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sábado, 5 de marzo de 2016

PRENSA. "Memorias de puño y letra"

   En "El País Semanal":

Memorias de puño y letra

La correspondencia particular se ha convertido en un objeto de museo, pero siguen siendo una de las principales fuentes de información de historiadores y biógrafos.

Un viaje a los últimos descubrimientos que los expertos han encontrado buceando en los epistolarios de personajes ilustres.

Correo
Simone, una francesa de los años veinte, le escribe a su amante Charles. / SEIX BARRAL


“El recuerdo de aquellas caricias me trastorna de forma extraña. (…) Quiero que me ames con todo el ardor de tu deseo, que me hagas gozar violentamente bajo tus abrazos perversos”. En una letra redonda, perfecta, Simone, una francesa de la década de los veinte, imploraba a su amante Charles poder verlo cuanto antes. Durante dos años de relación con él rompió los tabúes sociales y sexuales de la época; se entregó completamente para mantener satisfecho al hombre que amaba, casado y más joven que ella. Su historia quedó grabada en un fajo de cartas, hallado el año pasado por un diplomático francés en el sótano de la casa de un amigo al que estaba ayudando a limpiar. Un descubrimiento novelesco que seguramente no tenga equivalente el siglo que viene, porque ya casi nadie escribe cartas.
La nostalgia ha despertado el ánimo de conservación del periodista inglés Simon Garfield. Colaborador con medios como The GuardianThe Observer o la revista Intelligent Life de The Economist, ha escrito libros de documentación de todo tipo, desde el origen del tinte púrpura artificial hasta la evolución de la tipografía. Ahora se ha adentrado en la memoria histórica epistolar: se acaba de publicar en español su historia de la correspondencia, titulada Postdata (Taurus), y en inglés, una colección de misivas en las que dos trabajadores ingleses de correos se enamoraron durante la II Guerra Mundial. Esta última se titula My Dear Bessie (Mi querida Bessie; Canongate Books). Ambas obras son reivindicaciones de la carta tradicional, homenajes al acto de sentarse, pensar y escribir a mano.
“No me opongo en absoluto a la tecnología moderna”, explica Garfield. “Utilizo el e-mail, incluso tuiteo un poco. Con mi hijo, que vive en México, mantengo el contacto por Whats­App. Me encanta la inmediatez. Pero dentro de diez años no creo que conservemos ninguno de esos mensajes. Tendremos recuerdos vagos, no un registro concreto de dónde se ha estado y lo que se ha visto”. Su afán investigador, que le ha llevado a recopilar decenas de misivas históricas, nace de la idea de que el mundo del futuro está perdiendo parte de su historia: “Cuando trabajas en el archivo de una universidad grande o de un museo” –él es administrador del de la Universidad de Sussex (Inglaterra)–, “te das cuenta de que todo el mundo está muy preocupado con lo que va a ocurrir. ¿Cómo contaremos nuestra historia? ¿Cómo trabajarán los biógrafos?”.

Dentro de 10 años no conservaremos los correos electrónicos sobre determinados sucesos. ¿Cómo contaremos entonces nuestra historia?”
A principios de 2000 desembarcaron en los hogares los programas de mensajería instantánea y los blogs de MySpace, precursores de las redes sociales. Ahora Facebook y los mensajes del móvil han motivado un descenso en la utilización del e-mail entre jóvenes y adolescentes. De 2010 a 2011, el número de menores de edad en Estados Unidos que utilizaban el correo electrónico de forma habitual descendió un 31%, según publicó la empresa de marketing digital ComScore en 2012. El año anterior el uso había caído ya un 59%. Este cambio de hábito se traduce en una pérdida de la pura costumbre de escribir un mensaje largo. Un biógrafo del futuro tendrá que bucear por una hemeroteca infinita de pequeños textos instantáneos y superar contraseñas y cortafuegos de todo tipo para acceder al material. Encontrar un fajo de cartas en un sótano no será suficiente.
“El correo electrónico se está convirtiendo en una obligación; lo usamos prácticamente solo en el trabajo”, continúa Garfield. “Todavía registramos nuestras vidas de diversas formas, y es cierto que existen los blogs, pero ese contenido está escrito para que lo lea todo el mundo. Nos revelamos a un público de forma confesional; queremos que la gente piense lo mejor de nosotros”.
Jean-Yves Berthault, el diplomático francés que encontró las cartas eróticas de Simone en un sótano, decidió publicarlas como La pasión de la señorita S. (Seix Barral). La versión traducida llegará a España en otoño, aprovechando el revuelo mediático de la película Cincuenta sombras de Grey. Pero, a diferencia de las fantasías de bondage blando que ofrece la taquillera película, la correspondencia de Simone es la expresión del deseo de una mujer real, que vivió una época en la que la sexualidad femenina no solo era tabú, sino sencillamente invisible. “Una voz tan desinhibida y desafiante a su tiempo, que habla tan explícitamente desde el yo y no bajo la apariencia de un narrador, solo se consigue en epistolarios o diarios”, resume la editora del volumen en castellano, Mar García Puig. Simone nunca hubiera revelado su deseo en un blog; habría terminado proscrita, y a Charles seguramente no le hubiera hecho ninguna gracia.


Margaret Atwood, escritora canadiense, contesta peticiones de colegas y fans con cartas en formato 'collage'.
Es esa verdad la que engancha al lector, la que alimenta una fascinación por vidas ajenas auténticas, no de muro de Facebook. “El acceso a la esfera íntima no ha sido sustituido por nuevas formas de comunicación”, explica Joan Tarrida, director de Galaxia Gutenberg. Por eso los epistolarios clásicos mantienen un público fiel. “La correspondencia de Octavio Paz con intelectuales como Pere Gimferrer, o entre Nabokov y Edmund Wilson, en las que dos grandes hablan sobre la literatura y la creación… eso es una fuente de conocimiento”, añade. Garfield subraya el valor académico del género. “La carta sobre la erupción del Vesubio en el año 79 que escribió Plinio el Joven al historiador Tácito es la única descripción escrita que tenemos del acontecimiento”. La produjo años después; su tío Plinio el Viejo supuestamente había muerto a consecuencia del desastre, por inhalación de gases, tras acudir en barco para socorrer a las víctimas en la primera fase de la erupción. Plinio explica a Tácito que él pudo haber acompañado a su tío, pero que se quedó estudiando en casa, desde la que veía el humo que se elevaba sobre el volcán. “Al ser una retrospectiva, podemos dudar de su precisión. Y los hechos los conoceríamos igual, porque hay otro tipo de registros, pero es el aspecto personal lo que otorga peso al documento. Esa tensión, ‘¿deberíamos navegar para ponernos a salvo?’. Es algo único, totalmente inestimable. Traslada perfectamente el horror de la situación”. Garfield se pregunta si el mismo tipo de descripción hubiera sobrevivido como un e-mail. “Quizá sí, pero la cuestión es si se habría molestado en escribirlo Plinio”.
¿Y se habría molestado Simone en describirle a Charles con tanto detalle todo lo que anhelaba hacerle si hubiera tenido acceso a una comunicación directa? “Antes habría afirmado sin dudarlo que las cartas, frente al teléfono o el correo electrónico, proporcionaban un cierto sosiego temporal”, reflexiona Puig, de Seix Barral. “Cuando uno escribía una, sabía que esta no sería leída hasta días o semanas después, y la respuesta estaría mediada por el tiempo, que supuestamente lo templa todo. Pero al leer las misivas de la Señorita S., el lector se da cuenta de que la desesperación se mantiene intacta durante días. Tampoco parece que poner por escrito sus sentimientos le hiciera matizarlos, un tópico que se usa al valorar la pérdida de la correspondencia escrita a mano”.

