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jueves, 26 de mayo de 2016

PERIODISMO. "¿Crónicas para qué?". Leila Guerriero

   En "revistamercurio":


¿Crónicas para qué?

LEILA GUERRIERO  |  FIRMA INVITADA · MERCURIO 181 - MAYO 2016

© Óscar Astromujoff
© ÓSCAR ASTROMUJOFF
Yo me acuerdo. Me acuerdo de cómo era antes. Me acuerdo de cuando todos los libros de Ryszard Kapu´sci´nski o los primeros de Martín Caparrós (¡Dios mío!, Larga distancia) eran inconseguibles y los teníamos que leer en fotocopias. Me acuerdo de cuando muy pocos sabían quiénes eran Gay Talese o Joan Didion. Me acuerdo de que nos llamábamos a nosotros mismos periodistas, no cronistas, y de que lo que hacíamos eran artículos, no crónicas. Me acuerdo de eso.
Ahora pasaron años y nos habituamos a decir crónica sí, crónica claro, cronistas cómo no, como si la crónica hubiera estado desde siempre entre nosotros, clara, prístina, indubitable. Para que se entienda, la crónica es un texto periodístico que, para ser contado, utiliza recursos estilísticos de la literatura de ficción, y hoy “Quiero escribir crónicas” es una frase que se multiplica como virus en escuelas de periodismo, universidades, seminarios de escritura, talleres.
Hace poco, el periodista venezolano Boris Muñoz decía: “Hay cierto hip en torno a la crónica. La onda es la crónica, la vía más expedita para los estudiantes de comunicación y periodismo de adquirir prestigio instantáneo, sin pasar por el vía crucis de una formación como reporteros. La otra cara de la moneda es que esta onda pasa más rápido que las estaciones y del súbito contingente de nuevos cronistas quedarán menos de los que se puede contar con los dedos de una mano. Para lograr una buena crónica hace falta no sólo talento y buena pluma, sino también capacidad de observación de la realidad y cierta disciplina de la mirada. Diría que también hace falta una buena dosis de un tipo de entusiasmo especial, porque se trata de un entusiasmo riguroso y crítico —a veces hasta escéptico— ante lo que se ve. Pero esa suma de elementos solo aparece de vez en cuando. En buena medida está —o tal vez estuvo— de moda ser cronista. Los cronistas deberían pedir que los libraran de la moda. Estar de moda o a la moda es la mejor garantía de pasar de moda”.
Tiempo atrás, el periodista peruano Daniel Titinger me decía, ironizando, que, en su país, muchos periodistas jóvenes quieren hacer crónica y suelen creer que eso consiste en conseguirse al tipo más loco de la ciudad y escribir sobre él de la forma más parecida a un poema posible.
La moda, si es que la hay, parece tener los límites incestuosos de la endogamia: aunque el género está, ahora, más difundido entre periodistas, es difícil que un abogado, un carnicero, un filósofo o un taxista entiendan en qué consiste el oficio de alguien que se declara, sin más, cronista. Sin ir muy lejos, el pasado mes de diciembre, en Buenos Aires, un novelista que presentaba un libro de no ficción que se anunciaba como tal desde la portada, desde la solapa, desde la contraportada y desde la colección de crónicas en la que había sido publicado, insistía en mentarle a la autora “tu novela” y se refería a “tus personajes” cuando hablaba de los sujetos reales que aparecían en el relato. Pero, sea como fuere, la crónica parece ser un género aspiracional: en la Argentina los periodistas que dictan talleres del género tienen listas de espera de decenas de personas y, para poner un ejemplo más oficial, para el último taller de Jon Lee Anderson en la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano se anotaron ciento cinco personas, para un total de doce vacantes.
“Quiero escribir crónicas”, dicen, y eso está bien, pero lo que permanece ausente es la pregunta: “¿Para qué?”. Que no haya respuesta no sería grave (no por falta de respuesta la filosofía ha dejado de preguntarse acerca del sentido de la existencia) pero sí que pocos, o muy pocos, se lo pregunten: como si no hubiera necesidad.
La crónica es, desde siempre, una forma de mirar el mundo, un intento de entender algo complejo, una manera de decir “me parece” o “esto vi”. No es, no debería ser, el último modelo de ipod o el frozen yogurth o la cupcake del periodismo: esa cosa que queda bien, que se usa, de las que todos quieren tener una.

lunes, 9 de mayo de 2016

PERIODISMO. Sobre la crónica. Jorge Carrión

   En "revistamercurio.es":


