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viernes, 12 de diciembre de 2014

PRENSA CULTURAL. Entrevista al crítico Harold Bloom

   En "El País":

“No creo que haya nada radicalmente nuevo en la literatura actual”

A sus casi 85 años, Harold Bloom sigue siendo un coloso entre los críticos


El crítico literario Harold Bloom en su casa de New Haven. /PASCAL PERICH
A sus casi 85 años, Harold Bloom sigue siendo un coloso entre los críticos, aún pleno de la floreciente excentricidad y del genio legendario que lo ha erigido en uno de los pocos eruditos célebres de nuestro tiempo. A pesar de su mala salud de hierro, acaba de entregar a sus editores un libro sobre lo sublime en Estados Unidos que se publicará en primavera: The Daemon Knows: Literacy, Greatness and the American Sublime (El daimon sabe: alfabetización, grandeza y sublimidad en Estados Unidos) que coincidirá en España con la edición de Poetas y poesías (Páginas de Espuma). Está enfrascado también en otro ensayo sobre Shakespeare, tema de uno de sus libros más renovadores, Shakespeare, la invención de lo humano.
Bloom, “secularista con inclinaciones gnósticas”, persiste en el asedio permanente al modo en que la influencia se ejerce en la literatura de imaginación, y la idea de que bulle entre el conflicto y la tensión. Mucho más que dispuesto a comentar el estado de la crítica literaria actual que su propia obra, recibió a EL PAÍS en su hogar en New Haven, Connecticut.

No creo que en la literatura actual haya nada radicalmente nuevo
La presencia de Bloom ha sacudido profundamente las torres de la academia, a pesar de haber cumplido ya su sexagésimo año en la Universidad de Yale, en su “departamento de una sola persona”. “Dejé el departamento de Literatura Inglesa y me convertí en profesor Sterling del departamento Bloom en 1976”, recuerda. Desde esa atalaya ha levantado una fortaleza en torno a El canon occidental, una de sus obras más influyentes, contra los usurpadores de la primacía estética: críticos marxistas, feministas, historicistas de nuevo cuño, todo aquel que lea un poema como documento social o mezcle política o ideología con la literatura. Denomina “escuela del resentimiento” a esta lectura tendenciosa, y a sus practicantes, pues sostiene que la lectura “cuidadosa y escrupulosa, desinteresada” es un arte que agoniza.

Bibliografía seleccionada

Cómo leer y por qué (Anagrama, 2000).
El futuro de la imaginación (Anagrama, 2002).
El canon occidental: la escuela y los libros de todas las épocas (Anagrama, 2005).
Jesús y Yahvé (Taurus, 2006).
Cuentos y cuentistas. El canon del cuento(Páginas de Espuma, 2009).
Ensayistas y profetas. El canon del ensayo(Páginas de Espuma, 2009).
Anatomía de una influencia (Taurus, 2011).
Jeanne, su esposa, estaba el día del encuentro en la cocina y Bloom se sentó ante una gran mesa de madera, un tanto quebradizo, con una taza infantil de agua y el andador a su vera.
A la pregunta sobre la erosión de la lengua en la era de Internet, que redefine a los reseñistas y redactores de bitácoras autodenominados críticos, responde: “La mayoría de los que se llaman a sí mismos poetas sólo son versificadores. Y la mayoría de los que se llaman a sí mismos críticos no lo son de ningún modo, se trata de periodistas, o de ideólogos o propagandistas”. Bloom cita el doctor Johnson: “Sigue siendo el mayor crítico literario de Occidente y mi héroe: la función de la verdadera crítica es enaltecer la mera opinión en conocimiento. No me interesa la gente que ostenta una opinión sin conocimiento”.
¿Y qué hace a un verdadero crítico? “Un profundo conocimiento de la filología, del griego y del latín, del provenzal y del hebreo, además de las lenguas romances, y la historia del idioma inglés. La gente ignora estas cosas, y no parecen preocuparles. Le digo a mis alumnos que se aíslen cuando un poema o un pasaje de prosa los encuentre o los enaltezca hasta el conocimiento, y lean en voz alta, canten hasta que lo posean, lo hagan suyo de memoria. Ese es el verdadero conocimiento en el campo de la literatura. La memoria es en verdad la madre de las musas. Nunca he escrito un poema porque no puedo olvidar que yo mismo soy una encarnación de la memoria”.

