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jueves, 9 de junio de 2016

MEDITERRÁNEO, MAR LITERARIO. "La nave de la literatura". José Manuel Caballero Bonald

   En la revista "Mercurio":


La nave de la literatura

J. M. CABALLERO BONALD  |  FIRMA INVITADA · MERCURIO 182 - JUNIO-JULIO 2016

Óscar Astromujoff
© ÓSCAR ASTROMUJOFF
La nave de Ulises surca los más preclaros distritos de la cultura occidental: su ruta concierne al recorrido de nuestra civilización. Entre el fondo del Mediterráneo y los contrarios términos de Iberia caben los fundamentos de lo que hemos sido, de lo que hemos llegado a ser. Del itinerario de Ulises irradia la literatura forjada y evolucionada en nuestro mundo a lo largo de tres milenios. Cada una de las hazañas del rey de Ítaca, cada uno de los cantos del poema homérico, simbolizan nuestras propias andanzas humanas y culturales.
Si se traza un mapa de los naufragios y peripecias de Ulises desde que zarpa de Troya hasta que arriba a Ítaca, podrá establecerse también con cierta razonable proximidad un cuadro de correspondencias entre esas navegaciones fantásticas y las experiencias ciertas de nuestra literatura. Los propios personajes que se integran en la Odisea pueden servir de pauta cartográfica en este sentido. Aparte de Penélope y Telémaco, cuyos nexos con la fidelidad y la perseverancia han sido predeterminados por la tradición, ahí queda esa nómina insigne de seres vinculados a la divinidad, la mitología y el género humano que transitan por el fascinante poema de Homero.
Calipso personifica el hechizo, la molicie infranqueable, la ofuscación amatoria. Poseidón es el taimado artífice de la hostilidad, el enemigo agazapado. La tierra de los lotófagos encarna los consuelos enigmáticos del olvido. Polifemo remite al engaño como treta salvadora. La isla de Eolo viene a ser como el origen de ese vendaval dialéctico entre el hombre y la naturaleza que pretende dominar. Circe atañe al hechizo, a las amarras sentimentales que paralizan la voluntad. La tierra de Helios, el hermoso dios veleidoso, sugiere la desobediencia destructiva, la libertad de equivocarse. Los monstruos y sirenas que amenazan la vida del navegante representan la crueldad y el despotismo, la falacia y la alucinación.
Todas las tramas argumentales, todos los ornamentos expresivos, todas las técnicas de narrar aún vigentes están contenidas en la Odisea. Poema poliédrico, multiforme, convierte al Mediterráneo en el egregio espacio fundacional de la literatura. La poesía y la novela movilizadas por Ulises han servido de paradigma a la novela y la poesía que han ido produciéndose desde la Edad heroica hasta la Edad contemporánea. En cierto decisivo modo, la cultura literaria de Occidente es legataria de la errática creatividad de Ulises, de sus invenciones y temeridades, en la misma medida en que somos herederos de ese prestigio civilizador que circunvala el Mediterráneo.
La Odisea es de hecho un libro matriz, ha procreado múltiples obras literarias que engendraron a su vez incalculables obras literarias. De ese libro derivan las copiosas generaciones de libros que han crecido y madurado a lo largo de la historia. La Odisea es el vínculo primigenio que otorgó a nuestra cultura la pertenencia inmarcesible al Mediterráneo. De ese mar venimos y a ese mar volveremos algún día.
No se olvide que el Mediterráneo baña los zócalos de tres continentes y que por él navegaron, a la zaga de los héroes homéricos, los viajantes de comercio fenicios. Fundaron colonias y empresas, desde Tiro a Gadir, y propiciaron ese intercambio humano que complementa el que Ulises ya había establecido con los dioses. En esa memoria genealógica está implícita la memoria de nuestra literatura.

martes, 19 de agosto de 2014

PRENSA CULTURAL. "Una historia antigua". Antonio Muñoz Molina

   En "Babelia":

