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lunes, 11 de enero de 2016

PRENSA. "¿Moralismo frente al terror?". Félix Ovejero

   En "El País":

¿Moralismo frente al terror?

La política antiterrorista se enfrenta a una contradicción: cuando funciona, no

hay noticia. Atribuir los atentados a la injusticia no nos dice cómo reaccionar; en 1939, el problema era hacer frente a Hitler, no revisar el Tratado de Versalles

¿Moralismo frente al terror?
ENRIQUE FLORES

 Javier Pradera nos previno ante la tentación de rematar los artículos invocando las “soluciones imaginativas”. Soluciones que nunca se precisaban. El moralismo es una solución imaginativa con mayor circulación: se acude a la moral para rehuir tomar decisiones ante los retos morales. Todo, la paz mundial, el hambre, la violencia doméstica, el estudiante americano que se lía a tiros, al final, tiene un mismo culpable, la falta de valores, y una misma solución, la educación: hay que cambiar a la humanidad. En estos días, después de los atentados de París, ha vuelto a circular la moral como conjuro: el problema es culpa nuestra, y el buen comportamiento es la mejor respuesta.
Es cierto que la naturaleza del problema allana el camino a la apelación a las malas intenciones: “Las políticas antiterroristas resultan inútiles, una simple excusa para cercenar derechos”. La crítica tiene su clásico: Javier Clemente, aquel entrenador de fútbol que, al preguntarle por los controles antidoping, contestó: “No sirven para nada, no han pillado a nadie”. El disparatado argumento describe impecablemente una insuperable dificultad de la política antiterrorista: cuando funciona, no hay noticia. Debe anticiparse a los problemas, y los problemas, si no aparecen, no existen. El quebradero se multiplica cuando la magnitud de las amenazas (bacteriológicas o químicas) impone la anticipación como única respuesta. Una circunstancia que convertida en principio de acción asusta: si damos por bueno que debemos anticiparnos a cualquier cosa, el poder tiene franco el camino al despotismo y la arbitrariedad.
En esas circunstancias, la democracia queda seriamente afectada. La oposición no se resistirá a rentabilizar el buen hacer del Gobierno o la tregua de los terroristas y, a poco que pase el tiempo sin atentados, acusará al Gobierno de cultivar la alarma para cercenar derechos. El Gobierno, por lo mismo, procurará actuar en caliente, mientras el miedo persiste. Por eso, Valls se apresuró a apelar a “armas químicas o bacteriológicas”, amenazas cuyo realismo nadie puede tasar y que, dada su naturaleza, es mejor no esperar a tasar. Ante esos dilemas y tensiones, inevitables, en la línea de menor resistencia intelectual, aparece la tentación moralista: “Necesitamos políticos que no nos mientan”.

El compromiso con los principios no nos acerca a la victoria, pero nos aleja de la barbarie
Con todo, la moralización más extendida apunta a causas y soluciones: “El terrorismo solo se soluciona atacando las injusticias que están en su origen”. La tesis, tal cual, tiene problemas inmediatos. Basta con pensar en ETA y el KKK para caer en la cuenta de que resulta insostenible en su formulación incondicional, cuando asume que hay injusticias por detrás de todo acto terrorista. Por lo demás, en asuntos de terrorismo, en los que, al final, unos pocos ejecutan acciones, hay que andarse alerta con la falacia ecológica y no atribuir a cada uno de los miembros de un grupo las características del grupo: una cosa son las revueltas colectivas de las banlieues, y otra, los asesinatos terroristas (J. Cesari, Ethnicity, Islam, and les banlieues: Confusing the issues). Y, sobre todo, confundir unas cosas con otras supone un desprecio a la inteligencia de los habitantes de los suburbios parisienses y una falta de respeto a los terroristas: si alguien, dispuesto a matar y a morir, defiende que lo hace por Alá y contra los infieles, lo mínimo que le debemos es creernos sus palabras, tomar en serio lo que nos dice. Sostener que, en el fondo, lo hace porque vive en la marginación es tratarlo como si fuera una criatura que no sabe lo que dice.
Esto no es un argumento en contra del islam, como no lo es en contra de la libertad recordar los crímenes que se han cometido en su nombre, por citar a Madame Roland, pero sí es un argumento en contra de quienes niegan que maten en nombre del islam. No está de más recordar que, aunque se pueden realizar atrocidades en nombre de cualquier idea, desde Kant hasta una receta gastronómica, no todas las ideas son igualmente dúctiles. Por ejemplo, no veo cómo se puede montar una comuna hippy multicultural a partir de los escritos de Sabino Arana. Y nadie negará que las religiones tienen su particular lastre: en tanto que, inevitablemente, incorporan un núcleo dogmático, que por eso son religiones, están peor pertrechadas para evitar las prácticas contrarias a los principios democráticos.

