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lunes, 15 de junio de 2015

PRENSA CULTURAL. William Ospina y su novela "El año del verano que nunca llegó"

   En "El País":

“La noche en que nacieron ‘Frankenstein’ y ‘El vampiro’ surgió una nueva belleza”

William Ospina reconstruye los caminos que llevaron a la noche del 16 de junio de 1816 cuando nacieron dos de los mitos más perturbadores del mundo moderno


William Ospina, esta semana en Madrid. / BERNARDO PÉREZ

En una noche fría de tres días nacida el 16 de junio de 1816 llegaron hasta Villa Diodati, en Ginebra, dos mujeres y tres hombres jóvenes que, sin conocerse todos entre sí, fraguaron alrededor de la chimenea dos de los mitos más perturbadores de la modernidad, Frankenstein y El vampiro; a la vez que se confirmó como gran mito del Romanticismo a Lord Byron, que ejercía aquellos días de anfitrión y se convertía en padrino de esos monstruos, sin sospechar que a su alrededor habría de nacer el sueño de la vida y la inteligencia artificial, mientras algo de su sangre crearía a los monstruos digitales de hoy.
199 años después de aquel mítico encuentro, las llamas de la chimenea de aquella casa se avivan ahora con la voz de William Ospina en El año del verano que nunca llegó (Literatura Random House). Una novela que alumbra nuevos rincones sobre aquellos días en que Europa se enfrió debido a la oscuridad de la nube de ceniza peregrina emitida por un volcán de Indonesia meses atrás.

Lo que se veía nacer no era solo la Revolución Francesa o Industrial, sino algunas de las preguntas más angustiosas de la modernidad”.
Eran los años en que el mundo nacía una vez más. Cuando, recuerda Ospina (Tolima, Colombia, 1954), surgieron varias de las preguntas que aún siguen sin resolver. “Después de dos siglos estos personajes siguen vigentes y conservan un carácter explosivo por sus actitudes hacia el amor, las libertades, la política, la imaginación, el deseo, el arte, la religión y la ciencia. Lo que se veía nacer no era solo la Revolución Francesa o Industrial, sino algunas de las preguntas más angustiosas de la modernidad”.
Surgieron en aquella villa donde quedaron recluidos, por el mal tiempo, dos hermanastras, Claire Clairmont (amante de Byron) y Mary Wollstonecraft (luego Mary Shelley), y tres nuevos amigos, Byron, su médico John Polidori y el poeta Percy Shelley. Un cruce de caminos de la historia y de desencuentros sentimentales. Byron había dejado a su esposa y abandonado Londres como un ángel caído para ir con Polidori, que algo sentía por él, a la casa recién alquilada a orillas del lago donde se había citado con su amante Claire. Pero esta no llegó sola, lo hizo con su hermanastra Mary y su amante, el poeta Shelley, de quien Claire estuvo enamorada.

La noche del futuro

Aquel domingo, el lord anfitrión, en un juego acorde a su bella perversidad, propuso ahuyentar el miedo con más miedo: leer en voz alta los relatos dePhantasmagoriana. La oscuridad y el terror de fuera se hospedaron dentro de ellos y acabó en un grito. Byron propuso a cada uno escribir un cuento de terror. Los dos genios y poetas no estuvieron a su altura. En cambio, dos desconocidos hallaron la gloria: Mary encadenó sus miedos infantiles con una historia que había oído en casa sobre un médico alemán para dar vida a Frankenstein (editado en 1818) y Polidori mezcló un relato de su amo con su secreta pasión por él al transmutarla en El vampiro (1819), que reencarnaría en el Drácula, de Bram Stoker.
Como siempre, todo empezó empezó antes, mucho antes de que los propios invitados a aquel inaudito verano lo supieran. Es la telaraña del misterio, el reino del azar, de la casualidad o de las Moiras donde entra William Ospina para rastrear, desandar o destejer la vida de esas cinco personas y cómo fueron a dar a Villa Diodati. Un viaje a la gestación de unos mitos que responden a rebeliones de su tiempo, hasta crear un fresco cultural, social, literario, político e intelectual de la época con claves del Romanticismo y sus ecos.
Es una mañana de junio de 2015. Madrid se ha oscurecido al precipitarse una tormenta que agrieta de luces el cielo. Ospina sigue recogiendo los pasos de su travesía contada en este libro que es novela, ensayo, diario de viajes, memorias, apuntes, historia y crónica como digno hijo de su tiempo. Un rompecabezas: “No dejé de sentir que la historia era también una suerte de Frankenstein con un montón de trozos inanimados y dispersos a los que había que amalgamar, unir y dar vida. Un hecho que se modifica un poco dependiendo de la perspectiva elegida”.