Una historia antigua

En el corazón de cualquier relato está el misterio de lo que no llega a decirse


Cientos de miles de jóvenes en EE UU lucharon en las guerras de la última década, dejando a sus Penélopes detrás. / REUTERS / ERIK DE CASTRO
"Nos contamos historias a nosotros mismos para seguir viviendo”. Me acordé de esas palabras de Joan Didion conversando con una mujer que probablemente había leído muy poco o nada y que sin embargo era una excelente narradora y hablaba un español empapado de literatura: de novelas sentimentales, de boleros, de telenovelas. Es una mujer de casi sesenta años que no ha tenido mucha suerte en su vida, pero que la cuenta con esa extraordinaria desenvoltura narrativa del habla colombiana, en la que nunca falta el humorismo, y en la que la guasa amortigua o endulza hasta lo más cruel. Emigró a Nueva York cuando era muy joven. Tuvo un hijo con un hombre que desapareció en seguida. Con la esperanza de poder pagarse los estudios de Medicina, su hijo se alistó en el ejército cuando empezaba la invasión de Irak. Lo enviaron allí, y ella dice que le rezaba todos los días al Señor pidiéndole que se lo devolviera vivo y entero. “Dios mío, no me lo devuelvas quemado, o sin piernas, eso no”. Hablaba con él de vez en cuando por Skype y lo notaba trastornado por dentro, horrorizado de lo que veía. “Mamá, esto es el infierno”. Tenía 22 años y se había casado un poco antes de viajar a Irak, “con una gringuita rubia, linda, con los ojos azules”. El hijo la llamó cuando ya solo le quedaba una semana en la zona de guerra. Uno o dos días después de hablar con ella, el blindado en el que viajaba rebotó sobre una mina y murieron él y sus tres compañeros de patrulla.

‘La Odisea’ irrumpe
por primera vez en la imaginación de alguien de alguien, no como una obra solemne, sino como una fábula
Años después de perder a su hijo, ella sigue extraviada en el mundo, en una rara viudedad que no le impide teñirse el pelo, arreglarse, vestirse con colores claros y oros, con una casi exuberancia muy habitual en esta zona entre colombiana e indostánica donde vive, Jackson Heights, en Queens. Tenía dolores muy fuertes de espalda y le dieron el disability, como ella dice, de modo que pudo jubilarse y cobra una pensión. Pasa temporadas largas en Colombia, en la ciudad querida de su origen, Pereira. A la entrada de su apartamento hay una estantería baja en la que se alinean ordenadamente zapatillas caseras, calzado de deporte, tacones. En medio del calzado femenino hay unos zapatos grandes masculinos que fueron de su hijo. Para seguir viviendo, esta mujer cuenta lo buen chico que fue siempre, lo estudioso en la escuela, siempre alejado de las malas compañías del barrio, resuelto a llegar a ser un buen médico.
Pero no quiere dar por terminada su vida. Sueña, dice, con encontrar a un hombre que la quiera de verdad, que le hable con dulzura al oído y, si hace falta, le cuente mentiras bonitas. “¿No es eso lo que nos gusta a las mujeres?”, dice medio en broma, entre la guasa y la melancolía, “¿que nos cuenten mentiras?”. Y entonces, ya empapada sin saberlo de literatura, nos cuenta que de joven vivió un gran amor, un verdadero amor, no con el padre de su hijo, sino antes, una vez que se fue a España con todos sus ahorros para buscar trabajo. Él era de Barcelona, pero se conocieron en Canarias. “Recorrimos en su carro las siete islas, una por una”. Terminaban de visitar una isla y embarcaban el coche para explorar la próxima. Buenos hoteles, restaurantes. Luego viajaron por toda la Península, durante un año entero. Dice el nombre y los dos apellidos, complicados y prometedores como los de un galán de telenovela. En vez de buscar trabajo, gastó con él todos sus ahorros, en plena felicidad, yendo a todas partes, comiendo y bebiendo muy bien, a veces demasiado, porque los españoles toman vino con todas las comidas, y además usan mucho el ajo, de modo que a ella le parecía a veces que le olía un poco a ajo el sudor.