Existe un renovado interés por la carta como objeto fetiche, un proceso nostálgico que algunos expertos comparan con el ‘revival’ del disco de vinilo
Mientras, la carta manuscrita da los coletazos que puede: existen revistas literarias que facilitan suscripciones de misivas de escritores, clubes de correspondencia que solo utilizan el papel y románticos que buscan amigos por carta a través de sus blogs. “Cualquier iniciativa es buena. Está muy bien que haya quien intenta preservar la costumbre. Pero es como querer volver al coche de caballos; resulta muy agradable, es un viaje más lento que te permite ver el paisaje, pero está superado. No solo por la velocidad, sino por el coste. ¿Por qué gastar un euro en un sello si puedo enviar lo mismo gratis?”, dice Garfield. Según el Sindicato Universal de Correos, en 2013 se enviaron 339,8 billones de artículos por correo en el mundo, un 2,9% menos que el año anterior, en muchos casos paquetes de compras por Internet. Una tendencia a la baja que se mantiene cada año. “Canadá, por ejemplo, va a dejar de repartir el correo personal en las casas”, prosigue Garfield. Quien quiera recibir una postal tendrá que ir a la oficina de correos o a su biblioteca local para recogerla. La decisión, anunciada en 2013, será implantada gradualmente y supondrá el despido de unos 8.000 trabajadores, según la televisión canadiense Cbc News.
El interés que resurge ahora por la correspondencia escrita tiene algo de fetichista. El papel nos resulta precioso: “Quizá ahora abunden más las antologías de cartas, que muestran un interés por ellas como objeto o concepto”, afirma Puig. El blog Letters of Note, en el que su autor, Shaun Usher, publica cartas históricas desde 2009, recibe millones de visitas diarias y dio origen a otro grueso libro recopilatorio hace dos años, que fue financiado por crowdfunding. Garfield compara el fenómeno con el revival del disco de vinilo. “Nos gusta porque suena distinto y trae las letras en la funda, pero la música en realidad la escuchamos en Spotify o iTunes. El teatro no perdió tanto con la llegada del cine”, opina, “porque es una experiencia única. El proceso de adaptación no es comparable a lo que le ha ocurrido a la correspondencia escrita con Internet”.


Jack Kerouac escribe a Ed White mientras redacta 'En el camino'. / TAURUS
No todos los expertos comparten su pesimismo. El calígrafo Ewan Clayton se resiste a una visión rupturista; él mismo se considera un símbolo de continuidad. De joven, en los ochenta, vivió cuatro años en un monasterio; fue un fraile copista del siglo XX. Tras dejar la vida religiosa se convirtió en asesor de Xerox PARC, el laboratorio californiano que inventó el ordenador personal en red, la idea de Windows, el Ethernet y la impresora láser, y donde Steve Jobs vio por primera vez una interfaz gráfica con la que el usuario interactuaba con la máquina. “La experiencia transformó mi visión de lo que es escribir”, explica en su Historia de la escritura (Siruela). Si no hubiera sido por su afición a la caligrafía clásica, sostiene Clayton, Jobs nunca habría revolucionado el diseño informático. Además, la generación digital escribe compulsivamente. Cada segundo se publican 6.000 tuits; 70.000 millones de caracteres por minuto. Clayton considera a su padre el mejor ejemplo de evolución: supera los 80 años y lleva 47 escribiendo una carta a sus hijos cada lunes. Al principio lo hacía con pluma y membrete; en los setenta las mecanografiaba y copiaba con papel carbón, y hoy envía un e-mail con copia desde su ordenador. Lo que no cambia es el contenido. “Cada generación tendrá que replantearse lo que significa leer y escribir”, sentencia Clayton; la responsabilidad no recae solo sobre los archivistas.
“Pego mis labios a los tuyos, en un beso profundo en el que pongo todo mi corazón…”. A pesar de su pasión incansable, la historia de Simone con Charles acabó en ruptura. Las demandas sexuales de ella, que culminaron en un intercambio de roles de género, terminaron por alejar a su amante definitivamente. Quizá volviera saciado a su vida de casado, o avergonzado por sus transgresiones morales. La lectura de su historia no se limita a la observación o al viaje en el tiempo; representa la oportunidad de meterse en otra piel.

miércoles, 2 de marzo de 2016

PRENSA. TECNOLOGÍA. "La ilusión de Silicon Valley". Nicholas Carr

   En "El País":

La ilusión de Silicon Valley

Ante el puñado de empresas californianas que están transformando el mundo a su antojo emerge un coro de voces que alerta del lado oscuro de la revolución digital


Sede central de Oracle en Silicon Valley, California. / JAVIER MARTÍN

Silicon Valley, conjunto monótono de centros comerciales, parques empresariales y complejos de comida rápida, no parece un núcleo cultural, y, sin embargo, en eso precisamente se ha convertido. En los últimos 20 años, desde el mismo momento en que la empresa tecnológica estadounidense Netscape comercializó el navegador inventado por el visionario inglés Tim Berners-Lee, el Valle del siliciose ha ocupado de remodelar Estados Unidos y gran parte del mundo a su imagen y semejanza. Ha dado un vuelco a la manera de trabajar de los medios de comunicación, ha cambiado la forma de conversar de las personas y ha reescrito las reglas de realización, venta y valoración de las obras de arte y otros trabajos relacionados con el intelecto.
De buen grado, la mayoría de la gente ha ido otorgando un creciente poder al sector tecnológico sobre sus mentes y sus vidas. Al fin y al cabo, los ordenadores e Internet son útiles y divertidos, y los empresarios y los ingenieros se han empleado a fondo en inventar nuevas maneras de hacer que disfrutemos de los placeres, beneficios y ventajas prácticas de la revolución tecnológica, por lo general sin tener que pagar por ese privilegio. Mil millones de habitantes del planeta usan Facebook cada día. Alrededor de 2.000 millones llevan consigo un teléfono inteligente a todas partes y suelen echar un vistazo al dispositivo cada pocos minutos durante el tiempo que pasan despiertos. Las cifras subrayan lo que ya sabemos: ansiamos las dádivas de Silicon Valley. Compramos en Amazon, viajamos con Uber, bailamos con Spotify y hablamos por WhatsApp y Twitter.

