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martes, 8 de marzo de 2016

PRENSA CULTURAL. "El libro de la vida de Virginia Woolf"

   En "El País":

El libro de la vida de Virginia Woolf

'Fin de viaje’, la primera obra publicada por la autora británica, cumple un siglo


La escritora Virginia Woolf, en 1931. / COLECCIÓN DE LA LIBRERÍA DE HOUGHTON

Veintiséis años antes de que Virginia Woolf se hundiera en las frías aguas del río Ouse, en 1941, publicó su primera novela donde la vida de la protagonista termina de forma prematura, a la vez que avanza su renovador y magistral futuro literario. Lo hizo hace un siglo, el 26 de marzo de 1915, en una novela premonitoria titulada Fin de viaje. Ahí empezó su cuenta atrás, no solo al contar la historia de la joven Rachel Vinrace, donde criticaba el mundo de la época y rompía los esquemas de la narración, sino también por lo que anida en el libro de lo que fue y habría de ser su vida, su concepción de sí misma y sus últimas horas.


LOREDANO
Fin de viaje supone un ámbar biográfico y literario de Virginia Woolf (1882-1941) donde destellan las conexiones entre esa novela y los últimos días de la escritora: los dos hechos suceden casi al comienzo de la Primera y la Segunda Guerra Mundial, respectivamente; ambos están precedidos por brotes psicóticos de la narradora y ensayista; la protagonista quiere desencorsetarse de la herencia victoriana y reivindica derechos de la mujer, mientras en la vida real, Woolf, con 59 años, ya es reconocida por todo ello y se enfrenta a un mundo insospechado de cambios vertiginosos; es en esta historia donde aparece la señora Dalloway, una de las señas de identidad de la escritora inglesa; en la novela, el amor es un hallazgo, oscilante, que se intenta describir, algo en lo que Virginia Woolf insistió de manera infructuosa… y esto es el primer fogonazo entre su ópera prima y su adiós.
Veintiséis años separan esos dos momentos conectados por un relámpago que lo ilumina todo al echar la vista atrás en las 949 páginas de Virginia Woolf. La vida por escrito (Taurus), de Irene Chikiar Bauer. Es la primera gran biografía en español de una de las escritoras más influyentes del siglo XX y que desde el principio quiso romper esquemas narrativos y dar voz a la Voz, como el agua que fluye y siempre encuentra una salida. Hablan por ella La señora DallowayAl faroOrlandoLas olasUna habitación propia

Coincide con la edición de una nueva biografía, la más destacada escrita en español
Y aquí, Chikiar Bauer, periodista y escritora argentina, reconstruye esa existencia y muestra el ir y venir entre realidad y ficción. Virginia Woolf, dice la biógrafa, utilizó experiencias de su vida en sus libros, pero, precisa, no se puede “afirmar que la suya sea una escritura autobiográfica o de autoficción, aunque al contar con todo el material autobiográfico del que disponemos, sus cartas, sus diarios personales, ensayos y memorias, veamos que la temática de su literatura tiene que ver con cuestiones que le concernían personalmente”.
Es la felicidad astillada.
Siete años ha invertido la periodista en mostrarla en este volumen dividido en dos partes: la primera recoge sus 22 años iniciales, hasta la muerte de su padre en 1904 (periodo en el cual nacen sus demonios, para bien y para mal, y que la espolean: el padre en la torre de marfil, la madre vigilante, su hermana Vanessa, pintora, y la sombra del incesto por culpa de uno de sus hermanastros). La segunda parte es el resto de su vida, año a año. Supone un asomo al universo Virginia Woolf, que pendula entre las huellas de la época victoriana y las dos guerras mundiales y, en medio, el mundo que se abre al modernismo y al que ella misma contribuye con su literatura o grupos como el de Bloomsbury. Como colofón, su vida en fotografías.
Casi todo y toda ella está en Fin de viaje. Es como el libro de la vida de su vida, escrito 26 años antes de morir, y que Irene Chikiar reconstruye: “Lo empezó en el verano de 1907 y lo envió a la editorial en 1913, hasta que se publicó el 26 de marzo de 1915. Buscó, como en sus principales libros, experimentar maneras menos convencionales de tratar el argumento y los personajes, lo cual requería salirse de los cánones establecidos. Se puede decir que Fin de viaje refleja las preocupaciones de Virginia Woolf durante su adolescencia y primera juventud, siendo centrales cuestiones como las dificultades en las relaciones entre hombres y mujeres jóvenes, la ignorancia sexual y el lugar en la sociedad que ocupaban las jóvenes de su clase, e incluso el efecto de la muerte prematura de la madre”. Ya en esa obra señala la necesidad de un cuarto propio para la protagonista, “donde poder tocar música, leer, meditar, desafiar al mundo, habitación que podía convertir en fortaleza y santuario”.

En Fin de viaje son centrales cuestiones como las dificultades en las relaciones entre hombres y mujeres jóvenes, la ignorancia sexual y el lugar en la sociedad que ocupaban las jóvenes de su clase, e incluso el efecto de la muerte prematura de la madre”.
Irene Chikiar
Y así lo hizo ella misma hasta el final, sin dejar de trabajar los temas que la conectaron con Fin de viaje… En la historia de Rachel, el amor y la felicidad, su búsqueda con el joven Terence Hewet, es frustrada, y “la cuestión sexual no se aborda”, mientras la escritora y Leonard sí se casaron, pero llevaron una vida sentimental singular donde, tanto en la novela como en la realidad, el amor va más allá de lo terrenal y su realización está impregnada de un aire de imposibilidad; la atracción homosexual parece aletear alrededor de la joven protagonista y se concreta en la autora. Rachel enferma y muere prematuramente, mientras la escritora se suicida. Tras la muerte de ambas, mientras en la novela se dice: “Nunca dos personas han sido tan felices como lo hemos sido nosotros. Nadie ha amado nunca como nos hemos amado nosotros”; en el mundo real, Virginia Woolf dejó una carta a su marido cuyas últimas palabras son: “No creo que dos personas pudieran ser más felices de lo que fuimos tú y yo”.
Y todo ocurrió un viernes. Un viernes 26 de marzo de 1915 Virginia Woolf dio a conocer su mundo literario en Fin de viaje y un viernes, 26 años después, ella dijo adiós.

