acumulado.
Refiriéndose a los filósofos de la Antigüedad, observa que en la preferencia por la reflexión antes que por la lectura se encuentra la razón por la que se “aferraban tan estrechamente a lo concreto”. El argumento es tal vez más significativo considerándolo en contrapunto, puesto que revela la posición de Camus sobre los filósofos que siguieron a los de la Antigüedad y sobre el género de conocimiento que elaboraron. Al destacar que los filósofos de la Antigüedad se “aferraban tan estrechamente a lo concreto”, Camus sugiere que, en su tiempo, lo concreto se ha difuminado en la preferencia de los filósofos por la lectura antes que por la reflexión. “No tenemos filosofías –concluye Camus–, sino tan solo comentarios”, y, como si él mismo se reconociera atrapado en la disyuntiva, cree necesario citar en su apoyo a Étienne Gilson, miembro del Collège de France, quien estimaba que “a la edad de los filósofos que se ocupaban de la filosofía le sucedió la edad de los profesores de filosofía que se ocupaban de los filósofos”. Reconocer que los filósofos de la Antigüedad formularon interrogantes que siguen vigentes y buscar a través de la lectura las repuestas que avanzaron, obedece, según Camus, a una actitud de modestia. Pero obedece también al reconocimiento de una impotencia que, llevada al extremo, conduce al abandono de la reflexión, de toda reflexión. Un libro de filosofía que declarase la intención del autor de comenzar por el principio “se expondría a la sonrisa”. De igual manera, continúa Camus, “no se tomaría en serio un libro de filosofía que no se apoyara en autoridades, citas, comentarios”. Lacónicamente concluye: “y sin embargo…”
Camus no es el único en expresar su insatisfacción ante la inversión operada en la filosofía entre reflexión y lectura, entre indagación originaria y adquisición del saber acumulado. En 1932, alrededor de una década antes de que Camus redactara el apunte finalmente incluido en el segundo volumen de Carnets, Paul Nizan había publicado con el título de Los perros guardianes una airada despedida personal de la filosofía. Las razones que aduce Nizan, estudiante de la École Normale Supérieure y compañero de Jean-Paul Sartre en las aulas de la Rue d’Ulm, no están lejos de las que señala Camus: ambos recelan de la pérdida de atención de la filosofía hacia “lo concreto”. Se distancian, sin embargo, en el hecho de que si Camus lamenta esa pérdida es porque desea que la filosofía vuelva a reflexionar cara a cara con el universo, vuelva a comenzar por el principio, mientras que Nizan, por su parte, no busca tanto un retorno a la indagación originaria cuanto una atención preferente a los problemas más inmediatos. En Los perros guardianes, Nizan denuncia que los filósofos se hayan extraviado en la logomaquia del ananké, el cogito y el noúmeno mientras evitan pronunciarse “sobre la guerra, el colonialismo, la racionalización de las fábricas, el amor, las diferentes formas de morir, el paro, la política, el suicidio, las medidas de orden público, el aborto”. Nizan no espera que la filosofía vuelva sobre sus pasos, que deshaga la inversión entre reflexión y lectura, entre indagación originaria y adquisición del saber acumulado; lo que le reclama es que utilice el saber acumulado, que utilice la lectura, para pronunciarse “sobre todos los asuntos que preocupan verdaderamente al mundo”.
