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miércoles, 17 de abril de 2013

PRENSA. "Las promesas rotas de la 'primavera árabe'". Reportaje

Manifestación de protesta contra el régimen de Hosni Mubarak, en febrero de 2011 en Alejandría, en el norte de Egipto. / DYLAN MARTÍNEZ (REUTERS) ("El país")

   En "El País":

Las promesas rotas de la ‘primavera árabe’

El integrismo y el desgobierno dejan aparcadas las esperanzas de avance para la mujer

Crecen las agresiones, pero también aumenta el activismo feminista

 13 ABR 2013

Había mucha esperanza para ellas en las revoluciones de la primavera árabe. En Egipto las mujeres se manifestaban contra un régimen autoritario mano a mano con sus compañeros varones. Parecía que un nuevo amanecer democrático traería libertad, igualdad y nuevas oportunidades. Más de dos años después, ante el avance de grupos islamistas por las vías legítimas de Gobierno y, ante la inestabilidad, la inseguridad y el desgobierno en el que han quedado las calles del país, las mujeres se encuentran en una situación mucho más compleja y delicada. Algunas, incluso, confiesan que bajo el régimen de Hosni Mubarak vivían mucho mejor.
El caso de Egipto es especialmente sensible, entre el resto de países de la primavera árabe. Allí, unas elecciones consideradas justas y transparentes han llevado a una situación de gran incertidumbre e inquietud en las calles. El 25 de enero, cuando se conmemoraba el segundo aniversario del inicio de las protestas que llevaron al derrocamiento de Mubarak, la plaza de la libertad se convirtió, en parte, en un lugar de violencia e indignidad. Al menos 19 mujeres fueron agredidas sexualmente en la icónica plaza de Tahrir, varias de ellas violadas por turbas de jóvenes descontrolados, según denunciaron varios grupos de defensa de los derechos humanos. La policía se hallaba en paradero desconocido. Quedaban solas esas mujeres para intentar defenderse a sí mismas.

El auge conservador en Egipto es el mejor ejemplo de la situación
Al desgobierno en las calles de Egipto se le ha añadido el avance de grupos, antes acallados o prohibidos por Mubarak, que ahora tratan de hacer de su interpretación conservadora del Corán la legalidad vigente en el país. Solo bajo esa luz se entiende que alguien como el legislador Reda Saleh al Alhefwani, del partido político afiliado a la sociedad de los Hermanos Musulmanes, se preguntara en una comisión parlamentaria recientemente: “¿Cómo le piden al Ministerio del Interior que proteja a una mujer cuando ella misma se mezcla con hombres?”.
En semejante contexto, hasta los elementos más radicales de la sociedad se han visto legitimados a decir lo que les place. El jeque Abu Islam, un predicador televisivo, ha comparado a las mujeres que se manifiestan con “ogros, sin vergüenza, educación, miedo o, incluso, feminidad”.
“Hay un clima de violencia contra las mujeres", explica la socióloga Imam Bibars, directora regional de la organización Ashoka Arab World. “Lo que se ve tras el ascenso al poder del presidente Mohamed Morsi no es un aumento del acoso sexual en las calles. Es violencia contra las mujeres, para eliminarlas de la vida pública, para dejarlas de lado. Es un movimiento planificado, pensado y acometido por los fundamentalistas, tanto en el Gobierno como en grupos más extremistas, como los salafistas. Lo que vemos es una campaña para asustar a las mujeres, para forzarlas a que callen y que no formen parte del movimiento que quiere avanzar la democracia”, añade.

Al menos 19 mujeres fueron violadas en la plaza de Tahrir en el aniversario del revolución
“Y si las mujeres en El Cairo están asustadas, las de las zonas rurales y remotas mucho más. Yo misma me lo pienso dos veces ahora antes de ir a cualquier sitio a solas, sin la compañía de amigos varones o mujeres. Sé que hay animales en muchos sitios”. Bibars lo tiene claro: “Si los que ahora mandan siguen en el poder, y se les deja hacer lo que quieran, Egipto acabará como Afganistán o como Irán. Quieren hacerlo y lo lograrán si se les deja”.
Las activistas egipcias citan un ejemplo reciente que ha confirmado sus temores. La rama en Egipto de los Hermanos Musulmanes, un grupo que ha extendido su poder en el mundo árabe tras las revueltas de la primavera árabe, y cuyos aliados controlan el Gobierno en ese país, criticó duramente el pasado mes de marzo una resolución de condena a la violencia contra las mujeres debatida en un comité de la Organización de Naciones Unidas.
“Esa declaración, de ser ratificada, llevaría a la desintegración de la sociedad y, sin duda, sería el paso final en la invasión intelectual y cultural de los países musulmanes, al eliminar la especificidad moral que ayuda a preservar la cohesión de las sociedades islámicas”, dijeron los Hermanos Musulmanes en un comunicado oficial. Entre otras cosas, critican que la ONU quiera “concederle la igualdad de derechos a las mujeres adúlteras y a los hijos ilegítimos de esas relaciones adultas”, “ofrecer protección y respeto a las prostitutas”, “la abolición de la poligamia” y, sobre todo, “anular la necesidad del consentimiento de un marido en asuntos como viajar, trabajar o emplear anticonceptivos”.