Una oleada de artículos recientes da a entender que tras la retórica sobre el empoderamiento personal y la democratización se esconde una realidad que puede ser explotadora, manipuladora y hasta misántropa
Pero las dudas sobre la llamada revolución digital van en aumento. La luminosa visión que la gente tenía del famoso valle se ha ensombrecido incluso en Estados Unidos, un país de forofos de los aparatos tecnológicos. Una oleada de artículos recientes, aparecidos a raíz de las revelaciones de Edward Snowden sobre la vigilancia en Internet por parte de los servicios secretos, ha empañado la imagen brillante y benévola que los consumidores tenían del sector informático. Dan a entender que tras la retórica sobre el empoderamiento personal y la democratización se esconde una realidad que puede ser explotadora, manipuladora y hasta misántropa.
Las investigaciones periodísticas han encontrado pruebas de que en los almacenes y las oficinas de Amazon, así como en las fábricas asiáticas de ordenadores, se trabaja en condiciones abusivas. Han descubierto que Facebook lleva a cabo experimentos clandestinos para evaluar los efectos psiclógicos en sus usuarios manipulando el “contenido emocional” de los post y las noticias sugeridas. Los análisis económicos de las llamadas empresas de servicios compartidos, como Uber y Airbnb, indican que, si bien proporcionan beneficios a los inversores privados, es posible que estén empobreciendo a las comunidades en las que operan. Libros como el de Astra Taylor The People’s Platform [La plataforma del pueblo], publicado en 2014, muestran que seguramente Internet está agudizando las desigualdades económicas y sociales en vez de poniéndoles remedio.
Las incertidumbres políticas y económicas ligadas a los efectos del poder de Silicon Valley van a más, al tiempo que el impacto cultural de los medios de comunicación digitales se somete a una severa reevaluación. Prestigiosos literatos e intelectuales, entre ellos el premio Nobel peruano Mario Vargas Llosa y el novelista estado­unidense Jonathan Franzen, presentan a Internet como causa y síntoma de la homogeneización y la trivialización de la cultura. A principios de este año, el editor y crítico social Leon Wieseltier publicaba en The New York Times una enérgica condena del “tecnologicismo” en la que sostenía que los “gánsteres” empresariales y los filisteos tecnófilos han incautado la cultura. “A medida que aumenta la frecuencia de la expresión, su fuerza disminuye”, decía, y “el debate cultural está siendo absorbido sin cesar por el debate empresarial”.

Las herramientas de la era digital engendran una cultura de distracción y dependencia, una subordinación irreflexiva que acaba por restringir los horizontes de la gente 
También en el plano personal se están multiplicando las inquietudes por nuestra obsesión con los artilugios suministradores de datos. En varios estudios recientes, los científicos han empezado a vincular algunas pérdidas de memoria y empatía con el uso de ordenadores y de Internet y están encontrando nuevas pruebas que corroboran descubrimientos anteriores según los cuales las distracciones del mundo digital pueden entorpecer nuestras percepciones y nuestros juicios. Cuando lo trivial nos invade, parece que perdemos el control de lo esencial. En Reclaiming Conversation [Recuperar la conversación], su controvertido nuevo libro, Sherry Turkle, catedrática del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), expone cómo una dependencia excesiva de las redes sociales y de los sistemas de mensajería electrónica puede empobrecer nuestras conversaciones e incluso nuestras relaciones. Sustituimos la intimidad real por la simulada.
Cuando examinamos más de cerca el credo de Silicon Valley, descubrimos su incoherencia básica. Es una filosofía quimérica que engloba una torpe amalgama de creencias, entre ellas la fe neoliberal en el libre mercado, la confianza maoísta en el colectivismo, la desconfianza libertaria en la sociedad y la creencia evangélica en un paraíso venidero. Ahora bien, lo que de verdad motiva a Silicon Valley tiene muy poco que ver con la ideología y casi todo con la forma de pensar de un adolescente. La veneración del sector tecnológico por la disrupción se asemeja a la afición de un adolescente por romper cosas, sin reparos incluso si ello tiene las peores consecuencias posibles.

Poner en duda Silicon Valley no es oponerse a la tecnología. Es pedir más a nuestros tecnólogos, a nuestras herramientas, a nosotros mismos. Es situar la tecnología en el plano humano que le corresponde
Por tanto, no es de extrañar que cada vez más gente contemple con mirada crítica y escéptica el legado del sector. A pesar de proliferar, los detractores siguen, no obstante, constituyendo una minoría. La fe de la sociedad en la tecnología como panacea para los males sociales e individuales todavía es firme, y sigue habiendo una gran resistencia a cualquier cuestionamiento de Silicon Valley y de sus productos. Aun hoy se suele despachar a los detractores de la revolución digital calificándolos de nostálgicos retrógrados o de luditas y tachándolos de “antitecnológicos”.
Tales acusaciones muestran lo distorsionada que ha llegado a estar la visión predominante de la tecnología. Al confundir su avance con el progreso social, hemos sacrificado nuestra capacidad de ver la tecnología con claridad y de diferenciar sus efectos. En el mejor de los casos, la innovación tecnológica nos facilita nuevas herramientas para ampliar nuestras aptitudes, centrar nuestro pensamiento y ejercer nuestra creatividad; expande las posibilidades humanas y el poder de acción individual. Pero, con demasiada frecuencia, las tecnologías que promulga Silicon Valley tienen el efecto contrario. Las herramientas de la era digital engendran una cultura de distracción y dependencia, una subordinación irreflexiva que acaba por restringir los horizontes de la gente en lugar de ensancharlos.
Poner en duda Silicon Valley no es oponerse a la tecnología. Es pedir más a nuestros tecnólogos, a nuestras herramientas, a nosotros mismos. Es situar la tecnología en el plano humano que le corresponde. Visto retrospectivamente, nos equivocamos al ceder tanto poder sobre nuestra cultura y nuestra vida cotidiana a un puñado de grandes empresas de la Costa Oeste de Estados Unidos. Ha llegado el momento de enmendar el error.
Nicholas Carr escribe sobre tecnología y cultura. Es autor de Superficiales, ¿qué está haciendo Internet con nuestras mentes? y, más recientemente, Atrapados: cómo las máquinas se apoderan de nuestras mentes. Traducción de News Clips.

domingo, 21 de febrero de 2016

PRENSA. TECNOLOGÍA. "Silicon Valley contra la socialdemocracia". Evgeny Morozov

   En "El País":

Silicon Valley contra la socialdemocracia

La supremacía del mercado virtual supondrá un retroceso en los derechos conquistados el último siglo. ¿Vivimos en el poscapitalismo o en el precapitalismo?


