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viernes, 10 de junio de 2016

MEDITERRÁNEO, MAR LITERARIO. "La ruta de las gambas". José Carlos Llop

   En la revista "Mercurio":


La ruta de las gambas

JOSÉ CARLOS LLOP  |  MERCURIO 182 · TEMAS - JUNIO-JULIO 2016

Dentro de la milenaria tradición mediterránea, Cataluña, País Valenciano y las Baleares forman un triángulo, unido por el mar y una misma lengua, que es otro mar
© Óscar Astromujoff
© ÓSCAR ASTROMUJOFF
Vivo en una isla del Mediterráneo. Aquí nací, de aquí me fui y aquí regresé al cabo de unos años. Pocos. Cuando me despierto, el mar es mi norte, mi sur, mi este y mi oeste. Los días de niebla se oyen con claridad las sirenas de los barcos. El puerto está cerca de casa. El mundo está al otro lado, lejos: no se llega a pie, ni en automóvil, ni en tren. Debe cruzarse el mar, con todos los riesgos que implica: los mismos que nos contó Homero. Nada cambia y todo permanece en el Mediterráneo, que es el verdadero mundo —lo explicaré más adelante— y no ese otro que está al otro lado del mar.
Acabo de citar a Homero. Cuando escribo o leo en mi estudio, el mar Mediterráneo me rodea y no porque lo vea, sino porque está ahí. Está en los clásicos y en algunos de mis preferidos del siglo XX. Miro a mi alrededor y siempre está el mar, o más adentro, el reflejo de su luz y el clima y la botánica que el mar favorece. Lo está en los poetas que amo, en los novelistas que me acompañan, en el pensamiento donde me reflejo. El Mediterráneo, siempre detrás de una manera de hablar y de escribir y de interpretar la vida y el mundo. De una manera de ser, noble e innoble, como somos los humanos.
En la isla donde vivo no hay animales venenosos y tampoco los hay peligrosos para el hombre. Lo escribió Plinio y sólo Hobbes le contradeciría, pero ahí entra no la fauna sino la razón, que a veces —lo escribió Goya— produce monstruos. Ya dije: noble e innoble. En este mar nació el mundo. En este mar se hizo el mundo durante siglos y en este mar continúa mirándose Occidente. Desde la fascinación y desde el temor. En sus costas y en sus naves —aquí nació el arte de la navegación, se destiló el comercio y se perfeccionó la guerra—, atravesándolo y delimitándolo —poseyéndolo— a través de sus bahías, cabos y radas. Ahora vuelve a hablarse del Mediterráneo como un mar de sangre o muerte, por los ahogados que huyen de la guerra de Siria y el hambre africana. Siempre lo fue, pero siempre ha disimulado, como si no lo fuera.
Si seguimos la ruta desde Mallorca al oeste o al norte —que tantas veces ha trazado con acuarela el pintor Miquel Barceló— encontramos a Llull, Turmeda, Ausiàs March, el ‘Tirant lo Blanc’, J. V. Foix, Josep Pla o Llorenç VillalongaEs Joseph Conrad —marino antes que escritor— quien mejor definió este rasgo: “de Salamina a Actium, pasando por Lepanto y el Nilo y acabando con la matanza naval de Navarino, por no mencionar otros encuentros armados de menor interés, toda la sangre heroicamente derramada en el Mediterráneo, no ha dejado la mancha de un solo reguero púrpura sobre el azul profundo de sus aguas”. Las aguas turquesa de la costa insular, la alfombra palaciega de sus fondos, los amaneceres cobrizos derivando hacia el oro, nos hablan de otras cosas relacionadas con la sabiduría de vivir.
Cuando se ha cruzado el Mediterráneo de oeste a este, de levante a poniente, no se tiene conciencia de salir de casa, pero cambia la luz y la luz es también tiempo. El oro se convierte en plata y se viaja hacia la antigüedad. Y antigüedad siempre quiere decir origen: fenicios, griegos y judíos. Eso se percibe, sobre todo, en el mar, donde un carguero es anacrónico y siempre se espera que aparezca una trirreme. Y se percibe en la tierra, que es suelo bíblico, pero también el territorio de la Ilíada. En cuanto a la modernidad —que empieza con el cristianismo— el perfume del mar llega hasta las páginas del Nuevo Testamento y al morir Jesucristo, los apóstoles se lanzan, como Odiseo, al Mediterráneo y expanden su doctrina a través del mar. San Pablo instaura el método y en él, la belleza de los nombres como una herencia: Antioquía, Esmirna, Corinto, Tesalónica, Éfeso, Siracusa… Y antes y ya para siempre, Roma, que se apropia el mar al nombrarlo —Mare Nostrum— y edifica sus templos y ciudades de Occidente a Oriente y crea el Derecho por el que todavía nos regimos. Roma: nuestro paganismo y nuestra civilización. Y en ella, el mar como el espejo de la gran madre, la loba. Con o sin Tito Livio, pero no sin Horacio, Propercio, Catulo, Virgilio o Marcial… No sin tantos de donde venimos y que también son el mar. De ellos y de Cavafis y Seferis y la mirada inglesa —los Durrell y Douglas y Auden y James incluso, desde su invernadero…
Pero volvamos a casa, aunque no nos hayamos movido de ella, porque ya hemos dicho que el Mediterráneo entero es la casa. Aunque nuestra expedición almogávar no haya hablado de conquistas, sino de esencias. De fatalismo y religión, de dioses y filosofía, de comercio y guerra. Tocaría, pues, hablar de contrabando o de tráfico de esclavos: musulmanes entre los cristianos y cristianos entre los musulmanes. Todo eso es Mediterráneo puro, también. Durante siglos lo ha sido. Como lo es el arte y no hay Giotto sin él.
Goethe viajó al Sur, como aconsejaría Eliot en sus versos y una marca de cerveza ha descubierto, desde hace unos años, que lo mediterráneo es sinónimo de alegría de vivir. Sin duda existe un triángulo maravilloso, herencia de los mosaicos romanos, que es el triángulo de las mejores gambas: las de Palamós, las de Denia y las de Sóller, que son las mismas gambas. Cataluña, País Valenciano y las Baleares, concretamente Mallorca, la isla donde nací y vivo. La misma donde nació Ramon Llull, que fue gran pensamiento europeo, y donde nació Anselm Turmeda, que apostató y se pasó al Magreb, donde está enterrado como un morabito santo. Oriente y Occidente de nuevo, como los campanarios de Palma sobre la muralla frente al mar, que parecen minaretes entre palmeras y muros de piedra arenisca que al contacto con la luz dora la ciudad, de igual modo que dora el desierto.
Aquí en el Mediterráneo se creó el mundo. Nació y se expandieron el pensamiento y el arte, se desarrollaron las religiones monoteístas y se contagió la escritura —todas las escrituras— como forma de memoria y testimonioSi seguimos la ruta de las gambas —que tantas veces ha trazado con acuarela el pintor Miquel Barceló— y no perdemos de vista ni a Llull, ni a Turmeda, nos encontramos con la modernidad renacentista en la poesía de Ausiàs March y con la mejor novela de caballerías, que es Tirant lo Blanc hacia el oeste —sigo tomando Mallorca como centro, pues está en medio del mar— y al norte con el esplendor de la poesía contemporánea en J. V. Foix, Carles Riba o Gabriel Ferrater y el ensayismo a lo Montaigne de Josep Pla. En cuanto a nosotros los mallorquines, Llorenç Villalonga en prosa y Bartomeu Rosselló-Pòrcel en poesía; Llull y Turmeda ya estaban y Costa y Llobera romanizó el mallorquín o catalán de Mallorca. Unidos todos por el mar y una misma lengua, que es otro mar y nombra las cosas de ese mar y de la tierra de forma distinta, y al nombrarlas nos hace y nos recuerda de dónde venimos y lo que somos. Lo que es, también, el Mediterráneo.
¿Su hermenéutica? Está formada por muchas voces, por muchos ecos, por distintas civilizaciones y lo que no se admite es la interpretación externa. Al de fuera —el continental— solo se le deja el paisaje; cuando quiere entrar en lo humano, se equivoca. Al de fuera se le niega la etnología si no es desde el amor (y David Abulafia es sefardí). Entonces nos enseña; al revés, cae en un error tras otro, mientras contemplamos impávidos el desaguisado. Cuentan que la paella —ese barroco mediterráneo— la inventaron los musulmanes al buscar un sustitutivo a la sémola del cuscús y vestirlo de mar y no de tierra. Ya saben: de la mar el mero y de la tierra el cordero. También ahí hay un mosaico romano; un mosaico que se come por los ojos —la ruta de las gambas— antes de comerlo y se disfruta de ambas maneras. Como el aceite, que también es oro y la uva y su mosto luego.
Aquí en el Mediterráneo —hay que repetirlo— se creó el mundo. Nació y se expandieron el pensamiento y el arte, se desarrollaron las religiones monoteístas y se contagió la escritura —todas las escrituras— como forma de memoria y testimonio. El Mediterráneo es la memoria primigenia y su literatura la voz del hombre, pero también la voz de Dios.