Las presentadoras de la televisión pública vuelven a llevar velo
“Ese es un comunicado muy útil, en realidad", opina Heba Morayef, directora de la oficina de Human Rights Watch en Egipto. “No proviene de un sector extremista y aislado, sino de la sociedad de los Hermanos Musulmanes en sí misma, difundido en su página web en inglés y en árabe. Ahora sabemos con quién tratamos, una plataforma islamista socialmente conservadora. No sorprende por lo que se dice en el comunicado, sino porque procede de una agrupación a la que están afiliados el partido mayoritario en el Congreso y el presidente de Egipto, y que está comprometida con el avance de la sharía, o ley islámica”, añade.
Ante esa perspectiva, muchas mujeres dicen algo ahora impensable durante los días de la revolución de 2011. “Con Mubarak, en este apartado, estábamos mejor”, asegura la activista Dalia Ziada, que fue candidata en las primeras elecciones parlamentarias libres del país. No lo duda. Lo repite, de hecho, varias veces. “Su mujer, Suzanne Mubarak, tuvo un gran papel en la aprobación de una ley de 2007 que prohíbe la ablación genital femenina. Ahora los salafistas quieren anular esa ley”, explica.
En mayo de 2012 el legislador Nasser al Shaker, del partido salafista Nour, pidió, de hecho, que se permitiera reinstaurar la práctica de extirparle el clítoris a las mujeres, de acuerdo con su interpretación de los preceptos del Corán.
“Este régimen promueve la violencia contra las mujeres para, de ese modo, asustarlas y apartarlas de las manifestaciones”, añade Ziada. “Si las familias ven que en las calles no hay seguridad, no dejarán acudir a las protestas a sus hijas. Las propias mujeres se lo pensarán dos veces antes de unirse a una manifestación. Son métodos a los que ya recurría Mubarak, pero ahora las cosas han cambiado a peor. Mubarak no era perfecto. El régimen tenía muchos problemas. Pero en lo que respecta a derechos de las mujeres, la situación ha empeorado notablemente”, añade.

“Hay en marcha un fuerte movimiento y no se rinden”, insiste una analista
Mucho se debatió sobre el futuro de la mujer en Egipto el pasado mes de septiembre, cuando la presentadora de televisión Fatma Nabil dio el parte en el Canal 1 de televisión tocada con un velo islámico que le cubría cabello y cuello. Fue toda una novedad. No porque el velo apareciera en televisión, algo que era común en cadenas privadas, sino porque el Canal 1 es público y hasta entonces las presentadoras que habían aparecido en él llevaban todas el pelo descubierto. La norma no escrita de que los asuntos confesionales quedaban fuera de los medios informativos públicos quedaba entonces rota.
Aquel incidente, sin embargo, fue una anécdota, un pequeño aparte comparado con los verdaderos problemas que vive Egipto dos años después de la revolución. La mayoría de mujeres en Egipto lleva velo y, para muchas, verlo en televisión no es un asunto de derechos civiles o no.
Las verdaderas amenazas se hallan en la calle. Muchas de las activistas entienden y asumen la contradicción que se vive en la resaca de la primavera árabe. Las mujeres se ven agredidas. Sus derechos se ven gravemente amenazados. Pero muchas de ellas han decidido que no van a ser acalladas, y toman un papel cada vez más protagonista en la vida civil y política de su país.