MIGUEL BRIEVA

Silicon Valley seguramente tiene las mayores reservas mundiales de desfachatez y arrogancia, pero ¿podría también estar sentando las bases del nuevo orden económico? Al menos, esa es la opinión cada vez más extendida entre sus detractores y sus defensores; en lo que no están de acuerdo es en cómo será ese orden.
El nuevo libro de Paul Mason Post Capitalism, que está triunfando en Reino Unido, tiene coincidencias con los dos bandos en este debate. Su argumento es que, a medida que todo se vuelve digital y se integra en redes, incluso nuestros grandes señores empresariales tendrán dificultades para contener el radicalismo potencial —tanto de nuevas formas de disidencia como de organización social— en su interior.
Ahora bien, ¿y si Mason sólo tiene razón en parte? ¿Por qué suponer que saldría mal parada la idea del capitalismo y no, por ejemplo, la de la socialdemocracia? Hoy parece más probable esta última perspectiva.
Desde el primer momento, la socialdemocracia fue un sistema basado en concesiones. Llegó a distintos países en diferentes momentos históricos, pero su esencia siempre era la misma, las grandes empresas y los Gobiernos intervencionistas llegaban a un acuerdo beneficioso para ambas partes: los Gobiernos no cuestionaban la primacía del mercado como principal vehículo del desarrollo económico, y las empresas aceptaban una supervisión reguladora considerable.
Fue el famoso compromiso socialdemócrata el que hizo que Europa fuera un lugar tan cómodo para vivir. Las economías crecían; los trabajadores estaban protegidos y disfrutaban de magníficas prestaciones sanitarias; los consumidores podían confiar en que las empresas con las que trataban no iban a infringir sus derechos.

Para Uber, todos los pasajeros son iguales, y no es necesario hacer gastos extra: su balance financiero no tiene en cuenta la discapacidad
El sistema pareció funcionar al menos durante un tiempo. Pero la fragilidad de sus mecanismos internos no eran visibles para todo el mundo. En primer lugar, presuponía que las economías iban a seguir creciendo casi de forma indefinida, con lo que el Estado podría costear las generosas transferencias sociales. Segundo, para garantizar la dignidad del trabajo eran necesarias intervenciones tácticas ocasionales del Estado en industrias y sectores concretos; pero los que estaban privatizados, liberalizados o insuficientemente regulados —el sector de la tecnología, en su más amplia definición, es una combinación de las tres cosas— dejaban a los gobiernos escaso margen de maniobra. Tercero, el espíritu de la socialdemocracia dictaba que los propios ciudadanos apreciaran nobles valores como la solidaridad y la justicia, una actitud que también estaba sometida a reglas específicas.
Ahora, estas tres bases están viniéndose abajo a causa del feroz ataque de los mercados, pero también de Silicon Valley, que se apresura a explotar las numerosas incongruencias, ambigüedades y debilidades retóricas del ideal socialdemócrata.
La estrategia de la aplicación Uber es especialmente significativa. ¿Qué más da que algunas ciudades exijan a los taxistas cursos de formación, por ejemplo, sobre cómo tratar a los pasajeros ciegos o discapacitados? Para Uber, todos los pasajeros son iguales, y no es necesario hacer gastos extra: su balance financiero no tiene en cuenta la discapacidad.
Hace unos cuantos decenios, cuando el consumismo imprudente no había deteriorado aún nuestro raciocinio colectivo, esta actitud quizá nos habría parecido aberrante. Pero hoy las cosas no son tan obvias. ¿Por qué, pueden decir algunos, cada vez que tomo un taxi tengo que subvencionar que puedan tomarlos los ciegos y los discapacitados?
Como empresa, Uber también quiere que se la dejen en paz, y asegura que de esa forma puede dar más satisfacción al cliente; mientras el único criterio para medir la satisfacción sea el precio que paga.
Lo irónico es que Uber recurre precisamente al carácter extraordinario de la tecnología digital y de la información —las señas de identidad del poscapitalismo según Mason— para justificar sus prácticas de empleo draconianas, mucho más propias del capitalismo anterior a la aparición de la socialdemocracia. No son más que una “empresa tecnológica”, alegan. Da igual que a sus conductores los vigilen y los presionen de forma agresiva mucho más que a los trabajadores de una fábrica taylorista de la década de 1920.
A pesar del control al que los somete Uber, estos conductores ni siquiera tienen un contrato oficial. Con tanta gente en el paro y con problemas para ganarse la vida, Uber tiene la seguridad de que siempre habrá alguien en algún sitio dispuesto a conducir un coche, aunque sólo sea durante unas horas.
Un rápido repaso a otras facetas de lo que se consideraba socialdemocracia ofrece un panorama igualmente sombrío; sus cimientos están desmoronándose. Por ejemplo, existen pocos sistemas de salud en Europa que puedan sobrevivir a los problemas cada vez mayores del envejecimiento, la obesidad y los recortes presupuestarios. De ahí que haya una exuberancia tan irracional sobre las posibilidades de los dispositivos portátiles, sensores inteligentes y sus distintas combinaciones, que prometen transformar el modelo actual de cuidados preventivos. Se acabaron los tiempos en los que era posible no pensar demasiado ni demasiado a menudo en nuestra salud. Las aplicaciones de salud son fuentes inagotables de preocupación, y lo que había logrado el proyecto socialdemócrata era precisamente disminuir esa angustia.

Los consumidores vivimos una nueva época de oscurantismo: no sabemos por qué pagamos lo que pagamos
El mercado digital también está acabando con la idea de la protección al consumidor. A medida que la publicidad y la recogida de datos tienen más importancia en la economía digital, nos encontramos con precios determinados en función de algoritmos, muy personalizados y con frecuencia fijados para que paguemos el precio más alto posible. A muchos de nosotros también nos resulta difícil explicar por qué el billete de avión que compramos por Internet cuesta lo que cuesta. A pesar de todas las aplicaciones que cuentan las calorías y nos dicen el país de origen de los productos que compramos, los consumidores estamos entrando en una nueva época de oscurantismo: no tenemos ni idea de por qué pagamos lo que pagamos por unos productos que nos han empujado subliminalmente a comprar.
Además, Silicon Valley está organizando un asalto contra la filosofía en la que se basa la socialdemocracia, la noción de que los Gobiernos y los ayuntamientos pueden fijar normas y leyes que regulen el mercado. Silicon Valley opina que no: el único límite a los excesos del mercado debe ser el propio mercado. Son los propios consumidores los que deben castigar —poniendo malas notas, por ejemplo— a los malos conductores o a los anfitriones poco fiables; los Gobiernos no deben entrometerse.
¿Todo esto es poscapitalismo? Tal vez, pero sólo si estamos dispuestos a reconocer que el capitalismo, al menos durante el último siglo, se ha estabilizado gracias al compromiso socialdemócrata, que ahora está quedándose obsoleto. Cuando el poscapitalismo nace del debilitamiento de las protecciones sociales y las regulaciones de la industria, entonces definamos con propiedad: si Silicon Valley representa un cambio de modelo, es más bien al de precapitalismo.
Evgeny Morozov es editor asociado en New Republic y autor de La locura del solucionismo tecnológico (Katz / Clave Intelectual), que se publicará en España el 10 de noviembre.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

domingo, 7 de febrero de 2016

SOCIOLOGÍA. Entrevista a Zygmunt Bauman

   En "Babelia":