Soy un profesor, y estoy muy agotado, pero no voy a retirarme”
Las personas parecen estar buscando heraldos de lo nuevo, comisarios del conocimiento verdadero, pero el comercio parece preferir otra cosa, ¿estamos viviendo el ocaso de las humanidades, de los periódicos y las revistas serias? “Todos los días recibo correos electrónicos de personas de todo el mundo y su lamento es el mismo: ‘leemos basura”. ¿Así que un crítico verdadero es una suerte de profeta y acaso asistamos a una inminente edad en que los profetas vuelvan? “Los buenos lectores saben por instinto quién es y quién no es un crítico. Hay millones de personas que me llaman maestro, lo cual es una lección de humildad, pero comprendo lo que quieren decir. Para mí la enseñanza, la lectura y la escritura son tres nombres de una sola actividad. Soy un profesor, y estoy muy agotado, pero no voy a retirarme. Bloom se levanta una vez más y se excusa, arrastrando los pies por el pasillo en su andador hasta el cuarto de baño: "Estoy sometido a diálisis", dice casi en tono de disculpa. Pregunto sobre el pensamiento mágico en la literatura: “Es una modalidad distinta de la poesía, pero es poesía. Lo más polémico que he dicho o escrito ofende a los ortodoxos de la fe, ya sean cristianos, musulmanes o judíos, y es que Yahveh, Jesús y Alá, son personajes literarios. Y por ello la noción de matar a la gente en nombre de un personaje literario es una obscenidad. Pero lo hacemos, eso es lo que está pasando en la actualidad sin cesar en Siria e Irak, en Palestina”.

En primavera se publicará en España su libro 'Poesía y poetas'
Sobre el estado de la literatura dice: “No me parece que en la literatura contemporánea, ya sea en inglés, en Estados Unidos, en español, catalán, francés, italiano, en las lenguas eslavas, haya nada radicalmente nuevo. No hay grandes poetas como Paul Valéry, Georg Trakl, Giuseppe Ungaretti y mi predilecto entre los españoles, Luis Cernuda, o novelistas como Marcel Proust, James Joyce, Franz Kafka y Beckett, el último de la gran estirpe. Borges era fascinante, pero no un creador”. ¿Y qué piensa de la obra de Bolaño, con el que mantuvo correspondencia? “Hay algo ahí, ya veremos. Tuvimos nuestras diferencias, aunque dijo que ejercí influencia sobre él. Algunos de los poetas sudamericanos son muy vigorosos, ése que es incluso mayor que yo, Nicanor Parra. Y Vallejo es un poeta notable. Y, por supuesto, Octavio Paz, un escritor muy vigoroso tanto en prosa como en verso, y un amigo muy querido”.

PRENSA CULTURAL. LITERATURA. "Autores únicos que iluminan el siglo". Alberto Manguel

El crítico Harold Bloom

   En "El País":

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No me parece que en la literatura contemporánea, ya sea en inglés, en Estados Unidos, en español, catalán, francés, italiano, en las lenguas eslavas, haya nada radicalmente nuevo”. Las palabras de Bloom tampoco son nuevas. Ya el autor del Eclesiastes declaraba: “¿Hay algo de que se pueda decir: Mira, ¿esto es nuevo? Ya existía en los siglos que nos precedieron”. Sólo la idea de novedad es novedosa, un concepto inventado por los modernistas para justificar sus experimentos artísticos. Cervantes deliberadamente imitó la novela pastoral y de caballerías, y Shakespeare tomó varios de sus argumentos de autores italianos.
Si bien el tema y las maneras de narrarlo son parte de una costumbre ancestral, hay en ciertos autores (CervantesShakespeare) un tono, un cambio de punta de vista, una revisión de las ideas consabidas que los convierten en algo único, notable. Esas voces singulares, que repiten de un modo inesperado historias ya contadas, aparecen en todas las épocas y en todas las culturas, y en todas se alzan voces como la Bloom y la del autor del Eclesiastes para decir que ahora no hay nada nuevo bajo el sol.
Los catálogos nunca convencen, y sin embargo en casos como éste pueden ofrecer a quienes creen compartir la opinión de Bloom materia para contradecirla. Es cierto que la voz de Cees Nooteboom tiene ecos de Ibn Battuta y Diderot; que en W. G. Sebald hay vestigios de Sir Thomas Browne y de Heine prosista; que Enrique Vila-Matas es heredero de Laurence Sterne; que Ismail Kadaré continúa la tradición de Herodoto y de Homero; que Jean Echenoz ha aprendido la lección de los novelistas franceses del XVIII; que Tom Stoppard debe mucho al teatro de Wilde y de Pirandello; que Tomas Tranströmer ha leído al Virgilio de las églogas y a Wordsworth; que Cynthia Ozick ha estudiado la obra de Henry James; que Pascal Quignard tiene una deuda con Montaigne. Todo esto es cierto, pero cierto es también que estos autores son únicos, y sus obras iluminan nuestro siglo como Cervantes y Shakespeare iluminaron el suyo.
Dante condena al infierno a aquellos que fueron tristes “en el dulce aire que del sol se alegra”, es decir, aquellos que no saben reconocer en el propio mundo la felicidad de lo creado bajo el sol del día presente. Como en todas las épocas, nuestros anaqueles están repletos de inmundicias, y seres que se llaman a si mismos escritores producen objetos que se parecen a libros para el consumo dirigido. (Pensemos en los autores condenados por el cura y el barbero en la biblioteca de Alonso Quijano). Pero también hay creadores auténticos, inspirados autores que, no sabemos ni porqué ni cómo, nos dan viejas palabras en permutaciones nuevas para nombrar aquí y ahora nuestras ancestrales angustias, temores y esperanzas.

