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sábado, 26 de abril de 2014

PRENSA CULTURAL. RELATO. "Algo maravilloso y original". Leila Guerrero

Leila Guerrero

   En "El País":
FORMAS DEL AMOR / 1

Algo maravilloso y original

La escritora argentina empieza un serie de cinco entregas sobre las relaciones amorosas y sentimentales y sus diversos caminos

 14 JUL 2013

Ella va a empezar a darte vergüenza.
—¿Ana Karina? ¿Quién es Ana Karina?
Pasó en una fiesta, después de la presentación de un libro. Ella casi nunca va a esos sitios, pero esa noche estaba ahí, conversando con tu editor y otras personas, quizás un poco achispada (envolviendo la copa de vino con toda la mano, un hábito que antes encontrabas encantador y que, ahora, te resulta irritante, un gesto incorrecto y pretencioso), cuando alguien mencionó a Anna Karenina y ella dijo:
—¿Ana Karina? ¿Quién es Ana Karina?
No fue la primera vez. Un año antes, durante un viaje con miembros de un jurado literario, preguntó por lo bajo, aunque todos pudieron escucharla, “¿Qué quiere decir ‘retórica’?”. Después, en una cena con otros escritores, dijo que le gustaban los libros de fotografía “porque no hace falta leer”. Pero ella casi nunca va a esos sitios: cenas, viajes de trabajo, conferencias, ferias de libro.
—Andá vos, que lo disfrutás. Yo me aburro —dijo, hace ya tiempo, y eso, entonces, pareció un buen trato.

¿Cuál es el primero de todos los terribles gestos: el que hace que el otro empiece a ser el enemigo?
Empezaste a ir solo mientras ella se quedaba en casa, planificando su trabajo: averiguando el precio de nuevas semillas de césped, leyendo la página del Royal Botanic Garden, proyectando los setos de un jardín. Cuando regresabas, nunca hablaban de las cosas que te habían pasado —todas esas charlas cargadas de maldad o admiración, conversaciones imbuidas de suave autocomplacencia circulando entre litros de alcohol y canapés—, sino de los asuntos de ella: un raro cactus que quería importar, un posible viaje a Brasil para comprar orquídeas. Te gustaba esa ignorancia refrescante. Nada de conversaciones sobre teoría literaria, nada de esgrima intelectual. “¿Quién es Catulo?”, preguntaba, mientras estaban recostados como dos metáforas de la serenidad sobre la cama, y había algo de tierna perversión —el morbo de educar a un indefenso— en explicarle quién era Catulo, en levantarte y buscar el libro y leer aquello de “Odio y amo. / Quizás te preguntes cómo puedo hacerlo. / No lo sé. / Pero sucede / y me atormenta”. Durante mucho tiempo fue maravilloso ver cómo Catulo y el poema (ese poema en particular, que siempre despertaba en vos la sensación de estar enviando un mensaje encriptado y veraz: “te amo pero voy a odiarte, Lesbia mía”), le importaban poco. Estaba más interesada en el gesto que hacías cuando te ponías las gafas, en la pequeña muesca que tenías junto a la boca y que le gustaba contemplar mientras leías y te sentías el rey del mundo. “Mi bestia”, le decías, le dijiste durante tantos años, durante al menos siete, cuando te gustaba sin reparos esa mujer de huesos altivos equipada con habilidades masculinas —desatapar desagües, pintar paredes, cavar kilómetros de zanjas—, y ella lo aceptaba feliz, como un elogio. “Bestia, bestia mía”.
¿Cuál es el primero de todos los terribles gestos: el que hace que el otro empiece a ser el enemigo? ¿Cómo se puede sospechar, cuando se visten los primeros fastos del amor, la ira frenética que producirá, más tarde, algo tan simple como el ruido que hace alguien al beber de una taza? Pero aún no han llegado ahí. Por ahora es solo un pequeño desastre, una progresiva degradación de la dioptría.
Una noche ella llega contenta porque una revista acaba de publicar seis páginas con fotos de su trabajo en los jardines. Dos días más tarde, tu taza de café se vuelca sobre la revista y, sin pensarlo —sin pensarlo—, la arrojás a la basura. Cuando ella vuelve a casa, encuentra la revista en el cesto y pregunta qué pasó. Decís: “Se me cayó café”. Ella no protesta, no hace un escándalo. Saca la revista con olor a basura, la pone a secar. No hay manera de saber si está ofuscada. Hay algo, en esa reacción medida y prudente, en esa preocupación por solucionar lo sucedido sin pedir explicaciones, que te ofende. Desde entonces sentís, a veces, el deseo de gritarle. Pero nunca sabés bien por qué.

Si ella sospechara de tus sentimientos te abandonaría de inmediato. Porque tiene el orgullo de un guerrero y porque su amor es un hecho concreto, como un pan recién sacado del horno: algo que no necesita explicación
Ella nunca pide ni reclama ni se acongoja: es una máquina, un ser rotundamente fuerte que sobreviviría a una hambruna, a dos sequías, a siete plagas, a 20 revistas en la basura. Es sabia. Es dura. Es fría como un hacha. Lidia con insectos minúsculos que producen estragos de proporciones absolutas y con humanos que tienen sentimientos histéricos con respecto a las enredaderas y los parterres. Sabe tratar a la gente y conoce los misterios gozosos de la naturaleza: es admirable. Pero —aunque celebra tus premios y tus traducciones— no está interesada —nunca lo estuvo— en conocer el contenido de tus conferencias; no está interesada —nunca lo estuvo— en conocer el contenido de tus libros. Durante muchos años eso fue maravilloso y original. La cópula entre el artista inútil para casi todo y la mujer capaz de trepar un volcán en las mañanas. No te importaba que no supiera qué era el estructuralismo porque, además, siempre podías explicárselo (ella te escuchaba atenta, aunque notabas, primero, el esfuerzo por entender y, después, la declinación del entusiasmo). Durante muchos años eso fue maravilloso: fue original. Y, aunque aún no ha dejado de serlo, ella ha empezado a avergonzarte. Te avergüenza que diga, en público, que se aburre con las películas “lentas”, que no le gustan los libros “que no terminan bien”. Pero por la noche, cuando se meten en la cama, su cuerpo todavía te resulta emocionante. Y en las últimas horas de la tarde el sonido de sus llaves en la cerradura es, todavía, el sonido de la felicidad.
Si ella sospechara de tus sentimientos te abandonaría de inmediato. Porque tiene el orgullo de un guerrero y porque su amor es un hecho concreto, como un pan recién sacado del horno: algo que no necesita explicación. Todo continúa, entonces, un poco más. Porque en verdad, salvo cuando hay otras personas, no te importa que ella no sepa quién es Soren Kierkegaard. Y siempre te hace feliz saber que está en algún sitio de la ciudad o de la casa, envuelta en el aroma picante del césped y del insecticida. Tiene una forma de decirte “Todo va a estar bien” —-y de tocarte el pecho con la palma abierta— que te produce esperanza y paz. Su olor es el olor de las mejores cosas. Pero en las noches en las que no podés dormir, cuando ella es apenas una respiración en tu costado, pensás que el único final posible es la catástrofe. Como si ella fuera un hermoso ser de otro planeta que, expuesto a la atmósfera malsana de un sistema nuevo, tuviera que, necesariamente, sucumbir.


lunes, 14 de abril de 2014

LITERATURA. "Clitemnestra o el crimen". Marguerite Yourcenar (1903-1987)

Marguerite Yourcenar

   Del libro "Fuegos":

