Mostrando entradas con la etiqueta Cántico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cántico. Mostrar todas las entradas

sábado, 28 de diciembre de 2013

PRENSA CULTURAL. Entrevista a Pablo García Baena

Pablo García Baena

   En la revista "Mercurio" (marzo 2013):

Pablo García Baena. El último testigo

“La Roma pagana y la católica son Roma, yo lo que soy es romano”

ENTREVISTA DE FERNANDO DELGADO 
   "Para mí hay dos focos distintos en Cántico —sostiene Pablo García Baena—. Uno lo constituyen Ricardo Molina y Juan Bernier, que nos llevaban diez años a Ginés Liébana y a mí, y el otro foco era el de Ginés, Faustino Fernández Arroyo y yo, que hacíamos los cuadernillos para la hermana de Liébana. Esos dos focos confluyen en cierto momento en un mismo fuego y de ahí surge Cántico. Ricardo y Juan eran amigos anteriores a la guerra y se conocían desde el Instituto y se carteaban. Y había más amigos alrededor de ellos. Estaba Anastasio Pérez Dorado, que era una persona inteligentísima, muy admirado por todos. Carlos Castilla del Pino, que no habla bien de casi nadie en sus Memorias y menos de los de Cántico, que éramos sus amigos, de Anastasio habla muy bien. Pero yo conozco a Juan y a Ricardo en el año 40 y Cántico no sale hasta el 47. Juan había colaborado en Ardor, revista de la que salió solo un número y que acabó porque vino la guerra, y escribió allí una nota muy breve. Pero Cántico no empieza hasta que nos unimos y lo primero que se hace es el homenaje a don Carlos López de Rozas, que tenía aquella tertulia musical a la que nos llevaron Juan y Ricardo. Cuando tú ves ese libro dices, ya está aquí Cántico. Aunque su orientación, con esas cosas tan wagnerianas, era muy de Juan Bernier. Y ahí está Cántico, en el tamaño y en todo.
—Juan Bernier fue de hecho el director de Cántico… 
—Bernier figura como director, sí, pero él jamás hizo nada por la revista, aparte de aportar sus poemas para el cuadernillo que se le hizo: Aquí en la tierra. Es más, cuando se estaba imprimiendo, Ricardo y yo nos dijimos: Juan no ha dedicado ningún poema; vamos a dedicar nosotros nuestros poemas a quien nos parezca. Y los dedicamos a quienes en aquel momento nos protegían de alguna manera —Joaquín de Entrambasaguas o Gerardo Diego—, pero a Bernier ni se le pasó por la cabeza. 
—No obstante, contaba mucho para vosotros. 
—Contaba su figura. Tenía una especie de majestad o de magisterio, eso sin duda, y era el mayor, pero su vida iba por otro lado. Ni siquiera perseguía una suscripción cuando estábamos buscando apoyos por todas partes y hasta le escribíamos a Mario López, a Bujalance, nos mandaba una lista de cinco o seis suscriptores y nos poníamos contentísimos. Pero teníamos grandes amigos que sostuvieron Cántico. Se ha hablado de que hubo un mecenas, cosa disparatada, pero no los hay hasta que Ricardo, que era un lince para la economía, se inventa los suscriptores de honor, una lista interminable.
—Ricardo Molina sí tuvo un papel muy preponderante. 
—Sin él la revista no se hubiera hecho, pero solo con Ricardo tampoco. Porque él hubiera terminado haciendo una revista de las cofradías de Puente Genil. Y de las borracheras de Puente Genil —el rostro de mirada pícara se le ilumina con una sonrisa—. Eso le encantaba, llegó a salir de mujer adúltera en las procesiones —rompe ahora en carcajadas—. Fundó una vieja corporación para comer y beber durante todo el año, a la manera vasca.
 EL PAISAJE DE 'CÁNTICO’
   Pablo menciona las peculiaridades propias o de los otros con un humor que apenas abandona en toda la conversación, pero evoca con más satisfacción lo que los unía que lo que pudiera separarlos. Y la ciudad, Córdoba, era un elemento esencial.
—La ciudad que nosotros anhelábamos no tenía nada que ver con la Córdoba de pandereta y morería y bailarinas, era una Córdoba de mármol y de columnas alzadas. 
—La Córdoba romana, claro…
—Sí, porque la Córdoba árabe la inventan los románticos. La Carmen de Mérimée que hace famosa a Andalucía es un tópico como un demonio, lo que pasa es que luego los andaluces lo hemos seguido y nos hemos disfrazado de bailarinas y de matadores en una Córdoba artificial de teatro y de ópera. Bernier decía que la cal era un deseo de blancura del mármol. Decía cosas muy bellas sobre la cal.
—Pero no todo sería culturalismo y mármoles y gárgolas, supongo. La diversión no fue ajena a vosotros. 
—Divertirse en Córdoba, en la posguerra, era imposible, pero como teníamos tanta amistad, de lo poco, ya sabes, se hace mucho. Las tabernas, sobre todo. Y hablar y hablar, como los jóvenes que hablan tanto de intimidades y amoríos, hasta la madrugada. Éramos muy cómplices. La ciudad, sí, nos unía mucho, pero es curioso, porque en realidad Bernier era de La Carlota, Ricardo Molina de Puente Genil, Mario López de Bujalance, Vicente Núñez de Aguilar y en realidad solo Julio Aumente y yo éramos cordobeses de la ciudad… Y Liébana nada menos que de Jaén… El ambiente de la ciudad era hostil, pero era hostil a todo lo que se moviera. 
—En todo caso os unió mucho Córdoba hasta que empezó la diáspora. 
—El primero que se va a Madrid es Ginés Liébana, para dibujar en El Español de Juan Aparicio con gran éxito. Y también se va a Madrid Miguel del Moral, aunque vuelve pronto; intenta allí pintar, hace retratos a mujeres de ministros, a duquesas, a aquellas orondas señoras de las que decía Miguel, que era tan divertido, que le pedían: “Maestro, más turgencia, más turgencia”. 

