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miércoles, 13 de noviembre de 2013

PRENSA CULTURAL. Sobre "En busca del tiempo perdido", de Marcel Proust


   En "El País":

‘En busca del tiempo perdido’: donde un detalle contiene el universo

Los escritores dan las claves de 'En busca del tiempo perdido', obra capital de la literatura

Hablan Amos Oz, Philippe Claudel, Donna Leon, Amélie Nothomb, Nuno Judice, Milton Hatoum, Kjartan Flogstad...

 Madrid 11 NOV 2013 

La música suena. He ahí a Marcel Proust en el gran salón de baile de máscaras. He ahí a Proust convirtiendo su vida, la vida, en arte, en novela. El escritor divirtiendo a lectores con En busca del tiempo perdido y transformando a algunos en escritores desde hace un siglo, en una estela de admiración que llega hasta hoy con nombres como Amos Oz, Philippe Claudel, Milton Hatoum, Donna Leon, Amélie Nothomb, Philippe Lançon, Nuno Judice, Marie Arana…
“Es el mago de la representación de objetos y personas, de lugares y de acontecimientos. A veces puedo leer a Proust con los ojos cerrados”, reconoce el israelí Amos Oz. Un hechizo que reside en su capacidad de hacer de la novela el teatro más grande del mundo, asegura el portugués Nuno Judice, último Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Y con un efecto añadido: “Convertir al lector en un espectador que a menudo tiene que entrar en el juego escénico. Eso hace que sea una obra que rescata la superficie y lo cotidiano, y nos obliga a disfrutar de este Proust y su magdalena que nos ofrece para revivir los recuerdos que, con el tiempo, llegan a ser también nuestros”.
Un Proust que creó una pintura viva de la existencia visible y emocional en un magistral ciclo narrativo que en una de sus páginas de Por el camino de Swann, primer volumen que el 14 de noviembre cumple su primer siglo, funde su vida, la del narrador, la de la novela y la del lector y el escritor de lo que habrá de ser y contar en siete volúmenes: “yo me había echado sobre mi cama con un libro en la mano, en mi habitación que, temblando, protegía su frescor transparente y frágil del sol de la tarde tras sus persianas casi cerradas donde, sin embargo, un reflejo de día había encontrado modo de filtrar sus alas amarillas y permanecía inmóvil entre la madera y el cristal, en un rincón, como una mariposa que se hubiera posado”.
Soplo de vida de realidad-ficción decisivo para muchos escritores como Oz porque, confiesa, “fue uno de los responsables de que decidiera escribir Una historia de amor y oscuridad, mi intento más ambicioso de abordar mis tiempos perdidos”.

Es tan importante para la Historia de la Literatura como lo es la Biblia en la Historia de la Religión
Pero antes, la novela cambia a los lectores como Amélie Nothomb que no duda en afirmar que “es el libro más ambicioso del mundo, aunque no lo parece: lo puedes leer como una historia divertida. Es tan importante para la Historia de la Literatura como lo es la Biblia en la Historia de la Religión. Proust es el mejor escritor del universo. Nos dice que la única religión es la literatura”.
Una liturgia que confirma Philippe Claudel. La halló en la poesía que guarda el libro y el estilo Proust que le dio la libertad de empezar a escribir “y de tratar de conciliar la poesía y la narración”. Por ese mismo camino anda el brasileño Milton Hatoum. En el ritmo de la frase y la memoria, hasta el punto de que, asegura, “todos los escritores son proustianos antes de descubrir un estilo personal, la petite musique, de la que habló Céline”.