Para Nizan, el concepto de “lo concreto” al que, según Camus, se “aferraban tan estrechamente” los filósofos de la Antigüedad se corresponde con esos “asuntos que preocupan verdaderamente al mundo”, y se presenta bajo el signo de la urgencia. Para Camus, en cambio, “lo concreto” remite a los grandes interrogantes, a los interrogantes fundamentales, y se presenta, entonces, bajo el signo de la permanencia, incluso de la eternidad. Al colocar la filosofía bajo el signo de la urgencia, Nizan se arroja a una tumultuosa corriente que conduce al abandono de la filosofía en favor de la acción: por más respuestas que la filosofía pueda ofrecer a los “asuntos que preocupan verdaderamente al mundo”, si esas respuestas no sirven para fundamentar la acción y no van seguidas de ella se condenan a la irrelevancia. La opción de Camus al interpretar “lo concreto” bajo el signo de la permanencia, incluso de la eternidad, lleva, por su parte, a un dilema de naturaleza diferente. Los filósofos pueden asumir el riesgo del adanismo al enfrentarse cara a cara con los grandes interrogantes, con los interrogantes fundamentales, según hacían los de la Antigüedad con el universo, o pueden, por el contrario, conformarse con desbrozar la exégesis sobre esos grandes interrogantes, sobre esos interrogantes fundamentales, destilada a lo largo de los siglos. En ninguna de ambas direcciones la acción es una alternativa a la filosofía, sino un problema filosófico.

Camus ante su tiempo 2

Poco antes del accidente de automóvil que acabaría con su vida en enero de 1960, un Camus definitivamente alejado del medio intelectual en el que había vivido desde su llegada a París escribió el prólogo para una nueva edición de Las islas, el libro de Jean Grenier que, según su propia confesión, le proporcionó el impulso definitivo hacia la escritura. Grenier, filósofo de formación y profesor en el liceo de Argel donde estudió Camus, se desenvuelve en un género híbrido, a medio camino entre el ensayo, la confesión y la crónica de viajes, que no solo influiría en obras como El revés y el derechoNupcias y El verano, sino que señaló una salida provisional a la alternativa entre reflexión y lectura, entre indagación originaria y adquisición del saber acumulado. Camus compara el efecto que Las islas provocó entre los estudiantes del liceo de Argel donde Grenier impartía clases con el de Los alimentos terrenales, de André Gide, sobre una generación entera de franceses. El motivo inmediato era que Grenier ofrecía una prueba fehaciente de que la realidad cotidiana en la que vivían sus estudiantes argelinos –“el mar, la luz, los rostros”, escribirá Camus– podía ser materia literaria. El segundo motivo era que, siempre de acuerdo con las palabras de Camus en el prólogo para la nueva edición de Las islas, que no llegó a ver impreso, las “apariencias eran hermosas pero debían perecer”. En esta observación evocada sin énfasis Camus descubre, pese a su aparente trivialidad, “un tema enorme de todas las edades”; es decir, descubre uno de los grandes interrogantes, uno de los interrogantes fundamentales, a los que los filósofos podían enfrentarse cara a cara, como los de la Antigüedad con el universo.
La deuda de El revés y el derecho con Las islas es diáfana, y Camus no deja de reconocerla. El revés y el derecho aparece en Argel en 1937 y Camus renuncia a reeditarlo hasta 1958, una vez que ha estallado la polémica con Francis Jeanson y Jean-Paul Sartre sobre El hombre rebelde, y su reputación como intelectual atraviesa horas bajas. La razón por la que Camus mantiene casi en secreto la existencia de esta colección de ensayos entre los que se cuentan algunos de sus textos más hermosos, y también la razón por la que acepta finalmente reeditarlos, parece más profunda que la simple incomodidad estilística o literaria con una obra de juventud. Si hubiera sido eso, simple incomodidad estilística o literaria, no se comprendería por qué Camus, que ha mantenido casi en secreto esta colección de ensayos durante dos décadas, se decide finalmente a reeditarla cuando sus libros más conocidos, los libros que le valieron la concesión del premio Nobel, están siendo sometidos a una injusta reconsideración a causa de las tesis que defiende en El hombre rebelde. Sintiéndose acusado de haber traicionado sus orígenes tras alcanzar el éxito como escritor –Jeanson y Sartre destacan su condición de burgués para explicar la crítica de El hombre rebelde a la idea de revolución y de la moral revolucionaria–, Camus decidió mostrar la extrema miseria en la que había vivido durante su infancia, sobreponiéndose al pudor del que dejaron numerosos testimonios sus maestros y amigos, y liberándose de pronto, como él mismo explicaría en El primer hombre, de la vergüenza y de la vergüenza de haber sentido vergüenza.
