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martes, 13 de enero de 2015

PRENSA CULTURAL. "¿Por qué leer a los clásicos?"

   En "jotdown.es":

¿Por qué leer los clásicos?

Publicado por 
Foto: Corbis.
Foto: Corbis.
«Clásico». La palabra en sí ya impone. Al escucharla es inevitable sentir un temor casi reverencial, un máximo respeto: nos vienen a la mente libros de naturaleza colosal, tan irreductibles en apariencia como el Caballo de Troya o Moby Dick, libros que han contribuido a esculpir el mundo con el vigor de sus inmortales palabras.Muchos han sido los autores y pensadores que, con mayor o menor exactitud, han tratado de precisar lo que es un clásico, llegar a su núcleo duro para poder por fin dar con una respuesta definitiva mediante la que solventar una problemática duradera. En efecto, la cuestión de qué requisitos debe colmar un libro para ser considerado como tal ha sido una constante en la historia de la literatura y la crítica y, si bien hay muchos factores a tener en cuenta, no necesariamente acumulativos, decir que existe un único patrón definidor es más bien discutible. Resultará evidente que si nos seguimos preguntando acerca de qué es un clásico y, por ende, por qué leerlos, solo puede indicar que nadie lo sabe a ciencia cierta: ni el lector común ni el literato más versado. Que la pregunta siga siendo relevante únicamente significa que todos estamos, para bien o para mal, igual de confusos en torno a la cuestión.
Con esa acidez tan suya, Mark Twain escribió que un clásico es un libro que la gente elogia pero no lee; un libro, en suma, que todo el mundo quiere haber leído y nadie quiere leer. Es fácil acomodarse respecto a un clásico, de ahí la triste mordacidad con la que Twain se expresa: precisamente porque permean nuestra cultura desde tiempo inmemorial, darlos por sentado es algo que puede ocurrir sin dificultad alguna. Esto es un gran error, pero es que, para muchos, «clásico» es con frecuencia sinónimo de todo lo que un clásico no debe ser. En ocasiones asociamos el término con aquellos libros que profesores sin clemencia imponen a reticentes estudiantes, libros cuya temática y significado se analizan hasta la saciedad por parte de académicos vestidos con chaquetas de tweed, etc.; en definitiva, asociamos a los clásicos con aquellos librosmuertos, polvorientos y aburridos cuyo hábitat natural parece ser el intelectualismo más rancio o el rincón más recóndito de una estantería olvidada. Pero no nos equivoquemos: más allá de estas percepciones, tan comprensibles como equivocadas, es necesario que nos enfrentemos a los clásicos sin miedo alguno y, sobre todo, con mucha normalidad. Un clásico, al fin y al cabo, no deja de ser un libro, con todo lo que eso entraña.
Hace tiempo, escuché decir a alguien o quizá lo leyese que únicamente leía libros de autores fallecidos. En principio puede parecer una postura exagerada, pero dicha afirmación tiene también cierta trascendencia puesto que, de algún modo, es una gran manera de seleccionar qué leer y qué no leer. El tiempo, crítico literario por excelencia, nos hace el gran favor de separar el trigo de la cizaña, dictando sentencia cual juez imparcial en cuanto a la verdadera calidad o importancia de algo. Lo que queda, lo que siempre permanece, son los clásicos, fuente inagotable de calidad, conocimiento y, ante todo, humanidad. Me gusta pensar que si seguimos leyendo a ShakespeareDostoievski o Lorca en la actualidad es por algún motivo en concreto.
Pero, ¿qué es un clásico y por qué debería importarnos? ¿Debe importarnos acaso? En su magnífico libro Por qué leer los clásicos, Italo Calvino comienza su tesis personal proponiendo algunas definiciones de lo que constituye un clásico, dentro de las cuales la más conocida y citada quizá sea aquella que sostiene que «los clásicos son esos libros de los cuales se suele oír decir “Estoy releyendo…” y nunca “Estoy leyendo…”». Un clásico es un libro que se presta a incesantes revisiones e interpretaciones; un libro, en palabras del propio Calvino, que nunca termina de decir lo que tiene que decir, de ahí que su potencial recorrido se antoje infinito.
Sin embargo, mientras que el genial autor italiano tituló su ensayo como una contundente afirmación justificada por multitud de razones, prefiero formular el asunto como un interrogante: esto es, en lugar de «Por qué leer los clásicos», mejor «¿Por qué leer los clásicos?» Ante todo, porque el tema no debe abordarse como si de una rotunda aseveración se tratara, sino, en cambio, como una pregunta huidiza, fundamentalcuyas respuestas son tan variadas como opinables.