“Muchas más mujeres deciden denunciar las agresiones”, asegura una docente
“Hay más mujeres defendiendo sus derechos, y más mujeres activistas”, asegura Rabab el Mahdi, profesora de Ciencia Política en la Universidad Americana de El Cairo. “Con la primavera árabe se han roto muchos tabúes en ese sentido. Paralelamente ha habido un incremento en las agresiones a las mujeres. El problema de la agresión sexual en Egipto siempre ha estado ahí, no es algo nuevo. Pero con la revolución se ve más, y más mujeres han decidido protestar y denunciar a sus agresores. Por otro lado, antes había una gran presencia del aparato de seguridad del Estado, controlada por el régimen, que ahora ha desaparecido. Hay menos policía en las calles, y los agresores tienen más margen de maniobra, lo que ha llevado, también, a un aumento de las agresiones”, añade.
Ha habido mujeres valientes que han dado el paso de hablar públicamente de la lacra del acoso sexual en Egipto. La periodista Hania Moheeb fue una de las agredidas en la plaza de Tahrir el 25 de enero. Una turba la rodeó en la oscuridad, la desnudó y la violó durante tres cuartos de hora. Con gran coraje, el mes pasado la reportera decidió relatar ese calvario. En una entrevista en la cadena de televisión NBC contó que entre el grupo que la violó había hombres que fingían acudir en su ayuda. “Lo que sé es que mi cuerpo fue violado hasta el último segundo en que se me pudo poner en una ambulancia”, dijo.
Egipto se halla en una compleja y delicada situación social, política y económica. Los partidos salafistas han ganado fuerza en las calles, ejerciendo presión sobre el Gobierno de Morsi e incitando a las agresiones contra cristianos y musulmanes chiíes.

“Con Mubarak, en este apartado, estábamos mejor”, señala una activista
Las reservas de moneda extranjera están un 60% por debajo de los niveles de hace dos años. El país ha solicitado un préstamo por valor de 3.600 millones de euros al Fondo Monetario Internacional, que ha puesto como condiciones una serie de reformas de austeridad que, con toda seguridad, incrementarán el descontento en las calles.
En ese contexto, en marzo el presidente se apresuró a presentar una iniciativa nacional para proteger a las mujeres y sus derechos. Dijo que los principales problemas para las féminas de Egipto son el analfabetismo, el desempleo y el acoso sexual. “Esta iniciativa pondrá fin a cualquier intento de marginalizar a las mujeres, reducir sus derechos o suprimir su libertad o dignidad”, dijo el presidente en un discurso recogido por varios medios locales. No dio más detalles.
En su Ejecutivo hay solo dos mujeres. Tras las elecciones legislativas de hace más de un año, el Parlamento quedó conformado con apenas un pequeño 2% de féminas, muy por debajo del 12% de los últimos años de Mubarak.
“Por muchas trabas que pongan, no creo que puedan anular a las mujeres políticamente. La revolución ha puesto en marcha un movimiento muy fuerte, y las mujeres siguen muy activas en la oposición, y no se rinden”, asegura Fatemah Khafagy, analista egipcia experta en asuntos relativos a los derechos de las mujeres. “Creo que a los Hermanos Musulmanes les asustamos las mujeres, porque en cierto modo temen que votemos más que los hombres y que les podamos echar del poder. Y, de ese modo, van eliminando cuotas y van cambiando leyes, utilizando la religión para decirnos a las mujeres que nuestro lugar está en casa, no en la esfera pública. Pero no está funcionando”, opina.
Bajo el dominio de Hosni Mubarak, el régimen acallaba a los disidentes y silenciaba a los grupos islamistas. Con la democracia, estas activistas mujeres sienten que la mayoría política quiere enmudecerlas a ellas, con la excusa de una religiosidad, para ellas, debería limitarse al ámbito de la esfera privada, y no exhibirse desde el Gobierno. Para ellas, la lucha por sus libertades comenzó hace dos años, y dista mucho de haber acabado.

martes, 30 de octubre de 2012

PRENSA. "La lección de la niña Malala", reportaje

Activistas paquistaníes portan fotos de la niña Malala en una protesta por el atentado contra la muchacha por disparos de los talibanes de este país. / ARIF ALI (AFP) ("El país")

   En "El País":

La lección de la niña Malala

El atentado contra la activista por la educación de las niñas sacude Pakistán

Quien miraba por miedo a otro lado comienza a indignarse

A más educación más bienestar

 25 OCT 2012

Cuando estuvieron en el poder en Afganistán, prohibieron la escolarización y el trabajo de las mujeres y las confinaron a sus casas como si fueran muebles. Derribado su régimen, se han dedicado a quemar escuelas de niñas y a amedrentar a quienes han osado plantarles cara. Han matado a sangre fría a maestras, funcionarias y policías. Esa crueldad no les ha impedido ganar adeptos al otro lado de la frontera, en Pakistán, donde sus hermanos ideológicos también han utilizado el asesinato y la intimidación para imponerse en aquellas zonas en las que el Estado es más débil. Pero el ataque de los talibanes contra Malala Yousafzai, la adolescente que defendía en público el derecho de las niñas a ir a la escuela, ha indignado incluso a muchos de los que miraban para otro lado.
“Que esto sea una lección”, declaró el portavoz de los talibanes paquistaníes al responsabilizarse del atentado. Más tarde, cuando se supo que Malala podía sobrevivir, dejaron claro que volverían a la carga. ¿A qué se debe tanta inquina? ¿Qué hay detrás de la oposición talibán a la educación de las mujeres? ¿Tan peligroso les parece que se formen?