El año del verano que nunca llegó es un viaje a la gestación de unos mitos que responden a rebeliones de su tiempo, hasta crear un fresco cultural, social, literario, político e intelectual de la época con claves del Romanticismo y sus ecos
El tema lo buscó a él, lo asedió y se le cruzó varias veces. Hasta que no tuvo otra opción que seguir su rastro. Y, por primera, vez el narrador, poeta y ensayista y autor de la premiada trilogía del Descubrimiento y la Conquista, no enmascara su voz y deja hablar a la suya, la del contador oral de historias heredero de antepasados que contaban cosas al son de grillos y luciérnagas.
¿Fue el azar o el destino lo que condujo a esas personas y a Ospina hasta Villa Diodati? “Hago lo posible por no creer en el destino, pero el destino se empeña en que yo crea en él. Este tejido de casualidades me llevó a plantearme si eran tales o si hay hilos secretos gobernando los hechos. Es una pregunta que nos hacemos, si nuestra vida está escrita o la inventamos a medida que vivimos. Es bueno vivir en esa incertidumbre. El resultado aquí es comprobar que todo está conectado”.
Y en El año del verano que nunca llegó el lector desanda el camino al mismo tiempo que el autor-narrador descubre los hechos. Eso lo convierte en testigo, también, de la concepción, investigación, dudas y creación de la obra y de conocer parte del alma atormentada de los  personajes.

Encrucijada de los tiempos

Byron, Claire, Mary, Percy y Polidori huyen de algo y de sí mismos; buscan algo de otros y de sí mismos. Algunos de los autores románticos, reflexiona Ospina, "logran mantener vivo todo el carácter sulfúrico de sus obras y pasiones. Si uno se acerca a Baudelaire siente que todavía las cosas que escribió no se pueden decir ahora. Cada uno de aquellos cinco personajes encarnaba una rebelión particular. Ahora no es fácil que se vivan esas aventuras libertarias tan extremas. Es llamativo que las rebeliones de unos adolescentes de hace dos siglos sigan vivas”.

Cada uno de aquellos cinco personajes encarnaba una rebelión particular. Ahora no es fácil que se vivan esas aventuras libertarias tan extremas. Es llamativo que las rebeliones de unos adolescentes de hace dos siglos sigan vivas”.
 El tiempo parece detenido. Lo que plantean los mitos de Frankenstein y El vampiro, dice Ospina, “tiene que ver con la vida artificial y las relaciones amorosas y sus consecuencias. Por ejemplo, si vamos a renunciar al agradable método tradicional de reproducción cuando esté controlada la reproducción o nos decantaremos por los afectos sinceros, libres de prejuicios y tradiciones”.
Entonces, Ospina evoca unas palabras de Bertrand Russel al dejar escrito que "el momento más alto del Romanticismo europeo no había sido un poema ni un lienzo ni una sinfonía, sino la muerte de Byron linchado por la libertad de Grecia. Intentaba transmitir que el Romanticismo fue mucho más que un movimiento artístico, literario o ético. Fue una actitud vital, una manera de estar en el mundo".
El Romanticismo como amortiguador de la razón palpita: “Si algo surgió en aquella triple noche cuando nacieron Frankenstein y El vampiro fue una idea nueva de la belleza, de la pasión y de la libertad. Todo el arte moderno deriva de esa rebelión que encontró belleza donde decían que no había”. Es la fascinación por el abismo, el hechizo de lo monstruoso refulgiendo de atracción: “Es la tensión de la que nace toda la fuerza del arte moderno”.

