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viernes, 24 de mayo de 2013

POESÍA. "Reconocimiento". Alejandra Pizarnik (Argentina, 1936-1972)

Alejandra Pizarnik

Reconocimiento

Tú haces el silencio de las lilas que aletean
en mi tragedia del viento en el corazón.
Tú hiciste de mi vida un cuento para niños
en donde naufragios y muertes
son pretextos de ceremonias adorables.

jueves, 23 de mayo de 2013

POESÍA. "Cold in hand blues". Alejandra Pizarnik (Argentina, 1936-1972)

Alejandra Pizarnik

Cold in hand blues

y qué es lo que vas a decir
voy a decir solamente algo
y qué es lo que vas a hacer
voy a ocultarme en el lenguaje
y por qué
tengo miedo

miércoles, 22 de mayo de 2013

POESÍA. "Mucho más allá". Alejandra Pizarnik (Argentina, 1936-1972)

Alejandra Pizarnik

Mucho más allá

¿ Y si nos vamos anticipando
de sonrisa en sonrisa
hasta la última esperanza?

¿Y qué?
¿Y qué me das a mí,
a mí que he perdido mi nombre,
el nombre que me era dulce sustancia
en épocas remotas, cuando yo no era yo
sino una niña engañada por su sangre?

¿A qué , a qué
este deshacerme, este desangrarme,
este desplumarme, este desequilibrarme
si mi realidad retrocede
como empujada por una ametralladora
y de pronto se lanza a correr,
aunque igual la alcanzan,
hasta que cae a mis pies como un ave muerta?
Quisiera hablar de la vida.
Pues esto es la vida,
este aullido, este clavarse las uñas
en el pecho, este arrancarse
la cabellera a puñados , este escupirse
a los propios ojos, sólo por decir,
sólo por ver si se puede decir:
"¿es que yo soy? ¿ verdad que sí?
¿no es verdad que yo existo
y no soy la pesadilla de una bestia?".

Y con las manos embarradas
golpeamos a las puertas del amor.
Y con la conciencia cubierta
de sucios y hermosos velos,
pedimos por Dios.
Y con las sienes restallantes
de imbécil soberbia
tomamos de la cintura a la vida
y pateamos de soslayo a la muerte.

Pues esto es lo que hacemos.
Nos anticipamos de sonrisa en sonrisa
hasta la última esperanza.

martes, 21 de mayo de 2013

POESÍA. "Anillos de ceniza". Alejandra Pizarnik (Argentina, 1936-1972)

Alejandra Pizarnik

Anillos de ceniza

                                                         A Cristina Campo 

Son mis voces cantando
para que no canten ellos,
los amordazados grismente en el alba,
los vestidos de pájaro desolado en la lluvia.

Hay, en la espera,
un rumor a lila rompiéndose.
Y hay, cuando viene el día,
una partición de sol en pequeños soles negros.
Y cuando es de noche, siempre,
una tribu de palabras mutiladas
busca asilo en mi garganta
para que no canten ellos,
los funestos, los dueños del silencio.

lunes, 20 de mayo de 2013

POESÍA. "Sueño". Alejandra Pizarnik (Argentina, 1936-1972)

Alejandra Pizarnik

Sueño

Estallará la isla del recuerdo.
La vida será sólo un acto de candor.
Prisión
para los días sin retorno.
Mañana
los monstruos del buque destruirán la playa
sobre el viento del misterio.
Mañana
la carta desconocida encontrará las manos del alma.

viernes, 17 de mayo de 2013

POESÍA. "Más allá del olvido". Alejandra Pizarnik (Argentina, 1936-1972)

Alejandra Pizarnik

Más allá del olvido

alguna vez de un costado de la luna
verás caer los besos que brillan en mí
las sombras sonreirán altivas
luciendo el secreto que gime vagando
vendrán las hojas impávidas que
algún día fueron lo que mis ojos
vendrán las mustias fragancias que
innatas descendieron del alado son
vendrán las rojas alegrías que
burbujean intensas en el sol que
redondea las armonías equidistantes en
el humo danzante de la pipa de mi amor

jueves, 16 de mayo de 2013

POESÍA. "Hija del viento". Alejandra Pizarnik (Argentina, 1936-1972)

Alejandra Pizarnik

Hija del viento

Han venido.
Invaden la sangre.
Huelen a plumas,
a carencias,
a llanto.
Pero tú alimentas al miedo
y a la soledad
como a dos animales pequeños
perdidos en el desierto.