Virginia Woolf en sus novelas

Irene Chikiar Bauer cuenta qué prestó Virginia Woolf de su vida a cuatro de sus novelas más emblemáticas y por qué las escribió. Al faro (1927), novela clave del modernismo y reafirmación de su autora en el canon del siglo XX, y que pasa por ser, quizá, su obra más autobiográfica no está incluida en este recorrido precisamente porque es de las que más se suele hablar. Recuerdos de infancia y manipulación del tiempo resumidos por la biógrafa en Virginia Woolf. La vida por escrito (Taurus): “Las ideas y visiones de Al faro convocaban emociones asociadas al recuerdo de sus padres y de su propia infancia, y evocaban los veranos en St. Ives y toda la fuerza de esa realidad perdida. Mientras escribía, Virginia llamaba al pasado y lo fijaba en palabras”.

La señora Dalloway (1925):

“En esta novela, la preferida de muchos lectores, quiso ‘mostrar lo escurridizo del alma’, pero también, mientras la escribía, sintió que tenía casi demasiadas ideas, quería ‘dar vida y muerte, cordura y locura’, ‘criticar el sistema social, y mostrarlo en funcionamiento, en su forma más intensa’. En La señora Dalloway bosquejó un estudio de la locura y el suicidio: ‘El mundo visto por cuerdos y locos, lado a lado’. Allí volcó experiencias de sus propias enfermedades y trastornos psíquicos (en el personaje de Séptimus, un soldado que sufre stress post traumático y se suicida tras un brote de locura), también reflexionó acerca de la condición de las mujeres de su época, reflejadas en Clarissa Dalloway, su hija, la institutriz, o Sally, la amiga de juventud de Clarissa. Las dificultades de la relación entre hombres y mujeres está presente en este libro, lo mismo que su amor por la ciudad de Londres, o la devastación que produce la guerra, una problemática sobre la que trata en casi todas sus novelas.
Tal vez, una de las cuestiones que ella consideró más importante es que en esta obra logró un gran ‘descubrimiento’, un método que le permitió excavar ‘hermosas cavernas’ detrás de sus personajes, logrando “humanidad, humor, profundidad”. De alguna manera, Clarissa Dalloway actúa como doble de Virginia Woolf; muestra lo que podría haber sido de ella, si la rebeldía a las normas, su conciencia humanitaria y la pasión por la escritura no hubieran interferido el destino victoriano que había trazado sus padres y la época en la que le tocó nacer”.

Orlando (1928):

“Quiso escribir Orlando en un estilo burlón, claro y sencillo, de modo que la gente entendiera la novela. El libro, en homenaje a su amiga y ocasional amante Vita Sackville West, debía tener un cuidadoso equilibrio entre verdad (hechos) y fantasía (ficción). Pero Orlando es más que un ejercicio brillante y liberador. Gracias a esa novela la autora logró ascendiente sobre Vita, la halagó, y a través de ella tal vez elaboró los celos que le provocaban sus relaciones con otras mujeres. Además, gracias al Orlando, expresó, en clave literaria, la liberalidad sexual que caracterizaba a los integrantes de Bloomsbury. Suerte de biografía ficcional de Vita, en el libro también se reconocen versiones satíricas de amigos, parientes e incluso a la propia Virginia Woolf ya que recrea aspectos de su propia experiencia como escritora, aborda las problemáticas de género y alude a la bisexualidad de Vita, y a cuestiones de la identidad al explicitar que en Orlando, ‘el cambio de sexo modificaba su porvenir, no [modificaba] su identidad”.

Las olas (1931):

“Aquí hizo confluir introspección y aventura estética y justifica su tendencia, siempre presente en los diarios íntimos, de volver al pasado para entender el presente y proyectarse al porvenir. Desde un punto de vista autobiográfico, explicó Las olas como un intento de plasmar una visión o estado mental que tuvo cuando terminaba Al faro, su anterior novela, sintiéndose muy desdichada y experimentando el ‘dolor físicamente como una dolorosa ola que se hincha sobre el corazón’. También había deseado expresar ciertas visiones: ‘El lado místico de la soledad’. Las olas es un libro de madurez, donde recrea los ‘momentos de vida’ que tanto la habían conmovido de niña; como la vez que no pudo saltar un ‘charco en el sendero’, porque ‘todo de repente fue irreal […] el mundo entero se volvió irreal’. En esta novela quiso expresar ‘la idea de una corriente continua, no solo de pensamiento humano’ sino de la Infancia, aunque dejando en claro que no se trataría de su propia infancia. En polifonía, alternan los soliloquios de seis personajes que se conocen desde niños y que conservarán su amistad a lo largo de sus vidas. Un séptimo personaje, al que los demás evocan, tiene claras analogías con Thoby, el hermano que murió en su juventud. Asimismo, características de los personajes se pueden asociar a los de la propia Virginia Woolf, o a los de su marido, Leonard Woolf, su hermana Vanessa, y otros integrantes del grupo Bloomsbury”.