En este momento se tiene que estar forjado algún mito. Hay temas como la naturaleza, la supervivencia de la libertad. La humanidad espiada por el ojo electrónico. La humanidad atrofiada por el exceso de consumo
Frankenstein con sus preguntas sobre la existencia y la ciencia y el alma, y El vampiro con su metáfora de amor y muerte, de posesión y liberación en el secuestro, inauguran un nuevo reino. La mayor necesidad de la especie humana “es la creación de mitos que organicen nuestra relación con la imaginación. No son fruto de la voluntad de nadie. En este momento se tiene que estar forjado alguno. Hay temas como la naturaleza, la supervivencia de la libertad. La humanidad espiada por el ojo electrónico. La humanidad atrofiada por el exceso de consumo. Se crearán mitos nuevos pero es impredecible saber cómo serán. El secreto consiste en no saberlo”.
No deja de llover en Marid. Las aceras se han salpicado de paraguas de colores. Una de las sorpresas de esta travesía para Ospina fue descubrir que Byron no solo apadrinó a dos mitos, sino que una de sus hijas sería, en parte, pionera del mundo digital que crea nuevos monstruos: “Byron llegó a ser el hombre que en una encrucijada de los tiempos concibió los lenguajes del futuro de la estética, la política, casi del pensamiento y añadió una figura: la del artista convertido a sí mismo en obra de arte”.
Pocos años después de aquella noche de 72 horas, murieron los tres hombres que habían jugado a dioses y demonios en la misma villa donde dos siglos antes John Milton había engendrado su magistral y rebelde ángel caído de El paraíso perdido para quien es "Mejor reinar en el infierno que servir en el cielo". Mary Shelley murió mayor. A ellos sobrevivió Claire, la mujer que los conectó y que guardó sus cartas en un cofre dentro de su oscuridad sin fin.

lunes, 21 de abril de 2014

PRENSA CULTURAL. EN LA MUERTE DE GARCÍA MÁRQUEZ. "El legado universal de García Márquez y el amor de los lectores". William Ospina

   En "El País":

El legado universal de García Márquez y el amor de los lectores

No sabemos aún qué dirá el porvenir, pero gracias a las características de esta época, García Márquez ha demostrado su capacidad de cautivar a gentes de muchas culturas


Gabriel García Márquez en Barcelona hacia 1972 / RODRIGO GARCÍA
Era medianoche cuando se abrió la puerta del apartamento bogotano donde celebrábamos la première de la obra Diatriba de amor contra un hombre sentado, y García Márquez apareció con una noticia en los labios: “¡Acaban de matar a Luis Donaldo Colosio!”. Luz Marina Rodas, la gerente del teatro, me había invitado esa tarde al estreno añadiendo con incertidumbre que a lo mejor tendríamos la presencia del autor.
El autor no se había dejado ver en el teatro, aunque alguien después contó que, apagadas las luces, su silueta se había instalado en la última fila. Los invitados salimos después para la casa de la fiesta, con Laura García, la protagonista del monólogo, el director, Ricardo Camacho, y otros amigos. Ya nos habíamos hecho a la idea de no verlo, cuando García Márquez llegó con la noticia. Venía tarde porque había estado hablando por teléfono con Carlos Fuentes y otros amigos de México.
Yo lo había leído desde mis quince años, pero no lo contaba entre los humanos a los que fuera posible conocer, sino entre los clásicos de la literatura; para mí pertenecía más a la leyenda que al mundo físico. Cien años de soledad había conmocionado nuestras letras y había iniciado en la literatura a varias generaciones. Salvo Jorge Isaacs, Vargas Vila, José Asunción Silva y José Eustasio Rivera, los escritores colombianos eran hasta entonces glorias locales; pero Gabo había triunfado en el mundo entero: no solo lo leían en inglés y en francés, lo leían en húngaro, en mandarín, en lituano, en tamil, en japonés, en árabe. Y cuando en 1982 le llegó el premio Nobel, hacía mucho ya que era uno de los novelistas más afamados del mundo.
Yo incluso sentía que la fama presente de Gabo era mayor que la de todos sus congéneres. En vida, Shakespeare solo fue conocido por los londinenses que frecuentaban el teatro; Voltaire y Goethe tuvieron en su tiempo una fama escasamente europea; Cervantes tardó siglos en llegar a Alemania o a Rusia, aunque acabaría por fascinar a Heine y a Tolstoi, a Thomas Mann, a Dostoievski y a Kafka.