“¿No es eso lo que nos gusta a las mujeres?”, dice medio en broma, “¿que nos cuenten mentiras?”
Volvió a Colombia enamorada y en quiebra. Habían planeado seguir viéndose, pero había demasiada distancia. “Y entonces no era como ahora, no había celulares, nada más que cartas, que tardaban tanto, y una llamada de teléfono costaba carísima”. Al hablar de él siempre dice su nombre y sus dos apellidos, como para confirmar la realidad administrativa de su existencia. Dice que sigue soñando con él. Sueña con él como era entonces, exactamente así. No lo sabe imaginar gordo, mayor, calvo, con el pelo blanco. Sueña que vuelven a encontrarse. Pero se queda pensativa y dice que ha pasado tanto tiempo que si lo viera quizá no lo reconocería. Su hermana, muy acostumbrada a sus historias, la mira con ironía y le dice: “Eres una Penélope”.
Pero ella no ha escuchado nunca ese nombre y no conoce la historia. Me veo cumpliendo la singular tarea narrativa de contar la espera de Penélope y el regreso de Ulises a Ítaca a una persona que la está escuchando por primera vez, y que me mira con una expresión muy atenta, con la curiosidad pura de saber qué sucede a continuación, asombrada y conmovida por la obstinación de los dos esposos a lo largo de 20 años, Ulises sobreviviendo a aventuras y naufragios, Penélope destejiendo de noche lo que ha tejido de día para prolongar la espera, el perro viejo y ciego que reconoce antes que nadie a su amo. La Odisea está irrumpiendo por primera vez en la imaginación de alguien, no como una obra literaria solemne, sino como una fábula, una más entre los relatos que nos contamos los unos a los otros a diario, o que nos contamos en silencio a nosotros mismos, fantaseando, mintiendo. Pero lo prodigioso y lejano resulta de inmediato familiar: hay un hijo que abandona muy joven la casa en la que se crio sin la presencia de un padre; hay un soldado que está punto de no volver de una guerra que no parecía terminar nunca; hay un hombre y una mujer que se encuentran después de haberse esperado y recordado tanto y ahora no se reconocen, porque han pasado 20 años. Para estar segura de que el recién llegado es Ulises, Penélope lo pone a prueba. Hay una sola cosa íntima que solo él puede saber. El reconocimiento indudable sucede en el secreto de la cámara nupcial. En la pesadumbre del relato surge un indicio de picardía que a nuestra interlocutora le hace sonreír, porque ni la soledad ni el luto le han apagado una crédula expectación de los placeres de la vida. Se pregunta qué prueba podría ponerle ella a su amante español si volviera a encontrarse con él, si lo mirara y no estuviera segura de reconocerlo, al cabo de una ausencia más larga ya que la de Ulises. Y comprende instintivamente que en el corazón de cualquier historia está el misterio de lo que no llega a decirse.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

PRENSA CULTURAL. Entrevista a Valerio Manfredi, autor de la novela 'Odiseo. El juramento'


Manfredi opina que existió un Ulises real, anterior al mito. / DIEGO BARBIERI / ZUMA ("el país")

   En "el País":

El regreso de Ulises

Valerio Manfredi publica 'Odiseo. El juramento', una novela sobre el héroe viajero en la que recrea, buceando en Homero y en otras fuentes de la antigüedad, la vida del personaje literario

El autor de 'Alexandros' vuelve a demostrar su maestría para revivir el pasado y los mitos clásicos

