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miércoles, 6 de agosto de 2014

PRENSA CULTURAL. Entrevista a Ana María Matute

   En "Babelia":

Ana María Matute contra el tiempo

Una conversación inédita sobre el paso del tiempo, la infancia y el dolor de la escritora


Ana María Matute, en su domicilio de Barcelona en 2010. / JOSEP LAGO (AFP)
Ana María Matute cumplía 86 años el 26 de julio de 2011 y con las flores que rebosaban llegamos nosotros para conversar con ella. Sobre el tiempo, contra el tiempo. Había vivido una vida intensa, rota por un matrimonio malo y por el silencio al que fue sometida; en este instante seguía siendo una niña frágil de cabello débil totalmente blanco; en la estantería de su ego desdeñado estaban sus premios y éxitos, entre ellos el Cervantes, la Academia, pero ese día estaba más pendiente de las flores y de los niños (uno le vino a visitar mientras estábamos con ella, “adoro a los niños, este me quiere mucho”) que del brillo que le habían dado los libros y el tiempo. “El tiempo no existe”, me dijo cuando le pregunté por ese escultor grande, como lo llamó Marguerite Yourcenar. “Es una invención nuestra. El tiempo es una cosa inmóvil, que está ahí… El paso del tiempo nos lo pensamos nosotros, y claro, acaba envejeciéndonos”.
Ella no envejeció, no quiso; murió el 25 de junio último cuando estaba a punto de cumplir 89 años; cuando conversamos con ella, para un documental de Pablo Álvarez que permanece inédito, como esta misma entrevista, Ana María Matute tenía aquella voz respetuosa de la que sobresalían el silencio y la ironía, también el sarcasmo hacia sí misma. Estaba con ella su hijo Juan Pablo, que tanta seguridad le dio, ella estaba muy feliz de haber recibido, entre las flores, las que le hizo llegar Carmen Balcells, que la salvó de tantas honduras, y que ayudó decisivamente a convertir Olvidado rey Gudú en un éxito que no tuvo precedentes en la obra completa de Ana María. Pero ella no hablaba de los éxitos, y para los fracasos tenía el desdén de los niños. En su lucha contra el tiempo (ese gran fracaso), prefirió quedarse como una niña, mirando y riendo, vengándose en cierta manera de aquellos años en que el miedo la hizo tartamuda.
Ahora era, por decirlo así, una niña feliz de 86 años. Era, pues, muy tentador, le dije, hablar con ella de la niñez, pues ella había dicho alguna vez que “la infancia dura más que la vida…”. “Sí”, dijo, “la infancia es más larga que la vida. Quizá es una frase un poquito extraña, pero quien entiende, entiende”. ¿Y qué entiende usted en esa frase? “Yo creo que la infancia, y no sólo para mí sino para la mayoría de la gente, es algo que marca para siempre. Aunque la quieras olvidar no puedes… Y todo lo que se ha vivido de niño, por lo menos las cosas más llamativas, las que más te han impresionado, eso perdura a lo largo de los años”.
Adiestrada por la vida a refugiar el drama en la metáfora, Ana María Matute decía que su infancia “fue de papel…”. “Ni sé por qué lo dije… Yo empecé a leer muy muy pronto; empecé a sumergirme en los libros. Para mí ese era y sigue siendo el mundo más importante. De modo que yo recuerdo mi infancia siempre con la cabeza metida en las páginas de un libro. Siempre viviendo lo que yo estaba leyendo. Descubriendo el mundo, o lo que yo creía que era el mundo, porque ya ves que el mundo siempre se deforma”. E inventaba el mundo que tampoco estaba en los libros. “Me lo inventaba y para mí era mejor que el mundo que vivía”.
“Yo tuve una infancia de papel; lo que más me gustaba y más me ayudó a crear un mundo propio fueron los libros”, eso dijo. Ahora creía que entró en ese mundo “de manera muy natural”; lo descubrió con quienes le contaban cuentos en casa, la tata, su madre, su abuela… No había otros sonidos que los de las palabras, “ni televisión ni cine”, así que fue aprendiendo de lo que escuchó y de lo que luego leyó en los libros. “Eran la continuación de la imaginación, o precisamente la razón de la imaginación: todo lo que se descubría, todo lo que te revelaba un libro lo magnificabas luego, hacías con eso lo que querías. Así que primero escuché cuentos, luego oí cómo los leían, después los leí yo y luego los empecé a escribir”.