Este desenlace desgarrador e inesperado de la controversia sobre El hombre rebelde, este desenlace que se resolvió en un plano íntimo además de en el plano filosófico, pudo sin duda transformarse en uno de los estímulos para la redacción de la que sería su deslumbrante obra póstuma, hallada entre los restos del Facel-Vega que conducía Michel Gallimard en el momento del accidente. También en la repentina determinación de reeditar El revés y el derecho. En el prólogo escrito para la ocasión Camus reconoce de nuevo su deuda con Jean Grenier, de quien se declara “aprendiz” y a quien el volumen seguía estando dedicado, como en la edición de Argel. Habla además de la “fuente única” que el artista guarda “en el fondo de sí mismo” y que alimenta, dice Camus, “lo que es y lo que dice” a lo largo de su vida. Para Camus, esa fuente procede en su caso del “mundo de pobreza y de luz” que refleja El revés y el derecho y es ahí, en ese “mundo de pobreza y de luz” finalmente revelado, donde se encuentran “las dos o tres imágenes simples y grandes sobre las que el corazón se abre por primera vez”.
La importancia que Camus concede a esta obra de juventud, primero manteniéndola casi en secreto y considerándola después, cuando finalmente accede a reeditarla, como testimonio de la “fuente única” de su tarea como escritor, contrasta con el hecho de que la siguiente colección de ensayos, Nupcias, aborde asuntos concomitantes con los de El revés y el derecho y, además, desde una perseverante continuidad estilística, sin que Camus muestre hacia ella tanta reserva. Con los textos recogidos en El verano sucede otro tanto, pese a que su redacción se prolonga desde 1939 hasta 1953, fecha de “El mar, aún más cerca”, diario de una travesía marítima a Brasil al que, en el momento de publicarlo, añade una breve introducción tan significativa como el prólogo a El revés y el derecho con respecto a los efectos en el plano íntimo de la polémica con Sartre. “Crecí en el mar –escribe Camus en la breve introducción de 1954 a “El mar, aún más cerca”– y la pobreza me resultó fastuosa. Después perdí el mar y todos los lujos me parecieron grises, y la miseria, intolerable.” La única diferencia entre Nupcias y El verano, por un lado, y El revés y el derecho, por el otro, es que la carga autobiográfica presente en todos ellos es, por así decir, más íntima en este último volumen. Después de la publicación del manuscrito inacabado de El primer hombre en 1994, y de la monumental monografía de Olivier Todd titulada Albert Camus. Una vida, aparecida dos años más tarde, no resulta difícil identificar en las páginas de El revés y el derecho el personaje de la madre viuda y de la abuela tiránica, del padre muerto en el campo de honor y del episodio en el que vomita tras asistir a una ejecución pública, de los árabes que asaltan a una mujer desamparada y que huyen sin lograr sus oscuros propósitos. En definitiva, no resulta difícil identificar el entorno familiar del que Camus confesaría haber sentido vergüenza y vergüenza por haberla sentido, y que entre 1937 y 1958, entre la publicación de su primer libro y la reedición, había intentado mantener a salvo de miradas ajenas mediante un extrañamiento, mediante una lejanía hermética y al mismo tiempo transparente como la de Mersault hacia el mundo.