 7 NOV 2013

Elijo el camino más largo para llegar a casa de Valerio Manfredi. El viaje adquiere así un conveniente tono de Odisea, que incluye tomar un taxi, un avión, un autobús y un tren. Solo me falta la cóncava nave. No hay en el trayecto cíclopes, lotófagos, lestrigones ni sirenas, pero influenciado por las aventuras de Ulises, fecundo en recursos, no dejo de ayudar con unos euros a un hombre negro al que no le alcanza el dinero para pagar el trayecto Bolonia-Módena en el coche de línea: nunca sabes bajo que apariencia se esconde un dios.
Aguardo a Manfredi, que ha dicho que me venía a buscar, sentado en un banco en el exterior de la pequeña estación de ferrocarriles de Castellfranco, bajo un gran plátano, releyendo la versión de José Luis Calvo del poema homérico. Enfrascado en la lectura no me apercibo de la llegada de Manfredi, que se materializa ante mí diríase que salido de la nada conduciendo un espectacular y algo intimidatorio Mercedes negro cuyos muchos caballos parecen piafar sujetos por las riendas del volante. Con su poderosa cabeza digna de una estatua clásica —cabellos blancos peinados con flequillo, barba gris, mirada intensa y destello burlón en los ojos—, el autor de Alexandros es la viva imagen de un héroe o una divinidad griegos. Pienso en el propio Ulises, rico en ardides, al que el autor ha convertido en protagonista y narrador de su hermosa última novela —Odiseo, Grijalbo—, en Hermes, en un centauro, que tanto le fascinan, y finalmente en Hades, el señor de los infiernos. Me siento un poco Perséfone y no puedo evitar un escalofrío al entrar en el automóvil cuya puerta se cierra con un sonido suave pero rotundo.

“Mi novela es casi una restauración, un regreso al original, de la historia y del personaje, tan manipulado y reciclado”
Manfredi (1943), que nació aquí, conduce rápido. En un momento ya estamos atravesando zonas de campo y hablando de arcos (él también tira, así que ya somos tres, él, yo y Ulises) y de traductores de Homero. Menciona con respecto a la Odisea las de Vicenzo Monis, que no sabía griego y al que llamaban con retranca “el gran traductor del traductor de Homero”, y la de Rosa Calsechi Onesti, inspirada, dicen, por Pavese, y que para Manfredi es la de referencia en italiano. Yo le recomiendo en castellano la de Carlos García Gual. El escritor opina que la Odisea y la Ilíada permiten una buena traducción sin que se pierda fuerza expresiva gracias a que son textos primitivos, sujetos a la oralidad y por tanto casi estereotipados. “Su fuerza está en las imágenes".
Manfredi detiene el Mercedes ante una alta puerta metálica de rejas coronada por las letras “VM” y contengo el aliento mientras la abre con el mando a distancia. Entramos por una avenida arbolada y, tras girar en torno a una fuente llegamos a la mansión del autor. Hay que ver lo que dan de sí la novela histórica y el thriller arqueológico, me digo con insana envidia. Dos enormes pastores alemanes se acercan al coche como cancerberos y verlos me reafirma la sensación de estar metido en un relato mitológico. Se llaman Black y Nero. La puerta de la casa reproduce en parte el pórtico de la catedral de Módena. El interior es grandioso, con incluso un jardín con fuente (con piedras traídas de la llamada Cueva de las Ninfas, de Ítaca), que ocupa el centro del gran atrio central. En la planta sótano hay un cine con carteles de las películas que se han hecho sobre las novelas de Manfredi, la biblioteca, un gimnasio, la bodega (!) y una reproducción de una estatua de Antinoo que le regaló Robin Cook. Pasamos al estudio de Manfredi. Me fijo en unas bonitas figuras de legionarios y hoplitas, y en una nave de guerra romana en una vitrina, en varios volúmenes muy antiguos de autores clásicos, en el ordenador, del que emanan todas sus maravillosas historias, y en una copia en yeso de un busto de Atenea, de los ojos claros, la diosa patrona de Ulises. Ulises…