Porque en serio, ¿por qué leer los clásicos? ¿Debemos leer los clásicos en absoluto? ¿Qué le puede aportar a usted una epopeya en verso de hace milenios o una novela gótica sobre una joven huérfana que se enamora perdidamente del taciturno Rochester? ¿Podemos aprender algo de el Quijote que no sepamos ya? En definitiva, ¿por qué debería perder el tiempo leyendo un clásico si, en su lugar, puede dedicarse a leer otras cosas más recientes y novedosas o, mejor aún, a no leer siquiera? Los clásicos no le curarán ese horrible dolor de espalda, ni le aliviarán de sus cargas económicas, ni pondrán fin a guerras, ni solucionarán todos los problemas del mundo. Los clásicos no son útiles; los clásicos, realmente, no sirven para nada.
Mark Twain escribiendo en la cama. Foto: Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos (DP)
Mark Twain. Foto: Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos (DP)
En un ensayo publicado en Le Constitutionnel, el 21 de octubre de 1850, el crítico Charles Augustin Sainte-Beuve escribió que lo importante de un clásico es que «nos devuelve nuestros propios pensamientos con toda riqueza y madurez [...] y nos da esa amistad que no engaña, que no puede faltarnos y nos proporciona esa impresión habitual de serenidad y amenidad que nos reconcilia con los hombres y con nosotros mismos». En «Sobre los clásicos», ensayo incluido en Otras inquisicionesBorges escribió que un clásico es aquel libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término». Acaba diciendo que un clásico es «es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad». Los clásicos, en consecuencia, ayudan a proporcionarnos unos cimientos muchas veces necesarios para aprender a discernir lo bueno de lo meramente oportuno.
Los clásicos cuentan con su privilegiado estatus por acometer una tremenda hazaña, aquella consistente en perdurar durante largo tiempo en la memoria colectiva como algo de significativa importancia. Así, su principal atributo quizá sea su marcada universalidad, una universalidad que, dadas sus cualidades intrínsecas (la Real Academia Española define el adjetivo «universal» como aquello «que pertenece o se extiende a todo el mundo, a todos los países, a todos los tiempos»), ha logrado pervivir a lo largo de los años. El clásico de verdad, sin embargo, no es aquel que se resiste al devenir del tiempo por su ya descafeinada influencia, por su supuesta importancia literaria o debido a sus rompedoras innovaciones estilísticas de antaño. Antes bien, clásico es, sencillamente, aquel libro que continúa transmitiendo su mensaje con tanta o más fuerza como lo hizo el día de su publicación: un clásico no es un libro de una sola voz, sino de una ilimitada pluralidad de voces.
De nada sirve un libro si hoy en día no tiene nada que decir; por eso los clásicos tienen que saber transformarse. Un Clásico con mayúsculas nunca se mantiene quieto, nunca reposa en su vieja gloria sino que se renueva continuamente conforme a las exigencias de cada época. Es un libro que, a base de una férrea voluntad, se niega a desaparecer: en un intento desesperado por sobrevivir, alentado por el cometido de ser recordado, sus páginas se fuerzan a un movimiento constante con el fin de nutrirse de su entorno y renovar la fuerza de sus palabras, manteniendo intacto su valor originario, incluso acrecentándolo, y logrando de esa manera llegar a nuevos lectores a los que sorprender. Un libro hermético, un libro cerrado y ensimismado, es un libro sin valor alguno; un libro estático es más cadáver que libro.
Los clásicos, por tanto, deben aspirar a ser una opera aperta, como diría Umberto Eco: en su caso, su rol de receptor es tan crucial como el de emisor. Solo así podrán leerse en clave contemporánea, solo así podrán permanecer relevantes. El clásico de verdad es el que dice tanto del mundo presente en que vivimos nosotros los lectores como del mundo pasado sobre el que escribió su autor. Tal y como escribió Azorín, en los clásicos nos vemos a nosotros mismos e, idealmente, ese «nosotros» nunca cambia. Un clásico no es un libro definido por su tiempo, sino un libro que define a su tiempo; de ahí que muchas veces digamos que por ellos no pasa el tiempo, porque son ellos los que transcurren plácidamente con él. Al releer el pasado ese pasado sobre el que tanto se ha escrito sucede que, en muchas ocasiones, estamos en realidad leyendo acerca del presente, sobre el que tanto queda por escribir.
Pero ¿puede un clásico dejar de serlo o, por el contrario, se trata de un estatus tan excepcional como inmutable? De la misma manera que hay clásicos que aparentemente surgen de la nada, creo que otros pueden ir desapareciendo lentamente con el paso del tiempo al perder relevancia, por cualquier motivo. Así opinaba Borges, al mantener que «las emociones que la literatura suscita son quizá eternas, pero los medios deben constantemente variar, siquiera de un modo levísimo, para no perder su virtud. Se gastan a medida que los reconoce el lector. De ahí el peligro de afirmar que existen obras clásicas y que lo serán para siempre». Ningún clásico, por tanto, tiene la eternidad asegurada: algunos, de hecho, tienen fecha de caducidad.