Han venido
a incendiar la edad del sueño.
Un adiós es tu vida.
Pero tú te abrazas
como la serpiente loca de movimiento
que sólo se halla a sí misma
porque no hay nadie.

Tú lloras debajo del llanto,
tú abres el cofre de tus deseos
y eres más rica que la noche.

Pero hace tanta soledad
que las palabras se suicidan.

miércoles, 15 de mayo de 2013

POESÍA. "La enamorada". Alejandra Pizarnik (Argentina, 1936-1972)

Alejandra Pizarnik

La enamorada

ante la lúgubre manía de vivir
esta recóndita humorada de vivir
te arrastra Alejandra no lo niegues.

hoy te miraste en el espejo
y te fuiste triste estabas sola
y la luz rugía el aire cantaba
pero tu amado no volvió

enviarás mensajes sonreirás
tremolarás tus manos así volverá
tu amado tan amado

oyes la demente sirena que lo robó
el barco con barbas de espuma
donde murieron las risas
recuerdas el último abrazo
oh nada de angustias
ríe en el pañuelo llora a carcajadas
pero cierra las puertas de tu rostro
para que no digan luego
que aquella mujer enamorada fuiste tú

te remuerden los días
te culpan las noches
te duele la vida tanto tanto
desesperada ¿adónde vas?
desesperada ¡nada más!

martes, 14 de mayo de 2013

POESÍA. "Sous la nuit". Alejandra Pizarnik (Argentina, 1936-1972)

Alejandra Pizarnik

Sous la nuit 

Los ausentes soplan grismente y la noche es densa.
La noche tiene el color de los párpados del muerto.

Huyo toda la noche, encauzo la persecución y la fuga, canto un
canto para mis males, pájaros negros sobre mortajas negras.

Grito mentalmente, me confino, me alejo de la mano crispada,
no quiero saber otra cosa que este clamor, este resolar en la noche,
esta errancia, este no hallarse.

Toda la noche hago la noche.

Toda la noche me abandonas lentamente como el agua cae
lentamente. Toda la noche escribo para buscar a quien me busca.

Palabra por palabra yo escribo la noche.

lunes, 13 de mayo de 2013

POESÍA. "L'obscurité des eaux". Alejandra Pizarnik (Argentina, 1936-1972)

Alejandra Pizarnik

L'obscurité des eaux

Escucho resonar el agua que cae en mi sueño.
Las palabras caen como el agua yo caigo. Dibujo
en mis ojos la forma de mis ojos, nado en mis
aguas, me digo mis silencios. Toda la noche
espero que mi lenguaje logre configurarme. Y
pienso en el viento que viene a mí, permanece
en mí. Toda la noche he caminado bajo la lluvia
desconocida. A mí me han dado un silencio
pleno de formas y visiones (dices). Y corres desolada
como el único pájaro en el viento.

domingo, 23 de mayo de 2010

PRENSA. "Malos de la historia": "La condesa sangrienta", por Ignacio Vidal-Folch. Ilustraciones de Santiago Caruso

Ilustración de Santiago Caruso

Hace unos años, en "El País Semanal" aparecieron una serie de artículos que, con el nombre genérico de Malos de la Historia, retrataban a distintos personajes de la historia y de la literatura. En ésta y futuras entradas reproduciremos algunos de esos artículos. (El primero estaba dedicado a Medea, escrito por Clara Sánchez. Para leerlo buscar en las etiquetas -Malos de la historia-, Medea, Sánchez Clara-).

La condesa sangrienta

Erzsébet (Elisabeth) Bathory fue posiblemente la primera asesina en serie de la historia. Descendiente de una de las familias más poderosas de la región centroeuropea que se extiende por las actuales Rumania, Hungría y Croacia, torturó y asesinó a más de 650 jóvenes a mediados del siglo XVI para conseguir la eterna juventud.