La espe

Sardar Roshan, exministro de Educación afgano y actual director de un centro de formación profesional privado en Kabul, lo atribuye a “una combinación de ignorancia y prejuicios muy arraigados”. En una conversación telefónica manifiesta que “el analfabetismo y el atraso hacen que se vea la escolarización de las niñas como fruto de la influencia occidental”. De ahí, asegura, que aunque solo los más extremistas se opongan a la educación femenina, el resto tema defenderla abiertamente o criticar a quienes la sabotean quemando colegios.
Para Zeenia Shaukat, una experta en desarrollo y activista de los derechos humanos paquistaní, hay algo más: una sociedad patriarcal en la que “la mayoría de los padres considera las funciones reproductivas y domésticas de las niñas más importantes que formarlas intelectual y profesionalmente”. En ese contexto, “cualquier intento de excluirlas del sistema educativo, por parte de los talibanes o de otros grupos extremistas, encuentra menos resistencia”, explica en un e-mail.
“La oposición de los talibanes [a la educación de las niñas] es parte de su identidad, de su ideología nihilista”, defiende Isobel Coleman, investigadora principal en el Council of Foreign Relations y autora deParadise beneath her feet (Randon House, 2010), sobre cómo las mujeres están transformando Oriente Próximo. “Si nos atenemos a lo que decían cuando estaban en el poder en Afganistán, no se oponen a que las niñas vayan a la escuela, pero quieren que lo hagan según sus normas, con sus profesoras, su programa, etcétera, algo que nunca pusieron en práctica”, añade por teléfono antes de apuntar a la enorme hipocresía de que “muchos altos dirigentes talibanes enviaban a sus hijas a la escuela fuera de Afganistán”.
Para Coleman, el ataque a Malala “es puro terrorismo, un intento de sembrar el miedo entre la gente, de decirles que ni siquiera una niña de 15 años está fuera de su alcance” (aunque hasta ahora se había dicho que tenía 14, cumplió 15 el pasado julio).

Los talibanes han quemado escuelas de chicas tras su caída del poder
La joven estudiante, que había recibido amenazas previas, sufrió de forma directa lo que significa vivir bajo la férula talibán cuando en 2009 esa milicia se hizo con el control del valle del Swat, en cuya capital, Mingora, vivía con su familia. Cerraron todas las escuelas de niñas, incluida la suya, que dirigía su padre. Lo contó en un blog y desde entonces no ha dejado de hacer campaña a favor del derecho a la escolarización de las paquistaníes.
“Dispararon a Malala porque la educación de las niñas amenaza todo lo que ellos defienden. El mayor riesgo para los extremistas violentos en Pakistán no son los drones estadounidenses. Son las niñas con formación”, ha escrito Nicholas D. Kristof en The New York Times.
No es solo una opinión. Hay datos que la sustentan. Según el Banco Mundial, “educar a las niñas es una de las mejores formas no solo de avanzar en la igualdad de género, sino de promover el crecimiento económico y elevar el bienestar general”. El conocimiento tiene un efecto multiplicador porque las mujeres tienden a invertir en sus comunidades. Así, por cada año más de escolarización, aumenta su salario un 10%, se reduce la mortalidad infantil al menos un 5% y también se extiende la permanencia de sus hijos en la escuela.
Pero las más educadas también tienden a casarse más tarde, tener menos hijos y a adquirir independencia económica. Eventualmente, eso les lleva a querer tomar las riendas de sus vidas y entonces ponen contra las cuerdas el sistema patriarcal que los talibanes defienden a capa y espada. Los fanáticos, que según Shaukat “ven a las mujeres independientes como una amenaza al dominio masculino de la sociedad”, justifican su intransigencia al respecto en la sharía, o ley islámica, dando así argumentos a quienes en Occidente consideran misógino el islam.

