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miércoles, 4 de diciembre de 2013

PRENSA CULTURAL. Sobre la publicación de los cuentos de Chéjov

   En "blogs.elpais.com":

Pequeñas conmociones

Por:  02 de diciembre de 2013
Dos amigos se encuentran después de mucho tiempo. “El gordo acababa de comer en la estación y sus labios manchados de mantequilla lucían como cerezas maduras. Olía a jerez y a agua de azahar. El flaco acababa de bajarse del tren e iba cargado de maletas, bultos y cajas de cartón. Olía a jamón y a posos de café”. Antón Chéjov publicó El gordo y el flaco en 1883 en la revista Fragmentos, y es uno de los 240 relatos incluidos en el primer volumen de los Cuentos completos del escritor ruso, que Página de Espuma publica estos días y que recoge su primera producción, la que realizó entre los años 1880 y 1885. No son más que tres páginas. Los amigos se abrazan, fueron juntos al colegio, no se han visto desde entonces. Preguntan por sus historias. A uno le fue bien, al otro un poco peor. Chéjov está ahí en medio de la situación, registrando cada uno de los detalles, los minúsculos cambios, la más mínima alteración. Observa los engranajes, si las piezas hacen algún chirrido. Y sí que lo hacen, vaya que lo hacen. “He llegado a Consejero secreto. Tengo dos estrellas”, dice el gordo. Un buen cargo, sí señor. Y el flaco, que se había mostrado desenvuelto, que había bromeado sobre sus días de infancia, que había hecho gala hasta entonces de sus recursos, “palideció de repente, se quedó de piedra, pero pronto todo su rostro se transformó en una amplia sonrisa; parecía que su cara y sus ojos echaban chispas. Se arrugó, se encorvó, se encogió...”. Chéjov desmenuza el episodio, y lo cuenta. Y seguramente buena parte de su maestría tiene que ver con eso. La vida cotidiana está llena de pequeñas conmociones, toda la vida está recorrida por esos rasguños apenas perceptibles, gestos que se escapan sin querer pero que revelan cuanto ocurre por dentro, que desencadenan cada una de las calamidades. ¿Calamidades? Minúsculas calamidades, pero calamidades al fin ya al cabo.
1885 (1)En su breve libro sobre sobre el escritor ruso, Antón Chéjov (Acantilado, 2006; traducción de Celia Felipetto), Natalia Ginzburg escribe a propósito de esta temprana época: “Chéjov ya tenía una forma extraordinaria de introducirse en una historia, una forma brusca y ligera, fulminante e imperiosa, como si de pronto alguien abriera de par en par una puerta o una ventana para ofrecer al lector los rasgos de una figura humana o de un grupo de figuras humanas, permitirle escuchar el sonido de sus voces, intuir sus estados de ánimo, el servilismo o la afectación, la paciencia o la prepotencia, y a continuación, cerrara esa puerta o esa ventana ante el lector absorto, divertido y estupefacto”.
Así es. Absortos, estupefactos, divertidos: en estas 240 piezas de esta entrega inicial de su narrativa completa hay de todo. Textos minúsculos como una bocanada de aire fresco, casi chistes, apuntes veloces, meras notas a pie de página sobre el ruido del mundo. Pero hay ya algunos cuentos más largos. El humor y la ternura (o la piedad), esas notas que definen la mirada de Chéjov (la imagen es de 1885) sobre las cosas, aparecen ya como el diamante en bruto que irá puliendo hasta construir sus obras maestras. Iba apretando las piezas para que el mecanismo de su escritura funcionara a la perfección.
Natalia Ginzburg también se refiere a la capacidad de Chéjov para permanecer al margen. “Los personajes de sus cuentos ofrecían sin cesar comentarios, juicios, observaciones, opiniones”, apunta. “El escritor no ofrecía comentario alguno. No daba la razón a nadie ni se la quitaba. Así era Chéjov en sus primeros relatos y así fue en los últimos. Un escritor que nunca hacía comentarios”. Pero al que no se le escapaba nada. En Flores tardías, de 1883, uno de los cuentos más elaborados de aquella época, cuenta una historia de decadencia. Ha muerto el príncipe Priklonski y su mujer tiene que pelear para mantener al golfo de su hijo y a su hija. Un día los muchachos enferman y tienen que llamar al doctor Toporkov, el hijo de un antiguo siervo de su marido que ha medrado y al que le va muy bien. La muchacha se enamora del médico. Y la madre colabora en las tareas de seducción. Tras una de las visitas, lo invitan a tomar el té. Sirven las tazas, reina un espeso silencio. Y el escritor recoge con su finura esos detalles que sintetizan un carácter, y que da cuenta de su maestría. El doctor bebe un sorbo, y Chéjov escribe: “Se diría que cada trago caía desde la boca a una especie de abismo, donde chapoteaba en una masa grande y lisa”.

martes, 21 de junio de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Crítica de libros de y sobre Chéjov. Primeras páginas

Chéjov

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Chéjov, la vida en escena

JESÚS GARCÍA GABALDÓN 14/05/2011

   La recopilación de todas sus cartas y escritos sobre el teatro y una novedosa biografía documental componen un fascinante y complejo retrato del escritor como persona encantadora, discreta, sincera y honrada, un artista libre y poco convencional.