PRENSA CULTURAL. "El abismo entre novedad literaria y calidad"

   En "El País":

El abismo entre novedad literaria y calidad

¿Es cierto, como afirmó Harold Bloom en una entrevista con este diario, que no existe nada radicalmente nuevo en la literatura universal? Escritores, críticos, libreros y editores hablan

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El crítico y ensayista Harold Bloom. / SCIAMMARELLA
El bosque no deja ver los árboles (al menos, los valiosos). La reinterpretación del refrán resume la respuesta de una veintena de escritores, editores, críticos y libreros, de España y América Latina, sobre la penúltima opinión de Harold Bloom, el gran crítico literario de referencia de las últimas décadas: “No me parece que en la literatura contemporánea haya nada radicalmente nuevo”. Lo hizo en una entrevista con este diario, publicada ayer y celebrada en su casa de New Haven (Estados Unidos).
Un total de 23 actores del mundo del libro se lanzan a afrontar el diálogo provocado por la rotunda declaración de Harold Bloom. Y los hay, unos pocos, que están de acuerdo con la opinión del crítico estadounidense. La palabra clave de la frase es “radicalmente”. Hay autores y libros interesantes en este periodo entre siglos pero consideran que ninguno marcará un punto de inflexión en la historia de la literatura.
A aquellos que no comparten la opinión de Bloom, que son la mayoría, se les ha sugerido que señalen algunas de las rutas notables de la creación literaria actual.
Cuestión de adverbios
Lo esencial del juicio de Harold Bloom es el adverbio “radicalmente”, aclara Valerie Miles, autora de la entrevista, escritora y editora de la revista Granta para España y América Latina, siempre atenta a los nuevos autores. “Él considera que no hay nada que esté cambiando los paradigmas. Aún estamos en los meandros de las corrientes de la posmodernidad literaria, un período de experimentación con nuevas formas, pero que aún no ha cuajado en algo ‘radicalmente nuevo”.

Martín Kohan: “Existe mucha basura: no veo cómo refutar ese parecer”
En eso coincide con el narrador argentino Martín Kohan: “Lo radicalmente nuevo acontece muy cada tanto. Si ocurriera cada 10 o 20 años, por ejemplo, ya no podría hablarse de radicalidad, sino de esa otra modulación de lo nuevo, la de lo nuevo dentro de lo existente (y no en ruptura con lo existente). Las verdaderas rupturas (la de Proust, la de Joyce, la de Beckett: Bloom señala muy bien) no pueden ser sino excepcionales”. “En un plano diferente, existen muchos otros escritores muy valiosos y Bloom no deja de considerarlos. También existe mucha basura, por cierto: no veo cómo refutar ese parecer”.
Totalmente de acuerdo con la irritación del autor del Canon occidental se muestra Jacobo Siruela, editor de Atalanta: “Vivimos en la época del manierismo”. Pero dicho esto, también se pregunta por qué se tiene que pensar siempre en la renovación: “Lo que tiene que haber es una literatura de mucha calidad. Ya no existen las vanguardias. En lugar de la eterna renovación de las formas lo que debe renovarse es la entraña misma de la literatura.
En el encuentro entre pasado y presente está parte de la explicación que da Antonio Ramírez, de la librería La Central, de Barcelona y Madrid. Tal vez, opina, como lectores tenemos "la sensación de que la literatura de la primera mitad del siglo XX posee una densidad, una complejidad y una fuerza que no ha tenido continuidad. A su lado, la literatura escrita en las décadas más recientes parece una progresión “languideciente". Cree que esa sensación viene de dos lados: "Por un lado, como si, por lo menos, las convenciones literarias que provienen del Siglo XIX estuvieran agotándose del todo. De allí que la literatura contemporánea sólo alcance intensidad cuando es muy consciente de la fragilidad del suelo sobre el que se apoya, cuando sabe que ha alcanzado el límite, se pregunta por su propia condición e intenta hacer explícitas las reglas de su juego. Por otro (no lo dice Bloom que yo sepa), pero, creo para muchos lectores la literatura contemporánea más intensa que hemos leído durante las últimas décadas no es propiamente contemporánea y tampoco es del todo, o no sólo, literatura; procede de un tiempo atrás aunque ha sido escrita y/o publicada durante las últimas cuatro décadas. Me refiero a la llamada literatura 'concentracionaria', los testimonios de la experiencia inenarrable de los campos de exterminio en el siglo XX: Levi, Kertesz, Amery, Shalamov, Semprún, tantos otros".
Falta perspectiva