martes, 17 de mayo de 2016

PENSAMIENTO. "500 años de 'Utopía'"

   En "El País":

500 años de ‘Utopía’

Tomás Moro nos enseñó a buscar los medios reales y precisos para mejorar nuestra existencia

Retrato de Tomás Moro realizado por Hans Holbein.
Retrato de Tomás Moro realizado por Hans Holbein.
Inmersos en tanta vorágine de aniversarios y conmemoraciones, quizás convendría aprovechar para evocar la publicación en Lovaina en 1516, hace 500 años de una obrita absolutamente decisiva en el devenir del pensamiento occidental, Del estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía, más conocida con el título de Utopía. Su autor, el pensador, teólogo y político humanista inglés Tomás Moro, difícilmente hubiera podido imaginar el formidable impacto de su escrito y la trascendencia tuvo hasta el punto de acuñar un nuevo término.
Ahora bien, ¿qué nos permite explicar su vigencia? Su autor nos describe una comunidad ficticia, Utopía, ubicada en un territorio inexplorado, cuyos habitantes viven bajo un clima de paz y armonía. Una imagen que nos remite a una visión amable del mundo, tanto más gratificante cuanto contrasta con la dura realidad vivida por los lectores. Algunos han considerado ese componente placentero omnipresente en la obra como la clave de su considerable atractivo por ser una vía de evasión de nuestros problemas cotidianos, pero… ¿es realmente así? A decir verdad, la condición de los habitantes de Utopía dista mucho de ser la ideal: son individuos normales y corrientes, tan viciosos o virtuosos como lo pudiéramos ser nosotros. ¿Qué les separa a ellos entonces de nosotros lectores? O mejor, ¿qué les permite a estos hombres disfrutar y gozar de una vida apacible y grata, tan vedada a nosotros en la vida real?
Para Tomás Moro, la existencia de sus compatriotas ingleses –y, por extensión, la de los europeos de entonces- desde luego no era en absoluto ni feliz y ni mucho menos esperanzadora. Ni para los ciudadanos más acaudalados, ni, por supuesto, para el común de la población: la situación reinante era de desesperanza y pesimismo general. La Corte, y las clases privilegiadas, asistían, desorientadas y atemorizadas, a un ambiente social de violencia e inseguridad crecientes. Pero la suerte de los sectores más desfavorecidos no era, desde luego, mejor, enfrentados a una situación de creciente penuria de recursos y trabajo, que podía acabar aun peor, en la mendicidad y la delincuencia. Lo que más llamaba la atención al humanista inglés, sin embargo, era el extremo recelo mutuo que se había ido imponiendo en el país, provocada por la instauración de la propiedad privada como eje vertebrador de las relaciones sociales. La divisoria establecida entre propietarios y no propietarios (de bienes o de trabajo), y, sobre todo, la condición naturalmente excluyente de la propiedad –limitada a un único titular- resultaban definitivos para Moro, a la hora de explicar aquel escenario social gobernado por unos niveles de competencia e individualismo atroz hasta entonces nunca contemplados, que inspirarían posteriormente a Hobbes.

El sabio humanista desmonta las piezas que componen la sociedad y a partir de ahí diagnostica los males

La naturaleza del conflicto no tardaría en trascender lo económico o legal para diseminarse por todos los ámbitos de la existencia humana: Moro alude a la inoculación del orgullo –el verdadero huevo de la serpiente- en las relaciones humanas, y la entronización del espíritu competitivo sobre todos los órdenes de la vida, desde la política a la economía, llegando incluso al reino del amor y los sentimientos. Llegados a este punto, la conclusión del autor no puede resultar más categórica: al percibir a los demás como potenciales competidores y vernos compelidos a rivalizar con ellos en la posesión de bienes, terminamos contemplando a nuestros semejantes únicamente como obstáculos de nuestra felicidad. Ante semejante disyuntiva, concluye, el hombre, alienado, se encuentra condenado a combatir en una lucha permanente y eterna, en la que nunca obtendrá el sosiego.
Moro no nos ofrece, por tanto, en Utopía, una visión placentera de la realidad. Más bien, se sirve de una tradición crítica para desmontar las piezas que componen la sociedad y a partir de ahí diagnostica los males que la aquejan sin distinguir entre verdugos y víctimas. Su inscripción en el aquí y ahora es total, muy distante de la imagen idealizada que se ha tratado de trasladar. A partir de su relato, pues, el autor nos invita a reflexionar sobre las posibles causas de nuestra común desdicha insistiendo especialmente en la universalidad del sufrimiento: habrá quien muera rico y quien lo haga necesitado, pero ninguno de ellos lo hará en paz.
¿Qué distingue a nuestros desgraciados conciudadanos de los felices habitantes de Utopía?, se pregunta Moro. ¿La ausencia de propiedad privada? ¿El clima de igualitarismo y tolerancia? A decir verdad nada, tan sencillo –y al propio tiempo- tan complejo como el gobierno de sus vidas y la conservación de su capacidad para intervenir y adecuar la realidad a sus verdaderas necesidades. Porque, a diferencia de otros muchos pueblos salvajes de tierras indómitas, los utopianos no viven aislados del mundo. Tienen noticias de los males de la civilizada Europa pero no desean correr su misma suerte. Y si para ello tienen que romper aquel istmo que les unía a tierra firme, sin duda lo harán.
Tal es el legado que este sabio humanista nos dejó hace ahora 500 años. A través de su mirada oblicua, nos ofreció una poderosa enseñanza que iba más allá de la descripción de una sociedad aparentemente idílica: que nuestros esfuerzos no deben orientarse a imaginar mundos perfectos sino en determinar las raíces de nuestros problemas y hallar los medios reales y precisos para mejorar nuestra existencia. Moro nos invita a ser inconformistas y tenaces, pero siempre desde la solidaridad, porque los males que nos afectan son universales y todos fuimos, somos y seremos sus potenciales damnificados.
A decir verdad, nunca una isla tan remota tuvo tanta incidencia en la cartografía de nuestras vidas.
Francisco Martínez Mesa es profesor de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid.

