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lunes, 30 de septiembre de 2013

PRENSA. Entrevista a Josep Ramoneda

Josep Ramoneda

   En "Público.es":
ENTREVISTA A JOSEP RAMONEDA

"La izquierda ha regalado su bandera de una forma asombrosa"

El periodista catalán lanza ‘La Maleta de Portbou', publicación bimestral que, sirviéndose de la economía y las humanidades, busca fomentar una mirada crítica y cosmopolita del mundo actual.

J. LOSA Madrid 29/09/2013 08:44

El periodista y filósofo Josep Ramoneda (Cervera, 1949) dirige La Maleta de Portbou, una nueva revista de humanidades y economía con periodicidad bimestral que pretende contribuir al debate sobre el mundo actual y su sentido a partir de dos disciplinas aparentemente muy alejadas, la filosofía —y las humanidades, en general— y la economía. Una relación no siempre bien avenida desde la que tomar distancia para así, explica el filósofo, "mirar con otra mirada lo cotidiano".
Una revista sobre pensamiento crítico en tiempos de Twitter, ¿no le parece osado?
Sí, es evidente que es una revista que va a contracorriente, porque, para empezar, requiere de tiempos largos, de una lectura pausada, sobre todo en un momento en el que los mensajes son cada vez más cortos y se nos exige este mito de la competitividad que consiste en hacer muchas cosas en muy poco tiempo. Esta publicación trata de recuperar la idea de que la cosas tienen su tiempo; el tiempo del crear, del pensar, el tiempo de amar o de leer, parece que la gente incluso estas cosas las hace con agenda.
¿Están reñidas la tecnología y la reflexión?
Es evidente que hay una crisis económica que además ha producido una enorme crisis social, pero con esta explicación no basta, es decir, estas crisis son la consecuencia de un gran impacto tecnológico. Los grandes cambios de la humanidad siempre han venido precedidos de un cambio tecnológico que tiene consecuencias antropológicas que terminan por modificar al ser humano; es posible que dentro de varias generaciones el hombre sea capaz de pensar y de leer al ritmo de Twitter, hoy todavía no.
Cada vez es más evidente la incapacidad de los medios a la hora de hacer inteligible la realidad. ¿Es 'La Maleta de Portbou' un intento de explicar lo que acontece?
Buscamos sobre todo invitar al lector a tomar la distancia suficiente como para ver lo que el bosque no le deja ver, tomar la distancia suficiente como para darse cuenta de los cambios estructurales profundos que hay en el mundo, mirar con otra mirada incluso problemas que tienen que ver con la vida cotidiana, no sólo en el ámbito de la política y la economía, sino también sobre cosas que han ido cambiando y que apenas nos hemos preguntado por qué. La familia actual poco tiene que ver con la familia de cuando yo era pequeño, el trabajo no hace falta decirlo, la religión ha pasado del monopolio religioso de la época a una lucha a muerte por el mercado de las almas, estas cosas merecen ser pensadas y esta es un poco la idea de fondo.
¿Cómo surge el nombre?
Sale de una manera muy fortuita, creo que es un título que cuadra mucho con la intención del proyecto; un mundo en movimiento en el que la maleta es a la vez símbolo de la frustración del que se tiene que ir a trabajar a otra parte y de la ilusión del que se quiere ir a dar la vuelta al mundo. Creo que es una buena imagen que representa esa movilidad permanente de un capitalismo volátil y veloz. El acompañamiento de Portbou hace referencia a Walter Benjamin, un personaje que se suicida huyendo de la persecución nazi, que deja en Portbou una maleta cargada de misterio y que tenía entre sus proyectos crear una revista.
"Sería bueno que la economía se humanizara un poco" 
¿A que público va destinado?