—Más tarde Julio Aumente se va a Madrid y tú a Torremolinos. ¿Huías de esa Córdoba de vuestros sueños? 
—Yo me voy por un desastre moral, una especie de desengaño amoroso, una bajada de tono vital. Me proponen abrir una tienda de antigüedades y no lo pienso. Torremolinos entonces era como Nueva York, y además yo, desde pequeño, tengo una enorme predilección por Málaga, con sus playas, el mar que siempre me impresionó casi de una manera religiosa. Creo que lo más grande de la creación es el mar. 
—En Málaga, sin embargo, no te apartas del mundo de la poesía. 
—Claro que no. Vivía Bernabé Fernández-Canivell, y estaban allí Rafael León, Alfonso Canales, María Victoria Atencia, Rafael Pérez Estrada, todos íntimos amigos… Un mundo de reuniones y tertulias. Mientras, en Córdoba, a Ricardo, que ya estaba muy enfermo del corazón y no salía de su casa, le preocupaba que yo no escribiera, y se lo decía a Miguel del Moral, que iba a verlo mucho. Y Miguel del Moral bromeaba: “Lo que le pasa a Pablo es lo de Greta Garbo, que no quiere hacer ya cine porque cree que va a ser peor que lo anterior”. Y eso era un poco verdad, hasta que empiezo a recibir a los jóvenes que llegan allí en peregrinación. Fui en Málaga muy feliz. 
 LECTURAS Y DEVOCIONES
—También os unían los gustos literarios compartidos, las lecturas. 
—Conocíamos bien a los novelistas románticos franceses. La comedia humana de Balzac, por ejemplo, era nuestra Biblia… Proust fue una aportación total de Bernier, una devoción, y Ricardo tenía un entusiasmo insano por Claudel. Pero en mi casa había mucha afición a la lectura y con doce años ya tenía allí a Baroja y a Valle-Inclán. 
—La religiosidad también es un factor común. 
—Es cierto, con altibajos. Vamos al principio llevados por los padres, como todos los niños de la época, pero luego, ya atraídos por el arte, por el gregoriano, los ritos católicos, el barroco de las procesiones, es otra cosa. Mario es el más ortodoxo del grupo, un católico practicante. Quizá Ricardo sea el que se acerca a una religiosidad más seria, más formal, casi luterana. El más religioso de verdad era Ricardo, aunque Bernier ponía muy en duda esa religiosidad. Te diré que a mí su visión religiosa, con todos los respetos, no me gusta nada. Yo le dije de broma, y él se rio mucho: “Mira, Ricardo, cuando metes a Dios en esos poemas es que metes la pata. Ese libro de salmos no se puede leer”. Juan en cambio es un heterodoxo, un profeta, que no se aparta de Dios, lo invoca. Alguien le dijo con razón: “Pero, por favor, Juan, no metas a Dios en esos poemas tan terribles que escribes”. Los poemas de Aquí en la tierra son magníficos, verdaderos truenos. El caso de Aumente es otro: no se sale de la ortodoxia, pero cuando sale rompe con todo. Lo de la religiosidad interpretada por cada cual a su manera tiene su origen en el libro de Carnero, y hubo polémica por medio, con Tovar, que salió en defensa de Cántico, pero después, hablando con Carnero le he hecho comprender que yo soy religioso, con mis dudas y mis obras, aunque la mía es una religiosidad más humana. La Roma pagana y la católica son Roma, yo lo que soy es romano.
 LA HERENCIA
—¿Ha seguido vivo el espíritu de Cántico en el tiempo? 
—Sí, mientras han vivido mis compañeros. Yo lo llevo como un escudo, como un escapulario que me colgara. Sí, Cántico ha seguido de algún modo en el tiempo.
   Pablo descarta herencias de Cántico. Dice que se han producido afinidades, no magisterios, que en la poesía hay cosas que flotan en el aire y hacen coincidir a gente que se conoce o no. 
—No tengo por qué dudar de que Gimferrer, cuando publicó Arde el mar, como le dijo a Pepe Hierro y Hierro me contó, no había leído Antiguo muchacho. 
—Hay también coincidencias lamentables... 
—Hubo un momento horrible en que aparecían por doquier verdaderas caricaturas de Cántico. Me daban vergüenza aquellas mascaradas. Luego eso ha pasado afortunadamente y ahora la poesía se ha hecho muy seca, muy adusta. No tiene nada que ver con Cántico, pero por lo menos no lo implican a uno.
—¿Qué le faltó o le sobró a Cántico? 
—Le faltó unidad, no una visión más universal, que la tenía, y le sobró pasar la mano a la mediocridad. Sobra, por ejemplo, Pemán, que Ricardo lo puso como un paraguas frente a la censura. Pero un homenaje a Luis Cernuda con un poema de Pemán es lógico que a Cernuda le sentara mal. Claro que Ricardo lo vio con mucho ojo político: ¿cómo iban a censurar una revista donde estaba Pemán? También hay otros que sobran, muchos. Lo que le faltó a la revista fue tener una visión selectiva de lo que intentó de verdad ser. Y, a pesar de todo, lo consiguió.

