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martes, 9 de febrero de 2016

HISTORIA. "El lado oscuro del pasado". Santos Juliá

   En "El País":

El lado oscuro del pasado

La Europa de la posguerra se construyó sobre una memoria selectiva que silenció capítulos vergonzantes. Una generación de historiadores se ha enfrentado a la verdad


Memorial del Holocausto en París. / NUR PHOTO

Fue Walter Benjamin quien, en El narrador, llamó la atención sobre el hecho de que al término de la Gran Guerra había comenzado un proceso que cuando él escribía (1936) aún no se había detenido: que la gente volvía enmudecida del campo de batalla; que en lugar de retornar más ricos en experiencias comunicables, volvían empobrecidos. Y fue Primo Levi en el apéndice a Si esto es un hombre quien, cuarenta años después (1976), escribió que en los tiempos de posguerra la gente no tenía muchas ganas de regresar con la memoria a los dolorosos años que acababan de pasar.
Testigos cuya capacidad de recordar había quedado interrumpida o que funcionaba como compensación arbitraria, escribirá W. G. Sebald al romper con su gran alegato Sobre la historia natural de la destrucción el tabú que había impedido hablar a los alemanes —mientras los ingleses levantaban las cejas o celebraban el resultado— de las tormentas de fuego provocadas por los bombardeos de la Royal Air Force en cumplimiento de un plan fríamente calculado por estrategas británicos, con Winston Churchill entre sus primeros inspiradores. Si quienes regresaban del Lager, para sentirse vivos, no podían recordar, quienes se habían salvado de los grandes incendios de ciudades devastadas vagaban entre escombros y cenizas, en Alemania o en Japón, con la memoria perdida.

Shlomo Sand reprochaba a Claude Lanzmann que hubiera rechazado incluir en 'Shoah' la imagen de algún convoy saliendo de París
Sobre esta memoria suspendida o definitivamente arrasada se construyó la nueva Europa. Tal vez no haya podido ocurrir de otra manera; tal vez fue necesario que los franceses tardaran tres décadas en superar el síndrome de Vichy y enfrentarse al hecho de que no toda Francia corrió a engrosar las filas de la Resistencia, que sus intelectuales continuaron la fiesta sin percatarse de que eran alemanes uniformados quienes paseaban por Saint Germain y se sentaban en el café de Flore, o que eran niños judíos los que, de la noche a la mañana, desaparecían de sus aulas. Tal vez los alemanes, para recuperar las energías necesarias a la obra de reconstrucción de sus ciudades devastadas, no tuvieran otra alternativa que evadir la culpa afirmando, como le decía un antiguo discípulo, por lo demás auténticamente honesto, a un asombrado Theodor Adorno, que ellos, los alemanes, nunca se habían tomado en serio el antisemitismo.
Aquel silencio sobre el pasado que cayó sobre Europa no afectó únicamente a la supresión de lo que habiendo ocurrido, se silenciaba, sino también a lo que, aún sin haber sucedido, se añadía para encontrar en la memoria cuidadosamente elaborada un sentido al presente. Pues fue esta supresión de buena parte de lo ocurrido, su olvido consciente o su involuntaria amnesia, colmada luego con memorias ritualizadas, o con la construcción de identidades colectivas a salvo de toda mancha, lo que ha llenado las narraciones de testigos o de supuestos testigos y de quienes, basándose solo en recuerdos personales, transformaron el pasado en una representación mitológica, como Shlomo Sand reprochaba a Claude Lanzmann cuando este rechazó la posibilidad de incluir en su Shoah—una película de nueve horas de duración repleta de trenes— la imagen de algún convoy saliendo de París con su cargamento de judíos a bordo. Es el silencio de los memorialistas de oficio, que en la lápida de un barrio judío de París escribieron que de aquel lugar varios miles de niños franceses fueron llevados a los campos de Polonia para no volver jamás, olvidando que aquellos niños eran judíos y que fueron deportados no por ser franceses sino por ser judíos, como tuvo que recordarnos Gerda Larner.

W. G. Sebald rompió con el tabú que había impedido hablar a los alemanes de las tormentas de fuego provocadas por la Royal Air Force
Europa como continente oscuro o continente salvaje, Europa como tierra de sangre, campos de exterminio, ciudades destruidas en tormentas de fuego, poblaciones deportadas o desplazadas en la seguridad de que su destino era la muerte, millones de hombres, mujeres y niños sacrificados: ante crímenes de esta naturaleza, los historiadores de la generación que en las dos últimas décadas ha llegado a una fecunda madurez, no presumen de ser testigos, ni memorialistas, ni jueces, solo narradores documentados de lo ocurrido, sin dejar nunca de hurgar más allá de los recuerdos recibidos, sin convocar a duelo, sin destinar su trabajo a la construcción de una identidad, cualquiera que sea.
Han sido, en efecto, estos historiadores (Judt, Rousso, Snyder, Lowe, Friedrich, Mazower, Goldhagen, Riding…) los que, al quebrantar con su incansable indagación los tabúes que la memoria, tanto como el olvido, tienden sobre las hecatombes del pasado, han enfocado sus cámaras sobre el lado oscuro de los hechos para que nada de ese pasado se pierda, para que de todo quede registro, para que todo algún día se recuerde.
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    martes, 19 de enero de 2016

    CINE. ARTE E HISTORIA. Sobre la película "El hijo de Saúl": 'Historia de una polémica"

       En "El País":

    Historia de una polémica

    Saludada con respeto por la crítica y las autoridades morales en Francia, la película 'El hijo de Saúl' parece demostrar que el largo debate sobre Arte y Holocausto ha sido superado.


    Fotograma de la película 'La imagen perdida', que recurre a muñecos animados para contar el genocidio de Camboya.

    La representación de lo que Adolf Eichmann llamó "la solución final a la cuestión judía" ha sido uno de los mayores desafíos para los artistas de las últimas siete décadas. En especial, en el contexto de la imagen. ¿Qué puede hacer el cine, en un marco documental o de ficción, para reproducir un fenómeno que no se puede filmar, del que no existen imágenes de archivo ni testimonios legítimos —solo lo hubieran sido, como dijo Primo Levi, los de "quienes no volvieron para contarlo"— y cuya reconstrucción es percibida por muchos como moralmente abusiva? Al enfrentarse a este problema, el debutante László Nemes ha encontrado una solución estimulante y novedosa con El hijo de Saúl, que llega este viernes a la cartelera española, tras ser premiada en Cannes y en plena carrera por el Oscar a la mejor película extranjera.
    Con su célebre aforismo sobre la inutilidad de la poesía después de Auschwitz, el filósofo alemán Theodor Adorno ya sentó en 1951 las bases de la conflictiva relación que las diferentes disciplinas artísticas iban a mantener con la Shoah durante la segunda mitad del siglo pasado. El estreno de El hijo de Saúl ha resucitado esta eterna polémica, menos fogosa que en otros tiempos pero no completamente extinguida. ¿Es preferible apostar por el ascetismo visual prescindiendo de toda reconstitución o forzar la visibilidad de la tragedia a toda costa? En Francia, el debate ha sido recurrente desde los años cincuenta. El cineasta Jacques Rivette, cuando era crítico de Cahiers du Cinéma, denunció la escena del suicidio del personaje de Emmanuelle Riva, presa en un campo de concentración, en la película Kapò (1959), de Gillo Pontecorvo. En concreto, el travelling estilizado que muestra el cadáver en la verja electrificada le pareció "abyecto". Más recientemente, el documental , del director Joshua Oppenheimer, que trataba sobre la matanza de medio millón de ciudadanos de etnias chinas en Indonesia entre 1965 y 1966, también fue recibido con división de opiniones por parte de la crítica. El debate se encadenó con el estreno de La imagen perdida (2013), donde el cineasta camboyano Rithy Panh reproducía el genocidio de los jemeres rojos con muñecos de plastilina.