Una cosa son las revueltas colectivas de las Banlieue y otra los asesinatos terroristas
Por supuesto, no cabe ignorar que en el origen de la violencia puede haber injusticia, pero cuando el terrorismo está en marcha eso sirve de poco. Con el cáncer desatado de nada sirve dejar de fumar. En 1939, el problema era hacer frente a Hitler, no revisar el tratado de Versalles. Hay que reparar las injusticias porque la injusticia debe combatirse, no porque asegure victoria alguna.
Por aquí asoma la mayor contaminación intelectual del moralismo: relacionar el bien con la victoria. El lema “ganaremos porque defendemos mejores valores” resulta conmovedor, poético, y puede que hasta eficaz para movilizar, pero, desafortunadamente, carece de fundamento. Ojalá que sí, pero no. Con métodos salvajes y ningún respeto por los derechos humanos, los militares argentinos acabaron con los montoneros, y Fujimori, con Sendero Luminoso. No resultaban mejores que aquellos a los que combatían, pero eso no les impidió derrotarlos. La tesis solo resulta inteligible a partir del principio, común a diversas religiones, según el cual el bien siempre es retribuido. Ahí encontraban su fundamento las justas medievales: ganar el torneo era defender una causa noble. Algo que, por cierto, propiciaba una interpretación cínica: puesto que siempre triunfa el bien, busquemos el triunfo a cualquier precio y tomémonos el triunfo como señal de que hemos obrado bien.
La batalla moral es con nosotros mismos. Quizá se pudo acabar con ETA mediante la guerra sucia. Y, también, conviene no olvidarlo, cediendo a sus chantajes. Dos soluciones indecentes, pero soluciones. La moral, el respeto a ciertos valores es el filtro, la constricción, que nos imponemos. Sencillamente, no todo vale. El compromiso con los principios no es la solución, hasta puede ser parte del problema. Pero es un problema que no queremos soslayar. Por eso, en lugar de arrasar con bombas devastadoras ponemos en duda la política norteamericana después del 11-S (J. Waldron, Torture, terror, and trade-offs: Philosophy for the White House) y le damos un par de vueltas al uso de drones (B. Srawser, Killing by remote control). Por eso, también, defendemos el derecho a opinar sin dejarnos intimidar porque algunos, ofendidos, nos amenacen, incluso a sabiendas de que callarnos nos garantizaría la tranquilidad. Eso no nos acerca a la victoria, ni aun menos a Dios, pero sí nos aleja de la barbarie. Dos cosas que son importantes, pero que no son la misma.
Félix Ovejero es profesor de la Universidad de Barcelona.

jueves, 31 de diciembre de 2015

POLÍTICA. Entrevista al politólogo francés Gilles Kepel, sobre la yihad

   En "El País":

Kepel: “Los yihadistas consideran a Europa el punto flaco de Occidente”

¿Cuándo y dónde nació la yihad? ¿Cómo ha evolucionado? ¿Por qué ataca a Europa? ¿Quiénes son los terroristas que matan en nombre del islam?

El politólogo francés Gilles Kepel recorre desde Afganistán a Francia a través del Magreb y Oriente Próximo hasta desembocar en las últimas matanzas de París