La Patru

“Es el héroe de la aventura, del coraje, de la curiosidad, un héroe de gran éxito, cada generación lo ha reinventado”, explica Manfredi en el comedor durante la cena, que incluye fettuccini al funghi regados con (buenos) vinos de sus viñedos y el detalle de recitarme los bellos versos de Ugo Foscolo A Zacinto. “Mi novela es casi una restauración, un regreso al original, de la historia y del personaje, tan manipulado, modificado y reciclado”.
El novelista considera la Odisea “la aventura perfecta; todo está ahí”. Manfredi ha dividido su novela, emocionante y conmovedora, de gran hálito lírico y épico, en dos partes, la primera de las cuales, Odiseo, El juramento, es la que acaba de aparecer esta semana en España. En este primer volumen seguimos a Ulises-Odiseo desde su nacimiento, su infancia y juventud hasta la guerra de Troya —descrita con toda su brutalidad—, la caída y el saqueo de la ciudad, y en el segundo (titulado en la edición original italiana Il ritorno),durante su largo viaje de regreso a casa —tardi e male— , incluidos los famosos encuentros con el cíclope Polifemo —al que le pone ojo de pez—, Circe —con la que hace el amor muy explícitamente—, las sirenas —su canto es la voz de los que amas—, la resplandeciente Calipso o Nausicaa, y en un inédito último periplo… El lector español tendrá que aguardar hasta octubre de 2014 para consumar la lectura.
El escritor subraya que desde la antigüedad hemos perdido mucho de la historia original de Ulises, ya que existían muchos textos que la trataban —una tragedia de Sófocles, por ejemplo— y que han desaparecido o de los que solo conservamos fragmentos. “El ciclo troyano eran 13 o 14 poemas orales, un total de 130.000 versos, como el Mahábharata. Cubría totalmente la guerra, que fue una verdadera guerra mundial, del mundo antiguo. Hay citas a ese ciclo y sus poemas perdidos en la Ilíada y la Odisea, como cuando Néstor se refiere al ejército de guerreros negros que apoyan a Príamo”. Manfredi ha utilizado algunos de esos rastros olvidados para su narración, y además ha escudriñado en lo que no se dice en la Odisea para ir más allá de Homero y sus epígonos.
“El poeta oral no tenía tiempo para desarrollar todos los hilos de la trama, así que seguía solo el argumento central, con sus picos narrativos y golpes de efecto”, explica. “Estaba obligado a permanecer siempre en la cresta de la ola y saltaba de una a otra como un surfer. Pero en los pliegues de la historia, en el seno de las olas, hay muchas más cosas que puedes deducir y emplear”. Manfredi señala el velo que teje y desteje Penélope, “es un topos universal, pero ¿qué pasó finalmente con él?, no se nos dice, no le interesa al poeta, como el tesoro de los feacios, del que tampoco sabemos cuál fue su destino. Homero crea la gran emoción, el golpe de genio, pero no puede permitirse otra cosa, es un poeta de carretera”. Eso no es menospreciar al vate ciego. “Como dijo Virgilio, el resto solo hemos hecho que recoger las migajas de la mesa de Homero”.