Zygmunt Bauman: “Las redes sociales son una trampa”

Es la voz del 'precariado'. El sociólogo denuncia la desigualdad y la caída de la clase media. Y avisa a los indignados de que su experimento puede tener corta vida

Zygmunt Bauman, en Burgos. En la entrevista habla del impacto de las redes sociales /VÍDEO Y FOTOS: SAMUEL SÁNCHEZ

Acaba de cumplir 90 años y de enlazar dos vuelos para llegar desde Inglaterra al debate en que participa en Burgos. Está cansado, lo admite nada más empezar la entrevista, pero se expresa con tanta calma como claridad. Se extiende en cada explicación porque detesta dar respuestas simples a cuestiones complejas. Desde que planteó, en 1999, su idea de la “modernidad líquida” —una etapa en la cual todo lo que era sólido se ha licuado, en la cual “nuestros acuerdos son temporales, pasajeros, válidos solo hasta nuevo aviso”—, Zygmunt Bauman es una figura de referencia de la sociología. Su denuncia de la desigualdad creciente, su análisis del descrédito de la política o su visión nada idealista de lo que ha traído la revolución digital lo han convertido también en un faro para el movimiento global de los indignados, a pesar de que no duda en señalarles las debilidades.
Este polaco (Poznan, 1925) era niño cuando su familia, judía, escapó del nazismo a la URSS, y en 1968 tuvo que abandonar su propio país, desposeído de su puesto de profesor y expulsado del Partido Comunista en una purga marcada por el antisemitismo tras la guerra árabe-israelí. Renunció a su nacionalidad, emigró a Tel Aviv y se instaló después en la Universidad de Leeds, que ha acogido la mayor parte de su carrera. Su obra, que arranca en los años sesenta, ha sido reconocida con premios como el Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades de 2010, junto a su colega Alain Touraine.
Se le considera un pesimista. Su diagnóstico de la realidad en sus últimos libros es sumamente crítico. En ¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos? (2014) explica el alto precio que se paga hoy por el neoliberalismo triunfal de los ochenta y la “treintena opulenta” que siguió. Su conclusión: que la promesa de que la riqueza de los de arriba se filtraría a los de abajo ha resultado una gran mentira. En Ceguera moral (2015), escrito junto a Leonidas Donskis, alerta de la pérdida del sentido de comunidad en un mundo individualista. En su nuevo ensayo vuelve a las cuatro manos, en diálogo con el sociólogo italiano Carlo Bordoni. Se llama Estado de crisis y trata de arrojar luz sobre un momento histórico de gran incertidumbre. Paidós lo publica en España el día 12.
Bauman vuelve a su hotel junto al filósofo español Javier Gomá, con quien ha debatido en el marco del Foro de la Cultura, un ciclo que celebrará su segunda edición en noviembre y trata de convocar en Burgos a los grandes pensadores mundiales. Él es uno de ellos.
PREGUNTA. Usted ve la desigualdad como una “metástasis”. ¿Está en peligro la democracia?

Ha sido una catástrofe arrastrar la clase media al precariado. El conflicto ya no es entre clases, sino de cada uno con la sociedad”
RESPUESTA. Lo que está pasando ahora, lo que podemos llamar la crisis de la democracia, es el colapso de la confianza. La creencia de que los líderes no solo son corruptos o estúpidos, sino que son incapaces. Para actuar se necesita poder: ser capaz de hacer cosas; y se necesita política: la habilidad de decidir qué cosas tienen que hacerse. La cuestión es que ese matrimonio entre poder y política en manos del Estado-nación se ha terminado. El poder se ha globalizado pero las políticas son tan locales como antes. La política tiene las manos cortadas. La gente ya no cree en el sistema democrático porque no cumple sus promesas. Es lo que está poniendo de manifiesto, por ejemplo, la crisis de la migración. El fenómeno es global, pero actuamos en términos parroquianos. Las instituciones democráticas no fueron diseñadas para manejar situaciones de interdependencia. La crisis contemporánea de la democracia es una crisis de las instituciones democráticas.


Zygmunt Bauman / SAMUEL SÁNCHEZ
P. El péndulo que describe entre libertad y seguridad ¿hacia qué lado está oscilando?
R. Son dos valores tremendamente difíciles de conciliar. Si tienes más seguridad tienes que renunciar a cierta libertad, si quieres más libertad tienes que renunciar a seguridad. Ese dilema va a continuar para siempre. Hace 40 años creímos que había triunfado la libertad y estábamos en una orgía consumista. Todo parecía posible mediante el crédito: que quieres una casa, un coche… ya lo pagarás después. Ha sido un despertar muy amargo el de 2008, cuando se acabó el crédito fácil. La catástrofe que vino, el colapso social, fue para la clase media, que fue arrastrada rápidamente a lo que llamamos precariado. La categoría de los que viven en una precariedad continuada: no saber si su empresa se va a fusionar o la va a comprar otra y se van a ir al paro, no saber si lo que ha costado tanto esfuerzo les pertenece... El conflicto, el antagonismo, ya no es entre clases, sino el de cada persona con la sociedad. No es solo una falta de seguridad, también es una falta de libertad.
P. Afirma que la idea del progreso es un mito. Porque en el pasado la gente confiaba en que el futuro sería mejor y ya no.
R. Estamos en un estado de interregno, entre una etapa en que teníamos certezas y otra en que la vieja forma de actuar ya no funciona. No sabemos qué va a reemplazar esto. Las certezas han sido abolidas. No soy capaz de hacer de profeta. Estamos experimentando con nuevas formas de hacer cosas. España ha sido un ejemplo en aquella famosa iniciativa de mayo (el 15-M), en que esa gente tomó las plazas, discutiendo, tratando de sustituir los procedimientos parlamentarios por algún tipo de democracia directa. Eso probó tener una corta vida. Las políticas de austeridad van a continuar, no las podían parar, pero pueden ser relativamente efectivos en introducir nuevas formas de hacer las cosas.
P. Usted sostiene que el movimiento de los indignados “sabe cómo despejar el terreno pero no cómo construir algo sólido”.
R. La gente suspendió sus diferencias por un tiempo en la plaza por un propósito común. Si el propósito es negativo, enfadarse con alguien, hay más altas posibilidades de éxito. En cierto sentido pudo ser una explosión de solidaridad, pero las explosiones son muy potentes y muy breves.
P. Y lamenta que, por su naturaleza “arco iris”, no cabe un liderazgo sólido.
R. Los líderes son tipos duros, que tienen ideas e ideologías, y la visibilidad y la ilusión de unidad desaparecería. Precisamente porque no tienen líderes el movimiento puede sobrevivir. Pero precisamente porque no tienen líderes no pueden convertir su unidad en una acción práctica.