El intelectual francés Gilles Kepel.
El intelectual francés Gilles Kepel. / LÉA CRESPI
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Cuando se le pregunta a Gilles Kepel qué le incitó a dedicar media vida al estudio del islam y las sociedades árabes, el politólogo responde con una mezcla de pudor y misterio: “Lea el último capítulo de mi libro y lo entenderá”. Al salir de la entrevista, corremos a abrir Passions arabes, el diario de su viaje por el Magreb y Oriente Próximo a principios de esta década, cuando la irrupción de las revoluciones empezaban a transformar sus paisajes. Encontramos a un joven de 19 años –“trotskista, ateo y anticlerical”, “bruscamente huérfano de madre y más bien solitario”– subido a un barco soviético durante el verano de 1974, cruzando Anatolia en autostop hasta alcanzar la frontera con Siria en Bab al Hawa y descubriendo un panorama exuberante que ya había olfateado en los cómics de Tintín.
Gran especialista francés en el islam, profesor del Instituto de Estudios Políticos (Sciences Po) y de la Escuela Normal Superior de París, este hijo de intelectual checo y profesora provenzal se ha pasado cuatro décadas analizando cómo el paisaje idealizado de su juventud se ha terminado convirtiendo en “una letanía de cadáveres ensangrentados y ejecuciones sumarias”, en un lugar donde las mujeres con quien intercambió miradas cómplices se encuentran “reclusas tras la apertura siniestra del velo, como lo están hoy en los entornos suníes”, sostiene. Y también en cómo la mancha del islamismo radical se ha ido expandiendo y retrayendo a lo largo de los últimos años. En su último libro, Terreur dans l’Hexagone. Genèse du djihad français (Gallimard), que llega esta semana a las librerías francesas, Kepel examina la emergencia de una tercera ola de yihadismo, enraizada en el territorio europeo y alimentada por sus flaquezas, que ha eclosionado con los atentados del 13-N en París. Al Estado Islámico, Kepel prefiere llamarle Daesh, usando su acrónimo en árabe, para evitar darle “la legitimidad de un Estado”.
La pregunta que se hace todo el mundo es qué pasará ahora. ¿En qué mundo viviremos durante los próximos meses o años? Solo hay una manera de responder a esa pregunta: contextualizando lo que está sucediendo, dándole una perspectiva histórica y procurando entender que nos encontramos ante una nueva generación de yihadistas, la tercera, que es muy distinta a las dos anteriores, pero que a la vez supone una síntesis de ambas. Antes de saber adónde vamos, debemos tratar de entender de dónde venimos.
Cuéntenos, entonces, de dónde venimos. ¿En qué momento se origina la yihad? La primera generación de yihadistas aparece en Afganistán en 1979, cuando el ejército soviético invade el país. Se trata de un movimiento suní que fue entrenado y armado por la CIA, y financiado por los saudíes y las petromonarquías del Golfo. El objetivo de los estadounidenses era que la Unión ­Soviética sufriera su propio Vietnam, además de frenar la expansión de Irán, de mayoría chií. En febrero de 1989 ganan esa batalla; los soviéticos se retiran de Afganistán. De regreso a sus países, los brigadistas extranjeros se dicen que deberían intentar duplicar esa victoria para hacer caer los regímenes de Argelia y Egipto. Fracasan porque la población local –incluso quienes sentían cierta simpatía por su combate– les da la espalda tras los atentados en Luxor y en el templo de Hatshepsut en 1997.
¿La segunda generación emerge en ese punto? Ante ese fracaso, los yihadistas abogan por un cambio de estrategia. En lugar de atacar a enemigos geográficamente cercanos, se adentrarán en tierras más lejanas. En realidad, aspiran a recrear el islam primitivo, la proeza del Profeta y sus seguidores, que hicieron caer al Imperio Persa Sasánida y después a Bizancio. Tras derrotar a la Unión Soviética, los yihadistas deciden ir a por el Bizancio contemporáneo: Estados Unidos. Ahí se origina la razia de Al Qaeda del 11-S, en Nueva York y Washington. Su impacto mediático será impresionante, a la altura del número de víctimas, pero se tratará de un gran fracaso político, ya que, una vez más, no logran movilizar a nadie.
¿Qué aprende la tercera generación de ese fracaso? La tercera generación la impulsa Abu Musab al Suri, alias Mustafá Setmarian, hijo de la aristocracia suní de Alepo, formado en Irak y que actúa como relaciones públicas oficioso de Bin Laden en Europa. Este hombre pelirrojo de ojos azules –que vivió en España durante los ochenta y se casó con una española, Elena Moreno– publica en 2005 un volumen de 1.600 páginas, titulado Llamada a la resistencia islámica mundial, donde defiende la creación de una yihad que surja de las bases, en lugar de funcionar jerárquicamente, de arriba abajo. Hasta entonces, Al Qaeda había funcionado como un sistema piramidal, casi leninista. Era Bin Laden quien pagaba los cursos de aviación, configuraba una hoja de ruta para seguir a rajatabla y reservaba los billetes de avión. Pero la organización tenía una debilidad: no contaba con un territorio y su base era frágil, sin un verdadero arraigo.

El 13-N tendrá una influencia indudable en ese voto de ultraderecha, aunque no más que el éxodo de refugiados, que ha despertado el fantasma de la “gran sustitución”
Otro de los cambios que propone Al Suri es dejar de atacar Estados Unidos y empezar a hacerlo en Europa. ¿Por qué? Los yihadistas consideran que Europa es el punto flaco de Occidente. En un momento dado, Al Qaeda se da cuenta de que Estados Unidos es demasiado fuerte, mientras que Europa está desunida, compuesta por múltiples Estados descoordinados, con las fronteras delimitadas por el colador de Schengen y gobernada con mediocridad por instituciones incapaces de luchar contra el terrorismo. Atentar contra Europa también les permite utilizar a los jóvenes surgidos de la inmigración musulmana, mal integrados y, en el caso francés, residentes en las desasosegadas banlieues. La jerarquía de Al Qaeda quedará sustituida por el rizoma sobre el que teorizó Gilles Deleuze [una estructura sin subordinación clásica, en la que todos sus integrantes pueden incidir en su funcionamiento]. Es decir, que Daesh establece una hoja de ruta global, pero sus seguidores tienen autonomía para actuar. De ahí surgirán nombres como Mohamed Merah [que atentó contra una escuela judía de Toulouse en 2012], los hermanos Kouachi [los terroristas de Charlie Hebdo] o Abdelhamid Abaaoud [presunto cerebro del 13-N].
¿Cómo lograron escapar esos terroristas al control de la Administración francesa, que los tenía fichados o incluso encarcelados? Los servicios secretos sabían cómo luchar contra Al Qaeda: tenían controladas las mezquitas y los lugares de radicalización, sabían interceptar su comunicación y desarticularon distintas redes francesas. Pero no lograron entender ese paso de la segunda a la tercera generación. En los últimos 10 años, las cárceles francesas se han convertido en incubadoras de radicales bajo la mirada de la Administración penitenciaria. En Fleury-Mérogis, al sur de París, el cargo más alto de Al Qaeda en Francia, Djamel Beghal, dormía justo encima de las celdas de Chérif Kouachi y Amedy Coulibaly [el terrorista del supermercado judío de París]. Se hablaban por la ventana sin que nadie se enterara. Es un fracaso de nuestras élites, incapaces de hacer autocrítica. La burocracia francesa se considera infalible y omnisciente: prefiere hundir el país antes que juzgarse a sí misma.
Considera que los atentados de noviembre son, al igual que los del 11-S, “un fracaso impresionante”. ¿En qué sentido? Han sido un éxito táctico, pero un fracaso estratégico. Han matado a mucha gente, pero han cometido numerosos errores. Los atentados se ejecutaron por amateurs. A uno de los terroristas lo vieron en el metro, otros no lograron hacer estallar sus cinturones de explosivos… Algo así nunca hubiera sucedido en tiempos de Al Qaeda. Y a nivel político también está siendo un fracaso. La solidaridad con Daesh es inexistente. Por primera vez, todos los imames se han manifestado en contra, e incluso los terroristas de las cárceles francesas les niegan el apoyo. Como en la Argelia de los noventa, todo el mundo está unido en el dolor. Habrán logrado aterrorizar al adversario, pero no provocar la guerra civil que perseguían. Ni dividir a la población.
El Frente Nacional supera el 40% de intención de voto en algunas regiones francesas. ¿No es un síntoma de la fragmentación social a la que aspira Daesh? No es exacto. El 13-N tendrá una influencia indudable en ese voto, aunque no más que el éxodo de refugiados, que ha despertado el fantasma de la “gran sustitución” [la teoría ultraderechista sobre una invasión musulmana que suplantará a los autóctonos]. Los electores del Frente Nacional aspiran a reconstruir una sociedad puramente francesa aislada de Europa y de la inmigración, pero muchos votan para protestar contra las élites políticas. Entre sus votantes se encuentran también hijos de la inmigración, jóvenes de las banlieues que no encuentran trabajo y que ya no creen en la izquierda de Hollande. Votan a Marine Le Pen sin pensar en la xenofobia que encierra su discurso.