El turno del relevo

JORGE CARRIÓN  |  MERCURIO 181 · TEMAS - MAYO 2016

A uno y otro lado del Atlántico, los jóvenes cronistas mantienen vivo ese lenguaje o ese género, esa pregunta o esa forma de enfrentarse tanto a la literatura como a los hechos
© Óscar Astromujoff
© ÓSCAR ASTROMUJOFF
En Mejor que ficción. Crónicas ejemplares, la antología que edité en Anagrama, me propuse cartografiar la literatura documental en nuestra lengua, a partir de veintiún cronistas significativos de este cambio de siglo. La idea era reunir a escritores vivos con una obra que los avalara y que estuvieran rabiosamente en activo. La idea era, también, representar las tendencias y las áreas culturales más relevantes de un fenómeno que tal vez comenzara con la publicación, en 1992, de Larga distancia, el libro de Martín Caparrós (pues la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano fue creada en 1995 y la revista Etiqueta negra, en 2002). Para ello reuní nombres indiscutibles, como los de Juan Villoro, Alberto Fuguet, Leila Guerriero, Alberto Salcedo Ramos, Edgardo Rodríguez Juliá, Pedro Lemebel o el mismo Caparrós, con otros tal vez menos evidentes, pero que también representan modos relevantes de ejercer la no ficción, como Guillem Martínez, María Moreno, Rodrigo Fresán, Jordi Costa, Jaime Bedoya o Gabriela Wiener. La autora de Nueve lunas representaba, junto con Juanita León, Cristian Alarcón y Maye Primera, la generación más joven, la nacida en los setenta. Ahora que han pasado cinco años desde que terminé ese proyecto, me pregunto qué otros nombres, nacidos en esa misma década o en la siguiente, incorporaría a la selección. Quiénes son los jóvenes autores documentales. Los que mantienen vivo ese lenguaje o ese género o esa pregunta o esa forma, en fin, de enfrentarse tanto a la literatura como a los hechos: el turno del relevo.
Para mi sorpresa, a menudo me encuentro con lectores latinoamericanos que creen que el fenómeno es exclusivamente americano, como si no existiera una tradición española con nombres propios como Josep Pla, Manuel Vázquez Montalbán, Juan Goytisolo o Marcos Ordóñez. Yo diría que lo que no existe aquí es la misma conciencia que en América Latina de la necesidad de defender el periodismo y de cultivarlo con la ambición de la literatura. Esa conciencia que sí potenciaron Rodolfo Walsh, Gabriel García Márquez o Tomás Eloy Martínez y que fue asumida por sus herederos. Pero la herencia también se puede rastrear en España. No es casual que Ander Izagirre (1976) se fije, al final de su Cansasuelos. Seis días a pie por los Apeninos (2015), en el peregrino Santiago, porque “en él reconocemos lo que nos ha traído hasta aquí: el gusto por las historias con rodeos, unos pies hinchados, brutos, felices”. Contador de historias nato, el año pasado recibió el Premio Europeo de Prensa por una crónica sobre crímenes militares en Colombia. También ha escrito sobre Pakistán, el Tour de Francia, Chernobil o su abuela: nada humano le es ajeno. Tanto Alba Muñoz (1985), que publicó en la antología de María Angulo Crónica y mirada (2014) un capítulo de su trabajo inédito sobre el tráfico de mujeres en Bosnia-Herzegovina, y que nos cuenta en la revista PlayGround sus viajes a Sri Lanka y otros destinos no menos exóticos, como el africanista Xavier Aldekoa (1981) o el mismo Izagirre pertenecen a esa nueva promoción de cronistas españoles que han hecho del viaje su ética y su poética. Son más herederos de cosmopolitas como Caparrós (o Pla) que de cronistas castizos como Francisco Umbral (referencia indudable de otros escritores de no ficción españoles nacidos en los setenta y los ochenta que también hay que tener en cuenta, como Manuel Jabois o Juan Soto Ivars), porque ya no tiene ningún sentido hablar de tradiciones exclusivamente nacionales.
La línea que dibuja con su vida y con su trabajo Álex Ayala Ugarte (1977) evidencia esa porosidad de fronteras. Nació en Vitoria, se formó en el País Vasco, pero ha crecido como profesional en Bolivia, hasta convertirse en uno de los jóvenes cronistas en español con más proyección. Los mercaderes del Che y La vida de las cosas (2015) antologan cuentos sin ficción que encuentran historias extraordinarias en las ciudades informes y las cordilleras del Cono Sur, como la del sastre de Evo Morales o la del turismo por los lugares en que pasó sus últimos momentos el Che Guevara, condenado a muerte sin saberlo. Como Carlos Manuel Álvarez (1989), que podría pasar a la historia como el primer cronista de la historia de Cuba —pues no se puede ejercer el periodismo sin libertad de expresión y él lo está haciendo en estos momentos de transición—, Ayala Ugarte se ha formado en los talleres de la FNPI (acudió a los de Jon Lee Anderson, o Francisco Goldman). Esa misma institución galardonó en la última edición de los Premios Gabriel García Márquez un trabajo del argentino Javier Sinay (1980), autor de dos libros de no ficción criminal, Sangre joven (2009) y Los crímenes de Moisés Ville (2013), que de hecho está vinculado con otro centro de operaciones de la última crónica latinoamericana, la Fundación Tomás Eloy Martínez de Buenos Aires.
A menudo me encuentro con lectores que creen que el fenómeno es exclusivamente americano, como si no existiera una tradición española con nombres propios como Pla, Vázquez Montalbán, Juan Goytisolo o Marcos OrdóñezSinay no es uno de los autores que antologó Maxi Tomas en La Argentina crónica (2008), donde sí aparecen otros nombres de referencia, también nacidos en los setenta, como Daniel Riera o Josefina Licitra, porque todos los mapas son variables, también los literarios. A esa nómina, discutible e incompleta como todas, se podría añadir a Luciana Mantero, autora de Margarita Barrientos. Una crónica sobre la pobreza, el poder y la solidaridad (2011), o a Leonardo Faccio, cuyo Messi (2011) ha sido traducido a dieciséis idiomas. De otro satélite de ese planeta y de esa misma generación, el escritor Daniel Alarcón, surgió Radio Ambulante, que ha llevado el reportaje narrativo a la forma del podcast. Una de las piezas del mosaico digital de medios que apuestan tanto por la crónica como por las nuevas firmas, junto a Negratinta, Altaïr Magazine, Revista Paco, Frontera D o Anfibia, entre otras revistas.
La crisis española ha provocado un cambio radical en los circuitos en que tradicionalmente se han movido los autores jóvenes en lengua española. Si durante décadas desde las capitales de América Latina, además de viajar por el propio continente, se dirigieron a París y, a partir de los años sesenta, a Madrid o a Barcelona, yo diría que en los últimos años Europa ha dejado de ser interesante como destino profesional, y que las metrópolis americanas, del norte y del sur, son las que centran las migraciones intelectuales. Muchas de ellas, a causa de los cambios políticos, que son económicos, que son los de la Historia. La historia ha hecho que el venezolano Albinson Linares (1981), autor de El último rostro de Chávez (2014), se haya mudado a Ciudad de México, donde trabaja en The New York Times. También ha obligado a Diego Osorno y a Marcela Turati —en el ámbito de la crónica periodística— o Carlos Velázquez —en el de la crónica autobiográfica, con El karma de vivir al norte (2013)— a contar la narcoviolencia (Juan Pablo Meneses reunió algunas de esas jóvenes voces mexicanas en Generación ¡Bang!, 2012). Igual que ha querido que jóvenes escritores españoles, como Ayala Ugarte, construyan su prestigio al otro lado del Atlántico (los ecos son más antiguos: nos llevan a la guerra civil). O que exista Dromómanos, un proyecto que surge del encuentro en Madrid entre la periodista mexicana Alejandra Sánchez y los periodistas españoles José Luis Pardo y Pablo Ferri, los tres nacidos en los 80.  Ese encuentro los condujo a un larguísimo viaje por el continente americano. De él resultaron Narcoamérica. De Los Andes a Manhattan, 55 mil kilómetros tras el rastro de la cocaína (2015) y un premio Ortega y Gasset de Periodismo. Ese proyecto transnacional y colectivo posiblemente sea el más elocuente de este comienzo de siglo, desde la perspectiva de quienes con sus crónicas construyen el turno del relevo.

miércoles, 17 de febrero de 2016

GUERRA, LITERATURA Y PERIODISMO. "Escrituras al pie del abismo: literatura y periodismo durante la Gran Guerra"