Esto es muy difícil de saber, el objetivo es crear un espacio público que permita el encuentro entre el mundo más académico e intelectual y una ciudadanía curiosa y con intereses en el pensamiento y en la cultura.
En el editorial hace especial hincapié en la necesidad de unir economía y humanidades...
Esta es una de las ideas que hay de trasfondo en la revista; recuperar la economía para las humanidades. Creo que la economía, fascinada por las ciencias puras, ha querido demostrar que los comportamientos humanos también se pueden analizar en los mismos términos que las llamadas ciencias naturales, lo que ha convertido al ser humano en un dato susceptible de ser puesto en un sistema de cálculo. No todo se explica de modo que sea reductible a términos de interés económico privado contante y sonante, creo que sería bueno que la economía volviera un poco al mundo de las humanidades, que se humanizara un poco.
¿Cuál debe ser en un marco como el actual el papel de la izquierda?, ¿por qué cree que los valores tradicionales de la izquierda se están perdiendo?
Hay una enorme confusión en la izquierda en este momento, la izquierda oficial ha regalado su bandera, que era el Estado de bienestar, con una facilidad asombrosa y se ha dejado arrastrar de una manera en parte sorprendente a los postulados del gran cambio, de la gran revolución conservadora que empezó en los años 80 y que nos ha llevado a este desastre. El problema es que ahora es muy difícil de reconstruir, en este momento en el horizonte europeo la izquierda está totalmente desdibujada, se ha de reconstruir probablemente sobre otras bases y repensar muchas cosas.
"En el horizonte europeo la izquierda está totalmente desdibujada" 
¿Por qué pese al aumento de las desigualdades y de la pobreza no bullen las calles?
Este es uno de los grandes misterios, creo que hay muchos factores. Uno, que venimos de un periodo largo de cultura de la indiferencia. Durante los años de la euforia, se fue instalando un proceso de desocialización muy radical, que supuso una ruptura considerable de las redes de proximidad, de ahí la indiferencia y la apolítica. Segundo, las políticas de comunicación de los gobiernos fueron muy alarmantes casi desde un primer momento, quizá con la excepción de Zapatero, de forma casi unánime salieron a decir que la situación era dramática y esto puso a la gente en una situación de miedo y el miedo nunca es movilizador. Y tercero, la falta de un proyecto de izquierda, no hay un horizonte de enganche. Así y todo, me cuesta entender que no haya pasado algo más.
¿Cree que la vía sobernista puede ser una alternativa para salir de la crisis?
En Catalunya he criticado algunas veces que se planteee la independencia como una panacea económica porque, en cierto modo, es una manera de engañar a la gente. Me parece que, como en todo combate político, cada cual intenta pintar su película lo más bella posible, pero creo que hay que ir con cuidado porque sea cual sea el resultado, este es un proceso complicadísimo y en el que, si no acabar por claudicar todos, habrá que tener mucha capacidad de cintura de negociación, entre otras cosas porque no sabemos cuál es el destino, ya que no tenemos una evaluación real de las relaciones de fuerzas y hasta que no tengamos eso, es muy difícil saber el resultado. Por tanto, es un proceso complicado, el factor económico puede haber sido un catalizador pero para mí no es la base principial del éxito del proyecto independentista, creo que hay muchas otras muchas razones que lo explican
¿Qué opina de la postura tan tajante del Gobierno?
El problema del Gobierno es la incapacidad de haber sabido o prevenido antes el problema. Mi opinión es que si un gobierno de este país hubiese jugado sus cartas mejor y aceptado un referéndum en un primer momento probablemente ya lo habría ganado.