IGNACIO VIDAL-FOLCH
EL PAIS SEMANAL - 17-04-2005

Erzsébet Bathory (1560-1614), alias La Condesa Sangrienta, alias La Tigresa de Csejthe. Hija de Jorge y Ana Bathory. Quizá la asesina en serie más abundante de la historia, en compañía de varias sirvientas y brujas torturó mediante los más crueles procedimientos y asesinó a cerca de 650 muchachas en las despensas, salas ocultas, salas de calderas, subterráneos, cuartos de aseo y en sus mismos dormitorios de sus castillos de Lezticzé, Keresztúr, Sárvár, Beckó, Csejthe. Estos horrores sucedieron mediado el siglo XVI, en perdidas y boscosas regiones húngaras batidas por el viento, que hoy pertenecen a la República de Eslovaquia. Una vez fueron puestos a la luz sus crímenes, Erzsébet fue juzgada en Presslau o Presburbo (hoy, la Bratislava eslovaca, y en aquel entonces, caída Budapest en manos de los turcos, capital de Hungría) por 20 jueces y condenada a encierro de por vida. Pasó los últimos años encerrada en una habitación del castillo donde había cometido la mayoría de sus horrendos crímenes. Desde allí clamaba su inocencia y enviaba cartas donde aseguraba que su desgracia obedecía a un complot del rey para quedarse con sus tierras. Pero ni el rey se quedó con sus tierras ni ella salió de esa sala.
Con estas pocas frases podría resumirse el relato de una vida tan estúpida y ruin, y acabar este artículo. Pero claro que podemos extendernos un poco más, y agregar unos detalles, divinos detalles.
Las andanzas de esta mujer tarada están excelentemente glosadas en la biografía documentada y estilizada de la escritora francesa Valentine Penrose, bajo el título La condesa sangrienta (Siruela). En esas páginas de prosa fina, digna de un tema más alto que la descripción a veces insoportablemente detallada y minuciosa de los tormentos físicos inferidos por Erzsébet y su jauría de locas a sus indefensas, aterrorizadas víctimas, se escruta y analiza el único retrato que nos ha llegado de la condesa, realizado por un artista anónimo cuando ella tenía aproximadamente 25 años.
En sus ojos de mirada extraviada puede apreciarse, nos dice Penrose, el invisible velo que la separaba de las cosas y que ella quería atravesar mediante la crueldad extrema, causando el dolor y la muerte y experimentando los éxtasis epilépticos que solían presentarse después de alguna sesión especialmente grotesca, de la que salía manchada de sangre hasta las cejas y con un jirón de carne humana entre los dientes. Parece, dice la biógrafa citando documentos de la época, que fue una mujer de piel pálida, de impresionante aunque helada belleza, una de las más lindas de su tiempo. Es posible. Pero lo que vemos en el anónimo retrato es a una joven de fisonomía corriente y mirada inexpresiva, una noble enjoyada y vestida con ropa distinguida, con una gola aparatosa.
La historiografía húngara y la alemana y los anales de la criminología patológica abundan en escritos sobre el personaje, en reflexiones meditabundas sobre el sinsentido del mal que ejerció en lóbregas estancias, en recreaciones de la pálida condesa, a partir de las actas del juicio celebrado en el año de 1611, que su acusador, el palatino Thurzó, ocultó, más que guardó, en su castillo, y exhumadas en el siglo XVIII por el padre jesuita Laszlo Turoczi, que escribió la primera monografía sobre la condesa.
En esas actas, las criadas que la asistieron en la comisión de aquellas atrocidades hablan explícitamente de su narcisismo, de su obsesión por retener la juventud, de las ceremonias satánicas que celebraban:
–¿Cuántas mujeres has matado?
–Mujeres, no sé; jóvenes he matado a treinta y siete.
–¿Qué torturas empleaban?
–Les ataban muy fuerte las manos y los brazos con cuerda de Viena, y las golpeaban mortalmente hasta que se les ponía el cuerpo negro como el carbón y se les abría la piel. Una aguantó más de doscientos golpes antes de morir. Dorkó les cortaba los dedos uno a uno, con unas cizallas, y luego les pinchaba las venas con unas tijeras.
Etcétera, etcétera, etcétera. Testimonios que pondrían muy caviloso a Bataille. Pero tales documentos y los libros sobre la dama de Csejthe (hoy en día, Chactice, burgo en la zona más occidental de Eslovaquia, con una plaza medieval, un pequeño museo municipal y las ruinas del castillo en lo alto) no explican cómo fue posible que una dama, por noble que fuese, pudiera cometer tantos crímenes, a lo largo de tantos años, sin que las quejas y las protestas de las víctimas llegaran a oídos de las autoridades superiores y éstas tomasen medidas.