CLITEMNESTRA O EL CRIMEN

Voy a explicarles, señores jueces... Tengo ante mí innumerables órbitas de ojos; líneas circulares de manos puestas en las rodillas, de pies descalzos descansando en la piedra, de pupilas fijas de donde mana la mirada, de bocas cerradas donde el silencio madura un juicio. Tengo ante mí audiencias de piedra. Maté a aquel hombre con un cuchillo, dentro de la bañera, con ayuda de mi miserable amante que ni siquiera era capaz de sujetarle los pies. Ya conocéis mi historia: no hay ni uno de vosotros que no la haya repetido veinte veces al acabar la copiosa comida, acompañada del bostezo de las sirvientas; ni una de vuestras mujeres que no haya soñado alguna vez con ser Clitemnestra. Vuestros pensamientos criminales, vuestras ansias inconfesadas ruedan por los escalones y vienen a derramarse en mí, de suerte que una especie de horrible vaivén hace de vosotros mi conciencia y de mí vuestro grito. Habéis acudido aquí para que la escena del asesinato se repita ante vuestros ojos un poco más rápidamente que en la realidad, pues os espera el hogar y la cena y sólo podéis dedicar unas cuantas horas a oírme llorar. Y en ese corto espacio de tiempo es preciso que no sólo mis actos, sino también sus motivos estallen a plena luz, aun cuando para afirmarse han necesitado cuarenta años. Esperé a aquel hombre antes de que tuviera un nombre, un rostro, cuando aún no era sino mi lejana desgracia. Busqué entre la multitud de los vivos a ese ser necesario a mis futuras delicias: miré a los hombres sólo como se mira a los transeúntes que pasan por la taquilla de una estación, para asegurarse de que no son la persona que uno está esperando. Si mi nodriza me envolvió en pañales al salir de mi madre, fue para él; si aprendí a contar en la pizarra del colegio, fue para poder llevar las cuentas de su casa de hombre rico. Para alfombrar el camino donde tal vez se posaría el pie del desconocido que haría de mí su sierva, tejí sábanas y estandartes de oro; de tanto afanarme, dejé caer de cuando en cuando en el blando tejido unas gotas de mi sangre. Mis padres me lo escogieron, y aunque él me hubiera raptado a espaldas de mi familia, yo hubiera seguido obedeciendo al deseo de mis padres, puesto que nuestros gustos de ellos provienen y el hombre que amamos es siempre aquel con quien sueñan nuestras abuelas. Le dejé sacrificar el porvenir de nuestros hijos a sus ambiciones de hombre: ni siquiera lloré cuando murió mi hija. Consentí en deshacerme en su destino como una fruta en una boca, para aportarle sólo una sensación de dulzura. Señores jueces, vosotros lo conocisteis ya ajado por la gloria, envejecido por diez años de guerra, convertido en una especie de ídolo enorme desgastado por las caricias de las mujeres asiáticas, salpicado por el barro de las trincheras. Sólo yo estuve con él en su época de dios. Era muy dulce para mí llevarle, en una bandeja grande de cobre, el vaso de agua que derramaría en él sus reservas de frescor; era dulce para mí, en la ardiente cocina, prepararle los platos que colmarían su hambre y alimentarían su sangre. Era muy dulce para mí, entorpecida por el peso de la simiente humana, poner las manos sobre mi vientre hinchado donde fermentaban mis hijos. Por la noche, cuando volvía de la caza, yo me arrojaba con alegría sobre su pecho de oro. Pero los hombres no están hechos para pasar toda la vida calentándose las manos al fuego del mismo hogar: partió hacia nuevas conquistas y me dejó allí, abandonada como una casa enorme y vacía que oye latir un inútil reloj. El tiempo pasado lejos de él se perdía, gota a gota o a chorros, como sangre desperdiciada, dejándome más pobre de porvenir cada día. Algunos soldados ebrios que venían con permiso me contaban la vida que él llevaba en los campamentos de retaguardia. El ejército de Oriente se hallaba infestado de mujeres: judías de Salónica, armenias de Tiflis cuyos ojos azules engarzados en sombríos párpados recuerdan el fondo de una gruta oscura, turcas pesadas y dulzonas como los pasteles en cuya composición entra la miel. Recibía carta los días de aniversario; mi vida transcurría espiando por el camino el paso del cartero cojo. De día, luchaba contra la angustia; de noche, luchaba contra el deseo; sin cesar, luchaba contra el vacío, forma cobarde de la desgracia. Pasaban los años uno tras otro por las calles desiertas como una procesión de viudas; la plaza del pueblo parecía negra con tantas mujeres de luto. Yo envidiaba a aquellas desgraciadas por no tener más rival que la tierra y por saber, al menos, que su hombre dormía solo. Yo vigilaba en lugar del mío los trabajos del campo y los caminos del mar; recogía las cosechas; mandaba clavar la cabeza de los bandidos en el poste del mercado; utilizaba su fusil para dispararle a las cornejas; azotaba los flancos de su yegua de caza con mis polainas de tela parda. Poco a poco, yo iba ocupando el lugar del hombre que me faltaba y que me invadía. Acabé por contemplar, con los mismos ojos que él, el cuello blanco de las sirvientas. Egisto galopaba a mi lado por los eriales; tenía casi la edad de ir a reunirse con los hombres; me devolvía la época de los besos entre primos perdidos en el bosque, durante las vacaciones de verano. Yo lo miraba menos como un amante que como a un niño que hubiera engendrado en mí la ausencia; pagaba sus gastos de guarnicioneros y caballos. Infiel a mi hombre, seguía imitándolo: Egisto no era para mí sino lo equivalente a las mujeres asiáticas o a la innoble Arginia. Señores jueces, no existe más que un hombre en el mundo: los demás no son más que un error o un triste consuelo, y el adulterio es a menudo una forma desesperada de la fidelidad. Si yo engañé a alguien, fue con toda seguridad al pobre Egisto. Lo necesitaba para percatarme de hasta qué punto el que yo amaba me era irreemplazable. Cansada de acariciarlo, subía yo a la torre para compartir el insomnio del centinela. Una noche, el horizonte del Este empezó a arder tres horas antes de llegar la aurora. Troya ardía: el viento que soplaba de Asia transportaba sobre el mar pavesas y nubes de cenizas; las fogatas de los centinelas se encendieron en las cimas: el monte Athos y el Olimpo, el Pindo y el Erimanto parecían hogueras; la lengua de la última llama se posaba frente a mí en la pequeña colina que desde hacía veinticinco años me tapaba el horizonte. Yo veía inclinarse la frente del vigilante, cubierta por el casco, para recibir el susurro de las olas: por el mar, en alguna parte, un hombre engalanado de oro se acodaba en la proa y cada vuelta de hélice lo acercaba más y más a su mujer y a su hogar ausente. Al bajar de la torre, cogí un cuchillo. Quería matar a Egisto, mandar lavar las maderas de la cama y el pavimento de la habitación, sacar del fondo del baúl el vestido que llevaba puesto cuando él se marchó, y suprimir finalmente aquellos diez años como si fueran un simple «cero» en el total de mis días. Al pasar por delante del espejo, me detuve a sonreír: de repente, me vi y al verme me di cuenta de que tenía el pelo gris. Señores jueces, diez años es mucho tiempo: es más largo que la distancia entre la ciudad de Troya y el castillo de Micenas; el rincón del pasado está asimismo más alto que el lugar en donde nos encontramos, pues sólo podemos bajar y no subir las escaleras del Tiempo. Sucede como en las pesadillas: cada paso que damos nos aleja más de nuestra meta en vez de acercarnos a ella. En lugar de una mujer joven, el rey encontraría en la puerta a una especie de cocinera obesa; la felicitaría por el buen estado de los corrales y bodegas: sólo podía esperar unos cuantos besos fríos. Si hubiera tenido valor, me hubiese matado antes de que él llegara, para no leer en su rostro la decepción al encontrarme ajada. Pero quería, al menos, verlo antes de morir. Egisto lloraba en mi lecho, asustado como un niño culpable que siente llegar el castigo del padre; me acerqué a él y adopté mi voz más suavemente mentirosa para decirle que nada sabía de nuestras citas nocturnas y que su tío no tenía ninguna razón para dejarlo de querer. Yo esperaba que, al contrario, él estuviera enterado de todo, y que la cólera y el afán de venganza me devolvieran un lugar en su pensamiento. Para estar más segura de ello, entregué al correo, junto con las demás cartas, una anónima en donde exageraba mis culpas: afilaba el cuchillo que debía abrirme el corazón. Pensaba que tal vez me estrangularía con sus propias manos que yo tan a menudo había besado: por lo menos, moriría envuelta en una especie de abrazo. Llegó por fin el día en que el barco de guerra atracó en el puerto de Nauplia, en medio de una algarabía de vivas y fanfarrias; los terraplenes cubiertos de rojas amapolas parecían pavimentados por orden del verano; el maestro dio un día de asueto a los chicos del pueblo; tocaban las campanas de la Iglesia. Yo lo esperaba en el umbral de la Puerta de los Leones; una sombrilla rosa maquillaba mi palidez. Chirriaron las ruedas del coche por la empinada cuesta; los aldeanos se engancharon al varal para ayudar a los caballos. Al volver un recodo, divisé, por fin, la parte más alta del coche, que asomaba por encima de un seto vivo, y advertí que mi hombre no venía solo. A su lado llevaba a la hechicera que él había escogido como parte del botín, aun estando algo estropeada por los juegos de los soldados. Era casi una niña; unos hermosos ojos oscuros le llenaban el rostro amarillento y tatuado de cardenales. El le acariciaba el brazo para que no llorase. La ayudó a bajar del coche, me besó con frialdad y me dijo que contaba con mi generosidad para tratar amablemente a la muchacha cuyos padres habían muerto. Apretó la mano de Egisto. El también había cambiado. Resoplaba al andar y su cuello enorme y colorado desbordaba del cuello de la camisa; su barba teñida de rojo se perdía por entre los pliegues de su pecho. Era hermoso, sin embargo, pero hermoso como un toro en lugar de serlo como un dios. Subió con nosotros los escalones del vestíbulo que yo había mandado alfombrar de púrpura, para que no se notaran las manchas de sangre. Apenas me miraba; en la cena, ni siquiera se dio cuenta de que yo había preparado sus platos favoritos; bebió dos vasos, tres vasos de alcohol. El sobre abierto de la carta anónima asomaba por uno de sus bolsillos. Le guiñó un ojo a Egisto y farfulló unas cuantas bromas de borracho sobre las mujeres que buscan consuelo. La velada, interminablemente larga, se prolongó aún más en la terraza infestada de mosquitos. Hablaba en turco con su compañera. Según parece, ella era hija del jefe de una tribu; al moverse, me di cuenta de que llevaba un hijo en su seno. ¿Sería de él o de alguno de los soldados que la habían arrastrado riendo fuera del campamento y arrojado a latigazos de nuestras trincheras? Decían que poseía el don de adivinar el porvenir. Para distraernos, nos leyó las líneas de la mano. Entonces palideció y empezó a castañetear los dientes. También yo, señores jueces, conocía el porvenir. Todas las mujeres lo conocen: siempre esperan que todo acabe mal. El tenía por costumbre tomar un baño caliente antes de irse a acostar. Subí a preparárselo: el ruido del agua que salía del grifo me permitía llorar en voz alta. Calentábamos con leña el agua del baño; el hacha que utilizábamos para cortar los troncos se hallaba tirada en el suelo; no sé por qué la escondí en el toallero. Durante un instante, pensé en disponerlo todo para simular un accidente que no dejara huella, de suerte que la lámpara de petróleo cargara con las culpas. Pero yo quería obligarlo a mirarme de frente por lo menos al morir: por eso lo iba a matar, para que se diera cuenta de que yo no era una cosa sin importancia que se puede dejar o ceder al primero que llega. Llamé a Egisto en voz baja: se puso pálido cuando abrí la boca. Le ordené que me esperase en el rellano. El otro subía pesadamente las escaleras; se quitó la camisa; la piel, con el agua del baño, se le puso toda violeta. Yo le enjabonaba la nuca y temblaba tanto como el jabón que continuamente se me resbalaba de las manos. Él estaba un poco sofocado y me mandó con rudeza que abriese la ventana, demasiado alta para mí. Le grité a Egisto que viniera a ayudarme. En cuanto entró, cerré la puerta con llave. El otro no me vio, pues nos daba la espalda. Le di torpemente un primer golpe que sólo le hizo un corte en el hombro; se puso de pie; su rostro abotargado se iba llenando de manchas negras; mugía como un buey. Egisto, aterrorizado, le sujetó las rodillas, acaso para pedirle perdón. Él perdió el equilibrio y cayó como una masa, con la cara dentro del agua, con un gorgoteo que parecía un estertor. Entonces fue cuando le di el segundo golpe que le cortó la frente en dos. Pero creo que ya estaba muerto: no era más que un pingajo blando y caliente. Se habló de rojas oleadas: en realidad, sangró muy poco. Yo sangraba más cuando di a luz a mis hijos. Después de morir él, matamos a su amante: fuimos generosos, si ella lo amaba. Los aldeanos se pusieron de nuestra parte y callaron. Mi hijo era demasiado pequeño para dar rienda suelta a su odio contra Egisto. Han pasado unas semanas: yo hubiera debido tranquilizarme pero ya sabéis, señores jueces, que nunca acaba nada y que todo vuelve a empezar. Me he puesto a esperarlo otra vez y ha vuelto. No mováis la cabeza: os digo que ha vuelto. Él, que durante diez años ni se dignó tomar un permiso de ocho días para volver de Troya, ha vuelto de la Muerte. A pesar de que yo le corté los pies, para impedirle salir del cementerio... Pero esto no evitó que él se deslizara por la noche en mi cuarto, llevando sus pies debajo del brazo, como los ladrones cuando cogen de este modo sus zapatos para no hacer ruido. Me cubría con su sombra; ni siquiera parecía darse cuenta de que Egisto estaba allí. Después, mi hijo me ha denunciado en el puesto de policía, pero mi hijo es también un fantasma, el suyo, su espectro de carne. Yo creía que por lo menos en la prisión estaría tranquila, pero sigue volviendo: parece como si prefiriese mi calabozo a su tumba. Sé que mi cabeza acabará por rodar en la plaza del pueblo y que la de Egisto caerá cortada por el mismo cuchillo. Es extraño, señores jueces, se diría que ya me habéis juzgado otras veces. Pero tengo la experiencia suficiente para saber que los muertos no permanecen en reposo: me levantaré, arrastrando a Egisto tras de mí como a un galgo triste. Y erraré por las noches a lo largo de los caminos, a la búsqueda de la justicia de Dios. Volveré a hallar a ese hombre en algún rincón de mi infierno y gritaré de nuevo con alegría con sus primeros besos. Luego, me abandonará para irse a conquistar alguna provincia de la Muerte. Ya que el Tiempo es la sangre de los vivos, la Eternidad debe de ser la sangre de las sombras. Mi eternidad, la mía, se perderá esperando su regreso, de suerte que me convertiré en el más lívido de los fantasmas. Entonces volverá, para burlarse de mí, y acariciará ante mis ojos a la amarilla hechicera turca acostumbrada a jugar con los huesecillos de las tumbas. ¿Qué puedo hacer? Es imposible matar a un muerto...
*
Dejar de ser amada es convertirse en invisible. Tú ya no te das cuenta de que poseo un cuerpo.
*
Entre la muerte y nosotros no hay, en ocasiones, sino la densidad de un único ser. Una vez desaparecido ese ser, ya no queda más que la muerte.
*
¡Qué insípido hubiera sido ser feliz!
*