    Trailer de la película Kapó (1959), de Gillo Pontecorvo.
    A diferencia de muchos de sus predecesores, Nemes ha encontrado una estrategia distinta para representar lo irrepresentable. En El hijo de Saúl, la cámara deja el terror en un borroso segundo plano o fuera del campo visual, evitando deliberadamente la profundidad de campo y las panorámicas generales. Reconstruye la masacre a través del sonido, pero nunca de la imagen. “Ahí es donde nace el verdadero horror”, ha dicho Nemes. Su apuesta por una inmersión total y a la vez elíptica puede recordar el punto de vista del protagonista de un videojuego. Nemes respeta la prohibición tácita de reconstituir lo que sucedía dentro de las cámaras de gas y, a la vez, evita los discursos cándidos de algunos de sus predecesores.
    Nacido en Budapest en 1977 y formado en Francia hasta los 25 años, el director procede de una familia diezmada por el Holocausto, que nunca le ocultó los hechos acontecidos en la Alemania nazi. La idea para la película surgió cuando Nemes —antiguo ayudante de realización del gran cineasta húngaro Béla Tarr— descubrió un libro que recogía los manuscritos enterrados por distintos trabajadores de esos comandos obligados a participar en la exterminación de los crematorios. Sabiéndose condenados a morir e inspirados por la importancia de la transmisión en la tradición judía, quisieron dejar constancia de su paso por el campo. De manera sutil, Nemes inscribe su película en una dimensión simbólica. Enterrar en condiciones a un niño (que podría ser o no el hijo del protagonista) es una forma de dar una sepultura digna a todas las víctimas, mientras que aferrarse al rito supone un último vestigio de civilización en medio de la barbarie.

    A László Nemes no se le pueda reprochar casi nada. 'El hijo de Saúl' es lo contrario a 'La lista de Schindler'
    Claude Lanzmann
    En Francia, la película fue estrenada en noviembre con el beneplácito casi unánime de los grandes expertos y de las autoridades morales. Incluida la mayor de todas: el cineasta Claude Lanzmann, autor del mastodóntico documental Shoah (1985), un compendio de diez horas filmado a lo largo de una década en distintos continentes, que reunía decenas de testimonios de víctimas y verdugos. Hasta ahora, Lanzmann se había opuesto férreamente a hacer ficción a partir del exterminio. Durante el escándalo que acompañó el estreno en Francia de La lista de Schindler (1993), Lanzmann acusó a Steven Spielberg de "trivializar" el Holocausto y de utilizar los hechos históricos como simple "decorado", reprochándole una secuencia donde los judíos terminaban siendo irrigados por una manguera de agua, en lugar de ser sometidos al gas. En 1994, Lanzmann firmó una tribuna en Le Monde, titulada Holocausto: la representación imposible. "La ficción es una transgresión. Pienso profundamente que existe una prohibición de la representación", sostuvo entonces Lanzmann. "¿Qué uno llora viendo La lista de Schindler? De acuerdo. Pero las lágrimas son una forma de gozar. Las lágrimas constituyen un goce, una catarsis", escribió.

    Trailer de la película La imagen perdida (2013), de Rithy Panh.
    Esta vez, en cambio, Lanzmann ha apoyado públicamente a Nemes. "No hay ninguna contradicción respecto a lo que dije entonces. A Nemes no se le pueda reprochar casi nada. El hijo de Saúl es lo contrario a La lista de Schindler", se defiende el cineasta desde su domicilio parisino. "A diferencia de la falacia que presentó Spielberg, que no reflexionó suficientemente sobre la cuestión, Nemes nunca muestra las cámaras de gas. No ha querido representar el Holocausto, sino la vida de los Sonderkommandos. En su película, la gente corre sin descanso, entre gritos constantes de fondo. La nobleza de Nemes consiste en no haber querido seducirnos. Al revés: la suya es una película muy tosca", sostiene Lanzmann.

    Adorno se equivocó, porque ha existido gran poesía después de Auschwitz, y también gran cine.
    Annette Wieviorka
    La práctica totalidad de la crítica francesa se ha posicionado a favor de Nemes, con la notable excepción del diario Libération, que aun así le dedicó una portada y un reportaje de cinco páginas. Le reprochaba, entre otras cosas, llevar al plano del sonido lo que no se atreve a hacer con la imagen. El influyente filósofo e historiador del arte Georges Didi-Huberman incluso ha publicado un pequeño libro dedicado a la película, Sortir du noir (Éditions de Minuit), en el que define El hijo de Saúl como "un monstruo necesario, coherente, benéfico, inocente". Por su parte, la historiadora Annette Wieviorka, gran especialista francesa en la Shoah, también le da su visto bueno, colocando la cinta entre una lista de películas que han sabido tratar esta problemática con el tacto adecuado, desde el documental Noche y niebla, que Alain Resnais firmó en 1955, hasta la reciente Phoenix, del cineasta alemán Christian Petzold.
    En cambio, Wieviorka se opone al embellecimiento histórico que proponían películas como La vida es bella o La redada. "No me gustan las cintas que buscan un final feliz e integran el optimismo en esta historia. No hay optimismo posible. Si uno quiere ponerse optimista, es mejor que busque un relato distinto", responde Wieviorka. Para la historiadora, la prohibición de Lanzmann, igual que la de Adorno, ya han sido superadas. "En realidad, ninguna de las dos fueron respetadas. Adorno se equivocó, porque ha existido gran poesía después de Auschwitz, y también gran cine. Incluso hay quien dice que el arte es la única manera efectiva de contar lo que sucedió", afirma. Según Wieviorka la relativa polémica que acompañó su estreno ha sido "inexistente, si la comparamos con el debate que se produjo tras el estreno de La lista de Schindler". Una prueba definitiva, para esta historiadora, de que esta disputa está desfasada.
    Para Wieviorka, los debates actuales sobre la representación de lo irrepresentable circulan por otros derroteros: los de la propaganda islamista. "La discusión se ha desplazado al horror actual. Puede que la prohibición de la representación se haya trasladado a la barbarie a la que asistimos. Pero existe una diferencia fundamental: los nazis intentaron ocultar sus crímenes, mientras que el Estado Islámico se inscribe en la pornografía de sus actos", concluye.