martes, 2 de abril de 2013

PRENSA. "La necesidad del pensamiento crítico". Vicenç Navarro

Vicenç Navarro

   En "Público.es":
La necesidad del pensamiento crítico

DISCURSO DEL PROFESOR VICENÇ NAVARRO EN LA CEREMONIA DE OTORGAMIENTO DEL DOCTORADO HONORIS CAUSA POR LA UNIVERSIDAD DE LLEIDA EN EL ÁMBITO DE ECONOMÍA Y EMPRESA
(Discurso original en catalán)
Señores y señoras miembros de la Mesa, Magnífico rector de la Universitat de Lleida, Secretaria General de la Universitat de Lleida, Presidente del Consejo Social de la Universitat de Lleida, y Decana de la Facultad de Derecho y Economía de la Universitat de Lleida, a mi padrino, el Dr. Pere Enciso, y a los asistentes, Magnífico rector de la Universidad Internacional de Cataluña, Vicerrector de la Universitat Pompeu Fabra, Autoridades académicas y civiles, Miembros de la Comunidad Universitaria.
Señoras y señores,
Muchas gracias por el honor que me confieren. Permítanme que transfiera este honor a todos aquellos que nos precedieron y que hicieron posible que ahora todos estemos aquí, en este acto de celebración a una voz crítica y que me gustaría fuera un acto de homenaje a todas las voces críticas que han hecho posible y han contribuido al progreso, a la libertad y al bienestar y solidaridad que ahora se están cuestionando.
En este acto quiero empezar agradeciendo la voz crítica de mis padres y de su generación. Hombres y mujeres que en su juventud participaron en aquel proyecto tan ilusionante de reformar nuestro país, que fue la II República. Fue la generación que intentó transformar Catalunya y España con reformas sociales, laborales, económicas y culturales que intentaban romper con el enorme conservadurismo que caracterizaba las élites económicas, financieras y religiosas gobernantes de aquel tiempo. Y entre estas reformas estaba la de iniciar el reconocimiento de que el Estado español era y continúa siendo un Estado plurinacional, admitiendo y aceptando que Catalunya es una nación, con el derecho y con el deber de defender su identidad, su cultura, su idioma y su personalidad y deseo de ser nación.
Cada una de las reformas fue interrumpida y destruida por el golpe fascista apoyado a nivel internacional por Hitler y por Mussolini, imponiendo una de las dictaduras más sangrientas y crueles que haya existido en Europa en aquel periodo.
Me entristeció ver, al retorno del exilio, que mis estudiantes universitarios sabían muy poco de la historia de este país. Parecía cómo si creyeran que el dictador era como una persona mayor con mal genio. Con mayor elaboración, esta percepción se reproducía también en el discurso académico que subrayaba que aquella dictadura era, según la sabiduría convencional, un régimen autoritario, pero no totalitario, asumiendo erróneamente que aquel régimen no intentaba cambiar la totalidad de la sociedad, como intentan los regímenes totalitarios. Pero aquellos que vivimos y sufrimos aquel régimen, sí que vimos el intento de aquella dictadura de intervenir a las esferas más íntimas de la personalidad, desde nuestra lengua, la lengua que hablaba nuestro pueblo, hasta las relaciones interpersonales, e incluso en los sentimientos. Intento realizado con una enorme brutalidad. Por cada asesinato político que cometió Mussolini, Franco cometió 10.000, cómo ha documentado el profesor Malekafis, experto en el fascismo europeo, de la Universidad de Columbia de Nueva York.
Y fue la generación de mis padres la que sufrió aquella enorme represión. Es a ellos a quien el país tendría que honrar. Muchos fueron asesinados, otros encarcelados, muchos otros torturados, y todavía otros expulsados. Es importante que les agradezcamos su sacrificio y que los honremos. Con especial atención merecen serlo los maestros, entre ellos mis padres, que fueron expulsados del Magisterio, siendo maestros de Gironella, en el Bergadà, como miles y miles de maestros. Y otros que tuvieron que exiliarse, como los miles y miles de catalanes y españoles que iniciaron la diáspora republicana. Muchos de ellos –como mis tíos y tías- que iniciaron el maquis francés contra los nazis, fueron detenidos y enviados a campos de concentración nazis. Es a ellos y a todos los que sobrevivieron a aquella pesadilla y que continuaron su lucha por la democracia, la libertad y la justicia, estuvieran donde estuvieran. Muchos de ellos acabaron en América Latina, que los recibió con los brazos abiertos. A ellos también hay que honrarlos, pues sus voces críticas ante las estructuras del poder dictatorial mantuvieron vivas las aspiraciones por un mundo mejor.
Y en mis viajes alrededor del mundo, he visto y saludado esta enorme diáspora republicana tan olvidada en Cataluña y en España. Mis tíos y su generación, combatientes antifascistas en España, y antinazis en Francia, han sido olvidados en este país y honrados en cambio en Francia. Este silencio ensordecedor en Cataluña y en España necesita, no sólo una voz, sino un grito de protesta.
Y tenemos que honrar a las generaciones de los años cincuenta, que iniciamos la resistencia antifascista con las movilizaciones en las calles, y de los años sesenta y setenta, con movilizaciones que forzaron el fin de la dictadura. Nunca olvidemos lo que se intenta hacer que olvidemos: que Franco murió en la cama, pero la dictadura murió en la calle. Sin aquellas movilizaciones, lideradas por el movimiento obrero, la dictadura no hubiera acabado.
La fuerza de las movilizaciones fue lo suficientemente fuerte para que la nomenclatura que gobernaba el Estado fascista se tuviera que abrir para permitir un aire fresco de reformas. Pero hubo un enorme desequilibrio de fuerzas en aquel momento histórico, llamado Transición, en el cual las fuerzas conservadoras dominaban el Estado y la mayoría de los medios de información y persuasión, mientras que las fuerzas democráticas lideradas por las izquierdas acababan de salir de la prisión y/o volvían del exilio.
Resultado de tal desequilibrio, se estableció una democracia muy incompleta, con grandes limitaciones en las formas de participación ciudadana en la gobernanza del país, y con unas leyes electorales que sistemáticamente han discriminado a las izquierdas.
Y esta es la causa de un bienestar tan insuficiente. España y Cataluña, con más de treinta años con un sistema democrático, continúan a la cola de la Europa Social. El gasto público social por habitante continúa siendo el más bajo de la Eurozona. Y esto no es porque seamos pobres. En realidad, España tiene el 91% del nivel de riqueza de los países más ricos de la UE, es decir de la UE-15. Y Cataluña tiene nada menos que el 110% de aquel promedio. Y sin embargo, el gasto público social por habitante es sólo el 78% del promedio de la UE-15 en España y el 82% en Cataluña.
La causa de este retraso es la misma que en Grecia, Portugal, Irlanda y ahora Italia: el gran dominio de las fuerzas conservadoras sobre sus Estados, que determina unos ingresos bajos al Estado, como consecuencia de unas políticas fiscales regresivas y un enorme fraude fiscal, realizado principalmente por los sectores más pudientes de la población.
Pero este retraso social va acompañado de la falta de resolución de otro problema grave: la no resolución del carácter plurinacional del Estado español. Y esta falta de resolución nos está llevando a la desintegración del Estado español, de la cual son responsables, y muy en primer lugar, las voces conservadoras jacobinas procedentes del nacionalismo español que en su incapacidad de entender que España tiene varias naciones, está estimulando el independentismo catalán. Negando el derecho de autodeterminación están estimulando el sentimiento de independencia.
No soy partidario de la independencia de Cataluña, pero entiendo el independentismo catalán. Defiendo, como siempre defendimos las izquierdas, no sólo catalanas sino también españolas, el derecho de autodeterminación que ahora se llama derecho de decisión.
Es importante, sin embargo, reconocer que estos sentimientos se están estimulando de una manera oportunista para ocultar el enorme déficit social y las políticas de austeridad que están dañando a las clases populares. Hay que ser crítico con las fuerzas conservadoras en España que están utilizando el nacionalismo españolista como manera de ocultar unas impopulares políticas de austeridad. La evidencia de que esto está pasando es abrumadora. Hay que ser crítico con esta realidad.
Pero hay que ser también crítico con las fuerzas catalanas conservadoras que también están utilizando este movimiento de protesta –que considero justo- para esconder unas políticas de claro corte neoliberal que están dañando al pueblo catalán. No es sólo el déficit fiscal, que existe y se tiene que eliminar, el responsable del retraso social. Es la fuerza y alianza de clases, que se traduce en la alianza política en las Cortes Españolas y hasta hace poco en el Parlamento de Cataluña, entre las derechas a los dos lados del Ebro, la que determina el enorme retraso social de Cataluña –y también de España-.
Y aquí sí que encuentro muy pocas voces críticas. En parte porque hay un gran control de los foros donde tales voces tienen dificultades para participar
Y es aquí donde querría acabar haciendo algunas observaciones sobre el proyecto académico y universitario. La universidad tiene que analizar la realidad que nos rodea, con el rigor que tiene que guiar todo proyecte científico. Pero el análisis de la realidad tiene que incluir la motivación de cambiar tal realidad. Tenemos que conocer la realidad para cambiarla. Es fundamental que la universidad se independice del poder financiero y económico que tiene tanta influencia a la vida política y mediática del país.
Por este motivo cuando volví a casa, al país mío y nuestro, me preocupó en gran manera que se estaba idealizando la academia norteamericana. Veo que los mismos colegas que en los años cincuenta y setenta gritaban “Yankees go hombre” ahora envían a sus hijos a los Estados Unidos. Me parece muy bien que los estudiantes catalanes y españoles viajen también a los Estados Unidos y aprendan de aquellos centros académicos. Ahora bien, me preocupa que muchos queden totalmente seducidos y vean la luz pero no las sombras de aquellas universidades, y muchos de ellos no vean la enorme y excesiva influencia que el mundo financiero y económico de aquel país tiene en la academia norteamericana. El enorme fracaso de la comunidad universitaria de economistas de los EEUU de no saber predecir la enorme crisis financiera es un indicador de ello. El conocimiento académico de la economía está en quiebra.
Repito que queda mucho para aprender. Y yo mismo –medio siglo de académico en aquel país- he apoyado y continúo apoyando el intercambio. Pero es fundamental que el proyecto académico catalán se base en una filosofía de servicio a las clases populares y no a las estructuras del poder, pues nuestro servicio tiene que ser precisamente dar a conocer la realidad que vive nuestro pueblo para indicar y mostrar las intervenciones encaminadas a mejorar su bienestar y calidad de vida.
Hace falta también redefinir patriotismo catalán y patriotismo español, porque este es un sentimiento muy vulnerable a ser manipulado. El más patriota es el que más hace para mejorar la calidad de vida de aquellos que viven y trabajan en Cataluña y/o en España, y muy en particular, las clases populares. Hay que protestar por la utilización de las banderas para finalidades clasistas anteponiendo la supuesta defensa de la patria al bienestar de la población. Y esta observación se aplica a los dos lados del Ebro.
Cómo también hay que evitar el otro extremo en el cual, en bases a un malentendido internacionalismo, la defensa de la nación catalana queda diluida en una homogeneización internacional que implica la pérdida de nuestra identidad. Hay que sentirse hermanado con otros pueblos y naciones, empezando, en nuestro caso, con aquellos a quienes el Noi del Sucre, el gran dirigente del movimiento obrero de Cataluña, definió como “naciones y pueblos de Iberia”. Respeto a aquellos que no se sienten cómodos con este sentimiento e incluso simpatizo con ellos porque yo tampoco me identifico con esta España oficial, y que es la España heredera de la dictadura y de la Transición inmodélica. Esta no es mi España. Pero no abandonaré la esperanza que otra España sea posible, y creo que está ya surgiendo de las calles de las poblaciones de aquel territorio en su protesta social que toma lugar cada día. Y no abandono tampoco la esperanza de que tengamos otra Cataluña donde la mayoría del pueblo catalán pueda elegir su futuro, con plena libertad y pluralidad ideológica de los medios, que hoy no existe en Cataluña, ni tampoco en España.
Espero que todos podamos continuar trabajando en este proyecto con el sentido crítico tan necesario en nuestro país. Así lo espero. Gracias por el honor.
Vicenç Navarro
Catedrático de Políticas Públicas
Universidad Pompeu Fabra