El hecho de que sus cómplices fueran condenados a muerte, pero ella ni siquiera tuviese que declarar en el juicio habla ya de su alta posición social. En efecto, aunque en la vida de Erzsébet todo habla de un apartamiento abismal, de una soledad escondida en compañía sólo de otros monstruos y de sus aullantes víctimas, su familia era una de las más importantes y poderosas de la región centroeuropea que se extiende por las actuales Rumania, Hungría, Croacia.
Durante los siglos XV y XVI, esa región fue campo de batalla entre los príncipes cristianos y los ejércitos del imperio turco, empeñado en expandirse por los Balcanes y la Europa Central, aprovechando las guerras de religión que empezaron con la revuelta de los husitas (protoprotestantes) en Bohemia. Aquellos príncipes a menudo cambiaban de lealtades y ora se ponían al servicio de las majestades católicas ora pagaban tributo a la Sublime Puerta, según las necesidades de la supervivencia o las conveniencias de la estrategia.
Pocas décadas antes del nacimiento de Erzsébet Bathory, el rey Luis II de Hungría (1516-1526) y casi toda su nobleza y gobierno murieron en la batalla de Mohacs, la catástrofe nacional húngara. La capital, Budapest, y la mayor parte del país, cayeron bajo el yugo turco. El país se dividió en dos monarquías: la una, habsbúrguica; la otra, tributaria de los turcos durante 150 años. El poder real se redujo a la mínima expresión.
En esas circunstancias, con campañas guerreras que empezaban cada primavera y quedaban suspendidas o terminadas con la llegada del invierno, los monarcas Habsburgo, transilvanos o polacos perdían y ganaban continuamente regiones y plazas fuertes; en estas regiones fronterizas el absolutismo no pudo imponerse con la rotundidad con que lo hizo en España, Inglaterra o Francia. La evolución de las estructuras sociales se demoró. Tras la represión de las revueltas de campesinos propias de la época, pero allí especialmente feroces, el servilismo se extremó. Los señores feudales, a los que los reyes tenían que recurrir cada vez que emprendían una acción guerrera, gozaban de una autonomía casi absoluta, y de gran número de criados a su servicio, cuyo precio era muy bajo, para los parámetros de la época.
Destacaban entre esos señores los Wenzelin, descendientes de ancestros de la Suavia alemana que se convirtieron en “Valientes” o “Bravos” (Bator, Bathory) al servicio de los reyes húngaros, y en grandes latifundistas. Diez años antes de Mohacs, fue uno de ellos precisamente el que dirigió al ejército regular contra los campesinos sublevados. Ya en tiempos de Erzsébet, un primo suyo era príncipe de Transilvania, y otro primo, rey de Polonia. En su familia había cardenales, obispos, jueces. Había también antecedentes de enfermedades mentales, de violencia desmedida. La misma condesa era hija de primos consanguíneos.
Su esposo, Francisco, pertenecía a la muy rica y poderosa, aunque un poquito menos distinguida, familia Nádasdy, y era uno de los más distinguidos señores de la guerra que se pasaron la vida batallando al servicio de la corona, contra el turco.
La Ungría restaurada, compendiosa noticia redactada en toscano por D. Simpliciano Bizozeri y traducido en español por Un curioso, publicado en 1688 en Barcelona, retrata Hungría como un país riquísimo. Un país donde no se vería, “en algunas de sus ciudades en vez de la Cruz enarbolada la Luna si la perfidia de sus moradores no hubiera ayudado al enemigo común a establecer en él su tiranía”. Un reino fertilísimo, al que sólo le faltaban “hombres de buena ley, puesto que todos los historiadores que de ellos escriben los llaman crueles, sediciosos, inconstantes, avarientos, vengativos y sin fe”. Un país tan fértil en minerales y toda clase de riquezas naturales que incluso se habían hallado “yemas de oro finísimo brotado de la tierra y un pámpano medio de oro y que se dice se conserva y se guarda en el tesoro del emperador”.
Sobreabundaban los caballos, corderos, ovejas y carneros; los ciervos, cisnes, cabras monteses, búfalos, liebres y comadrejas. Las vacas eran tantas que no se recogían por la noche, se las dejaba sueltas por los pastos. De pájaros era inmensa la cantidad, “en particular de tordos, faisanes, perdices, tórtolas y otros semejantes”.
En cuanto a las yemas de oro que según Simpliciano Bizozeri brotaban de la tierra, y el misterioso pámpano de oro, seguro que llegaron al tesoro imperial en tiempos de Rodolfo II, aquel sobrino de Felipe II, gran coleccionista de extravagancias de las ciencias, de la alquimia y de las artes que llevó la capital imperial a Praga; hombre peculiar, rey lunar, humanista notable y raro, pero estadista pasivo y militar perezoso, durante cuyo reinado la condesa sangrienta se dedicó a sus fechorías impunemente, con el único y negligible obstáculo de las protestas del pastor János Ponikenus, escamado de sorprender demasiado a menudo a enterradores clandestinos trabajando por la noche en el cementerio junto a su parroquia.