Debo cada uno de mis gustos a la influencia de amigos de paso, como si yo no pudiera aceptar al mundo, sino por mediación de unas manos humanas. De Hyacinthe me quedó el amor a las flores; de Philippe, la afición a los viajes; de Celeste, el amor a la medicina; de Alexis, el gusto por los encajes. Y de ti, ¿por qué no el amor a la Muerte?

lunes, 3 de junio de 2013

PRENSA CULTURAL. "La mujer que no dejó que le pegaran". Laura Restrepo

Con pasmosa sangre fría, Emma Vélez Montes, una joven de 20 años, descuartizó a su amante. / NICK DOLDING ("El país")

   En "El País":

La mujer que no dejó que le pegaran

A Laura Restrepo le aterra el éxito de novelas que parecen celebrar que golpeen a las mujeres

La escritora pone su toque de humor negro con la historia entre ficción y realidad de Emma

 18 MAY 2013

Como Emma, tres cuartas partes de las mujeres que están presas por homicidio, a quien mataron fue al marido o al compañero sentimental.
Los edificios interiores de la cárcel del Buen Pastor están pintados de gris ratón. En medio de un jardincito escaso, como cultivado por alguien prolijo pero sin imaginación, una imagen de Cristo en tamaño natural apacienta tres ovejas. Flota una pulcritud fría y desinfectada. No se ve gente ni se oyen ruidos.
Estoy aquí para entrevistar a Emma, la descuartizadora.
—Va a ser difícil que le hable —me advierte la guardiana que me acompaña—. Los primeros días vino mucho reportero y ella dio mucha declaración. Después salieron esos titulares que la llamaban monstruo y sádica, y ella no quiso hablar más.
Traen a Emma, que resulta ser una mujer muy joven, casi una adolescente, de gafas negras, labios pintados de rojo subido, camiseta y jeans trincados y un corte de pelo a la moda, aunque no sé bien qué moda será, con un copete tipo Alf. Se sienta en un murito al lado de las tres ovejas y se entrega a la tarea de comerse los padrastros. Pienso que desentona con el escenario: ciertamente no parece pécora mansa de ningún rebaño.
—No me pregunte nada. Mejor dicho no me jodan más. Mejor dicho para qué les explico, si después salen a decir lo que les da la gana —me dice sin mirarme, siempre absorta en propios dedos. Vuelve a aclarar que no quiere hablar, pero al parecer sí quiere.
El cuarto alquilado que le puso Isidro había sido un buen vividero, con TV a color, equipo de CD y nevera llena, y ella lo mantenía bien arreglado. Qué más iba a hacer, si tenía todo el día para pasarla bueno, durmiendo a ratos, viendo telenovelas, ganando kilos sin control, pintándose las uñas y comiéndose los padrastros. Hasta que se cansó de tanto no hacer nada y de andar tan descuidada y empezó a hacer dieta, volvió a la minifalda, los tacones altos, el perfume y las candongas, como cuando estaba solterita y a la orden. Una noche al regresar del trabajo, Isidro la pilló en esas, estalló en ira y quiso saber dónde escondía al macho, para acabar con él. Como no lo encontró, decidió acabar con más bien con ella.