“Nosotros éramos nosotros” 
RICARDO MOLINA
   “Era el único que tenía vocación de escritor y tocó también el ensayo o el teatro, con maestría. Luego se aleja de todo y se dedica al flamenco, convive con los gitanos y frecuenta los tablaos. Era muy sonriente, con un humor estupendo, muy sociable, pero cuando alguien no le gustaba levantaba un muro”.
JULIO AUMENTE
   “Fue al que más quise del grupo. Era la persona con más humor y más extravagancia, el más exquisito —amante de la buena mesa y cuanto más cara mejor— y al mismo tiempo ingenuo. Yo lo llamo, en un poema que le he dedicado, el cisne de Cántico, porque era verdaderamente aristócrata en lo suyo”.
JUAN BERNIER
   “Para nosotros era como una madre, un protector. Digo esto y me acuerdo de esos cuadros de Valdés Leal, donde la Virgen abre el manto y se cobijan los santos de rodilla a sus pies. Era maestro nacional, abogado también, pero ejercía de maestro. Y por las noches también iba de tabernas, donde nos citábamos”. 
MARIO LÓPEZ
   “Nos parecía el más desvalido y era el más distinto. Pero cuando se empieza a hablar más libremente del amor griego en relación con Cántico, va y hace la declaración patética de que a él siempre le han gustado las mujeres, como si alguien lo hubiera puesto en duda. Me pareció ridículo”.
VICENTE NÚÑEZ
   “Fue un gran personaje. Ricardo y yo, después del Congreso de Santiago en el que estuvimos juntos, quedamos deslumbrados por ese talento, ese ingenio, esa gracia andaluza que tenía, y por su cultura extraordinaria. En Cántico tiene dos o tres colaboraciones y por supuesto es magistral la del número de Cernuda”.
PABLO GARCÍA BAENA
   “Nosotros éramos nosotros, no había intento de provocación ni afán de polémica. En cuanto a mí, no me había propuesto ser escritor, pero la lectura de Lorca me abrió la puerta a la poesía. Y ahí sigo, fiel a la poesía. Trabajando no, porque no es para mí un trabajo. A la poesía la espero”. 
GINÉS LIÉBANA
   “Los pintores de Cántico son Miguel del Moral y Ginés Liébana por derecho propio. Creo que los dibujos de Liébana se acercan más al tono poético. Una ilustración o despista o te avisa ante un poema oscuro”.
MIGUEL DEL MORAL
   “Quizá es más maestro Del Moral, pero no tan afín a la poesía o no se mete tanto en la piel del poeta como Liébana. Entonces parecía que la poesía no podía aparecer sola, siempre la pintura la acompañaba”.