   A juzgar por las innumerables biografías, recuerdos, estudios, ensayos, testimonios, cartas, memorias y escritos dedicados a Antón Chéjov (Taganrog, 1860-Badenweiler, 1904), su corta y dramática vida es una vida teatral, una vida de letras, una vida documentada, escrita y vivida a través de las cartas, de los cuentos y de las obras teatrales. Porque Chéjov es, quizás, el escritor que mejor representa de manera realista la vida cotidiana en escena, y también, en cierto modo, su propia vida queda reflejada en su vasta obra. De los 30 volúmenes que ocupa la edición académica de las obras de Chéjov, dirigida por N. F. Bélchikov entre 1974 y 1983, 12 están dedicados a su correspondencia (¡escribió más de 4.500 cartas!). A pesar de ello, en el ámbito hispánico, la correspondencia de Chéjov ha recibido escasa atención. Este panorama parece haber empezado a cambiar en los últimos años en que se han publicado valiosas selecciones de sus cartas literarias, tales como Consejos a un escritor (cartas sobre el cuento, el teatro y la literatura) (Fuentetaja, 2005) y Sin trama y sin final: 99 consejos para escritores (Alba, 2007), así como las cartas entre Chéjov y su mujer, la actriz Olga Knipper (Páginas de Espuma, 2008). En la cuidadosa y pulcra traducción de Raquel Marqués aparecen ahora todas las cartas y escritos de Chéjov sobre el teatro. La edición española, que reproduce la excelente edición alemana de Peter Urban y Jutta Hercher, contiene 12 crónicas teatrales (entre ellas destaca la dedicada a Sarah Bernhardt) y la impagable serie de artículos breves Fragmentos de la vida moscovita, así como una amplia selección de 166 cartas sobre el teatro, cuyos destinatarios son, entre otros, Suvorin, Gorki, Komissarzhévskaya, Stanislavski, Nemiróvich-Dánchenko y los actores y actrices del 'Teatro de Arte' de Moscú, que interpretaron las piezas clásicas de Chéjov como La gaviota, Tres hermanas, Tío Vania y El jardín de los cerezos. Un enjundioso prólogo de Lluís Pascual, en el que presenta, entre otras cosas, valiosas reflexiones sobre el tempo teatral en Chéjov, completa este volumen, de lectura imprescindible para quien quiera conocer por dentro el teatro de Chéjov.
   Las biografías de Chéjov disponibles hasta hoy en español, escritas por Irène Némirovsky, Natalia Ginzburg, Henri Troyat y Rosamund Bartlett, reconstruyen en buena medida su vida y su obra a partir de sus cartas. Ígor Sujij, profesor de literatura rusa en la Universidad de San Petersburgo y gran conocedor de la obra de Chéjov, nos ofrece una novedosa biografía, compuesta a modo de mosaico de miradas y opiniones a partir de la composición polifónica de cuatro tipos de documentos: una representativa y pertinente selección de cartas privadas de Chéjov, que teje en su conjunto un autorretrato íntimo; pasajes selectos de la correspondencia dirigida a él y de las memorias de sus familiares, amigos, biógrafos y contemporáneos, que sirven para contrastar y relativizar diferentes puntos de vista, opiniones y perspectivas familiares y literarias sobre el escritor ruso; una serie de precisas notas críticas del propio Sujij, a modo de acotaciones teatrales o contrapuntos musicales, que nos presentan su visión más personal de Chéjov; y, por último, una antología esencial de fragmentos preferidos de los cuentos y obras teatrales de Chéjov. El resultado de este complejo y sutil montaje documental, ya ensayado en los años veinte en la crítica rusa por V. Veresáev y aplicado sin éxito a la biografía de Chéjov por V. Feider, es un fascinante y completo retrato coral, vital, multidimensional, diríamos holográfico, de Chéjov en el que emerge la figura de una persona encantadora, discreta, sincera y honrada, de un artista libre y poco convencional, de un escritor profundamente realista e innovador a su manera, que escribió sobre la Rusia y los rusos de su época, tal como él los veía, y que supo trascender los límites espaciales y temporales de su propia vida a través de su penetrante mirada llena de compasión y ternura ante el dolor de las vidas ajenas, esas otras vidas cotidianas que él dramatiza y desdramatiza, narra, lleva a escena, con una intensidad y veracidad únicas. Otro de los encantos de esa útil biografía documental, vertida al español esmerada y eficientemente por Frederic Guerrero-Solé y Oksana Gollyak, es su deliciosa y leve arquitectura narrativa, de ágil y entretenida lectura, estructurada en torno a 49 temas que reconstruyen cronológicamente la vida cotidiana y amorosa, los espacios vitales y literarios de Chéjov, y que nos permiten profundizar en la comprensión de su visión del mundo, sentimientos, ideas, gustos y disgustos, opiniones sobre asuntos tan dispares como la fe, el amor, la vida literaria, el teatro, el humor, el erotismo, el dinero, la enfermedad o el poder.

Sobre el teatro: artículos y cartas
Antón Pávlovich Chéjov
Prólogo de Lluís Pasqual
Traducción de Raquel Marqués
Libros del Silencio. Barcelona, 2011
400 páginas. 21 euros


Chéjov en vida
Ígor Sujij
Traducción de Frederic Guerrero-Solé y Oksana Gollyak
Alba Clásica. Barcelona, 2011
624 páginas. 28 euros

PRIMERAS PÁGINAS DE SOBRE EL TEATRO: ARTÍCULOS Y CARTAS.

domingo, 22 de agosto de 2010

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "Pistolas y mares", por Luis Magrinyà (sobre el cuento)

Chéjov dijo que si aparece una pistola al principio de una trama tiene que ser para que al final alguien la dispare.- CARMEN SECANELLA ("El País")


En Babelia, suplemento cultural de "El País":

Pistolas y mares


LUIS MAGRINYÀ 21/08/2010

¿Cuentos cerrados o abiertos? Esa es la pregunta que surgió con Antón Chéjov, considerado el padre del relato moderno. Los 150 años del nacimiento del escritor ruso sirven para dilucidar sus claves y homenajear a este género en auge de autores y lectores. Por Luis Magrinyà

Leí La estepa por recomendación -una entre tantas- de su grandísimo traductor Víctor Gallego: esta extraña road story rusa, en la que un niño de nueve años recorre en calesa el largo camino de su pueblo a la ciudad donde ingresará en el instituto, fue un hito en la carrera de su autor y Víctor insistía en que era como el epítome de lo chejoviano. A mí me dejó intrigado. La historia termina con el niño instalado ya en su paradero, acogiendo "con lágrimas esa vida nueva y desconocida" sobre la que el narrador se pregunta textualmente: "¿Qué le depararía?". Esta pregunta es la última frase del relato pero de algún modo -de un modo muy chejoviano- se resiste a ser su final. Con ella, proyectando la narración hacia lo que aún tiene que ocurrir, el autor parece dejarnos claro que lo que ha contado es sólo un fragmento, que una narración no puede aspirar a describir la vida en su totalidad más que señalando, precisamente, la imposibilidad de hacerlo.
Se sabe que Chéjov dijo en varias ocasiones -refiriéndose sobre todo al teatro- que si aparece una pistola al principio de una trama tiene que ser para que al final alguien la dispare. Esta pistola -"la pistola de Chéjov"- ha llegado a dar nombre a una figura literaria que antes se conocía como "anticipación", y se ha difundido, paradójicamente, como consigna de cierto tipo de construcción narrativa -economía, funcionalidad, previsión y control dramático- que los lectores de Chéjov probablemente no identifiquemos demasiado con él. En sus cuentos encontramos sin dificultad pistolas que aparecen y no se disparan: de hecho, muchas veces nos parece todo muy antieconómico, disperso, informe, divagante, poco atado... aunque nunca, es verdad, gratuito.
En El beso, después del acontecimiento al que alude el título y antes de las consecuencias que de él se derivan, leemos varias páginas bastante ajenas a lo ocurrido y en las que se suceden, para más inri, "cuadros muchas veces vistos poco interesantes". En Luces, después de que un ingeniero cuente un recuerdo algo vergonzoso de su juventud que tendría que ser el centro indiscutible del relato, éste se extiende no sólo en las discusiones moralizantes de sus oyentes, sino en las pequeñas incidencias de su vida laboral, y el último "acontecimiento" narrativo es la aparición de un hombre con unos calderos que nadie ha pedido. Janet Malcolm, en su estupendo Leyendo a Chéjov, ha destacado cómo al final de La sala número 6, en las visiones agónicas del protagonista, aparece un hermoso ciervo -tal vez una imagen idílica, psicológicamente razonable en un moribundo-, pero también una campesina que le tiende "una carta certificada".
¿Una carta certificada? ¿Qué demonios pinta ahí una carta certificada? ¿En el decisivo momento de la muerte? Éste es un elemento muy narrativo: de una carta siempre queremos saber qué dice, quién la escribe, qué efecto produce en quien la recibe. Y si encima es certificada... ¿Qué perverso juego introduce Chéjov al endosarnos un misterio que no va a resolver, una alusión a un episodio sin duda importante en la vida del personaje pero del que nosotros nunca sabremos nada? ¿Y por qué ese misterio -toda una carta certificada- es precisamente pura narratividad escamoteada? "Chéjov entra en el cerebro del moribundo, pero sale de él con la información más lacónica e incompleta que pueda imaginarse": Janet Malcolm relaciona esta "reticencia" autorial con el modernismo del siglo XX y la contrapone a la "audaz omnisciencia" de Tolstói y otros grandes realistas del XIX. Podría verse también, al contrario, como un exceso de omnisciencia: el narrador sabe tantas cosas que algunas de ellas, en efecto, no cuadran; parece que están de más, porque nada ponen ni quitan. Y, sin embargo, siguen ahí, recordándonos todos los detalles que no encajan en el conjunto de lo que sabemos y comprendemos.
Es significativo que todo esto -la pistola que no se dispara, el hombre de los calderos, la carta sin contenido- halle cobijo no en el marco extenso y totalizador de la novela (que podría, se diría, permitirse estos excesos), sino en el espacio breve y estricto del cuento, que se supone regido por leyes supereconómicas y envuelto en densos vapores de condensación. Para William Gerhardie, uno de los primeros (1923) críticos de la obra de Chéjov, el "realismo" bien entendido debería consistir en "extraer de la vida sus rasgos característicos -porque la vida, fuera del foco del arte, es como el mar: borrosa, sin forma y sin plan- y reubicarlos en un plan concebido para representar, bajo el foco del arte, la vida que es como el mar: borrosa, sin forma y sin plan". Chéjov tuvo la audacia de llevar -no encerrar- el mar a un lugar acotado con una duración limitada y de convertir esas restricciones de tiempo y espacio en una forma, sin duda para él la más genuina, de captarlo, de describirlo.
Chéjov tuvo enseguida discípulos entre los escritores que conoció, como Maksim Gorki o Iván Bunin, y entre los que no llegó a conocer, como Isaak Bábel o Katherine Mansfield. Caló también hondo en varias generaciones de cuentistas norteamericanos: en el prólogo a la antología de Cuentos imprescindibles que le dedicó, Richard Ford señalaba directamente a Sherwood Anderson, Ernest Hemingway, John Cheever, Eudora Welty y Raymond Carver. Guillermo Cabrera Infante apuntaba incluso a Somerset Maugham: algunos pensarán que es mucho apuntar, pero el gesto es indicio de un honor -justificado o no- al que pocos se resisten.
La sombra de Chéjov cubre todo el siglo XX. A su lado han pervivido otras tradiciones, como la encarnada por Henry James, que Gerhardie tanto deploraba: los cuentos geométricos, cerrados, de férrea trama del norteamericano eran la antítesis de las mareas y la sagrada espuma del venerado maestro ruso, que poseía la llave de la representación de "la vida". James seguramente creería que la llave la tenía, o la buscaba, él. En cualquier caso, los dos modelos han llegado hasta hoy. El otro día leí, en una crítica del último y magnífico libro de Kazuo Ishiguro, Nocturnos, que en sus cuentos se observaba la influencia de Chéjov y James. A la vez. La propia Janet Malcolm, tan chejoviana, ha escrito algunos reportajes -especialmente, En los Archivos de Freud- cuyo intríngulis y paisanaje parecen producto de la maquinaria jamesiana. No sé si el siglo XXI resolverá la incógnita de la carta certificada de La sala número 6. Pero parece que autores y lectores siguen estando en ello.