La Hungría de Erzsébet, que pasaba a solas largas temporadas de días interminables, mientras su marido viajaba entre las diferentes fortalezas que defendían la frontera y perseguía las huestes de jinetes enemigos que se aventuraban al pillaje en las aldeas más expuestas, era una Hungría muy diferente de la que describe Bizozeri: una serie de severas mansiones de piedra en lo alto de montes pelados, a la sombra de los montes Tatra, sólo sobrevolados por milanos y otras aves de presa, fortalezas en cuyo interior ella conjuraba a los espíritus de los bosques y las fuerzas telúricas de la tierra, donde sus criadas preparaban cocciones repulsivas y recitaban hechizos que habían de proporcionar a su ama eterna juventud y protección contra sus enemigos. Para la blancura de la piel lo mejor, creía la condesa, eran los baños de sangre de doncella.
A Ferencz Nadasdy parece que le sorprendía pero no escandalizaba la severidad de su mujer con el servicio. Una vez vio a una criada atada a un árbol, dejada a la intemperie en el patio de armas. A otras, castigadas a barrer y fregar desnudas en lo más crudo del invierno. Pero él bregaba en una guerra en que ambos bandos recurrían a la saña más cruel para infundir terror al enemigo, y aquellos episodios le debieron parecer poco más que juegos de mujercita caprichosa. Cuando el caballero murió, a los 49 años, en Csejthe, su viuda se vio con las manos libres para entregarse sin más freno ni disimulo a sus pasiones sádicas. Y así lo hizo durante muchos años.
El rey Matías, después de deponer a Rodolfo, escuchó las alegaciones de algunas familias de la pequeña nobleza rural, donde las malvadas ajustadoras de criadas para el servicio de la condesa Bathory en el castillo de Csejthe habían empezado a reclutar muchachas de buena cuna, de las que nunca más se supo nada; mal estaba que en torno a los castillos de una noble viuda falleciesen o desapareciesen las jovencitas campesinas en número alarmante; ese fenómeno podía achacarse a la combinación de las enfermedades a las que eran tan proclives los tiempos, los rigores de sus vidas y la severidad de su ama. Pero que desapareciesen doncellas de sangre azul ya eran palabras mayores.
Matías encargó la investigación de las denuncias que le llegaban al príncipe palatino, conde Jorge Thurzo. El palatino era la primera persona del Estado después del rey, y el encargado de juzgar al mismo monarca en el caso de que éste fuese acusado. El 29 de diciembre de 1610, Thurzo llegó a Csejthe para poner a Erzsébet bajo arresto domiciliario, y en el registro del castillo encontró una cámara de tortura, y en ella a varias muchachas muertas y alguna otra agonizante, olvidadas allí la noche anterior por las sacerdotisas de la ordalía sádica, que se habían retirado a dormir agotadas y sin acordarse de limpiar la sangre y los despojos y de enterrar los cadáveres.
En el juicio subsiguiente, cuatro de las cómplices de la condesa (que respondían a los nombres de Helena Jo, Ficzko, Dorotea Sientes y Katarina Beneczky, habiendo ya fallecido de muerte natural la más demoníaca, que respondía al muy adecuado nombre de Darvulia) confesaron sus crímenes con absoluta franqueza, confiando en obtener a cambio clemencia del tribunal. Entre la docena larga de criadas y vecinos de las aldeas que dieron testimonio de los asesinatos, de las torturas, o de los entierros clandestinos que habían presenciado, una criada identificada como “la doncella Zusanna” declaró haber visto una lista en la que la condesa había apuntado con su propia mano los nombres de 650 víctimas. Y Penrose agrega que junto a cada nombre la condesa había reseñado alguna característica: “Era muy baja”, “Tenía el pelo negro”, etcétera.
A pesar de la mencionada franqueza de las acusadas, el tribunal condenó a algunas a que les arrancasen los dedos –por haber torturado con ellos a mujeres– y luego las quemasen vivas; otra, en consideración a su maleable juventud, sólo fue condenada a ser ahorcada y luego arrojada a la hoguera; y Erzsébet Bathory, en atención a los servicios prestados por su familia a la monarquía, salvó la piel. Fue declarada demente y condenada a reclusión por vida en una sala de su propio castillo, donde se la emparedó y pasó casi cuatro años sola, recibiendo alimentos por una rendija practicada en la pared, y sumida en quién sabe qué meditaciones y recuerdos, hasta que, cumplida la edad de 54 años, el ángel de la muerte, con una mueca de repugnancia, la besó.
Ilustración de Santiago Caruso