Pozuelo Yvancos: “ En arte, nunca se producen alumbramientos prometeicos del tipo de los que Bloom es profeta”
Tiempo. Esa es la palabra clave en la que se detiene José María Pozuelo Yvancos, escritor y crítico del suplemento Abc Cultural. “El pensamiento agonístico de Bloom no es nuevo en él y es una constante en la historia de las artes. Cada época siente que su apuesta es secundaria. Pero no tiene por qué ser mirado de esa forma en épocas futuras”, recuerda el crítico. Y acto seguido dice: “Es posible que estemos viviendo algo que dentro de 50 o 100 años se vea como un cambio cuya radicalidad nosotros no hayamos advertido. El Quijote fue percibido como cambio radical en la Inglaterra del siglo XVIII, 150 años después. En arte, nunca se producen alumbramientos prometeicos del tipo de los que Bloom es profeta”.
Con matices entra en el debate Santos Sanz Villanueva, crítico de El Cultural, de El Mundo: “Habría que establecer dónde se fija la frontera de lo contemporáneo. Si se refiere a lo penúltimo y actual, no le falta razón. Llevan las letras y el arte occidentales mucho tiempo con un carácter epigonal. Pero es una manera estrecha de verlo”.
J. Ernesto Ayala-Dip, crítico de Babelia, de EL PAÍS, solo formula lo siguiente: “Si Bloom no define qué significa ‘radicalmente nuevo’ en literatura, tendré que pensar que su diagnóstico es una frivolidad. A no ser que él crea que con Proust y Kafka se acabó la literatura. Y esta sí es una teoría muy atractiva, pero que hay que demostrar”.
Rotunda como el crítico estadounidense, pero en la otra esquina, se sitúa Elvira Navarro, escritora y editora de Caballo de Troya, sello centrado en apuestas y nuevos nombres: “Este tipo de debates me parecen estériles, pues dependen del marco conceptual en el que los situemos. ¿De qué depende lo nuevo? De lo viejo, porque lo contiene. ¿Es entonces viejo o nuevo? Lo crucial es la necesidad de volver a decir lo que cada época pide”.
Gustavo Guerrero, consejero para lengua española de la editorial francesa Gallimard, aclara que “es una época en la que la aceleración del tiempo histórico hace que se produzcan novedades cada vez más rápido y que cada vez más rápido se vuelvan también obsoletas”.
En una línea parecida se expresa Elena Ramírez, editora de Seix Barral y directora de Ficción Internacional del Grupo Planeta. Cree que “decir que en esta época no hay nada nuevo es una afirmación tan grande que no puede ser cierta. Hoy hay mucho más ruido, se publica mucho más, y por más medios... y desde luego, tal vez menos exigencia y menos silencio, y a veces menos grandeza”. Y también se pregunta “si no hace falta una distancia mayor para saber qué será lo realmente poderoso y perdurable de la época presente”.