Cuando me metían en el cuarto oscuro para castigarme, en la niñez, yo veía cosas; ahí supe que era escritora…
A los cinco años empezó a escribirlos. Incansablemente…, hasta que un día la frenó la vida, el estupor, “el miedo a seguir escribiendo…”. Las depresiones, como la que padeció, “te convierten en la indiferencia con patitas… Tanto te da todo: me daba igual escribir como no escribir, me daba lo mismo vivir como morir, me daba igual todo. Seguía teniendo el mismo cariño y el mismo amor por las personas que yo amaba y quería. Pero, aparte de eso, todo me era absolutamente indiferente”. Era un paseo terrible por el lado oscuro de la vida, donde nada parece relevante ni feliz ni bueno, como lo que narra William Styron (lo recordó Ana María) sobre su propia depresión. Pero ahí dentro de ese No que la vida le puso delante (le dijo a Winston Manrique en EL PAÍS) “hay también una luz… Hay muchas clases de luz en la oscuridad”, nos dijo aquel 26 de julio en Barcelona. “Cuando me metían en el cuarto oscuro para castigarme, en la niñez, yo veía cosas; ahí supe que era escritora… Me comunicaba con una pequeña luz interior. Fue cuando me saqué del bolsillo un terrón de azúcar, lo partí y de dentro salió una chispita de color azul. Me dije: soy maga. Todos los escritores son magos. Y brujos también”.
Aquella fue una revelación que se reproduciría más tarde; tras la depresión más aguda de su vida, a principios de los años noventa, reapareció con Olvidado rey Gudú… “Lo tenía en un cajón con ruedas y lo llevaba a todas partes… Me iba de viaje y me lo llevaba. Y entonces Carmen Balcells, a la que debo mucho, muchísimo, me dijo: ‘Este libro tiene que salir’. Yo le puse pegas: ‘Es que yo… ‘Déjamelo mirar’, me dijo. ‘¡Tienes que sacarlo!’, fue su dictamen. Me llevó a su casa, ‘me secuestró’, como dijo ella en broma, y allí terminé la novela. Y gracias a ella, y a partir de ese momento, volví a escribir otra vez como si no hubiera pasado nada…”.
En aquel día de su cumpleaños, Ana María Matute veía en aquel libro decisivo de su vida no sólo el poder de la imaginación que alimentó en la infancia… En aquel periodo alargadísimo de su niñez descubrió que ésta es a la vez asombro, soledad, invención y felicidad… “Pero en la novela había también dolor”. Lo dijo cuando recibió el Cervantes, y lo repitió en esta conversación rodeada de flores en Barcelona: “A la gran literatura, a la literatura verdadera, se entra con dolor. Aunque son muy importantes la alegría y el sentido del humor. Pero se entra con dolor, eso es así…”.

Primero escuché cuentos, luego
oí cómo los leían, después los leí yo
y luego los empecé a escribir
—¿Y de dónde viene su dolor?
—De la vida…, de vivir. El que vive intensamente la vida, el que no la vive a saltitos, sabe lo que es el dolor; yo sé lo que es el dolor, como también sé lo que es la alegría. La profunda felicidad también sé lo que es.
El terrón de azúcar rompiéndose como metáfora del descubrimiento de la escritura, el dolor, la disposición para escribir, pero también la melancolía. Ana María Matute había madurado a estas alturas todas las edades y vivía en una que juntaba la infancia con la vejez, y todas eran la misma; ahora estaba en la edad de la melancolía, en la época de la indiferencia ante el tiempo. “Cuando se llega a mi edad”, me dijo, “muchas veces se tiene mucha melancolía. Es una edad melancólica. Si llegas a esta edad con la cabeza más o menos en su sitio tienes siempre presente momentos de tu vida que nunca jamás se repetirán, y esto lo sabes muy bien. Yo he llegado con la cabeza tan mal como siempre. ¡Eso es para felicitarme!”.
Ana María Matute no era una mujer de aspavientos ni de circunloquios; era, a pesar de la vida compleja que vivió, una mujer sencilla que vivía sencillamente, que hubiera vivido en un ascensor, debajo de un puente, soñando. Esta vez estaba rodeada de flores; en las últimas décadas la habían llenado de flores, y sonreía; en esa sonrisa de cristal que se mantenía en su cara como una resignación alegre la escritora tenía señalada una arruga muy bella, el camino que no se había detenido hacia la edad más hermosa de su vida, la infancia, y la infancia seguía con ella. La conversación siguió, está grabada; aquí queda este trozo inolvidable de la mirada de Ana María Matute.