Escrituras al pie del abismo: literatura y periodismo durante la Gran Guerra

Publicado por 

Soldados británicos cegados por gases en la Primera Guerra Mundial. Foto: DP.
Soldados británicos cegados por gases en la Primera Guerra Mundial. Foto: DP.
Antes de Joyce, Kafka y Proust
El 2 de agosto de 1914 Franz Kafka anotaba en sus deslumbrantes diarios:
Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Tarde, escuela de natación.
Escribía Kafka, claro, en un mundo sin Franz Kafka. En un mundo sin James Joyce. En un mundo sin Marcel Proust. Los tres autores que exploraron abismos hasta entonces desconocidos y que pusieron patas arriba la literatura del siglo XX (y, tal vez, la literatura desde sus orígenes mismos) todavía no habían emergido.
Kafka, como se sabe, no fue Kafka hasta junio de 1924. Después de muerto. El estallido de la Gran Guerra llegó mientras el joven autor estaba escribiendo El proceso y En la colonia penitenciaria. Apenas tenía obra publicada (solo el volumen Meditaciones), pero entre 1913 y 1919, aquejado ya de los primeros síntomas de la tuberculosis, escribió nada menos que La transformaciónLa condena y Un médico rural. Casi nada.
James Joyce publicaba ese mismo año 14, en el que todo amenazaba con derrumbarse entre las tinieblas, una prodigiosa colección de relatos titulada Dublineses. No llegaría hasta 1916, todavía en plena guerra, Retrato del artista adolescente, y mientras Europa se desangraba en los campos de batalla, Joyce acometía la tarea épica de dar forma a su inabarcable Ulises.
Proust tampoco era Proust en agosto de 1914. Había iniciado en 1907 la formidable aventura de escribir (y publicar) En busca del tiempo perdido, interrumpida a su muerte en 1922. El primer volumen de esta formidable novela, Por el camino de Swann, apareció en 1913 y la Gran Guerra provocó un intermedio forzoso en la edición de la obra maestra de Proust hasta 1919, cuando se publicó A la sombra de las muchachas en flor, que obtuvo un éxito fulminante a raíz de la concesión del premio Goncourt.
En las trincheras estaba naciendo, a sangre y fuego, una nueva Europa y en la trastienda del conflicto Franz Kakfa, James Joyce y Marcel Proust reinventaban la literatura moderna. Paradojas del homo sapiens.
Muy lejos de estas coordenadas estéticas navegaba felizmente Gilbert Keith Chesterton, que al arrancar la Gran Guerra ya había publicado dos entregas de la saga detectivesca del padre Brown y títulos como El Napoleón de Notting Hill o El hombre que fue jueves (una pesadilla). Brillante polemista, Chesterton había criticado muy duramente la guerra de los boers, pero fue un firme defensor de la participación de Inglaterra en la Primera Guerra Mundial, sobre la que señaló tajante en su Autobiografía:
Los hombres cuyos nombres están escritos en el monumento a los caídos de Beaconsfield murieron para evitar que Beaconsfield fuera eclipsado inmediatamente por Berlín, que todas sus reformas siguieran el modelo de Berlín y que todos sus productos fueran utilizados para los propósitos internacionales de Berlín, a pesar de que el rey de Prusia no se proclamara explícitamente soberano del rey de Inglaterra. Murieron para evitarlo y lo evitaron. A pesar de los que insisten en que murieron en vano, y además disfrutan con la idea.
James Joyce con Sylvia Beach. Foto: DP.
James Joyce con Sylvia Beach. Foto: DP.
Ortega entra en escena
En 1914 aparecía en el sello de la Residencia de Estudiantes de Madrid uno de esos libros cruciales, destinados a priori a cambiar el curso de la historia de una cultura, pero que luego, en un país poco dado a adentrarse en la profundidad de sus grandes voces, no tuvo el alcance ni la repercusión que merecía el contenido de sus páginas. El ensayo, titulado Meditaciones del Quijote, lo firmaba el profesor de Metafísica José Ortega y Gasset. Siguiendo las huellas del texto más extraordinario de la literatura española, Ortega sentaba algunas líneas maestras de su posterior teoría de la razón vital. Ese mismo año nacía en Madrid Julián Marías, y ya en 1950 el gran discípulo de Ortega se lamentaba de que este libro singular no había sido leído en serio «por más allá de media docena de personas». En esas seguimos.
Un volcán llamado doña Emilia
En 1914 la Pardo Bazán ya era doña Emilia. Había publicado sus grandes obras (La piedra angularLa tribuna yLos pazos de Ulloa) y estaba en la cima de su carrera. El 5 de diciembre de 1916 acudía a la Residencia de Estudiantes para impartir una conferencia titulada Porvenir de la literatura española después de la guerra, en la que expresaba sus temores sobre la perturbación que la contienda podría suponer para la futura narrativa:
Temo también si he de decir la verdad, al cambio inminente. El sacudimiento es tan violento, los sucesos tan decisivos, el trastorno tan completo, venza quien venza, que la más probable de las hipótesis es la de su influencia arrolladora en las letras y en el arte, al menos mientras vivan los que presenciaron y padecieron la tragedia. Temo una literatura excesivamente impregnada de elementos sociales, políticos, morales y patrióticos. He dicho que la temo, aunque de ella resulte quizá un bien general, esto no lo discuto. Como artista, antepongo a la utilidad la belleza. Reconozco todos los peligros de aquel individualismo romántico que emancipó la personalidad, que reclamó para el artista y el escritor la libertad de afirmarse contra todo y contra todos; reconozco igualmente la exaltación ilimitada de tal principio en el segundo romanticismo neoidealista, pero también reconozco que son bellos y que en tales evoluciones hubo un germen vital. No fue época muerta. Y el arte es vida intensa, hirviente, libre. Y después de la guerra, ese germen y su florecimiento individualista han de ser reprimidos y hasta condenados. ¿No notáis ya cómo todo se opone a la expansión individualista? ¿No oís las máximas, no observáis cómo cuajan los programas futuros? Escuchad lo que se repite: organización, organización, disciplina, disciplina. Formémonos, alineémonos, no consintamos que se salga de filas nadie. Bien sé yo que en España se corre poco riesgo de adoptar semejante dogma; nadie es menos reductible a organizaciones compactas y bien trabadas que el español. Sin embargo, o un fenómeno constante habrá de desmentirse ahora, o cuando toda Europa esté empantanada en la literatura útil, nosotros también seguiremos el movimiento. Y se dará el espectáculo curioso de un pueblo muy anárquico en la vida y muy disciplinado en el arte. Más valiera que fuese al revés.
Valle-Inclán se va al frente
Ramón María del Valle-Inclán. Foto: DP.
Ramón María del Valle-Inclán. Foto: DP.
Valle-Inclán no se limitaba entonces a sus poemas, a su kif, a su prosa infinita. No fue un espectador pasivo de «la más alta ocasión que vieron los siglos». El 21 de enero de 1916 llegaba a París con el objetivo de pisar las trincheras y ejercer de corresponsal de guerra de El Imparcial, de Madrid, y de La Nación, de Buenos Aires.
Además de las crónicas para la prensa, de su intensa experiencia en el frente occidental —que incluyó un periplo en avión militar sobre cuya veracidad los expertos no acaban de ponerse de acuerdo— emergieron dos libros de extremada fiereza literaria y vital: La media noche y su prolongación, En la luz del día, donde retrata muy a su manera la peripecia bélica. Así avanzaba el propio autor su objetivo:
La guerra no se puede ver como unas cuantas granadas que caen aquí o allá, ni como unos cuantos muertos y heridos que se cuentan luego en las estadísticas; hay que verla desde una estrella, amigo mío, fuera del tiempo, fuera del tiempo y del espacio.
Y así arrancaba, a fin de cuentas, La media noche:
Son las doce de la noche. La luna navega por cielos de claras estrellas, por cielos azules, por cielos nebulosos. Desde los bosques montañeros de la región alsaciana, hasta la costa brava del mar norteño, se acechan los dos ejércitos agazapados en los fosos de su atrincheramiento, donde hiede a muerto como en la jaula de las hienas. El francés, hijo de la loba latina, y el bárbaro germano, espurio de toda tradición, están otra vez en guerra. Doscientas leguas alcanza la línea de sus defensas desde los cantiles del mar hasta los montes que dominan la verde plana del Rhin. Son cientos de miles, y solamente los ojos de las estrellas pueden verlos combatir al mismo tiempo, en los dos cabos de esta línea tan larga, a toda hora llena del relampagueo de la pólvora y con el trueno del cañón rodante por su cielo.