Javier Cercas: “Si lo radicalmente nuevo existiera, sería malo”
La ironía es, aquí, la aliada de Javier Cercas: “Por supuesto que no hay nada radicalmente nuevo en la literatura actual; ni en la actual ni en ninguna: ni Dante ni Cervantes ni Shakespeare ni Kafka son radicalmente nuevos; si lo fueran, no serían tan buenos. La literatura se alimenta de todo lo que encuentra, pero sobre todo de la propia literatura. En cierto sentido, es como la materia: ni se crea ni se destruye; sólo se transforma. Por eso decía Picasso —y yo no me canso de repetirlo— que la originalidad no consiste en no parecerse a nadie, sino en parecerse a todo el mundo. Lo radicalmente nuevo no existe, y si existiera sería malo. Y Bloom lo sabe. O lo sabía”.
Andrés Trapiello cuenta que no hace otra cosa cada día que buscar nombres nuevos: “Conocidos y desconocidos. Si hubiera dependido de Bloom, Emily Dickinson nunca se hubiera editado, no le quepa la menor duda. Porque se diría que sabe de todo (mercado, cotizaciones universitarias, escalafones, modas, fluctuaciones), menos de literatura”.
Desacralizar y bajar de los altares la literatura es lo que pide la escritora Marta Sanz. La autora madrileña dice que no cree “en los textos sagrados, que es lo que busca Bloom, y me parece que el mayor favor que podemos hacerle a la literatura es bajarla de los altares, desacralizarla, que sospecho que es exactamente lo contrario que dejarla en manos de los mercaderes”. Reconoce que aún no se ha tenido tiempo suficiente ni perspectiva para juzgar pero también cree que “una cosa es hacer sonar las trompetas del apocalipsis y otra desarrollar el sentido crítico respecto a las manifestaciones del campo cultural”.
Porque no hay que olvidar que “lo radicalmente nuevo nunca es nuevo del todo”, afirma Julián Rodríguez, escritor y editor de Periférica. Para él, “lo radicalmente nuevo es inventar un español literario del siglo XXI a partir de la lectura de los clásicos medievales:Las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio (Yuri Herrera). Lo radicalmente nuevo es pensar el arte como (casi) una disciplina literaria más (como, de modo muy distinto, hacen Boris Groys, Jean Clair, Pascal Quignard)”.
Panorama novedoso
“Lo original sigue existiendo”, asegura el escritor Enrique Vila-Matas. Y sus palabras conectan con las anteriores de Sanz y Rodríguez: “Ser ‘radicalmente nuevo’ no significa ser original. Ser ‘radicalmente nuevo’ ha acabado siempre mal y está, además, tan visto como el tebeo, o como la novela ‘basada en hechos reales’. En cambio, mal que les pese a algunos, lo original, sigue existiendo. He escrito recientemente que una obra nueva sólo tiene sentido si forma parte de una tradición, pero sólo tiene valor en esa tradición si —como ocurre con Diderot respecto a Sterne, con Joyce respecto a Homero, con Valeria Luiselli (Los ingrávidos) respecto a Beckett— ofrece una variación profunda que nos devuelve transformada y nueva a la obra maestra elegida”.
J. A. Masolivar Ródenas, escritor y crítico del suplemento Culturas, de La Vanguardia, es de la opinión de que “para ser buen escritor no hace falta ser un renovador radical. Lo que importa es la dinámica cultural. Y yo con escritores como Javier Marías, Enrique Vila-Matas y otros estoy más que contento. Y con los escritores de la generación de Robert Coover en Estados Unidos, o con la floreciente narrativa francesa. Bloom es un gran sabio pero, como el españolito de Machado, ‘desprecia cuanto ignora”.

Juan Gabriel Vásquez: “Sebald me parece totalmente original”
Al narrador colombiano Juan Gabriel Vásquez nunca le ha interesado demasiado la novedad radical, y más bien su búsqueda le ha parecido “a veces insustancial y a veces patética”. ¿Qué le interesa?: “Me interesan esas novelas o novelistas que, apoyándose en la tradición, logran llevar su instrumento a lugares donde nunca había estado. Uno de ellos es W. G. Sebald, por ejemplo: según mis parámetros, Sebald es absolutamente novedoso”.
¿Dónde se encuentra hoy la ambición de la que nos habla Bloom, esa preparación sin par en idiomas, en humanidades, en conocimiento general…? Es lo que se pregunta Claudio López de Lamadrid,director editorial de Grupo Penguin Random House. Y contesta: “Mi profesión me lleva a leer año tras año libros de todo tipo, y si pensara como Bloom que todo lo que se escribe hoy en día es una porquería, pues no tendría más remedio que cambiar de profesión. Como supongo que también tendría que cambiar de profesión si todo aquello que cayera en mis manos fuera de una calidad soberana, puesto que en ese caso no harían falta los editores. Bloom rescata a autores incuestionables, y dudo que estemos en disposición actualmente de saber si Philip Roth o VS Naipaul, Patrick Modiano o Gunter Grass, contarán con lectores avezados como él dentro de, pongamos, cien años. Lo que sí es seguro es proyectos tan ambiciosos como el del escritor António Lobo Antunes”. Y cita en la poesía a Charles Wright y Anne Carson, y entre los latinoamericanos a Rodrigo Fresán o Martín Caparros o David Meza".
El autor peruano Carlos Yushimito comparte cita entre los originales genuinos a “César Aira o Mario Bellatin, que han vuelto a las vanguardias históricas para poner en tensión la relación de la escritura y la circulación del texto en el mercado editorial. A nivel más global es imposible no hablar de Mircea Cartarescu, que ha renovado maravillosamente la ficción onírica o de Mark Danielewski que es, tal vez, quien mejor ha sabido reimaginar la escritura popular contemporánea a partir de lo audiovisual y la experimentación lúdica”.
Más nombres que enriquecen el territorio literario actual los menciona el vasco Kirmen Uribe: “Don DeLillo, Emmanuel Carrere, J. M. Coetzee o la poesía del recientemente fallecido Mark Strand”. Desde la revista cultural Arcadia, de Colombia, su director Juan David Correa, suma más nombres: “De Karl Ove Knausgård a Claudio Magris, pasando por Modiano, y sin temor a equivocarme: Yuri Herrera”.
Una nueva expresión
El territorio literario se amplía, según el crítico Domingo Ródenas por la "la aleación entre la autobiografía, la investigación histórica y la novela que están engendrando un producto literario mestizo con una capacidad de cuestionamiento de nuestra realidad superior al de la ficción convencional". Y aunque no se atreve a decir que es algo "radicalmente nuevo el grado de implicación de los autores en su texto sí lo es".
Para el mexicano Sergio González Rodríguez, “Bloom tiende a observar el fenómeno literario como un eco de un acontecimiento fundacional, algo impar, perfecto y modélico. La literatura actual ha mutado de tal forma que diverge de tal acontecimiento, y esta mutación implica un cambio dual en el modo de leer y de escribir, cuya complejidad apunta lo mismo al cuestionamiento de un canon centrípeto, que a su diversidad en fuga”. Un cambio que se traduce en una época que, concluye González, “reconfigura lo que entendemos y leemos como literatura. Y los nuevos valores y prestigios al respecto suelen ser invisibles si se mantiene un punto de vista inadecuado de cara al presente. Al emplear sólo la perspectiva del canon, todo se leerá como basura o eco degradado del origen. Sin embargo, contra tales amenazas persiste hoy la capacidad de distinguir y apreciar lo nuevo de calidad que, si bien surge de la tradición, comienza a construir una nueva expresión literaria”.
Con información de Verónica Calderón.