Entre actos (1941):

“En tanto que Tres guineas (1938) puede considerarse un alegato pacifista, en sus últimas novelas, Los años (1937) y Entre actos (1941), la referencia a la Segunda Guerra Mundial es ineludible. Una Europa ‘erizada de cañones, cubierta de aviones’ da marco a la última novela de Virginia Woolf. En el libro se pasa registro a la vida social de una aldea inglesa. El tema es afín a su objetivo de relacionar las vidas de sus protagonistas con la mayor parte de la historia del país; y si bien hay una pequeña escena que tiene lugar la noche anterior, la historia se desarrolla durante el transcurso del siguiente día, con los preparativos y finalmente la representación teatral organizada anualmente por los lugareños para juntar fondos para instalar luz eléctrica en la iglesia del pueblo. La obra cuenta con un público que incluye a la pequeña nobleza, a la alta burguesía y a los aldeanos, que además de ver la obra, comparten un refrigerio. Durante los últimos años de su vida, marcada por la guerra y sin poder regresar a Londres, Virginia Woolf convivió estrechamente con la gente de Rodmell, donde tenía su casa de campo. Puede afirmarse que en Entre actos, recreó muchas de sus preocupaciones y temas que la guerra reactualizaba: su amor por Inglaterra, su particular patriotismo ligado a la tradición literaria y al paisaje inglés, sus planteamientos acerca de la vida individual y comunitaria, sus temores asociados con la guerra. También se refiere a su idea de la imposibilidad de comunicación, aun entre personas que se aman. De hecho, los personajes se unen y se separan consciente o inconscientemente, guiados por afinidades electivas cambiantes, rechazos y atracciones que van dibujando constelaciones que los unifican, o los rescatan, al menos momentáneamente, de su aislamiento. Las diferencias de clase, generacionales, sexuales e incluso ideológicas actúan como fuerzas de atracción y repulsión, que afectan a los individuos, aislados en su propio universo.
Además de innovar en el estilo, Virginia intentaba indagar en una problemática de amplio espectro y que abarcaba desde temas acerca del futuro de la civilización, a otros específicamente literarios como la relación entre el autor y su público y los modos de representación, para llegar a cuestiones de orden cuasi metafísico”.

miércoles, 3 de febrero de 2016

LIBROS. "Libertad, sagrada palabra"

   En "revistamercurio" (enero, 2016):