Sylvia Plath. Foto: DP.
Sylvia Plath. Foto: DP.
Sea como sea, no temamos a los clásicos. No tengamos miedo de la palabra en sí, ni para aceptarla ni para usarla. Y, sobre todo, no nos engañemos: no es necesario que transcurran siglos para que un clásico en potencia sea un clásico en toda regla. Si algo nos ha enseñado el siglo XX es que la literatura moderna está repleta de ellos, gracias a novelas como El gran Gatsby, El ruido y la furia, Lolita o Cien años de soledad; poesía como la de Antonio MachadoT. S. Eliot o Sylvia Plath; o relatos cortos como los escritos por Flannery O’Connor, Mario Benedetti o Raymond Carver. La lista es interminable. En definitiva, no esperemos a que los demás digan que un libro es un clásico para atrevernos a decirlo nosotros mismos: sin ir más lejos, en lo que llevamos de siglo hemos podido leer joyas como Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, de Michael ChabonLa carretera de Cormac McCarthyAusterlitz de W. G. SebaldMiddlesex de Jeffrey Eugenides y un largo etcétera. Estemos tranquilos, porque clásicos habrá siempre.
De las catorce definiciones que hizo Calvino, puede que la más reveladora si no la más poética sea la undécima, mediante la que ubica la esencia de los clásicos en el plano subjetivo del lector mismo: «tu clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para definirte a ti mismo en relación y quizás en contraste con él». Así pues, un clásico de verdad, al margen de cánones y de aprobaciones oficiales por parte de las autoridades literarias, es aquel que nos cambia irremediablemente, aquel que se convierte en parte íntegra de nuestro ser desde su lectura en adelante, un libro, en definitiva, que, más allá de la última página, nos acompaña como un fiel amigo al que siempre podemos consultar en situaciones de crisis. Un clásico es un libro del que podemos depender ciegamente, lo cual es algo de un valor inconmensurable.
No obstante, los clásicos únicamente deben actuar como meros puntos de referencia, no como objetos de obligatoria lectura y admiración; no hay nada más despreciable que una lectura forzada. Leer un clásico debe suponer un acto placentero, producto de la libertad más absoluta, y no un via crucis que nos hunda sin misericordia en la desazón intelectual. A los clásicos hemos de llegar por nuestra cuenta, sin prisa pero sin pausa; y, si uno no le convence, enhorabuena. Eso significa que tiene criterio propio, pilar esencial en el que ha de apoyarse todo buen lector.
Así las cosas, es posible que un clásico no sea un clásico porque todos están de acuerdo en que es lo es, sino porque nos habla a nivel personal a cada uno de nosotros los lectores: al que lee en su cuarto a las dos de la mañana bajo la luz de la mesilla de noche, al que abre el libro nada más entrar en el vagón del tren, al que lee en silencio mientras su familia ve la televisión, a todos sin excepción, de manera individual. Si un libroclásico o no no le dice nada, sencillamente no es un buen libro. Calvino nos advierte: «si no salta la chispa, no hay nada que hacer: no se leen los clásicos por deber o por respeto, sino solo por amor», razón por la que afirma que, en consecuencia, no nos queda más opción que la de inventarnos nuestra biblioteca ideal de nuestros clásicos. Aunque a priori parezca contradictorio, reconocer que no todos los clásicos han de serlo (es decir, admitir sin que nos tiemble la mano que hay «clásicos» aburridos y mediocres) es el primer paso para alcanzar la libertad como lector. Los clásicos han de liberarnos, pero a veces también pueden amordazarnos a su merced en contra de nuestra voluntad. No todos los clásicos son capaces de hablarnos a todos por igual: en vez de los clásicos, por tanto, quizá sea más apropiado hablar de «mis clásicos».
Es probable que todas estas observaciones, en vez de proporcionar respuestas concluyentes, no hagan sino dar pie a más preguntas todavía, suscitadas todas ellas por ese intangible halo de misterio del que los clásicos se alimentan. A la pregunta inicial, pues, de «¿Por qué leer los clásicos?», respondería que, a decir verdad, no lo sé del todo: me imagino que se reduce a que, en último término, es preferible leerlos a no leerlos siquiera, pero esto es una impresión más intuitiva que racional. En todo caso, si algo está claro es que los clásicos nos hacen más humanos y, por ello, más libres como personas; y que, con toda probabilidad, será en los clásicos donde, algún día, pueda materializarse esa preciosa frase de Cervantes:
En algún lugar de un libro hay una frase esperándonos para darle un sentido a la existencia.