lunes, 19 de septiembre de 2011

PRENSA CULTURAL. Entrevista a Harold Bloom, crítico literario

Harold Bloom en su casa de New Haven, en Connecticut.- PASCAL PERICH. ("El País")


   En "El País":
"Seguiré leyendo mientras me quede un soplo de vida"

EDUARDO LAGO 04/09/2011

   Pasear por la literatura de la mano de Harold Bloom, uno de los mejores críticos de la historia, es un privilegio que ahora se multiplica gracias a 'La anatomía de la influencia', libro-testamento en el que muestra la fuerza su legado.

   Luz de agosto, la misma que hace 11 años, cuando lo entrevisté por primera vez, en verano de 2000. La casa, el jardín, las ventanas selladas, todo tiene el mismo aspecto. Entonces Harold Bloom era un hombre de 70 años, pletórico de energía, con bastantes kilos de más. Hoy me recibe un anciano enflaquecido que se apoya fatigosamente en un grueso bastón negro. Todo en la casa sirve de soporte a torres de libros, que se amontonan en los sofás, las sillas, los alféizares de las ventanas, en el suelo. Bloom dice haber superado ciertos problemas de salud, que califica de catástrofes. Constantemente bebe agua de una especie de biberón de plástico que recuerda la retorta de un alquimista. Es el crítico literario más importante de nuestro tiempo, por ser el único que ha sabido hacer llegar su portentosa sabiduría al lector normal, sin renunciar un ápice a la exigencia de calidad que es el distintivo de la gran literatura. Autor de más de 40 obras e innumerables estudios y artículos, Harold Bloom (Nueva York, 1930), que ocupa la 'Cátedra Sterling de Literatura' de la Universidad de Yale desde hace más de medio siglo, acaba de añadir a su importante nómina de publicaciones un nuevo título: La anatomía de la influencia. En él vuelve sobre su más importante aportación al campo de los estudios literarios, el concepto de influencia. Se trata de una noción de considerable complejidad técnica, que Harold Bloom convierte aquí en el eje de un recorrido apasionante por las lecturas en que ha invertido toda su vida o, para decirlo parafraseando el título de su obra más emblemática, El canon occidental, un paseo por las mejores obras literarias de la historia. Simplificándolo al máximo, la influencia poética es un mecanismo que explica el proceso histórico de creación literaria, que Bloom caracteriza como una batalla formidable que los grandes creadores literarios de cada era se ven obligados a entablar con sus precursores, a fin de liberarse de la agónica influencia que ejercen sobre ellos los gigantes que los antecedieron. Alejándose del tecnicismo inherente a tan complejo proceso, Bloom desplaza el énfasis del libro a un terreno más humano y accesible, acercándolo a la realidad del día a día, como subraya el subtítulo que ha elegido para su obra: La literatura como forma de vida.
   -La anatomía de la influencia es mi summa literaria, mi legado como crítico. El testimonio final de una vida dedicada a los libros. El verdadero asunto es la pasión por la literatura. Para mí, leer es la única manera de dar sentido a la vida. En el libro tiendo un puente a los millones de lectores auténticos de todo el mundo, lectores anónimos que contra viento y marea, pese a que corren tiempos terribles para la verdadera literatura, se niegan a renunciar a ella.
   -¿Es su canto del cisne?
   -En el sentido de que seguramente ya no tendré ocasión de escribir ninguna obra de la misma envergadura.
   En lugar de hacer preguntas, sugiero leer en voz alta breves fragmentos, invitándole a iluminarlos con sus comentarios. Bloom acepta. "Gertrude Stein observó en una ocasión", leo, "que uno escribe para sí mismo y para los desconocidos, lo cual yo traduzco como hablar conmigo mismo, que es lo que nos enseña a hacer la gran poesía, y hablar con los lectores disidentes, aquellos que buscan instintivamente en solitario la literatura de calidad, desdeñando a los devoradores de J. K. Rowling y Stephen King, que llevan a sus seguidores al suicidio intelectual, haciendo que se despeñen en el océano gris de Internet".
   "Hoy día se ha producido un abandono de toda exigencia estética y cognitiva que son las señas de identidad de la gran literatura. La literatura imaginativa, tal y como la cultivaban Shakespeare, Cervantes, Dante y Montaigne, ha cedido ante la basura abominable de best sellers como los que acaba de citar y cualesquiera sean sus equivalentes en España y el resto de los países del mundo. ¿Qué se puede hacer ante una situación así? Llevo años luchando contra ello, pero sé que es una batalla perdida".