El 15-M, en cierto sentido, pudo ser una explosión de solidaridad, pero las explosiones son potentes y breves"
P. En España las consecuencias del 15-M sí han llegado a la política. Han emergido con fuerza nuevos partidos.
R. El cambio de un partido por otro partido no va a resolver el problema. El problema hoy no es que los partidos sean los equivocados, sino que no controlan los instrumentos. Los problemas de los españoles no están confinados al territorio español, sino al globo. La presunción de que se puede resolver la situación desde dentro es errónea.
P. Usted analiza la crisis del Estado-nación. ¿Qué opina de las aspiraciones independentistas de Cataluña?
R. Pienso que seguimos en los principios de Versalles, cuando se estableció el derecho de cada nación a la autodeterminación. Pero eso hoy es una ficción porque no existen territorios homogéneos. Hoy toda sociedad es una colección de diásporas. La gente se une a una sociedad a la que es leal, y paga impuestos, pero al mismo tiempo no quieren rendir su identidad. La conexión entre lo local y la identidad se ha roto. La situación en Cataluña, como en Escocia o Lombardía, es una contradicción entre la identidad tribal y la ciudadanía de un país. Ellos son europeos, pero no quieren ir a Bruselas vía Madrid, sino desde Barcelona. La misma lógica está emergiendo en casi  todos los países. Seguimos en los principios establecidos al final de la Primera Guerra Mundial, pero ha habido muchos cambios en el mundo.
P. Las redes sociales han cambiado la forma en que la gente protesta, o la exigencia de transparencia. Usted es escéptico sobre ese “activismo de sofá” y subraya que Internet también nos adormece con entretenimiento barato. En vez de un instrumento revolucionario como las ven algunos, ¿las redes son el nuevo opio del pueblo?
R. La cuestión de la identidad ha sido transformada de algo que viene dado a una tarea: tú tienes que crear tu propia comunidad. Pero no se crea una comunidad, la tienes o no; lo que las redes sociales pueden crear es un sustituto. La diferencia entre la comunidad y la red es que tú perteneces a la comunidad pero la red te pertenece a ti. Puedes añadir amigos y puedes borrarlos, controlas a la gente con la que te relacionadas. La gente se siente un poco mejor porque la soledad es la gran amenaza en estos tiempos de individualización. Pero en las redes es tan fácil añadir amigos o borrarlos que no necesitas habilidades sociales. Estas las desarrollas cuando estás en la calle, o vas a tu centro de trabajo, y te encuentras con gente con la que tienes que tener una interacción razonable. Ahí tienes que enfrentarte a las dificultades, involucrarte en un diálogo. El papa Francisco, que es un gran hombre, al ser elegido dio su primera entrevista a Eugenio Scalfari, un periodista italiano que es un autoproclamado ateísta. Fue una señal: el diálogo real no es hablar con gente que piensa lo mismo que tú. Las redes sociales no enseñan a dialogar porque es tan fácil evitar la controversia… Mucha gente usa las redes sociales no para unir, no para ampliar sus horizontes, sino al contrario, para encerrarse en lo que llamo zonas de confort, donde el único sonido que oyen es el eco de su voz, donde lo único que ven son los reflejos de su propia cara. Las redes son muy útiles, dan servicios muy placenteros, pero son una trampa.

Estado de crisis. Zygmunt Bauman y Carlo Bordoni. Traducción de Albino Santos Mosquera. Paidós. Barcelona, 2016. 157 págs., 16,95 euros

miércoles, 24 de junio de 2015

PRENSA. "Lo reciente queda antiguo". Luis Goytisolo

   En "El País":

Lo reciente queda antiguo

En los hábitos cotidianos, Internet y las redes sociales suponen un cambio de mayor transcendencia del que en su día representó la máquina de vapor. Equivale al tránsito de la Edad Media y la Edad Moderna en poco más de dos décadas


EULOGIA MERLE


La gente, según va entrando en años, tiende a comparar el mundo presente con el de su propia juventud. “Cuando yo era joven…”. Por lo general, una realidad más positiva que la conocida por la juventud actual: antes había más seriedad, más conciencia, más educación, etcétera. Y cuando la evocación es negativa —la guerra, la posguerra, los rigores del sistema educativo de entonces—, el hecho de haberla superado la convierte en un triunfo personal. El resto, curiosidades para amenizar la tarde, tanto más chocantes cuanto más remotas: apenas había coches, el Atlántico solo se cruzaba en barco, etcétera. Curiosidades que han ido cambiando de generación en generación a lo largo de los últimos 200 años.
Claro que a veces los cambios son más bruscos, y a eso responde la tradicional división de la Historia en Edades.
Con todo, en el curso del pasado siglo, esa sucesión de cambios, esa constante evolución perfeccionista así en lo bueno como en lo malo, era más de lo mismo. Había un progreso social y económico interrumpido de vez en cuando por una revolución o una guerra, y la técnica no dejaba de incrementar sus aplicaciones, desde el avión a reacción hasta el aire acondicionado o el frigorífico. Y esa progresión en los ámbitos más diversos era lo que recogían los abuelos al destacar ante sus nietos las diferencias entre el ayer y el ahora. Cosas que hoy a los menores de 20 años les parecen poco menos que irrelevantes, simples aspectos de ese más de lo mismo antes mencionado. Y es que, en poco más de dos décadas la realidad circundante parece haberse diluido en sus contornos. Las crisis económicas y financieras se producen casi sin saber cómo por más que se les busque un referente concreto. A las guerras entre bloques han sucedido los enfrentamientos entre milicias de difícil identificación. La clase obrera ha sido sustituida por simples trabajadores y los títulos universitarios no han hecho más que perder relieve. Los Estados semejan cada vez más una empresa y las empresas, un Estado. Vamos, un mundo fluido, de consistencia desdibujada, en contraposición a la firmeza de los bloques enfrentados hace tan solo poco más de dos décadas. Una realidad en la que la única referencia válida acaba por ser Internet. Solo que la Red, y en especial las redes sociales que propicia, no es el espejo en el que se reflejan y visualizan esos cambios, sino una realidad estrechamente ligada al origen de tales cambios.