En Panamá, Jorge Ritter se encontró un día con García Márquez y le preguntó por la novela en la que estaba trabajando. “Ya está lista”, le contestó Gabo, “sólo falta escribirla”
Aquella noche tuve el privilegio de conocer a la mayor leyenda de nuestra literatura, pero lo que más me sorprendió fueron su sencillez y su cercanía. Cuando nos sentamos frente a frente a la mesa, le conté que por casualidad había releído Cien años de soledad unos días atrás y que un episodio me había impresionado especialmente. Quiso saber cuál, y le hablé del momento en que el coronel Aureliano Buendía vuelve derrotado a Macondo y, enfermo, en una celda, recibe la visita de su madre.
Me conmovió que ella permaneciera un rato visitándolo en completo silencio, mientras él yacía en su catre, con los brazos extendidos hacia atrás por el dolor de las axilas inflamadas. Ese silencio entre dos seres que tenían tanto que decirse, y que tanto se asemejaban en su voluntad obstinada y en su capacidad de poner a los demás a girar a su alrededor, me parecía muy elocuente.
En ese episodio, cuando Úrsula va a retirarse, le dice bruscamente: “Te traje un revólver”. “No me va a servir de nada —responde el coronel— pero déjelo, porque la van a requisar a la salida”. Gabo iba repitiendo los diálogos a medida que yo los recordaba, y pasé a la escena siguiente, cuando los soldados sacan a Aureliano de su celda para conducirlo al paredón, por el camino del cementerio. De repente se abre la ventana de la casa donde vive su hermano con Rebeca Buendía, José Arcadio sale con un rifle, encañona a los hombres del pelotón de fusilamiento, que en realidad sienten alivio porque no quieren matar al coronel, y salva a su hermano en el último instante.
Gabo me hizo entonces una revelación: “Fíjate que en mis planes el coronel iba a morir fusilado, y era allí donde lo ejecutaban. Por eso la novela comienza con el momento en que el coronel, frente al pelotón de fusilamiento, recuerda aquel episodio de su infancia en que su padre los llevó a conocer el hielo. Pero cuando estaba contando cómo lo llevaban los soldados hacia el cementerio, recordé que en esa calle vivía José Arcadio, y ocurrió algo que yo no tenía previsto: el hermano tomó el fusil, salió de la casa, y salvó al coronel”.