Ulises es el héroe que lo ha perdido todo, ¡es Rocky!, y, a diferencia de Aquiles, es un héroe moderno
Ulises…“Ulises es el gran personaje de Homero. Se ha dicho que en su firmamento hay dos estrellas, él y Aquiles. Pero Aquiles es un personaje arcaico, que cambia su vida por un momento de luz, por la gloria, mientras que Ulises es un hombre moderno, mucho más humano, que tiene miedo y curiosidad. A menudo vence el primero con la segunda, lo que le supone meterse no pocas veces en líos, como con el cíclope. No le gusta la guerra y prefiere la diplomacia, un rasgo impresionante en un personaje de la Edad del Bronce. La primera palabra de la Ilíada es ira, cólera, la de la Odisea es ingenio, inteligencia. El software de la Odisea nos es más familiar”.
Ulises, prosigue Manfredi, es alguien de una gran complejidad. El hombre que prefiere las emociones, incluso las más terribles, al tedio, que vive en la contradicción de perseguir sus sueños y satisfacer su curiosidad y al tiempo añora su hogar. El eterno dilema del corazón. “Uno de los nuestros”. Y su éxito con las mujeres… Humanas y divinas. ¡Hay que ver cómo las pone el rey de Ítaca! No es raro que tarde tanto en volver a casa. Manfredi hace incluso que Helena, a la que describe con ojos violáceos y cabellos auricalco, le escoja a él, a Ulises, en primera instancia antes que a Menelao —famoso por su lanza—, y que tengan un encuentro en la Troya sitiada. “No es pura invención, la propia Helena le explica a Telémaco en el canto IV de la Odisea cómo Ulises se introdujo en Troya para espiar y cómo ella lo recibió y bañó a escondidas. Que una reina bañe a un huésped personalmente sugiere un trato muy íntimo, y eso me autoriza a imaginar un sentimiento previo”.
En la novela de Manfredi, Ulises muestra un gran amor por su padre. “De nuevo me baso en la Odisea, en el canto XI. Cuando Ulises invoca a los muertos y aparece su madre, lo primero que le pregunta, tras referirle ella su muerte, es ‘¿y mi padre cómo está?’. Le vemos preocuparse mucho por la dignidad de Laertes y su vida en la corte de Ítaca. Ahí leo yo que debía haber una relación padre-hijo muy intensa. Esa es mi técnica para reconstruir novelescamente la legendaria vida de Ulises, aprovecho episodios puntuales que me sirven para inventar por deducción: el perro, el arco, la cicatriz causada en la juventud por un jabalí…, la emoción la entresaco de lo que apunta someramente el poeta”. La idea de un último viaje de Ulises después de su retorno, una Odisea 2, la ha extraído de la lectura del futuro que le hace el espectro de Tiresias al héroe en la Odisea. Mucho más cosecha propia parece lo de mezclar a Ulises con la leyenda del hombre lobo, ¿un guiño a Crepúsculo, Valerio? “Pues no, el abuelo de Ulises se llamaba Autólico —la misma raíz que licántropo—, que significa ‘él mismo un lobo’. ¿Cómo te explicas eso? En Arcadia había un santuario a Licaón, el rey lobo, en el que los iniciados comían carne humana y se volvían lobos por cinco años”.
Hoy todo apunta a que detrás de la Ilíada hubo una Troya y una guerra reales. ¿Existió un Ulises real, anterior al mito? “Yo creo que sí, aunque no podemos hablar de él en puridad como un personaje histórico. LaOdisea es una obra narrativa, un cuento para un público, una obra con un mecanismo perfecto. Hay una mente que ha organizado ese material, construyendo una trama perfecta: el héroe que lo ha perdido todo. ¡Es cinematográfico! ¡Es Rocky! El mismo mecanismo. Pero la posibilidad de que todo eso sea casual… los antiguos no inventaban, creaban desarrollando el eco de una verdad. Tiene que haber algo verdadero, un núcleo auténtico en esa historia de un pequeño rey que va a la guerra y se pierde al volver, regresa sin nada, encuentra su casa invadida por unos parásitos desaprensivos y los masacra. Es habitual que los hombres que regresan de la guerra, desde la antigüedad a Vietnam, no encuentren lo que esperaban. No se puede imaginar que alguien se haya inventado todo eso sin una base real. Hay parte de invento, claro, los cíclopes y los otros monstruos, la magia, los dioses. Una mezcla de realidad y fabulaciones. Pero aún faltan siglos para llegar a la historia completamente inventada. Los poemas homéricos son la experiencia de una cultura que cristaliza en el canto de un poeta”.