El peso de la autobiografía en los ensayos de Camus más tributarios del género híbrido al que Grenier recurre en Las islas, como también enInspirations meditérranéennes o en Sur la mort d’un chien, ha podido desdibujar en ocasiones su sentido. Camus no se propone con El revés y el derechoNupcias y El verano dar cuenta de su vida y de su entorno, sino que se vale de su vida y de su entorno para adoptar la salida provisional a la alternativa entre reflexión y lectura, entre indagación originaria y adquisición del saber acumulado, que Grenier había apuntado en Las islas y que produjo entre sus estudiantes de Argel el mismo efecto que Los alimentos terrenales en una generación entera de franceses. Es ocultándolos detrás de su vida y de su entorno como Camus aborda los grandes interrogantes, los interrogantes fundamentales, asociados a “lo concreto”. La vida y el entorno de Camus forman parte de la estrategia, casi cabría decir de la coartada, de la que se vale para escribir un libro de filosofía que comience por el principio sin exponerse a la sonrisa, un libro de filosofía que no se apoye en “autoridades, citas, comentarios” y que, sin embargo, haya que tomar en serio. La estrategia, la coartada literaria de la que se sirve, y que da lugar a unos textos de singular belleza y profundidad, parece alejarlos de un texto más inequívocamente teórico como El mito de Sísifo. En realidad, El mito de Sísifo va más lejos pero en la misma dirección. “No existe más que un problema filosófico verdaderamente serio –escribe Camus con rotundidad en la primera página-: es el suicidio.” De acuerdo con el apunte recogido en el segundo volumen deCarnets, ese era el punto que deseaba alcanzar Camus, ese era el libro de filosofía que aspiraba a escribir y al que se había ido aproximando en las tres colecciones de ensayos escritas bajo la inspiración de Grenier.
El mito de Sísifo, publicado en 1942, constituyó un éxito incontestable al mismo tiempo que dio lugar a un equívoco contra el que Camus advirtió en reiteradas ocasiones. Pese a la interpretación mayoritaria de críticos y lectores, Camus no escribió El mito de Sísifo, como tampoco El extranjero, en la estela del existencialismo ni con la pretensión de contribuir a él. Sartre publicó en 1942 una crítica sumamente elogiosa de El extranjero, tal vez sin conocer la reseña poco favorable de La náusea que, por su parte, había firmado Camus en la prensa argelina antes de trasladarse a París. La aparición de El ser y la nada al año siguiente de que lo hiciera El mito de Sísifo, recreando, al igual que las respectivas novelas, una atmósfera intelectual en la que el absurdo y la nada parecían dos nombres diferentes para la dramática realidad que vivía Europa en plena guerra mundial, consolidó el equívoco que hacía de Camus un existencialista. Durante los años en los que se mantuvo, las relaciones con Sartre y el círculo de Les Temps modernesfueron de camaradería no exenta de recelos. Los recelos se convirtieron, sin embargo, en abierta hostilidad cuando, al aparecer El hombre rebelde en 1951, quedó meridianamente al descubierto que Sartre y Camus no compartían la misma tradición intelectual, pero, sobre todo, no compartían la misma actitud filosófica respecto a la inversión entre reflexión y lectura, entre indagación originaria y adquisición del saber acumulado.
El hombre rebelde coincide con El revés y el derecho en un detalle en apariencia marginal: ambos libros están dedicados a Jean Grenier. En el caso de El revés y el derecho, según escribe Camus en el prólogo aLas islas, se trata de un reconocimiento expreso a la influencia de Grenier en el desarrollo de su vocación de escritor. En el caso de El hombre rebelde, la razón de la dedicatoria podría no ser únicamente intelectual sino también biográfica. Cuando, viviendo aún en Argelia, Camus se propone ingresar en el Partido Comunista, Grenier es una de las personas con las que consulta la decisión. La iniciativa nada tiene de extraño conociendo la extrema confianza personal que había terminado uniendo al profesor con su antiguo alumno. Se vuelve más enigmática, incluso más incomprensible, si se toma en consideración que, en 1938, Grenier publicaría Essai sur l’esprit d’orthodoxie, un texto tan penetrante como injustamente olvidado donde se desarrollan los rasgos del humanismo con el que hoy se asocia a Camus, en abierta contraposición a los totalitarismos y donde se extiende en una crítica frontal al marxismo. Grenier no se opone o, al menos, no desaconseja a Camus que se afilie al Partido Comunista, y Camus se afilia. Su militancia será intensa pero breve, desengañado de la obtusa obediencia que le exige la dirección argelina en cuestiones con las que está en completo desacuerdo. Al dedicar a Jean Grenier El hombre rebelde puede que Camus quisiera rendir tributo al Essai sur l’esprit d’ortodhoxie, como había hecho con Las islas en El revés y el derecho. Pero puede que, además, estuviera evocando la iniciativa de consultar con Grenier la decisión juvenil de afiliarse en el Partido Comunista. Dedicar El hombre rebelde a Jean Grenier era tanto como decirle que al cabo de los años, y después de un largo rodeo, volvía a reconocer su magisterio.