Luis Magrinyà (Palma de Mallorca, 1960). Su último libro es Habitación doble (Anagrama).

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "Por qué queremos a Chéjov", por Elvira Lindo

Elvira Lindo
En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Por qué queremos a Chéjov

ELVIRA LINDO 21/08/2010

El último adiós a Chéjov estuvo marcado por un quiebro cómico. Su cuerpo inerte, procedente de un balneario alemán, entraba en la estación de Moscú en un vagón de ostras. Aquellos que le esperaban se equivocaron de muerto y se unieron a la comitiva que honraba a un general, con orquesta incluida. Su amigo, el escritor Máximo Gorki, lamentó que aquella anécdota tragicómica rubricara la vida de quien tanto había huido de la vulgaridad. Cierto, pero también lo es que la melancolía chéjoviana está impregnada de ese humor con el que empezó a ganarse la vida, escribiendo historietas cómicas bajo el seudónimo de Antosha Chejonte. Él reivindicó la ironía tanto en los cuentos posteriores como en su teatro, luchando porque los actores interpretaran sin énfasis y sin olvidar que un aliento de comicidad vibra, como en la vida, por debajo de la tragedia. Chéjov no quiso verse nunca a sí mismo en el papel del muerto, sino en el del hombre que observa la comitiva fúnebre y reflexiona: "Mientras a ti te llevan al cementerio, yo me iré a desayunar". Un tozudo apego a la vida en quien estuvo esquivando el destino fatal de los tuberculosos durante un tercio de la suya.
La muerte de Chéjov en el balneario de Badenweiler ha sido una de las más contadas de la historia de la literatura. Los testigos, Olga Knipper, la actriz que consiguió acabar con su empecinada soltería, el médico del balneario y un estudiante ruso al que Olga pidió ayuda. El doctor, sabiendo que la muerte era inevitable, pidió una botella de champán. Chéjov apuró su copa y dijo, "hacía tanto que no bebía champán". Se recostó en la cama y cerró los ojos. La ligereza de la escena encajan bien con este hombre dulce, algo distante, "delicado como una muchacha", como lo definió Tolstói. El escritor Raymond Carver, que tanto debía al cuentista ruso, escribió un cuento, Tres rosas amarillas, en el que se narra esta escena de la muerte. El relato tiene tales visos de realidad que, otra ironía chéjoviana, las biografías publicadas con posterioridad al cuento incluyen detalles inventados por el americano.
No es extraña la veneración de Carver hacia el ruso. Se podría afirmar que el país en el que de manera más profunda caló la prosa directa y pura de Chéjov fue Estados Unidos, donde lo prolijo y lo pomposo no gozan de prestigio. La falta de artificio y la nula idealización de los personajes son los pilares de esa plantilla que Chéjov dejó escrita para que sobre ella se escribiera el relato americano. Pero la admiración de los chéjovianos hacia Chéjov no se detiene sólo en lo literario. Si Carver escribió sobre la muerte del escritor fue, probablemente, porque llevaba tiempo sumergido en las peripecias de una vida que estuvo marcada, desde su origen, por la rebeldía hacia lo que parece estar escrito sobre un ser humano desde el nacimiento. Chéjov, nieto de un siervo que compró su libertad, tuvo siempre una clara conciencia de que el escritor de clase alta da la libertad por garantizada, mientras que aquel que nace en la miseria ha de ganársela a pulso. Aquel hijo de tendero, tercero de seis hermanos, se convirtió en el cabeza de familia, estudió medicina para acabar practicándola de manera casi gratuita y empezó a ganarse la vida escribiendo de encargo y sin sentirse del todo parte del universo literario.
El héroe chéjoviano está lleno de buenas intenciones que se ven lastradas por la torpeza, la inactividad o el destino. Es posible que esa falta de arrojo tuviera una fuente de inspiración en sus hermanos mayores, que malgastaron su talento en el alcohol, y que esa pereza que condena a sus personajes a un destino no deseado fuera la manera en que él, que tanto hizo por transformar su vida, veía a la burguesía rusa: cultos pero ensimismados en una autocrítica estéril. Chéjov no tiene voluntad de explicar el mundo, sin embargo, cuando el lector se entrega a su literatura acaba teniendo la sensación de entender cuál era el estado de ánimo colectivo que precedió a la Rusia soviética. El escritor Vasili Grossman hablaba de la democracia de Chéjov. Se refería a la aspiración de aquel nieto de esclavo por vivir en un país libre, más justo y laborioso. Frente a las ideas absolutas de Tolstói, Chéjov defendía los efectos benéficos de la ciencia y el progreso. ¿Por qué queremos tanto a Chéjov? Porque es el paradigma del escritor moderno, no juzga a los personajes, les deja hablar en su propio lenguaje, concede voz a los débiles, a los niños, a los presos, a las mujeres, o defiende la naturaleza y los animales con una actitud hasta el momento desconocida.
"Lo más sagrado es, para mí, el ser humano, la salud, la inteligencia, el talento, la inspiración, el amor y la más absoluta libertad, libertad de la violencia y la mentira en cualquiera de sus formas. Este es el programa que me gustaría seguir si fuera un gran artista".
Sin ninguna duda, lo fue.

Elvira Lindo publicará su próxima novela, Lo que me queda por vivir (Seix Barral), el 7 de septiembre.