Y encima la llaman monstruo, a ella que tanto le gusta estrenar ropa de marca y lucirse por las discos
No era la primera vez ni habría sido la última; Emma ya se había acostumbrado a la escena y sabía lo que tenía que hacer, pedirle perdón mil veces, protegerse la cabeza con los brazos, agacharse sumisa, esperar a que la golpiza amainara, dejarse arrastrar hasta la cama y abrirse de piernas, sin resistir. Pero esta vez Isidro parecía inspirado y golpeaba fuerte y parejo, como dispuesto a liquidar el asunto sin más.
—Ahora sí nos matamos —repetía—, ahora sí.
—Nos matamos es mucha gente —me dice Emma que pensó. Como pudo echó mano de la varilla de trancar la puerta y se la descerrajó al hombre por la cabeza.
***
—Como Emma, tres cuartas partes de las mujeres que están aquí por homicidio, a quien mataron fue al marido o al compañero sentimental —me explicaría a la salida una trabajadora social—. Durante años les soportan golpizas, borracheras, patadas en el vientre, bofetadas a ellas y a sus hijos. Son mujeres que un día se cansan de todo eso y responden. A algunas se les va la mano, y luego pagan condena. No le digo que no haya asesinas aquí adentro, sí las hay, pero a la mayoría le sucedió como a Emma, que mataron al tipo cuando no aguantaron más.
***
Emma pasó el resto de esa noche despierta y sin saber qué hacer, con Isidro ahí tirado con una cara que metía miedo. Hasta que se dijo a mí misma, o te pones las pilas o vas muerta, hermana. Trajo cuchillos de la cocina, un martillo y unos alicates, y se dio a la tarea de despresar.
—¿Usted sabe a qué huele la sangre? —me pregunta, mostrando unos dientes bonitos y acomodando hacia atrás su copete, que tiende a caerle sobre los ojos—. Yo tampoco sabía, pero le juro que no se aguanta. El olor no se iba ni con la caja grande de FAB que restregué con cepillo, dele que dele.
Después de meter cada parte entre una bolsa plástica, se bañó y descansó. Luego empezó con el ajetreo de los buses. Tomó varios, de ida y vuelta, y fue repartiendo bolsas por todo el sur de la ciudad. Un brazo lo dejó por Las Delicias, los entresijos por Héroes de Ayacucho, el corazón por Vista Bonita. Y así, así, por aquí y por allá, hasta que por último tiró la cabeza a una zanja por los lados de Presidente Kennedy. Lo que siguió fue ir al salón de belleza a que le cortaran el pelo, que antes traía bien largo. Tenía que cambiar de aspecto, parecer otra, salir del cuarto alquilado y huir hacia la vida nueva que la estaba esperando.
—Pero antes tenía que platearme, ¿me entiende? —me pregunta—. Todo me lo había gastado en buses y sin plata no iba a llegar a ningún lado.
Así que vendió el televisor por lo que quisieron darle, y en eso se equivocó. Por ahí le seguirían la pista, y la encontrarían tres meses después.
Pero esos tres meses los pasó a lo bien, sin pesadillas ni remordimientos. Cada semana en un barrio distinto, cada noche en un inquilinato nuevo, o con algún desconocido en un amoblado de las afueras, rodando por donde nadie la conociera ni adivinara los recuerdos que guardaba en su cabeza, debajo del copete Alf.
Hasta que la Policía identificó la cabeza encontrada entre la zanja, y las sospechas recayeron sobre Emma. Dieron con el televisor vendido y luego la encontraron, mientras bailaba en una discoteca al otro lado de la ciudad.
***
Suena el timbre en el Buen Pastor y las demás presas salen al patio para sus treinta minutos de receso. Emma vuelve a replegarse sobre sí misma, se encaja los audífonos de su radiecito y de nuevo arremete contra los padrastros. Esa es, murmuran las internas al pasarle por enfrente, esa fue.
—Mire, no insista, ¿sí? No fue más y no voy a decirle más —me advierte ella a mí.
Yo soy romántica, me gusta la música romántica, les había dicho en los primeros días de presidio a los reporteros que venían a preguntarle cómo fue que cortó, con qué golpeó, por qué desmembró. Yo soy romántica, les decía, hasta que cayó en sus manos una de las crónicas de prensa en las que aparecía como protagonista: “Sin inmutarse, con pasmosa sangre fría, Emma Vélez Montes, una joven de 20 años armada de cuchillos de cocina, descuartizó a su amante en un acto de sadismo, empacó los restos en bolsas plásticas y los diseminó por la ciudad”.
Con pasmosa sangre fría, dicen de ella, y la sacan en las fotos seria y fea. Y encima la llaman monstruo, a ella que tanto le gusta estrenar ropa de marca, ponerse zapatos de plataforma y lucirse por las discos, proyectando su reflejo en las bolas de espejos que cuelgan del techo, sintiendo en las piernas la neblina fría que inunda la pista, bañándose en luz negra y en rayos láser.
***
El timbre suena de nuevo y las demás presas regresan a sus celdas. El cielo se ha despejado y Emma se relaja un poco y se estira al sol. Conectada a sus audífonos y entregada a las canciones románticas que deben sonar por su radiecito de pilas, otra vez parece olvidada de mí.
—Todo eso ya para qué —dice un rato después—. Lo único que quiero es que me dejen sola, total a quién le importa, si mi vida yo ya la viví.
De pronto me nace tutearla, y confío en que no va a molestarse ante la pregunta que antes no me hubiera atrevido a hacerle.
—Decime una cosa, Emma, y por qué lo cortaste…
—Eh, avemaría, cómo le meten de misterio a eso, ¿no?
—Bueno, es, digamos… raro.
—Ahora contestame vos a mí, ¿vos sos rica?
—¿Cómo? —me desconcierta su pregunta.
—Rica, ¿sos?
—Pues, ni rica ni pobre.
—Pero carro sí tenés.
—Sí, carro sí.
—Por eso no entendés.
—¿Cómo?
—Supongamos que es a vos a la que le cae la malparida hora y tenés que matar a tu man.
—Supongamos.
—Lo metés entre el baúl de tu carro, lo tirás bien lejos y santo remedio. ¿O no?
—Tal vez.
—Bueno, mija, a mí me tocaba en bus. Qué habrías hecho vos en mi caso, decí. Deshacerte de él de a poquitos, ¿sí o qué?

martes, 13 de septiembre de 2011

PRENSA CULTURAL. "Mi primera vez. LA SERPIENTE INMÓVIL, YO QUIERA", por Clara Janés