El libro aumenta y resume todas las posibilidades de la literatura en un momento en el que esta, en su instante álgido en Europa, va a iniciar dentro de poco su declive, a decir adiós en cualquier caso a su omnipotencia
El acercamiento al libro tiene tantas historias como historias tiene cada lector. Philippe Lançon, escritor y crítico de Libération, recuerda que un día cogió de la biblioteca de su madre, al azar, Albertine desaparecida, en una vieja edición de Gallimard, y como tantos otros, reconoce: “nunca me recuperé de ello totalmente. A menudo, tengo la impresión de que todo lo que leo ya se ha escrito, mejor, en En busca del tiempo perdido. Es una impresión injustificada, pero no conozco otra obra que la produzca hasta ese punto. El libro aumenta y resume todas las posibilidades de la literatura en un momento en el que esta, en su instante álgido en Europa, va a iniciar dentro de poco su declive, a decir adiós en cualquier caso a su omnipotencia. Es exactamente el momento en el que el alba se convierte en crepúsculo, y viceversa, como si ni la noche ni el día existiesen”.
Camino que deja huellas eternas tras su lectura porque, según Marie Arana, escritora y responsable de la información sobre libros en The Washington Post, la primera impresión de Por el camino de Swann reside en su clara distinción entre lo antiguo y lo nuevo: “El tiempo parecía perfectamente detenido, de la misma manera que el tiempo permanecía detenido en, pongamos por caso, el libro Habla, memoria, de Vladimir Nabokov. Ambos describían el mismo pasado amado y dorado, rescatándolo para nosotros en hazañas de heroicidad verbal. Proust dejó una impresión duradera en mí porque disfrutaba sin reservas de la nostalgia, de la sensualidad, del mundo material y de unas imágenes elaboradas con precisión. Logró transmitir —quizás incluso más que Nabokov, Henry James o Murasaki Shikibu— la sensación de lo que perdemos mientras avanzamos rápido hacia el futuro”.
A ello ayudan, según Hatoum, “sus frases largas y sinuosas, muy diferentes de la prosa francesa anterior. Sus personajes que invitan al lector a descifrar una conducta moral, sin respuestas definitivas”. ¡Y el humor! Lo recuerda Lançon Libération: “El tamiz extraordinariamente preciso de su ironía, que no deja pasar nada, ni lo que somos, ni lo que pensamos, ni lo que hacemos, ni lo que fingimos ser, pensar y hacer. Este humor, de una ligereza implacable, nos anima a vivir con todas las caricaturas posibles de nosotros mismos que podemos inventar, y a vivirlas como si nunca tuviésemos que sobrevivirlas”.

Pero esta voz que hace la ficción de un comentario personal de eventos pertenece a un narrador que nos arrastra en la intimidad, y nos hace íntimos con una gran galería de personajes
Para Judice, lo fascinante es el “romántico encuentro del sujeto con un libro que transforma el momento en que alguien se despierta en una génesis moderna. En esta nueva creación, Dios se sustituye por uno que me da todo el poder sobre sus criaturas. Pero esta voz que hace la ficción de un comentario personal de eventos pertenece a un narrador que nos arrastra en la intimidad, y nos hace íntimos con una gran galería de personajes que nos lleva a un convivencia de interminables conversaciones, pensamientos, monólogos, obras de teatro, grandes o pequeñas".
En la profundidad psicológica sitúa Hatoum el centro de la aportación literaria, “en la infinita posibilidad de inventar a través de la memoria. El hecho de que, para Proust, memoria e imaginación son hermanas siamesas. Donde un detalle mínimo puede contener el universo”.
Más de tres mil páginas en siete volúmenes que se pueden leer en diferentes etapas de la vida, como recuerda la escritora estadounidense Donna Leon. Y no se olvida del desafío de la traducción, de esa “otra persona que influye en la manera en la que se entenderá el texto. Por tanto, se convierte más en una carrera de obstáculos que en un libro”.

No solo leer a Marcel Proust, sino también expresar la voluntad de leerlo aporta gran capital cultural. Más que literatura es un emblema literario
En busca del tiempo perdido también tiene fieles laicos. Reconocen su grandeza, pero también que no es para ellos. Es el caso del finlandés Kjartan Flogstad:“Al acabar el libro quedé contento y supe que no tiene que ver con mi idea de novelar. No solo leer a Marcel Proust, sino también expresar la voluntad de leerlo aporta gran capital cultural. Más que literatura es un emblema literario. Dentro de la narrativa modernista los nombres de Joyce y Proust indican dos caminos opuestos. Utilizando todos los recursos del idioma y del habla popular, Joyce, en mi opinión, abre camino, Proust no”.
Un siglo después el camino sigue, y espera. Allí continúa Marcel Proust viendo la vida en un baile de máscaras y señalando qué hay detrás de cada una de ellas, mientras fuera una cortina de lluvia con incesantes relámpagos de recuerdos e ilusiones no amainan.

PRENSA CULTURAL. Sobre 'En busca del tiempo perdido', de Proust. Félix de Azúa

Un joven Marcel Proust, de rodillas, fotografiado en 1892 en un club de tenis de París. / RUE DES ARCHIVES 
("el país")

   En "El País":

‘En busca del tiempo perdido’, de Proust: Juventud de un centenario

Marcel Proust publicó, con su dinero, el 14 de noviembre de 1913, 'Por el camino de Swann'

Es el primero de los siete volúmenes de una de las obras cumbre de la literatura: 'En busca del tiempo perdido'