lunes, 1 de julio de 2013

PRENSA CULTURAL. Sobre la revista "Cántico". Luis Antonio de Villena


   En la revista "Mercurio" (marzo 2013):
Una y varias aventuras estéticas
Las dos etapas de la revista Cántico, correspondientes a los años 1947-1949 y 1954-1957, no cubren todos los logros de una poética que tuvo feliz continuidad en las décadas posteriores.
LUIS ANTONIO DE VILLENA
   Según alguna vez me contaron varios de los miembros de la revista cordobesa Cántico, su espíritu e idea motriz se fue fraguando lentamente, a partir de 1942, entre un grupo de amigos que amaban la poesía, pero que no se sentían representados bien en ninguna de las múltiples revistas poéticas del momento. Las reuniones musicales en casa de don Carlos López de Rozas (y el hermoso libro manuscrito que salió de ellas), más el talante proselitista y culto del mayor de todos esos amigos, Juan Bernier (1911-1989) son las raíces más aparentes de lo que pronto sería Cántico, una revista —con buenos ilustradores también— que no iba contra nadie, nunca manifestó ninguna belicosidad, pero que sí tenía sus preferencias, que muy pronto no iban a ser las del momento.
    Amparados en la tradición simbolista y modernista, en el Gide liberador de Los alimentos terrenales, en el Juan Ramón menos hermético y en parte de la tradición más sensual del 27 (evidentemente el Cernuda de Invocaciones), Cántico representará la opción de una poesía sensual, esteticista y neobarroca, que conoce las novedades del surrealismo y de la mejor modernidad. Los poetas que estaban a punto de ser Cántico se presentaron todos al premio Adonais (entonces el más prestigioso de la época) en 1947. Año que ganó José Hierro con Alegría. Quizás ese fue el último timbre para sacar la revista cuyos fundadores son Juan Bernier, Ricardo Molina y Pablo García Baena, a los que habría que añadir a Julio Aumente, siempre un poco más libre, pero amigo de todos y en igual comunión estética. Así es que el primer número de Cántico con la portada de un ángel barroco hecha por Miguel del Moral, salió en octubre de 1947, con poemas, dibujos o traducciones de todos los integrantes, incluido Ginés Liébana. Julio Aumente, por ejemplo, traduce un poema y escribe una nota sobre el poeta simbolista, O.W. de Lubicz Milosz, príncipe lituano que escribió en francés. Alguien ha sugerido que cierto denominador común del grupo Cántico lo daba el hecho de que todos sus integrantes fueran homosexuales, menos el poeta de Bujalance, Mario López. Cántico tenía ya su voz y su estilo, visible también en algunos de los suplementos que publicó, empezando por Aquí en la tierra (1948), uno de los libros mejores de Bernier, versicular y celebratorio de la vida gozosa, y el mismo año con otros dos no menos significativos: Elegías de Sandua de Ricardo Molina y Mientras cantan los pájaros, que será el segundo libro de Pablo García Baena.
   La primera etapa de Cántico, siempre abierta a muchos y plurales colaboradores (incluido alguien tan aparentemente lejos como Gabriel Celaya), se cerró en enero de 1949, pero sin haber dejado de defender sus postulados estéticos que, en ese momento, otros pudieron sentir como “fracasados” o al menos periclitados, ante el avance poderoso de la poesía existencial que nació con Hijos de la ira de Dámaso Alonso —por lo demás amigo de Cántico— pero sobre todo por el empuje de lo que se llamó “poesía social”. Pese al apoyo explícito de Vicente Aleixandre, desde el segundo número, ¿no estaba aquel proyecto, generoso y pulcro, fuera ya de onda? Este será el sambenito que perseguirá a todos los poetas de Cántico (sobre todo ya en los años cincuenta) hasta conseguir el silencio y la preterición de todos, menos de Ricardo Molina (1916-1968) que defendió hasta su prematuro fin las fronteras. Molina será el único de Cántico —y precisamente el más activo, el más relaciones públicas del grupo— que no llegó plenamente a ver el renacimiento, el retorno y el éxito de una estética que tuvo mucho de unitario pero que es distinta en cada poeta. La primera etapa de Cántico —sin duda la más brillante— se cierra con algunos de los mejores libros de sus autores ya publicados: Aquí en la tierra de Juan Bernier, Las elegías de Sandua Corimbo (1949) de Ricardo Molina, Mientras cantan los pájaros (1948) y Antiguo muchacho (1950) de Pablo García Baena…