CUENTO. "Los veraneantes", de Chéjov (1860-1904)

Antón Chéjov
Los veraneantes
Por el andén campestre, hacia arriba y hacia abajo, paseaba una parejita de recién casados. Él la sostenía por el talle; ella se ceñía contra él y ambos se sentían felices. La luna, por entre los jirones de nubes, les miraba frunciendo el entrecejo. Con seguridad sentía envidia y enojo por su aburrida y forzosa virginidad. El aire inmóvil estaba impregnado de olor a lilas y acacias. Al otro lado de la vía, lanzaba un pájaro agudos sonidos.
-¡Qué bien se está aquí, Sascha! -decía la recién casada-. ¡Decididamente, podía pensarse que estábamos soñando! ¡Fíjate en el modo acogedor y cariñoso con que nos contempla ese pequeño bosque! ¡Mira qué simpáticos son estos sólidos y callados postes telegráficos!... Con su presencia, Sascha, dan vida al paisaje y nos hablan de que allá..., en alguna parte..., existen otras gentes..., hay una civilización... ¿Acaso no te gusta sentir cómo llega débilmente a tu oído el ruido de un tren que pasa?
-Sí; pero...; ¡qué manos tan calientes tienes! Eso es que te agitas, Varia... ¿Qué tenemos hoy de cena?
-Tenemos okroschka y pollo. Es suficiente un pollo para los dos; y para ti he traído de la ciudad sardinas y pescado ahumado.
La luna, escondiéndose detrás de una nube, hizo un guiño, como si hubiera tomado rapé. Sin duda, el espectáculo de la humana felicidad le recordaba su propia soledad..., su lecho solitario tras los montes y los valles...
-¡Viene un tren! -dijo Varia-. ¡Qué gusto!
En la lejanía surgieron tres ojos de fuego, y el jefe del apeadero salió al andén. Sobre los rieles, de aquí para allá, corrieron las luces de los guardavías.
-Despediremos al tren y nos iremos a casa- dijo Sascha bostezando-. ¡Qué bien vivimos juntos, Varia; tan bien que uno mismo no se lo puede creer!
El oscuro monstruo se arrastró sin ruido hasta el andén y se detuvo. Por las ventanillas de los vagones, medio iluminados, se vieron desfilar rostros soñolientos, sombreros, hombros...
-¡Mira! -se oyó exclamar desde uno de los vagones-. ¡Es Varia! ¡Y su marido!...¡Salieron a esperarnos! ¡Aquí están! ¡Varenka!... ¡Varenka!... ¡Eh!
Dos niñas saltaron del vagón y se colgaron del cuello de Varia. Tras ellas descendieron una señora gorda, de edad avanzada, y un caballero, alto y delgado, de patillas canosas. Después, dos colegiales cargados de equipaje; detrás, la institutriz, y, por último, la abuela.
-¡Aquí nos tienes! ¡Aquí nos tienes, amiguito! -empezó a decir el señor de las patillas, estrechando la mano de Sascha-. Con seguridad lleváis mucho tiempo esperándonos. ¡Como si lo viera, estabas ya reprochando a tu tío el que no llegara! ¡Kolia!.... ¡Kostia!... ¡Niña!... ¡Fifa!... ¡Hijos!... ¡Abrazad a vuestro primo Sascha!... Hemos venido toda la familia a veros y a pasar tres o cuatro días con vosotros. Espero que no os molestaremos... ¡Tú, haz el favor de no gastarnos ceremonias!
Ante la llegada del tío y de toda su familia, el matrimonio quedó aterrado. Mientras el primero hablaba y repartía besos, pasó raudo el siguiente cuadro por la imaginación de Sascha: veíase a sí mismo y a su mujer ofreciendo a los invitados sus tres habitaciones, sus cojines, y sus mantas. Veía el pescado ahumado, las sardinas y el okroschka devorados en un segundo... A los primos, cortando las flores, vertiendo la tinta... A la tía, hablando solamente, el día entero, de sus enfermedades (su solitaria y su dolor de estómago) y de que por su nacimiento era baronesa Fintij... Sascha empezó a mirar con odio a su joven esposa y le murmuró al oído:
-¡Han venido a verte a ti! ¡Que se vayan al diablo!
-¡No!..., ¡a ti! -contestaba ella, mirándole a su vez con aborrecimiento y maligna expresión.
-¡No son mis parientes, sino los tuyos!... -y volviéndose hacia los huéspedes los invitó con la más amable de las sonrisas-. ¡Vengan, por favor!...
Por detrás de una nube asomó lentamente la luna. Parecía sonreír... Parecía agradarle no tener parientes...
Sascha volvía la cabeza para ocultar a los invitados sus desesperados e irritado semblante; pero repetía, haciendo esfuerzos para dar a su voz acentos de alegría y benignidad:
-¡Vengan, por favor!... ¡Vengan, por favor..., queridos huéspedes!

jueves, 25 de marzo de 2010

CUENTO. "La colección", de Anton Chéjov (1860-1904)

Anton Chéjov
La colección
Hace días pasé a ver a mi amigo, el periodista Misha Kovrov. Estaba sentado en su diván, se limpiaba las uñas y tomaba té. Me ofreció un vaso.
—Yo sin pan no tomo —dije—. ¡Vamos por el pan!
—¡De ninguna manera! A un enemigo lo convido con pan, pero a un amigo nunca.
—Es extraño... ¿Por qué, pues?
—Mira por qué... ¡Ven acá!
Misha me llevó a la mesa y extrajo una gaveta:
—¡Mira!
Yo miré en la gaveta y no vi definitivamente nada.
—No veo nada... Unos trastos... Unos clavos, trapitos, colitas...
—¡Precisamente eso! ¡Diez años hace que reúno estos trapitos, cuerditas y clavitos! Una colección memorable.
Y Misha apiló en sus manos todos los trastos y los vertió sobre una hoja de periódico.
—¿Ves este cerillo quemado? —dijo, mostrándome un ordinario, ligeramente carbonizado cerillo—. Este es un cerillo interesante. El año pasado lo encontré en una rosca, comprada en la panadería de Sevastianov. Casi me atraganté. Mi esposa, gracias a Dios, estaba en casa y me golpeó por la espalda; si no, se me hubiera quedado en la garganta este cerillo. ¿Ves esta uña? Hace tres años fue encontrada en un bizcocho, comprado en la panadería de Filippov. El bizcocho, como ves, estaba sin manos, sin pies, pero con uñas. ¡El juego de la naturaleza! Este trapito verde hace cinco años habitaba en un salchichón, comprado en uno de los mejores almacenes moscovitas. Esa cucaracha reseca se bañaba alguna vez en una sopa, que yo tomé en el bufete de una estación ferroviaria; y este clavo, en una albóndiga, en la misma estación. Esta colita de rata y pedacito de cordobán fueron encontrados ambos en un mismo pan de Filippov. El boquerón, del que quedan ahora sólo las espinas, mi esposa lo encontró en una torta, que le fue obsequiada el día del santo. Esta fiera, llamada chinche, me fue obsequiada en una jarra de cerveza en un tugurio alemán... Y ahí, ese pedacito de guano casi no me lo tragué, comiéndome una empanada en una taberna... Y por el estilo, querido.
—¡Admirable colección!
—Sí. Pesa libra y media, sin contar todo lo que yo, por descuido, alcancé a tragarme y digerir. Y me he tragado yo, probablemente, unas cinco, seis libras...
Misha tomó con cuidado la hoja de periódico, contempló por un minuto la colección y la vertió de vuelta en la gaveta. Yo tomé en la mano el vaso, empecé a tomar té, pero ya no rogué mandar por el pan.