lunes, 14 de enero de 2013

PRENSA CULTURAL. "Superhéroes para salvar los clásicos del olvido".

Ilustración para 'La historia de Cyrano de Bergerac' de Miguel Tanco. ("El País")

   En "El País":

Superhéroes para salvar los clásicos del olvido

Alessandro Baricco enrola a Vargas Llosa, Eggers o Eco para reescribir obras maestras que enganchen a los niños de hoy

“Son historias maravillosas que de pequeño no puedes leer. Y alguien tiene que contárselas", remarca el autor de 'Seda'

 12 ENE 2013

Los superhéroes tienen por norma salvar al mundo de la injusticia, la violencia o el robo. Pero el escritor italiano Alessandro Baricco (Turín, 1958) se ha propuesto con la colección Save the Story —que se empieza a editar en España— crear un nuevo perfil de héroe que rescate para los niños a los grandes clásicos de la literatura. Y para ello recluta superhéroes entre renombrados autores, a los que encarga apropiarse de las escenas favoritas de alguna gran obra para volver a contarla a su manera a través de un texto ilustrado de un centenar de páginas. La nómina de este proyecto, amparado desde 2010 por la escuela Holden para futuros escritores que fundó y dirige Baricco, no para de aumentar con compatriotas como Umberto Eco, Andrea Camilleri o Stefano Benni, junto a anglosajones —Ali Smith, Dave Eggers o Yiyun Li— y hasta a un Nobel: “El número 11 es de Mario Vargas Llosa, que ha reescrito La cruzada de los niños, de Marcel Schwob. No es un gran clásico, pero sí una historia muy bella en la que todos los niños se pierden en la nada”, sostiene Baricco en una librería de Madrid.