    lunes, 18 de enero de 2016

    SERIES TV. "Pensamos en serio porque pensamos en serie". Jorge Carrión

       En la revista "Mercurio":

    Pensamos en serio porque pensamos en serie

    JORGE CARRIÓN  |  MERCURIO 176 · TEMAS - DICIEMBRE 2015

    Las series de televisión se han vuelto paradigmáticas de nuestro momento histórico, pues su lenguaje narrativo es el que mejor permite una lectura sociológica del siglo XXI
    © Astromujoff
    © ASTROMUJOFF
    Diario, semanal, mensual, bimestral, anual. Somos varias las generaciones que hemos crecido educándonos como consumidores seriales de información y de ocio. La entrega diaria de The New York Times o de El País o de la telenovela de la tarde; el capítulo de la serie o el programa de entrevistas a fondo cada siete días; el nuevo cómic de Spiderman a principios de cada mes, etcétera. De ese modelo, que es el que la modernidad configuró con la emergencia del cuarto poder durante los siglos XVIII y XIX y que perpetuaron la radio y la televisión, hemos pasado en los últimos quince años a otro radicalmente diferente, para el que nos fueron preparando el zapping y el vídeo durante el último tercio del siglo XX. Una lectura que ya no está necesariamente sujeta a ritmos regulares, sino que es intensiva, instantánea o fragmentada, dividida entre varios canales o pantallas, multimedia.
    En ese nuevo contexto las series de televisión —por la relativa brevedad de sus píldoras, por su capacidad de dar respuesta ficcional casi inmediata a la agenda sociopolítica, por la alta calidad técnica de muchas de ellas, por convertirse rápidamente en parte de la conversación mainstream, por haberse adaptado a todos los canales de distribución— se han vuelto paradigmáticas de nuestro momento histórico. No digo que constituyan el lenguaje narrativo central ni el más importante, pues vivimos en una extraña época en que conviven propuestas masivas tan distintas como Frozen, Jonathan Franzen, Jeff Koons, Assassin’s Creed o The Walking Dead; pero sí me atrevería a decir que es el lenguaje que mejor permite una lectura sociológica del siglo XXI.
    Entre otras razones, porque los propios fans se han autodesignado como críticos, como prescriptores, como subtituladores, como embajadores y, por extensión, como seleccionadores, de modo que es relativamente sencillo enterarse de las series europeas, norteamericanas, sudamericanas, africanas, australianas o asiáticas que están contando de una manera más interesante, realista o desafiante sus respectivas sociedades. Así, podemos verlas, subtituladas en lenguas cercanas, no solo como objetos artísticos, sino como brújulas geopolíticas. La historia reciente de Italia, por ejemplo, se dibuja dramáticamente en tres series de alto nivel: Romanzo criminale, 1992 y Gomorra. Pero si se desea escapar de los límites nacionales, el fenómeno internacional del narcotráfico puede interpretarse a través de obras como The Wire, Pablo Escobar, el patrón del mal, Breaking Bad o Narcos.
    La ambición de las tramas paralelas, nuestro interés por los personajes como biografías que se despliegan por el tiempo o la voluntad de retratar la Historia y las historias en el mayor número de facetas posible ha provocado que el carácter episódico y autoconclusivo de las series sea cada vez menos importante, que el caso (sea la serie judicial, policial, médica o de otro tipo) sea eclipsado por el arco narrativo. De ese modo ha entrado en crisis el mero concepto de episodio, como entrega folletinesca, como unidad de significado. Como muchos videojuegos y cómics (por eso llamados novelas gráficas), tanto series que HBO o AMC emiten semanalmente como series de Netflix o Amazon que son liberadas como temporadas completas, sin necesidad de espera semanal para su lectura, a menudo son pensadas en unidades mayores, como la temporada. O la continuación pasa a ser conceptual y no narrativa, cuando —como en Black Mirror— cada capítulo cambia de historia, ambientación y personajes; o —como en American Horror Story o True Detective— lo hace cada temporada. Nada es sagrado. Los formatos y las convenciones están para ser explorados y explotados. Desde las oraciones y los cantos primitivos y los cantares de gesta, la historia de la serialidad es la historia de una constante adaptación al medio, a los medios.
    Del modelo serial de la prensa que perpetuaron la radio y la televisión, hemos pasado en los últimos quince años a otro radicalmente diferente, para el que nos fueron preparando el ‘zapping’ y el vídeo durante el último tercio del siglo XXSe puede observar esa historia como el diálogo entre la obra en proceso y la obra acabada, entre la obra abierta y la obra cerrada, entre la serie y el monumento. Hasta que fueron fijados en formato libro, la Biblia o la Odisea o el Cantar de Mio Cid o los poemas de Góngora o Las aventuras de Sherlock Holmes fueron textos nómadas y dispersos, todavía no cercados por la idea de unidad. En el momento en que una serie de cómics o de televisión se puede comprar en un único volumen, como novela gráfica o como pack de DVD, pasa a ser leída de otro modo, como obra finalizada, tal vez maestra. Pero de todos los lenguajes narrativos, el de las series de televisión es el que más resistencia pone a esa noción. Estamos ante la crisis de la idea de monumento en arte contemporáneo, en arquitectura, en cine, en literatura; no obstante, nos empeñamos en ver en algunas series que sí lograron una difícil perfección como conjunto (Berlín Alexanderplatz, Los Soprano, The Wire, Breaking Bad) la sombra de la obra maestra, de la anacrónica catedral, pese a que lo normal, en cambio, es que una serie, por la cantidad de factores incontrolables que intenta controlar, por ser un producto colectivo e industrial, por no seguir nunca un guion completo y ya escrito y no contar desde el principio con todos los actores y actrices, ni siquiera con todos los directores y guionistas, fracase. Sea imperfecta. Ya va siendo hora de que aceptemos que la imperfección es justamente la perfección de nuestra época.
    En términos de receptor, no creo que importe demasiado si una obra, sea televisiva, cinematográfica, literaria o de otro signo, es concebida o no como serial. Porque los lectores y espectadores del siglo XXI no sabemos interpretar de otro modo: creamos series mentales, rutas de hipervínculos, itinerarios intelectuales y emocionales, cadenas de sentido. Lo que guía esos circuitos a veces es una marca clásica (el nombre de un autor, un género, una cadena de televisión o una editorial, un lenguaje narrativo), pero en la mayoría de ocasiones lo que se va configurando en nuestros cerebros son nubes de etiquetas, construcciones gaseosas y por tanto variables, arbóreas, en que las relaciones se van moviendo a medida que se añaden nuevas, constantes lecturas. “La convergencia se produce en el cerebro de los consumidores individuales y mediante sus interacciones sociales con otros”, escribió Henry Jenkins en Convergence Culture: La cultura de la convergencia de los medios de comunicación (Paidós, 2008): “Cada uno de nosotros construye su propia mitología personal a partir de fragmentos de información extraídos del flujo mediático y transformados en recursos mediante los cuales conferimos sentido a nuestra vida cotidiana”.
    Carlos Scolari cita en Ecología de los medios (Gedisa, 2015) estas palabras de Neil Postman sobre la televisión publicadas a mediados de los ochenta: “a través de ella sabemos qué sistema telefónico usar, qué películas ver y qué libros, discos y revistas comprar, cuáles programas escuchar”. Yo diría que esa prescripción sociocultural se da ahora sobre todo a través de internet, mientras que la orientación sociopolítica se canaliza a través de las series. En ambos casos estaríamos ante la pantalla como nuevo centro de nuestras vidas, en sustitución del viejo televisor. La información recibida a través de varias pantallas converge en el cerebro de cada espectador, lector, consumidor, donde se combina de modos impredecibles, por suerte.
    Pensamos en serio porque pensamos en serie. Con las series de historias, conceptos y datos que vamos incorporando creamos poliedros de pensamiento: damos sentido. El ser humano es un animal serial, lo era mucho antes de que existiera la televisión y lo seguirá siendo después de que esta sea finalmente absorbida por la pantalla.