jueves, 31 de diciembre de 2009

CUENTO. "Vanka", de Anton Chéjov


Chéjov
Vanka
Vanka Chukov, un muchacho de nueve años, a quien habían colocado hacía tres meses en casa del zapatero Alojin para que aprendiese el oficio, no se acostó la noche de Navidad.
Cuando los amos y los oficiales se fueron, cerca de las doce, a la iglesia para asistir a la misa del Gallo, cogió del armario un frasco de tinta y un portaplumas con una pluma enrobinada, y, colocando ante él una hoja muy arrugada de papel, se dispuso a escribir.
Antes de empezar, dirigió a la puerta una mirada en la que se pintaba el temor de ser sorprendido, miró el icono oscuro del rincón y exhaló un largo suspiro.
El papel se hallaba sobre un banco, ante el cual estaba él de rodillas.
"Querido abuelo Constantino Makarich -escribió-: soy yo quien te escribe. Te felicito con motivo de las Navidades y le pido a Dios que te colme de venturas. No tengo papá ni mamá; sólo te tengo a ti...".
Vanka miró a la oscura ventana, en cuyos cristales se reflejaba la bujía, y se imaginó a su abuelo Constantino Makarich, empleado a la sazón como guardia nocturno en casa de los señores Chivarev. Era un viejecito enjuto y vivo, siempre risueño y con ojos de bebedor. Tenía sesenta y cinco años. Durante el día dormía en la cocina o bromeaba con los cocineros, y por la noche se paseaba, envuelto en una amplia pelliza, en torno de la finca, y golpeaba de vez en cuando con un bastoncillo una pequeña plancha cuadrada, para dar fe de que no dormía y atemorizar a los ladrones. Lo acompañaban dos perros: Canelo y Serpiente. Este último se merecía su nombre: era largo de cuerpo y muy astuto, y siempre parecía ocultar malas intenciones; aunque miraba a todo el mundo con ojos acariciadores, no le inspiraba a nadie confianza. Se adivinaba, bajo aquella máscara de cariño, una perfidia jesuítica.
Le gustaba acercarse a la gente con suavidad, sin ser notado, y morderla en las pantorrillas. Con frecuencia robaba pollos de casa de los campesinos. Le pegaban grandes palizas; dos veces había estado a punto de morir ahorcado; pero siempre salía con vida de los más apurados trances y resucitaba cuando lo tenían ya por muerto.
En aquel momento, el abuelo de Vanka estaría, de fijo, a la puerta, y mirando las ventanas iluminadas de la iglesia, embromaría a los cocineros y a las criadas, frotándose las manos para calentarse. Riendo con risita senil se burlaría de las mujeres.
-¿Quiere usted un polvito? -les preguntaría, acercándoles la tabaquera a la nariz.
Las mujeres estornudarían. El viejo, regocijadísimo, prorrumpiría en carcajadas y se apretaría con ambas manos los ijares.
Luego les ofrecería un polvito a los perros. El Canelo estornudaría, sacudiría la cabeza, y, con el gesto huraño de un señor ofendido en su dignidad, se marcharía. El Serpiente, hipócrita, ocultando siempre sus verdaderos sentimientos, no estornudaría y menearía el rabo.
El tiempo sería soberbio. Habría una gran calma en la atmósfera, límpida y fresca. A pesar de la oscuridad de la noche, se vería toda la aldea con sus tejados blancos, el humo de las chimeneas, los árboles plateados por la escarcha, los montones de nieve. En el cielo, miles de estrellas parecerían hacerle alegres guiños a la Tierra. La Vía Láctea se distinguiría muy bien, como si, con motivo de la fiesta, la hubieran lavado y frotado con nieve...
Vanka, imaginándose todo esto, suspiraba.
Tomó de nuevo la pluma y continuó escribiendo:
"Ayer me pegaron. El maestro me cogió por los pelos y me dio unos cuantos correazos por haberme dormido arrullando a su nene. El otro día la maestra me mandó destripar una sardina, y yo, en vez de empezar por la cabeza, empecé por la cola; entonces la maestra cogió la sardina y me dio en la cara con ella. Los otros aprendices, como son mayores que yo, me mortifican, me mandan por vodka a la taberna y me hacen robarle pepinos a la maestra, que, cuando se entera, me sacude el polvo. Casi siempre tengo hambre. Por la mañana me dan un mendrugo de pan; para comer, unas gachas de alforfón; para cenar, otro mendrugo de pan. Nunca me dan otra cosa, ni siquiera una taza de té. Duermo en el portal y paso mucho frío; además, tengo que arrullar al nene, que no me deja dormir con sus gritos... Abuelito: sé bueno, sácame de aquí, que no puedo soportar esta vida. Te saludo con mucho respeto y te prometo pedirle siempre a Dios por ti. Si no me sacas de aquí me moriré".
Vanka hizo un puchero, se frotó los ojos con el puño y no pudo reprimir un sollozo.
"Te seré todo lo útil que pueda -continuó momentos después-. Rogaré por ti, y, si no estás contento conmigo, puedes pegarme todo lo que quieras. Buscaré trabajo, guardaré el rebaño. Abuelito: te ruego que me saques de aquí si no quieres que me muera. Yo escaparía y me iría a la aldea contigo; pero no tengo botas, y hace demasiado frío para ir descalzo. Cuando sea mayor te mantendré con mi trabajo y no permitiré que nadie te ofenda. Y, cuando te mueras, le rogaré a Dios por el descanso de tu alma, como le ruego ahora por el alma de mi madre.
Moscú es una ciudad muy grande. Hay muchos palacios, muchos caballos, pero ni una oveja. También hay perros, pero no son como los de la aldea: no muerden y casi no ladran. He visto en una tienda una caña de pescar con un anzuelo tan hermoso que se podrían pescar con ella los peces más grandes. Se venden también en las tiendas escopetas de primer orden, como la de tu señor. Deben costar muy caras, lo menos cien rublos cada una. En las carnicerías venden perdices, liebres, conejos, y no se sabe dónde los cazan.
Abuelito: cuando enciendan en casa de los señores el árbol de Navidad, coge para mí una nuez dorada y escóndela bien. Luego, cuando yo vaya, me la darás. Pídesela a la señorita Olga Ignatievna; dile que es para Vanka. Verás como te la da".
Vanka suspira otra vez y se queda mirando a la ventana. Recuerda que todos los años, en vísperas de la fiesta, cuando había que buscar un árbol de Navidad para los señores, iba él al bosque con su abuelo. ¡Dios mío, qué encanto! El frío le ponía rojas las mejillas; pero a él no le importaba. El abuelo, antes de derribar el árbol escogido, encendía la pipa y decía algunas chirigotas acerca de la nariz helada de Vanka. Jóvenes abetos, cubiertos de escarcha, parecían, en su inmovilidad, esperar el hachazo que sobre uno de ellos debía descargar la mano del abuelo. De pronto, saltando por encima de los montones de nieve, aparecía una liebre en precipitada carrera. El abuelo, al verla, daba muestras de gran agitación y, agachándose, gritaba:
-¡Cógela, cógela! ¡Ah, diablo!
Luego el abuelo derribaba un abeto, y entre los dos lo trasladaban a la casa señorial. Allí, el árbol era preparado para la fiesta. La señorita Olga Ignatievna ponía mayor entusiasmo que nadie en este trabajo. Vanka la quería mucho. Cuando aún vivía su madre y servía en casa de los señores, Olga Ignatievna le daba bombones y le enseñaba a leer, a escribir, a contar de uno a ciento y hasta a bailar. Pero, muerta su madre, el huérfano Vanka pasó a formar parte de la servidumbre culinaria, con su abuelo, y luego fue enviado a Moscú, a casa del zapatero Alajin, para que aprendiese el oficio...
"¡Ven, abuelito, ven! -continuó escribiendo, tras una corta reflexión, el muchacho-. En nombre de Nuestro Señor te suplico que me saques de aquí. Ten piedad del pobrecito huérfano. Todo el mundo me pega, se burla de mí, me insulta. Y, además, siempre tengo hambre. Y, además, me aburro atrozmente y no hago más que llorar. Anteayer, el ama me dio un pescozón tan fuerte que me caí y estuve un rato sin poder levantarme. Esto no es vivir; los perros viven mejor que yo... Recuerdos a la cocinera Alena, al cochero Egorka y a todos nuestros amigos de la aldea. Mi acordeón guárdalo bien y no se lo dejes a nadie. Sin más, sabes que te quiere tu nieto
VANKA CHUKOV.
Ven en seguida, abuelito".
Vanka plegó en cuatro dobleces la hoja de papel y la metió en un sobre que había comprado el día anterior. Luego, meditó un poco y escribió en el sobre la siguiente dirección:
"En la aldea, a mi abuelo".
Tras una nueva meditación, añadió:
"Constantino Makarich".
Congratulándose de haber escrito la carta sin que nadie lo estorbase, se puso la gorra, y, sin otro abrigo, corrió a la calle.
El dependiente de la carnicería, a quien aquella tarde le había preguntado, le había dicho que las cartas debían echarse a los buzones, de donde las recogían para llevarlas en troika a través del mundo entero.
Vanka echó su preciosa epístola en el buzón más próximo...
Una hora después dormía, mecido por dulces esperanzas.
Vio en sueños la cálida estufa aldeana. Sentado en ella, su abuelo les leía a las cocineras la carta de Vanka. El perro Serpiente se paseaba en torno de la estufa y meneaba el rabo...