   Con todo, los integrantes de Cántico —pese a vientos poco favorables— no se dieron por vencidos, ya que la revista (ahora con una portada algo más social, obra de Rafael Álvarez Ortega) reaparece en su segunda época, en abril de 1954 y durará, con alguna mayor irregularidad, hasta el número 13, el único que aparece en 1957. Al frente siempre los nombres de Ricardo Molina, Pablo García Baena y Juan Bernier, dentro todos los demás y más amplitud de colaboradores. Pero Cántico tuvo que cerrar y quedó solo en la memoria de sus poetas y dibujantes hasta que —hablo de la revista, no de la estética— Abelardo Linares, por encargo de la Diputación Provincial de Córdoba, editó las dos épocas en un volumen facsimilar en 1983. Claro que, para entonces, Cántico (una manera de decir sus poetas) ya estaba en el haber de la más inquieta y renovadora poesía española joven. La segunda época de Cántico dejó nuevos libros importantes de sus autores, Elegía de Medina Azahara (1957) de Ricardo Molina, Junio (1957) de Pablo y los estrenos de Mario López, Garganta y corazón del sur (1951) o El aire que no vuelve (1955) de Julio Aumente. Pero como revista, el gran logro de la segunda época de Cántico es el número de agosto-noviembre de 1955 dedicado a Luis Cernuda. El primer homenaje español que recibirá el poeta sevillano desde su exilio, y que agradeció sentidamente aunque su obra fundamental siguiera pareciendo Invocaciones. En ese número colaboraron todos los poetas de Cántico más el aguilarense Vicente Núñez, que escribió el ensayo que más gustó a Cernuda, y que aunque no era propiamente de Cántico siempre estuvo cerca.
   Como he dicho, Cántico fue una estética una y plural y no todos sus poetas (siendo buenos) tienen la misma talla. Juan Bernier —autor póstumo de un singular Diario íntimo— es sobre todo el poeta celebratorio de sus inicios y el adorador de la belleza joven que se muestra en los poemas inéditos —de los primeros años setenta— que aparecen en su no muy bien hecha recopilación de 1977, Poesía en seis tiempos, quedando por debajo sus intentos sentidos de poesía social, y su final librito metafísico. También el lírico delicado y neorromántico que es el primer Ricardo Molina, queda en general bastante por encima de sus libros finales, como el último (1967) A la luz de cada día. Sin duda Pablo García Baena —nacido en 1923 y el único hoy dichosamente vivo— es el poeta más regular y más alto, exquisito neomanierista, lleno de símbolos y de fulgor de palabras. Sus últimos libros, desde Antes que el tiempo acabe (1978) hasta Los Campos Elíseos (2006), no han supuesto nunca bajada ninguna. Julio Aumente (1921-2006) —personaje original y extraordinario— se estrenó con dos buenos libros neobarrocos y vitalistas, El aire que no vuelve y Los silencios (1958). Cuando tornó a publicar pecó de recoger demasiados poemas dispersos del pasado, pero su genuino libro nuevo —que yo prologué—, La antesala (1982), es uno de sus mejores… Luego —fue el poeta de Cántico que, aparentemente, más giró en su estética— escribió una poesía transgresora y renovadora, que tiene que ver con la vida de modernos adolescentes marginales y su singular germanía, todo lo cual (aunque abundan las plaquettes) puede sintetizarse en su libro El canto de las arpías de 1993 o en el final Rollers de 2004. 
   No, Cántico nunca fue una mera unidad. Mario López (1918-2003) fue siempre un honesto y claro poeta de queridos tintes rurales, como demuestra en Del campo y soledades de 1978. En Mario López, en su voz de casino provinciano, está todo Cántico, pero desde otro escorzo. Sensorial, sensitivo, pero también metafísico, Vicente Núñez —lo dije ya— no era de Cántico pero es lógico que terminara siéndolo fuera de cronologías. Uno de sus mejores libros, Ocaso en Poley, no disuena del grupo pero le da cierta allendidad, que alguna vez se ha emparentado, ocasionalmente, con Rilke. Yo incluí a Vicente Núñez (1926-2002) en mi antología El fervor y la melancolía. Los poetas de ‘Cántico’ y su trayectoria (Vandalia, Fundación José Manuel Lara, 2007) porque me lo sugirió Pablo García Baena, pero además porque traté mucho a Vicente y estaba convencido —y lo sigo estando— de esa cercanía algo periférica…
   Fueron los poetas “novísimos” en general, y algo más en particular Guillermo Carnero y yo mismo, quienes más contribuimos (a partir oficialmente de 1976) a sacar poco a poco a los variados poetas de Cántico y a su original revista, del enorme, casi absoluto olvido en que por aquellas calendas, y antes desde luego, habían caído. Creo que acertamos. Los poetas de Cántico son un episodio fundamental en nuestra poesía del siglo XX. Y Pablo García Baena es hoy, sin discusión, el más puro de nuestros poetas vivos.