El intelectual francés Gilles Kepel.
El intelectual francés Gilles Kepel. / LÉA CRESPI
¿Fue el 13-N, como se ha repetido sin cesar, un ataque a un modo de vida, a un país que sigue creyéndose guiado por los valores de la Ilustración? El comunicado de Daesh era muy explícito al respecto. Francia era descrito como un país de orgías y prostitución, con el Bataclan convertido en foco de máxima depravación. Para Daesh, la purificación es un concepto importante, también en el sentido del comportamiento sexual. Por eso lapidan a los homosexuales o los tiran desde lo alto de un edificio. En ese sentido, la sociedad francesa es emblemática de una libertad que no existe en la misma medida en el mundo anglosajón. Dicho esto, la historia colonial francesa en lugares como Argelia y Malí cuenta más que ese ataque a los valores de la Ilustración, que es secundario.
En su nuevo libro, usted opina que no hay que menospreciar la motivación “retrocolonial” de los terroristas, ese lazo invisible con los tiempos de la Argelia francesa, pese a que ellos no la conocieran en primera persona. Muchos terroristas persiguen la venganza de sus padres o de sus abuelos. Los yihadistas de tercera generación se creen con legitimidad para proceder a un ajuste de cuentas, pese a que hayan nacido en Francia, hayan estudiado en la escuela francesa y se hayan beneficiado de todas las ayudas sociales del Estado de bienestar. El caso de Mohamed Merah es muy representativo. Perpetró su ataque el mismo día del 50º aniversario del alto el fuego de la guerra de Argelia. Puede que no lo supiera, porque no era un gran intelectual, pero no deja de ser una elección simbólica. Tampoco me parece casual que, días después de la matanza, su madre afirmara, con gran orgullo, que su hijo había puesto al país “de rodillas”. Era una familia que odiaba Francia.
En la semana posterior a los atentados, ningún político francés habló de otra cosa que de seguridad y estrategia militar. Sin justificar lo injustificable, ¿no hay que preguntarse también de dónde surge ese resentimiento? El único que se desmarcó fue el ministro de Economía, Emmanuel Macron, que habló de la existencia de un “caldo de cultivo” que le parecía “responsabilidad” de Francia. Estoy de acuerdo con él, de eso hablo en mis libros. Lo que no se puede decir es que el problema es el modelo de integración o los valores republicanos. Incluso en lugares muy fragmentados, la escuela sigue siendo el único espacio para un proyecto social común. El problema no es el sistema, sino los individuos que lo gestionan. El fracaso es solo de esa élite que menosprecia la enseñanza y recorta los presupuestos de institutos y universidades.
Eso opina también el escritor Michel Houellebecq, que culpa a la clase política de lo ocurrido… No sé si sabe que Houellebecq afirma que se documentó con mis libros para escribir Sumisión, lo que me valió muchas críticas de mis colegas. ¿Qué culpa tendré yo de que quisiera leerme?
¿Qué le pareció la novela? ¿Confirió cierta legitimidad a la teoría de la “gran sustitución” de la que hablaba antes? No lo creo, es solo ficción. Houellebecq es un gran novelista, tal vez el último escritor francés que será leído en el extranjero. Otra cosa son sus opiniones políticas… La realidad y la ficción tienen que seguir formando parte de dominios distintos. A mí me gusta el Houellebecq novelista, pero el comentarista político ya sería otra cosa.
Volviendo al caldo de cultivo, ¿se puede interpretar el 13-N como un enfrentamiento entre dos juventudes francesas, la privilegiada y la desfavorecida? No. Es incorrecto pensar que en esos barrios solo vive una juventud bohemia y moderna. También residen muchos hijos de extranjeros, a los que los terroristas también mataron. En cambio, entre las víctimas había pocos judíos, sus enemigos tradicionales, porque era Sabbat. Es otro indicio de su fracaso. En cierta manera, fue como si los terroristas se mataran a sí mismos. El objetivo de Daesh es exterminar a los apóstatas, que incluye a quienes hacen de puente entre ambos mundos, a los policías franceses de cultura musulmana, a los soldados de origen árabe, y ahora a esos jóvenes de los barrios atacados.
Existen múltiples teorías para explicar la radicalización. Se habla de una falta de integración de tipo cultural, de contexto socioeconómico y discriminación laboral, de desequilibrio psicológico… ¿En cuál cree usted? Hay que conjugarlas todas porque son complementarias. Lo que hay que tener claro es que la ideología islamista es lo que estructura esa radicalización. Quienes dicen que el islam no tiene nada que ver, que es un movimiento juvenil como ha habido otros, se equivocan. Esos jóvenes se proyectan en un mundo ideal ubicado en Siria, en un mundo islámico alimentado de profecías. El problema no es el islam, pero sí quién controla su interpretación. Los que no logran verlo es solo porque son ignorantes o porque tienen miedo de hacerse preguntas que pueden molestar.
¿Qué futuro tiene la intervención militar contra el Estado Islámico? Las contradicciones en el interior de la coalición que lidera esa intervención son muy fuertes. En el fondo, Turquía prefiere mantener su modus vivendi con Daesh, porque logra mantener a raya a los kurdos, tan problemáticos para Erdogan. Además, el tráfico de petróleo a bajo coste pasa por la frontera turca. A los saudíes y los países del golfo Pérsico, al ser antichiíes, le vienen bien para debilitar al régimen sirio y a Irán. Y a Rusia, Daesh le ha servido para debilitar a la oposición a Al Asad. Si los rusos han cambiado un poco de orientación es porque Putin tiene que hacer un gesto a la opinión pública tras el atentado a su avión en Egipto.