“Es una mezcla de ignorancia y prejuicios”, dice un exministro afgano
“Es una interpretación misógina del islam, una interpretación muy conservadora y literal que constriñe la función de la mujer en la sociedad”, opina Coleman antes de precisar que “hay muchas interpretaciones y muchas prácticas, y ninguna otra llega a tales extremos”.
“No tiene raíz religiosa, sino cultural”, apunta por su parte Roshan, el exministro de Educación, quien no obstante defiende que la sociedad afgana en general no se opone a la educación de las niñas y que el rechazo es algo importado. “Antes de que nos sumiéramos en la guerra hace tres décadas, las niñas iban a la escuela”, asegura, y pone como ejemplo la buena acogida del centro de formación profesional que dirige y que tiene un alumnado mixto. “Son ideas de fuera de nuestras fronteras, inspiradas en círculos muy conservadores de Oriente Medio que las introdujeron en la época de los muyahidín”, explica en referencia a quienes combatieron contra la ocupación soviética y evitando mencionar a Arabia Saudí, que los financió.
El dinero saudí ha contribuido sin duda a extender la interpretación puritana y patriarcal del islam beduino predominante en ese país. No obstante, como apunta Coleman, “incluso, donde las mujeres tienen menos derechos legales que en Afganistán y Pakistán, hace décadas que han accedido a la educación y en la actualidad constituyen una mayoría significativa en las universidades”.
“La religión es solo una excusa. Ni el islam ni ninguna otra imponen límites a la educación de las niñas. Muchas comunidades manipulan la religión en ese sentido”, afirma Shaukat. Esta activista recuerda que “hay muchas zonas del mundo en las que se limita la escolarización de las niñas debido a la pobreza, los matrimonios tempranos o porque, de tener que elegir, los padres prefieren educar a los hijos”.
“No conozco ningún otro caso, aparte de Afganistán y Pakistán, en el que se niegue el derecho a la educación de las niñas”, refuta Coleman que visitó esos países para escribir Paradise beneath her feet. “En otras partes del mundo no es una prioridad, pero salvo algún grupo extremista como los Al Shabab en Somalia y últimamente en Malí, no se trata de un rechazo institucionalizado”, explica.
Lieke van de Wiel, consejero de educación de Unicef para Asia del Sur, confirma en un e-mail que “tanto en Afganistán como en Pakistán, la predisposición de los padres a enviar a sus hijas a la escuela es menor que otros países, donde también se dan casos de rechazo en algunas zonas, pero menos”. Este experto también señala que los ataques a escuelas femeninas o a niñas que van a clase son más frecuentes en ambos, aunque carece de datos de centros dañados o escolares afectadas.

En los últimos años se ha reducido la diferencia en la educación de niñas y niños en todo el mundo, y dos tercios de los países han alcanzado la paridad en la primaria. Afganistán y Pakistán no están entre ellos. En el primero, apenas hay 64 niñas escolarizadas por cada 100 niños, y solo un 18% de ellas completa la primaria (frente al 54% de los varones). Con todo, se trata de un gran avance ya que 10 años atrás, durante el régimen talibán, no había escuelas femeninas. Más sangrante es el caso de Pakistán que, sin el lastre de las tres décadas de guerra de su vecino, tiene una ratio de escolarización de 79,64 chicas cada 100 chicos y una diferencia significativa entre quienes acaban la primaria en ambos sexos (el 60% frente al 78%). India tiene una ratio de 92,18, Irán de 96,38 y Arabia Saudí de 97,15.Lieke van de Wiel, consejero de educación de Unicef para Asia del Sur, confirma en un e-mail que “tanto en Afganistán como en Pakistán, la predisposición de los padres a enviar a sus hijas a la escuela es menor que otros países, donde también se dan casos de rechazo en algunas zonas, pero menos”. Este experto también señala que los ataques a escuelas femeninas o a niñas que van a clase son más frecuentes en ambos, aunque carece de datos de centros dañados o escolares afectadas.
No obstante, Shaukat se muestra convencida de que el rechazo a la escolarización de las niñas se ha reducido. “Ahora, si la gente tiene la oportunidad, prefiere educar a sus hijas”, afirma. Para ella, la situación actual es “un fracaso del Estado que no ha sido capaz de hacer la educación accesible para todos, a pesar de que una reciente enmienda constitucional la consagra como un derecho fundamental de los ciudadanos”.
Con 190 millones de habitantes, Pakistán aún tiene fuera de las aulas a ocho de sus 20 millones de niños en edad escolar, y el porcentaje de chicas es mayor que el de chicos. A Shaukat le preocupa además “la calidad de la educación”. En su opinión, “el currículo que se enseña en numerosas escuelas aún fomenta una ideología estrecha de miras que se centra en la supremacía de una religión y una nacionalidad sobre la otra, con poco espacio para el pensamiento crítico”.
Shaukat no lo menciona con su nombre, pero se está refiriendo al islamismo radical con el que han coqueteado los sucesivos Gobiernos militares y civiles, que es el caldo de cultivo de los talibanes y que refuerza el machismo de la sociedad paquistaní. A pesar de haber sido el primer país islámico en elegir a una mujer para dirigir el Gobierno (Benazir Bhutto, en 1993), Pakistán quedó en una vergonzosa tercera posición en la lista de países con mayor brecha de género elaborado el año pasado por el World Economic Forum.
“Pakistán, como nación, no ha hecho suficiente por la educación de sus mujeres”, concurre Coleman. En su libro cuenta que el Gobierno apenas dedica un 1% de su presupuesto a la educación frente al 30% destinado a defensa. El mismo desequilibrio se repite en la ayuda que recibe de EE UU, su principal aunque incómodo aliado. Según datos recogidos por la prensa de ese país, Washington le da un dólar para educación por cada 10 para asistencia militar, y eso después de que recientemente triplicara la aportación civil hasta 170 millones anuales.Shaukat no lo menciona con su nombre, pero se está refiriendo al islamismo radical con el que han coqueteado los sucesivos Gobiernos militares y civiles, que es el caldo de cultivo de los talibanes y que refuerza el machismo de la sociedad paquistaní. A pesar de haber sido el primer país islámico en elegir a una mujer para dirigir el Gobierno (Benazir Bhutto, en 1993), Pakistán quedó en una vergonzosa tercera posición en la lista de países con mayor brecha de género elaborado el año pasado por el World Economic Forum.
La esperanza de los observadores es que el atentado contra Malala sirva de punto de inflexión para que tanto los ciudadanos como las autoridades de Pakistán reflexionen sobre la grave situación en la que se encuentra el país y cambien sus prioridades. “Debería ayudar a que la gente diera la espalda a los talibanes y a su ideología; se presentan como defensores de los valores auténticos y sobre todo como adalides frente a EE UU y Occidente, pero eso no puede justificar su brutalidad”, concluye Coleman, para quien el rechazo popular es la única solución, ya que combatirlos con las armas solo les da más alas.