   Leo la siguiente frase: "Todos tememos la soledad, la locura y la muerte. Whitman, Leopardi o Hart Crane no nos curarán de esos espantos, y sin embargo esos poetas nos traen el fuego y la luz".
   "Comentar eso es decir por qué leemos, por qué vivimos. Supongo que lo esencial es la alusión al fuego y la luz, manifestaciones elementales de la fuerza vital. En realidad, todo se reduce a la emoción y al deseo, a la palabra, el dabar de la Biblia hebrea, el logos de los griegos, o dicho de otro modo, el amor por cuanto vive".
   Dentro de unos días regresa a la universidad, a impartir clases. La enseñanza, junto con la lectura y la escritura crítica, son sus grandes pasiones: "Será mi 56º año consecutivo como profesor de Yale. Si algo tengo claro es que jamás voy a retirarme. Jamás dejaré de enseñar ni de escribir". Bloom comenta que en estos momentos está escribiendo tres libros: un estudio de cinco figuras clave de la literatura norteamericana, un novelista y cuatro poetas (Herman Melville, Emily Dickinson, Wallace Stevens, Walt Whitman y Hart Crane). "Los otros dos libros se apartan radicalmente de lo que he hecho siempre: de una parte, unas memorias literarias que espero concluir antes de morir y, más novedoso aún en alguien como yo, una obra de teatro sobre Walt Whitman".
   -¿Se sabe de memoria mucha poesía? ¿Le gusta recitarla?
   -Toda, toda la poesía que hay bajo el sol. Esta mañana me desperté recitando la estrofa final del Diálogo entre el yo y el alma, de William Butler Yeats:
   "Me contenta seguir hasta su fuente / todo evento en acción o pensamiento. / ¡Medirlo todo; perdonármelo todo! / Cuando así me libero del arrepentimiento / fluye tanta dulzura en nuestro pecho / que debemos reír y debemos cantar, / pues todo nos bendice, y es bendecido también / todo cuanto miramos".
   Bloom acerca a la boca el biberón de agua. El gesto trasluce la extraña cercanía entre la ancianidad y la infancia.
   -¿Recuerda a Harold Bloom cuando era un niño de 5 o 6 años?
   -Lo recuerdo muy bien. Era un niño muy solitario, el menor de cinco hermanos, tres niñas y dos niños. Me refugiaba en un rincón del piso, en el Bronx, y me pasaba el día leyendo.
   -¿Puede evocar algunas de las lecturas más importantes de aquellos años?
   -Ingentes cantidades de poesía, en yiddish, y luego, cuando aprendí a leer inglés por mi cuenta, con 6 años, traducciones de las sagas nórdicas. Pero quizás el libro que más me afectó fue Moby Dick, con 11 años. Me hizo experimentar una angustia y un horror metafísicos que solo había sentido con Shakespeare.
   Llega la hora de hacerse la foto, ritual al que Harold Bloom se somete con júbilo casi infantil. Elige cuidadosamente una gorra de los 'New York Yankees', de los que se declara fervoroso fan. Es conocido su empeño por hacer ejercicio durante las entrevistas. En este caso, se limita a subir y bajar las escaleras de madera que dan al jardín trasero de la casa. "Pregunte lo que quiera", dice. Aprovecho la ocasión para pedirle que se pronuncie sobre la gran novela norteamericana de nuestro tiempo. "Los grandes novelistas americanos vivos", responde con resolución, "son Philip Roth, Don DeLillo, Cormac McCarthy y el misterioso Thomas Pynchon, probablemente el mejor de todos ellos".
   Tras decir esto, Harold Bloom da por terminada la entrevista, manifestando encontrarse muy cansado, y nos acompaña hasta la puerta. Inopinadamente, el fotógrafo le espeta: "Profesor Bloom, ¿le viene a la memoria un retrato memorable de un rostro hecho con palabras?". "El espejo de mano, de Edgar Allan Poe, un texto terrible", responde.
   Al llegar a Nueva York, busco el poema, que es, en efecto pavoroso, solo que no lo escribió Poe, sino Walt Whitman, y consiste en una descripción escalofriante del cuerpo repugnante de un anciano. El desliz revela qué es lo que Bloom ve al asomarse al espejo: la muerte misma, que él mantiene a raya azogue en mano. Unos minutos antes, en el curso de la conversación, evocaba un verso de su amigo Mark Strand que dice: "El espejo no es nada sin ti".
   Harold Bloom cierra la puerta tras de sí, dejándonos con la sensación de que al irnos no se queda solo en la casa. Lo acompañan voces, ecos, versos y frases que necesita recitar: "Decía Valéry que los poemas no se acaban, sino que se abandonan. Tampoco es posible escaparse del laberinto de la influencia. Una vez que se llega a su centro, eres tú quien empieza a ser leído con más fuerza de la que te ha sido conferida para adentrarte en la imaginación de otros. El laberinto es la vida misma. No puedo poner punto final a este libro, porque tengo intención de seguir leyendo mientras me quede un soplo de vida".