Clara Janés

   En "El País":
La serpiente inmóvil, yo quieta

01/08/2011

   Me parece tenerla aún delante de los ojos, como de un metro de larga, extendida en el rectángulo de lo que llamaban "el jardín" que, de hecho, no era un jardín, pues nada tenía de cultivado. Era un espacio rodeado de zarzas y hojarasca, fresco por el verdor. Yo tenía tres años. Estábamos veraneando en Vallvidrera -la única vez que he experimentado un veraneo-. No sabía por qué no me dejaban ir sola al jardín, situado en la parte posterior de la casa, construida en un leve declive, pero un día, sin pensarlo, bajé. Y la vi allí, de un verde luminoso, inmóvil. Me quedé quieta contemplando el color. No sentí miedo, pero sí perplejidad. Al parecer mi madre se había dado cuenta de mi escapada, me había seguido y me llevó con ella. Lo supongo porque ella afirma que la serpiente era parda. Yo no, yo la vi verde, casi fosforescente, irreal. Acaso mi mente seleccionaba ya el color con que iba a dibujarla.
   La última vez que vi una serpiente, sucedió hace unos años, fue en medio del campo, a unos kilómetros de Cadalso de los Vidrios. Tenía allí una casita, algo más que una choza, sin luz ni agua, y el autobús me dejaba a una distancia de media hora andando. Iba hacia ella mirando las viñas de alrededor llenas de uva, que daban un albillo extraordinario, y me indignaba que algunos aldeanos habían hecho arrancar las suyas para cobrar una compensación de la Comunidad Europea. Por los campos correteaban varias perdices lanzando, de vez en cuando, su canto áspero. Aparte de esto: silencio total.
   Caminaba despacio, recreándome, sin pensar en más, cuando, de pronto, mi pie dio con una piedra y miré hacia abajo. Allí mismo, a menos de un palmo, había una serpiente de escalera de unos cuatro metros atravesando el camino. También entonces me detuve. Nadie alrededor que pudiera auxiliarme si pasaba algo. Sabía que las de escalera no eran venenosas, pero podían acabar con uno si se le enroscaban. En aquel entorno cualquier cosa era posible, desde que te recibiera una abubilla, una golondrina cabecirroja o una salamandra hasta que surgiera una escolopendra o un escorpión al levantar inocentemente una piedra. ¿Qué hacer? Sencillamente dar un salto y seguir adelante.
   No sospechaba yo entonces que poco después entraría la serpiente en mis versos de Variables ocultas, con propiedades esotéricas como para estimular a los alfabetos, y tampoco que traduciría el poema de Sujata Bhatt donde afirma que el mejor modo de cazar una Nerodia sipedon (serpiente nórdica de agua) es dejarse morder, aunque duele, pues tiene seis hileras de dientes curvos, pero no es venenosa. Luego se la apacigua.
   El poema está puesto en boca de su padre, virólogo, que hacía esto para estudiarla y para que sus alumnos tomaran notas. Y concluye: "Después, yo siempre la dejo ir / la suelto en los bosques. / Es muy rápida -un súbito rayo / de energía- un destello negro / precipitándose como una flecha fuera de mis manos".

lunes, 12 de septiembre de 2011

PRENSA CULTURAL. "Mi primera vez. CON RETRASO Y UN RESPETO", por Félix Grande

Félix Grande

   En "El País":
FRAGMENTO LITERARIO: Ficciones 'Mi primera vez'
Con retraso y un respeto
31/07/2011

   Fumé mi primer cigarrillo a los 15 años de edad y con dos años de retraso. He escuchado a personas de buena fe asegurar que su primer cigarrillo les dio ganas de vomitar. A mí me supo a gloria. No digo yo que mientan. He llegado a pensar que es que exageran para otorgar a su condición de fumadores una categoría épica, como de Gengis Kan o Guerrero del Antifaz: fumo, ergo soy un héroe. Para nada; yo fumo desde hace ya 60 años y no paso de ser muy normalito. Heroísmo, lo que se dice heroísmo, es lo que hace falta no para fumar, sino para dejarlo. Yo fui exfumador dos años y durante los primeros seis meses mi vida fue espantosa. Luego me resigné, a todo se acostumbra uno, y durante año y medio no solo no fumaba, sino que encima presumía, que es asombroso hasta dónde puede llegar el narcisismo. Es cierto que durante aquella etapa tenebrosa yo no iba por ahí delatando a los fumadores ante la policía, ni informándolos de que estaban asesinando a su familia, al vecindario, a multitudes inocentes... No: yo fui un exfumador apacible, bien educado y tolerante; ojalá todos los exfumadores de este mundo fuesen tan comprensivos y exquisitos de trato como yo alcancé a serlo. Pero no todos son así. Dejan de fumar y se transfiguran en ministros de Sanidad, o en torquemadas, que algunos de ellos se diría que llevan en la canana gavillas de sarmientos. ¡Oiga, y cómo argumentan, y cómo simplifican! Hace años (todavía no nos llamaban genocidas), un señor que había estacionado su automóvil cerca de la consulta en que ambos aguardábamos turno, cuando me vio encender un pitillo me miró con un odio tribal y me recordó que los gastos hospitalarios para los tratamientos de dolencias del corazón se pagan con los impuestos del conjunto de la ciudadanía. Qué insolidaridad. Qué bestia. No quise responderle, con sadismo, que no sé conducir y que no obstante nunca me han dolido en el bolsillo los presupuestos de la construcción de carreteras; y ni siquiera he salido a la calle con una cimitarra para segar cabezas de los propietarios de esas máquinas de averiar pulmones, bronquios y coronarias, esas máquinas mortíferas que escupen por su tubo de escape, junto al inexorable asesinato del planeta, unos cuantos millones de cardiopatías por segundo... Y sin embargo reconozco que aquel maleducado tenía media razón: los cigarrillos han acabado por resultarme contraproducentes y he tenido que renunciar a dos tercios de dosis. A ver cómo me las arreglo para que mi cardiólogo me dé su bendición, que uno tiene que estar a bien con todo el mundo... De manera que tendré que contarle que mi abuelo Palancas, dos años antes de que yo fuese fumador, me dijo con mucha seriedad: "Hijo mío, te encargo que en su momento le tengas respeto a tu padre y fumes a escondidas". ¡Ay, abuelo, qué cruz!

domingo, 11 de septiembre de 2011

PRENSA CULTURAL. "Mi primera vez. NADA DE MEDIANÍAS", por Lorenzo Silva

Lorenzo Silva

   En "El País":
Nada de medianías

LORENZO SILVA 26/07/2011

   El escenario está a la altura de la ocasión. Para la primera vez no se puede escoger cualquier sitio: dejar que suceda sin cuidar el cómo y el dónde es un rasgo de vulgaridad. No podré decir que mi pareja en este baile haya caído en esa negligencia. Se ha esmerado, y cómo, en que todo sea perfecto.
   Lo es, para empezar, este vino blanco que llena hasta la altura justa la copa. De excelente paladar, suave aroma en la nariz y servido a la temperatura óptima, esto es: realmente frío, y no enfriado deprisa y mal. Lo es, también, la decoración del restaurante, primorosamente encajada con la vista de la bahía tras el ventanal que se extiende de pared a pared. Y lo es, en fin, la oferta de la carta que estoy leyendo, en la que, lejos del afán siempre sospechoso de poner de todo, hay apenas una docena de platos, todos ellos apetecibles al ciento por ciento.
   -¿Estás a gusto? -me pregunta.
   -La verdad, sí -admito-. Y es un agradable contraste, con lo que me ha deparado el día.
   -¿Muchos problemas?
   -Bueno, lo habitual.
   -Me hago cargo. Tu vida es dura. Es muy importante para mí que estés a gusto. No solo esta noche, en adelante también. Me ocuparé de que así sea. Lo convertiré en mi misión.
   -¿Tanto? ¿Y esperas que me lo crea?
   Sin dejar de dar vueltas a su copa, que apenas ha probado para el brindis, me mira fijamente a los ojos y dice:
   -Espero que te lo creas porque no voy a hablar más de ello. Únicamente actuaré para lograr que suceda. No solo sé lo que hay que hacer. También sé lo que no hay que hacer. No soy como esos otros que se confían, o que se vuelven perezosos.
   -Pareces muy seguro de ti mismo. Eso es reconfortante. Siempre que no seas simplemente un actor. Puedes imaginar que a estas alturas ya me las he visto con unos cuantos.
   Sonríe, enigmático.
   -Y así y todo, estás aquí. Algo diferente me habrás visto.
   Ahora es mi turno de administrar mi propio enigma:
   -A veces las cosas se hacen porque sí. O porque te empuja la desesperación, o el aburrimiento. Ya tengo una edad.
   -Menos modestia. He visto cómo te los metes a todos en el bolsillo. Eso no es algo al alcance de alguien desesperado.
   -No te fíes nunca de las apariencias. Nadie te asegura, tampoco a ti, que lo mío no sea una interpretación.
   Menea la cabeza.
   -No lo creo. Te estás jugando mucho.
   Podría esperarme al final de la comida, pero con la audacia que me da el vino siento que me acaba de dar el pie ideal.
   -¿Ah, sí? ¿Cuánto?
   No se deja descolocar:
   -El cinco por ciento del presupuesto, IVA excluido. Y si nos das la segunda fase, también sobre el IVA de las dos.
   Hago el cálculo mental. Para ser la primera vez que acepto un soborno, la cifra es suculenta. Así sí. Detesto la medianía.