jueves, 25 de abril de 2013

PRENSA. "Obedecer y morir". Josep Ramoneda

Josep Ramoneda

   En "El País":

Obedecer y morir

Volvemos a un contexto de pérdida de lo común, de aislamiento y de desamparo

 21 ABR 2013

En 1944, Karl Polanyi explicó, en La gran transformación, los efectos disolventes sobre la sociedad de la utopía liberal. La reducción del hombre a su dimensión económica destruía cualquier idea de lo común y condenaba a los ciudadanos al desamparo y al aislamiento. El precio del progreso económico era la destrucción del tejido social. La pretensión de pasar de una economía de mercado a una sociedad de mercado invertía la lógica más elemental de la vida colectiva: en vez de responder a las ideas y necesidades de la sociedad, la economía se erigía en una autoridad a la que las sociedades tenían que someterse. Siempre legitimándose en nombre de la naturaleza de las cosas. La ideología como la religión siempre pretende ser portadora de la ley natural. La gran transformación a la que alude Polanyi es la respuesta que se produjo ante los descalabros generados por esta utopía de la mercantilización general de la vida. A la cabeza de todas ellas, el fascismo. Líderes carismáticos arrasaban ante el desamparo de las masas.
La crisis de la Europa actual es la apoteosis final de un periodo en el que, de nuevo, se puso a la sociedad a los pies de la especulación, de la competencia y de la ley del dinero. Las deficiencias del Estado socialdemócrata dieron oportunidad, a partir de los ochenta, a un renacimiento de la cultura del homo economicus. Personajes con temperamento y sin complejos, como Margaret Thatcher, dieron vía libre al retorno de la ideología y de la política que ponían la sociedad al servicio de la economía y no la economía al servicio de la sociedad. Una cierta quimera del oro en momentos de burbujas tecnológicas y cambios globales alargó el delirio: hasta que en 2008 explotó el primer mundo. La política fue obligada a salir al rescate del poder bancario, con la consiguiente transferencia de deuda privada a deuda pública. La sociedad, sometida a los efectos disolventes de la hegemonía de la cultura de mercado, había perdido el pulso político: triunfaba la indiferencia. Solo ahora empieza a reaccionar, cuando ya nadie niega que estamos ante una crisis social de enorme envergadura, en la que prácticamente todos los sectores sufren fenómenos de desclasamiento brutal. Y la marginación y la pobreza crecen al ritmo de Reino Unido en los años de Margaret Thatcher.
Volvemos a un contexto de desocialización, de pérdida de lo común y, por tanto, de aislamiento y desamparo como en los años treinta. Nos tranquilizamos pensando que ni la guerra mundial ni los totalitarismos pueden ser esta vez la respuesta, porque el mundo es otro. Probablemente no haga falta tanto para desnaturalizar definitivamente la democracia. Se dice que los ciudadanos desconfían de los políticos por la corrupción y los abusos de poder. Pero la razón de fondo es la impotencia absoluta que los gobernantes demuestran respecto de la hegemonía económica. Los ciudadanos tienen la sensación de que los Gobiernos no representan sus intereses porque solo están para obedecer. Y que el voto no sirve para cambiar de política. El mes de mayo de 2010 es un símbolo del principio del fin de la democracia. Zapatero es obligado, desde fuera, a dar un giro a su desnortada política. No le dicen: “U obedeces, o mueres”. Le dicen: “Obedeces y mueres”. Rito sacrificial de la austeridad. Obedeció y a partir de aquel día se hundió irremisiblemente en las encuestas. El político como chivo expiatorio.
¿Cuál es el resultado de esta disolución de la política en la economía? Que la sociedad queda a merced de cualquiera que se presente como redentor, y, como es sabido, detrás de un redentor siempre hay un impostor. Desde el fascismo, Italia ha venido marcando el camino a Europa, dice Vattimo. Algunos vaticinan que el futuro está en el modelo de desgobierno italiano. La sensación de desconcierto generalizado viene sencillamente de la constatación de que no hay nadie al mando. De que nadie asume desde las instituciones públicas la representación de la ciudadanía. Se vive de unas estrategias económicas que conducen al absurdo, como hemos visto esta semana: “La economía europea se hunde, pero sigan por esta vía”. Este es el mensaje que el FMI ha lanzado sobre todos nosotros. “Las políticas que hemos diseñado les arruinan, pero continúen con ellas”. Obedecer y morir. Todo sistema, cuando alcanza su punto catastrófico, se pone en evidencia. La calle empieza ahora a redescubrir la política como vía para reconstruir los vínculos sociales rotos. Y busca quien le represente. Los políticos se parapetan en el ruido: después de la polémica de los escraches, resucita el debate del aborto. Obsceno e inútil barullo para confundir al personal.

lunes, 3 de diciembre de 2012

PRENSA. "La democracia, en peligro". Josep Ramoneda

Josep Ramoneda
   En "El País":


La democracia, en peligro

Esta cultura de la irresponsabilidad es el caldo de cultivo de la desconfianza, del cinismo y de la corrupción