domingo, 6 de diciembre de 2009

CUENTO DEL DÍA. "El álbum", de Chéjov



El álbum
El consejero administrativo Craterov, delgado y seco como la flecha del Almirantazgo, avanzó algunos pasos y, dirigiéndose a Serlavis, le dijo:
—Excelencia: constantemente alentados y conmovidos hasta el fondo del corazón por vuestra gran autoridad y paternal solicitud...
—Durante más de diez años —le sopló Zacoucine.
—Durante más de diez años... ¡Jum!... En este día memorable, nosotros, sus subordinados, ofrecemos a su excelencia, como prueba de respeto y de profunda gratitud, este álbum con nuestros retratos, haciendo votos porque su noble vida se prolongue muchos años y que por largo tiempo aún, hasta la hora de la muerte, nos honre con...
—Sus paternales enseñanzas en el camino de la verdad y del progreso —añadió Zacoucine, enjugándose las gotas de sudor que de pronto le habían invadido la frente. Se veía que ardía en deseos de tomar la palabra para colocar el discurso que seguramente traía preparado.
—Y que —concluyó— su estandarte siga flotando mucho tiempo aún en la carrera del genio, del trabajo y de la conciencia social.
Por la mejilla izquierda de Serlavis, llena de arrugas, se deslizó una lágrima.
—Señores —dijo con voz temblorosa—, no esperaba yo esto, no podía imaginar que celebraran mi modesto jubileo. Estoy emocionado, profundamente emocionado, y conservaré el recuerdo de estos instantes hasta la muerte. Créanme, amigos míos, les aseguro que nadie les desea como yo tantas felicidades... Si alguna vez ha habido pequeñas dificultades... ha sido siempre en bien de todos ustedes...
Serlavis, actual consejero de Estado, dio un abrazo a Craterov, consejero de estado administrativo, que no esperaba semejante honor y que palideció de satisfacción. Luego, con el rostro bañado en lágrimas como si le hubiesen arrebatado el precioso álbum en vez de ofrecérselo, hizo un gesto con la mano para indicar que la emoción le impedía hablar. Después, calmándose un poco, añadió unas cuantas palabras muy afectuosas, estrechó a todos la mano y, en medio del entusiasmo y de sonoras aclamaciones, se instaló en su coche abrumado de bendiciones. Durante el trayecto sintió su pecho invadido de un júbilo desconocido hasta entonces y de nuevo se le saltaron las lágrimas.
En su casa lo esperaban nuevas satisfacciones. Su familia, sus amigos y conocidos le hicieron tal ovación que hubo un momento en que creyó sinceramente haber efectuado grandes servicios a la patria y que hubiera sido una gran desgracia para ella que él no hubiese existido. Durante la comida del jubileo no cesaron los brindis, los discursos, los abrazos y las lágrimas. En fin, que Serlavis no esperaba que sus méritos fuesen premiados tan calurosamente.
—Señores —dijo en el momento de los postres—, hace dos horas he sido indemnizado por todos los sufrimientos que esperan al hombre que se ha puesto al servicio, no ya de la forma ni de la letra, si se me permite expresarlo así, sino del deber. Durante toda mi carrera he sido siempre fiel al principio de que no es el público el que se ha hecho para nosotros, sino nosotros los que estamos hechos para él. Y hoy he recibido la más alta recompensa. Mis subordinados me han ofrecido este álbum que me ha llenado de emoción.
Todos los rostros se inclinaron sobre el álbum para verlo.
—¡Qué bonito es! —dijo Olga, la hija de Serlavis—. Estoy segura de que no cuesta menos de cincuenta rublos. ¡Oh, es magnífico! ¿Me lo das, papá? Tendré mucho cuidado con él... ¡Es tan bonito!
Después de la comida, Olga se llevó el álbum a su habitación y lo guardó en su secreter. Al día siguiente arrancó los retratos de los funcionarios, los tiró al suelo y colocó en su lugar los de sus compañeras de colegio. Los uniformes cedieron el sitio a las esclavinas blancas. Colás, el hijo pequeño de su excelencia, recortó los retratos de los funcionarios y pintó sus trajes de rojo. Colocó bigotes en los labios afeitados y barbas oscuras en los mentones imberbes. Cuando no tuvo nada más para colorear, recortó siluetas y les atravesó los ojos con una aguja, para jugar con ellas a los soldados. Al consejero Craterov lo pegó de pie en una caja de fósforos y lo llevó colocado así al despacho de su padre.
—Papá, mira, un monumento.
Serlavis se echó a reír, movió la cabeza y, enternecido, dio un sonoro beso en la mejilla a Nicolás.
—Anda, pilluelo, enséñaselo a mamá para que lo vea ella también.