sábado, 10 de septiembre de 2011

PRENSA CULTURAL. "Mi primera vez. UNA POZA EN EL ATARDECER", por José María Merino

José María Merino

   En "El País":
FRAGMENTO LITERARIO: Ficciones 'Mi primera vez'
Una poza en el atardecer

27/07/2011

   Solo cuando los años hacen cristalizar la memoria, adquiere su verdadera perspectiva la primera ocasión de cualquier experiencia: el encuentro con la muerte, una rareza cenicienta en el rostro del abuelo inmóvil; los tocamientos excitantes de aquella niña vecina, en un desván lleno de libros viejos; la traición del supuesto amigo, que cuenta, para burla de todos, un secreto que le has confiado; aquel beso amoroso que ha favorecido, en algún festejo, la noche primaveral.
   Puesto a escoger, hay una imagen que tuvo también para mí la dimensión de las revelaciones, y es la del mundo acuático, al descubrirlo desvelando su impenetrable nitidez. Había empezado a nadar muy pronto, y las aguas de ciertas playas del Cantábrico, o las de algunos ríos montañeses, fueron mis lugares natatorios infantiles. Nadaba siempre con los ojos abiertos, intentando desentrañar el borroso perfil de lo que se extendía bajo la superficie del agua. Aprendí instintivamente a zambullirme, y los espacios difusos, desfigurados, que mis ojos advertían, estaban llenos de brillos movedizos, de formas sinuosas, de inusitados contrastes de color.
   Debió de ser en la primavera de mis 11 años cuando, en una de aquellas armerías en cuyos escaparates se ordenaban escopetas de caza y de aire comprimido, cartuchos, cuchillos y machetes de cazador, reteles, cebos para la pesca que simulaban moscas exóticas, encontré las primeras gafas submarinas. No sabía lo que era aquella pequeña máscara roja, con sendos cristales triangulares encastrados en los contiguos alveolos y una tira de goma uniendo los extremos laterales, pero dentro de mí se había despertado una curiosidad llena de esperanzada certeza.
   Acaso aquella fue también la primera vez en que me atreví a entrar en una de las tiendas que no frecuentaba un público continuo y popular, pero recuerdo que el dependiente me dijo que eran unas gafas de buceo, y que costaban -estoy casi seguro- 25 pesetas. Conseguí reunir aquella fortuna y en las vacaciones era dueño de las gafas, que apretando mucho la goma quedaban ajustadas a mi rostro.
   Aquel verano nacería mi hermana, e íbamos a pasar la temporada en un pueblo cercano a la capital, junto al río Torío. La misma tarde del día en que llegamos me acerqué a la poza, que tenía una orilla cubierta de cantos rodados y la otra ceñida por un borde abrupto sobre el que se multiplicaban las mimbreras. Me coloqué las gafas, entré en el agua.
   La poza, un tramo de acaso 15 metros de largo, tendría unos ocho de ancho y tres o cuatro de hondo. Y pude descifrarlo todo con asombrada claridad: los cantos ya no formaban manchas confusas sino un empedrado opalino, algunas plantas largas culebreaban en la corriente, contra la suave oscuridad de la otra orilla brillaban los cuerpos pardos de las truchas. Fue la primera vez en que, sumergido en ese mundo del agua, pude identificar los ámbitos de un tiempo sin forma ni medida, y aquella poza bajo el sol de la tarde permanece fulgurando aquí dentro.

jueves, 8 de septiembre de 2011

PRENSA CULTURAL. "Mi primera vez. LA PRIMERA VEZ QUE VI UN MUERTO", por Wendy Guerra

Wendy Guerra

   En "El País":
FRAGMENTO LITERARIO: Ficciones 'Mi primera vez'
La primera vez que vi un muerto

28/07/2011

   Los brazos llenos de muerte blanda / él no es más que uno de esos / cuerpos que el mar escupe de los esteros, / tronco de árbol, animal u hombre / y baila en una playa remota / una danza con el tiempo que transcurre / de las olas a la arena. / El cuerpo sin rostro enfrenta el infinito / y del cielo ni siquiera un gesto / de bendecida amargura".
                                                                 Albis Torres

   Los niños hablaban de la rigidez que no permite arrastrar los muertos, traerlos desde el río como trofeo de guerra, los adolescentes de las apariciones en los campamentos, y un novio me comentó del rictus de la muerte, ese gesto que aparece en la cara de quien la pelona lo está llamando.
   En mi casa hablábamos con Erculano, el muerto que cuidaba la familia, venía en las noches, nos consultaba mes por mes. Sin su anuencia no podíamos operarnos, ni divorciarnos, ni dejar el país. Era un muerto invisible. Él lo predijo: cuando mi madre cumple 48 años, pierde la memoria. Olvidó las palabras, los nombres, escribir, fumar, llorar. Me olvidó y se olvidó a sí misma. Fue tachando asuntos en su mente hasta quedarse en blanco (in albis).
   Albis Torres: su cuerpo era tan joven y bello, pero el vacío la venía habitando hasta sacarla de su vida. Dejó de pensar, caminar, tragar, y una mañana ya no supo inhalar-exhalar.
   La primera vez que vi a un muerto fue a mi madre.
   Pequeña, blanca, indefensa, parecía dormida. Toqué esa textura fría anodina que corta la piel y nos distancia de lo vivo.
   Cuando un ser amado muere debes despedirte sin rituales, iniciar tu duelo, tragar en seco y no hacerte preguntas que la realidad responde a golpe limpio, nada ni nadie se detiene, tu mamá comienza a ser La fallecida.
   Llegué a la funeraria para iniciar el papeleo del entierro, no quería exponerla en capilla. Ella odiaba el espectáculo necrológico, ese que tanto aprecia el cubano, mami siempre pidió "irse sin escalas", sin testigos.
   Mientras "la preparaban" bajé a entregar la orden para sellar la caja y partir al cementerio.
   Allí estaba, tendida sobre una camilla metálica. Vestida con su camisero de algodón, el mismo de recoger los premios, el mismo de ir a las reuniones. Toqué sus manos y revisé sus uñas cortas y violáceas, estaba descalza, en realidad ella amaba andar descalza, la vi demasiado peinada, al intentar despeinarla y dejarla como era me di cuenta de algo horrible: la habían maquillado.
   A la jipi, a la poetisa, a la culta y relajada mujer que no creía en perfumes ni abalorios, a quien nunca le gustó maquillarse le emborronaron la cara. Entonces supe lo que era un muerto y entendí su inmenso desamparo; agarré mi pañuelo y le borré el rojo de la boca, el azul y negro de los ojos, separé la pintura de su piel, transparenté el gesto que una vez le perteneció, y no permití que nadie le dibujara otro rostro.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

PRENSA CULTURAL. "Mi primera vez. STRAWBERRY FIELDS... FOREVER", por Leonardo Padura

Leonardo Padura

   En "El País":
CRÓNICA: Ficciones 'mi primera vez'

'STRAWBERRY FIELDS... FOREVER'