Libertad, sagrada palabra

IGNACIO F. GARMENDIA  |  FONDO Y FORMAS · MERCURIO 177 - ENERO 2016

Madame de Staël
Germaine Necker, Madame de Staël (1766-1817), una figura central en el paso de la Ilustración al Romanticismo. FRANÇOIS GÉRARD
Se dice de ella que fue mejor conversadora que estilista, lo que permite deducir, a la luz de sus escritos, que su ingenio verbal debió de brillar como muy pocos en el país que hizo de la conversación un arte. Ensayista adelantada a su tiempo, novelista popular y defensora de la emancipación femenina, Madame de Staël combinó una vida sentimental de lo más azarosa o libérrima con un espíritu crítico que la llevó a enfrentarse al todopoderoso Bonaparte —lo que le costó el exilio— al mismo tiempo que mantenía su distancia respecto del radicalismo jacobino. Tras la publicación de la excelente biografía de Xavier Roca-Ferrer, el sello Berenice —que ya había reunido en un volumen dos lúcidos ensayos de la autora, De la influencia de las pasiones y Reflexiones sobre el suicidio— prosigue su labor de recuperación de la “baronesa de la libertad” con la primera traducción al castellano de una de sus obras más ambiciosas, la muy citada La literatura y su relación con la sociedad (1800), impecablemente presentada por el propio Roca-Ferrer que sitúa el libro, un trabajo pionero en la historia de los estudios comparatistas, en el contexto histórico de la transición entre los ideales ilustrados y la sensibilidad romántica. Si la definición como “madre espiritual de la Europa moderna” parecía algo excesiva, no lo es afirmar que fue ella la primera en reclamar el análisis de las “causas morales y políticas que modifican el espíritu de la literatura”, defendiendo las ideas de fondo frente al “culto a la forma” que había dominado la preceptiva neoclásica. De su contribución importa más la intención del conjunto que los juicios particulares, a veces subjetivos o incluso arbitrarios, como cuando ensalza la gravitas romana frente a la ligereza de los griegos que ella, ciertamente, aplicaba en su vida privada, pero no extendía a los estudios. Si Chateaubriand, que se mostró bastante mezquino a la hora de juzgar la obra de su contemporánea, fue un maestro de estilo, madame de Staël —concluye su biógrafo— lo fue de pensamiento.
Con razón se insiste en que Milena Jesenská, la destinataria de la famosa colección de cartas de Franz Kafka, fue mucho más que su eventual traductora o la mujer de la que se enamoró perdidamente el escritor poco antes de su muerte. Por su trabajo como periodista, por su valeroso compromiso político o por su comportamiento, rayano en lo heroico, en el campo de concentración de Ravensbrück, donde la internaron los nazis y acabaría perdiendo la vida, la brava activista —que en la Praga ocupada llevaba la estrella amarilla sin ser judía— no merece pasar a la Historia como un satélite del planeta Kafka, pero lo cierto es que el epistolario —las respuestas de ella no se han conservado— puede considerarse como un título más en la obra del atormentado escritor checo, la novela de un amor que no prosperaría y estaba hecho, pues apenas se vieron unas pocas veces, casi enteramente de palabras. Traducida por Carmen Gauger en un volumen que amplía y reordena el repertorio conocido, la nueva edición de las Cartas a Milena (Alianza) incluye ocho misivas de Jesenská —entonces casada con el también escritor Ernst Pollak— al gran amigo de Kafka, Max Brod, así como la breve y hermosísima necrológica que publicó tras la prematura muerte de su amante: “Era un artista y un hombre de tan delicada conciencia que oía también allí donde otros, sordos, se creen a salvo”.
Valle Inclán
Ramón del Valle-Inclán (1866-1936), objeto de dos recientes biografías que buscan separar la realidad de la leyenda. IGNACIO ZULOAGA
Aparecida solo unos meses después de La espada y la palabra (Tusquets), la exhaustiva biografía de Valle-Inclán con la que Manuel Alberca ganó el último premio Comillas, esta otra del nieto del escritor, Ramón del Valle-Inclán. Genial, antiguo y moderno (Espasa) comparte con la anterior —además del hecho de centrarse en la vida, sin entrar a valorar las obras o menos aún extraer de ellas datos no contrastados documentalmente— el propósito de despojar al gallego de las numerosas leyendas, en no pocos casos difundidas por él mismo, que han deformado su figura o la han reducido a un anecdotario a veces apócrifo. Más breve y sucinto que el de Alberca, el libro de Joaquín del Valle-Inclán, que lleva tres décadas consagrado al estudio del legado de su abuelo, al que no conoció, presenta muchas similitudes con el de su inmediato predecesor, lo que no extraña si tenemos en cuenta que ambos han trabajado juntos durante años hasta que los separaron —dice el descendiente de don Ramón— “diferencias irreconciliables”. Coinciden las fuentes y algunas conclusiones de calado —el autor nunca vivió en la pobreza, su bohemia era más bien una pose, fue siempre un reaccionario—, pero el Valle biógrafo, partidario del dato estricto, elude las interpretaciones en clave psicológica a la vez que condena cualquier veleidad literaria. Desde el reconocimiento de las aportaciones respectivas, cabría apuntar dos ideas: una, que la biografía es o puede ser un arte, en tanto que escritura no meramente notarial; dos, que la mixtificación, después de todo creadora, merece ser estudiada en los mismos términos que la vida verdadera.
Cronista y fabulador de la decadencia del patriciado en las novelas que forman su ciclo porteño, iniciado con Los ídolos, el argentino Manuel Mujica Láinez se hizo internacionalmente conocido por una novela histórica, Bomarzo, que tuvo también amplia difusión entre nosotros, pero aunque sus últimos libros —nos recuerda Luis Antonio de Villena, que lo trató desde mediados de los setenta— los publicó en España, hay otros anteriores que o no se conocen o apenas han circulado en la península. Era el caso de una curiosa novela, De milagros y melancolías (1968), que estaba hasta ahora inédita y ha sido publicada por Drácena con un reivindicativo prólogo de Villena, en el que este invita a volver a un autor al que no duda en calificar como uno de los grandes novelistas del siglo XX en lengua castellana. Escrita en clave de sátira o parodia —el propio Manucho, como lo llamaban sus amigos, dijo de ella que era “una tentativa de probar que la historia es una invención del historiador”—, la novela se plantea como una suerte de respuesta a los exitosos modos del realismo mágico que el boom había convertido en moda, con dosis de una fantasía que no era nueva en la narrativa histórica de Mujica Laínez —baste citar su obra anterior, El Unicornio,protagonizada por el hada Melusina, o la misma Bomarzo— pero se aplicaba esta vez no al pasado europeo sino al de “nuestra pobre América”. Barroca, excesiva, disparatada, la crónica de la ciudad imaginaria de San Francisco de Apricotina del Milagro se remonta al tiempo de la conquista y se burla por igual de los españoles y de los criollos, de los fundadores, de los libertadores, de los caudillos o de los líderes de masas.
Treinta años después de la publicación de su primera novela, Beatus ille, Antonio Muñoz Molina tiene tras de sí una obra que fue reconocida desde los inicios y ha mantenido todo este tiempo su compromiso con la calidad, que lo distingue a la vez como un escritor exigente y —lo que no siempre va unido a lo anterior— como un narrador genuino, vale decir, que era lo que se propuso desde el principio, como un contador de historias. Su editorial de entonces y de ahora, Seix Barral, ha conmemorado el aniversario con una reedición de esa novela inaugural que ve de nuevo la luz junto a El jinete polaco, con la que ganó el Planeta y que recibió además —por segunda vez tras El invierno en Lisboa— el Premio Nacional de Narrativa. Muñoz Molina ha contado más de una vez cómo fue Pere Gimferrer, a quien un amigo del primero le había regalado un ejemplar de El Robinsón urbano—el libro de artículos con el que el entonces veinteañero, mientras trabajaba como empleado municipal en Granada, había iniciado su carrera literaria—, quien lo invitó a publicar en Seix luego de leer el manuscrito de Beatus ille, donde ya mezclaba su memoria personal y familiar con la que ahora llamamos histórica, solo que dentro del género policial o detectivesco que escogió para dar forma a sus primeros trabajos. También ha hablado —en un curso de El Escorial que dirigió el añorado Carlos Pujol— de las tentativas fallidas después de Beltenebros y de cómo se le reveló el título de su cuarta novela —tomado de un cuadro de la neoyorkina Frick Collection que le mostró José María Guelbenzu, El jinete polaco de Rembrandt— antes de tener claro el argumento, que finalmente retomó las ideas desechadas para incorporarlas a un solo discurso. Demorado, sinuoso, envolvente, el estilo de Muñoz Molina fluía aquí libre de los corsés a los que se había sometido hasta la fecha y estrenaba el tono, absolutamente reconocible, que caracterizaría a sus obras mayores.

domingo, 17 de mayo de 2015

PRENSA CULTURAL. "Trastos, recuerdos y el alma de Wislawa Szymborska"

   En "El País":

Trastos, recuerdos y el alma de Wislawa Szymborska

La poeta y premio Nobel polaca ayudó a precisar datos de su biografía


Wislawa Szymborska, en su casa, antes del Premio Nobel de 1996. / EDITORIAL PRE-TEXTOS