jueves, 3 de septiembre de 2009

LECTURA. "El camaleón", cuento de Chéjov


EL CAMALEÓN

El inspector de policía Ochumélov, con su capote nuevo y un hatillo en la mano, cruza la plaza del mercado. Tras él camina un municipal pelirrojo con un cedazo lleno de grosellas decomisadas. En torno reina el silencio... En la plaza no hay ni un alma... Las puertas abiertas de las tiendas y tabernas miran el mundo melancólicamente, como fauces hambrientas; en sus inmediaciones no hay ni siquiera mendigos.
—¿A quién muerdes, maldito? —oye de pronto Ochumélov—. ¡No lo dejen salir, muchachos! ¡Ahora no está permitido morder! ¡Sujétalo! ¡Ah... ah!
Se oye el chillido de un perro. Ochumélov vuelve la vista y ve que del almacén de leña de Pichuguin, saltando sobre tres patas y mirando a un lado y a otro, sale corriendo un perro. Lo persigue un hombre con camisa de percal almidonada y el chaleco desabrochado. Corre tras el perro con todo el cuerpo inclinado hacia delante, cae y agarra al animal por las patas traseras. Se oye un nuevo chillido y otro grito: "¡No lo dejes escapar!". Caras soñolientas aparecen en las puertas de las tiendas y pronto, junto al almacén de leña, como si hubiera brotado del suelo, se apiña la gente.
—¡Se ha producido un desorden, señoría!... —dice el municipal.
Ochumélov da media vuelta a la izquierda y se dirige hacia el grupo. En la misma puerta del almacén de leña ve al hombre antes descrito, con el chaleco desabrochado, quien, ya de pie, levanta la mano derecha y muestra un dedo ensangrentado. En su cara de alcohólico parece leerse: "¡Te voy a despellejar, granuja!"; el mismo dedo es como una bandera de victoria. Ochumélov reconoce en él al orfebre Jriukin. En el centro del grupo, extendidas las patas delanteras y temblando, está sentado en el suelo el culpable del escándalo, un blanco cachorro de galgo de afilado hocico y una mancha amarilla en el lomo. Sus ojos lacrimosos tienen una expresión de angustia y pavor.
—¿Qué ha ocurrido? —pregunta Ochumélov, abriéndose paso entre la gente—. ¿Qué es esto? ¿Qué haces tú ahí con el dedo?... ¿Quién ha gritado?
—Yo no me he metido con nadie, señoría... —empieza Jriukin, y carraspea, tapándose la boca con la mano—. Venía a hablar con Mitri Mítrich, y este maldito perro, sin más ni más, me ha mordido el dedo... Perdóneme, yo soy un hombre que se gana la vida con su trabajo... Es una labor muy delicada. Que me paguen, porque puede que esté una semana sin poder mover el dedo... En ninguna ley está escrito, señoría, que haya que sufrir por culpa de los animales... Si todos empiezan a morder, sería mejor morirse...
—¡Hum!... Está bien... —dice Ochumélov, carraspeando y arqueando las cejas—. Está bien... ¿De quién es el perro? Esto no quedará así. ¡Les voy a enseñar a dejar los perros sueltos! Ya es hora de tratar con esos señores que no desean cumplir las ordenanzas. Cuando le hagan pagar una multa, sabrá ese miserable lo que significa dejar en la calle perros y otros animales. ¡Se va a acordar de mí!... Eldirin —prosigue el inspector, volviéndose hacia el guardia—, infórmate de quién es el perro y levanta el oportuno atestado. Y al perro hay que matarlo. ¡Sin perder un instante! Seguramente está rabioso... ¿Quién es su amo?
—Es del general Zhigálov —dice alguien.
—¿Del general Zhigálov? ¡Hum!... Eldirin, ayúdame a quitarme el capote... ¡Hace un calor terrible! Seguramente anuncia lluvia... Aunque hay una cosa que no comprendo: ¿cómo ha podido morderte? —sigue Ochumélov, dirigiéndose a Jriukin. ¿Es que te llega hasta el dedo? El perro es pequeño, y tú, ¡tan grande! Has debido de clavarte un clavo y luego se te ha ocurrido la idea de decir esa mentira. Porque tú... ¡ya nos conocemos! ¡Los conozco a todos, diablos!
—Lo que ha hecho, señoría, ha sido acercarle el cigarro al morro para reírse, y el perro, que no es tonto, le ha dado un mordisco... Siempre está haciendo cosas por el estilo, señoría.
—¡Mientes, tuerto! ¿Para qué mientes, si no has visto nada? Su señoría es un señor inteligente y comprende quién miente y quién dice la verdad... Y, si miento, eso lo dirá el juez de paz. Él tiene la ley... Ahora todos somos iguales... Un hermano mío es gendarme..., por si quieres saberlo...
—¡Basta de comentarios!
—No, no es del general. observa pensativo el municipal—. El general no tiene perros como éste. Son más bien perros de muestra...
—¿Estás seguro?
—Sí, señoría...
—Yo mismo lo sé. Los perros del general son caros, de raza, mientras que éste, ¡el diablo sabe lo que es! No tiene ni pelo ni planta...; es un asco. ¿Cómo va a tener un perro así? ¿Dónde tienen la cabeza? Si este perro apareciese en Petersburgo o en Moscú, ¿saben lo que pasaría? No se pararían en barras, sino que, al momento, ¡zas! Tú, Jriukin, has salido perjudicado; no dejes el asunto... ¡Ya es hora de darles una lección!
—Aunque podría ser del general... —piensa el guardia en voz alta—. No lo lleva escrito en el morro... El otro día vi en su patio un perro como éste.
—¡Es del general, seguro! —dice una voz.
—¡Hum!... Ayúdame a ponerme el capote, Eldirin... Parece que ha refrescado... Siento escalofríos... Llévaselo al general y pregunta allí. Di que lo he encontrado y que se lo mando... Y di que no lo dejen salir a la calle... Puede ser un perro de precio, y, si cualquier cerdo le acerca el cigarro al morro, no tardarán en echarlo a perder. El perro es un animal delicado... Y tú, imbécil, baja la mano. ¡Ya está bien de mostrarnos tu estúpido dedo! ¡Tú mismo tienes la culpa!...
—Por ahí va el cocinero del general; le preguntaremos... ¡Eh, Prójor! ¡Acércate, amigo! Mira este perro... ¿Es de ustedes?
—¡Qué ocurrencias! ¡Jamás ha habido perros como éste en nuestra casa!
—¡Basta de preguntas! —dice Ochumélov—. Es un perro vagabundo. No hay razón para perder el tiempo en conversaciones... Si yo he dicho que es un perro vagabundo, es un perro vagabundo... Hay que matarlo y se acabó.
—No es nuestro —sigue Prójor—. Es del hermano del general, que vino hace unos días. A mi amo no le gustan los galgos. A su hermano...
—¿Es que ha venido su hermano? ¿Vladímir Ivánich? —pregunta Ochumélov, y todo su rostro se ilumina con una sonrisa de ternura—. ¡Vaya por Dios! No me había enterado. ¿Ha venido de visita?
—Sí...
—Vaya... Echaba de menos a su hermano... Y yo sin saberlo. ¿Así que el perro es suyo? Lo celebro mucho... Llévatelo... El perro no está mal... Es muy vivo... ¡Le ha mordido el dedo a éste! Ja, ja, ja... Ea, ¿por qué tiemblas? Rrrr... Rrrr... Se ha enfadado, el muy pillo... Vaya con el perrito...
Prójor llama al animal y se aleja con él del almacén de leña... La gente se ríe de Jriukin.
—¡Ya nos veremos las caras! —le amenaza Ochumélov, y, envolviéndose en el capote, sigue su camino por la plaza del mercado.