    miércoles, 19 de diciembre de 2012

    PRENSA CULTURAL. "El arte que Adolf Hitler aniquiló". Reportaje

    'Campesinos industriales', pintura de Georg Scholz, expuesta en Stuttgart. ("El País")
       En "El País":

    El arte que Adolf Hitler aniquiló

    Alemania resucita la nueva objetividad en el 80º aniversario de la caída de Weimar

    Varias muestras hacen justicia al movimiento pictórico borrado por el nazismo

     Stuttgart 17 DIC 2012

    Machtergreifung. Así denominó la propaganda nazi a la “toma de poder” de Adolf Hitler, acontecida en enero de 1933, que puso fin a la República de Weimar. Y, con ella, al periodo dorado para las artes que irrumpió en la frágil Europa de entreguerras. Con el 80º aniversario de la caída del régimen democrático a la vuelta de la esquina, los museos alemanes han decidido esclarecer en qué consistió el semiolvidado movimiento estético surgido durante esa década y media encajada entre 1919 y el ascenso del nazismo: la llamada “nueva objetividad”. Una exposición en el Kunstmuseum de Stuttgart inspecciona hasta el 7 de abril esta corriente aparecida en oposición a los delirios idealistas heredados del romanticismo decimonónico, que se dieron de bruces con la realidad bélica del siglo posterior, y al excesivo individualismo de los pintores expresionistas.
    Los creadores de la nueva objetividad, con Otto Dix y George Grosz al frente, fueron partidarios de desarrollar un arte anclado en la realidad social, que no hiciera ascos a temáticas como la guerra y la pobreza. Y que adoptara un lenguaje formal sobrio y crudo, alejado de la desbordante emotividad y de la obsesión formalista del expresionismo. “El objeto tiene que ser primordial y determinar la forma. Para mí importa más el qué que el cómo. El cómo tiene que surgir de qué”, dejó dicho Dix. La mirada del pintor objetivista aspiraba a ser todavía más precisa que la del fotógrafo, en un momento en que el canon se empezó a alejar de la subjetividad imperante, considerando que las ensoñaciones del artista suponían una evasión incomprensible ante un contexto sociopolítico tirando a grave, respecto al que nadie tendría que girar la espalda.
    Desde hace unos meses, el movimiento asiste a una resurrección en Alemania. Además de la muestra en Stuttgart, se acaba de organizar otra en Dresde, donde Dix enseñó Bellas Artes antes de ser considerado enemigo público del nazismo, y se prepara una tercera gran exposición en Mannheim, ciudad que dio origen al movimiento a través de una exposición celebrada en 1925. “Al margen de las efemérides, no es casualidad que la nueva objetividad vuelva ahora, en un momento de transición marcado por temas parecidos, como la crisis económica y el aumento de la desigualdad social, cuando los ricos son todavía más ricos y los pobres están más desamparados”, explica su comisaria, Ilka Voermann. Además de las exposiciones en curso, la Berlinale se sumará a este revival en febrero con una retrospectiva sobre el cine rodado durante la República de Weimar. La nueva objetividad no solo influyó en la pintura, sino en la práctica totalidad de las disciplinas artísticas, de la literatura a la arquitectura. Para oponerse al egocentrismo expresionista, Bertolt Brecht escribió sus obras junto a sus actores, defendiendo el teatro como fruto de un trabajo colectivo y no como la obra magistral de un genio solitario. Alfred Döblin, que incitó a los escritores de su época a implicarse activamente en el compromiso cívico por una sociedad mejor, transcribió en Berlin Alexanderplatz la vida que hervía en la metrópolis con métodos inspirados en el reportaje periodístico de Egon Erwin Kisch, partidario de prescindir de todo sentimiento personal o lírico en la expresión literaria.

    Con Dix o Grosz al frente, desarrollaron un arte anclado en la realidad social


    'La bailarina Anita Berber', obra de Otto Dix de 1925.
    El equivalente pictórico a ese narrador omnisciente y supuestamente imparcial se encuentra en la obra de Otto Dix, que terminaría renegando del expresionismo e impulsaría la contrarreforma de la nueva objetividad a través de lienzos que describen el bullicio de la gran ciudad a ritmo del jazz que desembarcó en el Viejo Continente junto a las tropas estadounidenses. Pero la crueldad de la guerra en las trincheras, la indigencia escondida en los callejones oscuros y la miseria teñida de frivolidad que se concentraba en los burdeles tampoco escaparon a su escrutinio. Las contradicciones de la vida urbana quedaron reflejadas en su tríptico Großstadt (1928), donde las clases acomodadas bailaban despreocupadamente en la imagen central, mientras que veteranos de guerra mutilados y desesperadas prostitutas callejeras ocupaban los dos laterales. Dix también se haría conocido por sus retratos de la burguesía de Weimar, cuya técnica influiría en Balthus y en Grant Wood, el celebérrimo autor de American gothic (1930).
    Por sorprendente que parezca, Dix se consideraba apolítico. Juraba que su objetivo era retratar la injusticia social, pero no necesariamente combatirla. Dijo que quería convertirse en “el ojo del mundo”, pero no en un líder ni un activista. “De hecho, se considera que el uso de una violencia desaforada en sus escenas de guerra, que en aquel momento no era nada habitual encontrar en la pintura, respondió a una voluntad más sensacionalista que antibelicista. Dix pretendía crear un efecto estético en el espectador, más que despertar su conciencia”, apunta Ilka Voerman. Pero la distancia que Dix reivindicaba ante la temática elegida le serviría de poco durante la irrupción del nazismo, cuando fue listado en el inventario de “artistas degenerados” por el régimen. Sus obras sobre la guerra fueron juzgadas como “un sabotaje militar” en toda regla. Dix se vería obligado a pasar el resto de sus días lejos de Berlín, junto al lago Constanza, donde se recicló en pintor de paisajes con una carga alegórica indudable, repletos de amenazantes nubarrones y animales portadores de infortunio.
    Dentro de las filas de la nueva objetividad también convivieron pintores no necesariamente izquierdistas. En el fondo, lo que definió al movimiento, más que un proyecto ideológico en común, fue el calco de la realidad social y la técnica ultrafigurativa. Por ejemplo, Rudolf Schlichter, que se había dado a conocer retratando los clubes de lesbianas en el Berlín de los años veinte, acabó acercándose al catolicismo y entablando amistad con el escritor conservador Ernst Jünger, de quien pintaría un retrato un tanto homoerótico. Los nazis consideraron su obra prácticamente pornográfica —tal vez por la influencia de sus escritos personales, que sí lo eran— y le prohibieron exhibir sus pinturas.