Gilles Kepel

Nació en París en 1955. Licenciado en Estudios Árabes y Filosofía y doctorado en Sociología y Ciencias Políticas, es profesor del Instituto de Estudios Políticos (Sciences Po) y de la Escuela Normal Superior de París. También lo ha sido de la New York University, de Columbia, y de la London School of Economics, además de colaborador de Le MondeThe New York TimesLa Repubblica y EL PAÍS. Forma parte del consejo superior del Instituto del Mundo Árabe de París. Es autor de varias decenas de libros sobre el mundo árabe, traducidos a una veintena de idiomas, como La revancha de Dios (1991) o Las políticas de Dios (2006). Terreur dans l’Hexagone. Genèse du djihad français llega esta semana a las librerías francesas.
Otro gran especialista en el islam, Olivier Roy, considera que la intervención no servirá de nada porque se trata de una “revuelta generacional y nihilista” que no se verá alterada con la desaparición del Estado Islámico, porque va mucho más allá de esos 100.000 hombres en el desierto. Olivier Roy es de los que creen que el islam es lo de menos, que se trata de un movimiento juvenil que ocupa el lugar que en otro momento tuvo la extrema izquierda. Lo que Roy no entiende es que ese combate se inscribe en la lógica del yihadismo, que lo que estructura ese combate es la ideología islamista. Negarlo es no entender el vínculo de la yihad con el territorio sirio, donde un puñado de jóvenes armados con fusiles Kaláshnikov hace fracasar a los grandes ejércitos del mundo, lo cual les permite utilizar la imagen de David contra Goliat. La proyección utópica en el territorio sirio resulta clave. Si la operación militar termina con el control de ese territorio por parte de Daesh, el resultado será catastrófico para la movilización del yihadismo en Europa. Puede que surjan otros lugares. Pero ese, que es muy importante, habrá desaparecido.
¿Qué puede temer España si apoya a la coalición militar contra el EI? ¿Puede encontrarse en la misma situación que hoy viven los franceses? Si todo continúa como hasta ahora, sería posible. Muchos de los inmigrantes musulmanes que viven en España son marroquíes y arrastran el mismo contencioso retrocolonial que los argelinos respecto a Francia, a causa de la guerra del Rif. Pero yo creo que el 13-N ha expuesto, de una vez por todas, las debilidades del sistema operativo yihadista. Y cuando se ha entendido en qué consiste algo es mucho más fácil combatirlo.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Entrevista al politólogo Sami Naïr

   En "cuartopoder":
13N / ENTREVISTA AL POLITÓLOGO Y FILÓSOFO FRANCÉS SOBRE LOS ATENTADOS DE PARÍS

Sami Naïr: “La respuesta de François Hollande ha sido absolutamente adecuada”

| Publicado: 