domingo, 21 de agosto de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Crítica de "El desguace de la tradición. En el taller de la narrativa del siglo XX"., de Javier Aparicio Maydeu

Javier Aparicio Maydeu

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
El arte de leer

RICARD RUIZ GARZÓN 09/07/2011

   Si una noche de invierno un viajero decidiera escuchar con atención el ruido de fondo y la furia y, cual Ulises en metamorfosis, optara bajo el pálido fuego del tiempo perdido por lanzarse en busca de la tradición que rehúyen los mil loros de Flaubert de la disecada crítica actual, podría encontrarse con cien años de soledad o con un desierto de tártaros, pero sólo tendría un modo de esquivar las olas del tedio que tanto temen los malos lectores de Virginia Woolf: apuntarse a la fecunda, metódica, felizmente excesiva broma infinita de la hermenéutica que el profesor, crítico y exagente Javier Aparicio Maydeu acaba de publicar en Cátedra con el título de El desguace de la tradición. En el taller de la narrativa del siglo XX. Un "curso sui géneris de narrativa contemporánea", según el autor, "práctico, comparatista, transversal" y "riguroso pero sin el megalómano deseo de resultar sistemático". Una obra a la vez canónica y heterodoxa, en fin, tan capaz de estudiar qué porcentaje de diálogo y descripción aumenta en Proust respecto de Balzac, o de desgranar los pros y contras de la aporía y la metaficción, como de alertar sobre las paradojas kafkianas gritando "achtung, achtung" o de proponer un ejercicio a partir del popular bodrio "era de noche y sin embargo llovía" con una variación joyceana consistente en alargar las íes del verbo -"llovííííííííííííííía"- para que los grafemas representen el aguacero. Es en esa combinación de calidad académica e ingenio conversador, esa demanda docente de arremangarse en el taller filológico para mejor gozar, donde Aparicio convence como ya lo hizo en su volumen anterior, Lecturas de ficción contemporánea. De Kafka a Ishiguro (2008). Si en aquél se centraba en qué leer y por qué, sin embargo, en éste analiza más bien cómo leer y cómo se han escrito y corregido las grandes obras del siglo, en especial las de Franz Kafka, James Joyce, William Faulkner, Marcel Proust, Virginia Woolf, Dino Buzzati, Vladímir Nabokov, Gabriel García Márquez, Don DeLillo, Italo Calvino, Julian Barnes y David Foster Wallace (y también, si cabe, de outsiders como Rubem Fonseca o Harry Mulisch). A un cubo de Rubik hiper-textual como éste, con sus mil páginas, sus decenas de reproducciones de cuadros y manuscritos y sus 556 notas al pie (algunas tan jugosas como la de los baños que Woolf pagó con sus ficciones, o las dedicadas a los lamentos de Miguel Delibes al editor Josep Vergés por las liquidaciones de sus obras), con sus 120 ilustrativos fragmentos de novela y sus 530 citas con destornilladores que recuerdan lo que cabe desguazar, no se le puede negar una ambición fuera de lo común. Tampoco, al seguir a Aparicio en el tráfico de influencias que tras las vanguardias permitió dinamitar el canon realista, y al descubrir junto a la reflexión sobre la cocina de los autores mil referencias multidisciplinares (Cage, Bad Religion, Fellini, Le Corbusier y un sinfín de pintores, de Kandinski a Miró), es posible regatearle a El desguace de la tradición su condición de propuesta divulgativa, igual de recomendable para estudiantes o aprendices de narrador que para buenos lectores en general (por mucho que sepan o crean saber). Basta añadir el divertido examen final, los latiguillos de "reconocimiento" à la Barthes -"leyendo un texto de A reencuentro a B en un detalle minúsculo"- o las recomendaciones tipo "lean a Joyce -¡eso sí, ni entero ni de un tirón, por Dios Santo!-", para concluir en fin que éste de Aparicio, por fortuna y más allá de algún abuso retórico, es uno de esos escasos, lúcidos, incisivos, estimulantes textos proteicos que enseñan por qué, del mismo modo que un escritor no es alguien que escribe, sino alguien que conoce el arte de escribir, un lector sólo puede ser tras el siglo XX alguien que domine el arte de leer; esto es, Umberto Eco dixit, "sin ingenuidad y con ironía". Y sin absurdos elitismos, al contrario: por 30 euros.