viernes, 27 de junio de 2014

PRENSA CULTURAL. "La escritora Ana María Matute muere a los 88 años"

   En "El País":

La escritora Ana María Matute muere a los 88 años

Premio Cervantes en 2010 y académica, fue una de las grandes autoras de la posguerra y ganadora del Nadal y el Planeta


La escritora Ana María Matute, Premio Cervantes 2010, en Barcelona. / JOSEP LAGO (AFP)
La escritora Ana María Matute, premio Cervantes en 2010, académica y una de las grandes autoras de la posguerra, ha fallecido este miércoles en su domicilio de Barcelona a un mes de cumplir 89 años. Hace sólo unos meses, fue la encargada de entregar la última edición del premio Nadal en su ciudad, donde había nacido el 26 de julio de 1925.
La literatura realista, fantástica e infantil fueron las tres vertientes que caracterizaron su obra con un estilo de aparente sencillez que escondía la complejidad del ser humano. Matute acababa de entregar a la editorial Destino su nueva novela: Demonios familiares, prevista para septiembre.
"Su papel fue relevante en la posguerra desde el punto de vista sociológico, por su condición de mujer que jugó un papel importante al abrirse paso en un mundo machista, y literario al reflejar la realidad a través de líneas duras y poéticas con dosis de ironía", asegura Emili Rosales, editor de Destino.
La tercera mujer que ganó el Cervantes fue capaz como pocas, como pocos, de imbricar en su escritura las indispensables dosis de realismo con un irrenunciable hálito de lirismo. Matute llevó a las librerías novelas de la dimensión de Los Abel (1948), Pequeño teatro (1954, premio Planeta), El río (1973), Olvidado Rey Gudú (1996) y Paraíso inhabitado, su última novela. Con Primera memoria había ganado en 1959 el prestigioso Premio Nadal.
La traviesa niña Ana María Matute se portaba mal exprofeso para que su madre, en vez de llamarla por el apelativo familiar de Totitos, gritara su nombre real a más no poder y la encerrara en el cuarto oscuro de la casa. Allí, en la falta de luz más absoluta, aguzaba su imaginación, en la que aparecían sobre todo duendes y reyes y niños encantados amigos de hadas con los que forjaría una de las imaginaciones más potentes de la literatura española de postguerra.
Empezó rápida a sacarle rédito a la riqueza de su mundo interior. Nacida en Barcelona en 1925, a los cinco años recordaba haber escrito ya un relato. Se trataba de un niño que llevaba un vestido muy muy largo y al que un duende ayudaba a ajustar; pero entonces, ya ajustado, el niño crecía y la vestimenta quedaba corta… Su cabeza estaba a punto de estallar con tanta historia de los Andersen, Grimm y Perrault, los grandes clásicos, y con las de las criadas, alas que oía escondida debajo de las tablas de planchar. Por eso a los 17 nacía su primera novela, Pequeño teatro, que tardaría mucho tiempo (algo habitual en su manera de trabajar) en dar por acabada y ver publicada, nada menos que como premio Planeta, en 1954. Era la confirmación de un aviso que dio ya con Los Abel, que aparecía en 1948 y que quedó finalista del premio Nadal.
Marcada especialmente por los recuerdos de las bombas de la Guerra Civil, episodio que reflejó siempre desde la mirada infantil porque quizá nunca tuvo otra, sus problemas matrimoniales (se casó en 1952 con el escritor Eugenio de Goicoechea) marcaron tanto su vida como su obra literaria. En este segundo aspecto, la trayectoria fulgurante de una de las mejores voces de las letras españolas de postguerra, que ya llevaba consigo el bagaje del Premio Café Gijón por Fiesta al noroeste (1952), galardón al que siguieron los Premios Nacional de Literatura Miguel de Cervantes y de la Crítica por Los hijos muertos en 1959 (el mismo año en que consiguió el Nadal por Primera memoria, se frenó. No poder ver a su hijo sólo los sábados y no obtener su custodia hasta que Juan Pablo no alcanzó los 10 años después, lo marcó todo, en especial un proceso de divorcio, algo inaudito en la machista y retrógrada España de los 60. El resultado fue que tomó la decisión de irse a EEUU como lectora. Ello explica que en la Universidad de Boston esté hoy buena parte de su legado literario.