La esperanza en un pañuelo blanco

Si hay una imagen que refleje la esperanza de Afganistán, es la de las niñas a la salida de clase. Con sus uniformes negros y sus pañuelos blancos sobre la cabeza son la promesa de un futuro distinto para un país castigado por la geografía, la guerra, vecinos sin escrúpulos y gobernantes corruptos. Para esta corresponsal que lo visitó durante los oscuros años del régimen talibán, las risas despreocupadas de esas crías mientras corretean alrededor de sus madres o hermanos de vuelta a casa hacen olvidar el silencio sepulcral que entonces oprimía a los afganos.
Con 30 millones de habitantes y 12 de ellos entre los 7 y los 12 años, Afganistán tiene hoy una de las proporciones más altas del mundo de niños en edad escolar. Aunque todavía cinco millones no están escolarizados, de los que van a alguna de las 12.500 escuelas, un 37% son niñas. Hace 10 años apenas había un millón de escolares, todos chicos, y 3.400 escuelas repartidas por todo el país.
A pesar de ese considerable avance, siguen existiendo importantes limitaciones para el acceso de las chicas a la educación. Desde el elevado coste de la enseñanza (libros, uniformes, etcétera) hasta la falta de suficientes maestras (apenas un 30% del cuerpo docente). Una vez cumplidos los 10 años, muchas familias consideran inaceptable que las niñas tengan profesores hombres y les parece más importante encontrarles un marido. Un 43% de las mujeres están casadas antes de los 18 años, muchas aún niñas. Según el informe de este año del programa Educación para Todos de la ONU, mientras que un niño afgano permanece en la escuela 10,1 años, una niña solo está 6,1 años (la media global es de 11,6 y 11,3). Además, los avances realizados durante la última década penden de un hilo debido a la persistencia del conflicto civil. La insurgencia talibán y el peso de la tradición impiden que las niñas vayan a clase en 200 de los 412 distritos en que se divide el país.

jueves, 18 de octubre de 2012

PRENSA. "Malala", por José Aguilar

José Aguilar

   En "El Día de Córdoba":

Malala

JOSÉ AGUILAR | 15.10.2012
Los héroes más auténticos, los más íntegros e imperecederos, no son los que se preparan y luchan para serlo, sino aquellos a los que, sin buscarlo, la vida los conduce a protagonizar gestas que nunca imaginaron tener que realizar. 