   El desguace de la tradición. En el taller de la narrativa del siglo XX
Javier Aparicio Maydeu
Cátedra. Madrid, 2011. 1.016 páginas. 31,50 euros

martes, 5 de abril de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "Del amor como artefacto (¿averiado?), por Manuel Cruz. Con extensa bibliografía ensayística sobre el amor

Manuel Cruz

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Del amor como artefacto (¿averiado?)

MANUEL CRUZ 02/04/2011

   No solo la ficción se ocupa ampliamente de los sentimientos amorosos. En los últimos tiempos pensadores de diversas disciplinas ponen el sentido y la naturaleza de las relaciones de pareja sobre la mesa de operaciones. Cuando han caducado los modelos clásicos, ¿qué nos queda?

   Durante bastante tiempo, el recurso a lo amoroso funcionó como un artefacto ideológico perfectamente engrasado. Por un lado, estaba claro que el amor ofrece al individuo la posibilidad de una experiencia extraordinaria, de una intensidad inusitada. Merced a la pasión amorosa, los enamorados siempre han creído acceder a dimensiones desconocidas de sí mismos, conocer estratos de su ser que permanecían ocultos a su propia mirada, y de tales descubrimientos han extraído la fuerza para enfrentarse a la realidad con una energía y un valor impensables en circunstancias normales. Quien ama, diría un castizo, está dispuesto a ponerse el mundo por montera, a hacer saltar por los aires cualquier convención, norma o costumbre, por más arraigada en la tradición o en los usos establecidos que pudiera encontrarse.
   Pero, por otro, ese caudal en apariencia irrefrenable de vida acababa, invariablemente y casi sin excepciones, discurriendo por un cauce institucional inequívoco. En su exageración tópica, el "fueron felices y comieron perdices" señalaba, con escaso disimulo, el signo de la operación ideológica: hacer creer a los individuos que eran irrestrictamente libres (en algunos casos, incluso rabiosos impugnadores del orden existente) para mejor terminar sometiéndolos a los designios preestablecidos. No hay duda de la eficacia de la operación: con un candor digno de mejor causa, a lo largo de la historia los enamorados han insistido en la idea de que esa experiencia -casi tan vieja como la misma humanidad- con ellos adquiría una dimensión nueva, insólita, y que donde durante tanto tiempo hubo instrumentalización para el dominio y el control, ahora -siempre con ellos, tan candorosamente fundacionales, tan ingenuamente inaugurales- habría oportunidad para edificar, de nueva planta, una realidad radicalmente otra. Cumplían de este modo, sin saberlo, el diagnóstico que Spinoza dejó escrito en su Ética: "Los hombres se equivocan al creerse libres, opinión que obedece al solo hecho de que son conscientes de sus acciones e ignorantes de las causas que las determinan".
   La cosa funcionaba sin mayores problemas mientras una robusta estructura social e institucional proporcionaba una eficaz cobertura a la operación. Sin duda, había dentro del matrimonio mucha menos felicidad de la que se le había hecho creer a la gente pero, como contrapartida, fuera de él sólo quedaban soledad y tristeza (hacerse mayor sin haber conseguido tener una pareja era casi el paradigma del fracaso personal). De hecho, tan bien funcionaba el dispositivo que incluso se podían permitir retoques al mismo para ir adecuando su funcionamiento a las nuevas circunstancias. Se recordará que, frente a quienes, desde posiciones conservadoras miopes, consideraban el divorcio como el principio del fin de la institución matrimonial, Bertrand Russell ya observaba que nadie cree más en el matrimonio que el que se divorcia, precisamente porque lo que acredita con su actitud es que confía tanto en la institución que está dispuesto a contraer matrimonio de nuevo las veces que haga falta y piensa más bien que hasta el momento quien ha fallado ha sido él, equivocándose en la elección de pareja.
   Pero hete aquí que la posmodernidad -y la sociedad de consumo, de la que constituye su reverso en la esfera de lo imaginario- ha venido a hacer saltar por los aires este esquema. Las formas institucionales heredadas, incluso las ya flexibilizadas, pasaron a ser a partir de un determinado momento un obstáculo para el flujo de unas presuntas existencias líquidas que debían acomodarse sin resistencia a las permanentes mutaciones de lo real, adoptando sus cambiantes formas. Las relaciones amorosas viraron hacia una creciente volatilidad y, a título de significativo ejemplo, la expresión el amor de mi vida dejó paso -tal vez como anticipo de su definitiva desaparición- a la expresión el amor de este momento de mi vida, momento, por cierto, cada vez más fugaz.
   También algunos de los daños colaterales que semejante mudanza ha ido causando en los individuos podemos reconocerlos sin dificultad sobre la superficie de su lenguaje. Cualquiera puede constatar que continúan siendo de buen tono afirmaciones del tipo de "bueno, es que en el fondo yo soy un poco romántico" (donde "romántico" también se puede sustituir por "cursi", si se prefiere). Tales afirmaciones conservan un cierto aire de familia con aquellas otras del estilo de "yo es que para estas cosas -no hace falta especificar cuáles, que ya sé en lo que andan ustedes pensando- soy muy clásico". Todas ellas dan a entender, buscando la inequívoca complicidad del interlocutor, que, aunque con toda probabilidad el modelo anterior (romántico, cursi o clásico) haya entrado en irreversible crisis, no hemos sido capaces de dar con alternativa alguna suficientemente satisfactoria, y lamentamos más las dificultades para materializarlo que el modelo en sí mismo -en buena medida perdido a nuestro pesar-. Con otras palabras, da la sensación de que, en el fondo, lo que muchas personas todavía piensan podría formularse así: "No me puedo creer, por irreal, sueños como el de la media naranja, pero, si verdaderamente existiera, ¡por supuesto que lo continuaría prefiriendo por encima de cualquier otra alternativa!".
   Qué lejos queda el diagnóstico habermasiano de hace pocas décadas, según el cual las utopías habían emigrado del mundo del trabajo al mundo de la vida. Piadosos deseos, vemos ahora, que se han revelado completamente ilusorios. Lo que realmente se ha producido es, recurriendo al título de la famosa novela de Michel Houellebecq, una ampliación del campo de batalla. El capitalismo actual involucra la vida entera y su máxima de consumo lo es también para emociones y sentimientos, que han pasado a ser una mercancía más y, por tanto, susceptible de obsolescencia y caducidad (amén de banalidad), igual que las relaciones personales han devenido ocasión para la transacción y el dominio.
   No son, pues, los actuales los mejores tiempos para la experiencia amorosa, pero acaso sea ésta el último lugar que nos queda para cobijarnos, cuando la dureza del mundo exterior parece estar llegando a su paroxismo. O si prefieren otra formulación de la misma cruel paradoja: estamos a punto de quedarnos sin amor precisamente cuando más lo necesitábamos. Y nos lo van a arrebatar con el mismo argumento con el que nos lo arrebatan todo: en nombre de la libertad. Como ocurre en otras esferas de la existencia humana -especialmente en la económica, como la presente crisis está mostrando con lacerante evidencia-, cuando el orden capitalista nos promete libertad, adonde realmente nos está arrojando es al más absoluto desamparo.
   Sé que es hablar desde la última trinchera, pero desconfíen de todas esas propuestas que, revestidas con los ropajes de la autoayuda, se obstinan en introducir lenguajes y categorías de resonancias clínicas para tratar la experiencia amorosa. Apuntan con ello, inequívocamente, a la liquidación definitiva de lo que para el nuevo orden parece haberse convertido en un engorroso, por disfuncional, asunto (el amor, claro). Recelen de quienes, siempre por su bien, intentan convencerles de que deben combatir la dependencia afectiva, como si fuera pensable un amor que no la incluyera. El día en que consiguieran ustedes derrotarla por completo disfrutarían de una perfecta libertad sin riesgo, experimentarían la misma serena ataraxia que un anestesiado, habrían alcanzado el impecable equilibrio del que no conoce el dolor por la ausencia del ser amado ni la felicidad sin límite ante su mera presencia. Llegados a este punto, no se me ocurre mejor argumento que una pregunta: ¿les interesa semejante plan?