LEONARDO PADURA 25/07/2011

   A través de uno de sus personajes-narradores -que obviamente es casi él mismo-, Milan Kundera asegura: "Lo que solo ocurre una vez es como si no ocurriera nunca". Lo cual significaría que un hecho, para que realmente ocurra, debería sucedernos no solo una primera vez.
   Mario Conde, no el otro, sino el protagonista de seis de mis novelas, se parece a mí más de lo que a veces yo mismo desearía. Con mi consentimiento o sin él, el Conde me ha robado para su biografía muchas de mis memorias. Así, han llegado a ser suyas varias experiencias que nos deslumbraron una primera vez pero que, al repetirlas a lo largo del tiempo, se han convertido en realidades y, más aún, en algunas de nuestras obsesiones.
   Uno de esos descubrimientos luminosos nos llegó una noche de 1966, cuando el primo Juan, acompañado por su amigo Motivito, llegó a la casa del Conde y le pidió que buscara su tocadiscos, pues Motivito tenía que oír un disco.
   Motivito era un personaje en el barrio. Como el primo Juan, Motivito tenía cuatro años más que Conde y, a los 10 años de edad, esa diferencia es un abismo. Ya para ese entonces Motivito -debía el apodo a su habilidad por armar motivitos, o sea, fiestas- llevaba el pelo unos centímetros más largo de lo que se consideraba apropiado, se peinaba con una raya en medio del cráneo y usaba pantalones ajustados hasta lo imposible: en dos palabras, era todo lo jipi que, sin traspasar unos estrechos límites, se podía ser en la Cuba de aquel momento de efervescencia revolucionaria.
   Como ya en aquellos tiempos teníamos muy pocas cosas y la inventiva nacional se había desatado, Motivito debía mucho de su popularidad al hecho de haberse convertido en uno de esos alquimistas poseedores del secreto de poder regrabar viejas placas de vinilo (no tengo ni la menor idea de cómo lo hacía) con la música que se escuchaba en los motivitos: las baladas de Paul Anka o los elepés de los Beatles, aquel grupo del que todos hablaban pero muy pocos habíamos oído...
   La noche destinada para que por primera vez el Conde escuchara a los Beatles, el tocadiscos de Motivito había cantado su último cuplé y, desesperado, andaba por el barrio buscando algún equipo sobreviviente para probar su última grabación. Así fue como se topó con el primo Juan y vinieron a dar a la casa del Conde que, halagado por ser objeto de la atención de Motivito, buscó de inmediato el tocadiscos. Entonces Motivito sacó de una bolsa la placa de vinilo reconvertida y la colocó sobre el artefacto y la puso a girar. Lentamente movió el brazo mecánico y, con precisión de relojero, depositó la aguja sobre el primer surco...
   El Conde recordaría por el resto de su vida los persistentes sonidos de crach que comenzó a soltar la estupefacta bocina del tocadiscos. Recordaría la mirada atónita de Motivito ante el presunto fracaso tecnológico, y también el sudor de incredulidad que humedeció el rostro del primo Juan. Pero sobre todo recordaría el momento mágico en que, sin dejar de emitir los invencibles crachs, la bocina entregó las primeras notas de aquella canción de la cual no entendería una palabra pero que, lo supo desde ese instante, cuatro tipos de Liverpool estaban cantado en ese instante para convertirla en parte de sus nostalgias y de su vida: aquel día había escuchado por primera vez Strawberry fields... Después, a lo largo de los años la oiría tantas veces que la convertiría en realidad, forever.

martes, 6 de septiembre de 2011

PRENSA CULTURAL. "Mi primera vez. INGLES SUDOROSAS", por Maruja Torres

Maruja Torres

   En "El País":
Ingles sudorosas

18/07/2011

   Caminé por el pasillo. Cuando llegué al cuarto de baño de las chicas escuché sus voces aturulladas. Estaba segura de que a ellas les había ocurrido antes, por eso parecían tan tranquilas, incluso indiferentes. Charlando de sus trivialidades, como si nada.
   Aspiré hondo, empujé la puerta y entré, toqueteándome la tripa. Cosa de disimular. Quería quedarme un buen rato encerrada en el WC, haciéndolo. "No me encuentro bien", expliqué, para redondear la coartada. Necesitaba que se marcharan, necesitaba quedarme sola. A solas conmigo.
   "¿Has tomado Sal de Eva?". "Una ginebra con menta te aliviará". Callé. ¿Qué sabían aquellas estúpidas, aquellas tontas que venían haciéndolo con regularidad, que ni siquiera le daban importancia a lo que hacían? A mí me temblaban las piernas. Enferma, sí. Pero de emoción. Me dolían los pechos, mis pezones se disparaban contra la blusa de nylon barato, y el sudor manaba de mis ingles como si, verdaderamente, tuviera ese día la visita del mes, y fuera otro líquido lo que fluía.
   Pero no, esta era una ocasión gozosa. Esta era la transpiración feliz que mi cuerpo entero enviaba al exterior. Allí, encerrada, sentada en la tapa del inodoro, emitiendo falsos gemidos, aguardé. Astuta, cautelosa. Y con las ingles empapadas. Para entretenerme, imaginé lo que iba a suceder después. ¿Se me notaría físicamente el cambio? ¿Alguien más que yo se percataría de que a partir de entonces iba a empezar a convertirme en una mujer independiente, una mujer que agarraría a cachitos su libertad hasta convertirla en una cerca, en una muralla, en una barricada de la que nadie podría arrancarme?
   Poco a poco se marcharon las otras. Les escuché hacer planes, echar risas, criticar a las ausentes. Se habían olvidado de mí. Mejor. Ya en silencio -podía sentir que me había quedado sola en la planta- calculé el tiempo que me quedaba para hacerlo. Por entonces aún no tenía reloj de pulsera y me había acostumbrado a leer el paso del tiempo en los sonidos que escuchaba. No, no me iba a quedar encerrada en el edificio, haciéndolo. Entre otras razones, porque algo así sólo se hace una vez por primera vez.
   Relajé mi cuerpo. Abrí las piernas, las extendí -chop, chop, musitaron mis ingles al despegarse-, puse los pies mirando al techo -recuerdo que los zapatos eran de suela dura, baratos- y con delicadeza tanteé la abertura.
   No, no iba a comportarme con prisas. Levanté la cabeza y la luz del fluorescente -un único tubo para un aseo de seis servicios-, que me llegaba amortiguada, me pareció única, sensual.
   Ensalivé con delectación mi dedo índice y lo pasé por la abertura, que simplemente se ablandó un poco, pero no cedió. Me metí el dedo medio en la boca y lo empapé. De nuevo froté el punto objeto de mis deseos. Se ablandó más, pero tampoco se abrió.
   De pronto me puse frenética y utilicé todos los dedos de las dos manos.
   Rasgué el sobre. Mi primera paga. Allí estaba. 535 pesetas, 1957.

lunes, 5 de septiembre de 2011

PRENSA CULTURAL. "Mi primera vez. FINJO QUE NO ENTIENDO PERO NO", por Juan José Millás

Juan José Millás

   En "El País":
Finjo que no entiendo pero no

JUAN JOSÉ MILLÁS 17/07/2011

   La primera sospecha de que yo era un neandertal me atacó en el colegio, porque los niños sapiens, que son unos cabrones, me miraban raro. Tenía que llevar a cabo unos esfuerzos heroicos para ocultar mi neandertalidad, así que me pasaba la vida observándolos para imitar su comportamiento y no me quedaba tiempo para dedicarme al estudio. Suspendía todo, lo que me volvía más neandertal, si cabe. Mi familia, a simple vista, no parecía neandertal, por lo que deduje en seguida que era adoptado, un adoptado idiota, claro, hasta que tropecé en la tele con un programa de neandertales y me reconocí en el protagonista porque parecía una copia de mí o yo de él. Mis padres, que estaban a mi lado, no se dieron cuenta de nada. Papá, que era un sapiens sapiens de los de pura cepa, dijo que menos mal que el hombre había logrado escapar de aquella condición.
   -¿Por qué? -pregunté yo.
   -Porque los neandertales -dijo él- carecían de capacidad simbólica.
   No me atreví a preguntar en qué consistía la capacidad simbólica, pero consulté la enciclopedia y aprendí lo que era un símbolo. Las banderas, por ejemplo. A mí me parecían unos símbolos de mierda, pero fingí interesarme por ellas para hacerme pasar por sapiens. Estábamos rodeados de símbolos. El collar de perlas Majórica de mi madre, por poner otro ejemplo, también era un símbolo (de estatus). Averigüé asimismo que los neandertales y los sapiens habían intercambiado todo tipo de materiales, incluido el genético. Al principio, los sapiens daban a los neandertales collares de vidrio a cambio de comida porque a los sapiens les gustaba la gastronomía mientras que a los neandertales les fascinaba el resplandor. Al carecer de capacidad simbólica, ignoraban el significado de ese resplandor, pero se quedaban encandilados con él. El caso es que de tanto intercambiar objetos, y como el roce hace el cariño, los neandertales y los sapiens empezaron a meterse en la cama juntos. Los sapiens, que eran muy listos, lo hacían por vicio, mientras que los neandertales, más ingenuos, se acostaban por amor. Y ahí es donde comenzó el intercambio genético.
En mi calidad de neandertal pasé una adolescencia muy dura, pues no quería a las chicas por su dinero (la ausencia de capacidad simbólica me impedía apreciar el valor de los billetes de banco), sino por su resplandor. Pero a ellas les gustaban los jóvenes con capacidad simbólica, es decir, que conocieran el significado de poseer un renault. No había manera, en fin, de intercambiar material genético con ninguna. Aceptaban que las invitara a merendar, pero cuando les ofrecía una porción de semen salían corriendo.
   Fue duro, todavía lo es. Continúo fingiendo que entiendo a los sapiens, que poseo sus habilidades simbólicas, pero la verdad es que sufro como un perro porque el sapiens ha llevado sus capacidades intelectuales hasta extremos difíciles de imitar. Así que cuando enciendo la tele y veo, por poner un ejemplo de hombre sapiens de gran éxito, a Mario Conde, me siento un desplazado.