domingo, 23 de agosto de 2009

LECTURA. "El estudiante", cuento de Chéjov


EL ESTUDIANTE

En principio, el tiempo era bueno y tranquilo. Los mirlos gorjeaban y de los pantanos vecinos llegaba el zumbido lastimoso de algo vivo, igual que si soplaran en una botella vacía. Una becada inició el vuelo, y un disparo retumbó en el aire primaveral con alegría y estrépito. Pero, cuando oscureció en el bosque, empezó a soplar el intempestivo y frío viento del este y todo quedó en silencio. Los charcos se cubrieron de agujas de hielo y el bosque adquirió un aspecto desapacible, sórdido y solitario. Olía a invierno.
Iván Velikopolski, estudiante de la academia eclesiástica, hijo de un sacristán, volvía de cazar y se dirigía a su casa por un sendero junto a un prado anegado. Tenía los dedos entumecidos y el viento le quemaba la cara. Le parecía que ese frío repentino quebraba el orden y la armonía, que la propia naturaleza sentía miedo y que, por ello, había oscurecido antes de tiempo. A su alrededor todo estaba desierto y parecía especialmente sombrío. Sólo en la huerta de las viudas, junto al río, brillaba una luz; en unas cuatro verstas a la redonda, hasta donde estaba la aldea, todo estaba sumido en la fría oscuridad de la noche. El estudiante recordó que, cuando salió de casa, su madre, descalza, sentada en el suelo del zaguán, limpiaba el samovar, y su padre estaba echado junto a la estufa y tosía; al ser Viernes Santo, en su casa no habían hecho comida y sentía un hambre atroz. Ahora, encogido de frío, el estudiante pensaba que ese mismo viento soplaba en tiempos de Riurik, de Iván el Terrible y de Pedro el Grande y que también en aquellos tiempos había existido esa brutal pobreza, esa hambruna, esas agujereadas techumbres de paja, la ignorancia, la tristeza, ese mismo entorno desierto, la oscuridad y el sentimiento de opresión. Todos esos horrores habían existido, existían y existirían y, aun cuando pasaran mil años más, la vida no sería mejor. No tenía ganas de volver a casa.
La huerta de las viudas se llamaba así porque la cuidaban dos viudas, madre e hija. Una hoguera ardía vivamente, entre chasquidos y chisporroteos, iluminando a su alrededor la tierra labrada. La viuda Vasilisa, una vieja alta y robusta, vestida con una zamarra de hombre, estaba junto al fuego y miraba con aire pensativo las llamas; su hija Lukeria, baja, de rostro abobado, picado de viruelas, estaba sentada en el suelo y fregaba el caldero y las cucharas. Seguramente acababan de cenar. Se oían voces de hombre; eran los trabajadores del lugar que llevaban los caballos a abrevar al río
-Ha vuelto el invierno -dijo el estudiante, acercándose a la hoguera-. ¡Buenas noches! Vasilisa se estremeció, pero en seguida lo reconoció y sonrió afablemente.
-No te había reconocido, Dios mío. Eso es que vas a ser rico.
Se pusieron a conversar. Vasilisa era una mujer que había vivido mucho. Había servido en un tiempo como nodriza y después como niñera en casa de unos señores, se expresaba con delicadeza y su rostro mostraba siempre una leve y sensata sonrisa. Lukeria, su hija, era una aldeana, sumisa ante su marido, se limitaba a mirar al estudiante y a permanecer callada, con una expresión extraña en el rostro, como la de un sordomudo.
-En una noche igual de fría que ésta, se calentaba en la hoguera el apóstol Pedro -dijo el estudiante, extendiendo las manos hacia el fuego-. Eso quiere decir que también entonces hacía frío. ¡Ah, qué noche tan terrible fue esa! ¡Una noche larga y triste a más no poder!
Miró a la oscuridad que le rodeaba, sacudió convulsivamente la cabeza y preguntó:
-¿Fuiste a la lectura del Evangelio?
-Sí, fui.
-Entonces te acordarás de que durante la Última Cena, Pedro dijo a Jesús: «Estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y a la muerte». Y el Señor le contestó: «Pedro, en verdad te digo que antes de que cante el gallo, negarás tres veces que me conoces». Después de la cena, Jesús se puso muy triste en el huerto y rezó, mientras el pobre Pedro, completamente agotado, con los párpados pesados, no pudo vencer al sueño y se durmió. Luego oirías que Judas besó a Jesús y lo entregó a sus verdugos aquella misma noche. Lo llevaron atado ante el sumo pontífice y lo azotaron, mientras Pedro, exhausto, atormentado por la angustia y la tristeza, ¿lo entiendes?, desvelado, presintiendo que algo terrible iba a suceder en la tierra, los siguió... Quería con locura a Jesús y ahora veía, desde lejos, cómo lo azotaban...
Lukeria dejó las cucharas y fijó su inmóvil mirada en el estudiante.-Llegaron adonde estaba el sumo pontífice -prosiguió- y comenzaron a interrogar a Jesús, mientras los criados encendieron una hoguera en medio del patio, pues hacía frío, y se calentaban. Con ellos, cerca de la hoguera, estaba Pedro y también se calentaba, como yo ahora. Una mujer, al verlo, dijo: «Éste también estaba con Jesús», lo que quería decir que también a él había que llevarlo al interrogatorio. Todos los criados que se hallaban junto al fuego le miraron, seguro, severamente, con recelo, puesto que él, agitado, dijo: «No lo conozco». Poco después, alguien lo reconoció de nuevo como uno de los discípulos de Jesús y dijo: «Tú también eres de los suyos». Y él lo volvió a negar. Y por tercera vez, alguien se dirigió a él: «¿Acaso no te he visto hoy con él en el huerto?». Y él lo negó por tercera vez. Justo después de eso, cantó el gallo y Pedro, mirando desde lejos a Jesús, recordó las palabras que él le había dicho durante la cena... Las recordó, volvió en sí, salió del patio y rompió a llorar amargamente. El Evangelio dice: «Tras salir de allí, lloró amargamente». Así me lo imagino: un jardín tranquilo, muy tranquilo, y oscuro, muy oscuro, y en medio del silencio apenas se oye un callado sollozo...
El estudiante suspiró y se quedó pensativo. Vasilisa, que seguía sonriente, sollozó de pronto, gruesas y abundantes lágrimas se deslizaron por sus mejillas mientras ella interponía una manga entre su rostro y el fuego, como si se avergonzara de sus propias lágrimas. Lukeria, por su parte, miraba fijamente al estudiante, ruborizada, con la expresión grave y tensa, como la de quien siente un fuerte dolor.
Los trabajadores volvían del río, y uno de ellos, montado a caballo, ya estaba cerca y la luz de la hoguera oscilaba ante él. El estudiante dio las buenas noches a las viudas y reemprendió la marcha. De nuevo lo envolvió la oscuridad y se entumecieron sus manos. Hacía mucho viento; parecía, en efecto, que el invierno había vuelto y no que al cabo de dos días llegaría la Pascua. Ahora el estudiante pensaba en Vasilisa: si se echó a llorar es porque lo que le sucedió a Pedro aquella terrible noche guarda alguna relación con ella...Miró atrás. El fuego solitario crepitaba en la oscuridad, y a su lado ya no se veía a nadie. El estudiante volvió a pensar que si Vasilisa se echó a llorar y su hija se conmovió, era evidente que aquello que él había contado, lo que sucedió diecinueve siglos antes, tenía relación con el presente, con las dos mujeres y, probablemente, con aquella aldea desierta, con él mismo y con todo el mundo. Si la vieja se echó a llorar no fue porque él lo supiera contar de manera conmovedora, sino porque Pedro le resultaba cercano a ella y porque ella se interesaba con todo su ser en lo que había ocurrido en el alma de Pedro.
Una súbita alegría agitó su alma, e incluso tuvo que pararse para recobrar el aliento. "El pasado -pensó- y el presente están unidos por una cadena ininterrumpida de acontecimientos que surgen unos de otros". Y le pareció que acababa de ver los dos extremos de esa cadena: al tocar uno de ellos, vibraba el otro.
Luego, cruzó el río en una balsa y después, al subir la colina, contempló su aldea natal y el poniente, donde en la raya del ocaso brillaba una luz púrpura y fría. Entonces pensó que la verdad y la belleza, que habían orientado la vida humana en el huerto y en el palacio del sumo pontífice, habían continuado sin interrupción hasta el tiempo presente y siempre constituirían lo más importante de la vida humana y de toda la tierra. Un sentimiento de juventud, de salud, de fuerza (sólo tenía veintidós años), y una inefable y dulce esperanza de felicidad, de una misteriosa y desconocida felicidad, se apoderaron poco a poco de él, y la vida le pareció admirable, encantadora, llena de un elevado sentido.