 2 DIC 2012

Los movimientos sociales han conseguido que el drama de los desahucios por impago de hipotecas entrara en la agenda pública. El Gobierno ha querido hacer demostración de sensibilidad social y lo ha hecho de la manera más miserable: con un decreto que ni toca nada esencial ni resuelve problema alguno, simplemente los aplaza. Algunos pocos ciudadanos afectados se salvarán del desahucio durante dos años, pero cuando termine este periodo no solo tendrán el mismo problema, sino que lo verán sensiblemente agravado, porque los intereses seguirán corriendo a favor del banco. El Gobierno no ha querido cambiar una legislación injusta porque está muy decantada hacia los intereses del acreedor. Y no quiere saber nada de algo tan de sentido común como la dación en pago. Los bancos no querían ningún cambio esencial. Y este Gobierno —como el anterior— se distingue por un temor reverencial a los dioses financieros. Sin embargo, en este país la morosidad familiar es muy baja. Hasta el punto de que se podrían evitar todos los desahucios de primera residencia sin riesgo para el sistema.
Esta misma semana, Europa ha concretado el plan de rescate de las cajas, en unas condiciones muy duras en términos de pérdida de empleo y de reducción de actividad. Se completará así un proceso de transferencia de dinero público al sistema financiero sin que los culpables de este desastre hayan dado la cara. Algunos se han ido de rositas con millonarias indemnizaciones. El comisario Almunia dijo que no es cosa de dar nombres de los responsables de este desaguisado. ¿Por qué, si entre todos estamos pagando sus desmanes? Vivimos en plena cultura de la irresponsabilidad: los Gobiernos autónomos justifican sus políticas de austeridad argumentando que España y Europa les obligan. El Gobierno español dice que no hace sino lo que Europa le exige. Miguel Blesa, que gobernó Caja Madrid hasta 2010, niega cualquier responsabilidad porque las cosas que ocurrieron eran imprevisibles y todos hicieron igual.
Esta cultura de la irresponsabilidad es el caldo de cultivo de la desconfianza, del cinismo y de la corrupción. La desconfianza y el cinismo tienen efectos demoledores de descomposición social. La corrupción amenaza al propio sistema democrático. “La cuestión del siglo XX fue: totalitarismo o democracia. La cuestión de hoy es: democracia o corrupción”, escribe André Glucksmann. Todo sistema de poder tiene su régimen de verdad. El gobierno de nuestras democracias se legitima cada vez más por un tipo de verdad tecnocrática que, construido sobre la triada crecimiento, competitividad, consumo, “se caracteriza por una concepción de la economía como actividad completamente separada de la vida social, que debe escapar al control de la política” (Tzvetan Todorov). La política queda reducida a la ejecución de las exigencias del dinero, y el valor de cambio se convierte en el único criterio de toma de decisiones tanto en el ámbito de lo público como en el de las opciones morales privadas. Un cultivo ideal para que crezca la corrupción.
Y sin embargo es inevitable plantearse una pregunta: ¿la corrupción se ha extendido por el sistema más que nunca o el nuevo régimen de verdad que opera en nuestras sociedades es más descarado, la hace más visible? Antes el discurso que acompañaba la política ocultaba la corrupción y ahora no alcanza a esconderla, ¿por qué ha aumentado o por qué ha triunfado el cinismo? Probablemente se combinan las dos cosas: la ausencia de proyectos políticos más allá del horizonte económico reduce las motivaciones de los que se dedican a la cosa pública y desmoviliza a los ciudadanos. De ahí la sensación de mediocridad creciente de los gobernantes. Pero, al mismo tiempo, un régimen de verdad basado estrictamente en el dinero hace más visible la cruda realidad del sistema de intereses. Michel Foucault lo llamaba el principio de Rosa Luxemburgo: la incompatibilidad entre “la evidencia adquirida de lo que pasa realmente, evidencia adquirida por todos, y el ejercicio de la gobernabilidad por unos pocos”. Luxemburgo había dicho: “Si todo el mundo supiera, el régimen capitalista no duraría 24 horas”. Todo el mundo sabe. Y el capitalismo no se ve amenazado. Quizá la explicación esté en lo que Michel Foucault llama el principio de Solzhenitsyn o del terror: “La gobernabilidad en estado desnudo, en estado cínico, en estado obsceno. En el terror, es la verdad, y no la mentira, lo que inmoviliza”. Lo vemos en el miedo ante la crisis que paraliza a la sociedad. La democracia es incompatible con este sistema de gobernabilidad. El capitalismo no está en peligro; la democracia, sí.