viernes, 28 de junio de 2013

PRENSA CULTURAL. "Tras las huellas de 'Cántico'"


   En la revista "Mercurio" (marzo 2013):

Tras las huellas de 'Cántico'

El influjo del grupo cordobés no ha dejado de calar en la lírica española desde su aparición a finales de los años cuarenta. También la nueva poesía se confiesa heredera de sus valores éticos y estéticos.
ALEJANDRO V. GARCÍA
   Fueron, según su propia enumeración, impuros, visuales e intensamente humanos. Surgieron a la sombra de una modestísima revista en una ciudad de provincias. Su voz sirvió como guía a poetas contemporáneos. Fueron, como dice Francisco Ruiz Noguera, autor de estudios fundamentales sobre Cántico y Pablo García Baena, “un ejemplo tanto estético como ético”. La huella que dejaron sobre la línea de la poesía que potencia “la palabra, los valores de la expresividad, el ritmo y la sugerencia” es innegable. Málaga, donde García Baena vivió desde mediados de los sesenta, fue el primer lugar donde se sintió el influjo sobre autores como Rafael Pérez Estrada, José Infante o María Victoria Atencia. Luego vino el reconocimiento a través de Gimferrer, Carnero o Carvajal que desembocó, en los años ochenta, en la obra de Francisco Bejarano, Ana Rossetti, Juana Castro, José Lupiáñez, Juan Lamillar o Felipe Benítez Reyes. Hoy, más de cincuenta años después —y a dos meses de la entrega a Pablo García Baena del premio 'Federico García Lorca'— la luz de Cántico sigue alumbrando más allá de estrechos localismos. Lo hace con una intensidad variable pero persistente, en ocasiones como una influencia transversal a otros cánones poéticos. 
   Pero ¿qué piensan los poetas más jóvenes de Cántico? ¿Cómo confrontan su canon con los de otras manifestaciones en apariencia contradictorias como la llamada poesía de la experiencia? “La poesía de Cántico”, explica el poeta Juan Antonio Bernier, cordobés de 1976 y sobrino de Juan Bernier, “no ha dejado de iluminar a las generaciones posteriores: Novísimos, poetas de la experiencia o del silencio, órficos, y también a los más jóvenes. Creo que cada generación ha tomado lo que más le interesaba, decantándose a veces por alguno de sus poetas o alguna de sus líneas de fuerza. Comparto el amor por la belleza del mundo y del lenguaje y la exaltación vitalista. Estos principios, que ellos defendieron en una época gris, son cada día más necesarios en el momento actual”. 
   “Cántico está muy presente”, señala Juan Antonio González Iglesias (Salamanca, 1964). “He aprendido de ellos libertad, belleza formal, gracia en el sentido más puro de la estética, concepto ético de la poesía como vida. Son fundamentales a la hora de vivir paganismo y cristianismo con naturalidad. Valoro mucho también la conexión con el pueblo, esto es andaluz. Y el erotismo integrado en todo lo anterior”.
   El escritor Joaquín Pérez Azaústre (Córdoba, 1976) es un declarado seguidor de Cántico, incluso desde antes de que el grupo recibiera un reconocimiento mayoritario entre los jóvenes. “La influencia ética y estética de Cántico, para muchos poetas menores de 40 años, es —porque hay que hablar en presente— haber permeabilizado nuestra tradición, asimilando poéticas diversas sin necesidad de abanderar un postulado […] Cántico representó otra manera, una alternativa a la unanimidad en torno a la poesía social: una fe total en el lenguaje, su música verbal, como manera de regenerar al hombre en su esencialidad”. El más desconocido Julio Aumente, Ricardo Molina y, en especial, García Baena son a su juicio los poetas mayores del grupo.
   Erika Martínez, jienense de 1979, es reacia a conceder un influjo tan caudaloso: “La pervivencia de Cántico en la poesía actual es más bien escasa. Puede detectarse un enorme respeto literario y personal por los integrantes del grupo, pero yo diría que salvo excepciones su legado ha sido más leído que asimilado poéticamente. Por desgracia, y como decía Vicente Núñez, la verdad no es fotogénica”. Sin embargo, reconoce que los poetas de Cántico“supieron hacer del culturalismo una forma de respuesta que, durante la posguerra, fraguó en una estética alternativa”. 