    La Berlinale se sumará con un homenaje al cine de esa época
    Menos dificultades encontraron Christian Schad, quien se convirtió en uno de los retratistas más reputados del régimen pese a que nunca lo apoyó abiertamente, y Weiner Peiner, que había sido incluido en la seminal exposición de 1925 y luego se convertiría en uno de los artistas más prestigiosos del nacionalsocialismo. Su cuadro Deutsche Erde (Campo alemán), retrato de una Alemania rural y depositaria de las esencias nacionales, fue entregado a Adolf Hitler como regalo poco después de su acceso al poder.
    El prestigio intelectual del movimiento acabaría erosionándose. Walter Benjamin, que había apoyado el espíritu de la nueva objetividad durante sus inicios, terminaría denigrando su oportunismo. “Han transformado la lucha contra la miseria en un artículo de consumo. Transforman la lucha política hasta convertirla en objeto de una contemplación confortable”, dijo en 1934. Denunciaba su tímido compromiso y actitud manifiestamente burguesa. Y, sin embargo, la actitud furibunda de los nazis al descubrir unos lienzos que dejaban a la intemperie una realidad muy poco fotogénica y encerraban una violenta inclemencia en la frontera con la sátira venenosa demuestra que la nueva objetividad molestó. Entre bastante y mucho.


    jueves, 8 de noviembre de 2012

    PRENSA CULTURAL. "Tras la guerra se desató la barbarie", reportaje

    Prisioneros liberados en Dachau se burlan de un antiguo guarda, que sería asesinado.

       En "El País":

    Tras la guerra se desató la barbarie

    Keith Lowe escarba en el caos que reinó en Europa al final de la Segunda Guerra Mundial

    Su libro 'Continente salvaje' desmonta numerosas historias oficiales

     Madrid 4 NOV 2012

    Un soldado enfoca la cámara. Su compañero, igualmente uniformado, se ha colocado entre dos mujeres. Con cada mano agarra los pechos femeninos como si fueran suyos. El marinero sonríe. Seguramente lo vive como uno de los buenos momentos de la guerra. Da igual que las dos napolitanas se presten a las vejaciones por hambre. El soldado se retrata inmune a cuestionamientos morales. En La piel, Curzio Malaparte no incluyó fotos como la anterior pero transmitió sin sutilezas la extinción de la ética que acompañó la entrada de las tropas aliadas en Italia: las mujeres eran la mejor mercancía que tenía la población civil local para acceder a productos inexistentes.
    En Continente salvaje (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores), el historiador Keith Lowe lo plasma también sin finuras: “No todos los hombres a quienes los americanos denominan ahora la Gran Generación fueron los héroes abnegados que se representan a menudo: un porcentaje de ellos también eran ladrones, saqueadores y maltratadores de la peor especie. Cientos de miles de soldados aliados, sobre todo los del Ejército Rojo, eran también violadores en serie”.

    “No hay vergüenza. No hay moralidad. Solo supervivencia”, escribe el autor
    Después de una guerra, lo que unos quieren olvidar es justamente lo que otros querrían recordar. Tras la hecatombe de vidas y morales arruinadas durante la Segunda Guerra Mundial, también los países eligieron qué rememorar y qué sepultar en amnesia. Keith Lowe (Londres, 1970) ha decidido plasmarlo todo, sin mitos ni trabas, en un estremecedor ensayo que indaga en los horrores que comenzaron el día después. Solo algunos concluyeron el 8 de mayo de 1945. “La historia de Europa en el periodo de inmediata posguerra no es una de reconstrucción y rehabilitación, es en primer lugar una historia de la caída en la anarquía”, avisa en la introducción.
    No hay ley ni orden: no hay policías ni jueces. No hay bancos, ni puentes, ni trenes, ni escuelas, ni bibliotecas, ni tiendas, ni fábricas, ni correos, ni teléfonos. No hay sentido del bien ni del mal. “Hombres armados deambulan por las calles”, describe Lowe, “cogiendo lo que quieren y amenazando a cualquiera que se interponga en su camino. Mujeres de todas las clases y edades se prostituyen a cambio de comida y protección. No hay vergüenza. No hay moralidad. Solo la supervivencia”. Y la venganza.
    Hace seis años Lowe, que ya había impactado con su obra Inferno sobre la destrucción de Hamburgo en 1943, decidió investigar sobre aquellos días oscuros en los que Europa retornó a lo peor de la Edad Media. En contraste con la sobreabundancia de investigaciones sobre lo ocurrido entre 1940 y 1945, salvo algunos autores (Tony Judt) y algunas obras sobre países concretos, apenas existen libros que detallen qué ocurrió en el continente cuando cesaron bombardeos y disparos. “Se pasaba de 1945 al Plan Marshall, los juicios de Nuremberg y a la guerra fría”, explica Lowe durante una entrevista en Madrid.


    Agresión a un colaboracionista francés en 1944.
    Lo que más sorprendió al historiador fue “la amplitud de la colaboración entre los invadidos y los soldados alemanes. Es algo que todos los países quieren olvidar”. Lowe da algunos ejemplos: el 10% de las noruegas de entre 18 y 30 años tenía un novio alemán y el 51% de las danesas consideraban a los soldados germanos más atractivos que a sus compatriotas. Indagar con rigor en el pasado es el camino más directo para desmontar falsedades. “Todos los países crearon mitos porque necesitaban sentirse bien: toda Francia estuvo en la Resistencia y Gran Bretaña se vio como la salvadora de Europa y la democracia. Y sin embargo ocurrieron cosas terribles”.
    Limpiezas étnicas, desplazamientos forzosos de masas, hambruna (The New York Times Magazine tituló un artículo Europa: el nuevo continente negro el 18 de marzo de 1945), esclavitud laboral, guerras civiles. Las violaciones alcanzaron cifras dantescas: las alemanas expiaron las atrocidades del régimen nazi como si ellas hubieran tomado las decisiones. Solo en Berlín fueron violadas 110.000 mujeres. Por Alemania se dispararon los abortos clandestinos y los nacimientos de niños con “forzoso” padre extranjero (casi 200.000).