La idea es que una persona te cuente esa historia, aunque cometa errores porque no la recuerde exactamente
“Los clásicos no han sido escritos para niños. Son historias maravillosas que de pequeño no puedes leer. Y alguien tiene que contárselas, escribirlas de nuevo, porque sus autores ya no están”, continúa Baricco. “Se las puede acortar, usar un vocabulario más simple… pero eso no funciona. La idea de Save the Storyes que, en vez de tu padre o tu abuelo, sea otra persona la que te cuente esa historia, aunque cometa errores porque no la recuerde exactamente. Tú buscas en esta historia el amor de tu padre, que te mira con los ojos grandes mientras la narra. La historia pasa a ser parte de ti y luego tienes toda la vida para ir al teatro y ver Don Juan (que él ha versionado), o para leer Los novios”, sostiene el autor de Seda. “Con los años puedes reencontrarte con una historia que tienes ya en alguna parte de ti”.
Los viajes de Gulliver es uno de los libros más profundos que se han escrito jamás. Uno de los pocos que se plantea cuestiones fundamentales sobre qué significa ser humano”, cuenta el británico Jonathan Coe (Birmingham, 1961) sobre su clásico elegido. Responde por correo electrónico, como el resto de autores de este reportaje. “He intentado preservar la seriedad de la visión de Swift, reteniendo los elementos de fantasía de la historia que encantan en la infancia. Eso sí, todo con un lenguaje simple que puedan entender”, cuenta el autor de El club de los canallas, que de niño no fue muy lector. “Tenía los libros de Swift, Dumas o Verne, pero encontraba demasiado complicado su lenguaje. Por eso encuentro que Save the Story es una interesante solución”.


Ilustración para 'La historia de Los novios' de Marco Lorenzetti.
“Para mí, El rey Lear habla sobre todo de lo difícil que es convertirse en adulto. Por eso en esta reescritura he recalcado la perspectiva contraria, la juventud, y eso me ha dado el suficiente valor para aceptar el reto”, explica Melania Mazzucco (Roma, 1966) sobre su peculiar versión del clásico de Shakespeare. “La cuestión crucial en esta reescritura ha sido preguntarme: ¿quién cuenta esta historia? Para mí es evidente que el narrador no es Lear o el tonto, es Edgar”.
Dave Eggers (Boston, 1970) conoció al capitán Nemo, protagonista de su versión, a través de Disney. “Tuvo un efecto indeleble en mí y me hizo interesarme por Verne. Hacía décadas que no leía el libro, pero siempre conservó un lugar en mi imaginación”. Al releerlo concluyó que estaba lleno de explicaciones científicas que a veces imposibilitaban seguir el argumento. “La ciencia que aparece era novedad entonces, pero ahora nos resulta más familiar. Fue un reto recortar la maraña científica. Creo que ha permitido que la historia emerja con más fuerza y claridad”. En sus primeros años Eggers leía “como la media”: “Me atraían los libros que casaban bien arte y texto. Por eso Save the Story, que une una historia con ilustraciones, es una gran idea”.
“Había leído a los niños en la escuela parte de Cyrano de Bergerac y les gustó mucho. Así que pensé en hacer toda una versión para ellos que pudiese gustarle también a los grandes”, explica Stefano Benni (Bolonia, 1947). La suya era una tarea laboriosa y arriesgada. “La mayor dificultad han sido las baladas y las poesías, reproducir la rima y el ritmo. Y cualquier corte he tenido que pensarlo con cuidado”.
Antígona es una de mis historias favoritas y nunca dejará de ser relevante. Tiene una heroína muy joven y su juventud es parte de la historia”, sostiene, por su parte, la británica Ali Smith (Inverness, 1962). Le costó contar la tragedia Antígona de forma que resultase real a los niños, “y confiar en ellos, sin ser condescendiente al tratar cuestiones muy difíciles y sangrientas”. Recurrió a sus recuerdos de infancia: “Leí mucho porque fui la última de cinco hermanos y disponía solo de clásicos que no eran para niños. A los 10 años leía muy bien a Swift, Orwell y Joyce. Tuve suerte”.