El premio Nobel de 1996 descubrió para el mundo a una poeta que muy pocos conocían fuera de Polonia, reacia a las entrevistas y que consideraba que confesarse públicamente equivalía a perder el alma. Wislawa Szymborska escribía unos poemas transparentes que miraban el mundo desde un ángulo nuevo que se encontraba del lado de dentro de los seres y las cosas. Su resistencia a contar de su vida más de lo que aparecía en sus poemas no amilanó a Anna Bikont y Joanna Szczesna, autoras de la biografía Trastos, recuerdos (Pre-Textos, traducción de Elzbieta Bortkiewicz y Ester Quirós). Juntas destilaron cuanto de peripecia vital había en poemas, reseñas, conferencias y recitales; hablaron con amigos, reconstruyeron su árbol genealógico, recuperaron textos inéditos y organizaron un relato tan coherente que provocó la curiosidad de la propia Szymborska, quien acabó accediendo a reunirse con sus biógrafas diciendo: "Está bien, precisemos".
El resultado son 700 páginas repletas de descubrimientos, inteligencia, ternura y maravilla. Un libro que no es sólo una biografía (magnífica) sino también un acercamiento agudo a su obra, una antología de sus versos, un riquísimo álbum fotográfico, un catálogo de sus collages e incluso una novela sobre sus antepasados: "Todo empezó así. Unos vientos huracanados derribaron miles de abetos en las propiedades del conde Wladyslaw Zamoyski...".
Las autoras reconstruyen la infancia de una Szymborska que obligaba a todo el mundo a que leyese para ella, que besaba ranas y que junto a unas amigas ató a un árbol al niño que les gustaba y allí lo dejaron mientras dirimían quién de ellas lo quería más. Esas amigas conservaron algunos de sus primeros poemas, ahora recuperados: "Nada es nuevo, todo ha ocurrido antes, / igual que el sol salía, / ha vuelto a salir. / La gran guerra no es tampoco nueva; / Caín comenzó la escabechina por Abel. / Siempre alguien muere y alguien nace / y entre quejas se dirige a la escuela. / Y siempre por una mala redacción / se gana una zurra en el colegio y otra en casa”.

Verso y crítica

POESÍA. Saltaré sobre el fuego (Nórdica). Antología ilustrada por Kike de la Rubia, con nueva traducción de Abel Murcia y Gerardo Beltrán y prólogo de Juan Marqués (2015)
Hasta aquí (Bartleby). Traducción de Abel Murcia y Gerardo Beltrán (2014).
 Aquí. (Bartleby) Traducción de Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia, edición bilingüe (2009).
Instante (Igitur) trad. Gerardo Beltrán, Abel A. Murcia (2004).
El gran número, Fin y Principio y otros poemas. (Hiperión). Varios traductores (1997).
Paisaje con grano de arena(Lumen). Traducción de Ana María Moix y Jerzy Wojciech Slawomirski (1997).
PROSA. Lecturas no obligatoriasMás lecturas no obligatorias y Siempre lecturas no obligatorias (Alfabia).
Szymborska estuvo, desde bien joven, en el centro de la vida intelectual de Cracovia. Abandonó sociología aburrida de que todo lo explicara el marxismo, pero acató las normas del partido. Cuando recibió el Nobel, hubo quien se tomó el premio como una afrenta a Zbignew Herbert y aireó su pasado comunista. Un pasado que esta biografía no esconde: poemas a Stalin («El Partido, la visión del hombre, / la fuerza popular y su conciencia, el Partido. / Nada de Su Vida pasará al olvido. / Su Partido despeja las tinieblas») y declaraciones del tipo «Al Partido le debo el pleno conocimiento de la verdad» o «Sólo pido morir siendo comunista». Tampoco lo escondió ella, pero sin ninguna necesidad de actos de contrición espectaculares à la Grass evolucionó hacia un individualismo compasivo que le impidió, llegado el momento, afiliarse al sindicado Solidaridad: «Carezco ya de sentimientos de grupo». Nunca perdió la timidez ante Czeslaw Milosz, el otro Nobel polaco de su generación, porque jamás quiso convertirse en el monumento que él estaba encantado de ser y porque mientras que él siempre pretendía conversaciones elevadas, Szymborska prefería entregarse al humor y a la improvisación de poemas liméricos.
En 1959 comenzó a dirigir la sección de poesía de Zycie Literackie, donde publicaría los primeros poemas de Adam Zagajewski. Para ahuyentar a los malos poetas organizaba números como clavar su zapato sobre un redactor tirado en el suelo que gritaba: “¡Se lo prometo! ¡Nunca más le traeré poemas!”. En la revista era también una de las redactoras del “Correo literario”, donde respondía a las cartas de los lectores con esa mezcla sólo suya de humor, inteligencia, ternura y acidez. Hay en ese correo (citado aquí abundantemente) todo eso pero también certeros ensayos concentrados sobre el verso libre o la tradición. En 1963 abandona la redacción pero sigue escribiendo reseñas: así comienzan las «Lecturas no obligatorias» de las que Alfabia ha publicado tres volúmenes. Szymborska elegía los libros que reseñaba del cajón de los descartes. Prefería aquello que no tuviera que ver con la literatura oficial. Cuando en 1993 retomó la escritura de reseñas eligió los libros del mismo modo: “La política sigue siendo un vampiro deseoso de sacarnos todos los jugos”.
Szymborska mantuvo junto a ella mucho tiempo a una de sus niñeras de infancia porque “todos necesitamos a alguien que nos grite de corazón”. Seamus Heaney le escribió tras el Nobel avisándole de lo que la esperaba: amigos que no recordaba, ignotos parientes, inesperados enemigos. “Pobre Wislawa”, resumió. Y tanto: la noticia del premio la sorprendió escribiendo un poema que, pese a su continuo rechazo a viajes y entrevistas, no pudo retomar hasta tres años después.


Wislawa Szymborska con un chimpacé en el zoológico. / EDITORIAL PRE-TEXTOS
Szymborska sentía una predilección por los animales que tenía más que ver con la curiosidad que con el amor. Nunca tuvo mascota, pero sentía una especial fascinación por los monos, una especie de espejo en el que interrogarse. Una vez se hizo una sesión de fotos en el zoo de Cracovia con una chimpancé. La sentaron junto a la poeta, intentó morderla cuando quiso abrazarla y al oírla gritar alargó la mano, arrancó unas hojas y le tapó la boca con ellas. “¿No quería que gritara o quería pedirme perdón?”, se preguntaba Szymborska, que había aprendido a asombrarse con una frase de Montaigne: “¡Mirad cuántos extremos tiene este palo!”.