Valle, empotrado con el ejército francés en el frente, no escondía su predilección por el bando aliado y arremetió sin piedad contra alemanes y germanófilos.
Así describe, en La media noche, el ambiente entre las tropas galas:
Los oficiales se encorvan consultando las grandes cartas geográficas. Cuando alguna vez nombran a los alemanes lo hacen sin odio ni jactancia […] De tarde en tarde aparece en la puerta un oficial que saluda cuadrándose: viene de la oscuridad, del barro, de la lluvia, y trae un pliego. El general le estrecha la mano y le ofrece una taza de café caliente. Después, le ruega que hable, con esa noble cortesía que es la tradición de las armas francesas.
En cambio, reflejaba de esta guisa la atmósfera en las trincheras alemanas:
Las bombas caen en lluvia sobre las trincheras alemanas. Los soldados, atónitos, huraños a los jefes, esperan el ataque de la infantería enemiga, sin una idea en la mente, ajenos a la victoria, ajenos a la esperanza.
[…]
Los jefes sienten la muda repulsa del soldado. A los que sirven las ametralladoras se les trinca con ellas para que no puedan desertar, y el látigo de los oficiales, que recorren la línea de vanguardia, pasa siempre azotando.
Valle transitaba esos días su viaje interior desde el modernismo al esperpento, que ya afilaba sus zarpas en la prosa del gigante:
Dicen que es la guerra… ¡Mentira! Nunca el quemar y el violar ha sido una necesidad de la guerra. Es la barbarie atávica que se impone… Todavía esos hombres tienen muy próximo el abuelo de las selvas, y en estos grandes momentos revive en ellos. Es su verdadera personalidad que la guerra ha determinado y puesto de relieve, como hace el vino con los borrachos.
Sofía Casanova, en las trincheras
Un caso excepcional fue el de Sofía Casanova. Casada con un diplomático polaco, el estallido de las hostilidades la sorprendió en Varsovia, donde luego trabajó como voluntaria de Cruz Roja y desde 1915 ejerció de corresponsal de guerra para ABC, diario para el que también cubrió la Revolución rusa y la invasión nazi de Polonia durante la Segunda Guerra Mundial.
Sofía Casanova en 1916, vestida de enfermera de la Cruz Roja. Foto: DP.
Sofía Casanova en 1916, vestida de enfermera de la Cruz Roja. Foto: DP.
En diciembre de 1917, Sofía Casanova, un talento sin equivalentes en el periodismo de su tiempo, entrevistó en San Petersburgo a León Trotsky, al que interrogó sobre el posible fin de la contienda:
Nuestra política es la única que puede hacerse en el presente. El mundo está hambriento de paz y nosotros tenemos la esperanza de que se haga no la paz aislada de Rusia, sino la general, la de todos los pueblos combatientes. Ahora mismo acabo de recibir un radiotelegrama de Czernin de conformidad con nuestra iniciativa de armisticio y de gestiones pacifistas.
Casanova, tras la charla, dedicó unas palabras proféticas a los revolucionarios:
Al fanatismo jerárquico del Imperio sustituye el otro, el de la ergástula en rebeldía. ¿Qué pueblo podrá ser feliz gobernado por el terrorismo de abajo?
En sus textos de la época, recogidos parcialmente en De la guerra, destilaba Sofía Casanova una asombrosa profesionalidad:
Combato las noticias escritas, discuto los hechos que me comunican, indago, deduzco, doy ejemplos de la barbarie de todos […] Y me duele la confusión, el recelo, el dolor de todos y el esfuerzo que hago equilibrándome, buscando el punto de apoyo de la verdad en la vorágine de nombres, cifras, muertes, martirios, sangres y llamas.
Católica y pacifista hasta el tuétano, calificaba la guerra como «un horrendo crimen» que «bestializa a los hombres y ciega sus almas con un odio colectivo». Amén.
En febrero de 1917 La Voz de Galicia, donde la periodista colaboraba ocasionalmente, se hacía eco en la portada de la publicación de De la guerra, que recogía «la serie de admirables crónicas escritas desde Polonia y Rusia por la notable escritora y distinguida coterránea nuestra, Sofía Casanova». «Es Sofía Casanova el único español que ha visto y ha sentido la guerra, y tal vez por eso la describe como nadie», subrayaba la nota, publicada bajo un artículo enviado desde Madrid por una firma clásica del diario en la época, Francisco Camba, hermano pequeño (pero no menor) del enorme Julio.
Camba, un periodista de otro mundo
Fue Julio Camba un periodista de otra galaxia, único en su especie. No tuvo antecesores, ni tiene sucesores. Fue testigo excepcional (en muchos sentidos de la palabra) de la Gran Guerra. En el otoño de 1913 fichó por ABC y debutó como corresponsal en un Berlín donde ya retumbaban los tambores de guerra. En Alemania asistió al estallido de la contienda y allí permaneció hasta marzo de 1915, cuando su diario lo envió a Londres. Estuvo otro año en el Reino Unido, aunque, como en Berlín, tendía a escapar del omnipresente monotema de las batallas y, fiel a su estilo, se deslizaba por las calles a la caza de esa trastienda de las ciudades que él buscaba (y encontraba) como nadie. En Berlín contaba anécdotas mínimas de las terrazas de los cafés y de la semana blanca, y en Londres, en lugar de analizar la geoestrategia ministerial, se dedicaba a recorrer y describir losnight clubs.
En la primera página de Alemania, ya incluía una rotunda «advertencia del autor»:
Este libro fue escrito en los meses inmediatamente anteriores a la primera Gran Guerra. Así era en aquella época Alemania y así éramos nosotros. Desde entonces, a nosotros se nos han caído algunos dientes y bastante pelo, y a Alemania no solo se le cayeron las fábricas, los puentes, los altos hornos y las catedrales, sino que hasta se le llegaron a caer provincias enteras; pero, en lo fundamental, quizá ni Alemania ni nosotros estamos tan cambiados o tan disminuidos como pudiera parecer a primera vista.
Antes de que rematase la Gran Guerra tuvo tiempo de ejercer de corresponsal en otros dos países. Pasó doce meses en Nueva York, tiempo que plasmó en las crónicas de Un año en el otro mundo, y al volver a Madrid en 1917 abandonó el conservador ABC para fichar por el liberal El Sol, que de inmediato lo despachó rumbo a París para que asistiese en la capital de Francia a los estertores de la contienda.
Había estado en cuatro escenarios privilegiados para narrar el conflicto, pero no había contado su particular visión de la lucha. Solo a toro pasado, en las postrimerías, se zambulló en la cuestión. Lo podemos leer en La rana viajera (Una nueva batracomiaquia), donde apuntó:
La guerra ha terminado en todo el mundo excepto en España. Los alemanes se han rendido, pero no así los germanófilos, quienes siguen apoyando al káiser y cantando las victorias de Hindenburg. Los aliados, por nuestra parte, seguimos creyendo que Inglaterra y Francia representan la libertad, la democracia, el derecho de los pueblos, etc.
Camba se despachaba a gusto con germanófilos y teutones, por ejemplo, en el delicioso texto titulado Si los alemanes hubiesen ganado:
Si los alemanes hubiesen ganado, en efecto, el problema de las nacionalidades dejaría de ser un conflicto, porque todos seríamos alemanes. Todos seríamos alemanes, y hasta es posible que todos fuésemos rubios. Y, siendo alemanes todos los hombres, no tan solo no habría conflictos internacionales, sino que no habría tampoco discusiones particulares. Todos tendríamos las mismas ideas.
Y en El libro futuro apostillaba, como sutil indagador de la realidad humana:
Todo el mundo sabe que los alemanes no suelen reír los chistes hasta veinticuatro horas después de haberlos oído, que es cuando «les ven la punta». Dentro de veinte años le verán también la punta a la guerra europea y romperán a llorar. Llorarán en verso y llorarán en música. Llorarán todos los violines, todas las arpas, todas las gaitas, todos los saxofones, todos los contrabajos del eximperio. Alemania entera llorará, y llorará mucho; pero llorará tarde.
Pero esa ya es otra historia. Esta acaba en el bosque de Compiègne el 11 de noviembre de 1918. Diez millones de muertos después, ha concluido la Gran Guerra.
Ese día Kakfa no se asomó a sus diarios. De hecho, no escribió ni una sola línea durante 1918.
Pero el 4 de agosto de 1917, tres años después de su tarde en la escuela de natación de Praga, había anotado premonitoriamente en su cuaderno:
Las trompetas resonantes de la nada.
Un soldado francés en la entrada al bosque de Compiègne. Foto: DP.
Un soldado francés en la entrada al bosque de Compiègne. Foto: DP.