Ilustración de Maja Celija para 'La historia de La nariz'.
Los derechos de Save the Story se han vendido a 14 países y La historia de Los novios, de Eco, ha entrado en el programa escolar en Brasil. Es también una producción de teatro en la que un actor o actriz declama el texto íntegro con música e ilustraciones proyectadas. “La respuesta de los lectores es buena. Pero no hay que olvidar que es un objeto extraño. La gente no entiende enseguida de qué se trata. ¿Eco y Los novios?, se preguntan. Pero han confiado en nosotros”, subraya Baricco. “Hemos trabajado duro porque era difícil, pero estamos contentos”.
Apasionado de los clásicos, Benni, que trabaja ahora la Salomé de Oscar Wilde, ha pulsado en el teatro también la “calurosa” acogida de los espectadores. “La próxima lectura será en Nápoles con la Scalzabanda, que es una banda formada por niños de un barrio de Nápoles con algún problema familiar. Pienso que será divertidísimo, porque son entusiastas e improvisan. Hemos acuñado el eslogan: ‘Los feos no existen, somos todos bellos como Cyrano”.
La historia de Don Juan. Alessandro Baricco. Ilustraciones de María Nacar. La historia de Cyrano de Bergerac. Stefano Benni. Ilustraciones de Miguel Tanco. La historia de La nariz. Andrea Camilleri. Ilustraciones de Maja Celija. La historia de Los novios. Umberto Eco. Ilustraciones de Marco Lorenzetti. Todos estos libros traducidos por Javier González Rovira. Anagrama. Barcelona, 2012. 104 páginas. 14,90 euros. En los próximos meses se publicará: La historia de Los viajes de Gulliver (Jonathan Coe); La historia de Antígona (Alli Smith) La historia del Capitán Nemo (Dave Eggers); La historia de Crimen y castigo (Abraham B. Yehoshua) y La historia de El rey Lear (Melania Mazzucco).

miércoles, 29 de junio de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "La cultura del texto", por Francisco Rico

Francisco Rico

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
La cultura del texto

FRANCISCO RICO 11/06/2011

   En Los enamoramientos, último ensayo-ficción de Javier Marías, el más interesante de los personajes episódicos monta en cólera cuando topa con una edición del Quijote plagada de errores como fortuna por fontana, gallegos por yangüeses o Pues no fue por Bueno fue.
   Santa cólera. Apenas existe en España una cultura del texto. Los aficionados a la música no se contentan con cualquier grabación, sino que buscan la más valiosa entre las muchas existentes. Las pinturas antiguas se someten a laboriosas restauraciones de especialistas para restituirles su apariencia original. ¿Por qué, entonces, no se trata a los clásicos con iguales exigencias? Una palabra ajena a la intención del autor, una frase que cojea, un agravio al sentido común, ¿son menos importantes que una nota desafinada o la tizne que esconde un tornasol? La Real Academia Española avala ahora con su autoridad una "Biblioteca Clásica" destinada a publicar las obras maestras de nuestra literatura en ediciones fieles a la más exigente cultura del texto.
   Una cultura a la que Marías presta homenaje poniendo en el centro de Los enamoramientos un dilema textual. En el trasfondo de toda la obra, y largamente evocado, está, en efecto, un relato breve de Balzac, Le colonel Chabert, en cuyas líneas finales el abogado Derville atestigua haber conocido horrores que ningún novelista podría imaginar: "He visto a mujeres darle al niño de un primer lecho gotas que debían traerle la muerte, a fin de enriquecer al hijo del amor".
   Así lo traduce Javier, el protagonista de Marías, orientado ("quizá") en sus lecturas y en sus designios criminales por el aludido personaje episódico. Pero cuando la narradora, María, se va al original francés, encuentra que habla de mujeres que dan al primer hijo gustos (goûts), no gotas (gouttes), que lo llevarán a la muerte.
   Todas las ediciones rezan goûts, mientras gouttes es una conjetura, del tipo que se consigna en un aparato crítico. Comprendemos sin embargo lo que hubo de pasar por la cabeza de Marías frente al pasaje citado. La frase de Balzac no cobra sentido si no se descifra como resumen de una trama, de una novela posible. Pero ¿qué gustos pueden ser los que se inculquen a un hijo para abocarlo a morir? La respuesta a tal perplejidad es una corrección textual que permite imaginar fácilmente la trama en cuestión: gotas, se entiende que de veneno (por más que ése sea un uso no documentado en La Comédie humaine).
   La narradora duda entre ambas posibilidades, como duda entre las varias versiones de su propia historia. Pero el tema que fascina a Javier Marías y que se constituye en núcleo de Los enamoramientos es el que depende de aceptar goûts en el texto: la "muerte maquinada", urdida pero no ejecutada, el "lento plan" para que "venga sola o caiga por su propio peso", en la percepción de que "es muy distinto causar la muerte... que prepararla", distinto "también que desearla, también que ordenarla", porque quien la fragua siempre podrá decirse: "¿Acaso estaba presente, acaso cogí la pistola, la cuchara, el puñal, lo que acabara con él? Ni siquiera estaba allí cuando murió".
   Una firme cultura del texto y una fina respuesta a los matices textuales inspiran, así, la soberbia novela de Marías en aspectos esenciales, más relevantes todavía que los sugeridos por el título. Ésas son también las virtudes que la Real Academia Española se propone fomentar con la nueva "Biblioteca Clásica" que desde hace casi dos siglos estaba entre sus obligaciones estatutarias y que ahora comienza con cuatro espléndidos volúmenes.
   Nunca con mayor oportunidad. Cada vez son menos quienes, sencillamente, saben hablar, leer y escribir: quienes son capaces de expresarse a sí mismos y entender a los demás con otra cosa que el idioma estándar al que los someten los medios, el poder, los leguleyos...
   El español se ahoga con la mordaza del lenguaje único. Sin ir más lejos, la metáfora y la hipérbole del estilo figurado, los juegos de palabras, la singularidad, la elegancia y la propiedad en el léxico, son ya incomprensibles para la mayoría. Frente a una lengua en ruinas, volver los ojos a la literatura, con los clásicos por delante, es toda una esperanza de riqueza y libertad.
   Francisco Rico (Barcelona, 1942), académico y catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona, es director de la 'Biblioteca Clásica de la Real Academia Española', de la que se han publicado los cuatro primeros volúmenes: Cantar del Mío Cid; Milagros de Nuestra señora, de Gonzalo de Berceo; Gramática sobre la Lengua Castellana, de Antonio de Nebrija, y La vida del Buscón, de Francisco de Quevedo (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores).