PRENSA CULTURAL. "Unos pantalones bombachos y una bicicleta", por Manuel Vicent

Manuel Vicent

   En "El País":
Unos pantalones bombachos y una bicicleta

MANUEL VICENT. 17/07/2011

   De noche la banda de música tocaba pasodobles en la plaza. Cuando llegaba el solo de bombardino el público callaba y en el silencio absoluto desde el fondo de los naranjos se oía el canto del cuclillo con una cadencia medida, como si marcara el compás. En las noches del verano de 1947, el alma de cuantos habitaban el paraíso terrenal era de dos clases: la de los pobres se alimentaba de habas cocidas y altramuces; la de los ricos, de horchata o de leche merengada, mientras la banda de música tocaba España cañí bajo bombillas de 50 vatios y un hambre canina.
   No existe un paraíso sin un árbol prohibido, sin una vigilancia estricta de los placeres, sin la amenaza de expulsión. El auténtico paraíso siempre es el que se ha perdido, como el de Milton, pero en el verano de 1947 el mío se hallaba en aquel pueblo del Mediterráneo. La Vilavella tenía las paredes encaladas, geranios en las ventanas y algún jilguero o un verderol dando vueltas neuróticas en la jaula colgada en la jamba pintada de azulete de alguna casa. En verano el sonsonete de la tabla de multiplicar ya no salía por los ventanales de la escuela; había sido sustituido por los gritos de los niños que jugaban en la plaza, pero seguían sonando las herramientas agrícolas, los rebuznos de asnos que se oían de lejos como las trompetas de Jericó, el yunque del herrero, el flautín del afilador. Las radios echaban a la calle boleros de Machín y de Jorge Sepúlveda en discos dedicados. Al final de la tarde volvían del campo los carros de labranza con perros jadeantes y el aire olía a paja quemada, a calabaza al horno y ese era también su color.
   Lo sustancial parecía ser el silencio de la naturaleza, pero dentro de ese silencio estaba también el de la gente que había perdido la guerra y no podía hablar. A medida que salían de la cárcel o del campo de concentración los del bando perdedor formaban corro aparte en el bar Nacional. Eran los que habían sido expulsados del paraíso, los que no iban a la iglesia, los que no se arrodillaban al paso del viático y no se persignaban cuando las campanas indicaban el momento en que en misa estaban alzando a Dios. Al paraíso llegaba todos los días una cuerda de mendigos lisiados a pedir un mendrugo de pan a casa de los ricos. Unos venían apaleados por la existencia desde el fondo de la historia; en cambio, otros exhibían una rebeldía natural, a quienes la derrota no les había quitado el orgullo. Se decía que alguno de ellos pertenecía al maquis de la Pastora, un hermafrodita que dominaba Els Ports de Morella, de otro que era espía de la Fiscalía de Tasas contra el estraperlo o de otro que venía huyendo de un amor contrariado. Recuerdo perfectamente el porte elegante, rostro adusto de uno de ellos, al que mataron un domingo de agosto.
   En verano de 1947 se produjo en mi vida un gran suceso. Por primera vez fui al mar en mi bicicleta Orbea, cuando apenas alcanzaba los pedales. Aquel domingo de julio atravesé la carretera de Nules sombreada por un túnel de plátanos en cuyos troncos encalados estaban estampilladas las siluetas de Franco con el yugo y las flechas. En el trayecto de seis kilómetros hasta Moncofa me iba recibiendo el aire con todos los aromas de la naturaleza, en estado puro, el hedor dulzón del estiércol de un plantel de boniatos, el vaho a limón podrido de una acequia de agua dormida, el resplandor caliente de un rastrojo de trigo, las boñigas todavía humeantes que había dejado una caballería en el camino real, el olor húmedo y acre de la paja de arroz. Al llegar a las primeras dunas, un ala de brisa llena de sal se me coló por el cuello sudado de la camisa y me infló la camisa con una sensación agradable de libertad. En la playa de Moncofa algunas adolescentes se bañaban en camisón, cuya tela blanca se les pegaba al cuerpo al salir del agua. Algunos chicos miraban el triángulo oscuro que se les formaba en el pubis y luego entre ellos hablaban en voz baja y se reían. Los labradores refrescaban a sus caballos dentro del mar y otros comían sandías a la sombra de las barcas varadas.
   Fue aquel verano en que me rompí el brazo al caer de la bicicleta y en que estrené pantalones bombachos. La modista cuyos senos hacía palpitar a dos dedos de mi nariz durante la prueba me pinchaba adrede con las agujas como si yo fuera un san Sebastián asaetado, porque eso tal vez le excitaba. En la calle había un desfile con tambores y trompetas, una gente enardecida gritaba "Franco sí, comunismo no". Por ese tiempo comenzó a cundir el rumor que en el pueblo de Cuevas de Vinromá la Virgen se aparecía a una niña llamada Raquel y que hacía milagros. Un domingo de aquel verano de 1947, mientras en misa mayor alzaban a Dios, se oyeron tiros en el monte y en la refriega cayó muerto uno de aquellos mendigos que era un maqui, según decían. Fue aquel verano en que el toro Islero también mató a Manolete y yo leí El Corsario Negro, de Salgari.

domingo, 4 de septiembre de 2011

PRENSA CULTURAL. "Mi primera vez. PRIMER DÍA DE COLEGIO", por Soledad Puértolas

Soledad Puértolas

   En "El País":
Primer día de colegio

15/07/2011

   Quizá para que yo no estuviera en casa mucho tiempo sola, ya que mi hermana, que me llevaba dos años, iba ya al colegio, mi madre decidió enviarme al jardín de infancia cuando yo apenas tenía cuatro años. Hoy día es más normal, pero en aquella época resultaba un poco prematuro y tengo la impresión de haber escuchado a mi alrededor, a lo largo del curso, algunos comentarios sobre el asunto.
   El jardín de infancia se encontraba en el sótano del enorme edificio del colegio, pero no era un sótano lúgubre, sino luminoso. Cuando caía la tarde, se encendían las luces y el aula cobraba una vida distinta, casi agresiva. La luz eléctrica era mucho más invasora que la del sol. Y siempre era igual. La tarde se detenía. En lugar de avanzar, la hora de la salida parecía más y más lejana.
   Me impresionó tanto ese día al que había llegado un poco engañada porque nadie me había explicado qué se hacía en el colegio ni cuánto tiempo debía permanecer en él, que cuando, ya en casa, oí decir que había que prepararlo todo para el día siguiente, me quedé paralizada. ¿Tenía que volver mañana?, pregunté, incrédula. Todos los días, me dijeron. Todos los días. ¡Qué tres palabras más terribles bajo su aparente inocencia! Resultaba incomprensible y abrumador. Me parece que fue en ese mismo momento cuando la conciencia del tiempo se instaló dentro de mí de una forma terrible y angustiosa, como si esas palabras -todos los días- hubieran sido una maldición. Y, a partir de ese momento, también, arraigó en mi interior una obsesión: huir de ese tiempo monótono y obstinado que se empeñaba a repetirse día a día, exacto, imperturbable, eliminando toda posibilidad de avanzar, de cambiar.
   Ese es el recuerdo que todavía hoy puedo reproducir: echada en la cama, con los ojos abiertos, me estoy diciendo a mí misma que mañana volveré a pasar el día en el colegio, codo con codo con niñas de mi edad, y rodeada de monjas.
   Mañana y al día siguiente y al otro. ¿No volvería a tener tiempo para mí?, ¿tendría que estar siempre ahí, observada, empujada, incluida en un grupo? No sé ahora para qué quería yo ese tiempo que me parecía me estaban hurtando. Quizá buena parte de la culpa la tenía la potente luz eléctrica que, después de comer, invadía el sótano. Puede que me asustara demasiado y creyese de verdad que la tarde nunca se iba a terminar.
   Pero esa sensación se guardó tan celosamente en mi interior que aún concibo el futuro, ante todo, como una liberación. Las dificultades, penas e inconvenientes que, como es lógico, aguardan dentro de ese tiempo desconocido, aún empalidecen cuando considero su latido. En este mismo momento, el tiempo transcurre. Se oye llover, si llueve, y cada gota cae del cielo adonde vaya a caer, la tierra, un tejado, un paraguas. O hace calor, y son las gotas de sudor las que se deslizan por la piel. Ese caer, ese deslizar, ese avanzar, aún me parece extraordinario.