El consejo editorial de Les Temps modernes encargó a Francis Jeanson la crítica de El hombre rebelde. Jeanson redacta un texto severo, brutal en ocasiones, tras el que Camus cree adivinar la influencia de Sartre. Por esta razón es a él, a Sartre, a quien dirige la respuesta. Sartre sale entonces a la palestra y lo hace con un texto sin contemplaciones, en el que acusa a Camus de burgués, de no estar dispuesto a padecer las consecuencias de la historia, de autoproclamarse fiscal de la república de las almas nobles. Es probable que la obra de Camus posterior a la polémica con Sartre no se entienda sin el dolor que le produjeron cada una de estas acusaciones, repentinamente transformado en un estímulo creador. Para desmentir que fuera un burgués y, por tanto, para negar que hubiera traicionado unos orígenes que hasta entonces había mantenido pudorosamente en secreto, acepta reeditar El revés y el derecho y comienza la redacción de El primer hombre, donde da cuenta de la miseria en la que vivió durante su infancia. Para desmentir que no estuviera dispuesto a asumir las consecuencias de la historia, incluye en El primer hombre la escena en la que visita la tumba de su padre y reconoce en su temprana muerte el trágico tributo que a la historia pagan los seres más humildes. Para desmentir que se hubiera autoproclamado fiscal de la república de las almas nobles, crea en Jean-Baptiste Clamence, de La caída, la figura del juez-penitente que expone sus miserias y que si juzga es porque acepta ser juzgado.
La acusación de Sartre para la que, sin embargo, Camus no llega a formular una respuesta es aquella en la que queda al descubierto que, además de no compartir la misma tradición intelectual, no compartían tampoco la misma actitud filosófica. Con la arrogante suficiencia delnormalien que ha destacado en las aulas de la Rue d’Ulm, Sartre se ensaña con las insuficiencias de la formación filosófica de Camus. Cree colocarlo en su sitio al reprocharle que no haya comprendido a Hegel cuando, en realidad, es el propio Sartre quien se ha colocado en el suyo. A diferencia de Camus, y al menos para obtener la victoria en la polémica sobre El hombre rebelde, Sartre no apuesta abiertamente por el filósofo que reflexiona cara a cara con el universo, no se inclina abiertamente por la indagación originaria en lugar de por la adquisición del saber acumulado, no prefiere la reflexión a la lectura. Lo que no hizo con El mito de Sísifo lo hace ahora con El hombre rebelde: sonreír ante un libro de filosofía en el que el autor exponía su propósito de comenzar por el principio, dejar de tomárselo en serio porque no se apoyaba en “autoridades, citas, comentarios”. Al morir Camus en enero de 1960, Sartre publica una necrológica sentida y generosa, en la que describe a su antiguo amigo como un moralista. Apenas dos meses después, en marzo, escribirá otro texto en homenaje de otro camarada muerto: Paul Nizan. Lo describe como “el hombre que dijo no hasta el final”. Ese no fue el que condujo a Paul Nizan a considerar la acción como alternativa a la filosofía, despidiéndose de ella. En El hombre rebelde Camus también había dicho no, haciendo de la acción un problema filosófico y enfrentándose a él, en efecto, como un moralista que desea responder a los grandes interrogantes, a los interrogantes fundamentales, comenzando por el principio. Sartre, por su parte, quedaría como un náufrago al que acabaron tragando las olas entre uno y otro no. 