martes, 14 de junio de 2011

PRENSA. 14 junio 2011

   En "El País":

1. Enfrente. Columna de Rosa Montero.

2. Los textos inmortales arrastran una mala salud de hierro. Por Javier Rodríguez Marcos. Las colecciones de clásicos viven un momento de esplendor filológico y cautela económica - Algunas editoriales usan la Red para mantener vivos sus fondos.

3. Iglesia y religión. Por Fernando Savater.

4. Y las mujeres francesas dijeron basta. Reportaje de Ana Teruel. El juicio por intento de violación a Dominique Strauss-Khan ha despertado un debate social que cuestiona las relaciones de género - Las víctimas de agresiones pierden el miedo a contar su caso. Ofelia o la mujer sin rostro. Análisis de Patricia de Souza, escritora; autora, entre otros libros, de Electra en la ciudad, El último cuerpo de Úrsula y Tristán. http://www.palincestos.blogspot.com/

5. La educación de las élites españolas. Artículo de César Molinas, excatedrático de Instituto de Enseñanza Media. La transformación del deporte español en las últimas décadas, conseguida a partir de los Centros de Alto Rendimiento, debería tomarse como modelo para reformar nuestro deficiente sistema educativo.

martes, 20 de enero de 2009

BIBLIOTECA. LIBROS PARA DESCUBRIR A LOS CLÁSICOS




La editorial Akal tiene una colección que consiste en una lectura con juegos para descubrir a los clásicos. En la biblioteca, se encuentran los siguientes títulos:

EDIPO
ERIK Y HARALD, GUERREROS VIKINGOS
JASÓN Y EL VELLOCINO DE ORO
JULIO CÉSAR. LA GUERRA DE LAS GALIAS
LANZAROTE. LOS CABALLEROS DE LA TABLA REDONDA
LOS VIAJES DE ULISES
SHEREZADE. LAS MIL Y UNA NOCHES

Son lecturas adaptadas que incluyen juegos y documentación, y permiten al alumno:
--comprobar la comprensión del texto a partir de preguntas simples, pero fundamentales sobre la acción, los personajes y el sentido de las palabras importantes;
--memorizar el vocabulario, respondiendo a las charadas o resolviendo los crucigramas;
--hacerse con un caudal de conocimientos culturales, gracias a la gran cantidad de informaciones relacionadas con la civilización, la cultura o el contexto histórico en el cual se inserta el relato.