Una gran generación

Una sola generación de la poesía polaca reunió a cuatro gigantes: Wislawa Szymborska, Czeslaw Milosz (ambos bendecidos por el premio Nobel), Zbigniew Herbert y Tadeusz Rózewicz, a los que habría que sumar al más joven Adam Zagajewski. Szymborska es la menos grandilocuente de todos ellos, y su poesía concilia todas las contradicciones: es irónicamente tierna, livianamente profunda. Abel Murcia y Gerardo Beltrán tradujeron su Poesía no completa (FCE), a la que seguirían Instante (Ígitur), Dos puntos y el póstumo Hasta aquí (Bartleby). Alfabia ha publicado tres tomos de sus Lecturas no obligatorias, comentarios de libros a los que es injusto llamar reseñas, pues están más cerca de los ensayos de Montaigne que de la crítica de urgencia.

sábado, 7 de marzo de 2015

PRENSA CULTURAL. "El impulso biográfico". Anna Caballé

   En "revistamercurio":

El impulso biográfico

ANNA CABALLÉ  |  MERCURIO 166 · TEMAS - DICIEMBRE 2014

No basta con colocar los datos abrumadoramente uno detrás de otro. Hay que poder construir un relato sobre una vida real, armar una historia que aspire a la verdad humana
Biografias-2
© ASTROMUJOFF
Con todas las salvedades que se quieran, me atrevo a decir que vivimos en la edad dorada de la biografía. La presencia y la representación, visual y escrita, de vidas reales en los medios —del libro al cine, la radio, la televisión e Internet— está más extendida que nunca. Incluso las empresas funerarias han actualizado su oferta y la anodina esquela de siempre se ha transformado en una rápida semblanza escrita del ser fallecido. Podríamos hablar de un impulso biográfico que está repercutiendo también en una nueva forma de ver y analizar el pasado. Filósofos e historiadores de la cultura como Safranski, Onfray, Blom o Argullol recurren a la estructura biográfica para construir su propio discurso cultural a la luz de un nuevo punto de vista.
Sin embargo, se produce la paradójica situación de que en el seno de la cultura española esa ebullición del género inseminando, por decirlo así, la mayoría de las manifestaciones culturales y comunicativas, se produce en medio de un vacío intelectual considerable. No tenemos una historia de la biografía que nos permita conocer y aquilatar cómo ha evolucionado el género y en función de qué circunstancias se desarrolló (o quedó frenado); los estudiantes de Humanidades deseosos de dedicarse profesionalmente a la biografía tampoco disponen de manuales, ni de cursos-guía donde aprender y orientarse sobre su metodología, y los premios, ayudas a la investigación y distinciones vinculadas a dicha escritura son mínimos si los comparamos con los que merecen otros géneros históricos y literarios. En más de treinta convocatorias, el Premio Nacional de Historia ha recaído solo en dos ocasiones sobre biografías, curiosamente Isabel I (Luis Suárez, 2001) e Isabel II (Isabel Burdiel, 2011), lo que viene a ser la expresión de un accidente puntual, más que los datos de un género afianzado que compite libremente con otras formas del relato histórico. En cuanto al Premio Nacional de Ensayo en casi cuarenta convocatorias lo ha concedido en dos ocasiones a ensayos biográficos. Pese a iniciativas como el Premio Antonio Domínguez Ortiz de la Fundación José Manuel Lara o, parcialmente, el Comillas de Tusquets, apenas existen premios nacionales o institucionales de alcance, centrados en la promoción intelectual de la biografía. Teniendo en cuenta la contribución que viene prestando al conocimiento y comprensión de nuestro mundo, presente y pasado, lo menos que puede decirse es que el resumen resulta decepcionante. Una sociedad en la que no existiera la biografía es casi impensable, por no decir que sería invivible, y, sin embargo, no incluimos su estudio, ni su metodología, ni enseñamos a amarla en la escuela o en las aulas universitarias, ni tampoco facilitamos las herramientas para poder discriminar un buen relato biográfico de un mero ejercicio oportunista. Y todo ello a pesar de su aportación al sostén y diafanidad de nuestra vida democrática, al proporcionar una reflexión permanente sobre la dimensión, el alcance y las limitaciones de cualquier vida humana. Es una especie de observatorio humanista que de no existir, habría que crearlo.