Los chinos sienten que Cien años de soledad revela rasgos poderosos de su cultura, y su traductora al húngaro ha revelado que García Márquez retrata bien la vida de las aldeas de Hungría y el carácter de sus habitantes
Aquella confidencia literaria marcó el comienzo de mi amistad con García Márquez, pero al mismo tiempo empezó a modificar la idea que yo tenía de su literatura. Para mí, Gabo era un autor diestro y fascinante, con un dominio extraordinario del arte de contar, y un control absoluto de sus argumentos: allí comprendí que su aventura creadora seguía otro curso, que el escritor estaba siempre dispuesto a dejarse sorprender por sus personajes y no sabía previamente cómo terminaría su relato.
En Panamá, Jorge Ritter se encontró un día con García Márquez y le preguntó por la novela en la que estaba trabajando. “Ya está lista”, le contestó Gabo, “solo falta escribirla”. Parece una frase traviesa pero está llena de sentido. Dasso Saldívar y Gerald Martin han contado cómo trabajó García Márquez por años en borradores de Cien años de soledad, esa novela que originalmente iba a llamarse La Casa. Sería fascinante encontrar esos borradores donde Gabo definió sin duda los personajes, los episodios, la atmósfera del pueblo, el plano de la casa, las historias de la compañía bananera, el recuerdo de los gitanos, las damas francesas, las lluvias eternas y los aparatos de música de un muchacho italiano, pero yo sé que la principal sorpresa sería que en esos borradores no está Cien años de soledad.
Gabo podía conocer la historia que iba a contar, el mundo donde esa historia ocurría, los personajes y los episodios, pero todavía no tenía lo principal: la entonación, el ritmo del relato, el modo como el hilo saldría de la madeja para convertir esa abigarrada realidad que había en su memoria, ese universo caribeño de personajes disparatados, acontecimientos insólitos y climas delirantes, en el árbol de las razas y en la locura de relojes que hicieron de Macondo una de las comarcas más memorables de la imaginación literaria.
Es esa entonación, esa magia del lenguaje, lo que le dio a García Márquez su perfil inconfundible entre los autores de nuestra época. Los biógrafos siempre vuelven a contarnos que fue al emprender con su mujer y con sus hijos aquel viaje a Cuernavaca, cuando Gabo, que conducía el automóvil, sintió llegar la frase que desenredó la madeja y le mostró, como una epifanía, cuál era el tono, el ritmo que le iba a permitir contarlo todo, ir del comienzo al fin de su biblia pagana del Caribe. Dio media vuelta, volvió a la casa, y se encerró por meses a escribir su novela.
Amos Oz nos ha recordado que las primeras palabras de una obra literaria son mucho más que un comienzo: son una clave, un conjuro: son el hallazgo más importante, el de la entonación, la decisión de quién cuenta la historia. Marcan la pauta del ritmo de la narración, y definen la atmósfera, la perspectiva del relato, la fuerza de su impulso. Así que García Márquez sabe como nadie que aquella frase: “Ya está lista: solo falta escribirla”, significa “tengo todo en mí, pero aún no sé convertirlo en relato, tengo ya la pasión, pero falta la música, tengo el magma primitivo que conformará la obra, pero todavía falta la creación”.
Tiempo después de aquel primer encuentro, le pregunté a Gabo cómo habían sido los días en que se encerró a crear Cien años de soledad.Me atreví a decirle: “En otros libros tuyos se siente el trabajo genial de un escritor, su labor de investigación, su esfuerzo de creación, pero en Cien años de soledad no se siente trabajo alguno, el narrador es un surtidor inagotable y parece que los prodigios fluyeran sin esfuerzo”. “Se me ocurrían sin cesar tantas cosas”, me respondió, “que si hubiera tenido más dinero la novela habría durado otras doscientas páginas”. Siento que en ese trance creador está uno de los secretos de la magia de García Márquez.