jueves, 11 de febrero de 2016

SERIES. "Periodismo en serie". Jorge Carrión

   En "El País":

Periodismo en serie

La ficción televisiva empieza a invadir la función tradicional de los medios de intermediar entre lo ocurrido y nuestra percepción de lo que pasó

Jorge Carrión. 31 enero 2016
El 11 de diciembre del año pasado un comando de terroristas talibanes asaltó la Embajada española en Kabul. Desde entonces los medios han publicado diversos reportajes y reconstrucciones de los hechos. Sin embargo, desde el primer momento los seguidores de ficción televisiva, para imaginar qué podría haber pasado in situ, recurrimos inconscientemente al asalto a la Embajada de Estados Unidos de Islamabad en la cuarta temporada de Homeland; y para entender cómo se vive una situación así desde la distancia, a crisis similares que encaran el presidente o sus subordinados en El ala oeste de la Casa Blanca o Madam Secretary. De modo que cuando fueron llegando los relatos documentales, lo que en realidad hicieron fue matizar o refutar lo que ya nos habían contado los de ficción.
Capítulo de 'Homeland' sobre el asalto a la Embajada de EE UU en Islamabad.
Capítulo de 'Homeland' sobre el asalto a la Embajada de EE UU en Islamabad.

Esa dinámica es una constante en la historia de la humanidad. La literatura es universal y, por tanto, capaz de iluminar cada hecho particular. Iluminaciones futuras: Macbeth o El rey Lear permitieron entender mejor a mandatarios tan distintos como Napoleón o Hugo Chávez; o retrospectivas: las estupendas novelas de Elena Ferrante me están ayudando a comprender mejor a mi familia napolitana. Sin embargo, el periodismo ha ocupado durante un siglo y medio una zona privilegiada que parece estar perdiendo. Se ha reivindicado, por su velocidad para elaborar una versión de los hechos, como la intermediación por excelencia entre lo ocurrido y nuestra percepción de lo ocurrido. Me pregunto si, por su conexión inmediata con el presente y por su enorme capacidad de difusión, las series de televisión no están invadiendo esa zona documental. Si la telerrealidad, desde el primer Big Brother de 1999, ha crecido exponencialmente hasta protagonizar incluso canales enteros gracias a su asimilación de mecanismos ficcionales, si no a su trasformación en un subgénero de ficción; si los blogs, YouTube y las redes sociales nos han convertido a todos en microcríticos y miniperiodistas; la pregunta no es del todo descabellada: ¿son las series de televisión el nuevo periodismo?
Pensemos en The Good Wife, la serie que hibridó la ficción legal con la políticagracias a su protagonista, Alicia Florrick, abogada de profesión y esposa del gobernador de Illinois. Sus siete temporadas de vida han estado caracterizadas por tomarle constantemente el pulso al presente. Ahora mismo, sin ir más lejos, Alicia se está enfrentando a Hillary Clinton. Hasta llegar a ese punto hemos ido viendo un sinfín de hechos reales contemporáneos transformados por la máquina ficcional. Por ejemplo, el control al que la NSA somete a la ciudadanía ha sido ampliamente mostrado y hasta ridiculizado por The Good Wife. En la serie, Google se transforma en Chunhum, que es acusado de entregar datos de ciudadanos a China o a Siria. El capítulo sobre el bitcoin, la moneda de código abierto, que fue el 13º de la segunda temporada, llega al extremo de titularse Bitcoin for dummies, es decir,“bitcoin para principiantes”. Y eso es, precisamente, no solo una dramatización de los problemas de los protagonistas y de las particularidades de la búsqueda del creador del bitcoin, sino un auténtico manual que explica con gran plasticidad en qué consiste el invento.
La misma capacidad pedagógica se extiende a otras series ambientadas en el presente. Gracias a Person of Interest hemos entendido la videovigilancia después del 11-S; gracias a Gomorra, la Camorra; gracias a Nip/Tuck, el mundo de la cirugía plástica; gracias a Modern Family y a Transparent, la radical transformación de las estructuras familiares; gracias a Orange is the New Black,las nuevas cárceles; y gracias a Mr. Robot, la subcultura hacker. ¿Existen relatos documentales con similar capacidad de penetración en la conciencia colectiva? Sin duda, la historia del Irán contemporáneo ha sido fijada por Persépolis, la novela gráfica de Marjane Satrapi; Gomorra fue antes una crónica, una obra de teatro y una película; y la vida de Steve Jobs se ha difundido por igual en formato libro, documental y ficción documental. Pero al contrario que esos lenguajes, la serialidad —como el periodismo— es virtualmente infinita. Puede hacer un seguimiento de los hechos, una cobertura informativa, que se extienda en el tiempo; sin los límites que impone la verificación, con total libertad dramática y de seducción.
En su estudio pionero en España, Prime time (2005), Concepción Cascajosa Virino dice de Lou Grant que “quería ser una mirada realista sobre la importancia de la prensa en las sociedades democráticas en un momento en que, gracias al escándalo Watergate, era un tema de máxima actualidad”. A juzgar por la decadencia del diario de la última temporada de The Wire o la cancelación de la excelente The Newsroom, por no hablar del insistente fracaso de los personajes periodistas en la mayoría de las series, estas han dejado de creer en el periodismo. Al mismo tiempo, lo han vampirizado. Auténticas bestias, monstruos narrativos para nutrir sus miles de capítulos absorben todas las historias que estén a su alcance. También las inmediatas, también las reales. Como dice Jason Mittell, la televisión cada vez es más compleja. Narrativa, social, moralmente. Y psicológicamente: su complejidad ha empezado a mimetizarse con la de nuestro cerebro.


The Good Wife', en los 'caucus' de Iowa
Jorge Carrión es autor de Librerías (finalista del Premio Anagrama de Ensayo 2013).

viernes, 15 de enero de 2016

LITERATURA. "Un rotundo 'no' a la guerra con voces de mujer". Sobre 'La guerra no tiene rostro de mujer', de la premio Nobel de Literatura Svetlana Alexiévich

En "lecturassumergidas.com":


Un rotundo “no” a la guerra con voces de mujer


Lyudmila Pavlichenko (1916-1974), francotiradora de la 25º División Chapaiev , Ejército Rojo.
Lyudmila Pavlichenko (1916-1974), francotiradora de la 25º División Chapaiev , Ejército Rojo.

Por Emma Rodríguez © 2015 /

Hay libros que duelen, pero que agradecemos leer pese al dolor que nos provocan. Hay libros que nos acercan a realidades que nunca hubiéramos podido imaginar y que apuntalan en nosotros determinadas posiciones. Estoy convencida de que todo el que se acerque a La guerra no tiene rostro de mujerde la reciente Premio Nobel de Literatura Svetlana Alexiévich no podrá más que emitir un rotundo no a la guerra. Las noticias e imágenes repetidas de conflictos lejanos o no tan lejanos, de bombas lanzadas contra poblaciones civiles, de masacres, de torturas, que tan asimiladas tenemos ya desde nuestra cómoda postura de receptores occidentales, quedan absolutamente superadas por el impacto de las palabras, de los testimonios de las mujeres que lucharon con el Ejército Rojo en la II Guerra Mundial.
No podemos salir indemnes de la experiencia. No podemos evitar una cierta herida emocional tras emprender este viaje en busca de la verdad y de la memoria, un viaje que reivindica el papel de tantas jóvenes anónimas a las que les tocó desempeñar el papel de heroínas, heroínas obligadas por las circunstancias, por el destino, silenciadas durante largas décadas porque aparentemente sus vivencias no podían aportar nada nuevo a la solemne historia oficial; porque las batallas siempre han sido cosa de hombres.
Mezcla de literatura, ensayo y periodismo, estamos ante un libro extraordinario, absolutamente imponente y revelador, que nos habla de una guerra diferente, una guerra cercana, íntima, una guerra contada no desde la perspectiva convencional de las batallas, los movimientos tácticos y los hechos concretos, sino desde el corazón y los sentimientos. Por eso duele tanto, sobrecoge y provoca el más visceral rechazo. Svetlana Alexiévich recorrió pueblos y ciudades de la antigua Unión Soviética en busca de sus protagonistas; entabló conversaciones con ellas, fue testigo de hondas confidencias, de lágrimas, de culpas, pero también de liberación y alegría ante la oportunidad que les daba de poder hablar, de contar lo que supusieron aquellos años terribles; de valorar por fin, en voz alta, el sacrificio realizado, la contribución femenina a un capítulo de la historia incompleto sin la mirada de una parte importante de sus testigos. “Ven. Ven, por favor. Llevamos tanto tiempo calladas. Cuarenta años con la boca cerrada…”, asegura que le pedían.
Hubo quienes se negaron a declarar, quienes no querían volver a un pasado que habían cubierto con un tupido velo, pero muchas otras aceptaron las visitas de esa mujer que hacía preguntas, que quería saber, que quería conocer de primera mano que sucedía en las trincheras, hasta qué punto los seres humanos estamos preparados para asumir el mal, para encontrar sentido a la vida en las situaciones más extremas, para controlar el miedo, para amar en medio de las más atroces experiencias, para seguir en pie cuando alrededor todo se convierte en derrumbamiento y horror.