Lucía Martín *

Sami_Naïr_Wikipedia
Sami Naïr, en una imagen de archivo. / Wikipedia
Sami Naïr (Tlemcen, Argelia1946) es un politólogo y filósofo francés que está considerado como una de las eminencias en temas de inmigración en el país vecino. Nacido en Argelia pero criado en Francia, fue asesor en la materia de Lionel Jospin, de 1997 a 1999 y europarlamentario hasta 2004. Catedrático en Ciencias Políticas, es también director del Centro Mediterráneo Andalusí de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla.
– Acabamos de asistir a redadas en barrios de la periferia de Paris, las banlieues, y también ahora en Bruselas, ¿qué pasa en los suburbios franceses, belgas o de Londres?
– Nada, no pasa nada. Sí pasa porque hay una situación de crisis, hay problemas sociales pero no son los suburbios los que están en rebeldía hoy en contra del Estado. Estos terroristas no tienen nada que ver con la inmensa mayoría que vive allí, hay unos grupos que han sido manipulados ideológicamente y se han vinculado a grupos terroristas, a Daesh en concreto, pero no representan para nada a estas poblaciones marginadas, estos barrios de pobreza, prefiero llamarlos así, en Francia. En Bélgica me parece que la situación es igual, no es posible culpar a toda esta población. Que los integristas puedan encontrar en estos barrios un terreno favorable para sus estrategias de reclutamiento, para su proselitismo del odio sí, pero lo pueden también encontrar en otros lugares. Quiero dejar claro que no se puede estigmatizar a los suburbios.
– Pero la falta de integración sí está favoreciendo que se marchen jóvenes de estos entornos para adiestrarse en Siria…
– Hay un problema de integración, pero no solo para esta gente. Las políticas económicas y sociales en Francia desde hace unos 15 años han provocado la desagregación del sistema social y económico. Hay paro, precariedad, y como en otros países, también España, hay una parte importante de la población marginada. Jóvenes que no encuentran trabajo. En las banlieues esa situación es mucho más radical, la pobreza es prácticamente el doble que en el resto de la población francesa. Hay dos, casi tres más parados entre los jóvenes de los suburbios que en el resto de población. Entre ellos hay una parte que acepta esa situación, otra que intenta cambiarla democráticamente y otros que caen en las redes de los terroristas. Éstos juegan sobre un tema de identidad, y esa gente ha perdido toda referencia cultural, ideológica, que en general es el resultado del fracaso escolar. Los terroristas explican a esa gente que si están en esa situación es porque son musulmanes, porque comparten una religión odiada por Occidente y que hay que defenderse para cambiar la situación. Es tan fácil como eso. A partir del momento en que se alistan les lavan el cerebro. Pero repito, esto concierne una minoría de la población, la población de los suburbios en Francia es alrededor de 8 millones de pobres. Los que caen en estas redes no son representativos pero claro que es un problema de seguridad y sobre todo, un problema para los musulmanes en Francia, porque uno de sus objetivos es transformar la relación de integración en relación conflictiva respecto a al país.
– ¿Cómo se puede prevenir que alguien se convierta en hombre o mujer bomba?
– La respuesta es conocida, integración social, profesional. Es un trabajo pedagógico que necesita de un funcionamiento correcto de la escuela, de la familia. Vivimos una crisis profunda de la familia que no juega el papel de transmisión de los valores, del respeto y eso proviene de la pobreza pero también, no hay que negarlo, de que una parte de la población de esos barrios ya no cree en la integración y considera que desde hace 25 años no se ha hecho nada. A partir de ahí hay una desconexión con el conjunto nacional. Son problemas que te puedes encontrar en todas partes, no solo en Francia.
– Pero hace 40 años la banlieue de Paris estaba igual o peor que ahora mismo. No ha habido evolución. La película La Haine sigue siendo actual.
– Evidentemente, porque la política social de los gobiernos, del corte que sean, nunca ha tomado en cuenta estos barrios. La sociedad se ha librado al mercado y el Estado es el principal culpable en este caso. Han invertido estos últimos años mucho dinero, desde 2005, pero, francamente cuando uno los visita ve que no ha funcionado nada. Es un problema generado por las políticas económicas seguidas estos últimos 15 años. Las imposiciones de Bruselas han hecho que el Estado haya abandonado territorios enteros de la nación porque no había dinero para ellos. Eso tiene lugar en Francia y en otros países.
– ¿Cree que los atentados han tenido lugar en París de la misma forma que podrían haber tenido lugar en Nueva York, Londres o Madrid?
– No creo. A los terroristas, al Estado Islámico, la situación de las banlieues le importa un pepino, les viene muy bien de hecho. Los atentados son el resultado de la intervención de la aviación francesa en el conflicto sirio, y por los bombardeos de Francia en Irak y en Siria, hay mucha retórica detrás de todo esto. La eficacia de esos bombardeos no ha sido demostrada aunque ahora creo que sí pueden dañar al estado Islámico. Pero no se podrá acabar con este EI únicamente con bombardeos.
– ¿Qué le parece la respuesta de François Hollande?
– La respuesta de Hollande ha sido adecuada, absolutamente adecuada. Como jefe de Estado considera que es un acto de guerra y declara la guerra al Estado Islámico, tal y como los rusos han hecho. Pero hay que entender que este conflicto va a destrozar completamente la región de Oriente Medio. Vamos a tener ahí un caos generalizado y la única forma de acabar con eso es un acuerdo internacional. La intervención francesa o rusa son los primeros pasos, y estoy convencido de que en los próximos días tendremos otros, pero no son suficiente. La solución es pacífica: hay que reconstruir Siria para que pueda recuperar a sus refugiados, hay que reconstruir Irak y eso supone un gran acuerdo internacional. Oriente Medio se ha vuelto hoy el foco central de una posible III Guerra Mundial, la gente no se da cuenta de lo que está pasando ahí.
– ¿Qué opinión le merecen los que afirman que los yihadistas están entrando con los refugiados? 
– Eso es una manipulación grosera. Se ha demostrado que ese pasaporte no venía de ningún refugiado. Van a seguir manipulando, por supuesto, porque es muy fácil para ellos tensionar cada vez más la situación. Su lógica es la creación del caos, lo que vivimos ahora es el resultado directo de las intervenciones en Irak, ahí nació el Estado Islámico, que es una organización irakí, no siria.
(*) Lucía Martín es periodista.