viernes, 19 de noviembre de 2010

PRENSA. "La construcción cultural del fascismo", de Josep Ramoneda

Josep Ramoneda
En "El País":
La construcción cultural del fascismo

Belén Esteban encarna, en la época de la televisión, al populismo fascistoide: no representa y da voz a las clases populares, las enardece para que sigan calladas. No suple el silencio del pueblo, al contrario, lo alimenta

JOSEP RAMONEDA 17/11/2010

El biopic de Belén Esteban que presentó Telecinco empezaba intercalando planos de momentos estelares de la vida de la protagonista y de episodios de agitación de masas de Eva Perón. En el contexto de exaltación hiperbólica de la figura de la homenajeada, la primera reacción era pensar en una exageración más, en otra pasada de frenada en la mitificación de la llamada princesa del pueblo. Sin embargo, intencionadamente o no, la comparación daba mucho de sí.
Por un lado, insinuaba que el plató de televisión ha venido a sustituir a las grandes explanadas para la concentración de masas, como lugar propio de la demagogia populista. Y en este sentido podría parecer tranquilizador: mejor que las masas deslumbradas por la estrella estén apaciblemente sentadas en el sofá de su casa y no codo a codo en la calle, dispuestas a lo que manden. Sin embargo, la comparación nos llevaba inevitablemente a pensar que el realizador veía en Belén Esteban un potencial fenómeno político de masas. Lo cual venía corroborado por el hecho insólito de que Telecinco difundiera una encuesta de opinión en la que Belén Esteban aparecía como contrincante de los distintos partidos políticos del arco parlamentario español.
Conocida la naturaleza del peronismo, sabiendo lo muy roída que está la democracia argentina por no haberse liberado nunca de este fenómeno populista, me pregunté si el director del documental quería curarse en salud y nos advertía de que lo que venía a continuación era un fenómeno típico de la construcción cultural del populismo fascista.
Ciertamente, Fermín Bouza explicaba muy bien el éxito de Belén Esteban como eco de las conversaciones de pueblo, o de escalera de vecinos, que en la cultura urbana actual tienden a perderse. Vivimos tiempos de individualización creciente y de desocialización avanzada: que los "famosos" publiciten, o aparenten publicitar, su vida privada, satisface las pulsiones voyeuristas de parte de la población.
Pero el caso de Belén Esteban parte de aquí y va algo más allá: por la continuidad del relato y por el papel de heroína que le han hecho asumir. El argumento de la construcción de la princesa del pueblo es tan simple como las expresiones que le han hecho famosa: mujer pobre que alcanza, por amor, un sitio en las élites de este mundo a través de un torero de renombre, y que es maltratada y expulsada por un poder de clase y masculino, que no soporta a una chica del pueblo que sigue fiel a los suyos hasta el último momento, y en especial a su hija, para la que está dispuesta incluso a matar.
Como toda construcción de un mito mediático, tiene evidentemente sus secretos. Y en este caso hay uno principal, que no puede pasar desapercibido, pero que en un ejercicio de amnesia voluntaria, compartido por el público y por el coro de figurantes que vive de esta historia, se convierte en tabú. Lo podemos formular en forma de pregunta: ¿por qué la imagen física de Belén Esteban se deteriora tanto a pesar de la cirugía estética aplicada? Responder a esta pregunta probablemente acabaría con el mito y, por tanto, con todo el dinero que circula a su alrededor. Se trata, por tanto, de convertir los hechos -las operaciones- en acontecimientos, sin ahondar nunca en las causas. Todo personaje hiperexpuesto al público corre riesgos: el día que la gente se pregunte por qué la operaron será el principio del fin de Belén Esteban. Querrá decir que el público se habrá quitado la venda de los ojos, que la pose de gritona mujer indignada habrá acabado su recorrido. Todo cansa en el mundo de la televisión.