Mezcla de literatura, ensayo y periodismo, estamos ante un libro extraordinario, absolutamente imponente y revelador, que nos habla de una guerra diferente, una guerra cercana, íntima, una guerra contada no desde la perspectiva convencional de las batallas, los movimientos tácticos y los hechos concretos, sino desde el corazón y los sentimientos.
No estaría mal escribir un libro sobre la guerra que provocara nauseas, que lograra que la sola idea de la guerra diera asco. Que pareciera de locos. Que hiciera vomitar a los generales” confiesa la autora muy al comienzo del recorrido sus intenciones. Y ya en el tramo último, después de infinidad de encuentros, de charlas, de grabaciones, de anotaciones en cuadernos, reconoce que no ve el final del camino. “El mal parece infinito. Ya no puedo percibirlo sólo como un hecho histórico (…) ¿me enfrento al tiempo o al ser humano? Los tiempos cambian, pero, ¿y los humanos? Las repeticiones me hacen pensar en la torpeza de la vida…”
El libro se estructura como un relato colectivo, como un fresco coral. Los recuerdos, las voces, se van superponiendo. Los planos, los puntos de vista, nos ofrecen una panorámica múltiple, polifónica. El ritmo, el efecto que provocan tantas memorias rescatadas al mismo tiempo, va in crescendo, alcanzando cada vez más altas cotas de emoción, de estremecimiento. La narradora organiza todos los contenidos de los que dispone en distintos capítulos, en pequeñas piezas narrativas que llevan por título frases significativas, piezas capaces de apresar situaciones concretas. Las evocaciones de sus combatientes (aviadoras, jefas de zapadores, francotiradoras, conductoras de carros de combate, oficiales de la marina, especialistas en transmisiones, partisanas, enlaces en la clandestinidad, comandantes de cañón antiaéreo, enfermeras, cocineras…) se mezclan. Cada cual cuenta la historia desde su posición, con matices diferentes, con apreciaciones que cambian según el lugar desde el que la vivieron. Hay coincidencias, muchas coincidencias, pero también contrastes.
Fotografía de Svetlana Alexiévitch por Elke Wetzig.
Fotografía de Svetlana Alexiévitch por Elke Wetzig.
Y al mismo tiempo están las propias reflexiones de la escritora, una especie de diario de ruta en el que va dando cuenta del proceso de trabajo, de las preguntas que se va haciendo, de los momentos de duda y de esos instantes milagrosos en los que percibe que está tocando con la punta de los dedos ese tipo de verdades que tanto dicen acerca de la naturaleza del alma humana. “Soy consciente de que no deben redactarse el llanto ni los gritos, una vez redactados perderán importancia; la versión escrita saltará al primer plano y la literatura sustituirá la vida. Así es este material, la temperatura de este material. Supera los límites. En la guerra el ser humano está a la vista, se abre más que en cualquier otra situación, tal vez el amor sería comparable. Se descubre hasta lo más profundo, hasta las capas subcutáneas...”, nos informa.
Svetlana Alexiévich escucha, se acerca al sufrimiento, da cuenta de un tiempo no superado en el que anidan viejos anhelos y descubrimientos atroces. En todo momento se aleja del relato victorioso, porque en la guerra no hay victorias, solo dolor y pérdida. El monólogo que mantiene consigo misma se cruza con el diálogo con tantas mujeres a las que se siente próxima. Cerca de un millón formaron parte del ejército soviético y desempeñaron todas las especialidades militares. Las que hablan en este libro no son pocas y las representan a todas. “Nuestro grito debe guardarse en algún lugar del mundo. Nuestro aullido, toma nota la periodista de esta frase que tanto dice de la necesidad de no olvidar, de preservar la memoria.
Hay testimonios sobrecogedores, en ocasiones escalofriantes en esta entrega. Los pasajes de crueldad, de vejación, son muchos, pero a ellos se superpone la compasión, la fraternidad, la ternura... Mucho tiempo mantuvo la autora el manuscrito sobre su mesa de trabajo. “Llevo dos años recibiendo cartas de rechazo de las editoriales. Las revistas guardan silencio. El veredicto siempre es el mismo: es una guerra demasiado espantosa. El horror sobra. Sobra naturalismo. No se percibe el papel dominante del Partido Comunista. En resumen, no es una guerra corriente…”, nos cuenta. Y se pregunta a continuación qué se entiende por correcto, si sólo cabe dejar constancia de los héroes y los actos de valentía; si sólo cabe olvidar el sufrimiento.

El monólogo que Alexiévich mantiene consigo misma se cruza con el diálogo con tantas mujeres a las que se siente próxima. Cerca de un millón formaron parte del ejército soviético y desempeñaron todas las especialidades militares. Las que hablan en su obra no son pocas y las representan a todas.
En la edición de la obra que acaba de publicar en España la editorial Debate, se incluyen retazos de conversaciones que Svetlana Alexiévich mantuvo con el censor, episodios recortados por la censura y otros que ella misma vetó, que no se atrevía a incluir en la obra. Con la llegada dela Perestroika de Gorbachov, a mediados de la década de los 80, el libro se convirtió en un acontecimiento y se realizó incluso una versión teatral. Las vicisitudes por las que hubo de pasar la autora la convierten en símbolo de una lucha, la de la visibilización de la historia de las mujeres, de la que aún quedan por escribir muchos episodios.
A través del periodismo, la ahora Premio Nobel quería acercar al público lector al otro lado de la contienda, ese lado opaco sólo atendido por la ficción. Pero en esta ocasión se trata de testimonios reales, desnudos, descarnados, sin artificios. “En lo que narran las mujeres”, explica la autora, “no hay, o casi no hay, lo que estamos acostumbrados a leer ya escuchar: cómo unas personas matan a las otras de forma heroica y finalmente vencen. O cómo son derrotadas. O qué técnica se usó y qué generales había. Los relatos son diferentes y hablan de otras cosas. La guerra femenina tiene sus colores, sus olores, su iluminación y su espacio. Tiene sus propias palabras. En esta guerra no hay héroes ni hazañas increíbles, tan solo seres humanos involucrados en una tarea inhumana…”
¿Con qué relatos nos encontramos entonces? será la pregunta que os estaréis haciendo los que hayáis seguido este texto hasta aquí. No esperéis declaraciones grandilocuentes expuestas ante grandes púlpitos. Se trata de confidencias en la intimidad sobre “lo sencillo y lo humano, capaces de “vencer a lo grande, incluso de vencer a la Historia”, como dice la autora. Se trata de revelaciones dolorosas que gran parte de las veces han permanecido veladas, guardadas en el baúl de las pesadillas. Ahí está el gran valor de una entrega en la que hay contrastes, evidentemente, porque nadie vivió los acontecimientos de la misma manera, pero, en la que, tal vez, lo que más llama la atención son las coincidencias, el entusiasmo con el que todas esas mujeres se alistaron en cuanto estalló la guerra, muchas de ellas con apenas 16, 17 años, provenientes de organizaciones juveniles del Partido Comunista, educadas en la idea del bien común, de la defensa de la Patria.