A diferencia de otros inventos, la Red establece una relación íntima con el usuario
En efecto, la consolidación totalizadora de Internet y las redes sociales supone, en la vida y hábitos cotidianos, un cambio de mayor trascendencia que el que en su día supuso la máquina de vapor o el motor de explosión, en la medida en que afecta directamente a la sociedad considerada en su conjunto, individuo por individuo; en la medida en que ese individuo interioriza su uso de forma similar a como se pueda asumir una ideología o una creencia religiosa. Algo no comparable, por ejemplo, a tener un coche o a viajar en tren, en avión o en barco; ni siquiera al acto de darle a un interruptor y que se encienda una luz, una luz que ilumina el entorno más inmediato de quien la ha encendido. Lo propio de la Red es su capacidad de introducirse en todos los órdenes de la vida del individuo, de cada individuo. Y ese cambio, que por su carácter generalizado produce en los hábitos sociales creando así un antes y un después, da pie a empezar a pensar que tal vez nos encontremos ante un cambio de Edad similar al que se creó en el Renacimiento, en el tránsito de la Edad Media y la Edad Moderna.
La importancia de los hábitos sociales, de un cambio en esos hábitos es, a este respecto, decisiva: cuando se produce, la vida de los ciudadanos es otra. Y es que, a diferencia de otros inventos, la Red establece una relación íntima con el usuario puesto que, a la vez que este entra en ella, sea para resolver un problema o una duda, sea por puro placer adictivo, en justa reciprocidad, la Red entra en el usuario tocando o afectando sus puntos más sensibles, trazándole o configurándole un carácter, un perfil —como suele decirse—, al tiempo que ofreciendo a los otros, al mundo entero, la posibilidad de que le conozcan tal cual es o como quisiera ser. Algo que no le sucede, como decíamos, a quien se compra un nuevo coche, por ilusión que le haga conducir un ejemplar de tal o cual marca; ni emprender un vuelo intercontinental, por no hablar ya del tren o el metro. Para el usuario —y aunque no sea consciente de ello— más estimulante que utilizar la Red es la posibilidad de ser él quien se vuelque en ella.
El epicentro de ese volcarse es el selfie o, mejor dicho, el intercambio de selfies. Una adicción que si comienza con el propósito de dar a conocer su actividad cotidiana al tiempo que recibe la de los otros, termina impulsándole a hacer tal o cual cosa sin otro objetivo que introducir sus ocurrencias en ese intercambio de selfies.
Así, cuando las vacaciones, al emprender un viaje, lo de menos es ya el viaje en sí, las peculiaridades de los lugares que se visita. Lo importante es poder ir mandando imágenes de esas peculiaridades o curiosidades a las que se va accediendo, a la vez que a las ideas ingeniosas que tales peculiaridades puedan suscitar aunque poco o nada tengan que ver con el viaje. Lugares o monumentos famosos junto a los que fotografiarse. O las vicisitudes de un crucero marítimo. O de un hotel de ensueño en una isla paradisiaca. O de un imprevisto cualquiera de lo más chocante. Más que el disfrute de la cosa en sí lo que interesa es el resultante proceso de integración propio de un chat. El resto es lo que a una obra de teatro el decorado.

El epicentro es el intercambio de ‘selfies’, esa adicción a dar a conocer la actividad cotidiana
La repercusión de ese cambio radical en los hábitos sociales terminará afectando a todos los aspectos de la vida cotidiana. Por el momento, los más perceptibles se revelan en los ámbitos más mediáticos de la realidad circundante. La prensa, los libros, las salas de cine. Y es que, ¿por qué ir al cine, por ejemplo? Trasladarse hasta él, hacer cola, comprar entrada, conseguir un asiento aceptable… ¿No es mucho más sencillo bajarse la película? Y en cuanto a la prensa y los libros, ¿por qué someterse a esa tarea de ir pasando páginas y más páginas? O sea que si cierran cines y librerías, ¡pues que cierren!
Por suerte, desde la época de los papiros al libro actual, la lectura, acompañada a veces de la imagen, ha traspasado todas las Edades, adaptándose siempre su formato a las características del momento. Y el que no haya sido nunca una afición mayoritaria permite pensar que va a seguir subsistiendo, al margen de su siempre más evanescente versión digital. Por algo es una afición minoritaria. Como la caza o la pesca. O el ajedrez. Eso sí: cuando se le cuente a un niño cómo era el mundo hace poco más de dos décadas no acabará de entender que la gente pudiese apañárselas sin la Red.
Luis Goytisolo es escritor.

jueves, 18 de junio de 2015

PRENSA. "¿Qué hacen nuestros datos en internet?". Gemma Galdon Clavell

   En "El País":

¿Qué hacen con nuestros datos en internet?

La información personal se ha convertido en un producto más de compraventa. Deambular por los mundos real y virtual tiene cada vez menos de anónimo


Ilustración e información: Olga Subirós (CC BY-NC-ND-2.0)

Todos hemos oído alguna vez decir que cuando un producto es aparentemente gratuito, es probable que en realidad lo estemos pagando con datos. Ocurre con las redes sociales, las tarjetas de fidelización de tiendas o supermercados o con un sinfín de aplicaciones que nos ofrecen servicios más o menos relevantes a cambio, solamente, de nuestros detalles personales.