Los ensayos del amor

Algunos títulos recientes

Elogio del amor. Alain Badiou. La Esfera de los Libros. Madrid, 2010. 128 páginas. 16 euros.

Hacia el amor verdadero. Liberarse de la dependencia afectiva. Marie Lise Labonté. Luciérnaga. Barcelona, 2010. 285 páginas. 21 euros.

Great Philosophers Who Failed at Love. Andrew Shaffer. Harper Collins. Nueva York, 2011. 208 páginas.

La paradoja del amor. Pascal Bruckner. Tusquets. Barcelona, 2011. 264 páginas. 18 euros.

La révolution de l'amour. Luc Ferry. Plon. París, 2010. 476 páginas.

Sócrates. Sólo sé de amor. R. O. Moscone. Biblioteca Nueva. Madrid, 2010. 515 páginas. 25 euros.

Textos de y sobre clásicos (ordenados históricamente)

Banquete, en Diálogos III. Platón. Gredos. Madrid, 2003.

Fedro. Platón. En Ibidem.

Sociedad, amor y poesía en la Grecia antigua. Francisco Rodríguez Adrados. Alianza Editorial. Madrid, 1995.

El concepto de amor en San Agustín. Hannah Arendt. Encuentro. Madrid, 2009.

La vida del espíritu. Hannah Arendt. Paidós. Barcelona, 2002.

San Pablo. La fundación del universalismo. Alain Badiou. Anthropos. Rubí (Barcelona), 1999.

Ordo amoris. Remo Bodei. Ddooss. Valladolid, 1998.

Cartas de Abelardo y Eloísa. Alianza Editorial. Madrid, 1993.

El amor en la Edad Media y otros ensayos. Georges Duby. Alianza Editorial. Madrid, 1990.

Geometría de las pasiones. Remo Bodei. Muchnik. Barcelona, 1995.

La voluntad de poder como amor. Manuel Barrios. Arena Libros. Madrid, 2006.

Otros títulos de interés

Fragmentos de un discurso amoroso. Roland Barthes. Siglo XXI de España Editores. 10ª edición. Madrid, 1993.

El normal caos del amor: las nuevas formas de la relación amorosa. Ulrich Beck y Elisabeth Beck-Gernsheim. Paidós. Barcelona, 2001.

La reinvención de la familia. En busca de nuevas formas de convivencia. Elisabeth Beck-Gernsheim. Paidós. Barcelona, 2003.

La sabiduría del amor. Alain Finkielkraut. Gedisa. 3ª edición. Barcelona, 1999.

Las razones del amor. Harry Frankfurt. Paidós-Ibérica. Barcelona, 2004.

Necesidad, volición y amor. Harry Frankfurt. Katz Editores. Buenos Aires, 2007.

El consumo de la utopía romántica. El amor y las contradicciones culturales del capitalismo. Eva Illouz. Katz Editores. Buenos Aires, 2009.

La salvación del alma moderna. Terapia, emociones y la cultura de la autoayuda. Eva Illouz. Katz Editores. Buenos Aires, 2010.

El amor como pasión. Niklas Luhmann. Península. Barcelona, 2008.

El fenómeno erótico. Jean-Luc Marion. Ediciones Literales. Buenos Aires, 2005.

El amor y Occidente. Denis de Rougemont. Kairós. Barcelona, 1978.

La naturaleza del amor. Irving Singer. Volumen 3. Siglo XXI. 3ª edición. México, 1999.

Tratado de la pasión. Eugenio Trías. Edición actualizada. Random House Mondadori. Barcelona, 2006.

   Manuel Cruz obtuvo el 'Premio Espasa de Ensayo' 2010 por su libro Amo, luego existo. Los filósofos y el amor (Espasa. Madrid, 2010. 250 páginas. 19,90 euros).

viernes, 4 de febrero de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "Pensar hoy", por Emilio Lledó

Emilio Lledó

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Pensar hoy

EMILIO LLEDÓ 22/01/2011

   El complejo mundo en el que vivimos nos exige, cada vez más, responder a una pregunta: ¿qué debo hacer? No basta con acumular conocimientos, ni siquiera con interpretarlos. Hay que pensar.