Con la llegada de la Perestroika de Gorbachov, a mediados de la década de los 80, el libro se convirtió en un acontecimiento y se realizó incluso una versión teatral. Las vicisitudes por las que hubo de pasar la autora la convierten en símbolo de una lucha, la de la visibilización de la historia de las mujeres, de la que aún quedan por escribir muchos episodios.
Se repite una y otra vez la experiencia del rechazo primero por parte de oficiales que no confiaban en la valía femenina, de cómo hubieron de llamar a distintas puertas y saltarse los protocolos para hacer realidad su deseo de ir al campo de batalla. Se repite el dolor ante la separación de familias e hijos a los que no sabían si iban a volver a ver y la demostración de fuerza que hubieron de llevar a cabo para ser reconocidas por sus compañeros varones. Hay detalles que casi todas cuentan: el momento en el que les cortaron las trenzas, se vistieron con el uniforme masculino y calzaron botas que casi siempre les quedaban grandes. Y también los momentos en los que asomaba su coquetería innata y la rapidez con la que el cabello se les tiñó de blanco.
Mujeres que formaron parte de las guerrillas soviéticas que participaron en la liberación de Crimea en 1944.
Mujeres que formaron parte de las guerrillas soviéticas que participaron en la liberación de Crimea en 1944.
Y después de la victoria, cuando el Ejército Rojo venció a las tropas de Hitler y volvieron a la normalidad, a la vida cotidiana, hay una herida común: el desprecio de la sociedad, de las propias familias que se avergonzaban en muchos casos de ellas; de las mujeres que se quedaron en casa y que les echaban en cara haber combatido para robarles a sus hombres, unos hombres que no fueron capaces de defender a quienes habían sido sus iguales, a quienes fueron sus amigas y muchas veces, sí, sus amantes.
El rechazo de la sangre es otra de las constantes en los relatos. Muchas de estas mujeres, condecoradas por su valor en los campos de batalla, no pudieron volver a trabajar como enfermeras, ni pisar una carnicería ni vestirse de rojo cuando todo acabó. La mayoría hablan de enfermedades nerviosas, de dolencias surgidas con posterioridad, de los sueños sobresaltados, incluso décadas y décadas después, en el momento en el que son entrevistadas, ya convertidas en abuelas a las que les cuesta reconocer que un día fueron capaces de empuñar un arma y de matar.
Los escenarios del frío, de las heladas permanentes, que tantas veces se han utilizado por parte de los historiadores como uno de los elementos que contribuyeron a la derrota del ejército alemán, son escenarios de este recorrido en el que nos damos cuenta de que la idiosincrasia rusa y la firmeza de las convicciones de los combatientes, aún lejos de asumir que los ideales del comunismo estaban siendo traicionados por los dirigentes del partido, contribuyeron sobremanera a la victoria final.
La historia con mayúsculas, las barbaridades que ya estaba cometiendo el régimen estalinista con sus purgas, con su crueldad hacia los soldados hechos prisioneros, asoma como telón de fondo y nos habla de un momento en el que el pueblo soviético, capaz de vencer en la guerra, empezaba a ser consciente de que la utopía había saltado por los aires, un tema que siempre ha interesado a Svetlana Alexiévich y que ha explorado en profundidad en obras como El fin del “homo sovieticus”, que próximamente publicará en nuestro país la editorial Acantilado.
Hace frío, mucho frío en este recorrido, pero también asoma la primavera, la belleza del bosque, de los amaneceres, de las flores. “A veces oigo una música… O una canción… Una voz de mujer… Y allí encuentro lo que he sentido. Algo semejante (…) ¿Sabe lo preciosos que resultan los amaneceres en la guerra? Antes de un combate… Los observas y estás segura: ese podría ser el último. La tierra es tan bella… Y el aire… Y el sol…”, escuchamos la voz de Olga Nikítichna, que ejerció de cirujana militar. “Lo único que sé es que en la guerra las personas se vuelven espantosas e inconcebibles (…) Usted es escritora. Invéntese algo. Algo bonito. Sin parásitos ni suciedad, sin vómitos… Sin olor a vodka y a sangre… Algo no tan terrible como la vida…”, habla Anastasia Ivánovna, tiradora de ametralladora.

La historia con mayúsculas, las barbaridades que ya estaba cometiendo el régimen estalinista con sus purgas, con su crueldad hacia los soldados hechos prisioneros, asoma como telón de fondo y nos habla de un momento en el que el pueblo soviético, capaz de vencer en la guerra, empezaba a ser consciente de que la utopía había saltado por los aires.
De todo ello hablan las protagonistas. Hay temor, odio y muerte en sus historias, sus presencias son constantes y la autora se detiene largamente ahí, indaga, reflexiona… “La muerte es el tema más frecuente. La relación que tenían con la muerte: ella siempre merodeaba cerca. Era igual de cercana que la vida. Trato de entender cómo era posible salvarse en medio de aquella experiencia infinita de muerte (…) ¿Es posible contarlo? ¿Hasta dónde llegan nuestras palabras y nuestros sentimientos? ¿Qué está condenado a ser inexplicable?”, va desgranando sus interrogaciones.
Pero también hay amor, bondad y afán de supervivencia. Mientras avanzaba en la lectura no podía dejar de pensar en El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl, una obra que nos habla de cómo los seres humanos nos aferramos a la vida y llegamos a valorarla en su esencialidad en las situaciones más dramáticas y extremas. “En la guerra, el alma del ser humano envejece. Después de la guerra jamás volví a ser joven...”, cuenta Olga Yákovlevna, técnica sanitaria de una compañía de infantería, a quien su madre llegó a atar al carro que transportaba las pertenencias de la familia en el momento en el que huían del fuego enemigo, sin poder impedir que se liberara y se marchara al frente con un trozo de cuerda anudada a la mano.
El relato de esta mujer que participó en combates cuerpo a cuerpo, que asegura que no podrá olvidar nunca el crujido de los huesos y que no creerá a nadie que diga que no ha sentido miedo en la guerra, resulta estremecedor, como muchos otros. “¿Qué somos en realidad, de qué estamos hechos? ¿De qué material? ¿Cuál es su resistencia?”, se pregunta Alexiévich. Y argumenta: “Antes pensaba que el sufrimiento libera, que, tras superar las penas, el individuo ya solo se pertenece a sí mismo. Que su propia memoria le protege. Pero estoy descubriendo que no, no es una regla general. A menudo este saber e incluso el saber superior (inexistente en la vida normal) existen como un ente oculto, como una especie de reserva intangible y secreta, como las pepitas de oro en una mina. Hay que separar minuciosamente el lastre y rebuscar bien entre los sedimentos del ajetreo diario para finalmente hacerlo brillar. ¡Para que nos regale su preciada luz!
Eso es lo que hace la escritora. A través de sus preguntas, de sus indagaciones, busca la verdad y anima a sus entrevistadas a recordar, a poner palabras a las zonas de sombra hasta encontrar un poco de luz. Esa luz casi siempre aparece cuando surge el tema del amor. “En la guerra,  lo único personal es el amor. Lo demás es común, incluida la muerte, escribe Svetlana Alexiévich, sorprendida ante el hecho de que la menor franqueza se diese, precisamente, cuando éste salía a relucir. Ahí había un límite, un espacio prohibido, una zona de defensa que se fue levantando tras las calumnias, las ofensas y el sufrimiento de la posguerra, esa otra batalla de la posguerra, explica la escritora, a la que muchas mujeres pedían que ocultase sus identidades cuando le descubrían sus enamoramientos, la pasión que sintieron por algún compañero de armas, esos momentos de felicidad que también experimentaron y que tantas veces acabaron en frustración.
La piloto, miembro de las fuerzas aereas del ejército ruso, Lydia Litvyak.
La piloto, miembro de las fuerzas aereas del ejército ruso, Lydia Litvyak.
Hay historias realmente emotivas y desgarradoras en la entrega. Imposible dar cuenta de todas, pero, ya que hablamos de amor, hay una muy especial, la de Lubov Fomínichna, una soldado, auxiliar sanitaria, que no dudó en buscar a su marido en las trincheras y permaneció a su lado, luchando y amando, hasta que él murió. O la de Efrosinia Grigórievna, capitán médico, que al caer su marido hizo todo lo que estuvo en su mano para que le dejaran enterrarlo en Bielorrusia, la tierra de ambos, en la localidad donde ya no le quedaba nada, donde sólo esa tumba le podía hacer sentir que tenía un lugar en el mundo al que regresar después de la guerra. O la de la auxiliar sanitaria Sofía K-vich, que se enamoró del segundo comandante de su batallón. Ella no duda en confesar que no deseaba el final de la contienda porque sabía que él iba a abandonarla y volver con su familia sin reconocer nunca a la hija de ambos (Recuerdo la guerra como la mejor época de mi vida, allí fui feliz... Pero se lo ruego, no mencione mi apellido. Por mi hija...”)
Svetlana Alexiévich nos cuenta ciertamente otra guerra, esa otra guerra en la que los sentimientos pesan más que los hechos bélicos. Pero consigue, además, que leamos esos hechos, que veamos a sus protagonistas de otra manera y que pensemos, como dice la sargento Valentina Pávlova, comandante en una unidad de artillería, en el alto precio que tuvo que pagar el pueblo soviético –veinte millones de vidas humanas perdidas en cuatro años– por una victoria cuyos laureles se han atribuido tantas veces los Estados Unidos.
Antes hablaba de los ideales de unas gentes, gentes corrientes que de verdad creyeron en que era posible una sociedad transformada, igualitaria. Esos ideales truncados por un poder autoritario, esa derrota moral, late en todo el libro, aparece de fondo en muchas de las declaraciones. Imposible, una vez que cerramos las páginas, olvidar los pasajes de la lucha clandestina, la que se llevó a cabo lejos de las trincheras, la lucha de los partisanos, ayudados en todo momento por el pueblo.