viernes, 8 de noviembre de 2013

PRENSA CULTURAL. Sobre "Los justos", de Albert Camus. Fernando Aramburu

   En la revista "Mercurio":

No todo está permitido

FERNANDO ARAMBURU  |  MERCURIO 154 · TEMAS - OCTUBRE 2013

Estrenada en la posguerra, cuando muchos aún justificaban la violencia en razón de objetivos políticos, ‘Los justos’ ofrece una profunda reflexión sobre la inviabilidad moral del terrorismo
Atentado
Los justos. © ASTROMUJOFF
Albert Camus estrenó Los justos a finales de 1949 en el Théâtre Hébertot de París. No faltaron algunas reacciones y comentarios adversos. Visibles todavía en numerosas ciudades y pueblos los estragos de la guerra reciente, una parte de la intelectualidad occidental europea, incluyendo la francesa, sigue cerrada por entonces a la crítica del ideal socialista a partir de sus consecuencias. No pocos intelectuales que disfrutan de la amplia libertad de expresión que les garantiza la democracia desean para su país la dictadura soviética. Se niegan a admitir que un modelo social basado en un ideal de justicia equitativa pueda desembocar en un régimen sanguinario, con su tirano a la cabeza y sus servicios policiales consagrados por entero a la represión. Frente a la subordinación del hombre a las ideas, origen de tanto fanatismo, Camus propone una profunda reflexión moral sobre la base de que ninguna convicción, por nobles que sean su apariencia y su propósito, es justa si sirve de coartada para ocasionar daño al prójimo. ¿Lo es si quien se empeña en llevarla a la práctica sacrifica su vida en el intento?
Es esta una de las cuestiones esenciales tratadas en Los justos. La acción transcurre en Moscú, a principios del siglo XX. Cinco activistas de una organización revolucionaria (cuatro varones y una mujer) se han propuesto liberar al pueblo ruso por la vía de liquidar a los déspotas. La primera tentativa de matar a uno de ellos fracasa como consecuencia de un repentino escrúpulo del terrorista encargado de arrojar la bomba. En la calesa del gran duque, blanco del ataque, viajan dos niños. Una segunda tentativa, pocos días después, conduce a la muerte del referido aristócrata, así como a la detención, encarcelamiento y posterior ejecución del terrorista. El interés de Los justos acaso no radique hoy día tanto en sus componentes propiamente literarios, en absoluto desdeñables, ni en la psicología de los personajes como en las complejas cuestiones de índole moral que la pieza plantea y sobre las cuales el propio Camus se pronunciará por extenso en su obra inmediatamente posterior, El hombre rebelde.
¿Se puede crear una sociedad justa cometiendo asesinatos? No es difícil comprender que una sucesión mejor o peor organizada de crímenes constituye un ejercicio de pureza. Por lo general, los brutos, cuando se meten a arreglar el mundo a su manera, optan por este tipo de soluciones primitivas, equivalentes a una poda de seres humanos en vez de ramas. La idea básica consiste en llevar a cabo una selección, con el pensamiento de que al final la sociedad albergue solamente a los adeptos; esto es, a los puros.
La actividad criminal continuada es inviable si el activista no tiene cerradas todas las puertas de la culpa. La culpa no solo es un elemento desmoralizador, un obstáculo, un freno en el esfuerzo hacia el objetivo final, sino que implica el reconocimiento de que se ha actuado de forma reprobable. Alienta, por tanto, la conciencia de que no se ha tenido la razón, de que se ha estado sirviendo a ideas erróneas. Para evitar que la culpa disuada o paralice, el activista ha de tomar ciertas precauciones (y si no él, los encargados de lavarle el cerebro). Una de ellas consiste en la criminalización de la víctima, de tal manera que la acción violenta ejercida sobre ella adquiera desde el principio un componente de castigo o, en todo caso, de defensa propia. De este modo, toda culpa es de la víctima. Kaliayev, el encargado de lanzar la bomba contra el gran duque, no tiene duda de que está ejecutando un veredicto. Ni siquiera actúa por propia voluntad. Es un obediente que ve en sí mismo, por así decir, una víctima de la víctima, obligado por ella a matar y a exponerse a las represalias previstas para su caso por las leyes del zar.