Son héroes contra su voluntad y contra su vocación. A su pesar. Ellos sólo cumplen con lo que consideran su deber, pero las circunstancias los empujan al heroísmo. A veces incluso se limitan a conducirse conforme a las exigencias de su edad o condición. Son los condicionantes externos los que nos hacen descubrir su valentía y su coraje. 

Pensaba estas cosas considerando el caso de Malala Yousafzai, la chica paquistaní de 14 años tiroteada por un talibán cuando se dirigía a coger el autobús para ir de la escuela a su casa. Intentaron asesinarla por eso, por ir a la escuela a aprender y subir los primeros escalones que habrían de llevarla, tal vez, a ser de mayor médico o abogada. "Era joven, pero estaba promoviendo la cultura occidental", declaró un portavoz de los asesinos a modo de justificación. Cuando ellos tomaron a sangre y fuego la comarca en la que Malala vive, en 2007, prohibieron la música, implantaron la ley islámica, organizaron tribunales que ordenaban la ejecución de los infractores de la sharia y cerraron las escuelas femeninas. Es normal, para ellos, recluir a las mujeres en el hogar para que alcancen su destino natural de servir a los hombres, y peligroso, en consecuencia, que las futuras mujeres aprendan en las aulas que pueden aspirar a otro destino. 

A Malala Yousafzai le tenían ganas sus verdugos. En 2009 la BBC empezó a difundir el diario que escribía en su blog. En él describía, con la inocencia de sus once años, la barbarie a la que la sometían los talibanes, la recomendación de sus profesores para que no llevaran ropas de colores que molestaban a los radicales o su propia iniciativa de ocultar el uniforme colegial y esconder los libros bajo la vestimenta de calle. Lo hacía, como digo, sin darse importancia, tal vez sin ser enteramente consciente de su arrojo y su audacia. Cuando el Ejército recuperó el valle y expulsó a los talibanes, fue condecorada y celebrada con varios premios internacionales. Mientras llegaba a la adolescencia convertida en una heroína sobrevenida e involuntaria, los fanáticos preparaban su venganza, que ahora han logrado ejecutar a medias. 

Millones de jóvenes occidentales habituados a una vida confortable y acomodada no soportan la mínima disciplina de sus maestros y desprecian la oportunidad de formarse en las aulas gratuitas. Muy lejos, en Pakistán, su coleguita Malala se ha expuesto a morir a manos del terror sólo por querer aprender. Su heroísmo no pretendido es aún más valioso por puro contraste.

martes, 28 de agosto de 2012

PRENSA. Sobre la situación de las mujeres en Afganistán

Un grupo de afganas hace cola para votar en las elecciones legislativas de 2005, en la ciudad de Herat. / CAREN FIROUZ (REUTERS) ("El país")

   En "El País":

“Tomaré pastillas para matarme”

El abandono del hogar o el sexo fuera del matrimonio son algunos de los ‘delitos morales’ que mantienen recluidas a unas 400 mujeres en las cárceles afganas