viernes, 20 de noviembre de 2015

PRENSA. "Así se financia el terror yihadista". Loretta Napoleoni

   En "El País":

Así se financia el terror yihadista

El ISIS saca dinero de los secuestros, el contrabando y ahora, además —último

y surrealista giro del conflicto sirio— del tráfico de refugiados y el éxodo

de inmigrantes causado por la desestabilización de Oriente Próximo


EVA VÁZQUEZ

Quince meses después del inicio de la campaña de bombardeos por parte de la gran coalición del presidente Obama, los seguidores europeos del Estado Islámico (ISIS, en sus siglas en inglés) vuelven a golpear en París y causan una matanza. Es evidente que el reclutamiento y la radicalización de los militantes avanzan a buen ritmo. El Estado Islámico no deja de asombrarnos, y las dos cosas que más estupefacción nos producen son la capacidad que tiene de autofinanciarse y lo barata que resulta la radicalización en Europa.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
Desde hace varios meses, el ISIS está rentabilizando también el éxodo de los refugiados. Son millones y millones de dólares. Este es el último y surrealista giro del conflicto sirio.
Tras el estallido de la guerra civil en Siria, en 2011, el negocio de los secuestros experimentó una enorme expansión. Para financiarse, las bandas de delincuentes y los grupos yihadistas secuestraban a sirios acomodados, a veces durante unas horas, para dejarlos en libertad a cambio de jugosos rescates. A medida que los sirios más ricos se fueron a Turquía y Líbano, los secuestradores trasladaron su atención a los occidentales, a los que muchas veces revendían a grupos armados más fuertes como el Estado Islámico o Al Nusra, la sucursal de Al Qaeda en Siria. Estas organizaciones disponen de la capacidad, la estructura y los fondos necesarios para tenerlos prisioneros incluso durante periodos prolongados, y además saben cómo utilizar los rescates durante las negociaciones con las potencias occidentales.
A diferencia de Al Nusra, el ISIS siempre ha considerado a los rehenes como una inversión a largo plazo. Dependiendo de las circunstancias, su valor político puede ser más alto si están muertos que si están vivos. Es lo que sucedió con Kenji Goto y Haruna Yukawa, los dos rehenes japoneses decapitados en enero de 2015. Al parecer, los ejecutaron como represalia contra la negativa del Gobierno japonés a pagar un rescate de 200 millones de dólares, 100 por cada uno. Pero el ISIS no estaba interesado en el rescate, y por eso exigió una cifra demasiado alta en comparación con otros casos.
Según un mediador europeo que negoció en 2014 el rescate de varios rehenes, los europeos han pagado entre uno y seis millones de dólares por rehén. Y todavía son más bajos los rescates exigidos por prisioneros no occidentales, como los empleados de la Embajada turca en Mosul, capturados tras la conquista de la ciudad a manos de las milicias del ISIS.
En total, se calcula que el Estado Islámico ha obtenido entre 70 y 100 millones de dólares en rescates, es decir, mucho menos de los 200 demandados en el caso de los dos japoneses. Está claro que el objetivo era cortarles la cabeza y hacer circular en Internet el vídeo de la ejecución para humillar al Gobierno japonés y aterrorizar a la población. Para el califato, al contrario que para otros grupos yihadistas, los secuestros no son una fuente importante de ingresos. Por otra parte, la ejecución de un rehén representa una pérdida neta, porque no permite recuperar ni siquiera el dinero pagado para comprarlo y mantenerlo en prisión.

Es un modelo horizontal y orgánico: los terroristas deciden cómo atentar y cómo obtener fondos
Es difícil establecer el valor de cada rehén en el mercado sirio, pero los estadounidenses y los británicos son los más caros, y es probable que el ISIS llegara a pagar 100 millones de dólares por James Foley y John Cantlie. Mucho menos debieron de costar los dos japoneses, capturados antes de que el primer ministro Abe prometiera 200 millones de dólares en ayuda humanitaria para los afectados por el conflicto. En ese momento, dejaron de ser simples rehenes para convertirse en peones políticos en manos del ISIS.
El negocio de los rehenes occidentales es una fuente de financiación importante para los grupos armados y criminales en Siria desde 2012. Ahora bien, en 2015, se ha vuelto mucho más rentable el tráfico de refugiados. Basta tener en cuenta dos datos: uno, que el viaje hasta Grecia cuesta entre 5.000 y 7.000 euros por persona, según el método de transporte. Eso significa un beneficio mensual para los traficantes de aproximadamente 100 millones de euros. Y otro, que a eso se añaden las llamadas economías de escala. Los mismos camiones con los que se traslada a los sirios a través de Turquía vuelven llenos de productos de contrabando que no se encuentran en el mercado sirio, como harina para el pan o pilas eléctricas. La compra se hace con el dinero en efectivo que los refugiados han pagado a los traficantes.
Cada día, una flota de camiones, camionetas, autobuses y automóviles atraviesa los pasos fronterizos entre Siria y Turquía controlados por el ISIS, que cobra una tasa por cada refugiado, obra de arte, barril de petróleo, etcétera, que sale de Siria, y otra por cada cargamento de contrabando que entra. Se calcula que el negocio proporciona al Estado Islámico entre 300.000 y 500.000 euros semanales, según el número de personas y el valor de las mercancías.
Varios negociadores en secuestros de europeos reconocen que la progresiva desestabilización de Siria, Irak y las zonas limítrofes es ventajosa para las finanzas del ISIS y los delincuentes sirios vinculados a él.