La deshumanización del adversario preserva al terrorista de tentaciones compasivas. Para este, la víctima carece de rasgos faciales, de sentimientos, de vida familiar. Se mata a un hombre como se destruye un puente o se cortan los cables del teléfonoLa consiguiente deshumanización del adversario preserva al terrorista de tentaciones compasivas. Para este, la víctima carece de rasgos faciales, de sentimientos, de vida familiar. Se mata a un hombre como se destruye un puente o se cortan los cables del teléfono. Si la víctima hizo en el pasado alguna aportación positiva a la sociedad, no se le tiene en cuenta. Que al morir deje viuda y huérfanos apenas supone un daño colateral o, en todo caso, él ya estaba avisado, no debió meterse en política, qué significa su sufrimiento frente al de todo un pueblo, etc. La víctima es asesinada por lo que representa. Se dispara contra el uniforme, contra el cargo, contra la posición del funcionario en el entramado social, y puesto que la víctima es considerada parte integrante de un sistema injusto, se le hace responsable de cualquier acción, medida o consecuencia de dicho sistema. De nuevo la víctima es culpable; de nuevo el agresor imparte justicia.
Al formular su célebre frase: “Si Dios no existe, todo está permitido”, Iván Karamazov, personaje de Dostoyevski, no renuncia a su condición humana. Está, eso sí, persuadido de haberse quedado sin cimiento moral. ¿Quién le pedirá cuentas por sus vicios y pecados? ¿Para qué practicar la bondad si no hay recompensa? A los terroristas de Camus la condición humana les resulta indiferente. Si Dios no existe, piensan, nosotros ocuparemos su lugar. A partir de ese instante la justicia es absoluta y el reino de los cielos, la sociedad que se aspira a construir. Ahora ya no está todo permitido; ahora prácticamente no hay nada permitido salvo la entrega sin restricciones a la causa. Ni siquiera los niños son inocentes. Cualquier desviación, cualquier demora en el cumplimiento del plan, debe ser atajada sin miramientos.
Ningún personaje encarna de forma tan extrema esta radical postura como Stepan Fedorov, el más inmisericorde de todos. Stepan no tiene empacho en proclamar que no ama la vida, sino la justicia, y que concibe a esta por encima de aquella. Es comprensible que reproche a Kaliayev que no hubiera lanzado la bomba el primer día, cuando el gran duque viajaba en la calesa con su mujer y los dos niños. Pero, ya avanzada la obra, descubriremos en Fedorov una pulsión que los otros, verdaderos crédulos, no sienten: la sed de venganza. Las carnes de Stepan Fedorov están marcadas por el látigo de la ley y él quiere resarcirse a toda costa, caiga quien caiga. A la causa defendida por la organización, él agrega la suya personal, nacida del resentimiento.
Un rasgo, pues, de egoísmo al que a primera vista parece oponerse la renuncia total al interés propio de Kaliayev. “Nosotros”, afirma este personaje, “matamos para construir un mundo en el que nadie vuelva a matar nunca. Aceptamos ser criminales para que la tierra se cubra por fin de inocentes”. Tamaño sacrificio exige la anulación completa de los impulsos naturales del individuo. Poseído por el ideal, el individuo ya solo es un instrumento al servicio de la ortodoxia. Uno de dichos impulsos es el amor, que tanto Kaliayev como Dora, la única mujer del grupo, reprimen de común acuerdo. No hay felicidad posible sino después de cumplido el ideal. Solo entonces el amor deja de entorpecer y deshonrar la causa. Dora lo formula mediante una de esas frases de Los justos que cortan el aliento: “Los que aman de verdad la justicia no tienen derecho al amor”. Es, pues, coherente su decisión final de seguir los pasos del amado hacia el patíbulo. Al mismo tiempo entrevemos en su actitud de desprendimiento extremo un rasgo de egoísmo, mayor incluso que el de quien tan solo aspiraba a una reparación personal. Es el egoísmo de los que anhelan la salvación eterna.
Fernando Aramburu