La estructura narrativa de la historia del personaje es, por tanto, simple y responde a un patrón perfectamente conocido: la humilde víctima de una familia poderosa convertida en heroína popular. El personaje es de una transparencia meridiana: vista una vez, vista siempre. Sus recursos: gritar, llorar, gesticular, indignarse, hacer de la ordinariez hortera un estilo, se repiten en una espiral inacabable. Cuantos más chillidos, más entusiasmo. Se conoce el poder de la simplicidad y de la repetición. La eterna repetición de lo mismo es una vieja técnica de seducción colectiva. Y sobre ella se funda tanto el personaje Belén Esteban como el cuento construido sobre su biografía.
Mi interés iba decayendo por momentos cuando una idea que pronunció Cristian Salmon me sacó de la modorra: esta mujer no suple el silencio de las clases populares, al contrario, lo alimenta. He aquí una definición del populismo fascistoide en la época de la televisión. No se trata de dar la voz a las clases populares, se trata de enardecerlas para que sigan calladas. Para que cedan su palabra al agitador que promete representarlas. Un medio frío, como la televisión, parece garantizar que la abducción de las mentes no tenga consecuencias mayores en la calle: fascismo de sala de estar más cultural que político.
El repertorio básico de la cultura fascista está condensado en la frase estrella de Belén Esteban: "Yo, por mi hija, ma-to", mil y una veces repetida por ella y coreada por sus admiradores, los de verdad, y los que viven del cuento. No hay complejidad. Todo es simple. Un problema, una respuesta. Me tocan a mi hija, mato. La muerte y la sangre: la muerte legitimada por la sangre. Por mi hija mato, por mi patria mato. Pura sonoridad fascistoide.
El esquema de esta frase es el que utiliza Belén Esteban cada vez que descalifica a los políticos y que asegura que ella tendría solución para todo. No conocen al pueblo, solo piensan en ellos, en vez de soluciones nos crean problemas, yo tengo respuesta para todo... Y por mi hija mato. Da grima. La proximidad de la cámara subraya la furia a través de un rostro desencajado. La secuencia se repite una y otra vez, venga o no a cuento. Cuanto más la repita más aplausos arrancará, más subirá la temperatura. Los distintos estratos del coro la repiten con ella: en el plató, en la prensa, en la calle. La estructura del "Por mi hija mato" es del mismo tipo de "por los míos hago lo que haga falta", "los inmigrantes fuera", o "eso se acaba metiéndoles en la cárcel".
Desprecio a las élites, desprecio a las leyes, desprecio a las instituciones: la solución es el pueblo en estado puro que ella pretende representar. Apoteosis de la ignorancia convertida en virtud.
Belén Esteban ha encontrado el medio y el momento adecuado para alcanzar cuotas de reconocimiento con las que, probablemente, nunca había soñado. Hoy, probablemente, ya no es ni siquiera dueña de un destino que le sobrepasa y que cambiará bruscamente el día en que deje de funcionar como máquina de hacer dinero. Es la lógica de la mercancía mediática. Los mismos que la han encumbrado, la tirarán cuando no dé dinero. Hoy, ya es solo una mercancía, que su pueblo consume. Y consumir es el modo de instalarse en el silencio.
Pero el éxito de Belén Esteban hay que mirarlo en doble dirección: los peligros de un discurso que extiende todos los tópicos antipolíticos y antidemocráticos; el estado de unos sectores de la sociedad que se sienten completamente desatendidos por la política, que buscan contacto, roce, espacio compartido: es decir, los espacios comunitarios perdidos. Para muchos de ellos el encuentro en la tele con Belén Esteban es, para así decirlo, el momento del reconocimiento: al identificarse con ella se sienten alguien en este mundo. Sin otra exigencia que aplaudir y sentirse solidaria coreando el perverso mensaje: "Yo, por mi hija, ma-to". El éxito de Belén Esteban es una crítica a los que dirigen las instituciones democráticas, que cada vez dejan más espacios fuera de la representación y del reconocimiento. Belén Esteban es la mercancía con la que algunos avispados han intentado ocupar un espacio que además puede ser negocio. Hipotecándose en esta mercancía, estos ciudadanos, que ella llama pueblo, se convierten en turba virtual. Carne de aplauso, ¿quién les devolverá la palabra?