La caída del Imperio Americano
   La conversación con Bloom duró varias horas, que no resulta posible resumir aquí. Uno de los momentos más intensos fue su evocación de dos obras maestras del siglo XVIII inglés, para él sendos modelos de la prosa ensayística. Una es El cuento de la barrica, una farsa del gran maestro de la sátira y la ironía, Jonathan Swift, que Bloom afirma haber leído 120 veces y saberse de memoria. La otra es el sexto volumen de la Historia del declive y la caída del Imperio Romano, de Edward Gibbon. "Lo lamento, pero no me queda más remedio que denunciar a los Estados Unidos. El libro de Gibbon es un texto profético, que encierra un diagnóstico perfectamente aplicable a lo está ocurriendo hoy en mi país. Se podría titular Declive y caída del Imperio Americano.
   Bastaría con cambiar unos cuantos nombres. Nuestros emperadores más recientes, salvo Obama, que es una víctima impotente de las circunstancias, como el resto de los ciudadanos, están cometiendo los mismos errores que cometieron los últimos emperadores romanos. Bush padre e hijo actuaron haciendo gala de un estilo que parece calcado del de los últimos emperadores romanos, emprendiendo guerras irresponsables abocadas a la derrota y la catástrofe incluso en la misma zona geográfica, en áreas que en parte corresponden a lo que es hoy Irak. Y lo mismo vale para Afganistán y Somalia".
   Para Bloom, la lectura de Gibbon debiera ser obligatoria en su país. "Gibbon atribuye la caída de Roma al alza de la fe cristiana y la adopción oficial del cristianismo por parte del Imperio. Hoy día Europa, al margen de espectáculos como la reciente visita del Papa a España, es una sociedad casi enteramente secular. La única nación del hemisferio occidental que no se ha emancipado de la fe cristiana son los Estados Unidos, lo cual nos lleva directamente al argumento de Gibbon. Estados Unidos está viviendo un momento histórico terrible, con fenómenos como el llamado 'Tea Party', que no es ni más ni menos que un partido fascista. Resulta inconcebible que en 2011 un oligarca como Rick Perry, que niega la evolución y el cambio climático, pueda ser nominado por el Partido Republicano como candidato presidencial, pero hay muchas posibilidades de que sea así. El momento actual guarda un parecido alarmante con el que vivió Alemania cuando los nazis accedieron al poder en los años treinta".

   Eduardo Lago es escritor y profesor de literatura del 'Sarah Lawrence College' de Nueva York.