Una vida vigilada

Tecnología y dispositivos que producen o almacenan datos de nuestra actividad cotidiana:
1/6/14. Videovigilancia: las imágenes pueden ser interceptadas.
2. Contadores de luz y termostatos: dan información de hábitos.
3 /4. Televisores inteligentes y consolas: incorporan cámaras y micrófonos.
5. Controles biométricos de entrada y salida.
7. Monitorización remota en el trabajo: capturas de pantalla del trabajador para medir la productividad.
8. Bases de datos personales: pueden contener datos fiscales y de salud de los clientes.
9. Sensores de conteo de personas: monitarizan el flujo de compradores y los tiempos de compra.
10. Tarjetas de fidelización: a cambio de descuentos, crean perfiles del comprador.
11. Ibeacons: envían ofertas a móviles cercanos.
12. Wifi gratuito: se puede ofrecer a cambio de acceso al perfil de Facebook.
13. Abonos de transporte público: tarjetas recargables que producen datos de desplazamientos.
14. Redes de bicicletas públicas: registro de trayectos.
15. Coches: hay sistemas para registrar las matrículas.
16. Telefonía móvil: permite geolocalizar.
17. Cámaras térmicas y sensores sonoros: miden flujo de peatones y niveles de ruido.
18. Mobiliario urbano que detecta presencia de peatones.
19. Sistemas de párking: el pago con tarjeta de plazas azules y verdes genera datos del usuario.
Pero más allá de intuir que nosotros somos el producto, en realidad desconocemos qué se hace exactamente con nuestra información, o en qué consiste y cómo funciona ese pago con datos. En realidad, no es una cuestión sencilla, y cada aplicación cuenta con sus propios procedimientos y lógicas. En el caso de la navegación por Internet, por ejemplo, las empresas y prestadores de servicios nos ofrecen de forma gratuita sus motores de búsqueda, páginas webs y servicios asociados, para leer la prensa, consultar la previsión meteorológica, o estar en contacto con otras personas a través de redes sociales o foros. No obstante, cada vez que entramos en una web estamos descargando automáticamente una serie de microprogramas conocidos como cookies que recaban información de nuestra actividad online y hacen llegar al propietario de la web visitada información sobre nuestra IP, MAC o IMEI (la matrícula de nuestro dispositivo), el tiempo y forma en que utilizamos un sitio concreto u otros sitios que estén abiertos en el mismo momento, identifica si somos visitantes habituales y qué uso hacemos de la página de Internet, en qué secuencia y cómo accedemos a otros sitios, etcétera. Además, es habitual que diferentes empresas paguen al sitio que visitamos para poder instalarnos sus propias cookies, como también lo es que la empresa utilice los datos no solo para sus estudios internos, sino que los venda a terceros.
En realidad, cada vez que visitamos una página con el ordenador, el teléfono móvil o la tableta, recibimos decenas de peticiones de instalación de cookies. Somos, pues, el producto porque a cambio de la información que obtenemos proporcionamos detalles sobre nuestra actividad online y, a menudo, datos personales como nuestro nombre y ubicación, hábitos, tarjeta de crédito, etcétera, de los que no tenemos forma de controlar dónde acaban. Ante esto, el único recurso de autoprotección es o no aceptar cookies y renunciar al servicio, o borrarlas sistemáticamente de nuestro ordenador, algo tan engorroso como limitadamente útil.
Facebook, una red social utilizada por más de mil millones de personas al mes, dispone de los datos que el usuario deposita voluntariamente en ella, pero también hace inferencias en base a nuestras interacciones con personas e información, las comparte con terceros y elabora un perfil único que le permite determinar qué aparece en nuestro muro, tanto por parte de nuestros amigos como de anunciantes. Todo me gusta o registro a través de Facebook genera información que es analizada y clasificada por algoritmos con el fin tanto de conocernos individualmente como consumidores, como de elaborar perfiles sociales destinados a agencias de publicidad. El registro continúa incluso si hemos cerrado la página: a no ser que salgamos manualmente, las cookies de Facebook continuaran espiando todo lo que hacemos online.
Si, además, hemos instalado Facebook en nuestro teléfono móvil, junto con su aplicación de mensajería, el sistema podrá activar remotamente nuestra cámara o micro, acceder a nuestras fotografías y mensajes, etcétera, y así ir perfeccionando nuestro perfil.
El ejemplo de la navegación web es el más habitual, pero ya no el único protagonista. El mismo despliegue de conexiones no aparentes y de compraventa de datos se produce también cuando utilizamos una tarjeta de fidelización de cliente, que relaciona nuestro patrón de consumo con un nombre, dirección, a menudo unos datos bancarios y las respuestas al cuestionario que habitualmente acompañan la solicitud.

A no ser que salgamos manualmente de la página, Facebook continuarán espiando lo que hacemos
Otro ámbito en el que la recogida de datos es cada vez más relevante es el espacio público. Nuestro incauto deambular por las calles tiene cada vez menos de anónimo, y los sensores que leen los identificadores únicos y la geolocalización de nuestros dispositivos, las cámaras termales y de video vigilancia, las redes wifi, las farolas inteligentes o los sensores de lectura automática de matrículas nos incorporan de forma rutinaria a bases de datos públicas y privadas que en algún lugar le sirven a alguien para obtener un beneficio que ni conocemos ni controlamos.
El ámbito doméstico es quizás el espacio dónde esa monitorización de nuestros movimientos y rutinas para elaborar patrones vendibles aumenta de forma más preocupante: todos los electrodomésticos inteligentes, del contador de la luz al televisor, pasando por la nevera, construyen una red de extracción de datos que quiere perfeccionar la imagen de quiénes somos, qué queremos o qué podemos querer. El reto es ser capaz de adelantarse a nuestras necesidades para tentarnos a adquirir productos o servicios que aún no sabemos que deseamos. Pagamos, pues, dos veces: cuando adquirimos el electrodoméstico o abonamos el recibo de la luz, en euros, y cada vez que le proporcionamos información, con datos personales.
Hay empresas que han empezado a explorar la posibilidad de convertirse en data brokers de los ciudadanos, una especie de corredores de datos que gestionarían nuestra información devolviéndonos una parte del beneficio generado por ella. Que nadie espere hacerse rico: de momento las empresas que intentan abrirse camino en este turbio mundo no dan más que unos cuantos euros al mes a cambio de información tan sensible como datos médicos o bancarios. De momento, el verdadero dinero no se encuentra en la relación entre ciudadanos y servicios que recogen datos. La economía de los datos es aún poco más que una promesa, de la que hasta ahora se benefician muy pocos actores (Facebook o Tuenti, Google,FoursquareYouTube, etc.), y más por la fiebre inversora que por la cuenta de resultados. Al albor de esta promesa de negocio, eso sí, proliferan los corredores de datos dedicados al cruce de diferentes bases para aumentar el precio de venta de los perfiles generados a partir del cruce de información de actividad online y offline: los informes médicos, por ejemplo, pueden añadir mucho valor a un historial de búsqueda en Internet.

Hay empresas que ya exploran la posibilidad de convertirse en ‘brokers’ de datos de los ciudadanos
A algunos este escenario no les genera ninguna inquietud. Pagar con información propia abre también la puerta a la promesa de servicios personalizados y atención individualizada. Sin embargo, los corredores de datos no se limitan a cruzar detalles de lo que compramos, con quién interactuamos y qué nos gusta. Este comercio incluye también, y cada vez más, historiales médicos, datos fiscales y de renta o datos bancarios. El tipo de información que puede determinar si se nos concede un crédito, si se nos ofrece un seguro médico más o menos caro o si conseguimos un trabajo. De repente, el precio pagado con información personal emerge como algo totalmente desproporcionado e incontrolable.
Al aceptar nos convertirnos en el producto, pues conviene no olvidar que aceptamos también que se nos pueda acabar apartando del juego, escondidos o ignorados porque nuestro perfil no aporta la solvencia, salud u obediencia esperada.
Gemma Galdon Clavell, doctora en políticas públicas y directora de investigación en Eticas Research and Consulting.