Todo es posible gracias a la tecnología, las armas baratas y la captación de yihadistas europeos
A juzgar por los motivos alegados por los autores de los atentados de París, los bombardeos sobre Siria e Irak contribuyen a facilitar el reclutamiento de combatientes en Europa con un coste ridículo. Fuera por el 11-S o por los atentados de 1998 contra las Embajadas estadounidenses en África, el mayor gasto que tenía Al Qaeda era el de la radicalización y el adiestramiento de los terroristas. Hoy, el adoctrinamiento del ISIS se lleva a cabo sobre todo en la Red, y con costes peligrosamente cercanos a cero. Los reclutas son europeos, jóvenes y jovencísimos musulmanes, a menudo nacidos en Europa, por lo que no necesitan trasladarse. También en la Red se lleva a cabo parte del adiestramiento: es posible planificar un atentado en un chat y entrenarse como guerrillero con una amplia gama de videojuegos. De ahí que el coste unitario de los atentados terroristas en Europa haya descendido.
El califato no necesita utilizar el modelo piramidal de Al Qaeda, con un cerebro central que decidía y financiaba en su totalidad las operaciones. Al contrario, el ISIS utiliza un modelo horizontal y orgánico: deja a los terroristas dispersos por el mundo la libertad de decidir los atentados, cómo realizarlos y cómo financiarlos. Todo ello es posible gracias a la tecnología, la amplia oferta de armas a precios muy asequibles y la popularidad del yihadismo en Europa y el resto del mundo. Un balance muy negativo tras 15 meses de bombardeos.
Loretta Napoleoni es economista.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

jueves, 19 de noviembre de 2015

"Fatalismo", David Trueba

David Trueba

   En "El País":

Fatalismo

La democracia se asienta sobre la educación de las personas para la libertad


Decíamos la semana pasada que Europa necesita mirarse en plano general. Secuestrado como está lo colectivo por cuatro marcas de telecomunicación, va siendo hora de recuperar la calle. Las matanzas perpetradas en París por una franquicia del rencor que encuentra clientela con demasiada facilidad pretenden que Europa se rinda de manera definitiva al fatalismo. Solo la estupidez y la falta de perspectiva pudo convencer a tantos de que los humoristas del Charlie Hebdo pagaban algún tipo de pecado y convenía autoimponerse límites a la libertad. Ahora, quizá, queda más claro que el pecado está en salir de copas, acudir a escuchar música, ir al fútbol, considerar a la mujer un igual y a tu hija una futura persona cultivada y libre. Permanecer impasibles ante el éxito económico de variadas dictaduras, a las que premiamos invitándolas a formar parte de nuestro accionariado, nos obliga a temer una Europa que aceptará de buen grado los nacionalismos autoritarios y la pérdida de libertades.
Hemos cometido un error de apreciación al identificar la democracia con solo la libertad de mercado y la circulación global de capitales. La democracia se asienta sobre algo mucho más sólido y esencial que es la educación de las personas para la libertad. El castigo en nuestro sistema educativo a las asignaturas de Humanidades, al Dibujo y a la Filosofía delata la mediocridad de las élites que nos dirigen. Sobre esos pilares se asienta la historia de Europa. Frente a las matanzas religiosas y nacionalistas, el esfuerzo intelectual, las artes, la crítica, la búsqueda de un ideal colectivo de vida, las leyes justas, los derechos, han ido fabricando oasis de justicia inéditos en la historia de la humanidad. Eliminar de los planes de estudios todo lo que no resulta práctico al mercado financiero nos deja indefensos frente a la tragedia de vivir. En París, como en Egipto, Beirut o Túnez en semanas pasadas, lo único que se pretendía con el terror es infundir miedo y propagar la idea de fracaso entre quienes defienden la libertad personal.
Es demasiado fácil caer en el desánimo. Es demasiado fácil concederles a las armas la autoridad para ser la medicina que cure nuestros males. El dolor es imposible de eliminar, el miedo es sencillo de inocular. Pero en las aulas de Europa se está jugando la batalla más fundamental. Hay que dar tiempo, espacio, cercanía, calor y conocimiento a los jóvenes, sacarlos del secuestro de los negocios alienadores y embrutecedores, y devolver a Europa el esfuerzo por el conocimiento y el reto intelectual para responder a nuestras dudas existenciales con el rigor de la razón.