   Por lo que me dicen, a principios del nuevo siglo, hay que pensar en él; en lo que nos traerá, en lo que nos quitará. Al intentar una respuesta a tan interesante pretensión, surge una primera dificultad. ¿Pensar lo que va a ser una época que se presenta, según se predica, como sociedad tecnológica, sociedad de la información, y otros retumbantes pronósticos? La respuesta podría dejarse a los profetas, augureros, pitonisos, magos, oscurividentes, clérigos o hechiceros de distintas sectas, que vaticinan sin cesar sobre nuestro futuro y hasta nos acosan con sus vaticinios. Pero, a lo mejor, eso no es pensar aunque tales personajes utilizan el lenguaje -el instrumento esencial de la comunicación humana- para crear formas de comunidad, identificaciones y diferencias, casi siempre con muy concretas y nada mágicas intenciones.
   Habría que saber primero lo que significa ese verbo "pensar", esa palabra. No es un sustantivo: algo hasta cierto punto firme, estable, duradero, como la mesa, la silla o incluso manejable como la pluma con la que escribo; o como mi amigo, o esa pareja que pasea ante mi balcón. Hay, sin embargo, una diferencia entre la pluma, la mesa y, sobre todo, mi amigo, o esa pareja que pasa ante mi balcón. La diferencia, así a primera vista, es que esos seres, esas personas, son también "sustantivos", seres reales, que caminan, que respiran y sobre todo -por eso son personas- que tienen dentro de sí algo más etéreo, más inasible, que fluye por las neuronas y que sustantivamos llamándole pensamiento, aunque no lo veamos, aunque no lo podamos tomar en nuestras manos, ni siquiera cuando lo expresamos ni, casi, cuando lo escribimos.
   Un objeto delicado, misterioso, porque está lleno de grumos mentales, de opiniones que se van formando y que, muchas veces, no podemos controlar, ni siquiera saber cómo han venido, por qué las tenemos. Desconocemos incluso si son verdaderamente nuestras o nos las han puesto en el cerebro, nos las han impuesto para cultivar nuestra ignorancia; para degenerarnos, desquiciarnos, hacernos agresivos e irracionales.
   Un objeto delicado y por ello peligroso. Está expuesto a mil ataques en los que podemos perder lo que somos y el sentido de dónde estamos. Pero, al mismo tiempo, ese incesante fluir de nuestras ideas, del producto de esa luz interior que nos hace conscientes y dice quiénes somos, qué clase de ser somos, es lo más importante, lo más intenso, lo más hermoso de la vida humana.
   Pensar, dicen los expertos, es establecer relaciones lógicas, racionales, entre cosas, sucesos, intuiciones, y hacer que esas relaciones tengan coherencia y sentido. Pero pensar debe ser también algo más sencillo, incluso más primitivo, más inmediato: tener proyectos, deseos, opiniones, afectos, sensibilidad, pasiones.
   En la vida social, el pensamiento resultado de esas iluminaciones -porque pensar es dar luz, alumbrar-, de esas proyecciones y apetencias del sujeto, convierte a los seres humanos en reflejos conscientes, donde aparece un territorio mucho más amplio que el que comprende esa coherencia que llamamos "lógica".
   Pensar debe ser también una forma mental que analiza lo que ven nuestros ojos, lo que oímos, lo que experimentamos en el curso, en el "discurrir", de cada vida. Creo que en todos los tiempos el proceso del pensamiento fue siempre el mismo. Porque como dijo el filósofo en la primera línea de un libro ya famoso: "Todos los hombres tienden por naturaleza a ver, a entender, a idear". Pensar el siglo XXI es en el fondo, como proceso de conocimiento, lo mismo que en el siglo XVIII, o en el XII, y no digamos en el siglo V antes de nuestra era, cuando uno de aquellos geniales personajes que inventaron la racionalidad, la justicia, la felicidad, dijo que no le importaba tanto saber lo que era el bien, la ética, sino que fuéramos buenos, decentes; que supiéramos elegir entre el bien y el mal, entre el necesario pero tantas veces miserable bien personal y el bien de la comunidad a la que pertenecemos, que es el mundo entero, la vida entera. Inventaron, se miraron en el espejo de esas palabras porque supusieron decirlas y porque su mente, a pesar de posibles contradicciones, era libre y luchaba por esa libertad.
   Pero, por supuesto, hay que pensar el nuevo siglo. Y pensar, como digo, fue siempre ejercer esa posibilidad de interpretar y, sobre todo, de poder y querer entender. Otro texto famoso de la filosofía, en un libro que hablaba de antropología, de lo que son o deben ser los seres humanos, se preguntaba: "¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me cabe esperar?". Las preguntas tan próximas, tan elementales, señalaban el amplio horizonte de toda la historia, y es en esa historia entera donde siempre, bajo múltiples formas, han resonado. Preguntas de toda la vida y que el tiempo no desgasta jamás.
   Pero es verdad que, como cantaba la vieja zarzuela, "hoy los tiempos adelantan que es una barbaridad". Adelantan o atrasan. Porque como también se ha comentado, muchas veces, "nunca como hoy han tenido los seres humanos tantas posibilidades de información, de comunicación y, paradójicamente, nunca han estado tan silenciosos, tan inermes, tan deteriorados". Es cierto que la ignorancia y el oscurantismo han dominado la existencia humana y su organización social. Pero la inteligencia deformada, degenerada es aún peor que la barbarie.
   Ese silencio personal se debe, sobre todo, a que no aprendemos a pensar, a que esa afirmación tan certera de que "el hombre es lo que la educación hace de él" se realiza a duras penas. Los fomentadores de la ignorancia, los fanáticos de tantas falsedades, no quieren la libertad de la mente, la libertad de aquellos a quienes, de sutiles maneras, subyugan y explotan porque les roban el único, verdadero, tesoro del pensamiento, de la "libertad de conciencia". La liberación y autonomía de la mente, de la capacidad de interpretar y entender, pone en peligro los intereses de las implacables oligarquías que los engendran.
   La oposición entre los poderosos y los inermes, los "pudientes" y los que casi nada pueden, los farsantes y los inocentes, ha recorrido la historia de la humanidad. Pero hoy, precisamente, por el imperio de esas nuevas divinidades que llaman "mercados", y con todas las excepciones que queramos, de sus indecentes mercachifles domina, como la "cólera de las imbéciles", el mundo. La forma más indigna de dominio es la corrupción de la inteligencia, de la capacidad de discernir, de amar, de "contemplar el cielo estrellado fuera de mí, y la ley moral dentro de mí". Y la corrupción de los "poderosos" fomenta la degeneración de sus lacayunos vasallos e incluso, en el colmo de su estulticia, la imitación. Sorprende que corruptos reconocidos, incluso condenados, sean votados, elegidos, por entontecidos ciudadanos -¿corrompidos también por su propia avaricia?
   A lo largo de la historia siempre hubo semejantes deformaciones, pero en los comienzos del nuevo siglo mereceríamos que no fueran ya posibles las monstruosidades que nos trasmiten los medios de información y que parecen increíbles. Pero las sabemos y eso ya es importante, aunque nos las disuelvan en papillas ideológicas. Es, efectivamente, arriesgado estar en el mundo. "Es difícil ser bueno en un mundo malo", decía la portada de una revista alemana no hace muchos años. Es verdad que la vida como tensión y camino, la "lucha por la vida", parece caracterizar a los seres humanos. Pero todo ello, en nuestro convulso y cruel territorio, en la dura historia que día a día vivimos, produce un lamentable e indeseable fenómeno social: estamos tan asfixiados por la "sociedad de la información" -¿del conocimiento?- que acabamos por acostumbrarnos e insensibilizarnos.
   Pensar es además, en la incomparable complejidad de nuestro mundo, algo tan necesario o más que en otros tiempos. Pero en el nuestro, en el que a pesar de todo se han hecho indudables progresos -la ciencia, la lucha por los derechos humanos, la liberación de tantos fantasmas y discriminaciones, etcétera-, no basta ya con saberlos, con interpretarlos. Hay que plantearse la segunda pregunta kantiana: "¿Qué debo hacer?".
   Este es el reto que el pensar nos lanza. Un pensar que tiene que ser alumbrado por todos esos ideales de "filantropía" que la mejor tradición cultural nos ha entregado. Ideales que hay que discernir, que limpiar, de las pegajosas desinformaciones que podemos padecer precisamente por la "sociedad de la información". El pensar hoy, entre esos ideales, tiene una exigencia ineludible: la educación. Pero esa exigencia nos traslada al "hacer" al que se refería el interrogante kantiano. Sólo el "hacer del pensar"; la creación de instituciones que fomenten la libertad de la mente será el quehacer esencial de nuestro tiempo. Una empresa política que, por cierto, se funda en otro "hacer": el de la inteligencia y honradez de quienes nos gobiernen. Honradez y decencia que necesita de la nuestra al elegirlos.

   Emilio Lledó (Sevilla, 1927) es autor, entre otros libros, de El marco de la belleza y el desierto de la arquitectura (Biblioteca Nueva), Ser quien eres. Ensayos para una educación democrática (Universidad de Zaragoza) y Filosofía y lenguaje (Crítica).

sábado, 22 de enero de 2011

PRENSA. 22 enero 2011

   En "El País":

1. Mala Cara. Columna de Manuel Rivas.

2. Francia sigue sin perdonar a Céline. Reportaje de Ana Teruel. El "virulento antisemitismo" del autor de 'Viaje al fin de la noche' frena la celebración de los 50 años de su muerte.

3. El retorno de la gran teoría. Reportaje de Javier Rodríguez Marcos. Tomás Pollán, un mito del pensamiento español actual, imparte un seminario sobre el fin de la excepción humana.

4. Ortografía. Artículo de Agustín García-Calvo, catedrático emérito de Filología Clásica de la Universidad Complutense de Madrid.

5. La titánica coartada de Borís Pasternak. Artículo de José María Ridao. La versión cinematográfica de 'Doctor Zhivago' ha enterrado a la novela que le sirvió de inspiración. Es una obra maestra que no solo cuenta una historia de amor sino que denuncia la opresión en la Unión Soviética.