Nunca está lejos de los hechos, nunca se pierde en divagaciones teóricas, en rastreos psicológicos o en largas explicaciones. Por lo general son los hechos los que tienen que explicarse a sí mismos
Dicen que un clásico es aquel autor que logra tener vigencia y sentido para lectores de muchas culturas y de muchas edades distintas. Por eso tarda en saberse cuando alguien es un clásico, pues no solo tiene que cautivar a gentes de muchas tradiciones culturales, sino de muchos siglos.
No sabemos aún qué dirá el porvenir, pero gracias a las características de esta época, García Márquez ha demostrado su capacidad de cautivar a gentes de muchas culturas. No se trata solamente de que lo aprecien chinos y rusos, iraníes y norteamericanos, franceses y sudafricanos, japoneses y húngaros. Se trata de algo más curioso: del modo como los chinos sienten que revela rasgos poderosos de su cultura, del modo como su traductora al húngaro ha revelado que García Márquez retrata bien la vida de las aldeas de Hungría y el carácter de sus habitantes. Alguien afirmó que la literatura árabe ha cambiado bajo su influencia, y ello se puede decir de muy pocos autores modernos en español.
Me gusta recordar que la primera vez que lo vi, Gabo apareció con una noticia en los labios, porque creo que ese carácter de periodista ha influido positivamente en su literatura. Hay siempre en ella un costado noticioso: su estilo siempre nos está informando algo. Sus párrafos tienen la claridad, la concisión, y a menudo el impacto de las noticias. Su voz no parece corresponder a los meandros de una conciencia o a los laberintos del estilo literario, sino a los relatos populares y a los rumores de una comunidad. Tiene más en común con la Biblia y con las Mil y una noches, que con las obsesivas aventuras verbales de Joyce o de Marcel Proust.
Nunca está lejos de los hechos, nunca se pierde en divagaciones teóricas, en rastreos psicológicos o en largas explicaciones. Por lo general son los hechos los que tienen que explicarse a sí mismos. Es el lector quien debe averiguar, si le interesa, por qué el coronel Aureliano Buendía, hastiado de guerras, se dedica a fabricar pescaditos de oro; por qué Rebeca termina encerrada lejos del mundo. García Márquez cree más en los hechos que en las explicaciones, y siempre fue escéptico con las interpretaciones de los críticos y con las teorías de los académicos, porque sabe que la fuente de las obras es misteriosa, que lo que escribimos es menos un fruto del esfuerzo que un don de lo desconocido.
Eso hace que sus personajes sean seres de carne y hueso y no prototipos o esquemas. Eso permite que al alcalde del pueblo le duela una muela, que una anciana que ha sido orientadora de la historia y dueña de los destinos termine convertida en el desvalido juguete de sus nietos; que un ángel decrépito tenga ruidos en los riñones; que una mujer indescifrable pase sus últimos años tejiendo su propia mortaja; que finalmente cada personaje esté solo, viviendo su aventura impredecible y casi siempre inexplicable.
Ese carácter sorprendente de sus situaciones y de sus personajes podría ser una de las claves de la vitalidad de su prosa. Quiero decir que las invenciones demasiado gobernadas por el pensamiento y por la voluntad terminan siendo predecibles: la razón vive de inventos y de esquemas, crea cosas para que sirvan a determinados fines. Los inventos de la intuición son más misteriosos: van apareciendo como flores de duende, no obedecen a una finalidad evidente, se bastan con su propio milagro y suelen ignorar el desenlace.
Se dice que uno de los secretos de la Biblia es su extraña capacidad de aliar la sencillez con la sublimidad, de decir lo más profundo de la manera más sencilla. García Márquez es uno de esos autores que satisface por igual al crítico más exigente, y a lectores que nunca han leído otro libro. Tiene el don de lo que es a la vez claro, ameno y misterioso.
Él mismo ha dicho que lo que encontró aquel día, por la ruta de Cuernavaca fue el tono de la voz de su abuela, la capacidad de decir las cosas más inverosímiles con la cara de palo de quien las cree de verdad. Sus obras parecen derivar de la tradición oral. Como los poemas, quieren ser dichas en voz alta, porque tienen mucho de la virtud sonora del lenguaje. Y también la huella del periodismo está presente allí: la necesidad de un lenguaje que no se aleje del habla común, que esté en diálogo con la actualidad y con el habla cotidiana.
García Márquez no es solo un autor leído sino un autor amado. Quiero recordar finalmente una anécdota que él mismo ignora. Lo acompañé una vez a la librería Gandhi, en Ciudad de México. Gabo había estado enfermo y las gentes lo sabían. Mientras recorríamos los estantes se fue formando silenciosamente, como siempre, una fila de personas que lo esperaban para que firmara sus libros. Me pidió que le avisara cuando hubiera transcurrido cierto tiempo. De pronto vi algo conmovedor. Mientras allá, al fondo, García Márquez firmaba los libros, un par de señoras, a sus espaldas, y sin que él se diera cuenta, lo bendecían.
William Ospina es escritor colombiano. Premio Rómulo Gallegos por su obra El país de la canela.

lunes, 29 de marzo de 2010

POESÍA. COSMOPOÉTICA 2010. William Ospina (Colombia): "Canción de los dos mundos"

Intervención del poeta en el XIII Festival Internacional de Poesía de Medellín, en 2003, con su poema Canción de los dos mundos:


Aquí podemos leerlo:

En Europa es de día pero es de noche en África.
Al norte del mar está el tiempo, pero está al sur la eternidad.
Los blancos pueblos industriosos construyendo la gloria del hombre.
Las negras lanzas nervadas custodiando la roja luna.
Las blancas piedras con forma de ninfas danzando en la nieve.
Las melenas de oro, las pieles rayadas, las criaturas de cuellos larguísimos como si fueran sueños.
Al norte del mar el insomnio en la noche, al sur la siesta en la tarde.
Al norte está la razón estudiando la lluvia, descifrando los truenos.
Al sur están los danzantes engendrando la lluvia, al sur están los tambores
inventando los truenos.