Aquí, más información.
Para saber más, por Alejandra Pizarnik.
Blog de Santiago Caruso.

lunes, 4 de mayo de 2009

LITERATURA. ALEJANDRA PIZARNIK: "La condesa sangrienta"

ILUSTRACIONES DE SANTIAGO CARUSO
















En "elpais.com", hoy:







Las pesadillas de Elisabeth, la sanguinaria
'La condesa sangrienta', uno de los textos más célebres de la poeta argentina, se reedita en un volumen ilustrado por Santiago Caruso

JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS - Madrid - 04/05/2009

El día en que murió Alejandra Pizarnik nació la leyenda de Alejandra Pizarnik. La escritora argentina, hija de judíos rusos, se suicidó con una sobredosis de seconal sódico el 25 de septiembre de 1972. Tenía 36 años y acababa de cumplir, y para siempre, una de sus las muchas promesas de autodestrucción que había hecho a sus amigos. "Somos gente complicada o, más exactamente, laberíntica. A pesar de esto último, no soy confusa y sé perfectamente lo que quiero y lo que no quiero, lo cual, a veces, es una desgracia". Estas palabras que la poeta escribió a su editor español son un buen autorretrato de alguien cuya vida, siguiendo el mito romántico, fue durante años interpretada a la luz de sus diarios y, sobre todo, de sus poemas, llenos de referencias viscerales a la noche, el exilio, el abandono y la muerte.
Heredera de del surrealismo anticipado y truculento de Lautréamont y del hermetismo sentencioso de Antonio Porchia, la obra de Pizarnik es una reflexión radical sobre el sentido de las palabras y, a la vez, sobre el sentido de la propia vida. Su investigación sobre lo primero la llevó a publicar las prosas de La condesa sangrienta y siete libros de poemas, entre ellos obras maestras de la literatura del siglo XX en español como Árbol de Diana, Los trabajos y las noches, Extracción de la piedra de locura y El infierno musical. Su búsqueda de lo segundo -el sentido de la "lúgubre manía de vivir"- la llevó al suicidio.
Y es precisamente La condesa sangrienta (Libros del Zorro Rojo), uno de sus textos más simbólicos, el que se publica ahora en España en un volumen con ilustraciones del dibujante Santiago Caruso. Se trata de una recreación de la vida de la aristócrata húngara Elisabeth (Erzsébet, en húngaro) Báthory (1560-1614), acusada de haber torturado y asesinado a más de 600 jóvenes.