6. Brindis con fondo de jazz. Por Francisco G. Basterroa. Sobre China y EE.UU.

sábado, 27 de noviembre de 2010

PRENSA. "La sociedad de los intérpretes", de Daniel Innerarity

Daniel Innerarity
En "El País":
La sociedad de los intérpretes

DANIEL INNERARITY 16/11/2010

Nos hemos acostumbrado a entender el mundo como algo inmediato, disponible y de fácil acceso. El discurso habitual acerca de la sociedad del conocimiento y de la información entiende la sociedad en términos de circulación de bienes y datos, cuya apropiación no es problemática. La ideología dominante es la transparencia comunicativa y reproductiva, como si para la lectura correcta de los datos bastara un código correspondiente. Este modo de pensar tiende a menospreciar el momento de interpretación que hay en todo conocimiento, favorece los saberes científicos y fácilmente traducibles en aparatos tecnológicos, la rentabilidad económica inmediata, mientras que infravalora otro tipo de conocimientos como los artísticos, intuitivos, prácticos o relacionales. Conviene examinar este asunto porque no nos jugamos aquí tan solo el porvenir de las humanidades, sino el destino de nuestras comunidades políticas.
Este desencuentro entre las ciencias y las letras -por decirlo con una contraposición antigua pero que todos entendemos- se podría traducir en la oposición de la ciencia económica de los datos y el arte político de la interpretación. Contra la reducción de la comunicación a mera elaboración de información, contra una revolución digital entendida como mera inversión en tecnología o la sociedad de la información como una sociedad de las máquinas, el acento puesto en la interpretación subraya el elemento activo y complejo de todo conocimiento. Este es el verdadero desafío de nuestro tiempo: interpretar para obtener experiencias a partir de los datos y sentido a partir de los discursos. Y es aquí donde las ciencias humanas y sociales se hacen valer como especialistas de sentido, como saberes que producen y evalúan significación.
Hay un lugar común que pone todas las expectativas de progreso colectivo en el desarrollo de un conocimiento entendido a partir del modelo de la exactitud científica y la practicidad tecnológica. Pero lo cierto es que la mayor parte de nuestros actuales debates no giran en torno a datos e informaciones sino sobre su sentido y pertinencia, es decir, acerca de cómo debemos interpretarlos, sobre lo que es deseable, justo, legítimo o conveniente.
Jugando a profetizar, Ray Kurz-weil aseguraba que en 2048 nuestro buzón recibirá un millón de mails cada día, pero un asistente virtual los gestionará sin que tengamos que preocuparnos. Sería incluso posible que unos nanorreceptores-transmisores conectaran directamente nuestras sinapsis con unas supermáquinas que nos harían capaces de pensar un millón de veces más rápido. El problema es qué querrá decir "pensar" en tales condiciones. Contra la reducción de la inteligencia a una lectura de datos o a la aceptación de formas predefinidas, es necesario subrayar que el saber requiere libre acceso a la información, pero también capacidad de eliminar el "ruido" de lo insignificante. Más que almacenar, lo decisivo es interpretar la información. El problema no es la disponibilidad, sino la valoración de la información (su grado de fiabilidad, pertinencia, significación, el uso que de ella puede hacerse).
El conocimiento que se atiene a lo concreto más que a lo general tiene una fuerte dimensión intuitiva. Desde el imperialismo de las ciencias de la universalidad, la intuición interpretativa ha sido presentada como una forma menor de conocimiento, cuando no algo completamente irracional. Pero la experiencia nos muestra que no es sensato prescindir de estos modos de conocimiento, especialmente en contextos de gran complejidad. Si pensamos en casos como la crisis provocada en buena medida por la matematización de la economía o en los desequilibrios ecológicos que implican ciertas tecnologías, lo que tenemos es un cuadro muy contrario: las pretensiones de exactitud han dado lugar a decisiones irracionales y solo las culturas de interpretación (esos entornos críticos en los que se interroga por la inserción social de las tecnologías, se discuten sus aplicaciones sociales, se hacen valer criterios éticos y políticos) han conseguido corregir su inexactitud social. La intuición interpretativa que practican las humanidades tiene un enorme valor epistemológico, heurístico y prudencial en espacios de gran incertidumbre (como son los de las sociedades contemporáneas).
Cuando las certezas son escasas, hacerse una idea general es más importante que la acumulación de datos o el examen pormenorizado de un sector de la realidad. Las interpretaciones generalistas orientan mejor que el saber especializado. Esta es la razón por la cual lo más demandado es adivinar el futuro. Las preguntas más inquietantes que nos planteamos tienen que ver con el posible devenir de las cosas (¿cuándo saldremos de la crisis?, ¿cómo va a evolucionar el terrorismo?, ¿de qué manera se comportarán los electores?). El saber de mayor utilidad no es el que se refiere a una utilidad inmediata o sectorial, sino el que permite hacernos una idea general de lo que va a suceder y gracias a lo cual podemos poner en marcha operaciones tan importantes como anticipar, prevenir, favorecer o asegurar.
La interpretación tiene además un especial valor en contextos dominados por la rapidez y el automatismo. Vivimos en unas sociedades en las que los flujos comunicativos nos atraviesan permanentemente. Pues bien, esa sociedad de flujos requiere filtros para evitar ser arrollado por la información sin sentido o el cliché banal. La verdadera soberanía epistemológica consiste en interrumpir, no reaccionar mecánicamente, no responder rápidamente al mail, resistir contra la aceleración, escapar del esquema estímulo-respuesta, no contribuir ni al pánico ni a la euforia, establecer una distancia, una dilación, posponer la respuesta y posibilitar incluso algo nuevo e imprevisible. La inteligencia y la libertad subjetivas necesitan constituirse, especialmente hoy, como centro de indeterminación e imprevisibilidad.
¿Tiene todo esto algún valor político especial? ¿Cómo se traduce políticamente la cultura de la interpretación? ¿En qué sentido puede afirmarse, como lo hace Martha Nussbaum, que la democracia necesita de las humanidades? Podemos entender esa aportación precisamente a partir del valor político de la interpretación. Nuestro destino colectivo está íntimamente ligado a la capacidad de interpretar nuestros hábitos cotidianos y nuestras necesidades, depende más del acierto a la hora de interpretar qué es una vida propiamente humana que de manejar los datos observables.
Si concebimos nuestras sociedades democráticas como sociedades que se interpretan a sí mismas, entonces tenemos mayores posibilidades de escapar del paradigma dominante que entiende la sociedad del conocimiento como el encuentro vertical entre los expertos y las masas. Puede entenderse la democracia como aquel sistema político que parte del presupuesto de que todos somos intérpretes. La sociedad es la puesta en común, frágil y conflictiva, de nuestras interpretaciones, algo más democratizador que la sumisión a unos datos supuestamente objetivos.
Contra el automatismo de los lectores, la idea de una sociedad de los intérpretes es más discontinua, compleja y conflictiva. A una sociedad así entendida no le corresponde una política entendida a partir del modelo de la mera gestión. Una política de la interpretación supone siempre abandonar los lugares comunes, reconsiderar nuestras prioridades, describir las cosas de otra manera, formular otras preguntas... Frente a esta indeterminación democrática, todos los sedicentes realistas han apelado siempre a los datos para impedir la exploración de las posibilidades. Pero sabemos que esto no es sino una forma sutil de poder que consiste en insistir en los datos sin cuestionar las prácticas hegemónicas a partir de las cuales se obtienen precisamente esos datos y no otros. Esa dimensión crítica de la interpretación la hemos aprendido en el cultivo de eso que llamamos humanidades, que son, por cierto, la mejor educación para la ciudadanía.

Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía, investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco y director del Instituto de Gobernanza Democrática.