Su vida y su obra estuvieron marcadas por  los recuerdos de las bombas de la Guerra Civil, episodio que reflejó siempre desde la mirada infantil porque quizá nunca tuvo otra, y sus problemas matrimoniales (se casó en 1952 con el escritor Eugenio de Goicoechea)
Fue trampeando su situación personal porque, a pesar de todo, fue una mujer dura, a partir de un intenso compromiso personal en lo moral y en lo profesional, Matute nunca ocultó sus preferencias intelectuales e ideológicas. En una entrevista con este diario realizada el pasado verano, confesaba: "Yo siempre he sido de izquierdas, pero no comprometida con ningún partido. Lo que aspiro es al deseo de justicia y a que no me engañen. Ingenua, inocente, soy, pero tonta, no". También se superó en lo literario y con más éxito del que las circunstancias hacían prever. Así, en 1962 cosechó el Fastenrath de la Academia de la Lengua con Los soldados lloran de noche y en 1965 se alzó con el Premio Nacional de Literatura Infantil Lazarillo por El polizón de Ulises. En los ochenta fue distinguida con el Premio Nacional de Literatura Infantil por Sólo un pie descalzo (1984), tras la que siguió un angustiante silencio motivado por una fuerte depresión de la que no estaba muy alejado el alcohol.
Una fuerza de superación notabilísima, su riqueza interior sin igual y el apoyo de su círculo más cercano, sobre todo de su hijo y del staff de su agencia, Carmen Balcells, hizo que lentamente remontara. El año mágico fue 1996, cuando coincidieron la edición de su majestuoso Olvidado Rey Gudú, bello cuento de hadas que se convirtió en una de sus obras de más éxito y, sin duda, la volvió a poner en primera línea en las librerías, y su elección como miembro de la Real Academia Española de la Lengua para ocupar el sillón “K”, institución en la que ingresó dos años después con un discurso muy de su mundo fantástico, En el bosque. Se convertía así en la tercera mujer en ocupar una silla en la alta cámara de la lengua.
Fue un renacer. Aranmanoth (2000), otra obra de corte medieval y, sobre todo, la edición dos años después de sus Cuentos de infancia, recopilación de nueve cuentos e ilustraciones que Matute escribió cuando tenía entre cinco y catorce año, parecieron quitarle, como ratificó el Premio Nacional de las Letras Españolas en 2007. Ni su hospitalización, en febrero de 2008 a consecuencia de una fractura de tibia, frenó su ansia escritora, entonces centrada en la hasta ahora su última novela, Paraíso inhabitado. La culminación a todo llegó hace tres años, en 2010, cuando obtuvo el Premio Cervantes. “La Literatura ha sido, y es, el faro salvador de muchas de mis tormentas”, reconoció, como gran verdad de su vida, en el discurso de aceptación.

En 1996 volvió a la primera página. Fue el año mágico en que coincidieron la edición de su majestuoso Olvidado Rey Gudú, bello cuento de hadas que se convirtió en una de sus obras de más éxito  y su elección como miembro de la Real Academia Española de la Lengua para ocupar el sillón “K"
Desde entonces fue arrastrando, por culpa de los inevitables achaques de la edad que aun así no le impidieron entregar el pasado enero la última edición del premio Nadal, una nueva novela Demonios familiares, que entregó a su editor, Emili Rosales hace poco y que Destino publicará en septiembre. En verdad, con ella se va uno de los últimos escritores esenciales de los años 40 y 50, en especial mujeres, tras la muerte de autoras como Carmen Laforet, Ana María Moix, Esther Tusquets y Carmen Martín Gaite.
La ya novela póstuma transcurre en 1936, inicio de la Guerra Civil, y está protagonizada por una joven en un mundo de amor, traición y sentimientos confusos. El escenario es una ciudad castellana. Una obra, dice su editor, "en la cual ella trabajó animadamente". Aunque dijera que “nunca ha escrito una sola línea autobiográfica”, la mayor parte de sus obras no estrictamente fantasiosas tiene jirones de su piel y de esas historias que le contaba a Gorogó, su muñeco de tez negra que, pacientemente hasta ayer mismo, fue desde los cinco años el primer receptor de su imaginación ya inmortal.