En el seno de la cultura española la actual ebullición del género se produce en medio de un vacío intelectual considerable. No tenemos una historia de la biografía que nos permita conocer y aquilatar cómo ha evolucionadoPero lo cierto es que su ética, al igual que la historia y la teoría que acompañan al género, han quedado al albur de una práctica forzosamente autodidacta donde los aspirantes a biógrafos se ven obligados a escarbar en todas las direcciones, a fin de hacerse una idea de cómo proceder con sus proyectos. El resultado es una enorme confusión intelectual —se presentan como biografías obras que no lo son y se elogian libros que, desde un punto de vista biográfico, no lo merecen—. La confusión está también en las editoriales, las primeras en hacerse cargo de las nuevas orientaciones de la demanda y por tanto más que receptivas a la publicación de novedades biográficas, que son más abundantes y plurales que nunca. Pero apenas apuestan por la biografía autóctona. Imposible le resulta al biógrafo español competir internacionalmente sin apenas financiación que permita los viajes, la consulta en archivos, la localización de los escenarios, la comprobación de los datos, la necesidad de las entrevistas, los años de trabajo. De modo que nuestra formación en este género ha dependido mucho de la compra de derechos. Mi impresión es que al no disponerse de un marco conceptual que configure un canon y que estimule el trabajo continuado sobre obras y autores, como ocurre con la novela, por ejemplo, observamos cómo las mejores aportaciones se consumen junto a obras irrelevantes cayendo todas en un olvido más o menos indiferente.
A quien desee emprender la tarea de escribir o representar visualmente una vida real —porque el biopic es un género en alza, con maravillosas aportaciones cinematográficas y televisivas—, lo primero que hay que recomendarle es que se tome un tiempo para pensar. Nadie debería embarcarse en la tarea sin saber algo acerca de cómo y por qué los biógrafos anteriores se ocuparon de la vida de seres reales en el pasado y con qué resultados. La historia es apasionante y está sembrada de conflictos, de denuncias y de rechazos que no han hecho más que afianzar el género, consiguiendo que se reflexionara sobre su metodología y al mismo tiempo que se ampliaran ambiciosamente sus objetivos. Lo que quiero decir es que no basta con colocar los datos abrumadoramente uno detrás de otro; hay que poder construir un relato sobre una vida real, armar una historia que aspire a la verdad humana. Me pregunto cuáles son nuestros modelos. En el pasado la situación estaba clara. No había biógrafo que no mencionara a Plutarco como el referente imprescindible de un modo de abordar la escritura biográfica, concebida como el registro y evaluación del carácter moral de las personas. Lo recuerda Javier Gomá en su proyecto de defensa de la ejemplaridad: no hay otro modo de ilustrar los valores del espíritu (la bondad, la rectitud, la honestidad, el respeto…) que encarnándolos en una persona que los haya adoptado como propios. He aquí una de las poéticas de la biografía, su potencia como reflexión moral. Y es que Plutarco desconfiaba de la historia, al igual que Samuel Johnson, el autor de Lifes of the English Poets (1779-1781): ambos creían que si bien los historiadores daban cuenta de las acciones de unos personajes relevantes, las motivaciones que apuntaban no eran creíbles. De hecho ahí podríamos hincar la razón de ser de la biografía: “no podemos confiar en los caracteres que encontramos en la historia”, sostenía Johnson (incluyendo, cómo no, la historia de la literatura). Johnson veía desfilar a hombres de paja (el tiempo de las mujeres llegaría después), irreales, embutidos en uniformes (hagiográficos) que no eran los suyos.
Una sociedad en la que no existiera la biografía es casi impensable, por no decir que sería invivible, y, sin embargo, no incluimos su estudio, ni su metodología, ni enseñamos a amarla en la escuela o en las aulas universitariasSi nos preguntamos cuáles son nuestros biógrafos de referencia, los nombres son abundantes, pero muchos de ellos surgen vinculados a trabajos de una enorme erudición (la monumental biografía de Cervantes, de Luis Astrana Marín, podría ser un buen ejemplo). Un caso excepcional fue Gregorio Marañón, tal vez el único intelectual reconocido popularmente como el biógrafo del conde-duque de Olivares o de Antonio Pérez (hasta la aparición en escena del historiador Manuel Fernández Álvarez, cuyas biografías históricas arrasaron en las librerías). Los libros de Marañón disfrutaron asimismo de un gran éxito. El único reparo que hay que hacerle es que él se aproximaba a su biografiado como al sujeto de una historia clínica que era preciso reconstruir y comprender. Más que biografías, lo suyo eran patografías.
El punto de inflexión en la biografía española lo aportaron historiadores procedentes del mundo anglosajón (Ian Gibson, John Elliott, Paul Preston) mostrando las posibilidades del género en una sociedad democrática. En pleno siglo XXI podría decirse que la biografía está en nuestras manos. Como escribió el poeta Horacio: “Muchos héroes vivieron antes que Agamenón; pero todos nos son desconocidos, quedaron extinguidos en la noche eterna, porque no tuvieron a ningún cronista diligente”. Nada comparable al orgullo de poder rectificar, como biógrafos, aquella situación.