 12 NOV 2013

Sobre Proust se ha escrito ya casi todo, pero sobre la Recherche no, porque es un clásico y lo propio de los clásicos es su misteriosa capacidad para cargarse de nuevos contenidos en cada sucesiva generación. Lo que hoy significa esa obra no es lo que significó en 1913. Ahora hace cien años aparecía la primera parte, Por el camino de Swann, traducido a veces, con mayor exactitud, como Por donde vive Swann.
El inmenso retablo se presentó al juicio de los lectores anteriores a la primera guerra con un fragmento que hacía imposible adivinar el conjunto. Su escala iba a ser desmesurada, más de tres mil páginas, y habría sido quimérico predecir que aquellas inaugurales teselas se insertarían años más tarde en un mosaico gigantesco donde jugarían un papel esencial, pero impredecible. Es lo único que justifica el error inmenso de Gide al rechazarlo para la editorial Gallimard.
Y tras aquella primera aparición estalló uno de los más sangrientos conflictos que ha conocido la muy sanguinaria sociedad europea. La guerra del 14/18, como la llaman los franceses, influyó decisivamente en el proyecto de Proust y no hay nada tan estremecedor como El tiempo reencontrado, la última parte de la Recherche, en forma de baile de máscaras o de danza de cadáveres que reúne a los personajes tras la contienda y cierra una vida que había comenzado con la luminosidad gótica de la duquesa de Guermantes. Tras la guerra no hay héroes, los bellos militares, las hermosas damas, los sutiles aristócratas, las seductoras adolescentes de la fureur de vivre son ahora macabros restos de una sociedad difunta. El ciclo de la vida y la muerte se había completado con aquella última y lúgubre escena.

André Gide rechazó el manuscrito para Gallimard, y al final lo editó Grasset
La obra estaba acabada y si bien Proust no alcanzó a corregirla hasta el final, el lector puede hoy leerla sorteando los bloques de mármol aún no esculpidos o inacabados, como La Prisionera o La Fugitiva, los más imperfectos. Eso no quiere decir que deba evitarlos, son de lectura obligada, pero admiten un seguimiento menos atento que el resto del material.

La I Guerra Mundial influyó de forma decisiva en la gran obra de Proust
Esta perpetua actualidad de la Recherche se debe, entre otras causas, a que no es exactamente una novela, aunque es una de las más grandes que se hayan escrito, pero es también mucho más. Sus cientos de personajes tienen la realidad verosímil del mejor retrato realista y sin embargo encarnan iconos anímicos de la misma intensidad que Odiseo o don Quijote, es decir, mitos que reúnen en sí un resumen exacto, estremecedor, de los modos de ser del humano contemporáneo y sus distintos destinos. Leer la Recherche no es solo introducirse en un universo de ficción extremadamente inteligente, es también aprender a reflexionar sobre nuestros vicios y virtudes, modos de amar, creencias falsas, esclavitudes, holgazanerías, o verdades hipócritas. Es una auténtica enciclopedia de la humanidad moderna, de su gloria y de su estupidez.

La ‘Recherche’ es una verdadera enciclopedia de la humanidad moderna
Víctor Gómez Pin, quien ha dedicado a Proust dos libros en verdad filosóficos, afirma que el único personaje de la Recherche es el lenguaje mismo y que por esta razón va mucho más allá de las peripecias y avatares de la alta burguesía parisina del ochocientos. El lenguaje tal y como lo poseemos nosotros, es decir, nuestra esencia, lo que nos hace humanos, está derivando de un modo universal e inexorable a puro instrumento, a utensilio práctico. A medida que el lenguaje se hace instrumento nosotros nos convertimos en meras herramientas. No obstante, el lenguaje de la Recherche es perfectamente ajeno a toda instrumentalización, incluso aquella que obliga al novelista a respetar la acción o el suspense, de ahí la longitud pertinaz de las frases y esa dificultad que pone nerviosos a los lectores apresurados. Podríamos decir (pero ese sería otro artículo) que el lenguaje de Proust es estrictamente poético en su sentido más riguroso y por eso exige nuestra esforzada colaboración.

Para el escritor, las palabras del habla cotidiana toman una función mágica
Cuando uno busca, como Proust, el lenguaje en su labor poética, entonces el habla, el lenguaje de la gente en su vida corriente, se transforma en un encantamiento que permite llegar a lo más recóndito del hablante. El modo de hablar es una representación fiel del alma de cada individuo y la Recherche es, por encima de todo, un repertorio de modos de hablar. Cada modo de hablar es una posibilidad de vivir.
En una útil antología de pensamientos de Proust, recogida por Jaime Fernández en El almuerzo en la hierba, figura esta frase: “Las palabras no me informaban sino a condición de interpretarlas como se interpreta una afluencia de sangre al rostro de una persona que se azara, o también un silencio repentino”.
Para Proust las palabras del habla cotidiana, en ocasiones significativas, toman una función mágica capaz de provocar reacciones involuntarias del cuerpo. Esta capacidad enigmática del lenguaje es lo que hace de la Recherche una obra que transforma al que la lee, no solo anímicamente, sino con frecuencia también físicamente. Si se hace con seriedad, su lectura no es una lectura, sino una transfusión de lenguaje, análoga a las transfusiones de sangre que reviven a un moribundo. Es posible que esa sea, hoy en día, la mejor forma de preparar nuestro cuerpo para la mortalidad.