Gracias a Virginia Molina por su envío.

sábado, 27 de marzo de 2010

POESÍA. COSMOPOÉTICA 2010. William Ospina: "Franz Kafka". Vídeo homenaje a las Madres de la Plaza de Mayo


Como homenaje a las Madres de la Plaza de Mayo, el poeta William Ospina recita su poema Franz Kafka. Podemos oírlo en su voz y leerlo, más abajo:


Franz Kafka
Padre, le digo, dame tres granos de cebada para despertar al durmiente.
Pero mi padre no responde:
es un enorme jinete de bronce, alto sobre colinas y sinagogas.
Madre, le digo, aparta tanta niebla,
muéstrame un rostro dulce, del que broten palabras ingenuas.
Pero ella se ha perdido por los callejones de piedra
y sólo encuentro en el espejo sus ojos inmensos.
Abuelo, digo entonces, ya no luches más con el ángel,
ven a contarme historias junto al fuego, mientras se hiela el Elba.
Pero el viejo me mira con ojos ausentes, y comprendo
que no es éste mi abuelo sino un viejo gitano que quiere venderme
un recuerdo.
Hermana, bella hermana, le digo,
toma mi mano que está oscuro en esta casa inmensa.
Pero a mi lado pasa una condesa polaca monumental y arrogante
y se escucha un violín, y se cierra una puerta.
Hermano, digo, qué bello cabalgas sobre el potro de madera y
de laca,
¿hacia dónde nos llevan estas tardes inciertas?
Pero él es sólo una imagen, una gris fotografía en mis manos,
y a lo lejos, atroces, los cañones resuenan.
Goethe, le digo, cántame una canción romana,
haz que yo sienta en mi corazón esta antigua tristeza.
Pero la tumba calla y sobre ella vuelan grises palomas
y no puedo abrir este libro porque sus páginas son de ceniza.
Milena, digo luego, tal vez tú puedas finalmente salvarme,
dime que soy de carne y de sangre, que esto que me atenaza es un deseo
Pero ella se afantasma entre miles de seres escuálidos
y apenas si percibo dos llamas que se apagan muy lejos.
¿Entonces es delirio todo esto? ¿A quién puedo llamar que me
salve?
Su reino es de este mundo. Todos están aceptados y absueltos.
Son demasiado humanos, son demasiado justos,
y yo no logro hablarles con mi estruendo de élitros.
y no aprendí a cruzar las puertas,
y no sé defenderme.
Si ves dos grises ojos de gato en la gótica noche de Praga
comprenderás que temo morir si me duermo.
Si oyes una canción en la gótica noche de Praga
comprenderás que intento saber dónde me encuentro.
Si oyes un corazón en la gótica noche de Praga
comprenderás quién sostiene todo este sueño.

Gracias a Virginia Molina por su envío.

POESÍA. COSMOPOÉTICA 2010. William Ospina: "El espejo"

William Ospina
El espejo
Una región del muro está hechizada.
Sólo el ojo lo sabe.
Un cristal incansable paso a paso repite
las rectas sombras que la tarde desplaza.

Terriblemente dócil, no desdeña
la vertical sinuosa de una hormiga extraviada
y al fondo de sus cámaras
también crecen las plantas.

A veces miro ese país extraño
cuyos hombres no tienen más lenguaje que el gesto,
ese país sin música.

Sé que no puedo ser ese hombre que me mira,
sé que a él no lo alcanzan el temor ni la idea.

Cuando la noche apaga las letras y los ángulos,
en su país de eclipses él no te ama.

miércoles, 10 de junio de 2009

LECTURA. PRENSA. Entrevista digital a William Ospina, autor de la novela "El país de la canela"

William Ospina es autor de las novelas Ursúa y El país de la canela, con la cual acaba de obtener el Premio Rómulo Gallegos de novela. Además de una abundante obra ensayística sobre literatura, es ganador del Premio Nacional de Poesía otorgado por el Instituto Colombiano de Cultura. Ospina ha charlado con los internautas de "elpais.com" sobre narrativa latinoamericana y otros asuntos.



William Ospina también es poeta. A continuación, uno de sus poemas:

EL AMOR DE LOS HIJOS DEL ÁGUILA

En la punta de la flecha ya está, invisible, el corazón del pájaro.
En la hoja del remo ya está, invisible, el agua.
En torno del hocico del venado ya tiemblan, invisibles, las ondas del estanque.
En mis labios ya están, invisibles, tus labios.