    Las alemanas sufrieron horrores: 110.000 fueron violadas en Berlín
    Tras la rendición alemana que significó el fin formal de la guerra, Europa siguió sometida a los coletazos del conflicto más sangriento de la Historia: murieron entre 35 y 40 millones de personas, ¡como si hubiera desaparecido toda la población de España en 1991! En Grecia, Yugoslavia y Polonia prosiguieron los estragos varios años. Lowe cita como último episodio la liberación de los países bálticos de la dominación soviética en los noventa y la guerra yugoslava, que germinó sobre la sangría y los símbolos de los cuarenta.
    El caos, la violencia y el odio camparon del este al oeste y del norte al sur. El historiador británico sostiene que semejantes elementos explican el éxito del comunismo y el auge de los nacionalismos para limpiar de minorías sus territorios. Ante este retrato desolador de lo que llegaría a ser el continente más admirado en décadas posteriores, Keith Lowe introduce algo de optimismo: “Europa ha hecho las cosas bien para refrenar lo que venía del pasado. La Unión Europea ha sido el antídoto contra los nacionalismos. Aunque la integración no es un proceso perfecto, mejora la situación”.

    miércoles, 26 de septiembre de 2012

    PRENSA. Once historiadores diseccionan la figura del dictador Franco

       En "El País":

    Crueldad bajo palio

    Once historiadores diseccionan la figura del dictador Franco

    29 JUL 2012
    Franco organizó la Guerra Civil para derribar la República. Una vez logrado su objetivo usó el poder para ensañarse con sus adversarios. Un grupo de historiadores analizan los gestos y la personalidad de un dictador cuya crueldad alcanzó, entre otros, la protección del palio.

    Franco. La crueldad

    Por ÁNGEL VIÑAS

    Hay aspectos en Franco que no dejan de sorprenderme. Su capacidad de actuar jugando con todas sus cartas contra su pecho. Su cautela llevada al límite. Su sabio aprovechamiento de la coyuntura, en su provecho. La falta de pudor con que pocos días más tarde se autopresentó ante Hitler como el cabecilla de la sublevación. O la forma en que engañó como chinos a los agentes del SIM italianos. Su total desprecio por la vida humana. Una anécdota, que me contó hace años un testigo, uno de los emisarios que envió a Hitler, se me ha quedado grabada. Un oficial se presentó a Franco para ver si podía conseguir que se perdonara a dos chavalas que habían usado mosquetones contra los sublevados. La respuesta de Franco fue glacial: ya conoce usted las órdenes. Ejecútelas. El oficial salió temblando. No todos eran killers. Pero las chicas no se salvaron.
    Carecía de fibra moral. No había sido un genio en la política, en la milicia, en la economía o en la formación técnica. Su capacidad para la traición. La sublevación la reacondicionó de tal manera que los deseos de los monárquicos que confiaban en él se quedaron en agua de borrajas. La inversión en terror que promovió, incluso por medios que chocan en comparación con la Italia mussoliniana y el Tercer Reich, fue el legado sangriento que ha dejado en la historia de España.
    Ángel Viñas es historiador, autor de La conspiración del general Franco.

    EL llorón

    Por PAUL PRESTON

    Aunque implacablemente cruel con sus enemigos y fríamente distante con sus subordinados, era de lágrima fácil. Las limitaciones emocionales de su infancia se reflejaban en la madurez en un profundo sentido de privación y la consiguiente autocompasión: lloró el día de su primera comunión; lloraba al hablar de Alfonso XIII; lloraba cuando hablaba de la ayuda recibida de Portugal, Italia y Alemania durante la guerra. En las pruebas de su encuentro con Hitler se veía que sus ojos empapados le brillaban de emoción. Se le llenaron los ojos de lágrimas al recordar la vergüenza de Pétain cuando tuvo que pedir el armisticio, olvidando cómo él mismo había intentado explotar la debilidad francesa para ocupar parte del imperio francés en el norte de África. Franco estaba embargado de emoción durante la visita de Eisenhower y lloró en el banquete que se dio en el palacio de Oriente visiblemente conmovido por estar en términos de familiaridad con el presidente de EE UU. Se emocionó el día que recibió un doctorado honorífico de la Pontificia de Salamanca. Tal emoción contrastaba con la frialdad con que contemplaba masivas sentencias de muerte. Y la llorosa gratitud por la ayuda portuguesa durante la guerra no le impidió acariciar la idea de una anexión de Portugal para una España más grande.
    El tono de resentimiento y de lástima de sí mismo fue una de las fuerzas motivadoras que le condujeron a la grandeza. Numerosas anécdotas de su vida evocan al chiquillo oprimido que debió de ser: un día en Alcañiz durante la guerra, al ver a sus oficiales tomando un aperitivo, salió de su cuartel y dijo en voz quejica a uno de sus generales: “¿Es que yo no puedo tomar una copa?”. Sólido comilón, se quejó un día ante su guiso de carne favorito, “como soy el jefe del Estado, me ponen el ragú con mucha carne, y resulta que a mí también me gustan mucho las patatas”. Se sentía a gusto sintiéndose privado. La autocompasión se veía en muchos de sus discursos, pero quizás el ejemplo más llamativo fue el 7 de marzo de 1946 en el Museo del Ejército. Hablando de la hostilidad internacional, aseguró: “Nosotros somos a los que menos puede sorprender, pues jamás se nos habló de otra cosa que de sacrificios e incomodidades, de austeridad y largas vigilias, de servicios y de centinelas. Pero en este servicio, a vosotros os corresponde alguna vez el descanso, y a mí no; yo soy el centinela que nunca es relevado, el que recibe los telegramas ingratos y dicta las soluciones; el que vigila mientras los demás duermen”.
    Paul Preston, catedrático en la London School of Economics, es autor de El gran manipulador. La mentira cotidiana de Franco.

    El saludo blando

    Por JOAN MARIA THOMAS

    Las imágenes saludando vistiendo uniforme del Ejército con los añadidos de cuello azul y boina roja fueron muy corrientes a lo largo de su régimen. Tal multicoloridad representaba los tres sectores que nutrieron el bando rebelde en la Guerra Civil: militares, falangistas y carlistas. Al primero pertenecía el llamado Caudillo y de los demás se incautó el 19 de abril de 1937, vía promulgación de un Decreto de Unificación que creó el partido único Falange Española Tradicionalista y de las JONS. Un partido fascista en el que los camisas viejas aceptaron participar creyendo que Franco y su consejero Serrano Súñerconstruirían un auténtico Estado fascista. Pero no lo hicieron, sino un régimen representativo de los rebeldes y sus apoyos civiles, bajo la jefatura indiscutible y (casi) eterna del dictador. La progresiva castración del sueño falangista no fue demasiado cruenta, y cuando se vio lo que en realidad se pretendía, tan solo unos pocos falangistas dimitieron (como Ridruejo en 1942). La triunfante Falange de Franco quedaría para siempre. Ni más ni menos que hasta abril de 1977, cuando se disolvió por decreto, tras cambiar de nombre y llamarse Movimiento. Sus militantes disfrutarían durante años de empleos, sinecuras, pisos e influencias, aún soñando unos pocos de ellos en una “revolución pendiente” que nunca llegó. En realidad se convirtieron en el apoyo civil más incondicional de Franco, ya que a él y solo a él todo se lo debían. El poco enérgico saludo del Caudillo ejemplifica su versión del fascismo. Blando. Nada terso, como gustaban de decir nuestros fascistas.
    Joan Maria Thomas es profesor titular de Historia Contemporánea de la Universitat Rovira i Virgili. Autor de Los fascismos españoles.