PRENSA CULTURAL. "Procesos de escritura". José Luis Ferris

   En "revistamercurio":

Procesos de escritura

JOSÉ LUIS FERRIS  |  MERCURIO 166 · TEMAS - DICIEMBRE 2014

Desde su probada experiencia como biógrafo, el autor discurre sobre los requisitos y las dificultades, los métodos y los diferentes modos de actuar a la hora de enfrentarse a un personaje
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© ASTROMUJOFF
Todo autor o autora de una biografía ha de partir de una obviedad: cualquier ensayo biográfico que se precie tiene que presumir de exhaustivo y riguroso, esencialmente en lo que a fuentes documentales se refiere. No sólo debe agotar todas las vías posibles de investigación, observar al sujeto desde las más diversas perspectivas, contrastar permanentemente la información y perseguir con obstinación y convicción el núcleo de una supuesta verdad, sino que ha de hacerlo con la firmeza de un admirador camuflado, de un enamorado secreto que observa sin ser visto, que domina hasta cierto punto sus pasiones y que controla suficientemente sus impulsos primarios.
El biógrafo sabe que el personaje con el que ha de convivir durante meses o años (hablamos, en la mayoría de los casos, de alguien que ya no está, que lleva desaparecido décadas o siglos) tratará una y mil veces de persuadirlo con hábiles astucias, de seducirlo desde el silencio y el misterio de su supuesta inexistencia.
Puesto que la objetividad es una falacia, lo conveniente es ampararse en la ecuanimidad, en la férrea penitencia del rigor, en los datos precisos y en la astucia intuitiva (siempre bien dosificada) para ensamblar las piezas recogidas en la búsquedaEl biógrafo hallará, pues, tantas huellas de ella o de él en el rastreo, en el permanente registro de su vida pasada, que tendrá que valerse del flagelo para resistirse a la tentación de dejarse llevar, hacer caso omiso de los cantos de sirena y de los espejismos que le saldrán al encuentro. Y puesto que la objetividad es una falacia y la verdad tan relativa como la queramos ver, lo conveniente es ampararse en la ecuanimidad, en la férrea penitencia del rigor, en los datos precisos y en la astucia intuitiva (siempre bien dosificada) para ensamblar las piezas recogidas en la búsqueda. Sólo así podremos salir airosos de un envite entre el investigador que pretende administrar justicia e iluminar parcelas de oscuridad, y un personaje (el biografiado) que, lejos de estar muerto, siempre ejercerá un poderoso influjo invisible sobre el escritor o el historiador, tratando en todo momento de dirigir su mano, de persuadirlo con la mirada, de insuflarle en la nuca, mientras escribe, el calor de su aliento y la energía sutil de su arcana voluntad.
Un vez aclarado este punto, superada la fase de recolección de datos, realización de esquemas, clasificación y ordenación cronológica de toda la información útil de que se dispone, llega la parte más ardua y acaso placentera del proceso: la escritura. En este campo entra incuestionablemente la capacidad que tenga el autor de seducir con las palabras, su competencia lingüística, su domino de la argumentación, de la expresión, su experiencia y su conocimiento de los recursos del idioma. De nada sirve disponer de un arsenal de documentos, de información privilegiada, de estupendas ideas, si no sabemos comunicar la historia de una vida, atrapar al lector e inmiscuirlo desde la primera página en la aventura de leer y conocer, explorar y descubrir con nuestra misma fascinación a un personaje que hasta ahora nos resultaba lejano, indiferente o hermético.
Al respecto, quiero exponer tres ejemplos muy personales que me parecen oportunos para apreciar la variedad de dificultades, métodos y modos de actuar que el biógrafo ha de asumir para adaptarse, según el caso, a diferentes terrenos.
Mi experiencia se centra fundamentalmente en tres biografías y en tres autores bien distintos: Miguel Hernández (1910-1942), Maruja Mallo (1902-1995) y Carmen Conde (1907-1996). Los tres nacieron en la misma década. Hay entre ellos una coincidencia histórica, pero cada uno representa un camino diferente dentro de la España del pasado siglo. Los tres tuvieron una marcada significación sociopolítica en la etapa republicana, pero también sufrieron desenlaces dispares: Miguel murió al acabar la contienda civil, víctima de la enfermedad y la represión carcelaria; Maruja Mallo se exilió a Argentina, como tantos perseguidos; y Carmen Conde optó por el exilio interior.
De nada sirve disponer de un arsenal de documentos, de información privilegiada, de estupendas ideas, si no sabemos comunicar la historia de una vida, atrapar al lector e inmiscuirlo desde la primera página en la aventura de leer y conocerEn cuanto a la biografía de Miguel Hernández (Miguel Hernández: pasiones, cárcel y muerte de un poeta, Madrid, Temas de Hoy, 2002), mi labor se ajustó esencialmente a una documentación que procedía, por un lado, de la abundante bibliografía que sobre su vida y su obra se había publicado a lo largo de 60 años y, por otro, de la producción del propio poeta editada hasta entonces (poesía, prosa, teatro y cartas recuperadas). Una parte muy reducida de la investigación se apoyó en testimonios orales y escritos, dado que pocos supervivientes quedaban ya de aquel periodo. En consecuencia, la estructura básica del ensayo dedicado a Hernández se articuló sobre una selección crítica de lo publicado hasta el momento, en un riguroso contraste de la información recaudada y en el estudio comparado de diversas opiniones o teorías sobre la vida y la obra del poeta, es decir, sobre un proceso en el que no cabía discriminar, en principio, ningún material, especialmente aquellos trabajos no considerados hasta el momento por haber aparecido en revistas marginales o por el supuesto descrédito de determinados testimonios (el de Ramón Pérez Álvarez es un buen ejemplo) que, por otro lado, iban a resultar esenciales y reveladores para la investigación.
En el caso de Maruja Mallo (Maruja Mallo: la gran transgresora del 27, Madrid, Temas de Hoy, 2004), el punto de partida fue, fundamentalmente, la producción bibliográfica que sobre la pintora gallega pude recoger a lo largo de un año: una serie de artículos y estudios muy dispersos y de difícil localización que fueron apareciendo en revistas, diarios y ediciones breves entre 1928 y 1995, principalmente en medios de Sudamérica. El otro punto de apoyo lo constituyó el conjunto de textos teóricos de la pintora divulgados en catálogos y revistas, además de su propia obra plástica. No existía un fondo documental, una fundación, museo o simple depositario que conservara algo más que alguna colección de grabados de interés.
La biografía de Carmen Conde (Carmen Conde: vida, pasión y verso de una escritora olvidada, Madrid, Temas de Hoy, 2007) fue un caso diametralmente opuesto a los dos anteriores. Frente a la bibliografía hallada sobre la escritora cartagenera durante medio siglo y el centenar de obras escritas por ella, especialmente sus dos libros de memorias —Empezando la vida: memorias de una infancia en Marruecos. 1914-1920 (Tetuán, 1955), y Por el camino, viendo sus orillas (Madrid, 1986)—, el mayor caudal de información y de valor documental procedió de los archivos particulares de la poetisa.
En efecto, el material consultado en el Archivo del Patronato Carmen Conde-Antonio Oliver de Cartagena, es decir, los papeles personales y, en muchos casos, privados, de Carmen, iban a ser determinantes. El amplio epistolario estudiado, las agendas, los diarios y las notas constituyeron, sin duda, la fuente principal de la que se dispuso para poner en orden una realidad deformada o deliberadamente contraria a la que hasta entonces estimamos más cierta y fiable; además, dicho material proporcionó una perspectiva inédita, una nueva interpretación de aspectos fundamentales de la personalidad de la escritora y nuevos enfoques acerca de su obra. Hablamos de un amplio caudal biográfico y personal que fue escrito sin el prejuicio y el juicio de un lector o un destinatario, generando así un nuevo punto de vista en muchos momentos opuesto a la versión oficial o más difundida.
El resto de la tarea, la del biógrafo, consistió en poner negro sobre blanco y tratar de contagiar de su misma fascinación, solo con las palabras, a un lector a quien seres como ella, como Carmen Conde, venían resultando lejanos o, sencillamente, indiferentes.