 Kabul 25 AGO 2012 

Yasmín ya sabe lo que hará cuando salga de la cárcel de mujeres Badam Bagh, en Kabul (Afganistán): “Iré a casa de mis padres, cogeré un bote de pastillas y me mataré”. Es una de las cerca de 70 reclusas condenadas en esta cárcel por los denominados “delitos morales”, que incluyen la huida del domicilio —en muchos casos, huyendo del maltrato— y el delito de zina, o sexo fuera del matrimonio.
Su historia suena casi con las mismas palabras que la de la mayoría de condenadas por estos delitos: matrimonio forzado, maltrato, abusos, huida y condena. En algunas ocasiones, también hay un novio de por medio. Es la historia de unas 400 jóvenes y niñas en todo el país, según Human Rights Watch. Solo cambian la cara y el nombre.
Mamem Bahara, de 18 años, atraviesa con parsimonia el patio de la cárcel, en el que gotean unas camisolas de manga larga y unos cuantos niños descalzos que lloran al unísono se esconden tras sus madres.
Es la mayor cárcel de mujeres de Afganistán, pero por las edades de las reclusas parece un instituto. “Y es la mejor equipada”, explica Tariq Sonnan, de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito(UNODC, en sus siglas inglesas), que trabaja con mujeres reclusas desde 2008. “La mayoría de las presas están en la cárcel por ‘delitos morales’, y algunas de ellas son víctimas de abusos”, añade. Badam Bagh significa “jardín de almendras”. Amargas.
A Mamem la sacaron del colegio para casarla con un hombre de 40 años. Dice que quería estudiar Periodismo y que era buena en la escuela. Cuando se comprometieron, no sabía que su marido tenía hijos. Fue un matrimonio forzado, en el que aguantó dos meses.
—¿Por qué estás en prisión, Mamem?
—Por huir.
—¿De tu casa?
—De mi marido.
—¿Cómo era?
Pone cara de asco.
—Viejo, feo... horrible —se ríe.
—¿Te pegaba?
Duda un momento y responde.
—Me pegaba siempre.
Mamem está en contacto con su madre, no con sus hermanos, que creen que sigue casada. “Si se enteran de que estoy en la cárcel me matarán”, asegura. El rechazo social es la segunda parte de la condena.
“Ni sus propias familias aceptan a una mujer que ha pasado por prisión”, afirma Huma Safi, de Women for Afghan Women, una ONG que en colaboración con el Gobierno afgano y UNODC gestiona viviendas para las mujeres que tras salir de la cárcel no tienen adónde ir. Se las conoce como “casas de la esperanza”. En Afganistán tienen dos, en Kabul y en Mazar-i-Sharif.
Lalsat es una de las 14 chicas que viven en la casa de Kabul. Todas, excepto dos, fueron condenadas por “delitos morales”. Se arremanga la camiseta con mal gesto y enseña una cicatriz larga y fea que atraviesa la mano hasta casi el antebrazo. “Ves, por esto me escapé”, masculla. Tenía 15 años cuando sus padres la casaron con un hombre de 50, con dos esposas y 12 hijos. “Me pegaba por todo. Decía que le quitaba dinero. Un día me hizo esto con el cuchillo”, admite. Ese día se escapó.
Los casos se repiten en todo el país hasta el absurdo. En febrero de 2012, Human Rights Watch publicó el informe I had to run away (Tuve que huir), con 58 entrevistas a condenadas por “delitos morales” en 24 cárceles y centros de rehabilitación de menores de Afganistán. Su autora, Heather Barr, explica en un café de Kabul que más de la mitad de las mujeres (52%) que entrevistó reconoció sufrir violencia física en casa, el 39% en el último año. Y que, pese a algunos cambios aparentes —en el Parlamento afgano hay un 29% de mujeres, gracias a una cuota aprobada en 2005—, casi 11 años después de la caída del régimen talibán, Afganistán es uno de los peores países del mundo para las mujeres.
Ha pasado más de una década de la invasión estadounidense del país y desde que 30 representantes de los cuatro grupos mayoritarios del país —pastunes, tayikos, uzbekos y hazaras— firmaran el llamado Acuerdo de Bonn, con el que nacía un nuevo Afganistán, en teoría también para las mujeres.
En teoría han mejorado algunas cosas: la creación de un Ministerio de Asuntos de la Mujer, en 2004; una nueva Constitución, que garantiza la igualdad de derechos, y la adopción, en 2009, de la Ley para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres. Pero ni un millar de mujeres policías ni el 20% de funcionarias con las que cuenta hoy el país disimulan la general amputación de los derechos de las afganas.
Desde 2008, entre el 70% y el 80% de los matrimonios en Afganistán fueron forzados, según la ONU, en muchos casos con contrayentes menores; pese a la apertura de escuelas de niñas, menos del 15% de las afganas sabe leer y escribir; la esperanza de vida femenina no alcanza los 45 años (la de las españolas es de más de 84); el maltrato sigue estando generalizado, según el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), y las cárceles están llenas de víctimas de maltrato que huyen de sus verdugos.
El abandono del hogar es una figura recurrente en la historia de estas mujeres. “En el código penal de Afganistán, huir no es un delito como tal”, asegura Heather Barr. Sin embargo, en respuesta a las numerosas condenas por este motivo, en 2010 el Tribunal Supremo afgano alegó la vulnerabilidad de las mujeres que al abandonar el hogar “podrían cometer delitos como el adulterio y la prostitución, en contra de los principios de la sharía (ley islámica)”.
El mulá Abdul Hadi Hemat, de 30 años, se esmera en explicar que la sharía no permite a una mujer el abandono del hogar sin el permiso del marido, “en ninguno de los casos”. “En los casos de huida, el sagrado Corán sugiere tres opciones: los consejos del marido a su mujer para que no se escape; que interceda la familia para solucionarlo o, en último caso, el divorcio”. ¿Y si le pega? “El islam dice que seamos pacientes”, responde.
Mientras, en la cárcel, la reclusa Yasmín sigue determinada a rematar su condena.
—Yasmín, ¿has dicho que te matarás?
—Sí, me mataré. He defraudado a mi familia y para ellos he perdido el honor. No merezco vivir.