    Franco, la voz y el carisma

    Por JULIÁN CASANOVA

    Los déspotas modernos dedicaron mucha atención a la construcción de su imagen pública, al cuidado del estilo y de la pose en los discursos y apariciones públicas. Si hubiese que concretar en un caso histórico el “tipo ideal” de “autoridad carismática” que teorizó Max Weber, ese sería Hitler. El liderazgo de Franco tuvo, por el contrario, poco de carismático y para ejercerlo no necesitó de la dramatización. Ni de la voz. Era atiplada y sonaba casi infantil, poco agradable. Nunca empleaba una entonación variada y sus discursos eran monótonos y aburridos. ¿Para qué quería una dicción clara, armónica o limpia, una voz que transmitiera credibilidad y seguridad? Franco no conquistó el poder dirigiendo un partido de masas, ni nunca tuvo que convencer a los votantes. Llegó al mando supremo a través de las armas y después ya se encargó la Iglesia de moldear su imagen de “gran católico cruzado”. Era el elegido por la divina providencia para guiar a los españoles por el buen camino. Pese a su voz atiplada y poco enérgica.
    Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza, es autor de República y Guerra Civil.

    La sonrisa de Franco

    Por ISMAEL SAZ

    En 1937, Franco era casi todo. Pero le faltaba algo para ser como los grandes caudillos fascistas Hitler y Mussolini, genuinos caudillos populares, dotados de todos los elementos que, se supone, configuran el carisma. Ni por sus orígenes sociales, ni por su trayectoria política, ni por su capacidad de comunicación, ni por su figura corporal, ni por su voz atiplada Franco parecía dar la talla del auténtico caudillo fascista. Lo constató pronto el primer embajador de la Italia fascista en España, Roberto Cantalupo. Ante unas masas entregadas al grito de “¡Franco, Franco, Franco!”, el caudillo “fue incapaz de decir algo a la gente que le aplaudía y esperaba una arenga... se había vuelto frío, vidrioso y femenino”. Todo un problema en la Europa fascista y carismática.
    Muchos franquistas pusieron manos a la obra y encontraron la solución, la sonrisa. Como dijo Giménez Caballero, Franco no tenía “la mirada y la forma de emproar la mandíbula” de Mussolini, o el “aire entre marcial y popular, entre doctoral y solemne” de Hitler, pero tenía la sonrisa, y esta le confería una “ternura paternal y maternal a la vez”. “Capitán de la sonrisa blanca”; de la sonrisa gentil y natural, aroma de optimismo y rúbrica de victoria; sonrisa resplandeciente que transmitía “fe y amor”, escribió Manuel Machado; sonrisa “como una rosa en flor” ofrecida por un hada maravillosa a un recién nacido Franco, compuso Pemán.
    Convertido por mor de su sonrisa en pacificador y reconciliador de los españoles, amado por ellos, de los que podía ser padre y madre a la vez, la imagen del Franco sonriente parecía haber dado con la clave de aquel quantum de carisma que le faltaba. La estrategia tuvo éxito. Sin embargo, era una sonrisa extraña. Tras ella había un cerebro “calculador, frío y metódico” que sabía esperar y decidir en el momento oportuno, se dijo en la prensa de la época. Buena percepción sin duda, como lo sería aquella otra de Samuel Ros cuando hablaba del “acento más firme de la sonrisa que una veces dibujan sus labios y otras veces ocultan sus labios”. Grandes virtudes para los franquistas que esto escribían, pero fundados motivos de inquietud para los que no lo eran.
    Ismael Saz es catedrático de Historia Contemporánea de la Universitat de València. Autor de Fascismo y franquismo.

    El cuerpo de Franco

    Por ENRIQUE MORADIELLOS

    El cuerpo de Franco sufrió unos cambios considerables a lo largo de su vida adulta. En el caso de Franco, esa transformación de su fisonomía externa dejó patente tres grandes momentos: 1. El joven oficial de pequeña estatura (1,64 metros), acusada delgadez, rostro aniñado y barbilampiño y voz fina y atiplada. 2. El maduro general victorioso y omnipotente de los años cuarenta, con porte más soberbio y altanero, apreciable tendencia a la gordura y marcado sobrepeso. 3. El anciano dictador de los primeros años setenta, enfermo y tembloroso, con notoria rigidez corporal y facial y un hilo de voz apenas audible y bisbiseante. La primera imagen corporal descrita corresponde a su etapa de joven oficial “africanista” de Infantería de ligeros aires románticos que se curte con valor en las artes marciales en una cruenta guerra colonial en el Protectorado de Marruecos. La segunda imagen, antológica del primer franquismo, es la propia de un temible “Caudillo de la Victoria” que ha vencido en una guerra civil fratricida y levanta sobre su triunfo un régimen de dictadura caudillista con plenos poderes y sin fecha de caducidad. La tercera imagen evidencia la decrepitud física de un anciano débil y vulnerable que oficiaba como severo y anacrónico patriarca de una España irreconocible para su generación y cada vez más compleja y conflictiva.
    Enrique Moradiellos, historiador, es autor de La España de Franco. Política y sociedad.

    La niña de sus ojos

    Por VICENTE SÁNCHEZ-BIOSCA

    La mirada de Franco carecía de la electricidad de Hitler, del exceso de Mussolini, de la opacidad de Stalin. Su adustez quizá encarnara la severidad castrense, su desprecio por la seducción. Cuentan que los soldados a los que mandaba la temían por implacable, pero esta no quedó, que yo sepa, impresa jamás. La que circuló se fue haciendo más y más impenetrable. Hay una foto de Franco que perfora mis noches. Un grupo de jerarcas del régimen sale de una gala: los ministros Iturmendi y Barroso flanquean al matrimonio. La esposa luce su collar de perlas y recoge púdicamente su vestido largo. El Caudillo, ya orondo, luce sus laureles en su traje de gala. Carmen Polo sonríe con compostura; el resto vacila entre una alegría moderada y la tediosa etiqueta. En cambio, los ojos de Franco se tuercen respeto al eje de la fotografía y su mirada de reojo taladra a alguien situado apenas un paso fuera del encuadre. El gesto no estaba previsto y escapó probablemente a quien la difundió. Pero creo percibir en ella, agazapada, la mirada fulminante evocada por aquellos legionarios de antaño y presiento que si fuera capaz de entender esta mirada, habría penetrado el sentido de toda una época.
    Vicente Sánchez-Biosca es catedrático de Comunicación Audiovisual de la Universidad de Valencia. Autor de Imágenes en migración: iconos de la Guerra Civil.