Así comienza su novela póstuma

“Algunas noches el Coronel oía llorar a un niño en la oscuridad. Al principio se preguntaba quién sería, puesto que hacía muchos años que en la casa no vivía ningún niño. Solo quedaba, en la mesilla de noche de Madre, una fotografía sepia, una sonrisa transparente y errática ?quién sabía ya si de Madre o del niño?, flotando en la noche, como una luciérnaga alada. Ahora sus recuerdos, incluso los tenebrosos fantasmas de la campaña de África, se parecían cada día más a desperdicios, lo que queda, migas de pan en el mantel, de un antiguo festín. Pero su memoria recuperaba una y otra vez la imagen de Fermín, su hermano mayor. Encerrado en su marco de terciopelo malva, vestido de marinero, apoyado en un aro de madera, y siempre niño. Como un fantasma recurrente ?"qué raro, es mi hermano mayor, pero yo tengo más años que él"?, persistía allí, nadie lo había quitado de la mesilla, ni aun cuando Madre ya no estaba, hacía años que él se había casado, había nacido su hija, y Herminia, su mujer, había muerto...”

PRENSA CULTURAL. En la muerte de Ana María Matute. "Una larga e inacabada pregunta". J. Ernesto Ayala-Dip

   En "El País":

Una larga e inacabada pregunta

La autora de 'Olvidado rey Gudú' escribió una obra maestra de la elipsis: 'Pecado de omisión'


La escritora Ana María Matute, en 2006. / XAVI GÓMEZ (GETTY IMAGES)
La larga vida de la escritora catalana Ana María Matute le permitió reunir experiencias distintas: personales, sociales, políticas e históricas. Pero sobre todo le permitió una larga vida literaria en la cual cuajaron esas experiencias, además de citarse diferentes escuelas, estilos y obsesiones, sobre todo obsesiones, como a ella le gustaba llamar a esas ideas sobre el ser humano y su sed de poder y su capacidad de odio que cifró en esa maravilla literaria llamada Olvidado rey Gudú (1996).
La obra narrativa de Ana María Matute comienza en 1948 con Los Abel. Esa obra se mantiene activa hasta 1971, año de la publicación de su novela fantástica La torre vigía. Viene luego un largo silencio que dura casi veinte años, años de depresión y como de ausencia, como si el mundo ya no le importara, a ella que tanto siempre le importó. En 1993 reescribe Luciérnagas, la novela sobre la guerra civil española, con la que quedó finalista en el premio Nadal de 1949 y que el régimen franquista prohibió. Los años noventa son tiempo de rescate y reescritura de libros inéditos. Libros de cuentos y relatos infantiles. Y, sobre todo, el comienzo de la redacción de Olvidado rey Gudú, una de sus novelas, junto a Aranmanoth (2000), más reconocida por la crítica especializada y los lectores.
En 1961, la autora de Primera memoria publica un libro de cuentos titulado Historias de la Artámila. Por ese entonces la doctrina de realismo social necesitaba un aire renovador de estética y emociones de buena ley. Andaban por ahí Ignacio Aldecoa y Medardo Fraile intentándolo con muy buenos resultados. Me inicié en este libro gracias a una antología de José María Merino titulada Cien años de cuentos. Leí ahí una historia titulada Pecado de omisión, perteneciente a Historias de la Artámila. El cuento es una pieza maestra de la elipsis. Se cruzan en él la impotencia y la injusticia, dos conceptos cruciales en la literatura de nuestra escritora. Quien quiera introducirse en la narrativa de Ana María Matute, en la narrativa que ella defendió hasta hace unos días, la literatura de los primeros indicios de la crueldad, de la diferencia de clases, del descubrimiento de la muerte, de la frontera entre el mundo rural y el urbano, tiene en este texto (reeditado en 2005) un resumen de su arte poética y su concepto del contar como expresión del dolor espiritual y la revelación como libertad.