   Otro cordobés, José Luis Rey (Puente Genil, 1973), se apunta también a relativizar el peso de Cántico. “A mí solo me ha interesado siempre la poesía de García Baena. Los demás no me han influido en absoluto y los considero inferiores. Creo que es este también el que más influye en la mejor generación que hemos tenido en la segunda mitad del siglo XX, la de los Novísimos”. Y destaca el mérito sustancial de García Baena: “Aporta una búsqueda del esplendor estético, del ritmo y de la imagen, es decir, de la poesía en sí como objeto principal del poema. Con él, como quería Wallace Stevens, la poesía se convierte en el objeto del poema”.
   Josefa Parra, nacida en Jerez de la Frontera en 1965, reconoce que la poesía de Cántico le llegó de forma indirecta: “Yo creo que su influencia es subterránea pero rastreable, queda una huella de esa corriente suntuosa en la poesía posterior. A mí me llegó mediatizada por los Novísimos, y agradezco esa recuperación necesaria de Guillermo Carnero”. 
   Juan Andrés García Román (Granada, 1979) busca en su propia experiencia el lugar de Cántico y anticipa que su opinión puede resultar “antipática”: “Yo fui a la universidad y tuve mis primeras lecturas en un ambiente en el que la poesía de la experiencia abandonaba su pujanza en manos de una potente institucionalización. No puedo decir que Cántico se distinguiese para mí de ese grupo en realidad tan heterogéneo que se dio en llamar poesía de la diferencia […]. No fue sino con el paso de los años que esos poetas, cada uno de ellos, fue adquiriendo rasgos propios, diferenciados, un estatus y una realidad estética propia y querida”.
   Javier Vela (Madrid, 1981) aboga por esa influencia múltiple: “El legado de Cántico no es solo de gran valor estético, sino también, y sobre todo, eidético, porque ha logrado, de un lado, conjugar sabiamente la carnalidad retórica del lenguaje de herencia gongorina y la inmanencia materialista de la experiencia con la abstracción simbólica de temas y motivos de carácter marcadamente espiritual, de otro”. 
   Siendo un grupo de Córdoba, formado por cordobeses y vinculado a una revista de provincias, sorprende su universalidad. Es precisamente lo que destaca un paisano de García Baena, José Daniel García (1979): “De Cántico me llama especialmente la atención su afán cosmopolita, el empeño por dialogar con poetas extranjeros, trascendiendo los límites impuestos por la censura y el aislamiento propio de la provincia”. Porque en efecto, “constituyendo un grupo local, se abrieron a lo internacional”, como reconoce Erika Martínez. 
   Una transcedencia geográfica que, paradójicamente, es fiel al lugar. “La ciudad de Córdoba”, precisa Javier Vela, un madrileño que residió en la ciudad de la Mezquita, “lleva inscrita una huella de signo lírico en su mismo trazado; sus calles adoquinadas y laberínticas, su anatomía fluvial, invitan al visitante a pasear, a caminar despacio de modo antojadizo, saliéndose del tiempo progresivo para ingresar en otro que yo asocio indisputablemente al carácter de Cántico”.
   Y un nombre entre todos: Pablo García Baena. “Es uno de los grandes de la poesía del siglo XX”, destaca Francisco Ruiz Noguera, “y con respecto a su poesía, creo que, más que de influencias, hay que hablar de ejemplo”. “Es un maestro en el sentido poético, cordial y vital. Para Córdoba es un lujo tenerlo entre nosotros”, destaca Pérez Azaústre. “Leer a García Baena —subraya Josefa Parra— es una experiencia altamente sensorial: uno no puede sustraerse a esa parte tangible, aromática o sabrosa de sus versos”. “Es un maestro para muchos poetas andaluces, desde María Victoria Atencia hasta Elena Medel o Antonio Portela. Ese reconocimiento es entre los poetas jóvenes de toda España mucho más amplio de lo que parece”, apunta González Iglesias. 