La ‘Odisea’ es la aventura perfecta, todo está ahí. Yo he tratado de desarrollar hilos de la trama que Homero no aprovechó”
En su novela, realista hasta donde se puede, Manfredi trata de explicar evemerísticamente los elementos mitológicos y sobrenaturales, o los presenta como alucinaciones. “La primera parte era muy sencillo, pero la segunda tenía a los cíclopes, sirenas, etcétera. No obstante creo que he logrado ser muy convincente. Juego un poco a lo Matrix; como decía Morfeo en la película, ¿qué es real?, Your mind made it real. No es gratuito que las primeras víctimas del cíclope sean los que han comido los lotos”.
El escritor plasma con una asombrosa verosimilitud el mundo micénico. “Era un mundo de una diplomacia continua entre una galaxia de reinos unidos por reglas muy estrictas de hospitalidad, regalos, acuerdos matrimoniales. Cualquier empresa común, la caza, una aventura, la guerra, era fundamental para reforzar los lazos. La última empresa, la guerra de Troya, dejó un recuerdo nostálgico de grandeza perdida. Eso explica el éxito narrativo tan enorme de los poemas que la contaban”. Manfredi ofrece en su novela una explicación a la espinosa cuestión de dónde estaba durante la guerra la importante flota que debía tener una ciudad enriquecida por el comercio marítimo como Troya. “Homero no tenía tiempo para los detalles, yo sí”.
Ulises, dice Manfredi, es no obstante el más real de los héroes homéricos. “Lo es porque el poeta le dedica más tiempo y espacio. De la historia personal de Aquiles no sabemos apenas nada. De Ulises, mucho”. ¿Qué fue de él? “Es un misterio. Algunos textos antiguos lo hacen morir a manos de Telégono, hijo suyo y de Circe, que le clava una lanza hecha con una espina de raya”.
El escritor no niega el lado mezquino de Ulises, ese gran mentiroso, ni sus pecados. “No hay ser humano sin mancha, es parte de la grandeza de Ulises. En eso es también uno de los nuestros. Por eso tiene tanto éxito, nos podemos reconocer en él. Nadie se reconoce en Aquiles”. ¿Qué rasgo de Ulises o episodio de sus aventuras valora más Manfredi? “La enorme intensidad de su afecto. Un hombre se mide por la intensidad de sus sentimientos. Las otras son cualidades del héroe. Pero Ulises es el hombre, el héroe que llora”.
Le pregunto a Manfredi si hacen falta héroes hoy. “Claro”, responde, y cita, para mi sorpresa a Pietro Calamai, el capitán del Andrea Doria,hundido en 1956 tras colisionar con otro buque. Es cierto que logró que su barco no fuera el Titanic y que si lo comparas con el Schettino delCosta Concordia… “Los héroes son necesarios”.
Aquiles se ha inmortalizado en la pantalla con los rasgos de Brad Pitt. Ulises ha tenido los de Kirk Douglas. “Me contó Dino de Laurentiis”, dice Manfredi apurando su copa con gesto de Néstor y malicia digna del rey de Ítaca, “que cuando le dijo a Douglas ‘vas a interpretar al mayor héroe de todos los tiempos, Ulises’, el actor le contestó perplejo: ‘¿Quién?”.
Odiseo. El juramento. Traducción de José Ramón Monreal. Grijalbo. 416 páginas. 20,90 euros.

La Patrulla X y los argonautas

Para el Ulises de Manfredi cuentan mucho los héroes de la generación anterior, como los argonautas, entre los que, según Apolodoro, se contaba su padre. “¡Los argonautas son el hub del epos griego!”, exclama Manfredi en una frase a retener. “¡Una tripulación de 50 magníficos, muchos de ellos reyes! Eran como los superhéroes de La Patrulla X”. El escritor es un hacha con las comparaciones: la terrible historia de Alceste —muerta y rescatada muy cambiada por Hércules— que utiliza en la novela, “parece de Stephen King, aunque claro fue él el que se inspiró en la leyenda”. 
No puedo dejar de interrogar a Manfredi, que además de novelista es arqueólogo especializado en topografía de la antigüedad acerca de la realidad del itinerario de Ulises. Muchos han sido los intentos de reconstruir geográficamente su viaje de retorno. “Originalmente, en la tradición, el viaje de Ulises era mucho más pequeño, ceñido al mar Negro, el Egeo y parte del Jónico. Con la expansión de las colonias griegas, el héroe viaja con los hombres —que llevaban poetas orales— y su escenario se fue agrandando, hasta incluir el Tirreno, la costa cirenaica, Tartesos, y llegar a situar el episodio de la visita a los muertos del Hades en Bretaña. Por eso cualquier identificación es algo hoy muy fantasiosa”. En cuanto a la arqueología homérica, Manfredi destaca los últimos hallazgos en Ítaca y admite que hay elementos que hacen pensar en un palacio real, como la existencia de un taller de broncista, aunque afirmar, como se ha hecho, que se ha dado con el palacio de Ulises le parece algo “muy imprudente”.