La Premio Nobel consigue, además, que leamos esos hechos, que veamos a sus protagonistas de otra manera y que pensemos, como dice la sargento Valentina Pávlova, comandante en una unidad de artillería, en el alto precio que tuvo que pagar el pueblo soviético –veinte millones de vidas humanas perdidas en cuatro años– por una victoria cuyos laureles se han atribuido tantas veces los Estados Unidos.
Imposible olvidar esas escenas en las que los alemanes utilizaban a la gente que se había quedado en las aldeas como escudos humanos para esquivar las minas (hay un relato escalofriante de una soldado que evita matar a su propia madre, que viene en la avanzadilla, al verse obligada a disparar contra el enemigo). Y esas otras en las que, después de vencer, los soldados, hombres y mujeres rusas, al entrar en los pueblos alemanes, en bonitas e impolutas casas con el café humeante sobre las mesas –nada que ver con sus aldeas arrasadas por el fuego– se preguntaban cómo pudo una nación con tanto bienestar a su alcance provocar esa terrible guerra. La Historia nos habla de atroces actos de venganza y las mujeres de este libro no niegan casos de violaciones, pero cuentan también cómo, aún llenas de odio,  no fueron capaces de devolver la crueldad que habían recibido; de cómo ante la mirada de los niños alemanes asustados no pudieron dejar de sentir compasión.
Imposible olvidar también los episodios donde se narran las torturas de la Gestapo. “Más que morir nos asustaba la posibilidad de traicionar”, relata Sofía Mirónovna, integrante de una organización clandestina, quien recuerda las terribles torturas que padeció al ser atrapada y cómo un fiscal nazi la sometió a largos interrogatorios, movido por la curiosidad de saber. “Ese nazi quería entender por qué éramos como éramos, por qué nuestras ideas eran tan importantes para nosotros…”, escuchamos su testimonio. Y la seguimos: “¡Me he encontrado con personas extraordinarias! Morían en los calabozos de la Gestapo, solo las paredes conocieron lo valientes que eran...”

“Más que morir nos asustaba la posibilidad de traicionar”, relata Sofía Mirónovna, integrante de una organización clandestina, quien recuerda las terribles torturas que padeció al ser atrapada y cómo un fiscal nazi la sometió a largos interrogatorios, movido por la curiosidad de saber. “Ese nazi quería entender por qué éramos como éramos, por qué nuestras ideas eran tan importantes para nosotros…”, escuchamos su testimonio.
Es difícil explicar el efecto que provocan tantas voces pidiendo ser escuchadas, tantos relatos de la desolación, pero si algo queda claro es que Svetlana Alexiévich consigue su objetivo: sacudir absolutamente nuestras conciencias y hacernos desmitificar los relatos gloriosos de cualquier contienda. La suya es una gran lección de periodismo. Frente a la urgencia de las noticias, a la rapidez con que se construyen las informaciones; frente a la falta de contraste y el exceso de banalidad, la escritora consigue ofrecernos una gran lección sobre la necesidad de tomarse tiempo, de detenerse, de ahondar, de aspirar a encontrar la verdad. El capítulo de las mujeres rusas que lucharon en la II Guerra Mundial ha tardado demasiado tiempo en darse a conocer. Antes que ellas, en otros lugares, en otros tiempos, hubo otras; algunas van saliendo a la luz, pero aún son muchas las que permanecen sepultadas tras capas y capas de olvido. Hoy también hay aventuras de mujeres valerosas que merecen la pena ser contadas. Pienso, por ejemplo, en las kurdas que están combatiendo al Estado Islámico. ¿Qué piensan, qué sienten, qué mueve a esas mujeres?
Tanto en La guerra no tiene rostro de mujer, como en sus restantes títulos (Voces de Chernóbil era el único publicado en España cuando se le concedió el Nobel; a partir de ahora podremos acceder a los demás) la autora bielorrusa realiza un trabajo que dignifica la práctica periodística, que se convierte en un auténtico acicate para quienes creemos en su valor. Durante toda la investigación, inmersa en las certezas pero también en las dudas, sin saber exactamente hacia dónde la habría de conducir el camino emprendido, Alexiévich se hace preguntas, preguntas para comprender, no para asumir los hechos, sino para entenderlos desde el cuestionamiento.
La humanidad ha vivido miles de guerras (hace poco leí que en total se habían contabilizado más de tres mil, entre grandes y pequeñas), sin embargo, la guerra sigue siendo un gran misterio. Nada ha cambiado. Para descifrar el misterio intento reducir la Gran Historia hasta darle una dimensión de persona”, escuchamos su voz, una voz que se mezcla con las de sus protagonistas en busca de sentido. “El único camino es amar al ser humano. Comprenderlo a través del amor, señala en un momento dado. Tomo sus palabras como el mejor punto final y os invito a entrar en este libro, a abrir sus puertas sabiendo que duele, pero también que, en cierto modo, algo cambiará en vuestros corazones.
Fotografía de Svetlana Alexiévitch por Peter Groth.
Fotografía de Svetlana Alexiévich por Peter Groth.
La guerra no tiene rostro de mujer, de Svetlana Alexiévich, publicado por la editorial Debate, ha sido traducido por Yulia Dobrovolskaia y Zahara García González.