domingo, 6 de marzo de 2011

PRENSA (2). 6 marzo 2011

   En "El País Semanal":

1. Egipto y el turismo colonizado. Por Maruja Torres.

2. La historia secreta de la revuelta árabe. Por Javier Cercas.  

3. Las casualidades no existen. Reportaje de psicología. Por Borja Vilaseca. No somos marionetas en manos del azar. La vida no es un accidente regido por la suerte ni las coincidencias. Por más que nos cueste creerlo, recogemos lo que sembramos. Veamos la vida como un continuo aprendizaje.

4. Galería antisistema. Reportaje de Lola Huete Machado. Feministas, pacifistas, ecologistas, campesinos, intelectuales, ciudadanos de todo color que claman justicia social y quieren cambiar el modo de hacer de Gobiernos, empresas e instituciones. Su lema: "Otro mundo es posible". Unos 70.000 se reunieron en Dakar (Senegal) en el '11º Foro Social Mundial'. Esta es una crónica del encuentro.

5. Respirar perjudica seriamente la salud. Reportaje de Mónica G. Salomone. Más allá del protagonismo del cambio climático, estas son las últimas investigaciones -y sorpresas- sobre las agresiones a la atmósfera. Entre ellas, las consecuencias de graves episodios de contaminación urbana, como los sufridos en Madrid y Barcelona en febrero.

6. Dos postdatas. Javier Marías sobre la ortografía y la sintaxis.

   En "El Día de Córdoba":

7. Juan Bernier: erudito, maestro y amigo. Por Ángela Alba. Este año se cumple el centenario del nacimiento del poeta y arqueólogo cordobés, cofundador del Grupo 'Cántico' y gran valedor del patrimonio cultural de la provincia.

lunes, 6 de diciembre de 2010

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Sobre la literatura de Castilla y León (1), por Gustavo Martín Garzo. "Cántico", de Jorge Guillén

Gustavo Martín Garzo

En Babelia, suplemento cultural de "El País":

El hilo de oro


GUSTAVO MARTÍN GARZO 27/11/2010

El legado de Castilla y León a la literatura incluye nombres como Zorrilla, san Juan de la Cruz y Clarín. Una herencia continuada por Guillén, Rodríguez, Delibes, Chacel, Martín Gaite, Jiménez Lozano, Pino ...

   Los buenos libros bien podrían recordar a esos tapices en que se mezclan hilos de oro sin solución de continuidad con los más comunes, y en que una hoja, una mano, un pájaro aparecen de pronto transfigurados por una puntada de luz. Convocar la palabra, hacer aparecer ese hilo de oro, es la misión de la literatura. Estos son algunos de los libros en que tal pequeño milagro se ha producido en estas tierras, durante los últimos 60 años.

Cántico
Jorge Guillén, 1950

   Jorge Guillén publica la cuarta edición de Cántico en 1950. La poesía es en este libro un "diálogo entre el hombre y la creación". Guillén es el cantor del presente. Cántico es un himno del hombre al mundo, una celebración de la vida y de la presencia. "Cantar, cantar sin designio", escribe. Para Guillén no hay escisión entre el lenguaje, el pensamiento y el mundo. La poesía de Cántico es un acto de fe al mundo y a la palabra.
Jorge Guillén

Un poema de Cántico:
Plaza Mayor

Calles me conducen, calles. 
¿A dónde me llevarán?

A otras esquinas suceden
Otras como si el azar
Fuese un alarife sabio
Que edificara al compás
De un caos infuso dentro
De esta plena realidad.

Calles, atrios, costanillas
Por donde los siglos van
Entre hierros y cristales,
Entre más piedra y más cal.

Decid, muros de altivez,
Tapias de serenidad,
Grises de viento y granito,
Ocres de sol y de pan:
¿Adónde aún, hacia dónde
Con los siglos tanto andar?

De pronto, cuatro son uno,
Victoria: bella unidad.