Libro a libro

Novelas: Los Abel (1948), Fiesta al noroeste (1952), Pequeño teatro (1954),En esta tierra (1955, reeditada como Las luciérnagas, en 1993), Los hijos muertos (1958), Primera memoria (1959), Los soldados lloran de noche(1963), Algunos muchachos (1964), La trampa (1969), La torre vigía (1971),El río (1973), Olvidado Rey Gudú (1996), Aranmanoth (2000), Paraíso inhabitado(2009)
Relatos y cuentos infantiles: La pequeña vida (1953), Los niños tontos (1956), Vida nueva (1956), El país de la pizarra (1957), El tiempo (1957), Paulina, el mundo y las estrellas (1960), El saltamontes y el aprendiz (1960),A la mitad del camino (1961), El libro de juegos para los niños de otros(1961), Historia de la Artámila (1961), La rama seca (1961), El arrepentido(1961), Tres y un sueño (1961), Caballito loco y carnavalito (1962), El río(1963), El polizón del Ulises (1965), El aprendiz (1972), Solo un pie descalzo (1983), El saltamontes verde (1986), La virgen de Antioquía y otros relatos (1990), De ninguna parte (1993), La oveja negra (1994), El verdadero final de la bella durmiente (1995), El árbol de oro (1995), Casa de juegos prohibidos (1996), Los de la tienda (1998), La puerta de la Luna. Cuentos completos (2010)

PRENSA CULTURAL. En la muerte de Ana María Matute. "Con Ana María". Soledad Puértolas

   En "El País":

Con Ana María

Hubiéramos querido más, ratos y más ratos de vida con Ana María Matute

La conocí en París, en uno de esos viajes que hacíamos por entonces los escritores. Éramos un grupo bastante numeroso y, a la llegada al hotel, que no tenía un gran aspecto, Ana María Matute, con quien había hablado durante el viaje, con gran timidez y nerviosismo por mi parte, porque la admiraba demasiado como para atreverme a conocerla en persona, se dejó caer en uno de los sillones del vestíbulo como si estuviera a punto de desfallecer.
Las habitaciones no estaban listas y los trámites, además, fueron lentos. Al cabo, nos dieron las habitaciones y nos dispersamos. Ana María parecía algo más animada. Más tarde me confesó que eso le pasaba a menudo, que de repente se sentía sin fuerzas.
Nos hemos ido diciendo eso la una a la otra a lo largo de los años de nuestra amistad, que empezó en aquel momento, en el oscuro, algo sórdido, vestíbulo del hotel parisino. Vi su desfallecimiento y me pareció que era el mío, igual que el mío. Seguro que no, seguro que cada persona tiene su propio modo de desfallecer y su propio modo, también, de sobreponerse. Eso es algo que se aprende con el tiempo. Admiramos y queremos a una persona, nos identificamos, incluso, con ella, en la certeza de que, siendo distinta, hay algo en ella que entendemos, que nos resulta afín, que nos une a ella de una forma profunda.
Ana María fue cobrando una apariencia cada vez más frágil, más delicada. Se cayó innumerables veces, hubo de familiarizarse con la escayola, el bastón, la silla de ruedas. Seguía viajando, seguía acudiendo a actos públicos, seguía escribiendo. Cuando nos encontrábamos, hablábamos de nuestros desfallecimientos, y de algunas inquinas y ofensas de la vida, y de alegrías y satisfacciones, y de vernos más y de hablar más y de escribir más. Su voz, cada vez más delgada, siempre fue cantarina. Una voz alegre, aunque expresara penas o indignaciones.
Se supo levantar de todos sus desfallecimientos, supo amar, supo tener fe. En este momento, los trozos de vida que nos dio, que compartimos con ella, parecen cortos.
Hubiéramos querido más, ratos y más ratos de vida con Ana María Matute, en vestíbulos y bares de hotel y de aeropuertos, pero al fin, su vida ha sido larga. Ha sido rica. El mundo de inocencia, dolor, amargura y magia que nos ofrece en cada uno de sus libros ya se ha hecho parte de lo que somos. Es el regalo que hacen los artistas. Aquella realidad moldeada por la fantasía de una niña inclasificable que luego se convirtió, como ella misma decía, en una persona incómoda para muchos, sigue en pie. Ese en el poder de la literatura. Hace perdurar lo fugitivo.
Cuando el desfallecimiento ha sido dejado atrás, ya no existe. Lo que existe es el momento glorioso de la creación, el triunfo de la vida. De Ana María Matute quedará, para todos, el mundo que creó. Para sus allegados y seres más queridos, su fortaleza, ese impulso que la sostenía y hacía que se levantara una y otra vez y que deseara, siempre, ver más, hablar más, escribir más. [PIEPAG]
Soledad Puértolas es escritora y académica.