    La representación

    Por ZIRA BOX

    El dictador emergió simbólicamente de la guerra alzado a la tribuna de los vencedores. Franco presidía triunfal el desfile de la Victoria. Era el 19 de mayo de 1939 y la imagen, aquella que le mostraba como el invicto Caudillo ganador de la guerra, se iba a convertir en una omnipresente reproducción a lo largo de los años posteriores. Casi nada fue dejado a la improvisación. En el caso de los cuadros, el cuerpo de Franco se idealizó y adelgazó, y en el de las fotografías, se iluminó y retocó. Su rostro casi siempre lució serio y severo, sereno y grave, a tono con los tiempos que acontecían. Se le esculpió a caballo, emulando a los guerreros clásicos; se le mostró de pie, con pose aristocrática. Y se le sentó, como si de un monarca se tratara. Su represtación fue cambiando al ritmo de la propia dictadura. Así, su exhibición comenzó con el Caudillo militar para que después, y de forma progresiva, fuera apareciendo el hombre político, el estadista que también reconstruía la paz. El paso de los años hizo que primase su parte humana: el gobernante aficionado al campo, la caza o la pesca, junto al hombre familiar, el padre que se convertiría en un abuelo gustoso de rodearse de sus nietos. Al final, el otrora triunfal Caudillo y general se trocó en anciano: una descontextualizada reproducción de un hombrecillo delgado y avejentado dentro de un país que, por aquel entonces, ansiaba ya por abrir las ventanas a la libertad y la modernidad.
    Zira Box es profesora de Historia del Pensamiento Político de la UNED, autora deEspaña, año cero.

    Bajo palio

    Por GIULIANA DI FEBO

    Durante su dictadura Franco fue el centro de ceremonias y ritos destinados a subrayar su condición de enviado de la Providencia. El modelo ritual fue inaugurado en diciembre de 1937 con motivo de la jura en Burgos del I Consejo Nacional de Falange. La ceremonia se desarrolló en el monasterio de Santa María de las Huelgas. Fue un rito de fundación del Nuevo Estado nacionalcatólico y de celebración de Franco como “Caudillo supremo”. Las fuerzas del Ejército desplegadas en vistosa parada, la Falange llegada de los frentes de combate, el paso de las tropas marroquíes y la escolta mora. Franco entraba en la iglesia para oír misa mientras el órgano tocaba el Te Deum laudamus. Ya en la sala Capitular, sentado en un trono con dosel de damasco rojo, después de haber jurado sobre los Evangelios ante el cardenal Gomá su fidelidad a España y a Falange, asistió al desfile y a la jura de los consejeros. La ceremonia ilustraba la sacralidad del pacto entre Franco y una jerarquía eclesiástica garante de la reciprocidad del vínculo entre las instituciones del régimen. Era la primera etapa de un proceso que culminó en la ceremonia de la ofrenda de la espada de la Victoria en la iglesia de Santa Bárbara de Madrid en 1939. El “generalísimo” se dirigía hacia la iglesia saludado por blancas palmas que añadían a la escena un toque bíblico. Se acercaba al altar caminando bajo palio, una modalidad litúrgica reservada a los reyes, a los obispos y al Santísimo Sacramento. Después de una solemne ceremonia evocadora de ritos medievales, depositaba su espada gloriosa. La Ofrenda concluyó con la bendición de Gomá y un abrazo entre los dos. Salvas de artillería y repiques de campana festejaron la aparición en la plaza de un “generalísimo” que “no pudo contener el llanto”, pero ya consagrado “Caudillo por la gracia de Dios”.
    Giuliana Di Febo, catedrática de Historia Contemporánea de la Universidad de Roma. Autora de Ritos de guerra y de victoria en la España franquista.

    Atado y bien atado

    Por SANTOS JULIÁ

    Fue en el cerro de Garabitas en mayo de 1962. Para responder a las embestidas contra la patria la Hermandad de Alféreces Provisionales convocó una gran concentración en este sagrado lugar de su memoria histórica. La guerra no terminó en la victoria, dijo Franco, y quienes torpemente especulaban con sus años debían saber que se sentía joven y que detrás de él “todo quedará bien atado y garantizado por la voluntad de los españoles y por la guardia fiel e insuperable de nuestros ejércitos”. Nuestra obra, terminó diciendo, es el mandato de nuestros muertos.
    Pero no sería hasta el 22 de julio de 1969, ante las Cortes, convocadas para aprobar la ley que declaraba al príncipe Juan Carlos de Borbón heredero a título de rey, cuando encontró la fórmula definitiva. De nuevo, la memoria de la guerra y el recuerdo de los muertos. Lo que hacemos hoy, añadió, no es una restauración, es una instauración. Y cuando “mi Capitanía llegue a faltaros la decisión que hoy vamos a tomar contribuirá a que todo quede atado y bien atado para el futuro”. Habían pasado 30 años del fin de la guerra y así quedaba instaurada la Monarquía del Movimiento Nacional. Dueño del tiempo y de la memoria, Franco se sintió aquel día como Dios, alfa y omega de la historia.
    Santos Juliá, catedrático de Historia Social y del Pensamiento Político de la UNED, es autor de La violencia política en la España del siglo XX.

    Franco como obsesión

    Por JOSÉ ÁLVAREZ JUNCO

    Vivimos, en los últimos lustros de la dictadura, cosas extraordinarias, nunca vistas. Carreteras atascadas (término nuevo), hasta donde alcanzaba la vista. Un atardecer, en una de aquellas situaciones inéditas, me asaltó la sospecha de que Franco se hubiera muerto. Podía ser un síntoma de que el edificio se colapsaba. Y el colapso tenía que comenzar por la desaparición de la piedra angular, que era él, el padre incoloro y silencioso, pequeñito, de voz atiplada, casi inaudible, pero a la vez omnipresente, conocedor de todo y causa de todo. Cuando muera, repetíamos, porque algún día tendrá que morir. Pero era hablar por hablar porque, en el fondo, nadie se lo creía. Nuestras vidas eran inimaginables sin aquella referencia a la que odiar y temer, a la que culpar de todo. En nuestras primeras discusiones políticas, le habíamos disculpado: había enchufes y chabolas, sí, pero solo porque él no se enteraba, porque estaba rodeado de gentes que le ocultaban la realidad para aprovecharse. Pasamos más tarde a maldecirle, a culparle de todo. De lo que no podíamos hacernos a la idea es de que un día, de verdad, viviríamos sin aquella losa encima.
    José Álvarez Junco, catedrático de Historia de la Universidad Complutense, es autor de Mater dolorosa.